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Resident Evil: El Área B3

Chapter Text

Óscar García comprobó el arma que llevaba en la mano. Sólo tenía trece balas.

Trece balas para salir de este infierno... Pensó con amargura.

Meneó la cabeza, pensando en que aquél era su final. Había ido a aquella maldita ciudad para ver a sus tíos con sus padres. Los ojos de Óscar se llenaron de lágrimas al recordarlo. Uno de aquellos locos desquiciados había mordido a su tío en una cafetería, justo antes de que aquella locura se saliera de madre. Su tío había llegado a casa y había mordido al resto de su familia. Óscar había intentado que sus padres se infectaran, pero no pudo evitar que ocurriera. Había salido de la casa y recogido el arma del cuerpo de un policía muerto. Tras registrarlo, había encontrado un par de cargadores más. Aunque apenas había tenido que usar el arma ya que se había refugiado en uno de los museos que había en la ciudad donde, por suerte, casi no había zombis allí, había gastado un cargador para matar a una criatura que podría pasar por su peor pesadilla. Óscar no quiso ni pensar en ello. Había encontrado un par de máquinas expendedoras de aperitivos y las había destrozado para poder tener algo con lo que engañar al estómago.

Óscar suspiró. Tenía veintidós años y estaba estudiando medicina en la universidad de Madrid, no tenía la formación ni la experiencia como para hacer frente a una situación como aquella.

Y, reconócelo, tienes miedo, le susurró su mente.

No le avergonzó asentir con la cabeza. La verdad es que estaba acojonado. Nunca había pensado que lo que pasaba en las películas de miedo podía pasar a ser real.

—Y aún no he tenido novia —se dijo en voz baja, casi divertido—. Aunque, supongo que tú no tienes ningún problema con eso,¿eh, amigo?

Óscar le pasó un brazo por encima de los hombros a la estatua de un hombre de neandertal que estaba acuclillado delante de una hoguera ficticia, mientras sonreía. Suspiró de nuevo. No sabía que haría ahora, no tenía familia y no era un buen estratega. Para eso sería mejor un policía...

Una lucecita pareció encenderse en su mente. ¡La policía! ¿Cómo no había pensado en ellos? Aunque seguro que ahora están todos muertos, quizá podría encontrar algún arma.

Óscar se levantó. No le hacía gracia salir a la calle con todos aquellos muertos andantes y criaturas mutantes circulando por las calles, pero si mal no recordaba, la comisaría estaba a unas calles más abajo. Si corría y esquivaba a aquellos seres podría tener una mínima posibilidad. Pensándolo con frialdad, no tenía nada que perder si moría. Ya no tenía familia, sus padres estaban muertos y sus únicos tíos también lo estaban. Su madre era hija única y, por lo tanto, no tenía más tíos que los que vivían en Francia. Por su parte, no tenía hermanos ni hermanas.

Decidido a salir de allí, recogió sus cosas y las metió en una mochila que había recogido de una tienda que encontró por el camino y se la colocó  en la espalda, dispuesto a salir de la sala dedicada a la prehistoria para meterse de lleno en una sala dedicada a los griegos y fenicios. Caminó por allí sin prestar demasiada atención a lo que pasaba a sus lados derecho e izquierdo. De repente, sintió que algo se movía por encima de él. Giró la cabeza y se encontró mirando a unas quince arañas del tamaño de un cachorro de perro pastor. Salió corriendo de aquella sala mientras oía cómo las arañas lanzaban veneno que, por suerte, no le alcanzaron. Nada más atravesar el umbral de la puerta, se volvió para cerrar las puertas y que aquellos seres no pudieran seguirle. Se apoyó en ellas, respirando con agitación. Nunca le gustaron las arañas, las tenía un pánico terrible.

Y todo gracias a Sara. Pensó con amargura.

Sara era una amiga de la infancia y que estudiaba derecho en la universidad, en el mismo campus que él y a veces habían quedado para ir al cine o simplemente a tomar algo. Óscar siempre había pensado que Sara era increíble, además de guapa. Había intentado pedirle salir pero nunca se había atrevido, él era demasiado tímido. Aunque su fobia a las arañas se debía a ella, tampoco iba a odiarla por ello.

 

Todo había pasado cuando tenían doce años. Estaban en un bosque, buscando al perro de ella que se había escapado, cuando se les hizo de noche. Él se había asustado, pero Sara había mantenido la calma bastante bien. Demasiado bien. Había cogido una araña viva y de un tamaño considerable y se le había ocurrido ponérsela en el hombro para asustarlo. Y lo había hecho. Óscar había salido corriendo de miedo por entre los árboles seguido de Sara, quien le pedía a voces que se tranquilizase. Cuando finalmente él se paró, ella se disculpó con él y lo abrazó con fuerza. La situación no era suficientemente peligrosa como para que él tuviera ese pánico a las arañas. Pero no lo pudo evitar, era un gallina. Aunque ella no volvió a molestarle con el tema de las arañas y él se lo agradecía enormemente.

 

Dejó de pensar en ello y continuó avanzando por el museo. Atravesó las salas de exposición de los egipcios, los romanos y demás civilizaciones importantes. Pensando en que no había pasado por allí desde que había llegado al museo, entró en una pequeña sala en la que encontró a un hombre muerto. No parecía estar zombi, pero por si acaso no se acercó demasiado. Registró la sala en busca de algo que le pudiera ser útil, pero lo único que encontró fue una sala de cámaras y unas taquillas de metal que sólo tenían papeles y más papeles. Decepcionado con lo que había encontrado, salió de allí. De repente, el hombre que estaba en el suelo se levantó y se lanzó contra él. Óscar se sobresaltó visiblemente e intentó esquivar al desagradable ser, pero no tuvo suerte y el zombi lo agarró por los hombros, intentando acercar su boca al cuello del joven. Óscar le dio una patada para alejarlo de él y sacó el arma que llevaba, apuntando a la cabeza de aquél ser. Disparó y parte de la cabeza del zombi explotó, enviando trozos de hueso y carne por doquier. Óscar se estremeció al verlo y se alejó de él.

Ya sólo me quedan doce balas... Genial.

Óscar llegó al vestíbulo del museo y respiró profundamente. Estaba mentalizándose para salir al infierno que era ahora la ciudad. Pensó en los seres que le esperarían allí pero no se amilanó. Llegaría a la comisaría y buscaría más munición y luego, robaría un coche u otro vehículo y saldría de aquella maldita ciudad.

Óscar abrió las puertas y salió del edificio. Nada más poner un pie fuera el olor a muerte le llegó de lleno. Se puso una mano en la nariz para no respirar ese fétido olor.

—Ya no recordaba que la ciudad olía tan mal —se dijo.

Comenzó a bajar los peldaños de la escalinata que llevaban a la calle y miró a su alrededor. No parecía que hubiese nada peligroso por lo que se dirigió hacia su derecha, por una de las calles principales de la ciudad. Giró en la esquina y, al mirar, vio un par de zombis. Si corría los dejaría atrás. Se preparó para una carrera y salió disparado de donde se encontraba. Al verlo, los zombis gimieron y alzaron sus putrefactos brazos hacia él, pero Óscar era demasiado rápido y no lo consiguieron alcanzar.

Óscar se detuvo detrás de un coche que estaba volcado y miró hacia atrás. Los zombis estaban bastante lejos y parecían no estar dispuestos a seguirle. Suspiró, algo más tranquilo, pero su tranquilidad no duró mucho. Delante de él había un par de perros que parecían estar desollados. Tenían los ojos de color rojo y en la boca se les podía ver dos filas de blancos y puntiagudos dientes. De sus bocas salían varios fluidos.

—Ah, mierda —dijo Óscar cuando los vio.

Los perros se detuvieron al verlo y, de repente, se lanzaron contra él a la carrera. Óscar salió de detrás del coche giró a la izquierda, entrando en una calle llena de zombis, pero al joven no le importó. Siguió corriendo, apartando a empujones a los zombis que se le echaban encima pero lo que realmente le importaba eran los dos perros que le seguían. Comparados con ellos, los zombis eran tan peligrosos como corderitos.

Volvió a girar a la izquierda y se encontró con un callejón sin salida. Una barricada le impedía el paso, para colmo, estaba en llamas por lo que el intentar saltarla no era una opción. Se dio la vuelta para salir de allí, pero los dos perros ya habían entrado en la calle, caminando lentamente ahora, dirigiéndose hacia él. Sus rojos ojos estaban fijos en él y sus babas cayeron al suelo. Óscar sacó su arma y apuntó a la cabeza de uno de aquellos malditos animales. El pequeño arma vibró ligeramente cuando él apretó el gatillo. El animal retrocedió unos segundos pero no tardó en seguir avanzando hacia él. El percutor del arma golpeó al aire. Se le habían acabado las balas.

—¡Joder! —exclamó.

Ahora sí que estaba seguro de que aquél iba a ser su final. Aquellos perros lo iban a devorar vivo y ni siquiera tenía una maldita bala para meterse en la cabeza. Les lanzó la pistola y trató de retroceder, pero notó el calor del fuego de la barricada a su espalda y su sentido común le dijo que ya no podría retroceder más. Resignado a morir esperó a que los animales se acercaran para morderlo.

De repente y salidos de su derecha, cinco disparos derribaron a uno de los perros. Dos más seguidos por otros tres después de una brevísima pausa, abatieron al segundo perro, que cayó al suelo dando espasmos.

Óscar miró hacia su derecha y vio a una joven, no mayor que él, con un arma en las manos, le estaba mirando con atención. Tenía el cabello largo y recogido en una larga cola de caballo y tenía una rodilla sobre un pequeño murete que estaba a los bordes de una pequeña escalera. Se incorporó ligeramente y vio que llevaba un chaleco con un cuchillo de grandes dimensiones en la espalda. Ella e hizo un gesto con la mano que tenía libre y él se acercó a ella. Cuando hubo llegado a las escaleras, ella entró en el edificio. Una vez dentro, cerró las puertas y le miró a los ojos mientras guardaba el arma, sonriendo. Óscar pensó que era la mujer más guapa que había visto, sus ojos de un color azul precioso y una sonrisa encantadora le dijo que ella no le iba a hacer daño. Para su desgracia, comenzó a hablarle en francés, por lo que no entendió ni una sola palabra. A los pocos segundos, ella lo miró y fue dejando de hablar poco a poco. Finalmente suspiró a la vez que bajaba la mirada.

—Tu ne parle pas français —dijo ella con una nota de sarcasmo en la voz  mientras meneaba la cabeza—. ¿Hablas inglés, quizá?

—Sí —dijo Óscar algo más aliviado de que ella hablara inglés—. Me manejo bastante bien con él.

—Eso está bien —respondió ella, volviendo a sonreír—. Me llamo Eva Black, ¿Cuál es tu nombre?

—Óscar García —dijo él, respondiendo a su pregunta.

—¿García? —dijo ella, sin dejar de sonreír y levantando una ceja—. ¿Qué hace un chico español como tú en una ciudad francesa como esta?

Óscar entendió el intento de la joven por animarlo, pero sólo el hecho de recordar lo que le había ocurrido a su familia hizo que mirara al suelo y no contestara. Ella pareció darse cuenta en seguida porque se disculpó con rapidez.

—Perdona, no es asunto mío —dijo ella, mirando hacia la escalera—. Será mejor que me acompañes y así te presentaré al resto...

—¿Al resto? —preguntó Óscar, algo asombrado—. ¿No estás sola?

—No —respondió ella mientras subía las escaleras—. Terminamos en esta ciudad por accidente. Literalmente hablando.

—¿Qué pasó? —preguntó de nuevo Óscar.

—Algo nos golpeó y la furgoneta en la que veníamos volcó y el coche que nos seguía se estrelló contra ella, haciendo que se incendiase y que nos quedáramos sin medio de transporte —dijo ella, entrando en una habitación.

—Oye —dijo Óscar antes de entrar en otra habitación, de la que salían varias voces—, quiero darte las gracias por saberme de esos seres.

—No le des mayor importancia —dijo ella, sonriendo mientras abría la puerta y entraba en la sala—. ¡Ya estoy de vuelta! ¿Me habéis echado de menos?

Óscar entró en la estancia detrás de ella y se encontró con cuatro personas más, dos hombres y dos mujeres que se volvieron hacia ellos en cuanto entraron. Uno de los hombres, uno de la complexión de un toro y con la piel oscura sonrió hacia ellos.

—¿Estamos en una crisis y tú te largas a ligar? —le dijo a Eva.

—Cielo ya sabes qué tu eres el único —le respondió ella, sonriendo también.

—Vale —concedió el hombretón—, y ¿quién es el pipiolín?

—No me llames pipiolín —dijo Óscar, mosqueado.

—¡Vaya, tiene carácter! —dijo el hombretón con una carcajada.

—Déjalo en paz, John —dijo Eva, acercándose a él y dándole un leve puñetazo en el hombro—. Acabo de salvarlo de un par de Cerberus...

—¿Cerberus? —preguntaron todos.

—Es el nombre de los perros mutantes —explicó ella, mirándolos con algo de sorpresa—. Los científicos de Umbrella los llamaron así.

—¿Umbrella? —preguntó Óscar—. ¿Esa no es la compañía que fue acusada por un grupo de locos que decían que estaban trabajando en algo poco moral?

—¡Ésta si que es buena! —exclamó John, riéndose—. Ahora resulta que somos un grupo de locos... Oye, Rebecca, ¿por casualidad no conocerás a un psicólogo de los buenos? Creo que todos necesitamos uno de esos.

—¿Vosotros... Vosotros sois los que acusasteis a la compañía? —preguntó Óscar, algo impresionado.

—Los mismos —dijo Eva. Luego le sonrió con algo de maldad—, no nos tendrás miedo, ¿verdad?

—No, no —se apresuró a decir Óscar—. Es sólo que... Que...

—No te lo esperabas —el otro hombre terminó la frase por él.

Óscar asintió, algo nervioso.

—Disculpa mis modales —dijo Eva—. Este idiota de aquí es John, ellas son Jill y Rebecca y él es David. Él chaval se llama Óscar García.

Óscar estrechó las manos de aquellos que acompañaban a Eva y, cuando le estrechó la mano a aquél que se hacía llamar David, éste se llevó la mano derecha hacia el hombro izquierdo. Rebecca se dio una palmada en la frente.

—¡Dios, la bala! —exclamó mientras se acercaba a David y lo llevaba hasta una mesa—. ¿Por qué no me lo has dicho? Vamos, súbete a la mesa y quítate la camiseta.

—Vaya, Rebecca —dijo John, con su buen humor—, directa al grano.

Rebecca no se dignó a contestarle, tan sólo lo asesinó con la mirada mientras sacaba de su botiquín instrumental para la pequeña operación. Óscar lo observó con atención, dudando al principio y decidido después, le dijo a Rebecca.

—¿Quieres que lo haga yo? —todos se volvieron hacia él—. Estudio medicina en la universidad, sólo me queda un año y...

—Te lo agradezco pero —dijo Rebecca, interrumpiéndolo con una sonrisa-, yo me ocuparé.

—No te preocupes —le dijo Eva—, Rebecca es el médico del equipo.

Óscar asintió, mirando cómo ella examinaba la herida del hombre. Rebecca cogió dos instrumentos quirúrgicos y le dijo a David:

—Esto te va a doler.

—Lo sé —respondió éste—. Pero no es la primera vez que me sacan una bala a lo vivo.

Rebecca miró el torso descubierto de David y vio un par de cicatrices de bala. Volvió a mirarle a los ojos y le sonrió. Después de unos instantes, Rebecca consiguió sacar la bala y de la herida de David comenzó a salir bastante sangre. Rebecca puso una gasa en la herida y le indicó a David que la mantuviera así, para evitar que la sangre siguiera saliendo. Rebecca colocó el instrumental en otra gasa para que no se pudiera infectar y limpió la herida con un desinfectante, después, la cosió y la vendó. Mientras ella estaba haciendo esto, David la miraba con ternura. Cuando terminó de vendarle, ella le miró a los ojos y se dio cuenta de que la estaba mirando y, sonriéndole, le lanzó la camiseta al regazo. David soltó una carcajada ante la respuesta de Rebecca. Se volvió a poner la camiseta y se volvió hacia ellos, algo más serio.

—Vale, tenemos que encontrar una manera de salir de este infierno y de contactar con el otro grupo —les dijo—. Eva, dale a nuestro amigo un arma para que no vaya desarmado.

Eva se acercó a Óscar, rebuscó en su pequeña mochila y le dio una Beretta que les sobraba junto con algunos cargadores para ella. Óscar miró el arma que Eva le había dado y luego a ella. Eva sonrió.

—Se usa como todas —le dijo—. Mira, este es el seguro, si la vas a llevar en el pantalón o en cualquier otro lugar, será mejor que lo pongas. Si la vas a llevar en alto, cosa que te aconsejo dadas las circunstancias, no lo pongas. Tardarías demasiado tiempo en quitarlo y los zombis te podrían alcanzar. Y, créeme, eso no es bueno —Eva sonrió de forma pícara—. Por cierto, si aprietas esa cosita de ahí, el arma dispara.

Óscar la miró con algo de indignación. Sabía que ella le estaba tomando el pelo con aquello, ella sabía perfectamente que él sabía cómo usar el gatillo de un arma. Supuso que ella trataba de animarlo, para que no se asustara demasiado con la situación. Suspiró y le sonrió.

—Me alegro de saber que hay alguien en esta ciudad que es capaz de decirme para qué sirve esa palanquita —le dijo él. Ella sonrió más abiertamente y se volvió hacia el resto.

—¿Y bien? —les dijo—. ¿Qué hacemos ahora?

—Pues lo que David acaba de decir —le dijo John, divertido—. Salimos al infierno y buscamos una limusina que tan amablemente nos va a sacar de este sitio.

—Gracias por refrescarme, John —le respondió Eva—. Sólo espero que seas tú quien pague la factura de la limusina…

Mientras se reían salieron de la sala en la que estaba. Óscar estaba algo impresionado por el hecho de que ellos se tomaran tan a la ligera aquél asunto. Su asombro pasó a ser indignación. Sin poder controlarse, les habló:

—¡¿Cómo podéis tomaros tan a la ligera el hecho de que en esta ciudad haya gente enferma?! —Óscar empezó a temblar—. ¡Habláis de esto como si fuera un juego!

—Óscar —dijo Jill—, nos tomamos los escapes del virus-T bastante en serio. Pero no pienso estar deprimida o triste, preocupada o llena de ira sólo por el hecho de que haya gente que esté enferma. Ya estuve así cuando ocurrió todo en Raccoon City, y no voy a volver a pasar por ello. Si te parece mal lo que hacemos o que nos tomemos con algo de humor, te puedes ir. De lo que estoy segura es de que no voy a discutir contigo sobre ciertos principios morales. En esta situación tenemos que elegir: o ellos, o nosotros. Yo tengo clara la elección, ¿la tienes tú?

Jill se dio la vuelta, caminando de nuevo junto a sus compañeros. Óscar meditó lo que ella había dicho y supo que, muy a su pesar, tenía razón. Vio que Eva se acercaba a Jill y le decía que se había pasado pero Jill le contestó que era necesario. De repente, notó una mano en su hombro y, al volverse, vio que se trataba de Rebecca, quien le sonreía abiertamente. Óscar se dio cuenta que Rebecca también era muy guapa. Y parecía ser más joven que él.

—No se lo tomes en cuenta —le dijo—. Jill es una de las mejores personas que conozco pero lo que vivió en la ciudad de Raccoon City hace que se ponga enferma. Allí pasó muy malos ratos y eso pasa factura.

Le dio dos palmadas suaves en el hombro y siguió al resto, poniéndose al lado de David. Óscar los siguió para no quedarse atrás. Tenía la ligera impresión de que si seguía con ellos, tendía al menos unas posibilidad de sobrevivir.

Había oído hablar de la ciudad de Raccoon. Según las noticias, un gran incendio había arrasado con la ciudad. Aunque había rumores de que alguien había bombardeado la ciudad. También había oído que los STARS decían que Umbrella había realizado experimentos con humanos y que ello había dado como resultado que la ciudad entera se hubiese convertido en una ciudad de muertos vivientes. Claro que, de los rumores sólo se puede creer una mínima parte, por no decir que muchas veces eran más falsos que verdaderos. Óscar se decidió a preguntarle a Eva o a Rebecca sobre el asunto. Sabría que, aunque no le contaran todo lo que había pasado, se podría enterar de gran parte de lo que había pasado.

Sólo espero que Jill no se vuelva a mosquear…