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~*~El faraón y yo~*~

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Había llegado aquí por deber, a pesar que su corazón negaba este hecho era algo que tenía que hacerlo por el bien de todos del Imperio Romano y el de ella.


Caminando con pasos lentos pero firmes se detuvo frente al hombre que sería su destino.


Pero, no había esperado esto.


-Eh!!!?? -gritó sorprendida y desconcertada.


Esta joven es Juno la princesa de la provincia Imperial de Roma, se enfrenta a un destino desconocido en una tierra fuera de su país natal.


Un día antes…


Roma se trataba de una provincia Imperial poderosa, una gran capital remota que ha ido ganando prestigio y fama extendiendo su tierra hasta convertirse en lo que es ahora un poderoso Imperio.


Sus fuerzas militares no tenían rivalidad y sus riquezas por la pesca y el comercio daba mayor prestigio a la capital.


Un día Roma tenía deseo de expandir aún más sus tierras y para eso creaban guerras con el fin de conquistar cualquier lugar que este al alcance de las ambiciones del Emperador, su objetivo fue un país cuya ciudad se construyó misteriosamente en el desierto según los rumores muy rica en joyerías y misticismo: Egipto.


El Emperador ambicionaba en tomar esa tierra lejana desértica cuyas riquezas estaban a la imaginación de cualquier codicioso humano.


Sin embargo, todo deseo ambicioso es imposible de alcanzar. Egipto no sólo se ubicaba en áreas remotamente desérticas, el clima altamente caluroso era inhóspito para cualquier persona incluso para un soldado altamente entrenado además existía otros oscuros rumores sobre los poderes del Reino de Egipto que es totalmente desconocidos para todos.


Aún así, el Emperador dispuesto a correr riesgos envió su mejor tropa preparada a invadir Egipto. Sin embargo, los resultados fueron catastróficos.


La tropa compuesta más de 100 soldados romanos regresó reducida en 10 pero eso no fue el único daño, los sobrevivientes traumados contaron que fueron testigos de un hecho perturbador que tan sólo dijeron “los monstruos…existen”.


El Emperador preocupado por el resultado decidió abandonar por el momento su deseo de conquista y pedir ayuda a los dioses.


Egipto no estaba contento de esta clase de hostilidad y habían decidido tomar represalia invadiendo Roma, pero no de manera tradicional.


Justo en los límites del Imperio, se produjo un sangriento enfrentamiento entre los Romanos y los extraños Monstruos que eran invocados por los sumos sacerdotes y el faraón.


El resultado no fue favorecedor para ninguno de los dos bandos.


Viendo que esta guerra producía pérdidas de vida y destrucción, Roma y Egipto decidieron llegar a un acuerdo de paz.


-“El faraón y el Emperador decidieron firmar un tratado de paz que dicta la unión de ambos reinos a través del matrimonio entre el faraón y la princesa romana a cambio de intercambiar sus mejores bienes y la promesa que no invadirán la tierra del bando opuesto” -eso fue el documento de la carta que recibió el actual emperador de Roma. Cielos, la guerra había ocurrido hace 10 años atrás y ahora debe lidiar con esto. Será un problema mayor discutir con sus hijas.



Las hijas del Emperador actual Cartago se trataban de cuatro hermosas y peculiares jóvenes. Myra, Teana, Juno y Selena.


Ahora se encontraban practicando hechizos debido a sus posiciones no sólo como princesas sino también sacerdotisas, además de aprender música, baile, rituales y educaciones que solamente las mujeres de alta sociedad tienen privilegio de aprender.


Sin embargo, una estaba ausente.


-¿Dónde está Juno? -preguntó el Emperador a sus hijas.


Una rubia de ojos violeta que era la mayor de sus hermanas cuyo nombre era Myra detuvo su acto para responder a su progenitor.


-Creo que salió -le respondió.


-Ya sabes cabalgando por la colina para ver el atardecer – fue su segunda hija Teana quien excusó.


-Por supuesto -el Emperador resopló, clásico de Juno.



No muy lejos del Palacio de Roma, un caballo negro cabalgaba por la colina montado por una joven muchacha de largos cabellos rubios y ojos miel brillando por pura diversión.


Su nombre era Juno, la tercera hija del Emperador de Roma. Se trataba de una hermosa muchacha de tez blanca con ligeros matices rosados por su costumbre de salir al aire libre, su cabello dorado estaba recogido con una alta coleta y vestía ahora mismo una ropa cómoda que usaba cada vez que entrenaba, una túnica corta color blanca que le daba libertad de moverse, un par de sandalias con correas que abrazaba sus esbeltas piernas blancas y portaba esta vez un carcaj llena de flechas y un arco de madera.


-Vamos, Helios. Quiero ver el atardecer -alentó a su fiel caballo quien relincho de alegría y aumento su velocidad.

Mientras cabalgaba, Juno disparaba expertamente sus flechas a cada blanco que había puesto en los árboles que rodeaba la colina.


Juno era diferente al resto de sus hermanas. Según su padre era la más indisciplinada y rebelde: llegaba tarde a las clases, se salteaba algunas lecciones y se escapaba de vez en cuando a la hora de aprender a “ser una princesa”.


Si bien Juno tiene conocimientos como magia, hechizos y práctica de rituales de sacerdotisa como el resto de sus hermanas también sabía el manejo de armas y combate. Prefería ser una mujer que sabía como luchar y defenderse en lugar de ser “una damisela en apuros”.


Sus padres nunca la habrían aprobado ya que este tipo de comportamiento es “algo que una princesa no debe hacer”. Si tan sólo ellos pudieran entenderla que lo hacía por si Roma algún día estaba bajo ataque enemigo, si eso llegara a suceder al menos podía proteger a su familia y a su gente.
Deteniéndose en el punto exacto donde podía ser testigo de la bella vista, Juno aspiró feliz y se dignó a ver como los últimos rayos del sol bañaba la gran Ciudad de Roma tiñendo el cielo en bellos tonos anaranjado, rosado, violeta y azul pálido.


Este era su lugar favorito para meditar y despejar sus preocupaciones. Lejos de las sofocantes lecciones y deberes que dictan por haber nacido en la realeza. Donde podía ser ella misma, Juno únicamente.


-Desearía seguir teniendo esta libertad – se dijo para sí- Me gustaría que mi padre entendiera que hago esto por él, por madre, por mis hermanas, por mi gente y por toda Roma.


Observó como los colores pintaban el cielo cuyo sol parecía brillar con sus últimas fuerzas antes de caer lentamente en la oscuridad, Roma estaba cubriéndose poco a poco para dar lugar la belleza otorgada por la diosa de la noche. Con esto Juno dio finalizado su “descanso”.


-Vámonos a casa, Helios –



Juno no había tardado su regreso, conocía el camino de memoria incluso cuando cayó la noche.


Al llegar al territorio del Palacio, la joven princesa siguió su rutina. Guardó a Helios en su establo y darle de comer avena, guardó sus armas en la armería cercana, entró al edificio saludando a sus sirvientes, tomó a escondidas algún bocadillo de la cocina y finalmente se dirigió al salón a donde la esperaban su familia.


-¡Juno! -hablo su madre con el ceño fruncido por la preocupación- ¿Dónde te metiste, hija? Tu padre tiene algo importante que decir a ti y a tus hermanas -regañó aunque no le extrañaba el comportamiento independiente de la rubia.


-¿A nosotras? -repitió dando un último mordisco a su manzana- ¿Qué hicieron ustedes? -preguntó a sus hermanas.


-Padre quiere hablar con nosotras ahora que estás aquí -habló Myra divertida.


-Nos está esperando en el salón del trono, hermana -continuó Selena la menor de sus hermanas.


-Vamos, padre ha estado esperando demasiado y esta vez no nos vas a retrasar, Juno -Teana miró a la rubia con ligero regaño.


-De acuerdo, siempre y cuando no me des uno de tus aburridos discursos de responsabilidad -agitó la mano perezosamente, Teana podría ser la más responsable pero a veces era aburrida y se comportaba peor que su madre.


-¿Qué haz dicho? -exigió la pelicastaña ojiazul.


Las otras dos se rieron.


-Vamos, niñas. No queremos hacer esperar a su padre – la madre intervino al ver que la pelea infantil de sus hijas no parecía tener fin.



-Y padre ¿de qué querías hablar con nosotras? -Juno fue la primera en romper el silencio una vez que la familia Real estaba reunida.


Cartago ignorando el comportamiento grosero de Juno, decidió ir al grano.


-Ustedes han escuchado el conflicto que Roma y Egipto han protagonizado hace 10 años atrás -comenzó el Emperador.


Las cuatro hijas de inmediato se pusieron serias y preocupadas.


-Te refieres al conflicto que tuvo el abuelo cuando trató invadir Egipto -cuestionó Teana habiendo estudiado la historia de su país.


-Sí -asintió la madre esta vez- Después de mucho tiempo Roma y Egipto han firmado un acuerdo de paz –


-¿Acuerdo de paz? -preguntó Myra, nunca había oído de aquello.


-El acuerdo de paz dictaba claramente que el faraón debe contraer matrimonio con una princesa romana a cambio de intercambiar los bienes mediante la importación y exportación en lugar de invadir las tierras de ambos bandos -finalizó el Emperador anticipando las reacciones de sus hijas.


-¿¡QUEEEEEE!? -gritaron las cuatro hijas al unísono mientras el Emperador, su esposa y el resto del personal fueron víctimas de aquel sonido estridente que casi destruyó sus tímpanos.


-¿Tienes que estar bromeando? -expresó Juno horrorizada y disgustada por la idea.


-Padre, no hay otro modo de modificar aquel tratado -Myra intento convencer porque la idea de casarse con un hombre desconocido la disgustada también. Claro, al menos que fuera hombres guapos pero la posibilidad era muy bajo ya que la mayoría de los soberanos que conoció eran viejos y poco atractivos.


-El tratado fue firmado por tu abuelo, no puedo cambiarlo además que el faraón actual esta de acuerdo con la idea. Para respetar los deseos de mi padre, debemos cumplirlo -con esa declaración sonó más como una sentencia de muerte para sus hijas.


-Padre eres muy cruel – fue el pensamiento compartido de las princesas.


-Sabes como es el faraón, padre -Selena decidió preguntar con curiosidad.


- La verdad no mucho, la última vez fue que mi padre el Emperador Augusto se enfrentó al faraón que en aquel momento era Akunumkanon. Creo que su hijo heredó el trono pero no sé que aspecto ni edad tiene porque nunca he visto ni pisado Egipto tras aquella guerra -aclaró el Emperador pensativo.


-¿Qué tal si es alguien viejo y horrible ahora? -opinó Myra temiendo que el soberano del Egipto actual sea tal como lo está describiendo.


-No sabemos mucho sobre Egipto y ya estás suponiendo cosas -opinó Juno ante la ilógica de su hermana mayor.


-Me preguntó como es -preguntó Teana curiosamente.


-El acuerdo del matrimonio se llevará a cabo dentro de seis meses, así que dejaré la decisión en sus manos -miró fijamente a sus cuatro hijas, ha pasado mucho tiempo que fueron pequeñas y ahora eran todas mujeres fuertes y hermosas a sus maneras. No se había dado cuenta hasta ahora de cuánto han crecido- ¿Quién de ustedes está dispuesta en desposar con el faraón? –


Las cuatro se miraron dubitativas.


-Hagamos piedra, papel o tijera. La que pierda es la que se irá a Egipto y se casará con el faraón -exclamó Myra. Las otras tres estuvieron de acuerdo.


-Dejan el destino en manos de un juego -pensaron los gobernantes ante la acción infantil de sus hijas.


-¡Piedra, papel o tijera! -gritaron las cuatro dando como resultado papel de parte de Myra, Teana y Selena y piedra de parte de Juno.


-Juno perdió -declaró Teana.


-¿¡Qué!? -exclamó Juno sin poder creer que perdiera en el primer intento- Qué sea dos de tres.


Y el resultado fue Myra, Selena tijera Teana y Juno piedra. Cuando fue Teana contra Juno.


-Perdiste otra vez, Juno -Teana canto victoria.


-¡No puede ser! -Juno quería llorar. No sólo perdió en un juego tan tonto y simple contra sus hermanas sino que acaba de sellar su destino.


-Vamos Juno tu boda no es el fin del mundo -regañó su madre ante el dramático comportamiento de su tercera hija.


-Es fácil decirlo para ti madre, tú ya estás comprometida -se dijo la rubia.


-Anímate Juno, estoy segura que vivirás muy bien allá. Escuché que Egipto es un país muy rico en joyerías -habló Myra en un intento por animarla.


- Las joyas no saciaran mi hambre -Juno no le interesaba cosas que generalmente les gustaban las mujeres después de todo era muy poco femenina.


-Tal vez no sea tan malo -comentó Selena en un intento en animar a su hermana.


-Quizás el faraón sea alguien justo, amable y fuerte -dijo Teana estando de acuerdo.


-No era que ustedes dijeron que podía ser viejo y horrible -Juno a veces no podía creer lo hipócritas que podían ser sus hermanas.


-Suficiente! -cortó su madre con la diatriba para hablar del asunto- Juno ahora que se ha decidido partirás a Egipto dentro de dos semanas antes para la preparación -al ver a su hija intentando replicar- Sin más excusas, ahora todas vayan a descansar porque mañana hay mucho que hacer.


Juno tan sólo le dirigió una mirada molesta a su familia antes de abandonar el salón cerrando la puerta con vehemencia.


Los padres tan sólo soltaron suspiro y el resto de sus tres hijas se miraron algo preocupadas.



Que injusto.


Juno una vez que llegó a su aposento se lanzó pesadamente en su cama y cubrió su rostro con una almohada para ahogar su grito de frustración.


Quién se hubiera imaginado que por un tonto juego sellaría su destino y su libertad para siempre.


Todo por un estúpido tratado de paz que firmaron su abuelo y el anterior faraón.


-¿Por qué me está pasando esto? ¿Qué hice para merecerlo? -será porque siempre fue problemática y rebelde que tan sólo causaba problemas para todos. Se preguntó.


Un golpe en la puerta la sacó de su ensoñación.


-¡Lárgate, no quiero hablar con nadie! -espetó con un grito.


-Juno, puedo entrar – Se escuchó la voz de su madre.


-Madre -pronunció y en su habitación se adentró la Reina. Selena había heredado su color de cabello caramelo y sus ojos gris verdoso, su madre a pesar de su carácter estricto era una mujer sabia y siempre ha estado para sus hijas.


-Hija, quería saber si estabas bien -cuestionó, sin importar cierto desacuerdo que han tenido debido al choque de personalidad siempre ha estado pendiente de Juno cuando se trataba de su futuro.


-Bien es una subestimación cuando estoy involucrada en un asunto político que mi abuelo causó -ironizó respirando pesadamente- No he salido con nadie, no tuve la oportunidad de enamorarme ni tampoco tener un primer beso y para corregir los errores del abuelo debo casarme con un hombre que ni siquiera sé su nombre ni su rostro.


La Reina habiendo anticipado esta clase de reacción por parte de su hija rebelde, tan sólo se le acercó y se sentó en su cama.


-Juno se que esto te parece injusto, también tuve mis dudas cuando me comprometieron con tu padre -confesó su madre.


-¿En serio? -Juno la miró expectante sin saber si su madre le decía para demostrarle comprensión o un intento para convencerla.


-Sin embargo, a pesar que estuve en desacuerdo en casarme cuando tenía tu edad más tarde tu padre y yo hemos podido encontrar una manera para que nuestro matrimonio funcionara y de eso nacieron ustedes cuatro -aclaró mirando a su niña, a pesar de su rebeldía siempre se había sentido orgullosa de los logros que realizó Juno para convertirse en lo que es ahora- No podemos huir de lo que somos hija, al menos puedes intentarlo una vez que conozcas al faraón.


Por mucho que Juno quería protestar, asumió un poco las palabras de su madre. Tenía razón, la alta sociedad siempre tuvo desventaja cuando se trataba de matrimonio especialmente las mujeres ya que no tenían libertad de elegir a sus esposos y tan sólo debían aceptar sus destinos.


La Reina viendo que Juno finalmente parecía pensar sobre el asunto decidió dejarla sola para que pueda reflexionar tranquilamente y descansar.


-Descansa, hija. Mañana comenzaremos con tus últimas lecciones, debes prepararte para conocer todo sobre Egipto – tras decir esto la Reina se retiró.


Juno nuevamente sola se acostó en su cama y cerró los ojos.


Se tomó un tiempo para meditar.
Su padre anteriormente había relatado sobre el conflicto que tuvieron Egipto y Roma hace 10 años atrás. Egipto era un país que se convirtió en objetivo de muchos gobernantes ambiciosos dispuestos en tomar sus tierras llenas de riquezas, Roma no fue la excepción. Su abuelo que en aquel momento fue el Emperador Augusto había enviado tropas para invadir Egipto, pero el proceso de la invasión salió mal.


Según los rumores en el momento en que los soldados romanos intentaron irrumpir la ciudad de Egipto tan sólo se enfrentaron un grupo reducido compuesto por 7 personas y fueron derrotados inmediatamente reduciendo un orgulloso ejército de 100 soldados a 10.


Tan sólo usaron una extraña clase de magia invocando creaturas extrañas que solamente vio en los mosaicos.
Dicha guerra trajo muerte, hambruna y pérdidas.


De está guerra se hizo el acuerdo de paz.


Por mucho que odie esta idea de contraer matrimonio con un hombre que ni siquiera sabía quien era tenía que hacerlo. Por el bien de su gente, su familia y de Roma. Por la paz para ambos pares.


-Al menos puedes intentarlo una vez que conozcas al faraón– las palabras de su madre resonaron en su mente. Odiaba cuando tenía razón, no podía encontrar palabras para contradecirla.


Esta vez, debe aceptar su deber no sólo como princesa de Roma sino también como la futura esposa del faraón.


-No tengo más remedio que aceptar mi destino –resignada cerró los ojos y se dejó caer en los brazos de Morfeo.



Dos semanas después…


Después de muchos días duros tomando lecciones sobre la cultura egipcia contando a regañadientes de Juno sobre como debe comportarse respetuosamente “como una princesa”, finalmente llegó el día de su partida.
La parte más complicada fue aprender un poco el idioma, al menos sabía suficiente como mantener una conversación.


Ya llegó el momento en que debía partir a su destino.


Miró a su familia, está sería la última vez que los vería.


-Cuídate mucho, hermana -Juno correspondió el abrazo por parte de Selena, de todas sus hermanas era más unida con ella y la cuidaba mucho por ser la menor.


-Lo haré, te extrañaré mucho Selena -le brindó su mejor sonrisa a su hermanita para aliviar su preocupación.


-Tan sólo espero que Egipto te trate bien -comentó Myra.


-Sí ocurre algún problema no dudes en avisarnos – se integró Teana. A pesar que Juno podía cuidarse sola, estaba preocupada de lo que le sucedería una vez que llegara al Reino de Egipto además de su relación futura con el faraón.


-No se preocupen, es por la paz dudo que intenten quebrantarlo -a pesar que en fondo la princesa estaba preocupada no dejaría que las dudas impidieran en sus decisiones.


-Confío que los guardias que mande aseguren que llegues a salvo con el faraón -habló el Emperador después de haber hablado con sus más confiados soldados.


-Mantén en alerta durante el viaje, en estos días hay bandidos y otra clase de peligro. Juno debes dejar todo el trabajo a los guardias, es muy importante que estés a salvo -le habló su madre colocando ambas manos sobre los hombros de su Hija, quien reprimió las ganas de contradecir a su madre “puedo defenderme sola” bailando en la punta de su lengua.
Su familia le estaba dando su mejor apoyo a pesar que era su deber cumplir el tratado, confiaban que ella manejaría esto.


Juno le costaba encontrar palabras para expresar lo que mucho que los amaba y lo mucho que los extrañaría una vez que subiera en aquel barco que estaba esperándola.


Tan sólo asintió mientras reunía todas sus fuerzas para no llorar. Les regaló su última sonrisa y pronunció lo siguiente.


-Los extrañaré mucho, les prometo que algún día nos volveremos a vernos. Haré que sientan orgullo por mí -y fueron sus palabras para luego abrazarlos y subir a su barco que zarpaba rumbo a su destino.


-Siempre lo estuvimos, hija –fue lo que susurró el Emperador mientras abrazaba a su esposa y miraba como sus hijas tenían brillo de tristeza y alegría en sus ojos.


Sí, esto no era un adiós. Por que muy pronto iban a reencontrarse, a pesar que la distancia los separaba estaban unidos con el corazón y afirmaba que Juno podía sentir lo mismo.


Continuará…