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A Watchful Guardian

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·Capítulo 3·

Lo primero que notó al despertarse fue dolor y el olor metálico a sangre. Parpadeó para aclarar un poco la vista pero, aunque veía, seguía estando borrosa. Intentó levantarse pero cayó de bruces al resbalar en su propia sangre. Apretó los dientes de rabia y dolor y volvió a intentarlo.

Respiró profundamente una vez comprobó que sus piernas lo sostenían; se sentía débil pero sabía que era por la pérdida de sangre. Se enderezó y sintió un dolor lacerante y punzante en el hombro.

Se apartó con cuidado parte del uniforme y comprobó que tenía una herida abierta y, seguramente, la clavícula rota. No podría mover ese brazo en una temporada.

Masculló una maldición y echó un vistazo a su alrededor. Necesitaba encontrar algo con lo que tapar aquella herida e inmovilizar su brazo. Cogió de un tirón a un trozo de tela que había entre unos escombros y se vendó como pudo, luego se hizo un cabestrillo y recogió el pesado fusil con la mano libre.

No sabía cuánto había estado inconsciente y necesitaba saber cuál era el estado de su equipo.

Avanzó por encima de los restos de los ómnicos y se acercó hasta la entrada al complejo. Vio la torreta de Torbjörn acribillada a balazos pero no parecía haber rastro de los robots que vigilaban la puerta.

—Ana, ¿me recibes?

Sólo le respondió el sonido de la estática. Resopló con frustración y miró hacia los tejados; quería pensar en que alguien se hubiera cargado las comunicaciones porque la otra opción era menos positiva.

Se metió sin dudarlo en el complejo y avanzó a través de él. Por el camino se encontró con restos de ómnicos destrozados por impactos de bala y por algo de enorme tamaño. Sonrió levemente. Aquello significaba que su equipo había conseguido entrar al menos.

Los pasillos y salas se iban sucediendo sin descanso y se preguntó si no se habría perdido. Su memoria era buena, pero él no se encontraba bien. Había conseguido ignorar en la mayor medida posible el fuerte dolor que el hombro le enviaba con cada movimiento, pero la pérdida de sangre complicaba su avance.

Se detuvo para recuperar el aliento, apoyando la espalda en una pared. Desvió la mirada hacia el suelo un instante y vio una mancha oscura en él. Se agachó para verla con más detenimiento y vio que era aceite. Se incorporó de nuevo y prosiguió su camino.

Aquel tipo de aceite era el que usaba el martillo de Reinhardt, lo que quería decir que iba por el buen camino. Sólo esperaba que aquella mancha fuese casual y no por una avería demasiado grave.

Se agazapó todo lo deprisa que pudo en un rincón cuando escuchó disparos. Un chisporroteo resonó en su comunicador y ladeó la cabeza para intentar escuchar algo en medio de la estática. Si sus compañeros estaban ahí, tenía que echarles una mano.

Sonrió de medio lado sin alegría. Estaba manco de manera temporal, disparar el fusil con una mano implicaría que podría terminar en el suelo por el retroceso, agravando su estado físico. Y ni quería pensar en las secuelas del uso del lanzamisiles…

Pero… para eso te entrenaron, ¿no? –susurró su mente–. Proteger a lo demás… a  costa de tu vida si es necesario, ¿no? Esa fue tu promesa, ¿verdad, Jack?

Sacudió la cabeza y respiró profundamente antes de asomarse en el recodo para poder ver mejor. Allí vio un par de OR14 y tres bastion acribillando lo que parecía ser una sala. Si su mente no fallaba al recordar los planos, allí debía estar el centro de toda aquella maldita fábrica de ómnicos. Y si su lógica seguía funcionando bien, dentro debía de estar su equipo.

Necesitaba contactar con ellos. Desde su posición no podía hacer nada con todas aquellas unidades plantadas delante de la puerta; si pudiera colarse de algún modo allí…

Frunció el ceño un instante y miró hacia el techo.

Resopló porque le parecía demasiado evidente pero si funcionaba no se iba a quejar. Se arrastró como pudo hacia el conducto más cercano y se metió en él. Por suerte, el complejo necesitaba una buena ventilación y el hueco era lo suficientemente grande como para que él pudiera arrastrarse por su interior.

Trepó para subir a un conducto superior y avanzó siguiendo la dirección en la que creía que estaban sus compañeros. El sonido de los ataques de los ómnicos le indicó que estaban debajo de él, así que iba por buen camino; apretó los dientes para aguantar el dolor del hombro y avanzó hasta que vio a Torbjörn tirado en el suelo.

Dio una fuerte patada a la rejilla y ésta cayó al suelo con un fuerte sonido metálico. Se dejó caer y, en cuanto tocó el suelo, perdió el equilibrio y cayó sobre uno de los hombros; por suerte, fue sobre el bueno.

Giró sobre sí mismo, gruñendo de dolor, y al abrir los ojos se encontró con el rifle de Ana y el martillo de Reinhardt apuntando a su cabeza. La comisura de su boca se curvó ligeramente hacia arriba al ver el alivio de sus compañeros al verlo. Se incorporó para sentarse con un gruñido y pronto tuvo a Ana a su lado, retirando los vendajes sucios y clavándole un analgésico de uno de sus dardos.

—¿Qué diablos te ha pasado? –preguntó tras chasquear la lengua.

—Eh, Jack; tienes la pinta de haber sido engullido por un animal y que te hubiera vomitado colina abajo –se rió Reinhardt–. Siempre terminas igual, ¿quieres impresionar a alguien ganándote más cicatrices?

—Quizá lo que pasa es que me ha mirado un tuerto –replicó el aludido.

Reinhardt soltó una carcajada sin sentirse ofendido y regresó a su posición delante de la única puerta del lugar. Jack desvió la mirada hacia su derecha para ver a Torbjörn echado en el suelo. Por un momento se temió lo peor pero comprobó que el pecho del ingeniero subía y bajaba y se relajó un poco más. Todavía estaba vivo.

—Lo he dormido –dijo Ana sin mirarlo–. Esa herida en la pierna es peor de lo que pensaba. Ha perdido bastante sangre por el camino y, aunque el muy cabezón lo ha negado todo el rato, el dolor lo estaba machacando. Reinhardt y yo pensamos que debería descansar un poco, lo necesitaremos luego.

Jack asintió mientras veía cómo ella le ponía un vendaje nuevo tras haber cosido la herida.

—¿Con qué te has hecho esto? –preguntó con suavidad–. Mejor dicho, ¿qué te ha hecho esto? –él no respondió y ella lo miró a los ojos, frunciendo los labios–. Jack… sabes que voy a reprenderte de todas formas por irresponsable…

Él resopló antes de responder.

—Un OR14 me arrolló contra una pared; lo eliminé pero un slicer seguía activo y me disparó. Es la herida más grave que tengo.

—Que tú crees que tienes –lo corrigió ella–. Seguro que tienes alguna costilla rota y a saber cómo tienes las vértebras. Vas a estar una temporada postrado a una cama, Jack.

El soldado resopló. Lo sabía pero tenía la esperanza de que el daño fuese menor. Se volvió hacia ella.

—¿Habéis pensado en algún plan?

—No, no realmente –la mujer se sentó a su lado y se estiró para desentumecerse–. La idea era que Torb hiciese una bomba con la suficiente potencia como para llevarse la mayor parte de la fábrica; pero al final, como has visto, hemos tenido que refugiarnos porque se nos han echado encima –desvió la mirada hacia el ingeniero–. Rein lo tuvo que traer a cuestas porque no podía más; recordamos que la sala central de todo esto era la más segura y conseguimos colarnos pero…

—La única salida está llena de ómnicos –terminó Jack por ella. La mujer asintió y él frunció los labios, pensativo.

Examinó la sala y vio que era relativamente pequeña; Reinhardt ocupaba praćticamente todo el espacio que dejaban libres un montón de ordenadores y máquinas que parecían ser el corazón de la instalación. Desenfocó la mirada un instante y luego se volvió hacia Ana.

—¿Te quedan algunas granadas de esas tuyas? –preguntó.

—Sí, pero sólo funcionan con seres vivos –respondió ella, frunciendo el ceño, confusa–. Contra los ómnicos no.

—Despierta a Torbjörn, tengo un plan.