Actions

Work Header

Lealtad

Chapter Text

Geese estaba ileso, y no había sufrido el más mínimo rasguño.

Las cosas habían sucedido según lo predicho. Un nuevo enemigo había osado atacarlo en la puerta de la torre, sin éxito.

Esto no era nada nuevo para él. Por años, había vivido sabiendo que numerosas personas querían matarlo. Al inicio, la idea le había entretenido un poco, pero luego la situación se había vuelto una tediosa molestia. Lidiar con criminales de poca monta que querían ocupar su lugar no era digno de su tiempo. Por eso pagaba a vigilantes y guardaespaldas: para que protegieran la torre y recibieran las balas y golpes que iban dirigidos a él.

Cuando todos sus hombres cayeran, sólo entonces Geese se dignaría a enfrentar al enemigo de turno, sabiendo que de todos modos la victoria le pertenecía, y que nadie conseguiría arrebatarle la ciudad.

Lo que había sucedido esa tarde confirmaba su certeza. Nadie podría llegar a él. Las armas o tecnologías a las que recurrieran sus enemigos eran irrelevantes. Él seguiría usando a sus guardaespaldas como escudos humanos, y los reemplazaría cuantas veces fuera necesario. Sacrificar las vidas de otros era un lujo que podían darse aquellos que estaban en el poder.

Era por eso que no había tenido reparos en provocar al sindicato. Todos sus empleados eran reemplazables, y, en ese juego, él estaba dispuesto a sacrificar a algunas personas para demostrar su superioridad.

Después de todo, ésa había sido su mentalidad por años.

¿Se encuentra bien, Geese-sama…?

Geese frunció el ceño, observando la oficina vacía. Su guardaespaldas no estaba ahí, pero él podía imaginar la voz del joven con claridad. Sabía cuál era la expresión de los ojos celestes de Billy cuando decía esas palabras, porque, desde hacía un tiempo, podía evocar fácilmente la constante preocupación del joven por su bienestar.

Sin embargo, esa noche, al pensar en Billy, todo lo que vino a su mente fueron unas gotas de sangre escarlata cayendo en el suelo, y el rostro de Billy reflejando un profundo dolor.

Con molestia, Geese apartó el recuerdo del joven y encendió un cigarrillo, aspirando hondamente.

Había una pregunta para la cual no encontraba una respuesta. Al entregarse el comportamiento imprudente de esos últimos días, ¿por qué no se había detenido a pensar en algún momento en el bienestar de Billy?

En teoría, Billy era un empleado más que no debía recibir un trato especial de su parte. Se suponía que Billy era una herramienta esperando ser utilizada. Era un guardaespaldas como los otros. Su trabajo consistía en arriesgar su vida para protegerlo.

Pero, en realidad, Billy era más que eso, y se había convertido en un factor desestabilizante que causaba desajustes en sus planes cuidadosamente concebidos.

Desde el inicio, Billy lo había hecho tomar decisiones que normalmente habría evitado. Cuando sus caminos se habían cruzado en Londres, Geese no había podido resistirse a llevárselo consigo. Había puesto como excusa que el muchacho le sería útil, pero, en retrospectiva, sabía que lo había hecho por capricho, porque lo que había visto en Billy le había agradado.

La cercanía que había desarrollado con el joven había empezado con el frío objetivo de ganarse su entrega mediante recompensas y caricias, pero eso también se había salido de control. No había previsto que la reacción de Billy a esos gestos sería tan sincera y agradable. No había esperado disfrutarlo de ese modo.

Sus planes de continuar esa situación —pero manteniendo el placer de esas caricias a raya— también habían sido desbaratados, de forma no intencional, por su joven guardaespaldas. Billy lo había hecho sentir celos, y había despertado cierta curiosidad en él, cierto deseo.

Y ahora, Billy estaba herido, y era imposible afrontar lo ocurrido con desinterés.

Ver la sangre de Billy goteando en los escalones de la entrada le había hecho darse cuenta de que la herida del joven podría haber sido mucho más grave.

Y había comprendido que Billy realmente estaba dispuesto a dar su vida por él.

El teléfono interrumpió sus pensamientos y Geese miró el aparato con disgusto.

Un par de timbrazos después, levantó el auricular y mantuvo el cigarrillo entre sus dedos mientras ofrecía un saludo cortés al alcalde de la ciudad, quien llamaba para preguntar qué diablos había pasado en la puerta del edificio, y por qué los hospitales habían recibido a un gran número de civiles agonizantes.

Geese pasó algunos minutos evadiendo preguntas, asegurando que no sabía qué había sucedido, pero que estaba dispuesto a colaborar con las autoridades. Declinó grácilmente el hacerse cargo de los gastos médicos de las víctimas y dio a entender que, si la policía lo dejaba en paz durante las investigaciones, la ciudad se beneficiaría económicamente de alguna manera.

Al terminar la llamada, Geese colgó el auricular con un golpe seco y llamó a Hopper con voz hosca.

El secretario estaba solo, porque Ripper se encontraba en uno de los hospitales clandestinos de Howard Connection, encargándose de los guardaespaldas heridos. La falta de costumbre de encarar a Geese a solas hacía que Hopper se mostrara nervioso.

Geese no notó su incomodidad. Con voz áspera, el empresario le dio órdenes para que se encargara de hablar con los medios de prensa. Tenían poco tiempo para controlar la manera en que la noticia sería divulgada al público. Geese no quería que la agente de Addes fuera mencionada. Si esa mujer había sido captada por alguna cámara de seguridad, el video debía ser requisado y borrado. Si manejaban bien la escena y la evidencia, podrían decir que la explosión y las muertes habían sido causadas por una fuga de gas. Los rumores corrían rápido y las otras bandas criminales probablemente ya se habían enterado de los pormenores, pero la población común no tenía por qué saber la verdad.

Hopper escuchó las indicaciones con el rostro bajo, sin comentar nada. Hizo una leve inclinación antes de retirarse, y estaba por abrir la puerta cuando Geese volvió a hablar.

—¿Se sabe algo de los heridos?

Hopper se detuvo y asintió, mirando hacia Geese. Había recibido un informe preliminar de Ripper.

—Parte de los guardias fallecieron mientras eran atendidos. Los restantes no tienen muchas probabilidades de sobrevivir —explicó Hopper con tono profesional, procurando no mostrar su pesadumbre por los compañeros de años que habían perdido la vida en apenas unos minutos.

Geese asintió.

—¿Y Billy? —preguntó después de unos segundos.

Hopper no se extrañó de que Geese preguntara por Billy específicamente.

—Billy fue llevado a cirugía. Su vida no corre peligro, pero la herida es de gravedad —dijo Hopper, observando a Geese fijamente a través de sus lentes oscuros, intentando ver algún rastro de compasión o preocupación en el rostro de su jefe. Sin embargo, todo lo que vio en los ojos claros del empresario fue una profunda molestia.

Era la misma molestia que Geese había mostrado en el vestíbulo en caos, mientras observaba a Billy malherido.

Usualmente, cuando Geese tenía esa expresión, era Billy quien se encargaba de lidiar con él. El joven podía decir la palabra correcta para apaciguarlo, o la palabra justa para hacer que esa fría molestia se desbordada. Cuando eso sucedía, Billy solamente dejaba que el mal humor de su jefe fluyera, sin tomarlo como algo personal, y sin intentar oponerse a él. Luego, un comentario cándido de Billy podía hacer que Geese sonriera desdeñoso, y que el fastidio quedara olvidado.

El muchacho realmente había aprendido a hacer bien su trabajo.

Aunque Hopper aún consideraba a Billy un novato, ahora le guardaba un profundo respeto, y también sentía algo de lástima por él. Esa tarde, Billy no había dudado en proteger a Geese. En medio de la confusión del ataque, el joven había cumplido con su deber. Pero la herida que Billy había recibido era grave. Tal vez el joven no podría reincorporarse a sus funciones en un largo tiempo.

Aquello hizo que Hopper recordara los planes de Geese para las siguientes dos semanas.

—Geese-sama, es posible que Billy no esté en condiciones de acompañarnos a Japón —indicó—. Me preguntaba si desea que postergue el viaje por unos días.

Geese observó al secretario largamente.

—¿Postergarlo? ¿Por un empleado? —preguntó con voz helada.

Hopper bajó la mirada y deseó no haber hablado.


Cuando Ripper llegó con Billy al hospital clandestino, todo el personal médico corría de un lado a otro, incapaz de darse abasto para atender a los heridos más graves. Las enfermeras empujaban camillas, las indicaciones intercambiadas a gritos se superponían unas con otras y se mezclaban con los gemidos de dolor de las víctimas.

Una doctora examinó rápidamente la herida en el hombro de Billy y, al no considerar que el joven estaba en peligro mortal como el resto, hizo un gesto hacia uno de los cubículos que estaban libres e indicó que esperaran ahí.

Ripper ayudó a Billy a sentarse en la camilla y lo sostuvo, porque el joven estaba pálido y cabizbajo y parecía que iba a desmayarse de un momento a otro. Sin saber qué más hacer, Ripper cogió un paño limpio que estaba sobre la cajonera del cubículo, y le indicó a Billy que lo usara para hacer presión sobre la herida.

Billy obedeció, con los dientes apretados, pero sin hacer un sonido.

Después de unos minutos, Ripper intentó exigir que alguien viniera a atender al joven, pero tuvo que contenerse al ver el caos en que estaba sumida la sala de emergencias. Había cadáveres cubiertos con sábanas en algunas de las camillas. Los médicos intentaban reanimar a los heridos que habían dejado de respirar, pero, pese a sus esfuerzos, las víctimas seguían muriendo.

Billy miró la sala brevemente con sus ojos celestes nublados por el dolor.

—Asegúrate de que Geese-sama salga de la ciudad mañana —murmuró Billy de pronto, su voz ronca.

—No te preocupes por eso —reprochó Ripper, frunciendo el ceño tras sus lentes oscuros.

—Es peligroso que se quede en South Town. Yo me encargaré de solucionar las cosas aquí —insistió el joven.

—Tú ya cumpliste tu deber, nosotros arreglaremos el resto —dijo Ripper, incómodo de que Billy aún estuviera centrado en el trabajo y en Geese, y no en la profunda herida en su hombro.

—Sólo asegúrate de que Geese-sama esté a salvo —murmuró Billy, sin fuerzas para discutir.

Ripper perdió la cuenta del tiempo que tuvieron que esperar para que algún médico se liberara y atendiera a Billy. La doctora que finalmente acudió a examinar al joven tenía los ojos llenos de pesar. Sin embargo, fue eficiente al cortar la ropa de Billy y examinar la herida. No tardó más que unos minutos en preparar al joven y anunciar que debían llevarlo a cirugía de inmediato.

Billy se dejó atender en silencio, su mirada baja.

Ripper permaneció en el hospital después de que las enfermeras llevaron a Billy al quirófano. Sin perder un instante, el secretario comenzó a reunir datos para presentar un informe de la situación a Geese. De la docena de guardaespaldas que habían llegado a ese lugar, sólo dos seguían con vida, y uno de ellos estaba agonizando.

Como representante del dueño del hospital, Ripper ordenó que toda la información sobre las víctimas fuese mantenida bajo estricta confidencialidad. Geese no querría que esos datos se filtraran al público. Es más, el empresario debía estar ocupado en ese momento, controlando los daños desde su despacho.

Cuando las cosas se calmaron un poco, Ripper telefoneó a la Geese Tower pero no logró comunicarse directamente con Geese. Dejó su informe con Hopper, y luego regresó al cubículo y se sentó a esperar, sintiéndose apesadumbrado.

Durante los años en que él se había encargado de supervisar el entrenamiento de Billy, había intentado hacer que el joven entendiera que era afortunado de estar trabajando para Geese en una época de calma, pero que no por eso debía bajar la guardia. Cuando Billy sonreía confiado y aseguraba que él protegería a Geese-sama, Ripper se sentía exasperado, porque le parecía que Billy no estaba tomándolo en serio.

Pero el joven realmente había cumplido su palabra, y había sido más efectivo que otros guardias que tenían muchos más años de experiencia que él.

Ripper estaba un poco sorprendido por eso, y también agradecido, porque Geese había salido ileso gracias a Billy.

Pero, a la vez, el secretario se sentía abatido, porque la herida que Billy había sufrido había sido profunda y, durante el camino al hospital, Billy había murmurado que no podía sentir ni mover su brazo. Ripper le había asegurado que todo iba a estar bien, pero dentro de sí lo dudaba, y se preguntaba si la carrera de Billy como guardaespaldas de Geese había llegado a su fin.

Más tarde, cuando el médico cirujano salió a informarle sobre el estado del joven, Ripper confirmó que hacía bien en preocuparse. Los médicos habían hecho todo lo posible, pero las probabilidades de que Billy se recuperara por completo eran bajas.

Cuando el joven salió de la operación y fue asignado a una pequeña habitación privada, Ripper se sentó junto a la cabecera de su cama y pasó algunas horas acompañándolo, preguntándose cómo iba a darle la noticia a Geese-sama.


—¿Cómo te sientes? —preguntó Ripper cuando Billy despertó.

Las luces de la estrecha habitación estaban bajas, y la mirada del joven rubio tardó unos segundos en enfocarlo. Ripper sintió lástima, porque Billy parecía un muchacho perdido y desorientado.

—Vas a estar bien —dijo el secretario.

Un momento después, Ripper se puso alerta al oír unos pasos en el corredor.

La puerta se entreabrió con un crujido y, para sorpresa de Ripper, el familiar rostro de Hopper se asomó.

—El jefe está aquí —informó Hopper en un murmullo y luego su mirada se desvió a la cama—. ¿Cómo está?

Ripper no alcanzó a responder porque Hopper se apartó de golpe y abrió la puerta debidamente. Geese se encontraba en el pasillo, y estaba siendo puesto al tanto de la situación por la doctora que había atendido a Billy. La mujer se veía agotada y cohibida.

—Geese-sama —murmuró Billy desde la cama, sonando aliviado de verlo.

 La mirada de Geese se dirigió al hombro vendado del joven, y el brazo que estaba inmovilizado con un cabestrillo contra su pecho.

—Déjennos a solas —ordenó Geese.

Los secretarios se retiraron al instante, y llevaron consigo a la doctora cuando ésta quiso entrar en la habitación también.

Ripper cerró la puerta despacio.

—¿Qué diablos hacen aquí? Después de lo que sucedió, no deberían salir a la calle… —siseó Ripper, volviéndose hacia Hopper con impaciencia, viendo que algunos nuevos guardaespaldas habían venido con Geese y vigilaban los pasillos con el semblante grave.

—Geese-sama quería evaluar la situación antes de viajar, ¿acaso se lo iba a prohibir? —respondió Hopper a la defensiva.

—¿Entonces el viaje a Japón sigue en pie? ¿Quién lo va a acompañar?

—Tú, aparentemente. Yo me quedaré con Billy.

Ripper asintió. El empresario al menos era consciente de que Billy no se encontraba en condiciones para viajar.

—¿Cómo están las cosas en la oficina? —quiso saber Ripper.

—La fachada está siendo reparada. Mañana se verá como si nada hubiera ocurrido. Y, según la prensa, lo que ocurrió fue una trágica explosión en una tubería de gas.

Ambos secretarios guardaron silencio luego de eso. Geese Tower se mantendría incólume, y nadie se enteraría de la cantidad de compañeros que ellos habían perdido.

—Al menos Billy está fuera de peligro —murmuró Hopper.

Ripper asintió, sin poder mostrarse tan optimista como su colega.


Billy había logrado sentarse en la cama, y había notado los vendajes en su hombro y su torso, y la aguja del suero al que estaba conectado. Confundido, se sujetaba el brazo derecho, y sus intentos por moverlo fueron infructuosos. Su antebrazo y su mano reposaban en un cabestrillo rígido que colgaba de su cuello, y la piel de sus dedos mostraba una tenue palidez azulada.

Geese observó al joven en silencio, sabiendo que aquella coloración no era una buena señal. La doctora le había informado sobre la herida, y había mencionado nervios dañados y circulación comprometida. La mujer había dado a entender que Billy podía perder el brazo si la evolución era inadecuada.

La doctora aún no había tenido tiempo de hablar con Billy, pero, por la actitud decaída del rubio, Billy ya sabía lo que estaba ocurriendo.

El joven alzó la mirada cuando Geese se acercó a la cama.

—No debería estar aquí —indicó Billy con firmeza.

Geese no respondió, y Billy agregó, con la familiaridad que usaba cuando estaban a solas:

—Pensé que no lo vería hasta después del viaje. Me alegra que esté bien.

Y, como el silencio continuó, el joven esbozó una leve sonrisa apesadumbrada:

—No debería haber venido. Su vuelo parte temprano, debería estar descansando.

Su tono era como una disculpa por hacer que Geese perdiera su valioso tiempo visitándolo.

Geese observó la sonrisa y la manera en que Billy estaba intentando disimular la preocupación por su herida. Lo estaba haciendo bien, y sonaba desinteresado por su propio bienestar, pero Geese podía ver el dolor en sus ojos, y una quieta desesperación que le recordó a los días que habían pasado juntos en Londres.

Billy extendió la mano hacia él y, por un breve instante, Geese pensó que el joven buscaría su contacto, pero, en vez de eso, Billy dejó caer su mano sobre las sábanas, y sujetó la tela entre sus dedos.

Eso hizo que Geese evocara la fuerza con que Billy lo había sujetado por los brazos frente a la entrada del rascacielos, y la firmeza con que lo había hecho retroceder, cubriéndolo con su cuerpo, sin que hubiera el más mínimo titubeo.

Durante el ataque, al ver el rayo de luz verdosa yendo amenazante hacia él, Geese había reaccionado invocando a su ki por reflejo, para contrarrestar aquella energía con más energía. Después de tantos años de entrenamiento, no dudaba de que la intensidad de su poder sería suficiente para resistir aquella agresión.

Pero entonces, Billy había llegado a su lado, y se había interpuesto en la trayectoria del ataque.

Al ver al joven dispuesto a arriesgar su vida por él, inconscientemente, Geese había intentado protegerlo. Sin tiempo para pensar en nada, su instinto lo había hecho expandir su energía hasta que ésta había rodeado a Billy también.

Si no hubiera protegido a Billy, era posible que el ataque hubiese resultado mortal para el joven.

Era absurdo que un empleador tuviera que proteger a su guardaespaldas, pero no era Billy quien estaba en falta. El joven había hecho bien su trabajo.

—Geese-sama, lo acompañaré de vuelta al rascacielos —anunció Billy de pronto, incómodo al verse observado con tanta fijeza—. No hay razón para que estemos aquí.

El joven apartó las sábanas que lo cubrían, y arrancó con los dientes la aguja de la vía que estaba conectada al dorso de su mano. Entrecerró los ojos con molestia al ver que llevaba puestos unos viejos pantalones de hospital, pero los ignoró y bajó de la cama con decisión.

Sus piernas se doblaron bajo él y, al intentar mantener el equilibrio, un mal movimiento le produjo un latigazo de dolor en su hombro herido que lo hizo doblarse hacia adelante. Al buscar un apoyo a ciegas, Billy golpeó la varilla del portasueros y ésta cayó al suelo con estrépito.

Sin embargo, Billy no cayó. Geese lo sujetó por la cintura y lo mantuvo apoyado contra él, sosteniéndolo en silencio, dándole tiempo a recuperarse.

Conteniendo un gruñido de dolor, Billy se dejó sostener y descansó su frente contra el hombro de Geese, cerrando los ojos y reprimiendo la exasperación que su jefe le producía cuando se exponía al peligro sin medir las consecuencias.

—Le dije que tuviera cuidado con ese sindicato —murmuró Billy en un suave reproche.

—Y yo dije que no me pasaría nada —repuso el empresario con obstinación, pero manteniendo su voz baja, porque sus labios estaban cerca del oído de Billy.

Billy dejó escapar una risa adolorida, pero no insistió, porque notó que Geese lo estrechaba un poco más contra sí.

Se separaron al oír un ruido en la puerta. La doctora se había zafado de los secretarios e irrumpió en la habitación.

—¿Qué haces de pie? Por favor, vuelve a la cama —dijo la mujer con severidad, acercándose a Billy para ayudarlo a sostenerse.

Billy hizo un gesto para apartarse de ella, pero Geese se lo impidió.

—Obedece —ordenó el empresario, hablando en voz baja y autoritaria—. No me eres útil en este estado —agregó, obligando a Billy a sentarse en el borde del colchón.

Billy asintió, manteniendo la mirada apartada y los dientes apretados, y Geese se hizo a un lado y permitió que la doctora se hiciera cargo.


—Te daré algunos calmantes para que puedas dormir. Pero, por favor, no vuelvas a moverte, o los puntos podrían abrirse —dijo la doctora, colgando una bolsa con antibióticos en el portasueros, y luego buscando una jeringuilla para preparar una dosis de calmantes.

Billy asintió, frotándose el brazo derecho distraídamente, acostado sobre la almohada.

Se encontraba a solas con la mujer, porque Geese y los secretarios se habían retirado unos minutos atrás. Sólo un guardia que Billy no conocía había permanecido en el hospital, y en ese momento vigilaba la puerta desde el pasillo.

—Descansar te hará bien —dijo la mujer, inyectando el calmante en la vía—. Y no te preocupes. El dueño es así con todos.

—¿A qué te refieres? —murmuró Billy.

—El señor Howard —aclaró la doctora, sonriendo tranquilizadora—. Oí la manera en que te habló. Mi recomendación es que no dejes que sus palabras te afecten y sólo preocúpate por recuperarte. Ese hombre desalmado no mide lo que dice.

—Él financia este lugar —repuso Billy, sin poder ocultar su molestia al ver a la doctora expresándose de esa manera sobre su jefe.

—Sí, porque le conviene. Nos da dinero para servir a la comunidad, siempre y cuando prioricemos a los heridos de Howard Connection y mantengamos la boca cerrada —explicó la mujer.

—Entonces a ustedes también les conviene —señaló Billy, pero su voz salía cada vez menos clara, y sus párpados comenzaban a hacerse pesados—. Geese-sama es generoso —aseguró en un murmullo.

—Debes ser nuevo —comentó la doctora con una expresión compasiva en su rostro.

Billy se esforzó por permanecer despierto un poco más. Había muchas cosas que quería decir. Geese no lo había tratado mal. Al contrario, su visita había significado mucho. Billy no había esperado que Geese se tomara el trabajo de ir personalmente a verlo, y había querido evitarle más molestias, por eso había sugerido que volvieran al rascacielos.

Cuando él casi había caído, Geese lo había sujetado con gentileza. Lo había mantenido contra sí por unos segundos, sujetándolo firmemente contra su pecho, como esa vez que lo había abrazado en el penthouse.

Billy habría querido permanecer así un rato más. La presencia de Geese y su caricia le decían que su jefe no estaba decepcionado de él. A pesar de la herida que había sufrido, se sentía aliviado.

El comentario de Geese sobre “ser útil” no había sido cruel. Era una simple verdad. Si Billy insistía en ir con él así como estaba, acabaría siendo una carga. El joven sabía que necesitaba algunos días para recuperarse.

Le pesaba no poder acompañar a Geese a su viaje, y le preocupaba dejar al empresario en manos de guardaespaldas de dudosa capacidad, pero no había otra alternativa.

Aprovecharía la ausencia de su jefe para sanar, y, si se sentía mejor, quizá podría tomar un avión por su cuenta y encontrarse con él en Japón.

No quería dejar a su jefe solo… Pero al menos podía dormir tranquilo esa noche, sabiendo que Geese se iría de la ciudad, lejos de las personas que querían atacarlo. 


Billy despertó con la cabeza palpitándole y la piel cubierta de sudor. El insoportable dolor en su hombro le impidió moverse, y, por unos minutos, todo lo que el joven pudo hacer fue yacer en la cama, mirando el techo en la penumbra.

Llevaba un día y una noche con fiebre, y los médicos le habían administrado fuertes antibióticos, y habían reducido la dosis de calmantes para poder monitorear la evolución de su herida.

Billy ya estaba al tanto de la gravedad de su lesión. La doctora que lo tomaba por un muchacho ingenuo había tenido mucho tacto al explicarle que las probabilidades de que recuperara por completo el uso de su brazo eran muy bajas.

Sin mostrar ninguna reacción, Billy había escuchado, guardando sus pensamientos para sí. Lo que la doctora dijera no importaba. Debía recuperarse a como diera lugar. No tenía más opción. De lo contrario, perdería su trabajo.

Billy se llevó la mano sana a la frente, agobiado. Sabía que no estaba pensando con claridad debido a la fiebre, pero no soportaba la idea de no recuperarse. La más mínima limitación física le imposibilitaría seguir trabajando al lado de Geese. No quería acabar como un empleado con una insignificante labor de oficina. Desde el comienzo, su propósito había sido proteger a Geese. Estaba convencido de que quería seguir haciendo eso durante el resto de su vida.

—Y si no puedo hacer eso… debí morir, maldición… —murmuró Billy en la habitación silenciosa, cubriéndose el rostro con una mano, apretando los dientes con rabia.

—No puedes morir. Piensa en tu hermana —dijo una voz sarcástica en la oscuridad.

Billy se sobresaltó. ¿Estaba tan débil que no había percibido que había alguien con él ahí?

Se oyó el roce de una silla contra el suelo, y luego un par de pasos.

—Geese-sama —murmuró Billy cuando el empresario se acercó a la cama—. No… Geese-sama está en Japón —se corrigió el joven a sí mismo en un susurro, intentando aclarar sus pensamientos, sobreponiéndose al dolor que sentía en su cabeza—. ¿Estoy soñando?

—¿Es un buen sueño? —preguntó Geese.

Billy parpadeó confuso y luego asintió, porque sí, soñar que Geese estaba con él siempre era algo bueno.

El empresario esbozó una sonrisa desdeñosa y extendió una mano para sentir la temperatura del rostro de Billy.

El joven se inclinó hacia el contacto. Con su mano sana, Billy mantuvo la de Geese contra su mejilla, sujetándola fuertemente.

Geese lo permitió, mientras observaba el pálido y sudoroso rostro de Billy.

El joven cerró los ojos con fuerza cuando Geese hizo una leve caricia contra su piel.

—¿Qué decías sobre morir?

—Usted acordó cuidar de Lilly si me pasaba algo —murmuró Billy sin abrir los ojos.

—Si recuerdas eso, quiere decir que no estás tan mal —dijo Geese, sin dejar de acariciar.

Billy murmuró algo ininteligible como respuesta.

—¿Así es como pagarías todo lo que he hecho por ti? ¿Muriendo? —preguntó Geese.

Su tono ligeramente reprobador hizo que Billy abriera los ojos y lo observara con una mirada vidriosa y confusa.

—¿Dar mi vida por usted no es un pago aceptable?

—No me estarías dando tu vida, sino tu muerte —señaló Geese—. Y tu muerte no tiene valor para mí.

La confusión de Billy se acentuó y Geese no insistió. El joven estaba afiebrado y malherido, y no era un buen momento para esos juegos de palabras.

Geese estaba ahí esa noche porque había preguntado una última vez por Billy antes de partir al aeropuerto, y la doctora a cargo le había informado que la situación del joven estaba empeorando. La herida se había infectado y debían tomar una decisión: ¿operar para retirar el tejido dañado con el consecuente daño permanente? ¿O esperar, poniendo la vida de Billy en riesgo?

—Tienes la obligación de seguir vivo y servirme —dijo Geese después de unos segundos.

Billy asintió, girando su rostro hacia la caricia.

—Es lo que quiero hacer —respondió el joven en voz baja, rozándole la palma de la mano con sus labios al hablar.

—Bien —murmuró Geese, permitiendo el gesto y disfrutándolo, porque el contacto con el joven era agradable—. Entonces ven conmigo.

Billy no reaccionó en un primer momento. Una parte de él sabía que lo que estaba sucediendo era real, pero otra parte se negaba a aceptar que Geese estaba ahí, porque eso significaría que el empresario había pospuesto su viaje a Japón…

¿… Por él? 

—Ripper —llamó Geese en voz alta, y la puerta de la habitación se abrió y el secretario entró, diligente, sin mostrar reacción al ver que Billy tenía una mano de Geese atrapada en la suya—. Billy viajará con nosotros.

—¿Qué? —preguntó el secretario, tomado por sorpresa—. Billy no está en condiciones de… —Geese frunció el ceño y Ripper calló de golpe—. Yes, sir… —murmuró, resignado.

Geese se apartó para darle espacio para maniobrar. Ripper había traído ropa limpia para Billy, pero, mientras ayudaba al joven a vestirse, el más mínimo movimiento hacía que éste siseara de dolor y el secretario tuvo que conformarse con ayudarle a ponerse los pantalones y dejar la camisa a medio poner, colgando de su hombro.

La doctora a cargo de Billy no tardó en llegar y entró en la habitación, mirando a los presentes agraviada.

—¿Qué creen que hacen? —protestó.

Geese la ignoró y salió sin responderle, al tiempo que un guardaespaldas se encargaba de apartar a la doctora y evitar que interviniera.

Billy estaba bajando de la cama, sostenido por Ripper, y cerró los ojos con fuerza porque hasta algo tan simple como erguirse le produjo dolor.

Sin embargo, al ver que Geese se alejaba, el joven se apresuró a seguirlo con pasos inestables.

—¡Deténganse ahora mismo! —insistió la doctora al ver que Billy insistía en moverse, desoyendo sus indicaciones.

—Estoy bien. Quiero irme de aquí de todos modos —gruñó Billy.

Las protestas de la doctora hicieron que el personal médico de aquella planta se acercara a averiguar qué sucedía, pero nadie se atrevió a encarar al grupo de hombres vestidos de negro que ocupaban el pasillo.

El personal observó a los dos guardias, de aspecto amenazante y rostros semiocultos bajo lentes oscuros, que sacaron a Billy de la habitación. Geese esperaba a un lado, impasible. Un tercer guardia estaba vaciando un estante y metiendo una multitud de frascos con medicinas en un pequeño bolso negro.

Desde el punto de vista de los médicos, aquello bien podía ser un saqueo o un secuestro, y los guardias unos matones contratados por mafiosos para silenciar a Billy. Ninguno notó que, a pesar de su expresión adolorida, Billy se veía aliviado de salir de ahí junto con su jefe.

Geese se dirigió al ascensor y sus hombres lo siguieron, sin que nadie intentara detenerlos.