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Muros de autoimposición

Chapter Text

1.- No el primero, sí el ultimo.

 

Some things are meant to be secret and not to be heard

So if I tell you, just keep it and don't say a word

Yeah, when the doors are all closing, it's bound to get loud

'Cause all these bodies are hoping to get addicted to sound

Oh, not everything is so primitive

Oh, but I'm giving in

5 Seconds of Summer - If Walls Could Talk

 

En realidad, nunca hubo una segunda opción. Siempre fue Remus, y para éste Sirius.

El propio Sirius así lo razonó a los pocos meses de entrar a Hogwarts, el colegio privado al que todos los Black asistían desde miembros inmemorables y que era la perfecta excusa para Madre y Padre para librarse de él (y luego de su hermano menor) por la mayor parte del año.

En Hogwarts encontró Sirius el solaz que necesitaba para mantenerse cuerdo de las obligaciones que como heredero a la fortuna y el apellido de Black estaba obligado a aceptar por ser el primogénito, y también amigos, incluso si en su primera carta Madre le remarcó la importancia de hacer buenas conexiones a futuro, y ya que no había conseguido ser sorteado en Slytherin como la mayoría en su familia (había excepciones a lo largo de los años, y mejor no mencionarlos porque eran indignos de su mismo nombre) lo menos que podía hacer era no ponerlos más en ridículo.

Así que Sirius hizo amigos, sí, y también consiguió respuestas inconformes de ambos de sus padres en las siguientes cartas que le enviaron.

Peter Pettigrew era lo que se podía considerar un nuevo rico dentro de los estándares a los que Sirius se tenía que ceñir. Su familia era poseedora de varios negocios de importación y exportación, aunque el propio Peter no tenía claro cuáles, y probablemente no tendría jamás por qué saberlo ya que era el cuarto en línea de sucesión, justo después de un primogénito que ya estaba trabajando con su padre en la oficina central y dos hermanas gemelas que iban en séptimo curso de Hogwarts y estaban comprometidas a unirse en buenos matrimonios apenas cumplieran veintiún años de edad. Por lo tanto, en opinión de Walburga Black, era un contacto anodino y desechable, nada digno de la atención de Sirius, por lo que el mismo Sirius decidió que tenía que ser su amigo a como diera lugar.

James Potter fue un caso similar. Él era hijo de Fleamont Potter, quien también provenía de una larguísima tradición similar a los Black, excepto que dos generaciones atrás se habían ido casi a la ruina luego de una serie de malas inversiones que la cabeza de familia hizo obsesionado con las carreras de cualquier tipo, desde hurones y perros hasta caballos y elefantes. Fleamont Potter no era como cabría de suponer hijo de Potter sénior, sino más bien un sobrino en segundo grado venido a menos dentro de la fortuna que menguaba, pero había sido su favorito y apostó por él... Ganando así el boleto ganador cuando Fleamont decidió que podía hacer fortuna siguiendo su pasión por los productos capilares y creando su propia fórmula. Así, la fortuna Potter había vuelto a florecer, y en la actualidad Potter’s era una cadena de peluquerías muy exclusivas a las que incluso los Black acudían, y además contaban con una amplia gama de productos que podían encontrarse tanto en Inglaterra como en Australia, Sudáfrica y Argentina sin problemas. En opinión de Walburga, según le escribió a Sirius apenas los rumores de su amistad con James llegaron a sus oídos, la camaradería con ese chico podía no ser tan terrible a pesar del desagradable oficio del padre, que incluso dentro de la lista de los hombres más ricos de Reino Unido, trabajaba de lunes a viernes haciendo cortes de pelo en su propio establecimiento.

El caso con Remus Lupin fue... Distinto. El sorteo para acomodar a los nuevos alumnos determinó que Sirius conociera a sus otros dos amigos por azar (aunque éste prefería pensar que era el destino actuando a su favor) y una cama quedara vacía, pero no por mucho. Remus apareció a primera hora del segundo lunes de clases y se mantuvo apartado del grupo durante el resto del día, pero una vez fue hora de volver a los dormitorios se reveló que esa cama vacía era la suya.

—R. J. Lupin —leyó Sirius en el baúl de segunda mano que estaba ya a los pies de la cama extra—. ¿De qué es la J exactamente?

—John —respondió Remus igual que venía haciendo toda la mañana: Monosílabos, y cuando no era posible, con la mayor parquedad posible para mantener la distancia.

—Bueno, John —se acercó James a hacer migas—, ¿por qué has llegado una semana tarde al curso? ¿Todavía estabas de crucero con tus padres por el mar báltico o algo así?

Remus le miró con extrañeza. —Erm, no. Yo... estaba hospitalizado.

—¿Qué tenías? —Preguntó Peter, sumándose al grupo y haciendo gala de una falta total de tacto.

—Tengo todavía, y no quiero hablar de eso —murmuró Remus, que volvió a concentrarse en el contenido de su baúl y volvió a cerrarse sobre sí mismo el resto de la velada.

Por supuesto, la carta de Walburga Black no tardó demasiado en llegar a Sirius, quien obtuvo a través de ella todos los datos pertinentes a Remus John Lupin, el cual resultó ser uno de los dos casos de beca completa que Hogwarts ofrecía entre alumnos brillantes pero de bajas condiciones económicas entre las escuelas públicas. Con creciente desagrado leyó Sirius el consejo de su madre de mantenerse alejado de ese don nadie que sólo estaba ahí por caridad y en realidad le quitaba la plaza a un alumno que en verdad la merecía.

Cierto o no (y él se inclinaba a creer que eran patrañas), aquellas advertencias sólo sirvieron para que Sirius intentara acercarse a Remus a como diera lugar, incluso si éste se mantenía impávido a sus avances, o cuando ya lo fastidiaba, lo mandaba al diablo con mayor educación de la que éste merecía.

En sí, Remus era en verdad brillante para los estudios, y no tardó junto con Lily Evans (la otra chica con beca completa) en dominar el cuadro de honor en la mayoría de sus clases, excepto para su caso particular, deportes.

Hogwarts era una escuela que se vanagloriaba de tener un equipo de rugby ganador entre colegios privados, así que le daba gran importancia a las actividades deportivas, por lo que tres veces a la semana estaban obligados a presentarse al campo bajo la supervisión de Madame Hooch y ejercitarse con rigor sin importar el clima.

Para Sirius aquellas salidas eran la excusa perfecta para librarse de los cuatro muros del castillo y disfrutar del clima que no tardaría en cambiar de otoñal a invernal, mismo caso para James que respiraba y vivía por el rugby y tenía planes de unirse al equipo junior, pero las excepciones eran sus dos compañeros de habitación: Peter porque era regordete y sufría de ataques de asma a la mínima brizna de hierba, y Remus porque su enfermedad lo eximía de salir de las bancas, aunque no por ello de estar presente, y al final de cada sesión tenía que presentar la bitácora de sus actividades sin falta.

La peculiaridad de ese acuerdo hizo que Sirius se pasara gran parte de esas horas de deporte pidiendo permisos para beber agua a la sombra con Remus e indagando sin parar por qué éste no estaba en el campo, pero con gafas para sol y bajo una amplia sombrilla negra, Remus se mantenía impávido y casi silencioso.

No fue sino hasta mediados de octubre que Sirius descubrió por fin el padecimiento de Remus cuando lo sorprendió cambiándose de ropa muy temprano en la mañana.

Por regla general, sus clases empezaban a las ocho y se extendían hasta las tres, por lo que procuraban dormir lo más posible y no levantarse sino hasta el minuto exacto para salir al Gran Comedor a desayunar y después a las aulas. Esto conllevaba a que diez minutos antes de tener que estar listos él, James y Peter pelearan por el uso del único baño, en tanto que Remus ya estaba listo con su uniforme impecable desde al menos una hora atrás y concentrado en uno de los tantos libros que devoraba semanalmente.

Sirius había atribuido su manía de levantarse temprano y estar listo como un pretexto para evitar la conglomeración que se hacía en el baño por las mañanas, pero descubrió que no era así aquel día en que el ruido de un zapato de Remus al caer lo despertó y encontró a éste sólo con los pantalones del uniforme y el torso desnudo.

Por ser aquel un dormitorio de varones, tras la primera semana ya no quedaba entre ellos pudor alguno para pasearse en calzoncillos, aunque la excepción había sido Remus, siempre cuidadoso de no mostrar más piel de la estrictamente necesaria, y ahora Sirius entendía la causa...

—¿Qué es eso? —Preguntó Sirius con voz gruesa por el sueño, y ayudado con la tenue lámpara que Remus había encendido para guiarse en el dormitorio sin molestar a los demás, apreció en el cuerpo de su compañero varias manchas irregulares sobre su espalda baja que hacían su piel pálida casi transparente en algunos sitios.

—Vitíligo —murmuró Remus, pasándose por la cabeza su camiseta interior antes de hacer lo mismo con la camisa que era parte del uniforme.

—¿Es...?

—No es contagioso —se apresuró Remus a explicar—. Es autoinmune, y tiene el desagradable efecto de decolorar la piel, pero es todo. No es gran cosa.

«Excepto porque lo escondes...», pensó Sirius.

Sirius se incorporó sobre un codo, y mantuvo la vista fija en Remus. —¿Es por eso que no haces deporte?

Remus asintió. —Madame Pomfrey, la enfermera, considera que no es bueno para mi piel que reciba el sol de manera directa, así que me ha conseguido un permiso especial para pasar esos periodos a la sombra.

—Ya veo... —Murmuró Sirius, que de pronto se sintió compelido a asegurarle a Remus que su secreto estaba a salvo—. No le diré a James y a Peter de esto, no te preocupes.

Destensando los hombros, Remus se atrevió a verlo a los ojos. —¿En serio?

—Muy en serio —sonrió Sirius—. Así soy yo, ¿no?

La única respuesta que obtuvo de Remus fue una sombra de su sonrisa, y sin saberlo todavía, también el primer hilo de la amistad que los uniría hasta el fin de sus días.

 

Sirius tenía casi doce la primera vez que su mirada permaneció puesta en alguien de su mismo sexo y un lánguido lametazo de deseo le hizo recordar cuánto le gustaba sentarse en la mesa con sus primas mayores para escucharlas hablar de los galanes que ellas consideraban estar de moda.

Porque James había insistido hasta el cansancio en pasar a los vestidores del equipo de rugby para hablar del próximo partido con su capitán, Sirius accedió perder una hora de su vida (que podía ser más, no había en todo Hogwarts ningún apasionado por el rugby como James Fleamont Potter) entre los malolientes casilleros o husmear en el campo al entrenamiento de la tarde, pero entonces sus ojos se posaron en Benjy Fenwick desnudándose para entrar a las duchas y la boca se le secó.

Mientras James se enfrascaba en un acalorado debate con el capitán del equipo junior acerca de próximas jugadas a probar en el campo, Sirius se sentó en una banca y le robó miradas a Benjy, que tres cursos arriba del suyo era alto y delgado, el cuerpo perfecto para correr con el balón y los pases largos. A Sirius no le pasaron por alto sus fuertes pantorrillas, ni la manera en que los músculos de su espalda se flexionaron cuando se echó la toalla al hombro, y desnudo pasó a su lado sin percatarse del despertar sexual que había propiciado en él.

De preferencia y por su seguridad, Sirius elegía que así fuera, y bajando la vista al piso, se pasó los siguientes diez minutos mordisqueándose el labio inferior en gesto nervioso y buscando analizar todas aquellas nuevas sensaciones que le hacían hormiguear el cuerpo.

No era idiota, por supuesto que no. Sabía del sexo, su padre ya se había encargado de darle aquella charla con bastante antelación, y después le había entregado dos libros: Uno de biología que se centraba en el aspecto físico del sexo, y el otro erótico, en donde abundaban las ilustraciones y los cuerpos desnudos aparecían sin ningún tapujo. De eso hacía ya casi tres años, y en el ínterin había descubierto Sirius más por su cuenta cuando al pasar dos semanas en verano en la casa de su tío Alphard se topó con una interesante colección que éste tenía en los anaqueles más altos de su biblioteca y que versaba de... Homosexuales.

La palabra había tenido un toque natural contra la lengua de Sirius cuando éste leyó el lomo del libro, y su lectura había servido para aclarar ciertas dudas y rumores que corrían en torno a su tío, de tal manera que al iniciar su primer año en Hogwarts Sirius no era un total desconocido a las reacciones que su cuerpo experimentaba ante la vista de Benjy Fenwick cuando de regreso con la toalla alrededor de la cadera se desnudó a su lado para vestirse de vuelta.

Sirius se permitió un único vistazo, sólo uno, y entonces se olvidaría de todo aquello y volvería a buscar entre las chicas de su curso alguna que Walburga Black considerara ‘apropiada’, pero entonces Benjy le habló:

—¿No eres el chico Black?

—Erm, ¿sí? —Dado que en su familia sólo eran él y su hermano menor Regulus que no asistiría a Hogwarts sino hasta el año siguiente, Sirius asintió.

—Te vi en el partido de las preselecciones para el equipo —dijo Benjy, que acostumbrado a la desnudez que se vivía en los vestidores, había subido una pierna a la banca donde Sirius estaba sentado y se secaba una pierna con la toalla—. En verdad pensé que te elegirían.

—Ya, es que... —Sirius recordó que así había sido, pero al recibir en casa el formulario con la autorización para que él entrara en el equipo, Walburga se había negado en rotundo. Según sus palabras exactas, “si tenía tiempo para perderlo en deportes absurdos, bien podía entonces reanudar sus clases de etiqueta”, y entre dos males, había escogido el menos terrible.

—Podrías intentarlo de vuelta el año que viene —dijo Benjy, que ahora se secaba la otra pierna y le daba a Sirius una vista privilegiada de su entrepierna.

Con apuro, Sirius miró al piso, que entre los genitales o el rostro de Benjy, más seguro era verle los pies.

—Al menos tendremos a Potter en el equipo —continuó Benjy como si nada—. Es rápido, y con el entrenamiento adecuado podría darnos una oportunidad en los siguientes partidos.

—Sí, seguro.

Sirius charló unos minutos más con Benjy, o mejor dicho, asintió a todo lo que éste le dijo y eludió la visión de su cuerpo esculpido por el rugby hasta que por fin consiguió secarse y estar vestido de vuelta, pero justo cuando creía que aquella extraña tortura terminaría, Benjy le puso la mano en el hombro y le sorprendió con una pregunta.

—¿Cuántos años tienes, Black?

—Tendré doce la semana entrante.

—Ya veo... —Benjy apretó su mano—. Yo tenía poco más de trece cuando me di cuenta.

—¿Uh?

—Oh, nada en realidad —murmuró éste, y tras soltar a Sirius y dedicarle una sonrisa que no terminaba del todo de ser alegre, se echó el maletín de deporte al hombro y salió de los vestidores.

James no tardó en unírsele, por fin había terminado de hablar con el capitán del equipo, y su primer comentario hacia Sirius lo puso en alerta.

—Deberías tener cuidado...

—¿Por qué? —Se mostró Sirius a la defensiva, que si algo había aprendido viviendo en Grimmauld Place con su familia, era que ninguna frase amable podía empezar así.

—Benjy es... Bueno... —James se pasó la mano por el cabello y lo despeinó todavía más de lo que ya lo estaba—. No me consta a mí, pero escuché que lo sorprendieron el curso pasado besándose con Brandon Rosier, el Slytherin de-...

—Sexto curso, ajá.

—Ese. En un armario para las escobas. Rosier lo negó todo y lo declaró su enemigo en el campo, pero Fenwick no negó nada.

Sirius hizo un ruidito de molestia que James interpretó a su manera.

—Como sea, no digas después que no te lo advertí.

Y con creciente malestar, Sirius permaneció callado.

 

Sirius mantuvo su voto de silencio a lo largo de aquel primer año que cimentó su amistad con James al punto de la hermandad, y en donde Peter se unió a su grupo como un tercero, y Remus como un cuarto una vez que venció sus propios temores a verse rechazado cuando saliendo de la ducha James y Peter lo vieron sin camiseta y sólo preguntaran de su condición si era dolorosa, nada acerca de contagio o efectos secundarios, y así el muro de hielo tras el cual se resguardaba se derritió en su mayor parte.

El voto de silencio continuó por su segundo año, entre bromas que se gastaban entre ellos, a compañeros de su casa, de otras casas, e incluso a los profesores. En su afán de diversión, pasaron a llamarse a sí mismos Los Merodeadores, y aunque el apodo les ocasionó burlas entre los alumnos de mayor grado por su puerilidad, entre sus pares eran los ídolos que se las habían ingeniado para teñir los uniformes de Slytherin antes de un partido decisivo del verde esmeralda que representaba a su casa, al mismo rojo que le pertenecía a Gryffindor y que era contra quienes competían.

Su tercer año en Hogwarts no fue diferente. Y fue además el año en que los miembros del sexo opuesto empezaron a despertar el interés entre sus compañeros, así que ahí donde James de pronto encontró a Lily Evans tan cautivadora como las esmeraldas con las que éste comparaba sus ojos verdes con afán de conquistarla (y fallaba penosamente en el proceso), Sirius hizo lo propio buscando entre sus compañeras alguna que mirara en su dirección.

La ganadora fue Marlene McKinnon, que de cabello color arenisca, corto y con rizos sueltos, aceptó su invitación a pasear por Hogsmeade en su siguiente fin de semana.

—Sirius será el primero de nosotros que bese a una chica —comentó Peter más tarde en el dormitorio, y las pullas no tardaron en escucharse.

—Bah, ¿quién dice que no he besado antes a una chica? —refutó Sirius.

—Tías y primas no cuentan aunque haya sido en la boca —dijo Remus con una risa.

—Incluso aunque seas un Black... —Agregó James, que puesto al tanto de los matrimonios que se daban en la familia de su amigo para mantener su estatus Toujours Pur no encontraría raro que aquella aproximación fuera demasiado cercana a la verdad.

—Ew, no. Antes muerto que eso —negó Sirius con vehemencia.

Y lo cierto es que no mentía, puesto ese verano había besado a dos personas. Por obligación familiar, Sirius asistía a clases de refuerzo de francés en una exclusiva academia a la que acudía dos veces por semana en la tarde a repasar vocabulario y ensayar su conversación. En opinión de Sirius, una pérdida absoluta de tiempo porque nunca en su vida tenía planeado visitar Francia, que ni familia tenían ahí, pero Madre era estricta al respecto, y ya que de paso era el pretexto perfecto para salir de Grimmauld Place y la atmósfera asfixiante que se vivía ahí, él acudía sin falta los lunes y los jueves.

Quiso la suerte que fuera ahí donde encontrara a quienes se convertirían en sus primeros besos, uno para cada caso. Chica y... chico.

Ella era una compañera de curso un año mayor con la que se emparejó para conversar de un imaginario paseo por el zoológico y hablar de animales y sus características, pero Sirius no estaba muy interesado en esos juegos de pretender y al parecer tampoco su compañera, que guiando el imaginario diálogo a los derroteros de su elección, cambió la historia de dos amigos a dos novios planeando su boda, y en un determinado momento cerró la distancia entre ambos y lo besó. Tres veces. Tres cortos besos que repartió así: Uno en ese momento, uno al finalizar la clase, y uno más a la salida de la academia y que incluyó atisbos de lengua. Luego se despidió, y abobado se quedó Sirius con la clara impresión de que podría pasar el resto de su vida sin una repetición.

—Creí que los había visto en el aula pero no estaba seguro —lo sobresaltó una voz a sus espaldas, y Sirius se giró con rapidez para encontrarse con el auxiliar de la maestra que les impartía aquellas sesiones. Era su sobrino o algo similar, el parentesco no importaba, pero dicha fuera la verdad, Sirius había pasado buena parte de sus sesiones siguiéndolo con la mirada y nervioso cuando se acercaba a su grupo a supervisar que estuvieran cumpliendo con los ejercicios.

El nombre se le escapaba, pero no el hoyuelo que tenía en la mejilla al sonreír, y en esos momentos lo hacía, atrapando la atención de Sirius.

El besarse ahí mismo, esta vez por determinación de Sirius que se acercó a él, y en vista de que no hacía más que mantener la sonrisa mientras invadía su espacio personal, éste unió sus bocas en un beso un tanto brusco que acabó por ser más dientes que labios.

A diferencia de lo ocurrido con la chica, Sirius tuvo mayores oportunidades de besar al chico a lo largo de aquel verano, pero casi siempre eran besos robados a la salida de clases, y aunque placenteros, nunca tenían esa chispa de la que tanto se murmuraba. A Sirius no le importó cuando su última clase en la academia terminó, y aunque él y el chico se besaron como despedida, en ningún momento hubo intenciones de intercambiar datos para mantener el contacto. Mejor así.

Con todo, una cosa era besar una chica en el verano y tener la primicia para sus amigos de vuelta al colegio como el primero de su grupo en haber hecho la hazaña, y otra muy diferente haber hecho eso mismo con un chico y... Y por temor a su reacción cerrarse sobre sí mismo como una ostra protegiendo su muy preciada perla.

Por miedo al rechazo, Sirius optó por callar y ocultar la verdad.

Creía él, a la larga sería lo mejor.

 

Tras un cuarto año en el que Los Merodeadores se convirtieron en el grupo más destacado de Gryffindor y también del colegio por sus bromas y travesuras, pero también por su brillantez en las clases y carisma (James se había vuelto en capitán del equipo de rugby junior y los demás destacaban en sus propias áreas), fue Remus quien los citó a charlar con aras de mantener una muy seria conversación y les dio la sorpresa de su vida.

—Erm... Bones me ha invitado este fin de semana a pasear por Hogsmeade —dijo con voz grave, una habilidad que había conseguido en los últimos meses al entrar de lleno a la adolescencia.

Reunidos en un círculo a los pies de las camas dispuestas así porque la casa de Gryffindor estaba situada en una de las torres del castillo, ninguno de sus amigos dio muestras de alarmarse.

—Ok —dijo James subiéndose las gafas—. Esperaba algo más cuando mencionaste, y cito, “tener grandes noticias por compartirnos”, y me siento un poco estafado.

—Corren rumores de que a Amelia no le importa que pongas tu mano sobre su pierna en las citas —mencionó Peter, que era experto en esa clase de datos y elegía en función de ello sus citas.

—Ya, es que... No es Amelia la que me invitó a salir —masculló Remus, las manos escondidas en su regazo—, sino su hermano. Edgar.

—¡¿Edgar?! —Se sobresaltó Sirius, que sólo podía recordarlo como un compañero del mismo año con el que hasta entonces apenas habían hablado y en ningún momento había dado muestras de ser... así.

—No le habrás dicho que sí... —Inquirió James, que se esforzó por mantener la expresión neutral aunque la curva en su labio inferior revelaba desagrado.

—Le dije que lo pensaría —respondió Remus, que de pronto se cerró igual que no lo hacía por lo menos desde su primer año en Hogwarts.

Por aquel entonces, Remus eludía lo más posible del resto de sus compañeros de habitación y se guardaba para sí mismo, ignorando en la medida de lo decente sus invitaciones a husmear por el castillo o unírseles a las travesuras que después se volvieron su sello distintivo. En lugar de hacer amigos, Remus dedicó gran parte de su tiempo libre al estudio, y ello le hizo merecedor de primeros lugares en cada materia, pero también de una soledad que rezumaba de sus ojos para cualquiera que lo viera por más de unos segundos.

Gracias a que Sirius se enteró de su enfermedad y no lo rechazó fue que Remus hizo su primer amigo, y a éste se sumaron James y Peter cuando al descubrir su vitíligo no tuvieron ninguna reacción negativa. Y justo a tiempo, porque a partir de su segundo año las manchas que hasta entonces Remus había tenido ocultas por debajo de la ropa comenzaron a extenderse con rapidez por sus nudillos, codos y rodillas, de modo que acabó por llamar la atención cuando en clase de deportes, incluso en el más ingente de los calores, llevaba pantalón largo y sudadera para sentarse a la sombra.

Remus se recluyó en sí mismo durante gran parte de segundo y tercer año, pero cuando por fin la descoloración alcanzó su rostro con una mancha justo en un párpado, acabó por salir de su estupor y convencerse de que podía vivir su vida como paciente de una enfermedad autoinmune o vivir su vida como una persona más, y ya que la valentía era inherente a los Gryffindor, Remus optó por lo segundo con mejores resultados de los que esperaba.

Por supuesto, no faltaron un par de pullas y comentarios negativos cuando Remus dejó de esconderse tras ropa de manga larga y su propia inseguridad, pero de ellos se encargaron el resto de sus mejores amigos, que se ensañaron con cualquiera que se atreviera a molestarlo, y pronto se volvió un dato común que quien fastidiaba a Remus, fastidiaba a Los Merodeadores y debía pagar con creces.

Dentro de esa hermandad que se había fortalecido con los años, Remus sacudió los cimientos de su amistad al anunciar que Edgar Bones lo había invitado a salir a Hogsmeade en lo que a todas luces era una cita con toques románticos, y lo que era más, no lo había rechazado al instante.

—¿Qué hay que pensar, Moony? —Preguntó Sirius utilizando el apodo que entre ellos habían elegido para su amigo debido a que éste tenía detrás de la oreja una mancha blanca en perfecto círculo igual que si se tratara de una luna llena.

—Mira, Padfoot —replicó Remus usando el mote que le correspondía a éste—, puede que te cueste comprenderlo porque desde que Marlene McKinnon terminó contigo no has hecho nada más que salir con cuanta chica disponible acepte besuquearse contigo, pero yo no... No es eso lo que busco.

—Uhm, a riesgo de fastidiarla, pero... —Peter se aclaró la garganta—. ¿Qué relación hay entre que Sirius sea como un perro en celo con todas las chicas de nuestra edad y que Remus decida no seguir sus pasos y por ello piense que salir con Edgar Bones es una buena idea?

Nadie le respondió, y en cambio James se aclaró la garganta.

—Si es por tus manchas... —James encogió un hombro—. Le gustas a las chicas, Remus. No tienes que cambiarte de bando por eso.

—Esa no es la razón —gruñó Remus, que se llevó la mano al rostro y presionó su tabique nasal entre dos dedos con claro gesto de fastidio—. Si decido salir con Edgar Bones será porque... los chicos no me son indiferentes. Y no estoy diciendo que sólo me gusten los chicos, tan sólo que... No me son indiferentes.

—Oh —dijo James.

—Oh —secundó Peter.

—Y una mierda —resopló Sirius, que molesto de una manera que no podía discernir, abandonó el dormitorio.

 

Fue Remus quien acudió a buscar a Sirius y lo encontró sentado bajo las gradas del campo de rugby y fumando el quinto cigarrillo de la última hora. En realidad, un vicio asqueroso que no estaba seguro ni cómo se había afianzado tanto en él, salvo que Madre detestaba el aroma a tabaco, ergo, Sirius había empezado a fumar sólo para fastidiarla.

—Fue fácil encontrarte —respondió Remus la pregunta que Sirius hizo con un alzamiento de cejas—. El humo me guió a ti.

—Ah —asintió éste, demasiado avergonzado de su reacción visceral como para poder alzar la mirada.

Remus se sentó a su lado, y en vista de que Sirius no se apartó, continuó con el plan que había trazado en las últimas horas de su ausencia.

—Creo... —Empezó Remus, humedeciéndose los labios antes de hablar porque primero necesitaba articular bien sus pensamientos antes que sus palabras—. Creo saber por qué te molestaste antes.

«Oh, no lo creo», pensó Sirius, para quien la realización de que a Remus no le era tan indiferente su propio sexo sólo había abierto una brecha en sí mismo que hasta entonces Sirius sólo había intentado ignorar.

Sobre todo en el último año, pero ya incluso desde antes, Sirius había aceptado que Remus no le era del todo indiferente en materia de atracción. Daba lo mismo que el vitíligo fuera una gran parte de su apariencia, porque Sirius se había pasado los últimos meses robándole vistazos a Remus a través del rabillo de sus ojos cuando se cambiaba de ropa temprano en la mañana (ya no como había sido en su primer año a escondidas) o en la noche antes de irse a la cama. Para él Remus era más que sus manchas descoloridas, especialmente cuando también atrapaba su atención fuera del dormitorio por el hoyuelo que se le formaba en la mejilla, la sombra que hacía su nariz de perfil, y hasta el indefinido color de sus ojos ámbar que podían volverse casi verdes si es que vestía ese suéter que a Sirius le gustaba tanto vérselo, y en ocasiones... Sustraerlo del canasto de la ropa sucia para darle una olisqueada alrededor del cuello, donde el perfume personal de Remus era más perceptible a su nariz.

Básicamente, Sirius había albergado un tonto enamoramiento por Remus en los últimos meses. Con la fuerza y duración suficiente como para no desdeñarlo al cabo de dos semanas como un asunto pasajero, y que ahora con las últimas novedades era y no a la vez motivo de consuelo y desesperanza a la vez.

—¿A ti también te gustan los chicos, verdad? —Preguntó Remus, y la confrontación de Sirius con la verdad lo puso a temblar como una hoja al viento.

La punta de ceniza del cigarrillo que tenía todavía entre dedos tembló con él, y se desmoronó sobre el dorso de su mano con tan mala suerte que al instante se quemó, una fea marca en el nudillo de su dedo anular que al instante le hizo soltar una maldición.

Presto para auxiliarlo, Remus le tomó la mano, y los nervios de Sirius sólo se dispararon.

—Basta —le riñó éste—. Déjame ver.

Sirius se mantuvo rígido mientras Remus examinaba la fea marca que seguramente quedaría en forma de cicatriz hasta el resto de sus días para recordarle aquel horrible momento, pero entonces la mano con la que Remus le sujetaba tembló, y al instante tuvo claro Sirius que no era el único que la estaba pasando mal.

—Moony —se forzó a enunciar—. Todo ese asunto con Edgar Bones... ¿Es real?

Yo soy real —replicó Remus—. Es quien soy, y aún no tengo claro hasta qué punto yo... Pero sé que no es pasajero.

—Oh. Yo también, uhm, no estabas equivocado antes cuando preguntaste porque, uhm, es lo mismo para mí. Creo.

—¿Crees?

—Bueno, estoy seguro —confesó Sirius, que incluso si no había utilizado ninguna palabra incriminadora y para cualquiera que los escuchara aquella conversación no tenía sentido sin el contexto, un enorme peso se aligeró de sus hombros. No por la confesión en sí, sino por la reacción de Remus, que continuó sosteniendo su mano sin aflojar su agarre.

—¿Eres...?

Sirius bajó la cabeza. —sí. Y lo sé porque hay alguien que me gusta…

—Oh, ya veo —musitó Remus, y fue el turno de Sirius en apretar la mano de éste con sus dedos.

—No, verás... Yo... —Sirius exhaló por la nariz—. Lo que quiero decir es... Me gustas. Tú me gustas a mí, Remus.

—Sirius...

A la espera del rechazo, Sirius se topó en su lugar con el simple acto de Remus alzando su mano hasta la altura de su boca, y con delicadeza, besándole la fea quemadura que ahí ostentaba.

—Me gustas también.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Por lo menos desde segundo año, pero....

—A mí desde tercero. Cuando volvimos de vacaciones apenas podía... —Sirius calló, porque aunque la mentira podía ir sobre las líneas de “apartar la mirada de ti” en realidad era “dejar de masturbarme pensando en ti”, y ese no era la clase de secreto que quería compartir en esos instantes.

Remus lo miró directo a los ojos y en sus labios apareció una levísima sonrisa, apenas perceptible, pero jamás inadvertida para Sirius, quien no dudó en imitarle porque el alivio y la felicidad de ese momento lo sobrepasaba y se desbordaba.

—So... —Dubitativo del proceder al que estaban destinados ahora que sus sentimientos por el otro estaban expuestos, Remus se mostró nervioso—. ¿Qué sigue?

—¿Puedo besarte? —Pidió Sirius en el acto, pues nada le parecía más adecuado que un beso para sellar aquella memoria como inolvidable.

Daba lo mismo si después de volver al dormitorio y la atmósfera en la que estaban se difuminaba porque al menos tendría ese recuerdo, al menos sabría que fue real.

—¿Ya has besado a-...?

—Sí.

—Me refería a-...

—Sí —volvió a repetirse Sirius, y en los ojos de Remus un poco de chispa se perdió.

—¿Cuándo?

—El verano pasado.

—Oh.

—Fue sólo por… ¿Práctica? No significó nada. Él estaba ahí y se ofreció, y yo... No fue nada, lo juro.

—Entiendo —masculló Remus, que se fue cerrando más y más hasta levantar un muro entre los dos igual que cuando estaban en su primer año en Hogwarts.

Sirius lo vio levantar defensas, y se negó a ello. —Prefiero besarte a ti.

—Ya.

—Moony...

Remus apretó los labios, y su mano que todavía sostenía a la de Sirius tembló.

Así que por sí o por no, Sirius se acercó a él, y tras darle unos segundos de ventaja para girar el rostro si así lo prefería, primero le besó en la comisura de los labios, y al apreciar que Remus soltaba el aire despacio por la nariz, rozó sus labios con los de él hasta que sus bocas se encontraron de lleno en un beso.

Luego otro.

Y otro más.

Hasta que el rostro les ardió y sintieron los labios ásperos al tacto, la lengua llena del sabor del otro... Y en sus pantalones la inminencia de sus erecciones anunciando problemas si no se detenían a tiempo.

Fue el comienzo, de lo que a la vuelta de los años, sería su historia de amor.

 

/*/*/*/* Próximo capítulo: CC: 10-abr/SC: 24-abr.