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Lealtad

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Billy se desplazó sin hacer ruido por los pasillos a oscuras del rascacielos, evitando a los miembros del personal de seguridad que hacían sus rondas nocturnas, y procurando no ser captado por las cámaras de vigilancia.

Ya había anochecido, y los empleados se habían retirado de las oficinas. El turno de Billy había acabado también, pero el joven había permanecido en el rascacielos después de despedirse de Geese-sama.

Algunas semanas atrás, Billy se había propuesto conocer ese edificio a la perfección. Después de todo, pasaba la mayor parte de sus días ahí, y el rascacielos era el hogar de Geese. Como miembro de su círculo más cercano, era de esperarse que él conociera cada piso y cada recodo, así como los atajos entre plantas, los pasajes que no estaban indicados en los planos, y los lugares que representaban un posible riesgo a la seguridad.

Desde afuera, el edificio era una estructura imponente, cuya fachada podía iluminarse cuando su dueño así lo decidía. Billy había visto las luces exteriores de la Geese Tower encendidas la noche en que Lilly y él habían llegado a South Town. Ingenuamente, él le había preguntado al empresario en qué parte de la ciudad vivía, y Geese había hecho un gesto hacia la torre, que en ese momento resplandecía contra el cielo de la noche, alzándose sobre los distritos, despidiendo su intensa luz.

En el camino hacia el rascacielos, Billy había visto a gente en las calles contemplando la magnífica edificación. En esa época no lo sabía, pero la torre encendida era una manera de anunciarle a la ciudad que su dueño estaba de vuelta.

Sin embargo, a pesar del grandioso exterior, en el interior del rascacielos abundaban los pisos vacíos y los ambientes abandonados.

Billy sentía una leve tristeza al pasar por los corredores sin utilizar, y al entrar en los lujosos salones en desuso. Aquellos ostentosos recintos le hacían reflexionar sobre el modo de vida de Geese, su vasta fortuna, y sus noches solitarias.

Por supuesto, no toda la torre era así. Varios pisos estaban ocupados por las oficinas de las distintas empresas que conformaban a Howard Connection, y, durante el día, el fluir de los empleados y asociados era continuo y animado. Las plantas tenían cafeterías, salones de reuniones, áreas de descanso. Los ejecutivos podían salir a fumar a los miradores y, en general, el ambiente laboral era dinámico y agradable.

Pero, en las plantas inferiores, Billy había encontrado diversos espacios sin usar, como un amplio y suntuoso bar completamente amoblado y decorado, y, en otro piso, una sala de conciertos que había quedado a medio construir.

Billy había concluido que, durante el diseño del rascacielos, Geese había imaginado que podría utilizarlo para eventos sociales, y había encargado la construcción de salones que estaban claramente pensados para reunir a un gran número de personas.

Pero esto nunca había sido posible, porque permitir el acceso de tantos desconocidos a la Geese Tower era riesgoso. Cualquiera de los enemigos de Geese podía intentar infiltrar el edificio.

Billy se sentía apesadumbrado al pensar que su jefe no podía acercarse a otros como una persona normal, porque siempre estaba alerta, desconfiando de todos, intentando sacar un provecho de sus conocidos antes de que éstos se aprovecharan de él.

Esa noche, antes de acabar su recorrido por la torre, Billy se dirigió a la desierta sala de conciertos.

No estaba seguro de por qué, pero le agradaba ese lugar. ¿Tal vez por los recitales a los que había querido ir de niño y no había podido?

El recinto era enorme, y estaba equipado con parlantes para los instrumentos y pantallas de televisión. Sobre el escenario, alguien se había tomado el trabajo de ensamblar una batería, que permanecía protegida por plásticos transparentes salpicados de pintura. También había una guitarra y un bajo en sus respectivos parantes, cuyas cuerdas se habían oxidado con el tiempo.

A pesar de que todo el lugar estaba cubierto de una espesa capa de polvo y telarañas, en el suelo de madera aún se podía distinguir el grabado de una enorme ave —mezcla de águila y de fénix— con las alas extendidas. Esa decoración era similar a los adornos asiáticos que Geese tenía en la terraza en lo alto del edificio y era una prueba de que Geese había tenido algún tipo de interés personal en ese salón.

Billy se dirigió al escenario y, tras sacudir un poco el polvo, se sentó en el borde, observando las formas de la batería y la guitarra en la penumbra. Llevaba tiempo queriendo comprar una guitarra de segunda mano, pero siempre acababa aplazando la compra por una razón u otra. Un día de esos, le preguntaría a su jefe si lo autorizaba a darle un poco de mantenimiento a los instrumentos. Era un desperdicio que hubiesen sido olvidados de ese modo.


Varias horas después, en vez de dirigirse a la salida del rascacielos, Billy se encaminó hacia los ascensores. Había pasado más tiempo del planeado en la abandonada sala de conciertos, y, sin quererlo, se había quedado dormido algunos minutos, acostado sobre el suelo del escenario.

Al despertar, tenía el cuerpo entumecido, y una sensación de profunda desorientación. Como el lugar no tenía ventanas, era imposible calcular qué hora era. Sentía que había dormido por días.

Al bajar al lobby, Billy comprobó que era medianoche, y, por costumbre, se preguntó si Geese seguiría trabajando.

También por costumbre, en vez de ir a la salida, regresó al ascensor que lo llevaba al penthouse.

La lujosa suite estaba a oscuras y en completo silencio cuando las puertas del ascensor se abrieron. Billy se alegró, porque eso quería decir que su jefe se había retirado a descansar a una hora razonable.

En vez de documentos de trabajo, sobre la mesilla de centro sólo había una taza vacía de té, que Billy diligentemente llevó a la cocina.

El joven no tenía nada que hacer ahí esa noche, y lo más sensato era que se retirara y fuera a descansar también, pero, en un impulso irreprimible, Billy se dirigió sin hacer ruido al pasillo que llevaba a la habitación de Geese-sama.

La puerta del dormitorio estaba entreabierta, las luces apagadas.

Billy esperó junto al marco, atisbando hacia el interior. Podía ver a una figura acostada bajo el edredón blanco de la amplia cama, y oía el sonido de una respiración pausada.

Continuó esperando, en caso Geese sintiera su presencia y despertara, pero nada ocurrió. El empresario dormía profundamente.

Billy no se sintió como un intruso al entrar en la habitación. Reprimió una sonrisa al pensar en la nota que Geese había dejado en su dormitorio.

“¿Qué fue lo que dijiste sobre no asegurar las puertas?”, pensó, acercándose a la cabecera y mirando el rostro dormido de su jefe con afecto.

Geese estaba acostado de lado, y algunos mechones de su cabello rubio contrastaban contra la blanca funda de la almohada. Sus labios estaban entreabiertos, y no parecía que su sueño fuera reparador. Las líneas de su rostro estaban tensas, como si, incluso en sueños, algo le preocupara.

Billy pasó varios minutos observándolo dormir, sintiendo la fuerte tentación de acariciar sus cabellos, o posar una mano en su hombro, o cubrirlo mejor, porque el edredón había resbalado hacia un costado.

Sin embargo, no se atrevió. Si Geese despertaba, ¿cómo iba a explicarle su presencia ahí?

No tenía ninguna razón para permanecer, pero no quería irse…

Estaba con Geese de la mañana a la noche, y, aun así, sentía ganas de pasar un tiempo más con él. Unos minutos más. Como si los días no fueran suficientes.

Sintiéndose como un tonto, Billy se sentó en el suelo alfombrado, con la espalda apoyada contra el armazón de la cama, y cerca de donde podía oír la respiración de Geese-sama.

Sus reflexiones de esa noche lo habían llevado a concluir que, al igual que Geese-sama, él también tenía una vida solitaria. No tenía amigos, sólo colegas y conocidos. Aparte de Lilly y Geese, no había nadie más en quien confiara.

Pero, desde que el empresario lo había encontrado, no se sentía solo.

Tal vez a Geese le ocurría lo mismo. A pesar de que no había muchas personas en su vida, en realidad Geese no estaba solo, porque desde hacía años, Billy estaba con él.


Geese despertó de madrugada, al oír un suave gemido cerca de él.

Abrió los ojos despacio, sin hacer ningún movimiento brusco, porque la presencia que percibía no era de ningún enemigo. Sin necesidad de mirar, sabía que se trataba de Billy.

Al encontrar al joven sentado al lado de la cama, dormitando con la cabeza caída hacia adelante, Geese consideró por un momento que estaba teniendo un sueño absurdo. La presencia del joven no le extrañaba del todo, pero… ¿por qué Billy estaba en el suelo?

Sin permitirse despertar por completo, y sintiendo fastidio por el descanso interrumpido, Geese extendió su mano por debajo del edredón, y tocó los cabellos rubios del joven. Efectivamente, se trataba de Billy y no de un sueño sin sentido.

El joven dio un sobresalto al sentirlo.

—Geese-sam…

—Acuéstate o vete —murmuró Geese, irritado.

—¿Q-qué...?

—Lo que dije.

Hubo un largo titubeo, y Geese casi se había dormido nuevamente, cuando oyó a Billy levantarse, sacarse los zapatos, y acostarse en el extremo más alejado de la cama.

El nerviosismo del joven era casi palpable en el aire. Geese notó que Billy apenas estaba respirando, de lo tenso que se encontraba.

Con un suspiro impaciente, y sólo queriendo poder conciliar el sueño otra vez, Geese se giró hacia el joven, quien estaba acostado de espaldas a él, sobre el cobertor, con la espalda y los hombros rígidos.

Sin ganas de pensar en lo que hacía, Geese le pasó un brazo por encima de la cintura y lo atrajo un poco hacia sí con un tirón brusco, para poder murmurarle cerca del oído:

—Duérmete. —Y, como Billy parecía no estar escuchándolo, agregó—: Obedece.

Geese se dejó caer sobre la almohada después de eso. Se sentía fastidiado por haber sido despertado, pero no por la familiar presencia del joven. No retiró su brazo, porque la calidez de Billy era agradable, y no tardó en sentir que el sueño lo envolvía, apacible.

Antes de volver a sumirse en un sueño profundo, Geese notó los dedos de Billy posándose sobre su mano tímidamente y haciendo una suave caricia.


Cuando la mañana llegó, Geese permaneció despierto y totalmente quieto, cuestionando su falta de criterio la noche anterior.

Billy continuaba dormido, encogido en sí mismo a su lado. El joven se había movido durante la noche, y ahora tenía la espalda apoyada contra su pecho, y una expresión sosegada en el rostro. Aún le sujetaba la mano, y la había llevado muy cerca de sus labios. Geese podía sentir la respiración cálida y pausada de Billy contra sus dedos.

Disgustado consigo mismo, Geese se apartó con cuidado para no despertarlo. Billy murmuró su nombre al sentir su ausencia, pero no abrió los ojos. Era temprano aún, y Geese se dijo que podía dejar que el joven durmiera algunos minutos más.

No se reprochó lo sucedido, porque en realidad no había sucedido nada. Permitir que el joven durmiera en su cama era algo tan carente de significado como permitirle dormir a su lado en el sillón. Ninguno de los dos lo mencionaría durante el día, y el asunto quedaría olvidado.

Pero ¿qué más iba a ocurrir en el futuro? Si ahora hacía este tipo de cosas, ¿qué tan lejos iba a permitirse llegar?

La respuesta dependía de él, y no de Billy. El joven aceptaba lo que él quisiera hacer, pero no tomaba la iniciativa. Y no iba a tomarla, porque Billy era un buen subordinado. El joven era consciente de las diferencias que los separaban. Sabía que no podía pedirle nada.

Geese se dirigió al cuarto de baño, esperando que un poco de agua fría en su rostro ayudara a aclarar sus pensamientos.

La presencia de Billy en su vida diaria era conveniente, porque el joven siempre intentaba adelantarse a sus necesidades. Por mucho tiempo, Geese lo había visto como una comodidad que le facilitaba las cosas, y que era fácil de olvidar cuando no requería sus servicios.

Pero, últimamente, y en especial desde la reunión con la familiar Satel, la ausencia de Billy era imposible de ignorar. El joven siempre estaba pendiente de él, listo para cumplir sus órdenes. Cuando Billy se retiraba, la oficina se sentía vacía.

Todo indicaba que la pérdida de perspectiva estaba empeorando. Tal vez era hora de tomarse un descanso, para poder evaluar esa situación de una forma más objetiva. Quizá podría ordenarle a Billy que tomara unas vacaciones. Después de todo, el joven llevaba tres años trabajando a tiempo completo para él, y no se había ausentado más que durante unos pocos días libres. Es más, incluso en los días en que no estaba de turno, Billy pasaba algunos minutos en el rascacielos, “para comprobar que no necesitara nada”.

Geese tomó una larga ducha, amonestándose por no haber previsto que algo como eso sucedería. ¿Por qué no había anticipado que Billy se encariñaría con él? ¿Por qué no había estado preparado para rechazar aquel afecto?

Cuando salió del baño, la habitación estaba vacía y no había rastros de Billy.


—¿Crees que vale la pena mostrarle la información a Geese-sama? Aún no tenemos datos concretos. —Ripper giró la silla para observar a Billy, haciendo un gesto hacia el monitor que estaba instalado en la pared.

Ripper, Hopper y Billy se encontraban en la oficina donde los analistas que trabajaban para Geese recopilaban datos sobre las actividades de la ciudad. Ripper estaba sentado frente a una computadora, y Billy estaba de pie detrás de él, con el ceño fruncido, observando las múltiples pantallas que cubrían varios escritorios. Hopper esperaba cerca de la puerta, sin intervenir.

En los últimos meses, ambos secretarios habían adquirido la costumbre de deferir ese tipo de decisiones a Billy, en especial cuando el asunto involucraba altas probabilidades de que Geese-sama reaccionara con molestia ante lo que podía ser considerado una pérdida de tiempo.

Tanto Ripper como Hopper habían notado que Billy tenía una envidiable capacidad para hablar con Geese sin alterarse por sus respuestas bruscas. Otros empleados se encogían atemorizados o empezaban a tartamudear ante un regaño del jefe, pero Billy simplemente se disculpaba o, en ocasiones, refutaba lo que Geese decía.

Algunos envidiaban o admiraban a Billy por esa capacidad, pero los secretarios sólo se sentían aliviados de no tener que encarar a Geese personalmente.

La información que revisaban esa mañana había empezado como un rumor sobre un misterioso sindicato, que había surgido de las sombras y que estaba comenzando a operar en distintas ciudades de Estados Unidos. Como inevitablemente los grupos criminales convergían en South Town, los secretarios habían estado investigando por su cuenta, con el objetivo de acumular información precisa antes de presentársela a su jefe.

Billy contempló la imagen en el monitor más cercano a él. La calidad era baja, pero podía reconocerse un depósito, y varios cadáveres desperdigados en el suelo, sin huellas de sangre ni de violencia. Los otros monitores mostraban imágenes similares, y también listas de víctimas, sus conexiones con la mafia, y mapas indicando en dónde habían ocurrido esas muertes.

—Creo que es suficiente, llamaré a Geese-sama —indicó Billy con tono serio.

El joven salió de la oficina, preocupado. Todas las bandas que mostraban interés en South Town coincidían en que el paso principal para apoderarse de la ciudad era deshacerse de Geese.

El empresario había estado en boca de todos por el torneo que quería organizar. Tal vez había llamado la atención de las personas equivocadas.

Billy entró en el despacho de su jefe, y, después de la inclinación usual, consiguió mirarlo a los ojos sin titubear, manteniendo los recuerdos de esa mañana a raya. Geese tampoco parecía estar pensando en la forma en que habían pasado la noche. Sus ojos celestes mostraban la distante severidad de siempre.

—Geese-sama, conseguimos información sobre un sindicato que podría tener a South Town en la mira —indicó el joven, acercándose al escritorio—. ¿Podría acompañarme a la oficina de los analistas? 

Geese asintió y se levantó despacio. Billy esperó con la mirada baja y luego lo siguió, caminando un paso detrás.

Su jefe no parecía disgustado con él por haberlo encontrado en su habitación y eso lo hizo sentir aliviado.

—Geese-sama —saludaron Hopper y Ripper cuando Geese entró en la oficina repleta de monitores y empleados digitando a gran velocidad en decenas de teclados.

—Billy comentó que tienen algo que mostrarme —indicó Geese, y antes de que los secretarios pudieran responder, sus ojos ya recorrían las pantallas y estudiaban las imágenes ahí expuestas.

Billy se quedó de pie cerca de Geese. Notó la sombra de molestia que oscureció el semblante del empresario, como si Geese reconociera lo que estaba pasando con tan sólo ver unas fotografías.

Ripper proyectó algunos mapas y fotos en la pantalla de la pared. Explicó lo que estaba sucediendo y el patrón que lo había llevado a prestar atención a los rumores sobre un grupo de asesinos que había comenzado a operar en otros estados. La primera foto que mostró había sido tomada meses atrás en la costa oeste, en Los Angeles. En ella aparecían algunos hombres vinculados con la mafia china, que habían sido encontrados sin vida en un depósito cerca de un muelle. Ninguno tenía marcas de violencia en el cuerpo, ni heridas visibles, ni sustancias tóxicas en la sangre. Sin embargo, la autopsia había revelado que esos hombres habían sufrido graves heridas internas, y que sus órganos vitales estaban dañados, como si hubiesen recibido un golpe mortal.

Inicialmente se creyó que aquél sería un episodio aislado, pero un caso similar había ocurrido en San Francisco, y otros en Houston y en Atlanta, a lo largo de casi un año. El último caso había sido reportado en Miami, una semana atrás. Las víctimas no siempre eran asesinadas en grupos, ni eran necesariamente criminales de renombre, pero todos tenían en común el misterioso modo en que habían muerto: sin heridas externas, sólo internas.

—El propósito de la organización no está claro. Tal vez sean mercenarios que trabajan para el mejor postor —explicó Ripper—. Pero creímos conveniente informarle, en vista de que se están moviendo en dirección a la costa este, y es probable que no tarden en llegar a South Town.

El mapa en la pantalla mostraba una línea casi horizontal que cruzaba el país de izquierda a derecha.

—Addes —murmuró Geese, cruzándose de brazos y observando la pantalla con claro disgusto.

Ripper se volvió, sorprendido.

—¿Había oído de ellos, señor? —preguntó, intercambiando una mirada con Hopper, que parecía igual de desconcertado.

Sólo Billy permaneció impasible, como si para él fuera obvio que Geese-sama debía estar al tanto de todo lo que sucedía en el país o el mundo entero.

—Encontrarás más información si buscas bajo el nombre Mephistopheles, su rama operativa —señaló Geese con desprecio, y Ripper se apresuró a hojear una pila de papeles, porque el nombre era familiar—. No hay nada de misterioso en esas muertes —continuó el empresario—. Fueron causadas por tecnologías experimentales. Por la distribución de los cuerpos, en este caso debió tratarse de algún tipo de onda expansiva. Las fotografías muestran claramente el alcance de la detonación.

Ripper miró la pantalla confuso, sin reconocer de qué estaba hablando Geese. Luego miró a Billy, como reclamándole el no haberles informado que Geese ya estaba al tanto de todo eso.

Sin embargo, Billy no lo miraba. Escuchaba a Geese con atención, y observaba el punto que el empresario señalaba en la fotografía.

—¿Cómo puede uno defenderse de un estallido así? —preguntó el joven, sin quitar la vista de los cuerpos desperdigados en la foto, que demarcaban el alcance del ataque.

—No dejándote sorprender —respondió Geese con un resoplido desdeñoso.

Billy asintió, como si esa respuesta tuviera todo el sentido del mundo, mientras Ripper y Hopper intercambiaban una mirada de agobio con mucho disimulo.

—Ordenaré que aumenten la seguridad alrededor del edificio —indicó Billy.

—Vigilen el registro de consumo de energía en la ciudad —acotó Geese, sin apartar la mirada de las pantallas—. El uso de esa tecnología debe requerir más potencia de la habitual. Acabarán delatando su base de operaciones ellos mismos.

Hopper asintió y fue a hacer las coordinaciones respectivas. Geese se retiró a los pocos minutos.

Billy permaneció ahí un rato más, estudiando las imágenes. ¿Tecnología experimental? ¿Ondas expansivas? Lo que veía no le agradaba, pero su trabajo seguía siendo el mismo: debía proteger a Geese-sama, sin importar si los enemigos portaban armas de fuego o algún extraño dispositivo que les permitiera matar sin hacer heridas.

La aparición de ese sindicato era preocupante, pero le daba claridad a su propósito. Proteger a Geese era la razón por la que él estaba ahí.


En los siguientes días, Billy se encargó personalmente de coordinar las medidas adicionales de seguridad alrededor de Geese. Duplicó el número de guardaespaldas que conformaban su escolta, y apostó vigilantes en todas las puertas del rascacielos, incluso las que estaban sin utilizar.

Cada mañana, antes de ir a saludar a su jefe, Billy pedía un informe completo de las indagaciones de los analistas y secretarios, y se sentía frustrado al ver que éstos no tenían nada que reportar. La ciudad estaba relativamente tranquila, y los únicos problemas registrados eran los usuales enfrentamientos entre bandas, entregas de drogas, la llegada de cargamentos de armas al puerto, y uno que otro asesinato.

Geese no se veía preocupado en absoluto por la posible aparición de un nuevo enemigo, y en varias ocasiones puso a prueba la paciencia de Billy. En vez de mantener un perfil bajo, el empresario continuaba buscando auspiciadores para su torneo, y asistía a reuniones en distintos puntos de la ciudad, a menudo en lugares públicos. Cuando regresaba a la Geese Tower, en vez de usar el ascensor en el garaje subterráneo, Geese descendía de la limosina frente a la puerta principal, como si deseara que todos los vieran.

Como si desafiara a sus enemigos a intentar hacerle daño.

En esas ocasiones, Billy estaba permanentemente alerta, escudriñando a los peatones, las ventanas y terrazas de los edificios vecinos, los autos que circulaban por las avenidas. Los otros guardaespaldas tenían órdenes de formar una barrera que separara a Geese de las personas que quisieran acercársele, y Billy nunca se apartaba de su lado.

—No parece muy preocupado por la existencia de Addes, Geese-sama —comentó Billy una tarde.

Había estado observando el tranquilo paisaje de la ciudad desde la ventana de la oficina, pero se volvió hacia Geese al hablar. El empresario no levantó la vista de su trabajo.

—Por el momento, son una molestia insignificante.

—¿No cree que intentarán algo?

—Lo intentarán. Y, al igual que los demás grupos, no tendrán éxito.

Billy contempló a Geese con la usual mezcla de afecto y frustración. El empresario no estaba preocupado por su propia seguridad. Parecía entretenido al saber que alguien estaba planeando tomar su vida, porque ese alguien fallaría.

—¿Te inquieta? —preguntó Geese de pronto, sin alzar la mirada.

—Mi deber es protegerlo, no permitiré que le ocurra nada.

—Eso no fue lo que pregunté.

Billy frunció el ceño y asintió.

—Me preocupa que no muestre un poco más de prudencia, sabiendo que ese grupo puede estar vigilando sus movimientos —respondió con total honestidad—. No ha cambiado en nada desde Londres —agregó un poco más bajo—. Aún no sabe cuidar de sí mismo.

—Por eso te contraté —señaló Geese con una tenue sonrisa burlona, sin mirarlo. Después de terminar de leer el documento, el empresario se apartó del escritorio y se levantó. Fue hacia el ventanal con pasos lentos, y observó la ciudad pensativo.

Billy fue hacia él, y observó el paisaje una vez más. Se preguntó cómo se veía esa ciudad a través de los ojos de Geese. ¿Era un gran tablero de juego? ¿Un campo de batalla?

—Addes no es una amenaza. Sus acciones contradicen el supuesto propósito de su existencia. Y un grupo que no tiene una visión clara está destinado a desaparecer.

—Pero ¿cuál es su propósito? No hemos podido encontrar más datos sobre ellos —dijo Billy, sin extrañarse de que Geese estuviera mejor informado—. No sabemos qué es lo que quieren.

—Construir una nave espacial y volver a su planeta natal.

La respuesta tomó a Billy tan desprevenido, que el joven dejó escapar una suave risa.

—¿Crees que no hablo en serio? —preguntó el empresario, volviéndose hacia Billy. A pesar de su semblante grave, Geese tenía un brillo entretenido en sus ojos, y aquello hizo que Billy riera un poco más.

El joven intentó controlarse, pero era difícil no reír al ver que Geese podía decir ese tipo de barbaridades con el rostro impasible.

—¿Ahora entiendes por qué no me preocupan? —señaló el empresario, dejando entrever un ligero sarcasmo en su voz mientras contemplaba al joven. No era usual ver a Billy reír tan abiertamente.

Billy asintió, recuperando el control. Geese tenía razón. Las personas desequilibradas eran molestias pasajeras, incapaces de organizar a sus seguidores de un modo coherente por un periodo prolongado. Sin embargo, el joven sabía que los delirios de grandeza podían hacer de esas personas una amenaza. Si los miembros de Addes se creían seres superiores, tal vez no mostrarían la misma prudencia que las otras bandas de la ciudad. Quizá probarían atacar a Geese sin temor a las consecuencias.

—De todos modos, por favor, tenga cuidado, Geese-sama —pidió.


Para alivio de Billy, unas semanas después, Geese dejó de comportarse como si estuviese desafiando abiertamente a Addes o a cualquier otro grupo interesado en la ciudad.

El joven no estaba seguro de si esto se debía a la conversación que habían tenido, o si Geese simplemente había decidido que dedicarle tanta atención a un grupo de personas perturbadas no merecía la pena.

Cualquiera fuera la respuesta, Billy se daba por satisfecho sabiendo que las probabilidades de un ataque se habían reducido.

Sin embargo, por prudencia, no prescindió de los guardaespaldas adicionales, y no cambió las rutinas de seguridad. En aquel juego, los participantes tenían paciencia. Siempre estaban a la espera de que la otra parte bajara la guardia y cometiera un error.

Después de haber pasado tanto tiempo al lado de Geese, Billy sabía eso a la perfección. Su jefe tenía varios objetivos y negocios cuyos frutos no vería en años, pero Geese no tenía prisa, porque planeaba seguir ahí en el futuro, gobernando esa ciudad.

Y, mientras él esperaba, sus enemigos esperaban también.

A los pocos días, con los preparativos para el torneo casi terminados, Geese anunció una mañana que haría un viaje de negocios de dos semanas a Japón.

La decisión tomó tanto a sus secretarios como a Billy por sorpresa, y, por algunos frenéticos días, el personal estuvo ocupado tramitando permisos, poniendo sus pasaportes en orden, y coordinando el alojamiento y el transporte. Billy se sintió un poco nervioso ante la idea de dejar a Lilly sola en South Town por dos semanas, pero la niña lo tranquilizó diciéndole que “trabajo era trabajo” y que, además, ese viaje era una buena oportunidad para que Billy conociera más sobre Japón, practicara el idioma, y aprendiera sobre las cosas que le gustaban a su jefe. Hacia el final de la conversación, Billy concluyó que Lilly se estaba comportando de una manera más adulta que él, y se sintió un poco más calmado.

Igualmente, saber que Geese estaría lejos de South Town y de sus enemigos lo tranquilizaba.

La víspera del viaje, mientras volvían al rascacielos en la limosina, Billy miró de reojo a su jefe. Había algo que quería preguntarle, pero no sabía el modo más adecuado de hacerlo. No quería que Geese pensara que estaba intentando entrometerse en sus asuntos.

—¿Qué? —preguntó Geese con una leve impaciencia después de que Billy dudara por largos minutos.

Billy ocultó el sobresalto que le produjo el ser descubierto.

—Mientras preparaba el itinerario del viaje, me extrañó ver que visitará pocas empresas. La mayoría de destinos son templos y pueblos aislados—comentó.

—¿Y?

—Me preguntaba por qué no aprovecha de programar algunos días libres en esos lugares. Desde que lo conozco, no ha tomado un descanso.

—¿Es así como pides vacaciones?

—¡No! No es eso —se apresuró a explicar Billy—. Mi trabajo no es tan duro, no necesito vacaciones —aseguró—. En cambio usted… —Billy calló a ver la sonrisa de Geese. Su jefe no había hecho esa pregunta en serio, solamente se estaba burlando de él.

—Veremos —dijo Geese, sin comprometerse a nada.

Billy asintió y bajó la mirada, ocultando una sonrisa. En el caso de Geese, un “veremos” era tan bueno como un “sí”.

—¿Tuviste algún problema para conseguir los requisitos que pedí? —preguntó Geese.

—Ninguno. Las habitaciones de los hoteles tienen cajas fuertes. Y en las noches en que se aloje en un hotel tradicional, me aseguraré de que siempre haya guardias vigilando el…

Billy calló, para que el conductor de la limosina no supiera de qué estaban hablando.

Geese le había pedido que tomara medidas de seguridad especiales para proteger un maletín que contenía un viejo pergamino desgastado, que parecía a punto de hacerse polvo.

Ese pergamino era la razón por la que Geese había decidido ir a Japón. Iba a reunirse con personas que sabían sobre su legado y su historia.

Billy no lo comentó en voz alta, pero se dijo que tal vez el viaje era parte de las excentricidades de su jefe. Quizá ese pergamino era un carísimo artículo de colección, único en su clase.

El joven despejó su mente con una leve sacudida de cabeza. Estaban llegando a la Geese Tower, y debía enfocarse.

—¿En la entrada principal, señor Howard? —preguntó el conductor.

Geese asintió y Billy guardó silencio, escudriñando las calles.

Eran casi las seis de la tarde, y un continuo flujo de oficinistas salía de los edificios que rodeaban al rascacielos. Las veredas estaban atestadas de gente que se dirigía con pasos rápidos en una sola dirección, con la esperanza de llegar a las estacione de metro antes de que éstas se saturaran.

Los guardias de la Geese Tower formaron una barrera para despejar el camino desde la limosina hacia la puerta, y bloquearon el paso de los transeúntes en la vereda. Los peatones mostraron fastidio y también curiosidad. Ver al dueño del rascacielos pasar delante de ellos no era cosa de todos los días.

Billy observó a la muchedumbre por las ventanillas. Bajo las luces de los faroles, vio trajes grises, rostros cansados e impacientes, personas que intentaban encontrar la manera de seguir su camino, y otros peatones que se dirigían a la acera opuesta para evitar la aglomeración.

Mientras la limosina se detenía, Billy percibió a una joven rubia que se veía completamente fuera de lugar. Su mente la registró al instante como una amenaza. No podía explicarlo con palabras, pero estaba seguro de que esa joven tramaba algo. Los ojos de la chica quedaban ocultos bajo lentes de sol pese a que ya había oscurecido, y sus delgados labios se curvaban en una sonrisa de desprecio y superioridad mientras observaba a la limosina llegar.

La joven vestía una gabardina ligera, de un opaco color beige, pero sus pantalones eran de cuero negro, con aplicaciones amarillas en las costuras. Era evidente que no se trataba de una oficinista.

—Geese-sama, después de que nos detengamos, entre al edificio de inmediato.

Geese asintió y no preguntó qué sucedía, porque la mirada intensa y fija de Billy era explicación suficiente.

Billy entrecerró los ojos, evaluando cómo proceder. Abordar a la joven en medio de tanta gente iba a resultar una molestia, pero no tenía dudas. Esa joven pretendía algo. Ya fuera hacerle daño a Geese o acercársele para pedir un autógrafo, no importaba. Iba a detenerla.

Exhalando suavemente, y sujetando su sansetsukon con ambas manos, Billy se centró en su deseo de no permitir que nadie lastimara a Geese. No podía darse el lujo de dudar. En el momento en que titubeara y pensara que quizá la joven era inofensiva, Geese quedaría expuesto.

Billy bajó de la limosina primero e hizo un gesto para que los guardaespaldas rodearan a Geese mientras éste subía las escalinatas que llevaban a las puertas de vidrio. Después de asegurarse de que su jefe estaba protegido, Billy caminó hacia la muchedumbre y hacia la joven, quien echó a andar con pasos rápidos para alejarse, poniendo a los transeúntes entre ellos.

Con un “tch” fastidiado, Billy se acercó a la limosina y se deslizó por encima del capó, interceptando a la joven del otro lado, quien también hizo una mueca de disgusto y buscó algo en el bolsillo de su gabardina. Billy alcanzó a ver que la joven sostenía una pequeña perla metálica entre sus blancos dedos.

Billy la atacó sin titubear antes de que ella pudiera hacer algo con el sospechoso objeto, y la joven se apartó hacia atrás con unos reflejos que no eran normales, poniéndose a una distancia segura, lejos del alcance del sansetsukon.

Por una fracción de segundo, Billy estuvo sorprendido ante su rapidez, pero luego toda su atención se enfocó en la sonrisa de superioridad de la chica.

Él estaba pasando algo por alto. Algo de suma importancia.

La constante paranoia en que Billy vivía ya no podía ser diferenciada de su instinto. El joven pensó en lo peor que podía ocurrir, y todo se aclaró.

Tal vez esa mujer era un miembro del sindicato de asesinos. Tal vez Addes había decidido atacar antes de que Geese se fuera de la ciudad. Quizá la joven había estado actuando de forma tan sospechosa para atraer su atención, y, al lograrlo, había conseguido alejarlo de Geese.

Billy sintió un escalofrío. Había dejado a su jefe solo. El que Geese estuviera rodeado de guardaespaldas no significaba nada, porque nada aseguraba que esos hombres harían bien su trabajo.

La joven retrocedió algunos pasos más, y acercó su muñeca a sus labios.

Requesting

Billy dio media vuelta y corrió hacia Geese mientras la joven pronunciaba claramente las palabras cerca de un dispositivo que llevaba en la muñeca.

—¡Geese-sama! —Billy usó la limosina como apoyo y se impulsó para saltar por encima de la desconcertada muchedumbre. 

—… backup.

Los guardaespaldas y Geese estaban a unos pocos peldaños de la puerta y se volvieron hacia él al escuchar su grito.

Consternado, Billy vio una enceguecedora columna de luz verde encenderse entre él y Geese con un zumbido agudo. Con un gruñido, el joven corrió con todas sus fuerzas para cruzar los metros que lo separaban de su jefe, pasando por entre los guardaespaldas que observaban el destello verdoso y no reaccionaban.

La columna de luz se estaba volviendo más angosta, y la energía comenzaba a concentrarse en un rayo nítido e intenso que avanzaba directamente hacia Geese.

Geese frunció el ceño y dio un paso a un lado para apartarse de su trayectoria, pero el rayo cambió de dirección y continuó moviéndose hacia él.

Comprendiendo lo que sucedía, Geese apretó los puños con fuerza, consciente de que no había tiempo para entrar en el edificio, y que todo lo que podía hacer era cubrirse.

Billy sabía eso también. No iba a alcanzar a llegar hasta Geese-sama y ponerlo a salvo.

Las conversaciones de aquellos días volvieron a su mente, la mención de tecnologías desconocidas, el peligro, el menosprecio que Geese había mostrado hacia Addes.

Y Billy sintió que una calma extraña lo invadía. Su jefe lo había dicho. Si esa joven rubia pertenecía a Addes, no iba a tener éxito, porque ese sindicato de mentes perturbadas jamás podría acabar con él.

Tal vez si Geese hubiese estado solo con sus otros guardaespaldas, algo malo habría sucedido. Aquellos hombres habían sido tomados por sorpresa, y habían dudado. Incluso ahora, observaban el rayo de luz verde sin saber qué hacer.

Pero Billy no necesitaba pensarlo. No importaba lo que esa luz hiciera. Él iba a cumplir su deber.

Sin dudar.

Billy llegó hasta Geese subiendo los últimos escalones de un salto. Notó el ki azulado de Geese brillando en el aire, su limpio color celeste contrastando con el estridente verde. Sintió el cosquilleo del ki contra su piel cuando él puso sus manos en los brazos de su jefe y empujó hacia atrás con todas sus fuerzas.

Sólo tuvo tiempo para hacer que Geese retrocediera unos centímetros, pero eso fue suficiente para tomar su lugar. Un momento después, la luz verdosa los encegueció y Billy sintió un impacto en el hombro derecho que lo hizo lanzar un grito de dolor.

Cuando el destello se difuminó, sólo quedaron unos guardaespaldas confundidos y los transeúntes perplejos, y el eco del grito de Billy.

Billy se sobrepuso al dolor usando la rabia que le producía el que alguien hubiera intentado atacar a Geese.

—¿Se encuentra bien, Geese-sama? —preguntó con urgencia, pese a saber que había conseguido interceptar el ataque con su cuerpo. Geese respondió con un monosílabo y Billy sintió una ola de alivio—. ¿Qué esperan? ¡Vayan tras ella! —ordenó a continuación, girándose hacia los guardias con un grito áspero, sus manos aún fuertemente cerradas en los brazos de Geese.

El joven empezó a apartarse para asegurarse de que los hombres estuvieran cumpliendo su orden, pero, en ese mismo instante, Billy notó una pequeña esfera metálica que había sido lanzada hacia las escaleras del edificio, por encima de las cabezas de la muchedumbre.

Billy recordó las fotos que había visto, el daño causado por un dispositivo misterioso, los cuerpos desperdigados en círculo, la distancia que los separaba del lugar de un estallido…

Empujó a Geese con los dientes apretados, alejándolo hasta donde pensaba que la onda no los alcanzaría, y también manteniéndolo a distancia de las puertas y ventanas que podían quebrarse y hacer que una lluvia de cristales afilados cayera sobre ellos.

El estallido fue increíblemente silencioso, como una fuerte ráfaga de aire que pasó por encima de ellos e hizo temblar las ventanas del edificio. Billy sintió la fuerza con que la onda golpeó la fachada de vidrio, pero sus cálculos habían sido acertados. Geese y él habían estado fuera del alcance de aquella explosión invisible.

Un segundo después, los ventanales de la fachada se vinieron abajo con estrépito.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Billy una vez más, apartándose. Geese no estaba herido y en ese momento no lo observaba. Miraba hacia la avenida con una rabia helada—. No se preocupe, iré tras ella. Por favor, entre al edificio cuanto antes —pidió Billy, volviéndose para ir en persecución de la joven.

Sin embargo, se detuvo en seco al ver la escena que se extendía ante sus ojos.

Los guardaespaldas y los transeúntes yacían en las escalinatas y en la vereda, retorciéndose y gimiendo de dolor. Ninguno tenía heridas visibles, pero algunos estaban tosiendo sangre, o sufriendo convulsiones. La joven rubia había desaparecido.

—Billy —llamó Geese.

—Me… Me encargaré de esto, Geese-sama —murmuró Billy, sin poder apartar la vista de los heridos, preguntándose cuántos de ellos iban a morir.

—¡Geese-sama! ¡Billy! —Ripper y Hopper salieron del vestíbulo corriendo, y los montículos de vidrio roto crujieron bajo sus pasos.

—Geese-sama está bien, pero tenemos que ocuparnos de esto pronto —dijo Billy con rabia. Iba a hacer un gesto hacia los heridos, pero se dio cuenta de que Ripper y Hopper lo observaban consternados.

Billy también notó que Geese había apoyado una mano en la parte baja de su espalda, y que el empresario lo sostenía, mirándolo con una expresión dura en su semblante.

—¿Qué…? —preguntó Billy, observando a sus compañeros y luego siguiendo sus miradas.

Al bajar la vista hacia su hombro derecho, Billy reparó en que el rayo de luz había calcinado parte de su traje negro y su camisa, y había impactado en los músculos entre su hombro y su cuello. La piel estaba quemada y desgarrada, y el impacto había llegado tan profundo que Billy vio ligamentos expuestos y lo que parecía el color marfileño de un hueso ensangrentado.

Intentó mover su brazo, pero este no le respondió.

—Billy… —Ripper era quien se veía más preocupado, y se acercó para sostenerlo cuando Billy registró el dolor de la herida y sus piernas temblaron bajo él. El movimiento del secretario para sujetarlo hizo que Billy tuviera que ahogar un gemido.

Con un jadeo, Billy se repuso lo suficiente para alzar la mirada hacia su jefe.

—Geese-sama… —murmuró, odiando la expresión que veía en el rostro de Geese, la dureza en sus ojos, como si estuviera decepcionado de él.

—Lleven a los heridos al hospital —ordenó Geese tras observar a Billy unos segundos—. Y limpien este desastre.

—Geese-sama… —repitió Billy, sintiendo que el dolor aumentaba y sus pensamiento se nublaban.

Geese se mantuvo impasible en medio de empleados que corrían de un lado a otro, confundidos y asustados.

—¡Muévanse! —ordenó Geese con tono seco al ver que ni Billy ni Ripper estaban obedeciendo, y que la sangre del joven estaba bajando por su brazo y goteando en los escalones de la entrada.

Billy intentó resistirse cuando Ripper lo obligó a caminar. En un murmullo, Billy protestó diciendo que debía permanecer cerca de Geese-sama, y sintió un profundo desasosiego al ver que Geese estaba yendo en otra dirección, dándole la espalda, alejándose de él.