Actions

Work Header

Lealtad

Chapter Text

El aire fresco de la calle ayudó a que la mente de Billy se despejara en un instante, y el joven respiró profundamente, dejándose llevar por la familiar atmósfera laboral. Estaba rodeado por los otros guardaespaldas, caminando tras su jefe, y era fácil aparentar que aquella era una noche más de trabajo.

Billy ignoró el dolor que sentía en el lado derecho de su cuerpo con cada paso, y agradeció la sensación fría del aire nocturno contra sus mejillas. Ripper no se había apartado de su lado, pero Billy comenzaba a recuperar algo de fuerzas, y ya no fue necesario que se apoyara tanto en su compañero.

Por costumbre, Billy miró los alrededores. Tenía los ojos cansados y era difícil enfocar las cosas con claridad debido a la fiebre, pero se tranquilizó al ver que el vecindario donde se encontraban estaba tranquilo.

El hospital clandestino funcionaba en los primeros pisos de un edifico residencial. La entrada que usaban los hombres de Howard Connection estaba disimulada como un viejo garaje lleno de trastos abandonados e inservibles, pero la fachada del resto de la edificación era bastante normal, y no levantaba sospechas.

El barrio no tenía nada de extraordinario. Los pequeños jardines delanteros de los edificios estaban cuidados, pero, en las callejuelas entre las construcciones, los contenedores de basura estaban llenos a rebosar, y en las paredes se veían algunos grafitis apresurados.

No había nadie más que ellos en la calle esa noche. Por los tenues y lejanos sonidos de la ciudad, Billy supuso que debían ser las dos o tres de la madrugada.

Su mirada se desvió hacia su jefe al pensar eso. ¿Qué hacía Geese ahí a esa hora, y por qué había ido a buscarlo personalmente? Era difícil sacar conclusiones con sólo mirarlo. ¿Había estado camino al aeropuerto y hecho un corto desvío? El traje que Geese llevaba era correcto y elegante, pero eso no le decía nada. Era un traje que bien podía ser usado para un viaje, o para supervisar a unos empleados heridos en un hospital ilegal.

La limosina Bentley de Geese estaba aparcada a unos metros, junto con otros dos autos que conformaban su escolta.

—Ve por los documentos de Billy y llévalos al aeropuerto. Estaremos esperando ahí —dijo Geese con voz sosegada a Hopper, que respondió con un asentimiento.

—¿Debo traer algo más? ¿Algo para el viaje?

—Lo que consideres necesario.

Billy se acercó despacio, mientras Hopper iba a cumplir sus órdenes y el conductor de la limosina abría la puerta para Geese.

El empresario desapareció en el interior del vehículo y Billy hizo una pausa antes de seguirlo, volviéndose hacia los otros guardias. El joven tuvo que apretar los dientes para contener un quejido al sentir una punzada cerca de su cuello, porque no podía mostrarse tan débil delante de sus compañeros. Buscó con la mirada al guardia que había tomado las medicinas de la clínica.

—Tú —dijo después de dar con él—, ¿tienes analgésicos ahí? —Billy procuró que su voz saliera hosca, como si la herida en su hombro fuera una mera incomodidad que estaba comenzando a irritarlo. Ripper y Geese-sama sabían que no se encontraba bien, pero nadie más tenía por qué enterarse de los detalles.

El guardia que llevaba el bolso buscó entre sus contenidos con prisa y sacó un frasco de plástico blanco. Era un empleado nuevo, y Billy no lo reconoció.

—Aquí tiene, señor —dijo el hombre, entregándole el frasco a Billy.

Billy sonrió complacido, agradeció con una mirada, y luego subió a la limosina con movimientos un poco torpes, para sentarse en el asiento frente a Geese.

Su jefe lo observó en silencio en la poca luz y Billy fue súbitamente consciente de la inadecuada imagen que ofrecía. Tenía vendajes en el hombro y también alrededor de su pecho a modo de refuerzo, visibles porque la camisa blanca que llevaba estaba desabotonada. El cabestrillo de su brazo era embarazoso, pero sabía que no podía deshacerse de él.

Al pasarse la mano izquierda por la frente, Billy notó su piel caliente y cubierta de sudor. Sus cortos cabellos estaban húmedos también, y el suave roce de sus dedos hizo que el dolor en su cabeza aflorara otra vez.

La limosina no tardó en ponerse en movimiento, y el vaivén del vehículo hizo que Billy cerrara los ojos con fuerza. Podía sentir las irregularidades del camino. Cada pequeña sacudida repercutía en su hombro y su cabeza.

Pero Billy no emitió ningún quejido, y por unos segundos se dedicó a intentar abrir el frasco de los analgésicos usando sólo una mano. Podía sentir la mirada de Geese sobre él, pero no se atrevió a encontrar sus ojos.

Sosteniendo el frasco entre las rodillas, consiguió girar la tapa y, con una sacudida, hizo que un puñado de pastillas blancas cayeran en la palma de su mano.

Billy observó las medicinas. Quería que el dolor dejara de agobiarlo, para al menos poder comportarse con normalidad delante de Geese-sama. No le importaba tomar los analgésicos de diez en diez si era necesario.

Mientras Billy deliberaba, Geese se inclinó hacia él y tomó el frasco de entre sus piernas. Sin decir una palabra, el empresario inclinó la botella hacia las luces de la calle y entrecerró los ojos mientras leía la etiqueta y la dosificación.

Billy quiso protestar, pero ver a Geese con el frasco de medicinas en la mano le hizo recordar el primer encuentro en Londres, cuando habían entrado a la farmacia juntos, en esa época en que no había sabido qué esperar de Geese.

La verdad era que, ahora, tampoco estaba seguro de lo que el empresario iba a hacer o decir sobre las medicinas, pero, a diferencia de esos días pasados, Billy no sentía desconfianza ni estaba a la defensiva.

Mirar a su jefe y saber que Geese estaba ahí con él le producía una sensación de seguridad, como si, de alguna manera, todo fuera a salir bien.

—Dos pastillas cada ocho horas —dijo Geese en la quietud de la limosina, extendiendo su mano y rozando la de Billy, llevándose el exceso de pastillas y regresándolas al frasco.

Billy asintió, notando que sentía calor, y que no podía saber si era por la fiebre o por la consideración que Geese estaba mostrando hacia él.

Geese dejó el frasco de los analgésicos en el asiento y luego abrió el compartimento donde estaba guardado el cognac que siempre llevaban en el vehículo. Había pequeñas botellas de agua en el fondo, y Geese tomó una e hizo un gesto para alcanzársela a Billy.

Sin embargo, a mitad del gesto, Geese recordó que Billy no podía usar su mano derecha, y se encargó de abrir la botella él mismo.

Billy se sintió sumamente incómodo al ver eso, pero aceptó el agua agradecido.

Tragó las pastillas y vació la botella en un par de sorbos, notando lo sediento que estaba.

—El viaje será largo —comentó Geese.

—De todos modos quiero ir con usted —respondió Billy sin dudar.

—No te estaba dando una opción —señaló Geese, con una sombra de sonrisa burlona en sus labios. Y, después de unos segundos, agregó—: Vas a estar bien.

Billy no sabía por qué Geese hablaba con esa seguridad, pero asintió de todas formas.

—Lamento hacerle perder el tiempo.

—¿A qué te refieres?

Billy se pasó la mano por la frente otra vez, esforzándose por mantener sus pensamientos claros.

—Por hacerlo venir aquí. Y… supongo que luego tendremos que ir a otro hospital…

—¿Tan mal te sientes?

—No es eso. —Billy miró por la ventanilla un momento—. Esta herida no se va a curar por sí sola y necesito estar bien. La doctora dijo que ellos no podían hacer más. Pensé que quizá, en Japón…

—No iremos a un hospital —aclaró Geese—. Pero te vas a recuperar —repitió, sonando seguro de eso.

Billy lo observó aún sin entender, y se extrañó al ver un destello de interés en los ojos de su jefe, como si esa situación le entretuviera.

—¿Por qué…? —comenzó a preguntar Billy, pero se interrumpió cuando su jefe hizo un leve gesto hacia el conductor. Billy asintió, comprendiendo que no podían hablar sobre eso frente a alguien que no era completamente de confianza, y cambió el tema—. Cuando esté bien, lo primero que haré será encontrar a esa mujer y hacerle pagar por su atrevimiento —murmuró, medio hablando para sí.

—Yo me ocuparé de ella, y de todo su grupo —comentó Geese, pero sonando complacido con las palabras del joven.

—¿Qué piensa hacer? —preguntó Billy, preocupado, imaginando a Geese exponiéndose temerariamente al peligro una vez más.

Geese sonrió y miró el paisaje por la ventanilla.

—Por el momento, les mostraré que esta ciudad sabe defenderse de invasores advenedizos, incluso cuando yo no estoy aquí.

Billy se esforzó por seguir el hilo de esa conversación. Geese estaba sonriendo y eso significaba que el empresario seguía viendo a Addes como un juego. Lo que había sucedido no le había hecho cambiar su opinión sobre ellos. Al contrario. Si antes Geese podría haberlos ignorado, ahora parecía decidido a pasar un rato entretenido planeando cómo destruirlos.

—¿Qué sucede? ¿Tanto te preocupan? —comentó Geese con desdén después de un breve silencio.

Billy asintió con firmeza.

—Preocuparme es parte de mi trabajo —respondió sin dudar.

Geese entrecerró sus ojos, pero su expresión era aprobadora.

—No les des más importancia que al resto de otras bandas. No llegarán a mí. Después de todo, su único mérito es haber herido a un simple guardaespaldas.

Billy no discutió eso. Geese no había dicho aquello con crueldad, y sólo ofrecía una simplificación extrema de lo que había ocurrido. Sin embargo, al ignorar a los guardaespaldas y civiles que habían muerto, Geese también estaba demostrando lo frío que podía llegar a ser.

Billy iba a cambiar el tema, pero entonces notó que Geese lanzaba una mirada helada hacia el extremo delantero de la limosina.

—¿Quieres aportar algo a la conversación? —preguntó el empresario con voz cortante, observando más allá de Billy.

—No, señor —respondió el conductor del vehículo con voz apagada.

—Limítate a hacer tu trabajo —señaló Geese.

—Sí, señor.

Billy no necesitó preguntar qué había pasado. El conductor había cometido el error de mostrar una reacción a aquella conversación. Tal vez había mirado a Geese-sama a través del espejo retrovisor, o quizá había hecho un gesto desaprobador ante la indiferencia que Geese mostraba hacia el bienestar de su personal.

—Este viaje es oportuno —continuó Geese, como si nada hubiera pasado, retomando la conversación pensativo.

Billy se relajó un poco en el asiento del vehículo y se centró en escuchar su voz. El tono de Geese era bajo, y exigía toda su atención si quería captar todas las palabras. Extrañamente, el joven comenzaba a sentirse mejor, y sabía que no era sólo por el efecto de las medicinas. Sí, el dolor había disminuido gracias a los analgésicos, pero estar cerca de Geese le provocaba una sensación de bienestar. El hecho de que su jefe aún lo quisiera a su lado, a pesar de que estaba herido, era un alivio inmenso.

Y Geese se comportaba como si nada hubiera ocurrido. No se veía preocupado por él, y continuaba hablando para sí, como si aquella fuera una noche normal.

—… creerán que, en vez de contraatacar, hemos huido. Y, como permaneceremos fuera del país más de dos semanas, eso les dará tiempo suficiente para que se sientan confiados e intenten una siguiente jugada…

Geese hizo una pausa y observó a Billy.

—¿Qué crees que pasará? —preguntó, para comprobar que Billy había estado prestando atención.

—Addes intentará tomar la ciudad.

—¿Y?

Billy reflexionó por unos segundos.

—Las otras bandas no lo permitirán —respondió—. Ellas llegaron antes a South Town. Si la ciudad debe caer en manos de alguien, es de ellas, no de Addes.

—Así es. Sin saberlo, los otros grupos defenderán mis intereses. Sus posibles enfrentamientos con Addes nos permitirán reunir información sobre la tecnología que poseen. Al volver, neutralizaremos su tecnología y veremos qué será de ellos cuando no puedan usar sus juguetes.

Clever —murmuró Billy a su pesar. Sabía que no debía incitar a Geese a tomar a Addes como un juego, pero ver al empresario hacer planes para acabar con sus enemigos era algo que lo había cautivado desde un inicio.

Geese le respondió con una sonrisa, viéndose sumamente complacido con el elogio.

Al ver esa sonrisa, Billy inconscientemente se llevó una mano al brazo que tenía en el cabestrillo y bajó la mirada. No tenía alternativa. Debía recuperarse de esa lesión si quería seguir trabajando para Geese.

Quería seguir teniendo esas conversaciones, y seguir recibiendo ese tipo de sonrisas.

Ya no concebía una vida donde Geese no estuviera con él. 


Billy no notó en qué momento dejaron atrás la ciudad. Entre un parpadeo y otro, el paisaje que veía a través de la ventanilla cambió de las avenidas bien iluminadas de South Town, a una carretera oscura, cuyas luces espaciadas apenas dejaban reconocer los vastos campos pantanosos que se extendían a derecha e izquierda.

Por costumbre, Billy buscó la imponente forma de la Geese Tower alzándose en la lejanía, porque le gustaba ver el rascacielos desde esa distancia. Una sonrisa acudió a sus labios sin que él supiera por qué.

Unos minutos después, el reflejo de las luces del aeropuerto en el cielo nocturno anunció que se encontraban próximos a llegar a su destino. Los letreros con indicaciones para entrar a las terminales comenzaron a hacerse más y más frecuentes. Ya no estaban solos en la carretera. Había otros vehículos alrededor de la limosina, y todos se dirigían hacia el mismo lugar.

El estruendoso sonido de un avión ayudó a que Billy se espabilara.

Billy se sentó un poco más erguido, y se mordió los labios cuando las punzadas lo acometieron, clavándose en su hombro y en lo profundo de su cabeza. Disimuló tanto como pudo, porque Geese lo estaba observando con atención, pero notó con fastidio que el dolor estaba de vuelta, y que el tranquilo viaje en la limosina lo había tranquilizado, pero también lo había dejado sintiéndose físicamente extenuado.

Billy estaba de espaldas al camino y sólo veía la parte trasera de los letreros a medida que los iban dejando atrás, pero sabía que éstos contenían información sobre las aerolíneas que arribaban a cada terminal. Los otros autos estaban aminorando la velocidad, atentos a la numeración de las distintas salidas.

La limosina los adelantó sin esfuerzo. Ellos no necesitaban prestar atención a las terminales. El jet privado de Geese esperaba cerca de los hangares, lejos de los controles migratorios, las aglomeraciones y las largas horas de espera.

Años atrás, Billy había llegado a South Town junto con su hermana a bordo del jet de Geese. La experiencia no había sido tan impresionante, porque tanto Lilly como él habían sido muy jóvenes. No sabían sobre las tediosas rutinas aeroportuarias, ni las incomodidades que los viajeros debían soportar.

El interior del avión privado se había asemejado a una sala de estar, y Billy no le había dado mayor importancia a los asientos que se convertían en camas, o a los mullidos sillones disponibles en otra sección.

Sin embargo, ahora que Billy era un adulto entendía que un jet era un lujo que muy pocos se podían dar, y agradeció en silencio el no tener que pasar más de diez horas sentado dentro de un avión comercial.

La aeronave en la que viajarían era relativamente nueva, y Billy no había tenido oportunidad de viajar en ella aún. Si no se hubiese sentido tan enfermo, habría estado impaciente por ver con qué nuevas comodidades estaba equipada. Vagamente recordaba que Ripper había mencionado que ese avión tenía una habitación privada, amoblada debidamente con una cama.

La idea de acostarse a dormir se le antojó muy tentadora…

La limosina se detuvo frente a un punto de control en el perímetro del aeropuerto, y en menos de un minuto los guardias los dejaron pasar. El vehículo enfiló por la gigantesca pista de asfalto, siguiendo un sendero delimitado por marcas pintadas sobre el suelo y una larga fila de luces de colores.

Billy se inclinó hacia la ventanilla, y no tardó en ver las cubiertas autoportantes de los hangares, y los aviones que esperaban delante de ellos. El aeropuerto propiamente dicho se alzaba detrás, y el inquieto movimiento de cientos de viajeros era visible a través de sus ventanales intensamente iluminados.

El auto disminuyó la velocidad, y describió una curva que lo llevó a un área demarcada a cierta distancia de un jet plateado. Había una alfombra roja delante de las escalinatas del avión.

Cuando la limosina se detuvo, Billy abrió la puerta para Geese. Descendió en lo que esperaba fuera un movimiento normal y no un torpe intento de aparentar estar bien cuando no lo estaba. Se sintió satisfecho consigo mismo cuando consiguió erguirse sin problemas.

Ripper había bajado del auto que los escoltaba y se acercaba para ayudarlo, pero Billy hizo un gesto negativo, indicándole que todo estaba bien. Un segundo después, el joven sintió que el suelo se ladeaba. Sujetándose de la puerta de la limosina, Billy esperó que el mareo pasara. El aire estaba cargado con el olor a combustible del avión y el intenso aroma le produjo náuseas. Una brisa caliente proveniente de los motores encendidos de la aeronave llegó hasta él y rozó la piel que llevaba descubierta bajo la camisa puesta a medias. Billy se estremeció, como si la leve brisa hubiese sido un ventarrón helado que lo hubiera calado hasta los huesos.

—Billy —murmuró Ripper, preocupado.

—Estoy bien —gruñó Billy, haciéndose a un lado para que Geese pudiera bajar de la limosina.

—No lo estás, deja que yo me encargue —indicó el secretario, pero calló porque Geese había bajado del vehículo y estiraba la tela de su fino traje, mientras su mirada se dirigía al jet que estaba listo para partir—. Geese-sama, relevaré a Billy en sus funciones por esta noche.

—No es necesario —dijo Billy, pese a que se estaba sosteniendo fuertemente de la puerta de la limosina para no caer.

—¡Geese-sama! —insistió Ripper.

Geese los miró a ambos. La expresión de Ripper quedaba oculta bajo sus lentes negros, pero su voz denotaba una profunda inquietud. Billy estaba con el rostro pálido y sudoroso, y miraba al secretario con rabia.

—Si Billy quiere trabajar, que lo haga —indicó Geese, y se alejó de ellos para ir hacia el piloto del avión, que se estaba aproximando a saludarlo y darle los pormenores del despegue.

—Ya oíste al jefe —susurró Billy con un sarcástico tono victorioso.

Ripper suspiró con fuerza, apartándose a regañadientes, pero permaneciendo cerca del rubio.

Los otros guardaespaldas subieron el equipaje de mano al avión y, después de unos segundos, Billy cerró la puerta del vehículo con un golpe apagado y fue hacia Geese con pasos inestables.

El piloto miró a Billy extrañado, reparando en los vendajes y en su camisa desabotonada, pero se abstuvo de comentar. Leyendo la tablilla con papeles que sostenía en la mano, el hombre informó sobre la hora del despegue y el tiempo de vuelo programado. Harían una escala en Los Angeles, y luego el vuelo sería ininterrumpido hasta el aeropuerto de Kansai.

—Pueden abordar. Un funcionario no tardará en venir a revisar sus documentos.

Geese subió las cortas escaleras y Billy lo siguió con esfuerzo. Un hombre mayor de cabellos grises vestido como mayordomo los saludó con una leve inclinación.

—¿Puedo ofrecerles algo de beber? —preguntó cortésmente.

Billy no respondió, y siguió a Geese por una estrecha puerta que llevaba a la primera sección del avión. Había seis mullidos sillones de cuero color beige, y uno de ellos estaba preparado con un suave almohadón y una manta ligera que colgaba del respaldo. En su mesilla había una selección de periódicos de distintos países. Una tenue música clásica sonaba por los altavoces.

El suelo alfombrado ahogó el sonido de sus pasos, pero no consiguió ocultar la sensación hueca del espacio vacío bajo él.

Geese tomó asiento en el que era su lugar designado, y Billy ocupó el sillón en el lado opuesto, desde donde podía ver toda esa cabina.

—Las medicinas están aquí —informó Ripper, dejando el bolso negro lleno de pastillas en el asiento vacío frente a Billy, junto con un par de botellas de agua—. Espero que sepas cuáles debes tomar.

Billy no respondió. Miró hacia Geese, pero éste se había reclinado en el asiento y observaba por la ventanilla ovalada hacia la pista de aterrizaje.

Con esfuerzo, Billy intentó centrarse en el hecho de que iba a viajar a un país extranjero con su jefe. Sabía que debía estar al menos un poco emocionado, pero una pesada apatía lo había invadido. No conseguía recordar el itinerario de Geese. No sabía cuáles eran los planes de su jefe.

Vagamente, rememoró que no había muchas reuniones de negocios programadas. A su mente acudió la imagen de un artículo de colección, un viejo pergamino…

El joven cerró los ojos unos segundos. Las luces de la cabina eran intensas y agudizaban el dolor de cabeza.

Cuando volvió a abrir los ojos, Hopper había llegado. El secretario de cabello negro tenía un bolso en la mano, y exhaló aliviado al ver a Billy despierto.

—Traje tu pasaporte y algo de ropa —indicó—, y también tu bo.

Billy vio la familiar madera roja del sansetsukon asomando por el cierre del bolso.

—Buen viaje —dijo Hopper—. No te esfuerces demasiado.

Billy agradeció con un asentimiento. Miró hacia Geese, que no se había movido de su asiento, y volvió a cerrar los ojos.

El joven apenas notó el despegue. Las primeras horas de viaje las pasó sumido en un sueño intranquilo, interrumpido ocasionalmente por los otros pasajeros del avión.

Despertó cuando alguien lo cubrió con una frazada, y luego al oír la voz de Ripper y Geese.

—Está empeorando —decía Ripper—. Si la fiebre ha aumentado cuando aterricemos en Los Angeles, tal vez deberíamos…

—No molestes a Geese-sama —gruñó Billy, sabiendo que estaban hablando sobre él, y le lanzó una mirada llena de fastidio a Ripper.

—Estás enfermo, es imprudente que viajes así —respondió Ripper con molestia, ya que él parecía ser la única persona razonable a bordo de ese jet.

—Geese-sama dijo que voy a estar bien —murmuró Billy, dando por terminada la discusión, girando el rostro hacia el lado opuesto y volviendo a dormirse.

Una sacudida del avión hizo que Billy despertara unas horas después, y el joven se encontró con la cabina en penumbra. A través de las ventanillas, vio que el cielo empezaba a aclararse. El sonido de los motores era un rumor lejano, apenas perceptible bajo la melodía de música clásica que sonaba por los parlantes.

Billy dejó escapar un suave gemido. Sentía el cuerpo caliente y su mano sana estaba rígida, sus dedos hinchados debido a la altitud y la presión.

Sin querer moverse, el joven buscó a su jefe con la mirada y se tranquilizó al ver que Geese seguía en el sillón cerca de él. Las luces de la cabina se encontraban apagadas, con excepción de una pequeña lámpara que iluminaba al empresario. Geese tenía un libro abierto en la mano, pero no leía. Miraba fijamente el cielo gris a través de la ventana.

Billy sonrió levemente, y dejó que sus párpados se cerraran.

A pesar de que podía conciliar el sueño fácilmente, aquel vuelo comenzaba a sentirse largo. Las horas avanzaban con lentitud, y apenas era el primer tramo del viaje. Aunque Billy no tenía apuro por llegar al destino, despertar repetidamente y ver el avión invariable, con sus suaves sacudidas y el rumor monótono de los motores, le hacía sentir intranquilo. El sillón en que estaba sentado era cómodo, pero el cuerpo comenzaba a dolerle. El recirculado aire frío de la cabina la arañaba la garganta con cada respiración.

—Billy…

El joven abrió los ojos de inmediato al oír la voz de su jefe.

—¿Sí, Geese-sama? —preguntó incorporándose, listo para recibir órdenes y cumplirlas.

Billy parpadeó un par de veces al darse cuenta de que había amanecido, y la cabina estaba iluminada por la luz del sol que se filtraba a través de algunas ventanillas con las persianas a medio bajar. No había nadie con ellos. El avión se balanceaba suavemente, y describía una casi imperceptible curva.

Geese estaba de pie a su lado, con una mano apoyada en el respaldo del sillón y con la otra ofreciéndole un vaso de agua.

—Bebe —indicó Geese.

Billy obedeció, notando la sed agobiante por primera vez. Vació el vaso de un par de tragos, y luego Geese tomó la botella abierta que estaba en la mesilla plegable, y lo volvió a llenar. Billy volvió a beber, ávidamente, y al acabar se quedó completamente quieto, porque Geese posó una mano contra su frente y la dejó ahí por unos segundos, tomándole la temperatura.

—Aterrizaremos pronto —informó Geese, mirándolo a los ojos—. El siguiente vuelo durará casi doce horas.

La pregunta no formulada fue clara para Billy. Geese le estaba dando una oportunidad para que se quedara en tierra si se sentía demasiado mal, pero, al mismo tiempo, el empresario le advertía con la mirada que iba a estar muy decepcionado si eso ocurría.

—Debe estar cansado de permanecer en un lugar tan estrecho, Geese-sama —dijo Billy, sentándose más erguido, adoptando un tono de correcto empleado—. ¿Tendremos tiempo para estirar las piernas cuando aterricemos?

—¿Cómo te sientes? —preguntó Geese a su vez, sin responder a la pregunta de Billy.

El joven se quedó pensativo un momento.

—No sé por qué, pero… me siento mejor cuando hablo con usted —confesó con sinceridad. Era la segunda vez que ocurría. Después de salir del hospital, su cabeza había permanecido clara mientras conversaba con Geese en la limosina. Y ahora que el empresario lo había despertado, Billy sentía que la incomodidad de sueño y parte del malestar habían disminuido.

—¿Sí? —preguntó Geese con una sonrisa escéptica.

Billy asintió, devolviéndole la sonrisa.

—Sé que suena extraño.

—¿Tiene algo que ver con que me estuvieras llamando?

—¿… Llamando?

—En sueños.

Billy sintió un leve escalofrío que nada tenía que ver con la fiebre.

—¿Dije algo?

—Sólo mi nombre —respondió Geese, y Billy respiró aliviado—. Aunque parece que en sueños a veces olvidas usar el “sama” —agregó Geese con malicia.

Billy se sintió mortificado, y por unos segundos temió que Geese hubiera descubierto que, en ocasiones, él aún seguía tratándolo de “tú” en sus pensamientos.

Geese nunca le había ordenado que se dirigiera a él con honoríficos, y tampoco le había dicho que debía llamarlo “señor”, pero, después de todos esos años, Billy ya no se sentía cómodo llamándolo “Geese” a secas.

Mientras Billy buscaba cómo disculparse, Geese rio para sí y se apartó. A los pocos segundos, el piloto informó que iniciaría la aproximación al aeropuerto de Los Angeles.


Billy procuró permanecer despierto, pero de algún modo Geese descendió del jet sin que él lo notara. Cuando Billy miró el sillón que el empresario había ocupado durante el vuelo, éste se encontraba vacío.

Con un leve gruñido, Billy se levantó y se dirigió con pasos inestables hacia la puerta abierta del avión. Le pareció que la aeronave vibraba y se ladeaba, pero pronto comprendió que no era el avión el que se estaba moviendo. La cabeza le daba vueltas.

Desde lo alto de la escalerilla, Billy entrecerró los ojos, deslumbrado por el sol de la mañana. Geese estaba a unos pocos metros, de pie en la pista, fumando un cigarrillo ignorando las decenas de letreros que prohibían encender fuego en el área por motivos de seguridad. Ripper estaba a su lado, observando a un grupo de empleados que llevaban bandejas con comida al avión.

El primero en subir y pasar junto a Billy fue el hombre mayor vestido de mayordomo que les había ofrecido un trago cuando abordaron en South Town. Billy se hizo a un lado, reprendiéndose a sí mismo por bajar la guardia, porque no había notado que ese hombre había estado con ellos durante el vuelo.

El resto de empleados subió también, y Billy percibió un agradable olor a café.

El desayuno fue servido en la segunda cabina del jet, que contaba con una mesa fija. Billy no se sorprendió demasiado al ver los finos cubiertos plateados, las tazas de porcelana con aplicaciones doradas, las delicadas copas de cristal.

Unos minutos después, con la mesa debidamente dispuesta, Geese regresó al interior del jet e indicó a Billy que desayunara con él.

El joven obedeció, agradecido de que le dijeran qué hacer. Prefería seguir órdenes, o de lo contrario habría optado por sentarse en el sillón más cercano y volverse a dormir.

Geese comentó que tenían algunos minutos antes de que les dieran la aprobación para despegar. Los pilotos estaban siendo relevados, y el jet debía pasar por los controles de seguridad de rutina.

Billy escuchó y asintió, esforzándose por actuar con soltura frente a su jefe. Sin embargo, estar mareado y tener que manejar los utensilios y sujetar la taza con la mano izquierda estaba probando ser difícil, y Billy derramó un poco de café en el platillo y volcó accidentalmente una copa, que, por suerte, no llegó a romperse.

Geese no dijo nada, sólo lo observó con sus fríos ojos celestes.

—No se preocupe, yo me encargaré —dijo el mayordomo, acercándose para recoger la copa y volver a llenar la taza de Billy con café.

Manteniendo la mirada apartada, Billy se repitió que debía recuperarse pronto. Los accidentes de esa clase no debían ocurrir delante de Geese-sama.

El desayuno acabó sin más contratiempos, y pronto estaban preparándose para despegar otra vez.

Billy mantuvo los ojos cerrados mientras el jet iniciaba el ascenso. Sus oídos y su cabeza se sentían como si fueran a estallar, pero sabía que aquello era pasajero. Cuando el avión alcanzara una altitud de crucero, la molestia pasaría.

El joven sonrió con fastidio. La molestia pasaría, pero la herida en su hombro permanecería.

Un suave toque en su brazo lo hizo abrir los ojos. Geese estaba de pie junto a él.

—Ven —indicó el empresario.

Billy lo siguió hacia la segunda cabina, donde habían desayunado. Ese ambiente estaba ahora ocupado por Ripper y el mayordomo.

Geese no se detuvo ahí y continuó caminando hacia una estrecha puerta en el fondo, que llevaba a un tercer compartimento que Billy no había tenido oportunidad de ver hasta ese momento.

El joven notó que Geese llevaba en la mano una botella con agua y un par de frascos con píldoras.

Sin embargo, Billy se olvidó de eso cuando Geese abrió la puerta y reveló una pequeña habitación amoblada con una cama, un velador, algunos armarios y una pantalla de televisión montada en una de las paredes. Al igual que el resto del avión, los muebles, la alfombra y el cobertor de la cama eran de tonos beige. Las ventanillas estaban cubiertas con persianas plásticas y no dejaban pasar la luz del exterior. La iluminación artificial era tenue.

—Puedes usar esta habitación hasta que aterricemos —indicó Geese, dejando el agua y las medicinas en el velador, y volviéndose para mirar a Billy, que se había quedado inmóvil, sin llegar a entrar el todo—. Asegura la puerta.

Billy obedeció y, ante un gesto de Geese, se sentó en el borde de la cama, ocultando su incomodidad lo mejor que pudo. Estaba agradecido por el ofrecimiento de su jefe, pero no sabía cómo lidiar con esa súbita amabilidad. Era como volver a ser el niño londinense que se dejaba ayudar porque no tenía otra opción

Con la diferencia de que ahora confiaba por completo en Geese y disfrutaba obedeciéndolo.

Geese sacó algunas pastillas de los frascos y Billy observó, guardando silencio. Reconoció los analgésicos que había estado tomando, pero la otra medicina le era desconocida.

La tomó sin preguntar cuál era su función. Asumió que debían ser antibióticos, o quizá algo para ayudar a bajar la fiebre. Si Geese había decidido que eso era lo que debía tomar, entonces estaba bien.

El empresario lo contempló por unos segundos, extrañado por su docilidad. Billy intentaba disimular, pero su comportamiento esa mañana había sido apagado. El joven casi no había hablado durante el desayuno, y a pesar de que había dormido por horas, se veía fatigado.

Geese lo había estado observando mientras dormía. El debatir inquieto causado por la fiebre había hecho que el joven despertara incontables veces. El mullido sillón reclinable no ofrecía suficiente comodidad para alguien en su estado, pero Billy no había buscado un lugar más confortable, porque eso habría significado tener que ir a otro compartimento, lejos de él.

Geese había estado dejando que Billy hiciera lo que quisiera. El rubio ya era un adulto, después de todo, y debía ser capaz de cuidar de sí mismo. Si Billy quería dormir en un sillón incómodo, a él le daba igual.

Poco antes del aterrizaje, Billy había empezado a murmurar su nombre. El llamado fue suave al inicio, pero adquirió un tono desesperado a los pocos segundos, y Billy se agitó en el sillón, sin despertar.

 “Geese-sama…” había llamado Billy. Y luego, más suavemente: “Geese…”

Sin saber por qué, Geese se había levantado y había ido hacia él. Los ojos de Billy habían estado cerrados con fuerza. Geese se había preguntado qué estaría soñando el joven. ¿Qué miedos plagaban sus pesadillas?

Una caricia en los húmedos cabellos rubios de Billy bastó para que éste se calmara un poco. Su piel estaba perlada de sudor y desprendía un calor intenso.

Geese había ido por agua y luego lo había despertado.

Billy había dicho que se sentía mejor cuando hablaba con él, y no parecía que hubiese estado exagerando.

Geese se alejó de la cama y se dirigió a uno de los armarios empotrados en la pared. La leve oscilación del jet le recordaba a la agradable inestabilidad producida por algunos vasos de alcohol y no afectaba su equilibrio. El rumor monótono de los motores del avión era un murmullo distante. Dentro de esa cabina, el sonido más resaltante era el silencio de Billy.

Las puertas del armario revelaron una caja fuerte. Geese introdujo una combinación y del interior sacó un maletín negro.

—¿Qué sabes de esto? —preguntó, regresando a la cama y sentándose a cierta distancia de Billy, dejando el maletín entre ellos.

Billy reconoció el objeto al instante. Era la valija donde Geese guardaba el viejo pergamino por el cual Billy había tenido que coordinar seguridad adicional en las habitaciones de los hoteles donde se alojarían.

—Es una antigüedad china, probablemente muy costosa —respondió Billy, observando cómo los dedos de Geese ingresaban una segunda combinación en el dispositivo de seguridad del maletín.

Al empresario no le importó que Billy viera la clave, y el joven memorizó los números con algo de esfuerzo, por si resultaban útiles en el futuro.

Geese alzó la cubierta y le mostró el contenido a Billy.

El interior del maletín estaba acolchado con espuma negra, y tenía tres hendiduras cilíndricas. Dos de ellas estaban vacías, y en la tercera descansaba el pergamino que Billy había visto en algunas pocas ocasiones. El papel amarillento tenía un aspecto quebradizo y estaba enrollado alrededor de una varilla de madera en la que aún se percibían algunas aplicaciones trazadas en color dorado.

—El juego completo es más valioso de lo que podrías imaginar —acotó Geese, observando el viejo documento con aire complacido—. Conseguí este años atrás, cuando entrenaba en China. He estado investigando el paradero de los otros dos desde ese entonces.

Billy se sorprendió de que su jefe compartiera esa información con él. Era extraño que Geese mencionara eventos de su pasado.

—Se dice que quien reúna los tres pergaminos tendrá en sus manos la fuente de un gran poder —continuó Geese, bajando un poco la voz, pasando sus dedos sobre el pergamino y los espacios vacíos en el maletín, como si pudiera visualizar la colección completa en su mente—. Según las viejas leyendas, estos pergaminos pueden conceder la inmortalidad.

Geese alzó la mirada hacia Billy, quien escuchaba completamente perplejo, indeciso entre mantener el rostro serio o tomarse aquello como una inesperada broma.

—Estás dudando de lo que digo —comentó Geese.

—¡N-no! —se apresuró a responder Billy, negando con la cabeza—. Sólo… No lo tomaba como una persona que creía en esas cosas.

—¿“Esas cosas”? —repitió Geese lentamente.

—Viejas leyendas… sobre magia…

—No es magia —corrigió Geese frunciendo el ceño—. Es energía. Y sabes bien que esto es real. —Geese alzó una mano y dejó que su energía brillara azulada entre sus dedos un momento.

Billy observó, sin saber qué más agregar. Esa súbita conversación sobre leyendas, poder e inmortalidad lo ponía en una posición desventajosa, porque no sabía nada sobre el tema. Lo único que podía hacer era escuchar y asentir.

—Hay numerosas personas interesadas en conseguir los pergaminos para sus propios fines. Pienso encontrarlos antes que ellas.

—¿Para ser inmortal? —preguntó Billy. Las palabras sonaron escépticas sin que él pudiera evitarlo. Sabía que su jefe era ambicioso, y la inmortalidad no era más que esa ambición llevada a un nivel superior…

Pero…

La inmortalidad no existía.

Geese lo observó detenidamente y no se dignó a responder.

—¿Este viaje es para conseguir los otros dos? —preguntó Billy después de algunos segundos de silencio incómodo.

—No, es para reunirnos con alguien que puede mostrarme cómo acceder al poder contenido en éste —respondió el empresario. Hubo una pausa, y luego Geese continuó, sus ojos fijos en los de Billy—: Años atrás intenté usarlo, pero, a pesar mi disciplina y entrenamiento, no estaba listo. Eso ha cambiado ahora.

—De seguro lo conseguirá esta vez, Geese-sama —dijo Billy automáticamente. No había otra cosa que pudiera responder.

Geese sonrió complacido.

—Según la leyenda, este pergamino en particular otorga el poder de sanar —indicó—. Conveniente, ¿no lo crees? —Geese dirigió su mirada al hombro herido de Billy un momento, antes de volver a centrarse en sus ojos. El joven lo observaba atento, escuchando cada palabra sin discutir, a pesar de su evidente escepticismo—. Cuando consiga ese poder lo usaré en ti. Por eso dije que vas a estar bien.

Billy no supo qué decir. El pergamino se veía como un insignificante trozo de papel. Era imposible que contuviera algún tipo de hechizo o magia o instrucciones para alterar el curso natural de las cosas. Sin embargo, aunque no pudiera tomar la leyenda como una verdad, el joven tampoco podía dudar de Geese. Su jefe realmente creía en lo que estaba diciendo, y Billy estaba demasiado acostumbrado a aceptar sus palabras. ¿Qué pasaría si Geese tenía razón? El simple hecho de que Geese creyera en esa leyenda hacía que la posibilidad fuera real.

Geese cerró el maletín con un golpe seco, y se levantó para guardarlo nuevamente en la caja fuerte.

—Geese-sama… —murmuró Billy, temiendo haberlo molestado.

—Tus dudas son razonables —comentó el empresario como si le hubiera leído la mente, cerrando las puertas del armario con firmeza—. Pero que creas o no es irrelevante —concluyó, volviéndose hacia él y acercándosele una vez más—. He hablado bastante. —El tono de Geese cambió a uno sarcástico—. ¿Te sientes mejor?

La pregunta hizo que Billy percibiera un calor distinto del de la fiebre en sus mejillas.

—Sí, Geese-sama —respondió, incómodo y agradecido.

—Descansa —dijo Geese.

Billy asintió y, cuando Geese salió de la habitación, no intentó seguirlo.

Con gestos lentos, Billy apartó el ligero cobertor y se acostó. La cama no era muy amplia, pero el colchón era cómodo y suave. Con la mirada fija en el techo y comenzando a adormecerse con el movimiento oscilante del avión, Billy reflexionó sobre lo que Geese le había contado sobre el pergamino. Pensar en que su recuperación dependería de un trozo viejo de papel lo hizo sentir una punzada de desesperación, pero esa sensación fue reemplazada por la tranquilidad de saber que Geese planeaba ocuparse de todo. Su jefe no iba a dejarlo en manos de unos médicos en un hospital desconocido, y tampoco estaba pensando en deshacerse de él o reemplazarlo. Geese quería que él sanara.

El rubio estaba quedándose dormido cuando el chasquido de la puerta lo sobresaltó. Se quedó de una pieza al ver que Geese había regresado trayendo un vaso de licor y un libro en la mano.

El empresario cerró la puerta con pestillo, y encendió el televisor de la pared antes de dirigirse a la cama.

Billy se apartó un poco cuando Geese dejó el vaso en el velador e hizo un gesto para sentarse a su lado.

—No te levantes —indicó Geese al ver que Billy quería cederle la cama.

Billy continuó observándolo perplejo mientras Geese se sentaba con la espalda contra la cabecera y las piernas sobre la cama, una cruzada sobre la otra. Con un ademán desinteresado, el empresario tomó el mando a distancia y cambió los programas del televisor. Se decidió por uno en que un par de hombres discutían una caída en la bolsa. El volumen puesto casi al mínimo era un rumor apenas audible.

Al comprender que Geese realmente pensaba quedarse ahí con él, Billy esbozó una sonrisa tenue. Volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada y, como Geese continuaba con la mirada dirigida a la pantalla del televisor, Billy se acostó un poco más cerca de él con un disimulado movimiento imperceptible.

Supo que sus intenciones habían sido descubiertas cuando la mano de Geese se apoyó en su cabello, sin que el empresario tuviera que bajar la mirada hacia él. Sin nada más que esconder, Billy exhaló y disfrutó del suave roce.

—Pareces más tranquilo —dijo Geese, pasando sus dedos por los cabellos desordenados y húmedos de Billy.

—Pensé en lo que dijo —respondió Billy en un leve murmullo.

—¿Y te convenciste de que el poder de los pergaminos es real? —se burló Geese.

—Que usted lo crea es suficiente —respondió Billy, sin saber si eso tenía sentido.

Billy alzó la mirada un momento y se sintió aliviado al ver la sonrisa de Geese. Darle la razón nunca fallaba.

El joven sonrió también. No sabía si era por las pastillas que había tomado, pero casi no sentía dolor. Decidió que era un desperdicio volver a dormirse si podía estar con Geese así. La caricia en su cabello se sentía tan normal que no le producía nerviosismo o incomodidad. Era un gesto que Geese había hecho antes y que ya no le causaba un sobresalto.

Sin embargo, Geese consiguió sorprenderlo al dejar su mano quieta y empujar levemente, indicándole que se acercara un poco más. Billy obedeció, y Geese lo guio para que apoyara la cabeza en su regazo. Por reflejo, Billy se puso tenso y en un inicio intentó no apoyar todo su peso, pero se dio por vencido cuando su cuello comenzó a dolerle y el dolor se extendió a su hombro.

Geese dejó escapar un resoplido que podría haber sido otra risa burlona, y Billy cerró los ojos un poco avergonzado. Su jefe parecía saber que su reticencia se debía a que le gustaba demasiado estar así. Y entregarse era perderse, y eso conllevaba un riesgo de hacer algo indebido. O de desear algo inapropiado…

—Si va a ocuparse de buscarlos personalmente, esos pergaminos deben ser realmente importantes… —dijo Billy para interrumpir el rumbo de sus pensamientos. Percibió el asentimiento de Geese sin necesidad de mirarlo.

—Una fuente de poder como ésa no debe caer en las manos equivocadas.

Billy asintió, y recordó que Geese no había respondido a su pregunta sobre si buscaba la inmortalidad.

Sin embargo, no tuvo tiempo de volver a preguntar, porque Geese continuó hablando y Billy no quiso interrumpirlo. Por varios minutos, el joven escuchó atentamente mientras el empresario le contaba lo que había averiguado sobre los pergaminos en esos años. Geese narró la leyenda de un emperador chino cuya alma supuestamente residía en esos documentos y esperaba renacer de alguna manera en los tiempos modernos. Habló del segundo pergamino que estaba en manos de un viejo maestro de artes marciales en algún lugar de Asia, y también sobre el tercero, que había reaparecido en Japón después de varios años.

El pergamino que estaba en manos de Geese era conocido por el apropiado nombre de “pergamino del fénix” y eso hizo que Billy recordara los grabados con forma de ave fénix que decoraban algunos ambientes de la Geese Tower. ¿Estaban relacionados? Geese decía que había conseguido el documento durante su entrenamiento, pero ¿cuándo había sido eso? ¿Hacía cuántos años?

Había tantas cosas sobre su jefe que no sabía…

Pero, a diferencia de ocasiones anteriores, no se sintió mal por eso. Geese estaba compartiendo el presente con él, y también le estaba hablando de lo que haría en el futuro. Aquello era una muestra de confianza suficiente. Tal vez, con el tiempo, Geese le hablaría un poco sobre su pasado. O tal vez consideraba que su pasado no era importante…

—Pero quiero saber más —susurró Billy para sí.

Hubo una pausa en la caricia en su cabello, la sensación de una sonrisa complacida, y Geese continuó hablando sobre viejas leyendas, sobre otras reliquias sagradas que concedía poderes inimaginables, y sobre clanes ancestrales que aún existían en Japón.

Billy no aclaró que él no se había referido a eso. Escuchó como siempre hacía, prestando atención a cada palabra, a las largas pausas, a la manera en que la voz de Geese bajaba hasta convertirse en un susurro cuando la narración se alejaba de los hechos y Geese dejaba entrever su opinión personal. Con sólo oír la inflexión de la voz de su jefe, Billy podía saber si algún fragmento de la historia le hacía gracia, o si una acción en particular se ganaba su desprecio. En algunas contadas ocasiones, Billy notó un atisbo de velada admiración.

El joven se preguntó por qué Geese había adquirido ese gusto por la cultura japonesa y sus costumbres. Esperó un momento adecuado para preguntárselo, pero Geese continuó hablando, y Billy prefirió no interrumpirlo. Quizá ese viaje le ayudaría a encontrar una respuesta. Cada cosa que hicieran y cada lugar que visitaran le permitirían averiguar algo más sobre Geese.


Billy no esperaba que Geese pasara todo el vuelo con él en la habitación, y no se extrañó cuando, después de casi una hora, el empresario se levantó y lo dejó solo.

En la tenue iluminación, en la cama que se sacudía de tanto en tanto debido a un frente de turbulencia que había rodeado al avión, Billy reflexionó sobre cómo ese viaje habría sido completamente distinto si él no hubiese salido lastimado. De seguro Geese y él habrían pasado las horas sentados en los sillones de la cabina, comportándose profesionalmente, sin necesidad de usar esa habitación. Tal vez Geese no le habría revelado la historia de los pergaminos hasta mucho después. Y, definitivamente, su jefe no le habría permitido apoyarse en su regazo, ni habría pasado largos minutos hablándole sobre mitología japonesa.

Era increíble cómo Geese había conseguido hacerle pensar que estar herido no era tan malo…

Con un suspiro frustrado, el joven hundió el rostro en la almohada, aún sintiendo la calidez del empresario en el cobertor y el cosquilleo de sus dedos entre su cabello.