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Un Omega en Ilvermorny

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Los omegas no tenían permitido aprender magia, mucho menos acudir a una escuela de magia. En teoría, ni siquiera tenían permitido usarla, pero todos sabían que lo hacían en casa, donde nadie les veía. Peter no entendía el porqué de esta estúpida ley. La mayoría de omegas que había conocido tenían más magia en su dedo meñique que esos inútiles del MACUSA*. De hecho, su afinidad con la magia era tal que una gran parte de ellos no necesitaba de varitas para utilizarla. Sospechaba que era por miedo. Si los omegas se hacían con el control de la magia quién sabe lo que podría pasar con el preciado estatus de los alfas. Eso no le gustaba nada. Incluso si él era un alfa, no le parecía justo reprimir todo ese poder. Siempre había creído que si los omegas estuvieran al cargo, el mundo mágico y sobrenatural no tendría que seguir escondiéndose. O tal vez era simplemente porque se identificaba en parte con ellos; después de todo, tenía que ocultar lo que era con el fin de poder trabajar en el Colegio Ilvermorny de Magia y Hechicería, o simplemente para sobrevivir.

Por todo esto, no dijo una sola palabra cuando un joven de rostro pálido y lleno de pecas, el pelo rapado y unos grandes y ávidos ojos whisky subió al estrado cuando llamaron su nombre, Stiles Stilinski, y un suave soplo de aire llegó a su nariz. Omega. Era extremadamente sutil, sabía que una nariz humana sería incapaz de percibirlo, olía principalmente a beta, pero debajo de ese olor falso estaba ese dulce y picante toque omega. Ocultó una sonrisa detrás de su copa.

Cuando colocaron el Anillo Seleccionador en su dedo, la imagen que este proyectó fue borrosa durante largo rato, cambiando de un animal a otro. Por un momento, pareció a punto de fijarse en la forma de un ave, pero finalmente lo hizo en la forma de la serpiente cornuda. Peter asintió para sí, le complacía que estuviera en su casa, la casa de los eruditos. No lo tendría en su clase hasta el tercer año ya que su asignatura era optativa y aun así no era seguro que se apuntase, pero tenía paciencia, podía esperar.



Dos años después



—¿Qué asignaturas optativas has cogido?—le preguntó Lydia, uno de los libros del curso ya abierto en su regazo y por más de la mitad a pesar de que aún no habían tenido la primera clase. Era la chica más inteligente de Ilvermorny desde el primer curso y lo seguiría siendo hasta el último. No estaba ya terminando sus estudios porque en el colegio no permitían saltarse cursos.

—Cuidado de Criaturas Mágicas, Estudios Nomag y Alquimia. ¿Y tú?

—Estudio de Runas Antiguas, Aritmancia y Alquimia. Al menos compartiremos esa.

Habían pasado los dos primeros años compartiendo todas las clases. Lydia era su única amiga en la escuela. Sí, tenía conocidos, compañeros con los que hablaba de vez en cuando, pero ella era su única amiga de verdad. Lydia, por su parte, no mantenía muchas relaciones sociales. Estaba centrada en sus estudios y era vista como una reina de hielo, admirada por los profesores y envidiada por los alumnos. Stiles sospechaba que había aceptado ser amiga suya porque sabía que estaba a su mismo nivel, si bien Stiles no mostraba tanto sus habilidades en público. Tenía que ser discreto, debía tener cuidado, al menos en cuanto a su capacidad mágica. Era conocido en la escuela, pero más por ser el bufón de la clase y por meterse en líos. Ninguno entendía cómo había logrado acabar en la casa Serpiente Cornuda. No le importaba, tenía demasiado que perder. Si lograba finalizar sus estudios, le daba igual si lo hacía en el último lugar de la clase. Tan solo quería ser capaz de realizar magia libremente, sin tener que ocultarse tras una barrera en su casa.

Al día siguiente comenzaron las clases y Stiles se encontró con Lydia en el pasillo del cuarto piso a segunda hora para dirigirse juntos al aula de Alquimia. Entraron y se sentaron en tercera fila en un aula que parecía más un laboratorio de una escuela nomag. Las mesas eran para dos personas, con banquetas en lugar de sillas, un fregadero y probetas, pipetas y demás instrumentos para realizar experimentos químicos. El profesor apareció por otra puerta al fondo cuando ya todos estaban sentados. Stiles se le quedó mirando con la boca abierta por un momento. Era un hombre musculoso, de espalda ancha y un estrecho jersey beis que se ajustaba a su esculpido torso. Las mangas estaban retiradas hasta la mitad del antebrazo, resaltando esas fuertes manos. Tenía el cuello en pico que dejaba vislumbrar el vello de su pecho y Stiles tan solo podía pensar en tener su boca sobre ese ridículamente musculoso cuello. Pero su cuerpo no era lo único bueno sobre él (y no iba a mencionar su culo porque... ngh...), también tenía un rostro increíblemente atractivo. Estaría en sus treinta, con una perilla bien cuidada (y qué bien se sentiría eso rozando su piel) y unos ojos azul claro que quitaban el aliento y casi parecían brillar.

—Soy Peter Hale, vuestro profesor de Alquimia—se presentó y comenzó a hablar sobre lo que sería la asignatura.

—Joder, está como un tren—susurró Stiles a su compañera. La mirada hastiada que le dirigió Lydia le hizo poner los ojos en blanco. No podías culparle, era un adolescente, tenía hormonas y ojos—. Vamos, esos brazos, ese cuello, no puedes negar que está buenísimo.

...está buenísimo...

Stiles se quedó paralizado. Su voz había resonado en todo el aula y todos sus compañeros le habían oído. Había risillas disimuladas y Stiles sintió que su rostro ardía de vergüenza.

—¿Algo que quieras compartir con la clase...—echó un vistazo a la lista de alumnos—, Stilinski?

—Stiles, y no, creo que les ha quedado claro, gracias—respondió, evitando su mirada.

—Entonces continuaré con mi clase, si no te importa.

Stiles no volvió a abrir la boca en toda la hora. Había oído por otros alumnos que Hale era un profesor severo y ciertamente no permitía cuchicheos en clase ni otras molestias, pero a Stiles le gustaba eso, había aprendido que cuando los alumnos consideraban que un profesor era demasiado estricto es que era un buen profesor.

Cuando el timbre sonó, todos se levantaron para ir rápidamente a la siguiente clase, que en su caso estaba en los jardines del colegio, casi a la otra punta.

—Stilinski—le llamó el profesor y Stiles maldijo por dentro.

Le susurró a Lydia que la vería en clase, se puso la mochila al hombro y se acercó a él. El profesor esperó a que el resto de alumnos hubieran salido del aula.

—Me tienes decepcionado Stilinski—cruzó los brazos frente al pecho y le miró con expresión molesta. Stiles se sintió de repente muy pequeño, a pesar de que eran de la misma altura—. Esperaba mucho más de ti cuando llegaste, pero te has convertido en el payaso de la clase y estás incluso por debajo de la media.

—Sí, bueno...—Stiles frunció el ceño confuso—. ¿Por qué esperabas más de mí? No nos conocemos.

—Los omegas suelen tener mayores habilidades para la magia—respondió encogiéndose de hombros como si no fuera nada.

Stiles palideció. Un sudor frío comenzó a recorrer su espalda. Su corazón se aceleró, palpitando en sus oídos. Su vista se nubló en los bordes y el mundo se hizo más oscuro.

—Respira, Stiles, respira—escuchó decir al profesor y sintió una mano en su nuca—. Respira conmigo, Stiles. Dentro, uno, dos, tres, cuatro. Fuera, uno, dos, tres, cuatro.

Lo repitió hasta que Stiles siguió sus instrucciones y su pulso se relajó, recuperando el control de su cuerpo.

—Cómo...—jadeó con voz temblorosa—. ¿Cómo lo has... descubierto?

—Por tu olor, lo percibí cuando te llamaron para elegir casa—le respondió, la mano aún su nuca, acariciando con el pulgar el punto tras su oreja de forma relajante.

—¿Cómo...? No, no es posible. Ni siquiera uso nada mágico para que no puedan detectarlo. El supresor es totalmente nomag y ningún humano tendría que ser capaz de...—entonces se dio cuenta—. No eres humano.

El profesor sonrió. Una sonrisa que no era del todo humana.

—Vas a llegar tarde a tu próxima clase. Herbología, ¿verdad? Dile a la profesora Blake que te estaba echando una reprimenda, lo entenderá—le dijo, dirigiéndolo hacia la puerta del aula.

—Vas... vas a...

—Tu secreto está a salvo conmigo, Stiles—abrió la puerta y prácticamente lo echó fuera.

Stiles se quedó aturdido. No podía creer lo que había pasado. El profesor Hale había descubierto que era omega, de hecho lo sabía desde que había llegado al colegio. Además de eso, resultaba no ser humano siquiera. ¿Qué era? Tenía un olfato lo bastante agudo como para percibir el olor omega oculto por los supresores. Ni siquiera Lydia había sido capaz de descubrirlo, creía estar seguro y ahora... ahora no estaba seguro de si su secreto estaba a salvo.





A Peter no le sorprendió nada la reacción del chico, podía perder absolutamente todo si las autoridades lo descubrían. El intenso olor a pánico le había hecho sentirse incluso mareado. Sin embargo, a pesar de su estado, había sido capaz de darse cuenta de que no era humano. Era inteligente, sin duda, y sospechaba que lo había estado ocultando a propósito.

Lo que no se esperaba, era encontrárselo en su despacho después de la cena. No había distinguido su olor por el pasillo, mezclado con el de docenas y docenas de estudiantes, pero lo percibió al llegar frente a la puerta, ese olor dulce inconfundible. El chico estaba de pie frente a una de sus estanterías, con un artilugio extremadamente caro en sus manos.

—Así que, ¿qué eres?—le preguntó en cuanto cerró la puerta tras de sí como si fuera la continuación de su conversación anterior.

—Primero suelta eso, no podrías pagar lo que vale ni aun vendiendo todo lo que posees—le advirtió molesto. No le gustaba que tocaran sus cosas.

—Vale—y lo soltó, literalmente.

El objeto cayó y Peter estuvo a punto de saltar para intentar salvarlo cuando se quedó flotando en el aire a varios centímetros del suelo. El chico sonrió orgulloso, los dedos de una mano apuntando hacia el objeto. Lentamente los levantó y el objeto se elevó en el aire hasta descansar en su sitio en la estantería.

—Así que realmente eres bueno con la magia—comentó, considerándolo un tema más importante que regañarle por tocar sus cosas.

—Soy un... ya sabes, claro que soy bueno. Ni siquiera necesito la varita para realizar ningún hechizo, pero si la gente lo supiera, empezarían a sospechar y lo acabarían descubriendo. No me importa terminar el colegio siendo un payaso o el último de la clase mientras consiga terminarlo. Lydia es un genio, la más inteligente de este colegio, incluyendo profesores –no te ofendas–. Ella saldrá con las mejores notas de la historia y llegará alto, muy alto. Pero ella no tiene nada que ocultar. Yo, sin embargo, aun si estoy casi a su mismo nivel, incluso si la magia en sí se me da mejor que a ella, no puedo permitirme destacar, no en ese sentido al menos. Estoy arriesgando demasiado aquí.

Esos ojos whisky, tan grandes y hermosos, se fijaron en él con una determinación que le hizo estremecer.

—Y ahora yo soy una amenaza. Conozco tu secreto y temes que lo revele. ¿Qué vas a hacer?

Se acercó un paso a él y después otro, muy atento a las manos del chico porque ni siquiera necesitaba sacar su varita o recitar un hechizo para atacar.

—Quiero saber lo que eres. Quiero tener algo contra ti. Porque si lo estás ocultando es que no es algo que se permita aquí. No eres algo que se acepte en este colegio—un chico tan inteligente. Esto iba a ser mejor de lo que pensaba.

—Hmm... ¿Y si no quiero decírtelo?—preguntó, apenas a un paso de él.

—Te obligaré—respondió, una sombra de sonrisa perversa en sus labios.

—¿Oh, sí?—rio, casi enternecido con la actitud del chico. La superficie plana de su escritorio resultaba tan atrayente en ese momento, ese delgado cuerpo se vería totalmente delicioso inclinado sobre él.

Puedo forzarte a mostrarte—le dijo con total convicción y Peter no escuchó ninguna mentira en su corazón.

Entonces, los largos dedos del chico flotaron frente a su pecho, las puntas apenas rozando su jersey y algo dentro de Peter palpitó. Sintió como si un vacío lo succionara, de repente el suelo no era tan firme bajo sus pies. Algo, su lobo, estaba siendo forzado a la superficie y él estaba totalmente paralizado, incapaz de hacer nada. Ni siquiera sentía que estaba en este mundo, como si su conciencia humana estuviera siendo enviada a otro lugar al mismo tiempo.

De pronto todo se detuvo. Volvió a sentir que estaba aquí y ahora, su lobo retirándose a un rincón dentro de él por un momento, antes de volver cerca de la superficie con interés. El chico frente a él sonreía triunfante sin contenerse. Peter sabía que ahora sus ojos estaban brillando azules, podía ver su reflejo en las pupilas del chico, sus garras y sus colmillos intentando abrirse paso.

—¿Qué me has hecho?—casi gruñó.

—Te lo he dicho, puedo forzarte. No me obligues a ello. No voy a aceptar ningún riesgo dada mi situación. Muéstrame lo que eres—le exigió. Su amenaza ya no sonaba vana.

—No aquí—respondió, sabiendo cuando era el momento de aceptar su derrota—. Ven al bosque tras la hora de dormir. Asumo que puedes evitar que te vean.

Stiles sonrió pícaro, pero no dijo nada. Pasó junto a él y salió del despacho. Peter se quedó allí de pie un momento, inspirando el olor del chico, intentando distinguir su verdadero olor bajo la capa de supresores. Su lobo estaba agitado y, por algún motivo, contento. ¿A quién no le gustaba un buen desafío?