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Resident Evil: El Área B3

Chapter Text

Avanzaron por la calle llena de cafeterías sin encontrarse con nada peligroso. Lucía parecía algo nerviosa. Óscar lo notó enseguida, pero no sabía que le podía pasar para estar así.

Quizá es por lo que ha pasado, con lo de los zombis y eso.

Se iba a acercar a ella para tratar de animarle cuando se oyó un rugido en algún lugar. Eva sacó su arma y miró a su alrededor, como si buscara algo. Parecía algo inquieta. Tras un par de minutos, se relajó un poco y siguió avanzando por la larga calle.

De repente y como caído del cielo, una especie de león con escamas se apareció ante ellos. Tenía parte del cuerpo cubierto de escamas de color verdoso y de un pelo corto de color canela. Lucía lo reconoció al instante, era uno de aquellos seres que habían atacado a sus compañeros. Sintió que las piernas no la podían sostener debido a la presión a la que estaba sometida: la muerte de sus compañeros y ver a aquella criatura matar a unas siete personas sin ningún esfuerzo la estaban pasando factura. Alguien la sostuvo con fuerza. Lucía se volvió y vio que Óscar la estaba sosteniendo para que no se cayera al suelo.

—¿Estás bien? —le preguntó. Ella asintió lentamente.

—¡¿Qué demonios es esa cosa?! —gritó Jill.

—Eso es lo que me contagió el virus en Zurich —dijo Eva, apuntando a aquella criatura. Mientras abría fuego contra aquella bestia mientras decía—: ¡Largaos de aquí! Ya me encargo yo.

—¡No seas inconsciente, Eva! —exclamó David, mientras disparaba contra aquella criatura.

Un rato después, el león terminó en el suelo, lleno de sangre. Eva se acercó y le metió una bala en la cabeza. Lucía pensó que, pese a ser una criatura peligrosa, no creía merecerse aquella acción. Por ello se separó de Óscar y se acercó a Eva.

—Oye, ¿por qué le has disparado cuando estaba muerto? —le dijo.

Eva se volvió hacia ella con una mirada fría en el rostro.

—Es algo personal —le respondió mientras caminaba y ponía un nuevo cargador en su arma.

Jill se acercó a Lucía, quien aún parecía estar indignada por la respuesta de Eva.

—Uno de esos seres la infectó con el virus-T —le dijo—. Tuvo suerte de encontrar la vacuna, si no se hubiera convertido en zombi.

—¿Hay cura para los que son zombis? —preguntó Óscar sorprendido. Estaba pensando en su familia.

—Sí —dijo Rebecca—, pero sólo si han pasado menos de dos horas desde que fueron infectados. Si ha pasado más tiempo la vacuna no surtirá efecto. De todas formas, nosotros no tenemos ninguna, por lo que debemos tener cuidado con lo que tocamos y con lo que nos toca.

Dicho eso, Rebeca se dirigió junto a Eva, que iba delante, mientras que Jill, John y David iban en la retaguardia. Óscar se sintió mal por no poder hacer nada por sus padres. Saber que había cura y no poder usarla para salvarlos era deprimente. Sintió una mano en su hombro y se giró para ver que era Lucía quien trataba de animarlo. Óscar le sonrió, pensando en que hasta hacía unos minutos era él quien trataba de animar a la joven. Lucía le sonrió a su vez y Óscar se dio cuenta que, cuando sonreía, el rostro de la joven se iluminaba y parecía mucho más guapa que cuando se ponía en plan borde y se enfurruñaba. De hecho, tenía la sensación de haberla visto en algún sitio.

—Siento lo de tu familia —le dijo ella, de repente.

—¿Cómo sabes...? —dijo Óscar, algo sorprendido por el hecho de que ella supiera el porqué de su dolor.

—Intuición —le dijo ella, encogiéndose de hombros—. ¿Nunca has oído hablar de la intuición femenina?

—Sí —le dijo él—, pero creía que era una farsa.

—¿Una farsa? —preguntó ella, fingiendo indignación—. ¿Cómo se te ocurre pensar que es una farsa? Que sepas que si no llega a ser por ella no estaría donde estoy.

—Pues la debes de tener algo estropeada —le respondió Óscar, divertido—, por que la verdad es que no te ha ayudado demasiado últimamente...

Lucía tardó unos segundos en comprender la broma de Óscar y, cuando lo hizo, se rió a carcajadas. Óscar la miró algo sorprendido. No se esperaba que aquella estupidez la hubiera hecho reír de aquella manera.

—Me alegra ver que te ha hecho gracia —le dijo él.

—Siempre es mejor reír a llorar —le dijo ella, dejando de reír y mirando al suelo mientras caminaban.

—¿Puedo preguntarte qué es lo que haces aquí? —le preguntó Óscar, tras dudar al principio.

—Vine a un concurso de programación —le dijo ella—. Representábamos a España . Si ganábamos seríamos los que representarían a Europa en el campeonato de Washington.

—¿Campeonato de programación? —dijo Óscar, sorprendido.

—Sí, es mi penúltimo año en la universidad y el trabajo de fin de curso era crear un programa —le explicó Lucía.

—¡Ya sé de que te conozco! —exclamó Óscar muy contento. Lucía le miró como si hubiera perdido el juicio. Los que iban delante de ellos se giraron para ver qué era lo que les pasaba, pero al ver que no era nada, siguieron caminando—. Tú estudias en el mismo campus que yo.

—¡Venga ya! —dijo ella—. Eso es prácticamente imposible.

—Pero no improbable —repuso él—. Estudias en la universidad de Madrid, ¿a qué sí?

—No puedo creerme que tu absurda idea sea cierta… -dijo Lucía, tratando de ocultar su asombro.

Siguieron hablando de las personas que podían o no conocer de la universidad y despotricando contra varios profesores. De la universidad pasaron a hablar de sus amigos y de los bares que frecuentaban cuando salían por las noches, además de la música que escuchaban. Se dieron cuenta que sus gustos eran bastante parecidos pero al hablar de sus familias, Óscar no pudo evitar las lágrimas. Lucía le abrazó y él se desahogó en su abrazo mientras los demás hacían una pausa, descansando de la caminata que habían hecho.

David sacó el mapa de uno de los bolsillos de su chaleco y lo extendió encima de un coche de policía averiado. Todos, menos Lucía y Óscar, se pusieron a su alrededor.

—Muy bien —dijo David, señalando una calle en el mapa—. Ahora mismo estamos aquí. La mejor opción para salir de aquí es tomando esta calle y después...

David dejó de hablar cuando la radio del coche patrulla emitió un sonido de estática. Tras eso, la voz de Carlos sonó a través del pequeño altavoz de la radio. Jill corrió a sentarse en el asiento del conductor y cogió el micrófono para poder hablar con él.

—Aquí Carlos Oliveira. Si alguien recibe este mensaje, por favor, contesten —la voz de Carlos repetía una y otra vez ese mensaje.

—Carlos, soy Jill —dijo ella, interrumpiendo su mensaje.

—¿Jill? —preguntó Carlos—. Me alegro de oírte, ¿estáis bien?

—Sí, estamos bien —dijo ella—. Al desviarnos en la autopista entramos en una ciudad y algo golpeó la furgoneta, volcándola. El coche que nos perseguía chocó contra ella, dejándola completamente inútil. El problema es que esta ciudad es como una segunda Raccoon.

—Siento no daros mejores noticias pero a nosotros no nos va mejor —dijo Carlos—. Némesis está por aquí y la casa en la que estamos está llena de zombis. Chris mencionó que se parecía a la mansión Spencer.

Jill se estremeció al oír el nombre de Némesis y el de la mansión Spencer, pero mantuvo el control.

—Aquí viene marcada una casa que está sola —dijo Eva, mirando el mapa—. Podríamos ir hasta allí, pero caminando tardaríamos un par de horas. ¿Qué opinas, David?

—Sí —respondió él—. Saldremos en seguida.

—Carlos, nos dirigimos hacia la casa en la que estáis —le dijo Jill—. Tardaremos cerca de un par de horas, ¿vale?

—Sí, vale. Ya se lo diré a los demás —Carlos hizo una breve pausa—. Oye, Jill.

—¿Sí?

—Ten cuidado, ¿vale?

—No te preocupes —le dijo ella, con voz dulce—, lo tendré. Cambio y corto.

Jill dejó el micrófono en la radio y salió del coche. David recogió el mapa y se lo dio a John.

—Bien, si estamos todos listos, nos vamos de aquí —dijo David.

Se prepararon, revisaron sus armas y comenzaron a andar. David giró en una esquina y entró en un edificio que parecía un hotel, donde se aseguró de que no hubiera nada allí, indicando a sus compañeros que pasaran al interior.

El hotel parecía ser de lujo por el tamaño del propio edificio y por la decoración tan exquisita del vestíbulo, que atravesaron con rapidez hasta llegar a las cocinas.

—Oye, David —dijo Lucía—. ¿Por qué hemos entrado en este hotel?

—Por que así nos evitamos de dar un rodeo innecesario —le respondió él.

David olió el aire y se dio cuenta de que había un fuerte olor a gas, alguien debía de haberlo dejado abierto por lo que cualquier chispa haría que salieran por los aires. Se lo iba a decir al resto cuando, de repente, cinco monos aparecieron delante de ellos. Óscar levantó el arma y disparó contra ellos.

—¡No! —dijo David.

Pero ya era demasiado tarde. David sintió y oyó la explosión seguida de un desplazamiento llameante del aire que lo empujó hacia una de las paredes de la cocina. Todo se movió con demasiada rapidez como para separarlo, como para entenderlo de forma cronológica: su cuerpo dolorido, el techo cayéndose a pedazos y el mundo iluminado por fogonazos blancos. Notó un fuerte y agudo dolor en el costado derecho: se había golpeado contra una de las mesas de metal que había en la cocina. Se frotó la zona dolorida con distracción pues en aquél momento no tenía tiempo para preocuparse por sus dolores. No. Tenía que pensar en el resto por si estaban heridos o muertos...

David se incorporó con los oídos pitándole mientras miraba, con el corazón encogido, el destrozo que había producido la explosión. Delante de él había un gran muro de cascotes que, dedujo, debía ser parte del techo y de las habitaciones superiores. Era tan alto que llegaba hasta el piso superior dejando claro que no podría pasar al otro lado. David buscó con la mirada a parte de su equipo y, al no ver a nadie, comenzó a preocuparse mucho.

—¡Rebecca! —gritó al aire, con la esperanza de que alguien le respondiera—. ¡Eva! ¡John!

—Deja de gritar, demonios —dijo una voz a su lado—. Vas a hacer que me estalle la cabeza...

David se giró y vio como Eva salía de debajo de unos escombros. Enseguida se acercó para ayudarla a salir de donde se encontraba y vio que sangraba por varios arañazos pero que la herida más grave la tenía en la sien derecha, de la que brotaba bastante sangre.

—¿Estás bien? —la preguntó.

—Salvo por el hecho de que me duele la cabeza, me pitan los oídos y tengo el cuerpo como si me hubieran dado una paliza —dijo ella, mirándole mientras se sentaba en una de las mesas que quedaron intactas—, estoy bien.

David se acercó a los escombros y algo se movió a su izquierda. Al agacharse vio que era Óscar quien estaba allí. David le ayudó a levantarse. No parecía estar muy malherido.

—¿Te encuentras bien?

—Sí —dijo Óscar, parecía que estaba algo desconcertado—. ¿Qué… qué ha pasado?

—Había un escape de gas y disparaste —le explicó David.

—Lo siento mucho —se disculpó Óscar—. No olí el gas y yo no quería...

—No te preocupes —le dijo David mientras lo llevaba con Eva—. Voy a ver si hay alguien más por aquí. No os mováis de aquí.

Eva apenas asintió. Parecía estar algo desorientada. David se acercó de nuevo al muro de escombros y oyó la fuerte voz de John al otro lado.

—David, ¿estás ahí?

—¿John? ¿Estáis todos bien? ¿Jill, Rebecca y la otra chica están contigo?

—Sí, están aquí —dijo su compañero—. Rebecca los está mirando y comprobando que no tienen nada grave. ¿Y vosotros?

—Eva tiene un golpe en la frente y parece algo desorientada —le dijo—. Óscar parece estar bien y yo estoy ileso.

—¿Qué propones hacer? —le preguntó John.

—Seguiremos con lo planeado —le informó—. Tú tienes el mapa, guíalos hasta la mansión en la que nos esperan los demás.

—¿Y vosotros qué vais a hacer? —esa vez fue Rebecca quien le preguntó—. ¿Cómo vais a llegar hasta la mansión?

—No te preocupes, Rebecca —la tranquilizó David—. Nos las apañaremos. Vosotros tened mucho cuidado, ¿de acuerdo?

—David —dijo Rebecca.

—¿Si?

—Yo... Tened cuidado vosotros también —dijo ella.

—Claro —le respondió David. Tenía la impresión de que lo que Rebecca le había dicho no era realmente lo que quería decir. Meneó la cabeza y se volvió hacia los demás, pensando fríamente en Rebecca y en él.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —le preguntó Eva, mientras se curaba la herida con un pañuelo.

—Primero saldremos de aquí —dijo David, mientras la ayudaba a levantarse, poniendo el brazo derecho de Eva sobre sus hombros—. Y luego descansaremos hasta que te pongas mejor.

Dicho aquello salieron del edificio y caminaron hasta llegar a una pequeña plaza, donde David sentó a Eva. Él mismo se sentó a su lado, mientras que Óscar se tumbó en un banco enfrente de ellos. Eva apoyó su cabeza en uno de los hombros de David y comenzó a dormitar. David suspiró.

—Genial, ahora los dos se echan a dormir —se dijo para sí, con una pequeña sonrisa.

—No estoy dormida —le dijo Eva con una voz débil—. Es sólo que la cabeza me da vueltas, pero ya me encuentro mejor.

—Me alegra oír eso —dijo David, con al mirada perdida.

Eva se incorporó y le miró. Parecía ausente y pensativo. En seguida supo qué era lo que ocupaba la mente de su amigo.

—No te preocupes —le dijo—. John cuidará de Rebecca.

—¿Qué te hace pensar que estaba pensando en ella?

—David —dijo Eva con un suspiro, mientras le miraba a los ojos—. Te conozco desde que tengo quince años y puedo saber en que piensas. Para mí eres como un libro abierto.

David miró a Óscar que parecía estar completamente dormido. Finalmente se volvió hacia Eva.

—¿Sabes que también Rebecca sabe en lo que estoy pensando? —le dijo.

—Es normal —le respondió Eva—. Es una persona muy inteligente.

—Sí que lo es —dijo él, sonriendo.

—Y te gusta —le dijo ella.

Ese es el problema —suspiró David, mirando al suelo.

—¿Por qué? —le preguntó Eva, extrañada—. Yo no veo ningún problema.

—¿No lo ves? —le dijo David como respuesta—. Pues yo sí, y bastante grande.

—Como no seas más concreto no me voy a enterar —le dijo ella, armándose de paciencia.

—Cuando volvimos de la instalación de Zurich nos besamos —le dijo con aire culpable.

—¿Y eso es el gran problema que ves? —le dijo ella, divertida—. Que sepas que eso es lo más normal del mundo.

—No, claro que ese no es el gran problema que veo —le dijo David, algo indignado por la actitud de Eva.

—¿Y cuál es? —le dijo ella.

—La edad —le dijo David, con simpleza—. Le saco casi once años, sus padres no lo aprobarían.

—Sigo sin ver el problema —le dijo ella.

—¡Te estoy diciendo que la edad es el problema! —exclamó David, algo exasperado.

—Estoy segura de que Rebeca ya es consciente de ese dato, David —le dijo Eva, sin perder la calma—. Y creo que le da igual que seas mayor que ella y que sus padres no lo aprueben.

—¿Cómo puedes estar tan segura de ello? —le preguntó David. Parecía algo desesperado.

—Bueno —dijo ella—, por si no te habías dado cuenta, soy mujer. Por lo que sé, más o menos, lo que puede pensar Rebecca. Aasí que si a ella le hubiera importado el tema de la edad o el hecho de que sus padres estén en contra de vuestra relación, no te habría besado. O devuelto el beso, que me da lo mismo —añadió, guiñándole un ojo.

David no contestó, simplemente se quedó mirando el suelo. Eva, al ver que él no decía nada, continuó hablando.

—El problema es que lo que te preocupa no son las dos razones que me acabas de dar —le dijo—. Sino que hay algo más, y creo saber qué es —David la miró con atención, pero Eva estaba mirando al cielo de manera distraída—. Lo que realmente te preocupa es que al ser Rebecca tan joven, tenga miedo de no saber qué es lo que se siente al estar en los brazos de un hombre y que se haya fijado en ti por eso y que, además, cuando todo esto acabe, se olvide de ti y tú te quedes solo. A eso es a lo que tienes miedo de verdad. A haber encontrado a una mujer que te puede hacer feliz y que, al final, puede que te quedes solo —Eva hizo una breve pausa y continuó—:  Si realmente es eso lo que te preocupa, deberías hablarlo con ella, seguro que no sólo lo entiende, sino que no se enfadará.

David esperó unos segundos antes de contestarla.

—¿Sabes? —dijo David, mirándola con una tímida sonrisa—. A veces eres de lo más odiosa.

—Ya deberías saberlo —dijo ella, riéndose con ganas. Miró su reloj y dijo—: le dejaré dormir diez minutos más. Luego nos iremos, ¿te parece bien?

David asintió, mientras miraba al cielo que se estaba llenando de nubes y que amenazaba tormenta. No le hacía ninguna gracia tener que caminar bajo la lluvia. Siempre había odiado la lluvia, le ponía triste y de mal humor, pero no sabía exactamente porqué. Quizá fuera por que siempre que llovía, su padre volvía bebido y lo pagaba con él. Pensar en su padre hacía que le hirviese la sangre. Lo único que había heredado de él eran sus cabreos y el mostrarlos. La verdad es que nunca había tenido problemas en demostrar lo muy enfadado que estaba, pese a que no se enfadaba a menudo, cando lo hacía solía perder el control. David suspiró para sí mismo. Esperaba no enfadarse en mucho tiempo. Casi lo había hecho cuando Trent apareció en el avión que los llevaría a Europa, pero se había logrado controlar, de lo contrario podría haber abierto fuego contra aquél hombre y, posiblemente, habrían tenido un accidente...

—Oye, ¿sabes qué día es hoy? —le preguntó Eva, de repente, sacándolo de sus pensamientos de manera brusca.

—¿Que si sé qué día es hoy? —le preguntó David, algo desconcertado—. Creo que es martes, ¿por qué?

—No me refiero al día de la semana —le dijo Eva, sonriendo—. Sino al día del mes.

—Creo que es veintiuno de enero —le respondió él, haciendo memoria—. Pero no estoy seguro... ¿Para qué quieres saberlo?

—Exacto. Veintiuno de enero. Hoy hace tres años que entré en los STARS —le dijo ella, muy contenta. Luego lo miró pícaramente a la vez que alzaba una ceja—. ¿Recuerdas aquella noche?

—Prefiero no hacerlo —dijo él, cerrando los ojos, bajando la cabeza y suspirando.

—No seas así —le reprendió ella, divertida—. Agradece que al día siguiente librásemos, si John te llega a ver entrando en la oficina con la misma ropa habrías tenido que ponerle una mordaza para no tener que aguantarle...

David suspiró. Eva tenía razón, si al día siguiente hubiera tenido que ir a trabajar, tendría un buen problema con John quien, al ver que él llevaba la misma ropa del día anterior, habría estado haciéndole preguntas sobre dónde había pasado la noche y estaba seguro que terminaría sabiendo dónde...

Recordaba que John les había dicho que irían a cenar a uno de los restaurantes que estaban en el centro de la ciudad, para celebrar que Eva había entrado en el cuerpo de STARS. Todos en la oficina conocían a la joven, quien había ido por allí varias veces para verle a él. Al principio, sus compañeros pensaron que se trataba de su novia, pero él desmintió aquellos rumores.

Se habían reunido todos en uno de los restaurantes que frecuentaban sus compañeros, juntándose casi quince personas. Se les había hecho tardísimo mientras cenaban y a la hora de volver a casa, David había insistido a Eva en acompañarla. Sabía que Maine, por la noche, era peligroso. No quería que la pasara nada, pese a que ella podría haberse defendido, en aquel momento estaba con algunas copas de más y no sería capaz de coordinar los movimientos.

Al llegar a la casa de Eva, ella le había propuesto que pasara la noche allí, en la habitación de invitados puesto que su casa quedaba bastante lejos. David había accedido tras pensárselo bien y fríamente, ya se levantaría temprano para recoger ropa limpia de su casa. Al entrar en la casa, guió a Eva por el pasillo y la ayudó a subir las escaleras, temiendo que se cayera y se hiciera daño.

—La próxima vez no bebas tanto —le había dicho cuando llegaron al rellano.

Como respuesta, ella se abrazó a él, colocando sus brazos alrededor de su cuello y apoyándose en él. El pulso de David se aceleró de tal manera que consiguió preocuparle. Por razones propias, no había estado nunca tan cerca de una mujer y, aunque le costara admitirlo, aquella noche Eva estaba espléndida. Acostumbrado a verla con vaqueros, zapatillas de deporte y el pelo recogido, cuando la vio salir de la casa le costó reconocerla.

Llevaba un vestido largo de color negro ajustado al cuerpo, con un corte lateral a la altura de medio muslo que dejaba ver sus largas piernas, se había soltado el cabello y le llegaba casi hasta las caderas. Remataba la vestimenta una chaqueta a juego por si hacía frío. David se había quedando mirándola unos largos segundos, hasta que ella le hizo regresar diciéndole que bajara de la luna.

En aquellos momentos, David notaba la rítmica y cálida respiración de Eva en su cuello y su atractivo y delgado cuerpo, casi pegado al de él. Podía oler lo poco que quedaba del perfume que ella se había puesto antes de salir y eso aceleró aún más su pulso. Sin saber qué hacer, David trató de sepárala de él con cuidado pero, repentinamente, ella se movió un poco y le besó. David no supo cómo reaccionar. Era la primera vez que una mujer le besaba y estaba seguro de que ella no era consciente de lo que estaba haciendo debido a su estado de embriaguez.

—Oye Eva, creo que... —comenzó a decir David cuando se separó de él, pero ella le interrumpió poniéndole con suavidad un dedo en los labios.

—David, soy plenamente consciente de lo que hago —le dijo con un susurro mientras lo volvía a besar con ternura y le llevaba hasta su habitación. Casi sin darse cuenta se habían acostado.

David se ruborizó al recordarlo. Al día siguiente se había maldecido por no haber mantenido sus instintos bajo control.

—Espero que no te sigas echando la culpa de ello, David —le dijo Eva, mirándolo atentamente. Estaba seria y no sonreía—. Yo te incité y tú, como cualquier hombre, te dejaste llevar. Si alguien es culpable de lo que ocurrió aquella noche, soy yo. Pero no me arrepiento —se quedó mirando a David unos segundos más y sonrió con ternura—. Alguna vez tenía que ser la primera y si podía, lo haría con alguien del que no me arrepintiera nunca. Alguien que me quisiera siempre y al que yo quisiera siempre también —David abrió la boca para decir algo pero Eva se apresuró a no dejarle hablar—. No me refiero al amor que siente un hombre por una mujer y viceversa, sino al amor que siente un hermano por una hermana —David comprendió enseguida lo que ella quería decirle y asintió—. Hasta ahora ningún hombre me ha tratado con tanta ternura, cariño y dulzura como la que tú me demostraste aquél día. Para no haber estado con ninguna mujer antes, lo hiciste muy bien —David se ruborizó un poco más. Eva se acercó a él y le miró con un poco de malicia—. Además, me alegro de ser una de las pocas, por no decir la primera, en saber lo bueno que eres en la cama. Ningún hombre con el que he estado te llega a la suela de los zapatos. Rebecca va ser muy, pero que muy afortunada.

Aquél comentario hizo que David se ruborizara a más no poder.

—Creo que deberíamos seguir nuestro camino —dijo, levantándose del banco.

—Eso, tú cámbiame de tema —le dijo Eva, riéndose de su amigo.

—¡No hay nada más de lo que hablar! —le dijo él, comenzando a avanzar por la plaza.

Eva, sin dejar de reír, despertó a Óscar y ambos siguieron a un David algo mosqueado. Lo que ellos no sabían es que en aquella ciudad había algo con lo tendrían que enfrentarse, algo que, posiblemente, podría matarlos.