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Lealtad

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La víspera de Navidad, el ambiente en la Geese Tower estaba inusualmente festivo.

A diferencia de otros años, los empleados habían recibido un inesperado permiso para vestir ropas casuales ese día, y las instalaciones se encontraban decoradas con motivos navideños. En medio del vestíbulo se alzaba un árbol de varios metros de altura, decorado de forma bastante recargada, con cintas, luces y bolas multicolores. Alguien había agregado un poco de algodón blanco en los pasamanos de las escaleras para simular nieve, y de las puertas colgaban coronas de ramas de pino.

Algunas de las secretarias tenían instaladas luces de Navidad en sus escritorios, y las oficinas de cada planta habían organizado un intercambio de regalos.

Cuando Billy llegó al rascacielos por la mañana, notó que el personal estaba haciendo cualquier cosa menos trabajar. Sin embargo, no dijo nada, porque un día de descanso y socialización en la oficina ayudaba a crear una mejor atmósfera, y producía una ilusoria sensación de estima proveniente de la compañía. Según estudios, el desempeño del personal mejoraba cuando éstos se sentían apreciados. Sacrificar un día al año para incrementar la productividad general sonaba razonable.

Era por ese motivo que Geese Howard había autorizado las actividades navideñas, e incluso había informado que el personal podría retirarse un poco más temprano ese día.

Los trabajadores estaban contentos y no habían notado que aquel gesto era sólo un frío cálculo basado en números y porcentajes. Habían recibido una bonificación decembrina además de sus salarios, y el buen humor era casi palpable.

Billy saludó con un leve asentimiento a las recepcionistas y se dirigió al ascensor. Al igual que los otros trabajadores, ese día él llevaba ropas casuales y vestía unos pantalones de denim azul oscuro y una chaqueta del mismo material que había encontrado hacía poco en un mercado de pulgas. La prenda le había llamado la atención por el estampado en la espalda: un círculo rojo con una equis sobre un cigarrillo, y el texto “no smoking”.

Su cabello rubio estaba oculto bajo un pañuelo de franjas blancas y rojas, y las personas que lo acompañaban en el ascensor lo miraron de reojo, disimulando su curiosidad.

A medida que subían, el ascensor se fue vaciando, y pronto Billy quedó a solas con su reflejo en las paredes de espejo.

El joven frunció el ceño al encontrar su propia mirada.

Su aspecto había cambiado un poco en esos últimos años. Su cuerpo había adquirido una definición más adulta, porque en los últimos meses había comenzado a entrenar regularmente con Geese y eso le había ayudado a ganar musculatura. Sin embargo, aunque estaba a punto de cumplir veintiún años, aún poseía cierto aire juvenil que hacía que algunos invitados de su jefe lo llamaran “muchacho” con un tono despectivo.

En ocasiones, Billy se preguntaba si las otras personas podían reconocer sus orígenes con sólo mirarlo, y por eso mostraban ese desprecio hacia él. El rumor de que Geese Howard lo había recogido de la calle se había convertido en un secreto a voces, y el desdén que mostraban algunas personas se había incrementado. Más de una vez, Billy había oído comentarios de socios o accionistas que se preguntaban por qué Geese Howard mantenía a alguien de clase tan baja en su círculo de confianza. La conclusión a la que solían llegar era que Geese era un millonario excéntrico. No había otra explicación razonable. El “señor de South Town” ciertamente podría haber conseguido un mejor “ejemplar” de haberlo querido, pero prefería a un chico de la calle por razones desconocidas.

“Howard debe ser el tipo de persona que prefiere adoptar un perro abandonado antes que pagar por uno de pedigrí. A veces pasa. No es tan extraño”, había comentado alguien, y el tono burlón y las risas que siguieron habían enfurecido a Billy. Entendía que se burlaran de él, pero le desagradaba mucho más que alguien hiciera mofa de las decisiones de Geese.

Las puertas del ascensor se abrieron y los pensamientos de Billy se interrumpieron.

La planta donde se encontraba la oficina de Geese también estaba decorada con pinos verdes y cintas doradas y rojas. Una melodía navideña sonaba, muy bajo, desde algún lugar.

Las recepcionistas no estaban en sus puestos, y, al verlo, las jóvenes saludaron e hicieron un ademán para volver tras sus escritorios. Sin embargo, Billy les indicó que no era necesario. Estaba claro que nadie iba a ser productivo ese día.

Se dirigió al despacho de Geese y golpeó dos veces. Entró sin esperar respuesta.

Como era usual, se acercó al escritorio para saludar a Geese con una inclinación. El empresario leía el periódico como todas las mañanas, y tenía una taza de café en la mano. Geese no vestía casualmente. Llevaba un correcto traje negro, con una camisa celeste del mismo tono que sus ojos, y una corbata oscura.

A diferencia del resto del edificio, no había ningún adorno navideño en el despacho.

Un montículo de sobres blancos sin abrir esperaba sobre el escritorio. Alguien había dejado un abrecartas al alcance de Geese, pero el empresario no estaba interesado en la correspondencia.

—Qué desperdicio de día —comentó Geese sin apartar la mirada del periódico.

—El personal parece estar divirtiéndose. Eso es bueno para la moral —dijo Billy con un tono ligero.

Geese lo observó de reojo. El joven iba a cumplir tres años trabajando para él, y su actitud inevitablemente había cambiado con el tiempo: Billy había adquirido la costumbre de mostrarse un poco más relajado cuando se encontraban a solas, sin nadie para verlos.

Nuevamente, South Town vivía un tiempo de relativa paz. Dos años atrás, Billy se había encargado de la última persona que había intentado levantarse contra Geese y la muerte de ese hombre había servido para desmoralizar a los delincuentes de poca monta que soñaban con apoderarse de la ciudad.

Si aquella muerte había afectado a Billy de alguna manera, el joven hacía un buen trabajo ocultándolo. No habían vuelto a hablar sobre el tema, y Geese no había intentado indagar. Tampoco había tenido necesidad de enviar a Billy a cumplir otro encargo similar.

La principal tarea de Billy en esos años había sido estar con él.

Sin que Geese tuviera que pedirlo, Billy tomó los sobres blancos que estaban sobre el escritorio y comenzó a abrirlos uno a uno, rasgando el borde con el abrecartas. Todos contenían tarjetas con saludos de Navidad.

El joven leyó el nombre de los remitentes y Geese respondió a cada uno con un “hmph” en distintas entonaciones.

—¿Qué debo hacer con esto? —preguntó Billy al terminar, mostrando la veintena de tarjetas. Sabía que era usual exhibirlas. Las secretarias en las plantas inferiores habían creado murales pegando aquellos buenos deseos en las paredes.

—Tíralas a la basura —dijo Geese distraídamente.

Billy contuvo una protesta, porque hacer eso era un desperdicio. Algunas de las tarjetas más vistosas eran delicadas y elegantes, con aplicaciones de tela y brillante escarcha. Incluso había una que, al abrirla, emitía una musiquilla que había hecho que Geese gruñera con desagrado.

El joven miró el cubo de basura, y el triturador por el cual debían pasar todos los documentos descartados. Pensó en Lilly y en las manualidades que la niña hacía durante sus ratos libres.

—¿Qué pasa? —Geese había apartado el periódico y observaba a Billy, que continuaba de pie, dudando.

—Me preguntaba si puedo conservarlas —dijo Billy.

—¿Para qué? —preguntó Geese, sinceramente curioso.

—Creo que mi hermana podría hacer algo útil con ellas —respondió Billy en voz algo baja.

—Ya veo…

Billy observó a su jefe. Había una sonrisa tenue en los labios de Geese, pero el joven no supo leerla. ¿Geese pensaba que aquella petición era ridícula?

—Si las quieres, quédatelas —dijo Geese finalmente—. Sólo asegúrate de eliminar cualquier nombre que aparezca en ellas.

Billy asintió. Tendría que deshacerse de los sobres y del cuerpo de las tarjetas, pero no importaba. Eran las carátulas las que le interesaban.

Tomó prestada una cuchilla del portalápices del escritorio, y se dirigió a los sillones de cuero negro que rodeaban una mesa de centro unos metros más allá. Puso manos a la obra, y pasó algunos minutos cortando las cartulinas en dos, con cuidado, para no estropear los diseños.

Parecía que él tampoco iba a ser productivo esa mañana.

Geese se le acercó un poco después y le entregó un sobre vacío de mediano tamaño para que guardara las tarjetas.

Thanks, boss —sonrió Billy.

Geese lo observó, porque eran pocas las ocasiones en que el joven se dedicaba a una tarea tan mundana en su presencia. Billy estaba entretenido y, por un momento, Geese lo vio como el muchacho que había rescatado, y no como el joven que trabajaba para él y que cumpliría veintiún años cuando llegara la medianoche.

La niñez de Billy había sido interrumpida por la muerte de sus padres, y luego su adolescencia no había sido la de un muchacho normal. En vez de salir al mundo a hacer amigos, Billy había estado entrenando y preparándose para trabajar. En vez de socializar y divertirse, había tenido que tratar con personas que lo despreciaban.

Geese se preguntó si lo que veía era el resultado de aquel desfase. Billy estaba distraído, como un niño con un juguete nuevo; sus dedos brillaban con la escarcha dorada y plateada que había caído también sobre la superficie de la mesa. El joven sopló para deshacerse de ella, y empeoró las cosas al desperdigarla por toda la mesa y parte de la alfombra.

—Lo siento, lo limpiaré de inmediato —dijo Billy, y, a falta de algo mejor, se sacó el pañuelo que llevaba en la cabeza y lo usó para reunir los rebeldes puntos brillantes.

La mirada de Geese se dirigió al desordenado cabello rubio de Billy, a su cuello expuesto, y a la línea de su quijada que comenzaba a verse más definida y le daba un aire menos juvenil y más resoluto.

La ropa que el joven llevaba ese día tenía un estilo callejero, con costuras descosidas y áreas intencionalmente desteñidas. Bajo la chaqueta, su camiseta gris tenía un estampado gastado, apenas legible.

El pañuelo rojo y blanco era una adición curiosa a su atuendo y llamaba bastante la atención. Billy había elegido un estilo muy particular.

La primera vez que Geese lo había visto vestido así, había concluido que el joven poco a poco estaba definiendo su identidad. Tal vez Billy lo hacía de forma inconsciente, pero comenzaba a diferenciarse del resto de empleados, incluso cuando vestía el mismo uniforme que ellos.

Geese no había tardado en comprobar que estaba en lo correcto. El cambio en Billy había sido gradual, pero continuo. Había comenzado con algo discreto, con una pequeña muestra de vanidad de parte del joven.

Una mañana, Billy se había presentado a trabajar llevando unos pequeños pendientes plateados en sus oídos, muy simples, que no llamaban la atención. Geese no había comentado nada, pero había examinado aquellos accesorios detenidamente durante un momento de distracción de Billy.

Como era de esperarse, el joven no había elegido pendientes hechos de un material costoso o fino. Geese no se sorprendió. La mayor parte del sueldo de Billy era para pagar los gastos de su hermana, y el resto, que no era mucho, el joven lo utilizaba para darse pequeños gustos.

Si se hubiese tratado de otra persona, quizá los pendientes habrían sido comprados mediante un préstamo, y habrían estado hechos de oro o incluido una diminuta piedra preciosa, para aparentar un nivel económico más alto.

Pero a Billy no le interesaba presumir sobre algo que no tenía, y Geese lo sabía bien.

Después de los pendientes, el joven había comenzado a comprar ropa un poco menos genérica que las camisetas y jeans que usaba para entrenar. Sus preferencias habían sido claras. No le importaba si las prendas eran de marcas desconocidas, siempre y cuando tuvieran un diseño interesante, que se diferenciara de la ropa común y producida en masa.

Aquel detalle insignificante decía mucho del joven. A Billy no le interesaba aparentar ser algo que no era. Aunque establecía su individualidad, no estaba intentando esconder su pasado de aquellos que se burlaban de él porque unos años atrás había sido un niño pidiendo dinero en las calles.

Las burlas que recibía causaban una molestia que el joven intentaba no demostrar, pero que Geese podía ver. Cuando la gente se ensañaba, ya  fuera en broma, con su condición de “recogido”, Billy se enfurecía.

Usualmente, el joven sobrellevaba aquella rabia en silencio, porque era una verdad que no iba a discutir, pero Geese notaba que, en el fondo, le afectaba.

Él no había intentado ayudar, porque estaba interesado en ver cuánto tiempo resistiría el joven antes de permitir que la presión de los otros trabajadores lo moldeara. En ese mundo corporativo, una buena imagen era primordial para obtener el respeto de los que lo rodeaban, y Geese lo sabía por experiencia propia.

Sin embargo, Billy no había cambiado en ningún aspecto. En vez de adoptar un falso aire pretencioso, el joven había mantenido su carácter sencillo. Y sus ojos habían continuado brillando molestos cada vez que alguien mencionaba que Geese lo había rescatado por lástima.

“Haber podido sobrevivir en la calle no es motivo para avergonzarse”, había reprochado Geese una tarde, mientras subían a la oficina. Estaban a solas en el ascensor, y acababan de salir de una reunión donde uno de los asociados de Geese había hecho una broma de mal gusto sobre niños abandonados, sin quitarle la vista de encima a Billy. Como era de esperarse, la broma había molestado al joven, y, aunque Billy había guardado silencio, su rabia seguía reflejada en sus ojos.

“Pienso lo mismo, Geese-sama”, había respondido Billy en la quietud del ascensor.

“No lo parece”, había señalado Geese.

Billy había negado y luego había explicado, sin mirarlo a los ojos y sonando molesto:

“No me importa que sepan la verdad. Lo que no me agrada es que se burlen de usted y su decisión de contratarme”.  

Geese había observado al joven por un largo momento.

“No pierdas el tiempo con preocupaciones innecesarias y limítate a hacer tu trabajo”, había indicado, y Billy había reprimido su rabia y asentido.

Sin embargo, Geese había reflexionado sobre las palabras del joven. ¿Había gente que se burlaba de él y su elección de empleados? Eso era interesante.

Por varios días, en momentos de ocio, Geese había pensado en cuál sería la mejor manera de callar a esas personas. ¿Había algún modo de mostrarles que no le interesaba lo que tuvieran que decir?

La oportunidad se presentó inesperada, y también de forma un poco absurda, en uno de los días de descanso de Billy.

Geese había llegado al rascacielos una tarde, y había encontrado el vestíbulo del primer piso alborotado. El personal de seguridad tenía a un sospechoso sujeto por los brazos, supuestamente un miembro de alguna pandilla, y lo acusaban de haber intentado entrar a escondidas en la torre. Dos de los guardias estaban sentados en el suelo, viéndose adoloridos.

Geese se había acercado y había observado al “pandillero” largamente. Tenía ojos celestes, una expresión frustrada y molesta en su rostro, vestía un overol azul desteñido, y llevaba un pañuelo blanco y rojo cubriendo sus rubios cabellos.

“Billy, ¿qué haces aquí?”, había preguntado Geese, y el alboroto en el lobby se había acallado de inmediato. Los guardias que sujetaban al joven se miraron entre sí, asustados.

“Buenas tardes, Geese-sama. Vine a entregar un encargo para usted”, había respondido Billy. Su rostro había estado serio, pero en la mirada que intercambiaron hubo cierta complicidad, una sensación ligera, como si ambos supieran que, por dentro, el otro estaba sonriendo ante la ridícula situación.

“¿No podía esperar?”

“Estaba por aquí y pensé en aprovechar”.

“Déjenlo ir”, ordenó Geese a los guardias, quienes retrocedieron rápidamente. “Y mírenlo bien. Nadie confunde a uno de mis hombres con un simple pandillero”.

El jefe de seguridad se acercó deshaciéndose en disculpas. No habían reconocido a Billy porque el nuevo personal de turno no había tenido oportunidad de tratar directamente con él aún. Además, Billy estaba vestido de ese modo extraño y no traía su identificación. Habían creído que se trataba de un impostor.

Como el malentendido no había sido tan grave, nadie fue castigado, pero, al día siguiente, Billy fue a trabajar vestido de terno negro y corbata, y con el pañuelo blanco y rojo en la cabeza.

Había mirado a los guardias con aire burlón.

“Para que se acostumbren a verme así y no vuelvan a confundirme”, explicó con fingida amabilidad, señalando el pañuelo sarcásticamente. Nadie se había atrevido a responderle.

Ripper se había estresado al verlo, como si la imagen profesional de todo el edificio se hubiese deteriorado sólo porque Billy estaba ignorando el código de vestir.

Sin embargo, Billy había tenido el buen criterio de sacarse el pañuelo antes de entrar en la oficina de Geese.

Aquello se repitió por varios días, hasta que, una mañana, el pañuelo se quedó donde estaba, y Billy entró en el despacho de Geese, y el empresario se limitó a mirarlo por unos segundos y luego continuó con su trabajo. No hubo llamados de atención ni reprimendas. Geese no le prohibió vestir de ese modo, y Billy no pasó por alto su concesión silenciosa.

Desde ese día, Geese permitió que Billy tuviera cierta libertad al vestirse. Era una buena manera de enviar un mensaje a todo aquel que se burlara de la presencia de Billy como miembro del personal de confianza: sí, tal vez el joven provenía de un origen bajo, pero ahora no sólo trabajaba para Geese Howard, sino que era merecedor de un trato especial.

Por supuesto, el calculado “favoritismo” de Geese acababa ahí. En todos los otros aspectos laborales, Billy tenía que trabajar tan duro como el resto de empleados.

Sin embargo, aquel gesto indulgente tuvo un resultado inesperado. Billy comenzó a verse un poco más relajado cuando estaban solos.

Geese no tenía ningún otro empleado que estuviera tan cómodo a su lado. A veces se entretenía simplemente observando a Billy pasar de una actitud respetuosa a una un poco más natural.

Y eso era lo que estaba haciendo esa mañana en vísperas de Navidad: contemplar a Billy, quien no estaba comportándose como un empleado obediente, sino simplemente como un muchacho.

Billy se arrodilló en el suelo frente a la mesa baja para asegurarse de que la había limpiado bien. El joven no estaba siendo formal ni profesional en ese momento, y se veía sinceramente apesadumbrado por haber ensuciado la oficina.

Geese continuó observándolo. Sintió el impulso de decirle que no importaba. El personal de limpieza se encargaría de eso luego.

Sin embargo, en vez eso, Geese comentó:

—Supongo que piensas pasar las fiestas con tu hermana.

Billy asintió, dando una última mirada a la mesa. Mantenía el pañuelo cerrado en su mano para que la escarcha no cayera.

—Sí, el centro ha organizado una cena para los niños este año —explico el joven, levantándose.

Por “centro”, Billy se refería a una institución sin fines de lucro que ofrecía orientación y ayuda a inmigrantes. Por supuesto, aquella institución era una fachada para ocultar algunas actividades ilegales de las empresas Howard.

El verdadero fin del centro era colaborar con inmigrantes que querían traer al resto de sus familias a Estados Unidos. La red de conexiones de Geese se encargaba de falsificar documentos y permisos, y, después de un plazo razonable, las familias eran reunidas.

Muchas personas de distintas nacionalidades habían quedado en deuda con Geese gracias a ello. Esos contactos resultaban muy útiles a la hora de enfrentar a las mafias extranjeras que querían invadir la ciudad.

Geese había hecho coordinaciones para que Lilly Kane se hospedara en ese centro. Las instalaciones eran seguras y pacíficas, porque eran tan sólo una fachada. La parte turbia del negocio se realizaba lejos de ahí.

La muchacha recibía clases junto con los niños de familias que aún estaban regularizando su situación y que se alojaban temporalmente en el centro. En sus ratos libres, Lilly ayudaba, ya fuera en la cocina, o con simples tareas domésticas.

—¿Cuántos años tiene ya?

—Trece.

Billy alzó la mirada hacia Geese, extrañado de que le preguntara por sus planes o su hermana. Como estaba al tanto de la agenda del empresario, sabía que Geese no tenía planeado hacer nada esa noche.

—¿Le gustaría venir? —dijo Billy sin pensar. Pasar la Navidad en el rascacielos sonaba un poco solitario.

—Ésa no es una idea muy sensata —sonrió Geese con un leve sarcasmo.

Billy apartó la mirada. Era cierto. Geese era una figura importante, no podía presentarse en un lugar lleno de personas comunes. Había hablado sin medir sus palabras.

El silencio se volvió incómodo, pero Geese restauró el fluir de la conversación con facilidad.

—¿Ése es su regalo? —preguntó el empresario con una sonrisa burlona, señalando con un dedo las tarjetas de Navidad.

 —Claro que no. Compré regalos apropiados este año —dijo Billy con orgullo, porque ahora su salario le permitía hacer gastos adicionales—. Sólo espero haber elegido bien… —murmuró para sí—. No sé sobre gustos de mujeres y acabé comprando tres cosas distintas. ¿Cree que…?

—Billy, ¿me veo como alguien que sabe sobre el tema? —interrumpió Geese. Su tono seguía siendo burlón. Hasta un poco desdeñoso. Pero no era hiriente.

—No… no realmente… —admitió Billy, algo avergonzado porque había estado a punto de consultarle a Geese sobre una marca de chocolates. Culpó a la fecha. Tenía buenos recuerdos de las navidades que había pasado con sus padres. Por fin podría festejar debidamente con Lilly y se estaba comportando como un niño emocionado—. No quise ofender —agregó.

Sintiéndose incómodo, Billy hizo una leve inclinación como disculpa. 

 


 

“Esto es ridículo”, pensó Billy para sí, observando su reflejo en el espejo del baño.

Se echó agua en el rostro una última vez. Luego sacudió su pañuelo con fuerza en el lavamanos, pero no pudo deshacerse de la molesta escarcha.

Billy guardó el pañuelo en su bolsillo y suspiró.

No podía creer que eso hubiese sucedido frente a su jefe.

¿Por qué no había medido sus palabras? Era cierto que no podía evitar sentir una agradable ligereza ese día, pero no podía descuidar el trato que mostraba hacia Geese. Por un momento, le había hablado al empresario como a un igual, sobre un tema completamente trivial.

Geese había tenido la delicadeza de no ponerlo bruscamente en su lugar, a pesar de que ése era el segundo desliz que Billy había cometido esa mañana.

El primero había sido invitar a Geese a pasar la Navidad con ellos.

—¿Cómo pudiste preguntar eso? —dijo Billy, hablándose a sí mismo.

Su mente estaba llena de recuerdos agradables de sus padres, y las navidades que habían pasado en familia. Sabía que estaba demasiado mayor para emocionarse por ese tipo de cosas, pero aquella sensación era más fuerte que él.

No era que estuviese impaciente por recibir regalos como si fuera un niño. No se trataba de eso. Lo que sentía era un deseo de hacer que otras personas lo pasaran bien esa noche. Esta vez era su turno de ser el adulto que compraba los presentes. Quería ver a su hermana feliz. Y no quería que Geese estuviera toda la noche solo.

Había comprado regalos para Lilly, pero no para su jefe porque ¿qué se le podía regalar a alguien que lo tenía todo?

Sin embargo, si Geese hubiera aceptado la invitación, Billy habría ido a toda prisa a conseguir un regalo adecuado. Lo que fuera.

Se permitió una risa amarga mientras negaba con la cabeza.

Aquella era una fecha para pasarla en familia. ¿Por qué su imaginación se empeñaba en incluir a Geese Howard?

Sabía que a Lilly no le molestaría la idea de invitarlo. Aunque no lo hubiese vuelto a ver desde que habían llegado a la ciudad, la niña apreciaba a Geese y era consciente de que todo lo que tenían ahora era gracias a él.

Billy permitió que su mente divagara un poco, y se preguntó qué habría pasado si hubiese tenido una casa propia a esas alturas. ¿Se habría atrevido a invitar a su jefe formalmente?

Si hubiesen sido sólo ellos tres… sin nadie más para verlos… con la seguridad apropiada,  ¿quizá…?

La puerta del baño se abrió y algunos empleados entraron, interrumpiendo sus pensamientos. Al verlo ahí, con su expresión molesta y mirando fijamente el espejo, los empleados se disculparon, retrocedieron, y cerraron la puerta, dejándolo a solas de nuevo.

Billy volvió a sus reflexiones.

Pronto se iban a cumplir tres años desde que había comenzado a trabajar oficialmente para Geese y había averiguado algunos detalles. Poco a poco, se iba haciendo una idea del tipo de persona que era su jefe.

Geese no tenía familia, y vivía en el penthouse del piso inmediatamente superior a su oficina. Cuando salía a distraerse, usualmente era en compañía de alguna mujer, pero estaba claro que no mantenía una relación con ninguna.

La mayoría de noches, Geese se quedaba trabajando en la oficina, o estaba a solas en su suite. En esas ocasiones, Billy quería hacerle compañía, porque imaginar a Geese completamente solo en ese enorme rascacielos le producía una vaga e inexplicable tristeza.

Sin embargo, al no estar seguro de si su presencia fuera de horas de trabajo era bienvenida, Billy acababa retornando a su propia habitación.

La vida de Geese le parecía muy solitaria, a pesar de su poder y su riqueza.

Billy salió del baño y se encaminó de regreso a la oficina. En la recepción se cruzó con Ripper, quien llevaba un sobre de papel en las manos.

—Geese-sama ha dicho que podemos retirarnos. No tiene sentido que los empleados permanezcan en el edificio si nadie está trabajando —explicó el secretario, empujando el paquete contra el pecho de Billy. El joven reconoció las tarjetas que había conseguido para su hermana.

—Aún tengo algo que hacer —dijo Billy, continuando su camino hacia el despacho. Quería despedirse de su jefe.

—Geese-sama se ha retirado también —informó Ripper.

Billy sintió una profunda decepción. 

 


 

Unas horas después, Billy llegó al centro donde Lilly estaba alojada.

La casa de tres pisos era de madera, con escalinatas blancas que llevaban a la puerta principal, y amplios balcones en los pisos superiores. El jardín frontal estaba bien cuidado, y su verde intenso quedaba a la sombra de un alto y frondoso árbol de caoba.

El lugar había sido decorado con esmero. Había guirnaldas en el tronco del árbol y luces delineando el alfeizar de las ventanas y las barandas de los balcones. La puerta principal estaba abierta, y, en el jardín, una docena de niños de distintas nacionalidades jugaban y gritaban bajo la supervisión de algunos adultos.

Aquella organización recibía a familias incompletas, y les ofrecía un refugio hasta que los trámites de su ciudadanía eran procesados. Era común ver a los niños con sólo uno de sus padres.

Los pequeños no tardaban en acostumbrarse al cálido ambiente de aquella casa. Las instalaciones estaban pensadas para que los niños se entretuvieran y no causaran demasiados problemas, y ofrecían distintas maneras de pasar el tiempo, como una multitud de juguetes, estantes llenos de libros de ilustraciones y cómics y un amplio jardín con algunos juegos, donde los pequeños podían correr y gritar libremente.

Sin embargo, los padres mantenían un aire tenso y preocupado, porque sabían que estaban haciendo algo ilegal, y no tenían la seguridad de que las personas que manejaban aquella red cumplirían sus ofrecimientos sin intentar estafarlos.

Aquellas personas no tenían cómo saber que, mientras los pagos acordados fueran realizados, el trato ofrecido sería cumplido al pie de la letra. Era un negocio ilegal, pero no buscaba sacar provecho innecesario de las personas.

Y funcionaba bien. Billy veía rostros distintos en cada visita. Aquellos padres y madres y sus niños no permanecían mucho tiempo hospedados ahí.

Al inicio, a Billy no le había agradado dejar a su hermana en manos de los empleados corruptos de Geese, porque lo último que quería era que Lilly tuviera contacto con criminales. Pero pronto se había dado cuenta de que aquel lugar era adecuado, porque el personal que trabajaba ahí sólo se dedicaba a cuidar de personas. En aquel centro se ofrecía un servicio social, nada más. Los empleados eran en su mayoría mujeres cuya vocación era ayudar.

Como era de esperarse, Lilly no había estado muy contenta al comienzo. Ella quería que estuvieran juntos. Con pesar, Billy había tenido que convencerla de no protestar, porque no tenían otra opción. Al menos, no hasta que él consiguiera ahorrar lo suficiente para poder mantener una casa propia.

Por suerte, las empleadas del centro habían recibido a Lilly con los brazos abiertos. La habían hecho sentir a gusto. Como la niña estaba ahí por encargo del dueño, le daban un trato especial. Lilly no había tardado en involucrarse en las tareas de la institución, y, al igual que Billy, parecía contenta de tener algo que hacer.

Billy visitaba con tanta frecuencia como podía. El personal se había acostumbrado a verlo ahí, y no era inusual que le pidieran ayuda con los quehaceres. En esos años, Billy se había ocupado de la cocina un par de veces, y también de vigilar niños. Lilly y él habían pintado las paredes de la habitación que la niña ocupaba. Y habían ayudado a las empleadas a lavar sábanas y, por “accidente”, habían dejado el patio completamente cubierto de espuma.

Estaban haciendo buenos recuerdos en ese lugar…

Al llegar esa tarde, Billy cargaba algunas bolsas con regalos para Lilly, y había comprado también dulces para colaborar en algo con la cena que el personal del centro prepararía.

Había gastado más dinero de lo planeado, pero se había sentido bien. Le gustaba ganar dinero. Ya no tenía tantos reparos en trabajar horas extra o aceptar encargos que implicaban una posible confrontación violenta. Si eso significaba que recibiría un mayor salario, estaba interesado.

Cada vez que recibía su pago a fin de mes, observaba el monto y recordaba los días en que debía rogar en la calle para que alguien le diera una simple moneda.

Billy siguió el sendero del jardín que llevaba a la casa. Los niños que jugaban lo miraron curiosos. Algunos padres precavidos llamaron a sus hijos para que se alejaran de él.

Su hermana apareció en el umbral de la puerta abierta.

Billy sonrió y Lilly le echó los brazos al cuello, rodeándolo con fuerza, como si no lo hubiera visto en años, cuando en realidad se veían todas las semanas.

—¿Y esto? —preguntó Lilly al ver las bolsas que Billy llevaba en la mano.

—Para ti —dijo Billy, entregándole una de las bolsas.

—¿Tres regalos? —exclamó Lilly, contenta, y se dirigió a poner los regalos bajo el árbol de Navidad que habían instalado en la sala—. Yo también tengo algo para ti —anunció Lilly, mostrándole una pequeña bolsa decorada con un reno y un Santa Claus, que pasaba desapercibida entre los otros paquetes de colores.

Billy fue hacia la niña, observando la casa. En verdad, el personal que trabajaba ahí se había esmerado mucho. El árbol de Navidad era un poco antiguo, pero adornos no le faltaban. El juego de sillones en la sala estaba decorado con mantas tejidas que mostraban pinos y paisajes nevados.

En el comedor, la mesa estaba cubierta por un mantel intensamente rojo con bordados dorados.

Había botas de tela roja y blanca, con dulces en forma de bastones, colgando de los estantes a falta de una chimenea. Un delicioso aroma a comida llenaba todo el lugar.

Billy se dirigió a la cocina, y algunas mujeres sonrieron al verlo y le dieron la bienvenida. Como sabían que trabajaba para el dueño, lo llamaban “señor Kane”, a pesar de que muchas veces él les había dicho que podían llamarlo “Billy”.

Les entregó la bolsa con dulces, y una de las mujeres le ofreció una cerveza. Billy aceptó, y volvió a la sala, donde Lilly estaba terminando de acomodar los regalos bajo el árbol.

Sentándose en el reposabrazos de uno de los sillones, Billy observó a su hermana. La niña tenía su espeso cabello rubio trenzado y sujeto con cintas que hacían juego con el resto de la decoración navideña. Llevaba un vestido celeste pálido que le llegaba justo encima de las rodillas. Billy no había visto ese vestido antes, pero, en su visita anterior había dejado un poco de dinero para que la encargada de cuidar de Lilly comprara algo de ropa. Se alegró de que la mujer hubiera elegido bien.

Lilly se le acercó.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó, curiosa, observando el sobre de papel que Billy aún tenía en una mano.

—También es para ti.

—¿Otro regalo?

—No, pero pensé que podría gustarte.

Intrigada, Lilly tomó el sobre y lo abrió. Se sorprendió al ver la veintena de finas tarjetas.

Al revisarlas, Lilly se detuvo en una que llamó su atención.

—Esta es perfecta —dijo.

—¿Qué es perfecto?

Lilly mostró una tarjeta con un frondoso pino verde oscuro decorado con franjas plateadas.

—¡Ya vuelvo!

La niña corrió escaleras arriba. Parecía emocionada por algo.

Billy no la siguió. Bebió un sorbo de cerveza, mientras un par de niños irrumpían en la sala y corrían ruidosamente. Al notar que había más regalos bajo el árbol, se acercaron a curiosear, pero no se atrevieron a pasar junto a Billy y acabaron dando media vuelta para retornar al jardín.

Lilly regresó a los pocos minutos. Traía un cuaderno de dibujo consigo.

La niña trepó el sillón y se apoyó en el regazo de Billy. Su cuaderno estaba abierto en una página que mostraba un paisaje hecho a base de recortes de revistas. Era una representación de la ciudad, de noche, con las ventanas de los edificios pintadas de distintos colores para representar la Navidad. La niña había pegado el pino de la tarjeta en un primer plano. La Geese Tower se alzaba en el fondo, por sobre los tejados de las casas y en lo alto de la torre había dos pequeñas figuras rubias vestidas de traje. Una tenía un pañuelo blanco y rojo en la cabeza, y la otra los brazos cruzados y una enorme sonrisa.

Billy rio para sí al reconocer a Geese.

—¿Te gusta? Es para ti —comentó Lilly, comenzando a desglosar la página cuidadosamente.

—Geese-sama se ve contento —señaló Billy, divertido. Lilly no sabía la verdadera naturaleza de su trabajo, ni estaba al tanto de las actividades criminales de las empresas de Geese Howard.

—Sí, porque tú eres su mejor empleado —sonrió Lilly, señalando la figura que representaba a Billy y que estaba sonriendo también.

—…

No pudieron seguir conversando porque una de las mujeres de la cocina les preguntó si podían ir a conseguir algunos ingredientes faltantes para la cena. Billy aceptó de buena gana y se dirigió con Lilly al supermercado cercano.

Caminaron de la mano mientras Lilly le contaba lo que había estado haciendo en esos días.

Llegaron a la avenida y Billy alzó la vista. La Geese Tower estaba delante de ellos, claramente visible en la distancia, con sus ventanas que reflejaban el cielo vespertino. Por costumbre, Billy miró el ventanal de la oficina de Geese, a pesar de que era imposible saber si había alguien de pie frente a los cristales desde ahí.

La visita al supermercado tomó tiempo, porque mucha gente había ido a hacer compras de último minuto. Cuando salieron, el cielo estaba un poco más oscuro, y las luces de las calles estaban encendidas.

Billy notó que la mayoría de pisos de la Geese Tower estaban con las luces apagadas, pero aún había luz en la oficina de su jefe.

Lilly miró también.

—¿El señor Geese está trabajando? —preguntó, curiosa.

—Así parece.

—¡Pero es Navidad!

—No creo que eso le importe mucho —murmuró Billy, más para sí que para la niña. Le pesó estar tan lejos del rascacielos. De lo contrario, habría subido a ver qué estaba haciendo su jefe. Se suponía que no tenía ningún tema pendiente para ese día.

Durante el resto de la tarde y gran parte de la noche, Billy no pudo evitar pensar en Geese con frecuencia. La presencia de ese hombre estaba impregnada en todo lo que hacía.

El lugar donde se encontraban pertenecía a Geese. Las personas con las que compartieron la espléndida cena estaban ahí gracias a las conexiones del empresario. La comida había sido preparada con fondos de las empresas Howard.

Lilly estaba contenta y animada, y había hecho nuevos amigos, gracias a que Geese había cumplido su palabra, y había permitido que se hospedara ahí, relativamente lejos de la violencia y la corrupción de la ciudad.

Los regalos que Billy había comprado, la sonrisa de Lilly cuando dieron las doce y vio la muñeca, el set de manualidades, los chocolates…

El hecho de poder abrazarla sabiendo que nunca más tendrían que vivir en las calles, que estaban a salvo…

Todo…

Cada momento agradable de esa noche, cada risa compartida con su hermana, eran posibles gracias a ese hombre. 

—Feliz Navidad, Lilly.

—¡Feliz Navidad y feliz cumpleaños!

Un poco después de la medianoche, cuando salieron al jardín junto con el resto de niños y adultos a ver los fuegos artificiales, Billy observó el rascacielos. La luz de la oficina de Geese finalmente estaba apagada.

 


 

Billy colaboró con acostar a los niños, que estaban en modo hiperactivo debido a la emoción de la noche. Luego se dirigió a la cocina a ayudar a las empleadas a lavar la vajilla y poner un poco de orden en la casa.

Eran las tres de la mañana cuando terminaron. Billy salió del refugio después de observar a Lilly dormir pacíficamente en su habitación.

La velada había sido ruidosa y agradable. Los adultos que no lo conocían y que lo habían mirado recelosos cuando llegó, habían acabado acostumbrándose a su presencia, y la desconfianza había desaparecido.

Billy había observado a aquellas madres y padres con sus hijos, y había concluido, no sin cierta sorpresa, que el haber perdido a sus propios padres dolía un poco menos. Ya no extrañaba tanto la vida que habían tenido en Inglaterra.

Cuando se permitía fantasear un poco, pensaba en qué haría si, súbitamente, sus padres aparecían en South Town y revelaban que no estaban muertos y que todo había sido un malentendido.

No conseguía imaginar cómo reaccionaría. ¿Volvería a casa con ellos, a recuperar el tiempo perdido?

¿Qué dirían sus padres si él les informaba que estaba feliz de que estuvieran con vida, pero que quería quedarse en Estados Unidos y seguir trabajando para Geese?

¿Se darían cuenta de que ese hombre era un criminal? ¿O creerían que tan sólo se trataba de un excéntrico empresario?

 ¿Qué pensarían sus padres cuando se enteraran de las cosas que él había tenido que hacer por orden de Geese?

Billy maldijo para sí, porque sus pensamientos estaban tomando un rumbo desagradable. Si seguía así, estropearía el ambiente de aquella noche.

Después de despedirse de las empleadas del centro, el joven había echado a andar por las calles.

Había poco tráfico y el aroma del humo de los fuegos artificiales pendía en el aire. La gente con la que se cruzó en la avenida lo saludó con un alegre “¡Feliz Navidad!”.

Billy se preguntó si aquellas personas estaban demasiado felices para sentirse recelosas de su aspecto de maleante, pero entonces cayó en la cuenta de que era difícil mostrarse suspicaz ante un joven que llevaba una delicada bolsita roja decorada con renos, un Santa Claus y un voluminoso listón dorado.

Tenía consigo el regalo de Lilly. La niña, de algún modo, había conseguido dinero suficiente para comprarle un nuevo pañuelo, con un diseño inspirado en la bandera de Gran Bretaña. Y, además de eso, Lilly había incluido unos palillos de azúcar, de color rojo intenso con una banda blanca pintada alrededor, porque “le recordaban a su bo”.

Billy se pasó una mano por la cabeza, negando para sí con una sonrisa. Era la primera vez que alguien comentaba que su bo parecía un bastón de azúcar.

El joven siguió caminando, y sus pasos lo llevaron a la avenida en la que se encontraba el rascacielos de Geese.

Cuando llegó, varios minutos después, el guardia de la puerta se sorprendió al verlo ahí, a esa hora y en esa fecha. Sin embargo, sabía que no debía hacer ningún comentario y solamente saludó con un leve asentimiento.

Billy entró al edificio y cruzó el vestíbulo, en dirección a los ascensores. Había algunas luces tenues instaladas a ras del suelo, pero su alcance era limitado. Gran parte del lobby quedaba a oscuras y se veía más grande de lo normal. El pino tenía sus luces de colores encendidas, pero al mismo tiempo se veía amenazante.

El joven no tenía claro qué pretendía yendo ahí. La agradable sensación de aquella noche perduraba.

¿Qué iba a hacer? ¿Saludar a Geese por Navidad, a esa hora de la madrugada?

Llegó a lo alto del rascacielos, sin sentir el cosquilleo de la velocidad del ascensor.

Ingresó un código de seguridad en el panel y las puertas se abrieron directamente en el penthouse de Geese. El lugar estaba a oscuras, iluminado sólo por el resplandor de la ciudad, que entraba por las ventanas sin cortinas.

El joven rubio se tomó un momento para cuestionar sus acciones. No era correcto entrar en el departamento de su jefe así, sin ser llamado. Ni siquiera tenía la excusa de estar ebrio, porque apenas había bebido un par de cervezas durante la cena.

Sin embargo, no planeaba hacer nada, sólo… ¿Qué? ¿Verificar que Geese realmente había pasado la noche ahí, sin nadie a su lado…? ¿Cómo iba a explicarle eso a su jefe?

Conteniendo un suspiro, Billy se admitió a sí mismo que estaba ahí porque no había podido sacar a Geese de sus pensamientos en toda la noche.

Las gruesas alfombras acallaron el ruido de sus pasos y Billy encontró a Geese dormido en el amplio sillón de la sala de estar.

El empresario estaba medio sentado, con la cabeza caída hacia adelante. Llevaba la camisa que había vestido por la mañana, desabotonada hasta el pecho, con las mangas dobladas. Había un libro sobre la alfombra, a sus pies, y una copa y una botella de cognac medio vacía, aún destapada, sobre la mesilla de centro.

El joven observó a su jefe. Dormía profundamente, y su respiración era pausada. Algunas hebras de su cabello le caían sobre la frente. Su expresión era severa, incluso dormido.

Billy recordó la primera vez que había visto ese rostro, en la época en que Geese llevaba el cabello largo y lacio. Las primeras palabras que Geese le había dirigido no habían sido amables, y sus ojos celestes habían sido helados. Instintivamente, Billy había desconfiado de él. Pero había aceptado su ayuda, porque no tenía otra alternativa.

La idea que se había hecho sobre Geese Howard en ese tiempo había estado errada.

Sin hacer ruido, Billy recogió el libro que estaba en el suelo y lo dejó sobre la mesa, junto con el regalo que Lilly le había dado. Luego se dirigió a uno de los armarios del pasillo que conducía a las habitaciones, y buscó una manta ligera.

Volvió al sillón y, muy suavemente, cubrió a Geese con ella.

Sin embargo, pese a que se esforzó en no despertarlo, Geese abrió los ojos con lentitud. Billy se quedó quieto, dándole tiempo a reconocerlo.

Los irises celestes de Geese estaban un poco empañados, por el sueño y por el alcohol, pero en cuestión de un segundo su mirada fue tan penetrante como siempre, y Billy se encontró perdiéndose en ella sin que ninguna palabra saliera, sabiendo que debía disculparse por estar ahí.

Geese notó la manta gris que lo cubría, el libro en la mesa, y a Billy inclinado sobre él.

—Lamento haberlo despertado, Geese-sama —susurró Billy, apesadumbrado.

Geese no preguntó qué hacía Billy ahí, solamente continuó observándolo, mientras su mente se aclaraba y despertaba del todo. Se sentó un poco más erguido, pero no se levantó. Permaneció apoyado contra el respaldo del sofá, con las manos reposando sobre la suave manta.

Billy se veía un poco incómodo.

—Vine a ver si necesitaba algo… —se excusó Billy, a pesar de que Geese no había hablado.

Aún viéndose inquieto, Billy se apartó y buscó algo que hacer. Rehuyendo la mirada de Geese, el joven se inclinó hacia la mesilla para tapar la botella de cognac.

—No tenías por qué —reprochó Geese con una tenue desaprobación, suavizada por el tono bajo de su voz.

Billy se irguió y volvieron a observarse en la poca luz. El joven no encontró cómo responder. No podía decirle a Geese que había estado pensando en él toda la noche. Tampoco podía decirle que no quería que estuviera solo. Aquellas palabras podían ser malinterpretadas. Tal vez Geese creería que estaba sintiendo lástima por él.

—Te di el día libre, deberías estar con tu familia —dijo Geese finalmente.

—Sí.

—Y, sin embargo, estás aquí.

Billy asintió.

Geese dejó pasar unos segundos. No exteriorizó la extrañeza que sentía. En esos años, Billy no había dejado de sorprenderlo con acciones imprevistas como aquélla. El joven cumplía las expectativas, hacía lo necesario para justificar su salario, y luego daba un poco más. Las pequeñas atenciones que Billy mostraba hacia él eran sinceras, y no un intento de congraciarse con la persona de más poder en aquella ciudad.

Billy no iba a recibir un centavo extra por estar ahí aquella noche, y, aun así, el joven parecía querer permanecer en el departamento.

Geese cerró los ojos un momento. Había planeado cómo utilizar a Billy desde la primera vez que lo vio en Londres. Había reconocido su potencial y no se había equivocado: Billy se estaba convirtiendo en uno de los peleadores más diestros de South Town. Desde un inicio, Geese le había dicho que pretendía ayudarlo a pulir sus habilidades y luego usarlo, como si fuera una herramienta, y, aun así, Billy había aceptado trabajar para él.

Pero la actitud del joven era algo que Geese no había previsto. Billy buscaba razones para pasar tiempo en la oficina, incluso después de que su turno terminaba, o aunque no tuviera nada en particular que hacer. A menudo, cuando Geese alzaba la vista, Billy lo estaba observando, atento a lo que necesitara.

Era extraño, pero parecía que, más allá de su deber, Billy lo apreciaba, a pesar de que Geese no había mostrado consideraciones especiales hacia él, salvo el permitirle personalizar su uniforme con cierta libertad. Las órdenes que le daba a Billy seguían siendo estrictas, y su trato un poco seco. Los llamados de atención eran severos, y en más de una ocasión, un desacuerdo había dejado a Geese irritado y a Billy viéndose mortificado, como si temiera ser despedido.

Pero, a pesar de esas dificultades, el joven entraba cada mañana al despacho con paso ligero y un brillo agradable en sus ojos, como si se alegrara de volver a verlo.

¿Por qué?

Geese entendía que las personas le tuvieran miedo, o que sintieran envidia y odio. Unos pocos lo admiraban, o al menos respetaban su poder y su dinero. Pero, ¿aprecio? ¿Qué había en él que un inexperimentado joven de veintiún años pudiera estimar?

En la penumbra del departamento, Geese observó a Billy, quien ya se había convertido en un adulto que podía valerse por sí mismo. El joven era un activo valioso en su compañía, y Geese, por precaución, había tejido algunas redes a su alrededor, para mantenerlo atrapado en caso Billy intentara irse de la ciudad con su hermana, en busca de un lugar más pacífico donde vivir.

Si Billy hubiese anunciado que pensaba abandonarlo, Geese habría tenido varias maneras de amenazarlo para obligarlo a permanecer en South Town por la fuerza, sirviéndolo. Sin embargo, Billy no estaba interesado en irse. Tenían un acuerdo que no pensaba romper.

Billy no sólo estaba en paz con esa idea, también parecía disfrutar de estar a su lado.

—Lo dejaré seguir descansando —dijo Billy súbitamente.

—Ya que estás aquí, ¿por qué no te quedas un poco más? —preguntó Geese, con el tono usual de sus preguntas que no admitían una negativa como respuesta.

Billy se sorprendió, pero al cabo de un segundo asintió.

—Sí, por supuesto.

Geese hizo un gesto para que el joven se sentara en el espacio libre a su lado en el sillón. Billy dudó, pero acabó obedeciendo, y el empresario sonrió. Billy no era del tipo de persona que seguía órdenes fácilmente, pero le obedecía a él, y aquello le complacía.

Sin embargo, el joven no se veía cómodo. Estaba inquieto, y observaba la suite en penumbra, como si buscara una excusa para volver a levantarse. Necesitaba algo que hacer. Parecía no querer mirarlo a los ojos otra vez.

Geese le puso una mano en el hombro para que se relajara, pero consiguió el efecto contrario.

—¿Qué pasa? —preguntó Geese con una tenue sonrisa burlona—. Pensé que querías estar aquí, pero ahora parece que tienes prisa por irte.

Billy se volvió de inmediato y negó.

—No es eso. Quiero estar aquí.

Geese miró en los ojos de Billy y notó que, esa noche, la compañía del joven se sentía como un gesto más íntimo de su parte. Un veinticinco de diciembre no era una noche cualquiera. Aunque Geese no celebrara aquella fiesta como el resto de personas, sabía lo que esa fecha simbolizaba.

En silencio, Geese reflexionó sobre lo que debía hacer. En esos años, había tenido cuidado en su trato hacia Billy. Había sido parco al elogiarlo, y mezquino con cualquier gesto que pudiera tomarse como una muestra de apego. Él no era una figura afectuosa, y necesitaba empleados disciplinados, no cariñosos.

Hasta ese entonces, cada contacto con Billy había sido premeditado, y se daba dentro de una situación propicia. Una palmada en el hombro después de un trabajo bien hecho, un suave apretón en su mano al ayudar a Billy a levantarse después de lanzarlo con demasiada fuerza durante un entrenamiento, un toque en la espalda cuando le indicaba a Billy que caminara delante de él…

Y, en contadas ocasiones, un breve roce en su mejilla, cuando se sentía generoso.

Al joven le gustaban aquellos breves e infrecuentes contactos.

Geese decidió que la situación era apropiada. Podía complacer a Billy esa noche.

Despacio, deslizó un brazo detrás de los hombros de Billy. Notó la tensión en sus músculos, y la confusión en sus ojos.

—Geese-sama, ¿qué…? —murmuró el joven.

Geese negó con la cabeza levemente para que Billy no protestara, y luego lo atrajo hacia sí.

Billy no se resistió y se dejó llevar, hasta quedar apoyado contra el costado del empresario.

Por un momento, Billy no supo qué hacer consigo mismo. Mantuvo las manos juntas, con los dedos entrelazados con fuerza. Podía sentir la firmeza del cuerpo de Geese contra él, y, aunque no entendía qué estaba pasando ni por qué Geese estaba haciendo eso, Billy buscó un poco más aquel contacto.

Sintió un estremecimiento cuando el brazo de Geese lo retuvo ahí, indicándole que estaba bien, que podía recostarse si quería.

Billy exhaló despacio y eso fue lo que hizo. Hundiéndose un poco más en el sillón, se relajó contra Geese, y apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo que el corazón le latía acelerado.

No podía ver el rostro de su jefe en esa posición, pero era preferible así. No sabía por qué estaba pasando eso. ¿Tal vez Geese había bebido demasiado?

La  mano que Geese tenía en su hombro se alzó para ir a posarse entre sus cabellos y Billy perdió el hilo de sus pensamientos, volviendo a estremecerse. La caricia fue lenta y suave.

Billy cerró los ojos y un leve temblor lo recorrió. No quiso seguir buscando una explicación a lo que ocurría. Tal vez se había quedado dormido junto a Lilly y aquello era un simple sueño sin sentido. Geese-sama no hacía ese tipo de cosas, y, por sobre todo, Geese-sama no tenía ninguna razón para acariciarlo así.

Sin embargo, si era un sueño, se sentía muy real. Hacía mucho tiempo que nadie lo tocaba de ese modo, rozando sus cabellos con gentileza. Había olvidado lo agradable que era.

—Si quieres que me detenga… —dijo Geese al notar que temblaba—. No he olvidado lo que dijiste cuando nos conocimos, sobre lo que harías si te ponía un dedo encima —agregó, un poco burlón, para aligerar el ambiente y que Billy se tranquilizara.

—No —dijo Billy con más brusquedad de la necesaria—. Está bien. No tiene que detenerse.

La primera vez que se habían visto, Billy había pensado que ir con el empresario era un error, y, en su desesperación, le había dicho que si lo tocaba, a él o a Lilly, lo mataría. No estaba orgulloso de su proceder, y le avergonzaba que Geese aún lo recordara, pero en aquella época se había mostrado agresivo, porque se sentía indefenso.

La mirada de Geese se veía levemente entretenida con aquella situación. La caricia continuó.

—Es sólo por esta noche —murmuró Geese después de largos minutos, al notar que Billy realmente estaba disfrutando de estar así, incluso más de lo que él había previsto—. No te acostumbres —agregó en un susurro.

Las palabras sonaron duras en el silencioso departamento a oscuras.

—¿Entiendes por qué lo digo? —preguntó Geese después de una pausa, su voz severa. Billy asintió contra su hombro.

—Porque soy su empleado… —El joven dejó la frase incompleta.

—Eres perceptivo. Eso es algo que me agrada de ti —dijo Geese. No recibió respuesta, y, después de unos segundos, agregó, reflexivo—: Eres un buen chico, Billy. ¿Cómo acabaste en mis manos?

Billy se movió ligeramente. Era más fácil hablar cuando no podía ver la penetrante mirada de Geese, pero las palabras del empresario ameritaban observarlo a los ojos.

Así, Billy se apartó un poco, lo suficiente para alzar el rostro hacia su jefe.

—Usted me encontró —señaló el joven con simplicidad.

Geese sonrió. La respuesta podría haberse tomado como un sarcasmo si hubiese provenido de otra persona, pero Billy hablaba con sinceridad.

Con su mano libre, Geese rozó la mejilla del joven. Con perversa curiosidad, se preguntó qué pasaría si intentaba continuar esa caricia. ¿Cómo reaccionaría Billy? ¿Lo amenazaría de muerte, como tiempo atrás? ¿O lo aceptaría, porque ahora era su jefe?

Sin embargo, Geese sintió el súbito nerviosismo de Billy y aquello lo hizo contenerse de probar.

Rehuyendo su mirada, Billy bajó el rostro y Geese reanudó las caricias en su cabello. Los minutos transcurrieron en silencio.

Geese suprimió una tenue sonrisa al contemplar la bolsa de regalo que el joven había dejado sobre la mesilla. Se le hacía curioso que la Navidad tuviera tanta importancia para Billy. Y era más curioso aun que el joven estuviera con él en una noche que las personas normales compartían con sus seres queridos.

¿Qué quería decirle Billy con su visita?

Geese no celebraba las navidades desde hacía años, y no planeaba empezar ahora sólo porque uno de sus empleados parecía disfrutar de aquella fecha. Sin embargo, dejando eso de lado, sabía que aquel día también era especial por otro motivo. Billy había nacido en esa fecha, veintiún años atrás, en el otro lado del mundo. Y había caído en sus manos, como un obsequio del destino.

Geese no sabía qué les depararía el futuro. No tenía la seguridad de que Billy continuaría mostrando ese apego hacia él conforme los años pasaran. Tal vez el mundo criminal lo haría cambiar, y su dedicación se convertiría en interés y ambición. Tal vez llegaría un momento en que el joven lo abandonaría.

Pero el futuro parecía una idea lejana.

El muchacho que le hacía compañía esa noche no parecía querer irse nunca. Compartía esa fecha especial con él.

Sin detenerse a pensar en las consecuencias, Geese murmuró:

—Feliz cumpleaños, Billy.

La sorpresa que le produjo oír aquella frase hizo que Billy riera con una mezcla de contento y nervioso escepticismo.

Merry Christmas, boss —respondió el joven sin demora.

 


 

Al despertar, Billy no abrió los ojos.

Había tenido un sueño agradable y placentero, y quería aferrarse a esa sensación un poco más. En el sueño, Geese le había permitido pasar un tiempo con él. Con toda la naturalidad del mundo, el empresario le había estado acariciando el cabello.

Billy se encogió un poco bajo la manta que lo cubría, sintiéndose avergonzado. Hasta esa noche, no había sido consciente de que le gustaba el contacto con Geese de una forma que no era normal. Quería sentir más de aquellos inhabituales roces.

Los dedos de Geese pasando por su cabello habían sido tan gentiles…

Billy se incorporó de golpe para dejar de pensar en eso.

Parpadeó un par de veces ante la intensa iluminación que entraba por unos ventanales sin cortinas. Se dio cuenta de que había estado durmiendo en un amplio sofá en la sala de un magnífico y lujoso departamento. La manta que lo cubría era la que él había usado para abrigar a su jefe la noche anterior.

Consternado, Billy se dio cuenta de que la caricia en su cabello no había sido un sueño.

Se levantó bruscamente, y sus pies no hicieron ruido sobre la gruesa alfombra. Miró a su alrededor, pero Geese no estaba en el ambiente principal del penthouse. Aquello le provocó alivio y también indecisión. ¿Qué debía hacer? ¿Irse? Sentía unas ganas imperiosas de salir de ahí antes de que Geese apareciera. No sabía si iba a poder mirar a su jefe a los ojos otra vez. No entendía cómo había podido pasar eso. ¿En qué habían estado pensando?

Obligándose a mantener la calma, Billy prestó atención a lo que le rodeaba. Oía un rumor a lo lejos, el sonido inequívoco de una ducha. Al consultar el reloj de la estantería, se dio cuenta de que eran apenas las siete de la mañana. La fuerza de la costumbre lo había hecho despertar temprano.

El joven se frotó los ojos, vacilando. No entendía cómo no había sentido cuando Geese se levantó del sillón. Habían estado sentados tan cerca…

Billy recordó todo lo que había pasado. En la penumbra del departamento, buscar la cercanía con Geese se había sentido natural. Geese lo había permitido, pero también había dicho “no te acostumbres”.

El joven se cubrió el rostro, ahogando un gruñido y sintiendo un calor trepar por sus mejillas. Para calmarse, se dijo a sí mismo que Geese había permitido que aquello sucediera. Si la cercanía le hubiese molestado, probablemente lo habría echado, o peor aún, habría castigado su atrevimiento despidiéndolo.

Lo único que Geese había dejado claro era que Billy no debía esperar que ese trato continuara después de esa noche. Era sólo un empleado, y un gesto amable de parte de su jefe no significaba que eso iba a cambiar.

Billy se sintió más tranquilo al recordar aquellas palabras. Ésa era una orden que podía cumplir. Podía comportarse como un simple empleado, porque no aspiraba a ser nada más.

El joven pasó algunos minutos ordenando la sala del departamento. Dobló la manta gris cuidadosamente y fue a guardarla al armario, sonriendo para sí al recordar la imagen de Geese-sama dormido en el sillón.

Luego regresó por la botella semivacía de cognac y la llevó al estante donde se encontraba la colección de licores de Geese. En la cocina, lavó el vaso que el empresario había utilizado y, mientras secaba el delicado cristal y lo guardaba en la alacena, Billy consideró preparar café, o tal vez el desayuno. Tenía tiempo, y quería ser útil para Geese esa mañana en agradecimiento por haberle permitido dormir en su sillón.

Billy abrió las puertas dobles del refrigerador y contempló los ingredientes a su disposición.

—¿Estás hambriento?

Billy se sobresaltó al escuchar la voz detrás de él. Con una sonrisa burlona, Geese entró en la cocina y pasó junto a Billy, cerrando las puertas del refrigerador con un golpe seco.

—El desayuno está en camino —indicó—. Vamos al comedor.

—Sí —respondió Billy con alivio, porque Geese se estaba comportando como si la noche anterior no hubiera ocurrido y eso le facilitaba las cosas a él.

Billy caminó detrás de su jefe mientras se dirigían a otro ambiente del penthouse. Había un tenue olor a jabón y shampoo rodeando a Geese, y su cabello rubio aún se veía ligeramente húmedo.

Esa mañana, Geese vestía una elegante hakama de mangas inmaculadamente blancas y pantalones de color rojo. Un par de tabi también blancos cubrían sus pies descalzos, y Billy no se sorprendió de no haberlo oído aproximarse a la cocina. Geese caminaba sin hacer el más mínimo ruido.

“Parece que espera a alguien”, pensó Billy, observando el formal traje. Geese no solía vestir así a menos que tuviera planes, o cuando iba a la azotea a entrenar. Sin embargo, la hakama que había elegido esa mañana era demasiado fina para ser considerada ropa de entrenamiento. “No recuerdo que hubiese una reunión programada para hoy. ¿Quizá es un asunto personal?”

El comedor era un salón de techo alto, con una larga y pesada mesa de caoba, y aparadores a lo largo de las paredes, llenos de fina vajilla de distintos estilos y proveniente de distintos países.

Sobre la mesa pendía un sólido candelabro que Geese había mandado traer de un castillo en Europa, cuyo costo de mantenimiento superaba lo que Billy ganaba en un año.

El salón también tenía una pequeña sala de estar situada en un extremo, y Geese se dirigió ahí, dejando que Billy se encargara de preparar la mesa.

—¿Debo usar la vajilla occidental o la japonesa? —preguntó el joven, yendo hacia los aparadores.

—Occidental.

—¿Para cuántos comensales?

—Dos.

Billy sintió una leve decepción. Le habría gustado pasar un poco más de tiempo a solas con Geese.

“Recuerda que eres sólo un empleado”, se dijo a sí mismo con burla, mientras abría las puertas de la vitrina de madera y sacaba algunos platos de porcelana inglesa.

Sin embargo, no todo era malo. Si Geese iba a recibir visitas, él tenía una razón para permanecer ahí: debía vigilar y protegerlo.

Billy dispuso la mesa con cuidado. El lugar de Geese estaba a la cabecera, y el de su invitado a la derecha. Como esa persona había ameritado que Geese se vistiera formalmente, Billy eligió los manteles individuales más delicados, y los cubiertos más finos.

Se pasó un buen rato alineando pacientemente los tenedores y cuchillos de distintos tamaños, y ubicando las tazas y platillos de porcelana y los vasos de cristal en el lugar correspondiente.

El joven no entendía por qué alguien necesitaba tantos utensilios para comer, si varios tenían el mismo propósito, pero sabía que no debía hacer esa pregunta en voz alta. Con el tiempo, había aprendido en qué orden se colocaban los cubiertos, y en qué orden se utilizaban. También sabía para qué se utilizaba cada tamaño específico de taza y de copa. Nunca iba a olvidar la mirada que le había dirigido Geese-sama la primera vez que le había servido cognac y había utilizado una copa incorrecta.

Al terminar de arreglar la mesa, Billy fue hacia la sala de estar, donde Geese leía una revista con aire distraído, iluminado por los rayos del sol que entraban por las altas ventanas. Billy observó el cabello aún húmedo de su jefe, y se preguntó cómo reaccionaría Geese si lo tocaba. De inmediato, el joven negó para sí, porque no podía imaginar una situación donde hacer aquel gesto fuera aceptable. Con algo de pesar, se dio cuenta de que él no solía tocar a Geese, a menos que estuvieran entrenando.

Billy observó por la ventana. La ciudad se veía tranquila y pacífica, como si sus habitantes aún no despertaran, pero estar en lo alto del rascacielos sabiendo que las decenas de pisos bajo ellos se encontraban prácticamente desiertos provocaba una profunda sensación de aislamiento. El joven se alegró de estar ahí, haciéndole compañía a Geese-sama.

Unos minutos después oyeron una campanilla anunciando que alguien estaba subiendo al penthouse, y Billy se dirigió a la sala a ver de quién se trataba. Cuando las puertas se abrieron, un joven  de cabellos castaños y uniforme blanco salió del ascensor empujando un carrito plateado donde llevaba diversas viandas de comida, teteras humeantes y jarrones con zumos de distintas frutas.

Billy reconoció al chef del restaurant que funcionaba en la terraza del piso treinta de la Geese Tower. El recién llegado se sobresaltó al verlo, pero luego lo reconoció. Sus ojos verdes se entrecerraron con un leve fastidio.

—Billy —saludó el chef con un parco asentimiento.

—Marc —saludó Billy.

—Mi nombre es Maurice —corrigió el joven castaño, sonando irritado, mientras empujaba el carro en dirección al comedor.

Billy sonrió medio burlón. Sabía que había usado el nombre equivocado. Maurice y él no se llevaban demasiado bien.

El joven chef era el encargado de preparar las comidas de Geese cuando a éste le apetecía comer alguna especialidad occidental. Aunque había ganado premios en Francia, el joven estaba orgulloso de haber venido a trabajar en el restaurant del rascacielos, y no ocultaba que satisfacer las necesidades culinarias de su jefe era su principal meta en la vida. Cada semana inventaba un plato nuevo y se lo presentaba a Geese con una expresión anhelante en el rostro, esperando su aprobación para incluirlo en el exclusivo menú del restaurant.

A Billy no le agradaba que ese joven francés fuera tan servilmente obsequioso, y a Maurice no le gustaba que un inglés sin clase trabajara directamente con Geese.

El empresario seguía enfrascado en la lectura de la revista cuando volvieron al comedor, y los dos jóvenes se dirigieron a la mesa para terminar de prepararla. Maurice hizo un gesto de advertencia para que Billy no tocara ninguna de las viandas, y luego analizó la distribución de la vajilla con aire crítico.

Billy había visto que los meseros del restaurant utilizaban cintas de medir para asegurarse de que cada tenedor, cuchillo y cuchara estuviera en el lugar preciso. Al parecer, había comensales que valoraban más ese tipo de detalles que la comida en sí.

Una sombra de molestia pasó por el rostro de Maurice al comprobar que Billy no había cometido ningún error al preparar la mesa.

Billy prestó atención a lo que hacía el joven, porque ver a un experto trabajar era una buena manera de aprender cosas nuevas que podrían resultar útiles en el futuro. A menudo, Billy sentía que el mundo en que vivía Geese estaba lleno de complicaciones sin sentido que él no comprendía (¿qué importaba si alguien usaba el plato de la derecha o el de la izquierda?), pero no podía darse el lujo de cometer un faux-pas frente a los conocidos de Geese o de lo contrario la imagen de su jefe se vería afectada.

Cuando la mesa estuvo lista, Maurice invitó a Geese a sentarse, hablándole cortésmente en francés. El chef no sabía que trabajar para Geese implicaba tener que aprender al menos la estructura básica de diversos idiomas y pensaba que Billy no entendería una palabra si mantenía una conversación en otra lengua.

Geese se sentó en el lugar a la cabecera de la mesa, sin que le importara que su visita aún no estuviera ahí. Sin embargo, Billy sintió un leve fastidio, porque hacer esperar a Geese era descortés.

—Billy —llamó Geese, y el joven se acercó, a la espera de órdenes. Le extrañó que el empresario lo observara con aire burlón.

Por un momento, Billy no entendió qué estaba pasando. La expresión de Geese se tornó en una ligeramente entretenida y luego el empresario hizo un gesto hacia el lugar dispuesto a su derecha. Maurice apartó la silla y esperó, observando a Billy con ojos helados.

—¿Estás esperando una invitación formal? —preguntó Geese con tono plácido. La confusión de Billy parecía hacerle gracia.

Billy cayó en la cuenta de que no habría visitas esa mañana. Quien iba a desayunar con Geese era él.

Con algo de incredulidad, Billy tomó asiento en la silla ofrecida. Aquella situación era tan inusual que no consiguió sentirse avergonzado por haber entendido mal. Después de todo, habían pasado muchos años desde la última vez que se había sentado a una mesa con Geese.

Aún hablando en francés, el chef empezó a explicar los distintos platos que componían el desayuno, y el origen de los ingredientes que había utilizado. Indicó el nombre de cada uno de los panecillos de la canasta, y de las frutas ordenadas cuidadosamente sobre una fuente. La mantequilla y la mermelada tenían un nombre específico. Y los granos del café habían sido cultivados a una cantidad determinada de metros sobre el nivel del mar, lo cual aparentemente influía sobre su calidad y su sabor.

Aquella era otra costumbre que Billy no comprendía: hablar largamente sobre los platillos, en vez de comerlos. Sin embargo, a Geese le interesaba esa información y Billy esperó en silencio.

Al terminar de hablar, Maurice sirvió el café y permaneció con ellos unos minutos más asegurándose de que todo estuviera en orden y que la comida fuera del agrado de su jefe.

Billy sentía que el joven chef desaprobaba hasta la manera en que él alzaba la taza, pero una breve mirada hacia Geese bastó para saber que no estaba haciendo nada incorrecto. O tal vez a Geese no le importaba si él usaba la mano equivocada para sujetar un cuchillo, o si no seguía las reglas de etiqueta en la mesa.

La primera vez que habían comido juntos también había sido así. Billy recordaba ese día con claridad.

El empresario lo había encontrado en la calle y lo había hecho subir a su limosina junto con Lilly, que se encontraba enferma. Los había llevado a su hotel y había encontrado a alguien que se ocupara de la niña, después de que Billy se negara rotundamente a que la llevaran a un hospital porque ahí los doctores preguntarían por sus padres y, al enterarse de que eran huérfanos y que habían estado viviendo en las calles, con toda seguridad los separarían. Ambos eran menores de edad, y Billy sabía que acabarían en un orfanato.

Geese había sido increíblemente paciente con él ese día, y Billy a menudo se preguntaba por qué. Como si fuera un benefactor enviado del cielo, el empresario los había alojado en el hotel con él, y los había alimentado. Había observado con interés cuando la comida llegó y Billy, que no había podido probar bocado en días, comió de los platos de forma desesperada y desordenada, para horror del camarero del hotel que apenas estaba terminando de disponer las fuentes sobre la mesa.

Extrañamente, Geese no había dicho nada. No se había molestado por las migajas que cayeron al suelo, o las salpicaduras en el mantel. Ni siquiera pareció notar que Billy estaba comiendo con las manos en vez de con los cubiertos.

Billy salió de sus pensamientos de golpe y, al levantar la vista, estaba de vuelta en el comedor del penthouse, y el empresario lo estaba observando. Billy sintió un enorme agradecimiento al mirar en sus fríos ojos celestes. Y, a diferencia de años atrás en el hotel en Londres, esta vez su agradecimiento no estaba opacado por temor y desconfianza.

—Volveré en una hora para retirar los platos —indicó Maurice en ese momento, preparándose para retirarse—. Por cierto, ¿tiene alguna preferencia para el almuerzo de hoy, señor Howard?

Geese apartó la vista, y por unos segundos se quedó pensativo, deliberando la respuesta.

—Yo podría cocinar —dijo Billy sin pensar. Su ofrecimiento fue espontáneo, porque quería hacer algo por Geese, y tomó por sorpresa a todos los presentes, incluido él mismo—. E-en la nevera hay ingredientes suficientes, puedo preparar algo —continuó, presa de un súbito nerviosismo que, por suerte, consiguió ocultar bastante bien.

—Te garantizo que lo que sea que pienses preparar será insuficiente para complacer a alguien con un paladar tan exquisito como el del señor Howard —dijo Maurice con un tono abiertamente ofendido.

—Si requiero ingredientes finos iré a buscarlos a la despensa del restaurant —respondió Billy con sarcasmo, sin perder un segundo. Una expresión de asco pasó por el rostro del chef. “No vas a poner un pie en mi despensa”, parecía decir.

—No será necesario que prepares nada hoy, Maurice —intervino Geese, para mortificación del chef, que hizo una leve venia y salió de ahí no sin antes lanzarle una mirada de desprecio a Billy.

Cuando estuvo otra vez a solas con su jefe, Billy intentó ocultarse detrás de la taza de café, incómodo, pero también contento, porque Geese-sama había aceptado su ofrecimiento.

—Es de necios disgustar a aquellos que pueden poner algo desagradable en tu plato de comida, Billy —comentó Geese mirándolo de reojo, viéndose ligeramente entretenido.

Billy sonrió con culpabilidad. Geese estaba al tanto de su mala relación con Maurice.

—Provocar una intoxicación arruinaría su reputación de cocinero, no creo que se atreva a intentarlo —respondió el joven, llamando “cocinero” a Maurice porque sabía que los chefs odiaban no ser llamados “chef”.

—No me refería a algo que pudiera causar una intoxicación —replicó Geese, bebiendo un sorbo de café, y esperando una explicación.

Billy bajó la mirada. Él se había metido en esa situación por provocar a Maurice frente a Geese-sama.

—Me irritan las personas que buscan su aprobación todo el tiempo —dijo Billy con el ceño fruncido—. Deberían saber que poder trabajar para usted es aprobación suficiente.

Geese siguió contemplando al joven, pero éste había bajado el rostro y dedicaba toda su atención al desayuno.

 


 

Geese hizo una pausa en su lectura y alzó la vista.

Estaba sentado a solas en uno de los sillones de la terraza del balcón, a la sombra de una pérgola de madera. El sol brillaba en el cielo despejado, pero la brisa que corría era ligeramente fría. Aquel era un día perfecto de diciembre. La ciudad que se extendía en el horizonte estaba sumida en una sosegada calma.

Originalmente, Geese había tenido la intención de enfrascarse en un libro por algunas horas, pero se le hacía difícil concentrarse con los ruidos que oía desde la cocina del departamento. Incluso después de subirle un poco el volumen al equipo de sonido, y que el ambiente del penthouse se llenara con los acordes de violines y pianos, Geese podía oír el entrechocar de cacerolas y el rítmico golpeteo de un cuchillo contra una tabla de cortar.

El ofrecimiento de Billy había sido inesperado. Al parecer, el joven no sólo sabía cocinar, sino que también se sentía lo suficientemente seguro de su destreza como para ofrecerse a preparar algo para su jefe.

Para su jefe, el dueño de esa ciudad, la persona que había traído a uno de los chefs más talentosos de Europa a trabajar para él.

La osadía de Billy le había parecido imprudente, pero también lo había dejado intrigado.

Unos minutos después, un aroma familiar llegó hasta el balcón, proveniente de la cocina. Geese dirigió la mirada hacia el paisaje de la ciudad, pensativo. No podía decirlo con seguridad, pero había algo casero y doméstico en ese aroma que estaba trayéndole vagos recuerdos de su niñez.

Negó para sí, deshaciéndose de esa sensación, y se levantó para ir a ver qué estaba haciendo Billy.

La puerta de la cocina estaba cerrada, pero aun así el cálido olor a comida llenaba el departamento. Geese empujó la puerta sin hacer ruido, y sin hacer evidente su presencia.

Billy estaba de espaldas a él, friendo pequeños trozos de carne en una sartén. Se había sacado su chaqueta, y vestía solo su vieja camiseta. Había algunas manchas de harina en sus brazos y en ese momento el joven estaba intentando evitar que el aceite le salpicara.

Concentrado en lo que hacía, Billy no notó que Geese lo observaba.

El empresario pasó la mirada por la usualmente impecable cocina. Las mesas estaban desordenadas, las especias fuera de lugar. Sobre la tabla de cortar había algunos vegetales a medio picar y más manchas de harina. Algunas cáscaras descartadas con prisa habían caído al suelo en vez de al cubo de basura.

Aquella imagen contrastaba con las organizadas cocinas de los restaurants que Geese frecuentaba, y con la fría precisión con que los chefs disponían sus utensilios e ingredientes.

Geese observó al joven rubio por algunos minutos. La actitud de Billy era la misma que la del día anterior. Aunque el rascacielos era un lugar de trabajo, en ese momento el joven estaba relajado, y disfrutaba de estar ahí, sin pensar en deberes o salarios o si le pagarían por su tiempo. Billy no estaba comportándose como un empleado, sino simplemente como una persona, y, aunque era la primera vez que Geese lo veía cocinar, no le fue difícil concluir que así era como se mostraba Billy cuando preparaba algo de comer para su hermana, o para sus amistades.

Pese al desorden general, Geese concluyó que Billy sabía lo que estaba haciendo, y que aquella tarea le entretenía. Sin decir nada, el empresario cerró la puerta y, después de dudar un momento, se dirigió al despacho privado que tenía en el departamento.

En comparación con la oficina del piso inferior, ese ambiente era pequeño y un poco más acogedor. Los estantes de oscura madera que cubrían las paredes estaban llenos de libros, en su mayoría empastados, y le daban al lugar un aire antiguo y cálido.

Geese se dirigió al pesado escritorio de caoba y buscó un número en su agenda. Dudó un momento, reflexionando sobre lo que iba a hacer, pero al final marcó el número en el teléfono y esperó.

 


 

Algunas horas después, cuando se sentaron a la mesa, Billy se arrepintió un poco por haberse ofrecido a cocinar. Una parte racional de su mente le repetía que comida era comida, sin importar si la preparaba una persona común o un chef que había recibido premios, pero, aun así, el nerviosismo que sentía era irreprimible. Había preparado un estofado casero que Lilly y él solían comer cuando eran niños. Había tenido que improvisar parte de la receta para adaptarla a los ingredientes que había encontrado en la nevera, pero el resultado había sido bastante fiel.

Sin embargo, servida en la fina vajilla de Geese, aquella vianda daba la sensación de ser comida de pobres.

Incómodo, Billy llenó el silencio explicando que él había aprendido a preparar ese plato cuando ayudaba a su madre en la cocina. No era idéntico al original, porque había un par de ingredientes que Billy no recordaba, pero era la comida preferida de su hermana, y también la suya.

Geese había escuchado sin responder. Al probar el primer bocado, el empresario había cerrado los ojos un breve momento, y la incertidumbre se había apoderado de Billy. ¿Qué iba a hacer si a su jefe le desagradaba esa sazón? ¿Por qué diablos se había ofrecido a cocinar?

—No está mal —comentó Geese.

Billy se quedó de una pieza, y pasó el resto de la comida en una agradable bruma, y probablemente habló más de la cuenta, comentando sobre otros platos que había probado cuando era pequeño en Inglaterra y que en Estados Unidos no sabían preparar.

Geese lo dejó hablar, pero no hizo demasiados comentarios. Al terminar, Billy no estaba seguro de si a su jefe le había complacido la comida o si tan sólo “no había estado mal”, pero se conformó con ver que los platos de ambos habían quedado vacíos.

 


 

—¿Geese-sama?

Billy estaba a solas en el departamento.

Había estado lavando los platos y limpiando los muebles y el suelo de la cocina hasta regresarlos a su impecable estado original, y había perdido la noción del tiempo.

Buscó a Geese en el comedor y en las habitaciones, y también en el despacho y la terraza del balcón. Al no hallarlo, sintió una punzada de preocupación. Su trabajo lo había condicionado a poner la seguridad de Geese-sama por encima de todo, y se le hacía difícil no reaccionar de forma un poco paranoica a su ausencia.

“¿Qué tipo de guardaespaldas pierde de vista a su jefe…?” pensó, irritado consigo mismo.

Se dirigió al ascensor con pasos apresurados y bajó al despacho en el piso inferior, para ver si Geese se encontraba ahí. Sabía que su jefe era muy capaz de ponerse a trabajar para que aquel no fuera un día completamente “desperdiciado”.

Billy cruzó los vestíbulos vacíos y abrió la puerta de la oficina de Geese. Respiró aliviado al encontrar a su jefe ahí.

Geese estaba sentado detrás del escritorio, viéndose un poco extraño vestido con su formal hakama en medio de la decoración occidental. Tenía los codos apoyados sobre la superficie, sus dedos entrelazados, y el ceño ligeramente fruncido, como si ponderara un asunto de suma importancia.

—¿Geese-sama? —llamó Billy, acercándose. Geese entrecerró los ojos con algo de fastidio al verlo ahí, y Billy se detuvo ante él, extrañado por ese recibimiento—. ¿Sucede algo?

La respuesta de Geese fue una larga mirada silenciosa, hasta que, finalmente, el empresario se reclinó contra el respaldo de la silla e hizo un gesto hacia el escritorio.

—Llegó algo para ti —indicó con voz neutra, señalando un pequeño estuche blanco delante de él.

Billy reconoció el logo impreso en la parte superior de la caja. Pertenecía a una de las empresas Howard, una exclusiva joyería que Geese utilizaba para lavar dinero.

Confuso, Billy ladeó el rostro. Probablemente se trataba de algo relacionado con trabajo, pero no entendía por qué Geese se lo estaba asignando a él. Usualmente esa joyería involucraba asuntos administrativos y mucho papeleo, y no era necesario amenazar o golpear a nadie.

Aún sin comprender del todo qué pretendía su jefe, Billy tomó la caja y la abrió.

Dentro había un par de pendientes plateados, que brillaban con el lustre característico de las joyas finas. El estuche tenía un revestimiento interior de seda, y ostentaba el logo de la joyería bordado en hilo dorado. Los pendientes descansaban sobre una base de terciopelo blanco, y eran idénticos a los que Billy llevaba.  

Pero, a diferencia de los accesorios baratos que Billy había comprado en el Barrio Chino, los pendientes de la caja debían costar algunos cientos de dólares, si no miles.

Billy miró a su jefe. Geese le devolvió la mirada con el rostro inexpresivo.

—Geese-sama… —murmuró el joven, cerrando el estuche y manteniéndolo en sus manos, sin atreverse a formular la pregunta que estaba en su mente.

Geese había dicho “llegó algo para ti”.

¿Eso significaba que era… un regalo?

Los pensamientos de Billy se bloquearon. Se sentía feliz de que Geese hubiese tenido esa consideración con él, a pesar de que lo consideraba “sólo un empleado”, pero, al mismo tiempo, una voz orgullosa en su interior exigía que no aceptara ese costoso obsequio. Tenía que dejarle en claro a Geese que él no necesitaba de ese tipo de cosas. Su jefe le había dado suficiente al permitirle pasar la noche en el penthouse y luego compartir gran parte del día con él. No era necesario que gastara dinero en él.

—Geese-sama —probó decir de nuevo, con un poco más de firmeza—. Se lo agradezco…, pero…

—Si no te gustan tíralos —interrumpió Geese con tono seco, señalando el cubo de basura junto a su escritorio con un ademán fastidiado.

—¿Qué? ¡No! —dijo Billy de inmediato, sujetando la caja firmemente.

Geese empujó su silla hacia atrás y se levantó, dándole la espalda con aire disgustado.

Turbado, Billy comprendió que por intentar hacer lo que era “correcto” había hecho enfadar a su jefe. Geese-sama se había tomado la molestia de conseguir un regalo, y él lo estaba rechazando.

Sintiéndose apesadumbrado, Billy abrió el estuche y miró los pendientes. Geese había tenido el cuidado de elegir unos que se parecieran a los que Billy llevaba. Hasta ese momento, el joven había creído que su jefe no prestaba atención a ese tipo de detalles.

—Lo siento —dijo Billy finalmente, dirigiéndose al reflejo de Geese en el vidrio—. Me tomó por sorpresa y hablé sin pensar.

Hubo un momento en que, para mortificación del joven, Geese no respondió, pero al cabo de unos segundos el empresario se volvió hacia él.

Billy lo miró a los ojos, y, para demostrar que el regalo le había gustado y que no pensaba tirarlo, dejó la caja sobre el escritorio y se sacó sus viejos pendientes baratos.

Geese se acercó mientras Billy intentaba ponerse uno de los nuevos pendientes y descubría que la proximidad de su jefe hacía que sus dedos se volvieran torpes. Manipular el diminuto pasador se tornó en una tarea extremadamente complicada.

Una sombra de impaciencia pasó por el rostro de Geese y, un segundo después, Billy sintió sus dedos tibios rozándole el oído, indicándole que le dejara hacerlo a él. Hubo gentileza en aquel gesto, a pesar del semblante impaciente del empresario, y Billy contuvo la respiración debido a la cercanía, y las cosquillas que producían los dedos de Geese contra su piel.

—Yo no le compré nada —murmuró el joven con pesar cuando los pendientes estuvieron en su lugar.

—No es mi cumpleaños —respondió Geese con el rostro serio, apartándose un poco para poder apreciar al joven.

Billy rio con suavidad.

—Gracias —dijo simplemente.

Geese asintió como respuesta, y Billy se llevó una mano al oído y se observó en el reflejo de la ventana. Nadie iba a notar aquel cambio. En adelante, sólo ellos dos sabrían que ése había sido un regalo. Sería como un secreto entre ambos.

Billy sonrió, sintiendo que no quería sacarse esos pendientes nunca más.

Geese aún lo estaba observando, parecía complacido, pero su aire era grave.

—No olvides lo que dije anoche.

—No lo he olvidado, Geese-sama —respondió Billy.

—Bien. —Geese se dirigió a la puerta y Billy lo siguió, pero el empresario hizo un ademán para detenerlo—. No será necesario que me acompañes. Vuelve a casa —ordenó.

Con algo de pesar, el joven comprendió que aquel agradable día había llegado a su fin. Sin protestar, Billy hizo una leve inclinación y oyó que Geese salía y cerraba la puerta tras de sí.

Las órdenes de Billy eran no esperar que un trato como ese volviera a repetirse, pero el joven se sentía en paz. 

Mientras Geese no lo apartara de su lado, él no necesitaba más. 

 


MiauNeko
25 de diciembre de 2018

¡Feliz cumpleaños, Billy!