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Lealtad

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Billy gimió suavemente y abrió los ojos, sintiendo que se sofocaba.

Se sentó en la cama de golpe con un corto grito, mirando en derredor y calmándose sólo cuando vio que Lilly estaba a su lado, aún dormida. La niña se alejó de él a modo de protesta por la sacudida que Billy había provocado.

El muchacho se pasó la mano por los cabellos y los sintió húmedos de sudor. Se encogió de dolor al rozar accidentalmente el corte que tenía en la cabeza.

¿Qué había estado soñando? Una sensación de urgencia lo invadía. Había visto algo en el sueño, algo importante, algo que no debía olvidar.

Cerró los ojos un momento, concentrándose. Algunas imágenes volvieron a su mente. Los rostros de los miembros de la pandilla, y su líder, Andrew, riendo complacido. El rencoroso hombre prometía que iba a encontrarlo para hacerle pagar por su traición. Era cuestión de tiempo. Tan sólo debía idear una manera de entrar en la suite del hotel.

Billy sintió un estremecimiento. Su sueño se había tornado en una pesadilla. Había acabado con él observando la suite destrozada y a Lilly y Geese tendidos en el suelo en un charco de sangre.

—Mierda… —murmuró Billy, saliendo de un salto de la cama.

Había olvidado por completo que Andrew se había enterado de la existencia de Geese Howard gracias al contacto que trabajaba en ese hotel. Tenía que advertir al empresario sobre la persona que estaba a cargo de la limpieza de la habitación.

Se oían ruidos y voces del otro lado de la puerta. Billy no sabía cuántas horas había dormido. Salió de la habitación precipitadamente, y se extrañó al ver que el cielo aún estaba oscuro detrás de las ventanas.

Según el reloj, eran apenas pasadas las seis de la mañana, pero Geese ya estaba levantado (¿o no había dormido?), y en ese momento cruzaba la sala, con el largo cabello húmedo y abrochándose las mangas de la camisa, mientras hablaba con un hombre mayor al cual Billy no conocía.

El desconocido se interrumpió a media frase al verlo aparecer.

—¿Y quién es esta persona? —preguntó con un acento distinguido y desdeñoso que molestó a Billy al instante.

Geese no se volvió.

—Es un futuro prospecto de empleado —respondió, siguiendo su camino.

Billy miró al desconocido a los ojos, desafiándolo a hacer algún comentario.

 —Soy el señor Atkinson, secretario del señor Howard —se presentó el hombre, y Billy rio porque era obvio que era del tipo de persona que usaría un “señor” delante de su nombre—. ¿Quién es usted?

—Kane —respondió Billy, sin ganas de darle su nombre de pila.

—¿Cuántos años tiene, señor Kane? —preguntó el secretario con educado desprecio, mirándolo de pies a cabeza.

—Dieciocho —mintió Billy, y, sin saber por qué, miró hacia Geese y se encontró con que el empresario lo observaba interesado.

—¿Está usted emparentado con el señor Thomas Kane, de casualidad? —preguntó el secretario a continuación y Billy se quedó de una pieza, sin entender por qué ese hombre conocía el nombre de su pariente.

—Atkinson, no te entrometas en asuntos que no te incumben —intervino Geese con tono amenazante, y el secretario dio un respingo y luego se disculpó con una leve inclinación de cabeza. Cuando pasó junto a Geese para retirarse, su altiva elegancia fue opacada por el porte imponente del empresario, y Billy no pudo evitar quedarse contemplando a Geese por unos segundos.

Sin embargo, reaccionó pronto, y fue hacia el empresario con premura.

—Recordé algo importante —dijo Billy sin preámbulo. No se atrevió a llamar a Geese por su nombre. No quería tener que decirle “señor”, pero llamarlo simplemente “Geese” tampoco parecía adecuado.  

Geese le hizo un ademán para que se sentara en la mesa del comedor que ya estaba preparada para cuando llegara el desayuno. Billy se sentó en la misma silla que había ocupado la noche anterior, y se dio cuenta de que se sentía un poco menos incómodo al estar frente al empresario.

—Esa vez en la fábrica, mi banda te encontró porque un contacto sabía que estarías ahí a esa hora —explicó el muchacho—. Una de las personas que limpia esta habitación vio tu itinerario. Y tu reloj costoso. —Billy dirigió una mirada al reloj dorado que Geese llevaba en la muñeca.

—¿Quién?

—No sé su nombre real. Todos los contactos se llamaban “Smith” —dijo Billy—. Varias personas vieron cuando subí a tu limosina. Andrew debe… el líder de la banda debe haberle avisado sobre lo que pasó. Se enterarán de que estoy contigo, y tal vez intenten entrar en el hotel a buscarme. Eso podría ser peligroso.

—Para ti y tu hermana, definitivamente. Parecían decididos a castigar tu traición.

Billy asintió, bajando la vista. Lamentaba que Geese también viera sus acciones como una traición, porque lo que él había querido hacer era protegerlo.

Geese cubrió el reloj con una mano, y se quedó pensativo por largos segundos. La expresión en su rostro era una de disgusto.

—Esperaba más de la discreción inglesa. Un gusano filtrando información sobre los huéspedes es perjudicial para el negocio —comentó—. El personal que limpia las habitaciones rota regularmente. Podría despedirlos a todos, o… —Geese se llevó una mano a la barbilla, y se sumió en pensamientos que no compartió en voz alta, pero que le hicieron sonreír.

Geese parecía estar tramando algo realmente malo, pero esta vez Billy sabía que aquella maldad no estaba dirigida contra él y por eso pudo apreciarla con detenimiento. El empresario no se veía como una buena persona en ese momento. Sonreía con desprecio y un aire vengativo, y, aun así, Billy descubrió que no podía apartar la mirada. Se sentía extrañamente cautivado por su expresión.

—Llevo días queriendo desquitarme por ese mal intento de emboscada —dijo Geese—. Quizá ésta sea una buena oportunidad para mostrarte en qué podría consistir tu futuro trabajo, y lo que hago con las personas que se levantan contra mí.

—¿A qué te refieres?

—¿Quieres ayudarme a lidiar con este asunto? —preguntó Geese, y, aunque era una interrogante, estaba claro que no esperaba una respuesta negativa—. Será divertido —agregó con malicia—. Al acabar, dudo que tu antiguo jefe se atreva a intentar algo contra ti o tu hermana.

Billy tuvo un mal presentimiento, pero asintió, sabiendo que Geese no le estaba dando una opción.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó tras una vacilación.

—Haremos que ese contacto misterioso se delate por sí mismo —indicó Geese, volviendo a mirar el Rolex bañado en oro—. Y luego voy a matarlo.

Billy guardó un tenso silencio al oírlo, sin saber si Geese estaba bromeando.

—¿No vas a decir nada? —preguntó Geese, intrigado por su falta de reacción.

—Pensaba que es un poco imprudente decir ese tipo de cosas frente a alguien a quien no conoces —respondió Billy.

—¿Por qué? ¿Vas a delatarme? —preguntó Geese con aire complacido, mirando a Billy a través de sus ojos entrecerrados.

Sorprendido, Billy se dio cuenta de que Geese sabía la respuesta de antemano. Incluso si Geese estaba hablando en serio, él no iba a delatarlo.

Geese se apoyó contra el respaldar de la silla y entrecruzó sus dedos, observando al muchacho fijamente.

—Te mostraré cómo acaba la gente que cree que puede conmigo —señaló—. No tiene sentido ocultarte la naturaleza de mis negocios si el objetivo es que trabajes para mí.

Billy asintió, e hicieron una pausa en la conversación porque un golpe en la puerta anunció la llegada del desayuno.

Minutos después, mientras bebía su café, Geese notó que Billy separaba un poco de frutas y pan de su porción y adivinó que el muchacho pensaba dárselos a su hermana.

—Puedes pedir que traigan comida cada vez que tengan hambre —señaló Geese, por si el muchacho no estaba al tanto de cómo funcionaba el servicio a la habitación.

—No tengo dinero para pagarlo —dijo Billy sin mirarlo, e hizo un gesto hacia el plato—. Pagaré por esta comida también, y la de anoche, y el alojamiento, apenas pueda.

Geese rio entre dientes.

—No tienes que pagar nada, este es mi hotel —le recordó.

—No me gusta estar en deuda, lo pagaré —insistió Billy.

—La estadía en esta suite es costosa. Podría tomarte meses.

—No importa.

—Tu ineptitud como negociante es peor de lo que imaginé —sonrió Geese.

Billy alzó la mirada, sin haber esperado que Geese buscara humillarlo cuando lo que él quería era hacer las cosas bien. Sin embargo, Geese tenía una contradictoria sonrisa en los labios, y esa sonrisa no era cruel.

—Pídele a Atkinson un detalle del costo de esta suite por noche, y de la parte que te correspondería pagar de las comidas, y luego dime si aún quieres hacerte cargo del gasto —señaló—. No vuelvas a hacer un ofrecimiento sin haberte informado primero.

Billy asintió.

—Y ya que estamos hablando de negocios… —continuó Geese—. Anoche estableciste tus condiciones, ahora te diré las mías: Tú y tu hermana vendrán conmigo a South Town, en Estados Unidos. Me encargaré de conseguir la documentación para el viaje y, una vez allá, proporcionaré alojamiento para ambos. Recibirás la preparación laboral necesaria, y comenzarás a trabajar cuando tengas dieciocho años. —Geese hizo una pausa. Billy lo escuchaba con atención, sosteniendo su taza de té con dos manos y manteniéndola cerca de sus labios. Era difícil de decir si comprendía las implicancias de lo que Geese decía, porque, después de todo, seguía siendo un niño—. Dejaremos de lado los gastos incurridos en Londres para propósitos de esta conversación —indicó Geese—, pero todo el dinero que invierta en ti desde el momento en que pises territorio estadounidense, será considerado como un préstamo que pagarás durante los siguientes años, con tu trabajo. ¿Está claro?

Billy estuvo a punto de asentir por reflejo, pero alcanzó a contenerse.

—¿En qué consiste ese trabajo? —preguntó, como Geese le había indicado que hiciera.

El empresario esbozó una sonrisa satisfecha al ver que Billy aprendía rápido.

—En base a tus habilidades, el puesto más adecuado sería como miembro de mi escolta personal —dijo Geese, pensativo—. Pero, si no logras pasar la prueba, el personal de seguridad convencional suele tener una alta rotación. Nadie dura mucho tiempo en sus puestos. De seguro habrá alguna puerta que necesite un vigilante.

—¿Tienes una escolta? —repitió Billy, curioso, ignorando la burla de Geese—. ¿Eres alguien importante?

—Soy el dueño de la ciudad —respondió Geese sin un asomo de humildad.

Billy asumió que Geese estaba exagerando. Sonrió, viéndose un poco más relajado.

—Tiene sentido —murmuró.

—¿El qué?

—Que tengas guardaespaldas —señaló Billy—. Por lo que he visto, no sabes cuidar demasiado bien de ti mismo.

Geese dejó pasar algunos segundos, y sólo pudo concluir que Billy no estaba siendo irónico. El muchacho realmente creía lo que decía.

—¿Eso piensas? —preguntó Geese, sin corregir la equivocación.

Billy asintió.

—En la fábrica, ¿no te diste cuenta de que no ibas a poder pelear con todos? Eran demasiados. —Billy permaneció reflexivo unos instantes, bebiendo pequeños sorbos de té—: ¿Por qué hay gente que quiere hacerte daño?

—En mi línea de negocio, no se puede evitar hacer algunos enemigos.

—Creo que puedo hacer un buen trabajo protegiéndote —concluyó Billy, mirando a Geese con una leve sonrisa.

—Olvidaste preguntar de qué tipo de personas estamos hablando —señaló Geese, aunque sin sonar desaprobador esta vez.

—El trabajo es protegerte de cualquiera que quiera hacerte daño, ¿no? —respondió Billy sin vacilar—. No creo que necesite saber más.

 Geese guardó silencio y continuó observando al muchacho, quien se vio obligado a apartar la mirada, incómodo. Cuando Billy hablaba, sonaba sincero. No pensaba demasiado en lo que iba a decir; sólo reaccionaba de acuerdo con lo que sentía en el momento, y por eso sus respuestas eran tan precipitadas.

Desde la primera vez que sus caminos se habían cruzado, Billy había respondido a sus preguntas, de forma reticente, pero sin mentirle. Durante la noche, cuando Geese había hecho la oferta de trabajo y había permitido que el muchacho pensara equivocadamente que él se estaba refiriendo a otro tipo de “servicios”, Billy había sido honesto. Geese había preguntado su precio a manera de burla, y Billy había respondido con la verdad.

Geese se preguntó cómo alguien tan transparente había podido vivir entre delincuentes. Era difícil de creer que Billy hubiese llegado al extremo de ofrecerse a cambio de dinero, y que aún retuviera a su alrededor cierto aire de muchacho inocente. Era más que evidente que la experiencia no le había gustado, pero Geese podía ver que, a pesar de lo sucedido, Billy había conseguido mantener intacta su integridad como persona.

¿Por qué? ¿Porque todo lo que había hecho, había sido por una buena causa? ¿Por proteger a alguien querido?

Antes de llevarlo a Estados Unidos, debía poner a prueba a Billy, y determinar qué tan lejos estaba dispuesto a llegar y cuánto era capaz de soportar. La reticencia de la noche anterior había desaparecido, pero eso posiblemente se debía al momento tranquilo que compartían. El muchacho decía que estaba dispuesto a trabajar para él y “protegerlo”, pero… ¿seguiría pensando lo mismo si el trato que Geese mostraba se tornaba en uno más brusco?

Geese examinó al muchacho con detenimiento. El cabello rubio de Billy era corto y disparejo, y le daba un aspecto desarreglado de chico rebelde, pero la mirada de sus ojos era llana y sincera, del mismo color celeste que Geese veía cada mañana en el reflejo del espejo. Cuando estaba tranquilo, Billy no aparentaba ser una persona que disfrutara de causar problemas, pero Geese sabía que su actitud podía ensombrecerse y convertirse en una fiera determinación. Aquella era una combinación muy particular.

—¿Qué edad tienes? —preguntó Geese, bebiendo un sorbo de café y decidiendo que no necesitaba ser brusco con Billy esa mañana.

—Dieciséis —respondió Billy.

—¿Cómo acabaste viviendo en la calle?

El muchacho se retrajo un poco, como quien espera ser lastimado, pero al cabo de un instante respondió con voz suave:

—Cuando mis padres murieron, mis parientes hablaron de enviarnos a un hogar para menores. No podía permitir que se llevaran a Lilly y huimos.

—¿Hace cuánto ocurrió eso?

—Casi un año…

—¿Cómo murieron tus padres?

—No lo sé… —La voz de Billy tembló y el muchacho clavó la mirada en el rostro de Geese—. ¿Por qué haces tantas preguntas?

—Tómalo como una entrevista de trabajo —respondió Geese, y luego continuó—: Es curioso que no sepas lo que sucedió con tus padres. ¿No intentaste averiguar?

—Claro que lo intenté, pero nadie me dijo qué había pasado, ¿está bien? —respondió Billy a la defensiva.

—¿Mantienes contacto con tus parientes?

Geese usó un tono sereno, a pesar de que Billy había fruncido el ceño y sus ojos comenzaban a verse molestos. El muchacho apretó los dientes, pero acabó respondiendo.

—Ese Kane que tu secretario mencionó, es mi tío —murmuró—. Él es el que iba a enviarnos a un orfanato. No quería saber nada de él, pero cuando Lilly enfermó… fui a pedirle ayuda.

—Tu familia tiene dinero —comentó Geese.

Billy rio secamente.

—Mi tío tiene dinero —corrigió.

—¿Y no quiso ayudarte?

Billy respiró profundamente y negó.

—Dijo que si volvía a intentar contactarlo, se llevaría a Lilly —murmuró.

—Tal vez habría sido mejor para tu hermana. Así ella habría podido encontrar un hogar, en vez de seguir viviendo en la calle.

—¿Crees que no lo he pensado? —dijo Billy con un estremecimiento de rabia—. Pero no podía correr el riesgo. Las personas que mostraron preocupación por Lilly en realidad querían otra cosa…

—¿Cómo lo sabes?

—¡Me ofrecieron dinero por ella! —exclamó Billy, furioso.

Geese le dio unos segundos para que se calmara. Fue a buscar una cajetilla de cigarrillos a la mesa de la sala y, al volver, Billy estaba con la mirada baja, sus hombros tensos, las manos cerradas con fuerza contra su regazo.

—¿Es así como tuviste la idea de ofrecerte tú mismo? —preguntó Geese, encendiendo uno de los cigarrillos, pronunciando las palabras con deliberada lentitud. Estaba siendo duro con sus preguntas, pero Billy no estaba obligado a responder. El muchacho era libre de terminar esa conversación si así lo quería.

Billy le dirigió una mirada dolida y humillada, y se levantó de la mesa y se dirigió a una de las ventanas. Observó la calle aún oscura, lejana, varios pisos más abajo.

Geese fumó en silencio, hasta que Billy habló, sin volverse hacia él:

—¿Por qué insistes en eso? —dijo Billy con voz tensa—. ¿Piensas que es despreciable que alguien tenga que hacer ese tipo de cosas por dinero? ¿Crees que lo quiero volver a hacer?

—Es un trabajo como cualquier otro —respondió Geese—. Sólo quiero conocer un poco mejor a mi posible nuevo empleado. Por tu actitud, no fue una experiencia agradable.

—Lo odié —murmuró Billy, cruzándose de brazos—. Odié que hubiera gente pensando en hacer esas cosas con Lilly.

Geese dio una larga calada al cigarrillo.

—¿Has pensado en vengarte? —preguntó.

Billy se volvió hacia él, desconcertado.

—No… —respondió vacilante.

—¿No te gustaría hacerlo?  —ofreció Geese.

La molestia de Billy se transformó en confusión, porque Geese estaba sonriendo de forma desagradable, como si disfrutara ideando formas en que las personas podían pagar una afrenta.

Billy reflexionó, sin apartar la vista del rostro de Geese y su sonrisa. ¿Vengarse? ¿Haciendo qué? ¿Arruinando el negocio de su tío? ¿Buscando a las personas que se habían acostado con él?

Ninguna de esas opciones le producía un atisbo de satisfacción.

—No sé qué ganaría con eso —murmuró Billy finalmente, y fue el turno de Geese de mostrar un breve desconcierto—. Supongo que esperabas que respondiera que sí —sonrió Billy un poco avergonzado.

—Ajustar cuentas no está de más.

Billy regresó a la mesa y se sentó en el borde de la silla, pensativo. Geese continuó fumando y Billy tosió e hizo un gesto impaciente con la mano para disipar el humo.

—Puedo comprar la empresa de tu tío, o incluso mandarlo a la quiebra —instigó Geese con aire indiferente, probando tentar al muchacho—. Podría dejarlo sin un centavo y viviendo en la calle. Bastaría que lo pidas. Te aseguro que será placentero.

Billy negó y contempló a Geese, cautivado una vez más. ¿Cuánto poder tenía ese hombre, que hablaba de comprar o cerrar empresas como si fuera lo más normal del mundo?

—No quiero vengarme de nadie. Si voy contigo a otra ciudad, nada de eso importará, ¿verdad? —señaló Billy con simplicidad, y luego hizo una pausa y apartó la mirada, incómodo—. Pero… Sí hay algo que quisiera pedirte —murmuró—: Algo más fácil que planear una venganza. Y no tienes que aceptar. Sólo fue… algo que se me ocurrió…

—¿Qué? —preguntó Geese.

—¿Quizá tu secretario podría averiguar dónde están enterrados mis padres? Me gustaría… visitarlos…

Geese tardó un momento en responder.

Billy esperaba con la mirada clavada en la mesa, y retorcía los dedos de sus manos. Aunque había intentado simular indiferencia al hacer la pregunta, esperaba que Geese aceptara. Aquel tema era importante para él.

Geese pensó en la respuesta que daría bajo una circunstancia normal: si Billy ya hubiese sido su empleado, lo habría regañado para que no volviera a molestarlo con esa clase de sentimentalismos estúpidos.

Pero no podía hacer eso, porque, en un momento de vergonzosa vulnerabilidad, Billy había confiado en él lo suficiente para mostrar que aún echaba de menos a sus padres.

Aquella era una oportunidad para ganarse al muchacho.

—Veré qué puedo hacer —respondió Geese.

Billy se sorprendió de recibir una respuesta afirmativa con tanta facilidad.

—Gracias —murmuró, sincero y aliviado.

No pudieron seguir conversando porque Atkinson volvió, y Geese desvió su atención hacia él.

Billy se retiró discretamente, llevando consigo el desayuno de Lilly a la habitación.

La charla que había tenido con Geese lo había dejado sintiéndose un poco abrumado, pero también más tranquilo. El empresario era extraño, pero no era tan mala persona como Billy había temido. No estaba seguro de a qué se refería Geese cuando decía que era el “dueño de una ciudad”, pero iba a averiguarlo pronto, cuando fuera con él a los Estados Unidos.

 No le pesaba abandonar Londres, porque seguir a Geese era una oportunidad para dejar atrás aquella existencia miserable. Lilly y él irían a lugar nuevo, y, con suerte, llevarían una mejor vida.

No debía pensar en Geese como un benefactor, porque eso era ambicionar demasiado, pero al menos el empresario le daría un trabajo y un sueldo, y eso sería suficiente.

Sin embargo, a media mañana, Billy tuvo que replantearse lo que pensaba sobre la generosidad de Geese Howard, cuando la mujer que los había atendido la noche anterior llegó trayendo bolsas de ropa recién comprada. Había algunos vestidos para Lilly, y camisas y pantalones y un largo abrigo negro de lana para él.

Después de vestirse, Billy no se reconoció en el espejo. El conjunto le recordaba a su uniforme de colegio. Le hizo rememorar aquella tarde en que había llegado a casa y se había encontrado con la noticia de que sus padres habían fallecido. El comienzo de la larga pesadilla.

Billy tocó la tela de la camisa, a la altura de su pecho, donde sentía un apagado dolor. Geese les había dado comida, ropa y un lugar donde dormir. Le había ofrecido un trabajo. Les había dicho que irían a un lugar mejor.

¿Por qué seguir negándose a aceptar lo que estaba sucediendo?

Iban a estar a salvo. Geese en verdad iba a rescatarlos.


Billy estaba arrodillado en el suelo, concentrado ordenando algunas facturas en la mesa baja de la sala. Geese había salido, y sólo él y Lilly se encontraban en la habitación del hotel.

La salud de la niña había mejorado considerablemente en esos últimos días, y en ese momento Lilly se encontraba recostada en el cómodo sofá, viendo televisión, cubierta con una manta ligera.

Billy la miraba y se preguntaba si esos días al lado de Geese eran un sueño. Todo estaba yendo bien. Ahora que conocía un poco mejor al empresario, comprendía que Geese no era un hombre ruin, pero tampoco se podía decir que fuera una persona agradable.

Queriendo ser de utilidad para Geese, Billy se había ofrecido para ayudarlo en lo que fuera, y por eso había acabado a cargo de ordenar algunas cajas de facturas que, al parecer, contenían algunas cuentas dudosas.

Oyeron unos golpes en la puerta y, sin que Billy alcanzara a responder, alguien se anunció:

—Servicio de limpieza. Con permiso.

Un hombre mayor vestido con el uniforme del hotel entró y se sobresaltó al verlos ahí.

—Lo siento, pensé que no había nadie. ¿Debo volver después? —preguntó educadamente. Sus cabellos eran castaños, y sus ojos de un marrón oscuro casi negro.

—No, no estorbaremos —indicó Billy.

—Haré un poco de ruido con la aspiradora —dijo el hombre.

—No importa —respondió Billy.

El trabajador asintió y fue por sus implementos de limpieza, y empezó a ocuparse de las habitaciones. Billy continuó concentrado en los papeles, pero con el oído atento. Era la primera vez que veía a ese hombre. Podía tratarse del Smith que era el contacto de su antigua pandilla.

Billy confirmó que sus sospechas eran ciertas unos minutos después, cuando el hombre terminó de limpiar y volvió a la sala, secándose las manos con una gastada toalla.

—Te ves bien, Billy. Andrew envía sus saludos.

Billy se puso de pie de golpe, con el ceño fruncido y procurando que Lilly quedara tras su espalda. La niña se incorporó en el sillón, observándolos, pero no dijo nada, porque Billy le había advertido que algo como eso podía pasar, y también le había asegurado que no debía preocuparse.

Smith sonreía. Era más alto que Billy, y visiblemente más fuerte. Sus ojos oscuros brillaron con desprecio cuando miró a Billy de pies a cabeza y reparó en las finas ropas que el muchacho tenía puestas.

—¿Qué quieres?

—Parece que Howard te ha tratado bien. Traicionar a tus compañeros resultó muy rentable, por lo que veo.

Billy guardó silencio, con las manos cerradas en puños. El hombre continuó sonriendo y, con un ademán casual, sacó un cuchillo plegable de su bolsillo.

—No puedes hacernos nada. Sabrán que fuiste tú —dijo Billy, cubriendo mejor a su hermana.

—Quizá tienes razón… —respondió el hombre, pensativo—. Es lo que le dije a Andrew. Pero no importa. Ahora que he confirmado que estás aquí, dejaré que él se encargue del resto. Es increíble cómo un lugar tan lujoso puede ser tan inseguro, ¿no te parece? Cualquiera puede entrar y salir.

—Informaré al señor Howard.

—¿“Señor Howard”? —rio el hombre—. ¿Te ha domesticado tan fácil? —preguntó, y, como Billy no respondió, continuó—: Da igual, es demasiado arriesgado seguir trabajando en este hotel, de todos modos. Lo demás depende de Andrew. Tú sabes cómo es de rencoroso, de seguro enviará a alguien a castigarte. A ti y a tu hermana. Está realmente molesto.

—Que deje a mi hermana fuera de esto —dijo Billy en voz baja.

—Es muy tarde, Billy. Teníamos muchos planes para ese dinero, y tú lo arruinaste todo. —Smith miró el cuchillo pensativo, y luego volvió a guardarlo en el bolsillo—. ¿Crees que un hombre rico te va a proteger? No sé cómo lo convenciste de ayudarte, pero, a la menor señal de problemas, seguro te echará a la calle, porque es ahí donde perteneces.

—No puedes saber eso —gruñó Billy.

—Esperemos un poco y veamos quién tiene razón. De todos modos, si ese hombre decide defenderte, acabará malherido, o quizá muerto. Como ves, esto sólo puede acabar de una manera.

El rostro de Billy se ensombreció de rabia, pero el muchacho no respondió.

Smith hizo un ademán como despedida y se dirigió a la puerta con una risa desdeñosa.

Su mano estaba en el picaporte cuando Billy habló:

—Espera.

El hombre se volvió despacio, curioso.

—No quiero que nadie salga lastimado —dijo Billy, mirando hacia la alfombra—. Si prometen dejarnos en paz, puedo… Puedo conseguir ese reloj… ¿Sería suficiente?

—¿Esta noche? —preguntó el hombre sin tardanza.

—Sí —murmuró Billy tras un titubeo—. Puedo tomarlo mientras el señor Howard duerme. Pero tienen que prometerme…

—Que nadie saldrá lastimado, te escuché la primera vez —interrumpió el hombre con mofa.

Billy alzó la mirada despacio, ocultando las ganas que tenía de golpearlo.

Acordaron una hora y un lugar, en un parque lejos de ahí, donde se encontrarían para que Billy entregara el valioso Rolex. No fue necesario que el hombre repitiera lo que sucedería si Billy no cumplía su parte del trato.


—¿Fue fácil? —preguntó Geese aquella tarde. Acababa de llegar, y se había sentado en el sillón, soltándose la corbata con un gesto un poco impaciente mientras Billy le informaba sobre lo sucedido con Smith. Su largo cabello rubio estaba desordenado porque afuera corría una ventisca que anunciaba una noche de nevada.

—Fue tal como dijiste —respondió Billy, de pie frente a él. Lilly estaba en la sala, observándolos curiosa, pero huyó tosiendo al dormitorio apenas Geese encendió un cigarrillo—. Creyó que estaba asustado y no hizo preguntas.

—¿Qué te pareció? ¿Lo disfrutaste?

Billy negó con la cabeza.

—Pensé que se daría cuenta.

—¿De qué? Estabas diciendo la verdad —señaló Geese, mientras se sacaba el reloj de pulsera dorado y se lo ofrecía a Billy.

El muchacho lo recibió con ambos manos, sorprendido por su solidez y su peso.

—Cuídalo bien —dijo Geese con una sonrisa maliciosa.


Billy caminó por el sendero tenuemente iluminado del parque, bajo los altos árboles desnudos. Había comenzado a nevar, pero los copos eran ligeros, y desaparecían al tocar el suelo de tierra.

El lugar estaba desierto, pero el camino colindaba con el patio trasero de una larga hilera de casas de ladrillo, y en algunas ventanas aún había luces encendidas. Billy podía oír el rumor de voces y el sonido de algunos radios y televisores.

Estremeciéndose de frío a pesar de su grueso abrigo, Billy aceleró el paso en dirección al lugar acordado con Smith para la reunión. Tenía las manos metidas en los bolsillos, y sujetaba el reloj dorado entre sus dedos con un poco de nerviosismo.

Era la primera vez que manipulaba a una persona de esa manera. Si él hubiese tenido que lidiar con ese asunto, posiblemente habría acabado recurriendo a los golpes en el hotel, incapaz de mantener la suficiente sangre fría para dar respuestas calmadas y fingir estar intimidado.

Sin embargo, esta vez Geese le había indicado lo que debía decir, y la actitud que debía mostrar, y Billy sólo había tenido que obedecer. Para su sorpresa, Geese había anticipado la forma en que Smith procedería. El empresario dijo acertadamente que ese hombre no mencionaría a la policía, porque era muy infrecuente que unos pandilleros involucraran a las fuerzas de la ley en sus asuntos. Ninguna de las partes tenía por qué temer que una patrulla apareciera de improviso en el parque. Geese también concluyó que no tenían que preocuparse de que el resto de la pandilla de Andrew se presentara. Era casi seguro que Andrew no se enteraría de que esa reunión había tenido lugar. Tanto Smith como el costoso Rolex desaparecerían de la ciudad sin dejar rastro.

Billy había dudado, pero al final había admitido que lo que Geese decía tenía lógica.

El sendero se volvió más oscuro y, al llegar a un letrero con el mapa del lugar, Billy tomó un desvío hacia la izquierda, alejándose de las viviendas y adentrándose entre las filas de árboles.

No tardó en ver algunas mesas de madera en un claro. Un hombre de cabello oscuro esperaba ahí.

—¿Lo trajiste? —dijo Smith al verlo, acercándosele después de mirar en derredor y comprobar que estaban solos.

Billy asintió, sacando el reloj de su bolsillo y entregándolo tras un titubeo.

El hombre se apresuró a envolverlo en un pañuelo y guardarlo en el bolsillo de su chaqueta.

—Tengo algo que decirte… —dijo Smith de pronto—. Es un poco bajo de mi parte, pero supongo que un traidor como tú comprenderá: no puedo dejar que te vayas. Tú sabes. Para evitar posibles rumores sobre que yo robé este reloj…

—No diré nada —dijo Billy.

—Mejor estar seguros.

Billy esquivó su sorpresivo puñetazo y empujó al hombre con fuerza hacia atrás. No tenía órdenes de pelear, y esa noche había asistido desarmado.

Al ver que Billy se iba a resistir, Smith extendió su mano hacia el bolsillo de su pantalón, donde guardaba su cuchillo. Sin embargo, se quedó a medio gesto cuando Geese apareció en el claro, ajustándose sus guantes negros con aire indolente.

—¿Qué es esto? —gruñó Smith al reconocerlo.

Geese continuó ocupado con sus guantes algunos segundos más y luego respondió:

—Creo que tienes algo que me pertenece.

Reaccionando por reflejo a la presencia amenazante de Geese, el hombre retrocedió un paso, pero se recuperó al momento siguiente y la lanzó un golpe al empresario.

Billy observó asombrado cómo Geese esquivaba el golpe haciendo su rostro ligeramente hacia un lado.

El segundo golpe solamente encontró aire, porque Geese ya no estaba ahí. Se había movido detrás del hombre y lo observaba con ojos entrecerrados.

—Patético —dijo Geese.

Como respuesta sólo hubo una exclamación ahogada, porque Geese rodeó el cuello del hombre con un brazo y tiró hacia atrás, atrapándolo en una llave de estrangulamiento.

Billy observó atónito cómo Smith forcejeaba y se retorcía y clavaba sus dedos en los brazos de Geese en vano. Lo vio dar codazos contra el torso de Geese, pero el empresario pareció no sentirlos. La llave no se aflojó, y el rostro de Smith comenzó a tornarse rojo.

Con un escalofrío, Billy se dio cuenta de que Geese no había estado bromeando cuando dijo que iba a matar a ese hombre. Su semblante estaba impasible, sus ojos celestes helados. Debido a la posición que mantenía, su mejilla estaba apoyada contra el cabello oscuro de Smith, y sus cuerpos se tocaban, como si aquél fuera un abrazo.

—Espera… —dijo Billy sin saber por qué, dando un paso hacia ellos. Smith forcejeaba con menos fuerza. Su rostro estaba oscureciéndose. Sin embargo, el instinto de supervivencia prevaleció y, con un último esfuerzo, el hombre sacó el cuchillo de su bolsillo y lo desplegó—. ¡Cuidado! —advirtió Billy, golpeando la muñeca de Smith, haciendo que el cuchillo saliera despedido hacia un lado.

Geese no dijo nada. Sin aflojar la presión, contempló a Billy y no apartó la mirada, mientras Smith hacía un último y fútil intento por liberarse.

Billy se quedó inmóvil, paralizado por la forma en que Geese lo estaba observando. Aunque no podía ver los labios del empresario, notaba la sonrisa en sus ojos. Geese estaba sonriendo complacido mientras acababa con la vida de ese hombre.

El cuerpo de Smith se sacudió de pronto. Geese lo mantuvo firmemente sujeto hasta que las últimas convulsiones pasaron y, cuando todo acabó, lo dejó caer al suelo sin miramientos.

Geese y Billy se observaron un largo rato, en medio de tenues copos de nieve que caían lentamente sobre el claro. Geese se sacudió el polvo de la ropa con un frío aire indiferente, como si ya se hubiese olvidado del cadáver que yacía a sus pies. Billy descubrió que no podía apartar la mirada.

Después de un rato, Geese rio, bajo.

—No pareces muy afectado. Supongo que no es la primera vez que ves morir a alguien.

—He visto a personas morir antes —admitió Billy en voz baja, embelesado. Geese era un hombre desalmado, que podía reír segundos después de haber matado a alguien.

—No suelo hacer esto —dijo Geese, sacudiéndose las manos enguantadas—. Usualmente dejo que el personal se ocupe de este tipo de asuntos sin importancia. —Geese hizo una pausa, y su rostro adoptó un aire un poco cruel—. Es de lo que espero que te encargues si trabajas para mí.

Billy guardó un tenso silencio. Observó el cuerpo sin vida, derrumbado sobre la tierra del parque, y luego alzó la vista hacia Geese.

Vio a la persona para la que iba a trabajar. Un hombre al que no le importaba el valor de una vida humana, y que había cometido un asesinato con sus propias manos y a sangre fría, para desquitarse de un intento de robo que ni siquiera había tenido éxito. Alguien que podía sonreír y actuar como si nada hubiera pasado, mientras el cadáver de su víctima aún yacía tibio a sus pies.

Por primera vez desde que lo había conocido, Billy sintió que Geese le estaba mostrando quién era él realmente. Ya no había intenciones ocultas tras su sonrisa. El brillo desagradable en su mirada se debía a que era una persona a la que no le importaba tener sangre en las manos.

Pero, extrañamente, nada de eso cambiaba la gratitud que Billy sentía hacia él.

Sin hablar, Billy se acercó al cadáver y se inclinó. Introdujo su mano en el bolsillo de la chaqueta de Smith y sacó el reloj de Geese con sumo cuidado, sin tocar nada más que el pañuelo que lo envolvía, para no dejar huellas. Revisó que estuviera intacto antes de devolvérselo al empresario.

—¿No tienes nada que decir? —preguntó Geese, recibiendo el reloj.

Billy esbozó una sonrisa tenue, y se dio cuenta de que tal vez él y Geese tenían algo en común: ambos podían sonreír sin mostrar respeto por una vida perdida. Quizá, en el fondo, él también era un desalmado, y por eso, a pesar de lo que había visto, aún quería trabajar para Geese.

—Gracias por confiar en mí —dijo Billy, alzando la mirada.

Geese volvió a reír.

—Creo que estás malentendiendo la situación —dijo, pero viéndose complacido con la respuesta del muchacho.

Billy decidió que le gustaba cuando Geese lo miraba así.


El cementerio estaba casi desierto esa fría mañana de mitad de semana. La hierba cubierta de escarcha amarilleaba bajo el cielo nublado, tan gris como las lápidas que se alineaban en silenciosas hileras manchadas por el moho y la humedad. Las flores de encendido rojo, amarillo y violeta de los ramos dejados por los visitantes rompían un poco la monotonía del paisaje, pero no disipaban la densa melancolía que invadía todo el lugar.

Billy avanzaba a solas por el silencioso jardín, llevando un pequeño ramo de flores celestes en las manos.

Las pocas personas con las que se cruzó lo saludaron con un educado inclinar de cabeza, tomándolo equivocadamente por un joven de dinero, debido a las elegantes ropas que vestía. Billy se sintió extraño al volver a ser tratado como una persona normal. Aquellos adultos ya no lo rehuían ni se apartaban tomándolo por un sucio delincuente. Más bien, lo observaban con algo de lástima, porque alguien tan joven visitando un cementerio a solas no era habitual.

Sin embargo, Billy no se sentía solo. Geese había ido con él, y se había quedado esperándolo en la limosina, después de indicarle que no tardara demasiado. El empresario le había dado dinero al verlo observando pensativo los ramos de flores que vendían en la tienda a la entrada del lugar. Billy había dicho que no era necesario, pero Geese lo había hecho callar con una mirada.

La inesperada amabilidad de Geese había atenuado la molestia causada por el desacuerdo que habían tenido esa mañana en el hotel. Billy había querido traer a Lilly consigo para que se despidiera de sus padres antes de abandonar Londres, pero Geese había descartado esa idea como una molestia innecesaria. Había dicho que la niña era muy pequeña y probablemente aquella visita no significaría nada para ella. En unos años ni siquiera recordaría a sus padres.

Billy se había sentido furioso ante la autoridad con la que Geese hablaba, porque el empresario no podía prever lo que Lilly sentiría o recordaría.

Pero, al final, Billy había tenido que ceder y Lilly había permanecido en el hotel.

Billy bajó la mirada hacia el ramo de flores, y maldijo entre dientes, aprovechando que nadie podía oírlo. No podía permanecer molesto con Geese. Después de todo, el empresario había averiguado dónde estaba la tumba de sus padres. Y, además, lo había acompañado al cementerio sin que Billy se lo pidiera.

Aminorando la velocidad de sus pasos, Billy leyó las inscripciones en las lápidas, hasta dar con los nombres que buscaba, y que lo hicieron detenerse abruptamente, provocándole un profundo dolor en el pecho.

Dentro de sí, tenía la esperanza de que sus padres aún estuvieran vivos en algún lugar, pero ver los nombres grabados en la lápida de piedra fue una confirmación de que en verdad los había perdido para siempre. Billy se sintió como aquella noche un año atrás, cuando sus tíos le habían dicho que sus padres estaban muertos y, aun así, él había esperado que su padre y su madre aparecieran en cualquier momento, a aclarar que todo había sido un terrible malentendido.

Billy tocó la lápida con dedos fríos y luego se inclinó a dejar el ramo de flores sobre la hierba. El dolor desapareció lentamente y sólo quedó un tenue entumecimiento.

En silencio, Billy saludó a sus padres y les explicó todo lo que había sucedido. Resignado, aseguró que había hecho su mejor esfuerzo por proteger a Lilly, y que, aunque había tomado algunas malas decisiones, estaba convencido de que podría cuidar mejor de su hermana en el futuro. Les contó sobre el trabajo que había conseguido con un extraño empresario extranjero, y que irían con ese hombre a Estados Unidos.

“Creo que él ve a Lilly como una molestia, pero… aun así… ha sido considerado con los dos… Y me dijo que ella estaría segura…”, pensó Billy, dirigiéndose a sus padres mientras recorría los nombres grabados en la lápida con sus dedos. “No se trata de una buena persona, pero quiero ir con él…”, el muchacho dejó pasar unos segundos, a pesar de saber que no recibiría ninguna respuesta. “¿Estoy cometiendo un error?”

Billy suspiró con amargura. Estaba teniendo una conversación con dos personas muertas cuyos espíritus ni siquiera estaban ahí. Pero no podía detenerse, porque echaba de menos hablar con sus padres. Extrañaba las conversaciones diarias que había dado por sentado. ¿Qué mal había en hablarles una última vez?

“Al parecer el trabajo requiere saber pelear…”, continuó, sonriendo levemente. “Si estuvieran aquí de seguro me prohibirían aceptar… Pero… algo bueno salió de todas las peleas en la escuela y los problemas que les causé, ¿no?”

Billy alzó la mirada hacia el cielo gris, recordando sus días como escolar. Nunca había dudado en acabar disputas con sus compañeros usando violencia. Nunca había rehuido una pelea. Tal vez, en el fondo, tenía una afinidad con ese tipo de comportamiento. Por eso había acabado perteneciendo a una pandilla, y por eso ver a Geese Howard matando a alguien no había cambiado su decisión de trabajar para él.

Apesadumbrado, Billy se apartó de la tumba. No quería que sus padres supieran eso sobre Geese. No quería decepcionarlos diciéndoles que iba a trabajar para un criminal.

Billy se despidió y volvió con pasos lentos a la entrada del cementerio, cuestionando sus decisiones. Sin embargo, se olvidó de todo cuando vio a una alta figura en la distancia, de pie fumando un cigarrillo donde el sendero se dividía. Geese se volvió hacia él al sentirlo acercarse, su largo cabello rubio y elegante abrigo negro sacudidos por la brisa helada.

Billy caminó hacia su futuro jefe, olvidando sus dudas, sintiéndose afortunado y agradecido de tener a alguien como Geese cerca de él.

—No te ves muy satisfecho. ¿No fue lo que esperabas? —preguntó Geese con tono burlón.

—No sé qué esperaba —confesó Billy, y su voz salió temblorosa porque estaba tiritando de frío, después de pasar largos minutos de pie sobre la hierba húmeda—. Pero gracias por permitirme hacer esto. 

Geese respondió con un suave “hm” y dejó caer el cigarrillo al suelo, pisándolo para apagarlo. Echaron a andar hacia la salida, donde la limosina esperaba, y de pronto Billy oyó el rumor de telas y sintió que Geese le ponía su pesado abrigo negro sobre los hombros.

Billy se apresuró a sujetar el abrigo para que no resbalara y cayera sobre el suelo del sendero.

—No es necesario, no tengo tanto frío —murmuró Billy sin saber por qué, avergonzado al sentir la agradable calidez de Geese aún impregnada en la tela, y el aroma del empresario mezclado con el olor del humo de sus cigarrillos.

—No voy a aplazar el viaje de regreso sólo porque cogiste un resfriado —replicó Geese despreocupadamente.

Billy no respondió a eso, sólo se cobijó mejor bajo el abrigo y, al llegar a la limosina, se adelantó al conductor y abrió la puerta para Geese.

El empresario le dirigió una mirada complacida y la pesadumbre que Billy sentía se desvaneció.