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Elentari Lavellan II. Caminante de los sueños

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Esta es la segunda parte de mi historia. Aquí me acompañarán a entender un proceso de cambios y transiciones sociales que comprendí gracias a la lucha llevada a cabo por Fen’Harel y sus enseñanzas. No solo supe que mi enemigo era el amor de mi vida, sino que además, defendí con uñas y dientes a los habitantes de Thedas cuya existencia se encontraba amenazada por el peso de sus decisiones pasadas y la necesidad de arreglar lo que Fen’Harel comprendía como un error: nosotros.

Convencida que sus vidas tenían aquello que Solas siempre me enseñó: dignidad que les otorgaba valor y de ese modo se volvían invaluables decidí enfrentarme a mi propio amor, para otorgar la posibilidad de vivir a otros… aunque en el proceso mi alma fuera mutilada.

Aquí comprenderán que ya no era capaz de saber quién era Solas o quién Fen’Harel, o si siempre habían sido los mismos. Conoceré realidades que no creía posibles. Comprenderé quién soy, cuál fue mi pasado, quienes fueron mis padres de sangre, así como podré entender un poco más el por qué del disgusto que las creencias dalishanas siempre provocaron en Solas...

Acompáñenme a modificar el mundo y comprender por qué a veces la libertad da miedo… Por qué a veces preferimos no sentirnos libres y por qué a veces sometemos a los más débiles. Acompáñenme a  modificar eventos que podrían terminar en una Guerra Santa.

 

 

Ninguna de las imágenes que pondré en la historia me pertenecen.

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Había pasados dos años desde que derrotamos a Corifeus, había pasado dos años desde que Solas desapareció de mi vida y mi corazón destrozado fue recogido pedazo a pedazo por mis amigos, que me sostuvieron a pesar de todos los momentos oscuros que atravesé. Sin quejarse, sin cuestionarme, sólo sosteniéndome en mis múltiples caídas.

 

Los momentos que viví después de la pérdida de Solas fueron oscuros, realmente oscuros para mí. Yo había puesto todo mi ser en nuestro amor, nunca me había enamorado de aquel modo y al hacerlo, había pensado que el amor era suficiente. Me había entregado a él como nunca lo había hecho y como nunca lo volvería hacer. Me había entregado, literalmente, en cuerpo y en alma.

 

Cuando lo conocí confié en él inmediatamente; sus palabras, su sabiduría, su confianza en sí mismo me habían deslumbrado de un modo casi peligroso, no tuve dudas de que sus intenciones eran buenas, no me atreví a cuestionar nada o preguntar algo, y decidí que quería compartir mi vida a su lado y le entregué todo lo que era sin esperar nada a cambio y dispuesta a perder todo. Lo amé con la intensidad con la que nunca volvería a amar. Lo deseé como nunca deseé a nadie y no estaba segura si alguna vez volviera a sentir la lujuria, la pasión que experimentaba al verlo. Muchas veces a lo largo de estos dos años me despertaba agitada por soñar con sus besos, con sus caricias, con su pasión. Me despertaba transpirada por soñar cuando hacíamos el amor, la sensación de unir nuestras auras, la sensación de su penetración, de su lengua en mi boca, en mi cuerpo, sus manos acariciando todo mi ser… No puedo negar que durante el primer año me había obsesionado con el Más Allá y con buscarlo allí, somniari o no. Creí que podría aprender a entrar al Más Allá con la voluntad, como lo hacía él, pero lo cierto era que yo requería de pociones de Lirio para hacerlo (o magia de sangre, a lo que decidí no acudir, aunque admito que lo consideré más de una vez).

 

Luego del primer año de buscarlo decidí que era momento de vivir en la tierra y dejar los divagues de mi mente. Basta de sueños, basta de Más Allá, basta de Solas. Un año era tiempo suficiente para torturarme por un hombre que me había dejado sin la sutileza de explicar el por qué. Una tontería quizás para algunos, pero tan necesaria para seguir adelante para mí. Si sabía por qué, podía seguir adelante. Al no saberlo, estaba estancada en el recuerdo, en el interrogante, en la desesperación de no saber qué pasó para poder dar vuelta la página de nuestra historia, y cerrar finalmente el libro.

 

Lo que más me había dolido, fue su silencio, que me haya arrebatado la posibilidad de saber qué sucedió, que se haya ido sin darme explicaciones, eso había hecho que sintiera que no había valido nada para él ¿Acaso merecía que el amor de mi vida se fuera sin siquiera decirme qué había sucedido? ¿Merecía aquella patética mentira de “te distraje de tu deber y lo siento”? o “¿No puedo continuar haciéndote esto a ti?” (¿¡Qué me estaba haciendo exactamente!?) ¿Por qué me había dicho que me diría la verdad? ¿qué verdad? ¿La de mi vallaslin?

 

Ante aquella situación de incertidumbre, durante un año me dediqué a inventar explicaciones para acariciar mi alma y mi cordura, inventé miles de escenarios en donde comprendía por qué me dejó, veía qué había hecho mal, cuándo no lo había acompañado o comprendido, muchos escenarios donde yo era la culpable. Pero nunca se me ocurrió la verdad

 

 

 

La Inquisición continuó luego de su desaparición, continuó con una Inquisidora destrozada. El mundo continuó a pesar de que mi agonía detuvo todo a mi alrededor. Sentía que era injusto que todos siguieran adelante sin sentir su pérdida, me molestaba que los días pasaran sin llorar su ausencia… Llegué a dejar de percibir el gusto de las cosas, dejé de disfrutar las pequeñas sorpresas de la vida, dejé de apreciar los actos de amor de mis amigos… Parecía una adicta en recuperación. Pasé por todos los estados posibles, desde el llanto imparable, la inapetencia, el adelgazamiento, la abulia, la desconcentración, hasta el despotismo.

 

Hubo un tiempo, que me avergüenza decirlo, pero hubo un tiempo en el que fui tirana, que cualquier ofensa culminaba en la muerte de mi oponente. Era tanto el odio que sentía hacia mí por haberlo perdido, que lo descargaba sobre mis adversarios. Llegué a ser temida por mis enemigos, y comenzó a correrse la voz que meterse con la Inquisidora era una locura. No me di cuenta de ello hasta que Cullen me sacudió con sus palabras y reprochó mis actos, del mismo modo que lo hicieron Varric, Cassandra y Dorian. Me enojé con ellos, nos peleamos durante un tiempo, pero finalmente pude ver que tenían razón. Y poco a poco aplaqué mi ira y comprendí que estaba actuando mal. Pero mi comprensión llegó tarde para algunos oponentes, a quienes les destrocé la vida, arrebaté padres a sus familias, hermanos, amigos… Pensar en ello me entristecía, pero era un episodio en mi vida que había existido y que formaba parte de mí. No sacaba nada bueno negándolo u olvidándolo. Debía tenerlo presente, aunque fuera vergonzoso, para nunca más repetirlo.

 

No había vuelto a mi Clan, no sólo me avergonzaba mi rostro desnudo, sino mi tiranía. Volver a mi Clan significaría enfrentar a Deshanna, la mujer más sabia que conocí jamás, y aún no estaba preparada. Ella siempre me había enseñado acerca de la bondad y benevolencia, pero cuando me hirieron lo primero que hice fue aprovechar mi poder para herir aún más a otros…

 

Si tan solo Solas fuera consciente de todo el daño que me hizo. Si tan solo hubiera podido ponerse en mi lugar, aunque fuera por un segundo y decirme qué había pasado para evitar todos aquellos estados demenciales por los que había atravesado. Si tan solo algún día pudiera entender por qué huyó como lo hizo, dejándome sin explicaciones abandonada en el dolor y la amargura. Pero su egoísmo siempre fue mayor que lo que sentía por mí. Su máscara de cordialidad siempre fue más importante que cualquier pedazo de mi alma que pudiera dejar sobre el suelo para que lo pisaran como si de basura se tratara… Su máscara de sabiduría que no permitió que imaginara que era un ser capaz de una traición tan infame como la que yo había sufrido por sus manos.

 

Lo único que prevalecía firme en mi vida eran los miembros de la Inquisición, que nunca me dejaron sola, que siempre me sostuvieron. A pesar de todo. Me pregunté muchas veces qué hice para ganar esa lealtad inquebrantable de mis amigos, por qué merecía aquella amistad de oro, hasta el día de hoy quizás no lo sepa, pero la realidad siempre fue que ellos nunca dudaron de mí, y siempre estuvieron para sostenerme.

 

A pesar de aquellos estados demenciales, casi como una obsesión, desarrollé un deseo de lucha contra los oprimidos, sé que sus palabras tuvieron mucho que ver, pero en ese año que sucedió a su desaparición, noté que me era imposible girar el rostro cuando veía alguna injusticia referente a la privación de libertad y derechos. Por lo menos, algo positivo había surgido de mi angustia.

 

Por otro lado mi conexión con mi magia se hizo más sutil. Comencé a experimentar el mundo con una luminosidad que antes no tenía, comencé a percibir las sensaciones ajenas con mayor facilidad y a conectar con los seres vivos a través del tacto.

 

Sin embargo, a pesar de este amargo resumen, hoy en día volví a encontrar paz en su ausencia, felicidad en su recuerdo, y benevolencia en mis actos. Todo volvía a estabilizarse y a funcionar. Comenzaba a sentir que merecía seguir adelante, tenía derecho a volver a reír y tenía demasiado por lo que debería volver a hacerlo. Gente maravillosa me rodeaba y no podía hacer menos que agradecer su presencia a mi lado.

 

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Era un día soleado, helado, invierno nuevamente en Feudo Celestial como aquel día en el que mi aventura comenzó con este grupo de personas extraordinarias.

Yo estaba en la escalera que me llevaba dentro del castillo con ropas abrigadas, una capa con pieles bien abrigadas, para que el frío no hiciera tanto daño. Suspiré la brisa fresca y recordé que Dorian me había dicho que quería hablar conmigo. Caminé hasta la Biblioteca, ingresé a la rotonda, miré el fresco que Solas no había terminado de dibujar. Me acerqué, apoyé mi mano y miré el dragón derrotado por el lobo, ¿qué quería decir? Nunca lo sabría, pero ya no me obsesionaba la respuesta. Subí las escaleras, encontré a Dorian de espaldas mirando libros y abracé a mi amigo que ahora mantenía una relación formal con Toro, todos ya lo sabíamos. - ¿Cómo estás? – dije alegremente.

- Algo perturbado, a decir verdad, bella. – dijo Dorian devolviendo el abrazo, pero luego me alejó de él y caminó con nerviosismo hacia la baranda de la escalera y apoyando sus brazos. Me acerqué y apoyé mi mano sobre su antebrazo.

- No me asustes, ¿qué sucede? – quise saber.

- He recibido noticias de Tevinter. Mi padre está enfermo, creen que muy enfermo, si entiendes lo que digo. Y quieren que vuelva. No para despedirme… sino… porque probablemente tenga que hacerme cargo de sus deberes en mi Nación. – mi corazón se detuvo. No supe qué responder. Dorian notó mi desesperación y me miró. – No te quiero dejar sola, sabes que ya eres una extensión de mí mismo, sin ti sentiría que estoy vacío… - jugó. – Pero debo partir, cariño.

- Lo entiendo. – dije separando mi mano de su antebrazo. - ¿Ya has hablado con Toro? – se movió incómodo.

- No, aún no. No sé cómo decir estas cosas…

- Tienes que decirle algo, por favor. – le dije casi horrorizada. Él sonrió.

- Luego de ver el daño que te hizo que no te lo dijeran a ti, no me atrevería a irme sin más. – bromeó. Yo lo golpeé suavemente.

- Eso mismo, querido amigo. – le dije. – Podría acompañarte hasta allí, esperar que te instales, que puedas llamarlo “hogar”, y volver. – Dorian sonrió conmovido y me abrazó.

- Nada me gustaría más, pero eres una bella elfa, temo ponerte en peligro en mi Nación. – me confesó.

- Una bella elfa, peligrosa. – dije mostrando mi Marca. – Hasta en Tevinter deben saberlo. – bromeé.

- Por supuesto, cariño. En todo Thedas lo saben.

- Podría hablar con Joseph…  Será durante un tiempo prolongado que tendrán mi ausencia, pero la paz ya ha vuelto, y no he encontrado Grietas en los últimos cuatro meses. Creo que hemos hecho un buen trabajo en el sur. Quizás ir hacia Tevinter me dé la posibilidad de cerrar más grietas. – sonreí.

- Me seduce la idea. – bromeó.

- Si Toro quiere ir, ¿lo dejarías?

- Otro tema delicado en Tevinter. – dijo. – Menos mal que mi padre estará muerto y no tendrá que vivir el disgusto. Otro disgusto de su hijo.

- ¡Dorian! – lo reté, pero luego reí. – Está bien bromear con temas difíciles, siempre lo haces.

- Soy genial en ello, así como en casi todo. – dijo y reímos los dos. – Bueno cariño, pensaré en tu oferta y te daré una respuesta luego. Ahora por favor, déjame seguir pensando.

- Bueno, ¿puedo plantearle la posibilidad a Cullen? – Cullen y yo en estos años nos habíamos acercado mucho, teníamos una amistad como la que tenía con Varric, aunque mi mejor amigo siempre sería mi mago preferido. Dorian sonrió con picardía, pues siempre quiso que entre Cullen y yo hubiera algo más, pero lo cierto era que no sucedía nada, además del respeto y la amistad.

- Claro, claro. Cualquier excusa es justa para que hables con nuestro bello Comandante.

- Sabes que nuestro bello Comandante me sacará volando de allí. Me dirá “No, tú tienes otras obligaciones”, - remedé su voz - pero de todos modos vale la pena intentarlo, ¿no? – guiñé un ojo.

- Ese mismo espíritu indomable es que el tienes que liberar con Cullen. Ya verás que te gustará probar humanos.

- ¡Dorian! – lo empujé con un poco más de fuerza. Dorian rio y me empujó suavemente.

- Vamos, vamos. Déjame solo y ve a hablar con Cullen. – yo le sonreí – y recuerda que eres una elfa joven, bellísima, y que hace dos años no tienes sexo con nadie. – juntó sus manos a modo de súplica: - Haaaazme el favor, y acuéstate con el Comandate. – yo reí. – Si me diera la oportunidad, yo no la perdería. – jugó Dorian.

- Es que no me la ha dado. – le guiñé el ojo.

- Oooh, ¿así que has probado seducirlo? – quiso saber.

- ¡Claro que no! – dije. – Solo bromeaba. – aunque comenzaba a superar el recuerdo de Solas, ningún hombre me generaba ni la mitad de lo que había sentido por él. Era difícil seguir adelante cuando siempre los comparaba con Solas…

- Y yo aquí sintiéndome orgulloso de ti, pensé que te había enseñado algo con el ejemplo ¿Dónde has visto un altus teniendo una relación amorosa con un qunari? Sin embargo yo, no me he privado de ello…. Y tú aquí, sin tener sexo. – negó con un gesto y rio. – Ahora shuuu… - ambos reímos, lo abracé y me alejé.

Bajé las escaleras, caminé a través de la rotonda, miré una vez más los frescos que había pintado Solas tanto tiempo atrás, dos años atrás, y abrí la puerta que me llevaba hasta la oficina de Cullen.

El día estaba helado, el cielo despejado, el Sol arriba sin ninguna nube con la que competir por liberar su calor. – Aún así tu calor no es suficiente, amigo. – reproché al Sol mirando hacia el cielo. Caminé rápidamente para no estar tan expuesta al frío y golpeé la puerta de la oficina de nuestro Comandante.

- Pase. – oí que decía, abrí la puerta y lo encontré, como siempre, de pie junto a su escritorio, ordenando papeles.

- ¿Se puede saber qué tanto trabajo tienes para ordenar? – dije bromeando.

- Elentari. – me sonrió cálidamente. – Sabes como soy, necesito que todo esté en orden y conocer hasta el último detalle de todo lo que refiere a las tropas de la Inquisición.

- Sí, lo sé. – me senté sobre su escritorio. - ¿Recuerdas aquellas épocas en las que los volvía locos haciendo todo lo contrario a lo que me pedían? – reí. – La ida de Solas sí que me afectó. – reí y tapé mi rostro.

- Ahh… - suspiró. – No me lo recuerdes. – contestó mientras seguía ordenando los papeles - Creo que la peor parte fue… - nos miramos los dos. – Ya sabes…

- Cuando comencé a matar por gusto. – me entristecí un poco. – Lo sé.

- Todos hemos tenido nuestros fantasmas, y por suerte los hemos superado. Tuve ese mismo pasado con los magos…

- Lo sé. – le dije. – Pero bueno. Recuerda que puedo ser un incordio. – los dos reímos.

- Josephine está un poco “intensa”, por hacer uso de una palabra, con el tema de que Bann Teagan quiere a la Inquisición fuera de sus tierras. Pronto celebrarán un Concilio, Joseph está segura.

- ¿Con qué objetivo? – quise saber.

- Joseph cree que se debatirá el futuro de la Inquisición. – lo miré pensando en la posibilidad.

- Hemos hecho todo lo que debíamos hacer…

- Y más. – me corrigió Cullen, era cierto. Asentí en silencio.

- La madre Giselle me contó una vez una historia, cuando la primera Inquisición ya no fue necesaria, cómo fue capaz de guardar las armas y deponer el poder, ¿crees que deberíamos hacerlo?

- ¿Tú qué opinas? – me preguntó y guardó unos papeles dentro de una carpeta. Pensé en su pregunta, yo no pertenecía a ningún sitio, excepto aquí, si deponíamos… entonces ¿qué haría? No sabría a dónde ir. Sería una elfa errante…

- No lo sé, Cullen. Ustedes son mi familia. Nunca pensé en la posibilidad de no tenerlos.

- Siempre hay algo que podamos hacer, aunque no estemos en la Inquisición.

- ¿Lo has pensado?

- Lo he pensado, sí. – dijo y terminó de ordenar su escritorio. – Pero no quisiera aburrirte con ello, dime, ¿qué has venido a decirme?

- Vengo a plantearte una posibilidad… aunque con esto que me has dicho del Concilio creo que ya sé tú respuesta.

- Aquí vamos de nuevo… - dijo y se sentó en su sillón. - ¿Qué tienes en mente? – le sonreí.

- Dorian tiene a su padre muy enfermo. Pero “muy” – hice un gesto como de cortar la cabeza. Cullen rio.

- Aja, tan enfermo que podría morir. Entiendo. – le sonreí.

- Bien, y debe partir hacia Tevinter… - moví mis piernas hacia adelante y atrás, ya que mis pies no llegaban al suelo en el escritorio, dejando unos segundos sobre el aire para que Cullen sopesara mis palabras. – Y como hemos solucionado todos los problemas a nuestro alrededor, y ya no encontramos Grieta hace meses, he pensado que quizás podríamos viajar con Dorian, ¿qué te parece? – Cullen rio a mi lado.

- Una locura, Elentari.

- Sabía que dirías eso. – le dije llevando mi cabeza hacia atrás. - ¿Nunca haces nada arriesgado?

- Muchas veces lo he hecho, en mi juventud. Ahora lo pienso.

- ¿En tu juventud? – reí. – Claaaaro, porque ahora tienes 50, ¿no?

- Tengo 33 años. Pero sabes a qué me refiero.

- Lo sé.

- ¿Cuántos años tienes tú?

- Mmm… a ver. En el calendario humano serían… - lo pensé un tiempo. – 26 años. Uf, ya estoy grande también. – dije. – Igual ¿sabes una cosa? – él me miró – No te creo en absoluto que hayas hecho cosas arriesgadas en tu juventud. – Cullen rio.

- He hecho cosas arriesgadas, lo juro. Pero no en todos los ámbitos de la vida.

- Claro, en el campo de batalla imagino que sí, incluso lo haces hasta el día de hoy.

- Así es.

- Pero en los otros ámbitos, querido Comandante, permíteme que te contradiga. – él sonrió.

- Creo que no puedo luchar contra tu argumento.

- Haces bien. A veces es mejor pensar las cosas antes que simplemente sentirlas. – le dije con la mirada fija en su escritorio. – Evitas muchas desilusiones. – los dos guardamos silencio, mientras el recuerdo de Solas volvía para atormentarme. Sacudí mi cabeza y saqué aquella idea. – Pero bueno. Te he venido a proponer lo siguiente. – él me miró. – Recuerdas que hace muuucho tiempo, dos años atrás para ser exactos…

- Ay, ¿con qué me saldrás ahora, Elentari? – dijo sonriendo, yo le devolví la sonrisa.

- Hace dos años, un día que me encontraste muy triste porque un elfo malvado había terminado conmigo ¿recuerdas que me prometiste que la próxima vez que quisiera ir a mi Clan me acompañarías? – Cullen rio.

- Es cierto, lo hice. Pero no me has hablado de tu Clan. – dijo.

- Porque no me has dado tiempo, querido Cullen. – le dije. – Mi idea es la siguiente: - Cullen cruzó sus dedos entre sus manos y apoyó su mentón cerca éstas, escuchándome con una sonrisa. – Varric me ha dicho hace unos días que tenía que ir a Las Marcas Libres a encargarse de unos asuntos. Podríamos partir con él también, dejarlo allí, visitar mi Clan en el paso, y luego seguir hacia Tevinter. Mientras dejamos que Dorian se acomode, Varric resuelve sus asuntos y a la vuelta lo buscamos ¿Qué dices? – él se recostó sobre su sillón cómodamente, liberando sus manos.

- Digo que sigue siendo una locura.

- Eres pésimo cumpliendo promesas, ¿sabes? – lo molesté.

- Eres injusta en el momento que quieres que las cumpla. – contraatacó. – No sería tan descabellado tu plan si no tuviéramos el problema mencionado por Joseph; ir a Tevinter llevará tiempo; tiempo que probablemente no tenemos.

- “Probablemente” querido Comandante. – le dije. – Vamos, Cullen. – supliqué - Has una vez en tu vida algo que no sea totalmente planificado. Te lo pido como favor personal. – insistí. – Estaré en Tevinter, por los Creadores ¡¡Y soy elfa!! Necesito mi guardaespaldas. – bromeé.

- Claro, porque tú sola no podrías contra ellos.

- Recuerda la magia de sangre, querido amigo. – insistí. – Tú eres Templario además de guardaespaldas. Debes acompañarme.

- Hagamos lo siguiente… - propuso. – Hablémoslo con Leliana y Josephine y veamos qué deciden ellas. Si están de acuerdo, me tendrás a tu lado.

- Cobarde. – le dije y di un pequeño salto hacia el piso. Él me sonrió. – Hablaré con ellas, y verás cómo logro persuadirlas…

- Bien. Así lo haremos, entonces. Sabes que las mujeres mandan en la Inquisición. – dijo sonriendo.

- Eso es cierto, querido Comandante. – le dije mientras me acerqué a la puerta, me despedí y salí para buscar a Leliana.

 

 

Leliana era la nueva Divina Victoria. Yo, personalmente, la había recomendado, y no me arrepentía. Sabía que mi amiga tenía una tendencia bastante despiadada de liberarse de sus opositores, por lo que habíamos discutido más de una vez, pero yo necesitaba que las cosas cambiaran, y ella representaba el cambio. Estaba harta del trato hacia los magos y los elfos, y Leliana (al igual de Briala que me encargué de dejarla en el Trono) era una aliada formidable, además de una amiga leal.

- Hola, Leliana. – dije ingresando a la torre de Magos, donde solía estar cuando quería tener tranquilidad. Los magos nos caracterizamos por ser estudiosos, por lo que, en general, somos silenciosos a la hora de leer o estudiar algo.

- Elentari, qué gusto. – me dijo.

- ¿Cómo andan las cosas como Divina?

- Ya sabes, siempre hay algo que mejorar o modificar, pero tengo experiencia en el trato con las personas. Eventualmente… se termina haciendo lo que digo.

- ¡Qué miedo! – jugué. - ¿Cómo te llevas con nuestro querido Gaspard? – quise saber.

- Hasta hace un tiempo hacía caso a Briala, pero hemos comenzado a imponer cambios drásticos y ahora comienza a enfrentarnos… - me contó Leliana mirando hacia la pared, como si la actitud de Gaspard le comenzara a molestar.

- ¿Qué sucedió?

- Briala y yo queremos cambios. Cambios para todas las razas. Hemos permitido que los elfos de la elfería comiencen a asistir a la Universidad, becados por la Capilla.

- Vaya ¡Eso sí que es un cambio! – dije con sorpresa. – Imagino la rabia que debe causar en Gaspard que es la cara visible en el Trono.

- Comienza a ser un incordio, pero es un hombre endemoniadamente inteligente. Si desea conservar el Trono sabe que debe lidiar con Briala y conmigo. – la voz de Leliana sonó sombría.

- Por favor, nada de asesinatos, Lel… - le dije. – Pero te agradezco por incluir a mi pueblo en la cultura.

- Creo que va siendo tiempo de aceptar que le debemos a tu pueblo más de lo que queremos admitir. Solamente en la última década dos elfas nos han salvado. Dejemos ya de subestimarlos. Además, hemos becado solo a cinco elfos, tampoco es un número escandaloso. – me miró y suavizó su voz. – Además, los estudiantes elfos son sorprendentemente inteligente, aprenden muy rápido y son los más dedicados. Aunque tenemos que cuidar de ellos, pues los humanos muchas veces quieren sacarlos del medio. – miré con sorpresa. – Sí, así como piensas. Quieren matarlos sólo porque los becamos. – me explicó. Me molestó mucho. – Y por otro lado tengo a Madame le Fer montando frente contra Fiona por la libertad de los magos… - Vivienne siempre había dejado en claro que estaba totalmente a favor de los Círculos de Magos y del control sobre éstos. No es que no tuviera sus argumentos sólidos, pero había llegado la época del cambio. Yo me había encargado que las piezas encajaran en su sitio para orquestar los cambios necesarios en Orlais y Ferelden. Ya iba siendo tiempo de modificar la historia… Mi pueblo merecía mucho más de lo que se le otorgaba.

- Pero no te quiero aburrir con política. – dijo Leliana cordialmente. – Cuéntame algo de la Inquisición.

- Sabes que no me molesta oír de política… - le aclaré. – Pero ya que quieres que hablemos de la Inquisición, te diré algo: quiero saber tu opinión respecto a un tema. – le conté todo lo que le había dicho a Cullen y nuestra charla.

- Opino que tener aliados en Tevinter nos vendría bien, eres una dulzura jugando el juego, me he tomado el tiempo de enseñarte, y en parte también lo haces de forma natural. Así que podrían ir, sí, no veo por qué no. Dorian en un cargo importante también nos conviene. Y podrían aprovechar mi estadía en la Inquisición, mientras tanto, para que no se desmorone. – yo sonreí de alegría y la abracé. – Además, - agregó con un tono en su voz un poco suave, como si le molestara lo que me diría – me han llegado unos rumores disparatados de Tevinter, que me vendría bien que los investigues.

- ¿Qué rumores? – ella me sonrió.

- No te los diré. Si son ciertos, tú misma los escucharás. Si no lo son, prefiero no expandirlos…

- Gracias, amiga. No sabes las ganas que tengo que ir con Dorian – le confesé – no creo ser capaz de separarme de mi mago favorito. – Leliana rio.

- Eso mismo, y además creo que a nuestro Comandante le vendría bien acompañarlos.

- ¿Bromeas? – dije - ¿Dejarás que Cullen parta? ¿Qué pasará con nuestras fuerzas?

- ¿Bromeas tú? – dijo Leliana riendo - ¿Crees que alguien se atrevería a atacar la Inquisición? Aún sin Cullen, sería una locura hacerlo. – era cierto. – La ausencia de Cullen, hoy en día, no supone peligros. Es más peligroso que estés en la Nación de la Magia de Sangre sin tu Templario.

- Tienes razón. – dije.

- Y ustedes dos son muy amigos, así que no creo que se oponga.

- Bien, ¿crees que podrías convencer a Joseph, entonces? – sonreí. Leliana rio a mi lado.

- Eso ya es más complicado, como bien sabes. Pero no hay nadie a quién no pueda convencer. – me guiñó un ojo. Las dos reímos y luego continuamos charlando, poniéndonos al día.

 

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A la mañana siguiente nos reunimos en la mesa del Gran Salón, todo el equipo junto. Habíamos decidido, hacía más de una semana, que almorzaríamos todos juntos, así que este almuerzo estaba pactado hacía un tiempo. Dorian me había dicho que durante el almuerzo hablaría de su partida, y que podríamos acompañarlo los que tuviéramos permiso. La noche anterior ya había hablado con Toro, y él propuso acompañarlo.

Nuestros empleados (pues todos los que estaban en la Inquisición cobraban sueldo, nadie era sirviente, así como tenían sus cuartos para descansar y sus propias comodidades. Esto por supuesto que había despertado descontento en la nobleza de Ferelden) nos trajeron las carnes y verduras asadas y las pusieron sobre la mesa, sonriéndonos. – Oh, vaya, vaya. Esto tiene pinta. – dijo Toro.

- Oh, sí. – dijo Varric a su lado. – Muero por comenzar a comer.

Otro grupo de empleados trajo vinos de Antiva, otros de Orlais, y algunos élficos, que a mi gusto eran los mejores, y los dejaron sobre la mesa. Sera fue la primera en poner sus manos sobre el vino antivano. – Vamos a ver quién resiste más, Thom. – desafió a nuestro guerrero Thom Rainier, antiguamente Blackwall.

- Oh, por supuesto que acepto el desafío. – dijo pasando su copa.

- Sera. Debes comportarte. – la retó Cassandra. – Nuestros empleados no tienen por qué estar limpiando tu vómito luego.

- Oh, vamos Cassandra. – dijo Thom. – Deja que se divierta.

- Entonces quizás tú deberías limpiar su vómito luego. – lo contradijo. Thom rio. Ninguno de los dos les hizo caso.

- Sabes que, en el grupo, Sera es la que tiene problemas con el alcohol. – bromeó Varric. Todos reímos.

Almorzamos entre risas y bromas hasta que llegó la hora del postre. Nos trajeron pastelillos, tartas de manzanas, chocolate. Todos estábamos a punto de explotar, pero no podíamos negarnos a los pastelillos y las tartas, así que hicimos el esfuerzo y comimos también.

Finalmente, cuando acabamos, Dorian pidió al mesero que nos sirviera a todos un poco del vino más exquisito. – Quisiera hablar de algo con ustedes. – dijo poniéndose en pie y levantando la copa, y volvió a hablar cuando todos tuvimos nuestras copas llenas. – Y al finalizar, estén de acuerdo o no, quiero que beban de la copa. – miró a Sera que se reía libremente, pues había tomado demasiado. – Incluso Sera. – ella levantó su copa y la tomó. – No, luego de que termine de hablar… Baaah… - se quejó… - No importa. – hizo un ademán con la mano de que no interesaba.

- Qué vulgar, querida. – dijo Viv mirando a Sera. – Tu vulgaridad hiere mis ojos.

- Pfff… Tú, madame le fu, le fa… pfff. – respondió Sera y volvió a reír.

- Como ibas diciendo, dulzura, continúa... – le dijo a Dorian.

- Gracias. – hizo un gesto con la copa en mano. – Como iba diciendo, me complace anunciar… Bueno, he hecho una elección de palabras inadecuadas. Olviden lo que dije. – todos reímos. – Me veo en la obligación de anunciar que mi padre está sufriendo una enfermedad muy grave. – silencio en la mesa, todos pensaron que sería una broma o algo divertido lo que diría, nadie se esperó una enfermedad. – Por lo que han requerido mi presencia en Tevinter y he de partir. – todos pusieron caras tristes. – Toro irá conmigo, claro está, ya que no logro que me deje un segundo. – bromeó.

- Eres tú el que no puede apartarse. – le contestó Toro. Todos reímos.

- Así que quería agradecer a esta familia que encontré en la Inquisición. Agradezco que me hayan tratado como a un hermano, sin reproches, que siempre hayan estado. No sólo encontré a Toro aquí, que no sé si no me arrepiento de ello… - dijo Dorian cerrando sus ojos y riendo, todos reímos con él. – Sino también a mi gran amiga, Elentari. La elfa más difícil de hacer feliz. – todos rieron, yo me ruboricé un poco. – Será un gran pesar abandonarlos, pues dos años después me resulta imposible una vida sin sus presencias y bromas. – “oohhh…” dijeron muchos en broma. – Y sé que sus vidas serán marchitas sin mi galantería y belleza. – reímos de nuevo. – Pero todo lo bueno tiene fin, y lo mejor que les pasó se ira a Tevinter. – reímos más fuerte. – Así que levanten las copas. – miró a Sera, estaba ebria, luego a Thom – sírvele de nuevo – le susurró, Thom volvió a servir. – Y brindemos por mí y por ustedes.

- ¡Por Dorian y la Inquisición! – dijimos poniéndonos en pie, chocando nuestras copas y tomando de un trago, para la buena suerte.

Yo tomé una cuchara pequeña y golpeé mi copa, luego de que bebimos. – Quiero anunciar algo también. – dije sonriendo. – Le cederá la palabra a nuestra Embajadora… - miré con Cullen con una sonrisa, él me sonrió con asombro, creo que no podía creer que había convencido a Joseph, aunque no había sido yo, sino Leliana.

- Bueno… tenemos otra noticia que anunciar. – dijo Joseph. – Pueden tomar asiento, por supuesto. – todos nos sentamos, menos ella. – Nuestra querida Inquisidora ha pedido permiso para acompañar a su amigo a Tevinter. – yo asentí. – No lo considero lo más prudente, pero mi amiga aquí presente, Divina Victoria…

- Por favor, Joseph. – jugó el papel de modesta, Leliana.

- …Ha sabido persuadirme y convencerme de que es posible que nuestra Inquisidora emprenda dicho viaje y gane favores para nuestra Organización, nuestra Inquisición. Y siempre que se trate de contactos, yo no puedo negarme. – Cullen me miró sonriendo y me negó con un movimiento de cabeza, en respuesta yo asentí, por el contrario. – Lo hará con un máximo de tiempo de tres meses, luego de los cuales tendrá que volver a la Inquisición, pues podríamos necesitar su presencia. – yo aplaudí de felicidad. Me puse de pie y corrí a los brazos de Dorian, quien me sostuvo.

- Oye, Jefa… No dejas de interferir en mi pareja. – jugó Toro. Le pasé la mano y él se puso de pie, no me la tomó, pero se acercó a nosotros.

- Si tú sabes que los tres somos pareja. – dije abrazando a Toro también.

- Vaya… yo quieerro verrrlos en accchion. – dijo Sera, casi sin poder hablar. Todos rieron.

- Bien, así que la propuesta es que quienes quieran partir lo digan ahora, y nos pongamos en marcha para organizar la ida. – dijo Joseph. Varric su puso en pie.

- Yo quisiera ir hasta Las Marcas Libres y quedar en Kirkwall, tengo unos asuntos que atender.

- Por supuesto. – dijo Josephine. Leliana se puso en pie.

- Con el permiso de nuestro Comandante. – dijo. – Yo propongo que partas, Cullen también, pues no es prudente que nuestros magos estén sin su Templario. Si no tienes objeción, Joseph y yo lo hemos debatido y nos parece los más sensato. Y hemos oído por ahí que “las mujeres mandamos en la Inquisición”, así que te damos permiso. – le guiño un ojo. Cullen sonrió.

- No lo sé. – dudó. – No me siento cómodo dejando mi puesto…

- Oh, vamos, Cullen. – dijo Dorian. – Sabes que me gusta tener buena vista en mis viajes. – todos rieron. Toro lo miró simulando celos, ¿o lo estaba? Y todos volvimos a reír.

- Cullen, tienes una promesa que cumplir. – le dije. Él me sonrió.

- Es una orden de la Divina Victoria… - dijo Leliana sonriendo.

- De acuerdo. Dejaré todo listo para mañana. – todos reímos ¿Qué quería preparar? ¿Existía algo en Feudo Celestial que no estuviese listo?

- Yo también te quiero acompañar. – dijo Cassandra. – Si no es molestia.

- Por supuesto que no. -le dije. – Eres bienvenida.

- Yoooo…. Inkyyy…. – gritó Sera desde los brazos de Thom, pues se había caído al suelo.

- Mañana veremos si sigue en pie la oferta de Sera. – dijo Josephine. – Pero tendremos en cuenta su lugar, por las dudas de que hable en serio.

Así, entre risas y abrazos, nos despedimos luego de aquel banquete para dejar que la digestión hiciera su trabajo, mientras cada uno volvía a sus actividades.

 

   

 

   

 

Durante aquel día, ya por la tarde, Joseph se encargó de comunicarse con Anora, para pedir nuevamente un favor de la Inquisición, explicar que había unos asuntos que atender en Las Marcas Libres (no mencionó Tevinter) y su ayuda en el traslado en barco. No estoy segura de qué charlaron y si fue costoso o no conseguir la ayuda de la Reina, pero lo cierto fue que la consiguió. Hoy día, inspirábamos respeto, poder y todos nos debían favores, más de uno. Así que no era tan difícil como fue allá, en mis comienzos.

Mi Custodia Deshanna Istimaethoriel Lavellan formaba parte desde hacía dos años, del Consejo de la Ciudad de Wycome, junto con mercaderes humanos elegidos y un elfo de la Ciudad, asumo que el hahren de los elfos de las elferías. Gobernaban con justicia y equidad, tanto a humanos y elfos, y yo no tenía dudas de ello. Estaba impaciente por volver a verla, y escuchar qué tendría que decir de mi marca, o más bien su ausencia.

Quienes habíamos dicho que partiríamos, nos dispusimos a ordenar nuestras mochilas de viaje y prepararlas para lo que sería una experiencia única. Lo único que me preocupaba era que mi Áncora en estos últimos meses, había comenzado a liberar mucho poder, más del que yo solicitaba, no se lo había dicho a nadie, pero estaba claro que me estaba costando controlarlo como lo hacía antes. Al principio había pensado que se trataba de mi propia desconcentración, pero no me sucedía con ninguno de mis hechizos, luego comprendí que solo sucedía al usarlo, así que la rebeldía del Áncora tenía otra causa. Ese, sería tema para otros viajes.

Por la noche Joseph nos mandó a llamar a quiénes viajaríamos y nos dijo que esta vez la embarcación en la que partiríamos sería en una Embarcación Real, pues al parecer trasladábamos al Vizconde de Kirkwall, Varric (quien negó haber aceptado el puesto) y un noble más de Denerim. Por lo que viajaríamos en primera clase. Las comodidades habían cambiado desde que habíamos salvado al mundo.  

 

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El viaje hacia Denerim fue tedioso, lo hicimos a caballo, cosa que molestó a Varric, las monturas no eran amigas de los enanos. Además, estábamos atravesando el invierno en Ferelden, lo que significaba frío hasta los huesos. Fuimos lentamente, pero una vez en Denerim, nos trasladaron en carruajes hasta las costas del mar de Amaranthine, en el puerto, donde subiríamos a la embarcación. Y así se hizo.

Una vez en la embarcación pude notar la diferencia. Este barco era enorme, lujoso, tenía dos pisos, madera resistente y con retoques de magia que lo hacían totalmente caro y seguro.

Luego de varios días en el mar llegamos finalmente a Las Marcas Libres. Éstas antiguamente formaron parte del Imperio de Tevinter, cuando su grandeza abarcaba casi todo el mapa mundial. Se podía ver los rastros de la arquitectura tevinteriana en sus edificios, así como en su costumbre de comerciar con la vida de los oprimidos. Sí, eran ciudades que vendían esclavos. Aunque prohibido luego de incorporar el culto Andrastiano, de manera ilegal era un comercio activo. Kirkwall se llevaba la peor parte de la historia respecto a este tema. Era conocida por el nombre de “La Ciudad de las Cadenas” y cuando uno se acercaba al puerto podía ver por qué, pues su fachada estaba afectada por grandes cadenas que recordaban la trágica historia de la ciudad, así como las múltiples imágenes de los dioses antiguos que aún hoy, se podían ver en la ciudad, a pesar de las que la Capilla ya había retirado.

El plan del recorrido era visitar Kirkwall, dejar a nuestro enano, luego seguir sobre Tevinter, atender los asuntos de mi mago y finalmente, dirigirnos a Wycome, donde visitaría a mi Clan, volveríamos a Kirkwall por Varric y allí nos esperaría una embarcación para traernos de vuelta hacia Ferelden para asistir al Concilio que Josephine había profetizado que se celebraría (yo le creía, no tenía dudas).

Kirkwall como ciudad, a pesar de su desorden social y las inseguridades y disparidades raciales y de clases sociales, era rica en comercio, pues su cercanía con las costas del Mar del Despertar lo facilitaba. Sin embargo, era conocidos por todos, que el mercado negro de esclavos era una de sus principales fuentes de dinero sucio, que mojaba los bolsillos de los nobles y políticos del lugar, logrando que el dinero lloviera.

La autoridad máxima de la ciudad era el vizconde, cargo que hoy en día seguía vacante desde la muerte de Dumar, anterior vizconde. Varric me había comentado que aparentemente habían propuesto su nombre para el cargo, una hazaña dada su raza, aunque lo que lo había puesto en la mira era su capacidad para negociar y tenían esperanzas de que sacara adelante la ciudad. Para la Inquisición era estratégico, por nuestra firme amistad. Lo mismo sucedía con la Capilla y probamente con Tevinter. Día a día nuestra organización contaba con más alianzas fuertes.

 

Llegamos a Kirkwall e ingresamos a través de sus grandes puertas y las decoraciones grotescas. Noté que Cullen miraba todo a su alrededor como recordando su estadía en este sitio. Avanzó sobre nuestros pasos y recorrió sitios que seguramente tendrían importancia para él, acompañado por Cassandra, que también contaba con sus propios recuerdos.

El lugar estaba atestado por Templarios, a pesar del problema que hubo con Meredith. Kirkwall había sido ocupada por Orlais, cuando Tevinter perdió su dominio, pero lo cierto era que, a través de la Capilla, siempre tenía dominio orlesiano, y el cargo de vizconde, si bien importante, a veces quedaba rezagado a un cargo honorario o ficticio. Si Varric era nombrado el nuevo vizconde del lugar, la Inquisición se encargaría de favorecer su individualidad, aunque estábamos en buenos términos con Gaspard que, en estos últimos años, había aprendido a lidiar con Briala (o viceversa), y estaban llevando adelante el Trono. A pesar de las últimas novedades que Leliana me había comentado. De celebrarse un Concilio que me llevara de vuelta a Halamshiral, iría a hablar personalmente con él para mojar sus oídos y tener su alianza fortalecida. A pesar de todo, aún lo necesitaba jugando mis juegos.

 

Cuando ingresamos caminamos por aquellos sitios y finalmente nos dirigimos a Alta Ciudad, donde buscamos la mansión donde vivía Varric. En el camino nos contó unas historias increíbles acerca del Lirio Rojo y una maldición en aquella mansión que, por su modo de ser narrada, me pareció fabulosa. Creo que exageró un poco en cuanto a sus hazañas para derrotar el mal, pero eso hizo que el relato aún fuera mejor.

Como no esperábamos ningún contratiempo, no teníamos enemigos públicos y en verdad por el momento pocos sabían que miembros de la Inquisición habíamos partido, decidimos salir sin nuestras armaduras a recorrer la ciudad. Varric insistió en ir a Baja Ciudad, su lugar favorito, y visitar El Ahorcado. Accedimos, a Cullen la idea no pareció agradarle, pues “era un sitio de rufianes y negocios sucios”, pero por mayoría, accedimos a conocer.

Una vez en El Ahorcado nos sentamos en una gran mesa. Saludaron a Varric con entusiasmo; al parecer en sus tiempos anteriores, era cliente habitual del lugar. Luego hicieron reverencia a Cassandra y Cullen, claramente recordando sus cargos de autoridad. Nos invitaron la primera ronda de bebidas. No me reconocieron, lo cual agradecí. Los rumores de la Inquisidora eran los de una elfa dalishana custodiada por Andraste. Siempre que veían mi rostro sin vallaslin, rápidamente descartaban que se tratara de mí. Habían pasado dos años desde aquel evento, pero los rumores y habladurías eran difíciles de erradicar, por lo que “elfa dalishana” seguía vigente.

En la mesa nos sirvieron bebidas y Varric pidió que le trajeran “lo habitual”. Me pregunté qué sería habitual. Luego, como de costumbre, nuestro enano amigo sacó un mazo de cartas y nos vimos en la obligación de una partida de Gracia Perversa, mientras nos distendíamos del viaje. Finalmente, nos acercaron un banquete de carnes asadas, panecillos, aderezos, batatas asadas, panceta y aceites especiados.

La estadía concurrió entre risas y chistes, aventuras y cariño. Lo cierto era que aquella mesa era una de amigos, y se podía ver desde la distancia la complicidad que teníamos todos, la naturalidad de la cercanía de nuestros cuerpos y el afecto que nos profesábamos. Creo que nos habíamos acostumbrado tanto a nosotros mismos, que cuando fue tiempo de volver a nuestras antiguas vidas, lo habíamos pospuesto, pues no queríamos separarnos. La excusa de que aún había grietas que cerrar nos mantuvo unidos, pero aquella excusa estaba quedando obsoleta, ya que no habíamos visto más grietas en mucho tiempo. De pronto, cada miembro de la Inquisición tendría que retomar con su vida anterior. El mundo estaba a salvo, y nosotros ya no éramos indiscutiblemente “necesarios”.

La idea entristeció mi corazón. Yo no tenía donde ir, si no era aquí, con ellos. No tenía Clan al que pertenecer, no tenía obligaciones de Primera, no tenía otro sitio. Lo cierto era que quizás mi lugar yacía con la Inquisición, al ser su líder, pero no estaba segura de lo que supondría para nosotros el Concilio mencionado por Josephine. Sin embargo, pensar en mis responsabilidades sin la compañía de mis amigos, era tedioso. De pronto me di cuenta de que en la vida las cosas buenas vienen, pero no permanecen. Cuando están uno debe disfrutarlas, pues nada es eterno, y más en la vida adulta. No supe cuál sería mi futuro: conocía mis cualidades, era excelente luchando, buena en el juego, sabía mentir y engañar, Leliana me había enseñado mucho, otra parte surgía natural, y cuando tenía un objetivo lo seguía hasta alcanzarlo, esto último había sido influencia de Solas, que me instó a ello desde el primer momento en que mantuvimos una charla. Enfocarse, reconocer el objetivo, y alcanzarlo: siempre.

Enfocada en mis pensamientos oí a mis espaldas que en la mesa decían “¡pero eso es una locura!” y alguien daba un puñetazo sobre la mesa con fuerza. Me giré con discreción, fingiendo acomodar mi cabello, al que solté con celeridad para simular que tendría que recogerlo. Vi a dos hombres: uno llevaba ropas ostentosas, buena calidad de telas y estaba bebiendo uno de los vinos más caros del lugar, o eso parecía porque tenía una copa sobre la mesa. No era de aquí, estaba claro. Se mantenía calmado, con los codos apoyados sobre la mesa, oyendo las quejas del hombre que tenía en frente. No había tocado su vino, a pesar del precio de éste. El otro se parecía en exceso a los ciudadanos de Alta Ciudad, sin lugar a duda era un noble de Kirkwall, estaba exaltado, molesto y comenzaba a levantar la voz. “Te digo que hay que matarlos, estos elfos siempre son un problema y ahora noto en ellos esa actitud desafiante de reclamar derechos ¿¡Derechos!? ¿Quién les ha puesto esa idea? ¿Desde cuándo esos roñosos se niegan a fregar pisos o calentar nuestras camas? ¿Y ahora un elfo desquiciado viene a hacer de profeta? ¿Pero quién se ha creído?” volvía golpear la mesa, el otro hombre no se inmutaba. Noté que mis compañeros también captaron la conversación, y simularon continuar con el juego, pero estaban atentos a las palabras. “El elfo que te menciono se llama Hain”, dijo el extranjero “Y dice ser Heraldo de sus mensajes. Por supuesto que hemos intentado matarlo, pero cada vez algo paranormal sucedió, y no hemos podido acabar con su vida.”

“¿Es mago?” preguntó el noble. “No ha manifestado ninguna magia.” contestó el extranjero. “Pero detrás de él siempre hay una mujer, con mantos blancos inmaculados y tiene una capa que tapa su rostro. Nadie la ha visto, solo se cuenta, aunque es un rumor, que sus cabellos son rubios como el oro. A decir verdad, a mí me genera mala espina, le temo más a ella, que a él. El elfo habla con serenidad en su voz, autoridad, y un ritmo en sus palabras que no lo había escuchado en otros de su raza. Parece un ser calmado, no propenso a la violencia. Dicen que el azul de sus ojos, si los miras de frente, tranquiliza los corazones. Algo raro está sucediendo, te lo digo”.

“No puedo creer que todas esas bobadas ya se estén contando ¿Cabellos rubios como el sol? ¿Blanca e inmaculada? ¿Ojos azules que tranquilizan corazones? ¿¡Me lo estás diciendo de verdad!?” volvió a golpear la mesa con furia el noble y siguió: “¿Y qué dice el Arcorte Imperial de esto?” quiso saber. Estos rumores venían nada más y nada menos que de Tevinter. De pronto recordé las palabras de Leliana, ¿se habría referido a estos rumores?

“Aún no ha tomado cartas en el asunto, no le da más peso que el de los rumores ¡Oye! ¿Quieres bajar la voz?” dijo el extranjero y se puso de pie “Creo que tenemos curiosos”, dejó dinero sobre la mesa. Mientras el noble se ponía de pie, me miraba con desprecio “Elfos roñosos” decía para que oyera, y el extranjero lo retiraba de allí mientras el noble revoleaba sus brazos con ademanes agitados.

 

En la mesa nos quedamos en silencio durante un momento recordando lo que habíamos oído, el primero en hablar fue Dorian. – Lo que estaban diciendo los caballeros del elfo, es en mi Nación.

- Así es. – dijo Varric y me miró. Todos guardamos silencio, y creo que todos lo pensábamos, ¿se referirían a Solas? El “ritmo en sus palabras que nunca habían oído” era algo que él generaba al oírlo hablar, era cierto que tenía cierta cadencia hermosa en su voz. “Ojos azules que tranquilizaban corazones; de personalidad calma, no propenso a la violencia”, era la imagen que él había dado en un principio, aunque con el tiempo aprendimos que no era tan calmo y que cuando era necesario podía ser violento, y conocimos la frialdad de su mirada.

- Dijo que el elfo en cuestión se hace llamar Hain. – dije, como contestando a todos los que posaron sus miradas sobre mí, que no se trataba de Solas, pero no estaba segura. De pronto mi corazón deseó con fuerzas estar allí y conocer a ese elfo a como diera lugar. – También habló de una mujer de cabellos rubios.

- Es cierto. – dijo Dorian. – Varric, creo que nuestra estadía aquí se resumirá a: hoy. Me gustaría partir mañana por la mañana hacia Teviner.

- Estoy de acuerdo. – dije. Y así el clima festivo de repente terminó y el grupo quiso moverse con celeridad hacia la Nación de Dorian...

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Por la mañana nos dispusimos a partir. Nos despedimos de Varric con varios abrazos, dejarlo me entristecía el corazón, él era quien hacía que nuestros viajes fueran amenos, divertidos, alegres… de pronto pensar en días y días de viaje sin sus chistes o noches sin las tabernas a las que nos instaba a ir, entristeció mi corazón. Me di cuenta de que, si Varric se convertía en vizconde de Kirkwall, volvería a su ciudad, y yo sentiría que una parte de mi alma quedaba con él.

Recuerdo que lo abracé más de tres veces, hasta que me dijo que dejara de hacerlo tan difícil - Y pensar que volverán por mí ¡Hacedor! No quiero imaginar cómo te pondrás si nos separamos un día. - fueron sus exactas palabras.

Así, partió el grupo montado a caballos, yo en un alce, hacia Tevinter. Llevábamos un drúfalo manso como carruaje, sobre el que habíamos dispuesto nuestro equipaje, Cullen y Cassandra lo custodiaban desde la retaguardia, junto con Sera. Dorian, Toro y yo íbamos al frente.

De nuevo, no llevábamos armaduras, no queríamos llamar la atención, queríamos pasar por viajeros, comerciantes, o un grupo de amigos que se había dispuesto a dar un paseo. No queríamos ser reconocidos como miembros de la Inquisición. Sera llevaba su arco sobre su espalda con carcaj lleno, pero tenía el arco más sencillo que pudimos comprar en Baja Ciudad (la idea era simular que era una cazadora), los magos teníamos el poder sobre nuestras manos, Cullen y Cassandra, llevaban escudo y espada, pero escondidos debajo de unas mantas, cerca de sus manos, y Toro llevaba su cuerpo como arma de ataque, pues su espada era muy grande para esconderla.

Como no estábamos en guerra contra nadie, no había peligros conocidos, decidimos viajar sobre la carretera; en el peor de los casos algún delincuente intentaría asaltarnos y sería lo último que haría. Así que creímos que ganaríamos tiempo y decidimos hacerlo.

Así se sucedieron cuatro días de tranquilidad en nuestro camino. El paisaje era hermoso y una brisa fría chocaba nuestros rostros, pero el frío no se parecía en nada al de Ferelden. Contemplábamos montañas a lo lejos, altas, imponentes; alrededor de la carretera había llanuras bastas, con campos sembrados y a lo lejos, algunas veces se podía divisar la hacienda de algún granjero. A partir del cuarto día, las grandes extensiones de plantaciones comenzaban a aislarse, ya no encontrábamos una cerca de la otra, sino que debíamos recorrer durante horas para volver a toparnos con algún granjero.

Caída la tarde vimos a lo lejos un poco de humo al frente, sobre la misma carretera que estábamos siguiendo. Aceleramos el paso lo más que pudimos, pero nuestro drúfalo era lento. Así que el ritmo dependía de él. Tardamos al menos dos horas y media en llegar al sitio de donde provenía el humo, pero al hacerlo, ya no había llamas, y por supuesto que tampoco rastros de humo.

Nos encontramos con un carruaje de gran tamaño, prendido fuego, tirado a un costado de la carretera, aparentemente con intención de esconderlo, pero no habían logrado el objetivo. Bajé del alce y Cullen hizo lo mismo. El resto del grupo permaneció sobre sus monturas, a la espera de algún diagnóstico de la situación.

El carruaje tenía madera dura y bien pulida, tallada con gusto exquisito, lo poco que se pudo ver. Yo me acerqué a éste y toqué la madera, cerré mis ojos y conecté mi aura con la vida del árbol que habían cortado para su uso: - Es muy resistente. – le dije a Cullen. – Es madera de Palo de Hierro. Es muy difícil de trabajar, dura, resistente. Para poder trabajarla hace falta objetos mágicos, ya que el filo de cualquier elemento mundano, requeriría muchísimo tiempo para modificar el tronco. – lo miré. – Es una tristeza que hayan talado un árbol de Hierro. Son árboles ancestrales, majestuosos, y no quedan muchos en Thedas. Los que he visto siempre se encuentran en lo profundo de bosques antiguos, y algunas veces los he reconocido como Árbol del pueblo en elferías.

- Quienes viajaban en este carruaje eran personas adineradas, entonces. – concluyó Cullen a mi lado.

- Adineradas y con buenos contactos. Es difícil que un mago se preste a estos trabajos. No suele interesarnos la artesanía de carruajes. – le contesté y me puse de pie a su lado, limpiando mis manos sobre mi chaqueta, que era oscura, como las cenizas que quedaron sobre mis palmas.

- ¿Se tratará de elfos? – preguntó a mi lado, lo miré. No lo había pensado. Nos acercamos de nuevo al carruaje y miramos los detalles del tallado de sus adornos. Eran bellísimos, y representaban elementos naturales, hojas, tallos, flores… ¿Qué estaba sucediendo con mi pueblo? ¿Realmente elfos podrían haber talado un árbol de Hierro?

- Sería una locura… - comencé, pero también dudaba. – No hay elfos con tanta influencia en Thedas, excepto quizás, Briala…

- ¿Y si los magos artesanos fueron elfos? Tu pueblo tiene un gran dominio sobre la magia. – negué con un gesto de cabeza.

- No lo sé, Cullen. Sería una locura. – pensé en Solas una y mil veces ¿Por qué lo sentía tan cerca de mi corazón y me quitaba la respiración? ¿Por qué pensaba en él al ver estas cosas que me recordaban a príncipes o reyes élficos? Recordé aquella vez que me había llevado a Feudo Celestial en el Más Allá, en aquel recuerdo que supuse habría sido de Fen’Harel, recuerdo las ropas reales con las que se vistió, lo bien que le sentaban, el porte con las que las usaba, la seguridad. Recordé el Palacio del Invierno en Halamshiral, recordé el baile y la facilidad con la que se movía… Lo recordé y me confundí. No era una sensación que esperaba volver a sentir. Quería olvidarlo, pero estaba clavado en mi corazón.

Sentí a mi lado que Cullen acariciaba mi espalda. – Oye, lo siento. – me dijo. – No quise molestar. – lo miré con sorpresa, no entendí por qué me dijo aquello. Llevé mis manos sobre mis ojos para comprobar si no estaba llorando, pero estaba secos. – Estás pálida como el papel. – me explicó al ver mi reacción.

- Oh… - le dije. – Tengo una sensación extraña, es todo. – miré hacia adelante. – Mira. – le dije y señalé al frente. – Huellas ¡Sera! – la llamé. Ella bajó del caballo y vino a mi lado. Miró las huellas. Sera era excelente siguiendo rastros. No sabía explicar cómo tenía todas las habilidades que tenía, pero era excelente cazando, con el arco y la flecha, y siguiendo rastros. Cuando le pregunté sobre ellas me dijo que siempre las tuvo y ya, no sabía cómo pero no le gustaba que la interrogue, le “hacía doler la cabeza como Solas”.

En estos últimos dos años Sera había cambiado un poco, era más centrada, seguía mis órdenes con entusiasmo, le gustaba cuidar de mí y notaba que comenzaba a prestar atención a su propia existencia. Supongo que mucho tenía que ver el hecho de que yo había hablado en varias oportunidades con ella y había compartido mis dolores con respecto a mi relación con Solas. Le había explicado lo que significaba para mí ser una elfa de Clan, y lo que implicaba no llevar más vallaslin. Todas las charlas, siempre creí que terminaron haciendo que ella fuera capaz de ponerse en mis zapatos y tolerar un poco más a los dalishanos.

Sera se acercó a las huellas y las miró. Las fue siguiendo delicadamente. Sus pies se volvieron ligeros como las plumas de las aves, y al pisar sobre la tierra del camino, casi no dejaba rastros de sus propios pasos. La liviandad en nuestro caminar, era una característica de los elfos, que podíamos usarla cuando nos lo proponíamos. Tenía que ver con nuestra conexión con la naturaleza de este mundo. Ella observó el entorno durante el tiempo que consideró necesario, luego se acercó al carruaje, hizo lo mismo y finalmente volvió hacia nosotros.

- Oye, Inky. Esto tuvo que ser a propósito. – me explicó. – En el camino he reconocido al menos cinco huellas distintas, todas de mujeres, y al menos cuatro de ellas, elfas. Quizás una humana, por el modo de pisar que tienen. Luego – caminó hasta el carruaje – fíjate aquí – dijo señalando el suelo, Cullen y yo miramos – han arrastrado un cuerpo, quizás un cadáver por el peso que imprimió estas huellas. – nos explicó. – Que nos llevan hasta esta roca. – los tres caminamos hasta allí y encontramos un cadáver calcinado.

- Un demonio. – dijo Cullen. Era cierto, el modo en que había sido quemado ese cadáver era demoníaco.

- Al menos, una de esas mujeres es maga. – dije. Sera asintió.

- Y el fuego comenzó por la magia, estoy segura. – dijo. – El modo en el que ardió la madera, también es antinatural.

- Todo en la madera del carruaje lo es, Sera. Se trata de…

- Corteza de Palo de Hierro, lo sé. – me dijo. Me sorprendió. Sera era una caja de sorpresas. – Ahora… Lo importante aquí – levantó sus manos haciendo círculos frente a nuestras caras, como burlándose de que Cullen y yo no nos habíamos dado cuenta de lo “importante” – es saber dónde están los caballos que tiraban del carruaje… No me digan que no lo han pensado. – Sera rio. – No están y tampoco hay huellas.

- ¿Qué supones? – Sera levantó sus hombros sin poder darnos respuestas.

- Debería haber huellas. – explicó. – Y ¿de quién era el cadáver? – No lo sabíamos.

- ¿Deberíamos seguir el rastro? – preguntó Cullen. Sera y yo sonreímos.

- Por supuesto. – contestamos y riendo corrimos las dos (a modo de competencia, siempre lo hacíamos con ella) cada una a su montura, saltamos sobre ellas y dimos un trote rápido, a modo de juego. Cullen sonrió detrás de nosotros, y tranquilamente se dirigió a su montura.

La aventura había comenzado.

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En estos últimos dos años había notado un cambio en mi magia, una manera de percibir el mundo más sutil. No lo había hablado con nadie, y no sabía explicar realmente por qué, pero algo en mi interior siempre me dijo que no mencionara nada, y así lo hice. Atravesé este cambio en soledad, y lo estudié con entusiasmo. Notaba que tenía una conexión profunda con la naturaleza que me rodeaba, las bestias y los sentimientos penosos de las personas. Lo cierto era que, después de derrotar a Corifeus y caer en aquel estado de depresión, desarrollé estas habilidades. Por ello fui capaz de conectar mi aura con madera muerta de un árbol ancestral. No era un don mágico habitual, suponía que sólo yo podía hacerlo.

Siempre tenía presente las palabras de mi Custodia “tú eres un ser especial, por eso te cuidamos”, cada vez que yo me quejaba porque no me dejaban aventurarme fuera del Clan. Supuse que esta manifestación de dotes nuevos tenía que ver con ello. Además, recordaba una de las primeras veces que había hablado con Solas, que me había dicho que retenía algo en mi interior, que tenía que aprender a soltar, que mi magia no era completa porque retenía mi poder. Las palabras de estos dos grandes magos que fueron mentores en mi vida, me tranquilizaban frente a estos cambios, y me permití sentir que mis habilidades eran aliadas. Y, además, estaba el hecho de haber bebido del Pozo de las Penas… era otra conexión con secretos ancestrales.

La tranquilidad no era lo que sentía, sin embargo, por el nuevo comportamiento de mi Áncora. Por algún motivo, esta rebeldía sí me asustaba, y al hacerlo, lo ocultaba con creces. Cada vez que lo liberaba debía usar muchísima concentración en contener su poder, por lo que, con el tiempo, disminuí su uso. Lo cierto era que, la magia del Áncora, me era desconocida, ancestral, y podría tener sus efectos adversos. Yo había abusado de su poder así que, en estos tiempos, había concluido que lo más prudente sería usarla lo menos posible.

Con la ausencia de Solas en el grupo, comencé a utilizar mi magia espiritual con libertad. Antes, al ser él mago de apoyo, yo me limitaba a mis ataques eléctricos, pero ahora combinaba ambas cosas. Mi concentración era enorme, mi voluntad inquebrantable y mi magia potente. No solía tener problemas al abusar de la conexión con la magia, y de suceder, el Lirio siempre era un fiel aliado.

Para poder apurar el paso habíamos decidido que Dorian, Sera y yo, seguiríamos las huellas de las mujeres, y los demás nos alcanzarían, pues cuidarían del drúfalo. Hubo quejas el respecto, principalmente de Cullen, que no estaba a gusto con dejarnos partir sin guerreros, pero los magos no hicimos caso. Dorian usó su magia de celeridad, y dio a nuestras monturas velocidad sobrenatural, mientras los agudos ojos de Sera (que se salían de la norma de cualquier persona cotidiana) seguían con certeza los rastros, a pesar de la velocidad que, a cualquier otro cazador, le haría imposible no perderse.

 

Luego de varios minutos de cabalgata, casi una hora, nos encontramos con una elfa sentada debajo de un árbol, o más bien recostada sobre éste, con una herida en su abdomen. Los tres frenamos de golpe el galope y Sera asintió, dándonos a entender que ella había estado en el incendio. Los tres nos detuvimos, pero solo yo descendí. La elfa estaba moribunda.

Me acerqué a ella, vi un corte profundo sobre su abdomen, mientras sostenía con sus propias manos “algo”, y supe de inmediato que sus intestinos habían salido hacia afuera. El color de su piel era pálido, recordaba a la muerte. De sus labios caía sangre, me miró con lentitud, sus ojos cansados de luchar, y no tuvo fuerzas para moverse. Llevaba puesto un vestido bonito, bien confeccionado, ligero, que trasparentaba su cuerpo. Tenía un cuerpo bien trabajado, pechos voluminosos, abdomen plano y marcado, piernas largas, manos delicadas, uñas pintadas con pigmentos, orejas puntiagudas, ojos grises… Su cabello era rubio, con rizos bien definidos, que le daban una belleza exótica única. Miré su piel y noté múltiples golpes antiguos, hematomas, arañazos. Se encontraba recostada sobre el tronco de un árbol rodeada de su propia sangre.

Me acerqué a ella con piedad y toqué su frente. La elfa intentó correr su cabeza, pero no tenía fuerzas. Su piel estaba helada. – No temas. – le dije – No te haré daño – cerré mis ojos y dejé que mi magia curativa actuara sobre ella. Necesité muchísima más magia que la que consideré necesaria, de haber llegado unos minutos más tarde la elfa estaría muerta. Poco a poco noté que ella iba recuperando su fuerza y cuando finalmente pudo huir, no lo hizo, permitió que curara su abdomen y todo su cuerpo.

Transcurridos varios minutos extenuantes, ella estuvo en condiciones de huir, pero no lo hizo. Su vida ya no peligraba. Además, noté que no le tenía miedo a la magia, permitió que la usara sin quejas, sin supersticiones. No era algo común de ver.

- ¿Te encuentras mejor? – pregunté. Ella asintió. Era una niña, tenía aproximadamente la misma edad que yo cuando sucedieron los episodios de la explosión en el Cónclave. Por alguna razón sentí empatía por ella, pues me recordó a mí misma. Le pasé mi mano para que se pusiera en pie, y así lo hizo. Al pararse noté que tenía un cuerpo voluptuoso para su edad, glúteos saltones, sus pechos redondeados por la juventud, y la ropa que llevaba dejaba que se viera todo por transparencia, pero ella parecía no tener vergüenza. En su frente llevaba una piedra fucsia, como si estuviera marcada. Ella notó que lo miré y bajó su mirada.

Dorian descendió del caballo y se acercó a la joven. - ¿Te estabas escapando de tu amo?

- Ella es libre, no tiene amo. – las palabras salieron de mi boca sin poder contenerlas, quizás del mismo modo que Solas no podía contener sus palabras cuando los dalishanos hablábamos de nuestra cultura, y de pronto lo comprendí un poco más. Y me di cuenta de que, dos años después, seguía presente en mi cabeza, aunque quisiera que no estuviera.

Dorian me miró: - Ella es una prostituta. – me explicó mostrando la piedra sobre su frente, así que estaba marcada. – Es una de las más codiciadas y caras. Recuerda que en Tevinter la venta de esclavos es legal, Elen… - me advirtió por el desprecio que yo sentía contra los opresores de libertades. – Es un tema delicado. El único motivo por el que altus y maeses se ponen de acuerdo, olvidando todo conflicto, es ante revueltas de esclavos. Así que, te repito, es un tema muy delicado, y agradecería que no hicieras locuras sin mi consejo.

- Yo soy una “prostituta libre”. – habló la joven por primera vez. Su voz era suave, sensual, y sus palabras sonaron a verdad, pero ¿qué podía saber una niña que no había tenido oportunidad de conocer otra cosa?

- ¿Qué quieres decir? – pregunté.

- Que no me estaba escapando de ningún sitio. Mis compañeras quisieron escapar y en el medio del lío me vi obligada a huir porque mataron a un altus. Si me quedaban me responsabilizarían y acabaría muerta. Durante la huida intenté convencerlas de volver al burdel, pero peleamos y decidieron que lo mejor sería matarme. Supongo que pensaron que las traicionaría. – me miró con sus ojos grises grandes y pestañas tupidas. – Te agradezco tu intervención. Sin tu ayuda probablemente no habría sobrevivido. – miró a Dorian y le sonrió sensualmente. Se acercó con lentitud y apoyó su dedo índice sobre su labio superior, Dorian rio. – Quizás podría servirte a ti hasta que lleguemos a Minrathous y pueda volver a mi puesto de trabajo, ¿qué dices, bonito? – y descendió su dedo sobre el labio inferior de Dorian, luego su mentón, acarició su cuello y recorrió su clavícula derecha hasta descender por su hombro y tocar los músculos de su brazo derecho. Acercó con descaro y sensualidad sus pechos al de Dorian y dejó su pelvis muy cerca de él, acercando sus labios a la boca del mago y respirando para que sintiera su calor sobre la piel.

- Oh, yo opino que Cullen tendrá problemas. – bromeó, luego dio un pequeño paso hacia atrás. – Mira, hermosa, no tengo problemas en llevarte hasta Tevinter. Podemos hacer lugar en alguna de nuestras monturas. Pero no requiero tus servicios. Si en algún momento los necesito, te lo haré saber. – yo miré molesta a Dorian y supuse que formaba parte de la farsa de ocultar su sexualidad entre los altus a quienes no se les permitía abiertamente tener esos deseos. Miré a la jovencita, tan dotada en la sensualidad y la seducción; de pronto dejé de sentir que me recordaba a mí misma y no supe por qué, pero agradecí que Solas ya no formara parte del grupo.

La joven elfa me miró y suspiró: - Eres una bárbara. – me dijo – Típico de descerebrados creer que nos sentimos esclavos o prisioneros. – dijo y se acercó ahora a mí de forma juguetona - ¿Sabes? Yo no tendría problemas de mostrarte un truquito o dos, de los que mejor me salen, para que vieras con qué placer ejecuto mi trabajo. – acercó su boca a mis labios con tanto descaro que sentí que los rozó. Yo di un paso hacia atrás.

- Gracias, pero no estoy interesada. – le dije. – Y te pido disculpas. Pensé que huías de tu vida, pero si te encuentras a gusto, vuelvo a disculparme. – ella me sonrió.

- Eres una ricura. – me guiñó un ojo. – Me pregunto qué tendrás de interesante para comandar este grupo. – miró a mis espaldas y vio que se acercaron el resto de mis compañeros. – Oh, veo que el grupo es numeroso ¡Wow! Qué guapetón ese gringuito que se acerca. – luego miró a Sera – No tengo problemas de que tú y yo juguemos también, bella. – Sera le sonrió.

- Me gusta jugar… - contestó. Miré a Sera con desaprobación y de pronto me pareció que acababa de incorporarse el caos a nuestro grupo. Ella representaba la lujuria, se jactaba de disfrutar del sexo y el goce, y no había nada que pudiera hacer si mis compañeros querían mantener relaciones con ella, pero no sabía si era lo correcto, ¿realmente era feliz con lo que hacía o le habían enseñado a comportarse de ese modo? ¿Era justo que la usaran como un juguete sexual, que se olvidaran de su dignidad? Sacudí mi cabeza ante aquellas dudas. 

 

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Mis compañeros se acercaron y nos encontraron a Dorian y a mí, junto a una bella elfa, joven, con ropas transparente y un cuerpo deslumbrante. Cassandra adelantó su caballo: - Elentari, ¿todo bien?

- Sí. – dije. – Ella es… - la señalé, la elfa me miró y miró a Cullen mientras respondía.

- Galadh Lasbelin, es mi nombre. Mucho gusto. – dijo. Cassandra notó el interés hacia el Comandante y me dirigió una mirada, yo hice un gesto de desconcierto levantando los hombros y ella endureció su rostro.

- Necesitaríamos que uno de nosotros fuera con ella, quizás una mujer, que tienen más espacio. – propuso Dorian.

- Podría llevarme cualquiera. – dijo Galadh. – Soy pequeña, no ocupo espacio. – era cierto. Cullen la miró, pues no le quitaba los ojos de encima, bajó la cabeza en señal de saludo y volvió a mirarme, esperando que diera alguna orden.

- Eh… sí. Puedes venir conmigo. – le dije. Ella me miró sonriendo y caminó con timidez. Cambió totalmente la expresión corporal de un momento atrás. Me pregunté si había estudiado qué clase de hombre era Cullen, y al notar que era un caballero, decidió interpretar el papel de damisela en peligro. Me molestó un poco. Se acercó a mí y me dijo con una dulce voz, suave: - ¿Quisieras que fuera por delante o por detrás de ti? – lo hizo sonar sexy, pero lo dijo con la suavidad necesaria para que solo yo lo oyera, no Cullen, así podría continuar interpretando su papel de zorra sexy conmigo, y niña dañada con él. Me molestó aún más.

- Sube. – le dije secamente. Ella rio y subió a mi alce. Luego subí yo detrás de ella.

 

Comenzamos nuestra marcha y para sorpresa y agrado mío, Galadh se mantuvo en silencio durante los primeros minutos, hasta que finalmente cayó sobre mi cuerpo dormida. Estaba exhausta. Me pregunté si tan solo estaría representando aquel papel por miedo al castigo al haber visto un tevinteriano entre nosotros, y quizás lo reconoció como altus. Quizás la había juzgado antes de tiempo…

En mi cabeza los pensamientos afloraban una y otra vez respecto al dilema de qué sería lo correcto en esta ocasión y extrañé mis charlas con Solas, que parecía conocer tanto del tema. La esclavitud es considerar a una persona una propiedad, y atribuirse el derecho a su vida. Al estar bajo el dominio de otro, el esclavo pierde la capacidad de disponer libremente de sí mismo. Ahora, la explotación sexual como comercio, era un fenómeno muy arraigado a la cultura de Tevinter, que implicaba el abuso sexual de sus víctimas con ventajas financieras para quienes intervenían en el proceso. Esto quiere decir que involucra la transferencia de dinero de una persona a otra, generalmente adulta, a cambio de sexo con la víctima, o trabajadora, como Galadh nos dijo que se consideraba. Supuse que ya tendría tiempo de charlarlo con Dorian para que me explicara un poco más de su cultura respecto a este tópico.

- Oye, Dorian ¿Cómo es Minrathous hoy en día? – pregunté y él se acercó a mí con su montura. - ¿Es como algo de lo que he presenciado o encontraré sorpresas?

- Lo primero que tienes que entender es que en mi ciudad natal todos los habitantes, desde el más adinerado hasta los esclavos, se hallan encadenados a una determinada función dentro del orden social. Esto es lo que permite que Minrathous mantenga su poderío. – me explicó. – Una persona tiene pocas posibilidades de trasladarse socialmente de una clase a otra. Solamente los soporati, si tienen algún hijo que con el tiempo desarrolla magia, pueden ser luego laetanos, como te expliqué hace tiempo. Aunque te aclaré, que estas son historias que se cuentan, pero no se viven a diario. Por lo tanto, creo yo, es una superstición, para mantener a las clases sociales inferiores “deseando” que alguna divinidad cambie su suerte en el régimen social, y no haya levantamientos, pero en realidad eso casi nunca sucede.

- ¿Me vuelves a contar sobre las clases sociales? – indagué. Él sonrió.

- Por supuesto bella. – dijo. – Los soporati son aquellas personas que no desarrollaron magia en el Imperio, es decir la gran mayoría, los trabajadores que sostienen la economía de Imperio desde los negocios legales. – sonreí al oírlo aclarar que sostenía la economía desde los negocios “legales”, porque los ilegales eran los más importantes en Tevinter. La explotación sexual era uno de ellos, pues era una nación con libertad para el sexo y desde los alrededores venían a gozar de éste, y además, había un comercio ilegal importante de Lirio, como bien se sabía. Dorian interrumpió mis pensamientos con su voz - Dentro de la clase social de Tevinter, son los ciudadanos de menor rango, “todos los demás”. Luego les siguen los laetanos, que son aquellos que tienen dotes mágicos, pero débiles, no han hecho nada interesante para la Nación, que les amerite reconocimiento. Si un soporati tiene un hijo que desarrolla magia, pasa a ser laetano.

- O sea que en Tevinter, el reconocimiento es algo muy importante.

- ¿No has visto lo elocuente que soy? – rio - ¡Por supuesto que nos atrae que nos reconozcan! Pero más aún el poder y el dinero. – aclaró. – Finalmente, estamos los altus que somos aquellas familias que tenemos grandes dotes de magia, y que se cree, que descendemos directamente de los somniari, es decir aquellos magos soñadores que antiguamente podían comunicarse con los dioses antiguos… Ya sabes… lo que llevó a asaltar a la Ciudad Dorada. Aunque como te aclaré, nosotros no creemos que nuestros maeses hayan sido los causantes de las Ruinas, sino que los engendros tenebrosos, probablemente ya existían o son una consecuencia de la magia corrupta de los dioses dracónicos. – asentí. - Pero luego de los sucesos acontecidos con Corifeus... Bueno... Tengo mis dudas acerca de nuestras responsabilidades... - Sentí una punzada en mi corazón al volver a oír sobre magos caminantes de los sueños, y volví a recordar a Solas… Sacudí mi cabeza y volví mis pensamientos a la conversación con Dorian:

- Pero el Magisterio sólo está compuesto por altus, ¿no?

- A los altus, nos encantaría que así fuera. – bromeó. – Pero hace tiempo eso cambió, y algunos laetanos por desarrollo extraordinario de su magia y nombramiento del Arconte Imperial, pueden formar parte del Magisterio. Aunque eso siempre termina en sangre. – rio. – Por otro lado, la Capilla existe, claro está, es la Capilla Imperial, pero quien gobierna en realidad es el Magisterio, pero para el conocimiento púbico es el Arconte Imperial, cuyo puesto está determinado por el Hacedor, aunque el Magisterio es el que decide en caso de que muera y no tenga heredero asignado.

- O sea que el Magisterio gobierna Tevinter…

- Así es. El Arconte Imperial podría desestimar alguna orden dada por el Magisterio, pero eso nunca sucederá, pues el riesgo a que muera en condiciones “naturales”, es muy elevado…

- Vaya… tienen toda una clase social bien delimitada. – dije. Todo lo que Dorian me contaba era el ambiente óptimo para favorecer la sumisión. Aquello que yo tanto detestaba: Un individuo tenía pocas posibilidades de mejorar su clase social, no importaba cuánto esfuerzo pusiera en su trabajo, simplemente no estaba favorecido por el Hacedor, que era quien dotaba de potencia en la magia. Así mismo, Minrathous y todas las ciudades de Tevinter tenían bastas distancias entre el Sur (aparte de que nos consideraban bárbaros) y las dificultades geográficas para que los individuos que desean libertad huyeran, dificultaba aún más la idea de “liberación de la tiranía del Imperio”. Frecuentemente, según tenía entendido, no poseían ni la libertad de vestirse como querían ni de comer lo que les gustaba. Pues en Minrathous cualquiera que mirara a un ciudadano, por sus vestimentas tenía que ser capaz de reconocer la clase social que le correspondía. Supuse que, dentro de unos días, sería capaz de apreciarlo por mí misma y ver si era cierto aquello que se contaba.

- Y por supuesto, - interrumpió mis pensamientos mi amigo – después están los esclavos, que no son considerados ciudadanos, y si alguno de ellos logra la libertad son denominados “liberati”, pero son de segunda, ni siquiera son considerados ciudadanos. Solo pueden ir al Círculo de Hechiceros o ser aprendices de comerciantes, nada más.

> Pero de lo que nos enorgullecemos es de nuestro “patriotismo”. – me dijo con un tono sarcástico. – Sabes que en cierto modo es cierto, pues incluso yo, que soy una paria en mi Casa, creo en mi Nación y creo que debe cambiar, por ello estoy dispuesto a dejar mi vida, de ser necesario en el cambio. – yo asentí. – Además de nuestro orgulloso patriotismo tenemos un ejército que se cuenta entre los mejores, que es un orgullo también y grandes defensas en nuestra ciudad que hasta el día de hoy no hay sido franqueadas. A pesar de las múltiples invasiones, incluyendo de Orlais y Seheron.

- ¿Es cierto que en Minrathous los artesanos deben vender sus artesanías todos al mismo precio y el campesino hacer lo propio solo en el mercado de la ciudad? – pregunté.

- Es cierto. – dijo Dorian. – Es un modo de controlar a las masas. Pero ellos no son capaces de imaginarlo.

- ¿Por qué no se dan cuenta de esto que para ti y para mí es tan obvio?

- Las clases sociales bajas, así como los esclavos y liberati, poseen desde su nacimiento un lugar determinado, inmutable y fuera de toda discusión, dentro del mundo social. Ellos se hallan arraigados en esta estructura y de ese modo encuentran una significación en su vida que no deja lugar a duda ni a la necesidad. No sé si me explico. – me contestó Dorian. – Creo que ellos no son capaces, o no todos al menos, de distinguirse como “individuos”, ellos se identifican por el papel que desempeñan dentro de la sociedad, es decir: si es campesino debe hacer bien su trabajo sobre sus tierras, para sacar adelante su Nación, no se le ocurriría hacer otra cosa, no les pasa por la mente; lo mismo sucede con el artesano o el guerrero. A ninguno se le ocurre pensar que pueden elegir qué hacer de sus vidas, porque esa opción no existe en el Imperio. Tienen que hacer lo que nacieron para hacer, porque de ese modo se mantiene el orden “natural” de las cosas. Los campesinos entre sí mantienen un vínculo natural que no les permite identificarse diferente entre ellos, son campesinos y sí, cada uno tiene nombre, pero son campesinos, no otra cosa, por lo que generan un vínculo que los une, les da seguridad, y así, no necesitan quejarse por el lugar que el Hacedor les otorgó en la tierra. Lo mismo sucede con los artesanos o los guerreros…

- Es algo triste. Sin embargo, si me pongo a pensar yo también nací maga y es lo que soy. Nadie me preguntó si hubiera querido ser arquera o guerrera. Y aún así, considero que yo elegí serlo. Pero ahora que me dices esto me pregunto si no me convencí a mí misma de que era mi destino. – reflexioné.

- Eso sucede porque al saber qué debes hacer, en tu Clan por ejemplo, desarrollas un sentimiento de seguridad y pertenencia. Eso hace que se sientas tranquila, y la tranquilidad hace que no busquemos nuevos horizontes, ya que estamos cómodos donde estamos. – me explicó Dorian. – Este es el problema que siempre hubo en mi cabeza. – rio – Siempre sentí que tenía que cuestionar todo, no aceptar nada, y fue lo que me llevó a ser un mago excéntrico, por decirlo de algún modo.

> Es algo similar a lo que sucede con los Qunari y el famoso Qun. – me explicó Dorian. – Ellos no son capaces de percibirse como un individuo personal. Ellos son gotas que forman el mar. Es decir que existen todos porque existe uno, y la suma de todos los “uno” hace a todos…

- Vaya, veo que han dialogado sobre este tema con Toro. – bromeé. Él me devolvió la sonrisa.

- Claro que lo hemos hablado, y he llegado a la conclusión de que la mentalidad en el Qun es una mentalidad colectiva donde la sociedad es vista como una entidad viviente, cuyo bienestar es responsabilidad de todos… Algo así sucede entre la clase baja de Tevinter, pero es algo “similar”, no es lo mismo. El Qun retrasa aún más la individualidad, que lo que hace la esclavitud o la posición social en Tevinter…

- Estás intentando decir que ellos están aún más atrasados en cuanto a la posibilidad de percibir la individualidad como un goce de libertad.

- Claro, ellos no son una sociedad preparada para tal concepto. No han desarrollado su cultura aún para poder separar a cada individuo. Lo que sucede entre ellos, sucede a uno y a todos, pues todos son los uno. – asentí.

- O sea que tus campesinos se encuentran más cerca de experimentar la libertad que los Qunari.

- Así es… - me dijo.

De repente recordé el disgusto marcado de Solas cuando conoció a Toro. Ahora comprendía por qué, Toro representaba todo contra lo que él luchaba. Sin embargo, cuando Toro finalmente perdió su conexión con el Qun, la relación entre los dos creció, y Solas se ofreció a acompañarlo en aquella iluminación del descubrimiento de la individualidad. Toro al transformarse en Tal-vashoth se transformó en individuo… Y Solas lo sabía…

Sentí nostalgia y pensé también en aquella vez que llevamos esclavos liberados a mi Clan y Solas les habló con tantos conocimientos, no solo a ellos, sino también a los miembros de mi Clan, que se consideraban “elfos libres”, y como un susurro venido desde un recuerdo lejano del Más Allá su voz sonó en mi mente clara y sus preguntas se hicieron presente en mi consciencia: ¿Es el deseo de libertad algo inherente en la naturaleza de ustedes? ¿Todos siempre quieren ser libres? ¿O es algo que varía de acuerdo con el grado de individualismo alcanzado en la sociedad donde han estado? ¿Todos los aquí presentes anhelan ser libres realmente? ¿O muchos de ustedes temen este concepto y prefieren la sumisión del liderazgo para justificar sus actos? En ese momento pensé que sus palabras, eran palabras de rebelión contra mi Custodia, pero hoy, dos años después, comprendí que en realidad me había hablado a mí. Eran preguntas que quiso que yo misma me planteara y reflexionara sobre sus respuestas; con qué objetivo, no estaba segura, pero comprendí que Solas me lo dijo a mí. Mi corazón sintió gran pesar y volví a extrañarlo como hacía mucho tiempo no lo hacía. Guardé silencio y ya no hablé más con Dorian.

 

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Habíamos decidido ir hacia Minrathous a través de caminos terrestres para no llamar demasiado la atención, ya que yo era la Inquisidora. Por lo tanto el camino sería largo y agotador. La carretera Imperial había sido un proyecto que nunca llegó a concretarse realmente, de haber sucedido, sería mucho más sencillo poder llegar rápidamente a Minrathous, sin embargo, al ser una zona de carretera comercial el camino se encontraba fácilmente delimitado, así que solo tuvimos que seguirlo durante el tiempo necesario.

Continuamos nuestro camino en silencio y poco a poco las horas se hicieron días, y los días semanas, hasta que un día tuve una revelación importante de Galadh.

Era una mañana fresca, el cielo limpio y nuestros corazones estaban alegres. Galadh seguía yendo sobre mi montura conmigo, y eventualmente había dejado de coquetear al comprender que no tenía interés en las mujeres.

Cerca del mediodía nos habíamos detenido para almorzar sobre el camino y ella y yo comenzamos a charlar con mayor confianza. La relación entre las dos era áspera, yo sentía que había algo de mí que a ella no le gustaba y había muchas cosas de ella, que a mí me molestaban, principalmente cuando se ponía muy pesada con Cullen y no lo dejaba tranquilo. Era algo que me superaba, pues no veía necesidad en hacer aquello y me molestaba cómo lo incomodaba, o por lo menos yo creía que él se sentía incómodo.

Descendimos de nuestro alce y nos sentamos a la sombra de un gran árbol, mientras el resto del grupo se ocupó de sus cosas.

- Me gustaría comprenderte… - comencé diciendo. Ella me miró con sus bellos ojos grises y sus largas pestañas arqueadas.

- Pregunta y si es de mi interés, te responderé. – me dijo con una sonrisa, pero yo sabía que lo decía en serio.

- Quisiera que me explicaras cómo es eso de sentirse “libre” cuando eres una esclava… No lo logro comprender. – le expliqué. – Pero no quiero armar juicios de valor sin intentar, al menos, entenderte. – ella se sentó frente a mí, cruzó sus piernas y apoyó sus manos sobre sus rodillas, sonriendo.

- Entonces, por lo que dices, tú te consideras libre. – afirmó ella, y yo asentí. – Y dime, ¿qué es la libertad como experiencia personal para ti? – mi corazón se heló al oír las mismas palabras que había usado Solas dos años atrás. Pensé que se trataba de una cruel coincidencia que haya usado exactamente las mismas y mi corazón volvió a llorar su ausencia de todos modos.

- Esa pregunta me hizo hace tiempo una persona que fue muy importante para mí. – le confesé. No supe por qué, pero necesité compartirlo con aquella extraña… – No me había dado cuenta en aquel entonces que me lo preguntaba a mí, pero tengo que confesar que aún hoy no estoy segura de su respuesta. – le dije. Ella me sonrió.

- ¿Eres libre del recuerdo de esa persona que nombras? – negué con un gesto.

- Él es imposible de olvidar.

- El amor es una debilidad. Deberías saberlo. – me dijo y llevó sus manos sobre sus tobillos. – Responderé a tu pregunta porque tienes suerte de que “algo” me diga que eres una elfa interesante y que serás capaz de comprender estos conceptos. – hizo énfasis en la palabra “algo” y rio - La libertad es una condición personal. No todas las personas son libres, ni todas desean serlo. – asentí y recordé una vez más a Solas. – Para hablar del concepto de “libertad”, primero uno debe reconocerse como individuo. – mi rostro la miró con perplejidad, ¿era posible que me hablara del mismo modo que Solas lo hacía? Ella sonrió. – Veo que alguien ya te ha hablado del concepto de individualidad. – asentí. – Es un concepto profundo y moderno en estos días. No todos se reconocen individuos, ni todos tienen interés en serlo.

> Las personas de este mundo – este mundo, esa maldita palabra que Solas siempre usaba… Su modo de hablar era tan similar al de él que me dejaba desnuda, como lo hacía él… – aún no han logrado separarse del mundo natural, para adquirir consciencia de sí mismos como de una entidad distinta de la naturaleza y de los hombres que los rodean. – la miré sin comprender. – Te daré un ejemplo para que me comprendas mejor: un niño nace cuando deja de ser uno solo con su madre y se transforma en un ente separado de ella. Lo mismo sucede con la individualidad, ésta nace cuando el hombre se separa de la naturaleza… Sin embargo, si bien esta separación es el principio de la existencia, el niño permanece unido a su madre, durante un período considerable: no es capaz de verse a sí mismo como individuo. Lo mismo sucede con las personas. – aclaró – La persona carece de libertad en la medida en que todavía no corta el “cordón umbilical” con la naturaleza.

- ¿A qué te refieres?

- Me refiero a las supersticiones a través de las cuales nosotros existimos por gracia de divinidades, por ejemplo. Ese es uno de los cordones umbilicales que pueden evitar la individualidad. Hasta que la persona no sea capaz de reconocerse individuo independientemente de la presencia o ausencia de un ser divino, no podrá desarrollar una concepción de individualidad real. – pensé en aquellas épocas en donde Solas me había enseñado a cuestionar todo. Incluso las divinidades élficas… Quizás, me había estado preparando para que pudiera alcanzar la individualidad… la libertad, o al menos, comprender sus conceptos. – Pero recuerda que he dicho que es “uno” de los cordones umbilicales, existen miles y varían de acuerdo con la experiencia personal de cada persona.

- Hay que cuestionar todo… - dije en un susurro.

- Por supuesto. – me dijo – Dime, ¿crees en las divinidades élficas? Pues no veo vallaslin en tu rostro. – yo la miré y asentí.

- Creo… o creía… ahora no estoy segura. – le contesté.

- Perfecto. – dijo ella sonriendo. – Me complace que no estés segura ¿Te doy un consejo, de una elfa para otra elfa? – preguntó.

- Sí.

- Fen’Harel es la divinidad de nuestro panteón que se acerca más hacia el pensamiento de la liberación. – yo la miré con total sorpresa, no comprendí sus palabras, ni su significado. Pues el conocimiento que tenía sobre el dios del engaño y la traición, no me hacía verlo de ese modo, aunque era cierto que en el Templo de Mythal me había cuestionado todo lo que realmente se sabía de él, principalmente por la estrecha relación que parecía haber tenido con la madre protectora y por las cosas que Briala había mencionado acerca de él.

- ¿No me habías dicho que creer en divinidades no nos permite separarnos de la concepción errónea de que somos uno con la naturaleza?

- Vaya…- dijo jugando. – Veo que me prestas atención ¿Qué he hecho yo para tener tu atención sobre mí, me pregunto? – jugó y luego sonrió. - ¿Quién te dice? Quizás un día nos enteramos de que los dioses élficos no existen. – rio con malicia.

- ¿Por qué me dices esto? – quise saber, intrigada.

- Te contaré una historia. – me dijo. – En esta historia, Fen’Harel fue capturado por la diosa de la caza… quien es…

- Andruil. – contesté.

- ¡Perfecto! – dijo riendo, pero con maldad y aplaudió suavemente con sus palmas. – Fue capturado por Andruil. Él la había hecho enfadar por cazar un halla sin su permiso, así que ella lo capturó y lo ató a un árbol, declarando que tendría que servirle en la cama durante un año y un día para pagar su deuda. – yo la miré extrañada. No conocía ese aspecto de nuestra diosa de la caza, sexópata, ni pensé que Fen’Harel se dejara dominar por ella. Según mis conocimientos, él era vengativo e implacable; pero independientemente de mis conjeturas, Galadh siguió la historia: - Pero mientras ella montó un campamento aquella noche, el dios de la oscuridad Anaris la encontró. – yo sonreí, no sabía si la historia que me contaba era cierta o un invento, pero quise oírla. Galadh siguió: - Y Anaris había jurado que mataría a Fen’Harel por crímenes cometidos contra los dioses Olvidados. Así que Andruil y Anaris, decidieron que se batirían a duelo por el derecho de reclamar a Fen’Harel.

- Vaya… - dije con sarcasmo. – Era muy popular nuestro querido Fen’Harel.

- Oh, querida… No tienes idea… - dijo sonriendo. - ¿Qué crees que pasó? – yo la miré ¿realmente esperaba que supiera qué pasó?

- Fen’Harel es conocido por su astucia. Supongo que encontró un modo de burlarlos. – dije.

- Me agradas. – dijo con sarcasmo. – Pareces conocerlo personalmente. – rio. Yo no comprendí. – Así es. Es como dices: Él llamó a Anaris durante la pelea y le dijo que había una falla en la armadura de Andruil, justo por encima de su cadera. Entonces Anaris apuñaló a Andruil en ese lado, y ella cayó. Luego, Fen’Harel le dijo a Anaris que le debía al Lobo de la Rebelión su victoria y reclamaba que lo dejara en libertad.

- ¿Lobo de la Rebelión?

- Oh, perdón. El Lobo Terrible, quise decir, mi error. – dijo llevando una mano hacia sus labios, y sonriendo. Continuó: - Anaris fue tan humillado por la audacia de Fen’Harel que se giró hacia el prisionero y comenzó a insultarlo, entonces no fue capaz de ver que Andruil, herida pero viva, se levantó detrás de él y lo atacó con su gran arco. Anaris cayó con una flecha dorada en su espalda, gravemente herido, y mientras ambos dioses cayeron en un sueño profundo para curar sus heridas, Fen’Harel llevó la soga sobre su boca y la mordió hasta cortarla, y escapó. – las dos nos miramos en silencio, yo no acababa de entender por qué me contó aquella historia y por qué estábamos hablando de Fen’Harel.

- Nadie puede negar su astucia. – dije finalmente.

- Nadia se atrevería. – dijo llevando su mano sobre sus cabellos y tirándolos hacia atrás. – Pero si tuvieras que seguir el ejemplo de algún dios del panteón, te lo recomiendo a él. Ahora, Elentari… dijo ¿dónde habíamos quedado en nuestra charla?

- Que debemos separarnos de la naturaleza para comprender la individualidad. – le dije. – Habías dicho algo así como “dejar de lado las supersticiones de divinidades”, pero luego divagaste con una historia de Fen’Harel que nunca había oído.

- Oh, claro. Tienes razón. – dijo ella. - Bien, continuaré con nuestros conceptos. – me aclaró. Luego siguió: - Es normal que las personas en un primer momento no puedan comprenderse separadas de la naturaleza. Todos atravesamos, normalmente, períodos en nuestras vidas donde aún no podemos comprender la individualidad. Forma parte del crecimiento. E incluso, hay personas que nunca la comprenderán… Pero cuando uno es capaz de comprenderla, no volverá atrás. Cualquier intento de reversión de la individualidad toma necesariamente un carácter de sometimiento

- Oye… hablas muy similar a esa persona que te comenté. – dije sin poder contenerme más. Me recordaba demasiado a Solas y no me hacía bien.

- Quizás tuvimos el mismo hahren, entonces. – dijo ella.

- ¿Vienes de las elferías? – quise saber, pues no llevaba vallaslin. Ella rio de forma despectiva.

- No, siempre fui una elfa errante… - dijo. La misma historia de Solas.

- ¿Quién fue tu hahren? – quise saber, aunque sentía pánico de la respuesta, y considerar la posibilidad de que haya sido también él, destrozaba mi corazón y me llenaba de celos. Ella sonrió.

- La vida misma. – me contestó. – Nadie me enseñó estos conceptos. Los viví y los comprendí. Pues antes de ser esclava era una elfa muy dedicada a la reflexión. – me dijo. – Toda mi vida, la viví a consciencia, y todas las experiencias, las racionalicé… - me miró a los ojos. – Hasta que un día, mi belleza enamoró al hombre equivocado, que me tomó como si de un objeto me tratara, y me trajo aquí. De eso, ya hacen varios años.

- Lo siento. – dije, con verdadera pena.

- No lo sientas, pues yo no lo siento. – me contestó. – Pero como esta es mi vida ahora, la vivo y busco la libertad en la esclavitud. Como comprenderás el concepto de libertad va de la mano con el de individualismo. Si uno se sigue reconociendo individuo aún en un ambiente hostil, continuará sintiéndose libre.

- ¿Pero es posible percibir la individualidad de uno cuando avasallan tu dignidad? – ella sonrió.

- Es difícil, no te lo voy a negar. Pero es posible. Por lo menos, en mi caso.

- Me has dicho que cuando uno se reconoce individuo, no puede volver atrás, y que cualquier intento de hacerlo, se torna en sumisión… - ella asintió con una sonrisa sobre sus labios y una mirada fija sobre mis ojos esperando que le hiciera la siguiente pregunta: - ¿Es posible que hayas aceptado tu destino por este proceso de sumisión y por eso no te molesta ejercer la prostitución sintiéndote libre, cuando en realidad eres una esclava? – quise saber.

- Discúlpame con estos conceptos tediosos que te estoy dando, pero debes entenderlos… - me dijo.

- No me molestan. – le contesté de inmediato, pues estaba fascinada con su charla. – Continúa, por favor.

- El proceso de individualización se refuerza con la educación. – dijo. – Mientras más uno sabe, es más probable que pueda comprender que habita este mundo, pero que está separado de él como “ente” propio… ¿No? – asentí. – Es decir que, debemos respetar la naturaleza, por supuesto, pero nosotros somos individuos, no así un árbol.

- ¿Por qué no? Es un ser vivo… - dije.

- Porque no es capaz de razonar y educarse. – me contestó. – Y como te dije: el proceso de individualización se refuerza con la educación. Y este proceso tiene dos aspectos, que te los voy a nombrar, pero quizás aún no los comprendas… - otra vez las mismas palabras de Solas… Comenzaba a pensar que ellos dos se habían conocido efectivamente y me quedaba poco lugar para la duda.

> Un aspecto del proceso de la individualización consiste en el crecimiento de una estructura organizada, guiada por la voluntad y la razón individual. El otro, por el aumento de la soledad. – dijo. No había comprendido nada.

- No lo comprendí. – le dije y reí. Ella me sonrió.

- Te dije que cualquier intento de reversión de la individualidad toma necesariamente un carácter de sometimiento, ¿no? – asentí. – Bueno, te mentí un poco. – la miré con extrañeza y ella rio. – No te mentí en el sentido real de la palabra, pero sí por omisión. – me aclaró. – Volvamos al ejemplo del niño y la madre. – propuso y yo asentí. – En la medida en que el niño sale hacia el mundo se da cuenta de que está solo, es decir, está entendiendo que es un “individuo” y que no es un “todo” con su madre. Esto que experimenta el niño, experimentamos todos los que aprendemos a vernos como individuos. – me dijo.

- Pero para un niño comprender que está solo en este mundo, debe resultar abrumador, y quizás incluso amenazador y peligroso. – le dije. – Supongo que crea un sentimiento de angustia e impotencia… - y de pronto ante sus palabras y mis propias palabras, me di cuenta de que la experiencia de este niño que Galadh nombraba, había sido mi propia experiencia luego de la explosión del Cónclave. Me había dado cuenta de que yo, era yo, y no un miembro de mi Clan. Mi individualidad comenzó cuando me separé de mi Clan…

Galadh me sonrió satisfecha. – Veo que hay en ti una capacidad innata para comprender la libertad. Serías una buena defensora de ésta. – yo la miré abrumada por mi propio descubrimiento. En estos años había estado tan interesada en luchar por las libertades ajenas, que no me había dado cuenta de que yo misma, durante mucho tiempo, había rechazado mi propia individualidad. Y recordé lo que había hablado antes con Dorian: un campesino es campesino, no es un individuo, lo mismo le pasa al artesano o al guerrero. Era el mismo sentimiento de pertenencia que hacía que me sintiera a gusto en mi Clan (y hace que el campesino esté a gusto en sus tierras, o el artesano con su trabajo), el que evitaba que abriera mis ojos hacia mi propia individualidad. Ahora comprendía por qué en Tevinter u Orlais, las personas aceptaban su destino sin cuestionar nada; lo hacían del mismo modo que lo había hecho yo. Sin embargo, en estos últimos años mi pueblo, los elfos, comenzaban a cuestionar el lugar que ocupaban entre las elferías y comenzaban a avanzar hacia la rebelión contra las leyes sociales prestablecidas ¿Sería posible que como raza nos encontrábamos atravesando una iluminación que nos permitía cuestionar el dominio de los humanos en detrimento de los elfos? ¿Sería posible que en un mismo momento mi raza estuviera comprendiendo lo que era la individualidad?

-Cuando el niño descubre que no es su madre, sino que es él… - continuó Galadh – se siente abrumado, amenazado o en peligro. Pero como te dije antes, cuando uno advierte su individualidad, no hay vuelta atrás. Es decir que, el niño no podrá volver al seno de su madre, aunque así lo quiera para sentirse seguro de nuevo. – yo la miré con interés creciente. – Entonces mientras el niño formaba parte integral de su madre, o una persona se siente que forma parte integral con la naturaleza, ignora las posibilidades y responsabilidades de la acción individual. – me sonrió. - ¡Oh, sí! – hizo una pausa, yo contuve la respiración, y ella finalmente continuó: - La libertad involucra responsabilidad de nuestros actos. Nos abre un abanico de posibilidades y aparece la incertidumbre…

- Pero mientras uno no es consciente de ello… - le dije. – Mientras el niño considera que forma parte integral con su madre, no teme este abanico de opciones que mencionas, porque no es él el responsable de cualquier decisión, o al menos, lo percibe de ese modo. – ella asintió con una sonrisa en sus labios que demostraban satisfacción ante mi comprensión.

- Pero cuando uno se ha transformado en individuo, - dijo – debe enfrentar el mundo con todas sus virtudes y peligros. Allí aparece el concepto de sumisión. – ella hizo una pausa para que comprendiera sus palabras y yo esperé que continuara con la explicación. – Surge el impulso de abandonar la propia personalidad, de superar el sentimiento de impotencia y soledad, animándose a sumergirse en este nuevo mundo descubierto… Es decir, el niño puede mentirse a sí mismo en un primer momento de que todo este descubrimiento no es real, pero de la individualización no se vuelve. El niño puede intentar sentirse seguro y satisfecho conscientemente simulando ser uno con su madre, pero en su inconsciente se da cuenta de que el precio que paga representa el abandono de la fuerza impulsora que ha nacido en él mismo. Este estado latente de mentira es la sumisión.

- ¿Podríamos decir que la cultura de los Qunari aún se encontraría representada por el niño en el seno de la madre? – quise saber.

- Podríamos decir que la cultura Qunari representa al niño que ha nacido pero que no es capaz de comprender que es distinto a su madre, porque aún no cuenta con la maduración psicológica para hacerlo, mientras que la sociedad de Tevinter, principalmente la de las clases más desafortunadas, ha avanzado hasta la edad en la que puede aparecer la iluminación de que es un ente distinto a su madre, lo que provocaría inseguridad y sensación de soledad… - me dijo.

- No crees que los Qunari puedan comprender estos conceptos que mencionamos.

- No los más fieles al Qun. – me explicó. – Porque como te dije, no todos desean la libertad, y para desearla hay que poder percibirla. Uno no extraña lo que no conoce. – era cierto.

- O sea que ellos nunca experimentarían la sumisión, pues al tener los roles definidos por el Qun no llegan a sentir la incertidumbre de la libertad ni su angustia. – ella asintió. – Pero siempre hay excepciones.

- Como en todo, mi vida. – me dijo. Yo asentí.

- La sumisión es un estado peligroso. – dije.

- Es un estado triste. Es una existencia vacía. Pero muchos prefieren vivirla, a enfrentar la soledad que implica ser uno mismo. – me dijo. - ¿Todos siempre quieren ser libres? ¿O es algo que varía de acuerdo con el grado de individualismo alcanzado en la sociedad donde han estado? ¿Todos anhelan ser libres realmente? ¿O muchos temen este concepto y prefieren la sumisión del liderazgo para justificar sus actos? – sus palabras fueron exactamente las de Solas, y ya no tuve dudas de que ellos dos se conocían. Mi corazón paró en seco, mi respiración se cortó, sentí que cada pregunta efectuada me golpeaba la consciencia como si de una roca se tratara, me sentí mareada y no pude continuar con la conversación.

Galadh me tomó en sus brazos y me sostuvo antes de que cayera, supongo que me mareé y estuve a punto de desmayarme. Oí a lo lejos que mis compañeros venían rápidamente, y sentí que me tomaban en brazos mientras preguntaban qué había sucedido.

Lo que había sucedido había sido que yo comprendí que Solas y ella tenían una historia, ¿qué historia? No lo sabía, pero no estaba preparada para aquella verdad…

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Abrí mis ojos y estaba recostada sobre ropas de nuestras mochilas que habían colocado a modo de almohada, a mi lado estaba Cassandra comiendo lo que Toro había preparado. Cuando vio que abrí mis ojos dejó el cuenco sobre el suelo y me habló: - Elentari, ¿qué ha sucedido? Te has puesto pálida como el papel y te has desmayado, ¿Galadh te ha hecho algo? – quiso saber. Galadh no me había hecho nada, solo que mi mente no fue capaz de aceptar la verdad que había descubierto, así que optó por cerrar mi consciencia, dormirme en la oscuridad y supongo que mi cerebro procesó sus palabras, hasta que me permitió volver a la vigilia.

- No, no. – dije y me senté a su lado, apoyando mi mano sobre mi cabeza. – Me mareé, es todo. – expliqué. – Galadh no ha hecho nada. De hecho, ha sido muy buena compañera de charla. – levanté mis ojos y miré a la elfa. Ella estaba comiendo al lado de Cullen, como era costumbre, siempre lo buscaba a la hora de comer. Galadh levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron, no dijo nada, no hizo ningún gesto, pero nos miramos y mantuvo su mirada. La lección que me había dado no había terminado, pero yo no fui capaz de continuar oyéndola.

Terminamos de almorzar y todos comenzaron a ordenar las cosas a mi alrededor. Me pidieron que no hiciera nada, que descansara. Yo me puse de pie y caminé hacia Galadh, mientras ella limpiaba su cuenco sin comida.

- Tú lo conoces. – afirmé. Ella no me respondió ni me miró. – Galadh… - dije y la tomé del brazo para que me viera. – Tú lo conoces…

- No sé de qué hablas. – dijo.

- No me mientas, por favor. – le pedí con desesperación. – Hablas igual que él. Es obvio que se conocen, piensan del mismo modo, tienen el mismo espíritu de rebelión. Tú lo conoces.

- Te contaré un secreto. – me dijo. – Yo sigo las enseñanzas de Fen’Harel. – quedé perpleja ante sus palabras. Helada, ¿qué tenía que ver Fen’Harel en todo esto? – Si crees que conozco a alguien, quizás ese alguien sigue sus enseñanzas. – Recordé todas las veces que Solas me recordó a Fen’Harel, recordé cuando quiso saber qué opinada sobre el dios de la traición en Los Valles, recordé aquel recuerdo en el Más Allá donde vi un orbe y muchas figuras de lobo. Recordé su collar: una mandíbula de lobo ¿Sería posible que Solas siguiera las enseñanzas de Fen’Harel? ¿Pero por qué siempre despreció a las divinidades del panteón si seguía las enseñanzas de una? “No creo que hayan sido dioses, no, pero creo que existieron. Algo tuvo que iniciar los rumores, si no fueron dioses, quizás magos o espíritus, o algo que no conocemos…” recordé sus palabras luego de nuestra visita al Templo de Mythal…

- No comprendo. Necesito que me expliques, por favor ¿Cómo es posible? – sentí que respiraba agitada. – Además, ¿por qué me confiesas esto? Es algo demasiado personal como para estar diciendo “¡Hola, sigo las enseñanzas de Fen’Harel” – ella me sonrió.

- Tú eres una mujer que no se pierde entre la multitud. – me explicó. – Fen’Harel ha notado tu presencia. – nuevamente no supe cómo reaccionar ante aquellas palabras ¿¡Qué Fen’Harel qué!? Si era una broma, comenzaba a ser una cruel y despiadada. Sentí un frío que subía por mi espalda, y supe que tenía miedo.

Comencé a reír sin contenerme: - Claro, claro… El dios de la traición y el engaño se ha fijado en mí, ¿cómo crees que podría creer eso?

- Eres la Inquisidora, todos en Thedas te conocen. En el Más Allá también… - dijo, pero esta vez con seriedad en su rostro. – Y Fen’Harel ha puesto su interés sobre tu persona. – la miré ahora adquiriendo seriedad yo misma, no sabía que ella conocía que yo era la Inquisidora. – Por el momento tenemos órdenes de ser benevolentes contigo. – me dijo y comencé a sentir miedo. De todas las divinidades del panteón era al que siempre había temido y respetado, y de pronto ser consciente de que por algún motivo Fen’Harel me observaba me estremeció.

- ¿Qué interés podría tener él conmigo? – quise saber asustada. Ella me sonrió.

- Lo mismo me pregunto yo… Pero sabemos que podemos confiar en ti. – me aclaró. – Por supuesto que esto que te digo queda entre las dos. Espero que no vayas por todos lados diciendo lo que acabo de confesar. Él tiene confianza en que sabrás ser audaz… - me miró con cierto recelo sobre sus ojos: - En cuanto a mí, no estoy tan segura…

- Pero si eres libre… ¿por qué recibes órdenes de Fen’Harel?

- Confío en él, por eso adhiero a sus órdenes. Confío en su audacia. Confío en su propósito y sus deseos…

- Pero ¿cómo es posible que puedas comunicarte con él?

- Es difícil de explicar. – me dijo. – Pero recuerda que se dice que los sacerdotes de los Antiguos Templos en Tevinter podían comunicarse con los dioses antiguos a través de los sueños, y así aprendieron la magia de sangre, entre otras cosas… - yo me horroricé por la comparación – Bueno, de ese modo conozco las enseñanzas de Fen’Harel. A través de los sueños.

- ¿Eres somniari? – quise saber, ella me sonrió.

- Yo me especializo en el sigilo. – me contestó. – No en la magia. – era cierto, su cuerpo estaba bien formado y su musculatura bien marcada, su contextura física era la de una pícara, no la de un mago. – No hablaré más del tema. – aclaró - Simplemente noté que te significó un gran daño asociarme con esa persona que no logras olvidar. Entonces te lo aclaro: sigo las enseñanzas de Fen’Harel. Quizás tu amado, también.

- Gracias. – le respondí, pero tuve más dudas que respuestas al oírla decir eso.

 

Luego de aquellas revelaciones no volvimos a hablar del mismo modo con Galadh. Ella no estuvo dispuesta a compartir sus conocimientos y mi mente quedó llena de dudas, por lo que mi camino hacía Minrathous fue en silencio y reflexión.

 

Pasaron días hasta que finalmente nos acercamos a Minrathous. Me fascinó la grandeza del puente que nos permitiría pasar hacia la gran ciudad, así como los grandes gólems que lo custodiaban, que más tarde supe que se llamaban Juggernauts. Cuando intentamos atravesarlo, nos detuvieron, hicieron muchos interrogantes, y solo pudimos ingresar porque acompañábamos a Dorian Pavus, quien tuvo que explicar que la prostituta era su sierva. No era infrecuente que algún altus se enamorara de una prostituta y mantuviera una doble vida. No se atrevieron a contradecir la historia de un altus, y permitieron su ingreso. Nosotros éramos todos extranjeros para los nacionalistas tevinteranos, independientemente de que acompañáramos a un altus.

Galadh estuvo a nuestro lado todos estos días y demostró tener una inteligencia aguda. No era casual que en su corta edad hubiera aprendido a manejarse con seguridad en los burdeles. Se podía percibir solo con mantener una conversación continua con ella que era inteligente y sabía mucho más de lo que contaba en un primer momento. Había ganado mi respeto.

Con respecto a Cullen, había llevado adelante su papel de damisela, creo que él se lo creyó, porque al final de nuestro viaje lo tenía comiendo de su mano. No estoy segura de que el interés de él era sexual o protector, pero lo encontré cuidándola como lo hacía conmigo cuando me encontraba en problemas.

Le comentamos al grupo que ella era una prostituta “libre” (según sus propias palabras) en Minrathous y que cuando llegáramos a la ciudad volvería a su burdel. Todo alrededor de Galadh era cautivante, ella sabía llamar la atención de quienes la conocían y hacer que permaneciera sobre ella, pero mostraba sólo los aspectos que quería.  

 

Una vez que estuvimos dentro de Minrathous nos despedimos de Galadh.

- Fue un placer ayudarte a llegar. – le dije y tomé sus manos. – Si un día necesitas ayuda, recuerda mi nombre: Elentari Lavellan.

- Gracias. – sonrió. – Si necesitan unos oídos en el sitio donde trabajo… - guiñó un ojo. – Ahí estaré. – yo asentí complacida. – Ha sido un placer. – dijo al resto del grupo y se acercó a Cullen y lo abrazó. – Y contigo ha sido una delicia. – jugó sutilmente. Él se sonrojó y le deseó buena suerte.

Finalmente, nuestra elfa misteriosa caminó alejándose de nosotros, aunque tuve la sensación de que nos sería la última vez que sabríamos de ella.

Cuando Galadh se alejó, Sera vino a mi lado. – Hay algo que quería decirte, Inky. – dijo. - ¿Recuerdas el día que la encontramos recostada sobre el árbol? – yo asentí. – Bueno. Había huellas recientes de un hombre a su lado. – yo la miré con sorpresa y de inmediato pensé en Fen’Harel, nuevamente ese miedo paralizante recorrió mi espina dorsal.

- ¿Por qué no me lo dijiste antes? – quise saber, Sera negó con un movimiento de cabeza.

- No, Inky. En muchas oportunidades noté que juagaba a estar dormida, pero en realidad escuchaba nuestras conversaciones. Me dio la impresión de que era una espía. No quería arriesgarme a que lo oyera.

- ¿Crees que todo fue una farsa? – quise saber.

- No lo sé. Las heridas eran reales, al menos. Solo que un hombre estuvo a su lado y la dejó pocos minutos antes que fuéramos visibles sobre la carretera… - la confesión de Sera me dejó perpleja. Cada vez todo se parecía más y más a un “imposible” ¿Podría ser que Fen’Harel realmente caminaba con libertad en el Más Allá riéndose de los otros dioses Creadores y de los Olvidados? Sin embargo, ella lo había relacionado con el deseo de liberación de los pueblos, el mismo deseo que quemaba en mi corazón y el mismo deseo que Solas había cultivado en mis pensamientos… Además estaba ese otro tema, ¿Solas podría seguir las enseñanzas de Fen’Harel? Muchas veces me había preguntado cómo era que sabía tanto de tantas cosas con tan pocos años vividos, ¿podría ser que Fen’Harel compartía sus propios conocimientos con él y que Solas fuera su discípulo? Todo esto me desorientaba y ya no sabía qué creer. Los conocimientos del Pozo de las Penas se mantenían en silencio y no me orientaban en ninguna dirección.

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Una vez dentro de Minrathous nos dirigimos hacia la mansión de Dorian Pavus. No era que él se hubiera encargado de adquirirla, sino que pertenecía a su familia, aunque ahora le pertenecía a él, como propiedad privada auténtica.  

Dorian había nacido en Qarinus y por problemas de “comportamiento”, por decirlo de algún modo, terminó aquí, en Minrathous, estudiando en una prestigiosa (así como cara) escuela de magia dirigida por la Orden de Argent, aunque duró poco y finalmente el destino lo dejó frente a su viejo mentor Gereon Alexius, quien lo tomó como aprendiz. Esa historia tuvo el desenlace que conocemos. Ahora, gracias a su lucha con la Inquisición, era un representante de Tevinter de renombre y le habían dado un cargo de Embajador, y era este cargo el que venía a ocupar, con la posibilidad de quedar aquí, dados sus responsabilidades. Esperaba que así no fuera.

Nos instalamos en la mansión Pavus, era enorme, majestuosa, con aquella característica arquitectura tevinteriana, el contraste de colores y los techos altos y espaciosos. Construcciones que jugaban con la física natural al adquirir formas que sin magia, no lo lograrían.

Dorian nos había dicho que podríamos visitar la ciudad cuando se retirara a responder sobre sus responsabilidades, pero nos pidió que por favor fuéramos coherentes con nuestros actos, Tevinter no era una nación solidaria y Minrathous no solía ofrecer misericordia.

Toro y Sera decidieron quedarse en la mansión, mientras Cassandra, Cullen y yo salimos a recorrer las calles de la ciudad.

Minrathous era magnífica, su belleza contrastaba con Orlais por la morfología de sus construcciones, los contrastes de sus colores y la sensación de tocar Lirio al apoyar la mano sobre los ladrillos de las grandes construcciones que pretendían llegar a la Ciudad Dorada a través de su altura. Orlais sin embargo tenía su propia belleza y mayor organización, pero la historia arquitectónica no tenía precedentes como su antigua rival: Minrathous… Era la envidia de cualquier sitio desde el punto de vista de la herencia que cargaba y los vestigios de poderío que mostraba. Sin embargo, con solo caminar un poco se podía ver la desigualdad social: la ciudad imponente, bella y poderosa, albergaba a vagabundos, desnutridos, ladronzuelos, por todas sus esquinas y veredas. El paisaje, si mirabas hacia el cielo era de una belleza inigualable, pero si mirabas los caminos, las calles, te encontrabas con la depresión de la injusticia, tiranía y desigualdad. Encontrar humanos, elfos o incluso qunaris, hurgando sobre sitios de contención de basura, era algo frecuente que hería el corazón. Habitando un mundo tan desbordante de vida y alimentos, ¿era posible que tantas personas dentro de una misma ciudad pasara hambre y comiera las sobras de los más ricos? ¿Acaso era culpa de la política o la falta de carácter de los pobres para enfrentar las adversidades de la ciudad y salir finalmente adelante?

Por doquier se podía ver personas de mejor posición social mirando con disgusto a los pobres y diciendo, una vez que se alejaban de éstos: - Cómo detesto ver a estos esclavos de mierda destruyendo el paisaje de nuestra sociedad ¿Cuándo morirán todos para liberarnos de esta gente? – entre otros comentarios racistas y discriminadores. Mi corazón sentía pena al notar la diferencia y el odio de ambos lados que se profesaban. No sólo ricos detestaban a pobres, del otro bando sucedía lo mismo, envidiaban a los ricos, pero si tuvieran dinero ¿serían justo o tiranos?

Era una ciudad hermosa y violenta. Donde quienes habían tenido la suerte de una buena cuna contaban con una educación y modales envidiables, pero quienes no, contaban con falta de educación notable que hacía que poco a poco se separaran más y más entre las clases sociales.

Noté que no eran tantos elfos o extranjeros los que pululaban por las calles vagabundeando con su infortunio, sino que también había muchos humanos, y por primera vez en mucho tiempo sentí que mi lucha no era para los elfos, era para todos, era para el oprimido, sin importar la raza. Aunque los elfos tenían mi corazón sobre sus manos, pero todas las razas merecían que alguien plantara su rostro por ellos. 

Al caminar uno podía notar que en estos días había tensión entre la sociedad. Algo se estaba cociendo, la tensión del aire se cortaba con cuchillo, y cada tanto, cantos de liberación se oían por las calles, silenciados por la opresión de la milicia. Los militares caminaban en grupos de cuatro por toda la ciudad de Minrathous, armados y amenazando a los habitantes para que no se atrevieran a alzar la voz o pensar por ellos mismos.

A pesar de todo lo mencionado, el nacionalismo era una característica de Tevinter y en la gran ciudad se amplificaba. Los extranjeros, éramos extranjeros independientemente de sus diferencias sociales internas, y era difícil acceder al grupo electo de nacionalistas para obtener información.

Cullen, Cassandra y yo caminábamos sin armaduras por las calles atestadas de vagabundos, viendo que en la plaza central se reunía una muchedumbre de aproximadamente cuarenta personas. Decidimos acercarnos allí.

La plaza estaba llena de personas de clases bajas que se situaban unas al lado de otras sin empujar, con respeto. Cassandra se situó del lado de Cullen, en su izquierda, mientras que él se situó detrás de mí para protegerme, mientras yo me adentraba al grupo de personas pidiendo permiso hasta llegar al frente de la fila (mi altura jugaba en mi contra, por ello necesitaba estar entre los primeros, mientras que la de Cullen y Cassandra molestaba a los que estaban detrás de nosotros).

En el centro de la plaza se encontraba una mujer alta, cubierta por telas blancas como la luz, sin mancha alguna ni arrugas sobre la tela del atuendo. Su rostro se encontraba tapado íntegramente por una cogulla que salía de su investidura, y sus manos blancas y suaves se cruzaban sobre un bastón que apoyaba sobre el suelo, por delante de su vientre. El bastón no parecía ser mágico, sino uno de apoyo. A su alrededor estaba la gente desdichada de este sitio y a lo lejos notamos que se acercaba la milicia, en número importante. Había allí un elfo sin vallaslin de cabellos oscuros como la noche, corto con una trenza que caía a la derecha de su rostro, ojos azules, su cuerpo tenía una complexión similar a la de Solas y caminaba erguido de derecha a izquierda hablando a sus oyentes. Su voz era rítmica y serena, grave y clara, pensé que quizás se trataba de Hain.

- … las personas no pueden ser salvadas por sus virtudes, ni tampoco deben meditar acerca de si sus obras agradarán o no al Hacedor. Una vez que hemos tenido la experiencia de la fe, también podemos estar seguros de nuestra salvación ¡Pobres aquellos escépticos que dudan de todo lo que saben! Una vez que hemos recibido la gracia del Hacedor en la experiencia de la fe, nuestra naturaleza cambia, puesto que en ese acto nos unimos a Él, y a su justicia que reemplaza la nuestra, que se había perdido con el pecado de los Antiguos adoradores de los falsos dioses. Sin embargo, recuerden que no podemos llegar a ser enteramente virtuosos en vida, puesto que nuestra maldad natural nunca puede llegar a desaparecer. Solamente si nos humillamos a nosotros mismos y destruimos nuestra voluntad y orgullos individuales podremos descender sobre nosotros la gracia del Hacedor.

> El pecado nos ha alejado del Hacedor, pero de este acto impuro, se han sucedido demasiados años para no pedir a Andraste que interceda ante el Santísimo y solicite una vez más el perdón; aunque este mundo también haya traicionado a nuestro Diosa Misericordiosa, su voz no tiene igual y ella hablará a nuestro Dios para que nos sean perdonados nuestros pecados, pues hemos sido capaces de comprender que el Hacedor quiere salvarnos por medio de una justicia y una sabiduría que a nosotros nos son extrañas; mediante una justicia que no parte de nosotros, sino que llega a nosotros desde fuera, desde Andraste y a través de ella, del Hacedor… - decía el elfo. Me sorprendió que fuera Andrastiano, pero no era infrecuente entre los elfos de las elferías. Hablaba de un modo diferente al que estaba acostumbrada a oír entre los Andrastinos del Norte, pues Dorian me había dicho que ellos consideraban a Andraste solo una maga y no la amada del Hacedor, pero el elfo profetizaba con los cánticos de la Capilla del Sur… No acababa de comprender cabalmente cuál era el objetivo del comunicado, pues no había oído desde el comienzo sus ideas, pero veía que tenía muchos adeptos.  – Andraste ha oído nuestras súplicas y ha enviado a su Heraldo al Sur, donde la Heraldo de Andraste a derrotado a nuestro enemigo – estaba haciendo referencia a. Me quedé helada al oír que profetizaba en mi nombre, cuando todo había sido una mentira y yo lo sabía… - Andraste quiere redimirnos, a todas las razas, pues todos somos creación del Hacedor y Él nos ama, a pesar de la maldad propia de nuestra esencia que nos insta a actuar de manera impura.

- ¿Por qué nos ha olvidado? – gritó una voz entre la multitud, y noté que los soldados cada vez estaban más cerca. El elfo miró en dirección de aquella voz y nuestras miradas se cruzaron, fueron unos segundos en los que sus ojos azules se clavaron en mí y creí que me había reconocido, pero pasados aquellos segundos volvió a hablar, ocultando mi presencia: - No hemos sido olvidados, somos pecadores. Minrathous se encuentra en decadencia pues somos la Nación más corrupta, con imágenes paganas que conservamos como muestras de nuestra herencia histórica con orgullo. Aquí han sido alabados falsos dioses y hemos conseguido que el Hacedor voltee su mirada, somos una sociedad corrupta e incapaces de realizar lo bueno por mérito propio, todo lo bueno que surge de nosotros es a través de la gracia divina. Pero así como en el Sur ha sido enviada su Heraldo, aquí en el Norte, Andraste en persona caminará de nuevo entre los vivos. – quedé perpleja al oír aquellas palabras. – Pues ella me ha hablado en sueños a través del Libertador y me ha dicho que pretende caminar a nuestro lado otra vez. – las personas a mi alrededor vitorearon con júbilo y levantaron sus manos con alegría ante aquella confesión espeluznante. – Aquí, en el Norte, la corrupción ha alcanzado su máxima expresión, maltratando a los hijos del Hacedor, esclavizando solo para mantener el poderío y mintiéndonos para que no luchemos por nosotros mismos y nuestras familias… Aquí pulula la corrupción y la alabanza a los Antiguos Dioses ha dejado la tierra maldita, y solo Ella puede ablandar el corazón justo del Hacedor, con su dulce voz y sus cantos misericordiosos. Pues es hora de volver la mirada a sus hijos, quiénes responderemos con obediencia y el Hacedor, junto con su amada Andraste, restaurarán la grandeza de nuestro Imperio sobre la tierra y obtendremos nuestra libertad tan deseada – volvieron a gritar a mi alrededor, aprobando sus palabras – Yo soy Heraldo de El Libertador y hablo frente a ustedes sin máscaras, sin miedos, sin mentiras, pues me guía su sabiduría y sus ansias de libertad, despojado del orgullo individual de mi propia esencia por gracia de nuestra diosa Andraste. – en este momento hubo silencio, si bien era poco frecuente en cualquier lugar de Thedas respetar a un elfo, aquí en Tevinter era aún más peligroso, y con este discurso parecía que se estuviera pasando de la raya en cuanto a la tolerancia de los humanos, ya que un elfo se proclamaba Heraldo de El Libertador, y al mismo tiempo afirmaba que este Libertador traía los mensajes de la misma Andraste que lo había despojado de su orgullo individual y le había otorgado sabiduría para luchar por la libertad. – A través de la sangre de El Libertador traeremos a nuestra Profetiza a nuestra Nación y hombres y elfos seremos libres y cada uno tendrá lo que merece según sus méritos, y no por descendencia de cuna ¡Estamos cansados de maeses borrachos y opresores que sólo nos dan órdenes porque tienen poder! ¡Nos dicen que es un privilegio del Hacerdor! ¡Estamos cansados de una Capilla que se interesa más por el dinero que le otorgan los nobles y no por los actos de respeto al Hacedor de los pobres! ¡¡Pero Andraste ha hablado!! ¡Me ha hablado del error de nuestra era y de la mala interpretación de la Capilla acerca de sus enseñanzas! – volvieron a gritar con júbilo. Sentí de pronto que Cullen me tomaba en sus brazos y comenzaba a sacarme de allí.

- ¿Qué sucede? – dije, viendo que Cassandra se alejaba también de aquel sitio.

- Está llamando abiertamente a la rebelión, esto terminará en masacre, no podemos dejar que te involucren con estos acontecimientos… Los soldados están muy cerca. Es hora de retirarnos. – me dijo. Tenía razón. Giré mi rostro y busqué por última vez la figura de aquel elfo. Al mirar sobre mi espalda noté que él no dejaba de verme, y cuando nuestras miradas se encontraron hizo una reverencia y me sonrió. Yo me sorprendí: entonces sí sabía quién era yo.  

 

Los soldados llegaron donde se encontraba el pueblo reunido y comenzaron a empujarlos para que salieran de allí con las armas en sus manos, dispuestos a castigar a quien se negara a seguir sus órdenes; oí que el elfo decía: - Las autoridades de nuestra Ciudad son las que mantienen el orden, hagan como les ordenan y retírense hacia sus actividades. – la mayoría de los reunidos hicieron caso y se retiraron sin problemas, otros no pudieron aceptarlo, lo consideraron opresión y comenzaron a quejarse y gritar, éstos fueron brutalmente golpeados y los llevaron. Como el elfo no llamaba a levantamientos y solicitaba seguir las órdenes de las autoridades aún no habían ordenado detenerlo, pero la verdad era que estaba sorprendida por todo lo que había dicho y que se le hubiera permitido seguir libre. Recordé que aquellos hombres en El Ahorcado habían dicho que cada vez que quisieron tomar cartas en el asunto habían sucedido eventos paranormales, quizás por ello lo dejaron en paz.  

Cassandra, Cullen y yo mirábamos a lo lejos y la sensación de peligro fue inmediata. Minrathous estaba atravesando un momento histórico de cambios y las consecuencias se verían en los próximos meses. Sentí miedo por la Nación en la que mi amigo Dorian se quedaría, con la violencia a flor de piel y la necesidad de cambio. Todo cambio tenía su batalla violenta. Recordé las palabras de Solas: La opresión forma parte de la historia de todas las eras. Es la obsesión del poderoso por mantener ese poder y esclavizar a quienes considera más débiles. Por otro lado, las luchas por alcanzar la libertad fueron siempre sostenidas por los oprimidos, son ellos los que buscan nuevas libertades, porque las que existen no velan por ellos. La historia de todas las razas se halla centrada en torno al esfuerzo por alcanzar la libertad.

Yo miré a Cullen y él me devolvió la mirada, estaba preocupado. Cassandra a nuestro lado guardó silencio, luego hizo un sutil movimiento de cabeza hacia nuestro costado y los dos miramos, notamos que aquel elfo orador se acercaba a nosotros, luego de que las autoridades se habían retirado. El cuerpo de Cullen se puso tenso a mi lado y noté que se situaba delante de mí para protegerme. Él siempre estaba pendiente de que nada me sucediera, era como si, después de aquellos eventos penosos en los que había sucumbido al dolor, se hubiera jurado a sí mismo no dejarme caer nuevamente. Siempre estaba pendiente de mí y su presencia me daba seguridad.

El elfo se acercó a nosotros con seriedad, la mujer de blanco permaneció a lo lejos en aquella plaza, donde se encontraba, sin moverse. El elfo nos saludó con una reverencia y me miró con interés. Yo lo saludé con el mismo gesto.

- Eres la Heraldo de Andraste. – me dijo. – Mi nombre es Hain. – Así que se trataba de Hain. – Soy un liberati, antiguamente fui esclavo de Halward Pavus – mis ojos se abrieron de par en par, si era un liberati significaba que el padre de Dorian le había dado la libertad y Hain no había hecho más que promover la rebelión así que supuse que Halward se encontraría bajo la mira de quienes se pudieran sentir insultados por los actos del elfo. Seguramente habría ganado muchos enemigos. Sentí miedo por mi amigo que volvía a su nación, pues no estaba segura de si no se encontraría con más enemigos que amigos.

- Preferiríamos que la información que acabas de dar se resguarde – dijo Cullen a mi lado. Hain lo miró por unos segundos y volvió a mirarme.

- Esta noche ve al Fuego del Dragón, una taberna. Habrá una reunión solo con nuestra raza, me gustaría conocerte más. – dijo sin rodeos. – He de partir, pues no quisiera que te relacionaran con mi presencia. Te espero, Heraldo. – volvió a hacer una pequeña reverencia y se retiró. Yo no había sido capaz de omitir palabra. Cullen pareció molesto a mi lado y sin mirarlo le dije:

- Asistiré con Sera, aunque sea peligroso.

- No tuve dudas de que no podría retenerte. Por favor, ten cuidado Elentari. – asentí al oír su súplica. – Has oído todas las locuras que dijo este elfo, ten cuidado. Está agitando las masas y dirigiéndolas hacia la masacre. – asentí.

- Tranquilo, Cullen. Iré con cuidado.

- Estaría más tranquilo si estoy a tu lado. – negué con un gesto, esta vez tendría que quedar fuera de la misión.

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Por la noche Sera y yo partimos hacia la Taberna el Fuego del Dragón. No había podido a ver a Dorian aún, pues seguía inmerso en sus asuntos, pero quería hablarle de Hain con premura; sin embargo, me pareció más oportuno hacerlo luego de esta reunión, pues tendría más información luego de asistir.

Sera y yo entramos en la taberna y nos encontramos con muchos elfos dentro, algunos sentados en mesas, otros sobre la barra, ella y yo nos dirigimos hacia una columna un poco oculta, que sostenía una escalera que llevaba al piso de arriba y allí nos quedamos observando: los elfos eran más de veinte, no había nadie perteneciente a otra raza, sin embargo no éramos capaces de determinar quién era el mercenario que se encargaba de mantener aquel orden, ¿o es que quizás esta taberna era frecuentada solo por elfos? Algunos llevaban vallaslin, otros no, pero era todos tevinterianos, o fue lo que supuse. Aparentemente Hain aún no había llegado.

- Vaya. Nada más deprimente que una taberna llena de elfos. – se quejó Sera. – Creo que iré a tomar algo…- dijo. Yo la tomé del brazo, ella me miró y negué con un gesto.

- Hasta no saber si estamos fuera de peligro no recomiendo que tomemos alcohol, Sera. – dije. Ella se quejó a mi lado. Ambas nos dispusimos a oír las charlas de los elfos.

- ¡Ay!  Inky… ¿Sabes lo que es esto? ¡Intolerable! Todos buscando a otro dios al que seguir, pero esta vez alguien más terrenal… ¿Es que todos tienen que buscar algo que seguir? La vida es simple… haces mal las cosas, flecha, muerte… listo. Se termina el problema.

- No siempre resulta tan sencillo… - dije mirando a mi alrededor e intentando escuchar algo.

“Debemos asistir mañana a la Cueva de la Liberación, allí Hain nos hablará de otros aspectos…” oí que decía una elfa un poco anciana con otro anciano a su lado. “Nefra está aprendiendo rápidamente todo lo que le he contado, ¿tú has hablado con Gain?” Así que estaban instruyendo a los elfos respecto a un tópico y ellos se encargaban de avisar a los demás miembros de su familia para pasar la información a toda la raza. “Ya les dije que el otro tiene argumentos más sólidos…” ¿Otro? ¿Qué otro?

Sentí un ruido a mi espalda y me giré rápidamente. Mis ojos se abrieron de par en par al encontrarme nada más y nada menos que con Briala en aquel sitio. - ¿Qué haces aquí? – quise saber, ella me sonrió.

- Inquisidora… - dijo saludándome. Yo negué con un gesto de cabeza.

- No me llames por mi título, nadie sabe que estoy aquí.

- Mismo caso. – me advirtió. – Llámame Cinna. Nadie conoce mi rostro sin máscara, así que es sencillo perderme fuera y dentro de Orlais. – dijo y me guiñó un ojo. – He venido porque Leliana me ha pedido que investigue unos rumores, estoy aquí hace ya un tiempo, ¿y tú?

- He venido a acompañar a Dorian con unos asuntos de su familia, pero Leliana también me ha pedido lo mismo. – le aclaré.

- Entonces quizás vamos por buen camino, pues las dos hemos terminado en el mismo sitio y siguiendo la misma pista. – me dijo y en ese momento escuchamos gritos de alegría y quienes tenían pintas de cerveza en sus manos las levantaron con júbilo. Hain entró a la taberna, saludó cordialmente a todos los que se acercaban a él para entablar conversación o simplemente darles su cariño. Me sorprendió su cálida sonrisa al tocar a los elfos que lo apreciaban y la cercanía con los diferentes miembros de nuestra raza. Se notaba que era una situación frecuente contar con la presencia del elfo entre ellos, pues todos se saludaban con cortesía y complicidad. El elfo sonreía y era fácil para hacer chistes y abrazar a quienes deseaban tocarlo. Me sorprendió la calidez de su presencia.

- ¿Han dejado solo a Gaspard en el Trono? – me preocupé, Briala me sonrió.

- Contamos con alianzas internas fuertes en el Trono, Gaspard no es un problema de momento, lo tenemos bailando a nuestro ritmo, pero él aún no lo sabe. – me aclaró, yo asentí.

- ¿Qué me puedes decir de Hain? – pregunté a Briala.

- Que es un excelente jugador, y oculta más que lo que dice. – yo la miré y ella me asintió. – Así es… No estoy segura de que crea realmente sus propias palabras.

- ¿Quién es ese Libertador? y ¿Cómo has llegado a esa conclusión? – quise saber, pero en ese momento Briala sonrió con alegría y fue a abrazar a Hain que se acercó a nosotras.

- Hain, querido. – dijo abrazándolo, él le devolvió el abrazo, pero sus ojos se posaron sobre mí. – Me encontré a una nueva curiosa en la taberna. Creí que no encontraría caras nuevas, pero heme aquí, sorprendida. – mintió con tal naturalidad que hasta yo podría haber sido capaz de creerlo. Él dejó de abrazarla y se acercó a mí, tomando mi mano izquierda y dando un beso sobre el dorso.

- Es mi invitada, Cinna. – le aclaró a Briala.

- Oh, vaya. Qué invidia. – jugó el papel de amiga celosa. Hain soltó mi mano, no sin acariciar mi palma para estar en contacto con el poder de Áncora. No lo percibí como un coqueteo, sino como un sondeo del poder de mi mano. Yo la aparté rápidamente. Él me sonrió.

- Me alegra que hayas venido. – miró a Sera.

- Ella es una amiga, Sera. – dije. Él saludó a Sera a mi lado y la miró con interés también, Sera le devolvió el saludo sin demasiado entusiasmo. Luego el elfo nos pidió que subiéramos y así lo hicimos, acompañados por Briala.

En el piso de arriba había más elfos y una mesa nos esperaba vacía para tomar asiento, así que lo hicimos, Briala y Hain delante de nosotras dos.

Hain me miraba con gran interés, sus ojos estaban posados sobre mí y analizaba todos los movimientos que realizaba, por lo tanto, yo actuaba con total seguridad y dispuesta a participar del juego que Leliana me había instruido para jugar. No conocía a aquel elfo, no estaba de acuerdo con cosas que había oído en su discurso, sin embargo sabía que sería una pieza importante en los futuros acontecimientos en Tevinter y debía tener cuidado, pues había sido liberado nada más y nada menos, que por el padre de Dorian, por lo que podría hacer que sus enemigos se transformaran en enemigos de Dorian.

- Quisiera comprender qué está sucediendo aquí. – comencé. No mencioné que yo no era Heraldo de Andraste, pues aquella información había quedado solo en la Inquisición, a pesar de que yo había propuesto que se dijera la verdad. Sin embargo, mis consejeros habían creído prudente no decir nada durante nuestra batalla contra Corifeus, y luego de ésta, Cassandra se había encargado de escribir (con ayuda de Varric) sobre los acontecimientos, pero aún no se había entregado ningún informe oficial respecto del tema a la Capilla. – He oído que a través del Libertador tienes comunicación directa con Andraste y que ella mencionó que se hará presente en Minrathous en los días venideros. – él me sonrió.

- Vas directo al hueso, me agradas. Ahora dime, ¿cómo es que Andraste elige a una elfa dalishana para ser Heraldo de sus mensajes?

- Pregúntaselo a Shartan, quizás él te otorgue respuestas. – contesté maliciosamente, pero mi rostro no mostró enojo. Él me sonrió.

- Dime, Heraldo ¿Qué crees acerca de las personas? ¿Qué valor tienen para ti? – Invaluables y dignas, pensé. Pero lo poco que había oído del mensaje que había dado en la plaza había dicho que debíamos humillarnos al Hacedor, pues nosotros éramos innatamente malditos, por lo que, al perder nuestros orgullos individuales, alcanzaríamos la gloria del Hacedor. Así que, creí prudente dirigir mis palabras por aquel camino para evaluar sus respuestas y conocer su propia lucha.

- Sabes que mis creencias fueron politeístas, desde todos puntos de vista, antes de reconocerme como Heraldo de la voz de Andraste. – comencé. Briala su lado sonrió, pues ella sabía de mis creencias verdaderas y sabía que estaba mintiendo, pareció complacida con la jugada ejecutada. – Sin embargo, a través de las pruebas que nuestra profetiza destinó para mí, he comprendido que el camino de la libertad es a través de ella y el Hacedor, y no de nosotros mismos. He visto de forma directa la maldad en el corazón de las personas y la facilidad para la corrupción, por ello es por lo que deseo una libertad inmediata, a través del respeto y seguimiento de la voz de Andraste. – Hain sonrió a mi lado. - ¿Cómo puedes ayudarme a alcanzarla?

El elfo me miró, quizás preguntándose si estaba siendo sincera, o quizás analizando qué me diría. Finalmente habló: - “Solamente el que desprecia este mundo puede dedicarse a su preparación para el mundo futuro”, así ha hablado el Libertador – me dijo ¿Quién era ese dichoso Libertador? Y aquellas palabras eran una profecía horrible. Pero continué oyendo: - Deberíamos humillarnos para obtener la seguridad de la fuerza divina, de ese modo alcanzamos la humildad. Todo lo inherente a las personas es esencialmente maldito, “porque nada nos induce tanto a otorgar nuestra confianza y certidumbre espiritual al Hacedor como la desconfianza hacia nosotros mismos y la angustia que surge de la consciencia de nuestra propia miseria”.  – volvió a citar palabras del Libertador. – Debemos entender que nosotros no nos pertenecemos, por lo tanto nuestra voluntad no debería predominar nuestras acciones, no deberíamos justificar nuestros deseos según los dictados de la carne la cual es débil, por ello debemos ser capaces de olvidarnos de nuestras pertenencias, hasta de nosotros mismos, despojarnos de todo deseo para alcanzar la salvación. Pertenecemos al Hacedor, Él lo sabe, pero nos ha dado la espalda por vergüenza a lo que hemos hecho con nuestras vidas. Debemos vivir y morir por Él. La salvación viene de la guía del Hacedor, dejemos que él guíe nuestras vidas, delante de nosotros.

Cada palabra de Hain me parecía peligrosa y totalmente sumisa. Estaba enseñando a los habitantes de Minrathous a vivir bajo el sometimiento de esta nueva interpretación de la religión, pero no acababa de comprender cómo tenía tanto éxito entre los menos favorecidos de la sociedad; no estaba de acuerdo con su modo de manifestar su fanatismo hacia el Hacedor, Libertador o Andraste, y comprendí que tenía delante de mí a mi próximo enemigo.

- ¿Cómo te comunicas con el Libertador? – quise saber, y ¿quién es?

-  El Libertador me habló por primera vez hace dos años a través de los sueños. – mi corazón pareció parar sus latidos. Hacía dos años Solas había desaparecido y era un mago soñador, pero las enseñanzas de la boca de Hain no eran las que él me había dado, eran todo lo contrario. – Me habló de las injusticias de este mundo por nuestro propio error: no habíamos comprendido que la culpa es nuestra, que nosotros somos libres pero que siempre debemos confiar en el Hacedor para nuestras decisiones. No a través de la Capilla que es una Institución corrupta, sino a través del despojo de nuestros orgullos y permitir que Él nos guíe con claridad en el camino. Lo importante es comprender que la maldad es una semilla plantada en nuestro corazón desde el nacimiento. Si no tenemos al Hacedor en nuestros actos, siempre llevaremos a cabo actos impuros y de maldad, pues nosotros somos maldad en bruto que debe ser pulida por el amor justo de nuestro Dios. Pero el Hacedor nos ha dado la espalda, por lo tanto, debemos traer a Andraste a nuestra era para tener una nueva oportunidad de alcanzar el goce de la salvación. – todo lo que decía era una locura.

- Y la sangre del Libertador lo permitirá. – le dije, pues era lo que había oído en su discurso.

- Así es. Sin embargo, traerlo de vuelta a nuestro Libertador tiene su costo…

- ¿Cuál es? – Hain me sonrió.

- Estás demasiado desinformada para ser la Heraldo de nuestra profetiza. – yo me moví incómoda en mi asiento.

- No he tenido el agrado de tener conversaciones directas con El Libertador, y con ella sólo en dos ocasiones. – le dije. – Y no me ha hablado de su venida, ni de los sacrificios para traer a su Libertador a la tierra. – aseguré. Hain tenía los ojos clavados en mí, observando todo lo que hacía. – Comprende que necesito un poco más de información para saber si es real tu vínculo con nuestra profetiza, o si solo te tratas de un fanático desquiciado. – él rio.

- Vaya, tienes el carácter de Andraste. – me contestó. Sera a mi lado se movió incómoda, las locuras de este elfo estaban haciendo que llegara a su límite de tolerancia, pero aún así permaneció en silencio oyendo lo que tenía para decir. – Andraste caminará entre nosotros, tarde o temprano. Espero que más temprano que tarde. Yo me encargaré de que así suceda. Mientras tanto, continuaré enseñando al pueblo que hemos sido ciegos, que no debemos someternos a ningún mortal, sólo a la voluntad divina del Hacedor… - “que convenientemente sólo tú la conoces”, pensé, pero solo mantuve mi mirada sobre él.

- Dime, Hain ¿Qué es la libertad? – quise saber si sus conceptos eran los de Solas, a pesar de que notaba una gran diferencia en lo que poco había hablado con él.

- La liberad es la concepción de la persona como un ente solitario de este mundo, capaz de tomar decisiones y vivir con sus consecuencias. – la definición era similar a la de Solas, pero no había hablado de dignidad. – Pero debemos comprender que todos somos indignos desde el primer momento. La verdadera libertad solo la alcanzamos en manos de la voluntad del Hacedor, despojándonos de nuestros deseos mundanos que no llevan a la perdición.

- Espero que seas capaz de defender a los oprimidos a quienes intentas liberar. Pues tus enseñanzas podrían ser consideradas peligrosas para los sectores sociales mejor acomodados… - le dije.

- No es mi misión proteger a los oprimidos. Somos oprimidos y pecadores porque lo merecemos, somos lo más bajo de este mundo. Quienes sean capaces de comprender que la salvación está en el abandono de nuestros deseos, ellos serán quienes podrán ser salvados. Quienes mueran luchando por la verdad, irán a los brazos del Hacedor, quiénes no, tendrán su condenada eterna. – era un loco demencial, no le importaba malgastar las vidas de los individuos de esta Nación con tal de ver sus fines cumplidos.

Me puse de pie en la mesa. – Ha sido un placer conocerte, Hain. Pero déjame aclararte que no me has sorprendido. Tus palabras no son las profetizadas por Andraste durante mi propia travesía. Tengo mis dudas respecto a tu sanidad mental. – él se puso de pie frente a mí, mientras Sera hacía lo mismo. Briala permaneció en su asiento.

- Opino lo mismo de ti, Heraldo. – me dijo. – Veo que tus convicciones son débiles.

- Pregúntaselo a Corifeus. – contra ataqué. – O quizás no puedas… porque ha sido derrotado ¿Y qué has hecho tú? ¿Aparte de instigar a las masas a una revolución donde no tienes la decencia de asegurarles protección? ¿Qué diferencia hay entre tú y tu propio amo de antaño? Tú no le encuentras valor a la vida de quienes insistas a la rebelión, pero al menos tu antiguo amo fue capaz de reconocer valor en tu propia existencia y te concedió la libertad. – ambos nos miramos con seriedad y dejamos claras nuestras posturas: estábamos en bandos opuestos. – Libertad que usas para alcanzar tus fines fanáticos y desquiciados.

- Me entristece comprender que no eres capaz de ver más allá de tus propios orgullos y soberbia… - dijo.

- Porque veo que tú eres muy humilde… - contesté con descaro. - No me interesa qué provoco en ti. – dije y me retiré de la mesa.

Sera y yo bajamos las escaleras a prisa, sintiendo que había cierto peligro sobre nuestras espaldas. Cullen y Toro estaban fuera, de ser necesaria su intervención.

- Está loco. – dijo Sera una vez que estuvimos en el piso inferior. – Cuando habló de ese Libertador sentí miedo, mucho miedo. – confesó. Sera tenía una capacidad por comprender el Más Allá de una manera diferente al resto de los mortales. Este libertador era un mago soñador, de eso no tenía dudas, y a través de los sueños adoctrinó al elfo. Si era un somniari podría interactuar con cualquiera de nosotros si así lo deseaba, estaba segura de ello, pues Solas lo había hecho en varias oportunidades conmigo en el Más Allá. Preferí no decir esto a Sera, pero si ella sentía mala espina, al igual que yo, debía tenerlo en consideración.

- Salgamos de aquí. – le dije y nos retiramos. Dejé que Briala se encargara de este tema de aquí en adelante.  

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Sera y yo salimos a prisa de aquella taberna y nos encontramos con nuestros amigos. Nuestros rostros eran sombríos. Cullen y Toro nos acompañaron hasta la mansión Pavus para evitar cualquier evento desafortunado.

Una vez dentro de la mansión nos encontramos con Dorian que había llegado hacía un tiempo y estaba jugando ajedrez con Cassandra mientras nos esperaban despiertos, pues ella lo había puesto al tanto de los sucesos de la mañana. Sera y yo le relatamos lo sucedido y las locuras que el elfo había dicho. Le contamos acerca de la presencia de Briala, quien se hacía llamar Cinna, y le dijimos que a través de ella obtendríamos información directa, pues aparentemente ya se había infiltrado entre aquella secta.

- Lo más peligroso de esto es que cuenta con muchos seguidores, los hemos visto hoy en la plaza. – dijo Cassandra. Yo asentí.

- Sus enseñanzas se basan en la humillación de las personas. Hacer que se sientan humilladas en su condición de seres y de ese modo someterlos…

- A través del miedo y la culpa. – concluyó Cullen, yo asentí. – Es un demente.

- Me preocupa la parte de que traer al Libertador tiene su costo. – dijo Sera. – Y habló de la sangre del Libertador… pfff…. Salimos de un demente y conocemos a otro. Haincho. – yo le sonreí con pesar.

- Si mi padre es quien ha otorgado la libertad a ese elfo, su enfermedad podría ser un acto de venganza… - dijo Dorian acariciando su mejilla. – En cualquier caso, - me miró algo entristecido – es momento de quedarme en mi nación, cariño. No me puedo ir con todo lo que está sucediendo. – mi corazón se partió. Era lo único que no deseaba que sucediera, pero comprendí su preocupación y asentí con tristeza en mi rostro. Cullen a mi lado acarició mi espalda para levantar mi ánimo, pero mi pilar, mi sostén, mi amigo, se quedaría en este sitio…

- Lo comprendo, Dorian. – le dije. – Y lo lamento.

- Lo sé, cariño. – dijo y me tomó en sus manos, me acercó a él, y me abrazó. Yo devolví el abrazo durante un momento y miré a Toro.

- Es momento de descansar. – dijo Cassandra. – El día ha sido arduo. – todos asentimos.  Nos despedimos y cada uno fue a la habitación que tenía destinada.

 

Me acosté sobre mi cama con los ojos abiertos pensando en todo lo que había oído en estas semanas y pensé en Galadh. Ella había hablado de Fen’Harel y sus enseñanzas y había sido quien más se había acercado a mi propio modo de pensar y el de Solas. Quizás encontraría respuestas con la elfa. Decidí hacerle una visita.

Me puse de pie, elegí una armadura ligera que pasara por ropa de algún noble de Tevinter y tomé el cinturón que me había entrego mi Custodia tiempo atrás, me lo puse, con mi báculo en su interior. Pensé en Cullen y su enojo cuando se enterara de que daría este paseo sola, por la madrugada, a un prostíbulo, sonreí al imaginarlo y decidí que era momento de partir.

Con sigilo dejé mi habitación y me dirigí a la puerta de entrada. Avisé a los mercenarios contratados para custodiar la mansión que saldría, y como no tenían órdenes al respecto, pero permitieron salir. Así lo hice.

Las calles de Minrathous por la noche eran bastante oscuras. Las luces no eran suficientes para alumbrar todos los sitios, por lo que, muchas esquinas se encontraban oscuras. Caminé con celeridad recordando el sitio donde la había dejado a nuestra elfa al ingresar a la ciudad. Una vez allí me acerqué a dos hombres (sospechosos) que se ocultaban en las sombras y les pregunté por el prostíbulo. Me miraban con una sonrisa sobre sus labios y me dijeron que me pagarían ellos si buscaba dinero, me negué y les volví a pedir la información. Uno de ellos quiso tocarme, o robarme, y rápidamente lo electrocuté y el otro que estaba quedó paralizado, pero del miedo. – Dame la información que pido o terminarás muerto. – amenacé. Me dio las indicaciones del lugar y me retiré, mientras su otro compañero se quejaba de las quemaduras sobre la piel de su cuerpo.

A las pocas cuadras me encontré con el prostíbulo e ingresé. Una vez dentro me encontré con un sitio sofisticado, con sillones decorativos ocupados por altus y prostitutas que jugaban con ellos. Había bebidas alcohólicas por doquier y muchas personas en estado de ebriedad. Las mujeres vestían atuendos provocativos, con poca ropa, pero también había elfos varones ejerciendo la prostitución. Busqué a Galadh con la mirada, pero no la encontré.

Una mujer humana se acercó a mí. – Buenas noches, bella dama ¿Desea compañía?

- Sí, me han recomendado una elfa exótica de nombre Galadh Lasbelin. Quisiera pagar por sus servicios. – dije. La mujer a mi lado se puso seria, luego sonrió.

- Ella no se encuentra disponible, está ocupada con otro cliente.

- Esperaré mi turno. – dije y me senté en un sillón para una persona que había allí cerca. – Sólo quisiera conocer a esa belleza.

- Hay muchas que podrían hacer honor a semejante mujer como usted. Señorita…

- El anonimato es un lujo. – le dije. – Y me gusta rodearme de él. – la mujer sonrió a mi lado cuando no le di mi nombre.

- Entiendo. Bueno, ¿hay algo que quisiera tomar mientras espera? – pedí una bebida con alcohol, pero suave. Cuando finalmente me la trajo la pagué y la sostuve en mi mano sin probarla. No sabía si haber preguntado por Galadh tendría consecuencias, así que no tomaría de un vaso que me había traído una extraña.

 

Esperé por más de dos horas viendo el inframundo de la prostitución. La mayoría de las mujeres allí estaban drogadas o bajo los efectos de algún estimulante de la mente para soportar el trabajo diario al que eran sometidas. Reían como si disfrutaran de aquella vida nocturna, besaban a sus clientes, jugaban con sus cuerpos y pasaban de uno a otro, sin darle importancia a aquel hecho. Había algunas que mostraban tristeza en el rostro, otras que no querían que las usaran como objetos… Mientras que algunos clientes gozaban con aquellas que actuaban con satisfacción y otros preferían el sometimiento a aquellas que mostraban notablemente que sentían disgustos por las caricias que les daban. Sentí repulsión. 

 Finalmente, la mujer que me había hablado anteriormente, supuse que la Madame, se acercó a mí y me dijo que Galadh estaba disponible. No estuve segura de si se trataba de una trampa o era real, pero me arriesgué a acompañarla.

Ambos caminamos por un pasillo con varias habitaciones, a través de cuales se oían gritos de satisfacción fingida y orgasmos. La Madame se paró ante una puerta y yo me detuve a su lado, colocó la mano sobre el picaporte y la abrió para que ingresara. Yo me acerqué y vi que la habitación estaba oscura, no veía si estaba Galadh allí dentro o no. - ¿Podría encender la luz? – pedí. Ella la encendió como solicité y me encontré con Galadh sentada a lo lejos en una silla, mientras peinaba su cabello. – Muchas gracias. – dije e ingresé. Cerró la puerta a mis espaldas.

Galadh y yo nos miramos. Ella me sonrió. – Vaya, nunca creí que pagarías por jugar un rato conmigo. – dijo. Yo me acerqué rápidamente a ella y me senté sobre la cama, ella estaba en una silla cerca de ésta.

- Galadh… - le dije. – He venido con la intención de comprender algo de lo que está sucediendo en Minrathous. – confesé. – He conocido a ese elfo, Hain. Quisiera que me contaras algo más de él. – ella suspiró y miró hacia el techo, retomó su conducta anterior: peinar su cabello.

- Como te he dicho, yo disfruto de mi trabajo. Me molesta tanto que hayas venido a hacerme perder el tiempo. – me confesó. - ¿Has pagado? – quiso saber.

-  Por supuesto. – le dije. – Pero no es ese el tema… - ella se puso de pie y me tiró sobre la cama riendo, luego gateó por encima de mí. Yo me la quité de encima. - ¡Basta, Galadh! Sabes que no he venido a tener sexo contigo. – le dije molesta. – Realmente estoy preocupada por las implicancias de las enseñanzas de ese elfo aquí.

- Eres un estorbo realmente. – dijo y se sentó sobre la cama, recostándose sobre el respaldo y apoyando sus glúteos sobre una almohada, golpeó la otra para que me sentara a su lado. Así lo hice. – Hain es un liberati que profetiza las palabras de Andraste, según tengo entendido. – me dijo.

- Lo sé. – contesté. – Pero ¿cómo es que tiene tantos adeptos? – quise saber.

- Cariño, si estas interesada en lo que pueda contarte yo, quizás debería pedir a Fen’Harel que se comunique contigo para que te saques tus dudas. – mi corazón se paralizó del miedo. Ella rio a mi lado. – Me genera tanta ternura que le tengas miedo. – ahora rio a carcajadas. – Quizás descubras que no es tan aterrador después de todo. Seré benevolente contigo, sólo porque él lo sería.

- ¿Realmente te comunicas con Fen’Harel a través de los sueños? – quise saber, incrédula.

- Por supuesto. – me dijo. – Ya te lo he dicho anteriormente. Fen’Harel no ha muerto. Así como ninguno de los dioses del panteón élfico. – me explicó.

- ¿Son dioses? – quise saber, recordando las palabras de Solas. Ella volvió a revolear la mirada hacia el techo.

- Eres un incordio. – me dijo. – Me haces preguntas tan aburridas. Empieza a divertirme si no quieres que yo empiece a seducirte. – jugó.

- Bueno, he venido a hablar de Hain, no de Fen’Harel ¿Qué puedes decirme de él?

- Hain es una persona autoritaria. Según se cuenta fue esclavo desde el nacimiento, pues fue hijo de esclavos. Nunca conoció otra realidad que la esclavitud, y aún así desarrolló el amor por la libertad. – me dijo. – He estado haciendo averiguaciones hace un tiempo y he podido conocer a algunos conocidos de las épocas anteriores a esta faceta profética que tiene ahora. Me han contado que él siempre dijo que la libertad estaba en el poder del Hacedor a través del Libertador. Algunos llegaron a creer que este libertador era Shartan en persona hablándole a través de los sueños, pues ha citado sus palabras en algunas ocasiones. – me dijo Galadh. – Sin embargo, nadie sabe con certeza quién es el este Libertador al que hace referencia.

- ¿Sus padres eran esclavos de la familia Pavus? – quise saber, Galadh asintió.

- Pero Hain fue separado de ellos a los cinco años de nacido, de eso hace más de veinte años. El motivo nadie lo conoce… - me aclaró. – Los padres de Hain resultaron ser magos que habían ocultado su poder a su amo, hasta que fueron descubiertos y usando gran poder, para ser unos esclavos, pudieron huir del dominio de la casa Pavus. – guardé silencio. Era una triste historia. A los cinco años habían arrancado a un chiquillo de los brazos de sus padres y luego desaparecieron y nadie supo nada más. Hain quizás ni siquiera sabía que lo habían arrancado de los brazos de sus padres, quizás creía que lo habían abandonado y por ello había desarrollado tal odio a la humanidad que quería ver sometidos a todos…

- Hain fue un esclavo que tuvo una educación severa luego de la separación de sus padres, pues querían asegurarse de que no gozara de dotes mágicos.

- ¿Y los tiene?  - quise saber.

- Aparentemente no. – me aclaró. – Pero no podría estar segura, si sus padres pudieron esconder por tanto tiempo su propia magia, quizás le enseñaron algo a él también. – guardé silencio. – Lo que sé es que Hain gozó en su infancia de poco amor y seguridad ¿Te acuerdas lo que te había dicho anteriormente? – me preguntó, no estuve segura de a qué se refería, pues me había dicho muchas cosas - Que en un principio todos somos aquel niño que nace y se separa físicamente de su madre, pero no es capaz de reconocerse como individuo, ¿no? Bien, cuando al fin es capaz de ver que él no es uno con su madre aparece el concepto de…

- Individualidad. – dije, ella asintió.

- Y en ese momento experimenta una sensación poderosa de él mismo, pero al mismo tiempo inseguridades y desprotección. – asentí. – Hace dos años aproximadamente este elfo Hain ha estado volcando concepto de individualidad similares a estos en las clases bajas de nuestra sociedad. Y ha logrado poco a poco que las personas comiencen a materializar la idea de que no son uno con la naturaleza, sino de que son ellos, individuos, pero solos y desprotegidos. – guardé silencio esperando que continuara con su explicación. – La seguridad que sentían antaño sabiendo que eran uno con la naturaleza, o dicho de otro modo, sabiendo el niño que era uno con su madre, desapareció al comprender su individualidad. – asentí. - ¿Te acuerdas qué te dije respecto al despertar a la individualidad?

- Que cuando uno se reconoce individuo no puedo volver atrás. Así como el niño que nace no puede volver al vientre de la madre. – ella asintió y en ese momento me di cuenta de a dónde quería llegar. – Que todo acto tendiente a olvidar la individualidad termina en sumisión. – ella volvió a asentir.

- Hain se ha encargado de hablarles de libertad pero no les ha explicado que la sensación de inseguridad, soledad, es algo natural que todos sentimos, pero que no es lo que define la libertad, sino lo que la fortalece. Él los ha separado de la naturaleza para dejar que los sentimientos de inseguridad y soledad se apoderen de ellos y decidan someterse a sus palabras.

- Es macabro. – dije.

- No sé si él es consciente de lo que ha hecho, pero es lo que está haciendo. Ha comenzado a hablar de conceptos de liberación en el momento en el que nuestra sociedad deseaba un cambio, y ha logrado que lo oyeran, sólo que ahora los somete a sus deseos.

- De todas formas… ahora que sé un poco de su historia personal, siento pena por su suerte… - le confesé. - ¿Quién es ese Libertador? – quise saber.

- No lo sé…

- ¿No lo sabe Fen’Harel? – pregunté.

- No lo sabemos. – contestó. – Pero estamos en ello, quédate tranquila. – me dijo. Considerar a Fen’Harel de mi lado, en mi bando, me pareció descabellado.

- ¿Fen’Harel desea la libertad de los oprimidos? – quise saber. Ella volvió a molestarse.

- Eres pesada. Si quieres tener una charla con él, dímelo. Y le pediré que visite tus sueños. – yo negué con un gesto de cabeza y un poco de miedo, ella volvió a reír. – No creo que acceda, de todas formas. – dijo.

- ¿Por qué? – quise saber. Ella no me respondió.

- Fen’Harel quiere la libertad de los elfos. – dijo finalmente. - ¿Qué deseas tú? ¿La libertad de los elfos o la libertad de todas las razas? – guardé silencio ante aquella revelación, ¿Fen’Harel deseaba liberar a los elfos de la opresión?

- Prefiero la libertad de todas las razas. – contesté finalmente.

- ¿No lo crees ambicioso? – me preguntó.

- Lo es. Pero también lo era derrotar a Corifeus. – le dije. – Y me parece egoísta pensar sólo en los elfos.

- Por algún lado hay que comenzar. – me dijo Galadh, jugando con sus manos. Luego me miró. – Inquisidora… El mundo está cambiando, para bien o para mal. Juega bien tus piezas y quizás puedas cambiar al mundo de nuevo. – se puso de pie. – Ha terminado tu turno, cariño. Espero haberte servido de ayuda en algo. Si deseas comunicarte con Fen’Harel, búscalo en sueño, él acudirá a ti o tú a él. - ¿Yo a él? No entendí aquellas palabras. – De cualquier forma, sabrás la verdad tarde o temprano.

- ¿Qué verdad?

- Una que te sorprenderá. – dijo. – Ahora… Debes irte. Tengo clientes que realmente desean tener sexo conmigo. – me sonrió. Yo asentí y me puse de pie.

- Gracias, Galadh. – le dije y me retiré de aquel sitio, con más preguntas que respuestas, como ya me había pasado con ella en el pasado.

 

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Salí del prostíbulo y me dirigí a la mansión de Dorian. Una vez dentro apuré el paso e ingresé a mi habitación, nadie se enteraría de mi escapada nocturna y lo que había hablado con Galadh.

Me puse mi pijama y me acosté sobre mi cama, mis brazos extendidos de lado a lado y miré el techo mientras pensaba en lo que había vivido. Un elfo fanático estaba convenciendo a los habitantes de Minrathous que eran indignos, por lo que debían humillarse para alcanzar la salvación. Era una concepción horrible, pero estaba teniendo gran aceptación entre los fieles; les permitía reconocerse individuos pero no les otorgaba las herramientas para lidiar con aquella nueva concepción... Dejando de lado aquellas connotaciones, Hain hablaba de volver a traer a Andraste a la tierra. Me estremecí en pensar qué clase de demonio liberaría sobre nosotros… y después estaba aquel asunto del Libertador que requería sangre como sacrificio para volver a traerla.

Pestañeé pensando en todo aquello. Me giré sobre mi cama e hice una posición fetal, como un bollo, y pensé en Fen’Harel… Galadh me había dicho que él acudiría a mí, o yo a él. Quizás ya iba siendo momento de que dejara de lado mis propios miedos y lo buscara, dejara que me instruyera con sus pensamientos para afianzar estos conceptos de libertad que había comenzado a comprender con Solas… Quizás era momento de conocer al verdadero dios élfico y no a la imagen que tenía creada de él. Tal vez, Fen’Harel no era el dios de la traición y sí de la Rebelión ¿Sería capaz de invocar realmente a Fen’Harel?

Recordé cuando mi Custodia me había hablado de él por primera vez… Me había mostrado un anillo que llevaban los Custodios de un Clan de elfos dalishanos para recordar que siempre hay que estar vigilantes para proteger al Clan. Ese anillo tenía unas formas que pretendían ser un recordatorio de la traición de Fen’Harel a los otros dioses Creadores. Volví a girarme sobre mi cama y extendí mi cuerpo, mirando nuevamente hacia el techo de madera y continué con mis pensamientos ¿Sería real que Fen’Harel vagaba por el Más Allá susurrando palabras malditas a los vivos? Era cierto que susurraba palabras, pero al parecer susurraba lo mismo que yo creía…

Me senté sobre mi cama, crucé mis piernas y apoyé mis manos sobre mis rodillas. Sentía los latidos de mi corazón acelerados. Hacía más de un año que no intentaba (fallidamente) entrar al Más Allá a consciencia… y hoy lo volvería a hacer, pero no con el afán de encontrar a Solas, sino con el deseo de interactuar con Fen’Harel ¿Y si resultaba ser más poderoso que yo y terminaba derrotándome antes de que pudiera detener a Hain? En realidad no tenía un enemigo tangible en la actualidad, así que de llegar a morir, no sentiría el peso del fracaso sobre mis hombros.

Inflé mis pulmones de aire y lo dejé escapar suavemente. Cerré mis ojos e interactué con mi propia magia y la del Áncora… Recordé aquella vez que Solas me llevó al Más Allá en el recuerdo de Feudo Celestial del pasado, todas las imágenes de lobos y en la rotonda un Orbe similar al que tuvo Corifeus ¿Podría ser que hubiera sido el Orbe de Fen’Harel? ¿De ser así yo tenía la marca de Fen’Harel en mi mano? Aquella idea me aterraba.

 

Abrí mis ojos y me encontré en una pradera, sin nieve, pero fresca, con pastos bastos sobre el suelo, algunos árboles a mi alrededor y una gran cantidad de ellos por delante, constituyendo un bosque añoso. Me sobresalté, yo no estaba dormida pero estaba en el Más Allá. Me puse de pie rápidamente con mis pulsaciones cardíacas al borde de la locura y vi a lo lejos un Lobo Blanco que me miraba sin moverse, sentado, frente a mí. Sentí miedo y los dos nos miramos ¿Fen’Harel? Su pelo era blanco como la nieve, en contraste con los árboles que se encontraban a sus espaldas, estaba limpio y brillante, como si no hubiera cazado presa alguna en su vida, pero su cuerpo era robusto, o lo parecía con todo ese pelaje denso que llevaba.

 

 

Me acerqué al Lobo sin que éste se alejara. Cuando estuvimos a unos metros noté su nariz negra como mis cabellos y sus ojos azules, que me recordaron a Solas, aunque últimamente, todo lo que vivenciaba era un recordatorio de él. Era un Lobo precioso, sus patas delanteras estaban una al lado de la otra, mientras sus traseras permitían que se mantuviera sentado, su cola peluda estaba a su lado y la movía de tanto en tanto, atento a mis movimientos: no era que la moviera con alegría, no, la movía para darme la señal de que estaba siendo vigilada y un movimiento en falso podría ocasionar su ira. Ambos nos miramos con respeto. - ¿Eres Fen’Harel? – pregunté, pero el Lobo no respondió.

Cerré mis ojos y pensé que estaba en el Más Allá. Si estaba en este sitio podía moldear todo según mis deseos, y anhelaba intensamente ver a Solas, así que me pregunté si sería capaz de mantener una conversación con Fen’Harel bajo la imagen de mi amado Solas… Unir a ambos en una sola persona me resultaba descabellado, pero luego de estos últimos días, no lo sentía tan intolerable como lo habría sentido dos años atrás. Finalmente decidí que era tiempo de volver a ver a Solas. Así que moldeé mi pensamiento para tenerlo frente a mí al abrir los ojos.

Abrí los ojos y el Lobo blanco estaba parado en sus cuatro patas con su cola baja mirándome molesto. No estaba Solas. De pronto fui consciente de que no había sido capaz de modificar el Más Allá… Eso sólo podía significar que tanto él como yo éramos reales. Entonces sí era Fen’Harel a quien tenía frente a mí. Di un paso hacia atrás al comprender que ese Lobo era tan real como yo y estaba molesto al querer modificar su imagen a la de Solas.

- ¿Eres Fen’Harel? – volví a preguntar. – Necesito que me ayudes a comprender este mundo. – le pedí. – Eres el dios de nuestro panteón que se conoce por ser quien escucha a sus seguidores… a un costo. - el Lobo me gruñó, recordé las palabras de Solas: “Fen’Harel no quiere que lo alaben”. – Quizás no buscas alabanzas o seguidores, pero yo no estoy aquí para ninguna de las dos cosas. Estoy aquí en búsqueda de comprensión y me han dicho que tú serías capaz de enseñarme. – el Lobo volvió a sentarse y movió su cola en dos golpes, uno hacia arriba, y otro hacia el suelo, pero no la movió más. Me miraba atentamente con esos hermosos ojos azules… - ¿Es verdad que deseas la libertad de los elfos? – el Lobo continuaba viéndome. – Quizás tú y yo compartimos objetivos… - le dije, el Lobo seguía viendo. De pronto me di cuenta de que me estaba volviendo loca y comencé a reír. – Oh, vaya. Pero si tú eres un lobo precioso, pero no eres Fen’Harel… - le dije, el Lobo giró la cabeza un poco hacia arriba y me miró, luego la acomodó en su sitio nuevamente. - ¿No es una locura creer que Fen’Harel y yo queremos lo mismo? – le dije riendo y llevé mi mano a mi pecho, pues sentí una puntada que no pude explicar el por qué. – Pero… te confieso lobo bonito… Que estoy vivenciando muchas experiencias y la persona con la que me gustaría charlar de estas cosas no está, así que creo que en la desesperación de este sentimiento de soledad, busqué algún modo racional de volver a encontrar un confidente… y elegí nada más y nada menos que a Fen’Harel… - dejé caer mi cuerpo al pasto de aquel prado y permanecí allí, sin mirar al Lobo, al ser consciente de lo mucho que extrañaba a Solas. – Creo que me siento sola. – le confesé a aquel lobo una verdad dolorosa que no se la había dicho a nadie. A pesar de estar rodeada por mis amigos desde que Solas se había ido, nunca volví a sentir que alguien me acompañaba… ni siquiera Dorian, pues no había ninguna persona a la que pudiera contarle todo lo mal que me hacía la ausencia de Solas. – Ojalá fueras realmente Fen’Harel y ojalá pudieras escucharme o aconsejarme… Pero sería una locura. – alcé la vista y el Lobo estaba aún allí con sus hermosos ojos viéndome. Luego se puso en cuatro patas y me dio la espalda, caminando en dirección contraria. Lo hizo de un modo tan calmo, sereno, que me hipnotizó. Lo miré hasta que estuvo cerca de unos árboles y volvió a mirarme, reconocí sabiduría en su mirada y de pronto estuve segura de que no era un simple animal. El Lobo volvió a girar su rostro y de pronto su cuerpo se hizo el de un mago, cubierto con una capa real, rodeado de piel de Lobo Blanco, una armadura de metal y una cogulla de la misma tela que su capa que ocultó su rostro. Me puse de pie inmediatamente y corrí hacia él, pero Fen’Harel desapareció...

 

 

Me negué a creer que había perdido para oportunidad de dialogar con el dios de la rebelión, así que corrí de todos modos hasta el sitio donde se había esfumado y me encontré con un báculo en el suelo. Sorprendida me agaché y lo tomé con mi mano izquierda, al hacerlo noté que estabilizó la magia de mi Áncora: entonces mi magia provenía del Orbe de Fen’Harel… Miré el bosque que tenía frente a mí pero no había ni Lobo ni Mago.

Miré el báculo y noté que estaba hecho de la madera mágica de un árbol ancestral que desconocía, pero que permitía canalizar la magia de forma sutil y efectiva, y estaba tallada exquisitamente como solo los mejores artesanos élficos podrían hacerlo, recubierta por un brillo sutil de Lirio. La madera era de un color verde olivo y tenía un mango ornamentado con decorados élficos en nuestra lengua perdida de la antigua Arlathan y reconocí su significado, supuse que gracias al conocimiento adquirido por el Pozo de las Penas: La única manera de lidiar con un mundo sin libertad es llegar a ser tan absolutamente libre que tu misma existencia sea un acto de rebelión. Acaricié las letras con mi índice derecho (había tomado el bastón con mi mano izquierda de forma instintiva) y sentí que la escritura otorgaba al mango la fusión de la magia del elemento relámpago, potenciando sus hechizos. Sonreí. Era como si Fen’Harel me conociera y las palabras fueron adecuadas para la nueva imagen que estaba generando del Lobo Terrible. Continué viendo curiosamente el báculo y en su extremidad superior había un rombo constituido con hueso de Dragón Celestial violeta, que encerraba por dentro a la imagen del Lobo blanco, y sus ojos tenían dos piedras azul marino. Cerré mis ojos y las acaricié y reconocí que potenciaba a la magia elemental del hielo. Abrí mis ojos y vi que sobre esta imagen, a sus costados, había tres hojas, que envolvían al Lobo como pétalos y dejé que mi magia interactuara con el báculo y de pronto brilló con el color de mi Aura y sobre el Lobo aparecieron tres piedras más con forma de gotas de agua flotando una arriba de otra, y solo sostenidas por mi magia, que conformaron junto con la imagen del Lobo una estructura mágica que no solo potenciaba el poder del hielo, sino también poderes espirituales, aumentaron mis defensas naturales y contra la magia. Sonreí. Era un regalo digno de los dioses élficos el que acababa de recibir.

Mi magia dejó de fluir y las tres gotas de agua desaparecieron, dejando inerte al báculo, sólo con la imagen del Lobo blanco, rodeado por las hojas élficas. Presté atención a la extremidad inferior: noté una hoja afilada de diamante, rodeada con energía espiritual, similar a una cimitarra, pero más pequeña. El bastón en sí era majestuoso y largo, tendría que entrenarme en su uso para poder tener gracilidad al momento de luchar.

No podía quitarme la sonrisa sobre mis labios, de pronto el miedo que experimentaba al oír el nombre del Lobo Terrible se tornó en un sentimiento de gratitud y complicidad. Volví a mirar al bosque con un intento de agradecerle a él en persona, pero ya no estaba. – Gracias, Fen’Harel… - dije en un susurro, mientras persistía la sonrisa en mi rostro. – Mi propia existencia será un acto de rebelión que incitará a quienes quieran conocer la individualidad a buscarla. Lidiaremos con este mundo sin libertad, hasta que logremos romper sus cadenas. – cerré mis ojos y dejé correr la magia de mi Áncora sobre el báculo y una ráfaga de viento cubrió mi cuerpo y sentí la familiaridad de la magia de Fen’Harel que dos años atrás me había ayudado a vencer a Corifeus.

Abrí mis ojos y me encontré sobre mi cama, con mis piernas cruzadas y mis manos sobre mis rodillas, pero con mis palmas hacia arriba, sosteniendo el báculo de Fen’Harel.  

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No pude dormir en toda la noche, la charla con Galadh y la revelación de la triste historia de Hain me dejaron conmovida, para luego experimentar aquel regalo otorgado por Fen’Harel que me dejó sin palabras.

Por la mañana salí de la cama, peiné mi cabello y salí al encuentro con mis amigos. Quería hablar con la familia de Dorian de inmediato, pues sentía que encontraría respuestas con ellos si podía llegar a conocer más detalles sobre Hain y su pasado.

Nos sentamos a desayunar y noté en el rostro de Dorian preocupación, no sabía por qué, pero claramente tendría que seguir lidiando con responsabilidades de su nuevo cargo de Embajador de Tevinter. – Oye, Dorian… - comencé rompiendo el silencio en la mesa mientras comía un panecillo con una taza de leche. - ¿Cómo es eso de que eres Embajador de Tevinter? – quise saber. Él me sonrió y habló con galantería.

- Al parecer la Divina Victoria hace unos meses viene solicitando de manera formal, lo que significa con cinco notas con su propia firma y sello de la Capilla del Sur, para que mi Nación determine quién será Embajador del Norte para los problemas en el Sur… - yo sonreí. Así que cuando Leliana me había mandado con Dorian sólo se estaba asegurando que lo nombraran Embajador de Tevinter: era una jugada magistral. Había estado solicitando la creación de aquel cargo para comenzar a tener alcance político en el Norte. No le habían respondido, así que fue insistente. Y cuando finalmente, desde Tevinter solicitaron la presencia de Dorian, ella se aseguró de que fuera para nombrarlo Embajador, como seguramente había sido su plan desde el comienzo. No sólo permitió que él partiera hacia su Nación, sino que además se encargó de que fuera con la Inquisidora y el Comandante de la Inquisición. Lo cierto era que Leliana era una mente maestra cuando se trataba de manipular la política. – Como saben de mi interés por el Sur han decidido que seré el Embajador. – siguió Dorian. – Pero ahora que mencionas este otro problema, creo que tengo asuntos familiares que resolver.

- De eso quería hablarte ¿Crees que hay posibilidades de que vea a tus padres? – quise saber. Él negó con un gesto.

- No, cariño. Lo siento. No iré a mi ciudad hasta que aquí no esté todo resuelto, así que lamento decirte que no podremos verlos aún.

- Dorian tu padre está enfermo. – le dije. – No creo que sea prudente que pospongas demasiado tiempo la visita. – era real lo que mencionaba, pero tampoco quería quedarme sin la posibilidad de conocer el pasado de Hain. Dorian guardó silencio a mi lado.

- Tienes razón. Pero no partiremos hasta que esté todo resuelto aquí. – me contestó. Luego se puso de pie, – lo que me recuerda que debo partir – dijo y nos saludó cordialmente antes de desaparecer.

- ¿Qué asuntos tienes con la familia de Dorian, Elentari? – preguntó Toro frente a mí.

- Quisiera conocer un poco más del pasado de Hain. Si fue un elfo esclavo del padre de Dorian debe haber alguna información que nos pueda ser útil. – Toro asintió. – Pero si fallece no podré interrogarlo. – lo dije en voz alta, cuando solo debería haber guardado ese comentario para mi mente.

- Es un poco insensible lo que has dicho, Elentari. – se quejó Cassandra a mi lado.

- No, no me malinterpreten. – me defendí.

- Te hemos entendido perfectamente, ¿si? - dijo Sera. – y tienes razón. Si debemos saber qué es lo que sucede con ese elfo, debemos saber. Hablaré con los Jenny de Tevinter para ver qué información pueden darme.

- ¿Lo crees prudente? – quiso saber Cullen.

- ¿Tienes otra idea, Cullen?

- No, no importa. – contestó él.

- Oye, Jefa… - dijo Toro algo molesto en su asiento. – Anoche has hablado de ciertas cosas extrañas… Acerca del individuo y la libertad, cuando contaron todas las cosas que ese elfo Hain ha estado diciendo en la plaza. – yo lo miré. – Ese es el problema que tienen aquí. Deben entender que nosotros no somos individuos, somos un todo. – yo miré a Toro y recordé cuando Solas y él discutían constantemente, ahora comprendía un poco más a Solas.

- Toro…- le dije. – Ya no sigues las enseñanzas del Qun, por favor, intenta pensar un poco más allá de lo que has aprendido en tu vida. Sé que es mucho pedir, pues es todo lo que has creído durante toda tu vida. Pero estos últimos años, donde has estado con nosotros y has vivenciado lo mismo que yo, dime ¿realmente te parece que no somos individuos diferentes cada uno de nosotros? ¿De verdad te parece que todos somos uno? – Toro asintió.

- Ya verás que estas ideas locas de individualidad y libertad van a terminar trayendo otro problema en Thedas.

- No tengo dudas de que sucederá, pero no por la libertad en sí misma, sino porque siempre hay gente loca. Pero existe aquí o en Seheron o Par Vollen. – le aclaré.

- No lo sé, Jefa… No es lo que siempre he creído lo que has dicho anoche, es todo. Si los Qunari se enteran de todos estos líos que se suceden aquí, seguramente planearán una invasión. Este elfo protestante debería andar con más cuidado. – No había pensado en ello, Toro tenía razón. Hain estaba profesando la mayor blasfemia para los seguidores del Qun. El elfo estaba diciendo que todos éramos libres y cada uno tenía su propia consciencia, mientras que el Qun profesaba que cada uno de los miembros de la sociedad formaban el todo de la sociedad.

- Oye, tienes razón. – le dije. – Si no ha llegado a oído de los Qunari este caos aún, pronto lo hará, y pronto querrán invadir Tevinter y el Sur. – Toro asintió. - Debemos volver lo antes posible a Feudo Celestial y avisar el cambio social que se está viviendo en Minrathous. – les dije a mis compañeros. – Creo que Dorian ya ha asumido que seguirá aquí, sin nosotros de momento, pero yo aun tengo responsabilidades con el Sur. Esto que se está cociendo aquí puede terminar en un desastre.

- ¿Qué propones? – quiso saber Cassandra.

- Dejemos a Dorian con sus asuntos, partiremos hacia Ventus, donde residen los padres de Dorian. Vayamos a nuestras habitaciones a guardar nuestras pertenencias y pongámonos nuestros atuendos formales de la Inquisición. – Cassandra me sonrió, pues se sentía vigorizada cada vez que yo tenía una idea en mente y la ejecutaba. Estaba segura de que mi amiga no tenía idea de cuál sería mi plan, pero lo llevaría a cabo de cualquiera forma.

Hicimos como dije y finalmente estuvimos listos para partir. En la habitación de Dorian dejé una nota escrita donde explicaba nuestra ausencia, solicitándole que se comunicara conmigo a través de nuestro cristal que llevaba como collar, una vez que tuviera tiempo. Hablé con el mayordomo de la mansión y solicité una embarcación costera para movilizarnos desde Minrathous hacia Ventus, antiguamente conocida como Qarinus. El hombre así lo dispuso, y nos comunicó que se encargó de contratar una de las embarcaciones más rápidas para transportar mercancía de valor. Agradecí el gesto. Me comentó que dicha embarcación partiría en dos horas, así que nos dirigimos al muelle de la ciudad.

El plan era visitar Qarinus, luego partir sobre monturas hacia la Ciudad de Wycome y encontrarme con mi Clan. Sería un largo viaje, pero teníamos que hacerlo, aunque siempre el más largo había sido desde Kirkwall hacia Minrathous por tierra. Una vez en Wycome, volveríamos hacia Kirkwall, donde finalmente volveríamos en una embarcación hacia Denerim y de allí a Feudo Celestial, ya en Ferelden.

 

.               

 

Partimos al muelle y de allí a la embarcación en dirección a la antigua Qarinus. El viaje resultó placentero, no fueron tantas horas en aquella embarcación cómoda y espaciosa. Por la noche llegamos a destino, descendimos y decidimos buscar habitación en una taberna para no molestar a la familia de Dorian a aquellas horas. Nos dirigimos a una gran Taberna en el muelle y buscamos habitaciones. Nos dispusimos a cenar y compartir nuestras ideas antes de la mañana siguiente, en la que visitaríamos a los padres de nuestro mago de Tevinter. Pensé en Varric y su ausencia, pero tenía que comenzar a acostumbrarme a estar sola, pues mis amigos tenían que hacer sus cosas.

Estábamos todos sentados en la mesa, yo tenía a Cassandra y Sera a mi lado, Cullen y Toro estaban frente a nosotras. – Creo que Dorian se molestará al notar nuestra ausencia. – dije.

- Un poco más cuando sepa que iremos a conocer a sus padres con Toro. – dijo Cullen.

- ¡Ey! Le encantará… - bromeó. – De todas formas, no tienen que saber nada. – sentenció.

- Por supuesto que no sabrán nada. – dije. - ¿Quieres desatar la guerra contra Seheron ahora mismo? – bromeé. – No, no. Solamente quiero hablar sobre Hain con ellos, necesito más información sobre ese elfo y quiero saber qué postura adoptan ahora que la libertad que le han entregado está causando estragos.

- Aparte de cuál fue el motivo para dejarlo libre. – agregó Cassandra.

- Eso también es importante. – dije.

- Toro… - Cass miró a nuestro Qunari. - ¿Podrías explicarme un poco más acerca de tu pueblo?

- No es algo de lo que me gusta hablar, Cass… Ya sabes, desde que soy un Tal-vashoth…

- No te gustaba hablar desde antes. – bromeó Cullen.

- Oye, es cierto. – rio Toro. – Pero haré el esfuerzo por los amigos. – tomó en su mano una pinta con cerveza y la levantó por los aires. Tomó todo de un solo trago, pidió otra y se dispuso a comenzar. – Bien los Qunari gobiernan las islas de Seheron y Par Vollen, el norte de Rivain y Qundalon, como saben. Estamos en constantes disputas con Tevinter dada la cercanía de los territorios y porque además, como saben, son los únicos que se negaron a firmar el tratado de paz de Llomeryn para terminar la guerra contra los Qunaris en la Edad de la Tormenta. Los otros pueblos humanos lo hicieron. – todos asentimos, pues conocíamos esa parte de la historia. – El Salasari es el órgano rector de la sociedad Qunari. – Toro rezongó y pensó en qué palabras utilizaría para continuar explicando la política y sociedad de la gente del Qun. Era de conocimiento público que todos los miembros de Qun carecían de las enseñanzas adecuadas para explicar a extranjeros sus costumbres, pues ellos mismos se interesaban sólo en comprender las características de sus propios roles en la sociedad, no así los demás. Para tener conocimiento cabal de todo debían ser Sacerdotes en el Qun, y no era el caso de Toro. Sin embargo, El Toro de Hierro era un miembro excepcional del Qun, perdón ¡ex miembro! Pues había representado varios roles en su sociedad a lo largo de su vida, dadas sus magníficas cualidades, hasta que finalmente, trabajando de encubierto en Orlais durante muchos años, comenzó a percibir su propia individualidad, formó al grupo de mercenario de Los Batalladores, y llegado el momento, decidió elegir la vida de sus hermanos de batalla, antes que el Qun. Lo cual le costó todo en su propio pueblo: la rebeldía de pensamiento se paga con el exilio, siendo actualmente un Tal-vashoth. De allí en adelante, Toro experimentó realmente lo que es la individualidad, de la mano de Dorian, hasta percibirse como un individuo, aunque aún no era consciente de aquel cambio, como yo no lo había sido cuando había salido de mi Clan, años atrás. – Todos los miembros del Qun son unos y forman el todo. Conocer cuál es el lugar de cada uno dentro del pueblo, permite dar vida a los Qunari y salir adelante. Es decir que cada miembro del Qun es una gota de sangre y juntos forman el torrente sanguíneo… - asentimos y continuamos oyendo – El Salasari representa la totalidad del Qun y representa la perfecta trinidad: El cuerpo o Arishok, que gobierna a los soldados; la mente o Arigena, que gobierna a los artesanos; y finalmente, el alma o Ariqun, que gobierna el sacerdocio. Estos son los tres pilares de la sociedad Qunari.

- El deber es lo primordial en la cultura de los Qunari. – afirmó Cullen, Toro asintió.

- Así es… No se debe hacer lo que es mejor para uno, sino lo que es mejor para todos. El bienestar de la sociedad es responsabilidad de todos.

- ¿Y cuál es tu opinión al respecto? – quise saber. En realidad solo quería que Toro no se sintiera culpable por haber decidido sus propios intereses (los Batalladores) por encima del Qun. Toro pareció tener un destello de nostalgia sobre su rostro pero luego me miró, entendiendo hacia donde quería ir con mi pregunta.

- Elentari. Sabes que lo hecho, hecho está. – dijo. – Yo soy un maldito Tal-vashoth…

- Pero lo eras desde hacía un tiempo, antes de elegir a tus amigos y a la Inquisición. – le dijo Cassandra. Toro la miró.

- Así es, Buscadora. Cuando trabajé en Orlais comencé a notar que hay algo entre los sureños que quizás no se tiene en consideración en el Qun. No me malinterpreten, el modo en el que se vive bajo las enseñanzas del Qun son efectivas, pero quizás… Solo quizás, la individualidad de la que tanto hablan últimamente, no está hecha para algunos miembros del Qun… lo cual representa un peligro para la sociedad, por lo que debemos ser desterrados para continuar con la perfecta unidad del todo. – Toro guardó silencio. – Lo que me perturba es saber que he matado a tantos Tal-vashoth convencido de que era lo mejor, y ahora me replanteo si quizás no maté a hombres libres que quisieron vivir respetando el Qun pero lejos de éste, como lo hago yo.

- Es que la libertad no es para todos, no porque no debamos ser todos libres, sino porque no todos la desean… - dije.

- Aquí vamos de nuevo. – bromeó Toro. - ¿Qué es lo que tienes con este tema de todas formas? – quiso saber. – Hablas todo el tiempo de libertad, ¿por qué te obsesiona?

- Es que una vez que descubres que existe y la amas, no puedes hacer menos que compartirla. – le expliqué. - La única manera de lidiar con un mundo sin libertad es llegar a ser tan absolutamente libre que tu misma existencia sea un acto de rebelión.

- Sabes a quién me recuerdas. – me dijo, yo sonreí.

- Yo también lo estoy recordando últimamente. – confesé en voz alta algo que llevaba en mi corazón desde hacía meses… Me pareció percibir que Cullen se movió incómodo al lado de Toro, quizás por miedo a que volviera a sufrir la ausencia de Solas… - Pero no lo recuerdo con dolor. – dije y miré a nuestro Comandante. – Simplemente recuerdo sus palabras… sus enseñanzas… - me perdí en su recuerdo al hablar de él, y dejé de emitir palabra. Toro a mi lado me trajo de vuelta al momento en el que estábamos.

- Pero ¿tiene que ver Solas con esta obsesión? – negué con un gesto de cabeza.

- No, no tiene que ver. Quizás fue él quien puso en palabras lo que yo venía experimentando desde que había explotado el Cónclave, pero esta sensación de percepción de mí misma, era algo que yo experimentaba aún antes de que él me hablara de la libertad y de la rebeldía que acarrea. – los miré. – Debo confesar que al igual que los Qunari, en mi Clan, nosotros también tenemos puestos asignados y actividades determinadas, y sin darme cuenta, yo también era una gota de sangre que formaba el torrente sanguíneo para permitir el funcionamiento del cuerpo de mi Clan. Hasta que no salí de allí y no me perdí entre ustedes – les sonreí – no experimenté realmente lo que es ser “libre” y todo lo que acarrea.  Con ustedes – hice una pausa – y con Solas, no puedo sacarle crédito, me encontré a mí misma. – Ahora miré a Toro – Es lo mismo que comenzaste a experimentar en Orlais, y es lo que concluyó cuando fuiste Tal-vashoth. Tu primera elección por ti mismo fue cuando salvaste a Los Batalladores: te reconociste como un individuo y de allí en adelante, ya no podrías formar más parte del Qun, pues ya no eras un uno que formaba el todo, sino un uno que pensaba por sí mismo.

- Argh… - dije Toro. – Lo mismo me dijo Solas. Extraño a nuestro mago silencioso. Era un incordio cuando lo deseaba, pero se podía mantener excelentes conversaciones, y era muy bueno en Gracia Perversa. – rio. Yo también lo hice a su lado.

- Solas dijo tantas cosas… - dije casi en un susurro. – Y recién hoy comienzo a comprenderlas… Me pregunto de dónde traía toda aquella sabiduría sobre este mundo. Era un adelantado a nosotros. – Toro guardó silencio interpretando mis palabras, luego de un tiempo asintió, como si estuviera de acuerdo con lo que había dicho.

- Solas tiene mi respeto. – dijo Cassandra. – Desde el primer día que se ofreció voluntariamente a ayudar, supe que había más en él de lo que eras capaz de confesar… Pero ha sabido ganarse mi respeto, e incluso mi confianza, aunque su ausencia fuera tan repentina… - entrelazó los dedos de sus manos entre sí y las apoyó sobre la mesa. – No quiero pensar en traición, pero no tengo idea de qué lo habrá hecho huir.

- Nadie niega que fue un miembro valeroso de nuestra Inquisición. – dijo Cullen. – Pero ¿traidor? No es una palabra que usaría para describirlo. Habrá tenido sus motivos para alejarse. – guardé silencio. De pronto que mis amigos lo nombraran en voz alta me alivió e hirió al mismo tiempo.

- No puedo creer lo que están diciendo… - Sera rio. - ¿Extrañar a Solas? Estaba herrumbrado… Todo el tiempo hablando del pasado y olvidándose de vivir el presente. Sean cuales hayan sido los motivos que lo llevaron a alejarse, se olvidó de lo más importante: la Inky era su presente y era real. No como todas esas bobadas que recordaba todo el tiempo que ya no existen y por las que dejó algo real. – las palabras de Sera me golpearon.

- Bien, no hablemos de ese tema, por favor. – pidió Cullen. Sera rio.

- Aunque claro que también es “real” que hoy no forma parte del presente de nadie nuestra Inky. – lo molestó. Cullen la miró serio, pues entendió lo que quiso decir. Toro y Dorian siempre me decían que Cullen tenía demasiado interés en mi protección y bienestar, y estaban seguros de que había llegado a cautivarlo. Yo no estaba segura de que fuera cierto, pues nuestra relación con él era de este modo, desde que nos habíamos unidos más, luego de la desaparición de Solas, pero no podía negar que siempre estaba atento a lo que me sucedía, aunque yo lo consideraba parte de nuestra amistad. A esto que Dorian y Toro decían estaba haciendo referencia Sera.

Cassandra a mi lado se acomodó y miró molesta a Sera. – Dejemos el tema, si les parece. Y centrémonos en la gente del Qun.

- Por favor. – dijo molesto Cullen. Toro rio.

- ¿Cómo comercian? – quiso saber Cassandra.

- Oh, sí ¿Tienen moneda propia? – pregunté con entusiasmo. Toro rio a nuestro lado.

- No, no. Esos son conceptos de ustedes… - dijo Toro. – Perdón, de nosotros. En el Qun no se ve la necesidad de tener propiedades privadas, acumular o tener dinero. Por supuesto que saben cómo comerciar, pero eso surge sólo de interactuar con la gente que aún no ha aceptado el Qun como forma de vida, para comprender mejor. – aclaró. – Pero es una pérdida de tiempo tener propiedades privadas o comerciar. No es práctico, pues si deben moverse un lugar a otro, con muchas pertenencias, no podrían hacerlo de forma rápida y efectiva.

- Vaya. – dije. – Eso no sabía ¿Y qué tiene valor entre ellos?

- La investigación para mejorar todo lo que se hace, es algo muy venerado. – nos dijo. – Así como cada miembro del Qun que permite que la unidad se mueva.

- Todo lo que dices me recuerda a las abejas, Toro. – rio Sera. – Los Qunari son abejas en colmenas.

- Oye, es un buen ejemplo el que has dado, Sera. – dijo Toro. – Es así. Las colmenas de abejas sobreviven porque todas tienen roles definidos que los cumplen y gracias a ellos perduran en la colmena. Solo que no consideran a un solo miembro del Qun como la Reina del enjambre, sino que es gobernado por el cuerpo, la mente y el alma.

- Qué mundo tan diverso tenemos… - dije. – Somos tantas razas y cada una va atravesando su propio proceso y formalizando su pensamiento de diferentes modos. Pero creo que llegará el día que todos estaremos en la misma sintonía. – les dije – Ya que todas las razas han empezado del mismo modo: todos hemos actuado como abejas y todas terminaremos siendo individuos luchando por el bien común. 

- Haces que suene como algo sencillo. – dijo Toro. – Pero brindemos por la individualización. – llamó a la mesera y pidió una pinta para todos. Al poco tiempo trajo y las situó delante de nosotros. – Bien, brindemos por la libertad de la que tanto habla nuestra pequeña elfa y ya está resultando ser tan molesta como nuestro querido Solas. – levantó su pinta y yo sonreí. Tomé la mía, me puse de pie pues recordar a Solas hizo que lo sintiera a nuestro lado en esta charla a pesar de su larga ausencia. Toro hizo lo mismo, seguido por Cullen que dubitativo tomó la pinta en sus manos y también se puso de pie. Cassandra resopló, pero de todos modos lo hizo, acompañada por una media sonrisa sobre los labios de Toro. Sera hizo lo mismo con entusiasmo. - ¡Por no volver a recordar a Solas! – dijo poniendo en alto su pinta.

- Por la libertad y que seamos capaces de no temerle. – dije sonriendo yo, “y por ti, amor mío”, pensé en Solas, “por todas tus enseñanzas y por todo lo que no supe comprender de tus palabras”.

- Por proteger a los débiles y buscar la verdad para comunicar a todos. – dijo Cassandra.

- Por la Inquisición. – dijo Cullen, Toro rio a su lado.

- Siempre tan emotivo, Comandante. – lo molestó. Todos reímos y levantamos nuestras pintas y antes de chocar yo los detuve:

- ¡Esperen!  Y por supuesto que este brindis también será por nuestro querido amigo Varric que nos ha generado este hábito – dije, todos reímos – y nuestro mago favorito que nos odiará cuando no nos encuentre en su mansión… - volvimos a reír.

- Pobre, Dorian… - dijo Toro. – Pero nos perdonará. – todos chocamos nuestras pintas y tomamos todo su contenido. Al finalizar dejamos nuestros vasos sobre la mesa y nos miramos con camaradería. No sólo habíamos vencido a Corifeus, sino que éramos amigos y nuestra individualidad se hacía menos pesada al compartir el peso de la responsabilidad de la libertad entre nuestros hombros. – Los quiero. – le dije y todos rieron.

 

     

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Por la mañana nos despertamos sin problemas ni bien el Sol se asomó el cielo. Solo Toro y Sera se habían quedado a continuar charlando en la taberna, Cass, Cullen y yo nos habíamos ido a dormir.

Durante la noche dormí plácidamente, no busqué a Fen’Harel en el más allá, ni él perturbó mis sueños. Como la noche anterior no había podido dormir, no bien estuve sobre la cama caí en un sueño profundo, y mis últimos pensamientos fueron para Solas, con un poco de nostalgia pero a la vez con una sensación de agradecimiento por haber hablado de libertad en el momento en el que mi corazón la estaba experimentando en su máxima expresión.

Me senté sobre la cama y tomé la piedra que Dorian me había dado, que llevaba como collar. Contacté con ella y al poco tiempo su brillo me dio la imagen de Dorian despertándose al otro lado. Su rostro estaba adormilado aún, pero al notar la luz de nuestra conexión se despertó. Restregó sus ojos cansados y me habló algo molesto: - No puedo creer que se hayan ido dejándome solo una nota roñosa. – dijo. - ¿Sabes lo que me hieren tus actitudes, querida amiga? – bromeó.

- Lo siento, Dorian. Pero debo partir hacia Feudo Celestial lo antes posible. Y comprendí que no es justo que te arrastre conmigo, tú tienes tus responsabilidades, yo las mías… - los dos guardamos silencio. Por primera vez en varios años comprendíamos que por separado tendríamos que unir al mundo. Estábamos juntos en esto, pero separados por la distancia.

- Pero te has llevado a Toro. – bromeó. Yo reí. - ¿Qué habrías hecho si me llevaba a ese elfo molesto que tenías de pareja? – volví a reír.

- Habría respetado su libertad. – le guiñé un ojo.

- Ah, lo dices porque sabes que nunca lo habría llevado. – me molestó. – En cambio tu sí lo tomas a mi Toro, porque él sí es buena compañía. – volvimos a reír.

- Deja a Solas en paz y fuera de esto. – le dije. – Haya sido lo que haya sido, ya no está. – los dos guardamos silencio.

- Oye, lo siento. – se disculpó. – No sabía que aun te duele.

- Siempre va a doler. – le expliqué. – Pero puedo hablar de él, no te preocupes. – Suspiré. – He venido a hablar con tus padres acerca de Hain. Te avisaré cómo lo encuentro a tu padre, por si… - no quise seguir con la frase.

- Por si es tan grave como para que muera… - finalizó él. Yo asentí. – Te quiero bella amiga. Por favor, prométeme que todas las noches hablaremos. No podría vivir sin ver el rostro más bello que conocí, después del mío.

- Por supuesto. – le dije. – Yo tampoco podría estar un día sin ver tus excepcionales facciones. – los dos reímos. – Vaya, Dorian… En serio… un día debemos tener sexo tú y yo. – volvimos a reír a carcajadas, siempre bromeábamos con que, si él sintiera atracción por las mujeres, ya habríamos tenido sexo. Lo cual era cierto.

- Me encantaría sentirme atraído por ti… pero ya sabes… No tienes lo que necesito.

- ¡Dolió! – dije riendo. – Tú sí tienes lo que necesito. – guiñé un ojo, él rió.

- Y no tienes idea de lo que te pierdes. – volvimos a reír. - Invita cada tanto a Toro. Lo extrañaré también. – me confesó con una sonrisa. Yo le sonreí.

- Por supuesto, Dorian. Te quiero. – le dije y le tiré un beso. Los dos reímos (de nuevo) y nos despedimos. Yo solté el collar y permanecí sentada sobre la cama extrañando a Dorian, extrañando a Solas y extrañando no sentirme sola… Sentir que formaba parte de algo y que eso era suficiente. Aunque la realidad era que nunca había sido suficiente. En mi Clan, cuando formaba parte de algo y nunca me sentía sola, siempre sentía que estaba molestamente rodeada de personas que no me comprendían y solo con Erëa encontraba mi individualidad ¡Qué inconformismo! Solo con Solas alcancé ese estado en el que me sentía segura y sin necesidad de buscar más, sólo él. Pero estaba claro que Solas tenía otras necesidades aun estando conmigo que lo llevaron a buscar ese “algo” que le faltaba. Suspiré. Bueno, basta de Solas. Nuevamente estaba pensando demasiado en él y era en balde, él no estaba ni estaría. Era hora de aceptarlo.

 

Cuando estuve lista salí de mi habitación y fui a buscar al resto del grupo. Nos reunimos en una mesa, desayunamos rápidamente y partimos hacia la Finca Pavus, en las afuera de Ventus.

Caminamos durante varias horas hasta que finalmente visualizamos a lo lejos la hermosa mansión que tenía Dorian en esta Ciudad. Cuando nos acercamos a la puerta custodiada por soldados nos presentamos como amigos de Dorian Pavus y miembros de la Inquisición. Mi título era conocido en todo Thedas, así como mi reputación algo déspota (dados los sucesos que comenté al comienzo de la historia), por lo que me presencia resultaba amenazante.

Los soldados nos pidieron que esperáramos, así lo hicimos, mientras uno de ellos se dirigía al interior a hablar con quien correspondiera. Al poco tiempo salió un hombre con bigotes delicadamente peinados y canosos, era el mayordomo que se presentó como Oracius y nos invitó a pasar. Así lo hicimos. Nos invitó a tomar asiento y nos explicó que pronto vendría Aquinea Thalrassian, madre de Dorian y Magister en la cámara de senado Imperial de Tevinter.

Al poco tiempo una mujer que rondaba los cincuenta y pico de años se hizo presente. Tenía una belleza severa, seria, esbelta, autoritaria, con labios carnosos como los de Dorian y un cabello marrón oscuro que llegaba solo hasta los hombros. Llevaba vestimentas características de los miembros del Magisterio y sus manos se encontraban cubiertas por guantes, mientras una túnica finamente decorada cubría el resto de su cuerpo, sin duda se trataba de una exquisita pieza de armadura ligera, lista para cualquier ataque que desearan hacer en su contra.

Caminó con seguridad frente a mí, mientras todos nosotros nos pusimos de pie e hicimos reverencia a un miembro del Magisterio. Ella nos la devolvió y sin tomar asiento, por lo que nosotros tampoco lo hicimos, habló, dejando claro que su tiempo era valioso con aquella postura adoptada y que no nos destinaría más minutos que los necesarios. – Bueno días. – saludó informalmente. – Me alegra contar con la presencia de la Inquisición en mi Finca y con la presencia de vuestra líder y su Comandante. – Cullen y yo volvimos a bajar la cabeza en reverencia. – Es una pena confesar que mi marido se encuentra enfermo y debo velar por su salud en estos días. Por lo que mi tiempo es más valioso que el oro, ya que deseo pasar las horas a su lado. – entonces la condición de salud del padre de Dorian era peor de lo que imaginaba.

- Le agradezco muchísimo que se tomara la molestia de acudir a esta visita…

- Inoportuna. – dijo. Yo asentí.

- Inesperada e inoportuna. – le dije. La madre de Dorian era una mujer directa, no se andaba con vueltas, pude notarlo. Así que yo también sería directa, estaba segura de que lo apreciaría. – Como debe ser de su conocimiento, su hijo Dorian Pavus y querido amigo personal se encuentra en estos momentos en Minrathous, pues ha sido citado para cumplir con las responsabilidades que tiene para con su Nación. Ya ha entregado suficiente en el Sur y creo que es momento que haga lo mismo en el Norte. – su madre me sonrió cálidamente por primera vez, se notaba que quería a su hijo.

- Cuando me hablaron de miembros de la Inquisición tuve esperanzas de que él estuviera aquí. – me confesó. – Pues mi marido se encuentra en estado delicado de salud. Te agradezco por haber intervenido dos años atrás para que Dorian pudiera conversar con su Halward. Has dado paz al corazón de mi marido. – yo le sonreí. - ¿Qué te trae por aquí, Inquisidora?

- He visitado Minrathous junto con Dorian y he conocido a Hain, un elfo profeta. – el rostro de Aquinea se ensombreció. Rápidamente me defendí por haber sido tan directa: - He notada que usted es una mujer con poco tiempo y que agradece que sus emisarios no se anden con vueltas, ¿me he equivocado?

- No, Inquisidora. Solo que no creí que el motivo de su visita sería ese ¿Qué desea saber?

- Deseo saber del pasado de Hain y si me permite, el motivo por el que Halward Pavus le otorgó su libertad. – ella me miró con desconfianza. – Todo lo que me diga será entre usted y la Inquisición. Puede confiar en mí. – le dije, aunque no estuve segura de si mis palabras serían suficientes sin la presencia de Dorian entre nosotros.

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- ¿Qué me puedes contar acerca de Hain? – pregunté.

- Hain era un esclavo nacido de dos elfos que también estaban a nuestro cargo. – me dijo. – Sus padres eran unos siervos excepcionales, muy doctos y fáciles para la comprensión. Cualquier tema sobre el que uno dialogara con ellos fluía con facilidad de palabras y pensamientos. No eran como ningún esclavo que hubiéramos conocido, y había veces que las charlas con ellos resultaban más amenas que incluso entre los hombres más cultos de Tevinter. – me confesó. – La sabiduría de sus palabras nos dejaba atónitos y con ellos estudiamos muchos hechizos y comprendimos un poco mejor el manejo de la magia, pues nos sabían guiar en el entendimiento de la manipulación del Más Allá. Era una característica extraña, debo confesar, pero eran tan fáciles para interpretar el conocimiento de este mundo que Halward y yo pensamos que simplemente aquella interpretación formaba parte de sus propias capacidades superiores de comprender los misterios de este mundo. – yo asentí. – Al principio no sabíamos que ellos eran magos, pues habían ocultado sus dotes mágicos de un modo que nunca vi en Tevinter, ni ninguna otra parte del mundo. Han sido los únicos capaces de mantenerlos ocultos durante tantos años.

> Su capacidad de pensamiento eran tan superior a la de muchos que decidimos que se ocuparían de mantener en orden la Biblioteca, los libros, así como nuestra sala de estudio, donde desarrollábamos nuestros hechizos y los potenciábamos. Y fueron excelentes en ello, pues sabían el nombre de cada libro y dónde se encontraban. Cuando buscábamos sobre algún tema ellos nos recomendaban de forma casi perfecta la lectura, como si los hubieran leídos a todos y los recordaran… - volví a asentir. – Pasaron años hasta que Halward y yo notamos que se tenían cariño, y luego que se profesaban amor. Intentaron ocultarlo, pero esas cosas el cuerpo no oculta. Pero ellos nos resultaban tan interesantes y útiles que decidimos hacer la vista gorda, pues eran excelentes actores frente al resto de los miembros de la Finca y sólo mi marido y yo notamos la cercanía, ya que siempre estábamos con ellos.

> Luego de unos años sucedió lo inapropiado: Callisdrema, la elfa se embarazó y fue difícil de ocultar el niño. Hicimos lo posible, enviándola a otro sitio, hasta que nació Hain. Al volver a nuestra Finca lo presentamos como un niño esclavo comprado y lo otorgamos al cuidado de los elfos, con Callisdrema como madre sustituta. Las sospechas comenzaron desde ese momento entre el resto de nuestra servidumbre. – yo asentí escuchando. - Finalmente, el niño fue creciendo bajo las amorosas enseñanzas de los elfos y a la edad de 5 años había desarrollado una capacidad de pensamiento superior a cualquier niño que hubiéramos visto. Nuestro Dorian tenía 2 años en aquel momento y era su amigo de andanzas, aunque creo que él no lo recuerda, pero Hain siempre lo llevaba de un lado a otro y le leía cuentos, pues a los 5 años sabía leer y ahora también creo que era capaz de tener un pensamiento formal, capaz de comprender las palabras y separarlas de la realidad y conformar una imagen mental de lo que le decían, oía o leía. Era un niño prodigio. Pero era un niño, y no pudo ocultar su inteligencia del modo que lo hicieron sus padres y comenzaba a hablar demasiadas cosas entre los esclavos y estaba molestando a quienes servían. – guardó silencio recordando a Hain.

> Una noche el niño comenzó a decir que él no había nacido esclavo sino libre, por lo que Halward se vio obligado a arrancarlo del brazo de sus padres y lo llevó a Minrathous en una de sus mansiones para que le designaran tareas específicas según sus dotes. No volvimos a saber de él hasta después de un tiempo…

> Allí comenzó la desesperación: Callisdrema y Ordrel, los elfos que te mencioné, se llenaron de pesar al no tener a su hijo y muy tarde supimos que ella nuevamente estaba embarazada. Creemos que ante el miedo de que le quitemos su niño por nacer decidieron huir.

> Volvimos a transitar el embarazo de Callisdrema en secreto, pero era demasiado para un esclavo volver a hacernos pasar a sus amos por aquella situación, así que le dijimos a Callisdrema que no bien naciera su hijo se lo quitaríamos y la separaríamos de Ordrel. – sentí pena por la mujer elfa. – Entre esclavos no está permitido amar, y nosotros lo habíamos tolerado pues teníamos una relación casi de amistad con esos elfos. Eran personas que nunca más volví a encontrar en este mundo. – guardó silencio recordándolos.

> Cuando Callisdrema tuvo su hijo, resultó ser una niña, y nos pidieron pasar solo una noche con ella, para al día siguiente entregarla para que su destino fuera el que decidiéramos. Otorgamos lo que pedían, pues los apreciábamos en verdad. – mi garganta sentía un nudo ante el relato, pobres elfos, qué injusticias sufrieron en manos de las clases sociales. – No sabía que ellos habían decidido que huirían con su hija y no permitirían que fuera una esclava.

> Esa noche Callisdrema y Ordrel hicieron un despliegue espectacular de su magia. Usaron una potencia de magia envidiable, que le habrían valido un puesto en el Magisterio de no ser por sus condiciones de esclavos. Usaron hechizos que nosotros no conocíamos y no teníamos idea dónde los conocieron. Destrozaron la Finca y huyeron. Les dimos caza, pues no podíamos dejar que ensuciaran nuestro buen nombre y finalmente nuestros Templarios y la milicia les dio alcance en bosque profundos donde dicen que lucharon de forma aguerrida, embravecidos y finalmente fueron derrotados…

- ¿Qué fue de la niña? – quise saber.

- Murieron los tres durante la huida. Es lo que nos han dicho los sobrevivientes del encuentro. – sentí pena por la pobre elfa que murió en el primer día de su nacimiento.

> Muchos años después, Halward y yo tuvimos que vivir durante una temporada en Minrathous ya que Dorian era más revoltoso de lo que deseábamos y no cumplía con nuestras expectativas. – el rostro de Aquinea se entristeció. – En aquel momento sólo queríamos seguir desarrollando nuestra potencia mágica, pero no me malinterpretes, mi Dorian es mi orgullo.

- Por supuesto. – le dije. – Es un magnífico ejemplo de su Nación. Debería estar orgullosa, pues el valor de Dorian es inmensurable.

- Gracias. – me dijo. – Como te iba diciendo, nos fuimos una temporada a Minrathous donde nos encontramos con Hain. Yo no quería tener nada que ver con el joven elfo, pues las habladurías respecto a lo que había sucedido generó sospechas sobre nuestro apellido en aquellos años. Se sucedieron más de 20 años para que se olvidara aquel suceso, y si volvíamos a interactuar amistosamente con Hain, volveríamos a traer sospechas sobre nuestro apellido – me dijo, pero luego sonrió recordando algo. – Pero Hain se había vuelto un joven precioso, tenía los ojos azules de su madre, pero el porte de su padre. Su cuerpo esbelto y de hombros anchos, raros en su raza, pero similares a los de Ordrel. Halward, por otro lado, rápidamente comenzó a hablar con el joven elfo y entablaron una relación fluida que finalmente se hizo cómplice. – Aquinea dirigió su mirada hacia el suelo. – En ese entonces nuestro pequeño Dorian eran un joven de difícil manejo y que se emborrachaba en las tabernas sin cuidar su apellido… En realidad ya no era un niño tenía 24 años, pero para mí seguía siendo el mismo niño que amaba estudiar magia pero que no le dijeran cómo hacerlo - yo me acerqué a la mujer y apoyé una mano sobre su hombro. Ella me miró molesta por el descaro, pero mis ojos amarillos la tranquilizaron.

- Puedes hablar con tranquilidad frente a mí. – me di vuelta y miré al resto del grupo para que se retiraran, así lo hicieron. Pues sabía que ella no admitiría la sexualidad de Dorian frente a todos, ni el hecho de que su padre comenzó a usar magia de sangre para cambiarlo. Pero yo lo sabía todo. Cuando mis amigos se retiraron con una reverencia yo volví a hablar: - Dorian me ha confesado los problemas que tuvieron y su orientación sexual. – le dije. Ella miró hacia el suelo, avergonzada o arrepentida, no sabría decirlo.

- Para nosotros fue demasiado. Dorian había sido problemático desde niño y estábamos agotados de lidiar con sus insolencias. Siempre teníamos que ocultar sus errores y nuestra relación había llegado a un punto en el que cualquier chispa entre nosotros generaba fuego. – se confesó. – Cuando nuestro hijo nos confesó que no seguiría con nuestros planes matrimoniales estalló una batalla entre su padre y él. Esto que te diré a continuación son conjeturas, no lo sé a ciencia cierta. – me advirtió. – Pero no estoy segura si tendrás oportunidad de hablar tú con Halward, pues se encuentra en un estado de salud muy delicado. – asentí. – Hain era mago, como sus padres, pero aprendió a ocultar su magia de un modo exquisito, como lo habían hecho sus padres. Hasta la actualidad creo que muchos dudan si es mago o no lo es. Pero lo es. Yo lo vi practicar magia de sangre con Halward una noche. No tengo dudas. – ella me miró con seriedad. – Creo que fue Hain quien lo llevó por ese camino a mi marido, y no me interpretes como algo que me avergüenza, la magia de sangre es magia, no me molesta que la practique, sino que fue Hain quien convenció a mi marido de practicar un ritual de magia de sangre…

- Para cambiar la orientación sexual de Dorian. – finalicé. Ella me miró con sorpresa.

- Veo que eres realmente amiga de mi hijo. Él no le contó aquello a nadie. Pero destrozó su corazón de un modo tan permanente, que no creo que pueda volver a unirse en uno solo. Las cicatrices siempre estarán. Halward se entrenó con Hain durante poco más de un año hasta que finalmente llevó a cabo aquel ritual. Y fue en ese momento en el que Dorian nos abandonó y continuó aprendiendo magia por su cuenta. A los pocos meses llegaron los rumores de la explosión del Cónclave y la formación de la Inquisición y él se retiró al Sur a pesar de mis súplicas de que no lo hiciera – asentí.

- ¿Por qué le dio libertad a Hain? – quise saber.

- Creo que Hain a través de la magia de sangre manipuló la mente de mi marido e hizo que le otorgara la libertad, pues no encuentro motivo por el que Halward lo habría hecho. Liberarlo era muy peligroso, como lo estás notando.

- Vaya… - dije, mientras pensaba en sus palabras. Ambas nos miramos con seriedad. – Dorian está en peligro. – las palabras salieron de mi boca inmediatamente, Aquinea asintió. – Las implicancias que podrían tener sobre el apellido Pavus las locuras de Hain…

- Podrían ser mortales… - dijo Aquinea. – Halward y yo lo sabíamos. Cuando finalmente este elfo fue libre dos años atrás mi marido fue consciente de su error. Como si al tenerlo lejos se liberó del dominio del elfo. Así que comenzamos a ablandar el camino para asegurar títulos a Dorian. Cuando la Inquisición realizó todas las hazañas que sabes, decidimos que era momento de interactuar con el Sur. Así que buscamos a la Divina Victoria a través de un mensajero. – mis ojos se abrieron de par en par. – Y ofrecimos una alianza. Crear un puesto de Embajada para Dorian para comenzar a crear un puente político imaginario entre el Sur y el Norte a través de nuestra casa. – asentí. Traición a la Nación de Tevinter para asegurar la vida de Dorian. – Nuestro Divino Imperial no cuenta con la importancia que la Divina Andrastiana de ustedes, así que por lo menos queríamos asegurar que el Sur protegería a nuestro hijo.

- Así como la Inquisición. – le aseguré.

- No tengo dudas… - me dijo seriamente. – Pero hay más, Inquisidora. - ¿¡Más!? Guardé silencio mirando a Aquinea y esperando que me lo dijera. – Tengo serias dudas respecto al Arconte Imperial.

- ¿Qué tipos de dudas?

- Creo que el Arconte y el Libertador trabajan en conjunto.

- ¿El Libertador que profesa Hain? – lo dije solo para estar segura de lo que me estaba diciendo, pues si era así, Tevinter se encontraba a punto de explotar. Ella asintió.

- Nadie se explica cómo es que a Hain no han matado o apresado a lo largo de estos dos años en los que ha estado adoctrinando a los esclavos. Nunca en la historia de nuestra Nación algo así había sucedido. Y esto sucede porque el Arconte aun no ha tomado cartas en el asunto, ya que asegura que se trata de un loco que viene con rumores como la chusma, pero ese argumento pierde fortaleza día tras día. Y las clases altas comienzan a molestarse. – asentí. – Creo que el Arconte buscará un chivo expiatorio. – guardó silencio y esperó a que me diera cuenta. Mis ojos se abrieron de par en par

- La Casa Pavus… - dije finalmente. Ella asintió. Cuando Cassandra entregara los documentos a la Capilla Andrastiana de que yo no era la Heraldo de Andraste, Dorian estaría bajo la mira definitivamente, ya que habría estado trabajando con herejes y sería la frutilla del postre que Hain necesitaba para poner a la Nación de Tevinter en contra de mago. Debía frenar ese documento ahora mismo, pero sería una pelea acalorada contra Cassandra, quien no me permitiría mentir al respecto.

- Te he contado toda la verdad porque creo que las represalias contra nosotros ya han comenzado. – me dijo. – Mi marido no está enfermo, fue envenenado, desean matarlo. – la noticia fue un baldazo de agua fría.

- Tengo magia curativa, puedo ayudar.

- No. – me detuvo. – Con Halward nos estamos encargando para dejar a Dorian en el Senado Imperial como Magister, será más difícil de asesinar, pero no imposible, si sabes algo de la historia de Tevinter. Pero te pido que cuides de él, como lo habríamos hecho nosotros mismos. No puedo asegurar que estemos durante mucho tiempo más aquí.

- Por supuesto que lo haré, con mi vida si es necesario. – le dije. – Pero podríamos hacer algo más, ven con la Inquisición. – ella negó con un gesto de cabeza.

- No, Inquisidora. Nuestro tiempo ha pasado. El tiempo de Dorian viene ahora. Sólo te pido su protección si yo no estoy para cuidarlo. Y si no lo veo dile que su padre y yo lo amamos.

No podía permitir que Dorian no se despidiera de sus padres, así que saqué el collar de mi cuello y le conté de nuestro secreto con Dorian. Ella sonrió y me abrazó al comprender que realmente Dorian y yo éramos uno, amigos inseparables. Le permití que se retirara a la habitación con Halward y hablara con su hijo, quizás por última vez.

Luego de muchos minutos Aquinea volvió donde estaba y me entregó el collar. Su rostro tenía rastros de llanto y me agradeció de corazón haber venido a tranquilizar el alma turbada de ambos. No podía seguir perdiendo tiempo, Tevinter se encontraba en un hervidero e iba a explotar y yo tenía que estar aquí cuando sucediera, así que debía volver a Feudo Celestial cuando antes y decidir qué estrategia de ataque tomaríamos.

Próximo destino: Mi Clan. Debía enlazar alianzas fuertes y confiables si quería derrotar a este nuevo loco que estaba queriendo destrozar Tevinter.

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Cuando terminamos de hablar con Aquinea llamé a mi grupo y pedimos permiso para quitarnos el uniforme de la Inquisición y vestirnos como viajeros, pues por el momento no queríamos que supieran quiénes éramos. Así lo hicimos y Aquinea dispuso tres caballos para que pudiéramos viajar con mayor rapidez hacia Wycome, pues le comenté que deseábamos ir a visitar a mi Clan. Agradecí de corazón su generosidad y nos dispusimos a partir.

Toro iría en uno solo, ya que llevaría la mayor parte del equipaje, además de que era enorme, y luego iríamos un elfo y un humano en cada caballo, dadas las contexturas físicas más pequeñas de mi raza. Como Cullen era más grande físicamente que Cassandra y Sera que yo, decidimos que el Comandante y yo iríamos en sobre una montura, y Cassandra y Sera sobre otra.

Durante las primeras horas de nuestro recorrido les conté todo lo que habíamos hablado con la madre de Dorian, excluyendo las partes privadas de la relación entre ellos y su hijo.

- ¡Vaya! – dijo Cassandra, quien iba por detrás de Sera, sosteniendo las riendas de la montura. – Qué historia tan triste la de los padres de Hain. – asentí. – Pensar que por el simple hecho de ser esclavos dos seres únicos de este mundo han debido morir huyendo.

- Han muerto luchando por la libertad de su hija. No encuentro mejor manera de morir. – dije.

- Quizás vivir habría sido mejor. – dijo Cullen detrás de mí, y también llevando las riendas de nuestra montura.

- Por supuesto. – dije. – Si hubieran podido vivir en libertad estoy segura de que serían grandes modificadores de la historia.

- Y luchadores de la libertad. – dijo Toro. - ¿Cómo es que has dicho ayer, Elen? “La única manera de lidiar con un mundo sin libertad es llegar a ser tan absolutamente libre que tu misma existencia sea un acto de rebelión”. – yo recordé a Fen’Harel y me encontré a mí misma sonriendo al pensar en su regalo y la locura que significaba que estuviera interesado en mis actos e incluso me beneficiara, una vez más, con su poder.

- Así es.

- ¿De dónde la has sacado? Es la primera vez que oigo que la recitas. – dijo. Toro no era tonto, rápidamente se daba cuenta cuando algo no encajaba en cualquier relato, y seguramente había notado que al decir aquello en el tono de mi voz hubo orgullo.

- De un Libertador, según me han dicho… - dije.

- ¿Quién te lo ha dicho? – preguntó Cullen.

- Galadh. – dije la verdad. Pues no hay mejor mentira que aquella que encierra algo de verdad para no olvidarla.

- ¿Galadh? – quiso saber Cassandra. – Esa elfa ha hablado contigo un poco más que con el resto de nosotros.

- Nadie tiene el récord de Cullen de todas formas. – bromeó Sera. Toro rio.

- Es cierto, has fascinado a la elfa.

- Basta. – se molestó el Comandante.

- Quizás tienes un atractivo innato para las elfas. – molestó Toro. - ¿Qué opinas, Sera?

- Claro, es muy lindo nuestro Comandante. – rio. - ¿Qué opinas tú, Elen? -  Toro y ella rieron, y agradecí que no estuviera Varric o Dorian para tirar más leña al fuego. Me molestaba un poco que molestaran a Cullen conmigo, pues no pasaba nada entre los dos.

- Cullen puede tener a quien desee. Humana o elfa. – dije.

- Mmm… ¿Oíste, Comandante? – molestó Sera y noté que Cassandra a su lado la golpeó con el brazo.

- Déjalo en paz. – le dijo suavemente y Sera rio. 

- Oh, por favor. – oí que él susurró a mis espaldas, molesto.

- Y dime… - continuó Toro. - ¿Quién es ese libertador que mencionas? No será el mismo que menciona Hain.

- ¡No! – dije sonriendo. – Espero que no. – bromeé. – Es quien le ha enseñado ciertos conceptos de libertad a Galadh, y ella me los transmitió. Su hahren. Pero no sé su nombre. – mentí, pues Galadh me había pedido que no dijera que era Fen’Harel a quien seguía. Y no me pareció adecuado.

Continuamos charlando, hasta que luego de un tiempo mantuvimos el silencio. Nuestros caballos anduvieron alternando entre el trote y la caminata durante toda la tarde, llegó la noche y continuaron haciéndolo, pero por la madrugada nuestras monturas, y nosotros mismo estábamos exhaustos. Había nubes de tormenta sobre nuestras cabezas y queríamos encontrar refugio antes de detenernos. Así que continuamos hasta que nuestras monturas comenzaron a detener el paso, sin poder continuar. – Tendremos que parar… Los caballos están cansados. El camino aquí tiene pocas llanuras y han subido y bajado por valles. – dijo Cullen.

- Busquemos alguna cueva o algunos árboles lejos de la carretera para acampar. – propuso Cassandra. Asentimos.

- Pero quizás deberíamos dormir sobre el pasto no más, pues lloverá de seguro. No vamos a levantar campamento. – dijo Toro.

Así lo hicimos. Encontramos un grupo de árboles que nos podría resguardar un poco de la lluvia que vendría y dejamos a los caballos sueltos durante un tiempo para que pasteen, luego los ataríamos cerca de nuestros árboles hasta pasar la tormenta y volver a transitar la carretera.

- Con barro será más difícil llegar. – dijo Sera. – Menos mal que tenemos monturas. – asentimos.

Nos sentamos uno al lado del otro y sacamos comida para silenciar el hambre y poder dormir luego. Así lo hicimos y finalmente decidimos dormir. Cullen se ofreció a llevar a cabo la primera guardia, luego seguiría Toro, Cassandra, yo y por último Sera. Todos se acostaron para dormir. Yo permanecí un rato al lado de Cullen porque quería asegurarme de que las monturas estuvieran agarradas cuando empezara la tormenta.

 

 

 

- Así que Leliana ha estado trazando alianzas con Tevinter y no lo ha comentado. – dijo Cullen. Yo asentí. - ¿Crees que no tenga suficiente confianza en la Inquisición? – lo miré. Lo que me estaba planteando tenía sentido, ¿por qué no nos habría dicho de aquel plan, si estaba claro que nos involucraba como Organización? Además me había pedido que le llevara información sobre aquellos rumores, pero al mismo tiempo había enviado a Briala, lo que podría significar que no estaba segura de que yo llevaría buena información al respecto.

- No lo había pensado, pero es cierto. – dije. - ¿Podría no confiar en nosotros? – ambos nos miramos, aunque casi éramos imperceptibles excepto por las formas de nuestros cuerpos, pues la luz de las estrellas y la Luna estaban bloqueadas por las nubes en el cielo. Él había adoptado una posición relajada, se encontraba de espalda al suelo, con las piernas extendidas hacia adelante, una por encima de la otra, entrecruzada, mientras su torso estaba levemente inclinado hacia adelante, sostenido por sus codos, que estaban apoyados contra el suelo. Yo estaba a su lado, con mis piernas entrecruzadas y mis manos apoyadas sobre el pasto, tirando mi torso ligeramente hacia atrás.

- ¿Qué te significaría si Leliana no confiara en nosotros? – quiso saber Cullen.

- Supongo que es lógico pensar que ella sabe más de lo que nos cuenta, es la Divina Victoria, ¡por el Hacedor! – bromeé, nombrando al Hacedor como solían hacer los Andrastianos. Sentí una sonrisa como respuesta por parte de él. – Pero lo cierto es que me gustaría saber todo, aunque ella no le debe lealtad a la Inquisición. Se que ella tiene lealtad para con la Inquisición, así como para con su nombramiento. Pero ¿a quién le es completamente leal? ¿A la Capilla o a la Inquisición? – miré a Cullen a mi lado. - ¿A quién le serías tú en su lugar?

- Dos años atrás habría contestado a la Capilla sin dudarlo. – me dijo y extendió sus brazos, ahora apoyando sus manos solamente sobre el pasto, como estaba haciendo yo y se acercó un poco más a mí. – Pero ahora no estoy tan seguro. De pronto tener a Leliana en el puesto de Divina me hace consciente de que la divinidad es sólo un título, pero puedo notar lo humano que es el cargo. – comprendí que Cullen no veía Divinidad en Leliana, como claramente yo tampoco, y que no compartía que ella fuera quien ocupara aquel puesto.

- ¿Te resulta Leliana fastidiosamente mundana? – bromeé. Él rio a mi lado.

- No, nada fastidiosa. Sí mundana, como tú o yo.

- Vaya, pensé que creías que era la Heraldo de Andraste. – volví a jugar, él rio a mi lado.

- Hubo un tiempo que quise creerlo. – me confesó. – Pero creo que en el Más Allá descubrimos la verdad ¿no? – su voz tenía algo de melancolía, quizás hubiera preferido que lo fuera.

- Lamento haberte desilusionado. – le dije, pero ahora no hubo tono burlón en mi voz.

- No lo has hecho. – contestó y noté que me miraba, aunque realmente nuestros ojos no podían encontrarse en aquella oscuridad. – En absoluto, Elentari. De hecho, eres una inspiración. – los dos guardamos silencio, yo sonreí, no sabía qué gesto tendría el Comandante sobre su rostro, pero agradecí su halago.

- Gracias, me halagas. – contesté. Él guardó silencio, me resultó extraño que no tuviera nada para responder, ¿alguna broma? ¿algún sarcasmo? De pronto yo guardé silencio y pensé en las palabras de Dorian, siempre diciendo que Cullen tenía más que admiración hacia mí, ¿podría ser cierto que nuestro Comandante tuviera interés en mí como mujer? Sacudí mi cabeza ante aquella idea y desvié el tema de nuestra charla:

- ¿Habrías preferido a Cassandra como Divina? 

- Creo que se hubiera desempañado mejor, sí. – me contestó. – Pero entiendo que era más estratégico poner a Leliana ahí. – guardamos silencio.

- ¿Me lo estás reprochando? – le pregunté sonriendo, pero se lo pregunté en serio, pues lo sentí como un reproche.

- No, no. Por favor, no. – me dijo rápidamente. – Solo que hoy comprendo realmente que los cargos no son divinos, sino políticos.

- ¿Hoy los comprendes? – dije. – Creí que ya lo habías comprendido con el tema de Meredith. – le confesé.

- No me he expresado correctamente. – me aclaró. – Con Meredith lo comprendí, pero… - mantuvo silencio durante un tiempo. – Creo que lo que intento decir es que, por primera vez desde que tengo recuerdo, me encuentro en un conflicto con mi fe. – guardé silencio ante aquella confesión. Aun cuando nos habíamos enfrentado a Corifeus él no había dudo y lo había ayudado a mantenerse estoico su fe, pero de pronto ahora dudaba. 

- Espero no ser causante de tus dudas. – le dije.

- No, no lo eres tú. – me tranquilizó. – Lo es todo ¿Existe realmente el Hacedor?

- No tengo esa respuesta, Cullen. Pero la fe es el don de creer sin necesitar pruebas. Yo claramente no soy la mejor persona para decirte “cree sin cuestionar”, pues desde la explosión del Cónclave, tres años atrás, he comenzado a dudar de todo cuanto me han enseñado. Principalmente porque he conocido que Flemeth lleva el espíritu de nuestra madre protectora Mythal en su interior, lo cual es una locura desde todos los puntos de vista de mis creencias; y Solas que me dijo hasta el hartazgo que estaba equivocada en lo que creía. Y Fen’Harel… - cuando me di cuenta de que lo había nombrado guardé silencio de golpe. El cuerpo me había traicionado, pues fue evidente que dejé de hablar de inmediato. Noté que Cullen me miró con interés.

- ¿Fen’Harel? ¿Tu dios de la traición y el engaño? – dijo él y sonreí. Me resultó tierno escucharlo decir aquello; sí, mi dios de la traición y del engaño, mi dios de la rebelión, mi Lobo Terrible. - ¿Qué sucede con él?

- Nada… Que he visto referencias de que quizás fue mal interpretado a lo largo de las eras. – mentí. Él sonrió y noté que miró las nubes.

- No era lo que ibas a decir. Pero no importa, si no quieres decir la verdad, no hace falta. – sonreí a su lado.

- En parte es cierto lo que te he dicho. -le dije. – En el Templo de Mythal encontramos referencias de que quizás él y ella tenían una relación mucho más estrecha que la que se recuerda… - le dije.

- Aja… “en parte”. – no dejó pasar por alto aquello.

- Y por otro lado te confieso que sí, hay más. Pero no puedo decir nada, porque ni yo misma lo entiendo.

- De acuerdo. Me conformo con “parte” de la verdad, entonces. – contestó. Ambos sonreímos. – Creo que deberías dormir, sino mañana estarás muy cansada. Aprovecha para hacerlo, mientras continúo con la guardia.

- Es cierto. – le dije y usé mi magia para dibujar un glifo de protección en el suelo, que nos abarcó a todos. Me puse de pie – vamos a buscar los caballos. – él asintió y se puso de pie a mi lado y fuimos a buscar los caballos. Caminó a mi lado siempre pendiente de que no me sucediera nada, siempre a mi lado protegiéndome con su cuerpo, caminando a la velocidad de mis pasos y estando ahí para mí para cuando lo necesitara. Yo iba en silencio a su lado, pues tenía estos pensamientos en los que de pronto me había dado cuenta de que él siempre estaba a mi lado.

Llegamos donde los caballos y los tomamos por las riendas, los llevamos hasta los árboles que nos cubrían y finalmente, atamos sobre unas ramas gruesas de los árboles.

 

 

Luego volvimos a nuestro sitio.

Cullen volvió a adoptar la posición que tenía anteriormente y yo me senté a su lado, solté mis cabellos y me acosté sobre el suelo, giré mi cuerpo dándole la espalda y me hice un pequeño bollo. Cerré mis ojos y pensé en Solas, Fen’Harel y Cullen. De pronto fui consciente de que al amor por Solas comenzaba a opacarse por una chispa que Fen’Harel había encendido en mí y no era capaz de negarlo. Luego de dos años por primera vez tenía interés por otro hombre diferente a Solas: Fen’Harel. Y sí, por supuesto que era una locura, pero quería volver a ver al dios de la Rebelión, quería hablar con él, quería conocerlo. El Lobo Terrible tenía mi curiosidad puesta sobre él. Por otro lado, en la tierra, acababa de ser consciente de que Cullen tenía cierto interés ¿romántico, quizás?, por mí. Y entre Solas y Fen’Harel, Cullen era el único real… Y nadie podía negar que era un hombre bello, digno del amor de cualquier mujer, principalmente porque no tendría la desfachatez de romper conmigo diciendo “te distraje de tu deber, no volverá a pasar.” Volví a molestarme con Solas; dos años después y las palabras de Solas aún generaban cierto resentimiento en mi corazón, pero ¡vaya que había sido injusto mi elfo favorito! Sonreí pensando en él y volví a pensar en Fen’Harel, y luego en Cullen y decidí finalmente que era momento de dejar de pensar.

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Luego de varios días de cabalgata llegamos a la Ciudad de Wycome. Mi corazón cultivó la nostalgia del beso con Solas en esta ciudad Costera tiempo atrás al volver a ver este sitio.

Cuando ingresamos aquí pensé una y otra vez en él y ni Fen’Harel o Cullen desviaron mis pensamientos del amor de mi vida. Recordé nuestra caminata tomados de las manos, recordé aquella cueva donde compartió por primera vez un viaje al Más Allá conmigo, y recordé cuando nos besamos con tanta pasión aquel día y mi hahren tuvo que rogarme que dejara de seducirlo, pues no estábamos en un sitio propicio para pasiones. De pronto me di cuenta de que estaba sonriendo al recordarlo. “Solas, si supieras lo mucho que te extraño… Tú has sido un ser único e irrepetible en mi vida. Nadie jamás podrá igualarte.” De pronto ahora estaba de vuelta aquí, pero sin él y sin Varric. Solo Toro.

- Vaya, Elen. Mira – dijo Toro señalando la taberna donde me había emborrachado y comenzó a reír. – Oh, esa historia creo que no la conocen…

- Oh, por favor. – rogué a Toro, pero luego reí. – En esta taberna me emborraché por primera vez. Fue patético, debo confesar que me vomité encima.

- Por favor… - dijo Cullen a mis espaldas y comenzó a reír. - ¿En serio?

- Tres o cuatro veces, sí. – dijo Toro riendo. Yo asentí y miré a Cullen riendo.

- Es cierto.

- ¡Hacedor! – dijo Cassandra. – Eres peor que Sera. – todos reímos.

Suspiré al recordar a Solas a mi lado cuidándome aquella noche. Basta: basta era basta. No podía seguir torturándome con su recuerdo. Él ya no estaba, y no había estado por dos años. Era un mago soñador pero ni siquiera me había buscado en sueños, él no quería saber nada de mí. Basta, basta era basta. Sacudí mi cabeza y me prometí no permitirme volver a pensar en Solas. Basta.

Finalmente fuimos a esa misma taberna a buscar donde nos habíamos alojado aquella vez, por lo menos hasta contactar con mi Clan y tener otro sitio donde estar. Pagamos unas habitaciones para pasar la noche, dos habitaciones, una con dos camas y otra con tres. Cuando nos acercamos a pedir alojamiento rogué a Fen’Harel que no me reconocieran, y por supuesto que el dueño de la taberna no lo hizo. Sonreí al pensar en mi miedo a ser reconocida… Era tan obvio que no me recordaría.

Pedí a mis amigos que me dejaran ir a buscar a Deshanna sola. Quería ver mi Custodia sola, pues tendría que explicar por qué no llevaba la vallaslin sobre mi rostro y tenía pánico de que me rechazara. Este momento lo había temido y pospuesto desde que mi rostro había quedado desnudo.

Cullen a mi lado por supuesto que se opuso con la idea de que anduviera sola por la ciudad. - Me has pedido que te acompañe justamente a ver a tu Clan, Elentari. – usó un golpe bajo. – Deja al menos que te acompañe solo yo.

- Nosotros nos quedaremos aquí. – dijo Toro, era tan obvio que él y Dorian hacían lo posible para que entre Cullen y yo pasara algo. – Llevaré a las chicas a conocer los lugares más bonitos de Wycome. – Sí, claro, como si supiera cuáles eran.

- Cullen, deja que vaya sola, no le pasará nada. – dijo Cassandra.

- No, no estaré tranquilo. – replicó.

- Nunca estás tranquilo. – dijo Sera. – Eres una bola de nervios. – luego miró a Toro. – Oye, ¿dónde me llevarás?

- Oh, ya verás, pequeña abeja. – le contestó y ella rio.

- Bien, Cullen y yo iremos a la elfería – dije finalmente. - nos encontraremos aquí a mi regreso. - Los demás estuvieron de acuerdo, aunque Cassandra solo guardó silencio.

 

Estaba cayendo la noche cuando Cullen y yo caminamos hacia la elfería y le expliqué el motivo por el que quería visitar en soledad a Deshanna. – Cullen, en un Clan dalishano hay un rito, que se llama Rito de la Madurez. – comencé, él a mi lado me miró y puso atención a mis palabras, como hacía siempre. – Y consiste en dibujar la vallaslin en el rostro del elfo con pintura de sangre. Es un proceso doloroso y si el elfo es capaz de soportar los dolores, significa que es un adulto del Clan y podrá cumplir con sus responsabilidades.

- ¿Qué sucede si no toleran el dolor?

- Nada, simplemente se pospone la madurez. Aunque todos intentamos aguantar hasta el final. – le dije. – Al año siguiente se vuelve a probar con quienes no lo han tolerado. – le expliqué, él asintió. – Yo era Primera de mi Clan, dada mi magia. – le dije. – Eso significa que era quien sustituiría a mi Custodia en el liderazgo del Clan Lavellan, una vez que ella me pasara aquella responsabilidad. – le expliqué. – Entre los elfos, aquellos que tienen magia son considerados miembros valiosos, no se nos teme, y por lo general ocupamos cargos de liderazgo, es decir que los Custodios siempre son magos. – él asintió. Yo guardé silencio a su lado pensando en qué palabras usar a continuación. Él se detuvo y yo hice lo mismo, mirando hacia el suelo pues iba a hablar de algo que me dolía en mi corazón, haberme despegado de la herencia de mi Clan. Noté que él se puso frente a mí y esperó que lo mirara para seguir hablando. Me tomó un tiempo, pero finalmente decidí que lo diría en voz alta, aún sin mirarlo: - Para los elfos dalishanos es un honor llevar una vallaslin. Nos distingue como Custodios del Saber Perdido y nos enorgullece frente al resto de los elfos de caras desnudas, principalmente los elfos de ciudad, a los que muchas veces consideramos como una vergüenza por haber olvidado nuestra herencia ancestral de la antigua Arlathan. – levanté mis ojos hacia los de él y me encontré con sus ojos color miel, esperando pacientemente que continuara con aquella confesión y apoyándome con su presencia. – Dos años atrás, Solas me explicó que el significado real de las vallaslin ha sido malinterpretado a lo largo de los años. – endurecí mi corazón para continuar hablando. – En la antigua Arlathan la vallaslin no era un símbolo de honor, sino de esclavitud. – Cullen continuó oyéndome. – Un noble elfo marcaba a sus esclavos con el símbolo del dios Creador a quien veneraba y eso significaba que era propiedad del amo. Los elfos dalishanos, con la caída de Arlathan lo olvidamos y hemos estado poniendo marcas de esclavitud sobre nuestros rostros con orgullo. – todo el endurecimiento de mi corazón se alejó y mi corazón quedó desprotegido, bajé la mirada para continuar hablando. – Por lo que decidí que era momento de borrar aquellas marcas y dejé que Solas usara un hechizo que conocía para borrar la marca de sangre. – Cullen guardó silencio a mi lado y le agradecí que no me dijera “no sabía que se podían borrar las marcas” ¡No, no se podían! Sólo Solas podía… - Pero al hacerlo no estoy segura de si he perdido mi lugar en mi Clan. Y… - guardé silencio. Noté que Cullen apoyó una mano sobre mi hombro derecho y me acarició gentilmente. – Tengo miedo de que mi Custodia no me acepte como miembro, o peor aún, me pida que me retire. Al borrar la vallaslin negué toda la unión al Clan Lavellan, más allá del significado real de ésta. – Cullen se acercó un paso hacia mí y con su otra mano tomó mi mentón y me levantó el rostro para que lo mirara. Los dos mantuvimos nuestras miradas puestas sobre nuestros ojos y sentí una sensación extraña.

- Pase lo que pase, sabes que haremos lo necesario para proteger a tu Clan. – yo le sonreí y mis ojos se cristalizaron al oír justamente lo que necesitaba oír: sí, aunque Deshanna me diera la espalda yo no se la daría, y lucharía por mi Clan con mi vida, y saber que él estaría a mi lado en la lucha, fue un alivio también. Lo abracé dulcemente y sentí que me sostuvo en sus brazos con fuerzas. Por un lado lo hice porque estaba agradecida por sus palabras, y por otro, porque la cercanía a sus labios me había incomodado, aún pensaba en Solas y me sentía extraña frente a esta nueva relación que estábamos construyendo con el Comandante. Él no era el tipo de hombre con el que quisiera jugar, pues sus sentimientos no eran un juego para mí, pero yo sabía que no había olvidado a Solas y no estaba dispuesta a seguir adelante… Estaba claro que estaba confundida. Dejé de abrazar a Cullen, pero él me sostuvo con ternura.

- Bueno. Esa es la verdad. – le dije sonriendo e intentando generar alejamiento entre los dos. Suspiré y miré hacia el cielo que tenía algunas nubes. – Vayamos a ver qué me depara el destino. 

 

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Llegamos a la elfería de Wycome y pedimos permiso para ingresar. Los guardias que custodiaban la entrada nos dejaron hacerlo cuando presentamos nuestros títulos: La Inquisidora y el Comandante de la Inquisición.

Cullen y yo ingresamos y pude ver que los elfos nos miraban a ambos, pero detenían principalmente los ojos en él, pero sin el miedo que habría esperado al ver a un humano. Quizás estos últimos años habían sido beneficiosos para los elfos.

Noté que el sitio tenía más alegría, y no había tanto elfos desnutridos como la primera vez que había venido. Había más tiendas para comerciar, varios vendedores, elfas ancianas haciendo panecillos, jóvenes vendiendo objetos extraídos quién sabe de dónde y más niños elfos jugando fuera, como si el lugar fuera más seguro que antaño. – Vaya. – dije con una sonrisa. – Este lugar está mucho más lindo que cuando vine la primera vez. – dije y aceleré mi paso al reconocer al niño que Solas le había dado unas monedas de plata años atrás. Cullen me siguió.

Yo me acerqué al niño y lo tomé en brazos. Él se molestó y se giró a verme y abrió sus ojos de par en par al reconocerme, me sonrió y lo primero que dijo fue “No llevas pintada la cara”, yo reí y lo abracé. - ¿Cómo estás? – quise saber, el niño me devolvió el abrazo algo esquivo, pero confió en mis buenas intenciones.

- Bien, señorita. – buscó sobre mi hombro, supuse que a Solas.

- He venido sola, bah, con mi amigo shemlen. – bromeé.

- ¿Tiene trabajo para mí? – quiso saber y yo lo dejé en el suelo.

- No, pero tengo un regalito. – le dije y le di 30 monedas de plata. El niño gritó de alegría.

- Muchas gracias. – dijo y corrió hasta donde se encontraba un elfo anciano y le entregó 20 de las monedas. Yo me acerqué y saludé al anciano.

- Buenos días, da’len. – dijo el anciano. – Soy Muriel, hahren de la elfería. – me explicó, yo hice una reverencia y Cullen hizo lo mismo a mi lado.

- Soy Elentari Lavellan… - dije, el hombre pareció sorprendido.

- ¿Lavellan? ¿Como Deshanna? – quiso saber.

- Así es, soy la Inquisidora. Y he sido Primera del Clan. – le expliqué.

- Oh, tú eres la Primera de su Clan que tanto ha mencionado y la Heraldo de Andraste. – dijo y volvió a hacer una reverencia. – Me disculpo, es que al no ver tu vallaslin me has confundido. – dijo. – Seguramente Deshanna querrá verte de inmediato. La haré llamar para que se pongan al día. – le agradecí.

- ¿Por qué te ha dado las monedas de plata el niño? – quise saber, mientras mi niño fue a buscar a Deshanna a órdenes del hahren.

- Oh, es un niño muy astuto, a quien lo estoy entrenando para que sea un erudito. – me explicó. – Lo hizo para que compremos comida para los más pobres. Aunque no quiero quejarme, las cosas en el Clan han mejorado muchísimo desde que tu Custodia está aquí con nosotros. Y los mercaderes shemlen han puesto de su parte también. Podríamos decir que somos una de las elferías que mejor se encuentran en todo Thedas. – sonreí.

- ¿Han tenido algún ataque recientemente? – quiso saber Cullen. – Oh, disculpe. Soy el Comandante Cullen del ejército de la Inquisición.

- Vaya, qué honor. – dijo. – Mire Comandante, a decir verdad en estos últimos meses hemos encontrado merodeando a unos mercenarios que intentaron hacer el trabajo de un pícaro y creemos que eran espías, de todas formas el trabajo les salió fatal. Por suerte contamos con la destreza de Thengal y Nessara que inmediatamente los han capturado. Pero nada bueno puede surgir de las intenciones de aquellos exploradores de cuarta. A quién querían informar, no lo sabemos. Pues aunque buenos en su oficio, los dos elfos que mencioné no tienen maldad en sus corazones y no han sido capaces de usar métodos severos para obtener información, así que eventualmente los dejaron partir. – Cullen se movió preocupado a mi lado.

- Muchas gracias. Veré qué podemos hacer para asegurar seguridad aquí.

- Pero las fuerzas de la Inquisición ya nos han ayudado, no se preocupe. – nos aclaró. – De tanto en tanto los agentes de Ruiseñor nos visitan y les damos informes detallados de nuestra situación y de información de nuestro alrededor.

- ¿Qué información exactamente? – quise saber. No tenía idea de que Leliana seguía interesada en los elfos de Wycome, dos años después.

- Todo lo que sucede a nuestro alrededor. Ruiseñor nos ha propuesto elegir a tres de los elfos más inteligentes para becarlos a Orlais para estudiar en la Universidad. Así que ahora hemos estado haciendo aquello. Y ha enviado elfos eruditos aquí, que han estado enseñando a los niños para educarlos.

- Vaya… - dijo Cullen. – Me alegro. – pero comprendí que el asombro de él fue por las implicancias de los actos de Leliana. Así que mi querida Divina Victoria estaba usando a mi Clan y a los elfos de la ciudad como espías para la Capilla, siempre tan elocuente. Pero no podría molestarme, estaba de acuerdo y de ese modo me aseguraba de que estuvieran protegidos. Había mucho de Leliana que ya no sabíamos. Estos dos años no se había quedado sentada, había estado armando alianzas por doquier. Sonreí, esa era la Leliana que conocía, aunque lo cierto era que me gustaría que me lo contara, al menos lo que involucraba a mi Clan.

Continuamos hablando mientras esperábamos que mi Custodia acudiera a mi presencia.

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Al poco tiempo noté que mi Custodia se acercaba con un caminar parsimonioso. Llevaba puesto un ligero vestido con detalles élficos que caía delicadamente sobre su cuerpo, del color de las hojas secas del otoño, y sus cabellos platinados sueltos cubrían su espalda. Llevaba una tiara sobre su frente con unos materiales mágicos que tenuemente destellaban cuando la luz del Sol lo tocaba. Sus ojos grises azulinos se encontraron con mis ojos amarillos bordeados por aquel violeta excéntrico que caracterizaba mi mirada, y su vallaslin de Mythal saludó a mi piel desnuda. Su rostro sabio me miró con sorpresa, y no sabría decir si con vergüenza al mismo tiempo, y luego situó su mirada en el shemlen que traía a mi lado. – Andaran atish’an, da’len. – dijo y luego miró al haren y lo saludó con una reverencia. – Muriel, ¿podrías permitirnos un momento a solas? – habló con el elfo anciano.

- Oh, por supuesto, Deshanna. Ha sido un placer. – dijo y se retiró con un saludo.

Deshanna endureció su rostro cuando Muriel estuvo fuera de nuestra vista y se paró frente a mí en silencio. Yo levanté la mirada y ambas nos enfrentamos, no bajé la cabeza, no desvié mi mirada: esta era yo. Y estaba dispuesta a aceptar las consecuencias de mis actos aunque me partieran un poco más el alma. – Llevas tu rostro desnudo…

- Así es. – le dije. – Puedo explicarlo, si tienes interés en escuchar una expl…

- Una excusa. – concluyó mi Custodia. - ¿Te has olvidado de tu herencia, Elentari? – preguntó con un tono frío.

- Jamás olvidaría tus enseñanzas ni mi herencia. – dije. Ella miró con molestia a Cullen.

- ¿Es necesario que este shemlen escuche nuestra conversación? – estaba hecha una furia, pocas veces había visto a mi Custodia tan enojada. Cullen se disculpó.

- No pretend… - estaba diciendo Cullen pero yo interrumpí.

- El shemlen es el Comandante de las fuerzas de la Inquisición que han salvado a nuestro Clan en múltiples oportunidades. – le aclaré. – Tiene mi permiso para estar a mi lado.

- No tengo problema en apartarme, en verdad. – dijo él. Ella lo miró y lo saludó con un movimiento de cabeza.

- Discúlpame, debes ser el Comandante Cullen Rutherford entonces. – dijo ella. – Es un placer y te estoy muy agradecida por lo que has hecho por nosotros.

- El placer es mío. – contestó él. Miré a Cullen y recordé cuando sentía miedo por cualquier cosa que Solas pudiera decir, en contraste, con Cullen estaba segura de que no habría nada que dijera que me dejara mal parada frente a mi Custodia.

- Debo felicitarte por el modo en el que has entrenado a tu milicia. – continuó Deshanna. – Son excelentes soldados, mis elfos guerreros han aprendido mucho al lado de los soldados de la Inquisición.

- Muchas gracias. – dijo él y bajó nuevamente la cabeza en señal de respeto. Luego ella me miró nuevamente.

- ¿Qué tanta confianza tienes en el Comandante Cullen? – quiso saber. - ¿Podremos hablar de todos los temas que tenemos que hablar, Elentari? – yo miré a Cullen y le sonreí.

- Por supuesto. – le dije.

- ¿Dónde está Solas? – la primera pregunta que me hizo y me dio directo al corazón, desnudó nuevamente aquella sensación de vulnerabilidad luego de haber borrado mi vallaslin, dos años atrás.

- Se ha ido de la Inquisición. – respondí. Ella me miró con severidad.

- ¿Se ha ido? – dijo con sorpresa. Yo asentí. - ¿Y tu corazón? – ahora su voz se suavizó, noté preocupación maternal.

- Lloró durante un tiempo. Pero estoy en pie. – contesté. Noté que Cullen a mi lado instintivamente se acercó a mí, pues era un tema no sanado aún. Ella lo miró y notó aquel gesto.

- ¿Cuánto tiene que ver el Comandante en ello? -Cullen y yo nos miramos, luego miré a Deshanna. Había olvidado los interrogatorios de madre que me hacía.

- Mucho: ha estado a mi lado como un fiel amigo. – le aclaré que no teníamos un romance. Ella lo volvió a mirar e hizo una pequeña reverencia de nuevo.

- Te agradezco de nuevo, Comandante. – él asintió, pero no dijo nada. - ¿Quién te borró la marca de sangre? – por un momento sentí que ella ya sabía las respuestas a las preguntas que me hacía.

- Solas.

- ¿Cómo?

- Con un hechizo que sólo él conoce. – guardamos silencio las dos. - ¿Qué implicancias tiene eso? – quise saber.

- Grandes… - me dijo y no habló más del tema. - ¿Tienes idea de lo que representa para nuestro Clan que no lleves vallaslin? – negué con un gesto de cabeza. – Te has borrado tu propia herencia, Elentari ¿Estarías dispuesta a que hiciéramos nuevamente tu marca? – negué con un gesto.

- He comprendido el significado real de las vallaslin, y no estoy dispuesta a llevarla sobre mi rostro ¿Podría pertenecer a nuestro Clan sin ella? – quise saber.

- ¿A qué significado te refieres? – quiso saber Deshanna y se lo expliqué. Ella guardó silencio, suspiró y luego respondió mi otra pregunta. – Elentari. No me la has puesto fácil desde que te has ido con la Inquisición. – yo asentí. – Sin embargo, tus actos han salvado a nuestro Clan y al mundo entero. No puedo juzgar yo tus actos. Dejaré que nuestros dioses Creadores lo hagan. – yo sonreí y sentí que Cullen apoyó una mano sobre mi hombro, acompañándome.

- ¿Sigo siendo Primera de mi Clan?

- Solo si es tu deseo. – me dijo. Yo reí y abracé a mi Custodia, quien me devolvió el gesto y escuché su dulce risa al volver a tenerme en sus brazos. – Mi Reina de las Estrellas. – dijo soltándome y acariciando mi mejilla. – Hay algo de lo que tenemos que hablar. – dijo. – Acompáñame hasta mis nuevas dependencias. – me dijo. – Tenemos un Consejo en la Ciudad de Wycome donde habitamos Muriel, cinco mercaderes humanos y yo. Desde allí gobernamos la Ciudad.

- Es la primera vez que se le permite a los elfos tener un puesto de tanto poder. – dijo Cullen, mientras los tres avanzamos hacia aquel sitio que mencionó Deshanna. – La felicito por todo lo que han logrado. Se puede ver – dijo señalando la elfería – que en estos dos años han mejorado las condiciones para los elfos.

- Eso solo lo hemos logrado gracias a tus fuerzas, Comandante. Hace dos años cuando nos enviaste ayuda, nuestros vecinos vieron que contábamos con la protección de la Inquisición. Tus soldados permanecieron vigilando la ciudad por más de siete meses, y de ese modo nos dieron tiempo para demostrar que nuestras intenciones eran buenas y ayudamos no sólo a Wycome, sino a las ciudades vecinas. – explicó. – Además, no quiero dejar de mencionar, que el respeto que mostraron tus hombres a los elfos fue inesperado. No nos faltaron el respeto en ningún momento y respetaron a nuestras mujeres. – Cullen sonrió por el elogio. – Estoy segura de que aquel comportamiento tan apropiado lo han copiado de su propio Comandante. – yo sonreí por los elogios que le estaba haciendo a Cullen, estaba claro que aún sin conocerlo, le tenían mucha estima, como todas las personas que lo conocían, era un gran hombre.

- El ejemplo de Elentari fue el que hizo que nuestras fuerzas valoraran a los elfos… - empezó a decir Cullen pero Deshanna levantó una mano en petición de que no continuara.

- Conozco de memoria a nuestra Reina de las Estrellas pues me he dedicado a su crianza. Pero aquello fue mérito tuyo, Comandante. – le dijo. Yo reí contenta escuchando cómo dialogaban.

Caminamos hasta el centro de la Ciudad, donde había una mansión antigua que se había destinado para conformar el Consejo de la Ciudad. Era enorme. Ingresamos allí, donde saludaron a Deshanna con respeto y ella devolvió el saludo, y luego a nosotros dos, que hicimos lo mismo. Finalmente, fuimos hasta la oficina de mi Custodia, y una vez dentro ella tomó asiento dejando su escritorio delante de nosotros. Yo me sorprendí, no esperaba verla rodeada de papeles y tareas administrativas, no sabiendo que era una elfa dalishana hasta los huesos. Pero los tiempos requirieron los cambios, y ella los aceptó sin miedos, como cabría esperar de esta elfa excepcional que tenía mucho que ver en quién era yo hoy en día. Cullen y yo tomamos asiento frente a ella.

- Elentari. Hay algo de lo que quiero hablar. – dijo cuando estuvimos dentro de la oficina. – En estos últimos años hemos estado mejorando la calidad de vida de los elfos y de los humanos de nuestra Ciudad. No ha sido tarea fácil, pero he contado con la ayuda de nuestro Clan y de los elfos de la ciudad. – sonrió. – Debo agradecerte por haber luchado por ellos más de dos años atrás, cuando mi corazón dudaba de su valía. Gracias al amor por todos que sientes, hiciste que aceptara a aquellos oprimidos en nuestro Clan, y aunque no lo comprendí, hoy entiendo tus palabras: un vaso lleno no debe vaciarse, sino que se debe trabajar con el contenido que carga. Quiero que sepas, y me gustaría que Solas también lo supiera, aunque ya no depende de nosotras, que aquellos elfos que les dieron libertad han sido miembros ejemplares del Clan y los más interesados en ayudar a todos.

> Elea ha mostrado gran facilidad para las letras, - yo sonreí al escuchar hablar de él. Elea era aquel elfo al que Solas le pidió que dijera su nombre, quien había elegido “Daga” en un primer momento, pero él le explicó que no debía elegir un nombre de objeto, sino uno propio, pues era un ser, un individuo, un sujeto… La voz de Deshanna irrumpió mis pensamientos - Antes de ser tomado esclavo era un elfo educado, así que desde que obtuvo su libertad ha sido mi escriba y es un candidato para asistir a la Universidad de Orlais… - yo asentí. – Es muy inteligente y aplicado.

- Me alegra el corazón oírlo. – le dije con una sonrisa dibujada sobre mis labios. – Elea fue el primero que se animó a levantar la mirada y mirar nuestros ojos. Me llena el corazón saber que valió la pena.

- Luchar por el otro y morir por la libertad siempre vale la pena. – dijo Deshanna, y percibí en su discurso que comenzó a usar la palabra “libertad”. Me pareció extraño, pero decidí dejarlo pasar ¿O es que ella también tenía comunicación con Fen’Harel?

- Muriel nos ha comentado que Ruiseñor les pidió que eligieran tres elfos para ir becados a Orlais. – dije.

- Así es. Agradezco que te hayas enfrentado a mi en aquellos días. Ha valido la pena y me ha dado fuerzas para luchar por la libertad de todos los que deseen ser libres… - luego guardó silencio.

- Pero hay más… - dije. Ella asintió.

- Pero hay más que solo buenas noticias. – dijo. – Nuestros elfos han empezado a hablar de libertad, cada vez con mayor ahínco. – ambas guardamos silencio. – Y no solo aquí en Wycome, sino que todos los elfos con los que nuestro Clan se ha encontrado hablan de libertad. De la liberad de nuestro pueblo. Es una idea que ha ido creciendo entre nuestra raza, y es un tema que no afecta a los shemlen, pues ellos lo desconocen. – miró a Cullen. – Por ello no quería hablar delante del Comandante. Pues es algo que compete a nuestra raza. – aclaró. – Pero si es de confianza…

- Lo es. – dije. - ¿Cómo es eso de que los elfos están hablando de libertad?

- De tanto en tanto, ciertos elfos sabios comparten sus enseñanzas y enseñan a nuestra raza sobre la individualidad y la libertad, el amor a todos los seres y la necesidad de no permitir más opresión. Elfos de rostro sin edad se acercan a los Clanes y pasan un día o dos recitando palabras de rebelión. Luego dejan los clanes y no se los vuelve a ver, pero una vez que la llama de la libertad enciende el corazón de los elfos no pueden silenciar su voz.

> En nuestro Clan no se acercó ninguno de ellos… No en estos últimos años, pero Solas tiene las características de aquellos que describen en otros Clanes. No sé quién los guía en sus pensamientos, pero una y otra vez, cuando me han relatado esos eventos he pensado en Solas. – confesó. – Usan los mismos conceptos que él y pelean por la libertad del mismo modo que él lo hizo. – ambas guardamos silencio. – Y ahora me dices que se ha ido, y justo cuando se fue comienza a pasar todo esto entre los elfos… Me da para pensar.

- ¿Crees que Solas comanda una rebelión de elfos? – quise saber.

- No sé qué pensar. Pero las enseñanzas son las que él mencionó dos años atrás en el Clan… - miró sus manos y luego volvió a mirarme. – Fue éste el primer Clan de elfos dalishanos en oír aquellas palabras de rebelión. Además, ya te había dicho que había en él más de lo que decía… - asentí. – Ese elfo es más de lo que sabes, conoce demasiado para su propia excusa de vida. Nos ha mentido. – sentenció. – No estoy segura de que fuera quien dijo ser en aquel tiempo. – guardé silencio a su lado.

> Y vienes y me dices que las vallaslin son signos de esclavitud y que él fue capaz de borrarla con un hechizo. Cada vez creo con mayor seguridad que él está detrás de esto…

- ¿Has oído los rumores en Tevinter de un elfo que proclama a un Libertador? – pregunté, ella asintió.

- Por supuesto. Pero profesa cosas diferentes a la que nuestros elfos relatan. – me dijo.

- Así es… Es distinto.

- Y hablando de Tevinter… Hay algo más que quiero decirte. – yo la miré con sorpresa. – Siempre te he dicho que tú eres una maga especial, que debíamos cuidarte pues este mundo no sería capaz de comprender tu belleza. – mi corazón se paró en seco. Sí, siempre me lo había dicho, pero no sabía que ella se refería a algo en concreto. – He aquí la verdad, Elentari Lavellan. – dijo Deshanna. – Tú eres una rareza de este mundo, eres una maga soñadora.

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El mundo a mi alrededor pareció perder espacio y cerrarse sobre mí ¿Una maga soñadora? De pronto sentí un zumbido en ambos oídos y un calor intenso sobre mi cuerpo. Sentí que Cullen se levantó de su asiento y se puso de pie a mi lado y me tomó en brazos, mientras flexionaba una pierna y la otra apoyaba sobre el suelo, y yo en mi silla perdía estabilidad. – Elentari. – oí su voz a lo lejos.

¿Yo? ¿Soñadora? Como Solas y Fen’Harel… Y recordé las palabras de Galadh: “Si deseas comunicarte con Fen’Harel, búscalo en sueños, él acudirá a ti o tú a él” ¿Acaso Galadh sabía que yo era somniari, o lo sabía Fen’Harel y se lo había dicho? ¿Cómo era posible? Si yo había buscado a Solas en el Más Allá durante el primer año después de nuestra ruptura y no había logrado acceder… encontrarlo… A pesar de todo el Lirio que había usado… Y luego recordé la noche que quise encontrar a Fen’Harel después de hablar con Galadh y así lo hice… ¿Acaso yo había tenido acceso a él a través de mis poderes? Y recordé las palabras de Solas años atrás diciéndome que retenía “algo” en mi magia… ¿Sabría él que yo era también una maga soñadora? No, era imposible. Solas me lo habría dicho.

No supe explicar por qué, pero recordé aquella vez que Solas rompió conmigo en el Más Allá… Ese día recuerdo que desee intensamente salir corriendo de Bosque de Cimera, de aquella pesadilla, y recordé una sensación que recorrió mi cuerpo y finalmente estar en la Torre de Magos ¿Era posible que hubiera sido yo quien salió de aquella pesadilla? Recordé el rostro de sorpresa de Solas cuando ambos volvimos a encontrarnos tomados de las manos en Feudo Celestial.

- Elentari. – noté la mano de Cullen sobre mi rostro y abrí mis ojos, viendo a mi Custodia a mi lado con preocupación también. Casi había perdido la consciencia. Sacudí mi cabeza y con un estado nauseoso dije:

- Sigue hablando, Deshanna.

- ¿Lo crees prudente? – quiso saber Cullen, yo asentí y sentí que él me sostuvo en sus brazos mientras mi Custodia continuó su relato:

- La noche que te encontramos de pequeña llevabas esto colgando de tu cuello. – dijo y fue hasta un cajón de su escritorio que abrió y sacó una flor de allí. Dijo unas palabras y la flor se transformó en un alhajero y lo abrió. De allí sacó una pulsera y me la pasó. Yo la tomé sobre mis manos. – Lo llevabas a modo de collar, pues era una elfa muy pequeña cuando te rescatamos de la muerte. – yo miré la pulsera y me la puse. – Es el símbolo de la magia de los sueños. – dijo. Yo miré mi muñeca y encontré unos garabatos élficos con forma de dos ráfagas de viento iluminadas por detrás con la representación de un destello. – Es la iluminación de los sueños. Un regalo de la antigua Arlathan. – escuché las palabras de Deshanna.

- ¿Por qué nunca me lo dijiste? – quise saber.

- Cuando te tuvimos en brazos eras una elfa recién nacida, no sabíamos si sobrevivirías, así que te entregamos a tu madre y con mucho cuidado logramos que pasaras tus primeros días sin fallecer. – yo guardé silencio y por algún motivo recordé el relato de Aquinea, la madre de Dorian, cuando me relató la historia de los padres de Hain… “Se sucedieron más de 20 años para que se olvidara aquel suceso, y si volvíamos a interactuar amistosamente con Hain…” había dicho Aquinea cuando me explicó que se encontró nuevamente con el elfo en Minrathous, 20 años después de haberlo separado de sus padres a los 5 años, y luego de ello supieron que la madre de Hain estaba embarazada nuevamente... Se sucedieron más de veinte años para volver a hablar de Hain, y luego se sucedieron unos años más mientras le enseñó magia de sangre al padre de Dorian, hasta que dos años atrás Halward le otorgó la libertad… Eso sería por lo menos 22 años, y tres años después estábamos en el presente, y yo tenía 26 años, y según mis cálculos los relatos de Aquinea hablaban de 25 o 26 años atrás… Justamente mi edad actual… Volví a sentir náuseas.

- Cuéntame de mis padres. – dije sintiéndome enferma.

- Estás muy pálida. – me dijo Cullen en un susurro, yo negué con un gesto de cabeza.

- Cuéntame de mis padres… - volví a pedir. Deshanna asintió.

- Una noche nuestros exploradores y guerreros vigilaban en las afueras del Clan pues habíamos oído explosiones de fuego en las cercanías. Así que di la orden que fueran a vigilar.

- ¿Dónde se encontraban? – quise saber.

- En un bosque antiguo en las afueras de Qarinus, actualmente conocida como Ventus, cerca del Bosque de Arlathan – noté que Cullen apretaba sus manos con más fuerzas sobre mis brazos, él también había relacionado el relato de la madre de Dorian con mi propia historia.

- Creo que es suficiente. – dijo a mi lado.

- No, por favor. – dije viéndolo con lágrimas en mis ojos. – Necesito escucharlo.

- ¿Qué sucede? – quiso saber Deshanna.

- Quiero escuchar mi propia historia. – dije.

- Bien. Tus padres fueron los elfos exploradores que acudieron a aquel sitio, junto con los padres de Thengal, que fueron los guerreros que los acompañaron. Según me relataron oyeron ruidos de batalla y el uso de magia. Se acercaron y se encontraron con dos elfos magos, y varios Templarios y soldados, por lo que se unieron a la batalla y ayudaron a los magos a acabar con sus asaltantes, sin embargo las heridas de los magos eran profundas y la mujer que cargaba una niña, a ti, entregó tu pequeño cuerpo a tu madre Nindela, y le pidió que te cuidara. Luego de ello escucharon que se acercaban más soldados, y los magos les pidieron que se alejaran, que pagarían la deuda con ambos si te criaban libre y no permitían que tuvieras cadenas en tu corazón. – yo llevé mi mano hacia mi boca y comencé a llorar ¿Era hermana de Hain? Y mis padres habían sido aquellos esclavos… Comencé a llorar sin consuelo, mis propios padres habían sufrido el dolor de la esclavitud y mi hermano era mi enemigo, no lo podía creer. Cullen me abrazó, mientras yo tomé con fuerzas sus ropas y me prendí de él con todo el dolor de aquel descubrimiento. Sentí que Deshanna se acercó a mí y apoyó su mano sobre mi espalda, sin entender qué sucedía.

Lloré en brazos de Cullen durante un tiempo que no puedo describir, no solo me estaba enterando que era una maga soñadora, sino que además mi hermano era Hain, mi nuevo enemigo, y le debía a mis padres la libertad de todas las razas, para honrar el dolor que vivieron en Tevinter. Sequé mis lágrimas cuando pude volver a respirar y noté cómo Cullen también me ayudaba a limpiar mis lágrimas con cariño. Yo lo abracé y permanecí recostada sobre él, para luego mirar a mi Custodia y continuar oyendo aquel relato aun recostada sobre el hombro de Cullen.

- Continúa, por favor. – dijo Cullen muy a su pesar, acariciando mi cabello mientras yo calmaba mi respiración a su lado.

Deshanna caminó hasta su sillón y se sentó delante de nosotros para seguir hablando: - Nindela volvió al Clan contigo en brazos y llevabas ese collar. Yo lo guardé sin saber que era el símbolo del a Iluminación de los Sueños. Cuando manifestaste tu magia a una edad tan tardía para lo habitual en los magos, volví a recordar este amuleto y busqué información al respecto, comprendiendo de qué se trataba. – me confesó. – En ese momento sabía muy poco acerca del tema, pero esperé a ver cómo manifestabas tus dotes mágicos. Pero en ningún momento tuviste conexión con los sueños, no que me hayas comentado… Así que olvidé el tema.

- ¿Por qué nunca me dijiste?

- La única vez que tuviste interés acerca de tu pasado fue cuando descubriste la verdad, pero nunca más nos volviste a preguntar sobre el tema. Así que nosotros no lo tocamos. El amor de tus padres en el Clan había sido suficiente. – Deshanna guardó silencio y luego continuó: - Pero cuando volviste al Clan acompañada de Solas y él nos dijo que era un mago soñador, me quedé tranquila al saber que te estaba instruyendo en el uso de la magia, como me habías contado. Pensé que él se encargaría de guiarte en el uso adecuado de ésta. Pues de algo estuve segura al verlo: Solas era un mago excepcional, como nunca había visto.

> Pero no me quedé de brazos cruzados. Luego de tu partida mandé a tu madre a buscar información a las ciudades vecinas sobre la magia de los soñadores. No encontramos mucho. Finalmente, Nindela trabó amistad con un agente del Ruiseñor y éste fue a buscar información a Tevinter… - ¿Mas cosas que Leliana sabía de mi Clan y no me había mencionado? – Y me trajeron unos escritos que hablaba de los magos de los sueños, los somniari humanos, que se comunicaron con los antiguos dioses… Pero acerca de los elfos no encontré nada. Solo que es una gracia de la antigua Arlathan y que no todos los magos eran soñadores, pero aquellos que lo eran pasaban la herencia por sangre a sus hijos. – mi corazón se detuvo y volví a cerrar mis puños sobre las ropas de Cullen mientras mi cabeza descansaba sobre su hombro: entonces Hain también era un soñador y había manipulado a Halward a través del dominio de sus propios pensamientos en sueños y no con magia de sangre. Recordé cuando Solas me comentó una vez que él no practicaba magia de sangre porque dificultaba su ingreso al Más Allá. Quizás Hain le enseñó a Halward el uso de la magia de sangre a través de la teorización, no de la práctica, y logró su libertad a través del uso de la magia de los sueños.

- No hay mucho que te pueda enseñar de esta magia, pues desconozco del tema. – me dijo Deshanna. – Pero creo que nuestros elfos están siendo contactados por un mago de los sueños que les habla de libertad y los alienta a rebelarse… Cuando ellos han comprendido temas básicos a través de los sueños, se hacen presentes estos eruditos que te mencioné. - dijo finalmente. – Lamento haber provocado todas estas reacciones en ti con mi relato, es obvio que desconozco ciertos aspectos de tu historia que tú conoces… Pero quería que supieras que creo que es un somniari el que está contactando con nuestros elfos, y el único que conozco el Solas… - yo conocía varios: Solas, Fen’Harel y Hain… Y yo. Pero respecto a las dudas de mi Custodia tenía razón, solo que no era Solas quien estaba rebelando a nuestros elfos, sino que nada más y nada menos que nuestro dios de La Rebelión: Fen’Harel. Pero no se lo diría.

 

Guardé silencio durante un tiempo pensando en Fen’Harel, hasta que finalmente me liberé de los brazos de Cullen y me puse en pie, mientras él hizo lo mismo a mi lado. – Necesito tomar aire. – dije a Deshanna. – Volveré luego. – ella asintió y salí de allí, acompañada por mi amigo. - ¿Dónde encuentro a mi madre? – quise saber antes de retirarme.

- En las afueras, hacia el este, está nuestro Clan. – me dijo. Asentí y salí de allí, seguida por Cullen.

Salimos del Consejo y deseé ir a la cueva donde había entrado al Más Allá por primera vez con Solas…

Una vez fuera, con el cielo sobre nuestras cabezas y la suave brisa fresca marítima decidí que visitaría aquel sitio. - Cullen. – lo miré y sonreí. – Necesito estar sola, por favor.

- De acuerdo, vamos a la taberna y quédate en tu habitación. – negué con un movimiento de cabeza.

- No, necesito caminar por las costas marítimas, sola. Sé que te costará aceptarlo, pero debes hacerlo. – dije y lo miré directo a sus ojos, él miró a un costado molesto.

- Me pides que te deje sola justo cuando estás pálida como el papel y casi te desmayas más de una vez allí dentro. – yo apoyé mi mano sobre el pecho de él y ambos nos miramos con cierta complicidad en nuestros ojos, pues nunca habíamos tenido contactos de aquel tipo. Noté sus ojos clavados sobre los míos, sus cabellos rubios se movieron ligeramente cuando una brisa sopló y comprendí de un modo diferente al obvio, la belleza en el rostro del Comandante.

- Debes hacerlo. Déjame sola. – Cullen apoyó su mano sobre la mía durante unos segundos en los que nos miramos intensamente y noté los sentimientos de él hacia mí, sobre los que ya no tenía dudas, solo dudaba de los míos hacia él. Luego quitó mi mano de su cuerpo y dejó caer nuestras manos a un costado, pero no soltó mi mano de inmediato.

- Prométeme que te cuidarás. – pidió y soltó mi mano, le sonreí.

- Por supuesto. – le dije y volvimos a mirarnos fijamente. Luego le di la espalda y me dirigí hacia las afuera de la ciudad y hacia la orilla del mar.

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Caminé hasta la orilla del mar y cuando estuve allí cerré mis ojos y levanté mis brazos como si se tratara a las alas de algún ave y una brisa de viento rodeó mi cuerpo, cayeron lágrimas de mis ojos y comencé a correr hacia la cueva a la que Solas me había llevado más de dos años atrás.

Corrí por la orilla, y he de suponer que parecía una loca, pero necesitaba correr, necesitaba liberar toda la tensión. Corrí hasta encontrar aquella cascada que ocultaba la entrada y me sumergí debajo del agua, dejando que me empapara completamente mientras continuaba llorando. Ingresé a aquella cueva y estaba todo como había estado años atrás. Como si nadie más hubiera entrado, como si ningún otro amante habría visitado aquel sitio. Allí estaba los restos de fogata, allí estaba la piedra húmeda, allí estaba el sitio donde Solas se había sentado y aquí estaba yo en el presente, sin nadie a mi lado.

Me acerqué llorando al sitio donde Solas se había sentado años atrás y dejé caer mi cuerpo con lágrimas de dolor por todo lo vivido. Apoyé mis piernas sobre la piedra húmedas y sobre ellas me senté – Solas… - dije y enrollé mi cuerpo sobre mí, tirando mis antebrazos sobre el suelo y cerrando mi propio cuerpo, mientras golpeaba mis puños contra la piedra y mis lágrimas recorrían mi rostro: - ¿Me encuentro viva o soy sólo el fantasma de tu ausencia, Solas? – pregunté a las paredes vacías a mi alrededor, mientras apoyaba mi frente sobre el suelo… - Sostenme una vez más, hasta que este miedo se vaya de mi cuerpo… - le rogué. - A penas respiro… Estoy llorando aquí mientras todo se derrumba a mi alrededor. Te necesito para que me pongas en pie de nuevo… No lo soporto más, Solas… - decía llorando. - ¿Dónde estás? Te dije que eras mi sostén… - continué llorando sin obtener respuestas. De pronto miré los restos de fogata vieja y recordé que la había encendido con fuego verde como el de mi Áncora…

Saqué mi frente del suelo y gateé hasta el sitio donde había estado la fogata. Liberé la magia del Áncora y encendí fuego verde. Suspiré y pensé en Fen’Harel, quizás él podría explicarme algo. Miré la pulsera que encontraron conmigo cuando era pequeña y la quité de mi muñeca. En ese momento me di cuenta de que había un pequeño botón que abriría un pequeño compartimento en su interior. Apreté, pero no abrió. Liberé mi magia, volví a apretarlo y se abrió. Sonreí. Ahí dentro encontré un polvo verde, como de hojas secas y las olí. Era el mismo aroma que había sentido años atrás cuando vine a este sitio con Solas. Eran las hierbas que facilitaban el ingreso al Más Allá. Limpié mis ojos y tomé una pizca de aquel polvo, y cerré la pulsera para no perder el resto. Tiré la pizca de polvo sobre el fuego verde y unos pequeños destellos violetas danzaron sobre el aire y aquel aroma tan característico me invadió.

 

De pronto estuve en Refugio en el mismo sitio donde Solas solía descansar y comenzamos nuestras charlas cotidianas y surgió mi amor hacia él. Me pregunté por qué mi mente habría moldeado Refugio, quizás porque representaba una gran pérdida en mi corazón, así como él. Miré el cielo y suspiré recordándolo.

- ¿Por qué me dejaste? – dije, aunque no tenía a nadie al lado. - ¿Por qué no me dijiste quién era yo? – caminé hasta aquella casita donde Solas solía dormir y se recosté sobre su pared, apoyando mis glúteos sobre la nieve. Flexioné mis piernas y las abracé. Las lágrimas siguieron recorriendo mi piel mientras extrañaba a Solas, y necesitaba a Fen’Harel para que me explicara sobre su propia rebelión y pensaba en mi hermano que tendría que morir por mis manos si no se detenía con la locura que estaba moldeando.

Sonreí pensando en Solas y cerré mis ojos con el deseo de abrirlos y tenerlo frente a mí: - Ahora es el momento en el que tú y yo tenemos que volver a hablar… ¿No lo entiendes? – le decía con el afán de que me oyera – Han pasado dos años desde tu ausencia repentina, sin explicaciones, mi corazón se encuentra confundido, y aún así siento que te traiciono al sentir “algo más”… Ven, por favor. Ven y dime que me amas, ven y dime que me detenga, ven y dime que estarás conmigo. Explícame sobre Fen’Harel, ya no le temo, comprenderé tu lucha, te ayudaré… Pero ven por favor… - continué llorando y de pronto sentí algo peludo a mi lado. Abrí mis ojos y me encontré de frente con el Lobo Blanco de ojos azules que se había recostado a mi lado para acompañar mi llanto… Yo estaba atónita, pues aquel Lobo había sido Fen’Harel. Sonreí y acaricié la cabeza del Lobo. – Hola, lobo bonito. – dije, pero el Lobo solo se quedó allí para acompañar mi llanto. Yo gateé frente al Lobo y recosté mi cabeza sobre su abdomen, viendo que el lobo lo permitió y tiró su cuerpo completo sobre la nieve, mientras yo me acomodé boca arriba, usando su abdomen a modo de almohada y miré el cielo, apoyando mis manos sobre mi abdomen y flexionando mis piernas. Comencé a usar magia para templar mi piel del frío, pues aunque estaba en el Más Allá, sentía el frío de la nieve.

- No sé si eres Fen’Harel o solo una creación de mi mente, pero ¿sabes una cosa? Estoy orgullosa de la historia en Thedas, a pesar de mi propio llanto, que este dolor es otra cosa… Es el dolor por una gran pérdida. Pero a veces al perder algo que uno ama, también encuentra partes de su alma que las tenía ocultas. Con él me pasó algo así.

> Cuando lo conocí estaba despertando a mi individualidad y él llegó para cuestionar todo lo que creía, y me ayudó a desarrollar un pensamiento crítico, pero al mismo tiempo me acompañó con amor y pasión. Creo que desde el primer día que nos vimos notamos algo en nosotros que despertó nuestra atención mutua. Por lo menos en mi caso, la primera vez que tomó mi mano e interactuó con la Marca sentí que sería alguien importante en mi corazón. Y así lo fue… Era un elfo escéptico, desconfiado y con una mochila de secretos que llevaba a cuestas. Pero aun así en su corazón siempre hubo bondad, paciencia, amor por la vida y la libertad. Y a pesar de sus propios miedos, se permitió entregarse a mí y compartió lo que fue capaz de dar. Todo cuando me entregó fue un tesoro para mí. A pesar de todas las inseguridades que me hacía sentir… A pesar de todo. Solas… - cayeron lágrimas de mis ojos – Solas es su nombre… - le conté al Lobo. – Solas me instruyó en el uso de mi magia de un modo tan efectivo que me cuesta creer que lo haya aprendido como autodidacta. No solo me enseñó sobre magia, sino sobre libertad, sobre escepticismo y amor. Me enseñó a amar de forma libre, sin posesiones, aunque creo que aquello lo aprendí en su ausencia – sonreí – Me enseñó a controlarme. Pero no me enseñó a vivir sin él. – dije finalmente. – Y aquí me encuentro, Lobo. En el medio de su recuerdo y su ausencia eterna… Sin saber si seguir adelante o si continuar esperándolo. Pero lo más absurdo es que viví un año con él y dos con su ausencia. He estado más tiempo sin él, pero no soy capaz de avanzar… Quisiera que viniera y me dijera “eres libre, enamórate de otra persona pues yo te he olvidado” o “te amo y espérame” o “únete a mi lucha”, no sé… algo. Pero no lo hará…

> ¿Crees que Solas me ha olvidado? – le pregunté al Lobo, que solo permaneció a mi lado y no me respondió. - ¿Seré fácil de olvidar en su corazón? ¿O habré dejado una marca imborrable como la que él dejó en mí?

El Lobo se movió rápidamente y cortó mi reflexión. Se puso de pie y golpeé mi cabeza contra el suelo. Miré asustada al Lobo y noté que me gruñía - ¿Qué sucede? – quise saber pero el Lobo me miró al borde del ataque. – Oye, ¿qué dije? – quise saber. En ese momento el Lobo saltó sobre mí y con sus cuatro patas sobre mi abdomen me empujó contra el suelo, generando que saliera del Más Allá: definitivamente se trataba de Fen’Harel, pues había roto mi conexión con los sueños.

Abrí mis ojos cerca de la fogata y noté dos arañas gigantes que se habían acercado a mí. Recordé que la primera vez que había estado aquí con Solas él había usado protecciones, y yo lo había olvidado. Había llevado mi mente al Más Allá, dejando mi cuerpo vulnerable en la tierra. Agradecí a Fen’Harel por haber estado conmigo y sonreí pensando que le había confesado todas aquellas bobadas a mi dios del panteón élfico.

Manipulé las fuerzas del Más Allá y ataqué a mis contrincantes con múltiples golpes de relámpagos, hasta que las derroté con facilidad.

Allí estaba yo, con dos arañas muertas, en una cueva húmeda, llorando la pérdida de un amor fugaz pero pasional, y contándoselo al dios de la rebelión, quien me había escuchado y me había protegido. Mi corazón sintió calor al generar aquella imagen en él de protector. Sacudí mi cabeza y me di cuenta de que estaba más confundida que nunca… Había coqueteado con Cullen minutos atrás, cuando aún pensaba en Solas y me interesaba cada vez más en Fen’Harel. Cullen no merecía que jugara con él, pero al tenerlo cerca realmente había sentido atracción. Volví a sacudir mi cabeza, ¿qué me estaba pasando?

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Todo lo que estaba vivenciando era abrumador, por lo que decidí tomarme aquel día para mí. Sabía que mis amigos se preocuparían, pero necesitaba dedicarme este día para reflexionar, no solo todo lo que estaba sucediendo y toda la información que fui adquiriendo en este nuevo viaje, sino mis sentimientos hacia Solas y Cullen, no nombraba a Fen’Harel, porque era un imposible, aunque yo me sintiera atraída.

Aquel día recuerdo que caminé por la costa marítima sin precisar un destino, subí árboles y bajé de éstos, tocando la tierra con mis pies desnudos y dejando que la naturaleza me abrazara como solía hacerlo en viejas épocas en el Clan; reí en soledad, también lloré, corrí y dejé que mi cuerpo expresara todo cuanto tenía dentro de sí mismo. Sí, era libre y sí, estaba sola, pero ¿y qué? Estaba sola pero a la vez acompañada, y sí, Solas no estaba conmigo, pero porque él tenía sus prioridades y lo felicitaba por primera vez en dos años, por haber sido capaz de seguir sus metas sin estancarse en nuestro amor que claramente no era lo que él necesitaba. Sí, él me había amado, del mismo modo que yo aun lo amaba, pero también se amaba a sí mismo, por lo que decidió ser fiel a sus necesidades, ¿cuáles eran? No me las había dicho, y nunca las sabría… Pero él había ido detrás de sus sueños, luego de regalarme lo más valioso que podría darme: me había entregado sus enseñanzas, sus creencias, su amor y su persona durante un tiempo. Y yo le había entregado todo lo que era también, y estaba segura de había sentido mi amor… No tenía dudas. Así como él me demostró que el amor propio es importante, era hora de que yo comenzara a amarme más de lo que lo amaba a él. Era tiempo de recordar nuestro amor, pero liberar mi mente de su presencia. Solas ya no estaba, y no había estado durante dos años. No estaría próximamente, tampoco. Era hora de aceptarlo.

A pesar de haber decidido soltar mi amor por Solas y entregarlo a los vientos para que en la eternidad de este mundo, la chispa de nuestro amor volara con cada ráfaga, no estaba decidida en cuanto a qué haría con Cullen. No estaba segura de qué quería respecto a nosotros, o si realmente quería algo, o si él representaba la imagen protectora que mi alma herida necesitaba y me estaba confundiendo.

Cuando decidí volver era bien entrada la tarde, faltarían menos de una hora para que la noche cayera sobre mí. Caminé con tranquilidad porque mis pasos acompañaban a mi corazón y por primera vez sentía serenidad. Serenidad que en mucho tiempo no había sido capaz de experimentar. Pero de pronto yo era yo: ahora sí sabía quién era. Era una persona incompleta que estaba intentando completarse. Era una elfa que se había sentido traicionada, pero que había comprendido que no lo había sido, sino que no era lo que el amor de su vida necesitaba. Era una maga de los sueños que no conocía su propio poder, pero que pronto lo conocería. Era una hermana perdida que no había podido entablar conexión con un hermano que se encontraba aun más perdido que lo que yo me encontraba. Era una hija perdida en la noche de una matanza, pero encontrada en los brazos amorosos de dos elfos que no habían tenido posibilidades de concebir, y fueron mis padres. Era una mujer con errores y aciertos, pero una persona libre… Era tan condenadamente libre que mi propia existencia quería que representara una rebelión en sí misma. Sonreí pensando en Fen’Harel y miré las estrellas. También era una loca que había temido al dios de la Rebelión y que ahora su recuerdo le generaba un sentimiento de seguridad. Era yo. Sin explicaciones… simplemente era yo.

 

 

Cuando llegué a la taberna donde estaban mis amigos todos se quejaron por mi larga ausencia, aunque ya me lo esperaba. – Les dije que hace estas cosas. – dijo Toro. – Hizo lo mismo la vez anterior.

- Lo lamento, necesitaba tiempo a solas. – dije. Cullen estaba molesto, pero no me dijo nada, respetó mis necesidades y miró hacia otro lado.

- Debes tener más consideraciones. – me regañó Cassandra. – No sabíamos nada de ti y Cullen no nos ha dicho nada tampoco. No sabíamos donde estabas ni qué había sucedido con tu Clan.

- ¿Y qué sucedió? – quiso saber Sera. - ¿Te aceptaron?

- Si. – dije sonriendo. – Me han aceptado como soy, con el rostro desnudo. – Sera miró hacia arriba con desagrado.

- Vaya, qué suerte para ti. Pero ya te he dicho que no es importante formar parte de ese Clan. Eres la Inquisición.

- Para mí lo es, Sera. Y no soy la Inquisición, solo soy parte de ella.

- La líder. – dijo Cassandra. – Debes ser más responsable.

- Ay, Cassandra. – dije molesta. – Basta ya, necesitaba tiempo sola, es todo. Tampoco simulemos que no tengo poder.

- Pero debes tener decoro. – volvió a quejarse. – Por lo menos por quienes estamos aquí esperándote, sin saber qué fue de tu suerte.

- Déjala en paz. – habló por primera vez Cullen. – Tenía todo el derecho a necesitar acomodar sus pensamientos. No sabes lo que ha hablado con su Custodia. – Cassandra lo miró molesta.

- No lo sé porque no nos has dicho nada. Tan si quiera para tranquilizarnos.

- Bueno, bueno. – intervino Toro. – Vamos, Buscadora… Elentari está aquí y está a salvo. Dejemos que comparta con nosotros lo que desee. – Cassandra y Cullen mantuvieron sus miradas, uno sobre el otro, desafiantes. En un momento pensé que él iba a retrucar, pero miró hacia otro lado en silencio y no habló más.

Cuando pudimos calmar los ánimos nos dirigimos hacia la barra y nos sentamos sobre unas largas banquetas a hablar, donde les conté sobre Hain y mis padres y que era una maga soñadora, pero preferí no mencionar el tema de la rebelión de los elfos. Cullen a mi lado (siempre a mi lado) lo respetó y no mencionó nada.

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Entrada la noche nos despedimos para ir cada uno a descansar. Yo no podría pegar un ojo, así que decidí que iría a visitar a mi Clan.

- Buenos chicos… - dije dejando de lado la banqueta donde estaba sentada, y dejando mi vaso vacío sobre la mesa. – Iré a caminar.

- ¿De nuevo? – preguntó Sera. - ¿Estás segura de que te encuentras bien? – quiso saber.

- Sí, es que no quiero detenerme por mucho tiempo en Wycome, quiero volver lo antes posible a Feudo Celestial, pero antes debo ver a mi Clan. – dije. – Así que iré esta noche a saludar a mi madre, y probablemente dormiré con ellos. Mañana por la mañana nos encontraremos aquí, ¿qué les parece? – el rostro de Cullen mostraba obvio desacuerdo, pero por algún motivo no decía nada.

- Bueno… - dijo Cassandra. - ¿No querrías que fuéramos contigo?

- No, no. Ustedes descansen… - dije. – Hasta mañana. – oí que se despidieron mientras les daba la espalda y salí de la taberna. Di unos pasos fuera de ésta y a mis espaldas oí la voz de Cullen.

- ¡Elentari! – dijo y se acercó a mí con paso acelerado. - ¿Segura que te encuentras bien? – me preguntó. Yo lo miré y le sonreí.

- Estoy lo mejor que uno puede estar al enterarse todo lo que me enteré. – le dije. – Pero no te preocupes… Es descabellado, pero es mi historia. No puedo hacer nada al respecto. – sabía que él quería acompañarme, que no quería dejar que me fuera, pero yo no estaba segura de que fuera prudente, aunque no me molestaba su compañía. – Quizás aún no he caído en la cuenta de que enfrentaré a mi propio hermano. – dije finalmente.

- No pienses eso. – me consoló. – Quizás haya algo que se puede hacer…

- No lo sé. Hemos tenido realidades diferentes, no sé si él puede desarrollar una forma positiva de interpretar la libertad, en lugar de verla como una sumisión. – contesté. – Pero todo es posible. – ambos guardamos silencio y yo esquivé sus ojos.

- ¿Podría acompañarte hasta tu Clan y luego volver? Solo para asegurarme de que no te suceda nada en el camino. – yo reí.

- Cullen, - dije mostrando mi Marca. – sabes que no podría suceder nada.  Ahora, me pregunto si no crees que estoy mintiendo.

- ¿Qué? – se ofendió. – Por supuesto que no. No es lo que quise decir. Sólo quería acompañarte. – silencio de nuevo. – Bien, solo cuídate, por favor. – dijo finalmente. Levanté la mirada y noté que se giró para volver a entrar y no sabría explicar por qué, pero tomé su brazo e hice que me viera.

- ¿No que ibas a acompañarme? – dije con naturalidad, pero si lo pensaba dos veces, habría preferido no haberlo hecho. Ahí estaba de nuevo yo, tomando riesgos, a pesar de que era su corazón el que estaba en juego, no tanto el mío (que ya había sido destrozado).

 

 

Él y yo caminamos bajo las tenues luces de la ciudad hasta que salimos de ésta y solo nos iluminó la Luna sobre nuestras cabezas. Nos dirigimos hacia el este, donde había dicho Deshanna que estaba mi Clan, al principio en silencio, pero eventualmente volvimos a hablar.

- ¿Crees que les molestará que no lleves tu vallaslin? – quiso saber él. No lo había pensado.

- Supongo que sí. – dije. – O quizás no. Mi Clan siempre tuvo la capacidad de sorprenderme. – confesé. – Pero lo que más quiero es ver a mi madre y a los elfos que rescatamos la primera vez que vinimos aquí.

- Recuerdo el informe de la misión. Esos elfos que estuvieron en manos de los esclavistas de Tevinter. – dijo él. – El informe nombraba a Idril, Thengal y Mornegil, como miembros formales del Clan y luego ocho elfos rescatados quedaron en el Clan y cinco en la Inquisición. – noté que estaba mirando hacia el cielo estrellado como para recordar con exactitud, y era tal como lo había dicho y sonreí. Era tan obsesivo con su trabajo que al parecer recordaba todos los informes que pasaban por su escritorio.

- Así es. – le contesté. – Cuando los elfos llegaron habían olvidados quiénes eran, quizás por los malos tratos recibidos mientras fueron esclavos. Muchos de ellos no conocían otra vida, y otros habían sido vendidos contra su voluntad muchos años atrás. – le dije. – Todos llevaban demasiados años siendo ultrajados. Así que cuando estuvieron aquí no eran capaces de mirarnos a los ojos.

> Lo primero que Solas les pidió fue que nos miraran a los ojos, que nos enfrentaran, que supieran que ellos tenían el mismo valor que todos nosotros…

- Las personas no tienen valor comercial. – dijo Cullen a mi lado. – No son objetos comerciales, o no deberían serlo. – yo sonreí.

- Exactamente. – dije. – Les explicamos que tenía el mismo valor que todos nosotros: invaluables. – él asintió a mi lado, de acuerdo con lo que había dicho. -  Fue hermoso ese día. Y los que siguieron. Estuvimos con los elfos recientemente liberados enseñándole a experimentar el mundo a través de nuestros ojos libres, y fue hermoso. En ese momento creo que supe que siempre que pueda otorgar libertad a alguien, lo haría. – Cullen permaneció en silencio a mi lado, quizás pensando sus propios conceptos, pero su silencio me intrigó. - ¿Qué opinas? – él me miró.

- Que tienes razón, las personas son invaluables. En cuanto a la libertad… A veces el orden amerita la restricción de ésta. – se refería a los castigos que impartíamos en la Inquisición para favorecer el orden.

- Por supuesto…

- Hablas de dar libertades, pero te olvidas de que tú misma has quitado esa posibilidad a quienes consideraste enemigos de la Inquisición. – me enfrentó. - ¿Por qué tienes tú el poder de decidir quién merece ser libre y quién debe ser apresado? – había olvidado aquel aspecto del Comandante de ser totalmente franco y directo cuando algún tema ameritaba serlo. Ese rasgo de su personalidad siempre había sido muy útil a la hora de tomar decisiones en la Inquisición para actuar. Cuando Leliana o Josephine debatían durante mucho tiempo, él siempre llegaba directamente con la solución del problema, tirando todas las cartas del mazo sobre la mesa. Si bien solía cuidar sus palabras y no hablaba a menos que fuera necesario, era un hombre práctico y a la vez con agilidad de pensamiento admirable para lograr encontrar orden en el caos. – Es muy fácil teorizar la libertad, Elentari, pero no olvides en tu diálogo que tú misma la quitas muchas veces.

- Vaya… - le dije. – Eso dolió. – él me sonrió.

- No pretendía que lo hiciera. Pero no hables de la libertad como si fueras la heroína inmaculada de ésta. Pues recuerda que no existen héroes sin sacrificios, y creo que tú bien lo sabes. – tenía razón.

- Oye, tus palabras son algo hostiles, ¿hay algo que te molesta? – quise saber.

- No. Solo no quiero que te mientas a ti misma. No es posible dar libertad a todos, no al menos con la intención de mantener el orden. – me aclaró.

- Claro, tú estás convencido de que el castigo es necesario… para mantener el orden.

- Soy un soldado. – me dijo. – Por supuesto que creo en el castigo y el orden. Pero no es eso lo que intento decir. Sino que cuando hables de libertad, o hablemos de ella, recuerda que romantizarla no la hace menos peligrosa, o menos bella. La libertad es un arma de doble filo. No olvides eso, es todo cuanto pido. – y con aquel baldazo de realidad llegamos donde estaba mi Clan. De pronto nos encontramos frente a dos elfos que cayeron sobre nosotros desde las sombras apuntando con sus arcos, y cuando menos me di cuenta, tenía a Cullen delante de mí con su espada desenvainada y los elfos apuntando.

- ¡Thengal! – dije sonriendo, al reconocerlo. Thengal me miró con sorpresa y un poco por detrás de él escuché un gritito de Nessara que tiró su arco y flecha y corrió a abrazarme.

- ¡Elen! – dijo tomándome en sus brazos y sin notar mi rostro desnudo. Yo la abracé sonriendo y escuché que Thengal guardaba la flecha en el carcaj y se disculpaba con Cullen. Finalmente, Nessara se separó del abrazo y abrió sus ojos como platos al ver que no tenía la vallaslin de Ghilan’nain. - ¿Qué sucedió? – quiso saber.

- Comprendí que era necesario borrarla de mi rostro. – le dije. No fui capaz de expresar el verdadero significado, pues para ellos era un orgullo llevarlas. No al menos por ahora.

- ¿Deshanna lo sabe? – quiso saber, yo asentí. Ella miró sobre mis espaldas, probablemente buscando a Solas.

- Somos Cullen y yo solamente. – dije. – Él es Cullen. – lo presenté, Thengal y Nessara lo miraron. – Es el Comandante de las fuerzas de la Inquisición. – lo nombré según su rango porque había notado que todos le estaban agradecido por la intervención de sus hombres, pero no conocían su nombre de pila.

- Oh, es un honor. – dijo Thengal y le pasó la mano, Cullen se la tomó. – Tus fuerzas nos han ayudado en más de una ocasión.

- Y siempre han llegado en el momento oportuno. – dijo Nessara. – Es un honor, realmente. – dijo y agachó la cabeza. – Y tus soldados han sido muy educados. – lo recalcó del mismo modo que Deshanna lo había hecho más temprano.

- Es una tristeza que los elfos vean los buenos modales de los humanos como algo novedoso. – dijo Cullen mientras Nessara tomaba también su mano, copiando lo que había hecho Thengal, aunque Cullen no se la había pasado, yo sonreí.

- Para las mujeres de nuestra raza es difícil no tener problemas con los shemlen. – dijo Thengal. – Tu raza se cautiva por nuestras mujeres con demasiada facilidad.

- Vuelvo a disculparme. – contestó Cullen. Luego me miró para retirarse, pero yo ya no quería que lo hiciera y negué con un gesto.

- Quédate en el Clan, si lo deseas. – le dije. Nessara y Thengal nos miraron y asintieron.

- Son bienvenidos. – dijo Thengal. – Acompáñennos, los llevaremos con el resto de los elfos. – Thengal y Cullen fueron charlando sobre tácticas de combate, mientras Nessara y yo nos pusimos al día en poco tiempo. Me contó que estaba comprometida con Thengal, la felicité y le dije que me alegraba muchísimo; luego me preguntó por Solas y le conté que ya no estábamos juntos, se disculpó, pero le dije que no había nada que perdonar, habíamos decidido seguir caminos separados. Así que después vino la pregunta obvia, si Cullen y yo estábamos juntos. Yo le dije que no, que solo éramos amigos, aunque me sonrió como si no lo creyera demasiado.

Finalmente, llegamos donde estaban los araveles y pocos elfos aun se encontraban despiertos, la mayoría ya dormían, pues era bien entrada la noche. – Vengan, - invitó Nessara – pueden dormir aquí. – dijo mostrando un aravel, si bien no eran carpas para dormir, a veces a los invitados los poníamos ahí, ya que nosotros estábamos acostumbrados a dormir sobre árboles o en la tierra. – Mañana te mostraré un regalito. – dijo mi amiga con una gran sonrisa. – Te va a encantar, pero tendrá que ser por la mañana.

- Oh, vamos. Adelántame algo. – rogué. Ella negó con un gesto.

- No, será mañana por la mañana. – dijo. – Nindela está descansando, ¿quieres que la despierte?

- No, no. – dije. – Mañana por la mañana. – Nessara tomó mis dos manos y las apretó con fuerza y una sonrisa.

- Me alegro mucho de volver a verte y ver que estás bien. Debo ir a seguir custodiando, Elen. Pero mañana seguiremos nuestra plática, ¿te parece? – yo asentí sonriendo. 

Thengal y Nessara se alejaron tomados de las manos y divertidos ante nuestras presencias. Yo sonreí al ver que mi querido Thengal había logrado encontrar la felicidad, y con una elfa extraordinaria como lo era ella.

Cullen estaba a mi lado esperando que le dijera qué hacer, yo lo miré divertida. - ¿No me dirás que es la primera vez que vienes a un Clan dalishano? – bromeé.

- Es la primera vez. No tengo idea de cómo debo comportarme. – dijo. Yo reí.

- ¿En serio? – él asintió.

- Y veo que tu Clan me tiene en alta consideración, así que me siento mucho más presionado en no hacer cosas erradas. – confesó.

- ¿Así que solo has tenido contacto con elfos de elferías? – quise saber. Él asintió.

- ¿Por qué lo encuentras tan gracioso? – dijo sonriendo pero molesto. – Nunca había tenido contacto con un clan de elfos dalishanos, dime qué debo hacer… - yo reí.

- No puedo permitir que duermas en un aravel entonces… - dije. – Ve, acompáñame. – dije y tomé su brazo y me moví grácilmente entre los árboles de nuestro alrededor. Lo hice con gracia élfica, de esa de la que carecían los humanos, tan toscos en su caminar y el peso de sus pasos. Cullen me siguió con bastante agilidad para ser humano.

Nos adentramos un poco al bosque y finalmente le dije: - ¡Salta! – así lo hicimos, ambos al mismo tiempo y subimos a un gran árbol de corteza añosa. Subimos los dos sobre la porción más alta de su tronco y él tomó con fuerza una gruesa rama con su mano izquierda, recostando su espalda sobre otra rama, mientras pisaba una rama firme para mantener el peso de su cuerpo. Yo me puse frente a él, sobre una rama más delgada, y me tomé por otra rama, quedando muy cerca de su cuerpo. Noté que Cullen apoyó su mano derecha sobre la rama que tenía a mis espaldas, para no tocarme de forma inapropiada, pues estaba casi encima de mí. Yo lo miré y sonreí, luego di un pequeño salto sobre la rama en la que estaba parada, pues noté que era algo inestable y quería seguir subiendo a lo alto del árbol. Pero en ese momento sentí que se quebró más rápido de lo que debería, y rápidamente entrecrucé mis brazos sobre la nuca de Cullen, mientras noté que él me tomó con la misma agilidad y rapidez con su brazo derecho y llevó mi cuerpo contra el suyo para que no cayera. Noté su mano fuerte y grande, prenderse sobre mi cintura y llevarme hacia su cuerpo, sentí su abdomen contra el mío y el tamaño de su gran torso, en comparación a lo pequeño que era mi propio cuerpo al estar cerca de él. Apoyé rápidamente mi pierna derecha entre medio de las de él, y la izquierda por fuera de la derecha de él, pues ambos estábamos frente a frente. – Oh, - dije mirándolo algo avergonzada. – lo siento. Pisé mal. – confesé. Ambos nos miramos, teniendo nuestros cuerpos tan cerca como no recordaba haber estado con él, y sentí un pequeño cosquilleo sobre mi abdomen. Sentir su cuerpo tan atlético y bien formado generó algo de deseo en mí, no podía negarlo, pero ¡vamos! Era Cullen, y era un representante muy bello de su raza, eso no podía negarlo nadie. Nos miramos durante unos segundos, yo con mi mentón levantado, pues él era mucho más alto que yo, y él, por el contrario, con la miraba baja, dada mi propia altura. Su rostro serio me resultó atractivo y sentí deseos de conocer un poco más del Comandante.

- Para ser una elfa dalishana, no eres muy buena eligiendo dónde pisar. – me molestó, mientras continuaba sosteniéndome con su brazo y yo sentía su mano firme abarcando toda mi cintura y los músculos de sus brazos sobre mi espalda. Yo sonreí molesta, y creo que me sonrojé, pues sentía algo de calor.

- Para ser un shemlen, tú sí que eres ágil. – lo halagué y volví a preguntarme si era prudente continuar por este camino. Él me sonrió, luego noté que me ayudó a apoyarme con seguridad a su lado, pues si había algo que Cullen tenía indiscutiblemente era caballerosidad, jamás se provecharía de ninguna situación, ya que era el hombre más respetuoso que conocía. – Ven. – le dije y trepé un poco más alto, hasta que las hojas del gran árbol me apartaron de la vista de Cullen, quien me siguió con un poco de problema, pues su cuerpo era grande para pasar a través de las ramas, donde yo lo hacía sin problemas.

Finalmente, llegué a lo alto del árbol donde había unas artesanías de mi pueblo a modo de grandes capullos entretejidos con paciencia por los artesanos dalishanos y que habían fijado a ramas resistentes a cada lado, que servían como camas para descansar sobre los árboles más frondosos y viejos de los lugares donde nos asentábamos. Él sonrió. - ¿Cómo sabías que había esto aquí? – quiso saber.

- Siempre que nos asentamos en algún sitio, nuestros artesanos los tejen con paciencia y finalmente los colocan en árboles como este. Cuando vi este árbol estuve segura de que tendrían que encontrar las camas aquí. – le dije. – Y quería que las vieras, ya que es la primera vez que estás entre nosotros. Siempre me gustaba descansar sobre árboles. – tomé uno de los capullos y me acosté sobre éste, dejando colgar mi cuerpo.

- ¿Podrá mantener mi peso? – quiso saber, tomando otro a mi lado.

- Haz la prueba. – le dije, pero sabía que lo mantendría, eran muy resistentes, aunque claro que los elfos éramos más menudos que él.

Charlamos durante un rato más de cosas banales, hasta que finalmente Cullen dejó de emitir palabras. Me asomé sobre mi capullo y lo miré y estaba completamente dormido, sonreí observando su rostro sereno, y luego me acosté sobre mi cama, intentando dejar de pensar para poder alcanzar el sueño. Definitivamente Cullen estaba comenzando a despertar algo en mí que no había sentido desde que había terminado con Solas. Debo confesar que me preocupaba, me daba miedo. Solas me había herido tanto que le tenía miedo a enamorarme de nuevo. Quería ser prudente, respetar mis tiempos… pero cuando estaba frente a él de pronto quería acelerar todo… nadie podría negar el atractivo de Cullen. Llevé mi antebrazo por debajo de mi cráneo, a modo de almohada y suspiré recordando las sensaciones que experimenté al sentir mi cuerpo sobre el de él y la fuerza de sus manos, así como el tamaño de su cuerpo, que también me resultaba intrigante…

Chapter Text

Abrí mis ojos antes de que amaneciera perturbada por mis sueños: había soñado con Solas. Había soñado acerca de la vez que nos besamos por primera vez en Wycome, en la cueva que había visitado el día anterior y sentí culpa. Me senté sobre mi capullo y miré a Cullen a mi lado, que dormía sin pesadillas. Recordé que tiempo atrás me había contado que le costaba conciliar el sueño, pues desde que no tomaba Lirio tenía muchas de ellas, pero al parecer los años habían sido generosos con él, pues no noté rastros de alguna.

De pronto sentí un cosquilleo sobre mi palma izquierda y la miré. Noté que el Áncora estaba liberando tenuemente luz, el color aumentó más y me concentré en controlar la magia de mi propia mano, pero acumuló suficiente poder como para superar mi propia capacidad de contenerla. Era la primera vez que me sucedía esto. Cerré mi puño con fuerzas, mientras me concentraba al 100% en contener su poder. Descendí rápidamente del árbol y cuando casi lograba bajar el Áncora explotó sobre mi mano haciendo que mi cuerpo saliera despedido varios metros y golpeé mi cabeza sobre el suelo.

El sonido de la explosión alertó a todo el campamento, que rápidamente se despertaron y corrieron al sitio de la explosión, así como a Cullen, que lo tuve sobre mí casi de inmediato con espada y escudo en mano sosteniéndome, mientras los elfos guerreros y exploradores que no sabían de su presencia al poco tiempo estuvieron sobre nosotros y lo apuntaron, pensando que yo me había estado defendiendo del ataque de un shemlen.

- Estoy bien. – dije. Todos los miembros de mi Clan me miraban con sorpresa, pues no llevaba vallaslin. – Tuve una pesadilla y liberé mi magia. – mentí, pero ellos no bajaban las armas, no sabían quién era el hombre a mi lado. – Él es el Comandante de las fuerzas de la Inquisición, Cullen. – dije. Los elfos miraron con cautela, notaron tranquilidad a su lado y sopesaron mis palabras, luego guardaron sus armas y algunos fueron a saludarlo, otros simplemente bajaron sus defensas. Cullen se puso de pie a mi lado, tomando mi mano derecha y ayudándome a hacer lo mismo. Luego soltó mi mano mientras se las pasaba a los elfos que vinieron a darle la bienvenida.

- ¡Hija! – escuché la voz de mi madre que corrió a mi encuentro y me abrazó con cariño. Luego se separó de mi cuerpo y miró mi rostro con sorpresa. – Tu vallaslin, ¿qué sucedió?

- Decidí que era tiempo de borrarla.

- Pero eso es imposible. – dijo.

- No con magia, ma. – contesté molesta. – Deshanna ya sabe de esto y no ha tenido problema. – aclaré.

- ¿Y Solas? – miró a mi alrededor.

- Solas me ha quitado la vallaslin – en ese momento caí en la cuenta de que me preguntaba por nuestra relación – Oh, y ha seguido su camino luego de que derrotamos a Corifeus. – me miró con sorpresa. – Sí, no estamos más juntos.

- Oh, pero te había visto tan enamorada, hija. – dijo. Yo miré molesta hacia arriba. – Hasta rompiste tu compromiso…

- ¡Basta, ma! – dije molesta y vi que Cullen se giró hacia mí al oír aquello y no pudo evitar sonreírme por la sorpresa.

- ¿Has estado comprometida? – preguntó, y mi madre se giró a mirarlo, pues había pasado por alto su presencia.

- Sí, pero rompí compromiso ¡Ay! – dije molesta. – Luego te explico.

- ¿Quién es él, hija? – quiso saber mi madre. Yo suspiré.

- Madre, él es Cullen Rutherford, el Comandante de las fuerzas de la Inquisición. Y Cullen, ella Nindela, mi madre. – los presenté.

- Mucho gusto. – dijo Cullen y ella tomó sus manos en agradecimiento.

- Tus hombres lucharon al lado de mi marido cuando atacaron nuestro Clan. Dos de ellos murieron defendiéndolo, y él dio la vida por un tercero.

- Lo lamento mucho. – le dijo con sincero pesar.

- Gracias, jovencito. – dijo, mientras a nuestro lado los demás elfos volvieron a sus tareas habituales luego de los saludos.

- ¿Qué ha sucedido, Elentari? – dijo Cullen cuando los demás elfos se alejaron de nosotros. Mi madre permaneció a mi lado.

- Mi Áncora explotó en sueños. – mentí de nuevo. Él me miró preocupado.

- Nunca había sucedido eso. – afirmó, y yo negué con un gesto de mi cabeza.

- No te preocupes, no sucederá de nuevo. – aunque él ya estaba preocupado. Y tenía razón para estarlo, era el poder del Áncora el que estaba funcionando de forma anómala, el mismo poder que me había permitido cerrar Grietas y derrotar a un dios autoproclamado. – Ma. – dije mirando a mi madre. – Quisiera hablar contigo respecto a la noche que me encontraron en el bosque. – dije sin preámbulos.

- Las dejo solas. – dijo Cullen con cortesía. Yo lo tomé del brazo y lo acerqué a mí, quizás por miedo a escuchar algo que destrozara mi corazón, quizás porque simplemente lo quería a mi lado.

- No, quédate. – le pedí, pero siempre mirando a mi madre. Él permaneció a mi lado ante mi pedido. Nindela nos miró a los dos, quizás intentando descifrar nuestra relación, quizás pensando en mi pregunta. Pobre madre, la primera vez que me había visto había estado en la misma situación con Solas, y luego de volver de Wycome en una relación con él. Ahora volvía y ya no estaba con Solas, sino que traía un shemlen y también era obvio que ninguno de los dos estaba seguro de qué relación estábamos teniendo.

Mi madre nos pidió que la acompañáramos y nos llevó hasta el sitio donde estaban las Hallas. – Buenos días Einghal. – dijo mi madre a nuestra elfa cuidadora de las Hallas. - ¿Cómo está Erëa?, he traído visitas. – dijo y yo saludé a Einghal, quien me miró con sorpresa.

- ¿Qué le sucedió a tu rostro? – preguntó con tristeza, pues ella se había sentido muy orgullosa cuando yo había decidido llevar la vallaslin de Ghilan’nain.

- Consideré que era momento de no llevar más la marca de sangre. – le dije. – Pero llevo las enseñanzas del Clan en mi corazón y mis responsabilidades continúan siendo las mismas.

- ¿Has elegido seguir a otro dios Creador?

- No llevaré vallaslin. – contesté con paciencia, aunque se me estaba acabando. Al poco tiempo Erëa se acercó a nosotros y la saludé con un beso sobre su hocico. – Ella es Erëa, mi Halla. – le dije a Cullen, él sonrió y la acarició. – Él es Cullen, un amigo. – los presenté. Erëa lo miró y se mantuvo a mi lado. – Muchas gracias Einghal. – dije. – Dareth shiral. – y los cuatro nos retiramos hacia el campamento para charlar.

 

Una vez en el campamento, mi madre se sentó sobre el suelo, yo hice lo mismo y Cullen me imitó. Erëa se recostó a mi lado. – Bien, ¿qué es lo que deseas saber, hija? – dijo con una voz serena.

- He hablado con Deshanna y me ha puesto al día con los sucesos de los elfos de nuestro Clan y los vecinos. Además me ha mencionado que soy maga de los sueños y me ha contado la historia de mi rescate, que ya la conocía, - aclaré – pero quisiera que me dieras más detalles sobre mis padres. Si hay algo que recuerdes o algunas palabras que te hubieran dicho. – pedí.

- La noche que te encontramos habíamos ido a lo profundo del bosque por orden de Deshanna, ya que habíamos oído ruidos de pelea – comenzó mi madre – Y al llegar allí nos encontramos con dos magos elfos que combatían contra un gran número de templarios y soldados a su alrededor. Sin embargo, el despliegue de magia que hicieron fue asombroso. Se encontraban en desventaja numérica, pero luchaban con mucha maestría y gran conocimiento y control en el campo de batalla. Se podía notar por sus movimientos que habían luchado en guerras y sabían lo que hacían. – me aclaró. – De todas formas se encontraban mal heridos, principalmente el elfo hombre, mientras que protegía notoriamente a la mujer, que cargaba algo consigo, que luego supimos que eras tú. – aclaró. Yo escuchaba atenta. – Tu padre hacía un uso extraordinario de los rayos, y tú has adquirido su habilidad, así como sus ojos, pues el amarillo de tus ojos rodeado por ese tenue color violeta, era exactamente como él tenía. – yo sonreí. – Ambos tenían cabellos oscuros, como el tuyo, y sus rostros estaban desnudos, como lo está el tuyo ahora. – asentí. – Tu madre tenía ojos celestes, hermosos, como el cielo más limpio. – pensé en los ojos de Hain, eran los de mi madre. – Cuando nos unimos en la lucha derrotamos con celeridad a los enemigos. Pues estábamos con los padres de Thengal. – me aclaró. – No bien cayeron vencidos los shemlen, tu padre se dejó caer en el suelo, con múltiples heridas y abundante sangre sobre su cuerpo. Tu madre se acercó a él y acarició su rostro. – los ojos de mi madre se entristecieron. – La imagen de tus padres es una de las que nunca he podido olvidar, hija mía. – me confesó. – Sentí mucho pesar al notar la desesperación en el rostro de aquellos elfos, no tenían miedo a morir, tenían miedo de tu destino. – me confesó. Yo asentí y mi corazón se llenó de pesar. – Ambos se miraron con la desesperación de la muerte próxima y pareció que decidieron en ese momento que te entregarían en nuestras manos. – ella guardó silencio. Yo tomé sus manos y las sostuve con amor, le sonreí.

- Cuéntame todo, mamá. – le pedí. – Quiero todos los detalles, los tiernos y los dolorosos. No me ocultes información. – ella asintió.

- Tu madre parecía ser la que tenía más carácter en la pareja, pues cuando ella estuvo dispuesta a entregarte, tu padre lo aceptó. Él estaba mal herido y casi no tenía fuerzas para respirar. – sentí pena por él. – Tu madre se puso en pie, también herida pero no al borde de la muerte y descubrió tu hermoso rostro frente a nosotros. “Ella es nuestra hija” recuerdo que me dijo. “Es nuestro mayor tesoro en estos días y quisiéramos que viva con libertad en su corazón. Se llama Elentari” y te puso sobre mis brazos. Yo no había podido concebir, como lo sabes, así que pensé que era un regalo de Mythal y te tomé en brazos. – los ojos de mi madre dejaron caer lágrimas. – Eras tan pequeña, Elen. Habías nacido el día anterior, me lo contó tu madre. – Cullen a mi lado apoyó su mano sobre mi hombro. – Tu madre lloraba con desesperación y me pidió que te cuidara de los humanos, que te cuidara y no permitiera que nunca fueras presa por ningún ser en este mundo. – mi madre limpió sus lágrimas. – Es por esto por lo que siempre te hemos cuidado. – me dijo. – No queríamos que te relacionaras con los shemlen, pues era la promesa que le había hecho a tu madre. – yo asentí y mis propios ojos se cristalizaron con lágrimas. – La desesperación en los ojos de tu madre era evidente, tenía miedo de que te encontraran, de que te tomaran. Me entregó su hija temblando y llorando al mismo tiempo, pero creo que supo que había bondad en mi corazón, pues noté que sintió paz al dejarte en mis brazos. – yo comencé a llorar y abracé a mi madre con fuerzas, y ella rompió en llanto también.

- No se ha equivocado, mamá. – le dije. – Tú has sido un corazón noble en mi vida y un ejemplo para mis pasos. Gracias por haber cumplido tu promesa, aunque yo no lo había entendido antes. – ambas lloramos abrazadas durante un tiempo.

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Cuando dejamos de abrazarnos nuestros rostros seguían empapados por las lágrimas y noté que mi madre tenía más cosas para decir, así que le sonreí, invitándola a continuar su relato.

- La belleza de tu rostro es la de tu padre. – me aclaró. – No me malinterpretes, tu madre era una elfa bella, pero su rostro era severo, serio, quizás había sufrido demasiadas dolencias para ser rápida para la risa, pero tu padre tenía marcadas las líneas de expresión, como solo se observa en aquellas personas que tienen facilidad para reír y expresarse. – yo sonreí llorando. – Cuando tu madre te dejó en mis manos se acercó a tu padre y lo sostuvo en sus brazos, mientras él la apretaba fuerte contra su cuerpo. Recuerdo oír que le decía “todo ha acabado, vhenan.” Y ella asintió acariciando su cuerpo. Yo te acerqué a tu padre y dejé que se despidiera, te dio un dulce beso y en ese momento te cubrió con el manto que llevabas y me dijo “Si quieren honrar nuestro sacrificio huyan ahora, antes que vuelvan por nosotros y dejen que nuestra niña crezca en libertad.” Nosotros asentimos y nos despedimos con gran pesar, pues oíamos ruidos de soldados que se acercaban donde estaban tus padres.

> No había nada que se pudiera hacer por tu padre, sus heridas eran las de la muerte, pero tu madre se negó a abandonarlo. Confió en nosotros para tu crianza y se quedó a su lado. Cuando los soldados llegaron oímos cómo luchó contra ellos, y debo decir que era una diosa guerrera, mató ella sola a seis templarios más y tres soldados, antes de que un templario fuera capaz de neutralizar su magia y asestar un golpe mortal. – yo asentí y noté el cuerpo tenso de Cullen a mi lado por el relato de su Orden asesinando a mi madre. Yo tome su mano y se la apreté con cariño, para que supiera que no sentía ningún rencor hacia los Templarios. – Llevabas un collar el día que te tomé en mis brazos. – yo le mostré mi pulsera, ella sonrió y asintió. – Tu padre me dijo que eran hierbas que te permitirían viajar sobre los recuerdos y allí podrías volver a encontrarlos. – yo enmudecí. No había pensado en aquella posibilidad, pero me pregunté cómo lo haría. La magia de los sueños era algo totalmente nuevo para mí. – La sabiduría que había en sus ojos no la volví a ver. Eran elfos que tenían un rostro en el que no se podía precisar la edad, eran jóvenes pero a la vez parecían haber atravesados eras. No había tenido esa sensación hasta que conocí a Solas… - dijo y ambas nos miramos. – Lamento nombrarlo, no sé si han terminado en buenos términos.

- Puedes nombrarlo. – le dije.

- Cuando lo conocí recordé a aquellos elfos. Y cuando dijo que era un mago somniari, aun más. Cuando lo escuché hablar de libertad un poco más, de ser posible. Solas es un elfo sabio, que también parece haber atravesado eras, aunque eso no es posible. – me dijo. – Los días que pasé junto a ustedes ayudando a los elfos liberados noté en él mucho amor y paciencia por los oprimidos, me gustó ese rasgo… - yo sonreí.

- Ma, dije “puedes nombrarlo”; no “empieza a hablar de él todo el tiempo”. – bromeé, pero en realidad no quería seguir escuchando las cualidades del hombre que había perdido. Mi madre sonrió. Luego se puso de pie y nosotros hicimos lo vimos. – Vengan, hay algo que quiero mostrarles. – dijo y nos guió hasta donde se encontraba un pequeño elfo que no conocía, que tenía cerca de un año. Lo tomó en brazos y me lo mostró. – Dime a quién te recuerda. – miré al niño y de pronto reconocí los ojos marrones de Mornegil y los labios de Idril, comencé a reír sin poder creerlo y lo tomé en brazos, dándole un tierno beso, mientras el niño elfo se molestaba por el revoleo de un lado a otro.

- ¡¡No lo puedo creer!! – dije. - ¿Dónde están Mornegil e Idril? – escuché la voz de Nessara a mis espaldas.

- Oh, no, Nindela. Yo quería darle la sorpresa. – y vino a mi lado. - ¿Viste qué precioso? – dijo sonriendo. –  Su nombre es Venthal. – me dijo – Y tiene un año y cuatro meses.

Yo miré al niño que estaba en mis brazos y descubrí que la vida es maravillosa una vez más: Mornegil e Idril mas de dos años atrás casi se perdieron los uno a los otros, pero el destino hizo que los encontráramos y volvieron a estar juntos. No tenía dudas de que estos dos años seguramente habían sido un desafío para ambos, principalmente para mi amiga Idril, y estaba segura de que Mornegil habría aprendido a cultivar su paciencia, pero superaron los obstáculos y aquí estaban: con un hermoso hijo para preservar nuestro pueblo y enseñarle lo maravilloso que tiene el vivir.

Venthal tocó mi nariz con su pequeña mano, pareció recorrerla y miró mis ojos. Yo le sonreí y él gritó alegre, estaba claro que lo era, y rio golpeándome la nariz mientras yo reía con él. Noté a Cullen a mi lado un poco incómodo, así que se lo pasé en brazos. - ¿Eh? No, no… - dijo pero yo ya se lo había puesto sobre el pecho.

- Algo me dice Comandante, que tampoco estás acostumbrado a sostener niños. – bromeé, él me sonrió y lo tomó en sus brazos.

- No niños elfos, son tan pequeños. – dijo mirándolo con sorpresa mientras el niño le reía sobre los grandes brazos de Cullen. Nessara se acercó a él y sonrió mirándolo sostener el niño, luego me miró con picardía y me guiñó un ojo, yo le sonreí e hice un disimulado gesto de cabeza que le dijo “no”.

- Tendrías hermosos hijos, Cullen. Si me permites el atrevimiento… - molestó mi amiga. Él la miró algo incómodo y le sonrió con cortesía. – Aunque nada sería más adecuado que alguna mujer con una gran belleza… Me gustaría una de cabellos oscuros para que entremezcle con el rubio del tuyo - y me miró, yo le sonreí, Cullen se incomodó un poco más.

- No he pensado en tener hijos, si debo ser honesto. – le contestó mientras acarició los cachetes de Venthal.

- Nadie lo piensa, pero cuando conoces a la persona adecuada simplemente sabes que es el momento. – dijo Nessara, yo la miré algo sorprendida, pues no sabía qué quiso decir con aquello, ¿podría ser que estuviera embarazada? Nessara notó mi mirada y me sonrió y sutilmente asintió. Mis ojos se llenaron de lágrimas por la alegría y corrí a sus brazos, nos abrazamos como dos hermanas y reímos con gran alegría. – Nadie lo sabe, solo él y yo, sé discreta. – me pidió y yo asentí. Luego me separé de sus brazos y noté que ella tomó a Venthal en sus brazos. – Permiso, Comandante. – dijo y él le entregó el niño. Luego se despidió de nosotros y se alejó con el pequeño elfo.

De mis ojos cayeron lágrimas de felicidad. Le habíamos dado una oportunidad a mi Clan aquella vez y hoy podíamos ver los frutos de aquel esfuerzo. Sentí que Cullen pasó su brazo sobre mi espalda hacia mi hombro y yo me recosté sobre su pecho. – Se merecen toda la felicidad del mundo… - dije y guardé silencio a su lado. – Me refiero a mi Clan.

- Sí. – dijo. – Me alegra haberlos conocido. Y te pido perdón de nuevo por haber intentado retenerte aquel día, cuando quisiste partir de la Inquisición.

- No tienes permiso de hablar de ese tema de nuevo. – le dije y lo miré sonriendo. – Ya hemos discutido esto, no hay nada que disculpar. – él me sonrió y con la otra mano que no me sostenía me limpió mis lágrimas. La sonrisa se borró de mis labios y lo mire con seriedad ¿Sería Cullen el hombre que limpiaría mis lágrimas y no dejaría que mi corazón se destrozara? ¿Sería la persona que siempre estaría a mi lado como Mornegil con Idril o Thengal con Nessara? ¿Acaso Solas había sido aquel amor apasionado que no tendría igual, pero que solo había dejado muchas lágrimas en mi rostro? ¿Y Cullen ese amor sano que te acompañaría por toda la vida?

- ¿Qué sucede? – quiso saber al notar mi seriedad repentina. Yo abandoné mis pensamientos y negué con un gesto de cabeza.

- Nada… solo estaba… pensando. – le respondí y recosté mi cabeza sobre su pecho nuevamente, permaneciendo sobre sus brazos y siendo consciente de que todo había cambiado entre nosotros.

 

Nos quedamos durante unas horas en el Clan entre risas y abrazos. Pregunté dónde se encontraba Elea, y me dijeron que seguramente estaba ayudando a Deshanna, pues siempre tenía algún trabajo para hacer a su lado.

Luego visité a los elfos que habíamos liberado y se alegraron mucho al verme. Preguntaron sobre Solas y les conté que se había ido a seguir con sus deberes, pero que si lo veía le haría saber que habían cumplido con sus palabras y habían sido miembros valerosos del Clan. En verdad fue un bálsamo para mi corazón volver a verlos. Ya no tenían aquellos cuerpos delgados en extremo, sus rostros tenían expresiones y sonreían. Seguramente que habría heridas psicológicas que ningún abrazo podría curar, pero por lo menos ahora estaba experimentando la tranquilidad de un Clan. Y aparte estaban en el mejor de los clanes.

Cuando saludamos a todos los que pudimos nos decidimos a volver con el resto del grupo, pues les había dicho que estaría por la mañana temprano y ya era cerca del mediodía. Pero supuse que al estar con Cullen se quedarían más tranquilos.

Cullen y yo caminamos charlando sobre todo lo que habíamos vivenciado en el Clan. Me confesó que se alegró de haberlos conocido, se notaba que había unidad y que funcionaban de manera eficiente. Había notado cómo estaba dispuesta la vigilancia y los cambios de guardia, y me dijo que había seriedad en lo que hacían, eso siempre era bueno para mantener alerta a quienes custodiaban. Yo le agradecí el respeto que mostró a mi raza y noté que le molestó un poco que lo hiciera. - ¿Por qué no habría de respetarlos? – me preguntó. – Lamento que tengan un concepto tan bajo de los humanos, Elentari, pero sabes lo que pienso de tu raza.

- Lo sé, lo sé. Lo siento. – dije. – Pero me alegró el corazón ver cuánto cariño te tenían sin siquiera conocerte. Y ahora que lo han hecho estoy segura de que te valoran un poco más. Eres un gran hombre, lo sabes, ¿no?

- Gracias. – dijo algo incómodo. – Sabes que no me gusta que me halaguen demasiado. – bromeó, pero era cierto. Lo que él hacía, lo hacía de corazón, no con el afán de recibir elogios.

 

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Cullen y yo llegamos pasado el mediodía donde estaban nuestros amigos, habíamos decidido almorzar con mi Clan y luego ir hacia la taberna, pues después de aquello, partiríamos hacia Kirkwall para buscar a mi enano favorito.

- Vaya, sí que se tomaron su tiempo para volver. – dijo Toro sin intención de molestarnos, sino realmente molesto, supongo que él también quería saludar a mi Clan.

- Oh, lo siento Toro. – le dije y lo abracé, mientras él me tomaba en sus grandes brazos y levantaba mis pies del suelo. – Pero no podía despedirme de mi Clan. Todo ha salido genial, me han perdonado que no tenga la vallaslin y ¡no sabes! ¡¡Idril y Mornegil tuvieron un hermoso niño!!

- ¡No me jodas! – dijo dejándome sobre el suelo. – Oh, maldición, me habría gustado conocerlo.

- Es muy pequeño, creo que no podrías tocarlo. – bromeó Cullen.

- Vaya, sí que siento envidia de que lo hayan conocido. Y dime, ¿cómo están nuestros elfos libres?

- Muy bien, me han alegrado el corazón. – le dije. Toro rio a nuestro lado.

- Bien… - interrumpió Sera. - ¿Qué haremos ahora?, si Cullen y tú no tienen otra excusa para perderse. – bromeó y Toro rio a mi lado.

- No quiero imaginar todas las tonterías que habrán estado diciendo. – dije sonriendo y noté que incomodábamos a Cullen a mi lado.

- No tienes idea. – se quejó Cassandra.

- Preferiría que no dijeran nada cuando me ausento. – pidió nuestro Comandante.

- Sabes que es mucho pedir. – bromeó Toro.

Finalmente, entre chistes molestos y otros no tanto, armamos nuestras mochilas de viaje y decidimos que era hora de partir sobre nuestras monturas. El viaje sería largo, pero debíamos recorrerlo para llegar lo antes posible.

Por la tarde salimos sobre los caballos del mismo modo en el que habíamos venido hasta aquí, pero ahora la cercanía de Cullen sobre mi cuerpo me provocaba cierto placer incómodo y no lo sentía tan natural como lo había sentido cuando habíamos venido. De pronto tenerlo tan cerca de mí era extraño y sabía que me gustaba. Me pregunté qué habría sentido él al tenerme sobre su cuerpo la vez anterior, pues creía que él ya tenía sentimientos hacia mí desde hacía un tiempo mayor que yo.

- Creo que debemos avanzar sin parar lo más que podamos, Jefa, ¿qué opinas? – preguntó Toro detrás de nosotros, ya que él estaba en la retaguardia. Yo asentí.

- Estoy totalmente de acuerdo. – dije. – Quiero llegar a Kirkwall y volver hacia Ferelden. Espero con ansias charlar con Leliana y saber qué sucederá con el Concilio. – dije.

- ¿Le pedirás explicaciones a Leliana? – me preguntó Cullen a mi lado, pero lo hizo con voz suave, sólo para que yo oyera, pues mis compañeros no sabían nada de lo que había hablado con Deshanna y mi madre. Me habló a mí y yo giré mi rostro para verlo, encontrándome cerca de sus labios, me sonrojé y rápidamente giré mi rostro al frente…

- No, explicaciones no. Le pediré que me diga lo que sabe. – le dije. Él asintió, no estuve segura de si se había dado cuenta de aquel numerito que acababa de realizar.

Hicimos como había propuesto Toro. Caminamos sobre las monturas durante toda la noche y la madrugada, haciendo pequeñas paradas para que nuestros caballos no se cansaran tanto y pudieran pastar, pero al poco tiempo volvíamos a montarlos. Yo les hablaba en mi lengua y los alentaba a seguir con paso vivo, pero también usaba magia para vigorizarlos. Esta marcha mantuvimos por tres días consecutivos, hasta que hicimos una parada de varias horas para que los caballos estuvieran mejor.

La quinta noche sobre los caballos había fuertes ráfagas de viento, como si se estuviera formando una tormenta a nuestras espaldas, que nos chocaba (retrasando la marcha) pero sólo se encargaba de llevar grandes nubes hacia la costa, era como una amenaza de tormenta, pero no estábamos seguros de si llegaría, como si el mismo cielo nos estuviera diciendo “prepárense para lo que vendrá, aunque aún esté por llegar”.

- ¿Es mi imaginación o grandes nubes se está juntando sobre Minrathous? – preguntó Cassandra. Yo me giré para ver por sobre el brazo de Cullen y noté que él hizo lo mismo: y era cierto. Las grandes nubes se estaban concentrando sobre la gran ciudad, sentí un escalofrío.

- ¿Casualidad? – dije, pero el presentimiento que tuve no parecía corresponderse con la casualidad, se correspondía con la amenaza de la naturaleza.

- Oogghh… - dijo Sera frotando sus propios brazos. – No sé por qué me da tanta mala espina…

- Vaya, mierda ¿Magia de sangre? – dijo Toro.

No lo sabíamos, pero por algún motivo aquella observación hizo que una nube sombría ocupara nuestros pensamientos.

- Cullen. – le dije por lo bajo. – Acelera el paso, iremos al galope y que los caballos aguanten cuanto puedan hacerlo. Ayudaré con mi magia. – él me miró con seriedad y asintió. Golpeó al caballo y éste salió al galope, mis compañeros hicieron lo mismo. Por algún motivo quería llegar como fuera a Kirkwall, tenía un mal presentimiento y necesitábamos ganar tiempo.

El galope resultó devastador para nuestros cuerpos ya cansados y para los caballos, usé mucha magia durante el día completo de galope que le exigimos a nuestras monturas y a mi voluntad, pues gracias a mi magia lo había logrado. Por la noche del sexto día yo estaba exhausta. Notaba que no podía mantener mis ojos abiertos y poco a poco el trote tranquilo de nuestros caballos fueron una canción de cuna para mi mente y caí sobre el cuerpo de Cullen dormida.

 

Caminé por una torre alta y oscura que no conocía, escuchaba palabras en una lengua que desconocía, aunque sonaba tan similar al élfico antiguo…

De pronto dejé de ser yo misma y mi cuerpo fue el de alguien más… un esclavo. Mis manos estaban débiles, delgadas y con múltiples golpes. Me dolía todo, hasta los huesos. Me habían torturado durante tanto tiempo que era incapaz de recordar cómo se sentía no sentir dolor. Sentí que me levantaron, no pude ver quién, pero tampoco me atrevía, era tanto el miedo que experimentaba…

Me llevaron por un pasillo a otro lugar. Yo no decía nada. No me correspondía hablar. Entré a otra habitación y me ordenaron que me desvistiera, así lo hice. Ya no sentía vergüenza, habían ultrajado mi cuerpo tantas otras veces, que una vez más, no significaba nada, ¿o realmente sí significaba y no quería volver a sentirlo? Ya no estaba segura de nada.

Me tiraron sobre un camastro y me dijeron: - Mira, yo soy Los Valles… - y de pronto fui consciente de que escuchaba gritos de hombres y mujeres a mi alrededor, pero de nuevo, no me animé a mirar… Sentí que “Los Valles” tomaba mis piernas y las abría, luego noté que agarraba algo similar a un bastón. Ya lo habían hecho en otra oportunidad, ya me habían violado con aquel objeto; el terror invadió mi cuerpo. Aquella vez había sentido que mi vida carecía de sentido y que iba a morir. Pero no lo hice. No lo hice para volver a experimentar esto ¡Por favor, Hacedor, no! Otra voz habló y pidió que se detuviera. “Los Valles” se detuvo y el otro se acercó a mí - ¿Ves? Yo soy, Minrathous. Te salvé de que éste te rompa metiéndote este palo…

El miedo era inmenso, me paralizaba una vez más, mi cuerpo empezó a temblar y sentí calor en mi piel. Me había hecho pis. Me tomaron por mis brazos y piernas y me giraron, dejando mi cuerpo boca abajo, sobre el camastrón. Luego ataron mis extremidades con cuero y me ataron no supe a qué cosas, estiraron mis extremidades hasta que el dolor me hizo gritar… Sentí que “Los Valles” se acercó a mí y tocó mi piel, recorriendo mis glúteos con los dedos y oí su repugnante voz: - Habla… Dime quién es ese hijo de puta que les dice que se rebelen… - y sentí que colocó su mano enguantada dentro de mi vagina y llamó la fuerza del fuego, pero en ese momento un Lobo Blanco saltó sobre él y atacó a aquel hombre…

 

- ¡¡Aghh!! – grité y me giré con agresividad sobre mi opresor y le asesté un codazo sobre su rostro, sintiendo cómo lo había agarrado desprevenido, pues no se esperaba que una esclava reaccionara - No volverás a tocarme, ¡¡maldito hijo de puta!! – grité mientras llamaba las fuerzas del rayo sobre mis manos y mis ojos brillaron con el color del trueno.

- ¡¡Elentari soy yo!!- gritó aquel hombre abrazándome, pero yo me giré sobre mi cuerpo, quedando enfrentada a mi oponente que se atrevía a volver a poner sus asquerosas manos sobre mí y en posición de cuclillas sobre el camastro tomé el cabello de mi atacante con fuerzas, clavé mis uñas sobre su cuero cabelludo para que no se escapara y se asesté una patada sobre sus partes íntimas; sentí que dejó escapar el aire contenido con el impacto y luego se quejó durante un segundo, pero al parecer era un hombre entrenado, pues soportó el dolor, mientras me tomaba sobre mi cintura y con gran fuerza me tiraba hacia un costado para que cayera al suelo. Sentí una sensación extraña, como si estuviera controlando mi magia y de pronto me di cuenta de que mi atacante estaba brillando sobre mí y comprendí algo que me aterró: era un Templario.

La ira que invadió todo mi ser se vio interrumpida por el impacto sordo contra el suelo cuando caímos mi atacante y yo, y oí gritos de hombres y mujeres a mi alrededor que decían “¡Detente!” una y otra vez, y pisadas de caballos. Me sacudí con furia pero él estaba encima de mí y me tenía acorralada por el peso de su cuerpo sobre mi pelvis y sus fuertes manos sostenían mis muñecas contra el suelo. - ¡¡Detente, soy yo!! – volvía a oír una voz que por alguna extraña razón me parecía familiar…

Volví a recordar sus manos introducidas dentro de mi vagina y pataleé con odio mientras él me superaba en fuerzas y volvía a apretar mis muñecas sobre el suelo. - ¡¡Elentari!! – oí ese nombre que también recordaba de una vida pasada. Comencé a llorar, estaba cansada que me tocaran de aquellas formas, que me ultrajaran.

- ¡Mátame de una vez! ¡¡Pero jamás te diré lo que quieres saber!! – le grité y levanté con mucha fuerza de por medio mi torso del suelo y tuve su rostro cerca del mío y noté la sangre de su labio superior por el codazo que le había dado.

El hombre soltó mis muñecas y acarició mi rostro para que volviera a la realidad y de pronto aquel esclavo soltó mi cuerpo y volví a ser yo. Un fuerte rayo sonó por encima de nuestras cabezas y una lluvia inexplicable cayó sobre nosotros, mientras yo comencé a llorar histérica, mientras Cullen encima de mí me abrazó para tranquilizarme. Pero era imposible. Había experimentado en carne propia una violación y la sentí como si me lo hubieran hecho a mí.

Sentí que él sacaba su cuerpo de encima de mi pelvis para tranquilizarme un poco más y yo lo abracé con desesperación al sentir la protección de Cullen sobre mí. “La estaban violando” dije una y otra vez “la estaban violando pero era a mí a quien dañaban, Cullen” dije llorando sin consuelo y él me abrazaba con fuerzas sobre el suelo, mientras mis compañeros a nuestro alrededor volvían a sentir seguridad cuando yo dejé de ser una amenaza con la fuerza del Áncora sobre mi mano izquierda.

- Estás a salvo, estás aquí, conmigo. – me decía mientras me apretaba con fuerzas sobre él. Sí, estaba a salvo y con él, pero alguien estaba en algún sitio siendo torturado y violado, ¿quién? – Nadie te tocó. – sentí sus caricias para tranquilizarme, pero supe que sería imposible. Supe que aquella violación la había vivido yo, aunque haya sido a través de los sueños…

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Luego de aquel episodio mi humor cambió. Estaba más silenciosa y había pedido que no me hicieran preguntas al respecto. Todos aceptaron las condiciones del pedido, pero notaba la preocupación.

De pronto dormir me aterraba, no quería cerrar los ojos y tardamos cuatro días más en llegar a Kirkwall, de los cuales dormité algunas veces sobre Cullen pero sin llegar a dormir. No quería estar lejos de mis compañeros y solo podía dormir cuando estaba sostenida por el cuerpo de él. No sabría explicar por qué mi mente necesitaba sentirlo cerca para dormitar, sin llegar a dormir, pero no me animaba de que fuera de otro modo, quizás porque una parte de mí sentía miedo de mi poder y él era templario y podía contrarrestar la ira de mi magia.

Mi rostro mostraba el marcado cansancio, así como los del resto del grupo que estaban muy preocupados. Noté que mi concentración no era adecuada para materializar hechizos y supe que si en estos momentos me enfrentaba a un oponente me vencería con facilidad.

Cuando llegamos a Kirkwall mi humor decayó aún más al notar aquel paisaje de cadenas y odié un poco la ciudad.

- Vayan a buscar a Varric y tomemos el barco hacia Denerim. – dije al entrar a la ciudad. No tuve respuesta inmediata del grupo.

- Iré a buscar a Varric con Cassandra y Sera. – dijo Toro descendiendo del caballo. – Ustedes dos esperen aquí. – dijo. Cullen asintió. Yo no le dirigí la mirada.

Cuando nuestros compañeros se retiraron Cullen me habló: - Debes dormir, Elen… - ya lo sabía.

- Duermo. – mentí.

- No me mientas. – me pidió. – Se que no duermes y sé que tienes miedo. – yo me giré hacia él, torciendo mi cintura y llevando mis piernas hacia el mismo lado, ambas, al costado del caballo y apoyando mi mano izquierda sobre su pecho y la derecha sobre el lomo del caballo, y noté que el corte sobre su labio estaba casi completamente cicatrizado.

- Cullen… si llego a ser una amenaza para el grupo… - él me miró con sorpresa. – Tú eres Templario, sabes lo que podemos hacer los magos… - dije con terror. – Aquella noche algo tomó mi cuerpo y lo usó como recipiente de un alma oprimida. – le confesé. – Si vuelve a pasar y soy un peligro, ¿serás capaz de acabar con mi vida? – mi pregunta lo tomó por sorpresa, lo supe por la expresión en su rostro.

- ¿Qué estás diciendo? – dijo tomando mi mejilla. - ¿Crees que sería capaz de matar a la única esperanza de Thedas? – preguntó.

- Pero también puedo ser su destrucción. – le dije. – Sí, te mentí. – confesé. – Tengo miedo, no puedo dormir, pero me tengo miedo a mí. – ambos nos miramos. - ¿No lo entiendes? Aquella noche quería matarte. – mis ojos se cristalizaron por las lágrimas. – No te reconocí, sólo quería matarte por lo que creí que me habías hecho… Cullen, no era yo. Estaba poseída.

- Me pides demasiado. – dijo finalmente.

- ¡Es tu trabajo! – le grité. Él se molestó.

- Yo no soy Templario. – me corrigió. – No es mi trabajo, lo he dejado.

- Eres un cobarde. – le dije molesta y él me miró con cierto dolor en sus ojos por mis palabras.

- Digas lo que digas no harás que cambie de opinión. – contestó finalmente.  

- ¿No eres capaz de ver la amenaza potencial que soy? – dije con mi voz entre cortada por el miedo.

- El poder que tienes siempre representó una amenaza, Elentari. – me dijo. – Siempre has superado a la mayoría con tu magia, y sin embargo, siempre he confiado en ti. No dejaré de hacerlo ahora. – yo lo miré molesta, desilusionada. Claro, él estaba confundido conmigo por eso no era capaz de matarme, estaba segura de que cuando estaba con Solas, si hubiera sido una amenaza sí me habría matado.

- Eres un cobarde, eso es lo que pasa. – volví a decir. Él sonrió y soltó mi mejilla, luego miró hacia mi mano sobre su pecho y me volvió a mirar.

- Di lo que tengas que decir. No dejaré de creer en ti. – Lo miré desafiante: quería decirle que sabía que él quería poseer mi cuerpo como aquel torturador, por ello no era capaz de matarme. De pronto sentí ira en mi cuerpo y noté que él volvió a brillar a mi lado. Pestañeé y aquella ira me soltó.

- Has usado tus habilidades templarias. – dije con sorpresa.

- Has liberado tu aura. – me contestó. Ni siquiera había sido consciente de ello… Pero aparentemente no había sido capaz de controlar mi propia magia y la ira había liberado mi esencia arcana, dejándome a merced de los demonios…

Las habilidades de los Templarios eran similares a las nuestras, pero a la vez diferentes. Ellos eran capaces de bloquear nuestra conexión con el Más Allá, para hacerlo de sus cuerpos se liberaba un aura disipadora de magia que, cuando consumían Lirio era mucho más notorio, en el caso de Cullen era tenue, pero aún así apaciguaba mi ira, pero temía que un día no fuera suficiente.

Por lo general cuando los Templarios usaban sus habilidades en el campo de batalla, se los veía liberando el aura disipadora con las manos, pero al parecer podían hacerlo a través de la piel, pues Cullen brillaba tenuemente con una coloración blanquecina, levemente celeste. Miré sobre nuestras cabezas al cielo, y percibí como si el Velo se hubiera engrosado y restringiera mi conexión con el Más Allá, miré a Cullen de nuevo y supe que era él quien estaba bloqueando mi conexión. Pestañeé nuevamente al comprender cómo los Templarios nos bloqueaban nuestra magia… engrosaban el Velo. La existencia del Velo les otorgaba sus habilidades.

- Cullen, tú moldeas el Velo. – dije. Él me miró sin comprenderme. – Tú puedes evitar que entre de nuevo al Más Allá. – balbuceé.

- ¿De qué hablas?

- Tus habilidades… Si las usas puedo dormir… - dije. – Mantendrás el Velo engrosado y no tendré acceso a los sueños. – lo miré como una histérica. – Usa tus habilidades y deja que duerma… - creo que estaba al borde de la locura aquel día, pues lo que le pedía era demasiado y creo que hice que reconsiderara volver a tomar Lirio.

- Claro… - sentí que él tomó mi cuerpo y me recostó sobre él mientras su piel continuaba brillando tenuemente. – Descansa, yo me encargaré que nada te suceda. - De aquel día ya no recuerdo más, pues cuando supe que podía dormir protegida, el sueño se apoderó de mi consciencia.

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Cuando abrí mis ojos estaba sobre una cama en un camarote que parecía ser el de alguna embarcación, con Cullen sentado a mi lado con sus ojos cerrados, el ceño fruncido, y usando toda su concentración para mantener aquella tortura que le había pedido. Su rostro estaba pálido y su piel transpirada por el esfuerzo mental que le requería.

No tenía idea cuánto tiempo había dormido, pero yo sentía que había vuelto a la vida. Mi mente era de nuevo mía. Sí, sentía miedo, pero no ese miedo irracional y comprendía que lo que había experimentado no me había sucedido a mí, sino a alguien más pero yo lo había vivenciado.

Me senté sobre la cama y apoyé mi mano sobre el hombro de Cullen y noté la severa palidez sobre sus labios. Abrió sus ojos y cuando vio que desperté cayó sobre mí, mareado. Yo me asusté y lo recosté sobre la cama. – Recuéstate. – dije.

- Estoy bien… - balbuceó, pero estaba totalmente extenuado. Había llevado su mente al límite. Solo un Templario como él, tan dedicado, estricto y determinado, podría haber aguantado lo que aguantó sin consumir Lirio. Lo acosté sobre la cama, y debo admitir que me costó bastante pues era muy pesado, pero finalmente lo hice. Él estaba consciente, no dormido, pero ya no tenía fuerza mental ni voluntad. La había consumido para que yo durmiera.

- Lo siento mucho, Cullen. – dije. Él tomó mi mano pero no pudo decir nada, aunque yo supe que intentó decirme que no me arrepintiera de haberle pedido que velara por mí. – Descansa ahora tú, yo estaré a tu lado cuidándote. – dije con gran pesar. La tensión sobre mi mano cedió levemente, pero aún no podía dormirse, pero tampoco hablar o abrir los ojos. Apreté su mano contra la mía y guardé silencio a su lado.

Al poco tiempo su respiración se volvió rítmica y supe que se había dormido. Acaricié su rostro empapado por el sudor y levanté algunos de sus cabellos húmedos de su frente. – Oh, lo siento muchísimo. – dije. Me acosté a su lado sumida en culpa y me recosté sobre su pecho mientras él dormía. Acosté mi cabeza sobre él y me puse de costado, abrazándolo. La cama era pequeña para los dos, dado su tamaño, pero no me movería de su lado, así como él no lo había hecho.

No estoy segura de cuántas horas estuve despierta hasta que finalmente cedí al silencio y me dormí.

 

Abrí mis ojos y me encontré con el Lobo Blanco frente a mí. – Fen’Harel… - dije, pero el Lobo estaba lejos y no se acercó. Yo intenté hacerlo, pero él retrocedió. No quería que me acercara…

- Fen’Harel… Necesito que me enseñes a usar la magia de los sueños… He tenido una vivencia tan real… - luego recordé el Lobo Blanco que me había ayudado. – Bueno, tú me ayudaste… - confirmé. – Debes enseñarme a usar mi propio poder… - el Lobo me miraba desde lo lejos. – Por favor… - pero el Lobo me dio la espalda y se alejó. - ¡Espera! – llamé, pero él siguió su camino, y no estaba segura de por qué, pero me había parecido como si estuviera molesto conmigo.

 

Abrí mis ojos de golpe y volví a la realidad, sentí el respirar de Cullen a mi lado y lo miré mientras dormía. Noté que desde que había descubierto que era una maga soñadora mis sueños eran una mezcla entre Más Allá y simplemente sueños ¿Cómo lograba un mago soñador no visitar el Más Allá? Solas no siempre lo visitaba, estaba segura de ello. Solas… de pronto volví a recordar y miré a Cullen dormido y yo sobre él y sentí nuevamente esa sensación de traición incoherente que aún sentía respecto a mis sentimientos por él y los que aún conservaba por Solas.

Si tan solo Solas estuviera aquí para guiarme en el manejo de mi magia… Si Solas estuviera aquí, yo no estaría aquí con Cullen. Volví a mirar al Templario que dormía extenuado a mi lado. Acaricié su rostro y tímidamente pasé mi dedo índice sobre la cicatriz casi imperceptible sobre su labio que se la había generado yo y mi atención se puso sobre sus labios y quise besarlo. No lo haría, por supuesto, si lo hacía quería que estuviera despierto. Pero era la primera vez que sentía deseo sexual por él, o alguien… Sonreí mientras miraba su boca y mis ojos recorrieron su cuerpo sobre la cama y a mi lado. Noté sus músculos, sus pectorales, su abdomen marcado, miré su pelvis y sonreí ante mi picardía, pero de nuevo, ¿quién podía negar el atractivo que tenía? Me mordí el labio inferior y volví a sonreír.

Decidí que lo mejor sería sentarme a su lado y no encima de él, y así lo hice. Luego miré mi collar con el cristal para comunicarme con Dorian y tuve muchas ganas de contarle todo lo que había experimentado, pero no lo haría mientras Cullen dormía a mi lado, así que conservé aquellas ganas y las guardé para otro momento.

Estuve a su lado no sabría decir cuántas horas, en las que me volví a acostar a su lado, dormité, algunas veces creo que dormí, otras me desperté y volví a sentarme. Y así hasta que en un momento me acosté a su lado y me dormí definitivamente sin sueños, sin Lobos, sin torturas…

Cuando volví a abrir mis ojos noté que Cullen me abrazaba pero seguía durmiendo, me pregunté si se habría despertado y me habría visto a su lado y había decidido abrazarme. Su brazo derecho lo tenía extendido y su mano colgaba fuera de la cama, mientras que con su brazo izquierdo me estaba abrazando, con su cuerpo de costado sobre el mío. Sonreí con ternura y me acomodé en sus brazos y me pregunté cuánto más soportaríamos sin besarnos, tocarnos… hasta que finalmente me volví a dormir.

 

 

Sentí un sonido en la habitación y abrí mis ojos, en ese momento noté que estaban llamando a la puerta, Cullen a mi lado también abrió sus ojos y ambos nos  encontramos abrazados y acostados en la cama, fue un momento extraño, de complicidad, pues supongo que los dos fuimos consciente en algún momento de que estábamos durmiendo juntos (por lo menos yo había sido muy consciente), pero al mismo tiempo era la primera vez que los dos estábamos despiertos en el mismo momento. Yo le sonreí. – Lo siento, me dormí. Menuda protección, ¿no? – dije y sentí su mano izquierda sobre mi cintura, con la que me estaba abrazando. Cullen carraspeó a mi lado y quitó su cuerpo de encima del mío.

- Lo siento. – dijo, quizás con miedo de que me molestara por la experiencia traumática que había tenido anteriormente. “No lo sientas”.

- No hay problema. – le dije y me senté a su lado y él hizo lo mismo. – Estabas muy pálido cuando desperté… - estaba diciendo cuando volvieron a golpear la puerta y los dos recordamos que aquel ruido había sido el que nos había despertado.

- ¿Has soñado algo? – quiso saber mientras se ponía de pie para ir a abrir la puerta, yo le sonreí y negué con un gesto.

Él caminó hasta la puerta y la abrió. Cassandra nos miró a ambos, notablemente recién levantados y pareció sorprenderse.

- Oh, ¿vengo en un mal momento? – dijo, sin querer entrometerse.

- No, no… - dijo Cullen. – Nos habíamos quedado dormidos. – ella miró en busca de otra cama, pero no, la habitación era de una sola.

- Ya veo… - dijo y miró a Cullen con una camisa sobre su torso, que a pesar de ser suelta, el color blanco dejaba apreciar la silueta bien formada de su cuerpo y un pantalón suelto, y luego me miró a mí, que estaba aun con la ropa de viaje, y en ese momento me di cuenta de que hacía días que no tomaba un baño. Decidí que lo haría de inmediato. – Quería saber si querían comer algo… - dijo Cassandra. – Llevan aquí tres días. – yo abrí mis ojos de par en par. – Sin comer. – concluyó.

- ¿Tres días? – dije y miré a Cullen - ¿Cuánto he dormido?

- Dos días seguidos y supongo que yo el tercero. – me contestó. Cassandra nos miraba a los dos, uno por vez, supongo que intentando saber si había pasado “algo” más.

- ¿Te has dormido? – quiso saber Cassandra. Él asintió.

- Cuando Elentari despertó.

- Oh, ¿y tú lo has cuidado? – me miró, yo asentí luego sonreí y miré a Cullen.

- Bueno, intenté pero me dormí de nuevo. – los dos sonreímos y Cassandra nos miró primero a uno, después al otro. Solo Cass podría tener dudas de si habíamos dormido en la misma cama, pero era ella, seguramente saldría de la habitación con las dudas y sin respuestas. – Sí, me encantaría comer algo. – le dije. – Y un baño.

- Bien, acompáñame entonces y te llevaré a tomar un baño. – dijo Cassandra. Yo asentí y caminé donde estaban ellos dos, Cullen y yo nos miramos y supimos que teníamos una charla pendiente, pero por el momento, no lo hablaríamos. Luego miré a Cass y ambas nos retiramos de la habitación, hacia el salón de baños.

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Nos encontrábamos cerca de Denerim, habíamos dormido durante tres días, así que pronto llegaríamos a Ferelden. Cass me acompañó a tomar un baño y ella lo hizo también, sabía que quería preguntarme si había pasado algo más entre Cullen y yo, pero también sabía que no lo haría, y yo no quería hablar con ella algo que prefería hablar con él, así que la dejé con sus dudas mientras charlamos de otras cosas.

Cuando terminamos de bañarnos nos dirigimos al sitio donde servían las comidas. Nos sentamos sobre una mesa y Sera llegó al poco tiempo, me saludó con alegría y dijo que iría a llamar a los chicos, pues Varric, principalmente, quería saber de mí. Al poco tiempo Toro y Varric se hicieron presentes, así como Cullen, que también se había bañado y estaba con ropas de interiores, similares a las que usábamos en Feudo Celestial y debo admitir que las portaba con mucha elegancia; de pronto me encontré mirándolo sin poder quitar mis ojos de encima y recordé aquellas épocas en las que Solas tenía ese mismo efecto. Sacudí mi cabeza y miré hacia otro lado, y en ese preciso instante noté los ojos de Cassandra sobre mí: había notado mi interés por el Comandante.

- Vaya, sí que has dormido, niña. – dijo Varric. – Ya me han puesto al día con los sucesos, lo siento mucho. – dijo apoyando su mano sobre la mía.

- Gracias, Varric. No tienes idea de cuánto te extrañé en estos días. – dije. – Pero hemos brindado por ti, ¿a qué no? – dije sonriendo.

- Me alegra ver esa sonrisa de nuevo en tu rostro. – dijo Varric y miró a Cullen. - ¡Comandante! También desapareciste tres días, ¿la has estado cuidando? – él asintió. – Pero te veo bastante descansado… - jugó. – ¿No me digan que durmieron juntos? – molestó el enano y todos rieron.

- Basta, Varric. – sentenció Cullen, mientras tomaba asiento. – No quiero bromas… si puede ser.

Entre risas y anécdotas relatamos todo lo sucedido, aunque supongo que Varric ya conocía casi todo lo que le estaba contando, en tres días estaba segura de que los chicos lo habían puesto al día. Él, sin embargo, nos contó que había aceptado el cargo de Vizconde de Kirkwall, por supuesto que le costó que le dieran permiso para volver a Ferelden, pero ordenó que se lo concedieran, mientras Bran Cavin se ocuparía por el momento de forma provisoria de los asuntos que requirieran mayor atención hasta la vuelta de Varric.  

Finalmente, llegamos a Denerim y allí nos esperaban carruajes de la Inquisición para llevarnos a casa. De nuevo estábamos volviendo a aquel sitio tan familiar para nosotros. Cullen y yo no habíamos tenido tiempo de hablar sobre nosotros, pues nuestros compañeros por algún motivo, o simple casualidad, habían estado encima de ambos todo el tiempo.

 

Una vez en Feudo Celestial nos reunimos en la Mesa de Guerra y nos dispusimos a debatir nuestra siguiente jugada con respecto a la nueva posición de Varric en Kirkwall y las implicancias que tendría para la Inquisición, entre otras cosas. Asistimos a la reunión Varric, mis Consejeros y yo.

Josephine a nuestro lado con sus papeles sobre su mano izquierda y una pluma sobre la derecha abrió el debate: - Creo que tenemos la necesidad de felicitarte, vizconde Varric Tethras, por el nuevo título en Kirkwall. – todos bajamos la cabeza frente a nuestro querido enano a modo de felicitación, a lo que él respondió sacudiendo su mano como si quitara importancia al hecho.

- Oh, eso no es lo importante y todos aquí lo sabemos. – dijo mirándonos. – Lo importante es fortalecer la Inquisición desde mi posición. – Leliana asintió con movimientos de cabeza complacida.

- Estoy totalmente de acuerdo, Varric. Y me alegra ver que tú piensas del mismo modo. – dijo nuestra Divina. Yo miré a Leliana pensando en todas las cosas que estaba haciendo y que me habría gustado tener conocimiento previo.

Leliana miró a Cullen que estaba a su lado junto a Joseph, por detrás de la mesa. Delante de ésta nos encontrábamos Varric y yo. Leliana caminó lentamente, parecía un gato preparándose para dar caza y recorrió la mesa, acariciando su madera con su mano, con pasos lentos, mientras sopesaba sus siguientes palabras sin dirigirnos la mirada. – Quisiera saber si todos los presentes en esta reunión están de acuerdo con que es momento de un gran cambio en la cultura de Ferelden, Orlais… Las Marcas Libres… - nos miró a todos, uno a uno a los ojos. – Thedas. – en esta sala estábamos dando los primeros pasos hacia una Revolución sin precedentes.

Hubo silencio entre los presentes, a veces ella causaba esa sensación de “miedo” al hablar, pues sabíamos que a pesar de su título, Divina Victoria, era capaz de grandes matanzas… Yo asentí y Josephine y Varric asintieron y miraron al Comandante. De todos los presentes, todos sabíamos que llegado el momento, de ser necesario, quizás tendríamos que manchar nuestras manos con sangre; el más íntegro en su accionar era Cullen, y no me malinterpreten, yo no sería capaz de injusticias, pero sí de matar a los opresores que requiriera esta revolución. Cullen nos miró con asombro.

- Estoy de acuerdo con que hay disparidades en todas las Naciones, - dijo – opresión y desigualdad. Creo que debemos llevar adelante un cambio, no una masacre. – miró a Leliana y le dio a entender que no participaría de matanzas innecesarias. Ella le sonrió.

- ¿Tu lealtad reside con la Inquisición, Comandante? – dijo suavemente. Cullen se molestó y caminó hasta ella y la enfrentó cara a cara.

- Por supuesto, Leliana. – ellos tenían una relación amor/odio, respeto/desagrado. La integridad de Cullen a Leliana a veces le resultaba tediosa, y la moralidad maleable de Leliana a él. Sin embargo, ambos admiraban sus habilidades y ninguno de los dos sería tan bueno en sus respectivos trabajos, sin la presencia del otro.

- Te dirigirás a mí como Divina Victoria. – le advirtió. Los dos se miraron con molestia, él finalmente cedió ante el título de Leliana y asintió. Bajó la cabeza en señal de sumisión.

- Me disculpo, Divina Victoria. – dijo sin mirarla. – Pero recuerda que mi alma es mía, y no tiene precio. – ella sonrió y apoyó su mano sobre el mentón del Comandante haciendo que la viera.

- Cullen, no dudo de tu lealtad. – le aclaró. – Pero quiero que entiendas que toda Revolución lleva sangre en sus escrituras, quiero saber si eres capaz de soportarla… - él corrió su mentón de las manos de Leliana.

- Si tienes dudas al respecto, es que no has visto todos los soldados que he enterrado y a todas las familias que he visto personalmente para anunciar sus muertes durante nuestra batalla contra Corifeus. No dudes ni de mi lealtad, ni de mis capacitadas. – le contestó. – Divina Victoria. – sentenció finalmente. Yo me acerqué a los dos y tomé a Cullen por el brazo, acercándolo a mí y lo dirigí hasta donde nos encontrábamos con Varric, él me acompañó. Leliana nos sonrió.

- No estamos aquí para pelear entre nosotros. – dije. – Pero nuestra Divina tiene razón, Cullen. Es momento de llevar adelante cambios, y golpear con fuerza las estructuras de los poderosos para lograr la libertad de los oprimidos. Y eso despertará el enojo de quienes mantienen el poder. – Cullen me miró con seriedad y asintió.

- Estuve con la Inquisición aun cuando hablamos de traición a la Corona de Orlais, permitiendo la muerte de la Emperatriz. – se defendió. – Y recuerden que fue propuesta mía dejar a Gaspard en el Trono. No me hablen como si no fuera capaz de tomar decisiones difíciles. – tenía razón.

- No queríamos insultarte, Cullen. – dijo Josephine. – La Divina Victoria desea cambios rápidos, pero los cambios astutos son los que perduran. – finalizó cordialmente y moviendo su pluma en el aire, como poniendo un punto invisible sobre el aire. – Contamos con la presencia de Varric en Las Marcas Libres. Discutamos esto, por favor. – propuso.

- He sido elegido Vizconde de Kirkwall con el deseo de que saque adelante su economía decadente, han reconocido una o dos habilidades que tengo para los negocios. Así que podríamos aprovechar mi nombramiento para fortalecernos. – dijo el enano. – Sin embargo, yo he estado moviendo varias piezas en mi Ciudad hace tiempo con Bianca como mano derecha. – aquella confesión nos sorprendió. – Así que mi nombramiento no llegará sobre una Ciudad donde tendré que pedir permiso para manejar sus alrededores, pues ya cuento con dominio sobre varios gremios, principalmente de mercaderes y artesanos.

- Por favor, háblanos de cómo es la sociedad en Kirkwall y en qué basa su economía. – pidió Josephine. Aunque ella conocía de memoria todo lo que Varric iba a relatar.

- Como en todo Thedas, la economía de Kirkwall se ha mantenido estática en los últimos años, decayendo cada vez que alguna catástrofe sucede por causas antinaturales: Ruinas, dioses autoproclamados, problemas entre magos y templarios… Bueno, lo habitual. – bromeó. – Como nuestra economía se basa en una estructura social estática, determinada más que nada por la herencia de la sangre y no por el mérito, poco es lo que se modificaría si no tuviéramos estos problemas que lo único que hacen es acrecentar la pobreza entre los menos afortunados. – asentimos. – Principalmente, la gente común que resultan ser la mayoría, tiene gremios, y a través de los gremios se maneja la economía de las grandes masas. Allí es donde deberíamos actuar.

- Es decir – aclaró Josephine – que el comercio es llevado a cabo por una multitud pequeña de comerciantes. – Varric le sonrió y asintió.

- Necesito que me expliques mejor. – pedí. - ¿Qué tienes en mente?

- Las diferentes actividades comerciales – comenzó a explicar Varric – producen sólo lo que se necesita, y eso es lo que se vende en Kirkwall y fuera de éste, a través del control de los gremios. El precio está estipulado por el gremio en cuestión y todos cobran lo mismo. No hay acumulación de capital, a excepción de los nobles que son los poderosos, justamente por eso: porque tienen capital acumulado.

- Es decir que, - dije – si comenzamos a actuar discretamente para que los simples comerciantes comiencen a tener mayores capitales dentro de unos años podrían rivalizar con los mismos nobles en cuanto a bienes acumulados. – Varric y Josephine asintieron. Yo sonreí. – Oh, eso los volvería locos. – me gustaba la idea.

- Sería un modo de demostrar que el poder y mando no está determinado por el Hacedor – agregó Leliana – sino por el mérito. – terminó nuestra Santísima. Era cierto, siempre con la excusa de que eran reyes porque en su sangre estaba la bendición del Hacedor, nuestros campesinos y comerciantes trabajan con salarios mínimos y sin quejas. – Lo próximo que diré es una apreciación personal de la que me encuentro completamente convencida. – aclaró la Divina Victoria – Mis creencias respecto al Hacedor son tan firmes como el primer día, pero no soy necia. Escuchen lo que les diré y si estamos de acuerdo, será la línea de manejo a la que tenderemos. – asentimos con curiosidad. – La religión Andrastina, a través de las enseñanzas del Hacedor, nos convenció de que las riquezas materiales poseen importancia secundaria, son necesarias, puesto que sin ellas no se puede mantener ni ayudar a otro, pero con una importancia secundaria, como he dicho….

- Pero eso solo se cumple para el campesino y los comerciantes, no así para la nobleza. – dijo Cullen interrumpiendo la línea de razonamiento de Leliana, pero dando en el clavo, ella asintió.

- Así es. Es conveniente sólo para controlar las proles, pero no para quienes ya tienen en exceso. – dijo Leliana. – Los motivos económicos de las proles son temidos por ellos mismos, pues les han enseñado que constituyen apetitos poderosos y pecaminosos… Es decir que el campesino común y el comerciante no se interesa por la economía de su Nación pues no le corresponde entrometerse en esos temas dada su condición social que está determinada por la gracia del Hacedor, de lo contrario estaría pecando por avaro: desea más de lo que necesita y le corresponde.

- Sin embargo, anhelan el capital y en silencio lo aplauden. – dijo Varric. Ella asintió. – Y nosotros podemos aprovecharnos de ello…

- La actividad económica está estrechamente relacionada con un fin moral. – los interrumpió Josephine. – “Las riquezas existen para el hombre y no el hombre para las riquezas”.

- Como la magia. – dije, Joseph asintió.

- A cada paso hay límites, restricciones, advertencias sobre las cuestiones económicas. – dijo Varric. – Porque es conveniente para los poderosos que así sea entre los menos afortunados, así siempre temerán al asunto y no lo tocarán, permitiendo que ellos continúen con el poderío y la toma de decisiones. Está bien para un hombre buscar aquellas riquezas que son necesarias para mantener el nivel de vida propio, el destinado por gracia del Hacedor, pero no buscar más, pues eso es ser avaro. – pensé en las palabras de Varric. Tenía razón. Así se manejaban los hombres y enanos, y todas las razas dominadas por la doctrina Andrastiana. Si uno buscaba más de lo que su posición social le permitía, estaba desafiando la estructura determinada por su dios y por lo tanto, caía en pecado. Ante aquella situación, los campesinos y comerciantes, que aún no se veían como individuos ni reconocían realmente su libertad, no eran capaces de cuestionar nada.

- Se considera la propiedad privada como un mal necesario. – dijo Leliana. – Todos los nobles “tienen” que tomarse la molestia de poseer aquella propiedad privada como una institución necesaria en este mundo caído en el pecado, pues nosotros hemos pecado y estamos pagando las consecuencias, y la propiedad privada no es más que un “mal necesario” pero que beneficia directamente al noble. Al relacionarlo con el pecado, los débiles lo aceptan sin quejas, y los ricos continúan sometiendo a todos los pueblos.

- Ese es el argumento sólido que se usa actualmente para someter a las masas. – dijo Josephine.

- Y ese argumento será el que atacaremos. – dije. Varric sonrió. Todos sonreímos ante aquella idea.

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En la Mesa de Guerra estábamos debatiendo temas tan profundos, así como también extensos, que tocarían a todas las razas de Thedas y el modo de interactuar unos con otros y la economía.

Bajo el sistema económico actual que aceptaban las personas que tenían un gobierno dirigido por las creencias Andrastianas, aún antes de que uno naciera ya se había fijado los límites de la expansión de su vida: un campesino moriría campesino, un rey moriría rey ¿Pero era realmente voluntad del Hacedor, o era la voluntad de ese rey que enmascaraba su propia codicia con la religión? Pero bajo esta nueva visión que estábamos debatiendo y poniendo en marcha al mismo tiempo, el individuo, principalmente el de clase media, poseía la oportunidad de triunfar de acuerdo con sus propios méritos y acciones. Las implicancias serían enormes una vez que los ricos de siempre comprendieran que tenían competencia dentro de su propio pueblo, y ahí estaría la Inquisición para frenar cualquier intento de opresión sin sentido.

Cullen habló con el grupo: - Reconociendo que no es la voluntad del Hacedor la que siguen nuestros gobernantes… Las personas que forman parte del Gremio de Comerciantes de los enanos también presentarán cambios profundos desde su propia concepción de la economía y la administración de un reino, o en el caso de Kirkwall, una ciudad ¿Qué harás, Varric, para lograr que sigan tus reglas y no te traicionen?

- Intentaremos asegurar un nuevo concepto que lo vengo desarrollando hace un tiempo con Bianca. El concepto de “venta al por mayor” y “acumulación de bienes”. – contestó Varric. Todos prestamos atención.

- ¿A qué te refieres con venta al por mayor? – quise saber, era un concepto vago hoy en día en nuestra sociedad.

- La venta al por mayor hace referencia a aquellas Naciones que comprarán muchos productos a un costo más bajo, pero con la condición necesaria de que compren “mucho”. Es decir que actuaré sobre los gremios de artesanos para que fabriquen más de lo que necesitan para poder vender a otras Naciones a un costo menor. – Cullen sonrió. – Y sobre el gremio de Comerciantes para que asegure buenos contratos de ventas.

- Es una genialidad, así reforzarás al gremio de artesanos y comerciantes en Kirkwall, quienes dispondrán de mayores bienes y tendrán una mejor calidad de vida. – dijo Jesephine, Varric asintió.

- Aunque tendrás que convencer a los artesanos de que es lo correcto. – dijo Cullen. -Pues habíamos dicho que ellos tienen muy arraigada la creencia del pecado. – Varric asintió.

- Eso no será difícil, Kirkwall es una sociedad caía en el pecado, o como me gusta verlo a mí, en la libertad de pensamiento… - rio Varric. – Bianca forma parte del Gremio de Comerciantes y como saben, tiene lealtad hacia mí.

- Y le debe favores a la Inquisición. – agregó Cullen, pues la habíamos ayudado en su error durante la guerra contra Corifeus. Varric asintió.

- Así es. – dijo Varric. – Ella ha estado trabajando conmigo de manera silenciosa, sin llamar la atención. Ha convencido a los miembros importantes del gremio de Comerciantes enano de que había llegado el momento de generar más de lo que se necesitaba para poner en práctica este concepto que mencioné, y éstos han convencido a los artesanos... Y así lo ha estado haciendo en los últimos dos años. Poco a poco los artesanos incorporaron estos cambios, y están ejecutando la venta a otras Naciones al por mayor de nuestros productos, provocando autonomía a algunos miembros de la sociedad de la ciudad. Actualmente, en Kirkwall, contamos con siete comerciantes que en estos últimos dos años han llenado sus bolsillos de forma ostentosa, pero inteligente, sin llamar la atención.

> Me ha tomado la molestia de visitarlos durante mi estadía en la Ciudad y me he asegurado de su lealtad para con mi cargo: si ellos me apoyan, yo no iré detrás de sus ganancias. Serán los próximos nobles de Kirkwall y yo tendré su respaldo para mover el comercio en la ciudad. – sonreímos al oírlo. - Para cuando la necedad de los nobles de siempre sea capaz de ver a sus nuevos competidores, sus propios vasallos, será tarde para que los comerciantes acepten someterse nuevamente al dominio de la autoridad de la nobleza.

- ¿Con quién han estado comerciando en secreto? – quiso saber Josephine, fascinada.

- Con Tevinter. – dijo Varric.

- Tevinter se encuentra atravesando un momento social único, en el que hay un alborotador profético diciendo a los más débiles que deben rebelarse contra el Magisterio. – dije, Varric y Leliana asintieron.

- He oído esos rumores. – dijo Varric. – Por ello, Bianca se ha encargado de hacer un negocio directamente con el Arconte Imperial. – Leliana y yo abrimos los ojos con sorpresa, y la Divina sonrió orgullosa del enano. – De este modo, los desórdenes sociales de la prole de Tevinter no afectó aún a la elite, porque nosotros hemos estado abasteciendo la ciudad, mientras sus trabajadores se han estado quejando y siendo poco productivos.

- ¡Vaya! – dijo Cullen con sorpresa. – Eso explica por qué Hain ha tenido dos años para manifestar sus ideas, sin que los nobles le saltaran al cuello. – Varric asintió.

- Sin saber todo lo que sucedía, hemos facilitado la política a Tevinter, favoreciendo el poder a la clase comerciante en Kirkwall. – dijo Varric.

- Por primera vez en la historia daremos poder a los débiles para asegurar una elección de los líderes con las preferencias de quienes trabajan y no por mandato divino. – dije yo. Todos asintieron. – Vaya chicos, realmente cambiaremos la historia…

- Hemos comenzado hace tres años… - dijo Leliana. – Y continuaremos incluso con nuestras vidas. – asentimos todos. – Es momento de que las razas de todo Thedas se respeten. Basta de opresión, basta de salvajismo en el nombre del Hacedor o del dios que deseen. El Hacedor nos ama y nos ha dado la espalda por nuestros pecados, por nuestra codicia. Es hora de mover la balanza a favor de los débiles: elfos, magos, enanos, qunari… todas las razas, en detrimento del dominio del hombre.

- El tema de los qunari será el más complicado. – aseguró Josephine.

- No tenemos presencia en Seheron o Par Vollen. – dije. El Toro de Hierro actualmente era considerado Tal-vashoth, como sabíamos.

- Entonces quizás sean nuestros enemigos. – simplificó Leliana. Guardamos silencio ante aquella idea. Si se oponían a nuestras ideas, ¿tendríamos que matarlos? ¿Eso no nos transformaba en tiranos?

- No nos adelantemos a los hechos. – pidió Cullen, yo asentí respaldándolo. 

- Debemos fortalecer nuestros contactos con los enanos de Orzammar. – propuso Josephine. – No tenemos dominio sobre el comercio del Lirio, y eso nos dará a Tevinter en bandeja.

- Podríamos contactar con Valta. – propuse. – Ella… se encuentra en el centro de la Piedra, donde las venas de la montaña son almacenes naturales de Lirio.

- Sabes que es peligroso. – dijo Cullen. – La última vez que estuvieron en Los Caminos de las Profundidades descubrieron Titanes…

- Pero si es necesario, volveremos. – dije.

- Podría traer consecuencias. – me advirtió.

- Como todo lo que estamos haciendo… - le aclaré. Cullen me miró serio y preocupado, siempre estaba preocupado porque no me sucediera nada, yo le sonreí para tranquilizarlo. – No te preocupes. – dije finalmente.

- De acuerdo. – me dijo, aceptando mi carácter combativo.

- Primero debemos hacer que los comerciantes se reconozcan libres. – dije. – De modo contrario será difícil que comprendan todo lo que intentamos enseñarles. – me miraron sin comprender cabalmente lo que había dicho.

- Por favor, Elentari… - dijo Josephine con educación. – Creo que hay ciertos conceptos sobre la libertad con los que aún no estoy familiarizada. Me gustaría que me los explicaras, si no es molestia. - Yo suspiré. Había llegado el momento de hablar de todo lo que había venido aprendiendo en estos años y ellos decidirían libremente, si querían formar parte de mi batalla, o preferían retirarse.

- Les hablaré de los conceptos de libertad, individualidad, sumisión y quiero que me digan si están de acuerdo…. – todos asintieron, y así, hablé con las mismas palabras que Solas me habló hacía un tiempo y las palabras que Galadh había pronunciado en nombre de Fen’Harel. Al finalizar noté que mis amigos sonreían a mi lado, pues habían comprendido todo: principalmente que de la individualidad no se vuelve, y que una vez que uno se reconoce individuo apartado de la naturaleza pero existente con ella, reconoce su libertad y todos los miedos que acarrea. De pronto me di cuenta de que a pesar de todo lo que había sucedido entre Solas y yo, sus palabras y enseñanzas sobre libertad habían dejado una huella imborrable en mi corazón y mi consciencia y se lo agradecí. A pesar del dolor y la vergüenza que una vez me provocó borrar mi vallaslin, hoy estaba orgullosa, no por él, sino por , porque era libre. Y esa misma libertad la compartiría con todos, sin secretos, sin ocultismos para mantener la hegemonía, sino con la esperanza de que, quien quisiera, tomara la responsabilidad de la libertad y se sintiera pleno del mismo modo que yo me sentía.

La lucha por la libertad de las razas de Thedas, había comenzado y daría batalla a cualquiera que quisiera someter a este mundo maravilloso. Del mismo modo, era consciente que todo lo que estábamos gestando en esta Sala tendría consecuencias en la misma precepción que las clases bajas y medias tendrían sobre ellos. Ellos también experimentarían el individualismo, y al hacerlo se irían liberando progresivamente de las limitaciones de la naturaleza. Las diferencias entre castas y religión, que en algún tiempo habían sido fronteras naturales que obstruían la unificación de las razas, desaparecerían y así las personas aprenderían a reconocerse como individuos dignos. Esto resultaría peligroso, como me había dicho Cullen… La libertad era un arma de doble filo: hermosa y severa. Ser libre significaba ser consciente de uno mismo, pero al mismo tiempo ser consciente de la soledad que acarrea ser único y responsable de las decisiones tomadas… Y a diferencia de mi hermano, Hain, yo no dejaría que el sentimiento de inseguridad y soledad los invadiera para que tuvieran miedos y se sometieran al liderazgo. No, yo les daría protección y herramientas para que continuaran adelante con esta revolución y pudiéramos cambiar la historia misma de Thedas.

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Leliana apoyó su mano sobre la Mesa de Guerra y pensó en las palabras que diría a continuación. Luego levantó la mirada y sus bellos ojos volvieron a recorrer nuestros rostros. – Creo que debemos hablar de lo que está sucediendo en Tevinter… - yo asentí.

Cullen y yo les relatamos todo lo que habíamos vivido al llegar allí, la presencia de Hain y todo lo que había dicho. Les expliqué la conexión con la familia Pavus y al mismo tiempo la realidad de mi propia historia, lo cual sorprendió a todos los presentes; pero sí, mi enemigo era mi hermano. Luego relatamos la presencia de Briala allí, así como la permanencia de Dorian en Minrathous para ejercer su cargo de Embajador. Finalmente, les mencioné el hecho de que era maga de los sueños y aquella conexión tan real con un sitio de tortura, días después de aquella tormenta que se había situado sobre el cielo de Minrathous.

-  Quizás sería conveniente comunicarnos con Dorian… - dijo Leliana. Yo asentí y tomé mi collar y llamé a mi amigo. Al poco tiempo recibí a través de la luz reflejada del cristal mágico de mensaje el rostro de Dorian desde el otro lado. Le pedí que se dirigiera a un sitio seguro, que necesitábamos hablar de temas de vital importancia. Una vez hecho aquello yo le relaté todo lo que había descubierto al hablar con su madre y en mi clan así como también el evento vivenciado de la violación. No mencioné la lucha de los elfos, mencionada por Deshanna que podría involucrar a Fen’Harel. El rostro de Dorian pareció muy preocupado.

- Debo confesar que he estado interesada en tener acceso a la política del Norte desde hace tiempo. – dijo finalmente Leliana y Cullen y yo prestamos atención. – Cuando comenzamos a formar esta Inquisición yo, personalmente, me encontraba atravesando una crisis de fe que con tu ayuda, amiga, pude transitar y decidí que era momento de cambiar las cosas.

> Si en el corazón de uno hay una llama que quema, una consciencia que no calla, no debemos desoírlo. – dijo. – Nunca me sentí completamente conforme con el trato a las demás razas, no desde que conocí a Praianna, la Heroína de Ferelden, y mucho menos luego de conocerte a ti. – me miró. – Por lo que decidí que era momento de cambiar el mundo. Ahora tenemos los recursos para hacerlo, solo tenemos que saber cómo armar nuestra jugada. – todos asentimos.

> Conocía la relación que teníamos nosotras dos, - me miró – por lo que me tomé el atrevimiento de entablar una relación cercana con Briala para poder ganar su confianza, aún antes de saber que me apoyarías en la candidatura para Divina… Tener la confianza de la verdadera gobernante de Orlais, fue un golpe maestro. De ese modo planificamos nuestro acceso dentro de la política tevinteriana.

> Contábamos con dos puntos de acceso: Dorian y la amistad con la Inquisición, que este último es el obvio y el que nuestros enemigos también ven… Y la Capilla, que es el más discreto. – yo asentí escuchando con atención a la barda. – Reforzando la imagen de la Capilla Andrastina con falsos rumores que dejamos correr con Briala en Minrathous para que llegara a los oídos adecuados: Hain. – confesó. – De ese modo, dejamos que se supiera de la grandeza de la Heraldo de Andraste y la devoción que se le profesa en el Sur. Él oyó aquello que queríamos que oyera y lo creyó, que es lo importante. – me miró. – Por lo que hoy en día te ve como una amenaza. Tú representas lo mismo que él pretende representar, pero en el Norte. Por lo que se ha visto obligado a cambiar su discurso anterior y hablar de la venida de la mismísima Andraste en persona.

- ¿Qué quieres decir? – preguntó Cullen.

- Que antes Hain solo profesaba las enseñanzas de El Libertador. Cuando Briala logró entrar en su grupo selecto de súbditos, llenó sus oídos de rumores acerca de la Heraldo de Andraste que lo hicieron dudar de su propio discurso. Por lo que se vio en la obligación de decir que con la sangre del Libertador, Andraste caminará en el Norte.

- Vaya… - dije. Leliana asintió. – En Minrathous, él y yo mantuvimos una charla… - comencé. – En la que terminamos en desacuerdos, pero no mencioné no ser la Heraldo – Leliana asintió a gusto – Pero le dije que quería pruebas de lo que decía, pues Andraste no me había dicho nada de lo que él profesaba. – La Divina sonrió.

- Perfecto, de ese modo de nuevo has minado su confianza. – dijo. – Él es un elfo autoritario, necesita de los débiles más de lo que ellos lo necesitan a él, pues debe “dominar” a alguien. – nos aclaró. -Briala me ha comentado que Hain goza en el sometimiento de los otros, ejerciéndolo de forma tan ilimitada y absoluta, para finalmente lograr reducir a los sometidos al papel de meros instrumentos. – sentí pena de que mi hermano fuera de aquel modo. – Sin embargo, este rasgo lo demuestra delante de los demás, pero en la privacidad de su círculo íntimo, del cual Briala aún no forma parte, pero próximamente lo hará… Me ha dicho que Hain se presenta con el deseo de hacer sufrir a los demás o verlos sufrir, y goza con ello. – sentí un poco de náuseas. – Tal sufrimiento cree ella que puede ser físico, pero más frecuentemente se trata de dolor psíquico, o ambos. Su objetivo es castigar de una manera activa, de humillar, de colocar a los otros en situaciones incómodas o depresivas, de hacerles pasar vergüenza. – recordé cómo me había sentido al experimentar aquel sueño tan vívido ¿Podría ser que aquella sala de tortura estuviera comandada por mi propio hermano? Peor aún, ¿Qué él mismo hubiera sido “Los Valles” o “Minrathous”? Leliana a mi lado continuó: - Las personalidades de este tipo, cuando intentan obtener a sus sometidos se expresan en un primer momento como una persona con exagerada bondad o preocupación para con los demás.

- Hain se muestra protector con sus seguidores, les enseña a respetar las autoridades… - estaba diciendo Cullen cuando lo interrumpí.

- Y los saluda como si todos fueran iguales, les sonríe con cariño, deja que lo toquen y toma las manos de sus fieles con amor manifiesto…

- Es una máscara. – dijo Leliana. – Y yo sé mucho de ellas… - Cullen y yo la miramos atentos. – Su verdadero rostro es éste que les describo. Este rostro sediento de humillación y vergüenza, despojo de dignidad.

- Es horrible. – dije.

- Lo es. Pero este tipo de personas no se dan cuenta de lo que están haciendo. Creen que lo hacen por “deben” hacerlo. – me corrigió la Divina.

- ¿Qué quieres decir? – quiso saber Cullen.

- Muchas veces este tipo de personas cree que tiene el derecho de mandar a los otros porque sabe lo que es más conveniente, y los demás deben escucharlo, pues es lo mejor que pueden hacer por sus vidas. Mientras más se entrega a su propia locura opresora, más siente que lo hacen por los demás, y por ende, los demás, más le deben… - Leliana guardó silencio para que pensáramos en lo que terminaba de decir, pero luego continuó: - Hain cree que ha sido tan bueno con los demás, ha hecho tanto por ellos, que ahora tiene el “derecho” de exigir todo lo que quiera.

- Está loco. – dijo Varric.

- No es el primer líder que lo está. – dijo Leliana. – Pero como dijo Elentari, no todos desean libertad, algunos desean la sumisión del liderazgo, y a veces el líder que deciden seguir es un líder autoritario, como Hain… Y es a estos líderes a los que detendremos…

- Pero ¿con qué objetivo? – quiso saber Cullen.

- Pues eso no lo sabremos aún… Pero pronto. Ya tengo infiltrados en sus líneas, es cuestión de tiempo.

- Es peligroso para cualquiera estar cerca de él. – dije, preocupada por Briala. Leliana asintió.

- Lo es. Pero de nuevo, todo es peligroso en este juego que estamos jugando.

- Creo que todo esto va más allá del juego. – hablo Dorian desde el reflejo que nos daba el cristal. Leliana volvió a asentir. Luego nos preparamos para dar inicio a un razonamiento que involucrara a Dorian para debatir sobre las consecuencias que podría traer todo esto no solo a Tevinter, sino a Thedas. Nuestras miradas eran serias y preocupadas al mismo tiempo.

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Todo lo que estábamos debatiendo era de suma importancia para el futuro de muchas naciones, en algunos momentos me preguntaba qué me otorgaba a mí el poder para tomar estas decisiones, y miraba a todas las personas que estaban dentro de esta Sala y comprendía que lo único que nos daba poder era el hecho de que lo teníamos. La Inquisición era una Organización totalmente poderosa, y cada vez más, nuestro poder se concentraba… Recordé las palabras de la madre Giselle, contándome que antiguamente había sucedido lo mismo con la Primera Inquisición, pero habían sido capaces de soltar el poder, ¿deberíamos hacerlo nosotros? ¿O ahora más que nunca necesitábamos de nuestra Organización? ¿Era nuestro poder lo que nos llevaría a la opresión de otros bajo las ideas revolucionarias que estábamos debatiendo? ¿Es así de sutil el dominio del poder sobre la mente del valiente revolucionario?

- Bien, quisiera hablar de otro tema. – dijo Dorian. Todos lo mirábamos cuando escuchamos la voz de nuestro Mago de Tevinter. – Aquí en Minrathous hay un descontento creciente con la presencia de Hain y los altus están buscando el modo de acabar con su vida, ya que el Arconte Imperial no responde a los reclamos. Sin embargo, corre el rumor de que han desaparecido ya cuatro magos altus que han intentado derrocar al elfo. – Dorian hizo silencio, pues lo que implicaba derrotar a la clase elite de su sociedad, sólo él sabía – Se rumorea, cada vez más, que Hair cuenta con el favor de Andraste y ya saben cómo somos aquí: ante la primera amenaza aumenta el abuso de la Magia de Sangre… Y en estas últimas semanas he oído rumores de desapariciones, principalmente de los elfos… - mi rostro se enfureció. – Pero al mismo tiempo ha llegado a mis oídos que un mago forajido ha defendido a un grupo de elfos esclavizados y ha destrozado una casa deshabitada que se usaba probablemente para llevar a cabo Magia de Sangre… - ¿Fen’Harel?, pensé. – El descontento en el Magisterio se empieza a sentir y los dedos comienzan a apuntar sobre mi apellido. – advirtió. – Creemos, con mi madre, que el primer acto de venganza ha sido el envenenamiento a mi padre, pues ya no tenemos dudas de que su dolencia no es natural. Es lenta y quebrantadora… Mi padre pronto morirá.

- Lo siento muchísimo. – le dije, él me miró quitándole importancia.

- No hablemos de ese tema… - pidió. – Pero por favor, continúen escuchándome… - todos lo oímos. – Tengo algunos amigos aún aquí que me han comentado que hay una actividad inusual desde Seheron, y tememos que quizás los Qunaris hayan oído el problema que está atravesando la ciudad. Nos encontramos en un hervidero, por un lado los altus estamos con peleas internas, algunas familias contra la mía y otras apoyando; mientras la clase baja se somete a las palabras de Hain y hay un grupo creciente de elfos que se retira o desaparece… No sabría decir si para el uso de Magia de Sangre o tiene algo que ver este relato del mago forajido que he mencionado y que les ha otorgado protección que no han encontrado en otro sitio… Pero nuestra sociedad se encuentra atravesando un caos creciente y es propicia para ser atacada por los Qunari.

- No podemos permitirlo. – dijo Cullen. – Si los Qunari toman el Norte, tendríamos problemas inmediatos sobre el Sur.

- ¡Por supuesto que no podemos permitirlo! – dijo Dorian. – Necesitaré que desplieguen fuerzas de la Inquisición hacia mi Nación.

- Estás pidiendo demasiado. – dijo Leliana. Dorian enfureció.

- ¿Me dirás que te parece conveniente que los Qunari invadan el Norte?

- Por supuesto que no. – dijo Leliana. – Pero aún no he pensado en las consecuencias de enviar fuerzas de la Inquisición a Minrathous.

- No te corresponde a ti decidirlo. – la enfrentó Cullen. – Soy yo el Comandante de nuestras fuerzas y tú no eres la Inquisidora. – Leliana lo fulminó con la mirada y yo me situé entre ambos apoyando una mano sobre el pecho de cada uno en señal de que no continúen con las peleas.

- A ver, a ver… Calmemos los ánimos. – dije. – Es cierto lo que dice Cullen, Divina Victoria, por un lado. Y por otro, - miré a Dorian – no te dejaríamos solo en ninguna circunstancia, pero lo que dice nuestra Divina también es cierto. Debemos actuar con conocimiento de las posibles consecuencias de lo que hagamos. No nos olvidemos de que estamos moviendo piezas sobre un tablero de ajedrez.

- Mi Nación es más que un juego para mí. – me criticó Dorian, susceptible por la situación caótica de Tevinter.

- No es lo que quise decir, y lo sabes… - dije.

- Bueno. Creo que debemos tranquilizarnos todos. – medió Josephine. – En ninguna circunstancia podemos permitir que los Qunaris invadan Minrathous, tienes nuestra palabra de que la Inquisición no te dejará solo. – Dorian asintió. – Por otro lado, Comandante, no puedes dirigirte en ese modo a nuestra Divina Victoria, aunque seamos colegas o incluso amigos, ella es su Santísima. – Cullen resopló a mi lado y se giró molesto queriendo decir que sabía muy bien quién era Leliana, pero dado que él mismo era Andrastiano debía aceptar el rango de nuestro bardo. – Y Divina Victoria, si me permite el atrevimiento, - Leliana asintió con un gesto de cabeza – Lo que se decida en la Inquisición, será considerado por nuestra líder, su Inquisidora.

- Por supuesto, no esperaría que fuera de otro modo. – dijo Leliana y me sonrió, yo le devolví el gesto.

- Vaya… - dijo Varric riendo. - ¿De verdad? – preguntó mirando a Leliana, ella le respondió con una mirada severa. – Oh, vaya… De verdad quieres que nos dirijamos a ti como Su Santísima, incluso en la intimidad… Vaya. – dijo sin creérselo.

- Para evitar confusiones. – contestó Leliana con una dulce voz y miró a Cullen, que no le dirigió la mirada. - ¿Estás de acuerdo, Comandante? – él la miró y asintió en silencio, ella le sonrió.

- Además quisiera comunicar otra noticia. – dijo Josephine. – La semana próxima se celebrará el Glorioso Concilio en el Palacio del Invierno a pedido de nuestra Santísima, la Divina Victoria; acudirán nuestras dos potencias del Sur: Ferelden y Orlais, con sus respectivos representantes. – yo asentí.

- Y en Embajador de Tevinter. – dijo Dorian. – Ya me han aviso que debo partir hacia allá. – mis ojos se alegraron al saber que lo tendría de vuelta conmigo.

 - No podríamos pedir mejor representante. – dijo Josephine. Luego siguió: - En este Concilio se decidirá el futuro de la Inquisición… - todos nos miramos, pues no sabíamos qué era lo que convenía más, mantener la Organización o ceder el poder.

- ¿Nos enfrentaremos a los deseos de Bann Teagan de que salgamos de sus tierras? – pregunté.

- Feudo Celestial no le pertenece. – dijo Leliana. – Ni siquiera sabía de su existencia hasta que Solas reveló su localización. Si la Inquisición ha de prevalecer, lo hará como fuerza que responda directamente a Mi Nombre.

- ¡Qué conveniente! – se quejó Cullen, Leliana caminó hasta él y lo enfrentó de frente.

- Habla sin respeto por mi rango por única vez, Cullen y dime qué es lo que te sucede. – yo quise intervenir pero Leliana me detuvo levantando su mano para que no me metiera.

- ¿Sabes qué me sucede? – comenzó Cullen. – Que te conozco de sobra, Leliana, y sé que has acallado a tus opositores con sangre en la Catedral ¿Crees que no he oído todos los rumores por medio de los cuáles has matado a miembros de la misma Capilla a la que representas por estar en contra de tus principios? ¡Pero ahora vienes y hablas de libertad como si te interesara respetarla! ¡¡Lo único que quieres es un cambio!! Pero no te molestas por mirar los daños colaterales. – casi le gritó esto último. – No tienes respeto por la vida de quienes piensan de forma diferente a la tuya, y eso te transforma en una opresora.

- ¡Por supuesto que quiero un cambio, Cullen! – contestó Leliana, dejando pasar por alto lo último que había dicho el Comandante - Y estoy dispuesta a manchar mis manos con sangre para lograr un lugar más equitativo para todas las razas, no solo los humanos.

> Esos mismos humanos que hoy estarán golpeando las puertas de nuestro amado Hacedor, son los mismos opresores que han tenidos años para reflexionar sobre lo que le están haciendo a los desfavorecidos de este mundo, pero ¡no! Siempre prefirieron mantener sus puestos y poder y nunca fueron capaces de aceptar el cambio que amerita la integración de todas las razas. Si ha llegado el momento de que mueran, ¡pues que mueran! – le dijo con autoridad. – Mi paciencia ha llegado a su límite, y sí: lograré el cambio, cueste lo que cueste.

- ¿Eso me incluye a mí? – preguntó él aún con su voz levantada. - ¿Acaso si te resulto inconveniente serías capaz de matarme? – ella le sonrió. – No sé para qué me molesto en preguntar, Leliana, si matarías hasta a tu madre por lograr tus objetivos.

- No te atrevas a hablar sobre mis lealtades. Cuestiona mis métodos si es lo que deseas, pero nunca mis lealtades, Cullen. – ambos mantuvieron sus miradas coléricas enfrentadas, ninguno la bajó y permanecieron de ese modo durante unos segundos que parecieron interminables. Finalmente, Cullen extendió su mano y se la pasó a modo de alianza:

- Sólo te pido que pienses dos veces antes de decidir aniquilar a tus oponentes. Si me demuestras que eres consideradas y no rápida para la matanza, tendrás mis fuerzas a tu disposición. – ella miró la mano del Comandante y luego le sonrió, se la estrechó y la sacudió con suaves movimientos.

- Siempre supe que tus principios serían un incordio. – dijo con una media sonrisa. – Te prometo que intentaré encontrar utilidad en mis enemigos antes de desecharlos con tanta facilidad.

- Es tu alma la que está en juego si te equivocas en tus decisiones, Divina Victoria. – le contestó aún manteniendo su mano tomada. – Sólo me preocupo por tu alma, me encantaría encontrarte en la Ciudad Dorada cuando nuestras vidas se terminen. – ella le sonrió.

- ¿Aparte de Comandante también eres el Paladín de la justicia invisible de la libertad por la vida de todos los seres de este mundo? – molestó. – Cuentas con mi palabra y mi aprecio, Comandante. No lo olvides, ni lo vuelvas a dudar.

- Lo mismo aquí. – ambos se miraron sin saber realmente si eran amigos o enemigos, y luego de un tiempo soltaron sus manos. Necesitaban aquel enfrentamiento, ya que a pesar de las diferencias se tenían respeto y cariño, y por el momento mantendrían la alianza. Por el momento.

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La reunión en la Mesa de Guerra había resultado bastante acalorada, pero lo eran también los temas que habíamos tocado, y ciertos sitios del mapa mundial se encontraban bajo la amenaza de una guerra y aquel desenlace debía ser evitado a como diera lugar: nada bueno salía de la matanza indiscriminada de seres vivos. Las guerras sólo dejaban dolor a su paso.

Finalmente, Leliana anunció que partiría hacia Val Royeaux y que nos esperaría para celebrar el Concilio Glorioso, se despidió de nosotros y partió a la mañana siguiente de nuestra llegada. No sabría explicar por qué, pero noté sobre su rostro una mirada sombría, como si miles de pensamientos la abrumaran y no dejaran de recorrer su consciencia. Me hubiera gustado que tuviéramos tiempo para sentarnos a charlar y descargar el peso sobre sus hombros, pero los días que atravesábamos no nos daban descanso, así que dejé que se fuera con sus problemas y yo me quedé con los míos.

Cullen retomó de inmediato sus responsabilidades como Comandante bajo un efecto también sombrío después de la reunión, mientras Josephine solicitó una reunión con Bann Teagan para hablar sobre sus consideraciones, respecto a la Inquisición. El resto del grupo se dispuso a continuar con sus tareas habituales así como yo dediqué los próximos días a vagar por los alrededores en búsqueda de Grietas, aunque estaba claro que ya no había más. Al no dar con grietas, decidí comenzar a experimentar la magia de los sueños, me dediqué los días siguientes a intentar entrar a consciencia en el Más Allá, aunque fue un fracaso. Sólo al tercer día de entrenamiento noté que podía desgarrar el Velo y tener acceso sobre el Más Allá, pero sucedió de forma aleatoria y no tuve modo de volver al hacerlo. Me sentía frustrada.

Por la mañana siguiente decidí volver a intentar. Me encontraba en la Torre de los Magos, en lo alto, donde Solas y yo habíamos visitado el Más Allá por última vez. Mi cuerpo estaba sentado sobre el suelo, mis piernas cruzadas, mis manos sobre mis rodillas, con las palmas dirigidas hacia el cielo y mis ojos cerrados, mientras intentaba dominar esta fuerza, evitando el influjo de la magia del Áncora, la cual tendía a explotar cada vez que la utilizaba.

Esta vez ingresé al Más Allá o me trasladé a otra dimensión, no sabría precisar, y fui testigo de una tortura, pero no la vivencié como la vez anterior.

Cuando abrí mis ojos y me encontré nuevamente en aquel sitio que había visitado durante nuestro viaje de regreso, sentí miedo. Mucho miedo y en ese momento me di cuenta de cómo el miedo es un catalizador de sensaciones displacenteras y paraliza los pensamientos. De algún modo comprendí por qué el miedo absorbe a la libertad, bloquea, paraliza. Así me sentía. El solo hecho de pensar que podrían tomarme de las muñecas, tirarme a una cama, atarme de mis extremidades y abusar de mí, generó en mi cuerpo un estado de alerta que ni siquiera lo había tenido contra Corifeus. Mis oídos de pronto oyeron todo, hasta la caída de un alfiler sobre la piedra húmeda de este lugar, así como mis ojos fueron capaces de ver con precisión en este ambiente oscuro. Todo a mi alrededor me recordaba a una prisión, un sitio de tortura: lúgubre, húmedo, aislado, y con imágenes de los antiguos dioses de Tevinter por doquier.

Oí que se abrió una puerta por delante de donde me encontraba, lo que hizo que me escondiera por detrás de una pared de piedra, luego de la cual se podía ver una habitación desnuda, sin elementos, aparte de una cama y sogas tirados en el suelo. Apoyé todo mi cuerpo sobre aquella pared, de espalda a ésta y percibí cómo un frío implacable recorría mi espina dorsal y una sensación de que aquella pared había sostenido cuerpos moribundos durante demasiado tiempo se apoderó de mí. Comprendí que el Velo era extremadamente delgado aquí, pues el dolor de los torturados no abandonaba aquellas paredes ni aquel sitio de sometimiento. Me acerqué a la esquina. Con un sutil movimiento de cabeza miré por la esquina y vi un hombre encapuchado que llevaba a un prisionero, acompañado por otro encapuchado por detrás. El prisionero era un elfo, quizás recientemente aprisionado, pues su cuerpo si bien mal herido, aún no estaba adelgazado en extremo. El hombre encapuchado caminaba delante de él y dos soldados llevaban al detenido. “Pronto conocerás al Sacerdote” oí que decía el hombre encapuchado, quien parecía ser un mago en Tevinter. “¿Sabes por qué le dicen Sacerdote?”, el prisionero no habló, “Porque es quien confiesa todos los pecados”, mi sangre se heló y pensé si esto era real, un recuerdo, un sueño. Quería ayudar al prisionero… Pero ¿era prudente intervenir? El prisionero no dijo nada, me pregunté si aun quedaba en su mente la sensación de miedo, o ya lo había perdido al haber estado unos días en este sitio.

El grupo de torturadores abrió otra puerta y entraron allí, dejando la puerta abierta, pues la habitación era pequeña. Pude ver a un hombre grande, más grande que Hain, supuse que el Sacerdote, quien llevaba vestimentas inmaculadas; noté una pequeña sonrisa dibujada en sus labios, macabra, y pude ver la erección de su pene a través de sus ropas. Sentí repulsión y un poco más de miedo y sin ser capaz de evitarlo recordé cuando me acostaron sobre aquel camastro y estiraron cruelmente mis extremidades para finalmente atravesar mi vagina con una mano sucia. Mi cuerpo tembló.

El prisionero estaba desnudo y fue puesto de pie, sus ojos vendados, así como sus manos y vendaron en ese momento también sus tobillos. Así de pie, noté que los encapuchados tomaban dos mazos, uno cada uno, y comenzaron a golpearlo con brutalidad. Luego del tercer golpe el elfo casi cayó sobre el suelo, pero el mago encapuchado que lo había llevado hasta el sacerdote, usó magia para mantenerlo en pie: magia espiritual. Y así continuaron golpeándolo, mientras el Sacerdote preguntaba dónde habían ido los otros elfos, y quién era este Libertador que había atacado el depósito de Minrathous. El elfo sólo contestaba con gritos y sentí un pesar sombrío. Cerré los ojos, sin poder continuar viendo, mientras oía los gritos de dolor y preguntándome si lo correcto no sería intervenir… Estaba allí y solo yo era libre para atacar, pero ¿era prudente? Aquel miedo helado volvió a recorrer mi espina dorsal y me paralicé, incapaz de intervenir.

Al poco tiempo cedieron los alaridos y abrí mis ojos preguntándome si habría perdido la consciencia. Pero no. Estaba consciente y noté que lo ataron a una cama de hierro que estaba colocada sobre la pared, sin colchón, solo el hierro desnudo, recordé cuando me lo habían hecho a mí, aunque él mantenía la posición erecta. Allí lo ataron desde sus extremidades. El Sacerdote hizo un gesto aprobatorio al mago, quien comenzó a quemar los dedos del elfo con magia, uno a uno, de manos y pies, mientras preguntaban quién era el Libertador que se había llevado a los elfos, y le aseguraba que si le decía el nombre, dejaría de sufrir, pero mientras no dijera nada, se vería en la obligación de continuar. Como en elfo no decía nada, empezó a quemar sus pectorales desnudos, luego su abdomen y finalmente su pene. En ese momento no pude seguir viendo y llevé mi cabeza hacia atrás y cerré mis ojos, mientras dejaba caer lágrimas. Respiré una y otra vez para serenar mi ser y me obligué a continuar viendo, pues si estas torturas estaban siendo llevadas a cabo en Tevinter debía verlas para nunca dudar de que tenía que poner fin a estas infamias. Volví a mirar y me encontré con elfo en carne viva sobre todos sus dedos, sus pectorales, abdomen y pene. Sentí mucha pena; pero la pena se consumió al ver al Sacerdote masturbándose mientras el mago continuaba con la tortura. No aguantaba más. Cerré mis ojos y lloré nuevamente ¿Cómo salía de este sitio? No aguantaba un segundo más. Las ganas de vomitar llegaron hacia mi garganta y tuve que salir de allí a prisa pues si llegaba a liberar la bilis de mi boca delataría mi posición y me di cuenta de que era incapaz de enfrentarlos. El terror me tenía paralizado…  

Abrí mis ojos pero no fui capaz de mirar a los torturadores y comencé a retirarme de aquel sitio con pasos silenciosos, pero a prisa. Tenía miedo, terror. Abrí una puerta con cuidado y entré a una habitación y oí un ruido a mis espaldas. Me giré aterrorizada y encontré al Lobo Blanco gruñendo: Fen’Harel. El Lobo saltó sobre mí y con sus patas golpeó mi pecho…

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De vuelta en Feudo Celestial abrí mis ojos y sentí mi respiración entre cortada y los latidos de mi corazón acelerados. Fen’Harel de nuevo me había sacado de allí… Cerré mis ojos y recordé aquella imagen horrorosa. Noté mis manos temblorosas y mi estómago se cerró sobre mí, haciendo que nacieran ganas urgentes de vomitar, y estoy segura de que lo habría hecho si hubiese tenido algo en mi estómago. Me puse de pie con dificultad mientras a mi alrededor todo parecía comenzar a reducirse a la oscuridad. Tuve miedo de desmayarme.

Caminé a prisa, sosteniendo mi cuerpo contra las paredes de la Torre de los Magos y salí de allí y fui a buscar a Cullen. No sabría explicar por qué, pero con él encontraba seguridad. No lo estaba pensando realmente, solo estaba haciendo lo que mi cuerpo me pedía, ir a buscarlo. Y así lo hice.

 

 

Recuerdo que entré a su oficina por la puerta lateral, sin pedir permiso. Abrí la puerta y entré aún sostenida sobre los ladrillos de la construcción de Feudo Celestial y con aquella sensación de que el mundo se cerraba sobre mi consciencia. No lo miré, así que no sé cómo fue su mirada al verme entrar en aquel estado, solo recuerdo sus brazos sobre mí al poco tiempo, preguntándome qué sucedía. Sucedía que el mundo era una mierda y había gente sin corazón que torturaba por placer… por placer sexual. Tuve náuseas de nuevo, mientras él me llevaba hacia su escritorio.

Mi visión era borrosa, sentía que mi cuerpo no acompañaba a mi mente que quería apagarse. Habré estado pálida como el papel, no tenía dudas, y el estado nauseoso no me abandonaba. De pronto me di cuenta de que no dejaba de temblar y sentía mucho frío, estaba sentada en el sillón de Cullen, con él a mi lado sosteniéndome y hablándome, aunque no podía distinguir correctamente sus palabras. – No entiendo cómo pueden gozar… - decía una y otra vez. – Gozar con el dolor ajeno, ¿cómo puede ser cierto? – balbuceaba aquella realidad que mi mente no llegaba a entender. Gozar en el dolor del otro, en el ultraje del otro… ¿Cuántos elfos habían sufrido aquellas torturas? ¿Cómo era posible? ¿Realmente quería salvar este mundo asquerosamente ultrajante? En este mundo vivía gente que no tenía derecho a existir… pero ¿era yo quien podía decidir cuál era el valor de la vida de las personas?

- ¿De qué hablas? ¡Estás balbuceando! – escuché por primera vez palabras de la boca de Cullen y lo miré. Él estaba de rodillas, conmigo sentada sobre su sillón, frente a mí y tenía tomada mi muñeca izquierda con su mano derecha y con su mano izquierda acariciaba mi rostro una y otra vez, en ese momento me di cuenta de que estaba con una sudoración fría sobre todo mi cuerpo y la sensación de vulnerabilidad, de miedo ante la posibilidad de que me tomaran prisionera, aún no me abandonaba. Temblaba sin poder controlar el espasmo de mis músculos.

- Cullen. – dije cuando reconocí conscientemente que estaba en su oficina y no en aquella sala de tortura. Él asintió y volvió a acariciar mi rostro. El temblor cedió parcialmente y yo miré a mi alrededor con miedo, inseguridad… Pero aquella era la oficina de él… No estaba en aquella torre – Cullen… - dije de nuevo y al comprender que estaba a salvo me tiré sobre sus brazos en un abrazo violento, desesperado, en el que dejé su sillón de lado, empujándolo detrás de mí, y caí sobre él y dejé mi cuerpo sobre el suelo, contenido sobre el de Cullen. Noté que él también me abrazó y me sostuvo con fuerzas, mientras el choque repentino con mi abrazo lo hacía perder el equilibrio y lo obligaba a sentarse sobre el suelo, empujando su escritorio con su espalda, y yo me acomodaba como una niña asustadiza entre medio de sus piernas, con aquel miedo paralizante.

No estoy segura de cuánto tiempo permanecimos allí: él sin comprender nada, pero sin dejar de abrazarme y yo sin comprender la naturaleza humana… la opresión, la falta de empatía, el ansia por disminuir al otro, vulnerar su dignidad, y gozar ¡gozar! con ello… Solo cuando fui consciente de que tenía mi cabeza recostada sobre su pecho y los latidos de su corazón me serenaron y devolvieron la cordura pude hablar:

- Lo siento. – dije y me liberé de sus brazos, sentándome sobre el suelo y saliendo de encima. Lo miré y noté su preocupación; luego miré a mi alrededor y vi su escritorio corrido de su sitio, mientras su cuerpo encontraba espacio en el suelo de su oficina para consolar mi miedo, tenía una pierna extendida sobre el suelo y la otra semiflexionada. Miré sobre mis espaldas y vi su sillón tirado contra la pared y yo allí como representando a una persona que no estaba bien de su cordura. – Lo siento. –repetí. Sus ojos intranquilos me miraban y sentí que deseaba hacer algo para ayudarme, pero no sabía qué.

- ¿Qué sucedió? – quiso saber.

- Entré al Más Allá y volví a ver una escena de torturas en Tevinter. – al decir aquello noté el enojo en su rostro.

- ¿Cómo puedes usar tu magia de los sueños sin avisarme? ¡Es peligroso! ¿Recuerdas lo que te sucedió la última vez? Al menos permite que esté a tu lado cuando lo hagas… No sabemos por qué tienes esta conexión con aquel sitio… - de pronto guardó silencio y sobre su rostro noté miedo. – Lo siento, ¿qué te han hecho? – Cullen pensó que yo había experimentado nuevamente en carne propia la tortura. Negué con un gesto de cabeza.

- No, Cullen. Esta vez fui testigo de la tortura, pero no la vivencié. – le dije. – Pero fue horrible de todos modos. – cerré mis ojos y los apreté con fuerzas, como si aquello fuera capaz de permitir que se borraran las imágenes. Luego los abrí y ambos nos miramos, sabía que él no quería detalles, pero él sabía que si los compartía liberaría el peso de aquellas imágenes.

- ¿Qué viste? – preguntó y yo se lo relaté. Su rostro escuchó tranquilo al principio, luego noté indignación y finalmente cerró sus ojos cuando le relaté que el Sacerdote se masturbaba al ver todo aquello.

- En ese momento no pude seguir mirando y hui de allí, volviendo a la realidad. Al mundo de la vigilia. – le dije. Él negó con un movimiento de cabeza.

- Lo siento. – me dijo y me miró. – Pero no todos somos así, lo sabes ¿no? – yo lo miré con ansiedad.

- ¿No todos, Cullen? – dije con mi voz entrecortada. – Todos tratan mal a los elfos… - noté que mis ojos se llenaron de lágrimas. – Nos tratan como si fuéramos ciudadanos de segunda… Incluso tú cuando dudaste de los magos los trataste de ese modo. – al momento de decir aquello entendí lo que acababa de hacer. Cullen mi miró herido, como si le hubiera clavado un puñal sobre la espalda.

- ¿Qué dices, Elen? – dijo y se acercó un poco a mí. – Es cierto que me he equivocado, ya he pedido perdón por ello y ya me he castigado a mí mismo…

- Lo sé, lo siento… - dije rápidamente para no seguir con el tema. – No quise decir eso. Tú eres distinto. Lo sé. – apoyé mis manos sobre su pecho desesperada por deshacer lo que había dicho y borrar el dolor sobre su rostro. Ambos nos miramos durante unos segundos a los ojos en los que no supimos qué decir a continuación. Noté la tensión creciente entre ambos, noté la cercanía que habíamos adquirido. Miré sus labios y luego miré mis manos sobre él. Volví a mirarlo y me pregunté: ¿Por qué lo había buscado a él luego de aquellas imágenes horrorosas? ¿Por qué había buscado protección en sus brazos? Estaba segura de que ambos estábamos haciéndonos la misma pregunta. Tenerlo frente a mí representaba un sitio seguro al que acudir. Su moralidad me generaba sensación de estar protegida a pesar de lo que acababa de decirle, de ser invulnerable a la corrupción ¿o eran excusas simplemente para estar a su lado? ¿Era aquello o simplemente quería correr a sus brazos cuando me sentía herida? ¿Qué era lo que me sucedía? No podía comparar con lo que había sentido por Solas años atrás, pues era distinto. Si bien sentía atracción también me sentía segura a su lado, y con Solas siempre me había sentido desnuda y vulnerable… con Cullen me sentía más fuerte.

- Cuando volví al mundo de la vigilia vine aquí… por instinto. No sé. Necesité buscarte para volver a sentir seguridad. – dije intentando explicar algo a él o a mí. – No pienso que tú eres como ellos, quiero dejarlo claro. – balbuceé. – Por el contrario, me siento segura. – bajé mi mirada y guardé silencio. Luego dije: - Lamento no haber tocado la puerta… - Cullen tomó mis manos y vi nuestras manos tomadas mientras su respiración expandía su tórax y movía ligeramente su armadura, y de pronto volví a notar que mi fuerza inquebrantable volvía a mi cuerpo y de pronto era consciente de que podía enfrentarme al Sacerdote o a los torturadores y destrozarlos en pedazos… El miedo paralizante que había sentido me abandonaba a su lado. Levanté mis ojos y me encontré con su rostro, sus ojos miel, viéndome con seriedad…

- Nunca dejaré que te pase nada. – oí que me decía y yo asentí, consciente de ello. En su rostro había tanta determinación que le creí sin dudarlo. – No me importa que seas elfa, no me importa que seas maga. Me importa que nunca te pase nada. - Ambos guardamos silencio un tiempo más en el que aquel momento de pronto se estaba volviendo íntimo, más íntimo de lo que habría esperado. De pronto sólo éramos él y yo… Frente a frente y devolviéndome mis fuerzas, haciendo que me sintiera capaz de todo.

- Lo sé. – le contesté y miré hacia nuestras manos, incapaz de enfrentar aquellos ojos tan determinados. – Sé que no te importa que sea elfa o maga… - mi voz tembló. Luego levanté la mirada y comprendí que no me importaba que él fuera humano, shemlen, o Templario. Ambos guardamos silencio nuevamente y continuamos viéndonos, sin saber si era el momento para besarnos o no. Él no lo sabía pues yo acababa de vivir una experiencia traumática y yo no lo sabía, porque no lo sabía desde que comencé a sentir cosas por él.

- Cullen… - dije, mis manos apretaron las suyas suavemente. – Cuando estoy contigo… - no sabía qué palabras usar. – Me siento… confundida. – dije finalmente, él me sonrió, aún tomado de mis manos. – y protegida… No sé. Fortalecida. -  Yo miré nuestras manos de nuevo y luego lo miré a él. – Sabes… - guardé silencio y volví a mirar nuestras manos, sentí que él sonreía y notar que no era capaz de verlo durante muchos segundos seguidos. – Dorian, Varric y tú saben mejor que nadie cómo me sentí luego de derrotar a Corifeus y perder a Solas… Y lamento muchísimo hablar de él, cuando esto se trata de nosotros… - dije y lo miré y noté que me sonreía con paciencia y soltó mi mano derecha y acarició mi rostro. Me pareció un gesto hermoso que estuviera dispuesto a escucharme hablar de Solas… pues era el hombre que amé y aunque no estaba físicamente entre nosotros, estaba en mi corazón. Le sonreí. – Pero debo confesarte que eres la primera persona que hizo que aparte de mis pensamientos a Solas… - creo que me sonrojé. – Aunque me encuentro muy confundida.

- Lo sé. – me dijo y yo lo miré con sorpresa. – Sé que estás confundida. – sentí su mano sobre mi mejilla y sonreí al notar que la abarcaba casi en su totalidad.

- Solas fue el primer hombre que amé. Aunque haya estado comprometida con Thengal. – dije mirando hacia arriba, ya que no habíamos hablado de ese tema y reí.

- Oh, sí. El compromiso en tu Clan. – sonrió conmigo. Me pareció más bella de lo habitual su sonrisa y creo que me cautivó la paciencia que tuvo para escucharme.

- Pero sólo con Solas sentí lo que fue amar y fue una locura y me destrozó de un modo que no creí que fuera capaz de hacerlo. – le dije y dejé de sonreír al sentir un dolor agudo en mi pecho. Sentí que él acarició de nuevo mi rostro y yo tomé el tiempo que necesité para continuar hablando… – Pensé que jamás podría ser capaz de querer a alguien. – confesé. – Los pedazos de mi corazón se esparcieron por doquier y no entiendo cómo has hecho para que vuelva a sentir seguridad en un hombre… - solté su mano y me alejé un poco de él haciendo un movimiento negativo con la cabeza. – No sé cómo lo has hecho, pero sé que tengo miedo. – dije.

- ¿A que te lastime? – quiso saber. Guardé silencio y pensé en su pregunta, ¿tenía miedo a que me lastimara? No, estaba segura de que él no lo haría. Y en ese momento supe que tenía miedo de lastimarlo yo a él. Negué con un gesto.

- De lastimarte yo a ti. – confesé. Él guardó silencio, miró a un costado, y supe que aquel también era su propio miedo. Luego me miró y sonrió. Yo lo miré y sentía mi corazón latiendo en toda su potencia por el tema que estábamos tocando.

- Deja que la decisión de entregarte mi corazón sea mía. – sonrió. Su corazón, Cullen era tan tierno y hermoso, que tenía pánico de destrozarlo como lo habían hecho conmigo.

- Tengo miedo de no ser capaz de querer de forma sana de nuevo. Tengo miedo de lastimarte. Tengo miedo de… la mujer que quedó luego de que Solas me dejó sin explicaciones… ¿Y si te lastimo del mismo modo que él lo hizo conmigo? 

- ¿Solo ese es tu miedo? – quiso saber él. Lo miré sorprendida y giré mi rostro levemente sin comprender. – Has mencionado mi trato hacia los magos… - me aclaró.

- Oh… - dije comprendiendo que se refería a sus habilidades Templarias. – No tengo miedo al Templario. – contesté y le sonreí. – No te tengo miedo… - confesé. – Sé que jamás me harías daños. - Cullen acarició mi rostro y se acercó a mis labios. Yo dejé de hablar de inmediato al tenerlo tan cerca, dejé de pensar en la posibilidad de lastimarlo y me generó una sensación de no estar dispuesta a seguir esperando. Acerqué mi rostro a su boca y apoyé mis manos sobre sus muslos, cerca de su pelvis, para que mi cuerpo estuviera más cerca de él, y en ese momento sentí que Cullen me besó.

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Sentí su boca sobre la mía y yo tiré mi cuerpo sobre él, entrelazando mis brazos alrededor de su nuca y me puse de rodillas sobre el suelo, pero sentándome sobre mis piernas, mientras él me abrazaba y me llevaba más cerca de su cuerpo, dejé caer mi cadera al suelo y mis rodillas se acomodaron sobre el arco que su pierna flexionada dejaba por debajo. Sentí que él tomó mi cintura y me sentó sobre la pierna que tenía extendida para poder tenerme más cerca. En cierto modo sentí como si nos besáramos con desesperación por haber querido hacer aquello desde hacía demasiado tiempo, sin ser consciente realmente de cuánto lo deseábamos. Introduje mi lengua en su boca y él respondió del mismo modo. Sentí la calidez de sus labios y los movimientos placenteros de nuestro beso. Acaricié su labio inferior suavemente con mi lengua y luego lo mordí jugando y sonreí cuando volví a besarlo.  

Su beso era cálido, sensual, pero contenido. Se notaba por el modo en el que controlaba sus propios deseos que era un hombre entrenado, sabía disfrutar del momento sin dejarse superar por las emociones (conocía aquella sensación en otro hombre), cuando por el contrario yo era pasional y siempre lo había sido. Mi cuerpo reaccionaba a los deseos de forma instintiva y me dejaba llevar sin consultarlo con las consecuencias. Por ello, luego de un momento de disfrutar de sus labios acomodé mi cuerpo sobre él y me senté encima de mi Comandante, calentando la situación. Sentí que él liberó aire contenido al separar su boca de la mía, pero yo lo volví a besar, apoyando mi mano sobre su cabeza y entrelazando mis dedos sobre su cabello rubio. Noté la excitación de él al sentir que su miembro se endurecía y sonreí satisfecha, mientras aún lo besaba. Él me sonrió también y me abrazó con fuerzas haciendo que mi cuerpo se acercara aún más a él y dejé escapar el aire de mis pulmones, mientras sus brazos me sostenían firmemente sobre su torso. Su beso era cálido, sensual, acompañaba los movimientos de mi boca con delicadeza, totalmente distinto a la sexualidad que experimentaba con Solas, con Cullen era todo placentero desde el punto de vista que no corríamos por saciar el deseo sexual, sino que disfrutábamos de la complicidad que nos teníamos como individuos, pues antes que amantes, éramos amigos… Cosa que con Solas no había sucedido. Yo acaricié sus cabellos y jugué con ellos, me gustaba el color que tenía, siempre había llamado mi atención aquel color tan dorado sobre su cabeza. Abrí mis ojos y solté sus labios y reí contenta por estar encima de su cuerpo. Él me miró con complicidad y me sonrió, sosteniendo mi cintura encima de su pelvis y yo acomodé unos cabellos rebeldes que se habían desacomodado sobre su frente. Él volvió a besarme y yo acepté volver a sentir sus labios. Apreté mi cuerpo sobre su miembro y sentí que suspiraba conteniéndose aún más, pero yo deseé avanzar sobre aquella situación, así que puse mis manos sobre la placa de su armadura para quitársela y Cullen soltó mis labios y me sonrió, mientras yo le devolvía el gesto y sentí que me daba un dulce beso de nuevo sobre mis labios. – Vaya. -  dijo acariciando mi rostro y respirando agitado, yo sonreí de nuevo. Estaba claro que no me dejaría avanzar.

- ¿Lo siento? – pregunté sentada sobre él y sintiendo su erección.

- Me pones muy difícil controlarme. – me confesó.

- ¿Debes hacerlo? – jugué con quitarle el metal del pecho de nuevo. Él acarició mi rostro sin dejar que siguiera adelante.

- Me has dicho que estás confundida. Avanzar muy rápido te confundirá aún más. – sus palabras dieron directo al corazón, pero no como un puñal, sino como una caricia. Sentí su cariño genuino a mí, realmente estaba interesado en que me sintiera bien. Aquellas palabras derribaron cualquier barrera que podría haber construido alrededor de nosotros. Me mordí mi labio inferior y sonreí. Volví a besarlo, pero esta vez no introduje mi lengua ni jugué con mi cuerpo para seducirlo, sino que besé a aquel hombre con una sensación de deseo creciente y seguridad al mismo tiempo. Noté que él me devolvió el beso y me sostuvo con firmeza sobre su cuerpo mientras también disfrutaba de mis labios. Sus manos tomaron con firmeza mi cintura y yo acaricié sus hombros y recorrí sus brazos, sintiendo sus músculos, luego volví a acariciar sus hombros y me entrelacé sobre su nuca, besándolo con mayor intensidad y dejándome llevar por aquel momento.

Cuando nuestros labios se separaron, abrí mis ojos y le sonreí. Él hizo lo mismo y miró a su alrededor, como si de pronto fuera consciente de que estábamos sobre el suelo, casi debajo de su escritorio y que si alguien entraba a su oficina, que no estaba con traba, verían una situación privada y supuse que no quería exponerme a habladurías. – Creo que es mejor que salgamos del suelo. – dijo con una sonrisa seductora y yo lo miré sin poder borrar aquella sonrisa de mis labios. – Además, me lo estás haciendo muy difícil. – me confesó, yo le sonreí.  

Él se puso de pie, algo incómodo (pues yo había sentido lo firme que estaba su erección) y me tomó la mano mientras lo hacía, así que ambos nos paramos y limpiamos nuestras ropas, aunque había poco polvo en su oficina, pues todos sabemos que el Comandante era algo obsesivo en algunos aspectos de su vida.

Cuando estuvimos de pie él me tomó de la mejilla y volvió a besarme. Yo dejé que mi cuerpo disfrutara de sus labios y respondí al beso. Fue delicado, dulce, y al poco tiempo se alejó: - Eres hermosa. – me dijo aún sin abrir sus ojos y yo sonreí.

- ¿Hace cuánto tiempo querías hacer esto? – quise saber, él abrió sus hermosos ojos miel y sonrió.

- Más tiempo del que debería aceptar. – ambos nos miramos sonriendo. – Pero no me malinterpretes, cuando estabas con Solas no tenía este interés por ti. – se defendió, yo reí.

- Lo sé. Fue después que nuestra relación cambió. – él asintió.

- La próxima vez que vayas a practicar magia de los sueños, avísame, por favor. – pidió aún sosteniéndome en sus brazos, desde mi cintura. – Me sentiría más tranquilo si estoy a tu lado. – yo asentí.

- De acuerdo. – le dije. Ambos sonreímos y alejamos nuestros cuerpos, en el preciso momento en el que ingresaba Jim, asistente de Cullen, a su oficina. El Comandante lo miró molesto y acomodó el escritorio rápidamente para evitar que notara el desorden. Jim nos miró, no estoy segura de si sospechó algo.

- Comandante, tengo el informe que me pidió. – yo asentí.

- Te dejo trabajar. – le dije, él me sonrió. – Nos vemos después. – y me retiré.

 

Caminé por el largo pasillo hasta la rotonda de Solas y al ingresar tuve una sensación encontrada entre felicidad por haber besado a aquel hombre maravilloso y melancolía por haber perdido a Solas. Miré los frescos que me había regalo aquel elfo enigmático que se llevó mi corazón. Miré su sillón y recordé todos los besos que compartimos allí. Caminé hasta la pared y acaricié los frescos… Los eventos de la Inquisición, las decisiones de la Inquisidora. – Solas… - dije en un susurro. – Creo que me has perdido… definitivamente. – aunque no estaba segura de creérmelo ¿Qué sucedería si Solas venía ahora mismo y me decía que me amaba? ¿Correría a sus brazos o a los de Cullen? Sacudí mi cabeza y pensé que era injusto pensar aquello justo después de haber besado a mi Comandante… Y la comparación llegó como algo inevitable. Recordé mi primer beso con Solas, pasional también, aunque un poco más fogoso, pues se notaba que Solas era un hombre sexual a pesar de que conmigo siempre se contuvo. Recordé el miedo que sentía al entregarme al elfo, tan distinta a la seguridad que sentía al entregarme al Comandante.

Mis pasos me llevaron hasta el sillón de Solas y me senté, apoyé mis codos sobre su escritorio y junté mis manos, sobre las que apoyé mi frente y cerré mis ojos. Recordé cuando Solas también me detuvo cuando quise avanzar en aquel encuentro hacia un lado más sexual, recordé cuando me dijo que aquel sitio no era un lugar para pasiones… Y recordé a Cullen diciéndome que no quería que me confundiera más. Quería ir despacio porque él comprendió que a mí me haría bien hacerlo… Y tenía razón. Si hubiéramos hecho el amor ahora me encontraría cien veces más confundida de lo que estaba. Solas y Cullen eran tan diferentes: la incertidumbre y la seguridad, la duda y la certeza… ¿el desamor y el amor?

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Aquel día recuerdo que sufrí la agonía de la tortura como nunca la había experimentado ni creí que fuera a conocerla en mi vida. Me habían quemado el cuerpo y mutilado el alma. Aquel Sacerdote se había masturbado viendo cómo quemaban mi pene… luego de acabar con aquello yo había perdido la consciencia, pero al despertar me encontré en una celda con sangre que caía de mi cuerpo y de mi ano, lo que me llevó a preguntar si había sido violado mientras yacía inconsciente en el suelo por el trauma acontecido ante tanto dolor.

 

Yo no era más que un elfo que habitaba Minrathous desde que tenía memoria. Mis padres habían sido esclavos, y yo también lo era. Trabajaba para la familia adinerada de altus y me dedicaba a la cocina. No tenía intenciones de faltar a mis responsabilidades, ya que a pesar de las quejas de mis hermanos élficos sobre el trato que recibíamos, la familia que me tenía a mí me trataba bien y me pagaba… Así que no tenía grandes problemas. Además de que tenía una pequeña por la que me levantaba todos los días a trabajar. En estos últimos años la presencia de Hain estaba incomodando a las clases acomodadas y poco a poco fui notando que año tras año mis amos ya no me sonreían al saludarme todas las mañanas y este último mes ni siquiera me miraban. Hacía unos meses había comenzado a asistir a aquellas dichosas reuniones con Hain, el elfo que decía comunicarse con un “Libertador”, y desde ese momento todo se fue al traste. El elfo nos exigía ir a los sitios pactados y si no lo hacíamos, otros elfos más fortachones nos pasaban a buscar a nuestros hogares y “gentilmente” solicitaban nuestras presencias. Además había comenzado a oír de un mago forajido que defendía a los elfos de los tiranos… ¿Era acaso aquel libertador del que hablaba Hain?

Finalmente, una mañana me citaron en las afueras de Minrathous y tuve que asistir a pesar de poner en riesgo mi propio trabajo de esclavo. Y allí cambió todo.

Nunca en mi vida había sentido que valiera tan poco, nunca había deseado la muerte con tanto deseo como en esos momentos, sin embargo, sabía que no podía darme el lujo de morir mientras mi niña estuviera sola en aquella ciudad asquerosa de desigualdades… pero ¿cómo saldría de aquí y la salvaría? Más tarde encontraría la respuesta en aquella persona que a partir de aquel día significó mi deseo más fuerte de luchar por la libertad…

Recuerdo haber sentido que la puerta se abrió y un elfo con armaduras cobrizas se acercó a mí. Su rostro era pálido de ojos azules, pequeños y serios, llevaba una cogulla que tapaba su piel, pero parecía calvo. El tomó mi amarres y los cortó con una daga. Caí al suelo. - ¿Deseas la libertad? – oí su voz, lo miré casi sin fuerzas, pues me habían torturado hacía horas atrás.

- Deseo la libertad de mi hija, por favor, déjame aquí pero no la toques a ella… - recuerdo haber rogado, pero creo que deliraba por la fiebre después de la deshidratación que vino por las quemaduras.

 

 

- Nunca reveles tus verdaderos deseos a un desconocido, pues podría usarlo en tu contra. – me advirtió. – Estoy aquí para liberar al pueblo de los elfos de la opresión del mundo en Thedas, de la Era del Dragón. – tomó mis manos y me ayudó a ponerme en pie. Yo estaba desnudo, pertrecho, pero él se quitó su capa y me la puso sobre los hombros. En mi vida había sentido la caricia de telas tan finas como aquellas: aquel elfo era de la realeza, si aquello fuera posible. Noté el poco valor que tenían las riquezas para él, ya que creí que mi vida le parecía valiosa, y era la primera vez que alguien se interesaba por mí sin que necesitara algo… Lo único que él buscaba era “mi” libertad, pero ¿por qué? ¿por qué luchaba por desconocidos? Noté que sacó un botellón de su cinturón y me lo acercó a mis labios. – Bebe. – dijo firmemente. Yo lo hice y al poco tiempo aquella pócima revitalizó mi ser y me sentí con más fuerzas.

- No soy digno de estas ropas… - temblé.

- Eres digno de todo. – me contestó. – Pues tu vida es invaluable. No hay transacción que pueda poseer tu espíritu ni tu mente… Toma mis manos. – me pidió. Nunca había considerado realmente que yo valía, ¿cómo podía ser cierto? Si yo había nacido para servir. Otros necesitaban de mi trabajo para poder vivir, pues así lo había dicho el Hacedor al crear el mundo… Miré sus manos que me las había pasado. Ni una cicatriz, ningún callo. Era una persona que no había realizado trabajos forzados, que no había servido. Era alguien que daba órdenes, eso estaba claro. Dudé. – No busco alabanzas, no busco veneración. – dijo como contestando a mis pensamientos. – Conozco la grandeza de la libertad y quiero compartirla. – miré al elfo y sus ojos azules parecieron ser más intensos. - ¿Quieres ser libre? -Tomé sus manos sin dudarlo esta vez y noté la caricia de una brisa que ayudó a calmar el ardor de mis heridas. Temblé. Era un mago. El elfo me sonrió socarronamente. – Soy mago y mi magia te ha ayudado, ¿deseas libertad brindada por un mago? – No me importaba que fuera mago, estaba acostumbrado a ellos. Había temblado porque nunca había sentido tanta calidez a través de la magia, siempre la había conocido como un castigo cuando hacía mal mi trabajo, aunque aquello sucedía pocas veces… yo quería salir de allí y él era el primero me trataba bien desde que había entrado. Asentí.   

El elfo mago soltó mis manos y noté que la carne viva por la quemadura de hacía unos momentos había sanado parcialmente. Él caminó hacia la puerta de mi celda y la abrió. De pronto me di cuenta de que era el forajido que ayudaba a los elfos y me quedé helado. Pensé que aquellas historias no eran más que mitos, pero estaba sucediendo aquel día y había venido por mí, que no era nadie, que no valía nada… ¿O quizás sí que tenía valor y él lo sabía, pero yo aún no? No lo podía creer, me estaba ayudando a ¿Quién era yo para merecer sus molestias? Las molestias de un elfo mago – Tú eres el mago forajido. – afirmé.

- Eso dicen. – dijo y me miró para que saliera a su lado. Dudé. – Ven, te protegeré. No debes temer. – me explicó. Confié en él, en sus palabras. Parecían sinceras. Su voz tenía cierta autoridad que no asustaba, sino que hacía que uno se sintiera más seguro.

- No iré a ningún lado sin mi hija. – le advertí.

- No dejaría a tu hija en manos de esclavistas. – me contestó. – Conmigo serán libres, si es lo que desean. Sino, una vez que te hayas recuperado de tus heridas, podrás volver a tu vida antigua. – me aclaró.

- ¿En serio? – la oferta parecía inverosímil. El mago forajido asintió. Caminé a su lado, tomé la capa que me había dado y la cerré sobre mi piel para esconder las quemaduras parcialmente sanadas y mi cuerpo desnudo, y supe que él me protegería desinteresadamente y que tenía el poder necesario para hacerlo.

Caminamos en silencio durante largo rato. Él tenía paso firme y yo titubeante. Siempre había sido el tipo de elfo que confía en los demás, y la verdad era que había tenido suerte en mi vida. Mis amos no eran tan sádicos como otros, y ahora la vida me ponía otro amo frente a mí. Esperaba que fueran sinceras sus palabras. - ¿Cómo es tu nombre?

- Solas. – me contestó. Asentí.

- Yo soy Arel. – le dije. Él asintió delante de mí pero no me dirigió la mirada.

- Es un gusto. – contestó finalmente. Yo sonreí. Yo aceleré mi paso y me puse a su lado intentando continuar con la charla, aunque por la seriedad de su rostro pensé que quizás le molestaba que le hablara tanto.

- ¿Te molesta que te hable? – quise saber, el elfo suspiró.

- Sería bueno que no lo hicieras. Estamos en los dominios del enemigo… - tenía razón. Cerré la boca.

Continuamos caminando con paso acelerado pero silenciosos, como si Solas supiera por dónde andar, como si ya hubiera estado aquí antes, lo que me llevó a la obvia pregunta: - ¿Sabes donde vamos? – Solas asintió. - ¿Ya has estado aquí? – volvió a asentir. Me generó algo de miedo que se moviera con tanta libertad, ¿y si era uno de ellos? De pronto me detuve. El elfo hizo lo mismo a mi lado y suspiró cansado.

- No estoy con ellos. He liberado a otros elfos, por eso conozco este lugar. Aunque ninguno ha hablado tanto como tú. – levantó un ceja y llevó su rostro un poco más hacia atrás, como generando distancia entre los dos. Le sonreí arrepentido.

- Lo siento. No hablaré más hasta estar fuera de aquí. Lo prometo. – El elfo permaneció serio y se dio la vuelta:

- No prometas cosas que no puedas cumplir. – fue todo lo que me dijo y tuve que dar largos pasos para alcanzar su rápido caminar nuevamente. Sonreí a su lado. Por algún motivo me gustaba la actitud del elfo. Solas pareció no tener mayor interés en charlar, así que cerré la boca, ahora sí, por el resto del camino.

Entramos en una habitación y estuvimos frente a un aljibe que se situaba dentro de la gran torre. El elfo me explicó que nadaríamos allí dentro hasta un espejo y que luego con su magia estaríamos en otro sitio. No me lo creí, pero oímos ruidos a nuestras espaldas y ambos sin mediar palabras, nos acercamos al aljibe. Primero tomó mi brazo y me acercó. – Ahora. – me dijo. Yo miré el pozo oscuro sin poder ver el final, Solas suspiró y dejó que de su mano saliera una flama celeste que iluminó el fondo. Fue peor, era muy profundo. Lo miré asustado. – Lo siento. – me dijo y sentí que me tomaba por ambos brazos y me empujaba al fondo del pozo. Caí en el agua, me sumergí completamente, pataleé asustado y luego sentí un gancho fuerte que prensaba mi brazo y me llevaba aún más al fondo. Solas.

 

El elfo cumplió con su palabra. No sé explicar cómo pero lo próximo que recuerdo es que salimos por un espejo a un bosque encantado donde muchos elfos más nos dieron la bienvenida. La mayoría de ellos saludaron con cariño genuino al mago y parecieron alegres de volver a verlo, relajados, como si la idea de perderlo les llenara el corazón de tristezas.

En lo profundo de aquel bosque había otros elfos con rostros sin edades como era el caso del mago forajido, que ayudaban al pueblo que se iba formando a encontrar actividades para realizar. Se podía ver que era reciente esta sociedad oculta, pues las casitas a penas comenzaban a construirse sobre los árboles y se podía ver felicidad en la libertad que habían alcanzado. Pensé que era un bello sitio para criar a mi hija. Me acerqué al elfo y le pedí buscarla en Minrathous, él me dijo que lo haría solo, pues yo estaba herido, que confiara en él. Me pidió permiso para entrar a mis sueños y ver el rostro de mi niña y donde vivía para encontrarla. Se lo permití. Así lo hizo el mago. Vagó por mi mente y conoció mi historia. Luego me prometió que tendría a mi hija al día siguiente y cumplió con su palabra.

Al otro día el mago entró a través del espejo con la niña tomada de su mano. Ella corrió hacia mí llorando de alegría y cuando le pregunté si el elfo la había tratado bien me dijo que simplemente había guardado silencio, pero que nunca le levantó la mano. Recuerdo que quise devolverle la capa que me había dado el día anterior, pero Solas se negó. Yo creía que era mucho para mí, me dijo que no importaba, que la guardara o se la diera a mi niña. Me pareció una buena idea. La capa era mágica y la protegería del frío o del calor, se lo agradecí de corazón y quise postrarme ante él. No le gustó. Supe que la mejor manera de agradecer sería buscando libertad, Solas no quería alabanzas…

A partir de este momento supe que jamás dejaría de seguir al único ser que no me había juzgado por la suerte de mi nacimiento, sino que había sido capaz de ver “algo más” en mí que ni siquiera yo había sido capaz de reconocer. Él me enseñó que valía, que todos valíamos independientemente de lo que otros nos dijeran. Me pidió que nunca permitiera que otros me dijeran que era un inservible, ni siquiera él, ni siquiera nadie. Porque el valor de uno depende de nuestros méritos y nosotros somos quienes hacemos de nuestra vida algo digno de ser recordado…

Con el correr de los días fui conocimiento su modo de pensar, tan sereno, tan amable. Noté que era un ser sin edad, un dios que no deseaba alabanzas… Comprendí que era el único que se había jugado por un grupo de elfos sin destinos, sin esperanzas… Él era nuestras esperanzas. Nos habló de la antigua Arlathan, nos habló de los Evanuris, nos habló de la caída del Imperio élfico con la creación del Velo. Nos contó cómo era el mundo antes de que el Velo existiera, nos habló de nuestra conexión con el Más Allá… Fue raro pensar en un mundo mágico sin restricciones, pero él nos dijo que así era y le creí… Y los presentes supimos que Solas era nada más y nada menos que Fen’Harel.

A partir de aquel día en el que Fen’Harel me había rescatado de mi prisión comprendí que toda mi vida me habían violado, no solo aquel día, no solo en aquella torre. Todos los días de mi vida habían violado mi libertad, pero ahora con mucho dolor y heridas que curar, mi mente comenzó a creer que era digno de amor, de respeto y libertad…

La única manera de lidiar con un mundo sin libertades es llegar a ser tan absolutamente libre que tu misma existencia sea un acto de rebelión.

Fen’Harel con sus actos lograba lealtad e inspiración… dos tesoros que pocos son capaces de conseguir. Él era uno de esos seres que llevarían a sus discípulos a la batalla y gustosamente moriríamos por él… Daríamos nuestras vidas como él la había dado desinteresadamente para sacarnos de nuestras cárceles. Amábamos a Fen’Harel y aunque queríamos premiarlo con regalos y alabanzas, él se negaba y nos pedía que las alabanzas y cariños las destináramos a nosotros mismos, pues nadie era más digno de amor que uno mismo… Y así, mi hija y yo, pasamos a formar parte de la construcción de este nuevo mundo libre, bajo la protección de Fen’Harel, y fui feliz…

 

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Habían pasado cuatro días desde aquella reunión con la Divina Victoria, y un día desde el beso con Cullen, cuando finalmente llegó el día de la Celebración del Glorioso Concilio y partimos hacia allá. Él y yo no habíamos tenido tiempo para volver a hablar de nosotros, pues todos disponían de nuestras presencias, en su caso debido a que era el Comandante y eran sus fuerzas las que incomodaban a Ferelden, y yo era la Inquisidora, así que Josephine se había tomado la molestia de ponerme al día con los temas políticos del Sur.

Los miembros de la Inquisición habían estado en contacto casi directo conmigo durante estos dos años; como había dicho anteriormente, éramos una familia y cuando tuvimos que retomar nuestras vidas anteriores, buscamos excusas para no hacerlo, hasta que finalmente, dos años después, ya no nos quedaba ninguna… O eso creíamos antes de que viajara hacia Tevinter.

Un tema que no habíamos debatido antes del Glorioso Concilio había sido la presencia del Círculo de Hechiceros, con Vivienne como Gran Encantadora y su opositor que buscaba la libertad de aprendizaje de los magos sin la supervisión de la Capilla, el Colegio de Encantadores, liderado por Fiona. Por el momento Fiona contaba con el apoyo de la Inquisición, pero no sabíamos cómo terminarían las negociaciones.

La Divina Victoria se había visto en la obligación de celebrar este Concilio en las afueras de Halamshiral, en el Palacio del Invierno, ya que las tensiones políticas entre Orlais y Ferelden con respecto a nuestra organización ya no toleraban que no nos presentáramos a debatir nuestro futuro: Orlais quería ponernos correa, no tenía dudas de que Gaspard había hecho lo suyo para que fuera así, y Ferelden nos quería fuera de sus tierras y dejando nuestra fuerza militar, en la cual encontraba una amenaza. Y por supuesto que lo éramos. 

 

Cuando comenzamos la celebración del Glorioso Concilio nos enfrentamos a los Embajadores de Orlais y Ferelden, y Josephine era la Embajadora de la Inquisición, así como Dorian de Tevinter. Dorian y yo nos habíamos visto por unos segundos antes de que comenzara el Concilio y no había podido contarle nada de los nuevos sucesos, él solo me había contado que en la mañana había recibido una carta que le comunicaba la muerte de su padre y los deseos de su madre de que formara parte del Magisterio, como miembro formal. Lo que sólo significaba una cosa: volvería a Tevinter por tiempo indeterminado.

 

Durante la celebración del Concilio se podía notar la tensión creciente entre el Embajador de Ferelden (Arl Teagan) y la Inquisición, mientras que Orlais intentaba jugar el papel condescendiente con nuestra Organización. En medio del debate discretamente me solicitaron que acudiera a ver el cadáver de un Qunari en armadura completa en una de las habitaciones del Palacio del Invierno. Las implicancias de su presencia eran graves: los Qunari estaban al tanto de todos los problemas que atravesaba el Sur y habían enviado sus tropas, lo que significaba probablemente que estábamos al borde de una guerra.

Ante aquel descubrimiento decidí seguir los rastros de la sangre dejados por el cadáver del Qunari, que me llevaron a una habitación donde había un Eluvian activado. Me pareció sorprendente que estuviera allí, pero recordé que Halamshiral había sido la segunda tierra de mi pueblo que Andraste nos había otorgado gracias a la valerosa colaboración de Shartan, y por supuesto que luego los shemlen faltaron a sus promesas y nos arrebataron nuestro segundo hogar. Por supuesto que encontraría herencia de mi pueblo aquí, si nos habíamos asentado en este sitio muchos siglos atrás. Caminé hasta aquel Eluvian y lo acaricié pensando en lo perdido.  

Llamé a mi grupo de amigos (Dorian, Varric y Toro) para atravesar el Eluvian y nos encontramos en la Encrucijada, era un sitio hermoso que desconocía, con arquitectura claramente élfica, pero destrozada y muchas aguas a sus alrededores, en forma de bellas cascadas. La sangre de las huellas del Qunari estaban por aquí y las seguí hasta otro Eluvian que nos llevó a un sitio que por algún motivo me pareció familiar, y luego de transitarlo por unos segundos recordé aquella vez que Solas me había llevado al Más Allá y había visto un sitio similar a este ¿o era este lugar? ¿Era acaso el Templo de Fen’Harel?

Nos encontramos con unos guardianes espirituales que al hablar conmigo tuve que responder una contraseña que el conocimiento del Pozo de las Penas me otorgó y solo las personas que eran de confianza de Fen’Harel lo sabían. Entonces una vez más Mythal y Fen’Harel tenían muchas cosas en común, tantas que ella conocía la contraseña para ingresar a su templo, si es que éste era el Templo de Fen’Harel.

- “Atish’all vallem, Fen’Harel elathadra.”- dijo el guardián espiritual delante de nosotros.

- ¿Qué querrá que responda? – me pregunté a mí misma, pero lo dije en voz alta, a lo que me respondió:

- “Nuvenas mana helanin, dirth bellasa ma.”

El conocimiento del Pozo de las Penas vino a mí con la respuesta: “Ar-melana dirthavaren. Revas vir-Anaris.” – el espíritu respondió: - “Amae lethalas.” – y se retiró, permitiéndonos continuar nuestro camino.

Caminamos por aquel sitio hasta que encontré sobre la pared un mosaico antiguo que interactuó con mi Áncora y al unir la magia de éste con el mosaico puedo comprender unas escrituras: “Fen’Harel les da la bienvenida. Descansen sabiendo que el Lobo Terrible los protege y que su gente vigila este Valle. Aquí son libres, por confiar en nosotros, jamás volverán a ser cautivos.” Quedé fascina al leer aquellas palabras. Así que realmente Fen’Harel había liderado una rebelión en mi antiguo pueblo, y al parecer en la actualidad lo estaba haciendo de nuevo. Sin embargo, al usar el Áncora noté que había cierta incapacidad de mi parte, por contener su poder.

Llamó mi atención que unas pistas Qunari me llevaran hasta el antiguo Templo de Fen’Harel. Recorriéndolo y atravesando Eluvian pude encontrar otro mosaico que al interactuar con mi Áncora revelaba parte del relato de rebelión del Lobo Terrible. Así lo hice y tuve un poco más de la historia de su rebelión: “A Fen’Harel lo han declarado falsamente dios, pero es tan mortal como cualquiera de nosotros, no acepta ningún manto divino y pide que no le otorgue ninguno. Solo liderará a aquellos que quieran ayudar voluntariamente. Pero que nadie se sienta obligado a ello.” Al leer aquellas escrituras recordé nuevamente a Solas, cuando me había dicho en las llanuras que Fen’Harel no deseaba que lo adoraran, aquel día que nos habíamos besado sobre un altar dedicado al dios del engaño y yo había temido su ira. Recuerdo que aquel día sentí miedo por Fen’Harel, y fue la primera vez que Solas supo del miedo que me significaba la presencia del Lobo Terrible. Hoy todo había cambiado, de pronto sentía que Fen’Harel era alguien a quien yo misma seguiría, alguien que quería lo mismo que deseaba yo… Pero decir que no era un dios lo transformaba en un mortal, y ¿cómo era posible que Fen’Harel fuera tan mortal como cualquier de nosotros y sin embargo estuviera vivo en el presente, cuando su propia historia perteneció a épocas pasadas? Volví a recordar las palabras de Solas que me había dicho que antes, en la antigua Arlathan, ser inmortal formaba parte de ser elfo, es decir que todos podían ser inmortales en lo que respecta a años y la posibilidad de atravesar las eras, pero también podían morir en batallas o asesinados. La inmortalidad era la capacidad de atravesar las eras sin envejecer, pero si la suerte no acompañaba al elfo, éste podía perecer. De ese modo, supuse, que Fen’Harel podría haber sido considerado mortal… Y no dios.

Miré las imágenes sobre el mosaico y vi a un hombre vestido con pieles de lobo, supuse que Fen’Harel, pues su vestimenta era similar al mago que había visto en el Más Allá y me había dado mi báculo. Este hombre con piel de lobo estaba rodeado por elfos libres… Y estaban agarrando a otro elfo del brazo, como símbolo de amistad.

Fen’Harel era un mago soñador, ¿quizás había alcanzado el perfeccionamiento de los sueños y aquello le permitió vagar por el Más Allá durante siglos hasta volver a despertar en nuestro mundo actual? Sacudí la cabeza ante aquella idea… ¿Podría ser cierto? De pronto recordé nuestra experiencia en el Inframundo donde Solas había utilizado el poder de mi Áncora y había perdido el conocimiento. La Divina Justina me había dicho que estaba nutriéndose con las fuerzas del Más Allá… ¿Acaso Solas también había logrado el perfeccionamiento de los sueños? De pronto esa idea, y la idea de que Fen’Harel también lo haya logrado, juntó a estos dos elfos en la misma sintonía… Solas y Fen’Harel eran magos soñadores, capaces de nutrirse en el Más Allá, ambos amantes de la libertad y la rebelión… Solas su discípulo y Fen’Harel el maestro… Continué perturbada, pues ¿acaso Solas tenía temperamento para dejarse liderar? Solas y Fen’Harel… No, era imposible. No, no… Deseché aquella idea y decidí continuar investigando.

Continué mi camino por el interior de las ruinas del Templo de Fen’Harel y me encontré con otro mosaico, donde se podía ver la imagen de antiguos magos élficos poderosos esclavizando a decenas de miles de personas y haciendo proclamaciones arrogantes de su propia divinidad. Pensé en los dioses del panteón élfico, y otra vez Solas estuvo en mi corazón y oí sus palabras cuando se molestaba porque adoraba a nuestras divinidades élficas, ¿acaso los dioses Creadores no habían sido más que opresores de libertades? De pronto sentí un desasosiego infinito. Si toda mi vida había adorado a opresores… entonces agradecía de todo corazón a Solas que me hubiera quitado la vallaslin de mi rostro… Solas… ¿Por qué tenía la capacidad de borrar la vallaslin? ¿Cómo conocía este hechizo, sino a través de su propia rebelión? De pronto tuve una idea descabellada, imposible… ¿Solas y Fen’Harel podrían ser la misma persona? Sentí un vacío en mi estómago y decidí no seguir pensando aquello. Preferí leer las palabras que sentía al interactuar con el mosaico: “Los dioses, nuestros Evanuris, afirman que son divinos, pero no son más que mortales de magia poderosa que mueren igual que nosotros. Aquí enseñamos a quienes quieren unirse a nosotros para desmontar sus mentiras.”

Solas tuvo razón todo este tiempo. Siempre había tenido razón, mis dioses creadores eran Evanuris, falsos dioses… No habían sido más que magos poderosos que decidieron someter a todo el pueblo de los elfos de Elvhenan ¿cómo era posible? De pronto comprendí el enojo de Solas al oírme recitar ofrendas y plegarias a unos opresores arrogantes, sedientos de poder. Miré hacia el cielo y pensé en mi elfo rebelde, “perdóname Solas por no haber tenido la capacidad de comprenderte… Perdón por haberme molestado frente a tus enseñanzas, ante tu verdad: la verdad. Perdóname, no puedo creer que haya venerado a unos esclavistas.” Mi corazón se entristeció y la idea de que Solas y Fen’Harel fueran una sola persona perturbó aún más mis pensamientos, pues si era así, Solas había estado conmigo este último tiempo, cuando yo… Pensé en Cullen y nuestro beso, y pensé en el Lobo Blanco y el báculo y las veces que me había protegido en el Más Allá ¡¡Por favor!! De pronto me sentí completamente confundida.

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Continuamos nuestro camino que nos llevó al interior del Templo donde nos encontramos con Qunaris, quienes nos atacaron sin mediar palabras. Me sorprendió que actuaran de aquel modo, ¿cuál podría ser el motivo por el que no bien nos veían decidían atacarnos? Ellos sólo actuaban bajo órdenes, por lo que desde Par Vollen o Seheron tendrían que haber llegada aquellas órdenes.

Una vez que los derrotamos nos encontramos con la estatua de un enorme Lobo, recostado, mirando hacia una pared llena de mosaicos. Me acerqué a aquellas imágenes y mi corazón se detuvo: Se podía ver a Fen’Harel, un mago con atuendo de piel de Lobo que ocultaba su rostro, removiendo la vallaslin sobre los esclavos de la antigua Arlathan, mientras que por detrás de él había elfos “libres”, sin marca de sangre en sus rostros.

Me acerqué a la imagen de Fen’Harel y apoyé mi mano sobre la suya, donde se veía el hechizo emergiendo. – Oh… - dije casi atónita ante aquella imagen. – Fen’Harel conocía el hechizo para remover las vallaslin. – Dorian se acercó a mí.

- Como Solas… - dijo. Ambos nos miramos y supe que la verdad sería más extraordinaria de lo que estaba dispuesta a creer.

- Oh, por favor… - dije recorriendo las imágenes. – Por favor… - volví a decir incrédula ante aquella remota posibilidad y sentí los pasos de Dorian conmigo en caso de que me mareara o perdiera el conocimiento. Llevé mi mano sobre mi corazón y sentí un dolor agudo ¿Solas era Fen’Harel? Cayeron lágrimas de mis ojos y las saqué. No podía ser posible. No, no podía ser, porque de ser así, Solas había estado conmigo en este último tiempo, a su modo, pero ¿por qué?

 

 

- No puede ser. – dijo Dorian a mi espalda respondiendo en voz alta mis pensamientos. – Bella, no podría ser así. – yo lo miré y asentí. No, no podía ser así… Porque eso significaría que me había enamorado de Fen’Harel y él de mí, y era una locura… Una gran locura. Y significaría que Solas me había mentido en dimensiones inaceptables… y significaría que Solas no me había olvidado, que había estado velando por mí en forma del Lobo Blanco… Oh, por favor… recordé el beso con Cullen… Sacudí mi cabeza mientras mi respiración se aceleraba. Fuera como fuera la realidad acerca de Solas, también era real que tenía sentimientos hacia Cullen… Pero Solas

- Necesito que continuemos investigando. – pedí y encendí el fuego del Velo que miraban los ojos del Lobo y se abrió un piso secreto, por el que bajamos. Necesitaba no pensar más, necesitaba seguir adelante sin pensar en lo que implicaría para mí que Solas fuera Fen’Harel, la dimensión de sus mentiras y la realidad de mis sentimientos, si era cierto de que Solas había estado protegiéndome todo este tiempo a pesar de nuestra distancia…

Nos encontramos con otro mosaico, con el que interactué con mi Áncora. Miré mi mano: mi Marca, la marca de Fen’Harel… ¿La marca de Solas? ¿Por qué Corifeus tenía el Orbe de Solas? ¡De Fen’Harel! Me di cuenta de que me resultaba imposible nombrar a Fen’Harel sin decir Solas, pues había descubierto en el fondo de mis pensamientos y mi corazón que se trataba de la misma persona… aunque me costara aceptarlo.

Recordé aquel paseo por el Más Allá del Feudo Celestial del pasado. Yo había creído que era el Castillo de Fen’Harel ¿Y si era el castillo de Solas? Recordé aquellas vestimentas de príncipe que le quedaban tan bien, que encajaban con él. Recordé la rotonda donde se podía ver el Orbe de Fen’Harel, así como una magia verde en el aire, y teorizaciones de un hechizo sobre la mesa ¿Podría ser que Solas compartió conmigo su propio pasado? Recordé el modo en el que me había besado en aquel recuerdo, con seguridad, sin el peso de ese “algo” que siempre lo acompañaba. Como si se sintiera a gusto con aquella realidad, en lugar de nuestro mundo. Recordé todas las veces que me sentí excluida cuando él decía “tu” pueblo, pero solo ahora entendía que el pueblo de Solas había muerto… Había sido esclavizado por los elfos primero, luego por los hombres… Mi pueblo, realmente era el mío. El de Solas formaba parte del pasado. Sentí pena por él.

Tomé mi cabeza y sentí dolor, pero debía seguir adelante con esta misión. Al fin estaba conociendo aquella verdad que tantas veces desee conocer. Solo que nunca imaginé que la realidad superaría a la ficción.

El mosaico mostraba la imagen de antiguos esclavos en las filas de Fen’Harel, armados y fuertes. Llevaban la piel limpia; los tatuajes faciales, las vallaslin élficas, habían desaparecido. Y luego sentí las palabras: “Podemos eliminar las marcas de los Evanuris para que todo el mundo sepa que nos oponemos a su crueldad. Aquí nadie es esclavo. Todos están bajo nuestra protección. Todos lucharán si así lo quieren.” Recordé aquel día en mi Clan, cuando Solas habló con los esclavos liberados. Ahora entendía por qué había sido capaz de guiarlos con tanta certeza, pues él ya había luchado aquella batalla. Él ya había liberado oprimidos, él ya les había otorgado la libertad. Solas era Fen’Harel. Dejé mi marca apoyada sobre el mosaico y respiré una, dos, tres veces, apoyando mi cabeza sobre el mosaico… Elfos armados listos para luchar… Eso veía representado en el mosaico y pensar que ahora los elfos estaban desapareciendo… Elfos armados listos para luchar ¿Contra quiénes?

El mosaico se transformó en una puerta y encontramos una cámara oculta con muchas armas viejas. Aquí mis hermanos del pasado habían mostrado la resistencia a los Evanuris. Yo estaba librando la misma lucha que Solas liberó siglos atrás, pero ¿dónde estaba Solas ahora, si no era liberando esta batalla conmigo? Los rumores de un mago que defendía a los elfos en Tevinter era ciertos, Dorian los había dicho, y recordé las palabras de Galadh “sigo las enseñanzas de Fen’Harel”, “Fen’Harel quiere liberar al pueblo de los elfos” ¿Podía ser cierto que Solas de nuevo estuviera librando una batalla contra la opresión a pesar de la diferencia de las eras? Pero si era así, ¿por qué se había ido? Si estaba claro que yo también seguiría sus objetivos. Tenía que haber más en esta realidad, que yo aún desconocía…

En aquella cámara encontramos órdenes de los Qunari donde hablaban de una “infiltración” ¿Acaso nuestros gigantes grises se estaban infiltrando en el Palacio del Invierno? Las implicancias de aquello serían desastrosas: sería la guerra. Sentí que el frío recorrió mi espina dorsal. Debía avisar a mis Consejeros cuanto antes. Luego encontré una carta escrita en Qunlat (la lengua de los Qunari) y lengua común.

- ¿Qué dice, Jefa? – quiso saber Toro a mi lado. Yo se lo leí.

- Hace dos horas, un intruso desconocido se infiltró en nuestras defensas. Iba enmascarado y embozado. Un mago. Usó magia para despertar a los espíritus y los usó en nuestra contra. El intruso se movía como si conociera el lugar y huyó en cuanto los espíritus se despertaron. Hay decenas de muertos. Los espíritus siguen atacando. La batalla no… - guardé silencio, miré a Toro. – Es todo lo que dice.

- Se debe referir a los espíritus que encontramos a la entrada. Aquellos a los que les hablaste en élfico. – dijo Varric. Yo apreté la nota con fuerzas y la arrugué. Solas estuvo aquí y las implicancias de tenerlo tan cerca partió mi corazón nuevamente. Pensé en Cullen, pensé en Solas…

 

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Cuando tuvimos información pertinente sobre lo que estaba sucediendo nos reunimos mis Consejeros. No mencioné que estaba segura de que Solas era Fen’Harel, y que sin lugar a duda Solas había estado aquí, interactuó con los espíritus guardianes de su Templo y éstos comenzaron a cumplir con su deber: custodiar el Templo de Fen’Harel.

Yo había bebido del Pozo de las Penas, por lo que conocía la contraseña de los amigos de Fen’Harel, pues estaba ligada a Mythal ahora. Tenía otra duda en mi mente ¿Qué relación tuvieron o tenían Mythal y Solas?

- La presencia de los Qunari no tiene sentido. – dijo Josephine al lado de Cullen y éste estaba al lado de Leliana, yo estaba frente a ellos. – No somos aliados, pero tampoco enemigos.

- Tampoco tiene sentido que estén aquí. – dijo Leliana. – O que estén usando los Eluvians.

- Lo que es más importante – dije – Planearon infiltrar a su gente en el Palacio del Invierno.

- ¿Pretenden iniciar una guerra? – preguntó Cullen. – Dispondré soldados a custodiar el Eluvian en el Palacio, no podemos dejar que los Qunari se muevan con libertad por aquí. – Yo asentí. Noté que él me miraba con preocupación, pero nadie sabía del avance en nuestra relación, así que mantenía las distancias. En ese momento agradecí que nadie lo supiera, pues yo misma no sabía las implicancias que habría entre nosotros por la aparente presencia de Solas en la Encrucijada.

- Debemos ir con cuidado. – rogó Josephine. – Las negociaciones aquí son un tema delicado, si encima se enteran de este desastre…

- Creo que no previmos la actividad de los Qunari en nuestros planes. – sentenció Leliana.

- Por el momento solo contamos con lo que la Inquisidora nos ha traído como información. – dijo Cullen. – Debemos evitar a toda costa que tengan éxito con sus objetivos, sean cuales fueran. – él me miró. – Dices que encontraste una nota que afirma que un mago está interponiéndose en sus planes. – yo asentí, Solas. – Esperemos que esté de nuestro lado. – yo también lo esperaba. Lo anhelaba con todo mi corazón.

Había otro tema que no había mencionado, aparte de que Solas era Fen’Harel. Mi Marca. Se me estaba haciendo casi imposible controlarla y me generaba miedo. Solo cuando sostenía el báculo que Fen’Harel… que Solas me había otorgado, sentía que se estabilizaba mi magia. Pero en el Templo había usado su magia demasiadas veces para activar aquellos mosaicos que luego se abrían como puertas, y el uso continuo de la Marca estaba haciendo que su poder fuera difícil de controlar.

Salí de aquella habitación donde habíamos hablado y me decidí a continuar con la búsqueda de información. Volví donde se encontraba el Eluvian y lo atravesé, me encontré una vez más en la Encrucijada con el mismo grupo que había llevado anteriormente y notamos la presencia de Qunaris delante de nosotros, por lo que corrimos detrás de ellos. Finalmente, ingresamos a través del Eluvian a una antigua ruina enana en Los Caminos de las Profundidades, donde al parecer, los Qunari estaban excavando en búsqueda de ¿qué? ¿Lirio?

Lo más sorprende del lugar era que se podía ver construcciones enanas por doquier así como imágenes de los Evanuris: Mythal y Fen’Harel. Nuevamente estaba aquí la presencia de Solas, acompañado por Mythal ¿Qué maldita relación habían tenido? Recordé cuando Solas me confesó que no era la primera vez que se enamoraba, luego de haber hecho el amor ¿Habría sido su primer amor Mythal? Me sentí una estúpida, pero allí estaba yo, sintiendo celos por Mythal, por una relación que quizás había existido entre Solas y ella… Sacudí mi cabeza y continué con la investigación.

Allí dentro nos enfrentamos a varios Qunari y finalmente nos encontramos con un humano que se había unido al Qun, quien nos habló de la presencia de la Viddasala. Toro nos explicó que una Viddasala era una Ben-hassrath de alto rango especializada en la Magia. Formaba parte del Ariqun, lo que los Qunari consideraban sacerdotes. Los Ben-hassrath actuaban como ejecutores de la ley religiosa entre los Qunari, y dividían todas sus actividades en tres categorías distintas: “propósitos peligrosos”; “acción peligrosa” y “preguntas peligrosas”. La Viddasala era la sacerdotisa a cargo de la rama de Propósitos peligrosos, o alguien que convierte el propósito, ella era quien se encarga de la conversión de extranjeros, de la reeducación de disidentes Qunari y de reunir magia y ponerla en cuarentena. Cosas que, por definición Qunari, eran amenazas por naturaleza para ellos y los demás.

Pero lo que más llamó mi atención fue lo que dijo el Viddathari (los miembros de cualquier otra raza que no eran Qunari y que se adherían al Qun adquirían este nombre) respecto a Fen’Harel. La Viddasala creía que la Inquisición trabajaba para Fen’Harel, que éramos su ejército. Me intrigó saber por qué había llegado a aquella conclusión cuando no era cierta. Además el Viddathari agregó que estaban en aquel sitio porque era una mina de Lirio y la Viddasala le estaba entregando mucho lirio a los Saarebas, el nombre que recibían los magos en el Qun, para llevar a cabo lo que llamaban “Aliento del Dragón”, y agregó que la Viddasala había dicho que “salvaría al Sur”, lo que solo podía significar una invasión Qunari, ¿por qué? No lo sabíamos. Pero lo que más llamaba mi atención respecto a este tópico era que prefirieron atacar primero el Sur, antes que el Norte, con todo el caos que se estaba gestando allí ¿Tendría que ver con la presencia de Fen’Harel? De todas formas, la única mina de Lirio que tenían era este sitio, así que nos dispusimos a desbaratarlo, y así lo hicimos.

Una vez en el Palacio del Invierno, de nuevo, nos enteramos de que los sirvientes del Palacio estaban ingresando Gaatlock de forma camuflada para volar por los aires el lugar, mientras celebrábamos el Concilio. Era una guerra declarada. Por suerte un agente élfico de la Inquisición detuvo al sirviente del Palacio, a quien pedí que encerraran para interrogar.

Nuevamente volvimos a la Encrucijada y visitamos una antigua Biblioteca élfica al atravesar los Eluvian. No puedo describir lo que experimenté a ver aquellos libros antiguos, restos de mi historia. Además encontramos espíritus que actuaban como escribas y que nos contaron un poco más de la rebelión de Fen’Harel. Usaron las palabras oídas por los últimos elfos antes de la caída del Imperio: “¿Cómo pudo el Lobo Terrible correr un Velo entre el mundo que despierta y el mundo que sueña? Los Evanuris enviarán personas, ¡nos salvarán!” “¿Cuándo fue la última vez que oíste hablar de los dioses? ¿Enmudecieron cuando cayó el Velo?” “¿Qué es este Velo? ¿Qué ha hecho Fen’Harel?” No era capaz de comprender aquellas palabras, ¿el Velo y Fen’Harel eran las últimas palabras de los elfos de la antigua Elvhenan? Estos récords decían que Fen’Harel había creado el Velo entre el mundo y el Más Allá ¿Acaso era posible que el alcance del poder de Solas fuera tal? Dorian estaba fascinado con el tema. Descubrir que al parecer una vez el mundo de la vigilia y el Más Allá fueron uno solo era algo sin precedentes. O al menos para nosotros…

Recordé cuando Abelas nos dijo que los hombres de Tevinter no fueron quienes los derrotaron, sino que ellos habían batallado contra sí y se habían destruido mucho antes de que el hombre contactara con nuestra raza ¿Acaso Solas tenía algo que ver en esto? Solas o Fen’Harel… No estaba segura de nada. Los escribas dijeron más palabras de los últimos elfos que caminaron por aquí: “Si salimos de aquí, acabaré con Fen’Harel. Después de contener el cielo para aprisionar a los dioses, el Lobo Terrible desapareció.” Entonces sí eran ciertas algunas partes de las leyendas dalishanas sobre él. Fen’Harel había encerrado a los Evanuris en el Más Allá, pero luego de aquello había desaparecido, ¿por qué dejaría a su pueblo desprotegido y desamparado? No me parecía nada heroico tomar esa decisión. “¡Mentiras! ¡Debemos rasgar el Velo! Las ciudades, los caminos… ¡Sin magia se están derrumbando!”, “Estás perdiendo tu tiempo. El Velo creado por Fen’Harel ha convertido nuestro Imperio en ruinas.” Así que el antiguo Imperio élfico colapsó por la creación del Velo. El Velo actuó como una barrera que debilitó la magia, y sus construcciones estaban sostenidas por el influjo mágico y la conexión directa con el Más Allá ¿Solas era el creador del Velo? ¿Cuánto poder tenía realmente? ¿Por qué los había abandonado cuando todo colapsó? Y otra pregunta pertinente sería preguntarnos ¿cómo es que seguía vivo? De pronto recordé cuando usó el poder del Áncora para sacarnos del Inframundo y se desmayó, ¿podría haber sucedido que la creación del Velo lo consumió completamente y cayó en un sueño profundo que solo le permitió despertar tiempo después y sobrevivió alimentándose y nutriéndose de esencias del Más Allá, ya que él era un mago soñador que había logrado el perfeccionamiento de los sueños? Me encantaría creer en esta propia versión que acababa de formular, porque la otra me decía que era un traidor, que había abandonado a su pueblo justo cuando las consecuencias de sus actos desataron el caos.

 

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Mientras continuamos viajando a través de los Eluvian y por aquella Biblioteca destrozada nos encontramos con la Viddasala, quien nos confesó que desde el momento en el que apareció la Grieta en el cielo habían decidido que era tiempo de intervenir en el Sur para detener el caos que implicaba la libertad de nuestra magia. Me molestó bastante reconocer frente a mí a una representante de la opresión. Quizás Leliana tenía razón después de todo y los Qunari serían nuestros enemigos. Además mencionó que el plan que estaban llevando a cabo en ese momento, había sido un plan meticulosamente planeado, que este agente de Fen’Harel, (probablemente el mismo Fen’Harel en persona, según estaba notando) había arruinado al entrometerse. Sonreí cuando oí aquellas palabras: después de todo Solas estaba aún de nuestro lado.

Volvimos al Palacio del Invierno para avisar a nuestros Consejeros sobre lo que sabíamos y allí Leliana nos informó de que los barriles de Gaatlock habían sido encontrados por sus agentes no solo aquí, sino también el castillo de Denerim y en Las Marcas Libres. Definitivamente teníamos que hacer algo respecto a esta amenaza. Era más real de lo que nos habría gustado aceptar. Los Qunari tenían pensado atacar el Sur, aquellos movimientos sospechosos en Seheron que Dorian había comentado no habían sido para invadir Tevinter, por el contrario había sido para atacar el Sur. Me estremecí y agradecí haber dado con esta trama como si el azar hubiera intervenido delante de nuestros ojos, ¿o había algo más que el azar guiándonos?

Mientras discutíamos mi Áncora reaccionó de forma anómala y liberó su poder delante de ellos. Mis Consejeros por primera vez supieron la verdad. Mi Marca no se estaba comportando como debería y ponía en riesgo todo. - ¡Elentari! – dijo Cullen al oír que me quejaba por el ardor lacerante de mi Marca. Se acercó a mi y tomó mi mano, Leliana y Josephine también se pusieron a mi lado, preocupadas. Los ojos nerviosos del Comandante se encontraron con los míos, pero yo no estaba con tiempo para dar explicaciones sobre mi realidad: mi Marca me estaba atacando y no estaba segura si no acabaría por matarme… Y yo no podía morir justo ahora…

No aguantaba más. Sentía que era demasiado lo que tenía que digerir. Los Qunari estaban amenazando el mundo conocido, creían que trabajaba para Fen’Harel, probablemente Solas era Fen’Harel, quien había creado el Velo y destrozado el Imperio de los elfos, encerrando a los Evanuris en el Más Allá, y destrozando a mi pueblo como daño colateral ¡oh! Y además, los dioses del panteón élfico no eran más que magos poderosos, líderes, dioses autoproclamados (me recordaban a Corifeus), sedientos de poder y dominancia ¡Y cabían posibilidades de que Fen’Harel haya sido un cobarde que huyó al momento de lidiar con las consecuencias de sus actos! Lo que implicaba que probablemente Solas era un cobarde, ¿y yo era capaz de perdonar a Solas si había abandonado a mi pueblo? Además para sumar a mis pensamientos, allí tenía a Cullen, tomando mi mano, preocupado y enamorado de mí, cuando yo estaba sopesando la idea de que posiblemente Solas estaba transitando la Encrucijada y existía la posibilidad de encontrarnos, sin estar segura de qué significaría volver a verlo para mí, para él y para Cullen y yo… ¡¡Claro que mi cabeza estaba al borde del colapso!! ¿¡Pero querían sumar más!? ¡¡Mi propia mano quería matarme!!

 

 

Retiré bruscamente mi mano de la de Cullen y dije muy molesta: - ¡Mierda! ¡Maldita sea! – miré a mis Consejeros con determinación y se oyó autoridad en mi voz. - ¡Salvamos Ferelden, y se enfadan! ¡Salvamos Orlais, y se enfadan! ¡¡Cerramos la Grieta DOS veces, y mi propia mano quiere matarme!! ¿¡Algo en este puto mundo puede funcionar bien!? – luego de aquel momento de liberar tensiones comprendí que quizás el poder del Orbe de Fen’Harel acabaría matándome, y yo necesitaba permanecer viva, al menos para evitar la invasión Qunari, en cuanto a Hain… Ese era otro tema y no sabía si continuaría para librar aquella batalla. Pero no estaba dispuesta a aceptar la muerte, no cuando el mundo de Thedas estaba siendo amenazado ¡Qué cruel mi destino! Que se reía de mí. De pronto Corifeus parecía ser un recuerdo lejano del próximo enemigo que tendría frente a mí, aunque no estaba segura de quién sería.

Suspiré molesta ante la mirada preocupada de mis amigos, pues aunque eran mis Consejeros, ellos eran mis amigos, y estaba segura de que sufrían conmigo. – Tengo que llegar a Darvaarad. Ya tendrán tiempo de pelear entre ustedes o con los Embajadores cuando yo… - de repente pensar en la palabra “muerte” significó mucho para todo lo que tenía por delante. - … cuando vuelva. – noté marcada preocupación en los ojos de Cullen y pesar. Lo miré en silencio sin poder consolarlo. Quizás no había consuelo, quizás moriría, quizás volvería a ver a Solas, quizás me quedaría con Cullen… Quizás… quizás… quizás... Me di la media vuelta y antes de retirarme dije. – Avisen al Glorioso Concilio de lo que está sucediendo… en caso de que… fracasemos.

- Yo misma lo informaré, Inquisidora. – dijo Leliana. Y yo me retiré sin mirarlos.

 

A través de los Eluvians llegamos a Darvaarad y descubrimos que tenían aprisionado a un dragón de verdad. Entre luchas y varias muertes de los Qunari, liberamos al dragón.

Al liberar al dragón y derrotar las fuerzas Qunari, vimos que la Viddasala se dirigía hacia otro Eluvian, pero no dejaríamos que huyera, era tiempo de pagar por sus intenciones nefastas para con el Sur. Justo en el momento en el que me disponía a atacarla, mi Marca volvió a interferir y el dolor quemante evitó que usara mi magia. Este episodio dio tiempo a la Viddasala para hablar:

- La magia élfica antigua ya ha desgarrado el cielo anteriormente, y aún así pretendes ayudar. Deberías ver la verdad por una vez en tu vida. Estos agentes de Fen’Harel no harán más que destrozar a todos.

- Nosotros no somos las marionetas de nadie. Detendremos a cualquiera que quiera hacer daño a los habitantes de Thedas. – le contesté, sosteniendo mi propia mano.

- ¿Cómo? Si todo lo que la Inquisición logró fue gracias a la ayuda de uno de sus agentes principales. El mismo que te ayudó a sellar la Brecha, que los llevó a Feudo Celestial, que le dio a Corifeus el Orbe y fundó la Inquisición después: Solas… - yo sonreí, pues quien no estaba entiendo el alcance de Solas era ella. Él no era agente de Fen’Harel. Era Fen’Harel.

La Viddasala atravesó el Eluvian y nosotros lo hicimos luego. Entramos en unas ruinas élficas antiguas, donde tuvimos que luchar con un gran número de enemigos Qunari. Nada fácil, eran formidables. Pero lo más grave que sucedió fue que perdí completamente el dominio de mi Áncora. Ahora recargaba su poder con demasiada facilidad y si no lo usaba, explotaba para liberar su magia. No podría seguir así, debía hacer algo al respecto o no pasaría los próximos días sin verme consumida por su poder.  La sensación de muerte inminente despertó en mí el deseo de vivir, de luchar aún más por la libertad. No podía creer que hubiera atravesado todo esto solo para morir por el poder del Áncora…

Finalmente, derrotamos a todos nuestros enemigos y sólo quedaba un Eluvian por el que había atravesado la Viddasala y decidí entrar, pero mis amigos se quedaron a buscar información en los alrededores, pues esta lucha sería entre ella y yo. Atravesando el Eluvian me esperaba la batalla final contra mi enemiga. Al fin había llegado el momento de finalizar todo esto.

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Atravesé aquel Eluvian y me encontré con un montón de Qunaris transformados en piedra en posición de ataque siguiendo un camino trazado en aquel sitio. Me sorprendió ver la cantidad de hombres grises petrificados y me sobresaltó un poco. Pensé en qué batalla me daría la Viddasala, ya que era una mujer poderosa, se podía ver aquello desde la distancia… Pero de pronto mis pensamientos se interrumpieron por una voz. Una voz demasiado conocida por mi cuerpo, mente y corazón. Una voz que me había hecho la mujer más feliz, y también la más infeliz. Una voz que había necesitado escuchar hace más de dos años, y cuando comenzaba a dejar de lado aquella voz, volvía a oírla. Una voz que nubló mis pensamientos, que nubló la idea de enfrentar a la Viddasala, que nubló todo en mí. Una voz hermosa: la voz de Solas hablando Qunlat.

No lo podía creer. No era capaz de concebir que Solas, dos años después, estaba aquí y volvería a verlo. – Tus fuerzas han fallado. Vete ahora y dile a los Qunari que no me molesten más. – decía la voz de Solas. Yo comencé a correr hacia aquel sonido, no podría vivir sin haber hablado con él después de todo lo que había descubierto, después de todo lo que lo había extrañado, después de todo lo que había comprendido. Necesitaba llegar hasta aquella voz, hasta él. Necesitaba verlo con urgencia, no sabía para qué, pero era lo que necesitaba.

Corrí sobre unas escaleras dispuestas como rocas en el camino y llegué a la cima para ver a la Viddasala levantar su arma para atacar a Solas que se encontraba de espaldas a ella, caminando hacia el próximo Eluvian. Estuve a punto de gritar para alertarlo, pero en ese instante noté un destello sobre su rostro y la Viddasala se petrificó. El poder que tenía era impresionante. Con el pensamiento la había derrotado.

Solas siguió avanzando de espaldas a mí hacia el Eluvian. Mi cuerpo entero me traicionaba, sentía que perdería la oportunidad de hablar con él, no podía emitir palabras. Solas, Solas estaba allí, de espaldas a mí, dirigiéndose hacia el próximo Eluvian. Era Solas… realmente era Solas…

 

 

- Solas. – logré modular su nombre. Él se detuvo al oír mi voz y lentamente se giró. Nuestras miradas volvieron a encontrarse, dos años después. La herida que su ausencia había significado para mí se desgarró y volvió a sangrar. Nos miramos en un silencio profundo, los dos sorprendidos por volver a vernos. Los dos experimentando un montón de sensaciones inexplicables. Los dos nos miramos y la sensación que experimenté no la pude explicar con palabras.

 

 

Caminé dubitativa hacia él, pero mi Áncora concentró su poder nuevamente y quemó mi mano. El dolor fue intolerable, más agudo que las veces anteriores, me obligó a dejar mi cuerpo en el suelo, pues no aguantaba aquel ardor. Noté el paso lento y seguro de Solas acercarse a mí. Llevaba aquella armadura que había visto en Fen’Harel en el Más Allá, pero la cogulla que aquella vez cubría su rostro, ahora descansaba sobre su espalda, la capa que cubría su espalda era diferente a la anterior. Tenía la piel de Lobo rodeándolo, y a aquel Rebelde que vi no reconocí. No llevaba las vestimentas de un hombre sencillo, sino que llevaba las armaduras de un mago poderoso, de un Evanuri.

Alcé mi mirada y ambos nos volvimos a ver. Cerré mis ojos por el dolor de la quemazón en mi piel, pero me obligué a abrirlos de nuevo, pues allí estaba Solas… Y yo necesitaba verlo. Él dejó que un destello ocupara su mirada y de pronto el Áncora respondió a su orden y cedió la tortura que provocaba sobre mi piel. Yo me puse de pie con dificultad y noté el rostro de él precavido, pues no sabía cuál sería mi respuesta: - Esto debería darnos más tiempo. – sonrió sutilmente y con pesar. – Estoy seguro de que tienes preguntas… - ¡Claro que las tenía!

- Los Qunari respondieron algunas de esas preguntas. Mi viaje a través de los Eluvian otras más: tú eres Fen’Harel, tú eres el Lobo Terrible.

- Bien hecho. – contestó. “Bien hecho”, como si para mí se tratara de un rompecabezas que fui colocando en su sitio. Para mí se trataba de todo, de mi vida, mis creencias, mis errores, mi amor. Todo. Que él fuera Fen’Harel significaba que había estado equivocada acerca de todo, que me había mentido, que no había confiado en mí ¿Bien hecho, Solas? ¿De verdad era todo lo que tenías para decir? – Fui Solas al principio, Fen’Harel llegó después. Un insulto que convertí en enseña de orgullo. El Lobo Terrible inspiró esperanzas en mis amigos y miedo entre mis enemigos. No tan diferente a “Inquisidora”, supongo. Y ahora que lo sabes… - su rostro mostró pena mientras hablaba. - ¿Cómo es aquella maldición dalishana? ¿“Que el Lobo Terrible te tome”? – ambos nos miramos con dolor.

- Mi pueblo se equivocó, Solas. – contesté recordando todo lo que había sentido a través de aquellos mosaicos que contaban la historia de Fen’Harel en su Templo. Quise acercarme a él, pero no estaba segura de cuál era la situación entre ambos. – Yo me equivoqué. Lo siento tanto… - él desvió la mirada hacia otro lado, sosteniendo su propio dolor. Solas… estaba allí delante de mí, hermoso como siempre, con pesar y lleno de mentiras. Y mi corazón estaba con él, pero también con Cullen… Era un momento que siempre había soñado, pero llegaba cuando había dejado de buscarlo.

- Todo este tiempo me mentiste, Solas. – dije con profundo dolor esperando alguna excusa que pudiera considerar válida.

- Sólo por omisión… - lo miré molesta. - ¿Qué querías que te dijera? Que era el gran adversario de la mitología de tu pueblo…

- Me hubiera gustado que confiaras en mí. – tomé su brazo y sentí mucho pesar en mi corazón. - ¿Realmente creíste que no sería capaz de entenderlo?

- Elentari, me temías… - me contestó. – Temías al Lobo Terrible, a mí. – yo negué con un movimiento de cabeza.

- No a ti, Solas. Temía las leyendas de mi pueblo, pero no a ti, nunca a ti. – Solas me miró con pesar.

- Quería liberar a mi pueblo de la esclavitud de los que querían ser dioses. Rompí las cadenas de todos los que quisieron unirse a mí. – yo asentí. Había visto su propia historia escrita en su Templo.

- La vallaslin. – dije. Él asintió y acarició mi rostro desnudo. El contacto de su mano con mi rostro despertó en mí una sensación que creía haber olvidado. Una electricidad recorrió mi cuerpo y sentí mariposas en mi estómago. Solas

- Lamento tanto el dolor que te causó aquel acto, vhenan… - me dijo con pesar. Yo lo miré muy afligida: corazón… Volvió a llamarme de aquel modo, como si dos años no hubieran pasado entre nosotros. Como si no hubiera destrozado mi corazón, como si no me hubiera dejado herida como nadie lo había hecho… Vhenan

- En aquel momento no lo comprendí, pues no sabía muchas cosas. – le dije simulando frialdad. – Pero ahora te lo agradezco de corazón. Hoy soy capaz de comprender tu lucha y te agradezco sinceramente que lo hayas hecho. – él negó con un gesto.

- No, vhenan. Aún no comprendes mi lucha… Pero la comprenderás, pues te la diré. – me miró con una seriedad que pocas veces había visto en él, tan profunda, tan sublime, inmutable: Solas me contó que los Evanuris lo llamaron Fen’Harel como un insulto al enterarse de que era él quien comandaba la rebelión del antiguo pueblo de Arlathan. Cuando finalmente llegaron tan lejos (¿cómo habían llegado tan lejos? Me pregunté), creó el Velo. Pero al hacerlo destruyó el Imperio de los elfos.

El pesar en su voz destrozó mi corazón y tomé sus manos mientras me contaba su propia historia. La historia de una lucha por la liberación, con consecuencias catastróficas para su comprensión. Me contó que los Evanuris habían sido unos tiranos sin igual, y que Mythal y él comandaban la rebelión, cuando los Evanuris supieron de la traición de Mythal la asesinaron y en ese momento él decidió crear el Velo. Me dijo que si no creaba el Velo los Evanuris habrían destruido todo el mundo. Lo hizo por venganza, pero también porque era necesario.

Al crear el Velo los desterró para siempre, pero además les quitó todo a los elfos, hasta su propia esencia. No había sido la llegada de los hombres la que les había quitado la inmortalidad, sino él, al crear el Velo. Sentí pena por el corazón de aquel elfo que se había jugado todo por un futuro mejor para su pueblo, pero las consecuencias de sus actos fueron catastróficas y sin precedentes. Ahora comprendía por qué tenía ese pesar que siempre reconocí en él. Solas había querido salvar a los elfos, pero en lugar de ellos, los había condenado…

- Los Evanuris fueron magos élficos, pero… ¿Cómo acabaron siendo recordados como dioses? – quise saber. Solas soltó mis manos y se alejó unos pasos. Miré frente a nosotros y por primera vez fui consciente de aquel paisaje paradisíaco que nos rodeaba de hermosas cascadas.

 

 

- Lentamente… comenzó con una guerra. – me explicó con gran pesar en su corazón. Los elfos éramos seres muy unidos a nuestros sentimientos, a diferencia de los shemlen, teníamos una conexión profunda con las sensaciones y emociones que experimentábamos. Solas las controlaba, pero aun así estaba muy conectado con sus emociones. -   La guerra genera miedo. El miedo, un deseo de simplicidad… de sumisión. De pronto quienes son libres ya no quieren serlo…

- El niño que ha dejado el vientre de su madre y ya no se reconoce uno con la naturaleza, experimenta desasosiego, inseguridad, dolor… y quiere volver al seno de su madre. – recordé las enseñanzas de Galadh. Solas me miró con una sonrisa triste y asintió.

- Así es… De la individualidad no se vuelve. Cuando uno se reconoce libre, no puede volver a sentirse protegido en la naturaleza… Por lo que aparecen conceptos que dan miedo: el bien y el mal, lo bueno y lo malo. La sumisión… Y se forman las cadenas para dar órdenes.

> Cuando la guerra terminó, los generales se convirtieron en ancianos respetables, luego en reyes y finalmente en dioses. Los Evanuris. Mi pueblo cayó por lo que hice para derribar a los Evanuris, pero aún queda alguna esperanza para la recuperación.

- ¿Qué quieres decir? – pregunté, pues no entendía sus palabras.

- Salvaré a los elfos, aunque eso signifique la muerte de este mundo. – y de pronto aquellas palabras fueron la muerte para mí.

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Al fin comprendía a qué se refería con este mundo. Aquella palabra que tanto había lastimado mi corazón al oírla de sus labios tantas veces, tiempos atrás. Este mundo, no era su mundo, era el mío. Por primera vez, desde que lo conocí, fui capaz de comprender lo diferentes que éramos, a pesar de las obvias similitudes. Éramos dos seres de diferentes épocas, diferentes mundos. Éramos dos seres con principios similares, pero metas distintas. Mi mundo para Solas no tenía valor, pues deseaba recuperar el suyo.

- Solas… - dije y él evitó mi mirada. Allí estaba su secreto: él vino a destruir mi mundo. – Quieras lo que quieras, la muerte de este mundo, mi mundo, no es la solución.

- No, no es una buena solución. Pero a veces, todas las opciones que quedan son terribles… - dijo sin mirarme. No podía creer lo que estaba oyendo… Así que éste era el secreto tan guardado de Solas… Destruir mi mundo, y con él, a mí.

- No lo puedo creer. – dije. – No puedo creer que seas capaz de esto, Solas. Yo vivo en este mundo… Destruirlo… - no pude terminar la frase: Solas era capaz de pensar en matarme. Y sin llegar a destruirlo, ya me había matado en este mundo, en este lugar, con esta verdad.

- Esta es mi lucha. – dijo retomando la compostura, y se volvió hacia mí para mirarme. Yo también enfrenté su mirada. – Tú deberías preocuparte más por la Inquisición, Inquisición. Al detener el Aliento del Dragón, has evitado una invasión de las fuerzas de los Qunari. Con suerte, volverán a enfocarse en Tevinter, y eso te dará unos años más de paz relativa. – la frialdad de su razonamiento congeló mi corazón, así que busqué respuestas para mis preguntas.

- ¿Qué tiene de malo la Inquisición?

- Tú creaste una Organización poderosa, y ahora sufre las consecuencias del poder: traición y corrupción. – ambos nos miramos guardando silencio, y finalmente él siguió: - ¿Sabes cómo descubrí la trama de los Qunari? ¿La trama que frustré conduciéndolos hasta tu puerta? – así que Solas al fin y al cabo me había ayudado a evitar aquella guerra que de otro modo habría caído sobre el Sur… - Los espías Qunari en la Inquisición tropezaron con mis espías en la Inquisición. – todo este tiempo había sido vigilada por Solas, aunque él nunca tuvo el decoro de hablarme. Galadh era un Agente de Fen’Harel, por eso lo conocía tanto, una de sus espías en Tevinter… La explicación de Solas continuó: - La guardia elfa que te llevó al cuerpo del Qunari, la que interceptó al siervo con el barril de Gaatlok. Mía.

- Galadh es un agente de Fen’Harel. – quise corroborarlo. Él asintió.

- Le diste tu Orbe a Corifeus ¿por qué?

- No directamente, mis agentes permitieron que los Venatori lo localizasen. El Orbe acumuló energía mágica durante los milenios que estuve inconsciente. Yo no tenía suficiente poder para abrirlo.

- ¿Al crear el Velo caíste sumido en un sueño para reponer tu magia? – él asintió.

- La potencia del hechizo para crear el Velo consumió todo el poder en mí, y caí dormido durante milenios, a través de los cuales fui capaz de sobrevivir por el perfeccionamiento de los sueños. – yo asentí. – Nunca supe todo lo que mi pueblo había sufrido por mis actos. Y cuando desperté, un año antes de unirme a la Inquisición, me encontré con este mundo. – el desprecio de su voz lastimó un poco más mi corazón, si era posible aún que él lo lastimara más. – El plan era que Corifeus abriera mi Orbe y muriese con la explosión. Luego, yo recuperaría el Orbe. No imaginé que un maese de Tevinter aprendería el secreto de la inmortalidad.

- ¿Qué hubiera sucedido si Corifeus hubiese muerto y hubieses recuperado el Orbe? – hice aquella pregunta porque necesitaba oír la respuesta.

-Yo habría entrado al Más Allá usando la marca que llevas tú. Luego habría desgarrado el Velo completamente. Mientras este mundo ardía en el caos, habría recuperado el mundo de mi tiempo… el mundo de los elfos… - mi rostro se enfureció, pero conservé la compostura.

- Si destruías el Velo, ¿no volverían los falsos dioses?

- Tenía planes… - fue todo lo que dijo, pero lo sentí como una burla.

- No puedo creer que fueras capaz de algo así. – le contesté molesta. – No puedo creer lo que me estás diciendo. No te reconozco.

- No creas que he liberado una batalla contra los Evanuris sin manchar mis manos con sangre. – ambos nos miramos desafiantes.

- Hablas como un loco, Solas… - le dije sin dejar de enfrentarlo. - ¿Tienes idea de lo que implican tus palabras para mí? ¿Para nosotros? – él sonrió con maldad.

- ¿Existe el nosotros? Pensé que estabas confundida con el Comandante. – descubrí que Solas aún tenía el poder de destrozarme un poco más… aunque pareciera imposible.

- No te atrevas a hablar de mis sentimientos… - lo amenacé. – No te atrevas a hablar de nada de lo que tenga que ver conmigo… Me estás declarando la guerra… ¿Sabes el daño que me haces una vez más? – sentí que quería llorar, pero no volvería a derramar una lágrima más por él. – Te declaras mi enemigo… después de todo lo que fuiste para mí.

- ¿¡Y qué sabes tú lo que eres para mí!? – me contestó molesto. - ¿Tienes idea de lo que significa esto para mí?

- Detente… detente si algo te dice que no es lo correcto. Porque no lo es. Los habitantes de Thedas tenemos valor, ese mismo valor que me has enseñado años atrás, esa dignidad que nos hace personas e invaluables. Y lo sabes, Solas… - él miró a un costado… al parecer lo sabía. Yo insistí: - ¿Por qué frustraste la trama de los Qunari si de todas formas piensas destruir el mundo?  

- Tienes que entenderme. Desperté en un mundo en el que el Velo había bloqueado la conexión con la mayoría de las personas con el Más Allá. Era como caminar en un mundo de Tranquilos.

- No éramos ni siquiera personas para ti.

- No al principio. – me contestó. – me demostraste que estaba equivocado. Otra vez. Y esto solo hace más difícil para mí lo que vendrá.

- Nuestro exterminio… - dije y miré hacia el suelo. – Deja que te demuestre una vez más que estás equivocado. – lo miré suplicante.

- Me has demostrado que hay valor en este mundo, no disfruto con lo que debo hacer. Si tengo que destruir este mundo, me encargaré que estén libres del Qun mientras se recuperan de la Brecha.

- ¿Por qué? – pregunté.

- Porque yo no soy un monstruo. Si deben morir, quiero que lo hagan tranquilos. Sus ojos apenados me hablaron de su dolor, pero el sentimiento de traición que yo experimentaba no suavizó las palabras que siguieron:

- Eres un monstruo. – dije y noté el dolor de mis palabras en su corazón.

- Lo siento. – dijo y miró hacia otro lado. – De cualquier forma, está hecho. - Ambos guardamos silencio mientras nuestros corazones se destrozaban. No lo podía creer. Si existía un dios realmente se había ensañado conmigo, pues quería que enfrentara a mi hermano y al amor de mi vida en una misma Guerra Santa… ¿Quién había decidido que yo era capaz de soportar tanto? ¿Por qué me habían puesto en el medio de esta locura como una de las fuerzas de ataque? Y de pronto recordé que el Áncora me estaba matando ¡Qué cruel mi destino! Creí que Corifeus sería mi enemigo legendario, pero de pronto supe que todo este tiempo había estado durmiendo con el enemigo… y el poder de mi enemigo actual era el poder que me había permitido destruir al anterior… y el que me estaba matando…

- Todavía queda el tema del Áncora. Cada vez está peor. – dije y le mostré mi mano que comenzaba a brillar.

- Lo sé, vhenan. Y se nos está acabando el tiempo. – dijo con pesar. En ese momento el dolor de mi mano se volvió insoportable nuevamente y comenzó a destellar aquel color verde que tantas veces me había protegido en el pasado y hoy amenazaba con tragarme. Mi cuerpo se dobló de dolor y caí al suelo, dejando que el poder del Orbe de Solas quemara mi cuerpo de un modo tan tangible como la verdad que había oído de sus labios. Solas se agachó a mi lado: - Tarde o temprano la marca te matará. Al venir aquí he tenido la oportunidad de salvarte… al menos por ahora. – De pronto supe que esto sería todo: Solas sería mi enemigo a menos que lo redimiera, a menos que le demostrara su error, que estaba equivocado.

Este mismo hombre que me sonaba a un lunático, era el mismo que había despertado en mi corazón la llama de la rebelión, y el mismo que tenía una inteligencia tan enorme que había teorizado el mayor hechizo de la historia y creado el Velo, modificando las leyes físicas de aquellos días, dando nacimiento a este nuevo mundo: si había un dios creador de nuestro presente era Solas, era Fen’Harel… el causante de la existencia del mundo de Thedas… Y sin embargo, nuestro dios aborrecía su propia creación. Sonreí al comprender que no existía ningún Hacedor, ninguna sacerdotisa Andraste. Existía la realidad: Fen’Harel creador y posible destructor del mundo de Thedas. Y aquí yacía el paladín de este mundo el cual era el error de un Evanuri: yo.

- La única manera de lidiar con un mundo sin libertad es llegar a ser tan absolutamente libre que tu misma existencia sea un acto de rebelión. – cité sus propias palabras y noté la sorpresa sobre sus ojos al recordar el regalo que él mismo me había dado. – Var lath vir suledin, Solas.

- Ojalá pudiéramos, vhenan. – la pena que percibí en él era incluso mayor que la mía. – Mi amor… - me dijo y se acercó a mí, tomando mi Áncora y dejando que sus sentimientos se apoderaran de él, aunque solo fuera por unos segundos. Luego, con su otra mano tomó mi mejilla y me acercó a sus labios, aún con aquel pesar que lo acompañaba. Sus ojos brillaron con el color de su aura, y yo me acerqué a él y dejé que me besara. Sentir sus labios de nuevo sobre los míos significó la destrucción de mi cordura. Si en estos dos años había logrado volver a ponerme en pie gracias a mis amigos y a Cullen, en estos momentos acababa de quebrar mis piernas. Y no estaba segura de ser capaz de caminar de nuevo.

Entre el dolor del Áncora que quemaba mi carne y la sensación de aquel beso, sentí que mi alma se perdía en un sitio oscuro que no comprendía. La libertad era una mierda. Me obligaba a ser responsables de mis actos y solo ahora comprendía que quizás prefería la sumisión del liderazgo ¿Había alguien en este mundo que me pudiera guiar y decirme “debes hacer esto”? De existir, lo seguiría, pues yo no era capaz de tomar decisiones…

 

 

Con mi mano derecha tomé su hombro y lo acerqué más a mí y continuamos besándonos sin saber si éste sería nuestro último beso, antes de que alguno de los dos acabara con nuestras vidas, o si podríamos encontrarnos de nuevo en el amor y ser felices juntos, finalmente. Solas soltó mis labios, pero no pudo alejarse y volvió a besarme, y yo lo abracé aún más, volviendo a besarlo y a sentir todas las sensaciones que sólo él me provocaba. Sentí que mi mano dolió menos y de pronto el Áncora se tranquilizó frente a la orden de su amo: Fen’Harel.

Solas soltó definitivamente mis labios y se puso de pie, mientras yo permanecí en el suelo, incapaz de pararme. Me miró con un dolor profundo, inmenso. Y yo lo miré sin fuerzas para nada. Para salir de allí, para seguirlo, para nada. De nuevo nos separaríamos, de nuevo empezaría desde cero con la tortura de su recuerdo, de su adiós, de su amor. No era capaz de aguantarlo dos veces.

- Nunca te olvidaré. – me dijo, y yo no fui capaz de decir nada. Estaba derrotada, antes de librar una batalla contra él. Solas, frío como siempre fue, se giró y caminó lentamente con un gran peso sobre sí al Eluvian que estaba frente a nosotros. Apoyó su mano sobre él y se detuvo, quizás para volver a besarme, quizás para volver a mí. Quizás para detenerse… Pero finalmente fue fiel a sí mismo, como siempre, y atravesó aquel Eluvian. Que a sus espaldas se cerró.

 

Chapter Text

El poder del Áncora destrozó la carne de mi antebrazo, ya no dolía, pues Solas había apaciguado el hambre hacia mi vida, pero noté que las heridas eran profundas, y que ya no sería funcional.

No estoy segura de cuánto tiempo permanecí allí, incapaz de enfrentarme a la realidad, un Concilio donde debería decidir si usaría mi propia Organización para matar al amor de mi vida, o si dejaría el poder para intentar redimirlo y de ese modo salvarlo a él y también a Thedas ¿Realmente podría dejar la Inquisición cuando no solo Solas era un problema, sino también mi hermano? Otro tema era Cullen. Enfrentarlo me resultaba imposible. Nunca había querido lastimarlo, pero ahora yo estaba destrozada e incapaz de darle explicaciones al respecto de nada. Sólo necesitaba llorar la verdad. Esta puta verdad que siempre quise saber y finalmente la supe… Esta verdad de mierda que preferiría no haber conocido. Preferiría no haber nacido, preferiría no existir…

 

 

De pronto sentí ira contra mí, contra él, contra todos. Miré mi antebrazo destrozado por el poder del Áncora de Solas y tomé mi báculo por su extremidad inferior y con mi mano derecha rebané mi antebrazo izquierdo. No lo pensé ni un segundo. Simplemente lo hice. Hoy veo el pasado y creo que fue un acto de odio hacia mí misma por haberlo amado. Pero en ese momento estaba abrazada a la locura. Recuerdo ver la sangre brotar a borbotones sobre mi miembro amputado, y recuerdo haber sonreído al pensar que todo se acabaría con aquella hemorragia…

Una vez que habían sido cortados los vínculos primarios que me habían proporcionado seguridad: mi Clan, Solas y mi amor hacia él, mis amigos, Cullen, la Inquisición, mi lucha… comprendí que estaba sola en este mundo. Realmente sola, comprendí la soledad de la libertad.

Tenía dos caminos como opción: o aceptar esta realidad y progresar para establecer una conexión con el mundo en el amor y el trabajo, en expresión genuina de mis facultades emocionales, sensitivas e intelectuales: de este modo volver a unirme a las personas, la naturaleza y conmigo misma, sin despojarme de mi integridad e independencia de mi yo individual. O podía seguir el otro camino: retroceder, abandonar mi libertad y tratar de superar la soledad eliminando la brecha que se había abierto entre mi personalidad individual y el mundo. No podría volver al vientre de mi madre, pero era una forma de evadir esta situación insoportable que, de prolongarse, haría imposible mi vida.

Miré la sangre que continuaba brotando de mi miembro amputado mientras pensaba si dejarme morir aquí y ahora o enfrentar mi libertad… Esta última solución no se trataría de una que me condujera a la felicidad, pero de nuevo ¿alguna vez podría ser feliz? Esta última solución representaría una pauta para mitigar esta insoportable angustia y evitar el pánico que experimentaba por la verdad descubierta. Sentía un fuerte impulso de castigarme e infringirme sufrimiento. Suicidarme. El pesar que experimentaba era tan opresivo que me pregunté si no habrían sido estas sensaciones las que llevaban a los antiguos elfos a buscar el sueño eterno, Uthenara. No quería transitar este mundo con esta verdad, no quería ser responsable de nada, no quería ser consciente de lo que implicaba ser realmente libre… Ahora que era libre y conocía la verdad tenía que decidir si lo mataría, ¿lo mataría? ¿O me mataría? De pronto recordé aquella frase que me sostuvo una vez más:

La única manera de lidiar con un mundo sin libertad es llegar a ser tan absolutamente libre que tu misma existencia sea un acto de rebelión.

Las palabras de Solas resonaron en mi mente y como un fantasma decidí darle una oportunidad más a la vida. Mi corazón estaba vacío, mi ser estaba vacío. Pero había personas en Thedas que merecían vivir. Aunque yo solo fuera el recipiente que les diera aquella oportunidad.

Cansada, me puse de pie y mi mano derecha se apoyó sobre el corte perfecto de mi antebrazo y le di calor para cauterizar los vasos sanguíneos que sangraban. Sí, sentí dolor. Pero sentía que lo merecía, así que sufrí la agonía con placer. El sangrado cesó.

Recordé las enseñanzas de Leliana en el juego y puse mi mejor cara para enfrentar el Glorioso Concilio y la disolución de la Inquisición. Si la Inquisición era una Organización corrupta donde los Agentes de Fen’Harel pululaban a gusto, ya no la quería. Pues él me había declarado la guerra, y yo se la daría. Todo mi mundo perdió color, todo se hizo gris y ya no escuché la entonación alegre de la vida, solo el silencio de la muerte en vida…

 

Ingresé en medio del debate al Palacio del Invierno e interrumpí el Glorioso Concilio con un brazo amputado y el libro de la Inquisición sobre mi mano derecha.

Me paré frente a los Embajadores y levanté el pesado libro por el que comenzó mi propia historia. - ¿Saben lo que es esto? – comencé, sin esperar una respuesta. – Un escrito de la Divina Justina autorizando la formación de la Inquisición. Nos comprometimos a cerrar la Brecha, a encontrar a los responsables y restaurar el orden… Con aprobación o sin ella.

> No fue un tratado oficialmente autorizado lo que salvó a la gente de Ferelden. Tampoco fue la diplomacia cuidadosa la que terminó con esta guerra civil. Nunca se trató de la Organización. Siempre se trató de personas haciendo lo que debían hacer… Ahora, si me disculpan, tengo un mundo que salvar… De nuevo. - tiré el libro al suelo. Les di la espalda a los Embajadores y a la Divina Victoria que estaba en el medio de la gran mesa y me sonreía con orgullo, mientras me retiraba levantando mi mano derecha y me despedía de la burocracia. – Con efecto inmediato, la Inquisición queda disuelta. – escuché las voces de asombro por mi decisión, pero esta Inquisidora estaba cansada de lidiar con todo. Necesitaba retirarse durante un tiempo y comenzar a gestionar la próxima guerra contra el amor de su vida y su propio hermano.

 

Salí de aquel salón con un zumbido sobre mis oídos, abrumada y caminé a paso ligero hacia fuera. Bajé rápidamente los escalones que me dejarían en el patio. Pasé cerca de Varric, quien me llamó, pero yo levanté mi mano derecha en señal de que no estaba disponible y salí de allí sin esperar que nadie me hablara, me preguntara nada.

Me acerqué a los soldados que custodiaban la entrada al Palacio y pedí que me abrieran. Me miraron con desconcierto, pero sabían que se trataba de la Inquisidora, así que hicieron como pedí. Lo que ellos no sabían es que yo no era más la Inquisidora, y acababa de disolver la Inquisición. Lo que ellos no sabían era que ni siquiera yo sabía si aquella había sido la mejor decisión…

Cuando salí de allí aceleré un poco más el paso, casi trotando, porque sentía que me faltaba el aire, que me sofocaba. De pronto necesitaba estar completamente sola y vagabundear en la eterna soledad de la individualidad y la verdad que había descubierto. No estoy segura de la rapidez con la que mis pasos me llevaron por aquella larga entrada, lo que sé fue que llegué fuera de prisa. Pronto me encontré transitando las afueras del Palacio con aquel zumbido insoportable.

Cuando frené mis pies y miré mi miembro izquierdo sentí tranquilidad al notar que el Áncora ya no explotaba y que tenía paz de nuevo sobre mi cuerpo. Me pregunté cuánto tardaría en volver a manifestarse la magia del Orbe de Solas.

Las ropas ceremoniales que llevaba puestas me ahogaban. Tomé el guante de mi mano con mis dientes y lo estiré, lo quité y tiré al suelo, luego la banda azul que cruzaba mi pecho y me la arranqué, dejándola caer también, mientras desprendía el cinturón y hacía lo mismo. Volví a caminar y con mi mano derecha fui desprendiendo la camisa roja para finalmente quitármela y tirarla sobre la tierra, dejando mi cuerpo solo con una musculosa blanca. Pues yo no era más la Inquisidora, y no quería tener aquellas vestimentas… Mis ojos se llenaron de lágrimas y me pregunté si lo que acababa de hacer era una locura… ¿Lo había hecho porque no quería espías de Solas en mi Organización o lo había hecho porque no era capaz de enfrentarlo? ¿Realmente sería capaz de condenar un mundo entero por el amor que le tenía? ¿Qué era capaz de hacer? ¿Quién era? Las lágrimas cayeron sobre mis mejillas y comencé a correr… Quería alejarme de todo.

Cuando frené mis pasos me senté sobre el suelo y me quité las botas, tirándolas nuevamente. Era una elfa, no una diplomática, era una hija de la tierra… Era una demente.

Corrí nuevamente y encontré un árbol alto al que subí. Me prendí de sus ramas y me senté sobre una rama de mayor tamaño y lloré amargamente. Lloré toda mi historia, lloré mi dolor, lloré mis decisiones, lloré mi soledad. Lloré hasta que no tuve fuerzas para derramar más lágrimas. Me enfrentaría a Solas… Mi enemigo era mi amor… Solas… quería destruir el mundo de Thedas… Quería destruirme… Me abracé a aquellas ramas y continué llorando, hasta que la cordura dejó mi mente.

 

 

 

Abrí mis ojos sin saber qué hora era realmente y pensé que todos estarían buscándome, pues nadie sabía nada de lo sucedido. Ya me encontraba mejor. Sabía que tenía que enfrentar la realidad… Sabía que tenía que dar explicaciones. De pronto me arrepentí que haberme quitado la ropa… Parecía una desquiciada y no podría volver así al Palacio del Invierno. Intenté dar con una solución, pero ¿cuál? ¿Cómo explicaría que me había quitado toda mis ropas después de haber disuelto la Inquisición? Todos juzgarían mi decisión, y la verdad que con razón… Quizás si volvía sobre mis pasos y buscaba mi ropa suponiendo que nadie la había tomado “prestada”:

Salté hasta el suelo y vi a lo lejos a Dorian, cargando mis vestimentas y su aura amarilla sobre él, buscándome. - ¡Dorian! – grité. Mi amigo se giró rápidamente y corrió hacia mí.

- ¡Por el Hacedor, Elentari! – dijo cuando vino a mi lado y me miró con disgusto. - ¿Qué haces así? Pareces una desquiciada… - Yo tomé mis botas, se las quité y me las puse.

- Lo estoy. – contesté aun lidiando con la botas.

- Tu brazo, ¿qué sucedió? – me pasó mi guante y me colocó mi camisa roja, luego la acomodó y puso el lazo azul alrededor de mi cintura, finalizando el atuendo con el cinturón que también había tirado. Luego cerró sus ojos y conjugó un hechizo haciendo que un antebrazo mágico ocupara el lugar del arrancado. Yo miré con sorpresa: nigromancia. Moví mis dedos y respondieron a mis pensamientos, como si nunca hubiera perdido el que era realmente mío. – Servirá para luchar. – me aclaró. – Pero no tendrás sensibilidad… Y respecto al Áncora… No estoy seguro de si volverá a manifestarse. – yo me puse el guante que tenía y él me entregó otro para que me pusiera sobre el miembro nuevo. - ¿Has disuelto la Inquisición? – quiso saber. Yo asentí.  - ¿Se puede saber por qué?

- Sí. Tengo que explicarles muchas cosas.

- Muchas. – dijo. – Principalmente por qué es la tarde y no te habíamos encontrado desde que saliste del Concilio.

- Necesitaba espacio y aire.

- Veo… te has quitado la ropa. – dijo. – Leliana está que arde ante tu ausencia. Cullen ni te digo. Está muy nervioso. – Cullen… pobre. Mi rostro se entristeció. - ¿Qué sucede, bella?

- Nada, amigo. – mentí. – Y todo al mismo tiempo. Vamos, tenemos que hablar con mis Consejeros…

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Cuando finalmente estuvimos todos reunidos en un ámbito privado con la Divina Victoria, comenzó una discusión acalorada. En la habitación estábamos mis Consejeros y el resto del grupo de la Inquisición.

- ¿Dónde te habías metido? – comenzó Josephine molesta. - ¿Sabes cuántas explicaciones he tenido que inventar sin saber nada de lo que sucedió?

- Lo siento.

- ¿Crees que fue lo más prudente disolver la Inquisición? – interrumpió Cullen. – Necesitamos nuestras fuerzas.

- Principalmente ahora que mi Nación se encuentra al borde la guerra con los Qunari. – agregó Dorian.

- Y debemos estabilizar las negociaciones con Las Marcas Libres… - dijo Varric.

- Además de que el Colegio de Encantadores necesita el apoyo de la Inquisición. – dijo Josephine.

- Querida, no vayas por ese camino. La lealtad de la Inquisición debería estar con el Círculo de Magos. – se quejó Vivienne. – Fiona fue un instrumento útil, pero no sabe ver lo que le conviene.

- Lo importante aquí es hablar de la invasión Qunari. – se quejó Cassandra levantado la voz. - ¿Tienen idea de lo que significa que tanto el Castillo de Denerim como el Palacio del Invierno hayan sido interceptados por enemigos? ¡Es caótico!

- ¡Por eso necesitamos las fuerzas de la Inquisición! – levantó su voz Cullen otra vez. 

- ¡¡Fuerzas con las que no contamos, Comandante!! – dijo Dorian dando un giro molesto hacia un costado, notoriamente en desacuerdo con la disolución de la Organización.

- Y otro tema es Fen’Harel… - sumó Toro. – No nos olvidemos de él…

Mi cabeza explotaba.

- ¡Basta! – interrumpió Leliana. – Quiero saber por qué has tomado esta decisión, Elentari. La Inquisición podría haber actuado como escolta de honor mía… – yo asentí y les conté toda la verdad. Desde la identidad de Solas y su propia historia, hasta que nos habíamos visto y que me había dicho que tenía planes de desgarrar el Velo y dejar que ardiéramos en el caos, mientras él pretendía instaurar el mundo de los elfos, así como el problema con el Áncora de Fen’Harel y el hecho de que eventualmente acabaría matándome, como me lo había dicho su propio dueño, Solas. Les conté también acerca del Orbe y Corifeus y los Agentes de Fen’Harel que habían permitido que los venatori lo localizaran, así como los espías en la Inquisición, por lo que había decidido que era tiempo de deponer el poder. Nuestra Organización era corrupta, como lo había notado cuando tuvimos el problema con los barriles de Gaatlok y la invasión de los Agentes de Fen’Harel.

Luego de dar aquellas noticias sentí un silencio funesto en el grupo. Claro, para muchos de ellos era demasiado para digerir, como lo había sido para mí. Solas había sido nuestro compañero y todos habíamos aprendido a quererlo de diferentes maneras, pensar que quería matarnos era una traición dolorosa. Además estaba el hecho de que teníamos tres frentes de guerra: Hain, Solas y los Qunari.

- ¡Jah! – Sera comenzó a reír. – Siempre estuviste enamorada de Solas y resultó ser un mentiroso y nuestro enemigo. – seguía riendo. – Te dije que era un idiota… - todos guardaron silencio, pues Sera se había pasado de la raya.

- ¿Estás segura de esto, Elentari? ¿Tú lo crees? – preguntó Cassandra. Yo asentí.

- Yo lo creo, Cass… y lo siento mucho. – la historia de Fen’Harel probaba que el Hacedor no era real, o al menos ponía en duda lo que creían… Cassandra y todos los fervientes Andrastianos de mi grupo lo habían comprendido.

- Las implicancias de que nuestro mundo exista por la creación del Velo pone a nuestras creencias bajo la lupa. – dijo la Buscadora.

- Mierda… - suspiró Toro. – Sabía que Solas ocultaba algo, pero nunca pensé que fuera esto…

- Demonios… Risitas nos la ha jugado todo este tiempo. – dijo Varric. – No lo puedo creer. – Dorian se acercó a mí y me abrazó, pasando un brazo sobre mi espalda y allí se quedó para darme su apoyo. Cullen me miró deseando ser él quién estaba a mi lado, yo lo miré y luego bajé mi vista, no estaba segura de qué había implicado la presencia de Solas entre nosotros dos, haber vuelto a sentir sus labios había dejado un sabor más amargo que aquella vez en el Más Allá, pero al mismo tiempo había despertado en mí esa obsesión que me provocaba.

- Siempre lo respeté. – dijo Cassandra. – Pensar que ahora desea acabar con nuestro mundo, debo admitir que me duele un poco.

- Como a todos. – le dije yo y Dorian acarició mi hombro.

- En Tevinter… - comenzó Dorian. – Formaré parte del Magisterio. Mi padre ha muerto y lo reemplazaré en el cargo, formalmente.

- Excelente. – dijo Leliana, yo la miré con algo de desaprobación, me hubiera gustado que no mostrara tan abiertamente el deseo que tenía por más poder, pues estábamos devastados, yo a duras penas me mantenía en pie, aunque ellos no lo supieran.

- Con una colega de confianza mía, maese Maevaris Tilani, hemos formado un grupo al que llamamos los Lucerni para recuperar y redimir Tevinter. Nos encargaremos de mejorar las relaciones con el Sur y de cambiar las cosas en mi Nación, siguiendo el ejemplo de una amiga mía: Elentari Lavellan. – yo lo miré y le sonreí con pesar.

- Necesitamos más que nunca fuerzas militares. – dijo Cullen. – El Norte está al borde de la guerra…  

- Podría destinar unas tierras en Ferelden para que se funde un Santuario para los Templarios que quieran dejar su adicción al Lirio. Claro que solo sería un manto de humo y tu misión sería formar un ejército Templario para la guerra que se avecina. – dijo Leliana, Cullen la miró molesto. – No me mires de ese modo, Cullen. Tú bien sabes que necesitamos fuerzas y necesitamos tus capacidades.

- Es cierto, Cullen. – pidió Dorian. – Me vendría bien un ejército Templario para custodiarme. – le sonrió al Comandante con pesar, pero se podía notar que nuestro mago de Tevinter tenía miedo por el futuro de su Nación, y hasta podría decir que lo notaba algo “desesperado”. – Pero ¿lo permitirá Ferelden? Acaban de echarnos de Feudo Celestial, básicamente.

- Esta vez hablaré directamente con Anora, la Reina Regente. Ella lo comprenderá. – aclaró Leliana.

- Piden demasiado. – replicó Cullen y desvió la mirada hacia sus puños, que estaban cerrado y apretados con fuerzas. – No es un juego para mí el futuro de ningún Templario. Yo lo he sido y sé lo que atravesamos, no permitiré jamás que el Santuario sea un manto de humo. – ahora miró a Leliana con determinación. – Si lo que quieres es que forme un ejército lo haré, pero olvídate de manipular a mis hermanos de la Orden. No. Los ayudaré genuinamente y también los entrenaré. Pero no jugaré con ellos. – yo sonreí con pesar al escucharlo hablar tan imperturbable y digno de ser seguido. Cullen era ese tipo de personas difíciles de encontrar en el mundo. Capaces de entregarse completamente a los demás, sacrificando su propia vida.

- Nada que no puedas lograr, Comandante. – dijo Cassandra. Leliana asintió. – Tienes las aptitudes necesarias para lograr lo que propones. Confiamos en ti. – dijo y noté en su voz admiración genuina. Cullen la miró y le sonrió en agradecimiento, ella le devolvió el gesto y una vez más noté el respeto que ambos sentían por ellos. – Lo que necesites… sabes que cuentas conmigo. – agregó Cassandra.

- Gracias. – le dijo él.

- Josephine podría acompañarte y estrechar relaciones con los enanos de Orzammar para destinar Lirio al Santuario, mientras quienes acudan van dejando paulatinamente su adicción. – agregó Leliana. – De ese modo podrías seguir haciendo uso de tus antiguas habilidades, sin usar Lirio, y podrías sernos de utilidad en el futuro también como el Templario que has sido. – la mirada de Cullen se entristeció.

- He dejado de lado aquella vida.

- Quizás no deberías. – propuso la Divina Victoria.

- Cullen es libre de hacer lo que desee. Si no es su deseo volver a usar aquellas habilidades, debemos respetarlo. – me quejé, molesta.

- A veces debemos hacer sacrificios, Inquisidora. – dijo Leliana y me sonrió. – La Inquisición se disolvió a ojo de nuestros Embajadores de Orlais y Ferelden, pero seguirá existiendo en la confianza de nuestra hermandad. Cada uno de nosotros seguirá desempeñando el papel que les fue asignado y saldremos adelante también en esta batalla. – luego miró a Cassandra. - Tu Cassandra podrías trabajar en Las Montañas del Cuerno del Cazador para recuperar a los Buscadores.

- Respecto a ese tema. No creo prudente que digamos que no soy la Heraldo de Andraste. – dije. Cassandra me miró molesta.

- ¿Quieres que mienta a los habitantes de Thedas?

- No quiero que mientas, necesito que lo hagas. Hain no debe saber que todo ha sido una farsa o pondremos más enemigos sobre Dorian y no es momento de debilitarlo en Tevinter, sino de darle más poder. Además si queremos decir la verdad ¿no sería conveniente contar que Fen’Harel dio posibilidad de existir a este mundo cuando creó el Velo y cortó la conexión directa entre el mundo de la vigilia y del sueño? – fue un golpe bajo hacia Cassandra, pero si ella quería decir que yo no era la Heraldo de Andraste, tanto me valía que también dijera que el Hacedor no existía. Cassandra bajó la mirada, pues no estaba dispuesta a decir aquel relato a toda una sociedad creyente.

- Por el momento no se dirá nada al respecto. – ordenó Leliana. – Elentari. – continuó, dando por zanjado aquel debate. – Quizás podrías pasar una temporada en el Colegio de Encantadores, ordenando la forma de llevar a cabo el aprendizaje de la magia sin custodia de la Capilla. Al ser una maga dalishana no estás contaminada con las enseñanzas del Círculo.

- ¿En serio lo propones, querida? – interrumpió Vivienne. – Estoy formando parte de esta misma reunión de complot, y ¿eres tan osada como para favorecer al Colegio y no al Círculo estando yo presente? ¿Crees que lo aceptaría? – Vivienne revoleó su báculo que lo sostenía con su mano derecha. Lo noté como una amenaza, pero al poco tiempo me di cuenta de que era una costumbre, pues estaba tan acostumbrada a caminar con el báculo sobre su mano que su enojo se manifestaba a través de los movimiento con éste. – No permitiré que se debilite al Círculo de Magos a expensa del fortalecimiento del Colegio de Encantadores. – su voz sonó como un trueno que daba aviso de que comenzaría una tormenta.

- ¿Prefieres que te mienta? – la miró Leliana con una dulce sonrisa y con una suave voz, casi un canto, contrarrestando con el enojo de Viv. Todos estábamos tensos, pues eran dos arietes de guerra a punto de chocar y nosotros no queríamos que se estampillaran unas contra otras. – Creí que eras una mujer inteligente y que apreciabas la verdad. – dijo y luego endureció su mirada. – Es de tu conocimiento que quiero cambios respecto al trato hacia los magos. Se hará como digo, de lo contrario la Capilla retirará el apoyo al Círculo de Magos.

- Eres muy osada, querida. Ya veremos cómo terminamos solucionando este problema. – contestó la maga mirando hacia el suelo y percibí cómo estaba controlando su aura que estaba desatada por la ira.  

- Se solucionará como yo lo diga. – amenazó. Vivienne y la Divina Victoria se dedicaron una larga mirada. – De todas formas no pienso dejar solo al Círculo. Voy a destinar a una gran amiga allí: la Heroína de Ferelden, Praianna, les hará una visita para fortalecer alianzas. – Viv hizo una pequeña reverencia sorprendida, pensando en las ventajas que significaría tener a la Heroína de Ferelden en el Círculo de Magos.

- Vaya, querida. Me disculpo entonces, pues no supe escuchar hasta el final sin interrumpirte. – sonrió complacida.

- Espero que no lo vuelvas a hacer. – amenazó Leliana.

- Envía a Alistair conmigo al Santuario. – pidió Cullen interrumpiendo aquel clima entre las dos. La Divina Victoria lo miró con sorpresa pero luego pensó en sus palabras.

- Podría hablar con él. – dijo Leliana. – Yo no formo parte de los Guardas Grises, pero tenemos muy buena relación, y será solo por un tiempo. Ambos se beneficiarán: Praianna podrá estudiar sobre la Llamada de los Guardas en el Círculo y Alistair te será útil para ayudar a los Templarios. – sonrió. – Me gusta la propuesta, Cullen. Así lo haré.

- ¿Crees que aceptará? – preguntó Toro. - ¿No que los Guardas no se entrometen en problemas que no involucra una Ruina?

- Es así. Pero Alistair no es como todos los Guardas y no es tonto. – aseguró Leliana. – Sabrá comprender que su presencia es necesaria. De todos modos podrá negarse. – aclaró.

- Con respecto a Las Marcas Libres… - dijo Varric.

- Nos mantendremos en la línea que hemos establecido en Feudo Celestial. – dijo Leliana sin dar más explicaciones a quienes no estuvieron en la reunión. Varric asintió.

- He nombrado condesa a nuestra Inquisidora en mi ciudad. Cuentas con tierras y hogar propio en Kirkwall si deseas ir allí algún día. – yo le sonreí.

- Gracias, Varric. – le dije.

- También estableceré una alianza comercial y política con el Consejo de Wycome, para darle fuerza al brazo político de tu Clan, pequeña. – yo volví a sonreír, agradecida.

- Yo acompañaré a Cullen al Santuario de Ferelden, y una vez asegurada el comercio con los enanos partiré a Antiva. – dijo Josephine. – Seguiré la línea de comercio discutida con Varric, así que Vizconde Tethras, ya sabes que deberás comerciar también con la casa Montilyet. – ambos sonrieron.

- Él es un lobo solitario, pero no es malo, quiere ayudar. Peso inaguantable, el lobo se retira para reunir su clan. Su mordida dolerá. – dijo Cole interrumpiendo. – Volveré al Más Allá y estaré cuando me necesiten. – fueron sus palabras y desapareció. El Lobo se retira para reunir su clan. Su mordida dolerá. Estaba claro que se había referido a Solas. Me estremecí al pensar en el dolor que me provocaría su mordida.  

- ¡Cole! – llamé, pero él ya no estaba. Suspiré y me concentré en seguir con la reunión y no desviar mi atención ya que si pensaba demasiado en él, nuevamente querría caer en aquella depresión. - Sera. – dije y ella me miró. – Tú serás los ojos silenciosos de la nueva Inquisición. – le pedí. – Con tu grupo de Jennys quiero que estés alerta sobre cualquier pista que pueda conducirnos a Solas o su rebelión. – Sera asintió. Thom Rainier se acercó a ella y apoyó su mano sobre el hombro.

- La acompañaré. – dijo. – Formaré parte del grupo de Jennys y nos encargaremos de traer información necesaria. – yo asentí.

- Solas lo sabe todo acerca de nosotros. – dijo Leliana. – Quiénes somos, cómo trabajamos, nuestros puntos fuertes y débiles.

- Con la Inquisición disuelta no tenemos ejército ni alianzas formales. – dijo Cassandra.

- Tenemos lo que necesitamos: nosotros. – sentenció la Divina Victoria.

- Buscaremos personas que él no conozca. – dije. – Y lo salvaremos de él mismo… Si podemos.

Chapter Text

Cuando terminamos la discusión sobre el futuro de esta Inquisición clandestina, todos nos despedimos. Dorian volvió hacia Tevinter acompañado por Toro, sin saber lo que había pasado entre Cullen y yo, pues no habíamos podido hablar sobre el tema. Se comprometió a traer más cristales de mensajes para todo el grupo, ya que estaríamos a largas distancias y necesitábamos continuar nuestros arreglos. Varric se retiró hacia Kirkwall con la promesa de que volveríamos a vernos. Sera y Tom siguieron sus propios caminos para ayudarnos con la información que necesitábamos. Leliana y Vivienne se quedaron en Orlais, mientras Cullen, Josephine, Cassandra y yo, volvimos a Feudo Celestial: debíamos dejar aquel castillo ya que la Inquisición se había disuelto.

 

Una vez de vuelta en Feudo Celestial, pedimos a nuestros empleados que ordenaron papeles y ropas. La melancolía se sentía sobre todo el personal, no solo en nosotros. Éramos una gran familia todos los miembros de la Inquisición, y nuestros empleados también nos apreciaban, pues el trato que les otorgábamos era justo y además, tenían salarios. Muchos de ellos se ofrecieron a acompañarnos aún sin que le diéramos nada, para ayudarnos a establecernos en nuestros nuevos lugares. Yo no estaba segura de si lo hacían de buen corazón o si eran Agentes de Fen’Harel. Ya dudaba de todos, por lo que no lo permití.

 

Caminé hasta la rotonda de Solas y miré una vez más sus frescos. Mis ojos se detuvieron en el último fresco incompleto, luego de la derrota de Corifeus. Vi aquella imagen donde el Lobo vencía al dragón: Fen’Harel vencía a Mythal, ¿qué me había querido decir con esta imagen? Yo era sierva de Mythal luego de haber bebido del Pozo de las Penas, pero aquí, frente a mí, tenía al Lobo Terrible atacando al dragón y no sabía qué significado tenía.

Me senté sobre una estructura que a mis espaldas me permitió observar las paredes pintadas y comprendí que en ninguna de ellas estaba yo representada. Solas sólo había pintado mis acciones, pero no había dejado que su creatividad dibujara mi rostro.

Mi corazón lloró nuevamente por la pena de no haberlo comprendido nunca... Fen'Harel... Él era Fen'Harel y yo jamás lo habría imaginado... Fen'Harel que había liberado mi rostro de la vallaslin, Fen'Harel que me había amado, Fen'Harel que me había traicionado... Fen'Harel que quería matarme...

Sentí que se abrió la puerta que llevaba al largo pasillo que terminaba en la oficina de Cullen, me giré y vi llegar a Cullen con unos papeles en manos, llevándolos quizás donde estaba Josephine, concentrado en lo que estaba escrito y seguramente releyendo. Él sintió la presencia de alguien y apartó sus ojos miel de aquellas letras. Ambos nos miramos, estáticos. Mi presencia en la rotonda claramente hablaba de que estaba añorando a Solas y Cullen lo sabía. – Elentari… - oí su voz. Yo me quedé petrificada. Él se acercó a mí y dejó los papeles sobre el escritorio de Solas. - ¿Cómo te encuentras…? – miró a un costado y terminó la frase. – Ya sabes… después de haber visto a Solas.

¿Cómo me sentía? Era una pregunta para la que yo misma no tenía respuestas. Recordaba que había pensado en el suicidio, pero no podía decirle aquello. Recordé el beso con Solas y todas las sensaciones que mi cuerpo experimentó. Pero también recordé el dolor al conocer finalmente aquella maldita verdad que tanto había buscado, recordé aquella sensación de traición y recordé la frialdad glacial de Solas… ¿Cómo me sentía? Como si desde que había asistido al Cónclave había dejado de ser yo misma, me había perdido y no sabía dónde pertenecía...

- No acabo de comprender cómo puede ser que esté dispuesto a matarnos… - le dije. No hablé de mis otros sentimientos, pues no lo creí necesario. Él asintió a mi lado.

- ¿Crees que llegado el momento será capaz de matarte? – lo miré. No lo sabía. Él me sonrió. – No lo sabes… pero dudas. Tienes miedo de que fuera capaz. – yo asentí. – Y tú, ¿podrías?

- No lo sé, Cullen. Si es una amenaza para Thedas, tendré que hacerlo. No se trata de mí. Se trata del mundo… - él asintió a mi lado.

- Por mi parte… puedo decirte que me encargaré de entrenar a los Templarios y tener nuestras fuerzas listas para cuando lo necesites. – yo lo miré. Sentí pena por él. Yo estaba aquí hablando de Solas, sin mencionar nada de nosotros dos, y él estaba dispuesto aún ahora a continuar trabajando para la Inquisición. Él se acercó a mí y me dedicó una mirada intensa, como si quisiera saber qué estaba pensando, pero ni siquiera yo lo sabía. Yo crucé mis piernas sobre el sitio donde estaba sentada y él apoyó unas anotaciones cerca de mi cuerpo, acortando la distancia entre ambos.

- Lamento que tengamos que alejarnos. – le dije.

- Yo también. Pero como has dicho… no se trata de ti o de mí, se trata de Thedas…

- ¿Crees que podremos ganar?

- No tengo dudas. – sonrió. – Pero costará. – yo asentí. - ¿Irás al Colegio de Encantadores? – quiso saber.

- Así es. – le dije. – Al menos durante un tiempo. Tengo que aprender a usar mi magia de los sueños, y estar rodeada de magos creo que me ayudará a estabilizar mis dones.

- Espero que así sea. – ambos guardamos silencio.

- Luego tendré que ir hacia Tevinter… o Kirkwall. Quisiera estar cerca del Norte, ya sabes… por los peligros. – él asintió. - ¿Me acompañarás si te busco? – lo miré mientras se lo preguntaba. Él sonrió.

- Si quieres que lo haga, dímelo ahora, así me encargo de dejar todo en orden para cuando me necesites, debería elegir un Comandante a cargo por si debo dejar mis responsabilidades. – me contestó. Yo sonreí. Cullen era todo lo que yo no merecía. Era más de lo que merecía… Sentí cariño, amor, pasión y culpa… Tener su cuerpo cerca del mío, con la complicidad de haber conocido sus labios, hizo que quisiera besarlo de nuevo, a pesar de todo lo que había experimentado con Solas, y a pesar de que Solas era consciente de mi confusión con el Comandante de las fuerzas de la Inquisición. Creí que frente a tanto dolor merecía una suave caricia…

 

 

Tomé su rostro sin pensarlo demasiado, solo sintiendo, y le di un beso sobre sus labios, fue un beso suave, furtivo, probando la reacción de él para saber dónde nos encontrábamos los dos en nuestra relación. Noté que al sentir la cercanía con mis labios cerró sus ojos, como disfrutando de que me animara a tocarlo a pesar de haber visto a Solas, pero se contuvo, no sabía qué provocaba él en mí. Volví a besarlo, y cerré mis ojos. Lo abracé y sentí que él hacía lo mismo, me devolvía el abrazo y el beso… a pesar de sus dudas, se entregaba a mí. Noté que me abrazó con fuerzas, como si tuviera miedo… como si tuviera miedo de perderme. Y sentí pasión en el beso, pasión contenida. Separé mis piernas, antes dobladas una sobre otra, y dejé que él se situara en medio de ambas y me tuviera aún más cerca. Sentí su boca apretar sobre la mía y sentí que mi cabeza chocó la pared despacio donde estaba pintado el último fresco: la victoria del Lobo sobre el Dragón… Sentí sus manos acariciar mi espalda y bajar hacia mi cintura, mientras sus labios se movían con deseo sobre los míos y yo dejaba que mi cuerpo acompañara la pasión. Mi cuello extendido para tener más altura, mi cabeza sobre la pared, haciendo mi peinado se soltara parcialmente, mientras sentía que Cullen subía su mano sobre mi nuca y finalmente mi cabello, para acercarme a él y evitar de ese modo que rozara la pared. Yo sonreí y volvía besarlo con pasión, sintiendo nuevamente el deseo en su cuerpo al estar sobre mi cuerpo y la fuerza con la que me tomaba, me dejaba claro que no quería perderme o separarse de mí… Yo tampoco quería perder el calor de sus caricias o la dulzura de sus besos, pero acababa de darme cuenta de que pronto ya no estaríamos juntos, ¿qué significaría ello para ambos? ¿Olvidaríamos esto que sentíamos? Volví a besarlo, con mayor desesperación ante la posibilidad de perderlo, y sentí que ahora él era quien me introducía la lengua mientras me besaba, con la misma sensación de miedo por perderme. Yo hice lo mismo y comencé a agitarme al sentir tanta cercanía y deseo de fundirme en él y en un encuentro sexual furtivo para unir nuestros cuerpos antes de separarnos físicamente.

De pronto me di cuenta de que estaba besando a Cullen en aquel sitio que había sido el cuarto de Solas, donde él había teorizado la creación del Velo sin pensar en sus consecuencias… Estaba besando a Cullen después de haber besado a Solas… ¿qué estaba haciendo?

Solté los labios de Cullen de golpe, él lo sintió y detuvo el beso, dejando su rostro sobre el mío, pero sin avanzar. Sentí sus manos sobre mi cintura y su respiración agitada. Luego con fuerza de voluntad alejó su rostro del mío y abrió sus ojos. Creo que notó la culpa en mi expresión, y simplemente acarició mi mejilla. – Lo siento. – me dijo. – Aun lo quieres. – afirmó. Sí, aun lo quería, pero también quería a Cullen y no quería lastimarlo.

- No es eso… - dije. – Es que… este lugar… siento que le pertenece a él. – miré toda la rotonda. – Todo este castillo fue suyo. Pero aquí fue donde Solas teorizó su hechizo para crear el Velo. Aquí fue donde pasó su mayor tiempo creativo con la sintonía de una magia única y milenaria. – Cullen soltó mi cintura y me dio espacio. La distancia que había tomado era también para serenar sus pulsaciones cardíacas y reponer su respiración.

- Cuando tuviste aquella experiencia de tortura me dijiste que yo era capaz de fortalecer el Velo y evitaba que ingresaras al Más Allá, ¿cómo funciona eso? – quiso saber. - ¿Solas es el causante de mis habilidades Templarias? – negué con un gesto.

- Los magos somos aquellos seres que mantenemos el contacto con el Más Allá; esto nos permite poder modificar la realidad. Ya sabes, crear hechizos de todo tipo. Los Templarios así como los Buscadores, son seres que refuerzan la realidad, al contrario de los magos. Sí, la existencia del Velo es lo que lo permite; pero tus habilidades son una condición que has logrado con perseverancia y fe. Solas no tiene nada que ver con ello, solo por el hecho de ser quien creó el Velo…

- Si Solas es quien permitió que este mundo exista como lo conocemos… - guardó silencio durante unos segundos. - ¿Recuerdas que te había dicho que tenía una crisis de fe? – asentí. - ¡Imagínate ahora! – sonrió cansado. – El Hacedor posiblemente no existe… Somos consecuencias de la venganza de Solas… - ambos guardamos silencio. Nos separamos un poco más de la naturaleza conocida y nos sentimos un poco más inseguros al desprendernos de la posibilidad de que un ser superior nos cuidara desde el Más Allá.

- ¿Qué representa para ti esta crisis de fe? – quise saber. Él pensó la respuesta.

- Aún no estoy seguro. Siempre que me sentí vulnerable, me refugié en mi religión y volví a tener fuerzas para seguir adelante. – guardó silencio, como recordando episodios difíciles en su vida.

- ¿Cómo lo acontecido en el Círculo de Ferelden? – él asintió.

- Eso y Kirkwall… Tampoco fue sencillo lo que experimenté allí. Mi desprecio hacia los magos hizo que aceptara muchas cosas que no debería haber aceptado nunca. Luego de un tiempo solo fui capaz de comprender que algo no andaba bien y por ello no tenía paz. Pero mi religión siempre fue mi sostén ¿Me pregunto qué me sostendrá ahora, si tengo dudas? – guardamos silencio… ¿Qué sería?

- Yo también creía en los dioses del panteón élfico y les profesaba devoción ¡Soy la Primera de mi Clan! – dije sonriendo amargamente. – Eso significa que me han criado rodeada de todas las leyendas erróneas de los dalishanos. Imagínate que cuando comprendí que podrían ser un error, me sentí infinitamente sola…

- Es como me siento ahora… - yo tomé su mano.

- Pero de todas formas alguien creó a Solas, y a los elfos de la antigua Arlathan… - dije intentando suavizar la sensación de pérdida de su religión. Le sonreí. - No estás solo. – en realidad había querido decir “yo estoy contigo”, pero no habían salido aquellas palabras de mi boca. Él me miró y sonrió con cansancio. Apoyó su otra mano, encima de la mía, que lo sostenía.

- Tú tampoco. – le sonreí. Retiré mi mano de las suyas y lo abracé. Él me devolvió el abrazo y permanecimos en silencio durante un tiempo, acompañándonos. Luego Cullen se alejó de mi cuerpo y acarició mi mentón. – Siempre estaré cuando me necesites. Tómate el tiempo que desees. – yo sonreí. – Ahora… - dijo yendo a buscar los papeles que había dejado sobre el escritorio. – Tengo que llevar estos informes a Josephine… Si me disculpas… - dijo y avanzó hacia la puerta para retirarse. No quería perderlo, no quería no volver a sentir su cuerpo, sus besos, su compañía… Y una vez más… tomé riesgo a pesar de lo desastroso que podría acabar todo… Me puse de pie y me acerqué a él para retenerlo, lo tomé del brazo, lo giré hacia mí y lo besé de nuevo para que supiera que aunque estaba confundida, aun estaba dispuesta a darle una oportunidad a esto que estábamos empezando entre los dos.

Cullen me besó nuevamente y sentí que volvía a dejar los papeles sobre el escritorio, aunque escuchamos que algunos de ellos cayeron al suelo, pero él me abrazó y dejó que aconteciera aquel desorden. Yo sonreí sobre sus labios y lo abracé, mientras continuamos en aquel beso condimentado con miedo por la pérdida que significaría no tenernos a uno al lado del otro en los próximos meses en los que estaríamos tan lejos...