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Epiphany

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Nacer en la nobleza es hacerte conocedor de lo más obvio a corta edad: Tienes responsabilidades más allá de las que tiene cualquiera al llegar al mundo. Lo cierto es que no es un niño tonto a pesar de la juventud con la que cuenta.

Ya está perfectamente enterado de lo que se piensa hacer, lo que el llamado repentino de su padre, el rey, no lo sorprendió para nada. Mucho menos la información que le transmitió. Se mantuvo totalmente neutro e indiferente hasta que terminó de hablar y tocó su turno de palabra:

—Pensé que me querías, eres mi padre... Lo único que haces en realidad es entregarme al primero que te lo pidió.

—No es...—suspira y chasquea la lengua—. es un rey y es dueño de un vasto reino con muelles que permiten comercio con Inglaterra. además es un buen-

—Tiene cuarenta y cinco años más que yo.

—Jimin.

—Madre me dijo que yo no me casaría con alguien que no quisiera, pero estás haciéndolo de todos modos sacando provecho de su fallecimiento. —a pesar del golpe a la cara no se disculpó ni dijo nada.

—Estás siendo un niño impertinente. Será un matrimonio arreglado donde tú obtendrás más de lo que pudiste imaginar por parte de tu futuro esposo. Él no te hará nada hasta que cumplas tu mayoría de edad.

—¿Enserio? Leí la carta en tu escritorio que dice lo contrario. No trates de que esté feliz, complacido o dispuesto a esta boda... Iré al infierno por mentir ante Dios y será tu culpa por obligarme a hacerlo. Lo único bueno, es tú también te hundirás en el infierno por vender a tu hijo como esclavo sexual con otro título.

Dejó a su padre con la palabra en la boca y salió de la habitación. No tiene interés en nada más que pueda decir. Es inútil. A final de cuentas tendría que obedecerlo lo quiera o no ¿De qué sirve seguir en el mismo asunto si el final será el mismo?

Carece de infantilidad o desconocimiento por arreglos matrimoniales, pero pensó ilusamente que podría salvarse de ellos o como mínimo, que estos no fuesen muy graves como de hecho lo son. Con quien se casaría aunque muy rico, tiene cincuenta y nueve años, casi sesenta; una mano sin dos dedos, un tamaño enorme por gordura...

Un simple horror. Por si fuera poco, borracho y gustoso de tortura a supuestas brujas, pecadoras, etc. Con trece años y principe de Paris tiene muchas y vividas imágenes al respecto; por eso sabe que lo desagrada tanto.

Estaría unido de por vida a alguien que encarna todo lo que odia.

Que santa maravilla.

Que nadie hable de ventajas de ser Príncipe de la capital de Francia, París.

Estuvo rezando todo un día; pidiendo a su madre -que en paz descanse-, que iluminara el pensamiento de su padre y así esto fuese solo un chiste de mal gusto. Sabe que hay otras propuestas y la mala gana disminuiría si toman cualquiera menos la actual. Conoce a cada uno y aunque no son mejores en todo aspecto... Al menos la mayoría no bebe tanto.

Inútil a mas no poder. Pasaron algunos meses de preparativo, supuestas salidas para conocer a su futuro marido que no hace otra cosa que manosearlo a la mínima oportunidad y todo acabó hace unos minutos cuando tuvo que dar el si acepto frente al Obispo. Umm... Su padre luce feliz y bebe muy animosamente.

Hay brisa marina ya que se hizo la ceremonia en el que es ahora su reino por derivación. Casi quisiera lanzarse al agua para jugar. Recuerda que lo hacía con su madre. Era corto y bastante tonto el asunto, pero era muy tierno y divertido en su momento.

—Tus rasgos son tan extraños, mi pequeño esposo. Incluso tus ojos sin pequeños... tu piel es más fina que la de cualquier otro que haya conocido de tu edad. —Mantuvo el rostro inexpresivo ante la caricia en la mejilla por parte de su esposo.

—Mi madre fue de orígenes orientales.

— ¡Ah! ¡Oriente! Eso lo explica. Debes ser alguien muy aplicado. Esos son los rumores con respecto a su cultura. A su esencia.

—Yo-

—Espero que seas tan aplicado como bien tu padre me ha dicho. —frunció los labios con temor. Tiene las orejas y el cuello sensible, por eso tiende a cubrirse. Ser atacado ahí es totalmente a traición.

—lo es. —Dice ante la poca conversación que da Jimin.

La charla continuó igual de incomoda para él. Estuvo así por horas y horas. Tanto que llegó la noche, tiempo temido y que quisiera pasara aún más lento.

—Ya—respingo torpemente por el repentino apretón en el hombro y aviso con voz fuerte—. Es tiempo de ir a nuestros aposentos. —Hipaba mucho y el aroma que desprende por la bebida y sudor es repugnante.

—Quisiera quedarme un poco más. —dijo Jimin. Un fuerte tirón lo hizo casi levantarse.

Esto va totalmente tras cuerda. Por ello no hay quién bendiga la habitación, a ellos como pareja ahí... Nada. Es solo tirarlo ahí para que su esposo haga lo que le plazca con él.

A ello viene todo el miedo siente.

—A nuestra habitación, ahora.

—E-es que-

—Jimin, tiempo de ir. —indica su padre sin preocupación. Jimin balbuceo sin parar un montón de incongruencias.

Finalmente en pie por la fuerza de los jalones acabó en pie y por impulso le dio una fuerte bofetada a su esposo. Retrocedió por la furia en su mirada iracunda. Tropezó y aun así, siguió echándose atrás hasta chocar con la pared. Chilló espantado por la copa que iba a ser aventada en contra suya.

No pasó.

Por contrario, lo que cayó encima suyo fue... ¿Sangre?

Su respiración se aceleró el doble por el cuerpo gordo que cae al suelo con una flecha que salía por su frente.

Gritos venían de todos lados y sin sentido. Hay golpes, cortadas, salpicones de líquido carmesí y rompimiento de objetos sin parar. En su sitio solo se encoge rezando porque sea lo que sea que esté pasando no llegue hasta su sitio exacto.

— ¡AH! —frente a él cayó la cabeza de su padre, con los ojos abiertos, un corte totalmente irregular que cercenó la cabeza...—. N-no pu-puede... Dios mi- ¡HII!

— No te asustes, no te asustes...

Hay un hombre rubio de ojos claros frente a él. Tiene los ojos con un notorio y fuerte delineado negro, cara bonita y labios gruesos. Intento salir huyendo, pero el hombre lo atrapó sin problema. Fue tomado de la cara y el hombre tiene una expresión de inusual alegría.

— Eres un niño lindo ¿Por qué me tienes miedo? No te haré ningún daño.

¡NO ENTIENDE ABSOLUTAMENTE NADA!

Para peor, quiso salir aún más despavorido por la repentina aparición de otro hombre. Alto, fuerte, vestido con cuero y una que otra piel animal; con su rostro goteando sangre, espada y hacha en mano... Al verse ese gigante se acercó con toda la intención de atacarlo.

La intención es lo clave. Pues la intención a veces ni es cumplida como en este caso.

— ¡No lo hagas! —la fuerza del abrazo lo asfixia y aprieta sus huesos—. No te le acerques. Yo lo quiero, será nuestro hijo.

A juzgar por la cara del gigante, lo dicho es malo.