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Lealtad

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Los rumores no exageraban al decir que Geese Howard era el dueño de South Town.

Tampoco mentían al asegurar que aquel empresario había conseguido el control casi absoluto sobre la ciudad mediante sobornos, intimidación y violencia.

Aquel hombre había fomentado la inmoralidad y la corrupción, era cierto. Numerosas personas habían perdido la vida por orden suya.

Pero nadie podía negar que South Town había prosperado gracias a Howard.

Desde lo alto de su rascacielos, a través de enormes ventanales, aquel hombre tenía por costumbre admirar el paisaje que ofrecía la ciudad. Por años, su torre se había alzado como la estructura más alta del distrito —bautizada como “Geese Tower” porque, para él, el concepto de humildad era prácticamente inexistente—, pero, poco a poco, algunos ambiciosos proyectos inmobiliarios habían comenzado a aparecer. Ahora, el paisaje estaba salpicado de grúas metálicas que marcaban el lugar donde se alzarían futuras edificaciones. Geese las contemplaba con un ligero interés. Cuando uno de aquellos futuros edificios superara la altura de su torre, eso significaría que había llegado el momento de construir un rascacielos más alto e incluso más imponente.

Pero no tenía prisa. La ciudad era como un extenso tablero, donde todas las piezas estaban bajo su control.

La floreciente economía no estaba limitaba a aquellas propiedades. Los habitantes de los vecindarios residenciales disfrutaban de un periodo de tranquilidad. La violencia, las drogas y la delincuencia estaban contenidas en áreas específicas, que los residentes procuraban evitar. Era cierto que aún ocurrían delitos menores ocasionalmente, pero ninguna ciudad en el mundo estaba libre de eso.

Así, a pesar de que la población sabía que las empresas de Howard actuaban como una fachada para lo que en realidad era una organización criminal, los residentes no tenían un motivo para alzar la voz en contra de sus cuestionables métodos. Pocas veces las rencillas entre las bandas de delincuentes cobraban vidas de inocentes.

Para las personas comunes era fácil desentenderse de las balaceras y las guerras entre pandillas. No les importaba si los delincuentes querían matarse entre ellos. Tan sólo hacían como si los barrios bajos y sus moradores no existieran.

Al asegurar una vida tranquila para los ciudadanos honestos, Geese había conseguido regir sobre ellos también. 

Eso lo había dejado libre para ocuparse del problema mayor: las otras organizaciones y mafias que veían a South Town como un territorio sin ley, listo para ser tomado por el mejor postor.

Howard no había escatimado recursos ni intentado atenuar la violencia. Destruyó a los líderes de aquellos grupos rivales tan pronto como aparecieron y, por algunas semanas, los habitantes hicieron la vista gorda a los brutales asesinatos y los numerosos cadáveres que aparecían desperdigados por distintas partes de la ciudad.

Aunque nadie lo dijo en voz alta, la población compartía una opinión: en manos de otras mafias, South Town volvería a sumirse en el caos. Sabían que la meta de Howard no era proteger a la ciudad, sino a su propia posición de poder, pero, si eso era beneficioso para todos, ¿para qué entrometerse?

La ciudad había quedado en calma después de que los cuerpos de los criminales fueron enterrados. Las investigaciones de los homicidios fueron silenciadas mediante “razonables” sumas de dinero.

El crimen organizado no era nada sin sus líderes, y los despojos de aquellos grupos se retiraron a las sombras, humillados.

Howard era consciente de que erradicarlos definitivamente era una tarea imposible, y, con fines estratégicos, ofreció a algunos de los sobrevivientes que trabajaran para él. Algunos aceptaron. Otros se negaron. Geese permitió que estos últimos permanecieran en la ciudad, a modo de ejemplo, para que otras bandas no olvidaran lo que sucedía con aquellos que se alzaban contra él. 

~ * ~

Fue por aquella época en que Billy Kane comenzó a trabajar para Geese Howard.

Billy había estado viviendo en un edificio construido dentro del terreno de una de las propiedades de Geese, junto con otros jóvenes que entrenaban duramente para convertirse en empleados de alguna de las filiales de las empresas Howard.

Como uno de los prospectos más antiguos, Billy tenía una habitación en el tercer piso, completamente para sí.

El cuarto consistía de un camarote cuya parte superior estaba sin utilizar, una mesa de madera clara, un par de sillas a juego y un armario. Había una vieja radio en un rincón. Las desnudas paredes blancas no hacían de ese lugar uno muy acogedor. Billy no se había esforzado por decorar la habitación, porque darle un toque personal era como aceptar la posibilidad de que seguiría viviendo ahí un tiempo más, y eso no estaba dentro de sus planes.

Pero… ¿cuáles eran sus planes exactamente?

Entrenaba con ahínco porque quería conseguir una buena posición dentro del personal de las empresas Howard, para asegurarse un salario estable y poder mantener a Lilly, su hermana menor.

Sin embargo, más allá de eso, sus objetivos eran inciertos.

La vida como subordinado de Geese no había sido lo que imaginó inicialmente, cuando el empresario lo rescató de las calles de Londres, junto con Lilly. En aquellos primeros días, Billy había estado dividido entre el razonable y bien fundamentado temor de haber acabado en manos de un hombre cruel y depravado, y la tímida ilusión de haber encontrado a alguien que le ofrecía un lugar a su lado.

Habían pasado dos años desde ese entonces, y Geese Howard no había resultado ser ninguna de las dos cosas.

Los temores de Billy no se habían convertido en realidad, pero tampoco sus esperanzas, o, al menos, no del modo en que lo había imaginado.

A veces, a solas en su habitación y agotado por el entrenamiento que nunca parecía satisfacer a sus instructores, Billy se burlaba de sí mismo. ¿Qué había esperado? Geese Howard era un hombre ocupado. El que lo hubiera recogido de la calle podía significar mucho para Billy, pero para Geese eso probablemente había sido un asunto de menor importancia.

El empresario se había encargado personalmente de él durante los días que pasaron juntos en Londres. Debían esperar los documentos falsificados que permitirían que Billy y Lilly salieran del país, y, mientras tanto, Geese había hecho muchas preguntas y demostrado un sincero interés en él.

Pero las cosas habían cambiado cuando llegaron a South Town.

Geese explicó las condiciones bajo las cuales Billy trabajaría para él, y, después de que el joven aceptó, porque no tenía otra opción, Geese lo dejó en manos de sus secretarios y empleados.

Pasaron semanas sin que Billy lo volviera a ver. Aquello le causó una extraña decepción, pero prefirió no pensar en eso. Tenía exactamente lo que Geese había prometido: techo, comida, y la seguridad de que Lilly estaba a salvo. A pesar de la ausencia del empresario, Billy le estaba agradecido porque había cumplido su palabra.

Desde la ventana de su dormitorio, Billy podía ver la entrada de la casa de Geese en la distancia. En sus ratos libres, estudiaba la rutina de sus habitantes.

En algunas ocasiones, el empresario llegaba en una limosina y permanecía en la casa por algunas horas. Sin embargo, no pasaba las noches ahí. Billy no tardó en concluir que Geese no vivía en ese lugar.

Durante cada una de esas visitas, sin poder evitarlo, Billy se preguntaba si tal vez el empresario se acercaría al edificio de los novatos, para preguntar sobre sus progresos. Aquella tonta ilusión solía acabar en una decepción.

Aunque ése no siempre era el caso.

Geese siempre solía verse atareado, como si tuviera prisa por llegar a otro lugar. Estaba claro que saludar a las personas que recogía de la calle no era un punto prioritario en su saturada agenda. Por eso, en vez de guardarle rencor, Billy apreciaba cada momento que Geese le dedicaba, aunque fueran apenas unos minutos al mes.

Por un tiempo, Billy se sintió avergonzado por haber sido tan ingenuo. La consideración que Geese había mostrado hacia él y Lilly en Londres lo había llevado a pensar que, al llegar a Estados Unidos, aquello continuaría. Había sido fácil acostumbrarse a la intensidad de ese hombre, su aire de superioridad, sus pálidos matices de amabilidad.

Al dedicarle una atención casi ininterrumpida, Geese lo había hecho sentirse especial.

Pero, desde que estaba en Estados Unidos, Billy sospechaba que tal vez aquélla había sido una artimaña del empresario. Geese había ganado su confianza hasta el punto de hacerle aceptar salir del país voluntariamente. Billy había estado de acuerdo, pero, si lo pensaba de manera objetiva, él aún era un menor de edad en esa época, y lo que Geese había hecho podría haberse considerado casi un secuestro.

Aquello confundía un poco al joven. ¿Por qué Geese se había tomado esa molestia? ¿Qué beneficio obtendría?

En la residencia en South Town, Billy había dejado de sentirse especial muy pronto. Había un numeroso grupo de peleadores hábiles con un nivel de destreza similar al suyo, y Billy era uno más entre ellos. No recibía un trato especial de parte de los secretarios que lo supervisaban, ni de los instructores que lo entrenaban, y mucho menos de Geese, que se ausentaba por largas semanas.

Al final, Billy comprendió que Geese lo había elegido porque había reconocido su potencial.

Dependía de él mostrarle cuán lejos podía llegar.

Con eso en claro, Billy se había esmerado en subir en los rangos del personal que recibía el entrenamiento. Tuvo algunos desacuerdos con los instructores que insistían en que debía dejar de usar su bo y reemplazarlo por un arma más práctica y destructiva. Billy inicialmente se negó, y la discusión se estancó porque los instructores le informaron que ninguno de ellos estaba en capacidad de enseñarle técnicas avanzadas de bojutsu.

Billy había tenido que ejercitar con su bo a solas, en las horas que tenía libres, y los instructores se enfocaron en enseñarle a usar pistolas y otras armas que ellos consideraban más efectivas.

Al comienzo, Billy intentó convencer a algunos de sus compañeros para que entrenaran con él, pero recibió excusas flojas y palabras frías como respuesta. Según los otros jóvenes, no tenía sentido aprender a defenderse de alguien que usaba un báculo como arma principal, porque nadie en esa ciudad utilizaba esa técnica.

Para Billy, aquella explicación no tenía lógica, y no tardó en averiguar que la negativa a entrenar con él nada tenía que ver con la técnica que prefería.

Los otros jóvenes estaban un poco celosos porque lo habían visto intercambiar palabras con el “señor Howard”. Creían que Billy estaba intentando ganarse el aprecio de Geese para poder escalar posiciones más rápidamente. El hecho de que Geese en persona hubiera traído a Billy desde Inglaterra tampoco ayudaba.

Billy no se había molestado en explicarles lo equivocados que estaban. Ni siquiera se enfureció con ellos. Esa situación solamente corroboraba algo que ya sabía: de nada servía apoyarse en otros. Estaba solo. Si quería conseguir algo, debía lograrlo por sí mismo.

Así, continuó entrenando por su cuenta. El esfuerzo físico adicional lo dejaba agotado, pero no iba a darse por vencido. Su técnica particular era la que había llamado la atención de Geese en Londres. No pensaba renunciar al bojutsu.

Por suerte, Billy no tardó en ver los resultados de su esfuerzo. Pronto dejó de ser un simple aprendiz, y fue asignado a trabajar en la Geese Tower, donde ayudaría con tareas misceláneas mientras aprendía sobre el manejo del enorme rascacielos, como preparación para una posible posición en el personal de seguridad.

Aquel trabajo no tenía nada que ver con las luchas y enfrentamientos para los cuales Billy se había estado preparando, pero no protestó. Estar en la Geese Tower era una oportunidad para ver a Geese con mayor frecuencia.

Durante esas visitas, el joven confirmó que Geese no tenía un segundo libre. A lo largo de todo el día, Geese monitoreaba las actividades de sus compañías, o asistía a reuniones, o recibía a comitivas de empresarios, locales y extranjeros, que se veían importantes e influyentes. Al llegar la tarde, cuando los empleados volvían a casa, Billy a veces revisaba las cámaras de seguridad y confirmaba que Geese continuaba en su despacho, sentado ante su escritorio cubierto de papeles.

“¿No está cansado?”, pensaba para sí, pero no podía hacer más, porque en ese entonces no tenía el nivel de permiso necesario para entrar en la oficina de Geese y hacer esa pregunta personalmente.

Sin embargo, eso cambió pronto.

Como Billy era uno de los empleados más jóvenes, el resto del personal no tenía reparos en enviarlo a hacer mandados. Esto había irritado al joven en un inicio, pero no tardó en notar que los encargos tenían una característica en común: en su gran mayoría, implicaban ir a la oficina privada de Geese a dejar algún documento. O interrumpir alguna reunión para darle un mensaje que no podía esperar.

A Billy le hizo un poco de gracia que el personal tuviera tanto temor de hacer enfadar al jefe con recados inoportunos, y no le importó asumir la tarea de mensajero entre los pisos inferiores y el despacho de Geese.

El empresario no le daba miedo. Lo peor que podía pasar durante esos breves encuentros era que Geese no alzara la vista de lo que fuera que estuviera leyendo, y que lo despidiera con un gesto distraído de la mano, sin darse cuenta de que era él quien estaba ahí.

Como las cosas parecían estar yendo bien, Billy disfrutaba de tener algo que hacer. Sus tareas eran muy sencillas, pero lo hacían sentirse útil. Había comenzado a recibir un salario minúsculo, y, a pesar de que todo el dinero desaparecía tras pagar por la manutención de Lilly, el joven sentía cierta satisfacción al recibir un cheque cada fin de mes.

Cuando consiguiera separar un poco de dinero para sí, pensaba ir a la ciudad a comprar ropa de segunda mano para consentirse un poco. Estaba cansado de vestir el traje y corbata negros que era el uniforme de los otros empleados de Geese. Necesitaba recuperar un poco de individualidad.

Era agradable trabajar para llegar a una meta, por simple que fuera.

Sin embargo, una mañana, Billy comprobó que no todos estaban contentos con sus progresos.

Él no notó nada extraño cuando una asistenta le entregó un sobre con un legajo proveniente de una de las tantas áreas de la empresa. La joven no actuó de manera sospechosa cuando le indicó que debía entregarle ese sobre a Geese “ASAP”.

Billy obedeció y tomó el ascensor para dirigirse a la oficina de su jefe. La recepcionista le indicó que Geese estaba en una reunión, y señaló una amplia oficina con paredes de vidrio, cuyas persianas estaban cerradas. Billy se dirigió ahí y golpeó a la puerta, extrañado de que no hubiera guardias vigilando. Usualmente, algún guardaespaldas habría intentado cerrarle el paso, y Billy habría tenido que explicar que debía entregar un recado urgente.

“¿Quizá la reunión ya terminó?”

Billy entró sin esperar respuesta, y se quedó petrificado en el umbral cuando una docena de cabezas se volvieron para mirarlo.

Había un grupo de empresarios sentados ante una amplia mesa ovalada, y la sala estaba en penumbra. Geese estaba de pie a la cabecera de la mesa, junto a un proyector que mostraba un gráfico de barras en una pantalla blanca. La entrada de Billy lo había interrumpido a media frase, y los fríos ojos celestes de Geese se entrecerraron con molestia.

Billy percibió la tensión en el ambiente. Notó las miradas de los otros empresarios, sus rostros soberbios y su actitud desdeñosa. Parecían considerar aquella interrupción como un agravio a sus personas.

—Con permiso —dijo Billy, ignorando a los empresarios porque no estaba ahí por ellos. Cerró la puerta sin hacer ruido y se dirigió con pasos desenvueltos hacia Geese. Los ojos de aquellos hombres siguieron cada movimiento. Hubo un ligero murmullo y burlonas sonrisas condescendientes. Billy sintió una punzada de fastidio.

“¿Por qué sonríen?”

—No sabía que también te dedicabas a importar jovencitos, Howard —comentó un hombre castaño con acento sureño, entrado en años y de piel pálida manchada de rosado. A eso siguió un corto silencio incómodo, y más murmullos se oyeron alrededor de la mesa.

Billy frunció el ceño, sabiendo que aquella burla que no venía a cuento estaba dirigida hacia él. ¿Se burlaban de su edad? ¿O porque era un empleado sin experiencia que había cometido el error de irrumpir en una reunión sin permiso?

Billy le lanzó una mirada molesta al hombre, y estuvo a punto de responderle de una manera sumamente impertinente.

Sin embargo, Geese habló antes:

—Billy, ¿qué sucede?

Billy se controló y mostró el sobre que llevaba en la mano. Geese no hizo ningún gesto para tomarlo.

El joven volvió a percibir la tensa atmósfera, y se extrañó, porque usualmente él no se sentía incómodo en presencia de Geese.

A diferencia de los otros empleados, su trato era un poco más casual. No trataba a Geese de “usted”, ni lo llamaba “señor”.

Entreabrió los labios para responder. Sabía que bastaba decir un simple: “Te envían esto de Contabilidad”. El sobre cambiaría de manos, y él podría retirarse.

Sin embargo, Billy alcanzó a ver el ligero cambio en los ojos de Geese. Hubo una advertencia silenciosa, una leve amenaza.

Geese parecía estar diciéndole que debía cuidar sus maneras. Las circunstancias no eran las indicadas para usar un tono informal.

Billy se enorgullecía de no mostrarse servil como el resto del personal, pero tuvo el suficiente sentido común para comprender que ése no era el momento ni el lugar adecuados para mostrarse rebelde.

Una actitud impertinente se reflejaría mal en Geese. Lo último que Billy quería hacer era dañar su imagen frente a esos empresarios.

—Heather, de Contabilidad, le envía estos documentos, señor. Al parecer se trata de un asunto urgente —optó por decir, usando un tono neutro, pero lo suficientemente educado.

Geese lo observó un segundo más, y luego tomó el sobre y echó un vistazo a sus contenidos.

—Los revisaré. Puedes retirarte.

Billy asintió y luego, para complementar su actuación de empleado cortés, hizo una inclinación antes de retirarse, llevándose una mano a la altura del estómago, como había visto hacer a los mayordomos europeos. Le pareció que eso tomaba a Geese por sorpresa, pero no pudo asegurarlo, porque el empresario volvió su atención a los presentes y se disculpó por la breve interrupción con una fría sonrisa profesional.

Billy salió de la sala de reuniones y suspiró profundamente después de cerrar la puerta.

En el pasillo, vio a uno de los secretarios personales de Geese acercándose casi corriendo. Era alto, calvo, y llevaba gafas oscuras a juego con su inmaculado traje negro. Billy no sabía su nombre real, pero todos lo llamaban Ripper. En los días que Billy llevaba trabajando en la Geese Tower, Ripper había sido su supervisor directo.

—¿En qué estabas pensando, mocoso? —preguntó Ripper deteniéndose en seco frente a él. A pesar de los cristales oscuros de sus lentes, Billy notó que el secretario estaba alterado, y que miraba nervioso la puerta de la sala de reuniones.

—¿De qué hablas? —preguntó Billy.

—¡No puedes entrar a las reuniones de Geese-sama de esa manera! Teníamos órdenes claras de no interrumpir. ¿Sabes lo importante que es para Geese-sama cerrar ese acuerdo?

—Debía entregar unos documentos urgentes —explicó Billy. No era una excusa. Tan sólo quería que Ripper se calmara, porque el secretario estaba alterándose incluso más.

Ripper sujetó a Billy por las solapas de su traje y lo arrastró lejos de la sala de reuniones.

—¡Hoy no hay nada más urgente que ese acuerdo y todos los saben!

Billy recordó la expresión molesta de Geese cuando él había entrado en la sala.

—Esto no puede volver a ocurrir —ordenó Ripper, pasándose una mano por la cabeza—. Hoy quédate hasta después de la hora de salida. Debes disculparte con Geese-sama.

Billy asintió, desconcertado. ¿En verdad había sido tan grave?

Volvió al área de Contabilidad, un poco fastidiado consigo mismo. Esperaba no haberle causado problemas a Geese.

Al salir del ascensor, notó de inmediato que el personal de aquella planta lo observaba, y luego apartaban la mirada abruptamente. Vio sonrisas burlonas y oyó cuchicheos de complicidad.

La asistenta que le había dado el sobre se acercó con una expresión compungida en el rostro.

—Señor Kane, en verdad lo siento. No sabía que era una broma…

Billy no escuchó sus disculpas. Estudió al resto del personal. Todos parecían estar al tanto de lo que había ocurrido. Y parecían estar disfrutándolo. Como si hubieran estado esperando que él cometiera ese error.

Billy se dio cuenta de lo que había sucedido.

Lo habían enviado a interrumpir una reunión, para hacerlo quedar mal frente a Geese.

Había sido intencional.

Al igual que con sus compañeros de entrenamiento, el rápido progreso de Billy había provocado un profundo resentimiento entre el personal de la Geese Tower. Los empleados antiguos no toleraban ver que un muchacho extranjero estuviera subiendo posiciones tan rápidamente, y perfilándose para ser un empleado de confianza del señor Howard.

Habían logrado que Billy cometiera una transgresión que, en el mejor de los casos, debía ser castigada con un despido inmediato.

Por fortuna, el acuerdo fue cerrado sin mayores inconvenientes, y la interrupción de Billy no pasó a mayores.

Geese aceptó su disculpa aquella noche, en su oficina privada.

El empresario observaba el paisaje nocturno de la ciudad frente a una de las ventanas, con las manos cruzadas tras la espalda. Los negocios exitosos lo ponían de buen humor, y, gracias a eso, Billy sólo se ganó un regaño ligero.

Luego, Geese le informó que los autores de la “broma” habían sido localizados y despedidos por mostrar esa conducta inaceptable.

Sorprendido, Billy lo contempló. La silueta de su jefe quedaba definida contra la miríada de luces de aquella ciudad que gobernaba. Geese seguía con las manos tras la espalda, su postura erguida y regia, y se había vuelto hacia él.

Cuando lo veía así, Billy comprendía por qué las personas consideraban a Geese un hombre intimidante. Sin embargo, él no conseguía sentirse cohibido porque la mirada en los ojos celestes de Geese se suavizaba cuando estaban a solas.

Era la mirada del hombre que, años atrás, lo había encontrado en la calle y le había dado la oportunidad de llevar una vida mejor.

—El personal no suele hacer este tipo de cosas. Es mejor tomar medidas para que algo similar no vuelva a ocurrir —explicó Geese, observando a Billy—. ¿Qué has aprendido de todo esto?

“¿Que no debo bajar la guardia? ¿Que no puedo confiar en nadie?”, pensó Billy para sí.

Sin embargo, no mencionó eso en voz alta. Sin apartar la mirada de los ojos de Geese, se encogió de hombros y sonrió adoptando un aire altanero.

—Si sienten envidia es porque estoy haciendo las cosas bien —respondió con firmeza.

Los labios de Geese se torcieron en una sonrisa complacida.

Aquella noche, a solas en su habitación, Billy reflexionó sobre lo equivocados que estaban sus compañeros. No tenían razón para envidiarlo. Poder conversar ocasionalmente con Geese Howard no implicaba que existiese un favoritismo que se traduciría en un ascenso inmediato. Billy aún tenía que esforzarse y agotarse entrenando, como los demás. Debía trabajar duro, adquirir capacidades en las que no estaba muy interesado, pero que eran importantes para los negocios de Geese.

No era su culpa que el resto de empleados no estuvieran a la altura de lo que Geese necesitaba.

 ~ * ~

 Unos meses después de que Billy cumpliera dieciocho años, su instructor le informó que había llegado el momento de que demostrara si era apto para empezar a formar parte de la comitiva de seguridad de Geese. Si pasaba la prueba, se le asignaría una posición poco crucial de acompañamiento, para que pudiera aprender de primera mano la manera en que trabajaban los guardaespaldas.

Como Billy era joven, tendría mucho tiempo por delante para perfeccionarse.

—Si no mueres en el proceso, claro —se burló el instructor, aunque sin maldad en su voz.

Billy recibió un sobre cerrado que contenía instrucciones específicas, así como el lugar y la hora de la prueba. Tenía una semana para prepararse. En la noche del séptimo día, debía presentarse en la azotea de la Geese Tower. Era libre de elegir el arma que llevaría. No era necesario que vistiera formalmente esa noche. Lo importante era que pudiera pelear usando todo su potencial.

Aquella era la oportunidad que Billy había estado esperando. Finalmente podría demostrar que Geese no se había equivocado al considerar que tenía potencial. Y, por encima de eso, quería que su jefe viera que podía pagar su deuda haciendo algo más útil que llevar papeles a su oficina.

Durante seis días, Billy se dijo que no estaba nervioso, y que si revisaba su bo obsesivamente cada noche era porque estaba siendo precavido y nada más.

Había pasado años perfeccionando aquel báculo y por fin estaba satisfecho con el resultado. La recia madera teñida de rojo podía dividirse en tres secciones, unidas entre sí por una cadena que corría de extremo a extremo por el interior. El metal proporcionaba una solidez ausente en las armas de madera convencionales, y las tres secciones móviles ofrecían una versatilidad que tomaría desprevenido a cualquiera que lo enfrentara.

Billy había aprendido a dominar esa arma entrenando a solas, y estaba ansioso por probar sus técnicas contra un contrincante de carne y hueso.

Confiaba en su capacidad y su bo. Y sabía que ahora peleaba mucho mejor que años atrás.

Cuando la noche del séptimo día llegó, Billy cambió su traje formal por una camiseta gris, unos jeans celestes desteñidos, y botas negras de cuero.

Bo en mano, tomó el ascensor que lo llevaría a lo alto del rascacielos.

Aún era temprano, pero quería evaluar el terreno. No quería fallar la prueba por haber tropezado accidentalmente con una tubería o una baldosa rota.

Era la primera vez que recibía autorización para subir hasta ahí.

Las puertas del ascensor se abrieron y Billy concluyó que se había equivocado de piso, porque delante de él había un salón techado, construido con madera roja, cuya decoración parecía sacada de alguna película asiática.

Extendió su mano para presionar el botón de la planta correcta, y se sorprendió al comprobar que, efectivamente, había llegado al último piso.

Estupefacto, Billy salió del ascensor, y los gruesos tablones de madera crujieron bajo él.

What the hell…

Él había esperado que la azotea fuera idéntica a la de los edificios que rodeaban al rascacielos: de cemento, con equipos de ventilación permanentemente operativos, tuberías, y quizá un par de antenas. En su mente, el suelo y las paredes estaban manchadas por el sol y la lluvia.

Sin embargo, se encontraba en un magnífico salón semejante a los templos orientales que alguna vez había visto en la televisión. El recinto tenía forma ovalada, y el área central se encontraba completamente despejada, revelando un enorme ideograma trazado con pintura negra.

Gruesas columnas rojas se alzaban a espacios regulares. Entre cada una, Billy vio largos dragones pintados de verde y oro, budas de múltiples brazos con expresiones y poses atemorizantes, y sólidos braseros dorados, que se encontraban encendidos y despedían un humo aromático.

El borde del rascacielos había sido delimitado con una baranda roja, y la recargada decoración contrastaba fuertemente con el paisaje de la moderna ciudad que se extendía alrededor de la torre.

Por unos instantes, Billy olvidó por qué estaba ahí. Caminó entre los budas y dragones, notando que ninguno era idéntico a otro. Se quedó perplejo al ver un corto puente de arco que llevaba a una imitación de jardín donde crecían altos tallos de bambú.

“¿Qué es todo esto?”, se preguntó. La parafernalia oriental le hacía pensar en un parque de diversiones. Contuvo una sonrisa divertida al notar una bandera de Estados Unidos ondeando frente a los bambúes.

Siguió avanzando y llegó a unas escalinatas de madera más clara que llevaban a una plataforma elevada. Se sobresaltó al ver a una figura sobre la plataforma, de espaldas a él.

Billy se reprendió a sí mismo por haber estado distraído con el decorado.

Frunciendo el ceño, subió las escaleras lentamente y consiguió que la madera no crujiera.

La figura estaba vestida de un modo extraño. Llevaba un traje blanco y pantalones rojos, tan anchos que casi parecían ser una larga falda. Un cinturón negro ceñía su cintura. En ese momento, la figura observaba el paisaje de la ciudad con la espalda erguida y los brazos cruzados.

Billy se dio cuenta de dos cosas simultáneamente.

Ésa era la persona ante la que debía demostrar sus capacidades.

Y: Esa persona era Geese Howard.

Acercándose despacio, el joven admiró a su jefe. Aunque Geese le estuviera dando la espalda, era inconfundible. Billy lo había visto pasar largos minutos observando la ciudad desde el mirador de su oficina en esa misma postura, como si, en vez de ser un empresario, fuera un emperador admirando un territorio conquistado.

Billy se acercó despacio, y Geese giró el rostro hacia él, mirándolo de arriba abajo con sus fríos ojos celestes. Se veía satisfecho.

—Llegaste temprano —dijo Geese.

Billy asintió y se detuvo a su lado, mirándolo también, en especial sus ropas.

“¿Qué hace vestido así?”, se preguntó interiormente, suprimiendo una sonrisa. Podía reconocer que ese traje era un uniforme oriental, pero Geese no debía tener una gota de sangre asiática en sus venas. Su cabello rubio cuidadosamente peinado y sus ojos celestes discordaban enormemente con el traje.

Pero no se veía del todo mal.

Incapaz de dejar de mirar, Billy frunció el ceño al notar una larga cicatriz horizontal en el pecho del empresario. De inmediato, sintió una oleada de molestia. ¿Cómo había sufrido esa herida? Por el tamaño de la cicatriz, sin duda había sido grave. ¿Quién lo había herido? ¿Por qué sus guardaespaldas no lo habían evitado?

Billy alzó la vista y se encontró con la mirada de Geese fija en él. Quiso preguntar sobre la cicatriz, pero Geese parecía decirle en silencio que no era el momento.

—Ya que estás aquí, empecemos. Muéstrame lo que puedes hacer —dijo el hombre sin mayor preámbulo, sonriéndole con un extraño aire amenazante.

Geese hizo un gesto hacia el centro del salón, y Billy asintió y ambos se dirigieron hacia ahí.

Billy sujetó su bo con más fuerza, y respiró profundamente en un esfuerzo por centrarse.

Se había distraído con el decorado, y luego se había sorprendido al encontrar a Geese ahí, y ahora no podía dejar de pensar en la cicatriz que había visto, y en lo poco que sabía sobre Geese.

Tenía que aclarar su mente, enfocarse en el enfrentamiento.

Sin embargo, Geese dificultaba esa tarea, porque el empresario estaba mostrando un lado de él que Billy no había visto hasta ese momento.

Billy quería absorber cada detalle, para poder conocerlo mejor.

Había oído de antemano que Geese Howard sabía pelear, pero no tenía idea de su nivel de habilidad.

No quería juzgarlo, pero… si estaba rodeado de guardaespaldas ¿quizá eso quería decir que no era muy bueno? ¿O que era un luchador promedio?

—¿Hay reglas? ¿O sólo debo vencerte? —preguntó el joven mirando a Geese de soslayo. Se sentía levemente inquieto. No quería excederse en sus ataques y lastimarlo.

—¿Vencerme? —repitió Geese con voz pausada y una sonrisa que seguía siendo amenazante. Parecía ligeramente divertido—. Pelearás hasta que yo esté satisfecho —señaló.

Billy miró su bo, dubitativo. Usualmente disfrutaba de una buena pelea, pero tener que golpear a su jefe para poder obtener un mejor empleo era sumamente contradictorio.

Geese percibió su confusión.

—No te contengas —ordenó, como si le hubiera leído la mente. Se detuvieron en el centro del recinto, sobre el gigantesco kanji dibujado en el suelo—. Si no luchas con toda tu fuerza, fallarás la prueba de inmediato.

—Entiendo.

Come on, then.

Billy sintió un estremecimiento al oír el tono invitante de su jefe. Empuñó su bo, pero no atacó. Contrario a lo que esperaba, Geese no se lanzó hacia él. El empresario se había quedado quieto en su lugar, sus manos cerradas en puños, y su expresión había cambiado. Aunque aún sonreía, sus ojos eran helados. 

Billy frunció el ceño. Su instinto le dijo que estaba en peligro, que debía alejarse cuanto antes.

La persona que estaba ante él no era quien él creía conocer.

Y no era una ilusión provocada por la atmósfera oriental de ese salón, o por el atuendo extraño de Geese. También había algo diferente en el ambiente. Como si Geese emitiera un aura distinta.

Cuando Geese se puso en guardia, el fuego en los braseros crepitó y las sombras del recinto se sacudieron y alargaron.

“¿Qué es esto…?”, pensó Billy, perplejo.

 Geese hizo un gesto con su mano para que atacara, y aquello fue una invitación y un desafío a la vez.

Billy obedeció. Sus primeros golpes con el bo fueron rápidos, pero ligeros, y Geese los desvió hacia un lado sin esfuerzo con la palma de su mano, casi sin necesidad de moverse.

“Tiene buenos reflejos…”

Billy dio algunos pasos hacia la izquierda y lanzó un golpe lateral con su báculo que fue fácilmente desviado, tal como él esperaba. Aprovechando la distracción, se movió dentro de la apertura que había creado y lanzó una patada.

Ésta fue desviada por un golpe seco y doloroso de la mano de Geese. El empresario sonrió.

Billy apretó los dientes y volvió a atacar. Geese era lo suficientemente diestro. Al parecer, no tenía que preocuparse de lastimar a su jefe.

—Mucho mejor —comentó Geese cuando la velocidad de los ataques de Billy comenzó a aumentar.

El joven ignoró el tono levemente burlón. Continuó sus ataques, de lejos con su báculo, y lanzando algún puñetazo o patada cuando podía acercarse lo suficiente a Geese.

Pronto, Billy se encontró haciendo un esfuerzo real por golpear al empresario. Después de todo, él estaba ahí para demostrarle a Geese que sabía pelear. No podía darse el lujo de mostrar un desempeño insuficiente por consideración hacia él.

Con un gruñido, Billy alzó el bo por sobre su cabeza y puso toda su fuerza en un golpe que, si bien no era elegante, al menos debía conseguir romper la defensa de Geese.

La madera impactó contra el antebrazo del empresario y Billy lo vio entrecerrar los ojos por el dolor.

En el siguiente instante, Billy sintió que el puño del hombre se hundía en su estómago, e involuntariamente su cuerpo se dobló hacia adelante.

Cayó al suelo, jadeando porque el golpe había sido tan fuerte que le cortó la respiración. Geese se acercó y Billy tuvo el tiempo justo para hacerse a un lado, antes de que Geese diera un fuerte pisotón contra el suelo, que pareció temblar debido a la violencia de aquel impacto.

Apoyándose en el bo, Billy miró a Geese, completamente sorprendido. Era fuerte. Mucho más de lo que había esperado.

Geese volvió a atacar, sin darle tiempo a recuperar el aliento. Fue el turno de Billy de bloquear y esquivar. Algunos de los golpes de Geese lo rozaron, pero no dieron de lleno.

Billy aprovechó cada oportunidad para contraatacar, y pronto se encontró sumido en aquella pelea, atacando y evadiendo, rodando por el suelo e intentando tomar a Geese desprevenido desde ángulos inesperados.

Al inicio, no le había parecido que Geese fuese veloz. La técnica del empresario era comedida y calculada. Había pausas entre cada secuencia de golpes. No hacía arremetidas precipitadas.

Sin embargo, Billy vio con cierta fascinación que se había equivocado. Geese era veloz, además de fuerte. Cuando el extremo del bo estaba a punto de golpearlo, Geese se hacía a un lado en el último segundo. Si Billy intentaba hacerle perder pie con un barrido bajo, el empresario simplemente retrocedía y cedía un poco de terreno.

Geese hacía uso de aquella agilidad sin esfuerzo.

Y sus contraataques eran dignos de admirarse también. Billy estaba con todos sus sentidos alerta, porque sabía que no debía permitir que otro de aquellos puñetazos lo enviara al suelo. Tenía la fuerte sensación de que su jefe se había contenido al golpearlo la primera vez, y que esa consideración no se iba a repetir.

Como Billy ya no tenía que preocuparse por lastimarlo, la pelea fluía con soltura. El joven sentía su corazón latir con fuerza cada vez que sus ojos se encontraban con los de Geese, porque el empresario parecía estar disfrutando de aquel encuentro.

Sin embargo, algo preocupaba a Billy.

Aquello era una prueba.

Y la pelea se alargaba y él no estaba consiguiendo obtener una victoria.

No quería que, al terminar, Geese le informara que había fracasado.

Sus ataques se volvieron un poco más frenéticos después de que ese pensamiento cruzó por su mente. El bo se convirtió en una mancha roja borrosa debido a la velocidad de sus ataques. Geese retrocedió unos metros para poner algo de distancia entre ellos, pero Billy no le permitió alejarse. Tenía que ganar esa pelea a como diera lugar.

No supo cuántos minutos pasó así, jadeando y con la transpiración perlando su frente. Sin embargo, sin importar cuánto se esforzara, Geese hacía uso de sus reflejos increíbles y siempre estaba un paso delante de él.

Y, aunque Geese parecía estar divirtiéndose, Billy sabía que no era suficiente. Necesitaba una victoria clara.

El joven había estudiado los movimientos de Geese desde el inicio. Había reconocido algunos patrones y ciertas conductas repetitivas. Como el hecho de que Geese esquivara los golpes de su bo haciendo el mínimo esfuerzo necesario, consciente de su alcance limitado.

El empresario parecía no saber que Billy aún tenía un truco bajo la manga.

La oportunidad que Billy esperaba no tardó en llegar. Utilizó su movimiento más básico, uno que Geese había esquivado decenas de veces durante el encuentro. Lanzó un golpe con el bo hacia el rostro del hombre, y, cuando Geese simplemente echó su cabeza levemente hacia atrás para ponerse fuera del rango del arma, Billy permitió que el báculo se dividiera en tres. La cadena que unía las secciones se extendió con un audible sonido metálico.

Hubo un destello de sorpresa en los ojos de Geese cuando se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, y, aunque el empresario alcanzó a hacer el rostro hacia un lado para evitar el golpe, el extremo del bo le rozó la mejilla, cortando su piel.

Billy no tuvo tiempo de disfrutar aquel “logro”. Geese lo observó con una fría calma y pronunció una palabra en un idioma extranjero.

Una onda de un brillante e incorpóreo color azulado surgió de las manos de Geese y se arrastró por el suelo a velocidad vertiginosa en la dirección de Billy.

El joven gritó al sentir el contacto de aquella energía con su cuerpo, que lo impactó con la fuerza de un vehículo en movimiento y lo hizo salir despedido hacia atrás.

El golpe contra el suelo fue violento, y el bo escapó de sus manos y rodó lejos de su alcance.

Billy intentó levantarse, pero su cuerpo no le respondía. El mundo se balanceaba de un lado a otro ante sus ojos. Sentía un cosquilleo en sus brazos, como si hubiese recibido una descarga. Sus extremidades le pesaban.

¿Qué había sido aquel poder increíble?

Geese se le acercó despacio. Sus pies descalzos resonaban en la madera del suelo.

Billy alzó la mirada. Le costó enfocar la vista. Le pareció ver un hilo de sangre en la mejilla del hombre. Intentó apartarse antes de que llegara el siguiente ataque, pero fue presa de un profundo mareo.

Cerró los ojos un momento, esperando a que pasara.

Y sintió una mano en su hombro, sosteniéndolo gentilmente. Geese se había arrodillado a su lado y lo miraba complacido.

El calor de sus dedos era perceptible a través de la tela de la camiseta. A Billy le pareció percibir un rastro de la energía que lo había golpeado, aunque no estaba seguro de si imaginaba cosas.

El contacto era agradable, pero hizo que se tensara un poco.

Observó la herida que había provocado en el rostro de Geese. Era sólo un leve roce que sanaría en unos días, nada grave.

Se preguntó si debía disculparse.

—Lo hiciste bien —dijo Geese entonces, haciendo una leve presión—. Mejor de lo que esperaba.

Billy notó una ligereza agradable en su pecho al oír aquellas palabras, a pesar de que sentía que había sido derrotado.

Geese se apartó y se levantó, y Billy lo imitó con movimientos un poco inestables. El joven fue a recoger su arma, y sus pasos fueron temblorosos.

A medida que el éxtasis de la pelea se desvanecía, Billy comenzó a ser consciente de todo lo que había sucedido. Notó la tensión de sus músculos cansados, y el dolor en su espalda a causa de la última caída. Al observar su bo, vio que la madera estaba levemente astillada en algunas áreas, la pintura descascarada debido a la violencia de los golpes que había lanzado.

Abrumado, Billy dio una sacudida al arma para que las secciones volvieran a unirse.

Geese lo esperaba junto a las puertas del ascensor. El empresario había estado mirando su bo, pero no hizo comentario alguno.

Al entrar al ascensor, Geese notó la sangre en su mejilla en el reflejo de las paredes de espejo, y limpió el hilo rojo con la punta de un dedo. Hizo un sonido que podría haber sido una risa queda.

Billy contempló su propio reflejo. Su corto cabello rubio estaba húmedo y desordenado. Su piel se veía brillante debido al sudor. Al lado de Geese, su cuerpo se veía como el de un muchacho.

El ascensor se detuvo unos segundos después. Las puertas se abrieron en un piso donde Billy nunca había estado. Vio una sala ante ellos, frente a ventanales que daban a la ciudad. Había cuadros en las paredes, y jarrones con intrincados diseños sobre las mesillas. El mobiliario no parecía el de una oficina. La decoración era demasiado personal.

Geese mantuvo las puertas abiertas.

—Espero mucho de ti, Billy —dijo, contemplando al joven con aire satisfecho—. Superaste mis expectativas. Espero que no me decepciones en el futuro.

—No lo haré —respondió Billy de inmediato.

Geese asintió, complacido.

—Mañana puedes tomar el día libre. Luego comenzarás a trabajar para mí a tiempo completo.

—Gracias.

—Dale mis saludos a tu hermana.

Billy esbozó una sonrisa, porque Geese había adivinado que aprovecharía el día libre para visitar a Lilly.

Geese pulsó el botón del primer piso y salió del ascensor. Billy lo miró con pesar. Aún tenía muchas preguntas que quería hacer.

Como si hubiese percibido sus pensamientos, el empresario se volvió hacia él.

—Ve a descansar. Tendremos tiempo para hablar después.

Yes, sir —dijo Billy.

Las puertas se cerraron sin hacer ruido. 

~ * ~

En su primer día de trabajo, Billy llegó a la Geese Tower sintiéndose impaciente.

Ripper y Hopper, los secretarios de Geese, lo habían ido a buscar personalmente, y se habían pasado todo el camino dándole indicaciones sobre cómo desempeñar sus nuevas labores.

Parte de las recomendaciones eran importantes, en especial las referidas a su participación en la escolta de seguridad de Geese: Billy no debía separarse de él en ningún momento, pero, al ser un novato, no tendría responsabilidades importantes por un tiempo. Debía observar a sus compañeros y aprender. Sus órdenes las recibiría sobre la marcha.

Sin embargo, el resto del camino, los secretarios lo atosigaron con detalles irrelevantes, como el tono que Billy debía usar al hablar con los invitados del jefe, o la postura que debía mostrar al estar de pie, o el lado de la mesa por la que debía acercarse en el caso tuviera que ayudar a servir bebidas, y un largo etcétera.

Sobre todo, Hopper insistió en que Billy de ninguna manera debía llamar a Geese por su nombre. Debía usar un “señor”, o “señor Howard”, y mostrar el debido respeto. Otra opción era que agregara un “sama” al usar el nombre de Geese.

Billy sonrió al recordar la explicación de aquel sufijo extranjero. Al parecer, Geese había estudiado artes marciales en Japón y China, y de ahí provenía su fascinación por las costumbres orientales. Usar el sufijo “sama” implicaba una admiración o respeto que estaban muy por encima de un simple “señor”. Billy había oído a varios empleados llamar a Geese así con toda la naturalidad del mundo.

“Geese-sama”, probó decir en su mente, y ahogó una leve risa. Aquella palabra extranjera se sentía extraña.

Pero no sonaba del todo mal.

Recordó a Geese en el salón oriental en lo alto del rascacielos, vestido con su traje blanco y rojo (que, ahora sabía, se llamaba “hakama”). La sensación era similar. Un choque cultural que, de algún modo, iba bien con aquel hombre.

Los secretarios también le habían indicado que debía vestir adecuadamente. Su corbata no podía estar torcida, el cuello de su camisa debía estar abotonado, y sus zapatos lustrados a la perfección. Incluso le habían sugerido que pintara su bo de negro, porque el color rojo llamaba demasiado la atención, pero Billy se había negado. A Geese no parecía molestarle el color en absoluto.

Apenas puso un pie en el vestíbulo del edificio, se dio cuenta de que varias miradas estaban dirigidas hacia él.

Con un leve suspiro, Billy tocó el nudo de su corbata para asegurarse de que estuviera en su lugar. Sin embargo, la gente siguió mirándolo.

En el ascensor, de pie hombro con hombro con Ripper, Hopper y otros empleados, Billy percibió las miradas y el silencio incómodo.

En el lobby de la planta donde se encontraba la oficina de Geese, las secretarias también callaron abruptamente para observarlo. Una joven le entregó sus nuevas credenciales, que le daban acceso libre a todo el rascacielos. Parecía querer alejarse de Billy cuanto antes.

—¿Pasa algo? —preguntó Billy.

—N-no, señor —tartamudeó la joven, y se retiró con pasos rápidos.

“¿Qué diablos?”

¿Qué era todo eso? ¿Estaban planeando en masa cómo deshacerse de él?

—No me siento muy bienvenido —comentó con sarcasmo a nadie en particular.

—Es porque todos se han enterado de que golpeaste a Geese-sama —explicó Ripper con voz neutra.

—Por órdenes suyas —aclaró Billy, a la defensiva.

—Nadie golpea a Geese-sama.

Órdenes —repitió Billy lanzándole una mirada irritada al calvo secretario.

—No me refiero a eso —dijo Ripper, levemente impaciente.

—El personal te mira porque les llama la atención que hayas asistido a tu primer día de trabajo —intervino Hopper con voz apaciguadora.

—¿Por qué no habría de asistir? Hablen claro —exigió Billy.

—Los nuevos empleados de seguridad suelen presentar una licencia médica y ausentarse los primeros días.

—¿Por qué?

—Contusiones múltiples y algunas fracturas —explicó Hopper manteniendo su tono neutro.

Billy pensó que Hopper estaba bromeando, pero el rostro serio del secretario le dijo que no era así.

—Causaste una buena impresión en el jefe. Quizá tienes futuro —agregó Ripper, abriendo la puerta de la oficina principal.

El joven entró y oyó la puerta cerrarse tras de sí. Ripper y Hopper se habían quedado fuera.

Billy avanzó por la amplia oficina alfombrada. Geese Howard estaba sentado en su escritorio, con la silla levemente ladeada, sosteniendo un periódico abierto en una mano. Como estaba de perfil, Billy vio la marca rojiza en su mejilla. Era leve, pero clara.

Geese hizo a un lado el periódico y le dirigió una larga mirada apreciativa.

Sintiéndose ligeramente incómodo, Billy dudó antes de saludar.

El día anterior, Lilly y él habían pasado un rato divertido leyendo sobre costumbres orientales, ya que a Geese parecían gustarle tanto. Billy había visto a algunos empleados saludar con una inclinación, y había hecho reír a su hermana con sus primeros torpes intentos.

Aunque lo hacía medio en broma, Billy concluyó que le gustaban esas costumbres orientales que conllevaban un implícito respeto.

Billy había estado reticente a comportarse de manera excesivamente formal ante Geese, como Ripper y Hopper le exigían. No le agradaba el patético servilismo que mostraban muchas de las personas que trabajaban para el empresario.

Sin embargo, tampoco tenía motivos para mostrar insubordinación.

Geese era un hombre de palabra, que había cumplido cada ofrecimiento y cada promesa. Aunque estaba en una posición muy por encima de lo que Billy jamás podría alcanzar, desde el inicio lo había tratado como a una persona, y no como a un sucio huérfano recogido en una calle de Londres.

Billy había recibido muestras de desprecio de parte de sus compañeros de entrenamiento y algunos empleados, pero, de parte del hombre que tenía todo el derecho de sentirse superior a él, sólo había recibido un trato justo, y un sincero interés en él, y en lo que podía hacer.

Y Billy había visto a Geese gobernar aquella ciudad, y había comprobado que no era un charlatán. Geese era capaz de hacer que las personas cumplieran su voluntad por cualquier medio, aunque éstos no fueran del todo honestos. Billy había admirado su mente táctica y sus estrategias para mantener a South Town bajo su control. Lo había visto pelear y había experimentado en carne propia aquel extraño poder que Geese podía invocar.

Respeto hacia Geese era algo que no le avergonzaba demostrar.

—Geese-sama —probó decir, junto con una inclinación a modo de saludo.

Esperó estar haciéndolo bien.

Al alzar la vista, Geese seguía observándolo. La leve sorpresa inicial del empresario se transformó en una sombra de sonrisa complacida.

Billy decidió que sorprenderlo era agradable.

Y así, su primer día de trabajo comenzó. 

~ * ~