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ATALAYA

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ATALAYA
de Tabora

A veces piensa que está loco, debe de estarlo porque no es normal estar allí.
Tampoco es normal alquilar y pagar una habitación durante años, para ocuparla, con suerte tres o cuatro días al mes.
Y desde luego no está bien, permanecer vigilando de pie delante de la ventana durante horas…
Pero qué remedio le queda, cuando llego la primera vez hacía varios meses que no sabía nada de él y, ya que no sabía cómo iba a ser recibido, prefirió buscar un sitio cerca y poder tener la oportunidad de quedarse así, en la oscuridad, vigilando, devorando su imagen.
A lo largo del tiempo le ha visto salir y volver de clases, relacionarse con sus nuevos amigos, salir a buscar trabajos y llegar rendido al amanecer. Y en época de exámenes, las madrugadas han llegado y los dos han estado en sus puestos. Uno sentado en la mesa, delante de su portátil o del libro correspondiente, y el otro, de pie delante de la ventana, observando a su propia estrella.
Cada vez que vuelve de un trabajo y en cuanto puede esquivar a John va su lugar secreto, aunque este cansado, no le importa viajar otras horas para llegar cuanto antes y verle. La pequeña habitación se ha convertido en su guarida, donde lo más importante es esa ventana por la que ve su apartamento, y las diferentes ventanas por las que puede ver el día a día de Sam.
Cada vez que llega y le ve por primera vez, observa las diferencias, ¿Ha crecido?, Se ha cortado el pelo?, ¿Esa ropa es nueva?, ¿Esos amigos parecen legales?, ¿Tiene un nuevo horario?...Le gustaría saber tantas cosas, pero jamás se ha acercado para hablarle. Y es que la noche que se fue, ya dejo claro que no quería volver a tener ninguna relación con él cuando, ni le dio una mirada al irse.
Pero está claro que ese no es su caso, la lejanía entre ellos no quiere decir que él no quiera saber cómo vive, no solo quiere, necesita saber que ocurre con su vida.
Hoy, después de conducir durante tres, casi cuatro horas, ha llegado a su refugio después de cuatro meses sin poder volver y, después de una rápida ducha y de agarrar uno de los bocadillos que compro en la última gasolinera por la que paso, ha vuelto a su atalaya particular.
Ha tenido que esperar cerca de dos horas para conseguir verle regresar de divertirse con cuatro amigos y una rubia, una tía buena que se ha quedado en el apartamento cuando una hora después todos los demás se han ido.
Ahora, con las luces apagadas, y ya sin nada ni nadie que espiar, el cansancio empieza a hacer mella en su cuerpo y él, solo puede mirar hacia el cielo mientras desea poder cruzar la calle, y tomar el lugar de esa rubia.

Fin.