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Resident Evil: Hope

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Eva estaba en una habitación, registrando una mesa en busca de cualquier cosa que la ayudara a salir de allí.

Maldita sea, pensó, tiene que haber algo aquí que me ayude a abrir la puerta del pasillo número trece...

Pensó que la misión que le habían encomendado, que había parecido tan sencilla en un primer momento, se había salido de madre. Tan sólo tenía que tratar de encontrar a un espía que se había filtrado en la empresa farmacéutica llamada Umbrella, ésa era su gran misión. Le había parecido raro desde un principio ya que los STARS (Escuadra Especial Táctica de Rescate) no hacían ese tipo de trabajos, pero le habían dicho que como Umbrella había donado durante años grandes cantidades de dinero a la fundación, lo harían como favor.

Había entrado sin problemas en la compañía y el tal Trent, uno de los jefazos de la empresa, le había presentado a uno de los científicos más brillantes que tenían después de otro tal Birkin, un tipo llamado Gary Smith. Aquél tío le había dado muy malas vibraciones desde el primer momento. No le gustó nada pero todo sea por el éxito de la misión y para poder volver a casa cuanto antes…

Eva Black suspiró. Echaba de menos su casa, su cama y a David. Un gran hombre que era más un hermano que un amigo. Le dio una patada a la pata de la mesa, enfadada y frustrada por no haber encontrado la llave que andaba buscando.

—¡Mierda!

Todo había ido sobre ruedas hasta que uno de los empleados, de esos que tan sólo tenían que trasladar ciertos componentes o cosas por el estilo, había dejado caer un gran tubo lleno de virus-T al suelo. Como era de esperar, el virus contagió a todo aquél que estaba presente. Para colmo, el sistema de ventilación lo había distribuido por toda la instalación. Ella y otros tres habían tenido una suerte que no acababa de creerse. Estaban en una de las salas de seguridad, de esas que cuando el sistema de seguridad registra alguna amenaza, cierra herméticamente tanto los conductos de ventilación como las puertas. Ella había logrado evitar a los infectados y a los demás seres que estaban sueltos por la instalación, pero sus compañeros no habían tenido tanta suerte. A Frank le había mordido uno de aquellos zombis y a Sean le había alcanzado un zarpazo de uno de los Eliminadores…

Y la única forma de salir de aquí es por la puerta que da al pasillo número trece que, casualmente y para tocar los cojones, está cerrada con llave.

Iba a salir de la habitación en la que estaba cuando oyó un murmullo de voces seguidos por el sonido de varios pares de botas resonando en el suelo. Eran pasos de varias personas y no parecían estar infectadas.

¿Umbrella? ¿Ya ha enviado un equipo de limpieza? No, no puede ser, es demasiado pronto. Entonces, ¿quién anda por ahí sin estar infectado? De todas formas, sea quien sea, no será un amigo.

Miró a su alrededor, buscando un lugar para esconderse y vio un conducto de ventilación en el techo. Eva bufó.

—A caballo regalado... —se dijo en voz baja.

Se dirigió hasta él y, con el cuchillo que llevaba, hizo saltar la rejilla, que dejó escondida en un rincón y, de un salto acrobático, se metió en el conducto, quedando como si estuviera haciendo el pino.

No tardó en regañarse por ello.

Brillante idea, Eva. Sólo a ti se te podría ocurrir meterte con los pies por delante en un lugar así.

 Decidió dejar la auto regañina para más tarde cuando oyó la puerta abrirse y a gente que entraba dentro de la sala.

—Está vacía —dijo una voz femenina.

Oyó como se cerraba la puerta, seguida por la voz de un joven con un fuerte acento hispanoamericano.

—¿Dónde demonios está la salida de este maldito lugar?

—¿Y quién lo sabe? —dijo la voz de otro hombre, mucho más grave—. Casi hemos registrado toda la instalación y aún no la hemos encontrado. El problema es que la cuenta atrás comenzará en cinco minutos y entonces sólo tendremos diez minutos para salir de aquí antes de que todo salte por los aires.

¿Han activado la autodestrucción? ¿Por qué lo habrán hecho?

Eva notó cómo el collar, con las chapas de identificación que David le había regalado, se le estaban escurriendo por la cabeza. Si no hacía algo para evitarlo, caerían al suelo y aquellas personas la descubrirían y, posiblemente, matarían. Pero si se soltaba, se caería ella y eso tampoco era un gran plan. Intentó evitar que se cayeran levantando la cabeza pero no pudo hacer nada: las malditas chapas se precipitaron por el agujero y golpearon estrepitosamente el suelo.

¡Joder!

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la voz de un hombre, joven al parecer, que no había hablado hasta ese momento.

Oyó que alguien se acercaba a una distancia prudencial de donde estaban las chapas de identificación y, a través del agujero, vio a un chico joven, de unos veinte o veinticinco años, con el pelo castaño rojizo y que portaba una Desert Eagle como la que ella tenía. Se agachó y recogió las chapas del suelo.

—Son unas chapas de identificación, como las que usan en el ejército —dijo al resto, saliendo del ángulo de visión de Eva—. Espera un momento, aquí hay dos nombres: Eva Black y...

—¿Qué pasa, Leon? —dijo el hombre con la voz grave al ver que su compañero tardaba en hablar.

—El otro nombre es el de David —dijo el joven que había cogido las chapas del suelo y que parecía responder al nombre de Leon.

—¿Estás seguro? —le volvió a preguntar el hombre con la voz grave—. Déjame ver.

Eva dejó de escuchar las voces de aquellos que parecían conocer a David. Instantes después, volvió a oír al hombre de voz grave.

—Sí, es él -dijo—. Pone la fecha de nacimiento y es la suya. Lo que me intriga es quién es la mujer que aparece en la otra chapa…

Eva notó que se le comenzaban a dormir los brazos y se movió para que la sangre corriera por ellos pero el metal del conducto de ventilación crujió.

¡Mierda!

  —¿Habéis oído eso? —preguntó la mujer—. Puede haber uno de esos monos mutantes. ¿Disparamos?

Ah, joder. ¡Si van a disparar prefiero dejar que me vean! Conocen a David, puedo tener una oportunidad de que me crean.

Decidida a dejarse caer antes de que abrieran fuego, habló desde el conducto. Su voz sonó amortiguada y con eco dentro de él.

—¡Esperad! —dijo—. ¡No disparéis! Bajaré.

Sin esperar a que ellos contestaran, Eva comenzó a descender por el tubo de ventilación y se encontró con que no podía aguantarse solamente con las piernas mientras tenía los brazos colgando del conducto. Soltando una maldición, decidió dejarse caer.

Separó las piernas y los brazos de las paredes metálicas del conducto, y cayó al suelo, intentando darse la vuelta en el aire, pero tuvo la mala suerte de caer de culo, donde comenzó a sentir un fuerte dolor.

—Ah, mierda —dijo como protesta.

—¿Y tú quién eres? —preguntó la voz femenina.

Eva miró a su alrededor y, aparte del chico llamado Leon, había dos hombres más y una mujer. La mujer, que le estaba apuntando con una Beretta, tenía una altura media, normal para una mujer de su edad, que serían unos veintidós o veintitrés; tenía el cabello cortado a media melena y llevaba un gorro, más parecido a una boina francesa, en la cabeza. Tenía una complexión atlética y una expresión entre el asombro y la incredulidad.

El hombre que estaba a la derecha de la mujer, era enorme. Mediría, por lo menos, metro ochenta de alto y tenía la constitución de un toro, era todo músculo y llevaba un Colt Python que apuntaba en su dirección.

El otro joven era más alto que la chica pero más bajo que Leon. Tenía el cabello corto y de color castaño y parecía haber estado en el ejército por la posición que tenía al apuntar con una nueve milímetros hacia ella. Leon también la estaba apuntando con la Magnum y Eva vio que tenía los ojos azules.

—Me llamo Eva Black —dijo ella, respondiendo a la pregunta.

El hombre fuerte levantó las chapas.

—¿Son tuyas? —la preguntó.

—Por supuesto —dijo ella—. Y te agradecería que me las devolvieras, son un regalo que me gustaría conservar.

—¿Conoces al hombre cuyo nombre aparece en la otra chapa? —le preguntó de nuevo.

—No voy a responder a nada más hasta que os presentéis —dijo Eva, desafiante.

—Creo que no estás en posición de andar poniendo condiciones —le dijo la mujer.

—Yo creo que sí —respondió ella, con el mismo tono desafiante—, si quiero puedo librarme de vosotros sin ningún esfuerzo. Y sin usar mi arma. Ninguna de las dos —añadió señalando un cuchillo de enormes dimensiones que llevaba a la espalda.

—¿No eres un poco arrogante? —le dijo la chica.

—No —respondió Eva—. Preguntádselo a David o a John.

—Soy Barry Burton —dijo el hombre grande como un toro, con lentitud—. Ella es Jill Valentine y ellos son Leon Kennedy y Carlos Oliveira. Y ahora, si no tienes nada más que objetar, me gustaría que respondieses a mi pregunta.

—Si te refieres a si conozco a David Trapp, de la sección Exeter de Maine de los STARS —dijo ella—, entonces sí, sí que lo conozco.

—¿Cómo sabemos que no las has robado y que lo que sabes sobre David no se debe a la investigación que Umbrella lleva a cabo sobre nosotros? —preguntó Jill.

—Eso mismo puedo decir de vosotros —respondió Eva.

—Oye —dijo Carlos, parecía estar perdiendo la paciencia—, nosotros hemos venido a cargarnos a Umbrella, no queremos perder el tiempo discutiendo contigo. Estuvimos en Raccoon City y hemos visto lo que esta mierda de compañía hace y cómo se lava las manos ante el daño que han provocado a todas esas personas y que ahora está pasando en esta puta instalación. Así que no nos vengas con jueguecitos.

—Esas chapas me las regaló David cuando entré en los STARS —dijo Eva, con una mirada fría—. Estaba en su equipo hasta que mis jefazos y los de David me enviaron a esta mierda de misión donde debería estar buscando a un espía en la compañía que, supuestamente, está pasando información a alguien de fuera —Eva parecía bastante mosqueada—. ¿Es suficiente? ¿O queréis que rellene una instancia?

—Muy bien —dijo Barry—, sólo una pregunta más, ¿cuál es la especialidad de David en los STARS?

—¿Bromeas? —dijo Eva, con una sonrisa más parecida a una mueca que a otra cosa—. David es un hacha haciendo planes. Incluso ante una situación imprevista, es capaz de pensar con claridad. Supongo que su acento británico tiene mucho que ver...

—Está claro que hablamos del mismo David —le dijo Barry, devolviéndole las chapas—. No sabrás por dónde se sale de aquí, ¿verdad?

—Claro que lo sé —dijo ella—. Por la puerta que lleva al pasillo número trece. El problema es que la puerta está cerrada y no encuentro la llave por ningún sitio. Y si habéis puesto en marcha el sistema de autodestrucción, vamos a tener que mover mucho el culo para encontrarla porque no hay otra salida de este antro.

—Nosotros hemos encontrado una llave con el número trece grabado en ella —dijo Leon mientras sacaba una llave de color dorado—. ¿Es ésta?

—¡Claro que es esa! —Eva se levantó del suelo como impulsada por un resorte—. Ahora sólo tenemos que llegar al dichoso pasillo, abrir la puerta y largarnos de aquí.

—¿Sabes cómo llegar? —preguntó Jill.

—Llevo en la misión casi un año —dijo ella mientras desenfundaba la Magnum y se acercaba a la puerta—. Creo que conozco bastante bien este maldito lugar.