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Lealtad

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Billy esperó por su jefe cinco minutos junto al ascensor del penthouse, y, al no verlo aparecer, fue a buscarlo, preguntándose cuál era la razón de aquel retraso. Geese no solía ser impuntual.

Mientras cruzaba el amplio departamento, entre los muebles bañados por el luminoso sol de la mañana, Billy vio el abrigo de Geese colgado del respaldo de un sofá, y lo alzó para llevarlo consigo, dándole una sacudida para estirarlo y evitar que se arrugara.

—¿Geese-sama? —llamó.

No recibió respuesta, pero oyó el rumor de una voz proveniente del estudio. Al asomarse por la puerta entreabierta, vio a Geese sentado detrás del escritorio, sujetando el auricular del teléfono contra su oído con un hombro, mientras se abotonaba las mangas de la camisa. La conversación era sostenida en japonés, y Billy no entendió todo, pero alcanzó a reconocer palabras como “información” y “paradero”.

El joven rubio asintió cuando Geese hizo un gesto para que lo esperara fuera.

Sosteniendo el abrigo en sus manos, Billy se entretuvo mirando los libros de las estanterías que delineaban las paredes, preguntándose si Geese también habría leído los que tenían títulos en latín, o si simplemente eran un adorno.

Al llegar al extremo del estante, Billy notó que Geese había dejado su reloj y billetera en la mesilla junto a la puerta del despacho. Parecía que había estado terminando de arreglarse cuando la llamada lo había interrumpido.

Billy dejó que el abrigo colgara de su brazo, y tomó el Rolex dorado de Geese. Era más pesado de lo que recordaba, y el grueso brazalete de metal se sentía sólido contra la palma de su mano. Los bordes estaban ligeramente desgastados debido al uso, y eso hizo que Billy sonriera para sí. Geese tenía otros relojes, más nuevos y modernos, pero prefería usar ése. Era el mismo que había llevado en su muñeca cuando se habían conocido.

—¿Pensando en robarlo? —preguntó Geese cuando salió de la oficina y lo vio con el reloj en la mano.

Billy rio con suavidad, mirando el reloj con aprecio, y luego negó, sabiendo que Geese se refería justamente a su encuentro en Londres, años atrás, en la época en que Billy había pertenecido a una pandilla que había cometido el error de intentar asaltar a Geese Howard.

En vez de entregar el reloj, Billy hizo un tenue ademán y Geese permitió que el joven deslizara el brazalete por su mano y luego ajustara el cierre en su muñeca. Los dedos de Billy rozaron su piel un segundo, y luego el joven se apartó.

—¿Qué pasa? —preguntó Geese al notar que Billy no lo miraba a los ojos.

—Nada, Geese-sama.

—¿Sigues preocupado por la visita de hoy?

Billy titubeó y luego asintió, mirando al empresario de soslayo. En esas últimas semanas, Geese había llevado a cabo una minuciosa reestructuración del conglomerado de empresas conocido como Howard Connection. Se había deshecho de los negocios que ya no le eran rentables, y había usado como pretexto el incumplimiento de ciertos estándares de calidad y seguridad definidos en los contratos.

En cada compañía marcada para ser descartada, los auditores —supuestamente independientes, pero en realidad contratados por Geese a través de empresas secundarias— habían encontrado deficiencias inaceptables. Cuando tales deficiencias habían sido subsanadas, los auditores habían señalado otras faltas, y así sucesivamente hasta que el periodo estipulado para corregir aquella situación había expirado. La relación comercial había sido escindida de forma legal, pero los involucrados sabían que Howard los había forzado a retirarse.

En ese momento, había un gran número de empresarios afectados que albergaban un profundo resentimiento contra el señor de South Town. Sin el respaldo de Howard Connection, sus negocios estaban destinados a irse a la bancarrota.

Geese había programado una visita a un proyecto cuya construcción había sido suspendida debido a la reestructuración. El lugar era adecuado para uso industrial, y Geese deseaba comprar el terreno de manos de los propietarios actuales, que ya no tenían los medios para completarlo.

Billy había ido a hacer un reconocimiento previo del lugar, y al instante había tenido un mal presentimiento.

El terreno era a cielo abierto y estaba flanqueado por otras construcciones que se encontraban en marcha. Sólo tenía un acceso, y parecía perfecto para una emboscada.

Probablemente las pandillas de la ciudad podían ser descartadas, porque ésa no era su zona de operaciones, pero Billy no podía liberarse de la sensación de que Geese corría más riesgo que antes, debido a toda la gente que el empresario había conseguido enfurecer con sus acciones. Aquellas personas tenían dinero suficiente para contratar asesinos a sueldo, y eso era preocupante.

Sin embargo, cuando Billy había comunicado sus inquietudes a Geese, éste las había ignorado con un gesto despectivo y un: “Es por eso que te pago para que seas mi guardaespaldas. Para poder salir de la oficina sin tener que preocuparme por esas tonterías”.

Por fortuna, Ripper había comprendido la intranquilidad de Billy y había decidido designar algunos guardias adicionales para que vigilaran desde las construcciones circundantes, por precaución.

—Si este riesgo no existiera, tu presencia aquí no tendría justificación —comentó Geese, ajustándose la corbata.

—Lo sé —respondió Billy, entregándole el abrigo.

Esa mañana, Billy había dejado su traje formal en el dormitorio, y había elegido ropas más holgadas, en caso tuviera que luchar. Los pantalones de jean que llevaba eran de un pálido celeste desgastado, y su chaqueta azul oscuro. Por un momento, había jugado con la idea de “olvidar” ponerse una camiseta, pero luego lo había considerado inapropiado. Iban a estar rodeados de personas durante el día. Había pocas posibilidades de que su jefe quisiera tocarlo.

—No pasará nada si haces bien tu trabajo.

Billy volvió a asentir.

Guardaron silencio mientras descendían en el elevador y, unos segundos antes de que las puertas se abrieran en el garaje del sótano, Billy sintió el roce reconfortante de los dedos de Geese en su espalda y comprendió que su jefe tenía razón.

No iba a pasar nada, porque él no pensaba permitir que nadie le hiciera daño a Geese.


Billy tenía quince años cuando ocurrió.

Una tarde como cualquier otra, al regresar de la escuela, encontró a algunos parientes en su casa en Londres, conversando entre sí con aire grave. Ninguno intentó suavizar la noticia, simplemente le comunicaron que sus padres habían muerto en un accidente, y luego le dijeron que fuera a su habitación a consolar a su hermana, que no dejaba de llorar y no entendía que sus padres no iban a volver.

Billy obedeció mecánicamente, sin asimilar lo que acababa de oír. En su mente, sus padres estaban regresando del trabajo, quizá atrapados en el tráfico de la hora punta, como en tantas otras ocasiones. Aquel retraso no era del todo malo, porque Billy necesitaba tiempo para pensar en una excusa para la citación que llevaba en el bolso. Había estado involucrado en una pelea en el colegio, y, aunque había salido ileso, su oponente no podía decir lo mismo.

Había recorrido el camino de vuelta a casa pensando en cómo decírselo a sus padres.

Lo que acababa de oír no tenía sentido.

Cuando Billy abrió la puerta de la habitación, vio a Lilly sentada en el borde de su cama, con el rostro enrojecido y llorando desconsolada. Lilly sólo tenía siete años, y se veía confundida, como si no entendiera lo ocurrido, y sólo supiera que algo muy malo había pasado.

Una joven que Billy no conocía le hacía compañía a la niña e intentaba calmarla.

—¿Quién eres? —había gruñido Billy, aún sin terminar de reaccionar.

—Trabajo para tu tío… —había respondido la joven, y luego los había observado apesadumbrada y salido de la habitación.

Billy pasó un largo rato abrazando a Lilly, sin saber qué decir o qué hacer. No se sentía triste ni tenía ganas de llorar, porque la situación aún era irreal. Quería que alguien entrara al dormitorio y rectificara aquel error. Sus padres no podían estar muertos. Los había visto por la mañana, y todo había estado bien. Él había evadido las preguntas sobre la escuela, como siempre, y había aprovechado para comentar que quería que le compraran el último disco de una banda que estaba de moda.

Habían pasado una mañana perfectamente normal.    

—Billy… —El suave gimoteo de Lilly fue como un ruego de la niña para que él solucionara lo que estaba sucediendo, y, al cabo de unos minutos, Billy se levantó para volver a la sala y hablar con los adultos. No podía aceptar lo que estaba pasando. Quería que alguien le dijera que todo había sido un malentendido, que todo iba a estar bien.

Billy avanzó despacio por el pasillo, sintiendo que estaba suspendido en una bruma que ralentizaba el transcurrir del tiempo. Su oído estaba atento a los ruidos de la calle, esperando percibir el sonido del auto de sus padres al llegar a casa.

Las voces en la sala discutían acaloradamente. Sus tíos, a quienes no veía desde hacía meses, estaban ahí. La joven que había estado haciéndole compañía a Lilly era una secretaria y tomaba notas en una libreta. Había más gente en la sala, otros adultos a los que Billy no conocía.

Los adultos no notaron su presencia y continuaron hablando. Aquella era una discusión de negocios. Hablaban de las deudas pendientes que los padres de Billy mantenían con algunos bancos e instituciones crediticias, y de las cuotas atrasadas por el pago del alquiler de esa casa, que pertenecía a uno de sus tíos.

Billy retrocedió hasta quedar oculto tras la puerta, y escuchó la conversación. Poco a poco, el muchacho fue sacando sus propias conclusiones y recordó las noches en que había visto a sus padres sentados a la mesa, frente a numerosas facturas. El dinero no solía ser suficiente, pero Billy no recordaba haber oído que sus padres tuvieran deudas tan altas.

—¿Qué pasará con los niños? —preguntó la secretaria.

A pesar de que no estaba emparentada con los Kane, era la única que parecía preocupada por Billy y Lilly.

Hubo una pausa y luego Billy oyó:

—Nadie quiere hacerse cargo de ellos, tendrán que ser puestos en hogares de acogida.

—¿Nadie…? —repitió la joven—. Pero…

—Todo lo que nos dejaron sus padres son deudas sin pagar. No esperarás que nos hagamos cargo también de unos mocosos inútiles.

El tono del hombre que hablaba era venenoso. Billy recordó por qué llevaba tanto tiempo sin ver a su tío. Años atrás hubo una discusión… Él había sido muy pequeño para entender de qué se trataba, pero luego de eso, sus padres se habían aislado del resto de la familia.

Su tío siguió hablándole a la secretaria, impaciente:

—Ponte en contacto con los servicios sociales. De ser posible, coordina para que vengan por los niños mañana. Quiero desocupar esta casa cuanto antes.

—¿Y el testamento?

—¿Qué testamento? —se burló el hombre—. El único legado de mi hermano son deudas. Pero su hijo ni siquiera tiene edad suficiente para empezar a trabajar.

La secretaria asintió cabizbaja y tomó algunas notas más.

Billy se retiró silencioso, sintiéndose más entumecido que antes, comenzando a aceptar la realidad. ¿Hogar de acogida? Él había oído historias y había visto suficientes series de televisión para saber cómo eran aquellas residencias. ¿Lilly y él tendrían que vivir en un lugar así? ¿Los separarían?

Billy sintió un nudo de angustia en la garganta y lágrimas humedeciendo sus ojos, pero se contuvo de llorar, porque Lilly había salido de la habitación y estaba en el pasillo, viéndose asustada.

—Billy, ¿dónde están papá y mamá?

—Volvamos a la habitación —respondió el muchacho, frotándose los ojos disimuladamente y tomando a su hermana de la mano.

Aquella noche, aún sintiendo sus emociones y pensamientos adormecidos, Billy comprobó que sus parientes y los demás adultos no tenían ningún interés en ellos. Nadie fue a la habitación a preguntarles cómo se encontraban, y, a la hora de la cena, nadie les ofreció comida. No hubo explicaciones.

Cuando Billy bajó a la cocina a conseguir algo de comer para Lilly, nadie respondió a sus preguntas. No quisieron decirle qué tipo de accidente habían sufrido sus padres, y no le hicieron caso cuando exigió verlos. Ninguno de sus parientes se compadeció de él, y mostraron completa indiferencia a sus ojos enrojecidos y su angustia.

Sus tíos se retiraron por la noche, y dejaron a la secretaria a cargo de vigilarlos. La compasión que la joven mostraba terminó por exasperar a Billy, porque decir cosas trilladas como “todo estará mejor mañana” no cambiaba nada.

Billy tomó una decisión por la madrugada, mientras Lilly dormía. No podía dejar que los adultos decidieran su suerte. Tenía que haber algo que él pudiera hacer.

Impulsivamente, Billy vació su bolso de colegio y comenzó a empacar algunas cosas, para llevarse a Lilly de ahí antes de que los empleados del servicio social llegaran.

Como era joven, no se dio cuenta de que su idea no podía acabar bien. Era sólo un niño, y no estaba pensando a futuro.

Encontró algunas libras esterlinas en la habitación de sus padres, y también reunió todos sus ahorros y los de Lilly. El dinero le pareció suficiente, porque era más de lo que nunca había tenido en sus manos.

Billy jamás había pensado en las implicancias de intentar abandonar su hogar de esa manera. No sabía lo que les esperaba.

Aún estaba oscuro cuando despertó a Lilly y le indicó que no hiciera ruido y que lo siguiera.

Salieron de la casa sigilosos. La secretaria estaba en la sala, leyendo un documento, totalmente distraída.

El aire de la calle estaba frío, pero Billy no lo percibió. Pensaba en qué hacer, a dónde ir.

El barrio donde se encontraban estaba conformado por una hilera de casas de ladrillo rojo, de fachadas estrechas, idénticas unas a otras, salvo por los colores de las puertas y los marcos de las ventanas.

Los vecinos se llevaban bien con sus padres, pero ninguno era un amigo cercano.

Sin saber a dónde más ir, Billy se encaminó a la casa de un amigo de la escuela.

En los días que siguieron, Billy aprendió varias cosas sobre el mundo. Descubrió que incluso las personas de buen corazón no estaban dispuestas a asumir una responsabilidad por dos niños huérfanos. Nadie iba a ayudarlo. La frase “vuelve con tu familia, ellos saben lo que es mejor para ti” fue repetida una infinidad de veces.

El muchacho se sintió estúpido. ¿Qué había estado esperando? ¿Que alguien los alojara, como si aquella situación fuera temporal?

La noticia de la muerte de sus padres llegó a oídos de todos sus conocidos. Los padres de sus amigos fueron puestos al tanto de que él debía volver a su casa, para que el servicio social se encargara de “ayudarlos”.

Sin embargo, a pesar de la insistencia, Billy se dio cuenta de que sus parientes no hacían ningún esfuerzo por encontrarlo. Él les había hecho un favor al irse. Si Lilly y él desaparecían, les ahorrarían a sus tíos una gran molestia.

Billy pasó algunas noches durmiendo con su hermana en estaciones de trenes, donde el flujo permanente de pasajeros y las luces intensas lo hacían sentir un poco más seguro que en la calle. Pero ésa tampoco fue una opción permanente, porque los guardias comenzaron a reconocerlos y hacerles preguntas. Les preocupaba que Lilly estuviera llorosa continuamente e incluso llegaron a poner en duda que Billy y la niña fueran realmente hermanos. El personal de seguridad preguntaba por qué no estaban con sus padres, una y otra vez.

El dinero se acabó demasiado pronto, y, una vez más, Billy aprendió que el mundo en que había estado viviendo estaba reservado sólo para aquellos que cumplían ciertas pautas. Una mañana, cándidamente, le preguntó a una mujer si podía darle una moneda para comprar algo de comida para Lilly. Hizo la pregunta educadamente, sin sentir que estaba mendigando. ¿Qué era una simple moneda? Sin embargo, la mujer se apartó de él con brusquedad, como si él fuera algo sucio.

Billy se quedó de una pieza, porque era la primera vez que alguien lo miraba de ese modo; como si él no fuera un ciudadano normal, sino algo más bajo, algo que debía ser evitado.

Lo mismo ocurrió en algunas panaderías y fruterías. Los dependientes de buen corazón que se compadecían de él y le daban comida una vez, se tornaban en frías personas desalmadas que lo echaban del local con aspereza la siguiente vez, al darse cuenta de que Billy pensaba que aquella generosidad sería permanente. Ofrecerse a trabajar para ellos a cambio de comida tampoco sirvió. Numerosos tenderos le gritaron que no querían volver a verlo rondar por sus negocios.

Pronto, debido a su aspecto desarreglado y sus ropas sucias, recibir aquel trato se volvió algo permanente. A Billy le tomó un tiempo comprender que las personas ya no lo veían como a un miembro de la misma sociedad a la que ellos pertenecían. Ahora él estaba viviendo en la calle, pidiendo comida, vestido con ropas cada vez más desgastadas.

Para ellos él era sólo otro pordiosero más.


Al llegar a la construcción, Billy bajó primero del Bentley y miró en derredor. Con un gesto suyo, los otros guardaespaldas se desplegaron en círculo, para cubrir todos los ángulos. Desde la distancia, Billy confirmó que los guardias designados para vigilar las edificaciones circundantes ya se encontraban en sus puestos.

Había una comitiva esperando por Geese a unos pasos de la limosina. El grupo estaba liderado por un ingeniero entrado en años, de aspecto no demasiado formal, que llevaba las mangas de la camisa dobladas hasta el codo. A su alrededor había una docena de capataces de obra, uniformados, que observaban el vehículo con aire indolente.

Billy les dirigió una mirada de advertencia para que no intentaran nada raro, y luego se inclinó hacia el interior del vehículo.

—Geese-sama.

Geese bajó con lentitud premeditada, tomándose un momento para acomodar su traje y su largo abrigo. Luego alzó la vista hacia la construcción dejada a medias, las vigas de concreto y las varillas de metal que asomaban de sus columnas sin terminar. Había un olor a cemento fresco en el aire.

El ingeniero y sus empleados se acercaron a Geese, observándolo como si él fuera un extraño espécimen llegado de otro planeta. Sin inmutarse, el empresario estrechó sus manos con gesto profesional.

Billy los acompañó durante el recorrido por las instalaciones, atento a cualquier peligro. Había áreas a oscuras y zonas sin construir que ofrecían escondites perfectos para algún atacante. Sin embargo, Geese caminaba escuchando las explicaciones de los capataces como si ése fuera un tranquilo y placentero paseo.

Al terminar la inspección, llegaron a un espacio al aire libre, donde el personal había instalado una mesa y extendido enormes planos sobre ella. El grupo pasó un largo rato examinando aquellos diagramas, indicando los lugares donde se podían hacer modificaciones al diseño original.

Billy observó a su jefe a unos pasos de distancia. Geese señalaba un punto específico del mapa con el índice izquierdo, y los obreros asentían. Los ojos celestes del empresario estaban entrecerrados, y su mirada era dura, como si no le agradara lo que estaba viendo. Los hombres que estaban con él eran adultos, profesionales y probablemente expertos en su campo, pero, aun así, parecían cohibidos e inquietos al oír su áspera manera de dar órdenes.

Conteniendo una sonrisa desdeñosa, Billy descansó el extremo de su bo en el suelo de tierra y se apoyó en él mientras observaba la escena. El sol matutino caía sobre la sala sin techar, y hacía que el cabello de Geese se viera incluso más rubio. No había un mechón fuera de lugar.

El empresario que él había conocido en Londres había tenido el cabello largo, con lacias hebras doradas que caían por su espalda y lo hacían resaltar dondequiera que fuese. En esa época, Billy no había visto a muchos hombres llevar el cabello así, a menos que fueran músicos o artistas, y le había bastado ver a Geese una vez para saber que lo reconocería en cualquier parte. El empresario le había parecido una figura extravagante, y también una persona intrigante en la que no debía confiar por completo.

Billy no conseguía decidir qué versión de su jefe le agradaba más.

Mientras esperaba que la reunión con el personal de la obra terminara, el joven se preguntó qué se sentiría al pasar sus manos por esos cabellos rubios y desordenarlos.

Se preguntó si algún día reuniría el valor para probar.


Geese Howard había pasado la mañana en las oficinas londinenses de una empresa contratista con la cual acababa de cerrar un millonario acuerdo. El concejo municipal de Londres había iniciado un proyecto a largo plazo para edificar viviendas sociales y proporcionar residencias de bajo costo a las personas necesitadas de la ciudad, y Geese había identificado una rentable oportunidad de negocio que proveería un flujo continuo de ingresos por dos décadas como mínimo. Sin embargo, el gobierno inglés no había tenido interés en formar una alianza con él, por tratarse de un extranjero.

En vista de eso, Geese simplemente había comprado una participación mayoritaria en el accionariado de una conocida firma local.

Esa mañana, después de la reunión, Geese recorrió su nueva adquisición. El personal lo observaba con curiosidad, pero nadie sabía aún que él era el nuevo dueño.

Las instalaciones de esa empresa eran apropiadas, sin llegar a ser lujosas. Una de sus pocas características resaltantes era una amplia cafetería instalada en el primer piso, a un lado del vestíbulo, compuesta de un acogedor salón principal decorado con tonos beige y marrón, y una terraza que daba a la calle, bordeada con paredes de vidrio templado.

Geese tomó asiento en la terraza, en una mesa alejada de los otros comensales. No tenía a ningún guardaespaldas con él, porque en esa ciudad su nombre aún no era conocido, y dudaba que hubiese alguien que quisiera matarlo. El nivel de delincuencia en Londres no era nada comparado con el de South Town, y el principal problema en los boroughs eran inofensivos carteristas. Por eso, Geese solamente había contratado a un conductor que lo llevara donde necesitara ir. El hombre estaba esperando por él en la calle lateral del edificio.

Después de ordenar un café, Geese contempló la calle y sus colores desteñidos bajo el cielo gris de Londres. Había una panadería en la acera contraria, y una farmacia a pocos pasos. Era difícil saber si se trataba de negocios modernos, o si habían existido desde la época victoriana. El planeamiento urbano de esa zona parecía poner especial cuidado en que las nuevas construcciones no desentonaran con los edificios de piedra que se alineaban a lo largo de las calles.

Había pocos transeúntes a esa hora de la mañana, y, unos minutos después, mientras revolvía el café con una cucharilla, Geese notó a una figura moviéndose de manera sospechosa por la vereda.

Se trataba de un muchacho rubio y extremadamente delgado, vestido con ropas gastadas y sucias, que tenía un inconfundible aspecto de pandillero. Estaba solo y avanzaba despacio, cojeando ligeramente.

Sin nada mejor que hacer, Geese probó deducir las intenciones de aquel desconocido. Estaba más que claro que sus propósitos no eran buenos. ¿Quería robar algo de la panadería, tal vez? ¿Asaltarla? No, ése no era el caso. El muchacho no llevaba ningún arma bajo sus holgadas y percudidas ropas.

¿La farmacia, entonces? Por su delgadez, el muchacho bien podía ser un drogadicto desesperado. Sin embargo, cuando Geese miró sus brazos buscando rastros de pinchazos de agujas, sólo vio piel pálida, manchada de suciedad, marcada por algunos rasmillones y heridas.

Ese chico rubio no estaba vestido adecuadamente para el clima helado de enero. La camiseta que llevaba era de mangas cortas y no ofrecía protección alguna contra el frío.

El muchacho llegó frente a la farmacia y se detuvo, espiando el interior, para confirmar que no hubiese otros clientes. Geese sonrió entretenido. Ahora sabía lo que estaba pasando y, por experiencia propia, sabía cómo iba a acabar ese asunto.

El muchacho entró en la farmacia y salió poco después con un frasco de píldoras en una mano, siendo perseguido por un dependiente vestido con una bata blanca.

—¡Ladrón! ¡Deténgalo!

Esquivando ágilmente algunos autos en movimiento, el muchacho cruzó la calle en dirección a la terraza donde Geese se encontraba sentado. Por un momento, Geese vio sus ojos de color celeste claro, y la determinación y desesperación que había en ellos. Aquella expresión despertó un vago recuerdo en él. El muchacho no estaba robando drogas, estaba robando medicinas.

Los pensamientos de Geese se interrumpieron cuando un transeúnte interceptó al muchacho y lo hizo rodar por el suelo con un empujón.

—¡Pequeño bribón!

El chico se encogió bajo la lluvia de patadas que el transeúnte y el dependiente le propinaron. El frasco de medicinas le fue arrancado de sus manos. Geese alcanzó a ver que se trataba de unos simples antibióticos.

Alguien estaba enfermo… ¿Alguien cercano al muchacho?

La escena resonó con un recuerdo que Geese había procurado enterrar. Él mismo había vivido una situación muy similar, en un pasado que se sentía tan lejano que bien podría haber sido otra vida.

Al muchacho le costó esfuerzo incorporarse, y permaneció sentado en la vereda mientras reunía fuerzas. Se veía débil y mal alimentado. No había notado que Geese lo observaba desde detrás del vidrio.

Para sorpresa del empresario, el muchacho sonrió de pronto e introdujo una mano en el bolsillo de su sucio pantalón. Cuando la sacó, sostenía algunas pastillas blancas en ella. La desesperación de sus ojos se tornó en alivio. A pesar de la golpiza, había conseguido apoderarse de esas medicinas.

Geese consideraba que los delincuentes y carteristas eran una plaga que aquejaba hasta a las mejores ciudades del mundo, pero, esa mañana, reconoció que el muchacho era hábil. El que se tratara de un pandillero era un detalle irrelevante.

Sin dejar de observarlo, pagó el café y se levantó de la mesa. El chico todavía no encontraba fuerzas para ponerse de pie, pero la decisión en sus ojos no se había apagado. Geese conjeturó que ese chico tenía a alguien a quien cuidar, y ese deber le daba un propósito, a pesar de lo débil que se encontraba.

Esa situación era demasiado familiar…

Molesto por permitir que un desconocido despertara recuerdos y sentimentalismos en él, Geese abandonó la cafetería y luego se dirigió a la salida. Uno de los porteros lo reconoció y le indicó que esperara, que iría a llamar a su chofer. Geese asintió, pero de todos modos salió del edificio para fumar un cigarrillo.

—¡Suéltame! ¡No eres el dueño de la maldita calle!

Geese se volvió hacia el escándalo y vio que el muchacho rubio que había robado la farmacia estaba ahora en ese lado de la avenida, forcejeando con otro de los porteros, que lo tenía sujeto por el cuello de su vieja camiseta.

—¡Te he dicho que no vuelvas a pasar por aquí!

—¡Suéltame! —El muchacho intentó golpear al portero, sus ojos celestes destellando furiosos, pero su cuerpo aún estaba resentido por las patadas que había recibido, y el chico acabó rodando por el suelo.

El empujón no buscaba lastimarlo, y el muchacho se levantó rápidamente. Sin embargo, en vez de contraatacar, palpó el bolsillo de su pantalón, y luego apretó los dientes con rabia al ver que los antibióticos que había conseguido con tanto esfuerzo estaban hechos polvo.

—Mierda… —murmuró muy bajo—. ¡Mira lo que hiciste! —le gritó al portero, lanzándole el polvo blanco—. ¡Vas a pagar!

—¡Alguien llame a seguridad…!

Geese intervino entonces, extendiendo un brazo entre el muchacho y el trabajador del edificio. El portero lo miró confuso, y el muchacho alzó el rostro y le lanzó una mirada enfurecida. Sus ojos claros se veían desesperados otra vez, húmedos, como si estuviera conteniendo lágrimas de rabia.

—Ven conmigo —ordenó Geese con tono severo, mirando fijamente al muchacho.

—¿Por qué diablos haría eso? —preguntó el chico con insolencia.

—Pagaré por esas medicinas —indicó Geese, sin dar más explicaciones, porque él tampoco estaba seguro del motivo tras sus acciones. Estaba siendo sentimental por culpa de ese muchacho y lo que le hacía recordar—. No voy a volver a repetirlo. Ven.

—Señor Howard… ¿qué hace…?

Geese ignoró al portero, y echó a andar en dirección a la farmacia. Al cabo de unos segundos, el muchacho lo siguió con pasos inestables y la mirada hosca, manteniendo una mano en su estómago, donde había recibido las patadas.

—¿Quién está enfermo? —preguntó Geese, observando al muchacho.

Éste le devolvió la mirada, pero sus ojos eran esquivos. Mantenía su distancia, como si temiera que la buena voluntad de Geese se convirtiera en un golpe traicionero en cualquier momento.

—¿Qué es lo que tiene? ¿Fiebre? —insistió Geese.

El muchacho asintió sin mirarlo. Y después de unos pasos, murmuró:

—Era un resfrío. Pensé que pasaría, pero ahora no deja de toser y no puede respirar.

—¿Quién?

—Mi hermana…

Al llegar a la farmacia, Geese empujó la puerta y la mantuvo abierta, indicándole al chico que entrara. Ya que estaba haciendo una obra de caridad, pensaba divertirse provocando un poco al dependiente.

—¿Cómo te atreves a regresar…? —exclamó el hombre de la bata blanca al ver al muchacho.

Geese se interpuso entre ellos.

—Está conmigo —indicó.

El dependiente alzó la mirada hacia Geese, listo para gritarle a él también, pero calló de súbito al ver el brillo helado en sus ojos, y la tenue sonrisa de superioridad en sus labios. Por el aspecto elegante de Geese, el hombre pudo concluir que quien estaba delante de él era un alto ejecutivo, probablemente de la empresa que estaba cruzando la calle. El acento extranjero y el porte distinguido eran intimidantes, y cabía la posibilidad de que fuera una persona importante.

—¿Tienen doxiciclina en este país? —preguntó Geese con un tono extremadamente despectivo.

El dependiente asintió y se dirigió a los estantes. Regresó con una caja blanca que Geese examinó un momento, leyendo los compuestos activos.

Después de eso, Geese se tomó un momento para inspeccionar las medicinas de venta libre que estaban exhibidas en los anaqueles. Llevaba tanto tiempo sin hacer ese tipo de compras personalmente, que aquella visita a una farmacia le estaba resultando curiosamente entretenida.

El muchacho rubio esperaba silencioso, observándolo con disimulo.

Geese agregó descongestionantes y analgésicos a su orden, y luego esperó que el dependiente calculara el total.

—La doxiciclina sólo se vende bajo prescripción médica “en este país” —dijo el dependiente, poniendo los productos en una bolsa de papel pero deteniéndose en los antibióticos. Su tono perfectamente respetuoso estaba matizado con un velado sarcasmo. 

—Estoy seguro de que eso no será problema —dijo Geese con soberana indiferencia, sacando un par de billetes de cincuenta libras y dejándolos sobre el mostrador. El monto superaba con creces el costo de los productos.

Sin esperar respuesta, Geese tomó la medicina de manos del dependiente y la dejó caer en la bolsa, que luego entregó al muchacho rubio.

Salieron de la farmacia y Geese se detuvo. El muchacho sostenía la bolsa con fuerza contra su pecho, como si debiera proteger sus contenidos. Su ceño estaba fruncido y miraba a Geese desafiante. También temblaba ligeramente, pero eso podía deberse al aire frío de invierno.

Geese conocía esa actitud. El muchacho había estado tan desesperado que no había tenido más opción que aceptar un favor de un desconocido, y ahora estaba en deuda. No podía dar media vuelta e irse. Estaba esperando que Geese dijera algo.

Sin embargo, Geese se limitó a sacar veinte libras y se las ofreció al muchacho.

—Cómprate algo de comer, parece que lo necesitas. Supongo que tu hermana también debe estar hambrienta.

El muchacho sujetó el billete con un movimiento rápido y mantuvo su distancia.

Geese lo observó. Ese chico le hacía pensar en un cachorro que había sido maltratado demasiadas veces, y que ahora desconfiaba hasta de las personas que eran amables con él.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Geese.

El chico no respondió.

—Mi nombre es Geese Howard —ofreció el empresario.

—Billy Kane —respondió el muchacho entonces.

Como no tenían nada más que decir, cada uno tomó un camino distinto, pero, tras alejarse unos pasos, Billy se detuvo y se volvió.

—Gracias —dijo, sonando sincero.

Geese asintió, y, sin girarse a mirarlo, continuó caminando hacia el auto que esperaba por él.


Aquella tarde, Billy volvió al ruinoso edificio abandonado que se había convertido en el refugio de numerosos drogadictos e indigentes sin hogar. Subió las desvencijadas escaleras sin detenerse, ignorando a las personas que le pedían comida, dinero o una dosis de estupefacientes. Mantenía la bolsa con las medicinas sujeta contra su pecho, protegiendo su valiosa carga. La comida que había comprado estaba escondida dentro y el dinero que había sobrado se encontraba seguro en el fondo de su bolsillo.

El muchacho llegó hasta el piso más alto, que estaba casi sin ocupar porque gran parte del techo se había derrumbado. Cada vez que llovía, los pasillos se inundaban, y esa área tenía un intenso olor a humedad y podredumbre.

Sin embargo, a Billy eso no le importaba. En ese piso había un departamento con una única habitación utilizable, y el hombre que manejaba aquel lugar le había permitido ocupar ese cuarto, por un precio bastante bajo.

Lilly esperaba por él ahí, acostada en un viejo colchón en el suelo.

Los dos hermanos habían hecho lo posible por convertir esa habitación en un lugar habitable. Billy había retirado escombros, y salvado algunos muebles de otros pisos que nadie quería. Aunque no tenían sillas, había una mesa baja ante la cual podían sentarse a comer. El suelo estaba limpio, y sobre una cómoda vacía había un florero donde a veces Billy ponía flores frescas para intentar dar un toque de color a aquella triste existencia.

—Lilly, ya regresé. Mira lo que traje.

En vez de palabras, Billy recibió tosidos como respuesta. Por un largo rato, el muchacho se encargó de su hermana, obligándola a comer, y luego a tomar las medicinas. Lilly protestó un poco, porque la garganta le dolía, pero cedió ante la insistencia de Billy, y, al cabo de unos minutos, se sentaron juntos en el colchón, con Billy manteniendo a Lilly entre sus brazos mientras le contaba lo que había pasado ese día.

El cuerpo afiebrado de su hermana se sentía demasiado ligero contra el suyo, a pesar de que Billy hacía todo lo que podía para conseguir alimentos y dárselos a ella. Tal vez cuando la fiebre y la tos pasaran, Lilly recuperaría algo de peso. Billy rogó en silencio que el dinero durara hasta ese entonces.

Observando las bandejas vacías de comida, Billy sintió un intenso agradecimiento hacia el estadounidense que lo había ayudado esa mañana.

Aún no entendía qué razones había tenido ese hombre para ayudarlo, pero Billy no pensaba olvidar su nombre ni su rostro, porque era la única persona que había hecho algo bueno por él, en meses.

“¿Por qué lo hizo?”

El aspecto de ese hombre, Geese Howard, era inusual. Con su largo cabello rubio peinado hacia atrás, Billy lo había tomado por un turista excéntrico al inicio. El traje azulino que llevaba se veía fino, y su ceñido chaleco blanco inmaculado parecía desafiar a la ciudad misma, donde el hollín de las chimeneas y escapes de los vehículos se asentaba sobre cualquier superficie de tono claro.

A Billy no le había agradado el brillo de superioridad en los ojos celestes de ese hombre. La expresión del rostro de Howard le decía que no era una persona de confiar. El hombre le había resultado desagradable y por eso él le había respondido de forma insolente.

Pero, aun así,  ese hombre lo había tratado bien. Había gastado cien libras en medicinas como si el dinero no significara nada para él.

Cuando Howard le ofreció las veinte libras en la calle, Billy había dudado en aceptarlas. Había estado en esa situación antes, y sabía que nadie hacía ese tipo de ofrecimientos sin buscar un beneficio propio. Más de una vez, distintas personas le habían ofrecido dinero, a cambio de que Billy les entregara lo único que tenía para dar: su cuerpo. Billy se había negado y rechazado esa opción tanto como había podido, pero luego Lilly había enfermado, y él había estado desesperado, y…

Billy sacudió la cabeza para apartar esos recuerdos de su mente. Prefirió enfocarse en el hombre de esa mañana.

Cuando vio el billete siendo ofrecido, Billy había creído que Howard le pediría su cuerpo también, pero el hombre no mostró ningún interés. Tal vez estaba por encima de eso. Si era adinerado, no había razón para que quisiera acostarse con un niño de la calle.

Billy había sentido alivio cuando el hombre se alejó, porque, incluso cuando estaba siendo amable, la mirada de Howard parecía ocultar malas intenciones.

Sin embargo, Billy no pudo resistirse a observarlo una última vez. Desde la distancia, contempló cómo Geese Howard subía en una lujosa limosina y desaparecía por la avenida.

Esa noche, Billy se acostó junto a Lilly, y ese hombre estuvo en sus pensamientos hasta que se quedó dormido.


—¿Cómo está tu hermana? ¿Mejor?

Billy asintió de mala gana, sosteniéndole la mirada a Andrew, el líder de la pandilla a la cual se había unido unos meses atrás.

Andrew era un hombre ya mayor, cruel y sin escrúpulos. A Billy no le agradaba estar bajo sus órdenes, y odiaba que ese hombre supiera de la existencia de Lilly. Sin embargo, Andrew manejaba a su grupo como si fuera un negocio, tenía buenos contactos, y a veces conseguía organizar robos que resultaban muy rentables y de bajo riesgo. Billy se había ganado su confianza al ayudarlo a defender su territorio contra una banda invasora, y ahora Andrew usaba a Billy como carterista, y lo enviaba a robar a turistas distraídos en el metro y en los pubs del centro de la ciudad.

El muchacho no estaba orgulloso de haberse convertido en un delincuente, pero no había tenido otra opción. No podía mantener a Lilly por sí mismo y el trabajar para Andrew al menos garantizaba que al final de cada día tendría unas cuantas monedas para comprar alimentos. No importaba si Billy conseguía robar algo o no. Andrew distribuía una parte de las ganancias entre todos los miembros equitativamente.

Billy sabía que no podía pertenecer a ese grupo por mucho tiempo, porque en cualquier momento Andrew podía ordenarle que se encargara de actividades más riesgosas, como vender drogas por las noches, o entrar a casas a robar. Y Billy temía no poder negarse, porque Andrew sabía en dónde estaba alojado, y que tenía una hermana pequeña a la cual cuidar.

Sí, debía dejar ese grupo pronto, pero, mientras tanto, no tenía más opción que trabajar para ellos.

—La neumonía puede ser peligrosa, especialmente sin tratamiento.

—Conseguí antibióticos hace unos días.

—Bien por ti —sonrió Andrew al oírlo—. Si el trabajo de hoy sale bien, no te faltará el dinero para comprar medicinas.

—¿Qué haremos?

—Asaltar a un hombre muy rico.

Andrew esperó a que el resto de la banda llegara al depósito abandonado donde solían reunirse, y luego explicó su plan. Billy prestó atención, sentado en unas cajas vacías a cierta distancia.

Uno de los contactos de Andrew trabajaba en un lujoso hotel cinco estrellas y estaba a cargo de mantener la suite donde se alojaba un acomodado empresario estadounidense. Por accidente, dicho contacto había visto un cronograma de actividades en la habitación y se había enterado de que esa tarde el empresario haría una visita a una planta metalúrgica que llevaba muchos años en desuso. El lugar se encontraba fuera de la ciudad, y permanecía completamente desierto. El empresario sólo estaría acompañado por el chofer de su limosina.

—Prácticamente se está entregando a nuestras manos —rió Andrew.

—Está rogando que alguien le robe, al exponerse así —comentó otro de los miembros de la banda.

Billy frunció el ceño.

—¿Es sólo eso? ¿Robar? —preguntó.

—No creo que un respetable empresario intente enfrentarnos. No hay necesidad de recurrir a la violencia si entrega lo que le pedimos.

—¿Qué vamos a robar?

—Un reloj —sonrió Andrew.

Un murmullo burlón se alzó en el grupo.

—De doce mil dólares.

El murmullo se acalló.

—¿Un reloj puede costar tanto?

—Pues el que lleva ese hombre sí —respondió Andrew—. Mi contacto lo ha visto de cerca, pero no puede robarlo en el hotel o sabrán de inmediato que fue él.

—¡Hagámoslo!

Billy no participó en el consenso general, pero pensaba hacer lo que decidiera la mayoría. Se mantuvo apartado y callado, sus pensamientos volviendo a Geese Howard. No había notado si ese hombre llevaba un reloj costoso en la muñeca. No había estado prestando atención a esos detalles durante su encuentro.

Cuando se pusieron en camino, sus compañeros escondieron navajas y nudilleras en sus bolsillos, y Billy llevó consigo un báculo de sólida madera, diciéndose que había varios otros empresarios americanos en la ciudad, y que era muy difícil que el objetivo de ese día fuera el mismo hombre que él había conocido.


El viento que corría en el llano terreno de la fábrica era helado, y Geese se puso unos delgados guantes de cuero negro mientras caminaba de vuelta hacia la limosina.

Había una sombra de descontento en su semblante, porque el largo trayecto para visitar la fábrica había demostrado ser una pérdida de tiempo. Los cimientos del lugar no habían sido planeados apropiadamente, y habían debilitado el subsuelo. Intentar aprovechar la infraestructura era imposible.

—¡Señor Howard!

El hombre que había contratado como conductor se veía intranquilo, y señalaba a un punto detrás de Geese.

—Finalmente las ratas huidizas dan la cara —comentó Geese para sí, volviéndose despacio.

Mientras recorría la fábrica, había sentido miradas sobre él, y el eco de numerosas presencias que se movían torpemente entre las sombras. Ahora esas presencias habían confluido en el patio frontal, y formaban un grupo compacto de rufianes con expresiones amenazantes. La mayoría eran hombres adultos de aspecto vulgar, pero había algunos muchachos entre ellos. Geese contó dieciocho personas. Un número considerable, pero fácilmente manejable.

—¿Qué quieren? —preguntó, como si no percibiera más amenaza que una pandilla de indeseables haciéndole perder su valioso tiempo.

El líder del grupo pareció no saber cómo responder a su molestia. Había esperado temor y sumisión, no un irritado fastidio.

—Es un bonito reloj el que llevas ahí —dijo finalmente, señalando hacia la muñeca izquierda de Geese.

Geese miró el reloj y luego asintió.

—Lo es —dijo simplemente, con una tenue sonrisa burlona comenzando a curvar sus labios.

—Nos lo llevaremos, si no es mucha molestia —dijo el líder, remedando el tono educado de Geese.

—No.

—¿Qué?

—No.

La banda compacta se puso en movimiento, desplegándose en un semicírculo amenazante.

—Señor Howard, suba al auto, pronto —pidió el chofer, sentándose rápidamente en el asiento del conductor.

Geese no lo escuchó. Recorrió los rostros de los pandilleros uno a uno, flexionando sus dedos distraídamente, pensando en cuánto iba a disfrutar golpearlos. Su mirada se detuvo en el familiar rostro de un muchacho rubio que se mantenía un poco detrás de los demás, sosteniendo una larga vara de madera en su mano.

Lo reconoció de inmediato y, aunque sólo lo había visto una vez antes, pudo leer claramente su semblante. Ese día, los ojos claros de Billy no estaban llenos de desesperación o rabia. Había incredulidad y preocupación en ellos.

—No olvides que tuvimos la consideración de pedírtelo amablemente —dijo el líder del grupo, aún simulando un hablar educado, sacando una navaja desplegable de su bolsillo.

Los otros hombres lo imitaron y avanzaron hacia Geese.

—Espera, dijiste que nadie saldría lastimado —intervino Billy, pasando entre sus compañeros.

—Si cooperaba, cosa que no está haciendo —respondió el líder.

Billy se volvió hacia Geese, sin entender por qué el empresario se mostraba burlón en una situación tan peligrosa. ¿Por qué sonreía? ¿Creía que la pandilla estaba bromeando? ¿No veía que su vida corría peligro?

—No nos deja otra alternativa, ¿eh, Billy?

Geese observó el intercambio algo intrigado. Billy estaba negando, con los dientes apretados y sus manos fuertemente cerradas en el báculo de madera. Lentamente, Billy se interpuso entre la pandilla y Geese, con sus ojos fijos en los del líder de la banda.

—No vas a lastimarlo —dijo Billy con voz tensa.

—¿Pero qué diablos haces? —preguntaron sus compañeros.

Billy no respondió. Miró a Geese por sobre su hombro.

—Vete —pidió—. Vete, rápido.

Geese contempló al muchacho con curiosidad, mientras la pandilla hacía comentarios burlones y acusaba a Billy de ser un traidor.

—¿No me escuchas? ¡Vete! —gritó Billy al ver que Geese no se movía.

—Señor Howard, por favor —pidió el conductor también. El motor de la limosina estaba encendido, listo para partir.

Después de unos segundos, Geese cedió y subió al vehículo, y Billy se encargó de detener a los pandilleros que intentaron interceptarlo.

—¿Qué demonios estás haciendo? —gritó el líder, colérico, avanzando hacia Billy.

Geese no escuchó la respuesta, porque el conductor arrancó y arremetió contra algunos de los hombres que pretendían detener la limosina con sus cuerpos. Al volverse a mirar por la ventana trasera, Geese vio al delgado muchacho enfrentándose a sus compañeros, alternando golpes de su arma con patadas y puñetazos. Sin embargo, no había mucho que un chico tan joven pudiera hacer contra un grupo conformado mayormente por adultos, y, al cabo de un rato, Billy dejó de pelear y echó a correr.

—¿Deberíamos esperarlo? —preguntó el conductor, mirando por el espejo retrovisor.

Geese negó.

—Sigue conduciendo —indicó.


Billy corrió tan rápido como pudo, escapando de los que apenas unos minutos atrás habían sido sus compañeros. Podía oír los pasos persiguiéndolo, los insultos. Lo llamaban traidor y amenazaban con matarlo. Maldijo para sí, preguntándose qué lo había llevado a proteger a Geese Howard de esa manera. Había actuado de forma impulsiva, y no había medido las consecuencias. La banda de Andrew jamás lo perdonaría; había perdido la única fuente de precaria estabilidad que había en su vida.

Y todo por proteger a un hombre al que probablemente nunca volvería a ver.

La limosina del empresario aún era visible en la distancia, frente a él. Billy corría en la misma dirección, hacia la autopista que llevaba de vuelta a la ciudad. Por un segundo, pensó que tal vez el auto se detendría y esperaría por él. Sin embargo, eso no sucedió, y Billy siguió corriendo, y el auto siguió alejándose.

A pesar de todo, ver el auto desaparecer en una curva del camino lo hizo sentirse más tranquilo. Ese hombre que no sabía cuidar de sí mismo se encontraba a salvo. Ese hombre, con su mirada desdeñosa y su extraña generosidad.


—Señor Howard, ¿podría hablar con usted en privado?

El ingeniero que había estado a cargo del recorrido en la obra se acercó a Geese, dubitativo y visiblemente nervioso. Los demás capataces permanecieron junto a la mesa donde habían estado examinando los planos, observando atentos.

La inspección del terreno había terminado, y Geese estaba listo para partir. Billy acababa de abrir la puerta de la limosina para él.

—¿Qué quieres? —preguntó Geese, sin llegar a subir al vehículo.

El ingeniero miró a Billy con desconfianza.

—En privado, si no fuera mucha molestia —insistió.

—Es molestia —dijo Billy con tono hosco. Su mal presentimiento de la mañana no había desaparecido. Quería que Geese saliera de ese lugar cuanto antes.

Geese hizo un gesto para que guardara silencio.

—Lo que sea que quieras decirme, mi guardaespaldas puede escucharlo —señaló el empresario.

El ingeniero suspiró para sí y asintió.

—Años atrás, mi empresa fue admitida como parte de Howard Connection. Nos dedicamos exclusivamente a trabajar para usted. —El hombre hizo una pausa, meditando sus palabras antes de hablar—. Le dimos prioridad a sus proyectos, y no pudimos darnos abasto para satisfacer también a nuestra propia cartera de clientes. Los perdimos a todos por atenderlo a usted, y hace un mes mi empresa fue retirada de Howard Connection con un pretexto estúpido. Estamos preparando la documentación para declararla en bancarrota. ¡Mi empresa! El esfuerzo de toda mi vida…

—¿Y quieres una indemnización? —inquirió Geese burlón, sonando impaciente por aquella larga introducción.

—Indemnización… —repitió el ingeniero, sacando una afilada navaja plegable de su bolsillo—. Sí, podría llamársele así.

Billy se interpuso entre Geese y el ingeniero en el momento en que éste atacó. Con un golpe seco, el joven hizo que la navaja saliera despedida por el aire, y, luego le dio un fuerte empellón al hombre, haciéndolo caer al suelo y alejándolo de la limosina y de Geese.

—Geese-sama, por favor suba al vehículo —pidió Billy, mientras por el rabillo del ojo veía que el grupo que esperaba junto a la mesa se ponía en movimiento. Como no habían estado armados, los obreros sujetaron las pesadas herramientas de hierro que estaban en el camino y comenzaron a correr hacia Geese. Algunos de ellos fueron rápidamente interceptados por los otros guardaespaldas, pero otros consiguieron aproximarse a la limosina.

Geese se deslizó en el asiento trasero y observó a aquel grupo de furiosos hombres con indiferencia. Billy cerró la puerta e hizo un gesto al chofer para que partiera.

—Sabía que algo así iba a pasar —gruñó Billy para sí, sujetando su bo con una mano y examinando a sus adversarios. No parecían ser diestros luchando. Eran sólo trabajadores que querían defender a su superior a como diera lugar.

Sin embargo, el trabajo manual había curtido el cuerpo de esos hombres, y enfrentarlos no fue tan fácil como había esperado. Algunos de los guardaespaldas cayeron al suelo, superados en número. Había un innegable vigor en los golpes de los obreros, una facilidad anormal cuando blandían sus pesadas herramientas.

Los ataques eran confusos y discordantes, y pronto el enfrentamiento se tornó en una caótica escaramuza en medio de gritos y nubes de polvo.


—Detén el auto —ordenó Geese.

—Pero, señor Howard, podría ser peligroso…

—Obedece.

El conductor aparcó la limosina a un lado del camino, pero mantuvo el motor encendido. Se encontraban a sólo unas cuadras de distancia de la construcción donde los obreros habían intentado atacar a Geese, y esa estrecha calle era la única vía para entrar o salir del área. Tarde o temprano, alguien pasaría por ahí, y era imposible anticipar si se trataría de un amigo o enemigo.

Nervioso, el conductor observó a su jefe por el espejo. Geese Howard se veía tranquilo, y esperaba sentado con los brazos cruzados y la mirada dirigida hacia la ventanilla.

—Un auto se acerca —dijo el conductor después de unos minutos.

Efectivamente, el vehículo negro que había escoltado a Geese hasta ese lugar los alcanzó y se detuvo al lado de la limosina.

—¿Ha pasado algo? —preguntó un guardaespaldas joven asomándose a través de la ventanilla. Tenía hilos de sangre corriéndole por el rostro, y su traje negro estaba cubierto de polvo.

—Nada —respondió el conductor.

Extrañado, el guardaespaldas miró hacia Geese e informó:

—Billy ordenó que lleváramos a los heridos al hospital, dijo que él se encargaría de lo demás. Pero usted no debería estar esperando aquí solo, señor. Me quedaré a vigilar.

—No hay necesidad.

El tono de Geese fue tajante y desconcertó al guardaespaldas. Por un momento, el joven quiso protestar, pero luego prefirió callar. Se despidió con un asentimiento y el vehículo no tardó en alejarse.


Billy caminó por entre los cuerpos de los obreros inconscientes y se dirigió a la salida, sacudiendo su ropa para deshacerse del polvo gris que la cubría.

Tendría que recorrer un largo camino de vuelta a la Geese Tower, pero sabía que enviar a los otros guardaespaldas al hospital había sido una decisión acertada. Algunos de ellos habían sufrido golpes graves durante el confuso enfrentamiento, y Billy prefería que salieran del terreno, en vez de estar estorbando.

La escolta de esa mañana no había sido adecuada para hacer frente a lo que prácticamente había sido una pelea callejera. Billy planeaba sugerir que esos hombres recibieran algún tipo de instrucción en artes marciales, porque había sido frustrante verlos sucumbir tan fácilmente a las técnicas poco ortodoxas de los obreros.

Por suerte, aquel ajuste de cuentas no había sido planeado, sino improvisado en el momento. En medio de la desorganización, nadie había intentado ir tras Geese.

Mientras ese pensamiento cruzaba por su mente, Billy notó que la limosina de su jefe estaba aparcada a un lado de la calle.

Un estremecimiento pasó por su cuerpo y Billy echó a correr sin entender por qué el vehículo seguía ahí, detenido y expuesto. ¿Había sucedido algo malo?

Su mente le ofreció una decena de terribles posibilidades, y en todas él era el culpable, por apartarse de Geese, por confiarse y permitir que estuviera solo.

Corrió tan rápido como pudo, y abrió la puerta del vehículo bruscamente.

—¡Geese-sama!

Billy se quedó de una pieza al ver a su jefe dentro del vehículo, ileso. Geese lo observó por un breve instante, extrañado por la intensidad con que el joven había gritado su nombre.

—Tardaste —dijo Geese, desaprobador, y Billy parpadeó, confuso—. ¿Te tomó tanto tiempo lidiar con unos simples obreros?  

—No pensé que había apuro… —se excusó Billy entrando en la limosina y sentándose frente a Geese, mientras el empresario hacía un ademán para indicar al chofer que podían partir.

Billy calló al darse cuenta de que la limosina seguía ahí porque Geese había estado esperando por él.

—Geese-sama…

El empresario lo miró, y Billy no pudo continuar. Quería agradecerle, y también reprocharle, el que lo hubiese esperado. Pero no podía hablarle así a su jefe frente al conductor de la limosina. Al final, Billy no terminó la frase y solamente negó con la cabeza una vez, prefiriendo dejar aquella conversación para cuando estuvieran a solas.


Esa noche, Geese subió a la terraza del rascacielos y pasó un largo rato contemplando las luces titilantes de la ciudad, con los brazos cruzados y una tensa expresión en su rostro. El paisaje de South Town permanecía invariable, pero Geese podía sentir que algo era distinto. El viento fresco que acariciaba su rostro anunciaba la cercanía de la primavera, y con ella la llegada de una nueva etapa en sus planes y su vida.

Los agentes que recopilaban información para él habían comenzado a mencionar nombres familiares en sus reportes. Nombres de un pasado no muy lejano. Algunas personas con las que Geese se había relacionado tiempo atrás estaban en movimiento, y sus presencias convergían en lugares específicos. El patrón era demasiado evidente para ser una mera coincidencia. Los propósitos de esas personas aún no estaban claros, pero era mejor estar listo cuando sus intenciones salieran a la luz.

La reestructuración que Geese estaba llevando a cabo en sus empresas era sólo un primer paso en los preparativos para encarar el futuro.

El incidente de ese día en el sitio de la construcción era una prueba de que aún quedaba mucho por hacer. Para comenzar, el personal de seguridad que empleaba actualmente era inadecuado. Billy había sugerido que el equipo de guardaespaldas recibiera otro tipo de entrenamiento, pero Geese había descartado esa idea, porque sabía que no bastaría. Había un límite para lo que las personas comunes podían hacer.

Geese se había sentido disgustado al enterarse de que Billy había ordenado a los guardaespaldas lastimados que se retiraran. Al final, quien había hecho todo el trabajo había sido el joven. Los guardaespaldas sólo habían sido estorbos a los cuales Billy había tenido que proteger.

Lo que Geese necesitaba eran hombres que supieran pelear, con destrezas adecuadas para enfrentar a cualquier tipo de oponente. Billy era muy hábil, pero no podía hacerse cargo de todo.

Una idea cruzó por su mente. ¿Qué mejor que organizar una competencia convocando a los mejores luchadores de la ciudad? Es más, ¿por qué conformarse con esa ciudad? De seguro encontraría mejores prospectos si la convocatoria incluía a todo el país, o, ¿por qué no?, al mundo.

Si organizaba tal evento, podría evaluar las capacidades de los participantes desde la comodidad de su oficina. Aquello sería muy conveniente y además proporcionaría varias horas de entretenimiento.

Sintiéndose de mejor humor, Geese preguntó:

—¿Cuánto tiempo piensas estar ahí?

—Parecía concentrado y no quería interrumpirlo, Geese-sama.

Billy había llegado minutos atrás, pero se había quedado al pie de la escalera de la plataforma de madera, aguardando silencioso.

Geese hizo un gesto para que Billy se acercara y el joven obedeció. Desde hacía un tiempo, Billy ya no se sentía como un intruso al estar en ese lugar. Geese y él habían adquirido la costumbre de disfrutar del paisaje en compañía del otro, y Billy sabía que era afortunado al ser bienvenido en los dominios privados de su jefe.

—¿A qué viniste?

—Quería hablar sobre lo que sucedió esta mañana.

Geese se volvió y Billy titubeó, pero se recompuso rápidamente. Había pasado la tarde pensando cómo tocar el tema, y no había encontrado ninguna manera adecuada, así que simplemente dijo las palabras tal como éstas vinieron a su mente:

—No era necesario que esperara por mí. Fue riesgoso. Por favor, no lo vuelva a hacer.

Geese arqueó muy levemente una ceja.

—¿Pretendes decirme lo que debo o no debo hacer?

Billy se estremeció ante el tono severo del empresario, pero se obligó a mantenerse firme y asentir.

—Mi trabajo es velar por su seguridad. Debo priorizar su bienestar, aunque eso implique tener que darle instrucciones.

Geese se permitió una risa baja ante el atrevimiento del rubio.

Billy frunció el ceño, pensando que Geese se burlaba de él. Sin embargo, al mirar a su jefe, Billy vio que la expresión tensa de minutos atrás había dado paso a un brillo complacido en los ojos del empresario, y aquello le dio valor para continuar:

—Si realmente desea esperar por mí, puede hacerlo en la seguridad de la Torre —indicó, esbozando una sonrisa tímida.

Geese contempló a su guardaespaldas con detenimiento, y se obligó a permanecer inexpresivo cuando Billy se puso nervioso y apartó la mirada. Al igual que todo lo que le rodeaba, el joven estaba cambiando también, lenta y gradualmente. La constante preocupación de Billy por su bienestar continuaba ahí, pero, como ya no tenía nada que ocultar, ocasionalmente el joven dejaba entrever el aprecio que sentía hacia él. La calidez de sus sentimientos se filtraba en su voz y su mirada.

El cariño de Billy no tenía razón de ser, desde el punto de vista de Geese. Él no era una persona que provocara ese tipo de sentimientos, y no había sido ésa su intención al rescatar al joven y darle un trabajo.

Sin embargo, era imposible estar tan cerca de aquella calidez y no reaccionar a ella; imposible sentirla una vez y no buscarla nuevamente.

Tal vez había sido un error de su parte pensar que él era inmune a ese tipo de emociones. Se había descuidado, y ahora él también estaba cambiando. Comenzaba a preocuparse un poco por el bienestar de Billy.

Era por eso que Geese había esperado esa mañana, fuera de la construcción: quería ver que Billy saliera ileso del enfrentamiento. Estaba perdiendo la perspectiva, y el joven se había dado cuenta de ello, y se lo había reprochado.

Como si notara sus pensamientos, Billy se movió, intranquilo, y continuó hablando para llenar el silencio incómodo:

—En realidad, no importa en qué lugar espere, siempre y cuando esté seguro —señaló, mirando a Geese con firmeza—. Aunque estemos en otra ciudad, o incluso en otro país, yo sabré encontrar la manera de volver a usted.

—O yo te encontraré a ti —ironizó Geese, recordando lo que había sucedido años atrás en Londres.

Billy sonrió, porque sabía a qué se refería su jefe. La primera vez que se habían visto, había sido un encuentro casual. La segunda vez, una increíble coincidencia. La tercera vez, Geese había estado buscándolo, aunque nunca lo había admitido en voz alta.

—Procuraré que eso no sea necesario —dijo Billy, sonando agradecido.

Geese asintió y luego permaneció callado, admirando su ciudad. No tenía nada más que agregar sobre el tema.

Billy se separó de él y caminó hacia el borde de la terraza, apoyando sus manos en la madera roja de la baranda para calmar el vértigo que le produjo la altura del rascacielos. Respiró el aire frío profundamente, e intentó concentrarse en el paisaje, pero le fue imposible. En realidad, estaba pendiente de la presencia de Geese unos pasos detrás de él, y sintió un cosquilleo de anticipación cuando Geese se le acercó y posó una mano contra su espalda, cerca de sus hombros.

—Se aproxima una época de cambios —habló Geese, mientras sus dedos recorrían la tela de la chaqueta de Billy y subían un poco más, hasta rozar la piel expuesta de su cuello—. El verdadero trabajo comenzará pronto.

—Sólo dígame qué necesita, y haré lo que usted ordene —respondió Billy, distraído por la caricia.

—¿No quieres saber en qué consiste? —preguntó Geese, desaprobador, pero con un brillo entretenido en sus ojos. Tal vez debía dejar de intentar tener conversaciones con Billy cuando lo estaba tocando. Parecía que al joven se le hacía difícil concentrarse cuando estaban así.

Billy negó con la cabeza.

—No importa lo que pida, lo haré.

 Geese sonrió al oírlo, y concluyó que, definitivamente, hablar sobre trabajo mientras acariciaba al joven no era conveniente. Bajo otras circunstancias, la respuesta de Billy lo habría llevado a tachar al joven de necio, por asumir un compromiso de esa forma tan irreflexiva, sin averiguar primero de qué se trataba. Sin embargo, en vez de recriminar, lo que hizo fue bajar su brazo y deslizarlo alrededor de la cintura de Billy, tirando ligeramente, hasta que la espalda del joven quedó apoyada contra su pecho.

Billy se puso rígido por la sorpresa, pero poco a poco cedió al contacto, mientras sus mejillas adquirían un toque de color. No se atrevió a volver el rostro, sólo descansó su peso contra Geese y, sin apartar la mirada del horizonte, murmuró:

—Saber que puedo ayudarlo a alcanzar sus metas es suficiente.

—Necesito un hombre de confianza que no sólo siga órdenes, sino que las ejecute de forma satisfactoria. Si no consigues hacer eso después de semejante afirmación, voy a estar muy decepcionado —advirtió Geese, inclinando su rostro y hablando cerca del oído de Billy por pura malicia, porque no podía evitar sentirse divertido por el sonrojo del joven.

—No lo defraudaré, Geese-sama —dijo Billy con firmeza.

—Bien.

Mientras contemplaban la ciudad juntos, Geese reflexionó sobre lo que había logrado en esos últimos años. Los negocios, su fortuna, su poder, todo lo había conseguido por sí mismo. Nadie había estado a su lado, y él no había necesitado de la ayuda de nadie. Es más, había planeado continuar por ese camino, porque, en verdad, no necesitaba de ninguna persona para hacer realidad sus objetivos.

Sin embargo, no podía negar que se sentía satisfecho de tener a Billy con él. Contar con el apoyo incuestionable del joven era agradable.

Con una risa baja, Geese estrechó un poco más a Billy y el joven se entregó al abrazo en silencio, sin atreverse a apartar la mirada del horizonte.