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Una noche

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La noche era fresca y ligeramente nevaba en Rid'gar. La luna brillaba sobre el pequeño pueblo bárbaro de Therak, y la tribu se encontraba más que animada, bailando alrededor del fuego, vistiendo sus mejores ropajes los cuales consistían en los pelajes de sus mayores cacerías; el bullicio de una nueva era para estos salvajes, comiendo a más no poder y alcoholizando sus venas y sentidos con el licor más dulce creado por los mismísimos Dioses. Estaban celebrando.

Claro qué, existía una excepción. Una choza, alejada de todo el algarabío, se encontraba en bastante silencio, iluminada por unas pocas antorchas. En esa fría noche de invierno, Katsuki, de diecisiete años, se estaba preparando para dar a luz a su hijo, el bebé de un forastero que en un millón de años se hubiera atrevido a acercarse a ellos.

Era una casualidad, pero algunos lo interpretaron como un mensaje divino de la misma Freya. Adoptando no solo la fuerza bruta de uno de sus hombres, sino tan bien la magia que poseía el forastero. ¿Odín esperaba que ese ser los ayudase a acabar con todo lo que estuviera a su paso? Tal vez, aunque Todoroki no creía en nada de eso.

Habían pasado más de dos horas desde que comenzó el parto esa misma noche.

El cenizo se encontraba tendido en una de las camas alejadas en el piso, solo para tener más privacidad; Shōto le acompañaba, siendo los únicos dos allí, además de Mitsuki, quien se encontraba fuera junto con unas especias en una caldera a fuego vivo. Estaba retorciéndose y llorando de dolor, maldiciendo a los dioses y como no, culpando al príncipe por haberse aparecido en su vida. Sólo una manta cubría al adolescente y su enorme vientre, con los hombros y los brazos expuestos.

El bicolor se encontraba acariciando el cabello del bárbaro y limpiando con un paño húmedo su frente sudorosa. Hizo todo lo posible por hablar en voz baja y con algo de cariño (algo que hacía demasiado mal). Por un lado, se sentía culpable, no quería nada más que ayudar a Katsuki. Pero todo lo que podía hacer era pararse allí, sostener su mano y soportar más de ese mal carácter que se cargaba el otro.

El cómo habían llegado a esto era más que un tipo de pesadilla. ¿Cómo era posible que un solo encuentro carnal había terminado en esto? Ni siquiera se habían entendido al inició, teniendo diferentes lenguas y con una cultura claramente diferente. La calentura de sus actos se había ofrecido después de una batalla campal donde ellos terminaron alejados de todo, con heridas, pero con una lujuria nunca antes subsistida.

Katsuki sollozó a través de su respiración pesada, encrespando los dedos de sus pies bajo las sábanas. Era la primera vez que se veía así de perdido, desde su primera fornicación — ¡Haz que se detenga, maldita sea! —Siseo en voz alta. Igual no servía de nada, por mucho que estuvieran alejados, los gritos y tambores seguían siendo parte del fondo y resonaban junto a los lamentos del de ojos carmesí.

Shōto solo podía sentirse pleno de que el chico hubiera aprendido su idioma con rapidez, porque de no haberlo hecho, hubiese vuelto a tratar de escapar, por décimo novena vez. Oh, ¿No lo había mencionado? Prácticamente había sido secuestrado después de ser encontrado con el hijo de la líder del pueblo y obligado a perpetuar esos nueve meses a su lado. Como fuera, él nunca aprendió el idioma de esa tribu y Katsuki se había encargado de aprender el suyo.

El príncipe acarició la mejilla del chico, besando su frente a pesar del gruñido —Está bien. Estoy aquí. Lo estás haciendo muy bien. Estoy orgulloso de ti. —Otro gruñido estrangulado como respuesta —Pronto tendremos a nuestro hijo o hija y todo estará bien. Todo va a estar bien. Vas a estar bien. —Eso pareció relajar un momento al cenizo, que rápidamente soltó otro fuerte alarido que proclamaba quien sabe qué, recuerden, Shōto no había aprendido nada de ese idioma en nueve meses.

A todas estas, ¿Cómo era posible que un hombre lograse procrear?

 


 

El tiempo pasa y parecía que la fiesta nunca terminaría, mucho menos el dolor que parecía incrementar cada vez más. La respiración de Katsuki se había hecho más y más rápida, sus gemidos más fuertes y sus sollozos más largos. Mitsuki ingresaba cada media hora y verificaba el progreso de su hijo, afirmando que posiblemente pasaría otra hora antes de que naciera el bebé (palabras traducidas por Katsuki). Ella no dejó su puesto frente a la choza, así que siempre los dejaba a solas.

Juro que cuando esto acabe... te matare...

No puedes matar al padre de tu hijo.

Pregúntale eso a la vieja bruja.

Oh, ahora entendía porque nunca vio una figura paterna durante esos meses. Al cabo, eso ni le importaba.

Así pasaron una hora entre lloriqueos, gemidos, maldiciones, amenazas de muerte o empalamientos por lanzas... era interesante escuchar los métodos de tortura que su reino nunca hubiera llegado a pensar. Tal vez el momento donde llegó a creer que él mismo había perdido la cordura, fue el hecho de excitarse cada que Katsuki se arqueaba y dejaba a la vista sus desnudas piernas y rosados pezones, deseando que el dolor se calmara. En este punto, se preguntaba qué tan peligroso sería tomarlo en un momento como ese.

Detuvo sus pensares cuando el bárbaro le grito que nunca más le dejaría tocarle y si se atrevía, le arrancaría el pene con sus propias manos. El joven no tenía idea de cómo las niñas y mujeres de Therak tenían varios hijos, era horroroso.

Cuando llegó el momento, ahora fue Shōto el que estaba más nervioso y ansioso. Lo que nunca sintió durante los nueve meses, lo experimentaba ahora. Mitsuki había ayudado a su hijo a poner con firmeza sus pies desnudos al aire en dos barras de metal pesado que antes habían ayudado a sostener sus calderos. Katsuki se aferró a la sabana y a uno de los brazos de Shōto, dejando escapar alaridos y súplicas. La mujer continuó con su buen trabajo, alentando su hijo para que pujara (El príncipe suponía decía eso). Le ordenaba cuándo descansar, cuándo respirar y cuándo empujar. El cromático estaba agradecido, no sabía qué habrían hecho si ella no estuviera cerca para ayudarlos.

Fueron dos horas de tortura, y un bufido estrepitoso fuera de la choza se presentaba ocasionalmente. Todoroki sintió sudar frío, no sabía que era peor, estar allí observando todo o que el dragón de Katsuki llegase a devorarlo como condena por hacer sufrir a su dueño.

— ¡AAAAAUGH, DIOSES! —El adolescente solo quería que eso terminara, no sabía cuánto más dolor agudo podía soportar — ¡Tha mi airson stad a chur air! ¡Faigh an rud sin a-mach à damaid! —Gritó, echando su cabeza hacia atrás y dejándola colgar allí mientras hipaba.

Rest, leannan. Rest. —La mujer sonrió y Shōto la miro para ver si algo estaba mal. Pero su rostro se iluminó cuando vio a un pequeño bulto retorciéndose en sus brazos.

Tomando una gran respiración, Katsuki abrió sus cansados ojos rubí y vio que el príncipe estaba sonriendo. Estaba a punto de preguntar por qué cuando escuchó los sonidos de un bebé que gemía y al instante, comenzaba a llorar. Levantó la cabeza con rapidez, mareándose de paso —¡An leanabh! tha e... tha e mar-thà an-seo, ¡tha e air feadh!

Sip, Todoroki seguía sin comprender nada.

Sus ojos se conectaron y hubo alivio, y algo más que ninguno pudo descifrar. Entonces Katsuki hizo que sus palabras fueran entendibles para él —El bebé ya está aquí...

Sí... lo hiciste bien, Katsuki.

El cenizo sonrió cansadamente, recostándose, recuperando la respiración una vez más —Lo hice. Dioses, lo hice. Se acabó. Se acabó, se acabó, se acabó. —Cerró los ojos por un momento y cuando volvió a abrirlos, miró a Todoroki mientras Mitsuki colocaba al bebé envuelto en sus brazos — ¿Màthair?

Tha leanabh fallain agad, mac. —Y los ojos rubí de la mujer se posaron en Todoroki, quien trago saliva. Ella termino por acercarse, tomando una de las manos del bicolor y posando la otra en el pecho de su hijo —Felicitaciones, balaich. —Después se retiró de allí, volviendo a darles privacidad y como no, comunicarle a la tribu del acontecimiento.

El cromático se había quedado pasmado, nunca había esperado escuchar a la mujer decir algo como eso. Regreso en sí con la risa rasposa de Katsuki, y volvió a fijarse en el chico y en el bebé que reposaba entre sus brazos —Tenemos un bebé. Un niño. — Su voz era suave, algo que le sorprendió aún más.

Miró al pequeño. Se parecía a Katsuki, pero tenía un poco de pelusilla roja mezclada con la ceniza. Ahora, estaba ansioso por que llegara el momento de ver sus ojos, conocer su iris, ¿Sería como el suyo? ¿Serían solo carmesí? ¿O sería la mezcla de los dos? Quería... quería verlo crecer y descubrir más y más —Es... hermoso...

Acércate.

No tardó en hacerlo, agradeciendo el gesto de que Katsuki solo pudiera moverse un poco y darle algo de espacio, aunque su cuerpo se encontrase a medias allí. No importaba, ahora miraba con fijeza a su pequeño que no dejaba de hipar y mover sus manitos con claro enojo. Acerco uno de sus dedos y el recién nacido lo atrapo, quedándose quieto de inmediato. El bárbaro cubrió más el cuerpo de su criatura con la sabana que Mitsuki le había puesto y entonces lo supo, no podría irse, así como si nada.

Deseaba llevarse no solo a ese bebé, sino también a Katsuki con él a su reino.

O tal vez, solo quedarse allí. De todos modos, nunca deseo convertirse en rey.

Bienvenido a Rid'gar. —Le dijo a su hijo, observándolo dormitar.

— ¿Cómo le llamaremos, bastardo?

Creo, que eso te lo dejaré a ti. No soy bueno con nombres. ¿Alguno que tengas en mente?

El chico se mantuvo callado —Valt.

Todoroki Valt. No sonaba mal

Qué sea Valt.

Espera a que Kirishima lo conozca.

Estaba desesperado afuera.

Como sea, ya mañana podrá verlo y tal vez ya no quiera matarte.

Shōto rio bajo. Eso esperaba, ya se había decidido, vivir con los bárbaros no sonaba tan mal si tenía a Katsuki y a Valt a su lado.