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Las fases de la luna (en el trasero de Remus John Lupin)

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4.- Luna llena.

 

Ponerle un punto y aparte a la historia que desde quince años atrás los tenía atados contribuyó a que entre Remus y Sirius los restos de animosidad entre ambos por fin se evaporaran y de una vez por todas pudieran empezar desde cero.

Pese a que a la mañana siguiente después de su charla Remus despertó con una ligera jaqueca por el vino, también fue capaz de ignorarla cuando encontró un mensaje donde Sirius invitaba a Teddy (y a él si quería unírseles) al parque con Harry. El plan era llevar a cabo un picnic y salir, porque si bien hacía frío, por una vez no soplaba el viento ni llovía. Así que Remus aceptó esa invitación... Y muchas otras más que llegaron después.

Durante los últimos meses de ese año y los que le siguieron, se volvió habitual para Remus y Sirius salir juntos a innumerables lugares; a veces con Teddy, a veces sin él, pero siempre disfrutando su compañía mutua como antes de la charla les había resultado casi imposible por la incomodidad de un pasado romántico en común.

—¿Debería sentirme celoso de sus citas? —Comentó James en febrero, en una de sus cenas de los jueves—. A este plazo seré reemplazado como el mejor amigo de los dos.

—¿Quién dice que no lo fuiste ya? —Replicó Sirius con sorna.

—Esto es venganza por las salidas que cancelaste para pasar tus viernes y sábados en la noche con Lily —dijo en cambio Remus, disfrutando de la expresión sorprendida de James.

—¡No es justo! La estaba conquistando, y era crucial conseguirlo o... ¡O Harry no habría nacido!

—Supongo que es una razón válida, ¿eh, Harry? —Bromeó Sirius con el niño, sentado a su lado y divertido por la charla de los adultos.

—Si tienes que agradecer a algo el nacimiento de Harry —intervino Lily con aspereza, pero también las comisuras de los labios curvadas en una media sonrisa—, que sea al paquete de condones baratos que compraste en oferta y que se rompieron uno tras otro.

—¿Qué es un condón? —Preguntó Teddy al lado de Remus, y éste se ahogó con el trozo de papá cocida que tenía en la boca.

—Un globo —dijo Sirius con soltura.

—Ahhh...

—Por favor no hablemos de eso —pidió Remus tras darse unas palmaditas en el pecho y pasar el resto de su comida con sorbos de agua—. Quiero ahorrarme esa charla por al menos diez años.

—No sé, en nuestra generación los chicos de quince ya eran bastante precoces —dijo Sirius con un brillo especial en los ojos que Remus supo interpretar a la perfección—. Más te valdría empezar antes.

«Oh, si lo sabrás... Si lo sabremos…», pensó Remus, pues incluso en Hogwarts con la vigilancia constante de sus profesores y prefectos, los alumnos se las ingeniaban para tener toda clase de roces y placer con el sexo opuesto. Y con el propio también. Remus lo confirmaba desde su experiencia particular, pues recordaba los besos que había compartido en los primeros años con algunas alumnas de su casa, y después con Sirius (y más) sin que ningún adulto responsable pudiera intervenir.

Había resultado curioso cómo para su caso la charla por parte de sus padres (su padre en realidad, su madre se había refugiado en la cocina para no estar presente) se dio un año después de la partida de Sirius, cuando por entonces Remus ya tenía claro cómo evitar un embarazo con las chicas y cuidarse para que su secreto no saliera a la luz con los chicos.

Decidido a no imaginar a su hijo de cinco años en esa tipo de situaciones (sobre todo porque en sus planes estaba enviarlo a Hogwarts), Remus aprovechó la charla de Lily sobre los Weasley para cambiar de tema y no atormentarse sobre lo que no podía controlar, y casi lo había conseguido del todo al final de la velada cuando él y Sirius tuvieron un momento en la cocina sirviendo gelatina de postre y éste lo llevó por el camino de la memoria.

—Deberías hablar con Teddy de eso.

—¿Eso? —Inquirió Remus con una ceja alzada.

—Sexo. Hace un par de semanas Harry me preguntó por qué sus padres no le habían dado todavía un hermanito, y Teddy escuchó todo con la misma atención de una esponja: Quizá no entendió la información, pero sí la absorbió.

Remus suspiró. —No me sorprendería si de pronto me pregunta cómo nacen los bebés. Hace años tuvimos esa charla en versión reducida, con la bendita cigüeña de por medio porque apenas tenía tres años, pero supongo que esa mentira ya no colará...

—Sólo sé honesto. Sin morbo y malicia, los críos tienden a no complicarse la vida de la misma manera en que lo hacen los adultos.

—Supongo que es una opción —concedió Remus, antes de juntos llevar la charola con los postres y repartirla entre el resto de los asistentes a esa cena.

Después Remus buscó una noche de esa semana para tener la tan temida charla con Teddy (una versión apropiada a su edad, por supuesto) y éste lo asombró al estar más enterado del tema de lo que le daba crédito y además lanzarle una pregunta para la que no estaba preparado:

—¿Si tú y Sirius son novios puedo llamarlo papá?

Remus intentó mantenerse tranquilo. —Sirius y yo no somos novios, Teddy.

El pequeño niño hundió los hombros. —Oh. ¿Pero van a serlo? ¿Como en la tele?

Por decencia, Remus se tragó la palabrota que tenía en labios al comprender al instante a qué se refería Teddy.

Hacía cosa de un año atrás, Remus había estado saliendo más o menos en serio con Benjy Fenwick, un colega del departamento de matemáticas, y llegado el momento de dar pasos importantes en su relación, lo había presentado ante Teddy como su novio.

Bendita fuera la inocencia infantil, porque Teddy se lo había tomado con absoluta naturalidad, y en gran medida era gracias a un programa infantil que pasaban en la televisión, donde una niña llamada Maddy vivía toda clase de aventuras en compañía de sus dos mamás y sus dos papás. El show había sido tema de debate, controversia y especulación en Inglaterra, con padres que lo apoyaban y otros que lo querían fuera del aire, y Remus había sido del primer tipo en beneficio suyo y de Teddy. Al final Las Aventuras de Maddy se habían quedado en programación y había prospecto de más temporadas, en tanto que el asunto con Benjy Fenwick había perdido la chispa igual que un refresco sin tapón el gas. Remus no había echado mucho de menos a Benjy en el plano romántico, y mucho menos Teddy como potencial a un segundo padre, pero desde entonces había hecho la pregunta con regularidad, y había obligado a Remus a cuestionarse si acaso no se había apresurado con todo ese asunto de exponer su bisexualidad ante su hijo.

—Teddy —atrajo Remus la atención de su pequeño—, Sirius y yo sólo somos amigos, ¿ok?

Su hijo se mostró renuente. —¡Pero Sirius es como tú, papá! ¡Están hechos el uno para el otro!

—Hay más en juego que eso —explicó Remus—. Es necesario ser similares en otras áreas, y no sólo si nos gustan o no los hombres.

Un poco enfurruñado, Teddy resopló. —Pero a mí me gusta Sirius para papá.

Remus le acarició los rizos que eran idénticos a los suyos. —¿Y por qué no un tío? El tío Padfoot, igual que Harry.

Teddy refunfuñó, y aunque Remus consiguió desviar su atención a otros asuntos, sabía que no era lo último que escucharía del tema.

 

Remus se decidió de una vez por todas a aclarar con James el pasado oculto que había mantenido con Sirius cuando éste le dedicó una de sus muy elocuentes miradas luego de que le contó cómo él y Sirius de nueva cuenta habían tenido una cena en su casa.

—¿Así que una cita?

—No, Prongs —dijo Remus con calma—. No una cita. Teddy estaba ahí.

—Ah...

Si así lo hubiera preferido, Remus pudiera haberlo dejado ir. Simplemente aceptar ese “ah” tan solapado como parte del acuerdo tácito que como amigos compartían, pero algo en su interior se reveló ante aquella noción. Que por todo lo que le era sagrado, creía que ya había llegado el momento de hablar con sinceridad.

—Quita esa cara de ignorancia —dijo Remus con tintes de sarcasmo—. Sirius me lo contó.

A favor de James, al menos no intentó hacerse el que no sabía de qué le hablaban.

—Ah, ok.

—Basta con los “ah”, tan sólo... ¡Ah! —Exclamó Remus, rompiendo su propia regla—. Di lo que sea.

—Ustedes dos claramente están hechos el uno para el otro.

—¡Eso no, Prongs!

James frunció las cejas, y en un gesto característico suyo cuando estaba molesto, se subió las gafas sobre su nariz utilizando el dedo medio.

—No sé qué más quieres que te diga. Mentir no es mi fuerte.

—Nuestra jefa de casa no opinaría lo mismo.

—Ya, pero eso fue hace más de diez años, y desde nuestra graduación en Hogwarts he cambiado —replicó James, que después le dio unas palmaditas a Remus en la espalda—. Vamos, Moony. Sé honesto, y no conmigo si no te apetece todavía, pero contigo mismo porque te lo mereces... Esas citas que tienes con Sirius-...

—No son citas —rebatió Remus con acaloramiento—. Tan sólo cenamos, y Teddy está ahí.

—¿Y después?

—Erm, Teddy se va a la cama y Sirius y yo-...

—¡Oh!

—No seas idiota —le reprendió Remus—. Nosotros sólo hablamos, y erm...

—¿Sabes que hablo con Sirius de estas cosas, verdad? Estoy bastante enterado de los pormenores.

—Ok, nos hemos besado un par de veces, pero no es nada serio.

—Con Sirius todo es serio —enfatizó James la vieja broma que incluso con todos los años transcurridos seguía corriendo fuerte en su grupo de amigos—. Mi punto es: La atracción es mutua y tiene potencial, así que... ¿Por qué no darle una oportunidad? No cuenta del todo como segunda oportunidad, así que juega a tu favor, ¿no?

La frase “Porque ya falló una vez y no tiene sentido cometer los mismos errores” nació en el cerebro de Remus y murió incluso antes de llegar a su boca. Al fin y al cabo, su no-relación con Sirius implicaba un no-rompimiento que anulaba sus argumentos. En su lugar ambos habían tenido un momento, que por tecnicidades duró algo así como cuatro meses, y al que después le habían tenido que poner final. Pero ya lo habían charlado, y las viejas heridas del pasado por fin habían cicatrizado, así que era tiempo de intentar cosas nuevas.

—Ustedes ya no son los mismos de hace quince años —le recordó James con suavidad, casi como si pudiera leer su mente—. Y si lo ves desde esa perspectiva, darse una oportunidad ahora es muy diferente a lo que hicieron cuando todavía estaban en Hogwarts.

—No creo que sea una buena idea... —Se excusó Remus, pues en su opinión tanto le había costado superar al Sirius Black de quince años que volver a caer por ese otro que ahora tenía treinta y uno sería el fin de su misma existencia. Una vida no le alcanzaría para superar esos sentimientos y...

—Piénsalo —le conminó James, que a pesar de sus elevadas dioptrías y gafas gruesas, veía y apreciaba más de lo que le daban crédito en su grupo de amigos.

A regañadientes, Remus así lo hizo.

 

Los meses se escurrieron entre los dedos de Remus como si nada. Pronto era su cumpleaños, y en lo que parecía apenas un chasquido de dedos, el de Teddy. En ambas celebraciones estuvo Sirius presente como invitado, pero también como compañía exclusiva para cuando en lo primero llevó a Remus a cenar a un restaurante tan caro que no exponía sus precios en el menú, y en lo segundo rentó para Teddy una tarde completa un área de juegos para que diera rienda suelta a sus energías.

En ambas ocasiones le dedicó James a Remus uno de sus patentadas miradas de ‘yo-sé-lo-que-pasa-aquí’ que éste optó ignorar con su igual de efectiva mueca de ‘no-me-molestes-Prongs’ que al menos consiguió aplacar la tormenta que se gestaba en su grupo de amigos.

Sirius mientras tanto no dio muestras de ir más lejos de los besos que él y Remus compartían en sus cenas semanales (a veces más de una), y sólo cuando ya se encontraban frente a la puerta para despedirse. Remus habría querido iniciar un contacto más cercano, pero ya fuera por nervios o llano miedo, se guardó las manos y la proposición de pasar a su recámara para un después mejor conocido como nunca. Y no fue el único. Sirius también dio muestras de estar ansioso por una invitación de ese tipo o buscar cualquier excusa para quedarse a pasar la noche, pero por razones que ambos compartían, nunca se concretó nada.

No fue sino hasta junio cuando las vacaciones de verano comenzaron y Teddy salió de la escuela que la situación entre ellos volvió a tomar un nuevo cariz.

Para entonces Remus estaba resignado a que su vida amorosa se reduciría a esos besos ocasionales con Sirius y moriría en soledad una vez que Teddy fuera mayor y se mudara, pero entonces fue por casualidad su hijo quien le diera la señal que estaba buscando para dar un paso al frente y asumir su destino.

—Papá... —Dijo Teddy con modorra, ya en cama e interrumpiendo el cuento que Remus le leía.

—¿Sí, Teddy?

—Ya sé por qué el tío Prongs y el tío Padfoot te llaman Moony.

Remus cerró despacio el libro en su regazo, y expectante contuvo la respiración.

—¿Crees que yo también tenga una mancha así? Intenté buscármela en la ducha...

Lentamente, Remus soltó el aire de sus pulmones y buscó con toda su fuerza de voluntad fuerza para responder sin entrar en pánico.

—No, no la tienes, Teddy. Yo nací con ella.

—Ya veo.

Buscando cómo lanzar aquella pregunta que le carcomía, Remus recibió de su hijo la respuesta precisa.

—Sirius tiene una pintura que se llama Moony, uhm, y me dijo que eras tú, pero no sabía si creerle porque...

«Te mataré, Sirius Black, juro que lo haré», pensó Remus al imaginarse la clase de pintura que era, porque en efecto, Remus se había ganado su apodo por una mancha que tenía en el cuerpo. Precisamente en el glúteo derecho. Y que sólo Sirius había visto de cerca. Para el resto de sus amigos, era Moony porque Sirius había empezado a llamarlo así y el apodo se quedó para la posteridad.

—¿Puedo ver tu mancha, papá?

—Mejor en otra ocasión.

—Mmm, ok.

Remus quiso preguntar más respecto a la pintura que Teddy hizo mención, pero en su lugar esperó a que el niño se durmiera y después le escribió a Sirius un mensaje.

“¿Qué historia es esa de una pintura llamada ‘Moony’ entre tu colección?”, redactó Remus un mensaje que fue una versión refinada del barullo de pensamientos que cruzaban por ese momento su mente, y la respuesta no se hizo esperar.

“Veo que Teddy te lo ha contado...”, seguido de: “¿Recuerdas que te llamé mi musa? Porque iba en serio con eso.”

Remus se cubrió el rostro con ambas manos, y con el estómago hecho nudos, después escribió una petición para ver dicha pintura.

Que independientemente de lo que Sirius tuviera en mente para su exposición, Remus se negaría formar parte de ella.

 

Remus encontró y a la vez no aquello que su desbocada imaginación había creado como una posibilidad cuando Teddy mencionó su mancha en forma de luna como elemento estelar.

—Si prefieres que esta pieza no forme parte de la exposición, lo entenderé —dijo Sirius a su lado, la expresión compungida y unas gotas de pintura esparcidas debajo del ojo izquierdo—, pero...

En silenciosa contemplación, Remus no dio ningún veredicto mientras contemplaba el enorme cuadro dividido en cuatro partes donde inequívocamente aparecía un cuerpo humano en diferentes posiciones, y en cada una de ellas revelaba una mancha en forma de luna durante sus cuatro fases.

—Explícame este concepto —pidió Remus, por fin apartando los ojos del cuadro—, por favor.

—Entonces necesitaremos una taza de té —sugirió Sirius, y juntos fueron a sentarse en su sofá doble con dos tazas y el vapor ascendiendo como única barrera.

—Soy yo, ¿correcto? —Corroboró Remus, aunque era imposible pensar algo más cuando la mancha en forma de luna era la señal que buscaba.

—Correcto. Pero no es lo que piensas, y... ¿Estás molesto, Moony?

Remus puso los ojos en blanco. —¡Y todavía me llamas Moony!

—Lo siento, no lo volveré a hacer y-...

—Está bien, Padfoot —le interrumpió Remus—. No pasa nada. Es sólo que... Ha resultado impresionante verme a mí mismo de esa manera.

—Ya antes te había dibujado.

—Ya, pero no a esa escala, con esos detalles, tan... reconocible. —Remus aspiró hondo—. ¿Por qué?

Un tanto aturdido por la pregunta, Sirius se soltó el pelo que llevaba recogido en una coleta y se pasó los dedos por los largos mechones antes de encontrar una respuesta adecuada.

—Creo que ambos sabemos por qué... Ese es un cuadro en el que he trabajado por años, ¿sabes? La obra de una vida si quieres llamarlo así, o de media vida si tomamos en consideración los quince años que me ha tomado darle forma.

Con mil preguntas por abordar, Remus se lanzó por la más boba. —¿Y tenía qué aparecer mi trasero en posición estelar para cumplirlo?

Sirius se atrevió a sonreír. —Bueno... El público no merecía menos que la verdad. Y en ese caso, tenía que ser honesto en la localización de esa mancha, ¿o no?

Sufriendo de los estragos de un rubor que le invadió el rostro, el cuello y las orejas, Remus rememoró sus primeras veces con Sirius tras la privacidad de sus cortinas de dosel. Los dos inexpertos y nerviosos, pero también con deseo de buscar placer en el cuerpo del otro. En esas exploraciones, Sirius había dado con la mancha de Remus comentando que tenía forma de luna, llamándolo Moony, y besando su glúteo sin parar a cada oportunidad. Insistiendo incluso en bajarle los pantalones en los lugares más inhóspitos del castillo con tal de conseguir su propósito.

—Debes de saber que ya no es luna en cuarto creciente —dijo Remus con cierto tono de orgullo—. Hace un par de años por fin se convirtió en una luna llena.

Lenta pero segura, la mancha que había comenzado desde su nacimiento como un contorno perfectamente circular y apenas con una porción iluminada en blanco, se había ido rellenando hasta que por fin a sus treinta era una luna perfectamente reconocible.

Sirius se pasó lenta y deliberadamente la lengua por el labio inferior. —¿Crees que...? ¿Podría verla?

—¿Para cotejarla con tu pintura? —Le chanceó Remus a ser honesto.

—También por el gusto de su contemplación —finiquitó Sirius, que hizo a un lado su té y el de Remus, y se lanzó en pos de sus labios.

Y Remus lo dejó hacer.

 

La transición entre no estar juntos y estarlo fue similar a sus años en colegio, con Sirius pasando la noche con Remus y saliendo temprano en las mañanas antes de que Teddy se despertara, compartiendo salidas a solas que se negaban a llamar citas, y en general manteniendo un perfil bajo por el cual sus amigos no se dieron ni por enterados.

Remus creía poder seguir así por tiempo indefinido, pero a diferencia de su yo de adolescencia, a la marca de los seis meses de esa situación se sentó a hablar con Sirius al respecto y juntos acordaron compartir la feliz noticia de su emparejamiento lo antes posible.

Para bien o para mal, la fecha coincidió con la exposición que Sirius tenía prospectada a presentar, y la gran revelación se llevó a cabo horas antes del evento, con una botella de champagne que él descorchó antes de retirar la sábana de su obra cumbre y revelar el cuadro que Remus viera en su estudio la noche en que decidieron darse una nueva oportunidad.

Sin proponérselo, James se atragantó con el champagne, y fue necesario que Lily le diera unas palmaditas en la espalda para hacer que volviera a respirar con normalidad.

—No te hagas el sorprendido, Prongs —le dijo Sirius con una amplia sonrisa—. Sabías lo que sentía por Remus.

—Ya, pero... —James se limpió la boca con el dorso de la mano—. Hay una enorme diferencia entre saberlo porque me lo has contado y... ¡Esto!

El cuadro, que en lo absoluto era pornográfico, sí contaba con altas dosis de erotismo donde Remus era el modelo central. Bueno, Remus en segundo término frente a su mancha con forma de luna, y que de pronto Peter comprendió en su significado.

—Ya veo. Moony...

—¿Moony? —Inquirió James con las cejas arqueadas.

—Moony —señaló Sirius la mancha, que en cada recuadro aparecía más y más completa hasta en el último ser una diminuta luna.

—¡Moony! —Comprendió James, y después rompió a reír en una carcajada.

—Cualquiera diría que ha hecho el descubrimiento del siglo —dijo Lily con burla, que estaba al tanto de la historia porque ella una vez había tenido que aplicarle a Remus una inyección y por su cuenta concluyó que esa mancha parecía una luna.

—En todo caso —atrajo Sirius una vez más la atención de los presentes—, Remus y yo estamos juntos, esta vez y con toda la suerte, para siempre. Además...

—Oh, juro que no es mi idea —masculló Remus cubriéndose los ojos con una mano en gesto avergonzado—. Yo intenté disuadirlo...

—Ya que Remus ha sido mi musa para esta exposición... —Sirius sonrió al señalar la pequeña plaquita que indicaba el nombre de la pintura: “Las fases de la luna (en el trasero de Remus John Lupin).”

James volvió a reír a carcajadas, lo mismo Peter, en tanto que Lily fue capaz de darle sus condolencias a Remus antes de ella también sucumbir a la risa.

—Al menos puedes presumir que tu nombre completo es parte de una obra de arte...

Con una sonrisa cansada por el largo trecho que habían recorrido juntos para llegar a ese punto, Remus se giró hacia Sirius y compartió con él un gesto de adoración absoluta.

—¿Sabes que te amo y por eso te permito hacer esto, verdad?

—Lo sé, Moony, lo sé —confirmó Sirius con arrobo en sus facciones—, y no te imaginas cuán agradecido estoy por ello.

—Y que sólo te permitiré hacer esto dos veces más antes de enojarme —agregó Remus, pues tenía la ligera sospecha de que algunos de los cuadros que Sirius conservaba en su estudio lo mantenían como su modelo, y eran del mismo calibre que la pieza central en la exposición de hoy.

—Aw, ¿sólo dos más?

—Compórtate, Padfoot —le riñó Remus, que con todo no rechazó los avances de Sirius para abrazarlo y plantarle un beso frente a sus amigos.

El primero en sus más de treinta años de vida, pero definitivamente no el último.

 

Too young, too dumb

To know things like love

Too young, too dumb

5 Seconds of Summer - Ghost of You

 

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