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Ziva y las palomitas revenidas

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Cuando Tony encontró a… Un momento, ¿cuál era su nombre? No, todavía no se lo había dicho. Todavía no le había dicho nada y habría que solucionar ese pequeño contratiempo. Mirar demasiado a otra espectadora cuando uno estaba allí en calidad de profesional listo para dar su opinión a veintitantos millones de visitantes únicos cada mes quedaba mal. No es que todos fueran a leer sus desvaríos, pero le gustaba fingir que sí. El ego nunca tenía suficiente alimento, era una de las pocas cosas en que Sénior tenía razón.

Volviendo a la heroína, el interés romántico del protagonista o como quisiera uno llamarlo, se le estaba escapando. La chica era rápida, había puesto pies en polvorosa con el rodar de los primeros créditos. Qué falta de respeto, pero se la perdonaría a cambio de una copa. Para algo sus margaritas eran legendarias o eso decían por ahí los que las habían probado. Él ya no les veía la gracia. Y o dejaba de narrar su historia con una voz en off como si estuviera dentro de un tráiler o la preciosidad morena se le iba a escapar.

Cuánto la había contemplado en la penumbra de la sala, su rostro recortado por las luces cambiantes de la pantalla. Rostro ovalado con su pico de viuda no muy pronunciado en mitad de la frente, boquita roja de piñón y unos pómulos altos y redondos que apuntaban a una complexión física más rotunda que la que encontró al verla ponerse en pie. Era delgada, esbelta, con un físico atlético y muy bien torneado. Pecho escaso, ideal para abarcar cada seno a la perfección con una sola mano y jugar a material no apto para menores de 18. Cintura fina, caderas redondeadas pese a que eran más bien estrechas y… Oh, sí. Ahora que iba tras ella podía admirar sus espaldas con toda rotundidad. Terminaban en una curvatura como de burbuja, firme pero natural a juzgar por el movimiento según caminaba. Estaba más que buena, como esos paquetes de palomitas tan recién hechos que uno debe esperar para probar porque de lo contrario se abrasará el paladar y hasta la tráquea. Cómo le sentaban esos vaqueros. Y la camiseta corta para resistir una jornada inusualmente cálida como aquella. Y… un momento, ¿acaso eran eso unos hoyuelos de Venus? No se podía pedir más.

La mujer (¿la joven? Dudaba que llegase a los veinticinco) se le marchaba. Cabello oscuro y rizado de leona mediterránea, como ese toque de aceituna que tenía en la piel. Solo que había tomado el camino equivocado. Por ahí no estaba la puerta de la calle. Un mal cruce con un par de patosos y se le despistó tras un recodo. Ya la había perdido aunque mira que le habían parecido falsos esos juegos de cámara desde siempre. Desconocía dónde podía haberse metido, las opciones eran mínimas. Frustrado, revisó el corredor. La joven no llevaba ninguna carpeta, ni taco de papeles ni objetos voluminosos contra los que poder impactar para luego ofrecerse a ayudarla a recogerlos. A veces la realidad dejaba mucho, mucho que desear.

O tal vez no.

“Señorita, su acreditación”. Se había oído alto y claro. Hora de intervenir. El caballero de la brillante armadura debía salvar a su esquiva dama. Dobló la esquina y, hela allí, rebuscando con incomodidad en su bolso. El indie cabreado de la organización se impacientaba. Debían de haberle vendido la moto de que en Tribeca solo se proyectaba cine minoritario de autor y al encontrarse a más de cinco personas en un pase habría ardido de indignación. Luces, cámara, acción. Imaginó una marca en el suelo, se desplazó hasta ella y soltó las líneas que había ensayado en los escasos segundos de trayecto. Esperaba que estuvieran a la altura de la producción.

—¿Se puede saber dónde estabas, pocholita? Empezaba a preocuparme.

Pocholita giró la cabeza y le lanzó una mirada capaz de fundir un bloque de acero. Parecía que había seleccionado a la novia furiosa como arquetipo y entrado en él de cabeza.

—Me habías dicho que el baño era por aquí, genio.

Tony puso los ojos en blanco, sacudió ligeramente la cabeza y resopló. Le faltó agregar el “mujeres” que el indie cabreado parecía estar esperando. El pobre quería dárselas de Jean-Paul Belmondo con ese fedora de mercadillo pero no llegaba ni a Perry el Ornitorrinco.

—¿Está con usted, señor?

—La duda ofende, ¿es que no me ves lo bastante guapo para ella? —Giró la cabeza y se señaló el moflete—. A ver ahora, ¿mejor? Es mi perfil bueno. Además, no sé de qué te extrañas, a Tom Cruise siempre lo emparejan con veinteañeras.

Perry el indie cabreado se daba por satisfecho y se batía en retirada. La proverbial labia DiNozzo había vuelto a imponerse. Comenzaba el siguiente acto. Pocholita debía adquirir su verdadero nombre y él, el aliento. Teniéndola tan cerca, oliendo esa colonia fresca que emanaba con suavidad de su cuello y fijándose en pequeños detalles como esa cicatriz en forma de surco que tenía en el lóbulo de una de sus orejas tuvo que admitir que la chica ganaba. Estaba hecha para primeros planos, para planos detalle incluso. Sí, la cámara la adoraba. Y Tony acababa de encajar a quién le recordaba tanto. Cuánto se le parecía, era una versión mejorada.

—Gracias.

—Un placer. ¿De verdad buscabas el baño?

—¿Tú también? —Esa furia rápida que le centelleaba en las pupilas no iba a ser fingida después de todo—. ¿Es que no puede una desorientarse o qué pasa?

—Lo preguntaba porque, si buscas el lavabo o la siguiente proyección, puedo llevarte. Yo no voy a entrar, ya la vi en el pase de prensa especializada que hicieron ayer, pero te puedo dejar en la puerta de la sala si quieres.

—No, gracias. Ya he terminado —bajó la vista hacia su pechera, donde pendía su acreditación del festival—, Anthony.

—Por favor, llámame Tony, no me eches años encima. Y tú eres…

—Ziva.

Ziva. Denominación exótica para una mujer exótica. No era del continente, su acento la delataba. La cuestión era, ¿de dónde salía semejante preciosidad digna de ser la partenaire cañera de Bond? Pero del Bond de Sean Connery por lo menos. El de Pierce Brosnan ya habría querido. Mejor preguntar.

—¿Sabes qué? No termino de ubicar tu acento y me estás intrigando. —La señaló—. Te ayudo a salir del edificio y hasta te invito a una copa si me dices de dónde viene. Porque no es francés, ni italiano, tampoco creo que sea de un país hispanoparlante, no me suena báltico y tampoco eres rusa, mucho menos del Sureste Asiático.

—Israel. —Metió la mano por el cuello de su camiseta y extrajo un colgante en forma de Estrella de David que hasta el momento había ocultado.

—¿En serio? Lo explica todo. —Ziva lo miró con gesto de intriga mientras echaban a andar—. Sin duda te lo habrán dicho ya muchas veces, pero te pareces a Gal Gadot.

—¿A quién?

—A… ya sabes, Gal Gadot. Wonder Woman, Elena Vlaslov y lo único decente de la saga Fast & Furious desde hace ya muchas entregas.

Ziva se mordió el labio, continuaba en blanco. Tony sacó el móvil, buscó a doña Mujer Maravilla y le mostró las imágenes a su versión mejorada.

—¡Ah! La chica de Castro, unos grandes almacenes de mi país, sí. Nunca me lo habían dicho.

—¿En serio? —Ziva sacudió la cabeza y con ello provocó que sus rizos danzasen. Tony se los colocó detrás de la oreja, de donde habían escapado, y consiguió como premio una pequeña sonrisa—. Tú no eres tan alta y mucho mejor, pero también tienes pinta de poder partirle la cara al indie del fedora si vuelve a importunarnos. Aunque no debería hablar así de él, quizá tenga que darle las gracias.

—¿Por qué?

—Llevaba siguiéndote desde la sala y te me habías escabullido. Sin él no te habría encontrado.

—¿Para qué me seguías? —Mala elección de palabras, de pronto se ponía a la defensiva.

—Ah, no, tranquila. No he salido de un telefilme de sobremesa. ¿Nunca te has fijado en que agregándole el adjetivo “mortal” o cualquiera parecido a cualquier palabra ya tienes el título de una de esas pelis? Vecino letal, Envidia mortal, Alicatado fatal…

También sabía reír. El encanto DiNozzo nuevamente surtía su efecto arrollador. Quedaban unos metros para la salida y había conseguido oír su risa. Ahora faltaba rematar la jugada aunque fuera con una frase manida de guionista en crisis:

—¿Te espera un novio, novia, gato o cualquier otra mascota celosa para cenar o puedo invitarte a tomar algo? Hago una pasta y unas margaritas increíbles, no es por echarme flores, valga la redundancia.

—Pues…

Lo estaba considerando. Se lo estaba pensando seriamente, sus ojos se lo contaban a Tony. No en vano lo estaba barriendo con sus iris pardos sin piedad ni disimulo. Lo que vio debió de agradarle, pues le pidió con una sonrisa que le diera un segundo, sacó el móvil, escribió unas líneas en hebreo en una ventana de conversación con alguien cuyo avatar era un panel de Tetris a punto de completarse por una pieza alargada de esas que nunca salían y al fin le volvió a dedicar su atención.

—Listo. ¿Me quieres llevar a tu casa, entonces? Casa mortal, no sé si debería.

Ahora quien reía era él. La chica era buena. Y lo estaba.