Actions

Work Header

Lealtad

Chapter Text

Un día de finales de agosto, Ripper se presentó en el penthouse de su jefe, ubicado en el último piso de la Geese Tower.

Era domingo, pero eso no significaba mucho dentro de aquel rascacielos. Gobernar una ciudad tan extensa como South Town era una exigente labor de tiempo completo, y Geese rara vez tomaba días libres. El empresario pasaba los fines de semana en su suite y, aunque dedicaba algunos minutos a distracciones mundanas, como leer algún libro o disfrutar de un disco de música clásica, el trabajo seguía ocupando gran parte de su tiempo.

Aquella tarde, Ripper había acudido a pedido de Geese, para presentarle un informe sobre Billy Kane.

Geese estaba sentado en uno de los sillones de suave tapiz color arena, frentes a los ventanales de la sala. Sostenía una copa de cognac en su mano y su mirada estaba dirigida hacia el cielo despejado. Como era domingo, se encontraba en mangas de camisa, y los botones del cuello sin abrochar dejaban a la vista un medallón de oro que pendía de una gruesa cadena dorada sobre su pecho.

El resto de su aspecto no se diferenciaba de la imagen que mostraba cuando estaba en su oficina. Su cabello rubio estaba peinado hacia atrás, sin un mechón fuera de lugar. Sus ojos celestes eran serios y fríos, y no dejaban entrever sus pensamientos.

Geese escuchó el informe de Ripper con un aire distante y desinteresado. Continuó mirando el cielo, mientras el secretario explicaba que Billy, a pesar de su apariencia rebelde, sabía seguir órdenes y aprendía rápidamente. Como aún era joven, Billy tenía facilidad para adoptar las actitudes de aquellos que lo rodeaban. Emulando a sus compañeros de trabajo, sabía cómo conducirse en situaciones a las que se exponía por primera vez.

En cuanto a su nivel físico, Ripper indicó que Billy era diestro en los entrenamientos, pero no había tenido oportunidad de demostrar su capacidad en la práctica, porque la ciudad vivía una época de relativa tranquilidad. Nadie había intentado atacar a Geese Howard en meses.

Las órdenes que Billy había recibido eran simplemente no separarse de Geese en ningún momento. Debía observar a los otros guardaespaldas, seguir sus indicaciones, y aprender a estar siempre alerta para adelantarse a cualquier posible amenaza.

El joven había cumplido esa orden al pie de la letra. Su evaluación había sido perfecta en ese aspecto.

Ripper también resumió los reportes de las personas designadas para seguir a Billy en sus ratos libres. El joven no realizaba ningún tipo de actividad sospechosa. En los días en que no trabajaba, Billy visitaba a su hermana Lilly en el alojamiento que Geese había encontrado para ella: una casa refugio que prestaba servicios a familias inmigrantes.

El personal que trabajaba en aquella casa coincidía en que los hermanos Kane no parecían tener intenciones ocultas. Cuando estaban juntos, Billy y Lilly se veían relajados y hasta contentos de estar ahí. Ninguno de los dos parecía tener urgencia por abandonar el refugio o la ciudad.

Los movimientos de Billy eran monitoreados de cerca, pero el joven no hacía demasiado. Un par de veces, los encargados de vigilarlo lo habían seguido a Chinatown, pero Billy no había hablado con nadie salvo los dependientes de algunas tiendas donde había hecho compras inofensivas, que incluían ropa barata, discos usados y algunas revistas.

Billy no tenía contacto con miembros de ninguna banda criminal o pandilla, ni con personas que pudieran clasificarse como amistades.

Muy a menudo, Billy volvía a la Geese Tower en sus días de descanso, sin que nadie se lo pidiera, y verificaba que Geese no necesitara nada.

Ripper le había comentado al joven que esas horas no serían remuneradas, y Billy se había encogido de hombros y respondido que no le importaba, porque sólo “pasaba por ahí”.

El secretario terminó de leer el informe y esperó.

—En resumen, en ocho meses no ha cometido errores, pero tampoco ha demostrado ser un empleado sobresaliente —comentó Geese.

—Así es.

Geese bebió un sorbo de cognac y dejó el vaso en la mesilla junto al sillón. Luego se levantó y se acercó al grueso panel de vidrio de la ventana.

Por algunos minutos, Geese solamente observó la vista desde ahí, con las manos juntas tras su espalda. Era media tarde, y los edificios del distrito resplandecían bajo el sol de agosto.

El empresario contempló la ciudad. Su mirada se dirigió hacia el barrio chino, que era el distrito que Billy más solía frecuentar. No comprendía por qué el joven inglés había desarrollado una predilección por ese vecindario, pero no la desaprobaba. Chinatown tenía una personalidad propia, ruidosa y caótica, que la diferenciaba de los barrios más tradicionales. Sus residentes se enfocaban más en hacer florecer sus negocios que en causar problemas, y las probabilidades de encontrar pandillas hostiles era baja.

Al pensar en pandillas, la mirada de Geese inevitablemente se dirigió a la zona de la bahía y los almacenes que rodeaban al muelle.

Desde esa distancia, el lugar se veía pacífico, pero aquella área era difícil de controlar. Por las noches, cuando la actividad del terminal marítimo cesaba, las avenidas y calles aledañas quedaban a merced de bandas y pandillas menores, que se disputaban el territorio para llevar a cabo diversas actividades ilícitas.

Las empresas portuarias contaban con seguridad nocturna, pero el personal había sido contratado para vigilar los almacenes y contenedores, y no para mantener la zona libre de criminales.

En vista de aquellas circunstancias favorecedoras, una nueva banda había decidido tomar control sobre el área. En pocas semanas, los recién llegados habían conseguido expulsar a algunas de las pandillas antiguas.

Por varios días, Geese se había mantenido al tanto de los sucesos a través de sus numerosos informantes. La nueva banda estaba compuesta de inmigrantes sudamericanos que habían arribado algunos meses atrás. Inicialmente, los recién llegados habían parecido personas comunes, que venían a buscar trabajo y un mejor futuro para sus familias, pero pronto sus intenciones habían salido a la luz. Esos intrusos tenían por objetivo dominar aquel crucial distrito, y luego extender su control hacia el corazón de la ciudad.

Geese no había hecho ningún movimiento contra ellos aún. Había decidido observarlos para evaluar cuál era la mejor manera de proceder.

Sin embargo, la violencia en el puerto iba en aumento. Los inmigrantes no tenían reparos en encontrar a miembros de otras pandillas y matarlos a sangre fría. No estaban interesados en crear alianzas ni en llegar a acuerdos verbales. Tenían armas de fuego y planeaban usarlas.

Eran unos forasteros ilusos que no sabían que South Town ya tenía un dueño.

Tal vez ya era hora de que se enteraran de que los delincuentes de la ciudad eran tolerados siempre y cuando siguieran las reglas de Geese Howard.

—¿Señor? —preguntó Ripper dubitativo cuando el silencio de su jefe se alargó por varios minutos.

Geese lo miró en el reflejo del vidrio.

—Haz que Billy se encargue de recuperar el control sobre el puerto.

—¿Billy, señor? —repitió Ripper, perplejo y viéndose nervioso, porque aquella era una tarea demasiado grande para un novato.

—¿No crees que podrá manejarlo? —preguntó Geese.

—Con todo respeto, Billy ni siquiera ha cumplido un año en el puesto. Es demasiado joven, no tiene suficiente experiencia, y nunca ha tratado con personas de ese tipo. No creo que sea prudente enviarlo a él.

—Ya es hora —dijo Geese, desoyendo las palabras del secretario y mirando el paisaje nuevamente—. Si Billy va a fallar, que lo haga ahora. Me ahorrará tiempo.

Ripper quiso insistir en que enviar a Billy a una misión así era demasiado peligroso, pero calló, porque sabía que Geese no lo escucharía.

—¿Cómo debemos proceder? —preguntó, manteniendo un tono profesional.

—Elimínenlos.

—¿De la forma usual?

La “forma usual” implicaba asesinar a los líderes, y dejar sus cadáveres en un lugar visible, a modo de advertencia.

—Pensándolo bien, deja que Billy decida —respondió Geese con una tenue sonrisa cruel, como si aquello fuera un juego para él, y estuviera curioso por ver el resultado.

Ripper asintió, resignado.

 


 

Cuando Billy sintió el pinchazo de la aguja, ya era demasiado tarde para arrepentirse.

No estaba seguro de por qué había hecho eso. Tener dinero a su disposición lo hacía cometer tonterías, al parecer.

El dependiente de la tienda de tatuajes y piercings era un delgado joven chino, de cabello negro y ojos oscuros, que desempeñaba su trabajo con una eficiencia casi mecánica. Sin notar el desconcierto de Billy, el joven volvió a clavar la aguja con suma destreza, esta vez en el lóbulo del otro oído, tan rápidamente que la perforación no causó dolor.

Un momento después, el dependiente acercó un espejo y el joven rubio se observó en el reflejo. Sus nuevos pendientes plateados se veían discretos y delicados. Como era de esperarse, sus orejas estaban un poco enrojecidas, pero no había sangre.

Aquélla había sido una decisión impulsiva. Billy había pasado frente a esa tienda mientras paseaba por Chinatown, había visto el letrero, las fotos de los tatuajes y los piercings en exhibición, y de súbito había recordado que, cuando era niño, los chicos mayores de su barrio se habían puesto pendientes, y luego se habían contoneado por todo el vecindario, increíblemente orgullosos de aquella extravagancia y sintiéndose como estrellas de rock. En aquella época, el pequeño Billy los había admirado. Pero, por supuesto, sus padres se habían negado rotundamente a permitirle ponerse pendientes.

Sin saber por qué, de pie frente al escaparate del local, Billy se había dicho a sí mismo que ahora podía hacer lo que quisiera, porque no tenía a nadie para prohibírselo, y había entrado.

—Son treinta dólares, incluido el producto —dijo el dependiente. El joven tenía un ligero acento oriental que le daba una sequedad casi agresiva a sus palabras.

Billy asintió y pagó con los últimos billetes que quedaban en su bolsillo. Había elegido pendientes simples y poco costosos, pero, aun así, el precio era alto para sus estándares. Los catálogos que el joven chino le había mostrado seguían abiertos sobre la vitrina. Algunos de ellos listaban joyas lisas y sin adornos, fabricadas con acero quirúrgico, como las que Billy había comprado, pero otros ofrecían productos de marcas famosas confeccionados con platino, cuyo precio ascendía a un par de miles de dólares.

El dependiente guardó el dinero en una caja bajo el mostrador, murmuró un “gracias” sin mirarlo a los ojos y no le ofreció un recibo por el servicio.

Billy dio las gracias de la misma manera y salió a la calle.

Como era domingo, y su día libre, había ido a Chinatown de compras. En los ocho meses que llevaba trabajando para Geese a tiempo completo, había descubierto lo que era el placer de recibir un sueldo decente, y gastarlo sin que nadie se lo prohibiera.

Pasar de ser un niño que robaba comida para sobrevivir, a un adulto con algunos cientos de dólares disponibles al final de cada mes era placentero. El monto disminuía después de reembolsar a Geese por los gastos de su hermana, pero, aun así, Billy disfrutaba gratamente su nuevo poder adquisitivo.

El joven había concluido con bastante rapidez que no le interesaba comprar productos nuevos o de marcas reconocidas, como hacían sus compañeros de trabajo. En esos meses, Billy había reunido un guardarropa medio decente comprando prendas en tiendas de segunda mano, y había encontrado algunos artículos interesantes en casas de empeño y ferias de pulgas. Había comprado algunos discos usados para escuchar en la vieja radio de su habitación, y fantaseaba con ahorrar lo suficiente para comprar una guitarra que había visto en una casa de empeños.

Sin embargo, aunque quería ahorrar, cada vez que iba de compras terminaba gastando más dinero de lo planeado, en particular cuando veía cosas que podrían gustarle a su hermana. Juguetes, golosinas, revistas, libros, todo parecía un buen regalo para Lilly e, inevitablemente, Billy intentaba compensar por las carencias que habían sufrido cuando eran pequeños.

Además del dinero, tener un empleo fijo había servido para que Billy definiera un poco mejor sus objetivos personales. Su prioridad era cuidar de Lilly. Debía esforzarse en el trabajo para que su salario mejorara, y, algún día, reuniría dinero suficiente para comprar una casa propia donde podría vivir con su hermana.

Billy sabía que aquella era una meta un poco extraña para alguien de su edad. A veces se preguntaba qué tipo de preocupaciones tendrían otros jóvenes de dieciocho años que llevaban vidas normales. ¿Decidir qué carrera seguir? ¿Qué auto pedirle a sus padres? No podía saberlo. Lo que él quería era que su hermana pequeña tuviera un hogar.

Billy echó a andar por el bullicioso barrio chino. Ese fin de semana había gran cantidad de gente en las calles, y los negocios de comida no se daban abasto para la afluencia de público. Los vendedores ambulantes anunciaban sus ofertas a gritos, intentando atraer la atención de los transeúntes.

   Esquivando a grupos de personas, cajas vacías y montículos de basura acumulados en el borde de la acera, Billy se rascó distraídamente el oído y sus dedos rozaron el pendiente.

El joven se dio cuenta de que no se había detenido a pensar qué diría Geese sobre ese accesorio. Intentó hacer memoria, pero no recordó a ningún otro empleado hombre que llevara pendientes en horas de trabajo.

Billy alzó la mirada por entre los edificios y, por costumbre, buscó a la Geese Tower en el horizonte. Las viejas construcciones de ladrillo rojo y los grandes letreros del barrio chino entorpecían la vista y no consiguió dar con ella.

Sus pensamientos volvieron a su hermana, y también a Geese Howard.

Cuando Billy había llegado a South Town, había exigido un lugar seguro donde su hermana pudiera vivir. Sin tardanza, y con una sonrisa maliciosa en los labios, Geese le había propuesto alojar a Lilly en uno de los apartamentos desocupados en la Geese Tower, ya que esa construcción era el lugar más seguro en toda la ciudad. Billy se había negado de inmediato. En esa época aún no conocía la extensión de los negocios turbios de Geese, pero su instinto le decía que Lilly de ninguna manera debía tener un contacto tan cercano con las empresas Howard. Su desconfianza incluso lo hizo pensar que Geese utilizaría a la niña como rehén para obligarle a él a hacer cosas contra su voluntad.

Al final, Geese había enviado a la niña a una institución que ofrecía refugio temporal a inmigrantes en problemas. A Billy no le había agradado del todo la idea, pero pronto cambió de parecer.

El refugio tenía el aspecto de una casa residencial, y el personal que trabajaba ahí era amable y servicial. Lilly se sintió a gusto de bastante rápido y Billy, sabiendo que no podía forzar la paciencia de Geese con sus exigencias, decidió darle una oportunidad al lugar.

Geese lo autorizó para entrar y salir del refugio con total libertad y, después de algunos días, Billy admitió que su jefe había conseguido un buen lugar para alojar a Lilly. La habitación privada de la niña era espaciosa. Además de la cama, el dormitorio también estaba amoblado con un viejo sillón y un baúl con llave para que Lilly guardara sus pocas pertenencias. Las mujeres encargadas del refugio incluso invitaron a Billy a pasar los fines de semana con su hermana, a cambio de que las ayudara con algunas tareas de la casa.

El joven aceptó con algo de desconfianza, y pronto comprobó que su recelo era infundado. El ambiente del refugio era amigable, porque su propósito era ofrecer techo y cobijo a personas que lo necesitaban.

Sin embargo, Billy no era ingenuo, y sabía que aquel refugio no existía solamente debido a la benevolencia de su dueño. Como la mayoría de empresas Howard, aquello era una fachada, y, al igual que Billy, las familias alojadas ahí acabarían en deuda con Geese y obligadas a pagarle, de un modo u otro.

Billy se detuvo al llegar a una esquina. Mientras esperaba que el semáforo en rojo cambiara de color, miró hacia arriba y vio el rascacielos de Geese alzándose contra el cielo.

Aquella torre tenía un efecto extraño en él. Incluso en sus días libres, y sin importar en qué parte de la ciudad se encontrara, ver la torre le hacía desear regresar al lado de su jefe.

Billy no estaba seguro de qué había condicionado ese comportamiento, pero era algo superior a sus fuerzas. A veces, si estaba en el área, se dirigía a la torre y subía a la oficina. Si encontraba a Geese en el despacho, se quedaba algunos minutos ocupándose de tareas menores, como ordenar papeles, poner el periódico en orden, o servirle un café. A Geese no le molestaba que él estuviera ahí. Al contrario, a veces Billy no estaba seguro de si el empresario se daba cuenta de que ése era su día libre.

En ocasiones, Billy llegaba al despacho y éste se encontraba vacío. Aquello lo decepcionaba un poco, pero también lo tranquilizaba, porque significaba que su jefe estaba tomándose un descanso del trabajo.

Ese domingo, Billy decidió no ir a la torre. Tenía un largo camino que recorrer para volver a su habitación.

A pesar de que ahora era un empleado a tiemplo completo, Billy seguía viviendo en la habitación que Geese le había asignado durante los años en que solamente era un aprendiz. La renta era barata, y Billy no necesitaba nada más por el momento. Sus pertenencias se reducían a un poco de ropa y una torre de CDs que poco a poco se iba acumulando junto a la vieja radio.

Cada mañana, un vehículo llevaba a Billy a la Geese Tower, junto con algunos otros empleados. Era un buen arreglo. Billy no tenía preocupaciones, salvo hacer bien su trabajo.

En esos meses, había aprendido mucho observando a sus superiores y, sobre todo, observando a Geese. Sabía cómo debían comportarse los guardaespaldas, y sabía qué era lo que Geese esperaba de ellos. Aquellos hombres no estaban ahí sólo para proteger a su jefe de amenazas mortales, sino también para evitar que las personas se le acercaran en la calle, o que alguien lo abordara cuando estaba en un lugar muy concurrido.

Billy había concluido que, en esa ciudad, Geese Howard era una celebridad. Una que estaba bajo constante amenaza de muerte.

Otra cosa que había aprendido era que el trato de Geese hacia él inevitablemente cambiaba cuando estaban delante de otras personas. El empresario era menos paciente, menos asequible. Sus respuestas se tornaban bruscas, incluso hirientes, como si le molestara tener que lidiar con empleados a los que había indicarles paso a paso lo que tenían que hacer.

Billy comprendió que la mejor manera de evitar ser tratado así era no darle una razón a Geese para impacientarse con él. Por eso, procuraba siempre adelantarse a las necesidades de su jefe. Aún no había perfeccionado esa habilidad, pero sabía que con el tiempo lo conseguiría, conforme conociera a Geese un poco mejor.

Sin embargo, su desempeño satisfactorio y su cercanía con Geese llevaron a que el resto del personal lo relegara. Los hombres y mujeres que trabajaban en el rascacielos seguían sus órdenes, pero lo evitaban a un nivel personal. No invitaban a Billy a las reuniones de confraternidad, ni le preguntaban si quería participar en las actividades que organizaban las distintas áreas del edificio. Billy notó que lo excluían a pesar de que él no había hecho nada para ganarse la enemistad de los empleados. Eso lo fastidió en un primer momento, pero luego se acostumbró a ignorarlos. Si lo pensaba de otro modo, Geese tampoco era invitado a esas reuniones, y Billy prefería quedarse con su jefe antes que ir con sus compañeros a beber a un bar.

Billy suspiró para sí mientras continuaba su camino, y resistió el impulso de dirigirse hacia el rascacielos.

 


 

El siguiente día, temprano por la mañana, la rutina de Billy sufrió un cambio inesperado. Ripper lo interceptó mientras se dirigía a la oficina de Geese, y no le permitió entrar a darle los buenos días a su jefe.

—Tienes nuevas órdenes —dijo Ripper, tomando a Billy del brazo y llevándolo a una de las salas de espera que estaban desocupadas.

Se sentaron en los sillones bajos y Ripper le entregó una carpeta de color beige. Dentro había algunas hojas con texto impreso, mapas y fotografías.

—Geese-sama quiere que te encargues de eliminar a esta pandilla —dijo el secretario.

Billy observó los documentos con el ceño fruncido, procurando ocultar su desconcierto. Reconoció el lugar marcado en el mapa. Era un depósito abandonado en el muelle, que había sido ocupado sin autorización por un grupo de inmigrantes que habían llegado hacía poco a la ciudad. Billy había oído a Geese comentar sobre ellos. Parecía que querían organizarse para formar una banda, y habían estado enfrentándose con otros grupos de delincuentes hasta conseguir apropiarse de parte de ese territorio.

—¿Esto es tarea para un guardaespaldas? —preguntó Billy con tono burlón mientras leía una lista de potenciales miembros de la nueva banda. Eran numerosos. Y seguirían aumentando si nadie se hacía cargo.

Ripper negó con la cabeza.

—Si no crees poder hacerlo será mejor que hables con el jefe —dijo el secretario—. Honestamente, creo que lo único que lograrás es que te maten. Aún no estás listo.

Billy continuaba mirando los documentos. Ese encargo era una buena señal, ¿no? Significaba que Geese le estaba dando mayores responsabilidades. Pero, a la vez, era extraño. Se suponía que Geese lo había contratado para que fuera parte de su escolta de seguridad. Esta misión era más apropiada para un operativo de campo.

—¿Geese-sama lo ordenó? —preguntó Billy.

—Sí, personalmente.

—Entonces debo obedecer —concluyó el rubio, reuniendo los documentos y volviendo a guardarlos en la carpeta. Ripper se tardó unos segundos en reaccionar, pero luego dijo:

—Si es así, estamos a tu disposición. Lleva a los hombres que necesites, y usa el método que creas conveniente. Puedes tomarte unos días para estudiar el objetivo y el área. Tienes libertad para actuar como consideres más adecuado. Sin embargo, si no estás seguro de tus capacidades, dilo. Más adelante habrá otras oportunidades para que demuestres tu potencial.  

Billy asintió. Aquella parecía una misión importante. Nunca había hecho algo similar, pero sabía cómo funcionaban esas cosas. Había visto a los hombres de Geese intimidando a distintas personas en la ciudad, y había aprendido algunos gestos y frases efectivas.

—¿Por qué estás sonriendo? —preguntó Ripper ásperamente.

—Es una orden de Geese-sama —dijo Billy con simplicidad—. Si él confía en que puedo hacer esto, lo haré.

—No cometas el error de subestimar a un enemigo. No es tan fácil… —intentó protestar Ripper.

Billy le dirigió una mirada confiada. Ripper lo había supervisado por años, y parecía aún verlo como un niño inexperimentado. Pero eso había cambiado. Ahora Billy trabajaba para Geese, y, al darle esa misión, Geese le estaba otorgando una muestra de confianza.

Billy se levantó y se dirigió a la oficina de su jefe. Ripper no lo siguió. Se quedó sentado en los sillones, con los hombros caídos, viéndose preocupado.

 


 

Billy se acercó al escritorio e hizo una inclinación. Al alzar la mirada, Geese observaba la carpeta que él llevaba en las manos.

—Veo que Ripper ya habló contigo.

—Sí. Quería agradecerle por la oportunidad, Geese-sama —respondió Billy, sonando sincero.

Geese esbozó una sonrisa, pero su mirada se tornó desdeñosa.

—Veremos si aún te sientes agradecido al terminar —comentó, como si hablara para sí.

—¿Por qué dice eso?

Geese no respondió. Volvió a observar a Billy, y su mirada se detuvo un momento en los nuevos pendientes del joven. Billy hizo un esfuerzo por no llevarse una mano al oído, incómodo.

Sin embargo, el empresario perdió el interés pronto. Girando su silla, Geese se puso de pie y caminó hacia el ventanal. Su mirada se dirigió hacia el muelle.

—Debo salir, pero no es necesario que vengas —dijo el hombre—. Encárgate de cumplir tu tarea, y preséntame un informe detallado de tus averiguaciones cada tarde.

—Pero… —Billy quiso protestar. Sus órdenes primordiales eran no separarse de Geese, no quería que eso cambiara.

Geese se volvió hacia él y lo hizo callar con una mirada.

—¿Decías algo, Billy?

Billy sabía que no estaba en posición de exigir nada, pero el deseo de estar cerca de Geese lo había llevado a protestar. Quería estar a su lado cada minuto del día, tal como había estado durante aquellos ocho meses.

—Me encargaré de esto cuanto antes, señor —respondió Billy.

 


 

Cuatro días después, Billy tomó dos autos, siete guardias, y se dirigió hacia el puerto de la ciudad.

A pesar de que se repetía que no estaba nervioso, sujetaba su bo fuertemente con las manos.

Esa mañana llevaba su arma desplegada, a la vista de todos. El báculo de madera roja era como una advertencia, una señal de que las cosas iban en serio.

Los hombres que lo acompañaban estaban todos vestidos iguales, con trajes y corbatas negras. La mayoría llevaba armas de fuego, pero Billy les había ordenado no utilizarlas a menos que fuera como último recurso. Ripper también estaba presente, a modo de observador.

A diferencia de otras ocasiones, las órdenes de Geese no habían sido asesinar a aquella pandilla. Claramente, el empresario había dicho que Billy podía decidir cómo manejar la situación. Mientras esos inmigrantes dejaran de causar problemas en la ciudad, el empresario se daría por satisfecho.

Billy no quería que nadie muriera, pero tampoco era un ingenuo. Sabía que en este tipo de situaciones, cualquiera de las partes podía sufrir pérdidas. Y, si alguien debía morir, serían los enemigos de Geese-sama.

El joven cerró los ojos un segundo, mientras los vehículos avanzaban por las avenidas y el aroma del mar comenzaba a volverse más intenso.

Cuando se había despedido de Geese esa mañana, el empresario lo había mirado con una expresión difícil de leer. Por un absurdo momento, Billy se había preguntado si Geese le diría que tuviera cuidado. Pero no, ese hombre no acostumbraba decir ese tipo de cosas. Lo que había salido de los labios de Geese había sido un desdeñoso “ya era hora, pensé que pospondrías este asunto hasta que esa pandilla dominara toda la ciudad”.

Billy no estaba seguro de si había sido un reproche, o una seca broma.

Llegaron al viejo depósito ubicado cerca de la entrada al puerto y, tal como esperaban, la pandilla de inmigrantes estaba ahí.

Los informantes con los que Billy había estado en contacto habían acertado, y el líder del grupo estaba presente. Aquel hombre se apellidaba Castillo, pero, desde que había llegado, se hacía llamar “Castle”, y así era como lo conocían en las calles. Era fácilmente identificable por la imagen de la Virgen María tatuada en el lado izquierdo de su pecho, que en ese momento era visible por entre los botones desabrochados de su camisa a cuadros.

Billy y sus hombres descendieron de los vehículos en la puerta del depósito, viéndose amenazantes con sus trajes negros y las armas desenfundadas. Los pandilleros reaccionaron apuntándolos con revólveres y pistolas semiautomáticas, pero Billy hizo un ademán para apaciguar a ambos bandos. “Sólo hemos venido a hablar”, parecía decir.

Sin amedrentarse, Billy entró en el depósito, el bo apoyado en su hombro con gesto despreocupado.

Castillo esbozó una sonrisa que más era una mueca al ver el desplante del joven rubio.

—Vuelve a la guardería de la que saliste, gringo —dijo en voz alta, con un marcado acento latino, provocando risitas entre sus hombres.

Mientras la pandilla reía, Billy abarcó los detalles de aquel lugar con una sola mirada. El enorme depósito había sido acondicionado con distintos ambientes. En el centro y la izquierda, había cajas de madera cuya mercancía quedaba oculta, y también contenedores negros que resultaban sumamente familiares. Billy no necesitó acercarse para comprobar que la mayoría de ellos contenían armas.

Detrás de Castillo había una mesa de madera y algunas balas doradas separadas en ordenados grupos.

A la derecha, entre oxidados andamios abandonados, el grupo había colgado lonas para erigir improvisados toldos. Había ropa puesta a secar en cuerdas atadas entre los fierros. A Billy le pareció ver algunas prendas de niños.

—Este territorio pertenece a Geese Howard —dijo Billy con voz altiva, mirando en los ojos oscuros de Castillo—. ¿Necesitan que les refresquemos la memoria?

—Deberías ir buscando otro trabajo, niño. Este pronto será nuestro territorio —respondió el hombre, y luego agregó, manteniendo su sonrisa torcida—: Geese Howard puede irse al carajo. Sus días están contados.

Billy entrecerró los ojos, sintiendo rabia al oír el nombre de su jefe siendo pronunciado con ligereza en una frase tan vulgar. Sin embargo, no actuó de forma impulsiva. Endureció su mirada y le devolvió la sonrisa al hombre.

—Estás firmando tu sentencia de muerte. Y la de tu familia. Sería una lástima que algo le pasara a tu hijo ahora que ha empezado a hacer amigos en la escuela. O que tu hija sufriera un accidente camino al jardín infantil.

Billy procuró no sentirse como una persona despreciable al pronunciar esas palabras con un tono helado. Eran sólo amenazas. No pasaría nada si Castillo aceptaba los términos de Geese.

—Maldito hijo de puta… —gruñó el hombre.

Aquella era la reacción que Billy esperaba. Las personas que llegaban a South Town con familias, sin importar si eran ciudadanos decentes o delincuentes, lo hacían con la esperanza de darles una vida mejor. Atesoraban a sus hijos, y, por eso, los niños eran sus puntos débiles.

—Si tocas a mi familia…

Billy sujetó su bo y apuntó con él hacia el rostro de Castillo. El hombre apretó los dientes sin terminar la frase.

—Si algo le pasa a tu familia será sólo tu culpa —dijo Billy—. Sabemos dónde encontrarlos. Si realmente te preocupas por ellos, sométete a la autoridad de Geese Howard. O mejor aun, deberías abandonar la ciudad. De preferencia hoy mismo. —Billy esperó un poco. Castillo estaba furioso y lo observaba como si intentara decidir si el muchacho que tenía delante era capaz de llevar a cabo aquella amenaza—. No habrá una segunda advertencia —terminó Billy.

Castillo dio una mirada hacia los andamios, a la parte que quedaba cubierta por los improvisados toldos.

—Está bien —dijo simplemente.

Billy frunció el ceño. Aquello había sido demasiado fácil.

El joven no supo cómo, pero de súbito Castillo empuñaba una pistola semiautomática, y su dedo estaba en el gatillo.

Billy reaccionó por reflejo, sin necesidad de pensarlo. Con su báculo, golpeó violentamente la muñeca del hombre. Se oyó el crujido del hueso al romperse y la pistola fue a parar al suelo mientras el hombre soltaba un alarido de dolor y caía de rodillas.

Furioso, Billy pateó la pistola lejos de su alcance, mientras el hombre maldecía. Un disparo resonó en el depósito, y luego gritos más agudos, y, de pronto, un niño y una niña salieron de entre los andamios y corrieron a abrazar a Castillo. Billy había alzado su bo para golpearlo otra vez, pero se detuvo en seco cuando los pequeños se interpusieron gritando “papá”.

—¡No disparen! —ordenó Castillo con voz áspera a sus hombres, sujetándose la muñeca rota mientras los niños lo miraban con horror y se echaban a llorar.

Billy no había esperado que los niños estuvieran ahí. Según los informantes, a esa hora debían estar en la escuela.

La niña lo observó con una mezcla de miedo y odio en sus húmedos ojos oscuros.

Billy sujetó su bo con más fuerza, sin atacar.

—Ésta será la única advertencia —dijo el joven, ignorando a los pequeños. Castillo lo maldijo con palabras en español.

Billy no insistió. Se alejó de ahí, mientras los miembros de la pandilla lo miraban furiosos y luego corrían a ayudar a su jefe. El joven hizo un gesto para que sus hombres se retiraran. Notó la mirada de Ripper sobre él, pero evitó observarlo.

No estaba seguro de si su táctica daría resultado. No tendría más remedio que esperar y, si había fallado, tendría que ocuparse de cumplir su amenaza.

 


 

 Aquella tarde, Billy informó a Geese sobre los acontecimientos. No ocultó ningún detalle, y proporcionó un recuento conciso y distante de lo sucedido. Si estaba perturbado, no lo demostró. Geese lo escuchó atento, asintiendo de cuando en cuando, y no comentó si el proceder de Billy había sido acertado.

—Seguiré monitoreando las actividades de esa banda —dijo Billy al terminar—. Me ocuparé de ellos de ser necesario.

—Está bien. Quiero ver resultados —respondió Geese. Su tono fue severo, no desaprobador, pero Billy se retiró sintiendo que lo había decepcionado.

 


 

 —Billy no parecía tener intenciones de usar métodos violentos, hasta que Castillo sacó el arma —dijo Ripper. Estaba en la oficina hablando con Geese. Billy se había retirado unos minutos atrás—. El muchacho no titubeó, lo desarmó en un segundo. Habría bastado un golpe preciso para acabar con Castillo. En verdad pensé que lo haría, pero…

Geese estaba de pie frente a la ventana, observando la ciudad con las manos detrás de la espalda.

—Pero no pudo hacerlo cuando vio a esos niños —terminó el empresario.

—Es difícil saber qué pensó Billy en ese momento, señor.

—En realidad es muy simple.

Ripper no discutió eso. Geese entendía a Billy mejor que él.

—Hubo algunos disparos. Billy mantuvo la calma, a pesar de que las balas impactaron cerca de él. Esa es una excelente cualidad para un guardaespaldas —continuó el secretario.

—Sin embargo, hoy no estaba desempeñándose como un guardaespaldas —señaló Geese.

De nuevo, Ripper no discutió.

—¿Ha fallado la prueba? ¿Debo reasignarlo?

—Aún no. Billy tendrá que encargarse de esto hasta el final.

Ripper asintió y, sin nada más que decir, se despidió educadamente. Geese se quedó solo en el despacho.

 


 

La mañana siguiente, Billy llegó al rascacielos y, por primera vez desde que había comenzado a trabajar, no sintió prisa por entrar a la oficina de Geese.

La sensación desagradable de la noche anterior perduraba. Se había pasado horas dando vueltas en la cama sin poder dormir, con la mente llena de pensamientos turbulentos. A veces veía los rostros de los niños asustados que temían por su padre. Luego veía el aire levemente indiferente con que Geese había escuchado su informe de lo ocurrido.

Tiempo atrás, Billy se había hecho la idea de que, en esa línea de trabajo, tendría que lastimar personas, le gustara o no. No habría alternativa, y Geese no toleraría que vacilara. Sin embargo, Billy no sentía remordimientos por eso, porque si lastimaba a alguien, sería mientras cumplía su papel de guardaespaldas. No iba a permitir que nadie le hiciera daño a su jefe.

Pero su tarea del día anterior había sido distinta. No había estado protegiendo a nadie. Actuar como uno de los matones que trabajan para Geese lo hacía sentir inquieto. Ése no era el tipo de trabajo que había imaginado, y para el cual se había preparado.

Hacia la madrugada, sabiendo que debía dormir al menos unas horas para que su desempeño no se viera afectado, Billy se dijo a sí mismo que no había nada que pudiera hacer. Debía asumir que ese hombre Castillo realmente era un peligro para Geese y, cuando llegara el momento de deshacerse definitivamente de él, no debía preocuparse por sus hijos, porque ellos aún tendrían una madre que los cuidaría. Al matar a Castillo, no iba a convertir a esos niños en unos huérfanos que tendrían que arreglárselas para sobrevivir en la calle.

Con ese pretexto, Billy finalmente había conciliado el sueño.

—Buenos días, señor Kane —dijo la secretaria de la recepción al verlo llegar. Sin perder un segundo, la joven sacó un sobre cerrado de un cajón y se lo entregó.

Billy lo recibió y se dirigió a uno de los sillones de la sala de espera. Dentro del sobre encontró detalles sobre lo que había sucedido con la banda de Castillo después de su visita la mañana anterior. Por un momento no dio crédito a lo que leía. Según los informes, aquellos hombres habían abandonado el área del puerto, y se habían llevado todas sus pertenencias. La esposa de Castillo había sido vista en el aeropuerto, junto con los niños, y había tomado un avión con destino a Miami.

El paradero de la mitad de la banda era desconocido, pero parecían dispuestos a cesar sus actividades y mantener un perfil bajo, al menos por un tiempo.

Billy comenzó a sentir un ligero alivio, pero luego negó para sí. Las cosas estaban saliendo bien, pero con demasiada facilidad. No debía bajar la guardia.

Levantándose del sillón, el joven se dirigió al despacho de Geese para poner a su jefe al tanto de lo sucedido.

 


 

Geese estaba al teléfono, reclinado contra el respaldo de la silla de su escritorio. No dejó de hablar mientras Billy se acercaba y lo saludaba con una inclinación, pero esbozó una tenue sonrisa satisfecha en sus labios. Estaba comentando la “recuperación” de los terrenos del muelle con su interlocutor en el teléfono.

Billy observó al empresario por unos segundos. La sensación que había tenido minutos atrás, aquella que lo hacía desear no entrar a la oficina para no sentir la desaprobación de su jefe, había desaparecido completamente. Era agradable ver a Geese-sama complacido.

Buscando un pretexto para quedarse en la oficina, Billy echó un vistazo a la taza de café matutino de Geese y decidió que era necesario servirle otra.

Sin decir nada, el joven fue hacia el espacio reservado para el dispensador de agua y la cafetera del despacho. Limpió el filtro y volvió a llenarlo con lentitud, escuchando la conversación de Geese.

Parecía que la persona al teléfono había felicitado a Geese por haber conseguido que “esa plaga de inmigrantes” abandonara el muelle, sin necesidad de convertir medio distrito en un campo de batalla. Geese aceptó aquel elogio como si se tratara de un logro propio, como si él mismo se hubiese encargado de Castillo, y no Billy.

Pero, aun así, Billy sonrió, porque Geese seguía sonando complacido por un trabajo bien hecho, aunque no lo dijera en palabras.

Cuando la llamada terminó y el café estuvo listo, Billy se acercó al escritorio llevando la taza con cuidado.

Geese ya había pasado a ocuparse de otra de sus muchas tareas pendientes, y apenas le dirigió una mirada. No hubo ninguna muestra de aprobación por lo que Billy había logrado. El empresario pidió que Billy consiguiera unos documentos en otro piso y Billy asintió y fue a cumplir, sintiendo que el peso de sus pensamientos se aligeraba.

Esto era lo que disfrutaba hacer. Estar cerca de Geese para ayudarlo en lo que pudiera, ya fuera servirle un café o ir a buscar unos papeles. Si su jefe volvía a pedirle que se encargara de alguna pandilla en su nombre, lo haría, pero nada evitaría que tuviera prisa por acabar ese encargo, para poder volver al rascacielos y al despacho de Geese cuanto antes.

No podía explicar la razón, pero era ahí donde se sentía más a gusto. Quería estar al lado de ese hombre tanto como éste se lo permitiera.

“¿Por qué?”, se preguntó Billy, en el ascensor vacío. Se pasó una mano por el cabello, incómodo consigo mismo. Querer pasar tiempo con su jefe no era el comportamiento normal de un empleado.

Billy no permitió que sus pensamientos continuaran. Se dijo que lo que sentía era agradecimiento por lo que Geese le había dado. Estaba en deuda con el empresario, y quería complacerlo. Eso era todo.

 


 

Con el asunto de la nueva pandilla aparentemente resuelto, la rutina volvió a la normalidad.

Billy volvió a incorporarse a la escolta de seguridad de Geese, y su tarea volvió a ser no separarse del empresario en ningún momento, ni siquiera cuando éste visitaba otros pisos dentro del rascacielos.

Billy notó que su logro en el muelle había llegado a oídos de todo el personal del edificio, y el trato de los empleados se volvió aun más distante. Sin embargo, esta vez Billy no notó animosidad, sino un poco de miedo. Por varios días, estuvo desconcertado por las miradas temerosas que le dirigían las secretarias, y, al indagar, el joven descubrió que alguien había compartido una versión extremadamente violenta de lo sucedido en el almacén. Al parecer, para hacer la narración más interesante, alguien había corrido el rumor de que Billy había esquivado balas sin siquiera parpadear, y había dejado inconscientes a numerosos hombres usando solamente su bo.

—No rectifiques la historia —comentó Geese cuando Billy tocó el tema—. Estás ganando reputación. Eso será útil en el futuro.

Estaban en la limosina Bentley de Geese, volviendo al rascacielos después de una reunión. Se encontraban sentados en asientos opuestos, frente a frente. El empresario mostraba un aire relajado, y observaba las calles a través de la ventanilla cerrada. Billy estaba sentado ante él, un poco incómodo, porque su mirada se dirigía una y otra vez al rostro de Geese, y no quería que su jefe lo notara.

En los asientos delanteros, el conductor y otro guardaespaldas se mantenían en silencio, sabiendo que no debían participar en la conversación.

Buscando algo en qué posar la mirada, Billy observó el auto negro que los seguía. Dentro había dos guardias más, ocultos por las ventanas polarizadas del vehículo. Ese día, los miembros que componían la escolta habían acompañado a Geese a una comida de negocios en un lujoso restaurant elegido por uno de sus muchos asociados.

El administrador del establecimiento había querido darles el lugar de honor, y los había situado en una mesa junto a una amplia ventana que hacía de mirador. Las cortinas vaporosas estaban completamente abiertas, sujetas con cordones dorados. Las copas de cristal reflejaban la luz del sol y una difracción con los colores del arcoíris danzaba en sus bordes delicados.

Los guardias se habían ocupado de vigilar las entradas y salidas del restaurant, y Billy había acompañado a Geese a la mesa. Como le habían enseñado, revisó las mullidas sillas de tapizado blanco, y también la parte inferior de la mesa y los pliegues del prístino mantel. Aquello era una rutina que Billy nunca había cuestionado. Sabía que no encontraría algo tan extremo como explosivos, pero había otra multitud de posibilidades, como dispositivos ocultos para grabar una conversación, o incluso algo discreto como una delgada punta de aguja cubierta con alguna sustancia mortal.

Después de confirmar que el lugar fuera seguro, Billy había apartado la silla para que Geese se sentara, y había permanecido de pie a su lado durante la comida.

Sin necesidad de que se lo indicaran, Billy se había situado entre la ventana y el empresario. El maître del restaurant lo había mirado con desaprobación, porque estaba obstruyendo la vista que hacía de esa ubicación un lugar especial, pero Billy le había devuelto la mirada con igual desagrado. La ventana y el abierto paisaje ofrecían una posibilidad para que cualquier persona con un arma de largo alcance pudiera tener a Geese en su mira, desde una de las tantas ventanas o balcones del edificio en el lado opuesto de la calle.

No importaba si se equivocaba o si era tachado de paranoico. Pensar así era parte de su trabajo, y, por ese motivo, Billy no se había movido de donde estaba. Si había alguien espiando a Geese desde el edificio del frente, o apuntándolo con un arma, todo lo que vería esa persona sería su espalda.

Durante toda la comida, Billy había tenido tiempo de reflexionar sobre ese aspecto de su trabajo. Ser un guardaespaldas implicaba estar listo para jugarse la vida al proteger a su jefe. Billy no quería morir, por supuesto, pero sabía que era una posibilidad y ya la había aceptado. Pensar en eso le producía pesar, pero no le atemorizaba.

¿Por qué era capaz de menospreciar su propia vida de esa manera? ¿Era porque creía que su existencia era inferior a la de Geese?

Billy había deliberado largamente, y había concluido que no se menospreciaba a sí mismo. Una persona insignificante no habría podido conseguir una posición como la suya, sirviendo a Geese Howard. Lo que él pensaba de sí mismo no tenía nada que ver. Simplemente, desde que Geese lo había recogido de la calle, Billy había concluido que la vida que tenía ahora era posible gracias a la generosidad de su jefe. Si Lilly y él hubiesen permanecido en Londres, viviendo en las calles, quizá habrían acabado muertos de hambre o de frío. ¿Qué valor habría tenido su existencia entonces?

Cuando llegara el momento, Billy no iba a dudar. Dar su vida sería como devolver algo que ya pertenecía a Geese: una vida que no hubiera sido posible sin su generosidad.

Volviendo a la realidad, Billy dirigió la mirada hacia su jefe, sentado frente a él en los asientos de la limosina. Como todos los días, Geese llevaba su corto cabello rubio pulcramente peinado hacia atrás, y su rostro estaba perfectamente afeitado, dejando ver un semblante que destilaba superioridad. Aunque aún era joven, Geese tenía el porte de un hombre mayor. Al inicio, Billy había pensado que eso se debía a sus ademanes de empresario elegante y sofisticado, pero luego había conocido a otros empresarios, y ese aire había estado ausente.

La presencia de Geese tenía una intensidad particular. Era como si Geese llevara el peso de otra vida sobre sus hombros; una que había tenido lugar mucho antes de que Billy lo conociera. Eso lo hacía desear saber más. Quería desentrañar el misterio de ese hombre, que parecía confiar en él y que, sin embargo, no compartía con él los detalles personales de su vida.

El joven se sobresaltó cuando Geese giró el rostro y sus miradas se encontraron. Billy no supo qué hacer. ¿Apartar la mirada, porque observar fijamente a su jefe era inapropiado?

Geese esbozó una tenue sonrisa burlona, y Billy no entendió por qué. Su jefe no podía saber lo que había estado pensando, ¿verdad?

—Concéntrate en tu trabajo, Billy —señaló Geese, y el joven asintió, sintiéndose levemente avergonzado por haber sido descubierto contemplado aquel rostro.

Billy enfocó su atención en el entorno. La limosina se encontraba en una avenida estrecha, a la sombra de los altos edificios. El tráfico avanzaba con lentitud y algunos transeúntes curiosos se acercaron, intentando ver a través de los vidrios oscuros.

Billy se volvió hacia el frente del vehículo para averiguar el porqué de la demora.

—Hay una cuadrilla haciendo reparaciones en el siguiente cruce —indicó el conductor, señalando a un grupo de trabajadores con un dedo.

Billy entrecerró los ojos, forzando la vista. Aquellos hombres estaban uniformados con los chalecos de una compañía de construcción que parecía legítima, pero Billy tuvo un mal presentimiento. Todos ellos se veían extranjeros, y tenían el cabello oscuro y las pieles bronceadas. Era imposible reconocer sus rostros, pero le hicieron pensar de inmediato en la banda de Castillo, y los miembros de los cuales no se sabía el paradero.

El joven repasó la situación rápidamente. La ruta que la limosina había seguido ese día había sido decidida con anticipación por la escolta de Geese. Los miembros del personal, incluso los que no estaban de turno, sabían que la limosina pasaría por esa avenida en algún momento en el camino de regreso a la Geese Tower.

Bastaba con que una de esas personas filtrara la información y…

Billy miró por todas las ventanillas, inquieto. Geese le dirigió una mirada curiosa, pero el joven no habló. Estaba siendo paranoico y lo sabía, pero eso era parte de su trabajo. El acolchado interior de la limosina creaba una falsa sensación de seguridad al aislarlos del mundo, pero no por eso debían dejar de estar alerta. Era por esa razón que Geese los había contratado.

Los curiosos seguían inclinándose y haciendo sombra con la mano para intentar ver si alguien famoso se encontraba dentro del vehículo. Billy notó que uno de ellos se abría paso. Desde ese ángulo, el joven no podía ver su rostro, sólo su torso y su cadera. El hombre llevaba el brazo derecho escayolado a la altura de la muñeca.

—¡Geese-sama! —Billy se lanzó hacia su jefe por instinto, mientras por el rabillo del ojo veía el destello de un arma gris siendo empuñada en una mano izquierda, y también el borde de un tatuaje que representaba a una figura religiosa.

Billy golpeó fuertemente contra Geese en el mismo instante en que se oyeron las detonaciones de los disparos. El estruendo seco resonó dentro de la limosina, y también en el pecho y los oídos del joven. Los gritos de los transeúntes huyendo despavoridos se mezclaron con los siguientes disparos y el sonido del vidrio antibalas de la ventanilla al resquebrajarse.

Había gritos dentro del vehículo también, frases furiosas e insultos mientras el conductor hundía el acelerador y se abría paso por entre los autos detenidos, sin importarle raspar algunos con la larga carrocería de la limosina.

Mientras partían, Billy notó que su cuerpo estaba rígido y que su corazón latía con tanta fuerza que las pulsaciones resonaban dentro de su cabeza. Sus tímpanos estaban resentidos por el estruendo de los disparos.

No consiguió moverse, pero por unos segundos no importó, porque él aún estaba cubriendo a Geese. Ninguna bala iba a impactar a su jefe si él mantenía esa posición.

O al menos eso era lo que esperaba…

¿Había actuado a tiempo? ¿El vidrio y la cubierta antibalas de la limosina habían resistido? ¿O alguna bala había conseguido penetrar el vehículo…?

Billy había oído el sonido del cristal al quebrarse. Había oído las exclamaciones del chofer. Pero, lo que no había oído era la voz de Geese-sama en ningún momento.

El joven sintió que un miedo que no había conocido hasta ese momento lo paralizaba. Todo había sucedido con tanta rapidez, que no sabía si él mismo había sido impactado. Quizá cuando se apartara, notaría que su espalda estaba sangrando. O vería agujeros de bala en los asientos. O descubriría que a pesar de su veloz reacción instintiva, Geese-sama había sido herido… o algo incluso peor…

Ante ese pensamiento su cuerpo empezó a temblar. No le importaba si había sido alcanzado por una de las balas, pero si era Geese-sama quien había salido lastimado… Si, al apartarse, veía que no había conseguido protegerlo…

La limosina hizo un giro abrupto en la siguiente esquina y Billy, desprevenido, sintió que salía despedido hacia un lado. Sin embargo, las manos de su jefe lo sujetaron e impidieron que cayera, y Billy se encontró firmemente rodeado por uno de los brazos de Geese.

—Detén el auto y vayan tras él —ordenó el empresario al guardaespaldas en el asiento delantero, hablando por encima de la cabeza de Billy con voz fría y compuesta.

La limosina se detuvo de inmediato, y el guardia descendió e hizo señas a sus compañeros en el otro auto para que fueran tras el atacante.

Billy se apartó lentamente, su corazón latiendo desbocado. Lo primero que hizo fue verificar que Geese no estuviera herido.

Luego permitió que la amargura lo invadiera, porque esto había sido su culpa. No tenía dudas de que el atacante había sido Castillo, el hombre a quien él había intentado tratar de forma “justa”, a pesar de que éste había amenazado con acabar con Geese-sama.

La amargura se convirtió en una intensa rabia contra ese inmigrante advenedizo, y también contra sí mismo, que fue avivada incluso más cuando Geese lo observó con una expresión imposible de leer.

Billy maldijo para sí y se lanzó hacia la puerta, dispuesto a perseguir a Castillo y matarlo él mismo.

—¡Billy, recuerda cuáles son tus órdenes! —exclamó el conductor ásperamente, mirándolo por el espejo retrovisor—. Deja que ellos se encarguen.

El joven rubio se detuvo en seco. Se dio cuenta de que sólo estaban ellos tres en la limosina. El resto de guardaespaldas habían ido en persecución del atacante.

De mala gana, Billy regresó a su asiento, manteniendo la mirada baja y los dientes apretados. Sentía la mirada de Geese sobre él, pero no se atrevió a alzar el rostro. En vez de eso, dirigió la vista a la ventanilla que había recibido los disparos. El cristal estaba cubierto por una telaraña de fisuras, y claramente se veía el lugar donde las balas habían impactado. Billy contó seis tiros. Y seguramente la carrocería tendría varios más.

—Volvamos a la torre —ordenó Geese, y la limosina se puso en marcha.

Recorrieron el camino restante a toda velocidad y en silencio. Cuando Billy finalmente reunió el valor para mirar a su jefe, Geese lo estaba contemplando con el semblante serio. El joven no supo qué era lo que veía en sus ojos. No era decepción, sino algo más frío y distante. Con sus pensamientos confusos por la amargura que sentía, Billy se preguntó si Geese-sama estaría considerando despedirlo.

Aquello le produjo una punzada de angustia.

—Geese-sama, déjeme bajar del auto —pidió Billy de forma un poco precipitada, queriendo resarcir su error—. Me encargaré de Castillo yo mismo.

La expresión de Geese no cambió mientras decía:

—Es exactamente lo que harás.

Hubo una larga pausa en la que Geese no continuó, y Billy frunció el ceño, sintiéndose confundido.

—Entonces detenga el vehículo, y…

—No ahora —interrumpió Geese con tono seco y abiertamente desaprobador—. Hoy tus órdenes eran otras. ¿Vas a desobedecerlas?

Billy cerró los puños con fuerza. Había conseguido molestar a Geese-sama con su petición irreflexiva. Era obvio que no podía ir tras Castillo en ese momento. Él era el guardaespaldas de Geese y sus órdenes de ese día habían sido no separarse de él.

I apologize, sir —murmuró Billy, tan bajo que no estuvo seguro de si Geese lo oyó, porque el empresario no dio señales de haberlo escuchado.

 


 

En el parking subterráneo del rascacielos, después de que Geese bajó del vehículo y se dirigió al ascensor, Billy se quedó atrás unos segundos, y examinó el exterior del Bentley y las marcas dejadas por los impactos de bala. Al tocar el vidrio quebrado, éste cedió bajos sus dedos.

El joven maldijo entre dientes. Unos segundos más, y el panel antibalas no habría resistido. Alguien podría haber salido gravemente herido esa tarde.

—Billy. —La voz de Geese lo llamó desde el ascensor, y el joven se apresuró a ir hacia él.

En silencio, Billy agradeció que su jefe hubiese esperado, cuando bien podría haber subido a su oficina dejándolo atrás para mostrarle lo decepcionado que estaba de él.

No hablaron mientras el ascensor subía, y tampoco al entrar en el despacho.

Una vez en el familiar recinto, Billy se volvió hacia Geese para disculparse por lo sucedido, pero el hombre le dio la espalda y se dirigió a un pequeño mueble bar situado junto a la mesilla donde Billy usualmente preparaba café.

Geese sirvió un generoso vaso de un licor dorado. El aroma amaderado llegó hasta Billy, más rico e intenso que el olor dulzón del cognac que Geese solía tomar. ¿Era whisky, quizá?

El empresario no le ofreció una bebida, pero Billy tampoco esperaba que lo hiciera. Con pasos lentos, Geese se dirigió a los ventanales desde los que solía admirar la ciudad, manteniendo el vaso en su mano. Billy lo siguió, pero permaneciendo algunos metros detrás.

Geese bebió un par de sorbos y luego rio para sí con desdén.

—Hace tiempo que no me disparaban. Ese cretino tiene agallas —comentó para sí, con el tono de alguien que estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones.

Billy se sintió confuso ante la falta de molestia en la voz de su jefe. Sin embargo, aunque Geese no le estaba recriminando nada, Billy inclinó la cabeza.

—No volveré a fallar.

Geese se volvió hacia él con expresión seria.

—¿“Volver” a fallar? —repitió—. Explícate.

Billy se sintió aun más confuso. ¿Por qué Geese preguntaba eso? ¿Quería oírlo decir todos sus errores en voz alta?

El joven buscó la manera de ordenar sus pensamientos de un modo coherente. ¿Por dónde debía empezar? Quería asegurar que no volvería a esperar a que un delincuente cumpliera su amenaza para sólo entonces considerar matarlo. También quería decir que había aprendido de esa experiencia, y que no volvería a poner la vida de Geese en riesgo de esa manera. Los enemigos del empresario eran peligrosos, y él había cometido el error de tomarlos a la ligera.

Billy rememoró ese medio segundo que le había tomado cubrir a Geese con su cuerpo. Los disparos atronadores. Y luego la incertidumbre. El no saber si Geese había sido herido. El no querer mirar siquiera…

Billy se mordió los labios, sintiendo un estremecimiento. Aquello había estado tan cerca de acabar mal.

Sin poder contenerse, Billy recorrió a Geese con la mirada, como buscando alguna herida, alguna mancha roja en su ropa que nadie hubiese notado. Sintió una punzada en su pecho, y no pudo explicarse a qué se debía. No había sucedido nada. Geese estaba bien.

¿Por qué se estaba alterando tanto?

Billy se pasó una mano por el cabello, intentando calmarse. Comprendió qué era lo que lo estaba perturbando. Era el miedo que había sentido mientras Castillo disparaba al vidrio. Ese miedo que había sentido por primera vez en su vida. El temor de dejar que algo malo le sucediera a Geese-sama.

—¿Estás tan afectado por lo sucedido que no puedes hablar? —preguntó Geese al no recibir respuesta. Billy intentó negar, pero Geese continuó, sin dejar de observarlo—: Aún no has terminado con tu tarea de eliminar a Castillo y a sus hombres, tan sólo recuperaste el territorio que planeaban ocupar. No haberlo matado aquella vez fue un error, pero yo no te ordené que lo hicieras. Fue tu decisión, y, en lo que a mí respecta, no estás en falta.

Geese hizo una pausa, sin apartar su mirada de Billy, quien parecía haberse calmado un poco al oír sus palabras. Con algo de esfuerzo, el empresario apartó de su mente el recuerdo de Billy lanzándose hacia él para protegerlo y luego temblando en sus brazos.

—Y en cuanto a lo que acaba de ocurrir —continuó tras beber un sorbo de whisky—, hoy tu deber era ser un guardaespaldas, y cumpliste. Así que dime, Billy, ¿a qué te refieres con “volver” a fallar? ¿Tal vez lo que querías decir era “no fallaré”?

Geese esperó unos segundos, hasta que Billy finalmente asintió.

—Sí, eso es lo que quería decir, Geese-sama.

—Bien. Por el momento, sólo queda esperar a que los demás vuelvan con noticias. Si Castillo sigue vivo, te ocuparás de él a partir de mañana.

—Sí, Geese-sama.

—Mientras tanto, asegúrate de que lleven la limosina a reparar cuanto antes.

—De inmediato.

Unos segundos después, Geese se quedó a solas con su bebida, su mirada perdida en el paisaje de la ciudad.

No había esperado una balacera ese día, pero ésta había sido una buena oportunidad para evaluar el desempeño de Billy.

A pesar de que el joven sabía que la limosina estaba blindada, su reacción había sido protegerlo. Durante los disparos, en vez de encogerse en sí mismo por reflejo, como un novato presa del instinto de supervivencia, Billy había continuado cubriéndolo con su cuerpo.

Geese no había notado que el joven estaba temblando hasta que lo sujetó para que no cayera durante uno de los bruscos giros del auto. Por un segundo, se había sentido decepcionado ante esa reacción. El miedo a morir era normal, pero había esperado más de Billy. Un guardaespaldas debía mantener la sangre fría todo el tiempo.

Sin embargo, cuando se apartaron, Geese se dio cuenta de que su conclusión estaba errada. Billy no había estado temblando porque temía por su propia vida. El joven lo había observado con el rostro pálido, y unos ojos celestes que parecían gritarle “¿Geese-sama, se encuentra bien?”.

Billy había estado extremadamente preocupado por él, y Geese no había esperado que hasta tal punto.

En verdad, encontrar a ese muchacho años atrás en Londres había sido un enorme golpe de suerte. Billy iba a serle muy útil en el futuro.

Bebiendo el último sorbo del whisky, Geese se preguntó si, por el contrario, Billy había tenido la peor de las suertes, y por eso había caído en sus manos.

 


 

Los guardaespaldas de Geese no consiguieron atrapar a Castillo, y Billy pasó la siguiente semana hablando con distintos informantes, intentando dar con su paradero.

Cada noche, al volver a su dormitorio, Billy tenía problemas para conciliar el sueño. Y, cuando finalmente se dormía, tenía pesadillas donde estaba dentro de una limosina acribillada, con sangre cubriendo los asientos, y el cuerpo sin vida de un hombre rubio tendido a sus pies.

Billy estaba seguro de que más de una vez había despertado llamando el nombre de su jefe, y se había sentido avergonzado por aquella absurda situación.

No iba a pasar nada malo, porque él se ocuparía de ese asunto debidamente. Y, en el futuro, Geese iba a estar a salvo, porque él mismo se encargaría de protegerlo.

 


 

Después de días de dormir mal y sentirse agotado, Billy finalmente dio con el paradero del hombre. Castillo estaba oculto en un bar abandonado, en uno de los barrios bajos de la ciudad que se había convertido en el refugio perfecto para ladrones y drogadictos.

Billy nunca había ido a ese lugar, pero sabía que se trataba de tres bloques de viejos edificios, donde los estupefacientes se vendían a la vista de todos. Geese permitía la existencia de ese barrio porque sus habitantes solían estar demasiado narcotizados para representar una amenaza, y los vendedores de drogas eran buenos contactos, con amplias conexiones en las distintas esferas de la sociedad.

Una investigación más a fondo reveló que Castillo estaba acompañado sólo por seis de sus hombres. Su mujer y sus hijos habían abandonado South Town definitivamente.

Billy designó a dos guardias para que fueran con él, y, llegado el día de ir a encarar a Castillo, se dirigió al estacionamiento del rascacielos, seguro de lo que tenía que hacer. Había un sabor amargo en el fondo de su garganta, pero no iba titubear. Tan sólo debía recordar la pistola apuntando hacia Geese-sama, y el sonido de los disparos.

Y, por sobre eso, debía enfocarse en el hecho de que Geese no le había recriminado nada. Billy era consciente de que el empresario le había dado una segunda oportunidad, a pesar de que no había utilizado esas palabras.

Mientras cruzaba la recepción del primer piso en dirección a los elevadores que lo llevarían al sótano, una secretaria hizo un gesto para llamar su atención:

—Señor Kane, su vehículo lo espera afuera.

La joven señaló la limosina negra aparcada delante del edificio, del otro lado de las puertas de vidrio.

—Debe haber un error —dijo Billy, porque él no se movilizaba en esa clase de vehículos.

—No, son órdenes del señor Howard.

Extrañado, Billy se dirigió a la limosina. El conductor abrió la puerta para él y Billy se inclinó para mirar el interior.

Geese estaba sentado en el mullido asiento. Tenía una copa de cognac en la mano y observaba el líquido oscuro con cierto placer.

—¿Geese-sama?

—Sube, llevo esperando un buen rato.

Billy obedeció, mirando a Geese confundido.

—¿A dónde vamos? —preguntó. Aquellos inesperados cambios de itinerario no eran normales.

—Le haré una visita personal a Castillo, en reconocimiento al esfuerzo que hizo por encontrarme con éxito. Será un buen ejemplo para el resto de bandas que intenten algo similar. —El tono de Geese era plácido y amenazante.

Billy se recostó contra el respaldo del asiento, cruzándose de brazos y sintiéndose sumamente inquieto. No quería a Geese cerca de Castillo. No quería que su jefe se expusiera innecesariamente.

Geese vestía un traje de corte perfecto esa mañana. Su camisa era rojo oscuro, como el vino. O como la sangre. Parecía haber planeado eso con anticipación, sin comentarle nada a Billy.

—¿Hay algo que quieras decirme? —preguntó Geese al notar su desazón.

—Puedo encargarme de esto yo solo.

—No lo dudo.

Billy apartó la vista y miró por la ventanilla. Geese lo leía con facilidad y ésta era una de las pocas ocasiones en que él podía hacer lo mismo. Estaba casi seguro de que Geese estaba ahí porque no confiaba en que él podría llevar a cabo su deber hasta el final.

Les tomó casi cuarenta minutos llegar al barrio donde Castillo se había refugiado. La limosina los dejó en una avenida, pero debieron caminar algunos metros para dirigirse por las estrechas callejuelas hacia el bar abandonado.

Billy llevó su bo a la vista de todos, porque sabía que eran observados desde las ventanas y a través de puertas entreabiertas. Caminó al lado de Geese, mirando en todas direcciones, sintiendo la opresiva tensión de una amenaza invisible. Tras ellos, dos guardaespaldas los acompañaban. El chofer se había quedado vigilando la limosina.

Geese se veía fuera de lugar, con su traje elegante y sus pulcros zapatos, caminando por calles húmedas de suciedad y restos de basura. Las paredes de los ruinosos edificios estaban cubiertas de restos de afiches y grafitis. Las ventanas que no estaban rotas se encontraban cubiertas con pintura opaca, o con hojas de periódicos. 

Al llegar al bar, éste tenía su puerta principal cerrada con una gruesa y oxidada cadena, y tuvieron que dirigirse a la puerta trasera por un callejón maloliente. Billy golpeó la puerta metálica con el puño. Geese observaba el suelo y los grafitis en las sucias paredes con el aire de alguien que apreciaba una obra de arte.

Una mirilla en la puerta se abrió, y unos ojos oscuros los observaron con hostilidad.

—Abre si no quieres que eche la puerta abajo —indicó Billy, sin necesidad de explicaciones.

La mirilla se cerró con un sonido seco y pasaron algunos segundos. Billy sujetó su bo con más fuerza, mirando por la callejuela en caso esos hombres decidieran emboscarlos. Los guardaespaldas también estaban atentos. Sólo Geese permanecía en calma, viéndose muy levemente entretenido.

Billy se preguntó por qué su jefe parecía estar disfrutando de esa salida, si estaba tan por encima de personas como Castillo. En verdad, Geese no tenía por qué estar ahí, esperando en esa callejuela con olor a podredumbre.

La puerta se abrió repentinamente, con un crujido y el lamento de unos goznes oxidados. Aquella entrada llevaba a lo que había sido el depósito del bar. Los estantes cubiertos de polvo estaban medio vacíos, pero aún contenían filas de productos que habían sido abandonados largo tiempo atrás. El lugar era húmedo, oscuro y miserable.

Castillo estaba ahí, sentado sobre unas viejas cajas, con su pistola empuñada y apoyada sobre una de sus piernas, con un fingido aire relajado. Había dos hombres también armados con él, uno a cada lado. Billy supuso que el resto debía estar oculto en el ambiente contiguo.

—Geese-sama, yo me encargaré —pidió Billy, observando a su jefe. No quería que Geese estuviera dentro del bar cuando esos hombres comenzaran a disparar.

La respuesta de Geese fue pasar junto a Billy en dirección al depósito, sin mostrar un asomo de duda. El empresario se hizo cargo de la conversación desde el primer momento, y Billy entró con él y guardó silencio, consciente de cuál era su lugar en presencia de su jefe.

El joven observó fascinado cómo Geese se presentaba y felicitaba a Castillo por haber podido rastrear a su limosina y haber tenido el valor de abrir fuego en una calle transitada. A ese elogio siguió una velada amenaza de muerte expresada con palabras corteses y educadas. El hablar elegante de Geese era en sí mismo un insulto, porque dejaba en claro el abismo que había entre Castillo y él. “No eres nadie. Pero conseguiste alterar a mi guardaespaldas y eso merece un reconocimiento antes de que te mate”, parecía estar diciendo Geese, con un educado tono condescendiente.

Billy continuó en silencio, con todo su cuerpo en tensión, listo para moverse apenas viera que Castillo levantaba el arma.

—No tengo miedo de enfrentarte, Howard. No debiste venir —gruñó Castillo cuando Geese terminó de hablar—. ¿Qué te hace pensar que vas a salir vivo de aquí?

Castillo hizo el gesto que Billy esperaba. Con su mano izquierda, el hombre alzó la pistola semiautomática y Billy reaccionó sin necesidad de pensarlo. Se interpuso entre Castillo y Geese y golpeó la mano del hombre con su bo, tal como había hecho en el almacén en el muelle. Y, al igual que en el muelle, la fuerza fue tal que el hueso crujió y un instante después la mano del hombre colgaba inerte en un ángulo escalofriante. Su grito de dolor resonó en las paredes de ladrillo.

Billy usó el impulso y golpeó a los guardias de Castillo en el rostro con el extremo de su bo. No midió su fuerza. Necesitaba que esos hombres quedaran inconscientes cuanto antes.

El guardia a la izquierda de Castillo se desplomó al suelo pesadamente, pero el de la derecha alcanzó a disparar una vez antes de perder el conocimiento. Billy miró sobre su hombro, temiendo por Geese, pero su jefe ya no se encontraba ahí. Por el rabillo del ojo, vio a Geese-sama en movimiento. Los cuatro hombres restantes habían irrumpido en el lugar y Billy supo, sin necesidad de palabras, que su jefe se encargaría de dos de ellos.

Billy pateó las pistolas lejos del alcance de Castillo, y se acercó a su jefe por la derecha. Dejó inconsciente a un joven latino con un golpe en la cabeza y, revirtiendo la dirección del golpe, hizo un barrido hacia un lado, inutilizando a un tipo que pretendía dispararle a quemarropa.

Billy oyó el estrépito de unos estantes viniéndose abajo. No necesitaba mirar. Geese había lanzado a sus oponentes por los aires sin esfuerzo.

Frunciendo el ceño, Billy se dio cuenta de que los informantes que habían estado vigilando a Castillo se habían equivocado; en el bar había tres hombres más, que entraron al depósito gritando insultos en español.

Usando su bo como apoyo, Billy se impulsó para recibir al que iba delante con una patada. Éste cayó sobre sus compañeros y Billy los noqueó con un golpe circular de su arma, sin darles tiempo a recuperarse.

A pesar de que no le agradaba pelear así en espacios cerrados, el joven decidió que el resultado no había sido tan malo. El trabajo había sido rápido y limpio, y tanto él como Geese-sama se encontraban ilesos.

Volvió hacia Castillo, que gritaba maldiciones de rodillas en el suelo y lo miraba con odio. Esta vez, Geese se quedó un poco atrás, sacudiéndose las manos con un brillo satisfecho en sus ojos. Le había agradado ver a Billy pelear, y que el joven le demostrara que reclutarlo había sido una excelente decisión.

—¿Qué decías sobre matarme? —preguntó Geese, observando a Castillo con sus fríos ojos celestes.

—No podrás estar en el poder para siempre, Howard —gruñó Castillo, su voz tensa por el dolor de su muñeca rota—. No seré el primero que se oponga a ti. Vas a morir, tarde o temprano, maldito hijo de perra.

—Si ésa es tu respuesta no hay nada más que hablar —respondió Geese sin inmutarse—. Billy —dijo a continuación, volviéndose hacia el joven.

—Déjemelo a mí, Geese-sama —respondió Billy. 

—No tardes —dijo Geese—. Tenemos cosas más importantes que hacer.

Mientras Geese se dirigía a la puerta, Castillo se echó a reír.

—¿Billy…? —repitió, con un tono burlón—. ¿Así te llamas, gringo? Mi hija tenía un perro llamado Billy…

Billy procuró no pensar en la niña.

Castillo miró hacia la puerta, observó a sus hombres que yacían inconscientes en el suelo, y luego a Billy nuevamente. Su actitud cambió y el hombre bajó su voz a un tono confidente.

—¿Cuánto te está pagando? —preguntó el hombre—. ¿Es dinero lo que quieres? Eres joven, y es evidente que no te gusta tu trabajo. Pude verlo la primera vez. Entiendes el valor de la familia. No eres capaz de dejar a un par de niños inocentes sin su padre.

Billy apretó los dientes.

—Billy, ¿hay algún problema? —se oyó desde la puerta. Geese sonaba impaciente, y había reprobación en su tono.

No, sir —respondió Billy.

Castillo sonrió como si aquello corroborara sus palabras.

—Juntos podríamos deshacernos de Howard. Puedo ayudarte a que esta ciudad sea tuya, ¿qué dices…? —susurró el hombre en una petición desesperada.

 


 

Geese tiró de las mangas de su camisa. Su traje se había desarreglado un poco debido al corto enfrentamiento.

Oyó un golpe seco, un gemido, y luego más golpes, apagados, húmedos.

Billy se reunió con él al cabo de unos segundos. La punta de su báculo estaba manchada de sangre.

—Lamento haber tardado —dijo Billy, sin mirarlo.

Se dirigieron a la avenida con premura. Había curiosos observando la limosina, que el chofer tuvo que empujar para que les permitieran pasar.

Mientras partían, Geese observó largamente a Billy. Las manos del joven rubio estaban fuertemente cerradas alrededor de su bo salpicado de sangre, y su rostro expresaba molestia. Pero ¿hacia quién? Era imposible decirlo.

Geese guardó silencio, dirigiendo su mirada a la ventanilla de la limosina.

 


 

Castillo seguía con vida cuando Billy y Geese se retiraron del viejo bar, pero murió en un hospital unas horas después a causa de los múltiples golpes que había recibido.

Billy mantuvo un tenso aire indiferente mientras Ripper les comunicaba aquella noticia. Geese sonrió complacido, sentado detrás de su escritorio.

—Se rumorea que usted lo mató personalmente, Geese-sama —musitó Ripper, sonando más preocupado de lo usual.

—Que piensen lo que quieran —señaló el empresario, la sonrisa sin irse.

 Billy observó a su jefe. A pesar de que creía conocerlo relativamente bien, verlo sonreír como si celebrara el que alguien acabara de perder la vida no dejaba de ser perturbador.

Geese se volvió para mirarlo en ese instante, y Billy se apresuró a apartar la vista.

—Pero… la policía querrá hablar con usted… —insistió Ripper.

—Sólo es una formalidad. Diles que estoy ocupado —respondió Geese con un leve tono sarcástico que hizo que Ripper tuviera que contenerse de cubrirse el rostro con frustración.

El secretario hizo una leve inclinación y salió de la oficina, viéndose estresado.

—Finalmente, este asunto está cerrado —comentó Geese cuando estuvo a solas con Billy. El joven sólo asintió, sin decir nada, y Geese le dirigió una larga mirada, manteniendo su aire burlón y complacido—. No te ves muy satisfecho.

—Al contrario, es un alivio que esto haya acabado, Geese-sama —dijo Billy, procurando sonar sincero.

—¿Entonces por qué estás molesto?

—No estoy molest…

—Mentirme no es una buena idea —interrumpió Geese, cortándolo en seco.

Billy bajó la mirada un momento, comprendiendo que tanto ocultar la verdad como decirla en voz alta iban a causar el mismo efecto en Geese. Resignado, respondió:

—Yo podría haber acabado con Castillo y sus hombres sin problemas. Creo que usted se expuso innecesariamente al visitarlo.

Geese ocultó su sorpresa al oír las palabras de Billy. Había creído que el joven estaba sintiéndose culpable por haber provocado la muerte de un hombre. Sin embargo, Billy sonaba… resentido. A un nivel personal.

—¿Eso es todo lo que vas a decir? —preguntó Geese, provocando un poco al joven para que continuara.

—Ese hombre no merecía su atención. No había razón para que usted estuviera ahí.

—¿No?

—Le dije que no iba a fallar otra vez —dijo Billy, su voz cobrando más fuerza.

—Y sabía que no lo harías, por eso dejé esto en tus manos —señaló Geese.

—¿Entonces por qué esto se sintió como si me pusiera a prueba? —preguntó Billy bruscamente, sus ojos brillando molestos.

Nuevamente, Geese tuvo que hacer un esfuerzo para evitar que su rostro expresara desconcierto.

—Podría haber salido herido —continuó Billy en un murmullo.

—Lo dudo. Mi guardaespaldas estaba ahí —respondió Geese, manteniendo un leve sarcasmo en su voz.

Billy se quedó perplejo, y Geese se levantó de la silla y dio unos pasos hacia él.

—Fue una prueba, pero no porque no confiara en tus capacidades —habló el empresario—. Sabía que acatarías mis órdenes, pero… ¿a qué precio?

Billy tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no dar un paso hacia atrás. Geese se detuvo ante él, observándolo fijamente con sus duros e intensos ojos celestes.

—La primera vez intentaste buscar una resolución pacífica. ¿Realmente creíste que funcionaría? —preguntó Geese—. ¿Crees que esta ciudad puede gobernarse mostrando consideración hacia sus habitantes? Mostrar compasión es una muestra de debilidad. En vez de corresponder tus buenas intenciones, tus enemigos intentarán matarte. Como precisamente ocurrió.

Billy guardó silencio, notando su garganta seca. Había estado esperando que su jefe le reprochara sus acciones y decisiones de esas últimas semanas, pero, aun así, oír aquellas palabras no era fácil.

—Si hay algo que sabes hacer, es cumplir órdenes. No tenía dudas de que acabarías con Castillo —continuó Geese—. Pero hay personas que no han nacido para esto. Debía verificar si tú eres una de ellas, para buscar un reemplazo en vez de seguir perdiendo el tiempo inútilmente. 

Billy sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. ¿Cuál había sido el veredicto de Geese? ¿Debía comenzar a rogarle que no lo despidiera?

Geese sonrió al ver su expresión consternada. Había crueldad en esa sonrisa.

—¿Qué se siente tener sangre en las manos, Billy?

—No tengo reparos en matar si es por protegerte —respondió Billy sin titubear. No albergaba dudas; era algo que había decidido mucho tiempo atrás.

La sonrisa de Geese se acentuó. Aquella respuesta le había agradado. Es más, en su honestidad, Billy no parecía haber notado que lo había tratado de “tú”.

—¿No te importa haber dejado a unos niños sin su padre?

La dura pregunta tomó a Billy por sorpresa. El joven apartó el rostro, sintiéndose molesto. Geese parecía sentir una vil satisfacción con aquel interrogatorio. ¿Cuál era su propósito? ¿Hacerlo mostrar remordimientos y luego despedirlo?

Billy notó que unos dedos se posaban en su mejilla y le hacían levantar el rostro. Se encontró mirando en los ojos de su jefe.

La leve caricia que Geese hizo contra su piel lo hizo sentir mareado. La expresión de Geese había cambiado. La crueldad había desaparecido y sólo quedaba su severidad usual.

—Esa situación no va a cambiar. Al contrario, se repetirá con frecuencia, porque mis enemigos son también personas, con familias y amistades —dijo Geese, su tono bajo y grave—. Después de hoy, no admitiré vacilaciones ni remordimientos. Si aún tienes reservas, ésta es tu única oportunidad para retirart...

—Tenemos un acuerdo, no voy a romperlo —interrumpió Billy bruscamente, sin poder contenerse—. Tú… Usted cumplió su parte del trato. Y yo pienso cumplir la mía, sin importar lo que eso implique.

 Se observaron por unos instantes. Billy percibía su corazón golpeando con fuerza. Había sido descortés con Geese-sama, pero esas palabras habían salido de sus labios sin pensarlo, porque era lo que sentía.

Geese, por su parte, no parecía del todo molesto. La mano que tenía en la mejilla del joven no se había apartado.

—Cuida el tono con que te diriges a mí —fue todo lo que dijo Geese después de que algunos segundos transcurrieron.

—Lo siento, Geese-sama, no volverá a ocurrir —respondió Billy.

Cuando se separaron, Geese no volvió a su escritorio. Dando la conversación por terminada, se dirigió a los ventanales, como era su costumbre.

Había anochecido, y el horario laboral había acabado hacía casi una hora atrás.

Billy hizo una inclinación a modo de despedida y se dirigió a la puerta, sintiéndose abrumado. Tenía la impresión de haber discutido con Geese-sama, a pesar de que ninguno había acabado molesto.

—Billy, una cosa más —habló Geese cuando Billy posó su mano en el picaporte de la puerta.

El joven giró el rostro, pero Geese seguía dándole la espalda, y lo observaba en el reflejo de los cristales de la ventana.

—Tu falta de experiencia te lleva a hacer afirmaciones sin fundamento —señaló Geese con severidad—. Te haré una recomendación para el futuro. No olvides que cada acto repudiable que cometas, es por orden mía. Tú no tienes más remedio que obedecer.

—Mi deber es protegerlo. No hay nada de repudiable en eso —respondió Billy con sinceridad.

Geese se volvió para mirarlo, sorprendido por la respuesta, pero Billy ya había salido del despacho y cerraba la puerta suavemente.