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In The Shadows Hides The Dragon

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El Señor Sobre El Muro 298 AC Tar-nu Fuin, Forlond By The Wall. Norte de Westeros

"He was the best of us, and the worst as well." Qhorin Half-Hand sobre Mance Rayder

 

Mientras volvía de su inspección diaria sobre el avance de las construcciones, los estandartes del Feudo Libre de Valyria restañaban al viento que provenía del mar de los Temblores, azotando desde el noreste a la incipiente torre-ciudadela de Forlond. Los estandartes se encontraban en la cima de a la torre a la que se anclaba el resto de la ciudadela. Dicha torre era la estructura más alta de la ciudadela, pese que aún no había superado más que un tercio de su construcción. Cuando estuviera acabada, ese sería su asiento permanente.

Los estandartes del Feudo Eran en fondo negro con el dragón rampante de tres cabezas Targaryen en rojo oscuro, el cual portaba bajo sus garras un lobo blanco gruñendo con ojos rojos y un sol blanco atravesado por una lanza roja. Entre ambos, una rosa azul oscuro colgaba de ellos. Estos habían llegado expresamente desde Braavos con los primeros barcos que trajeron personal y mano de obra especializada, así como montañas de herramientas de construcción, carpintería, herrería y forja, para ayudar en la erección de la ciudad del Pueblo Libre. Ciudad que estaba siendo hecha con la ayuda de piedra, magia, fuego de dragón, gigantes, mamuts y hielo.

La torre que llegaría a sobrepasar la altura del propio Muro, tenía en sus plantas inferiores, bastantes metros bajo el nivel de la tierra, el nuevo centro de poder y conocimiento desde donde el príncipe Aemon ejercía el control administrativo de la provincia de la que él, era líder político.

Pero nada de esto que Mance veía con sus ojos, hubiese sido posible sin un esfuerzo conjunto de los dragones del Príncipe y el Rey Dragón, cambia-pieles, mamuts y gigantes. Y por encima de todos ellos, el conocimiento de Brandon Stark.

El niño, junto con el maestre Aemon, y curiosamente, el propio Rey Dragón, resultaron ser grandes conocedores de técnicas constructivas. En los dos primeros podía ser hasta entendible. El primero aducía haber construido el Muro, Winterfell, Storm’s End y la Ciudadela. Eso, más que en su primera vida fuera conocido como el Constructor, era garantía más que suficiente sobre sus ideas y su posible realización. Al maestre, por su formación se le presuponían ciertos conocimientos arquitectónicos. Pero que la reencarnación del Dragón tuviera gran interés sobre la materia resultó cuanto menos curioso. ‘Los dragones no plantarán árboles, pero por todos los Dioses sí que tienen buenas ideas para construir torres’ pensaba con cierto humor cada vez que veía hacía la cima del Muro donde gigantescos listones de madera descansaban extendiéndose hacía el sur del mismo.

El uso del Muro permitió emplazar masivas grúas que eran maniobradas desde la cima. Estas, gracias al sistema de poleas avanzadas que descansaba sobre el lado norte y que había diseñado el Dragón pareciendo algo salido de las misma Valyria, facilitaban la elevación y transportes de grandes pesos a lo largo del muro.

Pese a la costumbre nómada del Pueblo Libre, la amenaza de una segunda larga noche estaba produciendo un reajuste en las mentalidades y formas de vida de este, haciendo que no se viera tan mal la idea de un asentamiento estable. Y ese asentamiento estable era la ciudadela que se estaba erigiendo y su asiento de poder. No era una construcción ostentosa, ni tenía nada que no fuera práctico. Pero comenzaba a ser imponente, especialmente por la torre que se alzaba sobre ella. Esta había sido excavada tanto en vertical en la tierra, como en horizontal en el hielo del muro, haciendo de nexo entre el muro y la ciudadela. A los pies de esta, resguardado al sur por la doble muralla de cortina que tenía la forma de semicírculo abierto por el este, el futuro puerto, se encontraba ahora al otro lado de un enorme terraplén de tierra, nieve, hielo y madera, que impedía penetrar al agua de mar tierra dentro. En el lado seco del terraplén, tenía lugar la frenética construcción de diez diques secos, un arsenal militar y un astillero naval. Todo ello ocupaba una franja de cinco kilómetros de tierra, que cuando se derribase el terraplén, pasaría a ser parte del golfo artificial que se había creado y que tenía más de quince kilómetros de diámetro.

La ciudadela en sí, se extendía prácticamente siete kilómetros a lo largo del muro y unos diez desde este, penetrando en el Agasajo de Brandon. La práctica totalidad de la futura ciudad se encontraba unos cinco o diez metros por debajo del nivel del mar. Es por eso mismo que las obras que más avanzadas se encontrasen, eran las del enorme astillero y arsenal.

Dicha obra se estaba llevando a cabo con ayuda de los Umber, los primeros esclavos manumitidos procedentes de Essos que estaban asalariados por Feudo Libre, y un gran número de canteros, carpinteros y especialistas en puertos procedentes de Braavos, también dependientes de la administración civil del Feudo.

Realmente Mance en las construcciones apenas si aportaba algo, a excepción de dirigir mano de obra ociosa hacía ellas. Al considerarse dentro de la esfera de la administración, todo el planeamiento, ejecución y concreción descansaban en el Príncipe Aemon, su senescal el chico Tarly y el regimiento de burócratas proveniente de Braavos y Qohor.

Pese a que la mayoría de recursos constructivos introducidos por Brandon Stark, una vez puestos en funcionamiento parecían la cosa más obvia de la historia, era increíble pero cierto que se habían perdido en el tiempo. Un árbol de gran tamaño, desraizado y cortado al medio, creaba dos palas gigantescas que merced al arrastre de una pareja de mamuts por pala, podía arrastrar y mover toneladas de tierra. Tierra había sido previamente desbrozada de toda vegetación y sujeta a los increíbles fuegos de los dragones.

La operación se repitió infinidad de veces y cada vez que la vio, agradeció que los dragones estuvieran de su lado; Primero los Gigantes talaban la madera útil de la zona, ayudados por sus lanudos animales y algunos cambia pieles, que gracias a trineos tirados por los animales que controlaban, o directamente arrastrando árboles, sacaban toda madera aprovechable para la construcción o para las forjas y fuegos. Tras eso se evacuaba toda vida de la zona que había sido deforestada y desbrozada, dejando que el gigantesco dragón negro del Dragón lanzara su oscuro fuego sobre la zona. Era tan caliente y potente que levantaba la tierra, reduciendo a ceniza todo a su paso.

Cuando toda la zona había sido pulverizada primero por los gigantes, mamuts y el dragón del Rey, llegaba el anaranjado dragón del Príncipe que con su llama de color amarillento sobrecalentaba el lecho de tierra que acaba de ser levantado. Cuando las llamas se ahogaban, las parejas de mamuts recorrían la superficie arrastrando el medio tronco de árbol, y con él, toneladas de tierra. En menos de dos semanas se pudieron hacer las cinco fundaciones principales, sobre las que se levantarían las construcciones fundamentales y señeras de su señorío. La Ciudadela, la Torre anexa al muro, el puerto y la muralla de Aegon.

Esta última en un principio no era más que una zanja de diez metros de ancho por cinco de profundo. Tras eso se empezó a usar los mamuts para construir terraplenes a ambos lados de la zanja, con la tierra que había sido removida. Para cuando Aegon partió a Essos, alrededor del emplazamiento de Forlond se estaba comenzando a levantar la parte de la muralla  de doble cortina que sería de piedra y que abrazaba semicircularmente a la ciudadela, torre, puerto y astilleros. Luego un brazo de esta se extendía por la costa hasta la divisoria entre el Nuevo Agasajo y la provincia de Tar-nu Fuin. En ese punto se extendía hacía el oeste hasta Okaenshield a lo largo de casi ciento ochenta kilómetros. Construida en su mayoría con madera y tierra, pero en algunas posiciones específicas, había sido reforzada con la piedra de los castillos abandonados en su parte del muro.

A excepción de Oakenshield, todos los demás castillos, incluida la antigua Eastwacht by the Sea, había sido desmontados hasta sus cimientos, aprovechando todo material que pudieran ofrecer. Tras unos comienzos lentos, en especial por la ausencia de vías de comunicación internas en el Agasajo de Brandon, las piedras y rocas de los castillos demolidos llegaron a buen ritmo a Forlond.

Mance era ahora señor de una población de orígenes muy diferentes y pasado complicado. Su ciudadanía ahora estaba formada por enemigos milenarios como eran el Pueblo Libre, antiguos cuervos y Norteños. Había ciudadanos procedentes de las provincias orientales del Feudo, venidos de Se Ojūdan tala[1], Se Korzion tala[2] y de Valyria Toliot Rhoyne[3].

Muchos de estos habían preferido no alistarse en el Ejército, pero a su vez escogieron sus lotes de tierra en Westeros, para empezar en este continente una nueva vida. No todo el mundo quería atarse por quince años al Ejército Negro, pese a que los seis dragones mensuales para un mero soldado eran tentadores. Del mismo modo, no todos los ciudadanos o ciudadanas tenían un oficio claro. Estos ciudadanos eran la mayoría de la población en las provincias, por lo que Mance había sabido a través de un pergamino del Príncipe de Plata. Era una población que tenía tierras, pero no capacidad económica para desarrollarlas, necesitando la ayuda del Feudo para sobrevivir.

Y esta era su gran función y su rol en la provincia. Mance era el encargado de asignar trabajos y labores a aquellos ciudadanos y ciudadanas en edad de realizarlos, a cambio de alimento, salario o incluso ayuda para el desarrollo de sus tierras, con lo que a la larga tendrían una fuente de explotación propia. Tenía que asignar semanalmente a miles de personas a labores cómo tala de árboles, preparación de tierras para cultivo, mano de obra en los proyectos constructivos o formar parte de la guardia ciudadana encargada de los crímenes menores, generalmente formada por miembros con peso moral sobre los otros ciudadanos.

Mance se encargaba de saber lo que pasaba entre su ciudadanía gracias al cuerpo político de la provincia. Estos eran todos los representantes electos por un clan o tribu, y tenían cada día audiencias con él. Además, cualquier ciudadano del Feudo Libre que se encontrase en su provincia tenía el derecho a solicitar audiencia pública con él. A la cual él tenía la obligación de acudir.

Cuando se quebraban las leyes del Feudo, Mance debía arrestarlo con los miembros de su guardia ciudadana, para a continuación ejercer un juicio entre Rikker, el anciano príncipe y él. Rikker se encargaba de todo lo militar y de juzgar todo incumplimiento de leyes contra el Feudo o la casa Targaryen. Mance tenía que juzgar todos los crímenes entre ciudadanos y la ruptura en las leyes de la ciudadanía del Feudo. Por su parte Aemon Targaryen juzgaba toda la actividad administrativa, delegando la ejecución de la sentencia en Rikker en dicho caso. Aunque pareciera raro, el anciano maestre había dictado más sentencias a muerte que Rikker y él juntos. El censo era una cosa sagrada para el Feudo Libre de Valyria y todo aquél que no cumpliera o mintiera ante los representantes del Banco Libre de Valyria conllevaría graves castigos. Si reiteraba en la conducta le serían incautados todos sus bienes, se le desposeería de sus tierras y ciudadanía, para ser exiliado. Si volvía a aparecer en territorio del Feudo, sería ejecutado.

Aunque a Mance le doliera, un buen número de miembros del Pueblo Libre comprobaron que el contrato que habían firmado y el doble juramento realizado, no estaba para ser despreciado.

Debido a que el Pueblo Libre en cierta forma estaba a prueba, los ciudadanos de Tar-nu Fuin tenían una gran carga de impuestos en función de pagos de reparación a crímenes del pasado. De hecho parte de estos impuestos jamás abandonaban el Norte, yendo directamente a las arcas de Winterfell y Last Hearth. En un futuro descendería la carga impositiva, pero esta se repartiría por entero entre las restantes casas norteñas, pero para eso aún faltaba que su equivalente del sur, el tío del Rey Dragón que lo hizo pasar por bastardo, hiciera pública la presencia de una provincia del Feudo Libre de Valyria en el Muro y que el mismo había doblado la rodilla ante su sobrino, declarando su reino cómo federado al Feudo. ‘Si la reacción del Gran Jon cuando Lyanna y el Dragón se lo explicaron es un indicador, pagaría por estar presente en el próximo festival de la cosecha del Norte. Si no fuera señor podría colarme cómo bardo…pero ahora tengo obligaciones’ se lamentaba, pero sabía que era lo correcto.

A parte de toda su labor política, tenía su labor militar, estando al mando de un grupo de casi cinco mil voluntarios que se encontraba directamente bajo su mando. Estos se encargaban de la protección de las carreteras, vías de comunicación a ambos lados del Muro y la seguridad de su mitad del Muro y de la Muralla de Aegon. Entre estos había incluso miembros del Pueblo Libre que permanecían al norte del Muro pero comprometidos en la lucha contra los Otros y un pequeño contingente de la servidumbre de los Umber con el pequeño Jon a su mando, el cual había hecho buenas migas con Sigorn, de modo que eran los enlaces informales entre los dos mandos militares.

En caso de emergencia, su contingente pasaría a estar bajo su mando cómo infantería auxiliar dependiente del Ejército de Rikker. Este último ya contaba con casi 7.000 soldados alistados, según Ser Jaremy casi un ejército al completo. Aunque para lamentación del Guardia Real su ejército era completamente de infantería, estando absolutamente necesitados de caballería. Apenas había caballos, y los que había eran del tipo norteño, más pensados para el tiro de trineo y acarreo, que para la batalla. Por no mencionar que a excepción de algunos voluntarios procedentes de las tierras de los Umber, apenas había tradición en el uso de caballos. Es cierto que cuatro gigantes, entre ellos Wun-Wun, se habían alistado. Pero este y dos de sus compañeros, junto a sus mamuts y quinientos hombres liderados por Val y Jarl iban a partir hacia Essos como voluntarios para reforzar al grueso del ejército Targaryen.

Por lo visto tras la Reunión de Qohor cómo se la estaba llamando en Essos, el Rey Dragón había conseguido que se alistarán de golpe casi 18.000 soldados al Ejército Negro del Feudo Libre de Valyria. Comenzaba a ser llamado el ejército negro por el color de sus armaduras, todas ellas de acero oscuro qohorí, con el sigilo del Feudo Libre de Valyria engravado en el pecho. Era una armadura a imitación de la del Dragón, pero en acero de forja. Hasta él tenía y usaba una de ellas ahora.

La armadura obligatoria de los soldados en servicio del Ejército del Feudo Libre de Valyria constaba de botas de cuero negro de montar, calzas de cuero repujado sobre las que llevaban grebas y rodilleras. Una camiseta de lana negra de trama simple bajo una sobreveste que llegaba por debajo de la cintura. Sobre esta iba una cota de malla, encima de la cual se colocaba un peto y espaldar conectado por cintas de cuero negro en los hombros, debajo de donde se colocaban las hombreras. Los avambrazos tenía el dragón rampante de la casa Targaryen en rojo sobre el lado externo y el gorjal negro estaba diseñado específicamente para colocarse entre la cota de malla y el peto. Los yelmos eran sin visera con apertura para los ojos y la boca en forma d T, rematados por el dragón rampante de la casa Targaryen a emulación del yelmo cerrado del Príncipe de plata.

Mance se dirigía a las estancias del Príncipe Aemon como cada tarde antes del anochecer para tratar sobre el estado de la provincia. En la reunión del día se discutiría sobre el descubrimiento de vetas de hierro, bronce y mercurio en unas colinas cercanas a Hardhomme. Este era el único asentamiento digno de tal nombre al norte del Muro, donde aún quedaba población a excepción de la choza del siete veces maldito Craster. Entre el primer asentamiento y Forlond había ferris diarios por parte de los tres bajeles comerciales que habían sido remolcados a través del Mar Angosto y el Mar de los Temblores por los grandes navíos de línea Braavosis, con esa función en mente. De esta manera permitía el intercambio continuo de personas, noticias y materiales entre los dos grandes núcleos del Pueblo Libre.

Junto al descubrimiento en las cercanías de Hardhomme, la reunión hablaría como cada tarde, sobre los planes de contingencia ante la amenaza del Norte. Primero se expondría el informe de los exploradores y los cambia-pieles, reportando sobre la presencia o ausencia del enemigo. Cuando había un avistamiento, se señalaba en un gigantesco mapa de las tierras del norte conocido que había colgando sobre una de las paredes del solar del Príncipe. En función del reconocimiento, se debatiría sobre la disposición de las líneas de empalizadas, zanjas y trincheras construidas en profundidad en la franja que se había creado a tal fin al norte del Muro. Esa franja paralela al Muro de quince kilómetros de anchura, había sido deforestada a lo largo de más de trescientos cincuenta kilómetros, siendo ahora patrullada y mantenida entre la Guardia, el Ejército del Feudo y el contingente aportado por voluntarios de su provincia.

No obstante el tema estrella a tratar en la reunión convocada para esa tarde entre los líderes políticos del Pueblo Libre, el enlace de la NigthsWatch, los líderes de la administración de la provincia de Tar-nu Fuin y el representante especial del Banco del Feudo Libre de Valyria, era una un tema delicado y que llevaba demasiado tiempo postergándose. El de los rehenes o escuderos. El término a utilizar variaba según el lado del Muro del cual eran originarios los distintos líderes presentes en la reunión.

Y al entrar en las estancias del príncipe, comprobó que la reunión típicamente tranquila y orientada hacia el desarrollo y la construcción de Forlond, estaba escalando en tensión y en los tonos empleados.

“¡Por enésima vez, son escuderos y pajes! Sigorn lleva a mí lado ya cuatro meses y no ha recibido trato diferente al que recibiría cualquier escudero al sur del Muro. Está siendo instruido en los valores de la caballería Westerosi, manteniendo su creencia en los Antiguos Dioses. No veo ningún problema en que trescientos chicos se repartan entre Castle Black, Winterfell y Last Hearth. En un futuro, ellos serán la columna vertebral de nuestros ejércitos.” Rugió Rikker de forma defensiva desde su sitio a la derecha del Príncipe Aemon, mientras el Gran Jon Umber, el Almirante Pyke, el Maestro Armero Noye y Benjen Stark asentían con la cabeza, a la izquierda de este. Desde luego el antiguo hermano de la guardia, se había tomado en serio su deber cómo Guardia Real y cuando lo volvió a ver después de años, parecía un hombre nuevo.  

Al igual que en su caso, en Rikker parecía que el color en una capa podía cambiar enteramente a una persona. Mientras que en su caso, fue la capa parcheada multicolor de Dalla la que le abrió los ojos respecto al verdadero conflicto entre la vida y la muerte, en el caso de Ser Jaremy fue la nívea capa de la Guardia Real la que lo convirtió en un hombre mejor. Donde antes había un exiliado sin ninguna esperanza, ahora se hallaba un duro y sagaz comandante militar, responsable de la primera línea de defensa de la humanidad contra un enemigo salido de las leyendas y de defender a los portadores de la sangre del Dragón. ‘Aunque esto último en Forlond es prácticamente innecesario. El Pueblo Libre adora a los Targaryen. Aegon es reverenciado cómo si fuera uno de los Antiguos Dioses’ pensaba para sus adentros cada vez que contemplaba a Rikker demasiado celoso por la seguridad del anciano maestre, nuevamente príncipe.

Mance se encontraba en esta situación debido a los sucesos de una noche de hace seis meses, que aún podía recordar como si la estuviera reviviendo hoy. Aquella extraña noche de hace seis meses, al noroeste del Puño de los Primeros Hombres, en las proximidades del nacimiento del río Antler.

 

[1] La Hija Perdida

[2] La Hija del Acero

[3] Valyria Sobre el Rhoyne

 


297 AC. Próximo al nacimiento del rió Antler 

Era bien pasada la hora del lobo y kilómetros al norte del campamento parecía haber una tormenta de nieve, aunque tras el Muro y con los Otros de vuelta, era difícil decir si lo que se veía en la distancia era un fenómeno natural o producto de la magia. Estaba Mance descansando en su carpa junto a Dalla, su esposa, cuando repentinamente el silencio de la noche fue roto por el estruendo de algo que parecía haber caído del cielo, produciendo un gran impacto contra el suelo en su aterrizaje.

Sin pensarlo mucho, saltó de entre sus pieles de dormir y salió de su carpa, para dirigirse hacia la gran carpa de pieles blancas donde aún se encontraban bebiendo alrededor de una fogata, algunos de sus hombres de confianza. Estos parecían totalmente ajenos al ruido o al impacto en la tierra, por lo que lo miraron sorprendidos cuando apareció entre las pieles que hacía las veces de entrada.

“Tormund, Jarl, Rattleshirt. Reunid cada uno veinte hombres y dividíos en tres grupos de búsqueda. Algo ha pasado en la linde del bosque y vuestra leche de cabra fermentada ha hecho que lo ignoréis” dijo con tono seco a sus hombres y se dirigió al extremo del campamento más cercano a donde creía haber escuchado el impacto y el ruido.

Cuando sus hombres marcharon a investigar, desde el punto más cercano al bosque desde el campamento, apenas si se podía discernir la línea de árboles. Por ello sólo pudo esperar a ver qué nuevas traían las patrullas, mientras prestaba atención a cualquier sonido proveniente de la dirección en la que estas habían marchado.

Tras unos minutos en las que el sonido del silencio sólo era interrumpido por animales y aves nocturnas rondando en las inmediaciones del campamento, un rugido cómo el que nunca había oído en su vida, recorrió la fría noche. Un rugido que lo estremeció y lo dejó congelado en el sitio, sintiendo cómo sudor frío le comenzaba a correr por su nuca.

‘Por los viejos Dioses. ¡¿Qué criatura espantosa produce semejante sonido!? Ese no es el ruido de los Otros, ni de un mamut, ni mucho menos un cuerno de la gua…’ trató de racionalizar Mance, pero su cadena de pensamientos se vio interrumpida cuando la oscuridad de la noche fue quebrada por el resplandor fantasmagórico de una gigantesca y oscura columna que parecía estar compuesta de llamaradas, elevándose hasta él cielo unos segundos, para luego desparecer igual de súbitamente que apareció. Aunque breve, había sido suficiente para atraer la mirada de todos ocupantes del campamento, qué tras el rugido se habían despertado y estaban comenzando a tomar posiciones en caso de ser atacados.

El silencio que prosiguió después de los gritos de horror, de espanto y maldiciones provenientes del bosque, provocaron que la tensión reinante se hiciera prácticamente insoportable. Nadie sabía que es lo que iba a aparecer desde el bosque, y por lo poco que podían intuir, no parecía que fuera algo bueno para ellos.

A Mance no le gustó nada la situación en la que repentinamente se vio envuelto ‘Puedo luchar contra la Guardia de la Noche y hasta en cierta medida, puedo huir de los Otros. Pero sea lo que sea lo que haya en ese bosque, me parece que podría erradicar sin mucho problema a las setenta mil almas que se pusieron bajo mi responsabilidad’ pensaba, tratando de formar un rápido plan de huida. Pero pensara lo que pensara, toda huida resultaría inevitablemente en la muerte de gran parte de los niños y ancianos, que jamás podrían seguir el ritmo de los guerreros.

Adoptando la resolución de mantenerse sobre el terreno, y mientras le rezaba a los viejos dioses para que la mayoría del Pueblo Libre pudiera ver un nuevo amanecer, aceró su postura y con toda la confianza que fue capaz de reunir, haciéndole saber su decisión al creciente número de personas  e incluso gigantes que se aglutinaba en torno a él, en búsqueda de respuestas y liderazgo.

“Sea lo que sea la criatura de la que proviene ese rugido, sabed que no podrá ser peor que el enemigo del que huimos. Porque al menos si este nuevo enemigo nos vence en batalla, no acabaremos formando parte de sus filas” dijo Mance con la voz más firme que era capaz de tener, aunque le temblase un poco al hablar. Desenvainó su espada y cuchillo, gesto que fue imitado por todos aquellos que se encontraban a su alrededor y se encaminaron en dirección al bosque.

Sin embargo antes de que estuvieran a diez metros de la línea de árboles, la voz del Gran Hablador comenzó a escucharse mientras se aproximaba en la dirección al campamento. “Escucha Rey Dragón, aunque seas más bonito que mis dos hijas pequeñas, cuando el Pueblo Libre sepa lo que has hecho con Casaca de Matraca, hasta los de su propio clan te van a respetar ¡JAR! ¡JAR!” la voz inconfundible del Esposo de las Osas no mostraba nada de la tensión ni el temor que tenía Mance y el grupo reunido alrededor de él.

‘No. En la voz de Tormund no hay miedo. Hay reverencia. ¿Qué demonios está pasando? ¿Y quién diablos es el Rey Dragón? Los dragones llevan más de quince años muertos. El Rey es un Ciervo’ pensaba Mance, mientras relajaba un poco su postura. Si Tormund venía libremente hablando con alguien, desde luego no hay una amenaza inmediata.

Aunque la mención del Rey Dragón le había intranquilizado más de lo que le habría gustado reconocer. ‘Yo seré el Rey-de-Más-Allá-Del-Muro, pero eso no quita que sea el bastardo de un cuervo y una salvaje…’

Pero cualquier pensamiento fue interrumpido, cuando para su sorpresa y la de todos los presentes, Tormund y una chica de su clan, aparecieron ante ellos desarmados y escoltados a punta de espada por un chico de unos cinco y diez días del nombre, de casi metro noventa de altura e incipiente cabello plateado.

De complexión ágil y agraciada, pero atlética, sus rasgos faciales sólo podían describirse cómo etéreos, poseyendo cierto alargamiento que hacían de este un rostro afilado y duro dentro de su belleza. Era un rostro que le resultaba familiar, pero no era capaz de ubicar de donde.

Sus ojos eran dos chispas que brillaban en la noche, oscilando entre el negro profundo y el plateado como el de la armadura que portaba, emitiendo destellos púrpuras alrededor de su iris. Llevaba una sobreveste negra con destellos rojos en el cuello y unas calzas de cuero repujado teñido en negro, que imitaban las escamas de un reptil. Sobre ella llevaba una armadura rematada por un dragón rampante de tres cabezas y piedras preciosas, que en nada se parecía a algo que sus ojos hubieran visto y no parecía pertenecer a este mundo.

En la mano diestra del chico desconocido, dirigida a la espalda de Tormund y a la de la chica pelirroja que lo acompañaba, una espada bastarda del mismo material que la armadura, y que al igual que esta, oscilaba de color según la incidencia de la luz. Sobre su frente, descansaba una banda del mismo acero que el de la espada, con diez piedras rojas como la sangre que refulgían con el brillo de las antorchas y las hogueras del campamento. A su espalda ondeaba al viento una capa de seda negra con un enorme sigilo en rojo bermellón de un dragón rampante con tres cabezas.

El frío reinante, parecía no causarle ningún efecto. Como si el chico no necesitase de pieles para mantener el calor corporal. Pese a sus humildes orígenes, hasta él sabía lo que tenía enfrente. ‘Un señor de la antigua Valyria. Un Targaryen. Y desde luego este no es el Maestre Aemon’

Dicho pensamiento que se vio reafirmado cuando por encima de los árboles, surgió una enorme cabeza, acompañada de un largo y serpentino cuello que precedía al masivo cuerpo de un gigantesco dragón. Este avanzaba torpemente apoyado sobre las garras de sus infinitas alas y dando pequeños saltos con sus enormes cuartos traseros, desraizando y volcando a su paso altos árboles cómo si de ramas se tratasen. Negro cómo la noche, pero con ojos cómo los fuegos de los mismísimos siete infiernos y una doble cresta espinal de color rojo sanguíneo, la presencia del dragón provocó que algunos de los presentes salieran despavoridos, mientras la mayoría daba muestras de shock y de pánico. Algo que llegaron a compartir hasta los mamuts del campamento al sentir la presencia de la mitológica criatura. ‘Sin duda, si el dragón quisiera, se podría comer a dos de un mordisco’ se estremecía internamente.

La impresión que causaron el chico con la espada y el dragón a su espalda, hicieron que él y prácticamente todo el mundo ignorase la presencia de un niño de alrededor de metro cincuenta, con largo pelo castaño claro, casi cobrizo, que cubría la parte izquierda de su rostro. El ojo visible era de un azul turquesa intenso, pero que por momentos parecía teñirse en rojo, blanco y gris, para volver al azul turquesa en un parpadeo. Llevaba una sencilla armadura de cuero repujado, sobre una sobreveste de color azul claro, de la que colgaba una larga capa negra que lo abrazaba. En el centro de la capa, un dragón rampante en hilo de plata lanzaba una llamarada en rojo carmesí hacia la izquierda.

Dicho niño poseía un aura que lo intranquilizaba, infundiéndole casi más miedo que el dragón aunque fuera incapaz de decir el por qué. El misterioso niño parecía encontrarse en un mundo aparte al que se encontraba a su alrededor, pero al recibir un golpecito en su hombro por parte del presumiblemente Targaryen, volvió en sí mismo. Mientras contemplaba la escena ante ellos, el niño observó todo lo que había a su alrededor, miró al chico de cabellos plateados y le asintió con la cabeza a una pregunta jamás realizada. El Targaryen enfundó su maravillosa espada en la vaina que colgaba de su espalda, dando tres pasos en dirección a ellos, irguió su postura aún más si cabía y de una mirada supervisó su entorno.

Aclarándose la voz primero, para a continuación en un tono frío y duro, impropio de un chico de diez y cinco días del nombre, que es lo que ese chico tendría, este dijo “Gentes del Norte del Muro, mi nombre es Aegon Targaryen, El Dragón Renacido. Señor del Feudo Libre de Valyria y Rey de Poniente. Quién me acompaña no es ni más ni menos qué el primero y el último de su linaje, mi hermano y escudero el príncipe Brandon Stark, hijo de Eddard Stark, Guardián del Norte. Venimos a vosotros en paz, pues tanto vosotros cómo nosotros, tenemos un mismo enemigo. Y tanto nosotros como vosotros, estamos en un mismo bando. El de los vivos.”

El silencio se hizo, mientras todo el mundo veía con incredulidad y trataba de procesar lo que acababan de escuchar. Mirando la estampa ante él y conocedor de la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros, preguntó súbitamente y casi sin darse cuenta Mance, en un tono que salió más arisco y duro de lo que pretendía, pero que posiblemente era por sentirse a la defensiva.

“¿Eres El Bastardo de Winterfell?” Al ver la relación familiar entre el Targaryen y el niño que era un Stark, recordó su visita años atrás a Winterfell y la visión del melancólico niño ocultándose en las sombras de la antigua fortaleza durante su visita a esta con el Lord Comandante Qorgyle. Esos ojos eran inolvidables, aunque si realmente era él chico que vio años atrás, ‘¿qué es lo que había pasado con su pelo?’. El bastardo de Eddard Stark tenía el pelo oscuro azabache. ‘Y muchísimo menos soy capaz de entender cómo tiene al dragón del Conquistador y aduce ser él mismo renacido’

No obstante, la mirada cargada de desprecio y rabia apenas contenida cuando el chico cerró sus ojos sobre Mance, le hicieron entender había acertado en su suposición sobre quién era el misterioso Targaryen que tenía delante. A este, sin dudas, no le resultaba nada agradable que se refirieran a él por el nombre que lo había hecho famoso en Westeros.

“En otra vida y por la mentira creada por mi tío Lord Eddard Stark para protegerme, me vi obligado a vivir bajo esa identidad, desconocedor de quién era realmente yo” gruñó prácticamente cada una de las palabras, soltando ácido en cada una de ellas ‘Sin lugar a dudas lo que tengo delante es un Dragón y no al Bastardo de Winterfell’ pensó con cierto asombro y aprensión ante la reacción amenazadora a todas luces del Targaryen. Este se aproximó un par de pasos en su dirección, ignorando a la pareja de prisioneros con qué venía, para centrarse por entero en él.

Su mandíbula estaba tensa, su cuerpo recto y firme. Su rostro parecía estar tallado en mármol blanco, no mostrando la menor muestra de que es lo que estaba pasando por su pensamiento. Pero sus ojos…sus ojos parecían horadar los suyos para penetrar en su alma. Eran ojos sabios y antiguos. Ojos que habían enfrentado las peores de las pesadillas imaginables y aún así seguían abiertos. Ojos que parecían tener luz propia y que imponían casi tanto como los del dragón a su espalda.

“Nunca fui un Bastardo, ni tan si quiera un Stark realmente…” dijo soltando un chasquido con su lengua al final de la frase, en una especie de risa amarga, pero que para su gusto parecía contener una furia que pobre de aquél que estuviera al otro lado de ella. “Mi padre es el príncipe Rhaegar Targaryen y mi madre, la princesa Lyanna Targaryen-Stark…” pronunció esta vez con un tono que tenía cierta calidez, dentro de la seriedad y dureza con que lo estaba diciendo.

“Aunque no esperaba que las circunstancias de mi nacimiento supusieran una molestia o motivo de discusión al norte del Muro…Pensaba que en estas tierras un hombre es aquello que es por sus acciones y no por su nacimiento. ¿Quién eres tú, que crees conocerme?” le preguntó inequívocamente a él, con un tono bajo, frío, amenazador y que no admitía interpelación alguna por parte de nadie a excepción de Mance mismo.

Era un tono que impelía a contestarle. Desde luego tanto el Dragonrider cómo el Dragón de carne y fuego formaban un tándem capaz de impresionar al más valiente, y Mance no era una excepción. Cuando el dragón posó sus ojos sobre él del mismo modo que su amo, un temblor comenzó a recorrerle todo el cuerpo.

Tras un par de intentos de articular palabra, en las que seguramente desde fuera se vio ridículo mientras abría y cerraba la boca cómo un pez fuera del agua fue capaz de decir aquello que se agolpaba en su cabeza, pero era incapaz de articular.

“Mi nombre es Mance Rayder y una vez fui hermano de la Guardia de la Noche cómo dos de tus tíos. Posiblemente no lo recuerdes, pero tú y yo nos conocimos hace siete u ocho años en Winterfell…” antes de terminar la historia, los ojos del Targaryen parecieron brillar con entendimiento y su mirada dejó de ser tan amenazadora, para dar paso a una de contemplación.

“El hermano negro al que le gustaba cantar La Mujer Dorniense y que vino con el Lord Comandante Qorgyle…Lejos de tu puesto sobre el muro estás Mance” le dijo Aegon en tono de reconocimiento y cierto reproche, que le causó ponerse inmediatamente a la defensiva.

El chico podría ser un Targaryen o uno de los viejos dioses, pero él tenía su orgullo. Aunque este le costase acabar siendo el desayuno del gigantesco dragón, decidió ser desafiante.

“Porque cómo te he dicho, dejé la guardia. Ahora me llaman Mance Rayder, Rey-de-Más-Allá-Del-Muro. Así que, de Rey a Rey, dime ¿qué es lo que vienes a hacer a mi campamento? ¿Qué es lo que trae a un Targaryen y a un Stark al campamento del Pueblo Libre? ¿Cuál es vuestra excusa para que no os matemos en este mismo instante? Vuestras dos familias se han encargado de exterminarnos cómo insectos durante generaciones, negando una vida digna a los pueblos del norte del muro.”

“Vengo de ver y enfrentarme con el Ejército de la Muerte. Aunque lamentablemente, he sido incapaz de hacer más que una pequeña mella en la masa de malévolas marionetas revividas por la magia de los Demonios de Hielo...” se interrumpió el chico que tenía ante él, cómo confundido del por qué no había sido capaz de derrotar a los Otros él sólo ‘Sólo con esa actitud ya se debe haber ganado gran parte de la audiencia. Sólo un loco o alguien muy seguro de sí mismo, puede sentirse confundido por ser incapaz derrotar sólo y sin ayuda al Ejército de la Muerte’. Pronto el Targaryen restableció su semblante inescrutable y prosiguió con su discurso.

“Pero creedme cuando os digo que sí me pasara algo a mí o mi hermano, mi dragón no tendría dificultad en exterminaros a todos.” Dijo con toda la naturalidad del mundo El Rey Dragón, que estaba ahora hablando para que todas las personas y gigantes congregados lo escucharan. Su tono alto, no llegaba a ser amenazador, pero era  más seco y firme. Entonaba con la misma cadencia férrea con la que había hablado hasta ahora y que transmitía sinceridad. Tanto en lo que contaba, cómo en las poco veladas amenazas que realizaba.

Resultaba inquietante que el chico pudiera estar tan tranquilo ante la posible amenaza de todo su campamento cargando contra él, y que el lado que más amenazado se sintiera en esos momentos, era él y el Pueblo Libre. Antes que nadie pudiera rebatirle, bien por incredulidad ante lo que acababa de decir. O bien por terror ante lo que el gigantesco dragón podría hacer si era molestado su amo, este levantó su brazo derecho para acallar cualquier posible voz y continuó su relato.

“Estoy aquí, porque aunque os resulte incomprensible” hizo una pausa, para a continuación hablar más para sí mismo que para la audiencia, en algo que pudo entenderse cómo “Demonios, a mí a veces también me lo resulta” tras lo que el Rey Dragón dejó salir el aire de su pulmones, respiró profundamente y continuó hablando con un tono menos duro pero más melancólico y metálico que antes, no exento de firmeza.

Hace trescientos años, mi hermana Rhaenys Targaryen tuvo un sueño con los eventos que he vivido esta noche y por esa razón conquisté Westeros… Para unificarlo ante la lucha contra el primer y último enemigo de la humanidad, la muerte. Pero ese es un enemigo que vosotros ya conocéis mejor que yo. Por algo ahora habéis proclamado un Rey.

El chico había demostrado ser rápido de pensamiento. Supo leer perfectamente que su nombramiento como Rey debía estar relacionado con la amenaza de los Demonios de Hielo. Y pese a la increíble historia que estaba contando, en cierta forma estaba apelando para que el Pueblo Libre entendiera su posición y su objetivo ‘Ser el Último Héroe de las leyendas. Aunque espero en algún momento saber cómo es que estaba vivo hace trescientos años y ahora está presente aquí.’

“Desgraciadamente, en estos trescientos años, el sentido original del por qué la casa Targaryen controló Poniente se perdió. Del mismo modo que mi casa perdió su poder, los Siete Reinos no están en condiciones de hacer frente a la amenaza hasta que yo vuelva a ocupar mi asiento. Y aunque os duela aceptarlo, vosotros tampoco podréis hacer frente a esta amenaza. Para ser realistas, ni tan si quiera enfrentar exitosamente a un ejército organizado del sur del muro.” El guantazo de realidad que el Rey Dragón  lanzó en forma de palabras sobre el Pueblo Libre hizo que se comenzarán a oir algunos murmullos discordantes e incluso el gruñido gutural de algún gigante. No obstante un rugido del dragón que sacudió la tierra, silenció rápidamente a la audiencia. Mance sabía que todo lo que había dicho sobre sus opciones contra los Otros y contra cualquier Lord Protector al sur del Muro eran totalmente ciertas.

“¿Qué sentido tiene huir de un enemigo de leyenda, para cuando crucéis el muro nadie os crea sobre la verdadera amenaza y os exterminen?” Preguntó fríamente mirando a los ojos de todos aquellos que tuvieran valor de cruzar ojos con él.

“Tengo todo  el apoyo del Norte y de la Night Wacht. Es por eso que hoy estoy aquí esta noche. Porque al igual que vosotros entendí y entiendo, que tanto entonces como ahora, sólo unidos todos los hombres y mujeres, se podrá evitar el retorno de La Larga Noche y el triunfo de Los Otros.” Concluyó ominosamente el anteriormente conocido cómo Bastardo de Winterfell, con una voz que no dejaba lugar a dudas que creía seriamente en aquello que decía.  

Todo el mundo pareció contener el aliento en ese momento. Pronunciar esas palabras en alto al Norte del Muro corría el riesgo de invocar al propio peligro que se estaba mencionando. Cuando pareció que todos, tanto el Pueblo Libre, cómo el Targaryen y el Stark, constataron de que no había aparecido ningún miembro del Ejército de la Muerte en las inmediaciones, se soltó un suspiro generalizado de alivio.

“No os pido que seáis mis aliados en las luchas al sur del Muro por el Trono de Hierro. No os pido que luchéis conmigo en Essos volviendo a traer a la vida al Feudo de Valyria. Os pido que aceptéis tierras al sur del muro, donde podías habitar alejados de nuestro enemigo. Os ofrezco libertad y seguridad a cambio de aceptar la ciudadanía del Feudo Libre de Valyria. Os aseguro protección con mis dragones y la de mis dos familias. Os prometo que jamás os faltará alimento ni recompensa si decidís estar a mi lado.” Dijo el Rey Dragón, con una voz más cálida que anteriormente, sin ningún doblez en ella. Su mirada era ahora más dulce y menos amenazadora, para ser reconfortante y segura. Su postura totalmente sincera, abierta y menos amenazadora que antes “Y cuando digo protección y defensa, no me refiero sólo a poder militar. Me refiero a alimento cada día en vuestros cuencos. Cuando hablo de defender a mi pueblo, me refiero a que todo ciudadano tendrá un techo sobre su cabeza. Y cualquiera podrá ganarse la vida con aquello que sabe hacer o para lo que tiene la habilidad y será recompensado en función a su talento y logros.”  Las palabras las decía con una firmeza que sonaba cómo una promesa y un deber para él cumplir con lo que estaba diciendo.

‘El chico literalmente está ofreciendo lo mismo que yo ofrecía, sin necesidad de guerrear, llegando al punto de darle tierras y recompensas. Poco tiempo me queda cómo rey’ pensaba con cierto humor Mance, aunque si algo había aprendido en este intercambio con el Rey Dragón, es que toda zanahoria, vendría acompañada de un palo en caso de que te salieras de lo pactado. ‘Y no creo que este chico sea muy clemente ni muy dado a dar segundas oportunidades a aquellos que le fallan’ Aún queda saber qué era lo que quería que el Pueblo Libre diera a cambio de aceptar semejante proposición.

“Cualquiera que se quiera unir al Feudo Libre, necesita acceder a la ciudadanía del mismo, para lo cual debe jurar un juramento de fidelidad eterna a la casa Targaryen. Ello incluye acatar y aceptar las leyes y jerarquía del Feudo que serán iguales, conocidas y elegidas por y para todos los ciudadanos. No necesito a nadie de rodillas, necesito fidelidad y la firma de un contrato entre el ciudadano, el Feudo Libre de Valyria y la casa Targaryen.” Expuso sus términos el Dragón Renacido. ‘Y aquí estaba el palo oculto. Básicamente ata a las personas a su casa y no sólo a su figura. Del mismo modo que los ataba al nuevo Feudo de Valyria que por lo visto estaba reconstruyendo a la vez que preparándose para luchar contra los Otros. Desde luego que ambición no le falta’  El chico sinceramente estaba convenciendo a algunos de entre la audiencia, especialmente los jóvenes estaban contemplando al Rey Dragón como la verdadera respuesta a todos sus problemas. O la opción de vivir aventuras en algún moridero que no estuviese siempre nevado y congelado.

Sin embargo Mance entendía las palabras del Rey Dragón por lo que eran. Había toda la libertad que se quisiera, pero había una obligación. La obligación a realizar un doble juramento de fidelidad y someterse uno y su descendencia por el resto de sus vidas a este doble juramento. ‘A la misma conclusión que yo han llegado muchos mayores y líderes de clan, por la reacción frunciendo el ceño ante las palabras del joven Targaryen’

“Eso va para todo el mundo. Independientemente cual sea vuestro origen, género, creencias religiosas o riquezas, en el Feudo todos somos iguales. Desde el último al primer ciudadano, que vendría a ser la casa Targaryen, tenemos el deber de para el uno con el otro. La casa Targaryen siempre defenderá la libertad de todos aquellos que hayan jurado a ella y quieran formar parte de sus dominios. “ Concluyó con una media sonrisa que transmitía cierta calidez y reafirmaba la seguridad de sus palabras.

Tras eso se giró sobre sí mismo dándoles la espalda y marchó con su hermano hasta la linde del bosque donde se hallaba el dragón. Cuando llegaron a este, el Rey Dragón apoyó sus brazos sobre el enorme morro de la gigantesca bestia como si estuviera abrazando a un familiar. Al volver a girarse, todo el mundo estaba expectante tras ver semejante interacción. A continuación, el niño le dio un tirón del brazo y pareció decirle algo con la mirada al chico de cabellos plateados, el cual volvió a endurecer su postura, su mirada se oscureció y volvió a centellear como cuando él lo había identificado.

El  negro dragón se enroscó sobre sí mismo, a la vez que plegaba su inmensa ala en un abrazo sobre el Targaryen y el Stark. Tapándole más de medio cuerpo al chico, pero dejando su rostro para que todo el mundo lo observara cuando pronunció sus siguientes palabras que dejaron helados a todos los presentes. “Pero juro ante los viejos y los nuevos Dioses y juro por las Catorce Llamas, que si no aceptáis mi oferta, reduciré todo este campamento a cenizas. Prefiero acabar con vosotros ahora, que cuando hayáis caído en el poder de los Otros. Ahora decidid cual es vuestro sino, tenéis hasta esta noche. A continuación el chico se recostó en el suelo sobre el lomo del dragón, mientras su hermano se tumbaba sobre su regazo, cubriéndolos a ambos el ala del dragón como si de una carpa membranosa se tratase.

Al poco de que el chico terminó de hablar y se puso a descansar al amparo de su dragón, comenzó a oírse un murmullo sordo entre toda la gente que se había aglutinado a contemplar la escena, que rápidamente desembocó en cientos y miles de conversaciones teniendo lugar simultáneamente.

Parecía que nadie en el campamento había quedado impasible ante lo que el Rey Dragón había dicho. Se podía escuchar como gente traducía lo mejor que podía a la antigua lengua lo que había dicho el rey dragón. Se podían escuchar voces discordantes y amenazadoras contra este y el Stark. E incluso se podían escuchar a algunos que ya habían decidido aceptar la oferta independientemente de lo que hicieran sus familias o clanes. Mance sabía que en un momento como este, debía alzarse cómo la voz del Pueblo Libre.

Con el amanecer y el ambiente más calmado, convocaría una reunión de jefes tribales y de clanes, haciéndoles ver su opinión. Era una oferta que realmente no lo era. Lo que es, es un ultimátum. No pedía guerrear por él, no pedía luchar al sur del muro. Ni tan si quiera pedía ayuda para luchar contra los Otros. Tan sólo, pedía aceptar su dominio a cambio de todo lo que él y su casa pudieran ofrecerles. En caso contrario perecerían. Sin embargo, estaba convencido que la mejor opción para que su pueblo no pereciera, era uniéndose a este chico salido de las leyendas y los mitos.

‘Creo en sus palabras y en sus amenazas. Lo que me hace creer que es la única persona con verdadero poder en este mundo, con sus miras puestas ante la verdadera amenaza.’