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A Watchful Guardian

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·Capítulo 1·

Entrecerró los ojos para poder ver mejor pero tuvo que cerrarlos del todo durante una décima de segundo. Aquel maldito sol estaba destrozándole la vista.

—Eso te pasa por tener los ojos tan condenadamente azules…

Se volvió hacia la voz burlona e hizo una mueca al Cruzado germano que estaba a su lado, cargando con un enorme martillo y esbozando una sonrisa de oreja a oreja.

— A la gente le encantan pero a la hora de combatir bajo el sol, son un maldito incordio, ¿verdad? –continuó diciendo mientras soltaba una carcajada.

—¡Pero no le des excusas! Que luego las utiliza cuando falla al disparar.

Volvió la mirada hacia el otro lado, donde el ingeniero sueco caminaba a buen paso mientras miraba, de manera distraída, la enorme remachadora que llevaba en la mano derecha.

Jack no pudo evitarlo y esbozó una sonrisa mientras sus dos compañeros se echaban a reír.

—¿Lo has visto? ¡Ha sonreído! –exclamó Torbjörn.

—Ya te dije que alguna vez se saca el palo del culo –rió Reinhardt, acercándose al ingeniero y dándole una fuerte palmada en la espalda.

El soldado sacudió la cabeza mientras los dos hombres se alejaban un poco, y volvió a mirar al horizonte, tratando de ver algo que se saliese de lo normal, pero allí sólo había sol y arena.

—No hay nada en el frente.

Se volvió bruscamente para ver a la única mujer del equipo situada casi a su lado, oteando el horizonte.

—Un día me vas a matar de un susto –masculló él.

Ella se volvió, esbozó una leve sonrisa y se recolocó el fusil de francotirador en el hombro antes de volver la mirada hacia el horizonte.

—No falta mucho –comentó ella–. Llegaremos al anochecer.

—Espero que no sea una pérdida de tiempo –masculló él–. Con medio mundo ardiendo y gente muriendo, venir aquí para nada…

Ana apoyó una mano en el hombro de su amigo y éste se volvió hacia ella, asintió y reanudó la marcha, seguido por sus tres compañeros. Finalmente, y tras haber atravesado unas cuantas dunas, llegaron a su destino cuando el sol tocaba ya el horizonte: un complejo aparentemente abandonado situado en una ciudad derruida por la guerra.

Se parapetaron detrás de una enorme roca, cansados, mientras discutían entre susurros su próximo movimiento.

—Lo primero de todo es descansar –propuso Ana con firmeza–. Nos turnaremos para dormir; yo haré la primera ronda, echaré un vistazo desde aquí y mañana pensamos en un plan.

—Está bien, Torbjörn hará el segundo turno y Reinhardt el tercero, yo me ocuparé del cuarto –asintió Jack mientras Torbjörn y Reinhardt se disponían a intentar dormir encima de la dura arena; se volvió hacia la francotiradora cuando percibió que se alejaba de ellos en silencio–. Y, Ana. No corras riesgos.

Ella se limitó a sonreír de medio lado antes de colocarse la capucha y trepar por encima de la pared rocosa para apostarse encima.

Jack la miró mientras ella subía y desenfocó la mirada en cuanto la perdió de vista. Se conocía y sabía que no iba a pegar ojo en toda la noche, su cuerpo estaría en alerta permanente ante cualquier mínimo sonido. Podría haberle dicho a su compañera que él haría la primera guardia pero sabía que ella no iba a aceptar porque ella tenía claro que él no despertaría a sus compañeros para que lo relevasen. Y tampoco quería probar uno de los dardos que Ana usaba para dormir a sus enemigos: le dejaban la cabeza hecha polvo.

Apoyó la espalda en la roca y dejó a un lado el fusil, lo suficientemente cerca como para cogerlo si pasaba algo, y cerró los ojos, dispuesto a intentar engañar a su cerebro y poder dar una cabezada al menos.

Se desveló cuando escuchó cómo una piedrecita caía sobre otra y automáticamente llevó la mano al fusil. Abrió los ojos y miró a su alrededor.

Aquella noche no había luna de manera que estaba todo oscuro, parpadeó para hacerse a la oscuridad y vio el enorme bulto que era Reinhardt al lado de Torbjörn. No vio a Ana por ningún lado de manera que dedujo que estaría aún apostada encima de la enorme roca.

Hizo el amago de incorporarse cuando alguien le puso una mano en el hombro y otra en la boca al tiempo que oía cómo le ordenaban guardar silencio de manera casi imperceptible.

—¿Ana? ¿Qué estás haciendo? –susurró Jack.

—He bajado a avisarte –respondió ella en el mismo tono de voz–. He visto movimiento saliendo de uno de los edificios. Son ómnicos.

—Estamos en el sitio correcto, entonces.

—Sí.

Jack hizo un gesto con el mentón y subió a la roca con ella, se agazaparon en silencio y la mujer le dejó su rifle para que él pudiera observar mejor la situación.

—He contado cuatro bastion y dos OR14 –dijo ella–. Los bastion están apostados de manera estratégica en la entrada de ese edificio, como si protegieran la entrada a algún sitio. Apostaría uno de mis ojos a que es la entrada al laboratorio, así que imagino que será todo subterráneo.

»Los OR14 patrullan el perímetro a intervalos de cuatro minutos –continuó diciendo ella–. No sé cómo podríamos entrar sin parecer elefantes en una cacharrería –resopló–. Si al menos Reyes estuviera aquí, podría colarse en su sistema y tratar de anularlos.

—Sí, pero su presencia con Liao en la India es más importante –respondió él, pensativo.

Su compañera lo miró atentamente durante un minuto sin que él pareciera darse cuenta de ello.

—Qué estás tramando, Morrison.

El soldado la miró como si de repente hubiera sido consciente de que no estaba solo. Sonrió de medio lado mientras regresaba la mirada hacia el complejo.

—Despierta a esos dos –dijo–. Vamos a entrar ahí abajo.

Le devolvió el rifle a su compañera y bajaron de la roca; una vez Torbjörn y Reinhardt estuvieron en pie, Jack les contó el plan a seguir; Reinhardt sonrió ampliamente mientras se golpeaba suavemente la mano con el martillo, Torbjörn comentó algo acerca de cómo iba a disfrutar aplastando cabezas metálicas y Ana se limitó a comprobar su munición.

—Esto promete –comentó antes de separarse del grupo con el ingeniero.

Jack esperó con Reinhardt detrás de otro edificio, esperando que los otros dos miembros del equipo hicieran su parte. Sabía que había muchos riesgos de que saliera todo mal, pero también había posibilidades de éxito.

Pero el problema es salir, no entrar –le recordó su mente.

Frunció el ceño ligeramente al recordar aquel detalle. Entrar en el complejo iba a ser relativamente fácil pero… ¿salir? No tanto. No sabían con exactitud cómo era por dentro, los planos que Reyes había conseguido eran parciales y de la época anterior a que los ómnicos se hicieran con el lugar; seguramente lo hubieran transformado a su antojo para hacerlo más práctico. Aún así, los había memorizado por si acaso y también había dado copia a su equipo. Con un poco de suerte, las posibles modificaciones serían nimias.

—No pienses tanto –gruñó Reinhardt–. Va a ser coser y cantar; entraremos, reventaremos a esos ómnicos y saldremos a lo grande –añadió con una sonrisa salvaje.

Jack se permitió el lujo de esbozar una leve sonrisa. Era imposible no contagiarse del positivismo de su compañero pero sabía que hasta el hombretón era consciente de lo peligroso de la incursión.

El sonido de una explosión seguida por la onda expansiva los puso en alerta. Los dos compañeros se miraron un instante.

Aquello no estaba previsto.