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Cuentos de antes de dormir

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A Jinwoo no lo invadía el sueño infantil aquella noche. No era nada extraño, sino que eso pasaba de vez en cuando y a todo niño le tocaba vivirlo alguna vez en su vida. En unas ocasiones era por ingerir más alimentos azucarados de lo recomendado para un crío, en otras por estar demasiado emocionado por lo que sucedería al próximo amanecer, y también porque no se había agotado lo suficiente a lo largo del día. Cuando eso pasaba, Jinhyuk o Wooseok, fuera el que estuviera aquel día en casa, le preparaba una taza de leche caliente y se sentaba en la orilla de su cama a contarle algún cuento mientras le acariciaba la cabeza; así no había insomnio que se le resistiera y el muchacho acababa surcando en la nocturnidad los profundos mares del mundo onírico.

Esa vez le tocó a Jinhyuk. Wooseok tenía una cena de empresa y, cuando algo así pasaba, se organizaban para cuidar de su hijo. Jinwoo no podía dormir y buscó en su padre un refugio: aquella mañana un amigo suyo había narrado en el colegio una historieta de terror sobre un monstruo que se encontraba debajo de la cama de los chavales de su edad y que amenazaba con aparecérseles si se portaban mal o en el más mínimo descuido. Encendiendo todas las luces de la casa y llevándolo de la mano, se agacharon y se asomaron. Aunque no hubiera nada, seguía temblando, por lo que el padre le afirmó que a él no le atacaría porque, a pesar de que esas cosas no existieran, él lo protegería de todo mal que intentara hacer lo mínimo. Y procedió a seguir su ritual para conseguir que este se durmiera. Así pues, una vez que se tomó la bebida que le preparó y lo ayudó a acomodarse en la cama, su hijo le pidió que le contara un cuento, a ver si así podía dormirse con más facilidad. Jinhyuk buscó en su mente alguna historia que se supiera y, como no se acordaba muy bien de ninguna, decidió que lo mejor era improvisar. Así que, invocando a la imaginación que en su mente existiera, empezó a hablar:

-Hoy te voy a contar la historia de un niño cuyo destino era convertirse en un mago. Se llamaba Jinwoo- al ver la cara de sorpresa de su hijo, paró y sonrió con la mayor ternura del mundo- Se llamaba como tú, sí. Este muchacho era de una familia de hechiceros bastante importante, por lo que él, como miembro de esta, debía cumplir su destino- su hijo asintió con entusiasmo y le pidió a su padre que prosiguiera con la historia. Jinhyuk pensó cómo continuar la narración, porque no había pensado en nada más. Debería crear muchos personajes, y una trama, y también unos escenarios. ¡Cuánto trabajo tendría por delante! Aunque nunca lo suficiente con tal de hacer feliz a Jinwoo y ayudarle a dormir y, además, esas cosas debían dárseles bien ¡Las enseñanzas que sacó de la carrera y su oficio les servirían para algo más!

Entonces en su mente surgieron un tal Wei y otro Wooshin, unos brujos con renombre que trajeron a un niño a la vida con el don de la creación que les fue otorgado a los encantadores desde antaño y la mezcla de la luz y la oscuridad de sus poderes, dando lugar a un retoño de ojos oscuros que portaban estrellas y brillaban. Este muchacho creció rodeado de elementos mortales y mágicos a partes iguales, y terminó por ser parte de ambos mundos. No dejó desde que nació de contemplar varitas, pócimas, flora y fauna en todos sus estados, sombreros y capas extravagantes –sobre todo porque estas últimas las llevaban siempre personas de su familia-, ni tampoco libros infantiles, juguetes y otras tantas cosas que acostumbraban a llevar los críos encima. Creció en el margen entre el pueblo y el bosque, donde lindaban lo espiritual y lo terrenal, donde convivían fuerzas naturales y celestiales. Fue un niño normal y, a su vez, tampoco lo fue. Eso no le impidió hacer amigos, pues, aunque en parte su familia fuera temida por su inmenso poder, demostraron con creces que eran buenas personas y que la magia no debía ser motivo de odio hacia nadie. Aunque había aún personas a las que les horrorizaba el hecho de que entes que no tuvieran relación con un dios fueran tan poderosos y no fueran capaces de llegar a aceptarlo, dedicándole así palabras desagradables cuando estos no estaban allí y miradas llenas de ira, hubo otras tantas que sí lo hicieron y llegaron a hacerse amigas de este clan. También influía en todo aquello que otros magos, también de su familia, vivieran en aquel lugar y fueran apreciados, como sucedía con el tío Seungwoo y su hijo Dongpyo, o el tío Seungyoun.

Jinwoo había estado experimentando pequeños cambios en su cuerpo a medida que iba llegando a la adolescencia. Había veces en las que pequeñas luces salían de sus dedos y jugaba con ellas; en otras levitaba brevemente por unos instantes y también era capaz de mover objetos pequeños, pero con mucho esfuerzo y concentrándose bastante en estos. Sus padres, a pesar de ser un niño rodeado y lleno de magia, decidieron que creciera como un niño humano más y disfrutara de la infancia y, cuando viniera la hora de convertirse, ellos mismos lo prepararían. Y así hicieron una vez que cumplió los trece años, momento en el que iniciaron a su hijo en el mundo de la magia. Fue un año lleno de aprendizaje teórico y práctico, de ver todo de muchas maneras distintas y nuevas, de descubrir la belleza y también la fealdad de la naturaleza –sus progenitores no desearon en ningún momento ocultarle nada de eso, porque, aun siendo inocente, tarde o temprano acabaría sabiendo de esas cosas y era mejor que lo hiciera en un sitio donde pudieran ayudarle- El proceso resultó en ocasiones duro, porque así siempre había sido. No obstante, también fue bonito y este disfrutó de la experiencia.

Y, para cuando quisieron darse cuenta, llegaron los catorce, edad en que todos los magos hacían la prueba que demostraría en qué lado deberían permanecer y hasta dónde eran capaces de llegar como principiantes. Luego vendrían otras muchas más, pero no había una tan importante como esa porque sería la primera vez en la que tuviera que enfrentarse solo a un ejercicio difícil; no obstante, su familia estaría vigilándole en la distancia y, en caso de que necesitase ayuda o auxilio porque la situación fuera muy peligrosa, se presentarían en cuestión de segundos. Pusieron una bolsa de terciopelo en sus manos y una mochila con lo necesario para sobrevivir en su espalda y se despidieron de él con un abrazo, recordándole las máximas de los magos y, de paso, que tuviera fe en sí mismo y que, si las cosas se ponían muy feas, ellos estarían allí para todo. Jinwoo estaba asustado y nervioso, como era normal en ese tipo de aventuras, pero también muy emocionado por comenzar. Desde que empezó con el entrenamiento, había estado preguntándose a diario cómo sería aquella prueba, si le iría bien, si sus padres estarían orgullosos de él una vez que la superase. Claro estaba, ellos lo estaban de todas formas, y tenían muchas esperanzas en que todo fuera bien. Ese día también fueron a despedirlo su primo, Dongpyo, quien ya había realizado la prueba hacía un par de años atrás y estaba estudiando en la escuela de magia a la que él terminaría por ir al cabo de un tiempo, acompañado de Seungwoo y Seungyoun, sus tíos, que quisieron animarlo y darle un par de consejos adicionales para que aquella travesía no se le hiciera tan difícil.

Así pues, cuando terminaron de charlar, Wei y Wooshin, los padres del mago novato, le pidieron que abriera la bolsa que le había sido dada y sacara lo que hubiera en ella. Al meter la mano, se topó con un objeto de tacto frío y, al sacarla con este, descubrió que se trataba de una esfera de cristal que brillaba hermosamente con una infinidad de colores. Ya había oído hablar de ella con anterioridad; era el portal por el que viajar para todos los que debieran someterse al examen fundamental de magia, y solo funcionaba y trasportaba al aprendiz una vez que introducía en esta el emblema que se ganaba al superar la prueba. Los demás le pidieron que se concentrasen en su interior y dejase que la energía que esta trasmitía fluyera por su cuerpo, para así poder trasportarse al sitio al que había sido destinado en primer lugar. Como última advertencia le comentaron que quizás se marearía un poco e incluso le dolería algo el estómago al ser la primera vez que viajaba en el espacio, pero que se acabaría acostumbrando a ello como todos lo hacían. Dicho aquello, el más joven de la familia siguió las instrucciones que le habían sido dadas y se concentró en la fuerza que recorría su cuerpo por el contacto de sus dedos con la bola. La casa se llenó de luz y Jinwoo sintió cómo un agujero se lo tragaba y caía por este a toda velocidad, con la diferencia de que el recorrido era en horizontal y no en vertical como se esperaba de cualquier descenso al vacío. Tras unos minutos, todo rastro de Jinwoo desapareció del salón de la casa de los magos y ellos no pudieron sino desear que aquello resultara del mejor modo posible y aprobase.

Por otra parte, Jinwoo aterrizó en un sitio por completo desconocido. En efecto, lo que le habían comentado instantes atrás sus padres y tíos acerca de las sensaciones que lo dominarían una vez que acabase el viaje eran reales. Se quedó parado en el punto en el que cayó hasta que logró regular su respiración y disipar su fatiga. Tras un rato seguía aturdido aún y el sentimiento de extrañeza lo llenó enteramente, pero ya iba sintiéndose algo mejor en comparación al momento del descenso. Cuando se repuso, se detuvo a mirar su alrededor: se encontraba en medio de un camino de gravilla, que, a su vez, estaba rodeado por árboles y maleza. Miró hacia atrás y vio que el sendero desaparecía en la oscuridad del bosque, por lo que decidió seguir el rumbo que sí estaba despejado. Así pues, anduvo por un largo tramo sin detenerse ni un solo segundo hasta que llegó a la entrada de un pueblecillo y allí no se demoró en adentrarse en este. Se parecía al lugar en el que él vivía, con la diferencia de que el clima era algunos grados más cálido que en su lugar de orígenes y la disposición de las casas e incluso sus materiales parecían distintas. No supo qué hacer allí, por lo que empezó a agobiarse ¿Dónde dormir? ¿Dónde comer? ¡Seguía siendo un niño en verdad! Pero tampoco quería que sus padres se preocupasen y que eso supusiera algo negativo a la hora de la valoración posterior del consejo de magia, por lo que intentó resolverlo rápidamente y hacer caso a la sugerencia que su familia tiempo atrás le hicieron: que siguiera su propio instinto y fuera allá adonde su corazón lo llevara, pues no había nada más poderoso que la corazonada de un mago. También le dijeron que fuera precavido y pensara siempre en qué podría ser lo mejor. Aquello lo confundía a la hora de tomar decisiones, pero prefirió no dejarse llevar por el pánico que pudiera sentir y enfocarse en descubrir cuál era su objetivo en aquel sitio y por qué lo había llevado hasta allí la esfera. Se dedicó a andar con la mayor despreocupación posible, intentando descubrir alguna pista que lo guiara hasta aquello que estaba buscando (aunque no supiera bien el qué era), pero en un principio no encontró nada que le fuera de ayuda.

Sin embargo, tras unas cuantas vueltas, unas señoras se le acercaron. Era normal que algo así sucediera y llegara a levantar sospechas entre los habitantes. Era hasta obvio en realidad, porque tenía aún el rostro aniñado y, además, era un forastero, por lo que seguramente las mujeres quisieran saber dónde estaban sus padres o si, por el contrario, se había perdido y por eso vagaba solo por el pueblo. Estas le preguntaron, tal y cómo vio venir, que qué hacía allí solo, y que, si por algún casual, se había desorientado. Él le explicó que no lo estaba, sino que era la primera vez que visitaba el pueblo y estaba explorándolo. Entonces ellas, viendo que sus padres no estaban alrededor, lo señalaron. Al principio se tensó, pero después consiguió improvisar una mentirijilla y afirmarles que estaban visitando a unos conocidos y que le habían dejado vagar por ahí, teniendo en cuenta que el lugar no era especialmente grande y que era lo suficientemente responsable como para no meterse en problemas. Eso les bastó y no sintieron más preocupación por el aprendiz de mago, pero, aun así, le pidieron que tuviera cuidado, pues un monstruo enorme había estado rondando el pueblo y había desaparecido un joven de allí, y que volviera lo antes posible a casa, ya que no querían más víctimas.

No supo cómo tomarse aquello Jinwoo ¿Un monstruo? ¿Lo estarían diciendo para que les hiciera caso y regresase pronto a su hogar y tomándolo por un niño ingenuo o, por el contrario, le estarían contando la verdad? En realidad si estaba en aquel lugar era por un motivo en concreto, una prueba a superar, y aquello se asemejaba bastante a una. Decidió investigar por el pueblo con el fin de recabar información y, en efecto, escuchó a más personas charlar acerca del tema. Lo siguiente que debía hacer era, en ese caso, ponerse en contacto con la persona adecuada, pero había algo que tenía que realizar antes. El estómago le había estado rugiendo desde tiempo atrás, y eso era una alerta: con el hambre saciada llevaría a cabo su labor de mejor manera. Entonces, se dirigió a un pequeño restaurante que halló en su paseo y se dispuso a comer. El dueño se apiadó del hechicero y, viendo que estaba hambriento y parecía venir de lejos, le invitó al almuerzo. Ya había visto a chicos como Jinwoo en el pasado, y sabía a qué venían, por lo que haría lo que estuviera en sus manos para ayudarles. Antes de marcharse, le recomendó ir a visitar al alcalde; este le aclararía todo lo que necesitaba saber. Y así hizo.

Buscó el ayuntamiento alrededor del pueblecito con ayuda de indicaciones varias de los vecinos, y, tras un buen rato merodeando por el lugar, logró encontrarlo. Era un edificio pequeñito, de construcción un tanto rústica –así como el resto de edificios de aquel sitio- y blanca fachada. Con paso incierto subió los escalones que había en el soportal y, llegando a la entradilla, abrió la puerta y pasó al interior, donde se topó con la recepción y, detrás de esta, una hilera de escritorios y personas trabajando en estos. La persona que estaba allí, sorprendida de que un muchacho tan joven como él se encontrase en aquel lugar, le preguntó el motivo de su visita, a lo que contestó que estaba buscando al alcalde. No obstante, pensando que se trataría de alguna chiquillería o de algo sin importancia, le aclaró que aquello que necesitara se lo podría decir a él y ya se encargaría de comunicárselo a este, pero el aprendiz de mago no se rindió y le dijo que debía verle en persona, pues era un asunto de vital importancia, y ni aun así cedió. Entonces, como vio que no se resolvería nada si se quedaba allí parado, decidió actuar sin plan alguno y recurrió a una técnica que muchas veces le sirvió en el pasado: despistar y, cuando tuviera la oportunidad, colarse en el despacho donde el regidor trabajase. Preguntó que dónde estaba el baño, que le urgía ir y, una vez que fuera, se marcharía y, aunque con recelo, la secretaria le indicó dónde se situaba. Le dio las gracias y se puso a buscar su verdadero destino, no sabiendo que el otro señor sospechaba de él y decidió seguirlo. Cuando, tras buscar, logró hallar el despacho, la voz del hombre se alzó.

-¡No puedes entrar ahí!- Jinwoo sabía que no podía, pero ¿Acaso iba a quedarse ahí? La respuesta claramente era negativa, por lo que ignoró lo que dijo el secretario y entró. Dentro se encontraban dos personas, un hombre, posiblemente el alcalde, y chico más joven que quizás fuera su hijo, quienes se giraron para ver con sus propios ojos cuál había sido el motivo de tan inesperada irrupción en la oficina. El otro hombre alcanzó al mago y le puso una mano en el hombro, disculpándose por lo sucedido. Sin embargo, antes de que pudiera llevárselo, el alcalde lo detuvo para pedirle explicaciones:

-Sunho, ¿qué está pasando aquí?- a pesar del tono de voz serio del hombre, se podía apreciar también curiosidad en sus palabras. El otro muchacho también aguardaba allí una respuesta.

-¡Este gamberro se ha colado en el ayuntamiento sin permiso!- Jinwoo quería llorar ¡No lo era! ¡Él solo quería ayudar! Pero por el apuro que le producía la situación, no era capaz de pronunciar otra frase que “¡No es así, lo prometo!”. Tras recitar aquello en bucle, el alcalde le pidió a Sunho que le soltara y le permitiera hablar, y cumplió sus órdenes aunque no estando muy conforme. Tomó aire y, tras tranquilizarse un poco, intentó hablar.

-Disculpadme, de verdad. No era mi intención crear un alboroto ni nada por el estilo, ¡se lo juro!- los presentes asintieron, aceptando lo que decían, y le rogaron que continuase- me llamo Jinwoo, provengo del pueblo de Maroo y soy un aprendiz de mago. Venía a presentarme ante usted tras oír las noticias sobre… el monstruo. Quiero ayudar, si es posible, por supuesto- una sonrisa surgió en el rostro del hijo del alcalde, mientras que los otros señores intercambiaron miradas. Sunho intervino entonces.

-¿No eres muy joven para venir solo desde un pueblo tan lejano? ¿Dónde están tus padres?- el muchacho esperaba que le hicieran esas preguntas tarde o temprano, por lo que también esperaba que la gente no tuviera fe alguna en que un crío pudiese afrontar un problema de tal magnitud. No obstante, si bien el secretario estaba lleno de incertidumbre, aquel que no había hablado aún lo hizo.

-Puede parecerlo, pero por su apariencia juzgaría que está en la época de la conversión, ¿no?- el joven mago asintió, y el otro prosiguió con su observación- Supongo que si estás aquí es porque aquí se encuentra una de las pruebas que debes afrontar. Además, Jinwoo… He oído alguna vez ese nombre, ¿no serás por casualidad familiar del mago Seungwoo?-Al muchacho se le iluminó la cara al oír el nombre de su tío, especialmente porque parecía pronunciado con alegría. Afirmó con entusiasmo y le comentó cuál era su parentesco, haciendo que aquel que le preguntó se alegrara- Soy Byungchan. Él y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo y me ha hablado de ti en alguna ocasión, así como de Dongpyo ¡Qué mayor estás ya! ¿Qué es lo que te trae por aquí?

-Estoy haciendo la prueba inicial de magia y la esfera me ha mandado para acá, y por el camino me he enterado que un monstruo estaba acechando el pueblo, así que decidí venir para enterarme mejor de todo lo que estaba pasando.

El alcalde asintió y le pidió a Sunho que cerrara la puerta y después a los que allí se encontraban que tomasen asiento, no sin antes reprender al secretario por no informarle de ello antes, pero, ¿cómo iba a saberlo si no estaba al tanto de quién era ese joven en primer lugar ni él le dio explicaciones de ningún tipo? Dejó eso para otro momento, y prefirió escuchar lo que tenía que decir. Así pues, habló de aquello que había traído al aprendiz de mago al ayuntamiento. Desde hacía un par de semanas, un ingente ser alado había estado paseándose por aquel lugar y provocando temor entre los habitantes y encendiendo el cielo con horrendas llamaradas y tiñéndolo de rojo. Y no solo era lo único que había pasado durante esos días ¡Un chico del pueblo había desaparecido y sospechaban que el culpable de eso era también quien estaba causando el terror allí! Una vez terminó de hablar, el alcalde se preguntó si habría hecho bien en hablarle de ello a ese niño y si era prudente por su parte darle a Jinwoo la misión de averiguar lo que había detrás de todo aquello, pues, al fin y al cabo, seguía siendo un crío; sin embargo, tenía la corazonada de que, si estaba allí, era porque tenía algo que ver con todo eso y, además, porque la corte suprema de magos había decidido que era digno de lidiar con aquella prueba. Se fijó en su hijo, quien parecía tener esperanzas en el mago por sus referentes, y pensó que lo mejor sería que fuera acompañado por alguien maduro y que conociese lo suficientemente bien el terreno. Entonces decidieron entre los cuatro que Jinwoo se encargaría de arreglar la situación, pues la magia solo podía arreglarse con magia, y que Byungchan, y Sunho si era necesario, lo acompañaría, y, en caso de encontrarse en el más mínimo riesgo, volverían al pueblo; nadie estaba dispuesto a que se perdiera una vida, y menos tres. Así empezaría su primera evaluación, y así su camino para convertirse en un mago a tiempo completo.

Jinwoo, quien había seguido atentamente la narración de su padre, empezó a bostezar, y ahí supo Jinhyuk que su hijo logró olvidarse del monstruo que quizás viviera debajo de su cama y que era la hora de irse a dormir. Le prometió que, al día siguiente, seguiría contándole la misma historia, con nuevos detalles y más personajes, y que sería digna de escuchar, pero que, en cambio, debía descansar y soñar con los angelitos, pues debía madrugar para ir al colegio. Se dieron las buenas noches y, una vez que cerró los ojos, depositó un beso en su frente y apagó las luces. El mañana sería otro día, y Jinhyuk tenía que ponerse manos a la obra con su nuevo proyecto mientras que su Wooseok volvía de la cena de empresa, aunque este le hubiera dicho que no le esperara despierto, que regresaría tarde a casa y que no quería molestarle. En realidad, él tampoco podía irse a dormir, menos aún teniendo un nuevo cometido entre manos. Ser padre, profesor de literatura y novelista a ratos era agotador y parecía no estar lo suficientemente pagado pero, al fin y al cabo, también muy gratificante, y no podía quejarse: con ambas cosas había tenido suerte, así como también la tuvo cuando conoció a su marido y decidió formar una familia con él. Encendiendo el ordenador, se puso a escribir lo que vendría después del cuento de aquella noche.