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La caja de Pandora

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Ninguno de los personajes en esta historia me pertenece.

Aviso: no tengo idea de lo que estoy haciendo, pero un demonio en el cuerpo de una señorita contaminó mi mente y ahora quiero escribir incesto sobre estos personajes también. Y digo “también” porque este demonio me llevó a shipear incesto en literalmente todo lo que veo…

 

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La caja de Pandora

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Solo había una verdad irrefutable en el mundo. Y no, no se trataba de algo científico como una fórmula matemática o una solución química. Esta verdad era más sencilla y más fácil de comprobar.

Esta verdad declaraba que Tadashi era perfecto.

Tal vez muchos pensaran aquello de sus hermanos mayores, o tal vez no, pero Hiro estaba seguro de que él era el único que tenía razón al afirmar que su hermano era impecable en todos los sentidos que la palabra pudiera abarcar.

Académicamente era innegable la perfección que Tadashi era capaz de alcanzar. Desde pequeño se había destacado con las notas más altas inclusive en proyectos que superaban las capacidades esperadas en los chicos de su edad a lo largo de los años —su tía Cas nunca fallaba en recordar a quien fuera que le hablara la vez que Tadashi, a los diez años, había dejado a todo un jurado boquiabierto durante un concurso de ciencia—, y se había graduado con honores a temprana edad, incluso más joven de lo que Hiro era cuando terminó la escuela.

Sumado a eso iba el hecho de que complementaba sus conocimientos con su físico. Contrario a lo que uno esperaría de un “cerebrito” como Tadashi, el muchacho eran tan listo como atractivo. Su cuerpo se había desarrollado en todos los lugares correctos: era alto, con hombros anchos y músculos definidos que no resultaban exagerados, sino proporcionales con el resto de su anatomía, además, tanto sus piernas como brazos eran fuertes, aunque no lo pareciera. En cuanto a sus facciones: nadie podía negar su belleza. Tenía un rostro delicado de piel inmaculada que le había heredado su ascendencia oriental. Se trataban de rasgos armoniosos acompañados por unos ojos dulces y una sonrisa encantadora que muy pocos tenían la fortuna de poseer. Por supuesto, no todo era obra de la genética. Tadashi no era un adicto al gimnasio pero sí era adepto a practicar deportes y participar de actividades dinámicas que, al igual que con sus estudios, realizaba con absoluta destreza hasta llegar a la cima.

No era holgazán y nunca se negaba a las competencias, fueran amistosas o con un fin material, pero al mismo tiempo no era codicioso ni competitivo. Simplemente sabía desempeñarse con el decoro adecuado.

Era porque siempre se mantenía en movimiento, rehusándose a ocultarse en un cuarto como muchos apodados nerds hacían, que Tadashi gozaba de buena salud y estado mental.

Tampoco tenía problemas para socializar. Podía ser reservado, pero nunca tímido ni evasivo. Estaba dispuesto a conversar con todo aquel que se le acercara y le gustaba escuchar a las personas. Su voz era tranquila, igual que su actitud, invitando a la gente a tomar confianza cerca de él. Era seguro en su accionar, mas no engreído, y estaba dispuesto a reconocer y superar sus limitaciones o errores. Como si eso fuera poco, amaba ayudar al prójimo. La prueba irrefutable de ello era su más grande creación: Baymax, un robot diseñado, literalmente, para curar y hacer sentir bien a los demás. Hacía amigos con facilidad y si bien existía gente a la que por algún extraño motivo no le caía bien, Hiro no sabía de nadie que detestara o de lleno odiara a Tadashi.

La sola idea era inconcebible porque, aún más importante que lo ya mencionado, Tadashi era una buena persona. Y no había cualidad que superara esta bondad innata que él poseía. Tadashi era un chico que siempre ponía al resto antes que a sí mismo. Alguien dispuesto a extender la mano para ayudar a un desconocido en lugar de darle la espalda con indiferencia.

Y, por sobre todo lo demás, era un gran hermano. El mejor, si es que se podía. Siempre estaba ahí para Hiro, en las buenas y en las malas, brindándole un apoyo incondicional que el menor aún no había visto demostrar a nadie más. Si tenía problemas podía contar con la ayuda de Tadashi, podía estar seguro de que su hermano prestaría la atención que fuera requerida, ya fuera un consejo, una mano amiga o un oído para escuchar.

Era gracias a Tadashi que Hiro era quien era.

Ambos habían nacido con un gran intelecto, de hecho, ambos eran considerados prodigios (y no por nimiedades) pero Hiro era capaz de reconocer que no habría sido lo mismo para él si Tadashi no hubiera estado ahí para enseñarle, guiarle y explicarle aquellas cosas que le costaba comprender. Tadashi le había levantado cada vez que caía y le había tendido una mano cada vez que el camino se oscurecía, así como también le había empujado en la dirección correcta cada vez que se perdía. En sí, Hiro era capaz de reconocer que había sido afortunado al tener un hermano como Tadashi, que nunca había tenido alguien que hiciera por él todas esas cosas.

Lógicamente, Hiro sabía que a su hermano le debió suponer un inmenso esfuerzo alcanzar todos sus logros, pero no podía evitar verlo con ojos de fantasía donde Tadashi lograba cada cosa porque le era sencillo conseguirlo, como si no le costara nada en absoluto. Como si le fuera natural ser perfecto.

Y como si no fuera suficiente, Tadashi también le había abierto un lugar en su universidad y en su grupo de amigos.

Hiro en verdad se lo debía todo. Incluso cuando su vida amenazó con tomar un rumbo oscuro Tadashi estuvo ahí como un confidente y no como un enemigo, sacándolo del hoyo en el que comenzaba a hundirse de un modo efectivo y disimulado.

—¿Qué puedo decir? Mi hermano es genial. —Era una frase que Hiro se había acostumbrado a decir y que en verdad sentía.

Cada vez que lo hacía se aseguraba de mirar a Tadashi para captar su reacción. Sin falta, su hermano desviaba la mirada hacia un lado con una ligera sonrisa surcando sus labios mientras se frotaba las manos contra alguna parte del cuerpo. A veces era en la nuca, otras la cintura, y en ocasiones contra las piernas si se hallaba sentado. Como si estuviera intentando eliminar la vergüenza que el halago le provocaba.

Como si ser perfecto, en todo sentido de la palabra, fuera algo de lo cual avergonzarse.

A veces Hiro deseaba ser tan alto como él para tomarlo por los hombros y zarandearlo, tratar de hacerle entender que él era la única persona en el mundo que no tenía nada de qué avergonzarse. En especial cuando tenía a alguien como Hiro a su lado, día y noche. Resultaba casi insultante, a decir verdad, pues Hiro sí tenía motivos para sentir vergüenza de sí mismo.

Era enclenque y torpe, las interacciones sociales por lo general le incomodaban hasta el punto de balbucear frente a desconocidos, los deportes no le atraían en absoluto y cuando los practicaba se hastiaba con rapidez, además de que le costaba mantener el ritmo. Y ni hablar de su aspecto físico. Por ese lado Tadashi se había llevado todo lo bueno. Sí, había quienes le consideraban lindo o bonito, pero cuando la gente hablaba de su hermano las palabras que lo calificaban solían ser atractivo o sensual. Incluso en el nivel académico Tadashi le superaba con creces: se había graduado un año más joven de lo que Hiro había logrado y todo sin la ayuda de un hermano mayor que le facilitara algunos aspectos de la vida. Entonces, sí, a veces Hiro se avergonzaba de sí mismo, pero porque era difícil ver lo positivo de su personalidad cuando tenía a un ser inmaculado como Tadashi a su lado donde era imposible para el resto del mundo no compararlos.

Por fortuna, Tadashi no era la clase de hermano que se jactaba y buscaba reafirmar su superioridad degradando a su familia cada vez que podía, siquiera como broma. Era lo opuesto a eso, gracias a lo cual las potenciales inseguridades de Hiro estaban reducidas al ocasional pensamiento pasajero que fallecía tras ver la sonrisa amable de su hermano.

—Tienes mucha suerte, niño —dijo uno de los pasantes que habían ido a ver los trabajos de ese año como parte de su aprendizaje. En el grupo todos eran mayores que Hiro y, pese a que lo decía con un gesto apacible, era evidente por el tono venenoso con el que le apodaba «niño» que el sujeto estaba lleno de envidia—. Es decir, si no fuera por tu hermano ni siquiera estarías aquí.

Resopló buscando en la mirada de sus colegas la aprobación general. Uno desvió la mirada sin deseos de involucrarse, dos asintieron y otra sonrió en evidente acuerdo. Hiro, que en ese momento era quien exponía sobre el proyecto que le había conferido el premio en la feria y el ingreso a la universidad dos meses atrás, sus microbots, dudó un segundo antes de recomponerse. Lanzó una mirada a un lado, donde Tadashi se encontraba (siempre cerca, cuidándole en silencio) observando la escena con desaprobación. Fue esto lo que le otorgó la confianza necesaria para sonreír y decir:

—Así es. Tengo suerte de tener a mi hermano aquí —admitió—, ya que de no ser por él estaría desperdiciando mis capacidades en acciones insustanciales. En cambio, ahora puedo dar lo mejor de mí y demostrar que merezco un lugar en esta prestigiosa universidad, donde solo hay espacio para los mejores.

Miró directamente a los ojos del sujeto, que los hizo rodar con un bufido silencioso. No había modo de que Hiro pudiera convencerlo de que él estaba allí por merito propio y no porque su hermano había movido contactos para ayudarlo a ingresar, pero tampoco importaba. No tenía nada que probarle a gente como esa que solo le haría perder el tiempo, además, estaba seguro de que a su edad encontraría muchos como aquel en su camino.

—De acuerdo, continuemos… —dijo el profesor encargado con tono aburrido.

No parecía haber oído nada de lo que habían hablado, ya fuera la exposición o el intercambio entre alumnos, pero cabía la posibilidad de que ya no le interesara nada de lo que sucedía. Tal vez alguna vez fue un chico inteligente que soñó con ser científico, o algo dentro de las ramas de la ciencia, y en lugar de ello había quedado atascado en un puesto mediocre donde la vida le informó con un puñetazo que él no era tan increíble como alguna vez pensó. Tal vez el pasante que se alejó junto con el resto del grupo hacía la mesa de Wasabi dedicándole una última mirada cruel a Hiro fuera a terminar como él.

Al menos, eso imaginó Hiro sonriendo con sorna.

—No le hagas caso. Solo tiene envidia —dijo Tadashi acercándose a él y posando una mano reconfortante sobre su hombro.

La sonrisa de Hiro se desvaneció siendo reemplazada por un sentimiento de pena. Estaba seguro que Tadashi no pensaría algo como lo que acababa de pasar por su mente, ni siquiera hacia su peor enemigo. Su hermano mantenía la vista sobre el grupo así que no captó el cambio en su expresión.

—Sí, lo noté.

—¿Quieres que vaya a hablar con…?

—¡No! —interrumpió con fuerza; eso sería lo más bochornoso que podría sucederle en ese instituto—. Cielos, no. No te preocupes, ¿de acuerdo? He lidiado con peores personas.

Agitó una mano restándole importancia. Tadashi le sonrió estrechándole más contra sí, compartiendo un semi-abrazo de aquellos a los que Hiro estaba acostumbrado. No pasaba un día de su vida sin recibir uno, salvo que por razones de fuerza mayor no viera a su hermano en el transcurso de veinticuatro horas. No estaba seguro de si lo había soñado o no, pero Hiro juraba que una vez Tadashi lo había despertado solo para darle un abrazo en medio de la noche.

—Todo salió de maravilla, ¿no creen? —dijo Honey cuando el día finalizó y se dirigían todos juntos a la salida.

—¡Estuvo fenomenal! —exclamó Fred con entusiasmo, pues había ido a ver la exposición de los trabajos en los que sus amigos habían puesto tanto empeño durante los últimos meses —. Wasabi, mi hombre, tú con tus rayos, ¡wush, wam! Y Honey, ¡tu chicle gigante! Súúúper.

—Eh, gracias, Fred, qué lindo, pero eso no era chicle —dijo la chica con cierto nerviosismo.

—Y no eran rayos —comentó Wasabi por lo bajo.

Hiro soltó una risita al oírlos. No llevaba mucho tiempo de conocerlos, pero ya los apreciaba. Eran los amigos de Tadashi, al fin y al cabo, era de esperarse que fueran agradables. El hecho de que no tuvieran problema en incluir al hermano menor de uno de los integrantes, que lo reconocieran como un igual en lugar de como una molestia o un niño que no podía hacer amigos propios, demostraba la clase de gente que eran. Buenos, inteligentes, amables. Había muchos adjetivos positivos con los que podría describir a ese grupo.

Pero no era de sorprender. Tadashi era perfecto, por lo que resultaba natural que sus amistades encajaran en las casillas de su perfección. Tadashi se relacionaba con gente de “oro”, personas de corazón puro e influencia favorable. No había nada que criticar ahí, como no había nada que criticar en ningún aspecto de su vida.

—¡Hasta mañana muchachos! Ah, Tadashi, te escribiré más tarde para terminar de organizar —dijo Honey mientras se alejaba.

Cada uno siguió su rumbo hacia sus vehículos, siendo Hiro el único menor sin licencia. Gracias a los cielos por la scooter de Tadashi.

—¿A qué se refería? —preguntó subiendo detrás de su hermano.

—Ah, una tontería.

Se encogió de hombros como si no tuviera importancia, sin siquiera mirar a Hiro. La evasiva y la expresión cuidadosamente neutral que portaba encendieron las llamas de la sospecha en Hiro, que no pudo reprimir una sonrisa burlona ante la idea que entró en su mente. Antes de que pudiera molestar a Tadashi, este encendió la moto y puso marcha. La idea de fastidiar a Tadashi había desaparecido de sus pensamientos cuando llegaron a la casa, pero no la había olvidado. Solo necesitaba otra oportunidad.

Hiro bajó de la moto, listo para ingresar, pero Tadashi lo detuvo.

—Y… ¿cómo te sientes?

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes, —Tadashi realizó un gesto con la mano, como si señalara a su alrededor—, con los chicos y los estudios. Es tu primer mes en la universidad, sé que es un cambio importante.

Hiro le restó importancia con un resoplido.

—Qué va, sabes que me adapto rápido. Además… todos allí son bastante geniales, así que… —Se encogió de hombros algo apenado por lo admitido.

—Me alegro.

Tadashi suspiró aliviado antes de dedicarle una sonrisa. En verdad lucía feliz.

—Deja de preocuparte, ya no soy un bebé —le recordó Hiro fingiendo que las acciones de su hermano eran una molestia.

—Es verdad, pero eso no significa que vaya a dejar de hacerlo.

Bajó de la moto y su brazo rodeó automáticamente los hombros de Hiro, atrayéndolo hacia él con facilidad. Hiro trató de quitarlo, sin poner un esfuerzo real en el gesto, envidiando la altura y la fuerza de Tadashi. Este debió notarlo porque antes de abrir la puerta bajó la mirada, le sonrió y dijo:

Pequeñín.

—Cállate, ya verás en unos años quién será el pequeñín —afirmó con vehemencia, aunque aquello era solo una fantasía que esperaba se hiciera realidad.

Confiaba en que el tiempo le ayudaría a desarrollarse favorablemente como había hecho con Tadashi pero a veces temía que fuera a quedarse como un enclenque para toda la vida.

—¿Quién es el pequeñín de quién? —preguntó Cass, que había oído parte de la conversación cuando abrieron la puerta del café.

Genial, lo que faltaba. Los ojos de su tía estaban fijos en él con un brillo de picardía inconfundible, sin duda asumiendo que se referían a Hiro. Es decir, no era difícil de suponer, teniendo en cuenta los puntos a favor de Tadashi, pero sería bueno por una vez ser tratado como un adulto.

—Tadashi, cuando lo supere en altura —respondió de mala gana mientras su tía le besaba la mejilla; luego Hiro se dirigió hacia las escaleras, volteando para agregar—: y en tamaño.

—¡Wu! Ese es el espíritu. —Apoyó Cass—. Mi niñito crecerá grande y fuerte, ¡ah!, para eso debes alimentarte bien. ¿Qué tal si preparo verduras al horno esta noche? —sugirió, aunque parecía hablar más para ella que para los demás.

La sonrisa de Tadashi no hizo más que aumentar desde que entraron a la casa, mirando a Hiro con diversión. Hiro le enseñó la lengua logrando que una risita escapara de los labios de su hermano, y el rostro le ardió por el fastidio. Definitivamente aquel gesto no favorecía su intención de ser visto como un adulto.

Entró en la habitación, sacó sus cuadernos, lanzó la mochila lejos y se sentó al escritorio para hacer los deberes. Tadashi no tardó en subir también, pero Hiro le ignoró.

—En verdad le estás poniendo empeño —comentó.

—Claro, debo dar lo mejor de mí.

Hiro no volteó a verlo, su atención ocupada por las cuentas que adornaban sus hojas. Lo cierto es que quería mantenerse al nivel de su hermano y de la clase en general. Como era su primer año, no compartía más que la clase especial con Tadashi, sin embargo, más de un profesor se había encargado de decirle: «Qué alegría tener al hermano de Tadashi con nosotros. Estamos seguros de que tú también harás grandes cosas», lo que en perspectiva no debería afectarle, pero resultaba imposible no sentir cierta presión bajo esas expectativas.

Oyó los ruidos que su hermano realizaba en su lado de la habitación (su mochila contra la silla, el colchón hundiéndose bajo su peso, la ropa al ser removida, el armario al abrirse) y lo sintió cuando se acercó a él por detrás, aunque no volteó a verlo en ningún momento. Lo sentía a su espalda, leyendo, y se rehusó a reconocer su presencia hasta que Tadashi soltó un meditativo: «Hmm».

Hiro giró al instante, alarmado.

—¿Qué? ¿Qué hice mal? —Tadashi sonrió con las manos a la espalda al mismo tiempo que se encogía de hombros—. Si ves algo mal tienes que decirme.

—Mmm, no, dejaré que lo descubras. —Se alejó en dirección a la puerta con paso andante—. Iré a ayudar a la tía con la comida, ¿quieres que te traiga algo?

Hiro no respondió. Estaba ocupado revisando con desesperación lo poco que había completado hasta el momento. Lo hojeó una, dos, tres veces. No podía ver el error. Le llevó un tiempo vergonzoso comprender que Tadashi le había tomado el pelo.

Debió sumirse demasiado en su trabajo, porque estaba llegando al final cuando la voz de su tía le llamó a comer desde la planta baja.

—¡Un segundo! —pidió.

Y…. ¡listo! Bajó las escaleras satisfecho consigo mismo. Cass y Tadashi estaban llevando los platos a la mesa cuando Hiro ocupó su lugar, dedicando una mala cara a su hermano cuando sus ojos se encontraron, a lo que el mayor se limitó a soltar una risita.

—¿No te dejan deberes? —preguntó tomando un bocado de la batata cuando los otros dos se hubieron sentado también.

—No en el primer mes. En mi año estamos demasiado ocupados con nuestros proyectos, así que nos dejan un poco de espacio. Al comienzo.

Hiro farfulló mientras Cass se lanzaba en otro de sus discursos sobre lo orgullosa que estaba de ellos. El celular de Tadashi emitió un sonido, señalando la llegada de un mensaje. El chico lo leyó y comenzó a escribir una respuesta.

—¿Quién es?

—Solo es Honey.

Los ojos de Cass se iluminaron y la mujer comenzó a canturrear un agudo «uuuhh» al que Hiro se unió con prisa, encontrando una nueva oportunidad para molestar a Tadashi.

—Así que Honey, ¿eh?

Tadashi no apartó los ojos del celular, pero una sonrisa abochornada se dibujó en sus labios al tiempo que tocaba su flequillo, claras señales que reforzaban las suposiciones de su familia.

—Los he visto en la universidad, y puedo decirte que algo sucede ahí —le dijo a Cass.

—¿Ah, sí? Qué interesante.

—Si fueras más observador habrías notado el modo en que mira a Fred —rebatió Tadashi.

Su respuesta era débil y poco creíble, otorgando más puntos en su contra. Hiro compartió una mirada con su tía.

—Y… ¿qué es lo que dice tu amiga? —Quiso saber Cass.

—Estamos organizando un viaje para el fin de semana.

—Uuuuhh —corearon nuevamente.

—Ya basta, ustedes dos —dijo Tadashi apartando por fin la mirada del celular—. No hay nada entre nosotros, y si de verdad necesitan saberlo: también irán Fred y otra amiga.

—Uy, uy, uy, dos chicas y dos chicos, interesante. —Continuó Cass.

—Agh, no tienen remedio. —Tadashi agitó una mano como si diera por terminada la conversación, pero se veía contento así que no habían sobrepasado ningún límite.

—¿A dónde irán? —preguntó Hiro.

Tadashi se tomó unos segundos para tragar la comida, pues nunca hablaba con la boca llena. Sus modales siempre fueron ejemplares.

—Fred tiene una cabaña en las montañas, así que pasaremos tres o cuatro días allí.

Hiro intentó imaginarlo. Se oía como una experiencia agradable; teniendo en cuenta cómo eran ellos, sin duda Tadashi pasaría un gran rato.

—Qué suerte…

—Ey, cuando nos desocupemos de los estudios podemos organizar un viaje nosotros —sugirió Tadashi buscando la mirada de Hiro.

—¡Ah! ¡Qué gran idea! —exclamó Cass con emoción; luego frunció el ceño—. Aunque no sé cómo haré con la cafetería. Tendría que buscar alguien que se encargue por mí, o, mejor, calcular en qué época del año me conviene cerrar…

Tadashi la contempló un momento con los ojos bien abiertos, pestañó un par de veces y con lentitud abrió la boca para responder.

—Sí, por supuesto. —Se aclaró la garganta—. Los tres debemos hacer un viaje, sin falta. Creo que nos hará bien a todos.

Cass extendió una mano para acariciarle el brazo en un gesto maternal que sorprendió a Tadashi, pero el muchacho no tardó en devolverle una sonrisa amable. Entonces Cass estiró el otro brazo para aferrar la mano de Hiro, de ese modo uniéndolos a los tres.

—Sí, también creo que nos hará bien —susurró Cass.

Hiro se aclaró la garganta intentando imitar a Tadashi, claro que el sonido que su hermano emitió había sido más elegante y casual mientras que el suyo había emergido como si se tratara de un animal ahogado.

—Permítanme. —Recogió los platos y se puso en pie.

—Oh, no, no, déjamelo a mí. Mis pequeños genios tienen que concentrarse en sus estudios.

Cass le quitó los platos de las manos, le besó la mejilla y se dirigió al fregadero. Hiro negó ligeramente en su dirección sin poder reprimir un gesto de cariño. Borró la expresión cuando Tadashi pasó junto a él dándole un suave empujón con la cadera y dedicándole una sonrisa burlona; en sus manos llevaba los vasos. Claro que Tadashi iba a ayudar aunque Cass les dijera que no, estaba en su naturaleza.

Hiro volteó hacia la mesa con la intensión de seguir el ejemplo de su hermano, pero en vez de eso sus ojos se toparon con algo mejor: la gorra de Tadashi colgada en la silla. Por supuesto, los buenos modales de su hermano requerían que se quitara la gorra en la mesa.

Esbozó una sonrisa traviesa cerciorándose de que Tadashi no estuviera mirando, luego la tomó y se la probó.

Solo había unos pocos casos en los que su hermano se quitaba la preciada gorra: en la mesa, para dormir o bañarse, y en lugares donde estuviera prohibido ingresar con gorra. Fuera de esos casos, el accesorio nunca faltaba en la cabeza de Tadashi. Hiro no sabía cómo iba a reaccionar si lo tomaba prestado, pero tenía la edad suficiente como para averiguarlo.

Recogió la sal y las servilletas y se dirigió con paso lento hacia la cocinilla donde Cass lavaba los platos mientras Tadashi le dejaba las cosas sucias a un lado. Hiro mantuvo la mirada fija en su hermano, esperando a que volteara para ver su expresión; en cuanto lo hizo, Tadashi se detuvo de golpe y se le quedó viendo con un gesto incomprensible, como si se hubiera quedado paralizado y solo pudiera pestañear mientras contemplaba a Hiro.

—¿Y? ¿Qué tal me queda? —Gastó con un tono petulante y un gesto igual de engreído.

Tadashi se frotó las manos contra la ropa, tensó los labios y frunció el entrecejo. Retomó la marcha quitándole la gorra a Hiro, que soltó una breve risita al ver que había logrado afectar a su hermano. Tal vez no fuera una reacción potente pero no esperaba más de Tadashi que jamás se enojaría por algo tan ridículo.

—Bueno, muchas gracias por la cena pero debo terminar mis deberes —se despidió antes de subir las escaleras a grandes zancadas.

Se precipitó contra su escritorio y sacó el libro del cual le habían pedido armar un resumen del tercer capítulo. No pasó mucho hasta que Tadashi volvió a entrar en el cuarto. Hiro estaba tan sumergido en la lectura que no captó cuando el mayor se acercó a él; su concentración se quebró cuando Tadashi dejó caer su gorra sobre la cabeza de Hiro en un movimiento preciso.

—¿Qué estás…?

Tadashi se recargó contra el escritorio con los brazos cruzados y le dedicó una mirada contemplativa. Parecía estar analizando algo, porque sus ojos recorrían la figura de Hiro con cuidado, enarcando una ceja, inclinando la cabeza y llevando una mano a la barbilla, pensativo.

Hiro le dedicó una mirada incrédula.

—De acuerdo, ¿vas a decirme qué se supone que haces? —preguntó cuando fue evidente que su hermano no iba a responder.

En lugar de hacerlo, Tadashi se apartó del escritorio, le quitó la gorra y volvió a colocársela al revés. Se paró en el centro del cuarto mirándole con detenimiento, por lo que Hiro tuvo que girar en su asiento para ver lo que hacía. En serio, eso era ridículo.

—Oye, si estás pensando en regalarme una gorra, te lo agradezco pero sabes que no uso —dijo con tono aburrido esperando que su gesto demostrara lo poco impresionado que estaba con su comportamiento. Tadashi se limitó a sonreír de medio lado—. Ya, lamento haber usado tu gorra. Ahora déjame en paz. —Le devolvió el objeto lanzándolo contra su pecho.

Tadashi lo atrapó con facilidad; entonces caminó hacia su lado del cuarto y se inclinó junto a la cama. Una punzada de culpa recorrió el pecho de Hiro al verlo: su hermano era grande, sin embargo, el espacio que constituía su habitación era el más pequeño de la casa, todo porque prefería darle más lugar a Hiro antes que reclamarlo para sí. Por supuesto que Tadashi había insistido en que no tenía problema con dormir en un pequeño rincón, era un muchacho humilde que prefería dar en vez de recibir. Hiro, por otro lado, era lo suficientemente egoísta como para aceptar el trato sin dudarlo, incluso aunque sintiera cierta culpa por su falta de consideración no lograba tener el valor de decir: “¿Por qué mejor no dividimos la habitación de forma justa?”, porque entonces tendría que ceder los privilegios que tener la parte más grande del cuarto le suponía.

Vio como su hermano extraía una caja de debajo de la cama para luego sacar de su interior un cuaderno. Empujó la caja de regreso a su lugar con un pie, tomó un lápiz de su mesita de luz y se recostó sobre la cama.

Hiro lo había visto hacer eso muchas veces. Aparentemente era allí donde Tadashi bocetaba proyectos o dibujaba para despejar su mente.

Aburrido.

Regresó a su lectura sin más preámbulos. Por desgracia, parecía imposible poder completar una lectura de corrida en esos tiempos. Había alcanzado la última página cuando inexplicablemente, impulsado por ese instinto silencioso que le alertaba cuando alguien lo estaba observando, sintió que debía mirar atrás y, al hacerlo, sus ojos se toparon con la mirada de Tadashi. Él lo observaba desde la cama con intensidad pero regresó la mirada al cuaderno casi al instante con una expresión neutra que Hiro no pudo analizar.

Supuso que no tenía importancia y regresó a su lectura.

—Hiro, mañana tienes clases, ve a dormir —dijo Tadashi a los pocos segundos apagando la luz de su lado.

—¡Sí! Ya casi termino…

Mantuvo la luz sobre su mesada encendida y apagó la principal para no molestar a su hermano. Guardó los libros cuando terminó, se cambió y apagó la última luz; luego se metió en la cama con un suspiro de placer. Dormía mejor desde que había comenzado las clases en la escuelita de nerds. Tener una meta, un objetivo en el cual volcar toda su energía y talento era completamente satisfactorio, en especial cuando hacía lo que más le gustaba en el proceso.

Por primera vez en mucho tiempo se sentía completo.

Lanzó una sonrisa en dirección a donde Tadashi se encontraba solo para regresar la vista al techo con prisa, frunciendo los labios con incomodidad.

¿Hiro ya había mencionado que su hermano siempre pensaba en los demás y que era la persona más educada que conocía? Pues, eso se extendía a todos los aspectos de su vida. Verán, cuando adolescentes compartían dormitorio ciertas cosas resultaban inevitables, pero Tadashi siempre se las había ingeniado para ocultarlas lo mejor posible: era en extremo silencioso (tanto que uno jamás sospecharía lo que sucedía) y siempre se aseguraba de hacerlo en momentos y lugares donde nadie podría verle o interrumpirle.

Lo que Tadashi ignoraba, sin embargo, era que el shōji que “separaba” el cuarto no servía para ocultar sombras y que la luz que ingresaba por la ventana de su pared intensificaba las sombras de los objetos a su paso: la mesita de luz, la cama y su cuerpo. Que, por el movimiento frenético de su hombro que se extendía a lo largo del brazo, delataba lo que estaba haciendo.

No era la primera vez que veía semejante escena, pero Hiro no se atrevía a comentarle que había algunas cosas que el papel del cuarto no bloqueaba. No solo porque sería incómodo hablar de ello (al menos para él, Tadashi nunca había dado señales de que aquellos temas le afectaran), sino también porque sabía que entonces Tadashi pondría algo para evitar que se repitiera.

Y no, Hiro no quería ver eso, pero en las noches donde sus pensamientos eran crueles y el corazón le pesaba, era reconfortante poder girar la cabeza y descubrir que Tadashi estaba a unos pocos metros. Cerca, brindándole su compañía.

Era más sencillo dejarse llevar por el sueño entonces. Así como en estos casos, todo lo que debía hacer era voltear hacia el otro lado y pretender que no había visto nada.