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Resident Evil: El Área B3

Chapter Text

Con algo más de munición extra, David y el resto salieron de la comisaría, poniendo especial atención a su alrededor por si aparecían más perros de aquellos. David miró al joven que se les había unido. Estaba asustado, eso estaba claro, y David estaba seguro de que el joven, una vez que salieran de aquella ciudad, tomaría el primer transporte hacia su casa. Tenía un fuerte acento al hablar, por lo que dedujo que era de otro país. Se preguntaba qué haría tan lejos de su casa. Meneó la cabeza para sacar aquellos pensamientos de su cabeza. No eran asunto suyo.

Caminaron por la avenida por la que habían venido, sin encontrarse con nada más peligroso que un par de fuegos ardiendo en varios puntos de las calles. David estaba algo preocupado, aquella tranquilidad no le hacía mucha gracia, es más, le ponía nervioso. Era el silencio que solía establecerse en la zona antes de una emboscada. Lo sabía por que no era la primera vez que le tendían una emboscada en combate.

—David —dijo Eva. Se había acercado a él y ahora iban los dos en cabeza, con John y Jill en la retaguardia—. Esto no me gusta. Hay demasiado silencio.

—Lo sé —le respondió él, con un suspiro—, pero no hay otro camino por el que podamos seguir.

 Eva se lo quedó mirando atentamente mientras caminaban. David se sintió incomodo y desvió la mirada, pero aún seguía notando la mirada penetrante de Eva sobre él. Finalmente, volvió a mirarla.

—¿Qué? —le preguntó él, algo malhumorado.

—Nada —respondió ella con sencillez, mientras le sonreía.

—¿Entonces por qué diablos me estás mirando de esa manera? —le volvió a preguntar David.

—Te gusta Rebecca —le dijo ella, de sopetón—. ¿Verdad?

David se ruborizó a más no poder.

—¿A... A qué viene eso? —dijo David, intentando mantener la compostura—. No sé de qué me hablas.

—No te hagas el tonto conmigo, David —le dijo ella, maliciosamente, mientras levantaba el índice de su mano izquierda—, que te conozco bastante bien. Y a mí no me engañas. Esa chica te vuelve loco y tú no lo puedes negar.

David iba a contestarle cuando un ruido atrajo su atención. Miraron a su alrededor pero no vieron nada. Volvieron a oír aquel sonido y Jill se estremeció.

—Oh, no —dijo.

—¿Qué ocurre, Jill? —le preguntó John.

—Es un Tirano —dijo Rebecca, acercándose a David—. Son peligrosos. Uno de ellos nos atacó en la mansión Spencer.

Todos se prepararon para hacer frente a aquella nueva amenaza. Pero, para su sorpresa, no pasó nada. El Tirano no apareció y el sonido de sus pasos se perdió en el silencio de la noche. Todos suspiraron tranquilos por no haberse enfrentado a aquél ser. Óscar parecía bastante perdido en cuanto a lo que era un Tirano.

—Eh... —dijo, algo tímido. Todos se volvieron para mirarlo—. ¿Qué es un Tirano?

Nadie le respondió. Rebecca se había acercado más a David y lo abrazaba con fuerza, pero él no parecía responder a su abrazo. Jill miraba al suelo, parecía ausente. John no parecía saber qué era exactamente un Tirano. Eva parecía estar bastante tranquila y fue ella quien le respondió.

—Verás, Óscar —dijo ella—. Un Tirano es un humano que ha sido modificado quirúrgicamente y con ayuda del virus-T, de manera que ha terminado por alcanzar casi dos metros de altura y que posee una fuerza increíble. Suelen tener un aspecto humanoide, sin sexo, con la piel pálida y sin labios, de manera que parecen estar sonriendo permanentemente. Su corazón esta casi al descubierto, en la parte izquierda del pecho, en una especie de bulto latente. Aunque ese es su punto débil, es muy resistente.

—Estás de broma, ¿verdad? —dijo él, un poco asustado—. ¡Algo así no puede existir!

—¡Claro que puede existir! -le dijo Rebecca, temblando—. ¡Uno de ellos casi acaba con nosotros y casi derriba al helicóptero que nos iba a sacar de allí! Créeme cuando digo que existe.

—Yo... —dijo Óscar—. Lo siento. Aún trato de asimilar el hecho de que los muertos caminen…

Sin decir ni una sola palabra más, continuaron caminando por las calles, por las que comenzaron a aparecer zombis. Se abrieron paso entre ellos, matando sólo a aquellos que eran absolutamente necesarios para ahorrar munición. Al doblar una esquina, se toparon cara a cara con el Tirano. Trataron de regresar por donde habían venido, pero el despreciable ser ya los había visto y los estaba mirando con su macabra sonrisa, avanzando hacia ellos.

—¿Sigues pensando que algo así no puede existir? —preguntó Eva a Óscar, sonriendo.

Óscar no respondió, estaba demasiado asustado mirando a aquella monstruosidad que se dirigía hacia ellos como para responder a la pregunta de Eva. Vio cómo el grupo disparaba hacia un bulbo que latía en el pecho del Tirano, del que comenzó a salir un oscuro líquido que a Óscar le pareció sangre.

¿Cómo puede seguir en pie? Esa cantidad de disparos matarían a cuatro personas, ¿por qué no se muere?

Óscar no se podía mover del miedo que le embargaba. El Tirano se había acercado a ellos y había levantado uno de sus largos brazos e iba a golpearle cuando Eva, de un empujón, lo derribó al suelo. A la vez que caían al suelo, a Óscar le pareció oír como aquel brazo rasgaba el aire en el mismo lugar donde, hasta hacía un momento, estaba él.

—Gracias —le dijo a Eva, casi en un susurro.

Ella se quitó de encima suyo mientras disparaba contra aquella mala bestia. Finalmente, el Tirano cayó al suelo, sin vida, bajo los disparos de las armas de Jill y John. Rebecca se acercó a él y le tendió una mano para ayudarle a levantarse del suelo. Óscar la cogió y se incorporó.

—¿Estás bien, pipiolo? —le preguntó John, con una sonrisa.

—¿Tú que crees? —le respondió Óscar, algo aturdido—. ¿Has visto a esa cosa? ¿Cómo podéis estar tan tranquilos?

—Digamos que tenemos algo más de experiencia en estos casos —le dijo Jill, con voz apagada.

Jill se dio la vuelta y comenzó a caminar por la calle, con el arma en alto. Los demás la siguieron. Óscar no estaba seguro de que pudiera salir con vida de allí, pero ellos parecían estar bastante enterados de lo que estaba pasando allí y él sabía que ellos eran conscientes de lo que hacían.

Además, quiero saber qué es lo que ocurre aquí y por qué la gente te ha convertido en zombis.

Decidido a saberlo, se acercó a Eva, que era la que parecía estar menos aturdida y afectada por lo que acababa de pasar.

—Oye, Eva —le dijo—. ¿Puedo hacerte unas preguntas?

Eva lo miró con atención.

—¿Preguntas sobre qué? —le dijo ella.

—Sobre lo que pasa aquí —respondió él. Eva suspiró y meneó la cabeza.

—Pregunta lo que quieras —le dijo finalmente—, te responderé pero procura no andar divulgándolo por ahí. Umbrella podría enterarse y buscarte para eliminarte del mapa...

—¿Qué es lo que ha transformado a las personas en zombis?

—Eso es el resultado de haber sido infectados con el virus-T —respondió Eva—. Lo que el virus-T hace es matar cualquier mitocondria viva y reemplazar las funciones de las muertas mediante un proceso de actividad enzimático capaz de proveer energía. La energía producida es solo suficiente para activar las neuronas motoras  y aquellas de los núcleos del sistema nervioso que controlan...

Eva comenzó a callarse cuando vio que Óscar ponía cara de no haber entendido ni una sola palabra. Le sonrió a modo de disculpa.

—Perdona, una comienza a hablar y se pierde —hizo una pausa y continuó—. A ver, digamos que lo que hace el virus es matar las células de un cuerpo vivo y luego reanimarlas, aunque el virus sólo tiene energía suficiente para activar las neuronas motoras y aquellas de los núcleos del sistema nervioso que controlan las funciones mas primitivas y básicas del organismo expuesto al virus. Es por ello que ni respiran, ni la sangre circula por su cuerpo y sólo piensan en comer. No nos pueden ver, pero sí que nos oyen y huelen.

—¿Y de dónde ha salido ese virus? —dijo Óscar, parecía algo consternado.

—La empresa llamada Umbrella fue la encargada de crearlo —dijo Eva—. En realidad, el virus se creó con la intención de que curase cualquier enfermedad, dolencia y/o malestar, además de que podría retrasar el envejecimiento de las células. Umbrella se enteró de ello y mandó asesinar a sus creadores, haciéndose con la muestra de dicho virus y modificándola para crear armas biológicas y venderlas al mejor postor. El Tirano es una muestra de ello.

—Pero dijisteis que el Tirano era un humano, ¿no?

—Sí —dijo Eva, su mirada se tornó fría—. Umbrella no tiene ningún inconveniente en experimentar con el virus en las personas. La prueba de ello es lo que pasó en Raccoon City.

—¿Te refieres al incendio? —preguntó Óscar—. He oído algo en las noticias.

—¿Incendio? —preguntó Eva, con una amarga carcajada—. El incendio fue un añadido. Lo que en realidad ocurrió fue que uno de laboratorios de la compañía tuvo un escape y las ratas transportaron el virus a la ciudad, contagiando a los ciudadanos. Umbrella bombardeó la ciudad, lo que provocó el incendio.

—Entiendo —dijo Óscar—. Pero, ¿cómo se ha contagiado la gente de esta ciudad?

—Cuando llegamos a la ciudad nos encontramos con un periódico que hablaba de que una mujer había llegado al hospital y había atacado a los médicos y enfermeras —dijo Eva—. Es posible que aquí haya algún laboratorio oculto bajo tierra y que la mujer se haya infectado en él y que, de alguna manera, se haya escapado de aquel lugar y creyó que en el hospital la podrían ayudar —Eva se encogió de hombros—. No lo sé, son sólo especulaciones.

—Oye, Eva —le dijo Rebecca desde delante—. ¿Qué era lo que decías sobre el virus-T?

—¿A qué te refieres? —le preguntó la aludida.

Rebecca se acercó a al retaguardia, donde estaban Eva y Óscar.

—Me refiero alo que le contabas a Óscar sobre lo de las mitocondrias muertas que eran sustituidas o algo así.

—Ah, sí —dijo Eva—. Son los efectos y la forma de reproducción del virus.

—¿Sabes su método de reproducción? —dijo Rebecca, con asombro e interés.

—Tuve que aprenderlo —respondió Eva—. Ya sabes que parte de mi misión era comportarme como uno de esos científicos cabrones que inoculan el virus en personas y animales.

—¿Me podrías ilustrar con tu conocimiento sobre el T? —preguntó Rebecca, con una sonrisa—. Me intriga saber cómo han conseguido que un virus contagie cualquier ser vivo.

—Claro —respondió Eva, meneando la cabeza mientras sonreía ligeramente—. Pero cuando salgamos de aquí, ¿te parece?

—Estoy de acuerdo —dijo la joven bioquímica.

Doblaron en una esquina y entraron en un callejón en el que había una puerta. Eva miró a David.

—¿Entramos? —le preguntó.

David asintió y Eva sacó su Magnum de la funda, puso la mano en el pomo y la abrió con cuidado, quedándose fuera del ángulo de visión que quedaría al abrir la puerta. El resto del grupo se preparó para apuntar al interior por si algún monstruo o  zombi aparecía.

Una vez abierta, pudieron ver que era una cafetería y que, al parecer, estaba vacía. Entraron en el interior, dispuestos a registrar el establecimiento, cuando John llamó su atención.

—Aquí había alguien —dijo cerca de una mesa en la que había un cenicero y una taza de café—. Este café aún está caliente y huele a humo de tabaco.

David les hizo una seña con la mano mientras se dispersaban para buscar en el recinto a la persona o personas que pudieron estar ahí. Eva se acercó a la barra de la cafetería y, nada más asomarse por encima, se encontró con una pistola en la cara. Una joven con el cabello castaño la estaba apuntando. Llevaba un pendiente en la barbilla, justo debajo del labio inferior.

—No te muevas —le dijo la joven, en castellano.

Todos se volvieron para mirar cómo Eva estaba siendo encañonada con un arma. Para sorpresa de todos y de la chica que sujetaba el arma, Eva sonrió mientras bajaba su pistola y dejaba sus brazos caídos a ambos lados del cuerpo.

—¿Me vas a disparar? —le preguntó Eva, en el mismo idioma. La chica quitó el seguro del arma y acercó aún más el dedo al gatillo.

—No me tientes —le dijo ella—. ¿Quiénes sois?

Eva rió con ganas.

—Me llamo Eva Black —le dijo Eva. Luego siguió hablando en inglés—. Y créeme, no somos los malos.

—¿Qué quieres decir con eso? -le preguntó la joven, también usando el inglés, aunque de una manera bastante ruda.

—Quiere decir que no vamos a hacerte ningún daño —le dijo David, sin dejar de apuntar a aquella joven. El resto tampoco había bajado sus armas, excepto Óscar, que no estaba seguro de lo que hacer y optó por bajar el arma—. Siempre y cuando dejes de apuntar a nuestra compañera.

La joven, al ver que no tenía opción, bajó el arma, volvió a ponerle el seguro y la guardó en el pantalón, a su espalda. El resto bajó y guardó sus armas.

—¿Puedes decirnos quién eres? —le preguntó David.

—Me llamo Lucía González —dijo la joven—. Y vosotros, ¿quiénes sois?

—Mi nombre es David —dijo David—. A Eva ya la conoces, ellas son Jill y Rebecca. Y ellos John y Óscar.

La joven salió de detrás de la barra y se sentó en la mesa que tenía la taza de café y bebió de ella.

—Queda algo de café en aquella cafetera —les dijo-, por si os apetece.

—La verdad es que no demasiado —dijo David—. Tenemos algo de prisa por salir de aquí.

—Pues como todo el mundo —le respondió Lucía—. ¿Y tenéis algún plan?

—Encontrar un coche y salir cagando leches de aquí —dijo John—. ¿Qué te parece?

—Simple, pero válido —dijo Lucía, apurando su café y levantándose de la silla en la que estaba—. No os aconsejo salir por allí —les dijo señalando la puerta principal—. Una cosa horrible anda por las calles.

—¿Una cosa horrible? —preguntó Jill—. ¿Qué cosa horrible?

—Me refiero a una especie de criatura humanoide de casi dos metros de altura —dijo Lucía, con dificultad—. Mató a unas siete personas con facilidad.

—¿Un Tirano? —preguntó Eva, al grupo.

—Es posible —dijo David.

—¿Tirano? —dijo Lucía, desconcertada—. ¿Es que esa cosa tiene un nombre?

—Sí, si estamos hablando de lo mismo —dijo Eva, con tranquilidad—. De todas formas no podemos quedarnos aquí esperando a que el resto de las criaturas de Umbrella se nos echen encima.

Diciendo esto, Eva salió por la puerta principal de la cafetería, seguida por el grupo. Lucía no se movió. Estaba atónita por la reacción de aquél grupo que se había cruzado en su camino. El chico que se llamaba Óscar se le acercó. Lucía lo miró con atención y, pese a las circunstancias, pudo observar que era bastante atractivo. Tenía el cabello de color castaño y los ojos de color marrón claro y Lucía pensó en que no podía ser mucho mayor que ella. La estaba sonriendo.

—No te preocupes —le dijo él—. Con ellos estamos seguros.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó ella.

—La chica a la que apuntaste mató a dos perros zombis, salvándome la vida —le dijo Óscar—. Y entre ellos acabaron con un Tirano de esos. Además, aunque no te lo creas, son los que acusaron a Umbrella de lo sucedido en Raccoon City.

Lucía lo miró con atención. El chico parecía sincero con ella y no se le ocurría una razón por la que le podría mentir.

—Ey, parejita —John había abierto la puerta y les estaba mirando con una sonrisa pícara en la cara—. Creo que debéis dejar eso para cuando salgáis de aquí. Un zombi os podría interrumpir.

Lucía y Óscar enrojecieron y le lanzaron miradas asesinas a John, quien estaba saliendo de la cafetería. Ellos lo siguieron, mientras intentaban no mirarse entre ellos para no ver que ambos estaban rojos como tomates.

 

 

Barry cerró la trampilla que daba a la escalera secreta y miró a Chris y a Billy, que estaban esperando sus órdenes.

—¿Qué propones, Barry? —le preguntó Chris.

—Podríamos volver al vestíbulo y, de allí, salir a registrar la casa —les dijo, encogiéndose de homrbos—. Al menos podremos limpiar la casa para estar algo más tranquilos.

Chris y Billy asintieron y los tres salieron de la pequeña sala y deshicieron el camino hasta llegar al vestíbulo. Una vez allí, se dividieron, de manera que cada uno entró por una puerta distinta. Barry le dijo a Billy que entrase por una de las puertas que se encontraba en la parte superior del vestíbulo. Chris, por su parte, entró por la otra puerta que estaba en la parte de abajo, mientras que Barry se dirigió a otra de las puertas que estaban arriba.

—Nos veremos aquí en una hora, ¿de acuerdo? —dijo Barry.

Asintiendo, atravesaron las puertas hacia lo desconocido. Chris observó la sala en la que estaba. De forma cuadrada le parecía que era una sala de estar. Había varias estanterías y una mesa con cuatro sillas forradas con terciopelo rojo. Chris registró la habitación sin encontrar nada en absoluto, tan sólo polvo que le hizo estornudar varias veces. Salio de allí y entró en una amplia sala. Era un comedor.

En él había una mesa tan larga que casi ocupaba todo el largo de la estancia, tenía un mantel de color blanco encima, adornado con varios bordados. Había seis floreros encima de la misma, con flores marchitas en ellos y casi dos docenas de sillas a su alrededor. Chris avanzó por uno de los lados de la gran mesa y un zombi salió de debajo de la misma, intentando atrapar su bota.

Chris pegó un bote por el sobresalto y disparó al zombi, metiéndole una bala en la parte superior de la cabeza. Apenas había disparado, sintió un aliento putrefacto en el cuello y, al volverse, vio que un zombi se le había echado encima. Lo empujó y volvió a disparar. La cabeza del zombi estalló en pedazos, pero Chris aún no podía estar tranquilo. Varios zombis más le habían rodeado.

—¿De dónde demonios han salido todos estos? —se preguntó a sí mismo mientras abría fuego para matar a sus atacantes.

Diez minutos después, Chris había terminado con ellos. Aún se estaba preguntando cómo le habían rodeado tan rápido. Alejando aquellos pensamientos de su mente salió del comedor para entrar en la siguiente sala; que resultó ser una cocina grande y pintada de color blanco, varias mesas y armarios de metal abundaban en ella. Vio que los cuchillos estaban en su sitio, por lo que descartó el hecho de que la gente hubiera intentado defenderse. Eso no le gustó nada en absoluto. Vio unas telarañas en el techo y se alarmó. Si había telas de araña, sus dueñas no andarían lejos.

Como respuesta a sus pensamientos, una araña del tamaño de un cachorro de perro pastor bajó del techo, colgando de un fino hilo de color blancuzco. Chris dio un paso hacia atrás, asustado por la repentina aparición. Apenas se repuso del sobresalto, la araña comenzó a escupir algo. Por reflejo, Chris se agachó y lo que el insecto escupió impactó contra uno de los armarios, derritiéndolo.

Si eso me alcanza estoy perdido, pensó.

Apuntó al bicho y disparó. La araña se soltó del fino hilo del que pendía y cayó en el suelo panza arriba, agitando las patas hacia el techo, agonizando. De repente, Chris se sintió observado y, al alzar la mirada hacia el techo, vio que casi cincuenta arañas estaban colgadas allí. Sin pensarlo dos veces, salió de la cocina por la primera puerta que encontró y la cerró a su espalda, apoyándose en ella mientras trataba de recuperarse.

Dios, cualquier día me va a dar un ataque. No gano para sustos en esta maldita casa...

Miró a su alrededor y se encontró en un pasillo bastante mal iluminado, de hecho, una de las luces parpadeaba de forma que daba al lugar un aire aún más siniestro. Los pelos de la nuca de Chris se erizaron. Avanzó por aquel pasillo que giraba a la derecha. Al hacerlo, se dio cuenta de que había una puerta de madera al final. Caminó hasta ella y la abrió con mucho cuidado. Una vez dentro de la habitación, vio que era una pequeña biblioteca, lo que le hizo recordar el incidente en el que Eva fue infectada. No pudo pensar demasiado en ello, unos aullidos que sonaron en algún lugar de la pequeña biblioteca, le pusieron los pelos de punta cuando los reconoció. Cazadores. Salidos de detrás de unas estanterías, dos seres deformes aparecieron ante él.