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Rompiendo mis esquemas

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Wade ingresó a una habitación espaciosa y oscura sintiendo un estremecimiento recorrerle la columna. Era un maldito mercenario, lidiaba con hombres peligrosos a menudo, pero ninguno le producía tanta incertidumbre como aquel hombre. Quizá se debía al nauseabundo trabajo de Leavenworth. Experimentaba con personas y los vendía como armas, al igual que Francis.
En lugar de asistir al sitio para hacer un trato con él, debió haber llevado todas sus armas para volarle los sesos. Oh, sí. Cuánto placer le causaría acabar con ese hijo de puta.
A pesar de tener la máscara puesta, el fétido olor a moho y carne podrida perforó sus fosas nasales. No esperaba que lo recibieran en un hotel de cinco estrellas, pero ese edificio abandonado le producía demasiado asco.
«Por lo menos una limpieza rápida, ¿no?».
—Llegas tarde. —La voz gruesa del hombre que lo contactó hizo eco en la habitación.
No fue complicado caer en cuenta de que se trataba del jefe. Su obesa figura, imponente y segura (como un versión barata de Majin Boo, pero de color oscuro); su traje prolijo y brillante, y las joyas de oro magníficas y voluminosas que adornaban su cuerpo lo evidenciaban. Detrás de él, estaban cuatro hombres corpulentos, vestidos de negro, cuidándole la espalda.
—Leavenworth —siseó.
—Siéntate. —Señaló con el dedo índice la silla que se encontraba al otro lado de la mesa, justo frente a él.
Wade obedeció en silencio. Sabía con qué tipo de persona lidiaba. Hacer un mal chiste sobre su rotunda seriedad, su desagradable apariencia o su nombre innecesariamente largo podría traer consecuencias. Leavenworth tenía información, y dicha información le propiciaba ventajas.
—Soy todo oído —dijo, se recostó en el respaldo de la silla y cruzó las piernas para dar una actitud indiferente.
El hombre esbozó una sonrisa maliciosa que le provocó un cosquilleo en las piernas. «No sean mal pensados, malditos pervertidos».
—¿Has oído hablar del héroe arácnido? Entendería si no. Es un joven idiota y se dedica a patrullar la ciudad, nada relevante.
—Entiendo.
Spiderman. El chico que patrullaba las calles de New York y ayudaba a la gente corriente.
—Pero se ha metido en asuntos míos, y déjame decirte que cuando alguien hace eso logra irritarme. Es un metiche, no quiero que vuelva a vigilar a mis hombres ni que me ocasione problemas. ¿Entiendes?
Depositó una maleta en la mesa, ocasionando un sonido retumbante. Uno de sus hombres abrió el maletín.
Wade pudo entrever los fajos de billetes que abarrotaban el maletín. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba.
—¿Quieres que lo mate? —preguntó.
—No, quiero que me lo traigas. Recibirás la otra parte del pago entonces. No falles.
—No lo haré.