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Rompiendo mis esquemas

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Wade ingresó a una habitación espaciosa y oscura sintiendo un estremecimiento recorrerle la columna. Era un maldito mercenario, lidiaba con hombres peligrosos a menudo, pero ninguno le producía tanta incertidumbre como aquel hombre. Quizá se debía al nauseabundo trabajo de Leavenworth. Experimentaba con personas y los vendía como armas, al igual que Francis.
En lugar de asistir al sitio para hacer un trato con él, debió haber llevado todas sus armas para volarle los sesos. Oh, sí. Cuánto placer le causaría acabar con ese hijo de puta.
A pesar de tener la máscara puesta, el fétido olor a moho y carne podrida perforó sus fosas nasales. No esperaba que lo recibieran en un hotel de cinco estrellas, pero ese edificio abandonado le producía demasiado asco.
«Por lo menos una limpieza rápida, ¿no?».
—Llegas tarde. —La voz gruesa del hombre que lo contactó hizo eco en la habitación.
No fue complicado caer en cuenta de que se trataba del jefe. Su obesa figura, imponente y segura (como un versión barata de Majin Boo, pero de color oscuro); su traje prolijo y brillante, y las joyas de oro magníficas y voluminosas que adornaban su cuerpo lo evidenciaban. Detrás de él, estaban cuatro hombres corpulentos, vestidos de negro, cuidándole la espalda.
—Leavenworth —siseó.
—Siéntate. —Señaló con el dedo índice la silla que se encontraba al otro lado de la mesa, justo frente a él.
Wade obedeció en silencio. Sabía con qué tipo de persona lidiaba. Hacer un mal chiste sobre su rotunda seriedad, su desagradable apariencia o su nombre innecesariamente largo podría traer consecuencias. Leavenworth tenía información, y dicha información le propiciaba ventajas.
—Soy todo oído —dijo, se recostó en el respaldo de la silla y cruzó las piernas para dar una actitud indiferente.
El hombre esbozó una sonrisa maliciosa que le provocó un cosquilleo en las piernas. «No sean mal pensados, malditos pervertidos».
—¿Has oído hablar del héroe arácnido? Entendería si no. Es un joven idiota y se dedica a patrullar la ciudad, nada relevante.
—Entiendo.
Spiderman. El chico que patrullaba las calles de New York y ayudaba a la gente corriente.
—Pero se ha metido en asuntos míos, y déjame decirte que cuando alguien hace eso logra irritarme. Es un metiche, no quiero que vuelva a vigilar a mis hombres ni que me ocasione problemas. ¿Entiendes?
Depositó una maleta en la mesa, ocasionando un sonido retumbante. Uno de sus hombres abrió el maletín.
Wade pudo entrever los fajos de billetes que abarrotaban el maletín. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba.
—¿Quieres que lo mate? —preguntó.
—No, quiero que me lo traigas. Recibirás la otra parte del pago entonces. No falles.
—No lo haré.

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Peter apreció la ciudad de New York desde lo alto. Durante la noche, era semejante a un cielo oscuro salpicado de estrellas infinitas. Algo precioso, sin duda, que compensaba las horas de trabajo duro ayudando a la gente.
«Es hora de volver a casa», se dijo, con la vaga esperanza de que no fuera demasiado tarde. Tenía la certeza de que si excedía el toque de queda su padre le armaría una escena.
Se columpió con agilidad edificio tras edificio, sintiendo el viento colisionar con su cuerpo, mientras oía los murmullos lejanos de la ajetreada ciudad.
Mas una voz gruesa y potente atrajo su atención. Se detuvo de inmediato y bajó con cautela para investigar, procurando hacer el más mínimo ruido. Silbó bajito cuando reparó en tres hombres encapuchados alterando un cajero automático dentro de una cabina.
Solía enfrentarse a saqueadores de cajeros muy seguido, pero en ninguna de las ocasiones estos portaban armas tan avanzadas y extrañas. Aquellas armas, concluyó, debían servir para algo más que acabar con el enemigo.
Con extrema facilidad, uno de los ladrones disparó una chispeante energía violeta y partió en dos la máquina. Su colega utilizó un tipo de arma anti gravitacional para terminar de hacer a un lado el pedazo de metal y permitirle a los demás recoger el dinero.
Ninguno se percató de su presencia. En silencio, se recostó en la pared más cercana adoptando una pose intimidante y carraspeó para llamar la atención.
—Ejem, ejem. ¿Se les perdió algo? —dijo, e hizo sonar su voz más gruesa.
El hombre que partió el cajero giró y disparó sin trastabillar. El vidrio se quebró y permitió aquella energía ir hacia su objetivo.
Él actuó con rapidez y esquivó el ataque, dando un salto que lo llevó hasta una pared. Se adhirió y lanzó su telaraña en diferentes direcciones con la intención de inmovilizarlos.
No le apetecía tener una larga pelea. Estaba algo cansado y quería llegar a casa.
—¿Me sostienes esto? —murmuró en un tono burlón, al tiempo que disparaba su telaraña a las manos de un sujeto. Estiró con fuerza y lo arrojó hacia una esquina para que no estorbase—. Gracias.
Luchó contra el siguiente sin mucha dificultad, mientras recitaba chistes que parecían hacer enfadar al grupo. Cuando estaba a nada de acabar con el último sintió una abrasadora energía de color azul que lo mantuvo suspendido en el aire durante segundos.
—Es-to se siente raro —balbuceó, arrojó su telaraña al arma y la hizo a un lado. Sin ellas sería más sencillo dejarlos inconscientes y amarrarlos, pensó.
Sin embargo, el sonido de un disparo y la imagen de la bala recorriendo el cráneo del sujeto que hacía unos instantes lo tenía arriba lo aturdió. El hombre cayó al suelo mientras la sangre manaba de su cabeza y se creaba un enorme charco alrededor.
Peter sintió la bilis en su garganta. Tragó duró para evitar vomitar dentro de la máscara del traje.
—¡¿Pero qué?! —gritó. Su pecho subía y bajaba a una velocidad inquietante. Olvidó como respirar con normalidad.
—De nada, Spidey —habló una voz chillona y aguda desde una esquina.
Se trataba de un sujeto que vestía un traje rojo y negro, algo similar al suyo, pero repleto de armas letales. Estaba recostado en una columna, al parecer entretenido con la escena. La pistola recién usada yacía en una mano todavía, seguro no tenía intención de bajar la guardia.
Peter trató de normalizar su respiración. Recordó el ejercicio que su tío Bruce le había enseñado una vez a su papá Tony para controlar los ataques de pánicos.
«Inhala, exhala. Inhala. Exhala».
—¡¿Pero qué carajos te pasa?! —exclamó con furia. Sus mejillas ardían y probablemente estaban teñidas de un rojo intenso como el de su traje.
—¿Con esa boca besas a tu madre? Sé más amable, Spidey. Te acabo de salvar la vida. Me debes una. —Se paseó por el lugar y actuó (o quizá no) como si estuviera ignorándolo.
Peter sacudió la cabeza con brusquedad.
—No tenías que matarlo. Lo tenía controlado —dijo entre dientes. La rabia le provocaba intensos cosquilleos en el cuello.
—¿Ah sí? Pues eso no es lo que yo vi.
El hombre se acercó a su víctima y le dio una leve patada en la cabeza con indiferencia.
—¡No me importa lo que viste o creíste ver! No debiste matarlo. La policía vendrá enseguida y tendré que entregarte.
Se preparó para atacar. Tenía la certeza de que aquel sujeto haría lo mismo, pero en su lugar dejó salir una risa áspera y limpió sus falsas lágrimas por encima del traje.
—¿Tú y cuántos más, Spidey? —dijo él.
—Hablo en serio. No te conviene hacerte el gracioso.
Su irritación era palpable. Espiró una gran bocanada y se obligó a mantenerse firme, pese a que deseaba marcharse ya.
—Aww, eres tan lindo cuando te enojas. ¿Te molesta si nos quitamos una selfie?
—¡Imbécil!
Peter estaba cansado. Había sido un día largo y haberlo concluido con un asesinato, un demente burlándose de él y posiblemente un regaño de su padre lo tenía frustrado.
En un veloz movimiento, aprisionó al demente en la pared y se aseguró de cubrirle todo el cuerpo para que no escapara. Lo mismo hizo con los tres ladrones restantes.
—Karen, avisa a las autoridades —ordenó a su IA.
—Enseguida, Peter —respondió la dulce voz de Karen.
—Vaaya, desde aquí tengo una perfecta vista de tu trasero.
Peter se encargó de taparle la boca con más telarañas. Aguardó unos minutos hasta que oyó la sirena de la patrullera y abandonó el lugar.
***
—¿Podrías dejar de seguirme? —habló con voz áspera.
Iba caminando por un callejón solitario en busca de su mochila, con el maníaco homicida detrás.
—Eh... nop.
—Agh.
Buscó su mochila con desesperación. Aún era temprano, pero prefería estar encerrado en la torre que seguir aguantando los chistes sin gracia de aquel tipo.
Era irritante. Desde que salió a patrullar, se dedicó a perseguirlo y ceñirse sobre él como perro abandonado.
Peter se sintió furioso al principio. Creyó que aquel hombre ya estaba en una cárcel por haber asesinado a sangre fría, pero no. Fue lo suficientemente astuto como para escaparse.
Intentó enredarlo de nuevo, claro, sin embargo fue en vano. El otro escapaba con facilidad y aprovechaba cada intento para presumir su gran habilidad, jactándose de ser, en sus propias palabras, «el puto amo». Después, lo siguió a todos los lugares mientras él combatía con ladrones de bolsos, ayudaba a ancianas o bajaba gatos traviesos de los árboles. En algunas ocasiones lanzó comentarios hirientes y lo llamó aburrido por no asesinar a los sucios ladrones que atiborraban la ciudad.
—¿Qué quieres? —preguntó, escupiendo las palabras. Con el paso de los segundos, la irritación se volvía acuciante y lo absorbía.
—Pasar tiempo contigo como buenos compañeros. Estas historias se vuelven más interesantes cuando hay un dúo de inadaptados sociales trabajando juntos —contestó, indiferente.
Peter arrugó las cejas.
—Yo no necesito un compañero.
—Tal vez no, pero debemos hacer que la trama avance. No está en tus manos, Baby boy.
Formó puños con sus manos al oír el ridículo apodo que le había puesto.
—No me importa. No sé tu nombre y eres un asesino. Jamás me juntaría con alguien como tú. Más te vale tenerlo en cuenta. Llegar a ser mi compañero es tarea difícil.
Vislumbró su mochila pegada a la pared de un hotel barato e inhóspito. Sonrió y se preparó para ir por ella.
La chillona y tediosa voz del tipo, sin embargo, lo detuvo.
—Entonces lo consideraste.
—¿Eh? —Adoptó un tono inquisitivo. Evocó las palabras que había utilizado hacía unos minutos y suspiró—. No, no lo hice.
—Si lo hiciste.
Su cabeza amenazó con estallar ante el enfado que le causaba el tono infantil y ridículo con el que se expresaba. Ni siquiera los comportamientos infantiles de su padre Tony se comparaban a su actitud tan vagamente irritante.
—La mejor parte fue cuando dijiste «difícil», mas no «imposible». No es mucho, pero tendremos a los lectores contentos.
—Déjame en paz.
En un rápido movimiento, lanzó su telaraña y trepó hasta la pared para alcanzar su mochila. La recogió y se marchó del callejón, no sin antes escuchar un grito estridente.
—Por cierto, mi nombre es Deadpool.
***
Peter masticó su sándwich en silencio, mientras oteaba la concurrida calle. Nada fuera de lo común, pensó. Parecía un día apagado y hasta entonces solo había ayudado a cargar las bolsas de dos ancianos y a salvar a un niño de ser atropellado por un coche.
Apenas eran las tres de la tarde. Si volvía a la torre, podría ver alguna película de Star Wars o armar su juego de Lego mientras esperaba a que su padre volviera del trabajo. Durante los últimos meses, patrullar durante todo el día, a no ser que tuviera deberes de la universidad, se volvió una rutina. Cuando volvía a casa, cenaba con su padre y escuchaba las actualizaciones acerca de las modificaciones que él y su tía Pepper esperaban hacer a los acuerdos de Sokovia.
A veces extrañaba a su pops Steve. Conversar con él acerca de sus misiones como Capitán América, sus años en el servicio militar y las aventuras que vivió junto a Bucky Barnes. Ahora, sin embargo, se conformaba con verlo algunas semanas durante el año mientras su papá Tony hacía todo lo posible para que los ex vengadores fueran reintegrados al equipo.
Fueron meses de sufrimiento, en especial para su papá Tony, que se sentía traicionado por el amor de su vida. Al principio, ni él ni su papa tuvieron contacto alguno con su pops. Necesitaban algo de tiempo para recuperarse del dolor. Cuando asumieron la realidad y el dolor pareció disiparse un poco, encontraron la manera de verse con pops y pasar tiempo con él durante pocos días de lágrimas y disculpas.
Él lo perdonó muy pronto, mas Tony se mantuvo reacio a hacerlo durante mucho tiempo, por desgracia. Aunque mentiría si dijera que algunas veces no se divertía con los intentos fallidos de su pops para acercarse de nuevo a su exesposo y conseguir aunque sea una sonrisa.
—Bonita vista, ¿no, Spidey?
—¡¿Pero qué?! —Se sobresaltó. Por unos segundos, perdió el equilibrio. Tuvo que apoyarse con fuerza para no caer y lastimarse.
—¿Te asusté? —preguntó Deadpool con su típico tono infantil.
—¡Idiota! Casi me da un ataque.
—Lo siento. Bueno, en realidad no. Fue divertido ver su reacción y la cara que pusiste.
—Tengo mi máscara, no pudiste ver mi cara.
—Como sea. ¿Cómo estás, compañero?
No lo había vuelto a ver desde que tuvieron esa discusión sobre combatir el crimen como compañeros, pero empezaba a acostumbrarse a las extrañas charlas con Deadpool. Tenía la habilidad de hablar mucho y a la vez no decir nada.
—No somos compañeros.
—Todavía.
Rodó los ojos, irritado. Prefirió observar la ciudad con la esperanza de que surgiera algo interesante antes de irse a casa. Entre estar encerrado sin nada que hacer o soportar a un sujeto súper irritante, prefería mil veces la primera opción.
—Uh, ¿Spidey?
—¿Qué quieres? —dijo en seco.
—Una chimichanga, pero eso no es importante. Aquel hombre está teniendo problemas. —Señaló a un vagabundo que estaba siendo golpeados por dos jóvenes de aspecto extraño en un solitario callejón.
Peter no dudó en acudir. Con ayuda de su telaraña se balanceó entre los edificios y aterrizó a unos metros.
Los tres sujetos repararon en su presencia de inmediato. El vagabundo que se encontraba en el suelo, encima de unas bolsas de basuras fétidas, sonrió. Los jóvenes que lo golpeaban, sin embargo, hicieron una mueca de desagrado y se giraron hacia el chico araña, dispuestos a pelear.
—Podemos hacer esto por las buenas o por las malas. ¿Qué dicen?
Los hombres ni se inmutaron.
—Bien, tendré que acomodar la basura yo también.
—Ja. Buen chiste. —Oyó la voz de Deadpool a sus espaldas. Él se encontraba recostado en la pared y miraba a un punto lejano—. Sí, fue bueno.
Ni siquiera perdió tiempo preguntándose cómo había bajado del edificio con tanta rapidez. Disparó su telaraña a las manos de uno y lo atrajo con brusquedad. Acto seguido, le dio una patada que lo envió junto a los botes de basuras, ocasionando un estruendo.
—Cada cosa en su lugar —murmuró, y se giró con la intención de pelear con el otro.
Pero Deadpool fue más veloz. Se posicionó frente al sujeto, seguro regodeándose, le dio varios golpes en la cara y partes delicadas del cuerpo, y lo envió al suelo con tanta facilidad que por un momento sintió envidia.
Peter tuvo que interferir cuando vio a Deadpool blandir su katana con seguridad.
—¡Espera! No lo hagas.
—¿Por qué no? —Se oyó como un lloriqueo, como cuando a un niño le quitan sus dulces.
—Hay que entregarlos a la policía —explicó con voz apagada.
—Agh, que aburrido.
—Es lo correcto.
—Pero es más divertido hacerlos pedazos. Piénsalo, le hacemos un favor a la sociedad librándonos de estos idiotas.
Peter suspiró.
—No se supone que debamos hacer eso.
—Agh, ser héroe es un fastidio, en especial si implica dejar vivos a imbéciles.
Peter se sintió como en una escena de romance barato en el que la chica hace que, milagrosamente, la perspectiva de un personaje que había demostrado ser un patán de primera cambiara.
—Como sea. Les daré aviso a las autoridades.
Enrolló a ambos con su telaraña y los arrastró hasta el final del callejón, donde las autoridades pudieran encontrarlo con facilidad. No tenía papel ni lápiz, así que improvisó una nota utilizando su telaraña.
—Listo. —Se giró hacia el ser irritante que debía soportar a diario sin motivo. No le agradaba, pero no tenía idea de cómo quitárselo de encima—. Adiós, Deadpool.
—Hasta luego, Spidey.

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—Esto no puede continuar, y lo sabes. Estoy cansado. Me siento utilizado. Entiende que me hieres. Cada vez que me levanto tú te ríes y lo vuelves a hacer, como si mi cansancio no significara nada. —Wade murmuró con seriedad, sin apartar la mirada del rostro angelical frente a él. ¿Quién diría que detrás de esa sonrisa tierna se escondía un ser travieso y vil? Le pasó el objeto, con la vaga esperanza de que su ridículo juego de lanzarlo al piso por diversión terminara; mas erró—. Vamos, Ellie, deja de lanzarlo.
La pequeña se carcajeó, tapándose la boca con las manos y meciendo sus pies de manera adorable.
«Criatura cruel y vil».
Un suspiro cansado se escurrió de sus labios. Revisó la hora en la pantalla de la televisión, en donde se reproducía videos musicales infantiles.
06:00 am.
De verdad que no entendía a su hija. Podía dormir hasta tarde, estaba absuelta de responsabilidades para hacerlo, pero prefería despertar temprano y obligarlo a jugar con ella hasta cansarse. Bueno, aunque sea no era gruñona ni chillaba sin motivo como la mayoría de los niños. ¡Pero aún así! ¡Cuánto daría por tener la oportunidad de holgazanear en lugar de asesinar a bastardos!
Bostezó y agitó su cabeza con brusquedad para disipar el sueño. Si jugaban un rato más, ella se rendiría de una vez y volvería a la cama; sin embargo, él carecía de toda oportunidad para conciliar el sueño de nuevo. Tendría que coger su traje, ir en busca del chico arácnido y pegarse a él como chicle en los zapatos durante todo el día.
—Vamos a… prepararte tu leche —le dijo mientras soltaba un largo bostezo.
—Etas —balbuceó la pequeña de dos años y extendió los brazos para que Wade la cargara. Él lo hizo.
—Galletas. Azúcar. Niña imperativa corriendo en círculos. Definitivamente no.
Ellie hizo un puchero gracioso para reflejar su desagrado. A Wade se le derritió el puto corazón, mas se mantuvo firme. Después de dos años de expresiones exageradamente adorables ya había aprendido a no sucumbir, aunque en cierto modo se debía a Vanessa y sus largos discursos sobre la crianza.
A veces se sorprendía del radical cambio que había sufrido. Un día era un mercenario sin motivación, que solo vivía para satisfacer sus deseos carnales, y al otro se encontraba cargando a un bebé de pocos meses que había encontrado en la entrada de su casa, junto a una nota de una mujer con la que tuvo sexo sin protección.
—¡¿Pero qué carajos es esto?! —Había exclamado ese día.
Gracias a su grito, el bebé abrió los ojos de golpe y llenó el lugar con un chillido estridente que lastimó sus oídos.
¿Pero en qué cabeza cabía la idea de que podría ser un buen padre?, se preguntó. Wade era un desastre andante, una calaña que propagaba su putrefacción por donde iba.
—Lo entregaré —le dijo a Vanessa con seguridad.
Fue gracias a ella que no se arrancó el cerebro —literalmente— ese día, cuando intentó con todos sus recursos callar el llanto de la criatura.
Vanessa lo entendió. Investigó y consiguió toda la información necesaria para Wade. Le dio el número telefónico de una trabajadora social para que se llevara a la niña a un orfanato, en donde probablemente pasaría la mayor parte de su vida esperando ser adoptada y decepcionándose millones de veces.
El valor para hacerlo, sin embargo, se erradicó cuando escuchó la risa de Ellie por primera vez y se le derritió el corazón. Era la cosita más hermosa que había encontrado en su puta vida.
Aún con las continuas advertencias de sus conocidos, decidió quedarse con la niña y tratar de darle una vida decente. Brindarle una vivienda aceptable, educación y, por sobre todo, amor. La vida que el destino no le permitió tener.
Y así lo hizo. Su vida cambió a partir de entonces. Su departamento se volvió apto para la crianza y menos peligroso —tuvo que esconder sus armas en un lugar seguro y fuera del alcance de Ellie—. Cuando estaba en alguna misión, solo deseaba volver a casa y apapachar a su bebé y decirle lo mucho que la amaba. Su trabajo no era el más aceptable ni legal, lo admitía, pero ganaba lo suficiente, y mientras la niña no muriera de hambre estaba bien. Además, las sonrisas que Vanessa y Ellie le obsequiaban al final del día lo valían.
—Aquí tienes, bebé.
Acomodó a Ellie en un sillón y le pasó el biberón con leche.
Ellie aceptó con gusto.
Wade admiró a su tierna hija un rato. La amaba. Ellie lo era todo para él. Amaba su forma de ser, su risa escandalosa y contagiosa, sus divertidas muecas y hasta los absurdos juegos de niña de los cuales era parte. Quería que ella estuviera bien siempre, sin importar qué. Si algún día debía alejarse para mantenerla a salvo, lo haría aunque el dolor fuera desgarrador e incesante.
Vanessa ingresó a la casa minutos más tarde. El día anterior una amiga suya enfermó y ella tuvo que reemplazarla trabajando horas extras.
Wade se encontraba bebiendo café mientras Ellie luchaba para no quedarse dormida en el sofá de la improvisada sala.
—¿Tuviste una mañana dura? —preguntó, adoptando un tono burlón pero a la vez cariñoso.
—Despertó a las seis de la madrugada. He llegado a pensar que tiene un plan maquiavélico para acabar con mi estabilidad. Lastimosamente fracasará.
—Tú no tienes estabilidad.
—Por eso.
Vanessa rio bajito y se aproximó al sillón para cargar a Ellie.
—Iré a descansar. Esta noche tengo libre. ¿Tú ya te vas?
Wade asintió.
—Trataré de volver temprano.
—Cuídate.
Agradecía tener a Vanessa con él. Era una gran amiga y amaba a Ellie como a una hija. Era la razón por la que Wade no había perdido la casi inexistente cordura en el proceso de crianza.
Vanessa llevó a Ellie a la habitación al rato.
Él estuvo un rato recostado en el sillón, examinando sus posibilidades. Apenas en tres ocasiones se había topado con Spidey y no sabía qué pensar. Era un metiche, sí, pero no un mal tipo. Era amable y ayudaba a la gente común sin pedir nada a cambio, un ejemplo a seguir. No obstante, era su trabajo entregarlo a Leavenworth lo más pronto posible y cobrar la otra parte del dinero. Había hecho un trato con gente peligrosa y no estaba dispuesto a asumir las consecuencias de un fracaso.
«Pues ni modo. Ahí voy, Spidey». Se dijo mientras se levantaba del sillón e iba en busca de su traje.
***
Tardó en encontrarlo, pero lo hizo. Spidey iba persiguiendo a dos sujetos que lucían normales por encima de los edificios, pasando inadvertido. Wade supuso que andaba de metiche, como Leavenworth le había advertido, así que prefirió acosarlo a una distancia prudente, dentro de un taxi poco llamativo manejado por Dopinder.
Transcurrieron algunos minutos. Wade tuvo que descender del taxi cuando se encontraban a unas cuadras de un barrio inhóspito y desierto, abarrotado de construcciones en estado deplorable. Corrió detrás de Spidey procurando hacer el mínimo ruido; cada vez que el arácnido giraba la cabeza, se escondía tras una pared o un montón de basura fétida.
En un momento dado, los malos se detuvieron. Spidey se mantuvo en el techo, de seguro expectante, estudiando a su presa.
«¿Qué tratas de hacer, Baby boy?».
Wade no tenía idea de quiénes eran las personas a las que seguía. Conocía a gente muy mala, gente despiadada con la que nunca querrías toparte, pero aquellos rostros jóvenes no los había visto antes.
Se mantuvo quieto, agudizando el oído y examinando la situación. Lo mejor, se dijo, era acercarse a Spidey antes de que hiciera algo estúpido como enfrentarse a esos sujetos, que podrían trabajar para el mismo criminal que lo contrató.
Suspiró bajito y se movió con sigilo. Escalar paredes no era lo suyo, pero utilizó los objetos a su alrededor como ventaja. Se subió a la tapa de un basurero, que ocasionó un chillido estruendoso que debió llamar la atención. Saltó con fuerza y se apoyó con los barrotes de la ventana, maldiciendo bajito por el escándalo que estaba armando. A continuación, fue más sencillo: mantuvo sus pies sobre el alféizar y se sujetó de los caños hasta lograr escalar a la cima, donde un sorprendido Spiderman lo recibió con un golpe.
—¡Idiota!
—¿Te asusté, Baby boy? —expresó con burla, y se ganó un quejido infantil por parte de Spidey.
—¿Ahora qué quieres? ¿No te cansas de seguirme? —demandó con tono arisco. A continuación caminó hasta la orilla de la construcción y oteó.
—Eh... nop. Podría hacerlo todo el día.
—Me doy cuenta. —Suspiró, al parecer frustrado, y se giró de nuevo hacia él—. Escucha, estoy en algo importante. Te agradecería que te marcharas y me dejaras continuar.
Wade rodó los ojos, aunque con la máscara puesta era imposible que Spiderman se percatara.
—¿Qué puede ser tan importante como para dejarme de lado? Me hieres, Spidey. —Se llevó la mano al pecho para expresar su dramatismo.
—¡Idiota! Vas a arruinarlo todo.
—¿Arruinar qué? Tu estúpida persecución que no te ha llevado a ningún lado.
Caminó dando saltitos infantiles hasta donde estaba su compañero. Pudo atisbar a los dos hombres sacando a rastras a un moribundo de una pequeña casa que se asemejaba a un chiquero. Este se sacudía y rogaba para que lo dejaran en paz.
—¿Para qué necesitan a un moribundo? —Se encontró pensando en voz alta su compañero.
—Quizá sea uno de esos apostadores con deudas pendientes.
—No lo creo. He estado investigando a estos tipos y siempre se llevan a personas sin importancia, que tienen enfermedades terminales o viven en situaciones deplorables. Tal vez los usen para experimentar con ellos; tiene sentido porque nadie los buscaría y entonces su organización no corre peligro.
Wade observó a Spiderman con la boca entreabierta y los ojos abiertos de par en par, incapaz de formular alguna palabra.
Era un chico inteligente. Ahora comprendía por qué Leavenworth lo quería fuera de sus asuntos.
—Como sea, no creo que debamos meternos —determinó.
—¿Qué? —Spiderman giró la cabeza en su dirección.
—No es nuestro puto asunto. —Se encogió de hombros.
—¡¿Cómo puedes decir eso?! Están usando a gente inocente para su propio beneficio. Quien sabe si alguno de ellos está siendo torturado o utilizado como experimento de laboratorio mientras tú actúas con indiferencia.
—Tú mismo lo has dicho, son gente sin importancia.
—Pero gente, al fin y al cabo. No puedo permitir que tipos como ellos sigan saliéndose con la suya.
—¿Por qué carajos te importa? —cuestionó, algo irritado por la actitud tan radical de Spiderman.
—Porque es lo correcto —respondió.
Rodó los ojos.
—Agh, los héroes son taan aburridos.
—¡Y tú eres un idiota! —gritó Spiderman sin cuidado, llamando la atención de los chicos malos de abajo.
Lo siguiente, sucedió en cámara lenta. Uno de ellos sacó un arma y disparó hacia Spiderman de inmediato. Wade lanzó un chillido digno de una damisela y se apresuró a interponerse entre la bala y Spidey.
El impacto hizo que cayera al suelo gimiendo de dolor. De fondo escuchaba a Spidey murmurar de manera ininteligible mientras se arrodillaba a su lado.
—Oh, Dios. ¿Estás bien?
—Yo... —balbuceó con dramatismo y terminó de acostarse boca para arriba.
—Tranquilo, llamaré a una ambulancia. Estarás bien. No entres en pánico. Respira hondo. Inhala. Exhala.
Spiderman sacó un celular moderno con la mano temblorosa. Su pecho subía y bajaba a una velocidad inquietante.
—Estaré bien —murmuró Wade, consciente de que jugar con el arácnido no le traería consecuencias positivas.
—Sí, lo estarás. Ahora espera y...
Calló al ver que el pequeño agujero sanaba de inmediato. Wade no pudo verlo, pero apostaba todas sus putas chimichangas a que tenía una expresión de ira.
—¡Imbécil!
—Y pensar que hace algunos instantes parecía una escena de amor trágico.
Spiderman se levantó y examinó la calle de nuevo. Un suspiro cansado y una maldición acompañaron su frustración.
—Se han ido. ¿Cómo lo lograron? Hace apenas unos segundos estaban ahí. —Señaló hacia la zona donde tan solo se encontraba el cadáver del moribundo derramando sangre en grandes cantidades.
—Tal vez era lo mejor. —Se levantó de un salto—. Mejor voy a casa. Te ves muy enojado. Hasta luego, Spidey boy.
La voz de Spiderman impidió su salto hasta el suelo.
—Deadpool.
—¿Sí?
Respiró hondo, como si lo que diría a continuación le costara.
—Gracias por salvarme.
Wade sonrió.
—De nada, Baby boy.

 

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—Estás distraído —declaró su papá Tony al tiempo que le daba un mordisco a su dona.
Peter sacudió ligeramente la cabeza y se enfocó en el desayuno que yacía en la mesa. Ni siquiera había intentado dar un bocado al huevo frito o al tocino que se había preparado.
Su mente estaba abarrotada de pensamientos estresantes y ansiosos debido a la universidad y al antihéroe con el que debía lidiar de nuevo, tras estar tres semanas al otro lado del continente reuniéndose con su pops Steve.
Su papá se encontraba sentado frente a él estudiando algunos gráficos. Peter creyó que estaba demasiado concentrado como para notar su expresión distancia, pero erró.
—Uh... no es nada, papá. Solo estoy algo cansado. Tengo tareas pendientes y... ya sabes.
No había hablado con su papá acerca del extravagante sujeto con el que se había topado. Por obvias razones, tampoco le diría acerca de sus desafortunados encuentros. Asesinato. Sangre. Peleas absurdas e infantiles. Una bala en su dirección. Nada. Con toda seguridad perdería la cordura y le confiscaría el traje de por vida.
—Okay... —Su papá murmuró arrastrando las palabras. Sus ojos achinados en su dirección reflejaron su incredulidad—. Deberías dejar la patrulla algunos días. Ya sabes, para terminar los deberes y estar más tranquilo.
—Ajá. Sí, es bue-na idea. —Asintió para sí mismo—. Ah... debo irme. Volveré temprano.
Recogió su mochila apresurado, con las manos temblorosas y un extraño malestar en el estómago.
Su papá lo estudió con los ojos achinados. No era tonto, Peter lo sabía, por tanto prefirió no pronunciar irse sin darle la oportunidad de un interrogatorio.
—Pet. —Su papá lo llamó antes de que abandonara la cocina—. Cuídate.
—Lo haré.
En cuanto pisó el exterior, un extraño y fuerte cosquilleo se ciñó sobre él. Sus hombros se tensaron y sus vellos se erizaron. Conocía la sensación. Solía hacerse presente cuando había un peligro cerca o alguien con intenciones viles lo acechaba.
Miró a su alrededor, mas no halló nada fuera de lo común. Las personas que circulaban por la calle parecían ensimismadas en sus propios problemas.
«No pasa nada», se dijo. Exhaló el aire que, sin saberlo, había estado conteniendo durante segundos que le parecieron una eternidad. Decidió seguir con su rutina y olvidar la reciente sensación, sin sospechar que horas más tarde se arrepentiría.
***
Peter creyó que Deadpool dejaría de buscarlo luego de tres semanas ausente.
«Se cansará», se dijo, y durante varios días rogó para que así fuera. Quería volver a su vieja rutina sin tener que preocuparse de que lo vean con un sádico y para nada gracioso sujeto.
Por esta razón, su sorpresa fue exuberante cuando la silueta de Deadpool apareció.
Se encontraba en un callejón solitario, que pasaba inadvertido. Le había dicho a su papá que volvería temprano para terminar sus deberes, pero no se veía capaz de estar tanto tiempo solo en la torre. Se cambió con prisa y guardó el resto de su ropa en la mochila, ignorando las constantes alertas que su sentido arácnido enviaba.
—¡Spidey! Tanto tiempo sin verte. —Oyó que alguien chilló a sus espaldas.
Su sobresalto fue palpable. La mochila cayó al piso ocasionando un estruendo y su respiración se aceleró. Peter tuvo que llevarse la mano al pecho y recordarse a sí mismo que no podía seguir siendo tan evidente. Quién sabe qué clase de malvados podría ejecutar Deadpool aprovechando su distracción.
—¡Carajo, me asustaste! —vociferó. Se agachó para recoger la mochila, con Deadpool, de seguro, burlándose.
—Cuida tu lenguaje, Spidey.
Inevitablemente, las comisuras de sus labios se elevaron al recordar las riñas de su pops Steve cuando alguien decía una mala palabra. Por fortuna, Deadpool no pudo apreciar el gesto gracias a la máscara.
—¿Y ahora qué quieres? Creí que ya no te encontraría —dijo desganado. La ilusión de que Deadpool se hubiera dado por vencido se extinguió por completo.
—¿Lo dices porque estuviste desaparecido? La verdad no me importa. Yo podría esperarte toda la vida, Baby boy.
—Y yo podría esperar toda la vida a que me dejaras en paz.
Se giró hacia él.
—¿Por qué lo dices? Creí que la relación había progresado.
Peter rodó los ojos y, en su mente, expresó toda clase de insultos hacia Deadpool y su actitud infantil.
«Desearía estar en casa ahora». Estaría haciendo deberes con la única compañía de Viernes, pero tranquilo, al fin y al cabo.
—Mira. En primer lugar, no existe ningún tipo de relación entre nosotros. Y segundo, así no es como sucede.
—¿En serio? —Deadpool se acercó despacio, y Peter retrocedió unos pasos—. ¿Y cómo sucede, Spidey?
Sintió una corriente propagarse por sus piernas y columna. Dio otro paso atrás, tragando saliva con fuerza, por alguna razón nervioso ante la repentina cercanía de Deadpool.
—No-no sé, pero no de esa manera.
Maldijo miles de veces el hecho de que hubiera tartamudeado.
Deadpool dio otro paso, pero esta vez Peter aguardó, estático. No pensaba darle a entender a aquel sujeto que su cercanía lo incomodaba demasiado, lo haría pasar como una habitual desconfianza.
—Ya veo.
—¿Qué? —preguntó, confundido, al tiempo que enarcaba las cejas.
De nuevo, aquel intenso cosquilleo se hizo presente. Fue raro, porque en las ocasiones previas que estuvo con Deadpool jamás experimentó algo similar.
—Lo siento, Baby boy.
Lo siguiente acaeció en un parpadeo. Deadpool dio un salto ágil, al tiempo que desenvainaba su katana. Peter quiso lanzar su telaraña a la pared de un edificio, pero la katana rozó por su brazo, ocasionando un corte. Gritó de dolor y miró hacia la herida, que ardía como el infierno y manaba líquidos de sangre. Deadpool aprovechó su distracción para golpearlo con fuerza en el pecho y tirarlo al piso. A continuación, golpeó su cabeza con una pesada arma.
Su vista se nubló por completo y su cuerpo, débil, dejó de obedecer a las órdenes de su cerebro. La cabeza le ardía y un líquido ardiente y viscoso se deslizaba por su mejilla.
—Esto me recuerda a una canción —expresó Deadpool, aunque su voz se oía balbuceante e ininteligible—. La de Spidey, Spidey araña subió a su telaraña, vino Deadpool y se lo llevó. Salió el sol y se secó la lluvia, Spidey, Spidey araña…
Y la oscuridad se ciñó sobre él.
***
Oía voces inconexas y lejanas. Peter intentó abrir los ojos, emitir un grito de auxilio o susurrarle a Karen que contactara a su papá, pero cada parte de su cuerpo se sentía pesado y la punzada en su cabeza era acuciante. Ya no llevaba la máscara puesta, lo supo porque el gélido viento azotaba su cara.
—Au —siseó bajito, ahogando un gemido de dolor. Dudó que alguien lo haya escuchado.
Deadpool, supuso, iba arrastrando su cuerpo por el suelo, ignorando los golpes ocasionales que se daba. Oía las retumbantes pisadas, que vivificaban el dolor en su cabeza.
Minutos más tarde, se detuvieron. Peter sintió que alguien cargaba su cuerpo sin ningún cuidado, como un costal de papas. Quiso quejarse, sin embargo su voz era débil y lo único que se escurría de sus labios eran gemidos lastimeros.
—¿Qué... con él...? —Alguien balbuceó. No se trataba de Deadpool, conocía su molesta voz.
—Enciérralo... —Escuchó una frase ininteligible y difusa, como en un desconocido idioma— antes de matarlo...
Y perdió la consciencia de nuevo.

Chapter Text

Las tres semanas sin Spiderman cerca fueron monótonas. Wade lo esperó en las calles de New York durante varios días, sin embargo no hubo rastro de él. No se rindió, claro que no podía, pero decidió aguardar un tiempo y estar en casa mientras, junto a Ellie y Nessa.
Decidió que entregaría a Spidey en cuanto lo volviera a ver. Ya se había tardado y quería concluir la misión con éxito antes de tener problemas con Leavenworth y su banda.
Era una pena, sí, porque Spidey no era un mal tipo. No lo admiraba ni la mitad que al Capitán América, pero tampoco lo aborrecía. Era bueno, se preocupaba por la gente común y todos sus actos estaban justificados. Si los demás fueran como él, las cosas serían distintas, incluso para Wade. Quizá hasta mejor.
A veces se preguntaba qué hubiera pasado si no hubiera tomado tantas malas decisiones a lo largo de su existencia. Tal vez no tendría un trabajo tan mezquino, ni su cara parecería una pasa de uva podrida. Ellie no existiría, pues aunque se avergüence de admitirlo fue producto de una noche de irresponsabilidades, alcohol y drogas. Y lo más probable era estaría muerto de cáncer, y no ideando cómo sacar de las calles a un buen sujeto.
En ocasiones, como esa, sentía asco por sí mismo. Era despreciable, cruel y seguro jamás sería digno de algo. No era un buen ejemplo para Ellie, pero gracias a su egoísmo era incapaz de entregarla; la quería consigo, siempre. Era lo único bueno en su vida.
Dejó salir una bocanada de aire, entre frustrado y enfadado consigo mismo. Cada tanto su mente le recordaba que Spiderman no se lo merecía, y lo irritaba, porque su seguridad no le importaba, claro.
—Agh, tengo que hacerlo.
Con ese firme pensamiento, fue a la cama esa noche. No sabía si al día siguiente se encontraría con él, pero estaba seguro de qué haría en cuanto lo tuviera enfrente.
***
—Fue muy fácil —expresó en voz alta mientras se tiraba al sofá.
Eran las once de la noche. Wade ya se encontraba en casa, pero no tenía intención de ir a la cama. Dudaba que fuera a dormir con tantas sensaciones juntas. La culpa era una inmensa nube oscura que se ceñía sobre él y le susurraba continuamente el vil y poco decoroso acto que había ejecutado.
Sacudía la cabeza a cada rato con la intención de evaporar aquellos pensamientos. Hizo lo que debía, pensaba, Spiderman se lo buscó por andar de metiche en asuntos peligrosos, por intentar hacer lo correcto... y proteger a los demás.
Wade exhaló aire y ahogó un grito de frustración que hubiera despertado a todo el vecindario. Lanzó el aparato que usaba Spiderman para usar su telaraña —se lo robó porque le pareció cool— y se recostó en el sofá.
Decidió que, para alivianar la culpa, vería películas absurdas con héroes y guerras. Encendió la televisión con un suspiro cansado manando de sus labios. Su flojera, sin embargo, era inmensa y pasar los canales en busca de algo era una tarea que le absorbería hasta su última energía. Lo dejó en un canal nacional, donde una mujer comentaba acerca del asesinato que ocurrió ese día en la tarde.
Al parecer, una mujer y su hijo murieron en un asalto a mano armada. El bastardo escapó y los dejó botados sin ningún tipo de culpa.
Tal vez, pensó Wade, si Spiderman hubiera estado cerca habría evitado los sucesos. Pero no. Él se encontraba preso, siendo objeto de tortura de un mafioso insensible.
Wade se cubrió con una almohada y expresó su frustración vociferando incoherencias e insultándose a sí mismo.
Era un hijo de puta sin consideración. Traicionó la casi nula confianza de Spidey y por su culpa quién sabe qué clase de torturas estaría soportando. Debía hacer lo correcto por lo menos una vez en su asquerosa vida e ir a rescatarlo.
—¡No! ¡No! ¡Carajo, no! ¡Agh! ¡Maldito hijo de perra! ¡Ay, puta madre! —Se levantó del sofá y fue en busca de su traje, mientras en su mente se desarrollaba un intenso debate moral.
—¿Wade? ¿Qué pasa? —Vanessa llegó hasta la sala luciendo preocupada. Vestía una remera holgada y un short corto solamente.
—Tengo que hacer algo, Nessa. ¿Estarás ocupada? Necesito que...
—Me quedaré con ella, no hay problema.
Wade asintió en su dirección y le dio las gracias, tratando de ignorar la expresión de cachorrito abandonado de Vanessa. Estaba consciente de los sentimientos de su mejor amiga hacia él, pero se veía incapaz de corresponderle. Para él, Nessa era como la hermana que nunca tuvo.
Abandonó su casa poco después. Conocía una guarida malvada que pertenecía a Leavenworth, el lugar en el que dejó botado a Spidey tras cobrar la otra parte del dinero. Su plan era sencillo y, esperaba que, eficiente: adentrarse al lugar, encontrar a Spiderman, sacarlo antes de que alguien los vea e ir hasta el taxi de Dopinder, estacionado a dos cuadras del lugar. Podría haber ideado uno mejor, y más estratégico, pero tenía prisa y en su mente solo vagaban imágenes del arácnido muerto o con heridas alrededor.
Llegó al sitio media hora después. Se trataba de un edificio muy grande que antes había sido un hospital público; un lugar alejado, que pasaba inadvertido. Había cientos de ventanas habitaciones, y las puertas de entrada y salida estaban vigiladas por hombres alterados genéticamente. Mutados, como él. Wade dedujo que la manera más fácil de infiltrarse era por alguna ventana. Había muchas, y dudaba que hubiera tantos guardias.
Apreció la construcción en busca de una ventana pequeña, alta y lejos de la entrada; una de esas habitaciones en las que los conserjes guardan sus materiales de limpieza. Tenía la certeza de que nadie utilizaría un cuarto así para hacer experimentos raros.
Localizó una ventana rectangular por encima de un montón de basura nauseabunda. No era bueno trepando paredes, no como Spidey, pero podría hacer buen uso de la lanza telarañas.
Apuntó hacia la pared, encima de la ventana y disparó. Estiró la telaraña con fuerza, para probar su eficacia y al no encontrar posibles fallas, empezó a subir. Pisaba la pared del edificio, mientras se sujetaba para no irse espaldas y atraer la atención.
No obstante, su misión paró cuando dos hombres de gran contextura salieron del edificio. Wade se detuvo a observar al hombre que cargaba el cuerpo inconsciente de Spiderman.
—Mierda, mi infiltración se ha arruinado.
Agradeció, sin embargo, la oportunidad que le brindaron y los siguió en silencio. Ellos metieron el cuerpo a la cajuela del auto, mientras él se acercaba despacio, esperando que revelaran el sitio en el que dejarían a Spiderman. No lo dijeron, claro, pero Wade supuso que sería en uno de los tantos patios baldíos de la ciudad. El coche se marchó tras ocasionar un estruendo, y Wade corrió hasta el taxi de Dopinder para seguirlos. Fueron veinte minutos de búsqueda incesante en los que casi pierde la cordura debido a la desesperación.
Lo hallaron en un terreno deshabitado e inhóspito, abarrotado de basuras y con un nauseabundo olor a carne podrida. Su traje estaba roto en algunas partes y no había rastro de su máscara. Wade revisó a Spiderman. Había recibido dos disparos: uno en el brazo y otro en el pecho. Trató de mantener la calma e ignorar el charco de sangre a su alrededor y, con ayuda de Dopinder, lo subió al taxi y se dirigieron al hospital.
—¿Cree que muera, señor Pool? —preguntó Dopinder, mirando a través del espejo el cuerpo de Spiderman.
Wade lo ignoró y, a continuación, cambió el traje de Spiderman por una ropa holgada y normal. Estudió con detenimiento su rostro pálido, tragando duro, con el sentimiento de culpa regodeándose sobre sí.
Era un chico atractivo, no lo negaba. El rostro de Spiderman se veía tierno, con sus largas pestañas, mejillas sonrosadas y labios delgados, incluso cuando tenía moretones y cortes leves a su alrededor. Parecía un bebé tomando una siesta y transmitía una abrumadora tranquilidad que hizo estremecer a Wade.
Tenía la vaga sensación de que lo había visto en algún lado, solo que no recordaba dónde.
Wade decidió cambiarse el traje también, bajo la atenta mirada de Dopinder. Su amigo no cesaba de preguntar el porqué de los golpes en el chico, y él no sabía qué decir.
—Llegamos —anunció Dopinder, y frenó el coche frente a un hospital privado.
Wade se bajó del coche y cargó a Spiderman con cuidado. Este se removió un poco y gimió de dolor bajito. Abrió los ojos y los volvió a cerrar, como si los párpados le pesaran.
—Tú... —balbuceó, fue casi inaudible.
Wade agradeció que siguiera con vida a pesar de los golpes y las heridas de bala. Lo dejó frente a la entrada del hospital, donde cualquiera repararía en él, y se marchó con prisa del lugar.
«Ya está. Hiciste lo correcto, Wilson».
Por lo menos, la intensa presión en su pecho disminuyó un poco.

Chapter Text

Peter pestañeó varias veces antes de adaptarse por completo a la débil luz que ofrecía el fluorescente. Gimiendo de dolor, se enderezó un poco y escudriñó a su alrededor con curiosidad. Estaba en una habitación blanca y limpia, que desprendía un fuerte olor a alcohol y desinfectante.
Su papá Tony se encontraba durmiendo en un sillón frente a la camilla. Peter no tenía idea de cuánto tiempo estuvo inconsciente en el hospital, pero dedujo que habían sido unos días por las fachas de su papá y las pronunciadas ojeras que adornaban su rostro.
Lo conocía lo suficiente como para saber que no se había tomado el tiempo para ir a casa a descansar y darse una ducha. Su papá Tony anteponía siempre el bienestar de los demás antes que el suyo.
—Pa’ —tartamudeó. Fue lo suficientemente audible, y aun así él ni se inmutó—. Pa-pá...
Un gemido lastimero escapó de sus labios.
Su papá se levantó del sillón de inmediato y se acercó. Lucía preocupado y demacrado: tenía los ojos rojos, ojeras pronunciadas y sus arrugas no pasaban inadvertidas. Peter no lo había visto tan mal desde que regresó de Siberia, donde había tenido un enfrentamiento con sus pops Steve.
—Pet, ¿estás bien? ¿Te duele algo? Llamaré a la enfermera para que te revise —murmuró con prisa. Apenas se dio tiempo para respirar. Salió de la habitación y regresó minutos después—. No me has respondido. ¿Te duele algo? ¿Tienes sed? ¿Hambre?
Peter sacudió la cabeza. Gimió cuando sintió una punzada penetrante debido a la acción.
—Es-toy bien. ¿Cuán-to llevo... aquí?
—Dos días. Estaba tan preocupado. Creí que no despertarías. Que te perdería… —La expresión preocupada de Tony cambió a una de enfado en un santiamén. Peter supo lo que venía a continuación—. ¡Peter Benjamín Rogers-Stark! ¡¿Qué fue lo que pasó?! ¡¿Qué se te cruzó por la cabeza?! ¡Pudiste haber muerto! ¿Quieres matarme del susto? ¡Discúlpate!
—Papá, lo siento. Todo sucedió muy rápido y...
Una enfermera ingresó a la habitación e interrumpió su explicación. Peter dejó que lo revisara bajo la atenta y fulminante mirada de su papá Tony.
—¿Qué pasó, Pet? —preguntó su papá en cuanto la enfermera terminó la revisión y se marchó de la habitación.
Peter evocó sus difusos recuerdos del incidente. Deadpool, ese sujeto demente, lo noqueó y lo entregó a una banda de criminales que disfrutaron torturarlo por horas. Cuando le dispararon, el impacto de la bala fue brutal: cayó de espaldas y se golpeó la cabeza muy duro. Eso era todo. No tenía idea de cómo había llegado al hospital, ni mucho menos quien lo trajo.
—Estaba peleando con unos tipos malos y me noquearon. Es todo lo que recuerdo. No sé en qué momento me dispararon ni quién me trajo.
Le dio una historia falsa a su papá Tony por una razón: quería ser él quien le cobrara a Deadpool aquel acto indecoroso y cobarde. Asimismo, lucharía para atrapar al grupo de criminales que lo torturaron para impedir que más personas inocentes siguieran siendo víctimas.
Su papá Tony no preguntó más al respecto, pero le advirtió que no le permitiría ponerse el traje hasta que estuviera sano por completo. Estaba consciente de que Peter no dejaría de ser Spiderman por nada, así que solo le quedaba ofrecerle sus recursos para protegerlo. Le dijo, además, con lágrimas en los ojos, que fuera más cuidadoso, porque quizá la próxima ya no tuviera la misma suerte.
Peter asintió y le prometió que se cuidaría. Parte de su corazón se quebró al ver a su papá tan vulnerable. Trató de consolarlo un poco haciendo chistes sin gracia sobre su aspecto, mas no funcionó. Su papá apenas pudo esbozar una trémula sonrisa.
—Hey, estaré bien. Lo prometo.
Extendió sus brazos y recibió el abrazo de su papá cual si fuera un pequeño de cinco años que había tenido un mal sueño. Por unos instantes evocó las imágenes de su infancia. Las veces en que corría, llorando, a la habitación de sus padres porque había tenido una pesadilla.
—Creí que te perdería a ti también —susurró él. Sus débiles sollozos llenaron la habitación.
El corazón de Peter dio un vuelco. Las palabras se convirtieron también en sollozos lastimeros, y las lágrimas amargas inundaron su rostro.
—Estamos juntos, pa' —le dijo con dulzura.
—Juntos.
***
Días más tarde, Peter se encontraba balanceándose por toda la ciudad, disfrutando la sensación del viento azotando su cuerpo. Su papá Tony había estado sobre él sin descanso, haciendo preguntas sobre su salud y estado físico, hasta el punto de sofocarlo. Por eso, cuando se tuvo que ir a una reunión de la empresa, no dudó en salir de la torre para sentirse libre por lo menos un rato.
No hizo gran cosa (apenas se cruzó con una pareja de turistas que necesitaba encontrar una dirección). Estuvo más pendiente en buscar al mercenario conocido como Deadpool, pero no hubo rastro de él.
Volvió a casa antes del anochecer. Decidió que lo buscaría luego. No estaba en las mejores condiciones físicas para tener un enfrentamiento.
Así transcurrieron los días.
Peter salía con el traje de Spiderman esperando encontrarse de nuevo con Deadpool. Sin embargo, pasó exactamente un mes cuando lo halló en un puesto de comida mexicana, y para sorpresa de ambos no terminó matándolo.
Peter iba caminando con la fotografía de un perrito extraviado en la mano. Preguntaba a todo aquel que se le atravesara si no había visto al cachorro, pues una niña no dejaba de preguntar, llorando, por él.
Tuvo el coraje de preguntarles a unos adolescentes metaleros que fumaban en una esquina y reían sin motivo aparente. Recibió burlas, comentarios desdeñosos hacia su traje y una breve mención a su trasero. No le importó mucho porque pudo ser peor.
Se alejó de los adolescentes y suspiró, entre frustrado y apenado por la deplorable situación en que vivían. Siguió caminando hasta llegar a un puesto de comida fulgurante y atractivo.
Un embriagante aroma a carne asada, salsas de diferentes tipos y condimentos lo envolvió. Peter creyó escuchar a su estómago rugir, exigiéndole comida, y no pudo resistir la tentación. Probaría algo, pensó, necesitaba alimento y recuperar algo de su energía antes de seguir con su ardua búsqueda.
Se acercó a la fila. Un hombre menudo y panzón, que vestía completamente de blanco, se encontraba atendiendo. Peter esperó con paciencia, ignorando el hecho que las personas a su alrededor no dejaban de mirarlo con curiosidad. El traje, por supuesto, llamaba la atención.
Tres niños llegaron a su lado para pedirle una foto. Él accedió y posó junto a ellos durante lo que pareció una eternidad. Cuando, por fin, finalizaron la sesión de fotos, uno de ellos le tendió una libreta para que firmara.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, al tiempo que le entregaba la libreta al niño.
—Aitor Menta —respondió el niño con las mejillas teñidas de rojo.
Peter intentó, en vano, reprimir su risa ante la confesión de la criatura. Sacudió la cabeza y se preguntó qué clase de padres eran para ponerle un nombre tan ridículo a su hijo.
Los ojos del niño se cristalizaron cuando una carcajada aguda llenó el lugar. Peter giró su cuerpo y se encontró frente a frente con Deadpool.
—¡Es el mejor nombre de la vida!
—Tú... —expresó con enfado, dando un paso al frente y adoptando una pose intimidante.
El niño, incapaz se seguir soportando ser objeto de burla, corrió a los brazos de su padre sollozando.
—Yo...
Deadpool estaba cruzado de brazos, sin percatarse (o seguro ignorando) la rabia que acribillaba a Peter. Su mente era un mar de pensamientos inconexos e impulsivos. Se llegó a atemorizar por la intensidad de las imágenes en las que golpeaba continuamente a Deadpool y no se detenía.
—¡Maldito traidor! ¡¿Cómo pudiste entregarme a gente así?!
Muy tarde se dio cuenta de que su grito había atraído la atención de todos los presentes. Se encogió y bajó la cabeza, apenado, pero a la vez agradecido por portar la máscara.
—Lo siento, Spidey...
¿Lo siento? Ese hombre lo había entregado a una banda criminal teniendo plena consciencia de que iban a torturarlo y asesinarlo, ¿y pretendía enmendar el daño diciendo «lo siento»?
—No me digas. ¿Y, por si acaso, también quieres una segunda oportunidad para jugar a ser mi compañero? Ahora tengo una vacante —siseó con sarcasmo.
Quiso abofetearlo cuando Deadpool se llevó la mano a mentón y fingió pensarlo. Al final, simplemente dijo:
—Tenía que hacerlo, ¿okay? Pero de verdad estoy arrepentido, Spidey boy.
Spidey boy. Podría meterse el estúpido mote en el cu... «Lenguaje, Peter. Piensa en lo decepcionado que estaría pops».
—Justo cuando ya estoy libre. Que conveniente.
Por fortuna, la gente a su alrededor ya no prestaba atención a la patética escena que se desarrollaba. Peter determinó no volver a elevar la voz y llamar la atención.
—¿Quién crees que te sacó? —espetó Deadpool.
Peter no recordaba las condiciones de su escape, pero estaba seguro de que un sujeto tan mezquino y vil como Deadpool no pudo haberlo salvado.
—Tú no, estoy seguro.
—Pues...
Deadpool sacó de un bolsillo su antigua máscara, rota, arrugada y salpicada de sangre.
Peter abrió la boca, mas no supo qué decir. Parpadeó y meció la cabeza varias veces, incapaz de concebir la idea de que fuera cierto.
Era una trampa, decidió, porque no tenía un ápice de sentido que Deadpool lo rescatara luego de entregarlo.
—Pues no te creo. Pudiste haberla encontrado tirada. Ya me has mentido antes, ¿por qué sería diferente esta vez?
—Porque me di cuenta, Baby boy, de que no eres malo. Fue injusto lo que te hice.
«¿En serio? —pensó, pero luego negó—. No seas idiota, te está manipulando».
—¿No me digas? ¿Y qué te hizo cambiar de opinión? ¿El discurso del Papa sobre el amor al prójimo?
Chistes que involucraban religión. Que bajo había caído. Su pops estaría tan decepcionado por su falta de respeto.
—Escucha, Rojito, sé que me equivoqué, y lo siento. Quiero enmendar el daño que hice. No merecías ningún golpe de parte de esos idiotas.
—¿Ah, sí? ¿Enmendar tu error? ¿Y cómo piensas hacerlo?
—Uh, no sé. ¿Qué tal una chimichanga? Créeme, te van a encantar. Posiblemente sea el mejor invento de la humanidad, por encima del aire acondicionado y tu glorioso trasero.
Tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no lanzarse a Deadpool y clavarle sus katanas una y otra vez. Recordó que había niños presentes y cada mala acción que realizaba manchaba la impoluta reputación de Spiderman.
—Eres un…
—¿Aceptas?
No quería, sin embargo se había prometido cobrárselas a Deadpool. Le gustara o no, tenía que acercarse a él y fingir que todo estaba bien mientras encontraba el modo de darle una lección.
—Si es algún truco, te juro que vas a arrepentirte.
Deadpool lo guio a una mesa lo suficientemente alejada del resto, que pasaba inadvertida. Le advirtió que no se moviera mientras él iba en busca de la comida y se marchó.
Peter se sentó y esperó con escasa paciencia. El fuerte aroma de la comida penetraba sus fosas nasales y provocaba que se le hiciera agua en la boca.
Para cuando Deadpool volvió, Peter ya tenía la mitad de la máscara arriba y sus manos estaban inquietas. Apreció, con cierta desconfianza, la famosa chimichanga antes de llevarse una a la boca y, para qué negarlo, deleitarse.
Sintió cada elemento danzar en su boca, mientras ronroneaba y expresaba con divertidos gestos su dicha.
Deadpool también degustó algunas chimichangas, seguro consciente de que iba a quedarse sin nada si no se apresuraba.
Así, ambos se sumergieron en un pacífico, y a la vez extraño, silencio. Ignoraron el resto de personas que aún observaban curiosas y los acontecimientos previos. No obstante, Deadpool tuvo que arruinarlo.
—Si hubiera música romántica de fondo, sería perfecto.
Peter dejó de masticar y lanzó un gruñido para reflejar su enfado.
—No digas estupideces. Entre tú y yo no hay, ni jamás habrá, algo romántico. Que te quede claro —puntualizó, orgulloso de sí mismo y de la seguridad en su voz.
Si su papá Tony lo hubiera escuchado, estaba seguro, habría exclamado por lo alto: «¡Ese es mi hijo!».
—No pierdo la esperanza. —Deadpool se encogió de hombros y se recostó en el respaldo de la silla con aire indiferente. Peter rodó los ojos y canturreó bajo cuando masticó el resto de su chimichanga—. Te lo dije. Es el mejor puto invento de la humanidad.
—Cuida tu lenguaje. Y, para que sepas, esto no cambia nada. Aún te odio por haberme entregado.
—¿Has escuchado el digo: «Del odio al amor...»?
—Si terminas ese dicho, juro que voy a dejarte colgado de aquel edificio. —Señaló la construcción más alta y extensa en la calle.
—No estaría tan mal, digo, la vista sería muy buena y…
—Dios, solo cállate.
Nunca imaginó que alguien podría llegar a irritarlo tanto como Deadpool. Hacerlo alcanzar un nivel extraordinario de irritación era una tarea sencilla para él.
—Aww, ya llegamos al punto donde interrumpes mis frases.
—No llegamos a nada, y jamás llegaremos.
—No tientes al destino, Spidey boy.
Y de nuevo el estúpido apodo.
—El que lo tienta eres tú —dijo a la defensiva.
Sus mejillas se sentían ardientes y su ritmo cardíaco iba a una velocidad descomunal.
¿Por qué decidió, en primer lugar, aceptar su invitación? Debió haberlo dejado colgando de un tejado desnudo.
—No tiento al destino, bailo con él. —Desvió la vista hacia un punto lejano—. Apunten la frase, les servirá cuando quieran excusar las decisiones pendejas que toman.
—Como sea, ya me tengo que ir.
Peter se levantó de su asiento y se colocó bien la máscara. Su cuerpo le exigía un descanso y dudaba que fuera a soportar un minuto más escuchando palabras incoherentes. Asimismo, su papá Tony debía estar preocupado; quizá preparando su armadura para salir a buscarlo.
—Ah, ¿por qué? ¿Papi Stark enviará a un ejército de robots a buscarte?
En ese instante, sintió como si un balde de agua helada le hubiera caído encima. Su rostro se tornó blanquecino y el ritmo de sus latidos aumentó de manera considerable.
¿Por qué no lo había pensado antes? ¡Qué idiota había sido! Era obvio que Deadpool conocía su identidad secreta. Quién sabe a cuántas personas ya les había dicho mientras él solo pensaba en darle una lección.
—¿A quién le has dicho? —preguntó, desesperado.
—A nadie —contestó él, y se encogió de hombros con indiferencia.
—¿Por qué? No importa. Dime qué quieres.
—¿Qué?
—Por tu silencio. —Reprimió las ganas de golpearse en la frente con la mano.
—Ah. —Los labios de Deadpool se curvaron hacia arriba. Peter se estremeció—. ¿Sabes, estoy en el largo proceso de convertirme en un héroe? Ya sabes, ayudar a la gente común con problemas irrelevantes y esas cosas. Un compañero de aventuras no me vendría mal.
—Está bien. Te veo pronto.
Y se marchó con la horrible sensación de que había hecho un pacto con el diablo.

 

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Wade no esperaba regresar tan pronto a aquel sitio. Por lo que Comadreja le había dicho, Leavenworth no era de los que contrataba al mismo hombre dos veces. No le convenía, porque había personas astutas que podrían extraer datos secretos de su organización y extorsionarlo.
Como sea, estaba seguro de cuáles eran las intenciones de Leavenworth al citarlo de nuevo en aquel viejo hospital. Asistió puntual y aparentó no saber acerca de Spiderman y su retorno a las calles.
—No sé cómo lo hizo. Mis hombres se encargaron de golpearlo hasta dejarlo agonizando. Incluso recibió dos disparos —dijo en un tono malhumorado.
«Debió probar con insecticida», deseó contestar Wade. Tuvo que morderse la lengua para que la oración no emergiera de sus labios.
Se encogió de hombros y actuó como idiota. La actuación era lo suyo; también tenía la ventaja de tener el rostro cubierto por su máscara y su lenguaje corporal daba a entender que todo le causaba indiferencia. Ninguno de esos idiotas podría sospechar que ayudó a Spidey, mucho menos que había tenido contacto con él.
—Te pagaré la misma cantidad si me lo traes de nuevo —ofreció Leavenworth, y lanzó un maletín pesado hacia Wade.
—Eso estará difícil —comentó, elocuente, y para atenuar la tensión empezó a caminar en círculos por la habitación.
—¿Por qué lo dices?
Leavenworth se incorporó con brusquedad. Su expresión agria, sin embargo, permaneció igual.
—Ya traicioné la confianza de Spiderman una vez, dudo que me deje acercarme de nuevo —argumentó, impostando la voz.
—Eres el único que puede. He recurrido a varias personas antes, pero han declinado por temor. Tú tienes una ventaja: no puedes morir con facilidad.
«No puedo hacerlo, en realidad».
Wade no volvería a entregar a Spidey, lo tenía presente desde el momento en que lo dejó en la entrada del hospital. A Leavenworth no le gustaría su rechazo, pero no daría marcha atrás.
—Conoce su identidad. Es peligroso.
Se había planteado todos los puntos en contra previamente. No iba a parecer desesperado por proteger a Spiderman.
—Sí. Pero eso no es problema.
—Claro que sí. Si se mete con el hijo de Ironman y Capitán América tendrá a los Vengadores detrás de usted. Eso no le conviene. Se trata de personas inteligentes y estratégicas. Personas de las que no se puede huir con facilidad.
Leavenworth bufó por lo bajo.
Wade creyó apreciar sus labios temblorosos y las venas de su frente saltando, evidenciando su tensión.
—Escucha, él se mete en mis asuntos. No puedo permitir eso. Lo necesito muerto.
—Sea más prudente. Entrene a sus hombres para que pasen inadvertidos, o encuentre la manera para que no llamen la atención. Es la mejor solución. —Wade hizo una corta pausa antes de continuar—: Debió matarlo al instante, no después de torturarlo.
Aún quedaba esa incógnita sin resolver. Si a Leavenworth le urgía deshacerse de Spiderman, ¿por qué perdió el tiempo jugando y no matándolo de una vez? Tenía una ligera sospecha, pero no le daba tanta importancia.
—Si no hay más que decir, puedes irte.
—Así lo haré.
E ignorando la penetrante mirada de Leavenworth y sus hombres sobre él, Wade abandonó el sitio.
***
Más tarde, tuvo más de un encuentro con Spiderman. Tal como este le había prometido, trabajaron juntos para atrapar a delincuentes y entregarlos a la ley pese a las constantes quejas de Wade. En más de una ocasión, Spiderman tuvo que darle un discurso moral del porqué mantener con vida a los delincuentes. Y en ninguna ocasión Wade prestó atención.
No obstante, exceptuando la regla de no asesinar a alguien, todo era fácil para Wade. Descubrió que ayudar a personas comunes le hacía sentir bien. Incluso en algunas ocasiones conseguía algo a cambio, como la vez que una anciana les compró una dona por ayudarla a cruzar la calle.
Spiderman estaba, por alguna desconocida razón, más amable, y eso facilitaba la convivencia. Aunque había veces en que lo reñía por hacer un chiste sórdido y con doble sentido de la nada.
En fin, se lo estaba pasando genial siendo héroe. Con suerte, algún día podrían hacerlo parte de los Vengadores. Tenía madera para serlo. Lo único que necesitaba era dejar de matar, herir de gravedad o mutilar; abandonar los chistes y comentarios sarcásticos, y…
—¡No dejes que caiga! —vociferó Spidey, mientras lanzaba a Wade en dirección al cachorro que caía de un edificio.
Wade no supo cómo, pero logró sostener al perro en sus brazos y hacerlo aterrizar sin que este recibiera algún daño. Él oyó crujir sus huesos y un líquido viscoso emanar de su cuerpo. Gimió de dolor y balbuceó frases inconexas.
Spiderman aterrizó con facilidad y se acercó al cachorro, preocupado. Palpó su cuerpo en busca de heridas. Cuando se hubo asegurado de que estaba bien, lo bajó al piso.
—Estoy bien. Gracias por la preocupación. Eres muy considerado.
Wade la gruñó al perro, y luego se sentó. Sentía su traje húmedo y asqueroso.
—Deja de quejarte. No puedes morir. —Spidey se encogió de hombros y luego se arrodilló a la altura del perro para acariciarlo y decirle palabras cariñosas, para envidia de Wade—. Creo que es ciego. Sí, definitivamente.
—Pero siento dolor, físico y emocional gracias a ti. —Wade solo había prestado atención a lo primero—. Soy un masoquista de mierda. Esta relación podría hasta volverse dañina con el paso del tiempo….
—Pobrecito, no tiene dueño o alguien que lo cuide.
—Y en algún punto habrá que darle fin.
—Cuídalo por mí.
Wade detuvo su monólogo de inmediato.
Spidey se posicionó frente a él con el cachorro en brazos. Su rostro estaba oculto, sin embargo el tono demandante de su voz evidenció su seriedad.
Wade parpadeó sin comprender.
—¿Qué?
—Que lo cuides por mí. Es un perro callejero... y ciego.
—Eso explica por qué se tiró de un edificio. Por un momento creí que odiaba la vida de vagabundo y no lo resistió —bromeó, riendo. Se detuvo cuando no recibió respuesta de su compañero. Al final suspiró y dijo—: No puedo cuidarlo. Hazlo tú.
—Quisiera, pero papá no me deja tener mascotas. Dice que es mucha responsabilidad. Además nadie estará para darle de comer y sacarlo a pasear mientras no estoy.
—¿Y me consideras responsable? Ja. Creí que eras más prudente, Baby boy. Tantos golpes te afectaron el cerebro.
—Por favor. Te daré el dinero necesario para vacunarlo y alimentarlo —rogó.
Wade ya no sentía la sangre escurrirse ni sus huesos fuera de lugar. Se levantó de un salto y cruzó los brazos por encima del pecho.
—No puedo llevarlo a mi casa. Los perros son... perros.
—Te daré lo que quieras.
Eso llamó su atención.
—¿Lo que sea?
Spidey se dio cuenta muy tarde de sus palabras. Pronto se tensó y tragó saliva, nervioso.
Wade esbozó una sonrisa maliciosa.
—No-no lo decía tan en serio —tartamudeó—. Hablaba de cosas que estén a mi alcance.
—Está bien. Cuidaré del perro. Pero me debes una.
Solo esperaba no tener problemas con Vanessa por llevar animales a la casa. Lo creyó poco probable, considerando que había dejado pasar las armas, drogas y un bebé. Ellie amaba a los animales pequeños y tiernos, así que iba a estar encantada. Ya podía imaginársela corriendo detrás del perro, gritando entusiasmada.
—Necesita un nombre —dijo Spidey, y le tendió el animal a Wade. Este lo sostuvo sin inconveniente.
—Uh, ¿qué tal Chayanne?
—¿Chayanne? ¿Qué clase de nombre es ese? Parece una banda de reggaetón.
—O Luke.
—Luke me gusta. —Asintió.
Wade levantó al cachorro hasta tenerlo frente a su rostro.
—Solo espero que no te cojas a tu hermana.
—Luke no se la cogió. —Spidey entendió la referencia.
—Estoy seguro de que sí.
Obtuvo como respuesta un gruñido. Wade fingió no haberse percatado. Hablaron acerca del cuidado del perro un rato más. Spiderman consultó a su IA el tratamiento, comida y hasta la higiene que debía recibir. Para Wade fue una tortura oírlo hablar sobre el compromiso que debía asumir, sin tener idea de que cuidaba a una niña de tres años que requería más atención. Un perro no significaba gran cosa.
Cuando el cielo se tiñó de tonos rojizos y naranja, tuvo que interrumpir a Spiderman para marcharse a casa junto a Luke.
***
Wade mentiría si dijera que no actuó de manera ilegal durante su tiempo con Spiderman. En varias ocasiones, asesinó a narcotraficantes y mafiosos a cambio de dinero. No era correcto, lo admitía, pero tampoco era como si la ausencia de esos sujetos afectara a alguien. Se dedicaban a arruinar la vida de los demás, así que básicamente Wade le estaba haciendo un favor al mundo matándolos, o eso se decía para limpiar su consciencia.
—No está bien. No tienes el derecho de elegir por sus vidas —le dijo en una ocasión Spiderman.
Se encontraban enrollando a un vendedor de drogas al que hallaron in fraganti. Wade se ofreció para cortarle el cuello, pero Spiderman se negó rotundamente pese a que juró hacer un trabajo rápido y limpio. Lo dejó colgando de una rama, dando círculos.
—Así no se resuelven las cosas. Si los matas, en parte los libras de la justicia.
—¿Crees en la justicia divina? —preguntó, en cambio, Wade. Se colocó al lado de Spiderman para observar al vendedor removerse incómodo.
Wade se imaginó clavarle una katana en algunas partes del cuerpo. Habría una lluvia de sangre que asustaría a los niños que jugaban cerca, o quizá serviría de advertencia para que no sigan malos pasos al crecer.
Spidey era taan aburrido. Pese a que sus enemigos lo matarían si tuvieran oportunidad, él los dejaba con vida. Wade suponía que esperaba que se redimieran.
—La policía está llegando. Hay que irnos. —Spiderman dijo.
A continuación sujetó a Wade del traje y lo llevó consigo hasta el techo de un edificio, sin un ápice de cuidado.
—Trátame bonito —protestó ante la brusquedad de Spiderman. Fue en vano. Sus quejas eran ignoradas siempre.
—Lo siento —contestó Spiderman, para sorpresa de Wade.
Lo vio encogerse de hombros y aproximarse a la orilla de una terraza, seguro, para asegurarse de que el bastardo no escapara.
Wade también se acercó. Sin embargo, él se sentó en la orilla y meció las piernas. Spiderman permaneció de pie observando la ciudad.
El sol ya casi se estaba ocultando. El cielo era un lienzo de tonos rojizos, naranjas y violetas que refrescaban la vista de cualquiera. Era precioso, sin duda, y le transmitía a Wade una sensación extraña.
—¿En qué piensas? —Spiderman inquirió, y también se sentó, pero a una distancia de dos metros de Wade.
Wade supuso que todavía vivía con el miedo de que lo apuñalara por las espalda.
—Estás muy amable últimamente, y feliz.
Spiderman volvió a sacudir los hombros y, de no ser por la máscara, Wade podría asegurar que estaba sonriendo.
—Es que mi pops... volverá.
—¿El Capitán América?
—Ajá. —Se detuvo a coger aire—. Mi papá Tony está a punto de resolver todo el lío. Pronto los ex vengadores se reincorporarán y mi familia estará unida.
—Uh, eso es... bueno, supongo. Siempre quise un autógrafo del Capitán América —Era su héroe de la infancia—, si pudieras conseguirlo estaría agradecido.
—Podría hacerlo. Aún te debo un favor.
Wade sacudió la cabeza.
—Olvídalo. No desperdiciaré ese favor con un autógrafo del Capitán, por más que lo desee.
—Lo que tú digas. —Calló instantes. Pero luego volvió a pronunciar (Spiderman odiaba los silencios. Siempre los erradicaba sacando a la luz cualquier tema)—: ¿Cómo está Luke?
—Supongo que bien. Aún no ha ladrado lo suficiente como para que lo asesine, así que...
Mentira. Luke se portaba bien y no causaba problemas. Además Ellie se entretenía jugando (en realidad torturando) con él.
—Deadpool...
—Peter... —saboreó el nombre. Era la primera vez que lo llamaba así. Había sido un acto inconsciente.
Spiderman lo notó también. Se giró hacia él con los brazos en jarra y murmuró con enfado:
—¡No es justo!
—¿Eh?
—Tú conoces mi identidad. Yo ni siquiera sé tu nombre.
Wade se encogió de hombros, restándole importancia.
—Wade.
Era un nombre común. No corría peligro de que descubriera su identidad y, en caso de que lo hiciera, dudaba que fuera a decirle a alguien. Era un buen tipo (no lo admitiría en voz alta otra vez), y jamás actuaría para perjudicar a los demás.
—¿Qué?
—Me llamo Wade.
—Aún no he visto tu rostro.
—Y seguirás sin verlo —aclaró, y se puso de pie de un salto—. Lo siento, Spidey, pero no quiero espantarte con lo que hay debajo de mi máscara.
—¿Tan malo es?
—Es como si un aguacate hubiera tenido sexo con otro aguacate más viejo…
—Dios, cállate.
—En fin, es un no. Tal vez te dé una vieja fotografía, pero nada más.
—Estaré esperando entonces. —También se puso de pie—. Debo volver a casa. Adiós, Wade.
—Adiós, Peter.