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STARKER WEEK 2019

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DÍA 1: REUNIÓN "I promised myself"

Tags: AU; Angst; Far From Home Spoilers/Endgame Canon Divergence; Songfic.

Peter apagó su computadora y se quitó las gafas. Las usaba por mero compromiso, pero en realidad, no las necesitaba. Era la nostalgia la que lo obligaba a traerlas puestas en el día, durante las clases y casi a todas horas para tratar de recordar con ellas un poco de la esencia de esos días, a seguir pensando que un día todo volvería a la normalidad.

Miró a su roomie y vio que Ned dormía como una roca, como si lo hubieran sedado. Sonrió y decidió salir a tomar una cerveza. Ya tenía la edad para hacerlo y esa identificación falsa que había usado años atrás, al fin había sido sustituida por la verdadera. Caminó por los pasillos del campus y vio lo mismo en todos lados: parejas sonrientes, tomadas de la mano e intercambiando besos.

"Tal vez si alguien no hubiera decidido..."

No terminó esa frase en su mente. Aún le dolía demasiado aquel día en el que, con los ojos llorosos, había tenido que alejarse. Habían pasado ya seis años de todo ese trago amargo que marcó su vida para siempre. Esperó a que el vigilante nocturno de la universidad terminara su rondín y alevosamente dio un salto hacia la calle. Otra vez su chaqueta se había atorado en la reja y respiró profundamente para poder desatorarla sin rasgarla del todo.

"Genial, otra más echada a perder".

Había perdido práctica desde la última vez que había saltado a gran altura. Con la edad, se estaba oxidando y lo que menos quería, era que la gente sospechara de él otra vez al notar su habilidades de gimnasta, pues no podía darse el lujo de crear una nueva maraña de mentiras para ocultar sus rastros otra vez. Caminó hacia aquel bar y pidió una pinta de cerveza. Dos. Tres. Cuatro. Diez. Bebió toda la noche hasta que lo sacaron porque ya iban a cerrar. No tenía caso jugar al borracho necio porque su cuerpo procesaba maravillosamente el alcohol y porque su voz no sonaba como la de un ebrio común y corriente, ya que su metabolismo seguía haciendo de las suyas y por lo mismo, cada vez le era más difícil tratar de buscar algo con lo cual distraerse. Debía traer la adrenalina a raya, pero le era imposible.

"Siempre me pregunté cómo carajos le hacía Tony para no sucumbir a la ansiedad... Sé que bebía, que por eso se la pasaba trabajando horas y horas, días a veces, pero..."

Otra vez ese maldito nudo en la garganta y aquellas lágrimas amenazando con traicionarlo. Suspiró tan profundo que le dolió y sintió que en verdad no había nada que pudiera hacer para callar ese dolor. Caminó por la Zona Roja, pero nada de lo que había ahí llamaba su atención. En Europa había más libertades y menos hipocresía de la que existía en Queens o en América, había menos lugares que le recordaban a Tony pero que sí le hacían pensar en la traición. Aquello había salido mal y no quería seguir pensando en eso.

"¿Qué hubiera hecho Tony? ¿Qué me hubiera dicho? ¿Cómo lo habría resuelto?"

Llegó a la Plaza Dam y se dejó caer en el suelo mojado. La llovizna pronto se manifestó a esa hora de la madrugada y cerró los ojos. Peter empezó a llorar y a maldecir, pensando que seguía siendo un mocoso a pesar de su edad. Él, el otro. Ambos. Ese sentimiento de soledad y tristeza se había agravado la única vez que lo había confrontado y al ver el hastío en su rostro, el cansancio de toda una vida al fin había explotado frente a él. Aquellas promesas de eternidad y felicidad nunca se habían concretado. Aquellos juramentos entre besos y caricias simplemente habían sido apagados por la voz cansada del genio y el hombre, no del amante.

—Casi no te reconocí. Has crecido mucho y...

Peter volteó y de un brinco se puso de pie.

Tony estaba frente a él.

—Perdóname. No he dejado de pensar ni un solo día en ti.

El chico temió que el alcohol estuviera jugándole una mala pasada al fin.

—¡No es cierto! ¡Tú ni siquiera estás aquí!

La imagen de aquel hombre de cabellos casi platinados avanzó hacia él.

—Sé que te cuesta trabajo distinguir lo real de lo que no lo es, pero soy yo, Peter. Vine a buscarte.

La oscuridad de la noche era su única aliada a veces, pero también había momentos en los que lo traicionaba y le hacía ver y escuchar cosas que no eran ciertas. Había tenido que aprender a no ser tan confiado, a ya no creer en las sonrisas de los extraños y menos, a dejar que sus anhelos tomaran el control otra vez. Sólo podía huir como siempre hacía cuando eso sucedía, cuando las secuelas de aquel daño en su mente aparecían crueles y despiadadas.

—¡Vete!

Quiso correr, pero los pies se le enredaron y cayó de espaldas. La imagen de Tony seguía siendo imponente. Peter sintió que su cuerpo se crispaba y que aquel viejo instinto de supervivencia no reaccionaba como antes, cuando le avisaba del peligro.

—¡Déjame en paz! —gritó mientras buscaba en el suelo algo qué arrojarle a ese de tantos espejismos que lo asediaban en el día y a todas horas, aun cuando él fingía no verlos.

—Peter, ven. Escúchame.

Tomó una piedra y la aventó al tiempo que cerraba los ojos y torpemente trataba de retroceder arrastrándose en el suelo.

—¡No eres real! ¡Déjame!

—¡Peter, vine a verte! ¡No sabes cuánto me arrepiento de que las cosas hayan terminado así entre nosotros!

El chico se estrelló contra el frío del Monumento Nacional. Sintió un golpe en la nuca y supo que estaba sangrando, o eso pensó. Era difícil saberlo, reconocer la sensación entre tantas cosas.

—¡No, no, no! No es real, Peter.... No es real —se dijo a sí mismo mientras trataba de calmarse—. Tony no está aquí, Tony no está aquí, Tony no...

Aquel toque en su piel era frío pero firme.

—Amor, soy yo.

—No estás aquí... —dijo con un hilo de voz— Tú no estás aquí...

Sintió que su cuerpo no le obedecía y que aquellos fuertes brazos lo rodeaban otra vez, que aquel aliento tibio cerca de su cuerpo era el mismo, como si no hubieran pasado tantos años.

—Peter, soy yo. Tony. Mírame.

Temiendo ser víctima otra vez de sus delirios, se atrevió a obedecer y a sucumbir, a dejarse engañar como siempre le pasaba sin importar el lugar ni la hora. Peter no tuvo remedio más que abrir los ojos. La penumbra no le dejaba ver bien, pero el aroma era indiscutible, único.

—Peter, no sabes cuánto me arrepiento de haberte dejado ir así. ¡No sabes cuánto me odio por no haber tenido el coraje para luchar por ti, por nosotros! ¡Yo debí haber estado contigo cuando todo eso pasó! ¡Yo debí...!

Peter sintió que las lágrimas caían por su rostro y no podía evitarlo. Temeroso, pasó su mano por aquella piel madura, que, si era cierto, había envejecido por el paso irrevocable del tiempo. Aquel rostro que tanto había amado, que muchas veces había llenado de besos, había sido surcado por el paso de los años.

Ninguna de sus peores alucinaciones se había sentido así de vívida. Ninguna había podido emular aquel contacto, aquella cercanía ni la gravedad de esa voz. Ninguno de sus desvaríos había tenido el poder de imitar con suma precisión la intención de cada una de esas palabras.

—¿Tony? —preguntó queriendo cerciorarse de que en serio el único amor que había tenido en la vida estaba ahí.

Los sonidos de la calle, de los autos lo aturdieron como antes, cuando su cuerpo estallaba en sensaciones que no podían ser acalladas ni contenidas. El aroma de la llovizna lamiendo el concreto y el fino y afilado toque del viento lo abrazaban al igual que lo hacía ese hombre que estaba frente a él.

—Soy yo, Peter. Estoy aquí.

Como si al fin hubiera despertado de aquel trance en el que su mente lo había sumido por mucho tiempo, Peter empezó a llorar sobre el pecho en el que antes dormía. Su piel se erizó por el frío y la emoción, por la certeza de que en serio todo era real esta vez.

—Fui un imbécil. ¡Nunca debí dejar que te fueras! ¡Nunca debí decirte esas cosas tan horribles! ¡Nunca debí dejarte solo con todo eso, ni hacer de cuenta que tú podías ser el siguiente! ¡Nunca debí pensar que estabas listo y...!

Peter sonrió aun entre las lágrimas al escuchar esa voz y saber que era real, que no era un espejismo más. Vio a Tony, más maduro, más cansado, pero siendo el mismo hombre del que se había enamorado. Todo ese barullo cerca de él, penetrando su mente, revolcándose y fundiéndose con cada una de sus ideas no tenía sentido. Él lo sabía, Peter sabía que cada sensación podía ser replicada, que su mente lo había abandonado a su suerte y que le dejaba ver y escuchar, sentir, lo que quisiera. Sabía que en esa batalla había salido muy mal librado, pero también quería creer, también quería sentir que tenía el derecho a creer, a pensar que todo podía arreglarse con que esa voz sólo se lo dijera, con que pronunciara lo que llevaba años muriendo por escuchar... Sólo bastaba con que quisiera conjugar el deseo con la necesidad. Que sucumbiera ante la ilusión. Él lo deseaba, lo necesitaba y lo dejó salir de su pecho. Lo dijo como si en serio lo sintiera porque de verdad lo sentía.

—Te amo, Tony.

El mayor lo miró y besó su frente con delicadeza. Peter suspiró cuando sintió que una lágrima caía sobre su piel y que era de aquel hombre que, en un arranque de furia y soberbia, había antepuesto su trabajo y su reputación al amor que Peter, siendo un joven inexperto, le profesaba. Peter sonrió, esperando que el amanecer lo descubriera abrazando al fin a aquel hombre que era su todo, y no que estuviera, como siempre, haciendo el ridículo al estar enredando los brazos alrededor del vacío, de su dolor y su pena.

—Te amo, Tony —repitió, confiado de que su gran amor estaba ahí con él, cuidándolo, buscándolo.

Se separó, temiendo que estuviera a mitad de la calle y esta vez fuera un auto el que lo arrollara. Esperó segundos que le parecieron una eternidad, pero aquel farol que refulgía débilmente y como su cómplice, alcanzaba a darle un poco de luz.

—Lo siento, nunca debí dejar que te fueras. Nunca debí... —escuchó Peter mientras sentía aquella vibración en su bolsillo. Eso también parecía ser real.

—¿Me llevas al campus? Tengo clase a las siete... —dijo embriagado de placer, aturdido por las sensaciones, esperando que en serio fuera Tony quien pudiera escucharlo y que un estruendo de risotadas burlonas no fueran las que lo trajeran de vuelta, como siempre le pasaba.

—Iré siempre tras de ti, a dónde tú digas, en donde tu estés. No concibo mi vida sin ti, ya no y quiero pasar los últimos años de mi vida contigo. Te amo, Peter. Te amo como no tienes idea.

Peter sonrió. Ese raro adormecimiento en su cuerpo, esa lentitud en sus movimientos y la manera tan torpe con la que su mente actuaba no le ayudaba mucho. Sentía que al fin, su mente había cedido a aquellas ilusiones tan terribles, tan dolorosas pero al mismo tiempo tan hermosas.

—Llévame —dijo sin saber si en serio sus dedos se entrelazaban con aquellas manos callosas o si estaba jugando con el vacío —. Si regresaste por mí, llévame a mi escuela. Quédate conmigo siempre, no te vayas. Dime que me amas, que me necesitas, que no puedes estar sin mi —dijo delirante, convencido de que la locura al fin se había mezclado con la poca lucidez que conservaba.

Peter ya no escuchó nada más. Caminó sintiendo que pisaba sobre nubes de algodón, que atravesaba la brumosa ilusión de aquel amanecer y que su mente y su cuerpo al fin habían vuelto a ser uno solo, sin saber si era la realidad o si al fin, se había rendido a esa maraña de ilusiones que le arruinaron la mente desde que conoció a Quentin. Ya no quería saber nada más.

***

Abrió los ojos cuando escuchó los gritos de Ned pidiéndole que se vistiera porque debían entregar el trabajo de fin de semestre. Lo vio gritar, asustado y nervioso como siempre. No entendía nada de lo que su mejor amigo le decía. Peter sonrió y torpemente, le señaló donde estaba el trabajo que definiría su futuro académico en esa universidad a la que se habían ido de intercambio. Ni siquiera se molestó en levantarse y ponerlo en las manos de aquel eterno confidente que había justificado ante todo el mundo su poca lucidez. No se molestó en darle más explicaciones a aquel chico que afanosamente, había sido su ancla a la realidad después de lo de Londres ni lo que vino después. Peter se había prometido a sí mismo que cuando Tony Stark fuera a buscarlo y le pidiera perdón, al fin mandaría todo al diablo, sin importarle qué fuera.

Una ciudad en llamas, el verdadero Nick Fury al teléfono, May gritándole por mandar todo al diablo, el mundo al borde del colapso y la extinción...

Nada importaba si en serio Tony estaba ahí, y al fin, tras haber sorteado tantos obstáculos, estaba abrazado al pecho enorme del millonario que dormía plácidamente en su cama. Al fin, aquella maldición había sido derrotada y él no iba a desgastarse por algo que no valiera la pena. No, cuando Tony le había puesto un anillo de compromiso para traerlo de vuelta a la realidad, la única que le importaba concretar a como diera lugar. Lo demás, se podía ir al diablo. Ese reencuentro con Tony era todo lo que Peter necesitaba para saber que ni Mysterio ni nadie o nada más, podía definir el rumbo de su vida.

FIN.