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Inevitable Attraction

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No podía dejar de verlo.

A ese omega supuestamente aburrido, descolorido…

Supuestamente.

Porque desde la primera vez que lo había visto, no podía dejar de observarlo los pocos minutos que se cruzaban. El omega tenía el cabello como la tonalidad de la sangre, algunos mechones teñidos del color de los ojos; verde azulado. De figura bonita, alto, y de piel clarísima.

No era como los otros omegas, eso se distinguía a simple vista.

No se veía coqueto, ni carismático. No parecía que si se llegara a acercar para entablar una conversación, iba ser elocuente. No parecía animado, ni feliz.

Era extraño.

Aunque el omega pelirrojo estuviera lleno de un aura suicida, de insuficiencia de ganas para vivir, lo que desbordaba de todo él, era una increíble belleza.

Belleza opacada por ese olor, claro.

Casi no olía a omega. En su lugar, había un fuerte olor a químicos con una pizca de naftalina, y el casi imperceptible olor propio.

¿Y cómo podía saber él, que el desconocido pelirrojo era un omega, si precisamente no olía a uno?

Porque él tampoco era normal.

Los demás alphas disfrutaban de su olfato a gusto. Era lo correcto, lo normal. Que un alpha apercibiera el aroma de un omega, pudiendo así distinguir feromonas de ellos, era algo natural. En la medida correcta, por supuesto.

Algo de lo que él no gozaba.

Poseía un olfato agudísimo, que incluso podía apercibir estados de ánimo. Y con el fuerte aroma de los celos, simplemente empeoraba; enloquecía. Era tal el desarrollo de su olfato, que incluso podía apercibir las débiles feromonas de omegas que estaban próximos a entrar en su celo. Sí, terriblemente desdichado.

Fatídico, así había sido. Tanto, que desde los doce años tuvo que tomar supresores para alphas, porque incluso llegó a atraerse por los ciclos de celo de su papá —hecho del cual sus familiares siempre se burlaron, y muy usado para contar durante las reuniones— porque no sólo compartían lazos sanguíneos, sino además su progenitor estaba marcado.

Marcado…

El omega pelirrojo no estaba marcado, ¿por qué?, ¿por qué nadie lo marcaba? Era hermosísimo… que tenga esas ojeras no le restaba ni un poco de belleza. Más bien, con esa mirada apagada, parecía melancólico, desolado.

Alguien tan hermoso no debía verse así, tan… tan triste…

Unas risitas tontas hicieron que salga de su trance. Al ver como el omega bajaba del tren, apenas tuvo tiempo para mirar por el rabillo del ojo a un grupito de omegas femeninas, que reían nerviosas, mientras jugueteaban de manera coqueta con sus cabellos, a la vez que lanzaban miradas traviesas. No les tomó atención, y bajó atrás del pelirrojo, esperando a que cuando estuviesen en el asfalto, se alejara lo suficiente.

Jóvenes, encantadoras y normales… ¿por qué no podía sentirse interesado por una de ellas? ¿Por qué tenía que ser ese anormal con olor a farmacia?

Y repentinamente, recordó que él también era anormal. Que no estaba babeando como imbécil por las feromonas del grupito féminas, sólo porque tenía que tomar un supresor cada cinco horas, que le permitía únicamente distinguir lo necesario, y no nimiedades que no eran normales apercibir.

Agradecía que el efecto secundario, simplemente fuese un dolor de cabeza intenso, porque a pesar de ser susceptible a los celos de su papá, recordaba con claridad que fue él mismo quien se negó rotundamente cuando su padre y doctor dijeron que debía usar medicamentos, para evitarle catástrofes. «Abuso de drogas», había gritado su papá, furioso, amenazando con divorciarse de su padre si llegaba a medicar de esa forma bárbara a un niño de sólo once años.

Cerró los ojos, tratando de olvidar que su padre tuvo que usar la voz en su papá.

Por otro lado, sus familiares alphas eran normales.

Comenzó a caminar, con tranquilidad, mirando con cautela el recorrido del omega pelirrojo.

Normales…

Qué suerte tenían los demás alphas. Podían sentirse atraídos hacia las feromonas e incluso hasta con los celos, tener conocimiento de los estados de ánimo o cambios en el omega —de forma recatada y no una exageración, como pasaba con él—. Incluso, podía jurar que el olor artificial del pelirrojo, los demás alphas no lo sentían. Que confundían el molesto olor de sustancias químicas por uno parecido aun fuerte supresor. Que la explicación que ellos imaginasen de ese hecho, es que ese omega atravesaba su celo, y no eran días adecuados, cualquier cosa. Ni siquiera podían distinguir su olor de omega y por eso se mostraban desinteresados.

Pero él si podía. Era un aroma casi extinto y tenue, exquisito… arruinado por el olor del «exceso de supresores».

Era extraño.

Un celo duraba cómo máximo cuatro días. Una hipérbole, una prolongación probablemente anómala, porque comúnmente eran tres días.

Este era el noveno día que seguía al omega.

Y aún tenía ese olor.

Resopló, reconociendo que si sus amigos se le reían en ese instante, se lo tenía bien merecido. Siguiendo a un omega, digno de un acosador. Si el pelirrojo se llegaba a dar cuenta, y lo denunciaba, iba a estar en todo su derecho. Pero juraba que no lo seguía por algún tipo de depravación. Quería hablarle y escuchar su voz. Quería estar cerca de él, decirle que le encantaba la manera en la que se distraía mirando hacia la ventana, y que quería saber la razón por la cual sus ojos preciosos estaban tristes. Qué si existía la forma de hacer que sonría, era hasta capaz de vestirse de payaso.

No, no, de payaso no. Había otras formas de hacer que sonría.

Pero payaso era precisamente lo que parecía… teniendo pensamientos cursis con un desconocido. De hecho, él mismo se desconocía… pensando ese tipo de cosas, algo que no le había pasado antes. Había salido con omegas y betas femeninas, y jamás tuvo ese interés desmedido.

Quería explicarse porque le pasaba eso.

Lo aducía a su curiosidad, a esa parte entrometida interna que creía no tener y que había despertado. Cualquiera se podía interesar en descubrir porque un omega no olía a omega, sino a fármacos, aunque luego descartó esa teoría, porque existía algo que se llamaba pudor, y eso era lo mismo que le exigía no inmiscuirse en los asuntos de los demás. Jamás le había pasado algo similar y pensar que hubiese sido eso lo que le llevaba a seguir al omega bonito, era hasta considerado una crueldad, una falta de humanidad y de respeto ante un problema —porque precisamente era eso, si se solucionaba con lo que intuía, eran sobredosis— que no era de su incumbencia.

La otra razón que ideó usando más raciocinio, fue que se debiera a su parte alpha. Podía percibir el endeble aroma del omega, además no estaba marcado, y parecía solitario. Era su parte no racional, instinto de su casta que, probablemente, le llevaba a los deseos proteger y cuidar a ese omega desolado.

Cómo sea. El interés sólo había incrementado, estaba desesperado, y no sabía cómo acercarse. Eso era un hecho risible, considerando que tenía la elegancia y belleza de su papá, la galantería e imponencia de su padre, y, bueno, los ojos de su abuela. Aunque tenía el cabello anaranjado, característica de todos sus parientes, todos en su familia adoraban sus ojos azul oscuro. Eran idénticos a los de su difunta abuela alpha.

Nunca tuvo problemas en conseguir parejas. Prácticamente, las otras castas se lanzaban hacia él. Y ahora, seguía sigiloso a un omega, sin tener idea de cómo iniciar una conversación. Una simple conversación… no parecía tan sencillo como lo pintaban en las películas románticas que vio hace muchísimo tiempo, en dónde los protagonistas chocan de manera aparatosa y tienen una química inmediata e inminente, o dónde simplemente con intercambiar sonrisas, el romance estaba asegurado.

No era sencillo y eso dolía.

Jamás había tenido obstáculos si deseaba hacer algo. Siempre tuvo notas excelentes, siempre fue un deportista destacado, siempre fue de los más guapos, siempre ha sido un profesional excepcional…
Y el «siempre» acabó apenas encontró al pelirrojo. Todo dejó de ser fácil. Repentinamente, se volvió un asocial con una increíble habilidad para acechar a un civil en la ciudad.

Habían salido hace minutos de la estación y estaban a pocas calles de entrar a una zona poco recurrida.

Miró el reloj en su muñeca. 21h20, indicaba el dispositivo.

Como un golpe de vuelta a la realidad, escuchó el tono de llamada, de un teléfono móvil ajeno. Si a él le había sorprendido, por otro lado, el pobre omega saltó del susto, palpando posteriormente los bolsillos de su traje, sin encontrar el móvil. Se detuvo, escarbando en su maletín, haciendo un completo desorden, hasta tener el artefacto en sus manos. Retomó entonces el paso. Tardaba aún en contestar.

—¿Hola? Sí, sabes muy bien que soy yo —contestó molesto, el pelirrojo, o eso aparentaba su voz. Una tenue y afable, que rozaba la desgana. Que tuviera fachada de querer morir, no se mostraba sólo en su aspecto, entonces—. Te prometo que traté de tomarlo lo más pronto… olvídalo, no importa. Seguro debes decirme algo más importante. Sí, sí. Entiendo. Deja que me cambie y voy hacia allá.

Un silencio incómodo hasta para él mismo, y eso que sólo era un espectador.

—No, no. ¿Necesitas que lleve algo? ¿Qué dices? ¿Preser… vativos? No… ¡No voy a comprar eso!—chilló el omega, y su voz dejaba claro que estaba avergonzado— ¿Anticonceptivos también? ¿De verdad? No puedo creerlo… no creí que llegaría este momento. Debemos hablar seriamente, antes de usarlos… ¿qué tienes alergia al látex? ¿Me estás molestando, verdad? Si tengo tiempo, pasaré por una farmacia, o los compraremos por allá. Y vamos a hablar seriamente, ¿me escuchas? Dios, en serio eres increíble. Te voy a colgar.

De acuerdo, seguirlo esta vez fue un giro inesperado. Y el inesperado iba por todo… era aparentemente una conversación sexual con aparentemente la pareja del omega.

Aparentemente…

Aparentemente estaba celoso…

Bajó la mirada, al pisar un objeto extraño. Se trataba de una billetera de cuero, negra. Se inclinó y tomó la cartera, abriéndola, distinguiendo un carné de identidad. Era de ese omega extraño.

Se sintió horrible y rastrero por leer esa información, pero ya tendría tiempo después para sentirse mal.

Kannonzaka Doppo.

El omega se llamaba Doppo. Su cumpleaños era el quince de mayo —iría a sus notas mentales— e iba a por los treinta. No los aparentaba.

Iba a continuar leyendo, cuando el omega se detuvo frente a una casa pequeña, sacando sus llaves. Se percató rápidamente, que la vivienda estaba alejada de las demás. Si se quedaba con esos documentos, ambos iban a tener problemas.

Corrió hasta el pelirrojo, y cuando estuvo unos pasos atrás de él, suspiró profundamente. Ese cosquilleo en el estómago y los tenues nervios, le recordaban a las noches gélidas en el campamento.

—Disculpe —susurró tocando el hombro del tal Doppo, sin poder evitar arrugar la nariz, cuando el pelirrojo volteó. El olor a químicos era más fuerte de lo que imaginó. Inmediatamente deseó morir, por haber hecho ese gesto, poniendo en alerta al omega, quien entrecerró sus ojos—. Se le cayó esto —explicó, retomando la serenidad.

El pelirrojo parpadeó con lentitud, inspeccionándolo con una rapidez inesperada. De cerca, esos ojos eran aún más magníficos. Enmarcados por las pestañas rojas, parecían piedras preciosas… y recordó inmediatamente esas joyas que tanto le gustaban a su papá. Turmalina de paraiba… ¡Eso! Sus ojos eran dos turmalinas de paraiba.

—Lo siento por hacerle recogerla… muchísimas gracias… —musitó el pelirrojo, ladeando la cabeza.

El omega era majestuoso. Otra vez quedó como estúpido, embelesado, hasta que se percato de la mano levantada del desconocido.

A tiempo, ofreció la billetera, sintiéndose como jamás en la vida se sintió; maravillado y torpe.

—No es nada. Qué tenga una buena noche —dijo, lentamente, apartándose antes de seguir mirando los hermosos labios rosáceos aquellos.

El omega sonrió tenuemente, haciendo una reverencia.

—Igualmente.

La sonrisa aquella tenía cualidades mágicas, hechizantes, y eso que sólo había sido un leve asenso de comisuras.

Empezó a caminar, obligado, sólo porque el pelirrojo empezó a abrir la puerta, y sería muy sospechoso quedarse de pie ahí. Entonces, en esa situación si iba a parecer un acosador —ante los ojos de Doppo—y no era eso lo que quería.

Ahora sí, el omega le parecía más misterioso que antes. El apellido Kannonzaka era de la aristocracia. Justo como el suyo. No se explicaba por qué el pelirrojo vivía tan alejado de las demás casas —omitiendo que el tamaño de su vivienda no era tan desmesurado como del resto de la familia Kannonzaka—, por qué parecía desolado, por qué olía a fármacos y… por qué trabajaba. Había visto pender de un listón rojo, el gafete con la identificación del pelirrojo, sin duda, un oficinista. Y no tenía nada en contra de que trabaje, él no era tradicional como el resto de sus familiares alphas, es sólo que sabía que la familia Kannonzaka era tan importante, que mantenían el perfil bajo, correctos a la vista de todos, apegados a las costumbres de antaño. De hecho, su mejor amiga Ayame era una Kannonzaka.

Kannonzaka…

Sacó su teléfono, y marcó un número. Llevó el móvil a su oreja, mientras caminaba parsimonioso.

—Samatoki… sí, todo en orden, ¿y tú?—giró una última vez hacia la casa aquella, memorizando con rapidez las calles— Hmm… tengo un asunto… ¿crees que puedas ayudarme?

 

 

El alpha de cabellos blancos le dirigió la mirada, confundido. No lo iba a presionar. Sabía que si ese terco lo estaba citando, de seguro era algo de importancia. Aún así, no pudo evitar fruncir el entrecejo, porque se estaba impacientando.

—Lamento molestarte —murmuró, sin saber cómo explicarle a su amigo lo que estaba pasando.

—Está bien, no importa. Sabes bien que Jyuto es el pesado para aconsejar, pero aquí estoy para escucharte. ¿Qué pasó? —omitió decir groserías, no quería presionarlo, aunque ese silencio sí que lo estaba irritando.

—Creo que me he enamorado.

El alpha de cabellos blancos no pudo contener una risa.

—Lo digo en serio, Samatoki —pronunció seriamente.

—Ya, ya, ¿y el problema cuál es? Eres tan guapo como yo, Riou, sólo debes acercarte y pedirle una cita—soltó burlonamente, mirando la pantalla de su teléfono.

—No sé cómo acercarme…

—Bromeas.

—Lo digo de verdad, ese omega… él no es como lo demás —recordó, suspirando.

La mesera, una beta hermosa y coqueta, regresó con las órdenes. Sonrió de forma seductora, encantada por atender a dos alphas excesivamente atractivos.

—Disfruten —dijo ella, haciendo uso de sus encantos, mientras colocaba los pedidos en la mesa.

—Gracias —murmuró desganado el alpha de cabellos anaranjados, bajando sus ojos azules hasta la bebida helada que la señorita había dejado frente a él.

Samatoki esperó hasta que la mesera se alejara, entrecerrando sus ojos rojos. Creyó que era algo grave, Riou no era de molestar con estupideces.

—Sé lo que piensas, que estoy exagerando. Y no es así —sentenció, entornando los ojos al igual que su amigo. Odiaba que desestimara el tema. Que le haya ido bien en sus conquistas anteriores, no significaba que debía restarle importancia a una… particularmente difícil.

Aunque, ¿qué conquistas, para empezar? Jamás había ideado un plan para invitar a alguien a salir. Y ahora, era él quién estaba como idiota; ilusionado, enajenado, y sus derivados. El omega no pareció nervioso y tampoco interesado.

Qué desgracia.

—Ya, te gusta un omega masculino. Has salido con omegas masculinos antes, ¿cuál es el problema con este? ¿Quieres invitarlo pero, te sientes inseguro? ¿Tan bello es el omega ese? Hasta mi hermana dice que eres de los hombres más apuestos que ha visto, no te debes preocupar.

—Mi apariencia es mi menor preocupación —aclaró Riou, levantando sus orbes azules más fríos que el hielo. Según los omegas, en lugar de lucir aterrador por esa seriedad suya, parecía frío, misterioso e inevitablemente atractivo. Jyuto se lo recordaba a cada instante, cuando según él «se robaba las conquistas»—. Lo que sucede es que lo digo de verdad, él es distinto. Ni siquiera huele a omega.

—¿Es efecto de tus medicamentos? —ver negar al otro alpha, hizo que guarde silencio unos instantes— ¿Te sientes atraído y no es por su olor? ¿Así, tipo amor a primera vista? —hizo el amago de volver a sonreír, aunque quedó estático cuando Riou asintió lentamente con la cabeza— Oye, oye, yo sólo estaba bromeando. En serio, ¿tan hermoso es?

—Bueno, sí, es… bellísimo —asió el vaso de cristal, y bebió un trago, mirando hacia todos lados, como si fuese a pronunciar algo particularmente difícil—. Pero no es eso lo que me atrae de él. Es misterioso, y no porque no huela a omega. Está envuelto de un aura melancólica y yo… sólo siento que deseo hacerlo feliz.

El otro alpha lanzó una risotada, retomando la compostura cuando otra vez dirigió la mirada hacia su amigo.

—Lo siento… es que… es que jamás creí que te oiría decir esas cosas tan… tan bonitas —mantuvo la sonrisa burlona, realmente interesado.

—Tan cursis —repuso el otro, entornando los ojos—. Sé que esto es cursi, y no puedo hacer nada para remediarlo. Me da mucha vergüenza decirte esto, pero lo he seguido.

—¿Lo has seguido?

Riou asintió lentamente, desviando la mirada.

—Desde hace nueve días.

—Vas en serio —silbó Samatoki—. ¿Y descubriste algo interesante? No sé… ¿el tipo de cosas que le gustan, o algo así?

—Los otros días no, sólo caminó hasta su casa y fin. Hoy… hoy habló por teléfono con alguien. Creo que su pareja.

—¿Pareja? ¿Está marcado o algo así? —tomó un sorbo de su soda, cuando su acompañante negó— ¿Entonces cómo diablos intuyes que es su pareja? —indagó, entrecerrando sus ojos rojos.

—Era una conversación comprometedora —cerró los ojos con molestia, al ver a Samatoki arquear una ceja—. Hablaban sobre comprar preservativos y anticonceptivos, y hablar antes de usarlos.

Samatoki dejó caer la mandíbula, mientras desviaba la cabeza hacia la ventana del restaurant, como si con ese acto fuese en verdad a huir de la realidad.

—Estás jodido, amigo —sentenció el albino, arrepintiéndose en el momento en que vio al alpha de cabellos anaranjados, bajar la cabeza, desganado.

Quiso decir algo más, pero ver a Riou negar, le indicaba que guarde silencio.

Claro que estaba jodido. No necesitaba disculparse de nada. Lo tenía claro y que se lo recuerden era fastidioso.