Actions

Work Header

Lealtad

Chapter Text

Sin apartar la mirada del viejo pergamino, Geese alzó el vaso de whisky para llevárselo a los labios y frunció el ceño al notar que estaba vacío. Consideró servirse un poco más, pero, después de pensarlo un momento, dejó el vaso junto a la botella de licor, y replegó el pergamino con delicadeza.

Reclinándose contra el mullido respaldo del sofá, el empresario frotó suavemente sus ojos cansados. No había notado el transcurrir del tiempo, y había estado forzando la vista por horas, leyendo lentamente aquel viejo manuscrito chino, cuyos trazos a pincel casi se habían desvanecido.

Esa noche no se encontraba en la Geese Tower. Estaba en su mansión, en el tranquilo distrito acaudalado de la ciudad.

Hacía años que no usaba esa enorme propiedad como residencia, pero el lugar era aislado y seguro, y Geese aún mantenía en las bóvedas algunos objetos de valor que había adquirido durante sus años de entrenamiento, mucho antes de que consiguiera amasar su fortuna. Aunque valiosas, no le agradaba tener esas pertenencias cerca de sí, porque estaban estrechamente ligadas a recuerdos desagradables.

Sin embargo, algunos de esos objetos contenían información que, súbitamente, volvía a ser relevante.

Geese hizo un gesto de desagrado al mirar la hora. Eran las dos de la mañana y ya no tenía sentido volver al rascacielos. Era mejor pasar la noche ahí.

Su habitación conectaba con aquella sala, y siempre estaba preparada para recibirlo, aunque llevara años sin utilizarla.

Mientras se ponía de pie, Geese sonrió con burla hacia sí mismo, porque un inevitable pensamiento cruzó por su mente: ¿No había notado el paso del tiempo porque el muchacho no estaba ahí para decirle que debía tomar un descanso?

Geese se encaminó hacia las ventanas con pasos lentos. Podía oír la voz de Billy en su mente, diciéndole cortésmente: “Geese-sama, es tarde, debería descansar…”

¿Cuántas veces había ignorado al joven para seguir trabajando? Más de las que podía contar, ciertamente. Pero, al menos cuando Billy estaba cerca, el trabajo o las preocupaciones no lo absorbían de tal manera. En ocasiones había llegado a posponer algunos temas pendientes, sólo para que el joven dejara de insistir.

Geese apoyó sus dedos en el alféizar, sin decidir entre sentirse molesto o complacido.

La sala se encontraba en el segundo piso de la mansión, y el paisaje que esa ventana ofrecía consistía sólo del amplio jardín y la edificación donde se alojaban algunos empleados. Los edificios de la ciudad se alzaban a lo lejos, y el resplandor urbano aclaraba el cielo y ocultaba las estrellas, haciendo que aquella vista no fuera óptima.

Nuevamente, Geese pensó que, si su guardaespaldas hubiese estado con él, a esa hora él habría estado de vuelta en el rascacielos, en la comodidad de su penthouse.

Sin embargo, aquella ausencia no era culpa de Billy. Geese había decidido ir a la mansión después de que el turno del joven había acabado.

Por inercia, su mirada se dirigió a la edificación que tenía delante, y a la ventana de la habitación de Billy, cuya luz seguía encendida.

Extrañado, Geese se preguntó qué estaba haciendo Billy a esa hora.

En los últimos meses, los pasatiempos de Billy habían provocado una profunda intranquilidad en Ripper y Hopper. Aunque ya no tenían órdenes de supervisarlo, ambos secretarios continuaban vigilando al joven como si éste aún fuera un novato que podía cometer un desliz imperdonable en cualquier momento. Sin ir muy lejos, Ripper seguía viéndose sumamente mortificado cada vez que Billy se presentaba en la oficina vestido con denims o con la bandanna blanca y roja en el cabello.

Los últimos informes de los secretarios sobre las actividades de Billy habían incluido comentarios algo curiosos. Alguien había reportado un sonido similar a una explosión en la habitación del joven, y otros aseguraban haber visto fuego saliendo por la ventana.

Geese había interrogado a Billy al respecto, y el joven no había intentado desmentir los hechos. Solamente se había mostrado avergonzado de haber sido descubierto.

Sin embargo, el joven no había titubeado al explicarle lo que estaba sucediendo: en vista de que Geese iba a convocar a personas talentosas para mejorar la seguridad en sus empresas, Billy había decidido que no quería quedarse atrás. Estaba investigando una manera de complementar sus habilidades, que ampliara sus opciones al momento de enfrentar a enemigos más fuertes.

Geese había criticado los mundanos métodos del joven —¿polvos combustibles?, ¿gases inflamables?—, pero Billy había aplacado su desaprobación con una sonrisa un poco tímida. Geese no podía citar las palabras exactas, pero Billy había conseguido combinar esa timidez con una sincera admiración y una nota de arrogancia al decir que, si bien se sabía capaz de aprender a controlar su energía espiritual como lo había visto hacer a él, un viaje de entrenamiento a Asia estaba fuera de la cuestión, porque tenía responsabilidades laborales que cumplir en South Town. Y, ya que no tenía tiempo para entrenar su energía, usar un método artificial era la opción más práctica.

A eso había seguido un profundo silencio, y, mientras Geese deliberaba cómo responder a su atrevimiento, Billy había desviado la mirada hacia la puerta, como si quisiera huir de la oficina.

La incomodidad del joven había hecho que las ganas de replicar algo hiriente pasaran. Billy era la única persona en toda la ciudad que se atrevía a hablar con sinceridad delante de él, y su ingenuidad al creer que controlar el ki era algo fácil se debía, en parte, a que Geese no había compartido detalles sobre su propio entrenamiento. Ni siquiera le había mostrado a Billy la verdadera extensión de su poder.

No había mencionado los rigurosos años de preparación, el esfuerzo que había tomado, la constante pugna por ser el mejor.

El desprecio de su maestro…

Y lo que había sucedido años después.

¿Qué pensaría Billy de todo eso?

—Tonterías —murmuró Geese para sí en la sala vacía. ¿Por qué debía importarle la opinión de un simple guardaespaldas?

Sin embargo, su mirada continuó dirigida hacia la habitación de Billy en la distancia y, al cabo de unos segundos, Geese se apartó de la ventana y salió de la sala.

El guardia que vigilaba el pasillo se sobresaltó con su abrupta aparición e hizo una inclinación con la cabeza mientras Geese cerraba la puerta con llave.

—No es necesario que me acompañes —indicó Geese cuando el guardia hizo un gesto para seguirlo.

El hombre asintió, y Geese se dirigió al primer piso y luego a la puerta principal. Otros guardias se ofrecieron a escoltarlo, pero los rechazó a ellos también. No planeaba ir lejos. Solamente quería dar un paseo por el jardín, y no estaba de humor para aceptar compañía indeseada.

Una vez afuera, Geese respiró el aire fresco, que venía cargado con el aroma de la vegetación. La marcada diferencia con el aire puro en lo alto del rascacielos le recordó una vez más por qué había dejado de vivir en esa mansión.

Echó a andar, ocultando su presencia para que ningún vigilante se aproximara a verificar que todo estuviera bien. Sabía que en ese momento ofrecía una imagen insólita, aún vestido de elegante traje y corbata, cruzando la hierba del jardín en la penumbra. ¿Hacía cuánto tiempo no recorría esa propiedad por mero placer?

El vigilante de la residencia de empleados casi sufrió una conmoción al verlo ahí, y aún estaba tartamudeando un saludo cuando Geese entró sin molestarse en responderle.

Como era de madrugada, la mayoría de luces estaban apagadas, y las salas y corredores silenciosos, pero Geese encontró el camino fácilmente, y avanzó sin hacer un sonido en dirección a las escaleras.

La habitación de Billy estaba en el tercer piso, al final del pasillo. Antes de la llegada del joven, los otros empleados habían evitado por todos los medios ser alojados en ese dormitorio específico, porque era el que estaba más lejos de las escaleras, y de las comodidades de ese edificio. La sala de descanso y la cocina se encontraban en el primer piso, y las habitaciones de los pisos inferiores eran las más codiciadas.

Sin embargo, Billy había estado a gusto con su habitación. No percibió ningún defecto. Le bastó con que el lugar fuera limpio y espacioso y, meses después, incluso declinó varios ofrecimientos para mudarse al segundo piso.

El hecho de que Billy no tuviera un compañero de cuarto y fuera el único empleado con una habitación “privada” era motivo de envidia y también algunas habladurías. Sin embargo, nadie se atrevía a echárselo en cara porque Billy era, después de todo, el guardaespaldas del dueño. El resto de empleados había aprendido a dejar al joven en paz.

Geese empujó la puerta del dormitorio e hizo un sonido conminatorio al encontrarla sin asegurar, y su desaprobación aumentó al ver que la luz estaba prendida, pero Billy estaba profundamente dormido, acostado boca abajo en la parte inferior del camarote.

El joven se había dejado caer sobre los cobertores, sin molestarse en sacarse la ropa que había usado durante el día. Una de sus piernas colgaba fuera de la estrecha cama.

Ese alojamiento no estaba pensado para una estadía extensa. Las comodidades eran mínimas, y las camas angostas e incómodas. Pero, a pesar de eso, Billy no había demostrado ningún interés en conseguir un mejor lugar para vivir.

Con pasos silenciosos, Geese se movió por la habitación, estudiando el lugar. Las paredes blancas no tenían ningún adorno, y Billy no había colocado ninguna decoración. El suelo y los muebles estaban impecables, y las sillas del comedor alineadas contra la mesa, para no estorbar. Sobre la cómoda había una vieja radio, con algunos cassettes y discos amontonados alrededor. Geese resiguió los nombres de las bandas con un dedo, reconociendo vagamente a unos pocos. Billy no solía hablar sobre sus aficiones, y durante las conversaciones sobre música sólo escuchaba con atención mientras Geese comentaba sobre sinfonías y óperas. A juzgar por esa colección, tenían gustos completamente distintos.

Geese perdió el interés pronto y se dirigió a la mesa, donde encontró una serie de recipientes con químicos inflamables cuidadosamente dispuestos y etiquetados.

El sansetsukon que Billy solía llevar consigo estaba apoyado contra la pared a un lado de la cama, pero había una segunda arma, dividida en tres, sobre la superficie de la mesa. Había marcas de hollín en la madera roja, y Geese no tardó en percibir un leve olor a quemado.

Sin embargo, no había marcas de quemaduras en las paredes, ni muebles chamuscados, lo cual respaldaba la promesa de Billy de no acabar incendiando la casa.

Geese observó al muchacho dormido y luego otra vez a los recipientes que estaban sobre la mesa. Algunos de ellos contenían sustancias controladas, que no se encontraban disponibles para la población general por ser utilizados para fabricar explosivos. Billy debía haber recurrido a algún contacto de Howard Connection para poder conseguir los materiales, y no había informado sobre eso a nadie.

¿Uso inapropiado de los contactos de la compañía, o loable emprendimiento?

Como no había nada más que examinar en el dormitorio, Geese se acercó a la cama. No había estado haciendo ruido, y continuaba ocultando su presencia, pero la tentación de comprobar si Billy despertaría al sentirlo cerca era grande. De seguro el joven tendría uno de esos breves momentos de pánico en que no sabía cómo proceder, y que a Geese se le había hecho costumbre incitar.

Sin embargo, algunos segundos pasaron y el empresario sólo dejó que Billy continuara durmiendo.


Los días en Londres transcurrían nublados y grises, invadidos por una niebla espesa y fría, tan densa que daba la impresión de ser un muro impenetrable.

De pie frente a las ventanas de su habitación en el hotel, Geese no podía distinguir las torres góticas y las edificaciones victorianas que definían la particular personalidad de aquella ciudad. Sin su afamado paisaje, Londres era sólo una gran urbe que ofrecía poco atractivo para él.

En esa última semana, Geese había estado ocupándose de los pormenores de la adquisición que había efectuado. Asumir la dirección de su nueva empresa londinense había tomado más tiempo de lo que había planeado, porque los ingleses no le daban más opción que seguir los canales legales y cumplir todos los requisitos de forma lícita. A pesar de que ahora Geese contaba con secretarios y abogados versados en las leyes británicas, era poco lo que ellos podían hacer para acelerar el proceso.

Esa ciudad era completamente distinta a South Town, y Geese comenzaba a sentir que su estadía se había alargado demasiado.

Irritado, el empresario se apartó de la ventana y fue a servirse un vaso de Scotch. La sala de la suite se había convertido en un lugar de trabajo, con documentos e informes desperdigados por las mesillas y sillones. Geese había pasado algunas horas familiarizándose con los nombres de sus nuevos clientes y asociados, pero su estado de ánimo ese día no era el adecuado para concentrarse en los negocios.

Si hubiese estado en su rascacielos, habría subido a la terraza a liberar un poco de tensión entrenando por algunas horas. Tenía una necesidad insatisfecha de golpear a alguien.

Eso era culpa del muchacho rubio que había intervenido cuando Geese se preparaba para darle una paliza a los pandilleros que habían intentado robarle en la fábrica abandonada, días atrás.

Con una tenue sonrisa cruel, Geese se preguntó si el muchacho seguiría vivo. Sus pensamientos volvían a Billy ocasionalmente, sin que él se lo propusiera. Esa situación era contradictoria, porque no le importaba lo que sucediera con ese chico. Sólo sentía curiosidad por saber cómo había acabado ese asunto.

A veces, cuando rememoraba lo sucedido en la fábrica, se daba cuenta de que no había tenido sentido obedecer a Billy y retirarse. Podría haber acabado con todos esos pandilleros con sus propias manos. El único riesgo que hubiese corrido habría sido ensuciarse un poco el traje. Sólo eso.

Sin embargo, Billy había estado tan dispuesto a protegerlo, que Geese había accedido, porque, por un lado, había querido ver de qué era capaz ese muchacho. Por otro, había querido que Billy aprendiera una lección, ya que aquella muestra de impulsividad sólo podía acabar mal. Billy era prácticamente un niño que había creído poder enfrentar a una banda de adultos.

La destreza de Billy al pelear había sido una agradable sorpresa. Geese no había esperado que alguien que se veía tan delgado y mal alimentado pudiera moverse con esa agilidad, o golpear con tanta fuerza. Billy había encendido una chispa de interés en él, que se intensificó un poco más cuando el muchacho dejó de pelear y simplemente huyó.

Billy no tenía una dignidad que mantener, y no le importaba huir. El muchacho priorizaba sobrevivir.

Pero, a pesar de eso, Billy había puesto en riesgo su vida al protegerlo a él. Los miembros de la pandilla no se veían como el tipo de personas que perdonarían una traición así.

Tomando un sorbo del intenso whisky escocés, Geese se sentó en uno de los sillones y se reclinó contra el respaldo, dirigiendo la mirada hacia el ornamentado techo de la habitación.

Billy era un pequeño bribón que no había dudado en traicionar a sus compañeros, para proteger a alguien que le había dado un poco de dinero.

Pero, al mismo tiempo, aquélla había sido una muestra inesperada de gratitud, por la cual Billy no recibiría ninguna recompensa.

En las manos correctas, las cualidades del muchacho podían ser pulidas, aprovechadas.

Si es que no estaba muerto ya.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos y uno de los secretarios de su nueva empresa entró en la sala. Era un hombre de cabellos grises y hablar elegante y cortés.

—Señor Howard, conseguí los registros que pidió —dijo el hombre, acercándose y entregándole unas gruesas carpetas.

Geese las recibió y examinó los contenidos con poco interés. Su mirada se detuvo en una extensa lista de nombres y cifras, ordenada por apellido.

El secretario esperaba, sin saber si debía retirarse o no.

—¿El apellido Kane es común en Londres? —preguntó Geese de súbito, para desconcierto del secretario.

—No es infrecuente, pero tampoco se trata de un apellido común. ¿Tal vez hablamos de algunas miles de personas?

Geese asintió. La lista de nombres que tenía delante le había dado una idea.

—Años atrás conocí a un Kane. Ya que debo permanecer en la ciudad por más días de lo planeado, me gustaría contactarlo.

—Si me da su nombre…

—Recuerdo el nombre de su hijo. Un tal Billy. O William, quizá —dijo Geese, como si fuera lo más normal del mundo olvidar el nombre de un amigo, pero no el nombre de su hijo. El secretario asintió sin comentar nada, sabiendo bien que los altos ejecutivos podían llegar a ser muy extravagantes—. El niño debe tener unos catorce o quince años. Y había una niña también.

—Haré algunas averiguaciones —dijo el secretario.


—Señor Howard, es un gusto. Soy Thomas Kane.

Geese estrechó la mano ofrecida sin sacarse los guantes negros que llevaba, pero su interlocutor no pareció dar importancia a ese detalle. Kane había llegado a la reunión a la hora exacta, y a simple vista parecía un respetable hombre de negocios. Rubio y de ojos celestes, era mayor que Geese, y su rostro estaba surcado de arrugas. Por su manera de vestir, con un impecable traje cuidadosamente planchado, el hombre no era presuntuoso, pero había un inconfundible brillo ávido en su mirada.

Se sentaron en la pequeña mesa circular de aquella cafetería, cuyas paredes estaban contrachapadas de madera oscura. Una tenue nube de humo flotaba en el aire, proveniente de varios cigarrillos.

Geese contempló al hombre mientras éste saludaba a un mesero y se encargaba de ordenar café para ambos.

No había sido tan difícil dar con él. La búsqueda de un Kane con un hijo adolescente llamado “William” había producido sólo un resultado en el área de Londres, y Geese había confirmado lo que ya sospechaba: los padres de Billy estaban muertos. El pariente más cercano, y quien supuestamente se había encargado de los niños huérfanos, era Thomas, un tío de Billy.

—Su llamada fue inesperada —dijo Thomas después de que el mesero se retiró—. No sabía que mi hermano lo conocía. Fue realmente una sorpresa…

—¿Sí?

—Ah, lo lamento. Debí decir que he estado oyendo sobre usted por semanas. Verá…, también me dedico al negocio de los bienes raíces. Digamos que su más reciente inversión ha sacudido al mercado local…

Geese permitió que el hombre hablara, sin mostrar un atisbo de hostilidad, asegurándose de que Kane se sintiera cómodo en su presencia. La charla sobre propiedades y el valor de los terrenos en la ciudad resultó muy informativa, y después del café ordenaron algo de licor, y Geese esperó pacientemente a que el alcohol hiciera efecto.

Thomas Kane estaba relajado y a gusto cuando Geese finalmente preguntó por Billy. El cambio en el rostro del hombre fue evidente. A pesar de la agradable bruma del alcohol, su semblante se tornó cauteloso.

Geese mantuvo un aire benevolente, como si su interés por Billy naciera de una profunda preocupación por el bienestar de la humanidad en general, y no porque estuviera realizando indagaciones con propósitos personales.

—Si es un tema familiar del cual no desea hablar, no tiene por qué responder a mis preguntas —dijo Geese con un tono extremadamente cortés, y también calculadamente decepcionado.

—No, no, para nada. Es sólo que todo ocurrió de forma tan repentina… Pero no tiene de qué preocuparse. Actualmente Billy vive en Irlanda y se encuentra bien.

—Ya veo… —murmuró Geese—. ¿Su familia no tenía una casa en Londres?

—Alquilada —explicó el hombre.

Geese observó en los ojos celestes de Kane. El hombre mentía con facilidad, porque nadie lo castigaría por no haberse hecho cargo de unos niños que no eran suyos y que habían acabado viviendo en las calles. La suerte que había corrido Billy no era realmente importante. Lo único que Kane buscaba era aparentar haber cumplido su papel como guardián legal por ser el pariente más cercano. Proyectar una imagen de persona íntegra era excelente para los negocios, al fin y al cabo.

—Qué lástima, había oído tanto de él que me habría gustado conocerlo —dijo Geese, y luego, para entretenerse un poco más con ese hombre, agregó—: Me gustaría hacer algo por él, en nombre de mi vieja amistad con su padre. Si me proporciona los datos del muchacho, tal vez encuentre algo de tiempo para visitarlo en Irlanda. Quisiera conversar con él sobre lo que espera de la vida. ¿Cree que sería adecuado ofrecerle una subvención para cuando esté en edad de asistir a la universidad?

Tal como Geese había esperado, la mención de dinero hizo que el hombre no pudiera ocultar su súbito interés. Kane no indagó sobre la “vieja amistad” que Geese mencionaba, ni preguntó por qué un poderoso empresario estadounidense insistía en conocer a un insignificante muchacho. El dinero ofrecido parecía estar nublando sus pensamientos de manera más efectiva que el embriagante licor.

—Acabo de recordar que Billy quería visitar Londres desde hace mucho. Quizá podría hacer algunas coordinaciones para que se reúnan. ¿Hasta cuándo planea quedarse en la ciudad? —musitó Kane.

—Algunos días más —dijo Geese, manteniendo su sonrisa benévola y su rostro inexpresivo. Tal parecía que Kane sabía cómo dar con el paradero de Billy, o al menos contactarlo. La conversación había dado un giro interesante.

—Es tiempo suficiente. Veré lo que puedo hacer. Intentaré hablar con él hoy mismo.

Geese sonrió satisfecho. Londres podía ser distinto de South Town en muchos aspectos, pero la influencia del dinero era la misma en todos los países del mundo.

Salieron del café juntos, y se separaron con un apretón de manos frente a la puerta. Kane se alejó con pasos presurosos en dirección a un automóvil gris. Geese no lo perdió de vista mientras esperaba por la limosina y, apenas subió, ordenó al chofer:

—Sigue a ese vehículo.

El conductor no hizo preguntas, solamente obedeció. Llevaba días trabajando para Geese Howard y había aprendido mantener la boca cerrada y seguir órdenes, por extrañas que éstas fueran.

Por algunos minutos, siguieron a Kane por distintos barrios de la ciudad, hasta llegar a un sector donde, a lo largo de varios bloques, sólo se alzaban toscos edificios de concreto, idénticos unos a otros. Era la zona de la ciudad donde las autoridades habían erigido las viviendas conocidas como social housing.

Sin embargo, Kane no se detuvo ahí, y continuó conduciendo por calles cada vez más estrechas, hasta detenerse frente a un edificio ruinoso, de paredes de ladrillo, que, por fuera, lucía como un lugar abandonado. Kane entró en el edificio con una expresión de asco en el rostro.

—Síguelo, averigua a dónde va y procura que no te vea —ordenó Geese después de que el chofer aparcó en una callejuela transversal.

Nuevamente, el conductor obedeció.

—¿Y bien? —preguntó Geese cuando el hombre regresó y volvió a sentarse tras el volante.

—El señor Kane visitó una habitación en el último piso, pero estaba vacía. Por su reacción, creo que le molestó mucho no encontrar a nadie ahí.

—¿Qué había en la habitación?

—Unos pocos muebles rotos. Algunas prendas viejas.

—¿De adultos?

El conductor miró a Geese por el espejo del auto.

—Ahora que lo menciona, no. Había un vestido. Algunas camisetas de talla pequeña. Pero la puerta estaba rota. No se veía como un lugar habitado.

—¿Viste manchas de sangre?

—N-no… No había sangre.

Geese se cruzó de brazos, pensativo. ¿Podía tratarse del lugar donde Billy había estado viviendo? Tal vez Thomas Kane estaba molesto porque había esperado encontrarlo ahí.

Si era así, Billy de seguro había tenido que buscar otro lugar donde vivir, donde los hombres a los cuales había traicionado no pudieran encontrarlo.

Billy no debía estar muy lejos de ahí. Las personas solían permanecer cerca del territorio con el cual estaban familiarizadas, y Billy probablemente no era la excepción. Con una hermana enferma, el muchacho debía haberse visto obligado a encontrar un refugio cerca.

—Haz un recorrido por los alrededores y luego volvamos al hotel —ordenó Geese, observando el vecindario miserable por la ventanilla.


Aquella orden se repitió en los días que siguieron. Cuando no tenía nada que hacer, Geese subía a la limosina y hacía que el chofer condujera por los barrios pobres, sin un rumbo fijo. Cuando reflexionaba sobre el porqué de ese capricho por encontrar a Billy, Geese se respondía que dejar que un muchacho con tanto potencial se perdiera en las calles de Londres era un desperdicio. Quería aprovechar las habilidades de Billy y moldear al muchacho a su antojo.

A cambio de un poco de dinero, algunos vagabundos indicaron que habían visto a un chico que coincidía con la descripción de Billy y que estaba acompañado de una niña pequeña que se veía muy mal de salud. El muchacho estaba refugiado en una construcción abandonada.

Los vagabundos comentaron con una sonrisa jocosa que Billy debía haber molestado a mucha gente, porque, aparte de Geese, había miembros de una pandilla buscándolo también.

Evidentemente, la pandilla había pagado por la información, aunque no de forma tan generosa como Geese.

Mientras conducían hacia la construcción, Geese caviló sobre lo mucho que le iba a molestar si la pandilla lastimaba a Billy. Estaba comenzando a pensar en el muchacho como algo de su propiedad, porque planeaba utilizarlo para sus propósitos. No quería llegar al lugar y descubrir que aquel “bien” había sido dañado.

—Señor Howard, ¿ése es…? —El conductor señaló una calle perpendicular, donde un grupo de hombres estaba reunido.

Geese frunció el ceño, reconociendo una figura familiar. Finalmente había dado con Billy, y parecía que había llegado justo a tiempo. El muchacho estaba en la acera, retrocediendo lentamente mientras sus ex compañeros avanzaban hacia él. Billy tenía el báculo de madera en la mano, pero no podía pelear porque había una niña pequeña abrazada con fuerza a su cintura. Ambos estaban salpicados de sangre, pero desde la distancia era imposible decir si eran ellos los que estaban heridos.

Uno de los hombres se adelantó y sujetó a la niña por el hombro, separándola de Billy con un fuerte tirón, y la reacción del muchacho fue golpear al hombre con el extremo de la vara entre los ojos. Luego tomó a su hermana en brazos y la protegió con su cuerpo cuando el hombre contraatacó con una patada.

Geese sonrió complacido al ver eso. Billy no había titubeado. Parecía que para Billy era algo natural interponerse entre el peligro y las personas a las que quería proteger.

—Síguelo e intercéptalo en la siguiente esquina —ordenó Geese. Billy había rodado por el suelo después de la patada, protegiendo a su hermana contra su pecho, pero consiguió ponerse de pie con ese mismo impulso y echar a correr. Había soltado su arma con la caída, pero el muchacho no miró hacia atrás. Sólo corrió, con los pandilleros yendo tras él.

Billy maldijo con fuerza cuando la limosina le cerró el paso, pero, antes de que pudiera correr en otra dirección, la puerta del vehículo se abrió y Geese descendió.

—Sube —ordenó. Billy lo miró, sus ojos brillantes y confusos, y tardó unos segundos en reaccionar.

Para ese entonces, los perseguidores ya los habían alcanzado, y Geese dio unos pasos hacia ellos, manteniendo a Billy y a su hermana tras de sí. Bastó una fría mirada y una sonrisa burlona para indicarle a los pandilleros que si querían llegar a Billy, primero tendrían que pasar sobre él.

—Sube al auto —repitió Geese. Billy dudaba, como si subir a la limosina fuera tan mala opción como encarar a los pandilleros—. Obedece, Billy —continuó Geese, bajando su tono a uno tranquilizador. La suavidad de su voz hizo que Billy finalmente reaccionara, y el muchacho ayudó a la niña a entrar en el vehículo.

Sin embargo, en vez de subir también, Billy esperó por él.

Geese lo miró de soslayo, ocultando su extrañeza.

—Vamos —dijo Billy, impaciente, mirando a Geese y luego a sus ex compañeros.

Por segunda vez, Geese abandonó una pelea a petición de ese muchacho.

Entraron en la limosina y Billy se apresuró a tomar en brazos a su hermana, que esperaba sentada en el amplio espacio al pie de los asientos. Billy estrechó a la niña fuertemente contra sí, apartándose de Geese hasta quedar con la espalda apoyada en la puerta contraria.

—Volvamos al hotel —indicó Geese al conductor.

Al observar a los niños con detenimiento, Geese notó que la sangre que los salpicaba era de Billy. El muchacho tenía una herida en la cabeza, y su cabello rubio estaba húmedo y manchado de escarlata.

Geese sacó el pañuelo que llevaba en el bolsillo, pero Billy no lo recibió. Continuó abrazando protectoramente a la niña, manteniéndola tan lejos de Geese como le era posible.  


—Tranquila, vamos a estar bien —susurró Billy, inclinado hacia Lilly, que estaba abrazada a su cintura otra vez.

La niña no pudo responder porque sufrió un acceso de tos, y Billy la cubrió con su cuerpo, ocultándola de las miradas extrañadas de las personas que se encontraban en el vestíbulo del lujoso hotel.

Geese les había indicado que lo esperaran cerca de los ascensores mientras él coordinaba un asunto en la recepción, y había sido muy claro al ordenarles que no llamaran la atención. Sin embargo, ambos hermanos resaltaban demasiado, con sus ropas viejas y sus aspectos desaliñados.

—Oigan, no pueden estar aquí —indicó uno de los encargados del hotel—. No queremos mendigos en las instalaciones —agregó, haciendo un gesto para que se dirigieran a la puerta por las buenas, antes de que él tuviera que llamar a la seguridad del lugar—. ¿Esto es sangre? —exclamó asqueado al notar la mancha rojiza en el cabello de Billy.

—¿Hay algún problema? —intervino Geese en ese instante. El encargado enderezó la espalda al verlo y su tono cambió a uno cortés.

—No, señor, sólo…

—Espero que mis invitados no te estén importunando —continuó el empresario plácidamente, presionando el botón para llamar el elevador.

—¿In-invitados? —tartamudeó el hombre, mirando hacia los niños.

Las puertas del elevador se abrieron y Geese hizo un gesto para que Billy y su hermana subieran. Dejaron al encargado viéndose confuso en el vestíbulo.

—¿Acaso eres el dueño? —murmuró Billy, sin conseguir contener su curiosidad.

—Desde hace un par de días —comentó Geese con aire desinteresado—. ¿Cómo te sientes? —preguntó a continuación, porque la herida de Billy continuaba sangrando.

—Estoy bien —dijo Billy aún en un murmullo, manteniendo a su hermana contra sí.

—¿No nos vas a presentar? —inquirió Geese con tono burlón, mirando hacia la niña.

Billy se interpuso entre ellos, su expresión tornándose desconfiada y molesta.

—Supongo que ésta es la hermana que mencionaste. Veo que aún no mejora. —Geese esperó a que Billy se calmara, pero el muchacho se veía más molesto incluso—. Puedes tranquilizarte. Están a salvo —señaló Geese.

Sin embargo, esas palabras hicieron que Billy retrocediera un poco, como si quisiera ocultar a la niña tras su espada.

Geese se limitó a observarlo, y, en vez de hacer algún comentario mordaz, decidió darle tiempo para que asimilara la situación. Billy era prudente al no confiar en él.

Cuando llegaron a la suite, Geese señaló uno de los dormitorios que estaban sin ocupar, y Billy llevó a Lilly ahí y cerró la puerta tras de sí. El muchacho suspiró aliviado al encontrarse lejos de la mirada del empresario. Billy no lo había notado las dos primeras veces, pero estar ante la presencia de Geese en un lugar cerrado era abrumador. La manera en que el empresario lo observaba con sus fríos ojos celestes lo perturbaba. Le hacía sentir que Geese tenía intenciones ocultas.

Billy ya no era tan ingenuo como meses atrás, cuando había descubierto lo duro que era sobrevivir en las calles. Al inicio, había aceptado la generosidad de extraños, sólo para descubrir que todos ellos se le habían acercado con otro propósito. Después de ganarse su confianza, la mayoría de hombres había intentado deshacerse de él, porque en quien estaban interesados era en Lilly.

Geese podía ser como esos hombres. Tal vez sólo estaba interesado en la niña. Después de todo, ¿qué otro motivo tenía para rescatarlos? Billy no tenía nada para ofrecerle, y Geese no había mostrado ningún interés en obtener nada de él.

Los tosidos de Lilly lo trajeron de vuelta a la realidad. La niña se había sentado en la cama y respiraba con esfuerzo. Necesitaban medicinas, ropa limpia, comida…

Unos golpes en la puerta lo sobresaltaron. Billy fue a abrir de mala gana, y se encontró cara a cara con una desconocida de cabellos grises y mirada amable, que se presentó como Amelia e informó que era una de las jefas de habitaciones del hotel. Estaba ahí porque le habían informado que Lilly estaba enferma, y había traído algunas medicinas.

Billy la dejó pasar, sintiendo nuevamente una mezcla de agradecimiento y desconfianza. Estaba bien que Geese hubiese conseguido medicinas para Lilly, pero…

Algo avergonzado, Billy alzó la mirada hacia Geese, que observaba del otro lado de la puerta, sin entrar en la habitación. Geese ya no llevaba su abrigo, y solamente vestía el traje azulino y el chaleco blanco que Billy había visto la primera vez. A pesar de que se encontraban en una suite temperada, el empresario no se había sacado los guantes negros y se veía un poco amenazante, de pie con el rostro serio y los brazos cruzados.

—Esta niña está muy enferma, sería mejor llevarla a un hospital —dijo la mujer al oír la respiración trabajosa de Lilly.

—No, no podemos ir a un hospital —intervino Billy, yendo hacia la cama y apartando a la mujer.

—Pero tu hermana está enferma. ¿Hace cuánto tiene fiebre?

Billy apretó los dientes, a pesar de que la pregunta no había sido una recriminación. Sabía que había hecho todo lo posible por cuidar bien de Lilly, pero nada había sido suficiente.

—Estos niños necesitan atención médica —dijo Amelia, volviéndose hacia Geese—. Esa tos… y esa herida —agregó, señalando la sangre en el cabello de Billy.

—Quizá tienes razón —comentó Geese.

—¡No vamos a ir a un hospital! —exclamó Billy, comenzando a alterarse.

Geese ladeó su rostro ligeramente, observando al muchacho.

—Podrías comenzar por explicar la razón —señaló, usando un tono bajo que contrastó con el casi grito de Billy.

El muchacho lo miró con rabia, sintiéndose regañado.

—En el hospital harán preguntas. Querrán saber dónde están nuestros padres, y luego nos enviarán a un hogar para menores —dijo Billy—. No voy a permitirlo.

—¿Y dónde están tus padres? —preguntó Geese.

Billy apartó la mirada.

—Murieron —dijo en voz baja, odiándose un poco por estar respondiendo con la verdad.

Geese no dijo nada a eso y luego sostuvo una breve conversación con la mujer, diciéndole que evitarían ir a un hospital por el momento, y que ella debía de ocuparse de la niña. Alguien tenía que encargarse de asearla, alimentarla, conseguirle ropas. Por el contrario, Billy parecía capaz de velar por sí mismo.

—Yo puedo encargarme de Lilly —aseguró el muchacho, molesto de que Geese estuviera tomando decisiones sobre su hermana sin consultarle.

—No tengo dudas al respecto, la has cuidado todo este tiempo, ¿no es así? —respondió Geese con un tono sincero que desconcertó a Billy—. Pero tú y yo tenemos que hablar de negocios. Pensé que te tranquilizaría saber que alguien velaría por tu hermana en los momentos en que no puedas estar a su lado.

Billy no supo cómo reaccionar a esas palabras severas pero consideradas. No había un asomo de burla en el rostro de Geese. Hacía tanto tiempo que nadie mostraba esa clase de amabilidad hacia él, que Billy sintió ganas de simplemente abandonarse a todo lo que Geese dijera. La intensidad con la que quería confiar en el empresario lo atemorizaba.

—Comenzaremos por asearlos un poco, ¿sí? —dijo la mujer, mirando hacia Billy—. De seguro querrás acompañarnos. Puedo aprovechar de atender esa herida. ¿Te parece bien?

Geese dejó a los hermanos a cargo de la mujer y se retiró a la sala, donde se sirvió un vaso de whisky y se dejó caer en el sillón, perdido en pensamientos.

Había encontrado a Billy, según lo planeado, pero no había podido saborear el momento. Al enfocarse en cómo sacar provecho del muchacho, no había considerado la presencia de su hermana. Estaba claro que todo lo que Billy hacía era por ella y por protegerla. Geese aún no estaba seguro de si Lilly era una carga, o alguien a quien también podía utilizar.

Los minutos pasaron, y Geese oyó el ruido del agua corriendo en el baño, y el rumor de voces. Amelia salió al cabo de un rato, sus manos húmedas, y anunció que encargaría a alguien que trajera algunas prendas del almacén donde se guardaban los uniformes para los nuevos empleados. También iba a pedir comida para los pequeños, y acostaría a Lilly antes de retirarse.

Geese asintió e hizo un gesto de aprobación. Billy y Lilly eran aún unos niños. No había nada mejor que la presencia de una mujer con actitud maternal para que se calmaran.  


Lilly rio débilmente al verlo vestido con una camiseta verde, con el logo del hotel estampado en el pecho. Billy no tuvo más remedio que sonreír. Lilly estaba vestida igual, y la camiseta le iba enorme, pero al menos eran ropas limpias, y no estaban manchadas de sangre.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Billy, sentándose en la cabecera de la cama. Lilly asintió y se acurrucó contra él, respirando por entre sus labios.

La niña ya estaba tranquila, y, en la quietud de la habitación, parecía que había olvidado el susto de aquella tarde.

Por meses, Billy había hecho su mejor esfuerzo para protegerla del mundo. Lilly no había sido testigo de la violencia en la que Billy había estado viviendo, y no había entendido del todo por qué algunos hombres habían querido apartarla de su hermano. Esa tarde había sido una de las pocas veces en que Lilly había tenido que ver sangre, y Billy había temido su reacción…, pero todo parecía estar bien ahora.

En esa lujosa y cálida habitación, la persecución de la pandilla parecía un recuerdo lejano.

—Vamos a estar bien —repitió Billy, hablando más para sí que para Lilly.

—Es él, ¿verdad? —preguntó Lilly de pronto.

—¿Él?

—El hombre que te dio dinero —sonrió la niña, medio adormilada. Estaba bajo los cobertores, esperando que la mujer que los cuidaba trajera algo de comida y medicinas para la fiebre—. Goose.

—Geese —corrigió Billy de inmediato—. Quizá… ¿sería mejor que lo llames “señor”? Es más fácil que recordar su nombre —señaló, ahogando una risa nerviosa.

—Está bien —sonrió Lilly.

Billy le acarició el cabello, disfrutando de ese momento.

No quería tener que salir y encarar a Geese Howard. Sospechaba de qué tipo de “negocios” iban a hablar. Si él se negaba a aceptar, Lilly y él acabarían en la calle otra vez.

Cuando Geese había descendido de la limosina, Billy había tardado unos segundos en entender qué estaba pasando, o por qué Geese estaba ahí. Su confusión se había tornado en una tenue esperanza, pero no se había atrevido a formular pensamientos concretos. Encontrar a alguien que los ayudara, que los rescatara, era una fantasía de la cual se avergonzaba.

—La comida ya llegó —anunció Amelia en ese instante, entrando a la habitación empujando un carrito plateado con algunas bandejas cubiertas—. Le daré de comer a Lilly. Billy, el señor Howard te espera para que cenes con él.

El aroma de la comida hizo que Billy recordara que llevaba días sin comer, pero no sintió hambre. Notó un sabor amargo en el fondo de su garganta. Era hora de la inevitable conversación.

—Lilly, iré a la sala, no tardaré —dijo, y Lilly asintió, viéndose más tranquila que él.

Geese estaba sentado a la mesa, y el comedor olía a humo de cigarro. Billy escuchaba voces en el pasillo y el sonido de platos y cubiertos, pero la comida aún no había sido servida.

—Siéntate —indicó Geese, y Billy obedeció. Quedaron frente a frente en la mesa circular, que no era demasiado grande. No había manera de rehuir la intensa mirada de Geese, y Billy se encontró sin saber qué hacer. Aquello le produjo una intensa molestia, porque sentía que el empresario se estaba burlando de él al ponerlo en una posición tan incómoda.

Aprovechando ese momento de rabia, Billy alzó la vista y clavó sus ojos en los de Geese, que esperaba silencioso y con una tenue expresión entretenida en el rostro.

—Quiero dejar algo claro —dijo Billy con firmeza—. Agradezco que nos ayudaras, pero si intentas ponerle un dedo encima a Lilly, o si te atreves a tocarnos, te mataré.

La amenaza sonó extraña en la calma de la habitación. Billy esperó una burla como respuesta, o una muestra de desprecio. Incluso imaginó que el empresario los echaría de ahí en ese mismo instante, pero todo lo que hubo fue una leve risa complacida de parte de Geese.

—¿Y si no intento nada? ¿Habrá algún tipo de compensación? —preguntó el empresario sin dejar de sonreír.

—¿C-compensación? —repitió Billy, desconcertado.

—Los incentivos suelen funcionar tan bien como las amenazas.

Billy apretó los puños, confundido. ¿Por qué Geese parecía complacido con él? ¿Por qué sonreía? ¿Se estaba burlando?

Al ver su confusión, el empresario negó suavemente con la cabeza.

—No tienes de qué preocuparte. Hablaremos después de cenar, ¿te parece bien?

Billy maldijo para sí. Aquella consideración le producía una profunda desconfianza, como si el empresario estuviera buscando manipularlo con una falsa benevolencia.

Pero… ser tratado de esa manera era agradable.

—Con permiso. —Un camarero entró y comenzó a disponer platos y copas sobre la mesa, dirigiéndole una breve mirada de curiosidad a Billy. A continuación, el hombre acercó un carrito repleto de fuentes y recipientes, con más comida de la que dos personas podían comer.

Billy sintió la intensidad del hambre que había estado ignorando por días.

—Puedes servirte —indicó Geese, como si hubiera leído su expresión.

—Pero… —intentó intervenir el camarero, que aún no terminaba de colocar las fuentes.

Billy no lo escuchó. No recordaba cuándo había sido la última vez que había probado una comida caliente. Es más, no recordaba la última vez que había comido. Sintió un poco de vergüenza por estar tan hambriento, pero se calmó al reunir el valor para mirar hacia Geese y ver que el empresario dedicaba su atención a su propio plato, sin juzgarlo.

Con un poco de rabia, Billy comprendió que, aunque ese hombre lo estuviera manipulando al ser agradable con él y alimentarlo, la gratitud que le hacía sentir era sincera.

Si hacía todo lo que Geese pedía… ¿aquel trato iba a continuar?

Si Geese le daba su palabra de que Lilly iba a estar a salvo, tal vez no importaba lo que hiciera con él…

Tal vez…


Billy puso una toalla húmeda sobre la frente de Lilly y se acostó a su lado.

La conversación que tanto estaba temiendo no había ocurrido aún. Una llamada había interrumpido la cena y Geese había salido, dejándolos en manos de Amelia. La mujer no estaba en la habitación en ese momento, pero Billy podía oír su voz en una de las habitaciones contiguas. Le daba órdenes a alguien.

—¿Nos podemos quedar aquí? —preguntó Lilly con voz suave, volviéndose hacia él. Sus mejillas estaban un poco sonrosadas, pero parecía estar sintiéndose mejor.

—¿Te gustaría?

Lilly asintió tímidamente.

—¿A ti no? —preguntó la niña.

Billy contuvo un suspiro, porque no se trataba de eso. Sin embargo, no había razón para preocupar a Lilly, así que solamente asintió.

—Claro que me gustaría.


Unas horas después, Billy despertó con un sobresalto y se incorporó rápidamente, sin reconocer el lugar.

Le tomó algunos segundos recordar a Geese y la habitación del hotel.

Llevaba meses sin poder dormir de corrido. Su sueño estaba plagado de pesadillas y despertaba numerosas veces durante la noche, respirando agitado. La sensación de vivir en constante peligro no había pasado, a pesar de que se encontraban en la seguridad del hotel.

Agobiado, Billy se dijo que simplemente había cambiado un peligro por otro. ¿Pero qué era peor? ¿La violencia de las calles o un hombre que le producía miedo con su amabilidad?

Después de comprobar que su hermana seguía dormida, Billy salió de la cama y, descalzo y sin hacer un sonido, se dirigió hacia la sala.

El suelo alfombrado acalló el ruido de sus pisadas. El reloj en la pared marcaba casi las tres de la mañana, pero las luces de la suite estaban encendidas. Todo el lugar olía a humo de cigarro y había una suave melodía de piano sonando en la radio.

Geese seguía en la sala, en uno de los sillones, leyendo algunos papeles de espaldas a él. Billy alcanzaba a ver su largo cabello rubio cayéndole sobre un hombro, y la mano con que sostenía los documentos. Había una botella de licor en la mesa, y un cenicero repleto de colillas.

Reuniendo valor, Billy fue hacia Geese.

—¿No duermes? —preguntó, deteniéndose junto al empresario. La baja mesa de centro estaba cubierta de papeles.

Geese alzó la mirada hacia él y luego consultó la hora en su reloj de pulsera. Pareció extrañarse de que fuera tan tarde.

—Podría decir lo mismo —murmuró Geese, incorporándose, pero se detuvo cuando algunos de los papeles que sostenía en su mano cayeron sobre la alfombra con un revoloteo.

Sin detenerse a pensarlo, Billy se arrodilló para ayudar a recogerlos, y al instante siguiente se quedó paralizado al notar unos dedos en su cabello, rozándolo gentilmente.

—¿Cómo está tu herida? —La voz de Geese fue un poco distante, pero el empresario tuvo cuidado al inspeccionar el corte que Billy tenía en la cabeza, y no le produjo dolor.

Billy levantó la vista, sorprendido y furioso. Se encontró con los ojos celestes de Geese frente a él, brillando entretenidos. Supo al instante que ese hombre había dejado caer los papeles intencionalmente. Lo estaba manipulando otra vez. 

—No me toques —siseó Billy.

Geese apartó su mano con una sonrisa que no era del todo burlona. Parecía divertirle que Billy se hubiese dado cuenta de su artimaña.

Ignorando la expresión irritada del muchacho, Geese se inclinó para reunir los papeles y Billy, después de un titubeo, continuó ayudándolo. Al terminar, el muchacho entregó los folios pero no se levantó. Se quedó sentado en la alfombra, junto a la mesa y a los pies de Geese, con la mirada apartada.

—No respondiste a la pregunta —señaló Geese al ver que Billy no iba a moverse.

—Sólo es un corte, no es grave —murmuró el muchacho.

—¿Cómo está tu hermana?

—No estar en el frío le ha hecho bien —respondió Billy, aún en un murmullo, y luego frunció el ceño y miró a Geese—. Si lo que quieres es que deje a mi hermana contigo, eso no va a ocurrir —aseguró.

—¿Por qué querría eso?

—Porque eso es lo que buscan las personas como tú. Son todos unos depravados asquerosos.

—¿Conoces a otras personas como yo?

La pregunta quedó suspendida en el aire, y Billy admitió en silencio que no conocía a nadie que se pareciera a Geese.

El empresario sonrió desdeñoso y tomó la cajetilla de cigarros que estaba sobre la mesa.

—Tu hermana no me interesa —dijo—. Tú, en cambio…

Billy se estremeció con un escalofrío desagradable. Los ojos del empresario lo recorrieron lentamente, como si Geese estuviera desnudándolo con la mirada. Billy se sintió asqueado y decepcionado al concluir que lo que Geese quería era lo que él había sospechado desde un inicio.

Geese encendió un cigarrillo e inhaló largamente, sin quitarle la vista de encima. La expresión de asco de Billy hacía evidente lo que estaba pensando, y Geese rio. Billy era fácil de leer…

Horas atrás, antes de retirarse, Amelia le había informado sobre el estado de salud de los hermanos. Dejando de lado la infección en sus pulmones y la desnutrición, Lilly estaba ilesa. Pero Billy estaba cubierto de viejas marcas de heridas y la mujer dio a entender que sospechaba que alguien había abusado de él.

Geese había escuchado sin hacer ningún comentario, pero no se había sorprendido.

Por eso, ahora, adivinar los pensamientos del muchacho no le fue difícil. Había pocas cosas que un chico de la calle podía ofrecer.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Billy con voz tensa.

—Que trabajes para mí.

Una risa amarga escapó de los labios de Billy, y el muchacho negó para sí, resignado, murmurando un “pervertido” en voz baja. Estaba tan seguro de saber a qué se refería Geese con esas palabras que ni siquiera preguntó en qué consistía el trabajo. El empresario se dio cuenta de eso, y también notó la resignación de Billy, su rabia, el brillo húmedo en sus pestañas.

—Con una condición —murmuró Billy.

—¿Cuál?

—Lilly no es parte del trato. No puede enterarse, y nunca vas a tocarla. Tienes que garantizarme que no la ofrecerás en tus “negocios”.

—Esas son cuatro condiciones —señaló Geese plácidamente, observando a Billy con curiosidad. El muchacho no parecía darse cuenta de que él no estaba hablando de sexo. ¿Cuántas veces había estado en esa situación, que había llegado a esa conclusión errada con tanta facilidad?

—… y quiero doscientas libras…, no… trescientas…

Geese había planeado dejar que Billy continuara hablando para ver cuánto más podía durar aquel malentendido, pero notó que el muchacho comenzaba a sonar desesperado y al borde de las lágrimas.

—Eres un pésimo negociante —interrumpió Geese—. Debiste comenzar por preguntar las particularidades del trabajo. Te habrías ahorrado un mal rato.

Billy lo observó con completa confusión.

—Eres bastante hábil peleando. Puedo ofrecerte un puesto como parte del personal de seguridad de mis empresas.

A eso siguió un largo silencio ofuscado y Geese sonrió burlón.

—¿En verdad creíste que podía tener algún otro interés en alguien como tú? —La pregunta brotó de sus labios, maliciosa—: Velas por tu hermana, pero tus condiciones no incluyeron tu propia seguridad. ¿Tienes por costumbre dejar que otros hombres abusen de ti?

Billy se levantó de golpe, temblando de rabia.

—Todo lo que he hecho fue porque yo lo permití. ¡Nadie ha “abusado” de mí! —exclamó el muchacho, odiando al empresario. Eso era lo que había estado temiendo, el momento en que la amabilidad se convirtiera en crueldad.

Geese entrecruzó los dedos, sin apartar la mirada de Billy y su profunda molestia.

—Entonces es a lo que te dedicas…

—¡No!

—¿Cuánto te pagaron? —continuó Geese calmadamente.

—¿Q-qué? —tartamudeó Billy.

—¿Cuál es tu precio?

Billy murmuró una cifra, odiándose por estar respondiendo, sabiendo perfectamente que era menos que el dinero que Geese le había ofrecido frente a la farmacia.

—Debiste cobrar más —dijo Geese, desaprobador, y se puso de pie y dio unos pasos hasta quedar frente a Billy—. Si trabajas conmigo quizá hasta aprendas a hacer negocios.

Billy quiso retroceder, pero su cuerpo no le obedeció. Las palabras sonaban como una mofa, pero el semblante del empresario estaba serio.

Billy se estremeció al sentir el peso de la mano de Geese en su hombro.

—Puedes mantener tus condiciones. Tu hermana estará a salvo. Y, mientras obedezcas mis órdenes, no tendrán de qué preocuparse. Recibirás entrenamiento, y, si cumples las expectativas, eventualmente se te asignará un salario. ¿Qué dices?

—¿Por qué…? —murmuró Billy.

—No sabes lo difícil que es conseguir empleados adecuados en estos tiempos —dijo Geese con un leve sarcasmo.

Billy no respondió. Geese podía sentir la tensión del muchacho, la disyuntiva entre rehuir su contacto o permitirlo, resistirse o ceder.

—¿Aceptas tan fácilmente entregarte a una persona, pero dudas cuando te ofrezco un trabajo digno?

—No confío en ti —murmuró Billy—. Lo que ofreces es demasiado bueno.

—¿Es que he hecho algo para que desconfíes de mí? —preguntó Geese con lentitud.

Billy asintió, su mirada baja.

—Haces que quiera creerte —recriminó en un susurro.

Geese sonrió.

—Un trabajo estable a cambio de tu esfuerzo, ¿no te parece un trato justo? Además, nada asegura que cumplirás mis expectativas. Quien está corriendo un riesgo al ofrecerte un puesto soy yo.

Billy se apartó con un gesto más bien fastidiado. Se veía avergonzado por el malentendido, y por haberse mostrado tan vulnerable.

—Hablaremos un poco más por la mañana, cuando tus pensamientos se hayan aclarado —indicó Geese—. Ve a descansar.


Unos minutos después, en la cama y con la cabeza contra la almohada, Billy permaneció pensativo, acostado cerca de la presencia tibia de su hermana.

Aún no podía convencerse de que el ofrecimiento de Geese Howard fuera verdad. Un trabajo decente era algo demasiado bueno para ser cierto. El empresario no sabía nada sobre él, ni tenía una razón para contratarlo, salvo lo que había mencionado sobre no poder encontrar empleados aptos con facilidad.

¿Por qué les permitía quedarse en su suite? ¿No temía que Lilly y él le robaran todo lo que tenía y luego desaparecieran? ¿O que intentaran lastimarlo mientras dormía?

Por supuesto, Billy no pensaba robar ni un centavo, pero Geese no sabía eso.

Billy intentó imaginar cómo sería trabajar con ese hombre, y, para su extrañeza, la idea de obedecer sus órdenes no le pareció tan desagradable.

¿No era lo que había estado haciendo? Al seguirlo a la farmacia, al subir a su auto, al irse a acostar…

Hacer lo que Geese Howard pedía se sentía como algo natural.

Billy cerró los ojos con fuerza. ¿Servía de algo seguir pensando?

Quería aceptar trabajar para Geese.

Quería confiar en él.


Geese se había sentado en el borde del camarote junto a Billy, y continuaba observándolo dormir.

Billy no había notado el suave movimiento del colchón. Su respiración era pausada, su sueño profundo a pesar de la postura incómoda en la que yacía.

A comparación del edificio en ruinas donde había estado viviendo de niño, tener un dormitorio propio debía ser suficiente para Billy; pero contar con agua caliente y un techo bajo el cual dormir difícilmente podía ser considerado un lujo. Geese se preguntó si acaso el joven planeaba vivir en esa habitación para siempre.

Billy pasaba la mayor parte de su tiempo en las oficinas del rascacielos, y también en el ostentoso penthouse. Sabía lo que era vivir de forma magnífica, rodeado de comodidades. ¿Por qué no aspiraba a conseguir algo similar para sí mismo?

En esa habitación, los objetos de mayor valor eran, sin duda, los pendientes que Geese le había regalado, y que contrastaban claramente con el resto de modestas pertenencias del joven.

Geese dirigió su mirada hacia el pendiente que quedaba a la vista, sonriendo tenuemente. En todo ese tiempo, Billy no había alternado aquellos accesorios con otros más nuevos u otros diseños. Parecía que ni siquiera se los sacaba para dormir.

Lentamente, y sin un motivo en particular, Geese tocó el pendiente con la punta de los dedos. Y luego recorrió el cabello de Billy, buscando el lugar donde el joven había sido herido tiempo atrás en Londres. La cicatriz casi se había borrado. En unos años acabaría por desaparecer.

Sin despertarlo, Geese continuó recorriendo aquellos cortos cabellos, sumido en reflexiones.

Entre sueños, Billy sonrió contra la almohada al sentir la suave caricia.