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Ballet y kendo

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La cena en casa de la familia Watson estaba resultando un poco tensa. Henry Watson no entendía por qué su hijo se empeñaba en continuar en el Dojo Tendo cuando su maestro, el sensei Saotome, iba a abrir su propio dojo. Llevaba desde los ocho años estudiando con él y no tenía mucho sentido que cambiara de sensei cuando estaba en mitad de la preparación para obtener el 4-dan.

John empezaba a estar desesperado, no sabía qué decir para persuadir a tu padre. Llevaban un par de semanas discutiendo sobre el tema y ninguno daba su brazo a torcer. Entendía las razones de su padre, pero él también tenía las suyas y no estaba dispuesto a ceder, tenía que convencerlo. Además, su entrenamiento no iba a perder calidad, el sensei Tendo era tan bueno como el sensei Saotome; para él el kendo era importante y no quería correr riesgos, no iba a poner en peligro su preparación, pero tampoco iba a renunciar a otras cosas importantes en su vida.

—Papá, mi formación no se va a resentir —argumentó por enésima vez—, ya hemos practicado con el sensei Tendo cuando mi sensei se iba de viaje y está tan preparado como el sensei Saotome, ambos pertenecen a la misma escuela y sus técnicas son casi las mismas.

—Lo sé hijo, pero el sensei Saotome te conoce desde hace años y sabrá sacar lo mejor de ti...

—Creo que debería continuar en el Dojo Tendo —interrumpió su esposa.

Henry la miró con sorpresa y John con agradecimiento. Hasta ese momento su madre no había dicho nada sobre el tema, pero su intervención acabaría de convencer a su padre, seguro.

—El Dojo Tendo tiene una larga trayectoria y no sabemos cómo va a funcionar el que abra Genma Saotome —continuó con su razonamiento—. Además, todos conocemos el temperamento del sensei Saotome y, en ocasiones, un panda borracho es mucho más razonable.

—La verdad es que resulta un poco... explosivo a veces —comentó el padre de John.

—Nada nos garantiza que no vuelva a irse a China para aprender nuevas técnicas si se le ocurre de repente. Y eso sería mucho peor para John.

Henry Watson reflexionó sobre lo que su mujer estaba planteando. Conocía al maestro Saotome y sabía que no era una suposición muy descabellada en el caso de ese hombre tan imprevisible.

John miraba esperanzado a su padre. Sabía que el argumento de su madre resultaba muy convincente y seguro que acabaría cediendo, pero era mejor que no interviniese.

—Hablaré con el sensei Tendo y, si me garantiza que tu formación no sufrirá retrasos, te quedarás en su dojo.

—Gracias, papá —respondió John—. Se lo contaré a Mary, no le agradaba mucho la idea de volver sola del dojo al salir de judo.

—Así que a Mary… —bromeó su padre—. Haber empezado por ahí, Romeo.

John se limitó a encogerse de hombros y sonreír de manera ambigua. No quería hablar con su padre de eso, de momento, y si estaba feliz pensando que entre Mary y él había algo, estaba bien.

Ayudó a su madre a recoger la mesa y cuando estaban ambos a solas en la cocina le agradeció su intervención.

—Gracias, mamá. Creí que no sería capaz de convencerlo. Si no llegas a decirle...

—Hijo, creo que es bueno para ti quedarte en el dojo de los Tendo, si no, no hubiera dicho nada —interrumpió su madre—. Y sé que querías seguir viendo a ese chico de la escuela de ballet.

—Sólo lo veo al salir y no creo que sepa ni que existo.

—Tendría que estar ciego para no haberse fijado —dijo su madre dándole un beso.

—Mamá, que papá y tú presumáis de Harriet y de mí no significa que seamos irresistibles, ni mucho menos.

—John, deberías hablar con él.

—¿Con ese chico?

—Con tu padre.

—Ya hemos hablado y no me ha hecho caso.

—Sabes muy bien que no me refiero a lo del dojo. —En el rostro de su madre se reflejaba todo el amor que sentía por su hijo, pero había un pequeño toque de tristeza—. Al principio tal vez le cueste, pero lo entenderá.

—Ahora no es el momento, mamá.

—Hijo, si sigues así, nunca encontrarás el momento y tienes casi dieciocho años —dijo con un ligero reproche—. Es tu padre, te quiere y lo entenderá. ¿Vas a esperar a tu boda con el chico misterioso para contárselo?

—Mamá… Acabo de cumplir diecisiete —exclamó John con una sonrisa cómplice—. Ni siquiera sé su nombre, hasta la boda tendré mucho tiempo para hablar con papá.

—Creo que tu padre preferirá que no esperes tanto. Yo puedo irlo tanteando, pero es algo que debes contarle tú.

—Ya conoces los chistes que cuenta de maricones —murmuró John—, no quiero que piense eso de mí.

—A tu padre no le importa si te gustan los chicos o las chicas. —Su hijo y ella habían tenido esa conversación decenas de veces—. Siempre se ha sentido muy a gusto con Dave y su novio.

—Excepto cuando les pilló en Navidad metiéndose mano en la cocina.

—Sí, se sintió un poco avergonzado.

—¿Un poco? —preguntó John entre risas—. Estaba más colorado que un tomate y no pudo mirarles a la cara en toda la cena.

—Pues ya sabes, cuéntaselo, no tendrá problemas mientras no os pille al chico misterioso y a ti metiéndoos mano en la cocina.

—¡Mamá!


Continuará...