Actions

Work Header

Reencuentro

Work Text:

Hacía años que no se sentía tan nervioso, recibiría a su gran amigo por primera vez en casi cinco años tras aquel fatal suceso que los unió. El francés se miraba al espejo mientras se aseguraba de que su pelo, del cual siempre ha estado tan orgulloso, se mantenía perfecto para recibirle.

En cambio, el japonés acababa de llegar, tras una larga caminata por la costa italiana hasta la desaparecida casa de su expectante huésped. Tocó la puerta y una voz que reconocería en cualquier parte, preguntó por su identidad antes de abrir la puerta, aunque supiera de sobra quién era.

“Yare yare… ¿Me vas a hacer esperar aquí fuera, Polnareff?” dijo el muchacho, ya no tan muchacho, japonés.

La puerta se abrió, junto a un gran abrazo y la brillante y amplia sonrisa que hacía años que no veía.

“¡Jotaroooo! Te he echado de menos, joder, ha pasado demasiado tiempo.”

El chico japonés pasó dentro de la casa, bajando un poco su gorra pero sin poder ocultar una sonrisa de su rostro. Habían compartido tantas cosas que marcaron por completo las vidas de ambos. Momentos tristes y momentos felices. Ambos lucharon por la vida de Holly Kujo y por vengar a Sherry Polnareff. Ambos vieron irse a la persona que amaron, aunque fuera un corto periodo de tiempo, suficiente como para que las cicatrices de su dolor tardaran en sanar.

“¿Qué tal has estado?” se interesó el pelinegro. Había estado preocupado tras no recibir noticia en ya un número considerable de meses.

“Pues aquí, currando. Sigo investigando a aquel tipo que os conté en Egipto.” le respondió con aire cansado.

“¿El mafioso aquel?” el francés asintió, Jotaro no volvió a mencionar el tema.

“¿Qué opinas de mi humilde morada?” preguntó Polnareff en inglés con un marcado acento francés muy parecido a cuando se conocieron por primera vez.

“Está bien, decente.” Jotaro seguía siendo igual de hombre-de-pocas-palabras, con su inglés bastante mejorado con los años pues cuando se conocieron en su viaje, era solo un estudiante el cual sabía inglés por las clases (bastante malo) y por su madre (ya que esta es americana, pero prefería que en su casa se hablara japonés). A sus actuales 22 años ya lo hablaba con mucha más fluidez, también por la carrera y su familia en Estados Unidos.

“¿Y Jolyne? ¿Que me cuentas de tu pequeña?” Se sentaron juntos en el pequeño sofá cama que ocupaba parte del salón de la casa de campo. A Jotaro se le iluminó la cara con esa pregunta.

“Muy bien, ya tiene un año, es muy bonita. Está ahora con la madre en Miami. Me encantaría que la pudieras conocer.” una pequeña sonrisa volvió a iluminar su rostro.

Polnareff se sintió enternecido por como Jotaro amaba a su hija y su dura fachada quedaba en el suelo cuando hablaba de ella.

“Y a mí me encantaría conocerla, quizá podría irme contigo unos días.” le sonrió “¿Y el tema con su madre? Algo me mencionaste por teléfono, creo recordar.”

“Sí, bueno… O sea, me siento bien y a gusto con ella, pero no es lo mismo que sentí por él… Y me afecta, porque aunque le tenga mucho aprecio y Jolyne sea mi vida, todas las personas a las que me acerco, acaban siendo dañadas… Y no quiero que eso les pase sabes…” Jotaro necesitaba hablar sobre eso, necesitaba hablarlo con Polnareff, al fin y al cabo vivieron lo mismo y era la única persona que podría entenderle completamente.

“Tú no eres el que les daña, te lo he dicho mucho, lo que pasó no es tu culpa…” Polnareff tomó su mano y la acarició.

“¡Pero pude haberlo evitado! Él no merecía eso, joder, teníamos solo diecisiete putos años. Quién me manda a dejarlo viajar con nosotros a Egipto…”

“Jotaro, sé que te sientes mal, yo también me siento mal, han pasado cinco años y sigo soñando con Avdol, teniendo pesadillas y despertarme y desear que ojalá aparezca por la puerta y me diga que no ha muerto y enfadarme con él por morirse dos veces.” Polnareff empezó a hablar acelerado antes de que se le quebrara la voz. “Nunca pude decirle cómo me sentía, aunque fuera solo eso, en tu caso al menos él sí lo sabía.”

“Es que era super tonto, se me notaba todo…” Las mejillas de Jotaro enrojecieron un poco.

“No me digas, todos nos enteramos que te gustaba kakyoin antes que tú”

Ambos suspiraron. Habían pasado por tanto, y por tanto tendrían que volver a pasar.
“Le amo tanto, Polnareff, le amo tanto que no puedo pensar en otra cosa. Ojalá hubiera muerto yo, si pudiera hacer algo… Haber llegado antes… No sentiría esto. Siento como su fuera a mí al que atravesaron. Y a su vez me alegra que haya sido él el que muriera para que no tuviera que sentir esta mierda…”

“Entre dos, siempre se lleva el aire el que se va.” Posó una mano sobre la del otro. “Y es una mierda.” Ambos suspiraron.

Sentados en el pequeño sofá de Polnareff, se abrazaron. Entonces se dieron cuenta de que estaban llorando en silencio, la presencia del otro calmaba parte de los demonios internos, pero a su vez hacía resurgir recuerdos muy dolorosos. Sus rostros estaban cerca y sus manos entrelazadas.

“Jotaro ¿podemos....?” Jotaro asintió y ambos se besaron.

No era lo mismo, pero necesitaban eso. Necesitaban algo de cariño y que les diera fuerzas para aguantar las heridas que dejó el tiempo. No estaban enamorados, pero eran las únicas personas que podrían comprender lo que el otro sentía. Eran los únicos a los que no harían daño si se acercaban demasiado.

Eran solo un japonés y un francés que conocían sus heridas y se besaban mientras lloraban en una casita en medio de la nada en una costa italiana.