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Self-control? I don't know her

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Estudiar en la biblioteca de la universidad le presentaba una serie de pros y contras.

Si bien era cierto que tenía al alcance todos los libros e información necesaria, también le rodeaba demasiada gente. Y no podía entender por qué algunos de ellos iban por la noche cuando tenían todo el día, más aún sabiendo que a ciertos individuos de la sociedad en la que vivían les era imposible salir al exterior en horas diurnas. 

Iida se sentaba en su lugar habitual, procurando centrarse en sus apuntes y nada más, ignorando cuchicheos y conversaciones que a sus agudizados sentidos no escapaban. Si seguía mordiéndose el labio para no contestar acabaría por clavarse uno de los colmillos.

Y para su horror la peor escoria con la que toparse llenó el ambiente de ese tufo a perro , de ruido, de risas demasiado estruendosas para lo que debería ser un entorno tranquilo y de paz. Levantó una mirada azul clara de sus libros para clavarla en el grupo que acababa de llegar. Más concretamente en el chico, riendo alegre sin tener en cuenta dónde estaba o las normas sociales más básicas. Chasqueó la lengua y vio una de sus orejas peludas girar en su dirección. De inmediato, giró el rostro hacia él, su risa cortándose de golpe, sentándose y tirando de una de las chicas que le acompañaban.

Mejor que le tuviera miedo, quizás eso le mantenía calladito.

 

***

 

—Uhg, ¿un vampiro? ¿seguro? —Hagakure se apoyó en la mesa con ambas manos y él tiró de su ropa hasta sentarla de nuevo.

—Pues claro que sí, huele hacia donde está sentado. NADA. ¿Cómo vas a fiarte de algo que no huele? —Ochako levantó el labio en dirección del serio desconocido al fondo de la biblioteca, emitiendo un suave gruñido de desagrado.

—Hablad más bajito, seguro que os escucha y lo estáis diciendo en su cara —murmuró Midoriya. Se giró de nuevo hacia él y le encontró con una ceja levantada y la mano ante la nariz, su larga melena azul oscura cubriendo la mitad de su rostro. Se volvió a sus amigas con el ceño fruncido—. Vale, eso es… bastante maleducado por su parte.

—Pfff, ni caso al estirado ese, saca los libros y déjame copiar tus apuntes —Ochako le golpeó el hombro a Hagakure, que enseguida mostró el despliegue de notas a letra impecable y en varios tonos de rosa.

—Yo les hago fotocopias, si no te importa —comentó Midoriya.

—¡No seas flojo! —su amiga le pasó el pompón de su bolígrafo por la nariz—, si copias retienes aunque sea un poco.

—¡No soy flojo, es que me gusta lo bonitos que son!

Si vais a estar de charla os podríais haber quedado en casa.

Los tres se quedaron helados en el sitio.

Sabían que nadie habló en voz alta y sin embargo escucharon la voz profunda y amenazadora del chico serio a la perfección. En sus cabezas, por supuesto.

—Odio cuando hacen eso —Hagakure tuvo un escalofrío y Ochako miró al fondo con el desafío en sus rasgos y orejas hacia atrás.

—Nos deberíamos ir a otro sitio, no quie—

—No —Le cortó la castaña, cruzándose de brazos—, no es suya la biblioteca, no sé quién se cree que es con esa altanería.

Un suave deslizamiento de papeles, apenas el sonido de la silla al moverse y una ausencia total de presencia tras ellos fue lo que precedió a uno de los mayores sustos de su vida.

—No es muy inteligente por tu parte buscar un enfrentamiento conmigo —Hagakure dio un gritito, Midoriya saltó en el asiento y Ochako se encogió por el frío aliento del vampiro junto a su rostro.

Se irguió, miró con absoluto desprecio a Midoriya y se marchó. Hagakure seguía con la mano en el corazón, Ochako clavó las largas y duras uñas en la mesa y él…

Él escondió como pudo lo muchísimo que le excitó la sensación que ese vampiro provocó bajo su ombligo.

Como la bajada de una montaña rusa.

Solo que mejor.

 

***

 

Jamás pondría en tela de juicio las órdenes de un profesor o tareas propuestas.

Pero esto…

Esto le resultaba un auténtico despropósito.

"Un trabajo en parejas sobre los prejuicios, para aprender a respetar incluso a esos que nos han enseñado a odiar" dijo el profesor Toshinori. Ridículo. Una auténtica perdida de tiempo. El día que fueran psicólogos tendrían pacientes que en eso debería quedarse, no ser amigos. Y era más que obvio que un apestoso perro no acudiría a la de un vampiro o viceversa.

Una pérdida de tiempo.

Y encima con compañeros asignados por él. 

Así que ahí estaban, codo con codo, el niñato de hacía apenas dos días que no cerraba la boca en la biblioteca pero ahora a su lado, escribiendo notas sobre lo que encontraba en internet y libros para añadir en el trabajo. Y aunque ahora no apestaba como los de su clase, se comportaba y no hablaba fuerte, aunque el murmullo constante al tiempo que escribía le estaba sacando de quicio. Iida le miraba de reojo y de respirar habría exhalado por la nariz en irritación.

Cuando el chaval se reunió con él aquel día apenas levantaba la vista del suelo, orejas gachas y la cola casi entre las piernas. Pensó que era buena señal esa de que le tuviera miedo, el orden natural de las cosas, pero una vez repartieron las tareas pareció haberle olvidado. El moreno apoyó el rostro en su ancha mano y le miró, esperando a que fuera consciente de ello. Ignorar la sensación de un vampiro atento a ti resultaba casi imposible.

Y en apenas un minuto, el chico tuvo un escalofrío que le agitó los verdes cabellos, mirándolo de reojo, bajando las antes atentas orejas hasta dejarlas pegadas a su pelo. Alzó sus enormes ojos mirando en su dirección con las cejas enarcadas y las palmas de las manos hacia arriba.

—¿Qué he hecho ahora? Estoy trabajando —Al hablar asomaban dos pequeños colmillos, mucho más menudos que los suyos. 

Adorables

¿Eh? ¿Adorables?

—Y murmurando —puntualizó Ida alzando una ceja—, sin parar.

—Me ayuda a ordenar las ideas.

Muchas criaturas, en especial humanos y hombres lobo, tenían tal rango de expresiones faciales que podrían perderse pequeños detalles de no estar uno atento. Pero ese vistazo a sus labios seguido de una lamida de labios fue descarado. Por llamarlo de alguna manera. Iida frunció el ceño procurando comprender que eso que había visto no fue producto de su imaginación. Que ese chaval acababa de mostrar interés de índole, ehm no.

—Trabaja en silencio —le ordenó, y le escuchó tragar saliva—, por favor.

 

***

 

—Voy a por algo de beber —Tenía que salir de ahí.

Aunque al principio le costó un poco concentrarse en la tarea y no en la agresiva aura del vampiro a su lado, consiguió hacer un buen avance. Hasta que su mirada le interrumpió llenándolo de miedo, haciéndole sentir como la presa que era, pequeñito e insignificante.

En teoría debería estar aterrado, eso o molesto porque los vampiros siempre usaban ese recurso para manipular a los demás.

En teoría.

Porque lo que estaba pasando en realidad era que esa atracción del otro día volvía con renovadas fuerzas.

Pero es que tampoco podía evitarlo, pensó, jugando con las monedas camino a la máquina de bebidas. Iida tenía todo lo que le gustaba en un hombre: era grande, fuerte, imponía, inteligente, guapo y, tenía que admitirlo, el factor peligro se le hacía atractivo. Cerró los ojos chasqueando la lengua, chocó la frente con el cristal de la máquina al tiempo que esta tragaba monedas y al abrirlos leyó la etiqueta roja de esa bebida sintética para vampiros. 

Era una soberana tontería pero no veía otra manera de intentar llevarse mejor con él.

Caminó controlando su respiración y pensamientos hasta llegar a la altura del vampiro que ni siquiera alzó la vista de los libros en los que buscaba información. Sin decir ni media dejó la lata frente a él y se giró hacia la tarea en la que tan inmerso se encontraba antes de la interrupción. 

El sonido de la lata deslizandose por la madera le hizo levantar la vista hacia los dedos extendidos que alejaban la bebida.

—Aborrezco estas basuras químicas, nadie en su sano juicio bebería sangre fría, es repugnante.

—Entonces qué, ¿vas bebiendo por ahí de gente? —contestó un poco molesto, apretando los dientes porque no había manera de acertar con él.

—Por supuesto.

 

***

 

Podría resultar casi cómica la manera en la que alzó las cejas, observándole en verdadero pasmo al no obtener la respuesta que esperaba. Midoriya parecía buscar las palabras que expresaran lo que se revolvía en su mente y pudo escuchar y casi sentir en las yemas de los dedos su acelerado corazón.

Casi saboreaba el miedo.

Quizás, y solo quizás, no debería haber salido de casa sin comer nada antes.

—Es… ¿estás bien? —el muchacho retrocedió un poco en el asiento, puro instinto de conservación y es que probablemente Iida le estaría mirando como el aperitivo más delicioso—, no quería ofender, solo, es que no sé qué hacer para llevarme mejor contigo.

—Nada, no va a pasar —Si esos latidos no se calmaban se iba a volver loco. Localizó la vena carótida pulsando a la izquierda de su cuello. Midoriya se llevó los dedos a ese punto.

—Creo, a lo mejor debería irme a casa…

—A lo mejor deberías.

Iida se consideraba a sí mismo una persona calmada y controlada, aplicándose muy pocas excepciones a la norma: al sentirse amenazado o al encontrarse hambriento. No llegaba al punto de perder la cabeza por una falta de alimento pero si en unas horas no lo solucionaba, tendría un problema. Miró en su teléfono para comprobar que eran las 3 de la madrugada, se les habían pasado las horas volando entre organizar el trabajo y el intentar concentrarse. Observó al chico levantarse con la vista fija en su cuello y muñecas.

—¿Te vas solo? —Le miró de reojo, guardando sus cuadernos y portátil a la vez, a tirones. Y su maldito corazón no se calmaba.

—¿Sí? Claro.

—¿Andando? —asintió, cerrando la cremallera con las manos temblorosas—, no deberías, es peligroso.

—Pfff claro, porque aquí no corro peligro, por supuesto —soltó una risa nerviosa, disculpándose con la mirada de inmediato por lo que dijo claramente sin pensar.

—No sé qué clase de bestia crees que soy, pero no, no corres peligro.

Sabía que podría resultar hipócrita molestarse por su comentario cuando después de todo su manera de tener a la gente bajo control era usando ese miedo que infundaba su persona. Pero es que en realidad jamás les haría daño y se sintió dolido por las palabras del muchacho.

Debería darte igual lo que piense, es un perro al fin y al cabo.

 

***

 

Se despidió y caminó hacia la salida de manera atropellada y urgente, pasando junto a otros grupos de vampiros y criaturas nocturnas. Tenía un mensaje de su compañero de piso humano, Denki, que le preguntaba dónde se había metido a esas horas. Miró al cielo una vez fuera de la biblioteca y se quejó al contemplar el cuarto creciente de la luna, deseando verla llena para al menos llegar antes a casa.

Caminó presto, de brazos cruzados y encogido sobre sí mismo con la intención de no llamar la atención, pero no tendría esa suerte, por supuesto que no. Sus orejas se agitaron, girando hacia el sonido tras él, pasos casi livianos. No pudo girarse y ya tenía un par de manos en los hombros, arrastrándolo a un callejón entre edificios.

—¿Dónde va este delicioso bocadito tan solito? —Una mano en su boca le impidió gritar, otras dos en su muñeca y con el rabillo del ojo vio a una chica rubia oliendo esa zona.

Se quejó en voz alta por el calor sobre su cuello, cerrando los ojos con fuerza y esperando que le llovieran mordiscos de un momento a otro. Pero una sensación sobrecogedora a su izquierda fue todo lo que le llegó. Justo después las manos desaparecieron de su piel y pudo respirar, apenas viendo la sombra de los dos que le acorralaron desaparecer por el final opuesto de la calle.

—¿Qué te he dicho? —Giró el cuello con tanta brusquedad que casi se le monta un tendón. Iida se acercaba a él mostrando colmillos, una mueca furiosa en su rostro.

—No puedo vivir con miedo, no e—

—No se trata de ser valiente o de lo que deba ser —se plantó frente a él, casi gruñendo, imponiendo y agarrándole la mandíbula—, se trata de que hay bestias salvajes sueltas y tú eres una tentación andante.

—¿Yo? Pero si, ¿qué estás…? ¿Iida?

Sus pupilas se dilataron hasta volverse pozos negros, separó los labios con la vista fija en el cuello de Midoriya, sus caninos afilados a una distancia de su piel poco prudencial. Y a pesar de que absolutamente todas las alarmas se dispararon en la mente del pecoso, a pesar de que sus instintos le gritaban que huyera, él ladeó el cuello.

Y alzó la mano, ahuecando la nuca del vampiro, atrayéndolo a él, cerrando los ojos, entregándose.

 

***

 

Abrazó al menudo licántropo rodeándole la cintura con un brazo, aplanando la otra mano contra sus omóplatos. Inhaló y lamió ahí donde la vena palpitaba, rozando con sus colmillos y deleitándose con el escalofrío que recorrió al chico en sus brazos. 

Rompió la piel y el primer trago inundó su boca, un torrente de sabor que le hizo gruñir de puro placer, bebiendo extasiado y alzando al chico del suelo. Un poco más, un poco más, solo un poco más, se repetía a cada sorbo. Y una vez notó sus miembros hormiguear, el calor volver a su cuerpo, su corazón latir como solo lo hacía cuando se alimentaba, paró. Lamió la herida para que cicatrizase antes y con la mirada aún nublada por el delirio, observó a Midoriya.

Jadeaba aferrado a sus hombros, sentado en su muslo, respirando como aquel que corre una maratón. Las pecas de sus mejillas se iluminaban con un fortísimo sonrojo que cubría su rostro y lo que veía de pecho, los más débiles quejidos agudos salían de sus labios y… una mancha. En sus pantalones. 

Iida se lamió el resto de su sangre de los labios y le posó en el suelo, observando abochornado el resultado de su descontrol. No sabía qué decir y el otro no parecía encontrar aliento o lucidez suficiente como para formar palabras. Decidió cogerlo en brazos, esperando que nadie le viese hacer algo así.

¿Dónde vives? — preguntó en su mente.

Midoriya le susurró la dirección, cerrando los ojos acurrucado en su pecho.

Lo siento mucho, te he hecho precisamente lo que he evitado al quitarse a esos bestias de encima.

—No te disculpes —murmuró, suspirando.

Debía estar agotado, sabía que bebió de más y el chaval necesitaba reponer fuerzas. Apenas se atrevía a mirarle, dormitando en sus brazos, tan pequeño, de labios entreabiertos y rostro tranquilo. Lo último que se le habría pasado por la cabeza al salir de casa esa noche fue esa situación, pero ahí estaban.

E Iida no sabía qué hacer con el intenso sentimiento de protección hacia Midoriya.

Nunca lo tuvo por nadie.

Pero es que nunca antes había bebido directamente de un ser vivo.

Fue su primera vez.

 

***

 

Despertó en su cama sin saber cómo había llegado a ella.

Se sentó, fatigado, bebiendo de la botella de agua en su mesilla de noche de golpe, pasándose una mano por la cara y cuello.

El cuello.

Aspiró sobresaltado, recordando lo del día anterior, muriéndose de vergüenza por lo del día anterior. Si ya Iida pensaba de él que era un ser repugnante solo por ser licántropo a saber cuál era su juicio ahora. Miró bajo las sábanas y puso una mueca al comprobar que aún estaba vestido.

Bajo el cálido chorro de la ducha se mordió el labio, recordando que eso mismo le hicieron en el cuello la noche anterior, la explosión de excitación en su bajo vientre, incontrolable, destructora, cada vez a más hasta no poder controlar su cuerpo en absoluto. Y después de eso, nada. No recordaba nada. Salió de allí ya con ropa limpia y camino a desayunar… merendar algo teniendo en cuenta la hora que era, pero tan pronto abrió la puerta de su habitación le asaltó su compañero de piso.

—¡Deku! ¿Estás bien? —Le abrazó de improviso, haciéndole reír mientras le daba palmadas en la espalda.

—¿Sí? Cansado y muerto de hambre, pero bien.

—Tío —le acompañó a la cocina, charlando mientras él se preparaba unas tostadas—, ¿imaginas mi cara cuando llaman a la puerta y me veo a un vampiro llevándote en brazos, inconsciente?

—¿Iida me ha llevado en brazos? —Se quedó pasmado con la mantequilla a medio untar.

—¿Así se llama? No quiso decírmelo, casi no me miraba la cara y una vez te metió en la cama salió pitando —señalaba la puerta con el pulgar—, nunca me había acercado tanto a un vampiro que no fuera Momo, estaba acojonado.

—No es peligroso —se llevó una mano al cuello, alzando las cejas—, creo —Denki siguió el movimiento de su mano y frunció el ceño.

—No me digas, pfff, no puede ser —le señaló, aspirando todo dramático como él era—, ha bebido de ti, no me lo creo, estáis liados.

—¡¡No estamos liados, qué hablas, qué dices!! —casi se le cae la tostada, enrojeciendo con el corazón acelerado—, no ha pasado nada, solo, él… tenía hambre.

—Ya, y lo más normal es ofrecerle el cuello, no mandarlo a casa a que beba de sus reservas de donantes, claro.

—Dice que no le gusta beberla fría… —Denki puso los ojos en blanco, chasqueando la lengua.

—Duh, Momo la guarda en un espacio que la mantiene a la temperatura adecuada y seguro que él también, todos los vampiros están forrados.

—No como tú, rata inmunda —Le tiró un trozo de pan, riendo con él.

—¡No me cambies de tema!

—No lo hago, es… no estamos juntos. Ni siquiera me tolera a su lado, no sé qué te ha hecho pensar eso —comentó con la boca llena.

—Bueno, a lo mejor el hecho de que te tapase con ternurita y te apartase el flequillo de los ojos para mirarte, pero es solo una idea, ¿eh? Vas a tener que preguntarle.

—No, no puedo hacer eso.

Y no podía.

Pero la sonrisa estúpida que se le plantó en la cara sabía que le duraría hasta las clases de la noche.

 

***

 

Estuvo a punto de esperarle a la salida de su casa pero al ser consciente de lo ridículo de la idea caminó casi enfadado hacia su clase. Y sentado en el lugar habitual jugueteó con la gomilla del pelo que llevaba en la muñeca, inquieto y nervioso como hacía mucho que no estaba. En cuanto se acercó por el pasillo lo supo, su olor más presente que nunca solo que ahora…

Ahora no le resultaba desagradable.

Sino todo lo contrario.

Se lamió los labios procurando ignorar que la boca se le hizo agua, sabiendo que venía de los impulsos de los de su especie, y le clavó la mirada tan pronto cruzó la puerta. Él también parecía buscar a alguien y no fue a las escandalosas de sus amigas, a las que les hizo un gesto con la mano. Su rostro pasó de unas orejas atentas y rostro serio, a uno expectante de orejas gachas. Caminó despacio hacia él, mirando al suelo.

—¿Podemos hablar un segundo antes de que empiece la clase? —murmuró.

Iida se levantó y le acompañó al pasillo, sintiendo las miradas de esas dos chicas clavarse en él como dagas. La otra vampira de la clase, Momo, le sonrió desde detrás del pelo de su novia humana, sentada en su regazo. Una vez a solas se cruzó de brazos y le observó, menudo, respirando hondo y retorciéndose las manos, adorable.

—Quiero, quisiera pedirte perdón por lo de ayer —Las cejas de Iida subieron hasta esconderse tras su flequillo—, no tendrías por qué haberme llevado a casa y, en fin… —los latidos del corazón de ese chico eran ensordecedores, llevando la sangre a su rostro.

—Si alguien debe pedir disculpas soy yo —Admitió. Midoriya alzó unos ojos esmeralda llenos de sorpresa, obligándole a carraspear por perderse un segundo en sus pensamientos—, perdí el control. No me alimenté antes de salir de casa y tú… bueno tu reacción fue algo natural, tengo entendido.

—Oh —ambos apartaron la mirada, Iida cruzado de brazos, Midoriya mordiéndose la uña del pulgar.

—Es, fue la primera vez que lo hago, lo siento, no sé qué me pasó pero el olor de tu sangre fue... es difícil de soportar.

 

***

 

—¿Lo siento? —Iida negó alzando una única ceja.

—Ahora tengo la necesidad de protegerte, así que no te vayas muy lejos. Al menos mientras dure el efecto de tu sangre en mi organismo.

—Protegerme —repitió, incrédulo. El vampiro parecía avergonzado y no iba con él en absoluto—, ¿de qué? No voy a volver a hacer lo de ayer.

—No. Ni se te ocurra —de nuevo ese tono autoritario e intimidante que convertía el miedo en deseo. Midoriya le miró los labios hechizado, recordando cómo se sentían en su piel —. No sé en qué estás pensando pero cálmate, tus latidos me están volviendo loco.

—No puedo calmarme. Ehm, Iida, ¿puedo llamarte Iida? ¿Tenya? ¿Cómo de—

—Iida está bien.

—Decía —respiró hondo, después de lo del día anterior esto era nada—, no puedo calmarme porque me atraes mucho. He intentado ignorarlo pero —se encogió de hombros, aventurándose a mirar la expresión en los ojos del vampiro. Y habría sido neutra de no ser por las cejas alzadas y haber relajado el rostro—, tiene 0 sentido que a un licántropo le guste un vampiro pero así son las cosas y lo que me hiciste ayer me gustó mucho —soltó atropelladamente, llevándose una mano a las mejillas y frotando, mirándolo con timidez—, no me arrepiento de haberte dejado. Lo haría de nuevo.

—No puedes decir estas cosas —chasqueó la lengua y se descruzó de brazos, alejándose, volviendo a él, mirándolo nervioso—, no cuando mi conexión contigo es intensa. Lo que sientes es por haber bebido de ti, no porque yo te guste o algo así.

—Me gustas de antes —suspiró, mirándose los pies—, y sé que esto que ahora sientes es por haberte alimentado ayer, si no tú no me soportarías. No pasa nada, solo quería que lo supieras para que entendie—

 

***

 

Sí, le estoy besando, estoy haciendo esto en plena noche y a la vista de todos, en la universidad.

Porque no tengo autocontrol.

El chico se relajó en sus brazos a pesar de haberse tensado como un alambre cuando se arrojó sobre él, posando las manos en su amplio pecho y devolviéndole el apretón de labios con un sonido contento. Le miró el rostro, las numerosas pecas, chasqueando la lengua al subir una de las manos que apoyaba en la parte baja de su espalda hasta su oreja derecha. Al rascar tras ella, ( wow qué suave), Midoriya cerró los ojos, sonriendo, moviendo la cola a toda velocidad de un lado a otro.

—Vas a estar conmigo hasta que esto pase.

—Sí —le dio la impresión de que aceptaría cualquier cosa. Y eso estaba bien—, y después si quieres. Lo que quieras, Iida —dobló el cuello, enseñándoselo—, lo que quieras de mí.

Hundió la cara en esa zona, aspirando, lamiendo, exhalando despacio y rodeando por la cintura al chico, que casi gimió en el abrazo. Le agarró la cara y le besó de nuevo, más apasionado, algo de lengua y mordiscos implicados.

—No hagas estas cosas —le susurró con voz grave—, es peligroso.

—Me gusta el peligro —mordió el aire frente a su boca, riendo como el estúpido que era.

—Esto va a acabar fatal…

—Ya veremos —le dio la mano entrando en la clase tal cual, sentándose a su lado e ignorando las aspiraciones impresionadas de sus amigas—, de momento protégeme, estoy indefenso —acercó  una silla a la suya, acurrucándose en su pecho.

—Midoriya…

—¿Hmmm?

—Da igual.

No podía seguir negándolo.

Y quizás era por el subidón de haber bebido de él. Quizás era solo su sangre la que le llevaba a verlo tan bonito, tan lindo, lo que le llevaba a querer escuchar su voz. Y quién sabía, a lo mejor si dejaba los prejuicios de lado podría encontrar un amigo. 

O algo más.

El profesor Toshinori entró en clase con su habitual energía. Al levantar la vista y verlos tan cariñosos, les dedicó media sonrisa.

Al final hasta le tendría que dar las gracias.