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Dieciséis años

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Síndrome de Estocolmo:  actitud de la persona secuestrada que termina por comprender las razones de sus captores.

 

 

I

Se vuelven a ver un año más tarde.

Hannibal posa sus ojos en Will, después en los jóvenes policías que le apuntan con sus pistolas y sus miradas de orgullo y después otra vez en Will. Piensa que no ha cambiado en absoluto, vuelve a tener ese aspecto desaliñado que había tenido cuando lo conoció; sus ojos están tristes y por un momento, uno solo, Hannibal podría jurar que él no disfruta en absoluto de lo que está ocurriendo.

Le acorralan en su antigua oficina (porque es un idiota sentimental al que le gusta volver a los lugares que marcaron su vida, incluso si lo hicieron para mal); es como si lo hubieran estado esperando y sus viajes por Francia, Roma e Italia hubieran sido solo unas meras vacaciones.

—No disparéis —Will alza las manos y Hannibal frunce el ceño. No es una orden, en realidad no se parece absolutamente nada a una, es una petición que tiene un claro por favor implícito.

Es en ese momento cuando se le pasa por la cabeza que tal vez Will no ha vuelto a trabajar para el FBI desde el incidente en su cocina.

Las cosas pasan muy rápido. A ojos de Will, Hannibal se mueve a la velocidad de la luz y lo único que llega a comprender es el sonido estridente de un disparo y el dolor que siente de pronto en el pecho. Se ve las manos manchadas de ese líquido rojo que conoce tan bien y siente la pérdida de equilibrio al caer hacia atrás.

Hannibal está a punto de escapar cuando se vuelve una vez más. Will abre los ojos (extremadamente azules) y hay algo, algo extraño y desconocido en el pecho de Hannibal que le dice que no puede dejarlo ahí solo, así que lo carga en su hombro y echa a correr.

 

II

Will no para de sangrar. Hannibal extrae la bala, le cose la herida y se encarga de parar la hemorragia casi una media hora más tarde, y pese a que ha perdido litros de sangre, Will se encarga de abrir los ojos una vez más y susurrar un pensaron que no estaba de su parte al tiempo que sonreía y los cerraba otra vez.

Hannibal evita pensar en la curiosa elección de palabras, un pensaron que no estaba de su parte y no pensaron que estaba de tú parte, que hubiera sido la elección lógica.

 

III

Pasa durmiendo dieciséis horas y cuando despierta Hannibal le saluda de forma silenciosa con un plato de sopa y una cuchara en la mano. No está seguro de porqué está haciendo esto. Will traicionó su confianza, puso en peligro su libertad y acabo con la poca esperanza de tener una familia que aún residía en él, y sin embargo, Hannibal le cuida y le da de comer en silencio, y tal vez es por efecto de las drogas que ha molido en la sopa (y que harán que la herida no duela tanto) por lo que Will no para de sonreír.

 

IV

—¿Por qué estabas en mi oficina hace dos noches?

Es un gran paso para Hannibal hablarle, Will ha estado consciente desde hace día y medio y en todo ese tiempo no ha escuchado ni una palabra de labios de su psiquiatra. Cuando escucha su voz es como si un peso se esfumara directamente desde su pecho, como si el pecado cometido con anterioridad no fuera tan grave y aún quedara alguna posibilidad de redimirse.

—A veces voy, me siento en paz allí.

—Ya no trabajas con el FBI —Es una afirmación, no una pregunta. Hannibal se apoya aún más contra el sillón y la madera del suelo cruje. Están en un cobertizo, Will no recuerda cómo llegaron allí pero puede ver a través de la ventana que están rodeados por un campo de maíz.

Will niega con la cabeza y hace una mueca al sentir como le tiran los puntos.

—Después de todo lo que pasó, una nueva psiquiatra me psicoanalizó para comprobar que los sucesos traumáticos no habían traído consigo efectos secundarios —Hannibal podría jurar que Will había imitado la voz monótona de su nueva psiquiatra y por un momento siente ganas de sonreír—. Según sus palabras, sufría de un leve pero pronunciado Síndrome de Estocolmo, Hannibal Lecter se había metido en mi cabeza y ya no era recomendable para el trabajo.

—¿Qué dijo Jack?

—Jack no dijo nada, ahora nunca dice nada. Bella ha muerto y parece que también lo ha hecho una parte de él.

Hannibal se levanta y avanza hacia la ventana de al lado de su cama. Guarda silencio durante largos minutos y cuando Will piensa que se ha cansado de hablar, dice:

—Tienes que marcharte.

—No quiero volver.

—Podría matarte si no lo haces.

—No lo harás. Has curado mis heridas, me has vendado y me has alimentado. No creo que hayas hecho todo ese trabajo solo para matarme.

Will sonríe al notar el ceño fruncido de Hannibal y cuando este no vuelve a hablar se permite pensar que ha ganado por una vez.

 

V

—No confío en ti —dice Hannibal dos días más tarde.

Trocea carne y la cocina con la ayuda de una pequeña bombona de gas portátil, se le hace raro no verle desenvolviéndose en su lujosa casa, cortando la carne en su encimera de mármol y seleccionando cada uno de sus cuchillos perfectamente afilados.

—Y tal vez nunca consigas mi confianza otra vez —continúa—, pero puedes intentarlo.

Es más de lo que Will esperaba, así que ni por un momento se le ocurre desperdiciar la oportunidad. Hannibal le entrega un plato de carne y observa pacientemente hasta que se mete el primer trozo en la boca. Will sabe que no es ciervo, pero no dice ni una palabra.

 

VI

El FBI declara a Will Graham muerto aun sin haber encontrado su cadáver y Hannibal desearía evitar a toda costa pensar que este sea un nuevo plan para atraparlo. No lo consigue.

 

VII

Hannibal conduce ocho horas seguidas hasta que finalmente llegan al aeropuerto. Will dormita apoyado en la ventanilla del copiloto cuando nota como toca su hombro suavemente y susurra un ya hemos llegado.

Will lo sigue sin vacilar, no sabe a dónde se dirigen pero no le preocupa. Hannibal le entrega su nuevo pasaporte (falso, por supuesto) y ambos pasan el control de vuelo sin problema alguno.

—¿A dónde vamos? —Están ya en el avión cuando Will siente que no puede evitar más la pregunta. Hannibal le ha dejado el asiento junto a la ventanilla y observa como las nubes se mueven con extrema lentitud.

—A Viena —Le pide a la azafata una copa de champán en alemán y se la pasa—. Te va a gustar.

No está seguro de si habla del champán o de Viena pero Will asiente igualmente. Se lleva la copa a la boca y se moja los labios muy lentamente. Es lo mejor que ha probado nunca.

 

VIII

Tal y como había pensado Hannibal, a Will le encanta Viena. Es fría pero a la vez elegante y luminosa, a veces cae en la cuenta de que la ciudad se parece mucho a Hannibal y cuando lo hace sonríe de forma casi inapreciable.

Compran ropa nueva, dejan de llamarse Will y Hannibal y comienzan a utilizar otros nombres. A Will le parece que a cada día que pasa las conversaciones con Hannibal son más largas, tal y como en los viejos tiempos. Sin embargo, sigue sin confiar totalmente en él (y piensa que está muy lejos de hacerlo); a veces desaparece en mitad de la noche y a la mañana siguiente de que lo haga, la nevera está llena de carne. Nunca le pide que le acompañe y Will piensa que es mejor así.

 

IX

Tres meses más tarde las palabras ¿quieres venir? salen finalmente de la boca de Hannibal. Al principio Will no está seguro de qué contestar. Tiene miedo de decir sí y hacer algo que no debe, pero también tiene miedo de decir no y defraudar al hombre que tiene delante de sus ojos.

Hannibal aguarda durante unos minutos, sabe que es una decisión difícil para Will y que tal vez necesita un pequeño empujón para responder la opción correcta.

—El de esta noche es muy grande, necesitaré ayuda.

Will recoge su chaqueta y la bufanda del perchero. Ambos vuelven a casa horas más tarde, sintiendo que su relación ha cambiado un poco esa noche. Para mejor.

 

X

A partir de ese momento Will acompañará a Hannibal todas las noches, nunca hará más de lo necesario, tan solo cargará los cuerpos en la furgoneta, acatando cada una de las órdenes de Hannibal y escuchando con atención todos sus consejos. A veces hay algo en su cabeza que le dice que lo que hace está mal, tremendamente mal, pero momentos más tarde, cuando Hannibal sonríe y dice gracias, este sentimiento se esfuma.

Es en una de estas noches cuando todo cambia por completo. Hannibal escoge una presa grande, Will podría jurar que mide cerca del metro noventa, es puro músculo y se resiste más que los otros. Como siempre, Will se encuentra observando desde las sombras cuando nota un movimiento rápido que viene del pasillo. Hannibal no esperaba que hubiera alguien más en la casa por lo que lo pilla desprevenido. Se abalanza contra él de forma brusca en menos de un segundo y Will ni siquiera medita sus acciones. Recoge de la encimera uno de los cuchillos que Hannibal había traído consigo y le corta la garganta a su agresor de forma certera y precisa.

Tiene las manos manchadas de sangre y aún sujeta el cuchillo cuando Hannibal se vuelve para mirarlo. Hay muchas cosas en los ojos de Will, hay miedo y nerviosismo, pero también algo que Hannibal no puede reconocer a simple vista. Suspira, mira el cadáver en el suelo y cuando vuelve a mirar a Will se da cuenta de que este está esperando algo, un comentario o cualquier cosa que le diga que ha hecho bien y no mal. Sus ojos transmiten un ¿has visto eso?, ¿viste lo que hice? y Hannibal piensa que ni en mil vidas podría sentirse más orgulloso que en ese momento.

No le importa en absoluto que su mono de plástico esté manchado de sangre, ni que posiblemente haya que quemar toda la ropa de Will en un descampado cercano al finalizar, así que se acerca a él y le besa. Es lento y es rápido al mismo tiempo, y Hannibal espera transmitirle con eso lo increíblemente orgulloso que se siente.

Will sonríe contra su boca y piensa que podría matar a muchos hombres más con tal de ver la sonrisa de Hannibal y besarlo una vez más.

 

XI

Pasan un año entero en Viena y para cuando Hannibal le dice que es hora de partir, Will ya conoce a la panadera del barrio, al chico que vende pescado en el mercado y a casi todos sus vecinos.

—Tal vez podríamos volver algún día —Le dice Hannibal al observar la expresión apenada de Will, que observa el paisaje desde la ventanilla del coche.

Will asiente en silencio.

 

XII

Son las siete de la tarde cuando llegan a Londres. Está totalmente nublado y pequeñas gotitas caen del cielo. Hannibal insiste en que deben ir a visitar el Big Ben y pese a que Londres es bonito, Will no siente el mismo sentimiento que con Viena.

—¿Tienes hambre? —le pregunta Hannibal mientras que caminan por Piccadilly Circus.

—Estoy hambriento —responde Will con una sonrisa avergonzada.

—He leído muy buenas críticas de un restaurante de por aquí.

—Espera… ¿en serio? —Will para en seco y le sonríe— ¿Vas a comer algo que no hayas cocinado tú mismo?

—Puedo hacer una excepción esta noche —Se encoje de hombros y le devuelve la sonrisa.

—Está bien —Will continua su paso una vez más junto a Hannibal y deja que este lo guíe por calles desconocidas—. Aunque ya sabes, aún estamos a tiempo de entrar a un McDonalds que he visto hace dos calles.

Hannibal esboza una mueca desagradable y Will es incapaz de no reírse.

 

XIII

No se alojan mucho tiempo en Londres, tan solo unos pocos meses. Su siguiente destino es París y cuando Will escucha a Hannibal hablar con la azafata de vuelo en perfecto francés ni siquiera se sorprende.

—¿Cuántos idiomas hablas?

—Muchos —La azafata le tiende una copa de Champán Francés y Will piensa que beber una copa en los aviones se ha convertido en una tradición.

—¿Me los enseñaras todos?

—Lo intentaré —Hannibal bebe de su copa y estrecha la mano de Will contra la suya.

Will sonríe al pensar los muchísimos significados de ese gesto.

 

XIV

Tan solo llevan dos días en París cuando Hannibal desaparece de improvisto. Will inspecciona una a una las habitaciones de su casa en el barrio Porte-Dauphine y por primera vez en años siente verdadero pánico al pensar que podría haber hecho algo mal.

Suspira más tranquilo al ver una pequeña nota en la mesa del comedor. Will lee las palabras "volveré en unas horas" cientos de veces hasta que finalmente se relaja y decide desayunar.

Tal y como prometía la nota, Hannibal llega hora y media más tarde. Will sonríe aliviado al escuchar el tintineo de sus llaves contra la cerradura y al levantar la vista de su libro ve pasar a su lado rápidamente un borrón de color café.

—¿Qué…?

—Pensé que te gustaría tenerlo de vuelta —dice Hannibal, apoyado contra el marco de la puerta.

Winston aparece en cuestión de minutos y Will siente ganas de llorar al verlo. Se agacha con rapidez y le acaricia la cabeza y el lomo.

—¿Cómo…?

Se siente un poco estúpido al no ser capaz de terminar ninguna frase de forma correcta, pero tiene la sensación de que si deja de acariciar y prestarle atención al perro este va a desaparecer.

—Me he ayudado de todos mis contactos para conocer la situación de tus perros. Todos están felizmente adoptados y con buenas familias, pero Winston continuaba escapándose continuamente. Pensé que sería más feliz aquí contigo, así que lo han enviado en un avión esta misma noche.

—No me dijiste nada —Will no puede parar de sonreír y Winston mueve la cola de forma animada.

—Quería que fuera una sorpresa.

Sonríe aún más y repite una y mil veces gracias, y piensa que el mundo entero (y él mismo hace unos años) debe de estar loco por ir en contra de una persona tan maravillosa como Hannibal Lecter.

 

XV

Pasan los meses en París y Will cada vez duerme menos en su cama y más en la de Hannibal, este le enseña a cocinar pato a la naranja (y otras muchas recetas) y su francés se va perfeccionando hasta hablarlo con soltura.

Por primera vez en mucho tiempo, Hannibal se siente feliz de tener a alguien con quien compartir pensamientos y gustos.

 

XVI

Todo ocurre una noche como cualquier otra. Esta vez ha sido Will el que ha elegido a las víctimas, una cajera de supermercado que tiene cortes en las muñecas y su pareja, un hombre delgaducho al que Will ha visto más de una vez maltratando a los gatos callejeros del barrio.

Escuchan el llanto en el momento en el que el cuerpo inerte de la mujer cae al suelo. Will deja caer la navaja y avanza hasta el pasillo hasta dar con una habitación de color rosa. Nunca antes les ha pasado algo así y Will se sorprende de que no haya empezado a llorar mucho antes, al escuchar los gritos de su madre.

Hannibal se acerca con paso cuidadoso al observar a Will parado frente a la entrada de la habitación y frunce el ceño al ver al bebé de cuatro o cinco meses en la cuna.

—Espera —le pide Will al observar cómo se acerca a ella con el cuchillo en mano—. Es solo un bebé.

—Sabes que tengo que hacerlo.

—No, por favor —Le agarra de la manga y le obliga a mirarlo directamente a los ojos—. No creo en el destino ni en Dios pero… a lo mejor es un regalo para los dos. Podremos tener una familia y… y es muy pequeña, mírala. El cuarto es rosa, debe ser una niña…

—No, Will.

—Por favor, mírala, es preciosa —Will no suelta su manga y a Hannibal esta situación le recuerda demasiado a su intento fallido de formar una familia junto a Will y Abigail.

Will no para de susurrar por favor, por favor y emitir frases que parecen no tener conexión entre sí como intento para que deje a la niña viva, pero a Hannibal le duele aún demasiado la cicatriz invisible de su pecho.

Hannibal se libra del agarre de Will y se acerca a la cuna, no está preparado para ver su expresión defraudada, así que fija su mirada en el bebé. La niña deja de llorar y alarga la manita en un mero intento por tocar a Hannibal.

—¿Ves? Le gustas —Will emite una sonrisa triste y se acerca unos pasos más a la cuna—. Podríamos ser sus padres. Tú podrías enseñarle a cocinar, a hablar idiomas, yo le enseñaría a pescar…

—Lo siento, Will.

Will respira entrecortadamente y finalmente se da por vencido. Se frota la cara con la palma de la mano y sorbe por la nariz.

—Estaré en la entrada si me necesitas.

Hannibal asiente en un movimiento de cabeza y observa los pasos distantes de Will y como sus hombros se han hundido un poco más de lo normal. Vuelve la mirada al bebé una vez más, que le sonríe desde la cuna y sabe que va a arrepentirse de lo que está a punto de hacer más tarde o más temprano.

Hannibal sale de la habitación minutos después, se acerca a Will y deposita en sus brazos a la niña.