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Lealtad

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Un cambio en el sonido de los motores anunció que pronto iniciarían el descenso. A eso siguió una leve presión en los oídos, y un tenue vacío en el estómago.

Geese alzó un momento la persiana de la ventanilla a su derecha y contempló el campo de nubes que se extendía hasta el horizonte, cuyo color blanco reflejaba intensamente el sol que aún brillaba en el cielo. El jet no tardó en hundirse entre los cúmulos, convirtiendo el paisaje en jirones de niebla que eran dejados atrás a toda velocidad.

Geese ajustó su reloj a la hora local. Iban a llegar al aeropuerto de Kansai a media tarde. Después de ir al hotel en Kyoto, aún quedaría tiempo para reunirse con el contacto que le mostraría cómo utilizar el poder del pergamino.

—Ripper —ordenó—, despierta a Billy y dile que traiga el maletín.

—Sí, Geese-sama.

El secretario fue a cumplir la orden, y Geese se quedó a solas en la cabina, su ceño fruncido. No podía suprimir la sensación de apremio que lo embargaba desde hacía unas horas. Estaba acostumbrado a los viajes largos, pero en éste en particular el tiempo había transcurrido con extremada lentitud.

Todos estaban fatigados, pero dejar la reunión con su contacto para el día siguiente estaba fuera de la cuestión. Mientras antes pudiera usar el poder del pergamino en Billy, mejor sería. No quería que su guardaespaldas pasara una noche más enfermo cuando no había necesidad.

Geese apoyó el codo en el reposabrazos, y descansó la mejilla en su mano, pensativo.

No había sido su intención preocuparse tanto por Billy, pero era algo que había ocurrido gradualmente y de forma inevitable. Ver al joven sumido en una fiebre que no amainaba, y debilitándose con cada minuto que transcurría, le había hecho evocar una situación similar de su pasado, que se había esforzado enormemente por olvidar.

Varios años atrás, un ser querido había muerto a pesar de sus cuidados, y él se había prometido a sí mismo que algo así jamás volvería a ocurrir.

Pero, sin ser plenamente consciente de ello, su manera de cumplir esa promesa había implicado eliminar de su vida la posibilidad de preocuparse por otra persona. Sus empleados no le importaban. Sus socios eran presencias pasajeras, intercambiables, olvidables.

Ver a Billy lastimado despertaba recuerdos. Y la historia se repetía, con los síntomas que empeoraban, las medicinas que no hacían efecto, la frase “estoy bien” pronunciada una y otra vez, pese a que era una obvia mentira…

Pero algo era distinto. Geese no era la misma persona de años atrás. No estaba a merced de las circunstancias. Podía decidir el desenlace de esa situación.

Ripper volvió, solo, y se sentó en uno de los sillones desocupados.

—Billy vendrá en seguida —informó.

Geese asintió y sonrió con una leve molestia hacia sí mismo.

Preocuparse, proteger y cuidar era el trabajo de Billy. ¿Qué hacía él cumpliendo las funciones de su empleado?

Billy entró en la cabina unos minutos después. Se había lavado el rostro y algunos mechones de su cabello goteaban agua. Caminaba despacio, como si el más ligero movimiento del avión pudiera hacerle perder el equilibrio.

Geese lo observó, observó su postura, la forma en que caminaba con la espalda ligeramente encorvada por el dolor. Los vendajes estaban teñidos de rojo y la tela de la camisa se había manchado también.

Sin embargo, la mirada de Billy era intensa, como si la herida fuera una irritante molestia, y el joven se dirigió hacia Geese con pasos cuidadosos, pero sin titubear.

El empresario se preguntó cuánto más iba a aguantar así, antes de que su organismo colapsara. ¿Un día? Era irónico que un joven que había cuidado de una niña pequeña mientras vivía en la calle, y cuya principal función laboral era cuidar de su jefe, fuera tan ineficiente cuidando de sí mismo.

Era otra cosa que tenían en común… La desconsideración hacia los límites de su cuerpo.

Billy le entregó el maletín negro que llevaba en la mano.

Geese lo recibió, interiormente complacido. Él le había mostrado a Billy la combinación del maletín, pero no de la caja fuerte. Con eso acababa de comprobar que Billy no sólo había estado atento a la primera clave, sino que también la había memorizado, pese a estar enfermo.

Detalles como ése hacían que Billy fuera un empleado valioso. Encontrarlo en Londres había sido un gran hallazgo. Pulir su potencial era una inversión segura, sin lugar a dudas. Pero, por sobre todo, Billy era suyo, y Geese podía hacer con él lo que quisiera: exponerlo a un peligro mortal, o mantenerlo encerrado y a salvo como hacía con sus demás posesiones.

Dependía enteramente de él.

El joven fue a sentarse en el sillón delante de él y sonrió tenuemente al sentirse observado. Geese no apartó la mirada hasta que Billy bajó la vista, incómodo.


 

Billy suspiró aliviado al caminar por la amplia suite del hotel en Kyoto y sentir tierra firme bajo sus pies. Si el suelo se ladeaba, al menos ahora tenía la seguridad de que era porque estaba mareado, y no porque el avión estaba cayendo.

Las habitaciones que les habían asignado estaban conectadas por un corredor. El área que Geese ocuparía se asemejaba a un suntuoso departamento, cuyas comodidades incluían una chimenea eléctrica y un enorme piano de cola. La sala tenía paredes de vidrio y ofrecía una vista magnífica de la ciudad.

Por su parte, la habitación que Billy usaría era más pequeña y menos lujosa, pero, después de pasar horas encerrado en un jet, el joven sentía que el espacio era más que suficiente.

Él había oído que en el país del sol naciente las principales ciudades enfrentaban una grave falta de espacio para construir, pero los hoteles no parecían afectados, o, al menos, no ese. El vestíbulo del primer piso era gigantesco, y le había recordado a una estación de tren.

Había esperado una habitación estrecha e incómoda, pero le habían asignado una que no tenía nada que envidiarle a las habitaciones de hoteles en el extranjero.

Comprobar que Japón era un país bastante normal era una grata sorpresa.

El camino del aeropuerto al hotel lo había hecho medio inconsciente, y no recordaba los detalles. Sólo sabía que había subido a un auto con Geese-sama, y que le había extrañado que el modelo fuera tan anticuado y estrecho. El auto no era una limosina, y había tenido que sentarse con su jefe en el asiento trasero. Había entendido el porqué del tamaño del auto cuando pasaron por algunas calles sumamente angostas de camino al hotel.

Billy se dirigió al baño y se sacó la camisa manchada de sangre con cuidado. Tenía que cambiar los vendajes y lavar la herida antes de acompañar a Geese a la reunión de esa tarde.

En ese momento, el empresario estaba en la habitación contigua con Ripper, discutiendo el itinerario. Billy podía oír sus voces si forzaba el oído.

Billy se deshizo del cabestrillo y notó que su brazo herido estaba rígido. La falta de sensación permanecía, y rozar su propia piel fría y no sentir el contacto le produjo un escalofrío desagradable.

Comenzó a deshacer el vendaje despacio, viendo cómo la tela blanca se oscurecía a un rojo negruzco a medida que avanzaba. No quería ver la extensión de la herida, pero no pudo evitar alzar la mirada hacia el espejo que cubría la totalidad de la pared ante él. Sintió un profundo estremecimiento al ver el largo corte húmedo y sanguinolento, las suturas inflamadas, y la mancha oscura que cubría su piel y se extendía de su hombro a su brazo y parte de su pecho.

—Deja que te ayude —dijo Ripper detrás de él, acercándose con el bolso que habían traído de la clínica.

Alguien, quizá Geese-sama, se había deshecho de todas las medicinas que no eran útiles. Ahora era más fácil buscar entre los contenidos, y Ripper no tardó en encontrar vendas, algodón y una botella con desinfectante.

—Siéntate —indicó el secretario, señalando el borde de la ducha.

Billy obedeció, sujetándose el brazo herido con una mano. A diferencia de él, Ripper se veía alerta y profesional, como siempre. Nadie habría podido decir que el secretario había pasado casi un día viajando.

Ripper humedeció una de las toallas del baño con agua y limpió la sangre alrededor de la herida. Por varios minutos, atendió a Billy cuidadosamente, en silencio.

—¿Dónde están los demás guardias? —preguntó Billy, mirando por la puerta del baño hacia la habitación, y el cielo celeste que se alcanzaba a ver a través de las ventanas.

Ripper dejó escapar una risa amarga.

—No habrá más guardias en este viaje.

—¿No? —preguntó Billy, extrañado.

—Geese-sama trajo a su guardaespaldas. Eso es suficiente, según él —dijo Ripper con un abierto sarcasmo—. Realmente, ustedes dos son tal para cual. Tú, insistiendo en que puedes trabajar pese a esta herida, y él aceptándolo, como si no viera que cada dos pasos tienes que sujetarte de algún lugar para no caer.

Billy parpadeó. No recordaba que Ripper se hubiera expresado así de Geese-sama antes, con esa clara desaprobación en su voz. Era sumamente extraño oírlo usar ese tono, porque él era quien le había enseñado que debía mostrar respeto hacia su jefe.

—¿Qué te pasa? —preguntó Billy ladeando el rostro y sonriendo con insolencia—. ¿Estás de mal humor? ¿Te hace falta dormir?

Ripper no respondió en un inicio. Aplicó un poco de desinfectante sobre la herida y se dio por satisfecho cuando Billy contuvo el aliento debido al dolor.

—No es normal que critiques al jefe —gruñó Billy cuando pudo respirar otra vez—. ¿Por qué hablas así?

—Porque estás herido.

—¿Y…?

Ripper suspiró y se apartó, observando a Billy con severidad a través de sus lentes oscuros. La pausa fue tan larga que el rubio creyó que no recibiría una respuesta, pero finalmente, el secretario se pasó una mano por su cabeza calva y frunció el ceño, disgustado.

—Estás herido y, aunque seas el favorito del jefe, sigues siendo uno de nosotros.

Billy parpadeó sin entender. Ripper continuó:

—Muchos de nuestros compañeros murieron. Si los que quedamos no nos cuidamos unos a otros, ¿entonces quién lo hará?

Billy guardó silencio, sin haber esperado que Ripper se preocupara hasta ese punto por él.

Cuando había empezado a trabajar, el secretario había sido un adulto a cargo de supervisarlo, que desaprobaba todo lo que él hacía. Billy no había pensado en él como un compañero, a pesar de que ahora sus rangos estaban en un mismo nivel, y tenían responsabilidades similares.

—¿No piensas lo mismo? —terminó Ripper, sujetando vendas limpias.

Billy no respondió. Mientras Ripper lo vendaba, el joven bajó la mirada. El secretario tenía razón… Muchos habían muerto… Hombres que habían trabajado a su lado por meses, cuyos nombres conocía. Algunos trabajaban para Geese porque la paga era buena y ellos ambiciosos, pero otros lo hacían para mantener a sus familias…

Y Billy no se había detenido a pensar en ninguno de ellos…

Volviéndose con lentitud hacia el espejo de la pared, Billy observó su reflejo. Su piel estaba pálida, aunque sus mejillas tenían color por culpa de la fiebre. Su cabello estaba despeinado y húmedo y su aspecto de mala noche le daba un aire descuidado.

Billy se enfocó en sus ojos celestes, el mismo tono que los de Geese… ¿Era su mirada tan indiferente como la de su jefe?

Tal vez el empresario estaba influyendo sobre él y, así como Geese sólo se preocupaba por su imperio llamado South Town, Billy sólo se preocupaba por Geese. El resto de personas, empleados y compañeros, eran irrelevantes.

El joven sintió una punzada de pesar.

¿Se estaba convirtiendo en una persona tan terrible como su jefe?

Pero… ¿era eso algo de lo que debía sentirse culpable?

Si todo lo que Geese hacía le cautivaba… Si no le importaba haberlo visto acabar con una vida, o decidir quién vivía y quién moría en South Town…  

Si aceptaba a Geese plenamente… ¿ver el mundo a su manera era realmente algo malo?  

—Listo —dijo Ripper al terminar de vendar.

—Gracias —respondió Billy, aliviado de que el secretario hubiese dejado pasar el tema.

El joven consideró por un momento dejar el cabestrillo en el hotel, pero Ripper adivinó sus intenciones.

—Ni lo pienses —indicó.

Resignado, Billy permitió que el secretario inmovilizara su brazo contra su pecho una vez más, y luego se levantó para salir del baño y buscar algo de ropa.

Un mareo le nubló la vista, y por un momento el baño se convirtió en una mancha negra.

—Maldita sea, Billy —gruñó Ripper, sosteniéndolo—. Deberías quedarte en el hote…

—No es nada —mintió Billy, apartándose cuando su vista se aclaró.

El secretario no le creyó, pero no discutió. Billy se dirigió a la cama, donde estaba el bolso con el equipaje que Hopper había preparado para él antes de partir. La primera prenda que encontró fue su chaqueta con el estampado de “no smoking”. Se la puso a medias, tomó también su sansetsukon, y luego se dirigió a la habitación de Geese, con Ripper yendo detrás de él.

—Geese-sama, estamos list… —Billy dejó la frase a medias cuando Geese se volvió hacia él. El empresario se había cambiado de traje a uno tradicional japonés. La parte superior era de color gris, casi negro, y la hakama de un tono gris más claro. El efecto era elegante y solemne, y Billy se distrajo admirando la manera en que esa combinación hacía que el cabello rubio y los ojos celestes de Geese resaltaran aun más. Él lo había visto muchas veces con la hakama que usaba para entrenar, pero ahora Geese estaba vestido de manera formal, y su aspecto cambiaba por completo. Ver a Geese vestido así le hizo ser plenamente consciente de que su jefe era un hombre imponente e intimidante, y que, sin importar el país donde se encontraran, bastaba una sola mirada para darse cuenta de lo poderoso que era. 

Geese esperó a que Billy terminara de hablar, pero el joven había perdido el hilo de sus pensamientos.

—Estamos listos para partir, señor —colaboró Ripper.

—Bien.

El maletín con el pergamino estaba abierto sobre la mesa del comedor. Geese tomó el documento y lo guardó con cuidado en el bolsillo interior de su traje, a la altura de su pecho.

Billy esperó a que Geese fuera hacia la puerta y caminó detrás de él, como siempre hacía. Sin embargo, mientras seguía a su jefe por los pasillos alfombrados, su rostro no tardó en perlarse de sudor, y su aliento se entrecortó. Billy notó frustrado que lo dejaban atrás.

Alcanzó a Geese y Ripper en los ascensores y agradeció en silencio que ninguno de ellos comentara nada.


El lugar donde Geese se reuniría con su contacto era un viejo templo ubicado en un área poco concurrida de Kyoto. Durante el trayecto, Billy no dejó de observar por las ventanillas, asombrado por el contraste que ofrecía la ciudad. Los edificios de cemento y vidrio se alzaban junto a viejas pagodas y templos de aspecto antiquísimo, y las fachadas de los negocios modernos se alternaban con viejas puertas deslizables de madera. Ya fuera que estuvieran en medio de un barrio residencial o una avenida comercial, era frecuente ver el arco rojo de un torii, y un pequeño altar de piedra al otro lado.

La mezcla de elementos modernos y tradicionales le recordó a la terraza en lo alto de la Geese Tower. Le permitió entender mejor por qué su jefe había creído que era una buena idea combinar banderas de Estados Unidos con gigantescos budas.

Billy perdió la cuenta de las veces en que creyó que ya habían llegado a su destino. Los templos abundaban en Kyoto y, en ocasiones, llegó a contar hasta cuatro en un mismo bloque, construidos unos junto a otros.

El paisaje cambió pronto, y los edificios dieron paso a senderos delineados por árboles cuyas ramas aún se encontraban desnudas. El clima era fresco, pero no frío. El sol de la tarde brillaba intenso, y, aunque no calentaba demasiado, sus rayos tibios traían consigo el anuncio de la primavera.

Las avenidas se convirtieron en estrechos senderos de asfalto que subían por la suave ladera de una colina. Las casas pintadas de colores claros tenían fachadas angostas, y aprovechaban el espacio al máximo. En los garajes, el joven vio pequeños autos funcionales que nadie usaba en South Town.

Algunas de las calles no tenían veredas, y los transeúntes caminaban directamente sobre la calzada. El conductor del vehículo bajaba la velocidad y esperaba pacientemente a que se apartaran. No usaba la bocina para indicarles que se apresuraran. La vida en esa ciudad era sosegada y silenciosa.

A Geese no parecía molestarle que estuvieran demorando más de lo planeado por culpa de unos peatones. Observaba por la ventanilla también, pensativo, como si no tuviera ninguna prisa.

Billy reprimió una sonrisa al ver que Geese no había tardado ni medio día en adaptarse al ritmo de esa ciudad.

Las estrechas calles residenciales se convirtieron en senderos ondulantes demarcados por muros de piedra blanca, detrás de los cuales se alzaban numerosos árboles. Una masa húmedas de hojas secas se había acumulado a los bordes del camino. Billy tuvo la sensación de estar adentrándose en un bosque, y se preguntó cómo sería transitar por ese lugar en verano, en medio de la vegetación exuberante.

—¿Qué te parece? —preguntó Geese de pronto, girándose para mirarlo.

—Es distinto a lo que esperaba —respondió Billy.

Geese sonrió complacido.

—Y aún no has visto nada —comentó.

Billy sonrió también, y quiso decir que estaba ansioso por ver todo lo que Geese quisiera mostrarle, pero se abstuvo de responder en voz alta, porque Ripper y el conductor estaban con ellos en el estrecho vehículo oyendo cada palabra.


—Esperen aquí —ordenó Geese.

—Sí, Geese-sama —respondió Ripper.

El conductor del vehículo respondió de igual manera, con un suave “kashi komarimashita” y una venia formal.

Billy repitió esa frase en su mente para no olvidarla.

Estaban en el parking al pie de las escaleras que llevaban al templo, en una zona silenciosa y fría al final de un ondulado sendero empinado. A pesar del sol que aún no se ponía, la brisa era helada y traía el olor de la tierra húmeda.

Todos habían descendido del vehículo, pero sólo Geese se dirigió hacia las escaleras de piedra gris.

Sin embargo, Billy no permaneció con los empleados. Cuando Geese había dado la orden de esperar, no lo había mirado a él. La presencia de Billy no sólo era bienvenida, sino que era dada por hecho. Después de todo, él era el guardaespaldas de Geese.

El joven siguió a su jefe por el asfaltado camino en subida, respirando profundamente el aire puro de esa zona. Se estremeció al sentir el cambio de temperatura en su piel expuesta, pero también agradeció la frialdad de la brisa, porque ayudaba a aliviar el calor de la fiebre.

Mientras Geese subía por las escaleras de piedra, sus pies calzados con zoji sin hacer un sonido, Billy se tomó un momento para admirarlo. Geese caminaba con su amplia espalda erguida, perfectamente cómodo con su traje tradicional, sin temor a tropezar con las anchas perneras del pantalón. Los pliegues y dobleces de sus ropas se ajustaban a su cuerpo de una manera natural. A pesar de su cabello rubio, Geese no parecía un turista extranjero disfrazado como otros que el joven había visto durante el camino hacia el templo. Al observarlo, Billy tuvo la sensación de que a Geese no sólo le agradaba la cultura de ese país, sino que se había apropiado de ella, la había hecho suya.

Apresurándose a seguirlo, Billy reparó en que aquellas largas escalinatas no tenían barandas. Hileras de linternas de madera roja se alzaban a los lados, y, detrás de ellas, no había más que la pendiente de la colina y árboles desnudos.

A los pocos pasos, Billy sintió que su corazón se agitaba y que él comenzaba a quedarse sin aliento. Geese continuaba subiendo, sin detenerse, alejándose cada vez más.

Billy se limpió el sudor de la frente con un gesto impaciente. Su hombro palpitaba con cada latido de su corazón. Estaba jadeando, y, a pesar del aire fresco, no sentía que sus pulmones estuvieran recibiendo suficiente oxígeno.

Se sintió súbitamente mareado, y extendió su bo con una sacudida para usarlo de apoyo, invadido por una intensa frustración.

Tan sólo tenía que subir unas estúpidas escaleras. ¿Acaso no iba a poder hacerlo?

Reuniendo fuerzas e ignorando el mareo, Billy continuó el ascenso. La distancia que lo separaba de Geese era de quince escalones, luego veinte…

Geese se detuvo a mitad de las escaleras y se volvió hacia él.

Billy alzó la mirada, apoyado con fuerza en su báculo. Vio la figura de Geese dibujada contra los pálidos peldaños. La tela de sus ropas se confundía con el tono de los escalones, pero el color frío de sus ojos era claramente visible, celeste, como el cielo sobre él.

—No es necesario que me acompañes —indicó Geese, su voz clara en la distancia.

—Geese-sama…

Geese no insistió, dio media vuelta y continuó el ascenso.

Billy apretó los dientes y continuó subiendo también, lentamente, y maldijo para sí al ver a su jefe perderse de vista tras el arco de la entrada al templo, colina arriba.


El lugar no era lo que Billy había esperado.

Acostumbrado a que Geese-sama frecuentara sólo lugares ostentosos, el joven se quedó de una pieza al llegar a lo alto de las escaleras y ver un extenso patio rectangular de suelo completamente plano y blanco, rodeado por tres construcciones de madera oscura desgastadas por el tiempo. Las columnas y travesaños lucían descoloridos, los adornos de papel que colgaban bajo los aleros estaban amarillos y resecos. Aunque impecable, el recinto no era más que un viejo templo caído en el semiabandono.

Los pabellones que daban al patio estaban cerrados con pesadas puertas de madera, su interior a oscuras. A través de las ranuras de las puertas, Billy alcanzaba a ver altares con adornos dorados, pero no mucho más.

Ignorando su decepción, buscó a Geese. El empresario estaba en uno de los extremos del patio, hablando con un anciano de baja estatura.

El anciano vestía de blanco, como un sacerdote, y su rostro estaba surcado de arrugas. Bajo sus espesas cejas y sus párpados caídos, sus irises eran rojos. Su cabello era completamente gris.

—¿… y crees que ahora posees aquello que te hacía falta años atrás? —estaba preguntando el sacerdote en inglés. Su acento era ligero, su voz cascada.

Billy llegó hasta ellos y ambos hombres se volvieron a observarlo.

El sacerdote reparó en su hombro herido, su rostro sudoroso. Hizo un gesto preocupado al acercarse a Billy.

—¿Puedo ayudarlo? —preguntó.

—Pierde cuidado, viene conmigo —intervino Geese.

El sacerdote se detuvo en seco, observó a uno y a otro.

—Es suficiente —dijo Geese con impaciencia—. Vine aquí sólo con un propósito, no me interesa conversar.

El anciano no se mostró afectado por el tono desagradable de Geese. Asintió, complaciente, y señaló el interior en penumbra del pabellón más cercano.

—Quédate aquí, Billy —ordenó Geese.

—Sí, Geese-sama —respondió Billy automáticamente.

El sacerdote volvió a mirarlos, esta vez con curiosidad, extrañado de que un extranjero usara ese respetuoso honorífico japonés con su jefe, que era otro extranjero.

Billy esperó a que ambos hombres entraran en el recinto y cerraran la puerta, y luego se dejó caer en los escalones de madera. Respiró por entre sus labios, sintiéndose débil. La subida al templo había agotado las pocas fuerzas que le quedaban.

Fatigado, Billy apoyó la cabeza contra la baranda de la escalera. Oyó la voz de Geese-sama hablando con el sacerdote, pero, aparte de eso, el templo estaba en completo silencio. No había nadie en los patios ni en las otras secciones. El ruido de la ciudad no llegaba hasta ahí.

Billy sintió una extraña calma. Era como si el resto del mundo hubiese desaparecido y él estuviera a solas en ese lugar vacío, con Geese-sama. No solía experimentar esa sensación en South Town, porque, a pesar de que muchas veces había estado a solas con su jefe en el penthouse, los millones de habitantes de la ciudad eran una presencia permanente.

Aquí no. De pronto, la ciudad no existía. El sacerdote tampoco. Sólo estaba el patio vacío, el cielo azul, la brisa fría, y la voz de Geese, fuera de su vista pero cercana, recitando una serie de sílabas que no tenían sentido, secas, breves, monótonas.

Billy se sumió en un sopor profundo, mientras las horas pasaban y el sol se ponía y la noche caía a su alrededor. Oyó el ruido de las cigarras en el bosque, y una conversación en murmullos:

—No creí que serías capaz… —La voz del sacerdote, honesta y sorprendida.

—Quizá he cambiado. —La respuesta de Geese, sarcástica.

—Las personas como tú no cambian.

Luego el sonido de pasos sobre el suelo hueco de madera. La puerta deslizándose.

—Billy, ven.

—Sí… —murmuró Billy.

El joven se puso de pie y dio unos pasos hacia Geese. Su jefe tenía una expresión triunfal en el rostro, y estaba explicándole algo, pero su voz se oía difusa y lejana. Billy entrecerró los ojos, esforzándose por escuchar, porque sabía que Geese estaba diciéndole algo importante, pero no consiguió reconocer las palabras… La noche oscura se había vuelto densa, el aire caliente…

Billy se dio cuenta de que no estaba de pie, sino cayendo.

—Billy…

Geese lo estaba sujetando, pero no era suficiente. El joven sintió que se deslizaba hacia el suelo.

Pero el suelo no podía ser así de suave, no podía ser tan cálido.

—Tráelo aquí. —El sacerdote estaba abriendo una puerta.

Billy sintió que era llevado en brazos a un salón amplio y oscuro. Su cabeza estaba apoyada contra el hombro de Geese y el empresario fue gentil al dejarlo en el suelo de tatami, sobre un futon blanco.

—Geese-sama… —susurró Billy, avergonzado, sin poder creer que eso acababa de pasar.

—El muchacho no se ve bien —comentó el sacerdote.

—Va a estar bien —replicó Geese, recostando a Billy en el futon, haciéndole descansar la cabeza sobre la almohada.

—¿Es en él en quien piensas probar el poder del pergamino?

Geese no respondió. Se arrodilló sobre el tatami junto a Billy, y recibió un pequeño recipiente de cerámica que le tendió el sacerdote.

Con cuidado, Geese hizo que Billy alzara la cabeza lo suficiente para que bebiera un sorbo de té frío.

—Estás usando a este muchacho para tus propósitos, no has cambiado nada —continuó hablando el anciano, su tono sosegado, como si no estuviera sorprendido. Al contrario, la presencia de Billy en el templo ahora tenía sentido para él—. ¿Tú eres el causante de esa herida?

—¿Qué te hace pensar eso? —respondió Geese, lanzándole una mirada burlona en la penumbra.

—Necesitabas a alguien a quien querer curar para despertar el poder del pergamino.

El anciano encendió algunas lámparas de papel repartidas por el recinto. Una luz tenue y temblorosa los iluminó. Geese observó a Billy, que yacía acostado con los ojos no del todo cerrados, escuchando la conversación.

—¿Y ahora piensas usar el pergamino en él? ¿A pesar de la maldición?

—La maldición es sólo una leyenda —respondió Geese con tono calmado.

—Así como el poder del pergamino es sólo una leyenda.

Geese frunció el ceño, comenzando a verse irritado.

—Déjanos solos —ordenó secamente.

El anciano suspiró, pero, una vez más, obedeció sin mostrarse afectado por la brusquedad de Geese. Salió de la sala con pasos lentos y cerró la puerta tras de sí.

Geese respiró profundamente, calmando sus pensamientos. Las flamas en el interior de las lámparas se aquietaron. Por algunos segundos, sólo se oyó el crepitar del fuego y la respiración trabajosa de Billy.

Con lentitud, Geese sacó el pergamino de entre los pliegues de su traje y lo depositó en el tatami, junto a Billy.

Después de horas, había conseguido acceder al poder contenido en el documento. No había sido fácil, porque sus ambiciones rompían una y otra vez su concentración. Era difícil dejar de pensar en lo que podría hacer con los pergaminos secretos si conseguía reunirlos todos.

Sin embargo, al final, había conseguido enfocarse en el principal uso que quería darle a ese poder esa noche. Se había concentrado en Billy, y en el recuerdo del joven quedándose atrás, en el hotel y en las escalinatas del templo, cada vez más débil, pero aún empeñado en seguirlo a donde fuera.

Y ahora, ese poder que había querido por años estaba en sus manos.

Geese extendió el pergamino en el tatami, revelando las desteñidas inscripciones. Billy estaba empeorando, y no había razón para esperar más. El lugar era adecuado. El momento propicio.

Sin embargo, los minutos pasaron y Geese se limitó a observar al joven, que continuaba en silencio, sus ojos un poco nublados.

—¿Lo consiguió? —preguntó Billy débilmente después de un largo rato.

Geese asintió, y Billy sonrió con una expresión que decía “sabía que lo lograría”.

El joven comenzó a incorporarse lentamente.

—Ya me siento mejor —murmuró Billy al recibir una mirada reprobadora de parte de Geese—. No necesito estar acostado…

Sin embargo, a pesar de que consiguió sentarse, Billy sintió que su cuerpo se inclinaba hacia un lado, pesado, negándose a obedecerle.

Geese lo sostuvo por la espalda. Sin que Billy tuviera que pedirlo. Le entregó la taza de té y le dejó beber un poco más.

Billy miró de soslayo el pergamino extendido en el tatami. Nuevamente, lo vio como un viejo e inofensivo trozo de papel.

—¿Va a usarlo? —preguntó.

—Lo haré —respondió Geese quedamente, pero no se movió. Su mano aún estaba en la espalda de Billy, y el joven se dio cuenta de que, sin su apoyo, él habría caído de vuelta al futon.

Sin embargo, la inmovilidad de Geese era extraña. Billy se preguntó qué estaba pasando. ¿Su jefe estaba dudando?

Billy dejó la taza vacía en el suelo, donde no estorbara. Se sorprendió cuando Geese lo atrajo un poco más hacia sí, hacia su pecho, sin decir palabra.

¿Qué sucedía?

El joven pensó en la conversación que había oído entre Geese y el sacerdote. Geese había deseado tener ese poder desde hacía muchos años. El anciano lo sabía y, por la manera en que se dirigía a Geese, no le importaba que Geese fuera un poderoso empresario. Su trato era casual, y transmitía una familiaridad de personas que se habían conocido por años. ¿Quién exactamente era ese sacerdote?

Por lo que Billy había visto, ese hombre era alguien que sabía sobre energía, sobre los pergaminos, y sobre maldiciones.

Vagamente, Billy se preguntó si su jefe estaba pensando en la maldición, y por eso dudaba en usar el pergamino. Si el poder era real… ¿tal vez una maldición también podía serlo?

Para Billy, ambas cosas eran inverosímiles. Quería creer en su jefe, pero no podía aceptar que un trozo viejo de papel pudiera contener un mágico poder curativo.

Con un suspiro leve, el joven se relajó y se apoyó contra Geese, reflexionando en lo extraño que era encontrarse en un templo en Japón, a la luz de unas lámparas tenues, herido y débil, y disfrutándolo, porque era agradable poder estar con su jefe así. Sonrió cuando Geese lo estrechó un poco más.

Billy alzó la mirada, y se dio cuenta de que el empresario estaba con los ojos cerrados, su rostro tenso. ¿Quizá Geese no había estado dudando? Sólo se estaba preparando mentalmente para usar el pergamino. Estaba reuniendo su concentración, como cuando meditaba en la terraza del rascacielos…

Para no interrumpirlo, Billy guardó silencio, y sólo disfrutó de aquel momento tranquilo con Geese sosteniéndolo contra sí. Un pensamiento fugaz pasó por su mente, y el joven sintió algo de pesar porque, cuando sanara, seguramente los momentos así disminuirían. Las cosas volverían a la normalidad. Las caricias de su jefe volverían a ser espaciadas e infrecuentes.

Billy reprimió una sonrisa amarga. Otra vez…, otra vez Geese lo estaba haciendo pensar que estar herido no era tan malo…

Y aquello le hizo recordar lo que el sacerdote había dicho. Geese necesitaba a alguien a quien curar…

Alguien a quien querer curar.

Los minutos transcurrieron, y finalmente Geese abrió los ojos. Su mirada fue firme y sus movimientos decididos cuando apartó a Billy e hizo un gesto para que el joven se deshiciera de su chaqueta.

Billy obedeció, y dejó la chaqueta en el suelo, junto con el cabestrillo.

—Los vendajes también —indicó Geese, pero se dio cuenta de que a Billy le tomaría demasiado tiempo deshacerse de ellos por sí solo, e hizo un ademán para encargarse.

El joven se estremeció al sentir los dedos de su jefe rozando cerca de la herida. El toque fue doloroso, pero bajo otras circunstancias aquel roce habría sido una suave caricia.

Billy mantuvo la mirada apartada, mientras los vendajes iban soltándose y cayendo.

—¿Es verdad? —preguntó Billy en un susurro, llenando un silencio que para él era incómodo—. ¿Necesitaba que alguien saliera herido? —Billy hizo una pausa y luego agregó—: ¿Es por eso que actuó de forma tan irreflexiva, exponiéndose a Addes de esa manera?

Los dedos que apartaban los vendajes se quedaron quietos. Geese se inclinó ligeramente hacia atrás para mirarlo con el ceño fruncido, y rio muy bajo, sin responder.

—Necesitaba a alguien a quien curar… —musitó Billy, enfrentando su mirada.

La sonrisa de Geese se tornó maliciosa, sus ojos burlones.

—Realmente me crees capaz de hacer algo así —comentó el empresario, su tono entretenido.

Billy no apartó la vista.

—No importa si ése fue su plan —dijo, negando levemente, para que Geese supiera que no le estaba reclamando nada—. Pero estaba preocupado por usted, y el riesgo al que se exponía.

Geese guardó silencio.

—Podría habérmelo dicho —continuó Billy.

—¿Estás diciendo que te habrías dejado lastimar si era una orden?

Billy pensó en la respuesta por un largo momento.

—Si era una orden… —asintió despacio, sorprendido por lo que Geese provocaba en él, y las necedades que le hacía decir—. Si era lo que usted necesitaba… —Billy hizo una pausa—. Quiero ser útil para usted —terminó Billy.

Geese escuchaba atento, y la sonrisa burlona en sus labios era cruel.

—¿A tal extremo? —preguntó.

Billy asintió.

—Debería castigarte por esto —comentó Geese plácidamente.

—¿Por qué…? —preguntó Billy alarmado.

Geese negó con la cabeza, y posó su mano en la mejilla del joven, acunando su rostro, atrayéndolo un poco más hacia sí.

—Por creer esa tontería —susurró.

Avergonzado al verse reprendido, Billy quiso apartarse, pero Geese no se lo permitió.

—No planeé que salieras herido —continuó Geese sin alzar la voz, rozando la mejilla de Billy con su pulgar, recorriendo su piel hasta tocar sus labios—. Quizá tenías razón desde el inicio. Quizá simplemente no me sé cuidar.

—Lamento… —Billy quiso murmurar una disculpa, pero Geese lo hizo callar volviendo a tocar sus labios.

—Es por eso que necesito a mi guardaespaldas de vuelta —señaló Geese.

—¿Tendrá…, tendrá más cuidado en adelante? —preguntó Billy, sintiendo que necesitaba decir algo, porque sus rostros estaban muy cerca, y no sabía si la debilidad que sentía en todo su cuerpo era por la fiebre, o por la caricia que Geese hacía sobre sus labios.

—No —respondió Geese con una sonrisa maliciosa—. Tendrás que hacer tu trabajo, y al mismo tiempo asegurarte de no salir herido otra vez.

Billy hubiera reído, si no hubiese estado completamente distraído por la caricia de su jefe.

—Más responsabilidades para ti —comentó Geese, pensativo.

—Está bien. Lo haré con gusto —aseguró Billy, su voz tan baja como la de Geese.

Geese asintió y se apartó lentamente. Billy lamentó que la caricia en sus labios acabara de forma tan abrupta, pero no tuvo mucho tiempo para pensar en ello, porque casi al instante sintió los dedos de Geese rozando su pecho y su espalda a medida que su jefe terminaba de retirar los vendajes.

El contacto hizo que la piel se le erizara de una manera tan notoria que estuvo seguro de que Geese se había dado cuenta.

Sin embargo, el empresario continuó con su tarea, y sólo hizo una pausa cuando la herida quedó al descubierto.

Billy sabía que el aspecto de su hombro era desagradable. Estar expuesto ante Geese-sama lo hizo sentir avergonzado.

Geese acercó el pergamino, lo volvió hacia la luz temblorosa de las lámparas.

—¿Esto es todo? —preguntó Billy para llenar el silencio—. ¿No se necesitan preparativos?

—¿A qué te refieres?

—Un ritual, inscripciones… sacrificios… ese tipo de cosas…

El tono de Billy era ligeramente bromista y Geese sonrió desdeñoso.

—¿Como un ritual satánico? —preguntó sarcástico, y luego negó con la cabeza—. Sólo es necesario el pergamino, mi energía, y un lugar sagrado. Es por eso que seguimos en el templo.

Billy no había pensado en eso último. ¿El pergamino no podía ser utilizado en cualquier lugar?

—¿Yo debo hacer algo? —preguntó Billy.

Geese negó, distraído, y murmuró:

—No has preguntado qué pasará al usar este poder.

Billy ladeó el rostro, tomado por sorpresa.

—No importa lo que pase. Confío en usted —respondió simplemente.

Geese rio.

—¿A pesar de que crees que te lastimaría para conseguir mis propósitos? —preguntó con ironía.

—Confío en usted —repitió Billy con firmeza.

La respuesta de Geese fue acariciar la mejilla de Billy una vez y luego su mano se deslizó por el cuello del joven hasta posarse en la herida de su hombro.

Billy se encogió de dolor, pero procuró no moverse.

Geese permaneció arrodillado en el tatami, y Billy sentado frente a él, apoyado en el brazo que Geese mantenía tras su espalda para sostenerlo. Contrario a lo que esperaba el joven, no hubo nada de místico en aquel ritual. Geese comenzó a leer del pergamino, su voz baja pero estable, pronunciando las sílabas cortas que Billy había oído mientras esperaba por él fuera del pabellón.

El idioma era extraño y áspero. ¿Chino, tal vez? Billy no entendía el significado, pero sabía que aquellas palabras no formaban frases. La voz cadenciosa de Geese le recordó a cuando el empresario leía cifras de los reportes de sus empresas en la oficina, y aquello lo reconfortó. Oír a Geese le hizo pensar que aquel ritual era un negocio más, y, al despojar al ritual de su espiritualidad, al convertirlo en un asunto mundano y familiar, como los temas que discutían cada día en la oficina, Billy finalmente cedió a la idea de que quizá algún tipo de magia existía en ese mundo, porque todas las cosas que su jefe anhelaba eran posibles.

Billy cerró los ojos un momento, recriminándose interiormente por haber sido tan iluso. Al oír sobre leyendas antiguas, había imaginado un rito oscuro, con sombras moviéndose, paredes temblando, el suelo estremeciéndose. No había esperado estar a solas con Geese en una pequeña sala tradicional, cuya atmósfera se sentía tranquila e íntima debido a la luz de las velas.

La mano de Geese continuaba en su hombro, su toque ligero para no causarle más molestias. Billy no sentía que algo estuviera ocurriendo, pero no habló. Las palabras que Geese recitaba continuaban, un susurro ahora, tan repetitivas que el empresario ya no necesitaba leerlas del pergamino.

Los minutos pasaron, y Billy alzó la mirada hacia Geese, extrañado. ¿Eso era todo?

Se sorprendió al ver que Geese tenía los ojos cerrados y que sus facciones estaban tensas debido a su profunda concentración. Había gotas de sudor en su frente, y su cuello y hombros estaban rígidos. A pesar de su inmovilidad, Geese parecía estar haciendo un esfuerzo físico. Billy se dio cuenta de que la voz de su jefe era un susurro porque su respiración se había vuelto trabajosa.

—Geese-sama… —murmuró, preocupado, pero el empresario no dio señal de haberlo oído, y Billy no se atrevió a decir más, para no romper su concentración.

Cuando el dolor empezó, él no estaba preparado. Ahogó un gemido mientras por reflejo intentaba apartarse de Geese, sin entender por qué su jefe le había clavado los dedos en la herida.

Geese lo sujetó con firmeza, inmovilizándolo pese a que Billy forcejeó. Con un gruñido apagado y sintiendo que el dolor no hacía más que aumentar, Billy empujó contra Geese, sólo para darse cuenta de que no podía hacer nada contra la fuerza de su jefe.

—… Geese-sama… —jadeó Billy. Sentía que algo estaba penetrando en su hombro, desgarrando su carne otra vez, como si Geese quisiera arrancarle el brazo.

La respuesta de Geese fue atraerlo contra sí y mantenerlo ahí, obligándolo a estar quieto.

Pero el gesto fue gentil… completamente diferente del dolor que le causaba en su hombro herido.

—No te resistas… —ordenó Geese en un susurro, sin abrir los ojos.

Billy notó un resplandor parpadeante en el aire a su lado… Al volverse, vio que la mano de Geese ya no tocaba su herida, sino que estaba a unos centímetros, desprendiendo el familiar color azulado de su ki. Lo que Billy estaba sintiendo era el contacto de esa energía, cuyos filamentos neblinosos entraban en su piel y se esparcían por la carne estragada, como pequeñas y afiladas cuchillas que buscaban llegar hasta lo más profundo de esa herida.

Billy apartó la mirada, apretando los dientes, sin entender cómo una energía inmaterial provocaba un dolor físico. Se encogió en sí mismo cuando la intensidad aumentó, y se sintió humillado al no poder contener un corto grito.

Geese no lo dejó ir mientras el dolor duró y lo retuvo contra sí, dejando que Billy encontrara un poco de confort en su cercanía.

Durante un largo rato, en la sala sólo se oyeron las respiraciones agitadas de ambos.

Billy gimió cuando la intensidad de las punzadas alcanzó su punto máximo, pero, al segundo siguiente, el resplandor azul desapareció. El dolor se desvaneció.

Las flamas de las lámparas temblaron inquietas, pero no se apagaron.

Geese apoyó las manos en el tatami, extenuado. Por largos segundos, el empresario mantuvo los ojos cerrados, su respiración entrecortada, mientras su joven empleado lo miraba alarmado.

—¡Geese-sama!

—No es nada —murmuró Geese con voz áspera, incorporándose despacio.

Billy puso una mano en el brazo de Geese, preocupado. Nunca había visto a su jefe así.

Sin embargo, Geese ignoró su preocupación y recogió el pergamino viéndose sumamente complacido. Lo enrolló lentamente, casi con reverencia, antes de guardarlo entre los pliegues de su traje.

Billy se calmó al ver la sonrisa satisfecha de su jefe.

El joven volvió su atención hacia sí mismo y examinó su hombro. La herida había sangrado, pero no se había abierto. Podía sentir un apagado dolor punzante, y su brazo continuaba laxo e insensible.

Aunque… tal vez era su imaginación, pero se sentía con un poco más de fuerzas. ¿Gracias al pergamino? Era imposible decirlo. Tal vez ver a Geese cansado le había recordado que tenía deberes que cumplir. En ese momento, Billy quería levantarse y atender a su jefe, pero no sabía exactamente qué hacer. ¿Cómo ofrecerle ponerse más cómodo si estaban ambos sentados en el suelo? ¿Debía intentar conseguir alguna bebida caliente en ese templo, u ofrecerle el té frío que el sacerdote había dejado preparado en un rincón?

—Veo que ya te sientes mejor —comentó Geese, alzando la mirada hacia él.

—No siento nada diferente —confesó Billy apesadumbrado.

Geese no insistió. Se levantó y con pasos pesados se dirigió a la puerta.

—Espera aquí —indicó, y sin más salió al corredor y dejó a Billy a solas.

Billy probó levantarse, pero su cuerpo estaba inestable aún. ¿Por qué Geese había creído que se estaba sintiendo mejor?

Oyó unos pasos apresurados en el pasillo y la puerta se abrió. Ripper se asomó, su agobio claro incluso a través de sus lentes oscuros.

—Gracias al cielo —gruñó el secretario de mal humor—. Tardaron tanto. Pensé que les había pasado algo.

—¿Dónde está Geese-sama?

—Hablando con un anciano —respondió Ripper, haciendo un gesto vago hacia el patio del templo—. Me dijo que te atendiera.

Ripper entró, sus pasos resonando huecos en el suelo de tatami, y observó el hombro expuesto de Billy. Hizo un sonido molesto al ver la sangre húmeda, pero no preguntó qué era lo que había sucedido.

Billy esperó impaciente a que su compañero volviera a vendarlo. No era adecuado reutilizar unas vendas que habían estado en el suelo, pero no tenían nada más a la mano.

Todo el tiempo, el rubio se preguntó si realmente la molestia en su hombro había disminuido… Si su cabeza dolía menos…

Mientras Ripper le ponía el dichoso cabestrillo, Billy intentó mover el brazo, pero no tuvo éxito.

—Billy, ¡espera! —exclamó Ripper al verlo echarse la chaqueta sobre los hombros, levantarse, e ir hacia la puerta.

Billy se detuvo un segundo, apoyado en el marco, dándose tiempo para probar si podía mantenerse de pie sin caer. Alguien había dejado su bo reclinado contra la baranda del corredor, y el joven lo tomó y lo usó para estabilizarse.

Notó que después de dar unos pasos, caminar se le hacía más fácil.

Era increíble, pero… se estaba sintiendo un poco mejor…

Billy se dirigió al patio, buscando a Geese. El lugar estaba oscuro y desierto, pero una débil luz brillaba dentro de uno de pabellones. Al acercarse, por la puerta entreabierta, vio la espalda de su jefe. Geese estaba arrodillado frente a un altar, iluminado sólo por unas velas que ardían en el pedestal de la deidad. Por su postura, Billy concluyó que su jefe estaba meditando.

Pero, ¿a esa hora, y en ese lugar? ¿Por qué?

—No lo interrumpas, necesita recuperarse —dijo una suave voz cascada a su espalda y Billy se sobresaltó.

Al volverse, el anciano sacerdote estaba ahí.

—Acompáñame —dijo el anciano, haciendo un gesto para que Billy fuera con él.

—No —respondió Billy. No iba a interrumpir a Geese-sama, pero iba a esperar en ese lugar, donde no lo perdiera de vista.

El anciano abrió un poco más los ojos, sorprendido por la seca respuesta, y luego sonrió para sí. Iba a alejarse, pero Billy se volvió hacia él.

—Aguarda —ordenó el joven, mirando al sacerdote con desconfianza. Sus fuerzas estaban regresando y sus pensamientos se aclaraban. Podía enfocarse en hacer su trabajo otra vez—. ¿Qué es esa maldición de la que hablaban?

La sonrisa del anciano se amplió un poco más, y Billy frunció el ceño, porque había un brillo entretenido en los ojos rojos del sacerdote.

—Quién sabe —respondió el viejo, y Billy reprimió un gruñido molesto. Quería una respuesta clara, porque había visto a Geese agotado después de usar el pergamino, y no quería llevarse la sorpresa de que su jefe iba a enfermar o algo peor. Si el pergamino era peligroso, él necesitaba saberlo—. Han pasado muchos años desde que ese pergamino fue usado por última vez —continuó el anciano.

—No salgas con eso. Cuando lo mencionaste hablaste como si lo supieras —insistió Billy, su tono irritado comenzando a sonar irrespetuoso, porque no le agradaba ese hombre. Le daba la impresión de que estaba entreteniéndose a costa de Geese.

—Todas las leyendas tienen algo de verdad —respondió el sacerdote encogiéndose de hombros—. Un poder como el del pergamino debe tomar algo a cambio, ¿no crees? Un hombre de negocios como Geese debe saberlo muy bien.

La desconfianza de Billy se incrementó. El sacerdote había dicho el nombre de su jefe de forma ligera. Billy conocía a pocas personas que pronunciaran ese nombre así.

—¿Quién eres? —gruñó Billy, sin poder contener su curiosidad—. ¿Su maestro? —adivinó.

El sacerdote rio divertido.

—No, pero lo conozco desde que era joven. Y también conozco a su maestro.

Billy no pudo ocultar algo de sorpresa. De pronto, se dio cuenta de que estaba a un paso de averiguar un poco más sobre el pasado de Geese.

El rubio miró hacia el interior del pabellón, donde Geese seguía arrodillado y quieto. Se sintió un poco culpable de estar intentando averiguar sobre su jefe a sus espaldas, y no preguntó más.

El sacerdote lo miraba fijamente, atento a sus reacciones.

—¿Te preocupa lo que la maldición pueda hacerle? —preguntó el hombre lentamente—. ¿Te preocupas por él?

—Es mi jefe —gruñó Billy, porque la respuesta era obvia y la pregunta necia—. Y si estás tramando algo en su contra…

—¿Por qué piensas eso?

¿Por qué? Billy no podía explicarlo con palabras. Había oído la manera en que el sacerdote le hablaba a Geese, como a un igual, sin respetarlo. Es más, hasta le parecía haber percibido cierto desprecio cuando el anciano había dicho “las personas como tú no cambian”. Y Geese tampoco respetaba a ese hombre. Sólo estaba interesado en sus conocimientos, y en lo que el hombre le pudiera enseñar.

—No es de mí por quien debes preocuparte —dijo el sacerdote, mirándolo a los ojos con una expresión tan amable que hizo que Billy se pusiera a la defensiva—. No le deseo el mal. —Hubo una larga pausa, y luego el hombre agregó—: Pero haces bien en no confiar. Es más, te daré una recomendación amistosa: cuando conozcas a su verdadero maestro, te sugiero tener cuidado. Si debes desconfiar de alguien, es de él.

Billy no dijo nada, pero prestó atención a cada palabra. El maestro de Geese, vivo… Un hombre del que no debía fiarse… ¿Quizá era por eso que Geese había decidido venir a este templo? ¿Confiaba más en este anciano?

—¿A qué te refieres?

—Oh, nada en particular —dijo el sacerdote. Estaba disfrutando al intrigar, disfrutaba al ver que Billy quería reprimir su curiosidad, y a la vez quería saber más—. A su maestro le gusta corromper jovencitos.

—Habla claro —ordenó Billy.

—No es necesario, basta con que mires a tu jefe —indicó el sacerdote, señalando el pabellón donde Geese meditaba—. ¿Crees que un buen maestro habría permitido que su discípulo se convirtiera en esa clase de persona?

“Esa clase de persona”. El tono despectivo otra vez.

Billy observó a Geese. Volvió a sentirse culpable por haber intentado obtener información a través de un completo desconocido.

Había muchas cosas que quería saber, pero esperaría a que su jefe las compartiera con él. Quería oír su versión. La única versión que importaba.