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Resident Evil: El Área B3

Chapter Text

—¡Maldita sea! —exclamó John, girando bruscamente para no chocarse con un coche que circulaba por la carretera—. ¿Qué coño pasa que siempre que nos dirigimos a algún sitio los capullos de Umbrella acaban encontrándonos?

Un disparo de escopeta impactó contra las puertas traseras de la furgoneta en la que iban. Eva rompió el cristal de una de ellas, asomó unos segundos y luego abrió fuego contra el coche que los seguía. David estaba enfrente de ella, justo en la otra puerta, cargando su arma con el cargador que Rebecca le estaba dando.

—¡John! —dijo David. Su voz sonaba muy tranquila y John dedujo que se debía a su acento británico—. ¡Trata de despistarlos entre los coches!

—¡Qué fácil se ve desde ahí atrás! —gruñó él.

—¡John, deja de quejarte! —le reprochó Eva, tras acabar con las balas de su cargador—. Créeme, esto es como un infierno.

John miró por el espejo retrovisor y vio como ponía un cargador nuevo y se giraba para abrir fuego contra sus perseguidores. Eva Black, hija de su antiguo capitán y que se les había unido hacía bien poco a la causa que ellos llevaban contra la empresa farmacéutica. La conocía desde hacía más de tres años y le caía bien. Por el retrovisor vio de reojo cómo Rebecca le daba otro cargador a David y cómo Jill ocupaba su lugar durante unos instantes. Dejó de mirar por el espejo para seguir conduciendo por aquella maldita autopista.

Eva volvió a abrir fuego contra el vehículo y los estallidos que produjo la deflagración de la pólvora sonaron como los bramidos de un dios dentro de la furgoneta. Trató de no dar a cualquier otro que no fuera aquél que los perseguía, pero con John conduciendo entre los coches no era fácil. Jill sustituyó a David unos instantes mientras él miraba GPS para decirle a John lo que debía hacer a continuación. Jill era buena tiradora, pero le dio la sensación que en movimiento su puntería se veía disminuida.

—¡Jill! —dijo Eva—. Intenta apuntar a las ruedas.

Jill asintió con la cabeza y se giró para disparar mientras Eva cargaba su arma. Ella misma intentó apuntar a las ruedas pero era bastante complicado. Ambas se apartaron justo cuando sintieron los impactos de otra descarga de la escopeta que salía del sédan que los seguía.

—¡John! —dijo David—. En la siguiente salida hay una pequeña ciudad. Vamos a intentar despistarlos allí, ¿de acuerdo?

—Sí, vale —gruñó John de nuevo, girando en la salida que David le había indicado—. Pero espera... ¿Y los demás qué?

—No te preocupes por ellos —le respondió David, regresando a su puesto en la puerta—, bastante tienen con despistar al otro coche.

Se giró para abrir fuego cuando sintió un agudo dolor en el hombro izquierdo. Ahogando un gemido de dolor intentó devolver el disparo pero Rebecca tiró de él y le obligó a sentarse en el suelo. Jill ocupó enseguida su puesto, abriendo fuego contra el coche. Rebecca le quitó la camiseta y le observó la herida de bala que tenía en el hombro. Chascó la lengua y le miró a los ojos. Luego sonrió.

—No es grave —le dijo ella, con suavidad—, pero en cuanto pueda voy a tener que extraerte la bala. Lo voy a desinfectar un poco y te lo voy a vendar. Pero procura no moverlo en exceso, ¿vale?

David asintió mientras miraba como ella rebuscaba en un botiquín, buscando un bote de agua oxigenada. Sintió ganas de abrazarla a pesar de que no había razón para ello. Estaba seguro de que lo que había pasado en el hotel tenía bastante que ver. Sintió un fuerte escozor cuando Rebecca aplicó una gasa empapada del desinfectante. Ella le miró y sonrió a modo de disculpa y David le devolvió la sonrisa como pudo. Rebecca le vendó y, cuando terminó, David deseó que ese momento hubiera durado algo más. Le había agradado la sensación de los suaves dedos de Rebecca sobre su cuerpo. David se volvió a poner la camiseta y miró a Eva y a Jill.

—¿Cómo estás, David? —le preguntó Eva.

—Bien —le respondió—. ¿Y el coche? ¿Aún nos sigue?

—Sí —dijo Jill—, pero desde hace un buen rato ha dejado de disparar.

David iba a responder cuando un potente golpe embistió al vehículo justo donde él estaba sentado, desequilibrándole s él mismo y a la furgoneta, que cayó de costado y avanzó unos metros arrastrándose por el suelo mientras soltaba chispas. Finalmente se detuvo. David se levantó y miró a su alrededor, intentando saber cómo estaban sus compañeros. Su hombro herido hizo que soltara un gemido. Eva estaba tumbada a su derecha, junto a Jill. Ambas parecían estar bien ya que se estaban levantando y ya salían de la furgoneta, se giró hacia su izquierda y vio a Rebecca tumbada. Se agachó a su lado y la observó con preocupación mientras la giraba con suavidad. Ella abrió los ojos y se incorporó.

—¿Estás bien? —le preguntó a la joven bioquímica.

—Sí, sólo tengo un leve dolor de cabeza...

—¡Todos fuera del vehículo! —gritó Eva—. ¡Ahora!

Salieron del vehículo todo lo deprisa que pudieron. David había agarrado a Rebecca del brazo y tirado de ella hasta sacarla de allí. Vio cómo Jill y Eva sacaban a John de la furgoneta a través del parabrisas y lo alejaban todo lo que podían. Antes de que David pudiera decir algo, el coche que los seguía se estrelló contra su vehículo, explotando y provocando que la onda expansiva los lanzara varios metros hacia atrás.

—¿Estáis todos bien? —preguntó David, casi a voces para hacerse oír—. Eva, ¿cuál es tu estado?

—Estoy bien —dijo ella—, sólo que me pitan los oídos...

—¿John?

—También bien —dijo la voz de John, que venía de detrás de Eva—. Siempre he odiado los fuegos artificiales...

—¿Jill?

—Estoy bien —dijo la joven—. Aunque me duele el brazo izquierdo pero no es ningún impedimento.

—¿Rebecca?

—Estoy bien —dijo ella, apretando su mano contra la de él. Estaba temblando. David le pasó un brazo por los hombros, para tranquilizarla. El resto del grupo los observó con curiosidad, pero a David no le importó en absoluto.

Miró a su alrededor, preguntándose qué demonios había sido lo que los había embestido de aquella manera. Acababa de ponerse el sol y las farolas comenzaron a encenderse. David se dio cuenta de que la calle estaba bastante mal iluminada y que en los edificios no se veía ninguna luz. La ciudad tenía pinta de haber estado habitada hasta hace poco dado el estado de las casas y de las calles. Entonces, ¿por qué no había ningún indicio de civilización allí? Algo le dijo que en ese lugar pasaba algo y que no era nada bueno.

—David —dijo la voz de Eva. David la miró y vio que estaba bastante preocupada—. Los demás estarán bien, ¿no?

—No lo sé —dijo él. Sabía que mentirla no iba a servir de mucho—. Pero probablemente sí. De noche es más fácil despistarlos en una autopista. No estoy seguro al cien por cien, pero creo que ellos están en una situación mejor que la nuestra...

Habían tenido que hacerse con dos furgonetas para el largo trayecto hasta la sede central de Umbrella en Alemania ya que eran demasiados como para ir en un solo vehículo. Tres horas antes, dos coches negros les habían comenzado a seguir y ellos habían tenido que despistarlos. Y, para colmo, habían llegado a una ciudad donde parecía no haber nadie, estaban sin medio de transporte y casi sin armas.

David respiró profundamente y se levantó, ayudando a Rebecca a ponerse en pie. Eva, Jill y John también se habían puesto en pie y habían sacado sus armas y las estaban comprobando. Eva se acercó al vehículo que todavía ardía y consiguió sacar una pequeña mochila con medicinas y otra con armas. Apenas se alejó unos pasos, los dos vehículos volvieron a estallar. Le dio la mochila con medicinas a Rebecca y repartió las pocas armas que tenía la pequeña bolsa que había sacado de la furgoneta. Eran en su mayoría cargadores de las nueve milímetros y algunos para su Magnum. También estaba su cuchillo, que no tardó en colocarse en la espalda, al alcance de la mano. Se incorporó y miró a David.

—¿Qué propones hacer? —le dijo.

—Supongo que deberíamos encontrar otro vehículo y salir de aquí en seguida —le respondió él—. Este sitio me da muy mala espina.

—A ti y a todo el mundo —murmuró John.

Decididos a salir de allí, se pusieron a caminar por la abandonada calle con las armas en alto, dispuestos a disparar contra cualquier cosa que pudiera amenazarles. Atravesaron un par de calles hasta que Eva se agachó y recogió un periódico del suelo.

—Parece que allá donde vayamos las pesadillas nos persiguen —murmuró cuando leyó el titular.

—¿Por qué dices eso, Eva? —preguntó Jill.

—Pues por que estamos ante una segunda Raccoon City —respondió Eva—. Según esto, una mujer mordió a varias personas del hospital. Varios días después la gente comenzó a estar infectada -Eva hizo una mueca mientras le pasaba el periódico a los demás-. El resto ya nos lo podemos imaginar.

A David se le hizo un nudo en la garganta cuando leyó el artículo.

Otra vez un desastre de estos, odio cuando ocurren estas cosas.

-Bien, estad atentos a lo que se mueva y que no parezca humano -les dijo.

Todos asintieron y se pusieron a caminar.

Eva pensó en Chris. Pensar que estaba lejos de él la hacía sentir sola. Sólo esperaba que él estuviera bien y que los desgraciados de Umbrella no los hubieran capturado. Recordaba que cuando ella regresó a su piso en París, después de que la instalación de Zurich hubiera estallado por los aires, Chris la había abrazado durante casi un minuto entero. Aquello le confirmó que él sentía lo mismo que ella por él. Y eso la hizo muy feliz. Habían intentado avanzar en su relación pero no habían podido debido a lo ocupados que estaban con el tema de la compañía farmacéutica. Eva suspiró. A pesar de los problemas que habían tenido en ese sentido, estaba feliz. Sabía que Chris la quería y eso la animaba a terminar de una vez con Umbrella.

Un coro de gemidos la sacó de sus pensamientos. Volvió la mirada hacia su derecha, hacia una calle que en la que vio a cinco zombis. Sacó su arma y abrió fuego. Oyó que el resto también disparaba y vio cómo los caían al suelo entre sus fluidos corporales. Haciendo otra mueca, Eva enfundó su arma de nuevo y siguió caminando por la calle, al lado de Jill y John.

Dos calles más abajo se encontraron con un gran cartel de metal tirado en el suelo. Eva se acercó a él y soltó una pequeña carcajada. El resto se le acercó, intrigados por saber qué era lo que le hacía gracia. Una vez a su lado, vieron que rompía un cristal y que sacaba un gran trozo de papel y se lo mostraba. Era un mapa de la ciudad.

—¿Eso es un mapa? —preguntó Jon, divertido—. ¿Qué diantre hace un mapa en medio de la calle?

—En las ciudades europeas hay mapas para que los turistas no se pierdan cuando vengan a visitarlas —explicó Eva—. Suelen tener un cartelito con la frase “Está usted aquí” para indicarte dónde está el mapa que estás mirando... ¿Lo ves? —Eva señaló un punto rojo con una leyenda justo encima—. Eso quiere decir que nosotros estamos aquí. Quizá podríamos ir a la comisaría...

—Sí, claro —dijo John, con cierto tono de sarcasmo—. Seguro que hay un montón de poli zombis dispuestos a ayudarnos.

—No seas idiota, John —le reprendió ella—. Seguramente la comisaría esté a reventar de zombis, pero casi no tenemos munición y puede que en la comisaría haya algún almacén de armas que no haya sido saqueado. ¿Qué opinas David?

David lo meditó unos instantes, con la mirada en el suelo. Finalmente miró al equipo y dijo:

—No perdemos nada por ir a mirar. Además, de camino podemos buscar un vehículo para salir de aquí.

Marcaron una ruta para ir a la comisaría y se pusieron en marcha. Vieron varios coches en llamas y unos cuantos zombis más que esquivaron sin mayores problemas. Giraron en la siguiente esquina y vieron un edificio de color blanco en cuya pared frontal decía claramente que aquella era la comisaría que estaban buscando.

Subieron las escaleras que daban a la entrada principal y, con cuidado, abrieron las puertas del edificio. Una vez dentro, un olor fétido y a carne descompuesta les llegó de lleno. Llevándose las manos a la nariz para no respirar aquél nauseabundo olor entraron en la recepción de la comisaría.

—Será mejor que nos dividamos —dijo John—. Cuanto antes la registremos, mejor.

David se volvió hacia Rebecca, con una mirada de estar preguntándole si necesitaba ir acompañada. Ella sonrió y levantó su arma para demostrarle que era capaz de hacerlo ella sola sin ayuda. David asintió, poco convencido, y se dirigió hacia la parte derecha de la sala. Rebecca respiró profundamente, de lo que se arrepintió en seguida cuando el olor a muerte le inundó los pulmones. Ahogando un impulso de vomitar, se encaminó a la puerta que tenía a la izquierda. La abrió y se encontró con una pequeña sala de espera, donde había dos zombis, uno de lo que parecía ser una mujer y otro de un crío de unos diez años. Rebecca corrió hacia la siguiente puerta para no tener que disparar contra aquella mujer y lo que anteriormente fue su hijo. Abrió la puerta y la cerró tras de ella, respirando agitadamente. No acababa de acostumbrarse a ver a niños convertidos en zombis. Un gemido la puso en alerta y vio un zombi acercándose hacia ella. Rebecca apuntó con la Beretta y disparó. El zombi cayó al suelo, sin vida. Rebecca registró la sala con la mirada y no vio nada importante. Salió de aquella habitación y entró en la siguiente. Parecía una oficina y también parecía que no había nadie allí. Más tranquila se dispuso a registrarla cuando un gemido le llegó de una sala contigua que había pasado por alto. Se giró con la Beretta en la mano y se acercó poco a poco a aquella habitación. Una vez en el borde de la puerta, se asomó y lo que vio hizo que bajara el arma.

Un hombre de entre treinta y cuarenta años estaba apoyado en la pared, con una mano en el estómago. De entre sus dedos salía sangre y Rebecca se apresuró a auxiliarle. Cuando se acercó a él, el hombre abrió los ojos, con una expresión de sorpresa y dolor en la mirada, murmurando algo en francés.

—Shhh —le dijo Rebecca—. No hables, voy a curarte.

—¿Quién egues? —le preguntó el hombre con un inglés rociado con un acento francés.

—Me llamo Rebecca Chambers y soy un ex miembro de los STARS de Raccoon City —dijo ella mientras miraba la herida de aquél hombre.

—En Gaccoon City —dijo el hombre entre jadeos—, pasó lo mismo que aquí. La gente comenzó a comegse entge sí y —el hombre hizo una pausa— a mi me mogdió mi compañego... Yo ya no tengo salvación... Mágchate y déjame aquí.

Rebecca sabía que el hombre tenía razón. Si le habían mordido, ella poco podía hacer, así que salió de la habitación y regresó a la recepción de la comisaría.

 

Jill subió por la escalera que daba a la parte superior del edificio, dirigiéndose hacia la puerta que tenía delante. La abrió y entró en la sala. Parecía la oficina de los policías. Aquello le recordó irremediablemente a la sala de los STARS de Raccoon, donde ella y sus compañeros se habían reunido tantas veces y donde había comenzado toda aquella pesadilla. La última vez que había estado en aquella sala había sido cuando estaba huyendo del Némesis. Aquello le puso la piel de gallina. Recordar el calvario que había vivido en Raccoon huyendo constantemente de aquella bestia despiadada, con aquella macabra sonrisa sin labios en la cara, provocaba que Jill tuviera escalofríos y pesadillas por las noches. Lo único bueno que había salido de aquella situación era haber conocido a Carlos, quien le había salvado la vida encontrando la cura para el virus que Némesis le había inoculado al atacarla.

Carlos...

Jill pensó en él. Después de lo sucedido en Raccoon y durante el viaje en helicóptero, Carlos y ella habían hablado bastante y se habían conocido más profundamente. Jill se había sentido confusa durante bastante tiempo. Había sentido algo por Chris cuando había llegado a Raccoon pero, finalmente, Carlos había ocupado su corazón. Aunque en el fondo se sentía culpable. No sabía realmente por qué, pero no se atrevía a hablar de ello con Chris. Cuando Eva regresó al piso de París, Chris la había abrazado como si no se hubieran visto en bastantes años. Eso le indicó que podía haber dejado de sentir algo hacia ella y que Eva hubiera ocupado su lugar. Le agradó saber que la había aliviado darse cuenta de ello, aunque no estaba segura de ello.

Suspirando, miró la sala en la que había entrado. Había varias mesas en cuyas superficies estaban cubiertas por papeles y más papeles desordenados. Jill se acercó a una de ellas y les echó un vistazo. No tuvo mucha suerte: todo estaba en francés. Sintiéndose derrotada, terminó de registrar la sala sin encontrar nada, ni siquiera un zombi, y regresó a la recepción del edificio, donde encontró a Rebecca ya esperando.

 

David entró en una sala que le pareció que eran los vestuarios de los policías. No le agradó haber dejado a Rebecca sola, pero no podría estar siempre protegiéndola. Además, la chica no parecía dispuesta a que él estuviera siempre encima de ella. Pensando en que ella era más valiente de lo que en un principio había supuesto, se centró en mirar la habitación en al que acababa de entrar. Se encontró con las taquillas abiertas y su contenido tirado por el suelo. Supuso que la gente, aterrorizada, las había registrado buscando algo con lo que hacer frente a los muertos vivientes. David sintió que una ira crecía en su interior. Para él, desde el mismo momento en que terminó la misión de la ensenada de Calibán, el nombre de Umbrella era sinónimo de muerte.

Miró la sala y, al no ver nada, salió por la otra puerta, una que estaba a su derecha. Nada más entrar un zombi le dio la bienvenida con un gemido hambriento. David cerró la puerta y le disparó. El zombi cayó al suelo con un último gemido. David giró sobre sí mismo, mirando a su alrededor. Decidió que allí no había nada que se pudiera aprovechar, e iba a salir de allí cuando una gran caja de metal le llamó la atención. Se acercó a ella y sonrió. Era el almacén de las armas y parecía estar intacto. Intentó abrirla pero se encontró con que estaba cerrada con llave. Pensó en pegarle un tiro pero el metal parecía más que resistente a los disparos, de hecho, pensaba que lo más probable era que la bala saldría rebotada y que le daría... Y no estaba dispuesto a recibir otro disparo.

Con uno al día tengo bastante, pensó David meneando la cabeza.

Pensando en una manera de poder abrir la caja, recordó que Jill había abierto la puerta de la casa de uno de los miembros de los STARS con un clip y un pendiente, así que se dijo que lo mejor era que Jill intentara abrir la dichosa caja.

Salió de allí con el arma en alto, cuando por el pasillo se encontró a John.

—¿Has encontrado algo? —le preguntó David.

—Sólo zombis y un par de arañas —le respondió él.

Salieron a la escalinata de la entrada de la comisaría y vieron allí al resto. Éstos se volvieron para mirarles. David vio que la camiseta y parte del pantalón de Rebecca tenían manchas de sangre y se alarmó. Bajó las escaleras con rapidez y la miró con preocupación, pero ella no parecía entender su reacción.

—¿Estás bien? —le preguntó a Rebecca.

—Sí —dijo ella, algo desconcertada—. ¿Por qué?

David le señaló la sangre que tenía en la ropa y ella medio sonrió.

—No es mía —le dijo—, me encontré con un hombre herido por allí —dijo mientras señalaba la puerta por la que había entrado—. Estaba sangrando pero me dijo que uno de sus compañeros le había mordido, por lo que no lo pude salvar. Y vosotros, ¿habéis encontrado algo?

—Sí —dijo John—, varios zombis y un par de arañas —Jill se estremeció—. ¿No te gustan las arañas?

—No —dijo ella—. Nunca me gustaron y después de lo de la mansión Spencer, jamás las veré de la misma manera.

—Yo creo haber encontrado el almacén de las armas —dijo David—, pero está cerrado. Esperaba que Jill pudiera abrirlo.

Se dirigieron hacia la sala donde David había encontrado la caja metálica y Jill le echó un vistazo a la cerradura.

—¿Podrás abrirla? —le preguntó John.

—Claro —dijo ella con una sonrisa—. Tiene una cerradura muy fácil de abrir. No os preocupéis, la abriré en seguida.

Dicho esto, sacó de su mochila de combate un pequeño paquete en el que había varias ganzúas y Jill cogió un par de ellas. Después de andar hurgando en la cerradura, ésta se abrió, dejando al descubierto su interior. En ella encontraron cargadores para las nueve milímetros y un par de cargadores para ala Magnum de Eva.

Cuando se disponían a salir de la sala, oyeron disparos fuera del edificio. Eva dijo que ya iba ella, que no hacía falta que la acompañasen. David la dejó ir, un poco a su pesar, y se volvió hacia el resto de sus compañeros para mirar el mapa y buscar una ruta para salir de allí.