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Love Fool

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Prólogo.

 

No se imaginan cuanto amo a mi padre, él es todo para mí, y es por esta misma razón que decidí crearle un perfil en esas páginas de internet para conocer gente. Sé que no es la opción más viable para alguien como mi padre que a penas a logrado usar el móvil de pantalla touch que le hice comprarse, pero algo es algo.

 

En un principio, la idea parecía ser bastante buena, hasta que conoció a Alice, una mujer viuda, independiente y trabajadora, además de divertida y que cumplía con el perfil de mujer que mi padre buscaba. Ella simplemente era perfecta… aunque no de todo. ¿Por qué? Porque luego de que llevaban más de un mes charlando por la página web, Alice le dijo a mi padre que tenía un hijo.

 

Ese punto jamás lo consideré al momento de tomar la determinación de hacerlo. Siempre me mentalicé en una mujer soltera, divorciada o viuda… pero sin hijos. Y no es que no me gusten los niños, es sólo que, me incomodan demasiado… Al punto de querer arrojarlos por la ventana en cuanto ensucian la casa o te cambian del canal de moda al de las caricaturas. Soy intolerante con ese tipo de cosas, y bastante quisquilloso, por lo que un niño en casa, sería algo horrible para mí.

 

Mi padre no pareciera pensar igual. Yo le veo muy contento y para nada acomplejado con el asunto que a mí me tiene de los nervios, incluso ya me ha hablado de la posibilidad de enseriar las cosas con ella.

 


 

1. Casa Llena

 

Es increíble como ya han pasado tres meses desde que papá conoció a Alice. Como hasta la fecha no nos hemos conocido, mi padre la ha invitado a cenar con nosotros. Por supuesto, seré yo quien la encante con mis habilidades culinarias, puesto que soy el único que sabe cocinar en casa. Mi padre ha estado demasiado emocionado al respecto; cada vez que regresa de una de sus citas con ella, me recalca que es la indicada, porque su corazón se lo dice.

 

Me centré en preparar la mejor receta del libro que compré hace algunos años, decoré la mesa poniendo servilletas de tela blanca dentro de las copas. Incluí un hermoso jarrón de flores en el centro y ajusté milimétricamente los cubiertos. Suertudo mi padre de que aún esté en vacaciones, aunque sólo me quedan un par de semanas para ayudarle con estas cosas.

 

- ¿Y? – mi padre apareció en el comedor caminando con paso pesado - ¿Qué tal me veo? – lo escruté con la mirada; llevaba el traje gris que le había recomendado, la camisa azul se veía bastante bien, pero la corbata definitivamente no pegaba con el resto del conjunto. Me acerqué a él y se la quité rápidamente - ¡Hey! – masculló.

- Mucho mejor – le desabotone el primer botón y acomodé el cuello con destreza - ¿A qué hora vendrá Alice?

- En menos de diez minutos – el nerviosismo se sentía en su voz.

- Bien, me iré a cambiar, y de paso tendrán un tiempo a solas – le giñé el ojo y besé su mejilla en señal de suerte – Bastante tiempo en realidad, si consideras lo que tardo en vestirme… - añadí.

- Sólo… no te enloquezcas – me advirtió – Ponte algo sobrio.

 

Le resté importancia a su comentario, puesto que era sabido que yo poseo un exquisito gusto por la moda. Tengo mis sentidos agudizados cuando de vestirse se trata. Así soy yo y no pretendo mostrarle algo diferente a la novia de papá. Ella debe conocerme tal como soy, y no como mi padre pretende mostrarme. Y no es que él se avergüence de mi forma de ser, pero mis atrevidos atuendos lo hacen volverse un poco loco a veces; como aquella ocasión en que llegué a casa vestido de animador y casi se infarta creyendo que tendría que llevar falda. Tardé horas explicándole que también participan chicos en los animadores, aunque por lo general terminan en la base de la pirámide, pero que de ninguna manera llevaban falda como las chicas. Al principio estuvo reticente, pero viéndome a diario con el uniforme rojo y blanco, se sintió tranquilo.

 

Aunque, yo no puedo sentirme ni siquiera un poco en igualdad de condiciones con los otros chicos de los Cheerios, básicamente porque Sue Silvester me adora y ha hecho de mí el centro del show. No pretendo presumir, pero canto, y lo hago muy bien; y junto a mi amiga Mercedes logramos estar siempre en medio del espectáculo, haciendo que nuestro equipo logre ganar siempre todos los trofeos.

 

Me vestí rápidamente, y al cabo de veinte minutos estaba listo. Bajé las escaleras, recibiendo la aprobación de mi padre, quien levantó su pulgar y sonrió. Alice ya estaba en casa, y sus ojos oscuros me miraron con dulzura. Realmente era una mujer muy bella, aún más que en las fotografías de la web. Ella parecía ser muy fina. Me acerqué a saludarla y me abrazó con confianza, como si me conociera de toda la vida.

 

- Tú debes ser Kurt, ¿cierto? – consultó con una sonrisa natural.

- El mismo, único y auténtico – la saludé con un beso en la mejilla.

 

La mujer se veía joven y su cabello rizado y azabache le restaba bastante edad. Creo que papá tenía razón al decir que era simplemente perfecta.

 

Cenamos envueltos en una armonía que no sentía desde la última vez que un toque femenino adornaba la casa, y de eso, ya habían pasado nueve años. Alice hizo que ambos no paráramos de reír y bromear entre nosotros, a veces con algunas anécdotas; como aquella vez cuando mi padre intentaba tomar mi delicado juego de tazas de té, y quedó con el dedo índice atorado en el asa de una de ellas, o las noches de Halloween tratando de lidiar con mis disfraces, pues él quería vestirme de Superman y yo quería ser La Mujer Maravilla.

 

- ¿Y por qué un chico como tú querría vestirse de chica? – consultó conteniendo una carcajada.

- Pues… - me limpié la boca con la servilleta, luego de beber de mi copa – Adoro el cinto con la estrella, y considero que no necesito ser una chica para vestirme de una heroína.

- Es que, me parece raro… Mi pequeño siempre peleaba por conseguir un disfraz de Power Ranger o algún súper héroe.

 

 

Le lancé una mirada breve a mi padre, con una pregunta implícita en ella. Él solo presionó los labios juntos en una mueca. ¡Demonios! Él no le ha dicho que soy gay. ¡Dios! Y eso que fue lo primero que le dije que debía hacer, para conocer su posición respecto a ese “asunto”. Por muy agradable que Alice pueda ser, no permitiré que mi padre esté con una homofóbica o que produzca un quiebre entre nosotros.

 

- Lo que pasa es que… - miré a mi padre, advirtiéndole que ni se le ocurriera interrumpir - … Los chicos gays solemos tener mejor gusto con ese tipo de cosas – continué con la mayor naturalidad que me fue posible – Ya sabe, esas estrellas y el glamour incluido en ello es… simplemente increíble.

- Oh, tú… tú eres… - su cejas se alzaron en sorpresa, pero no vi señales de desprecio o rechazo como en muchas otras personas, luego de decir una cosa como aquella.

- Homosexual, sí – afirmé con orgullo. Si esta mujer pasaba la prueba de fuego, estaba dentro, aunque tuviera a un odioso niño revolviendo entre mis cremas hidratantes.

- No… no puedo creer que Burt no me lo dijera.

 

De acuerdo, y a continuación viene la parte en donde se disculpa, poniéndose de pie, inventado alguna excusa para irse, y luego llama a mi padre para decirle que aún está enamorada de su esposo muerto o algo por el estilo, y que su relación no puede ser. Lo he visto en muchas series y películas. Mi padre me miró apenado, pues sabía lo que circulaba por mi mente y que luego le exigiría saber el por qué no le había mencionado ese detalle tan importante.

 

- No… encontré el momento adecuado – se disculpó de forma barata. Yo alcé una ceja, incrédulo.

- Bien, pues… yo creo que cada quién es como es – comenzó a decir, mirándome casi con cariño – Y nadie tiene derecho a juzgar o criticar a nadie por su forma de ser.

Me sorprendí gratamente al oírla hablar así. Poco me faltó para ponerme en pie, rodear la mesa y abrazarla. Simplemente ella es perfecta.

- ¡Brindemos por eso! – exclamé alzando mi copa, y ella me siguió al instante. Mi padre aun parecía algo sorprendido.

 

. . .

 

Las semanas luego de esa cena, pasaron de forma intensa. Mi padre se sentía tan flechado por la candidez de Alice que me comentó sus deseos de proponerle matrimonio y vivir todos juntos. Al principio me compliqué un poco. Alice era increíble, pero ni siquiera sabía si nos llevaríamos realmente bien al momento de vivir juntos. No es lo mismo estar con ella el tiempo que dura una cena, que convivir bajo un mismo techo cada día.

 

- Vamos, Kurt – intentó persuadirme - ¿No te gustaría acaso llegar de la escuela y tener quien te espere con una comida caliente y un abrazo cálido?

- Me gusta cocinar para ti, papá – rebatí – Nunca he sentido eso como una carga.

- Sólo deseo el calor de hogar que le da una mujer a una casa… - pasó una mano por su frente, soltando un largo suspiro – Quiero sentirme amado, y tener a alguien a quien amar – torcí el gesto, sintiéndome egoísta.

- Está bien, si quieres casarte con Alice… yo te apoyo – la expresión lúgubre de mi padre mutó a una completamente asombrada, entonces la más bellas de las sonrisa le iluminó el rostro.

- Gracias, hijo – me envolvió en un abrazo intenso y yo sólo me dejé hacer.

 

Dos semanas después de esa charla, me encontraba buscando colores para decorar la que sería la habitación del hijo de Alice, que por cierto, aun no veía ni una fotografía de él y tampoco sabía su nombre, pues cada vez que preguntaba, mi padre decía haberlo olvidado.

Durante mi última semana de vacaciones, lo único que hice fue mentalizarme en ser tolerante con el pequeño, tratarlo como uno más de la familia y portarme como un adulto ante la situación. Realmente lo necesité, créanme.

 

Los días volaban; Alice y su hijo se mudarían con nosotros precisamente este fin de semana, o sea, en dos días más.

 

Ese fue el jueves y viernes más breves de mi vida, en donde casi me quedo calvo tratando de hallar la combinación de colores perfectas para el cuarto y las cortinas. Mi padre me dijo que le dejara esa labor a él mismo, pero me rehusaba a tener un cuarto en la casa con muros tapizados de póster de figuras de acción y súper héroes. Me estremecía de sólo imaginarlo, sumándole unas horrendas cortinas de los Power Rangers.

 

. . .

 

Sábado, 9 am. Y yo ya no pude seguir por más tiempo en mi cama. Me vestí casual, pues de todos modos pasaría el día trasladando cajas y equipajes. Ya estaba resignado a ello. Mis infaltables pantalones de gimnasia, que no usaba hace mucho, una sudadera gigante que utilizaba en el invierno para dormir y un par de converse.

 

Bajé a la carrera, acomodándome el cabello con las manos, mientras brincaba los escalones. Tomé un bol y puse cereal y leche en él. Con poca delicadeza, me acomodé en la barra de la cocina y devoré mi desayuno. Tal vez la comida saliera tarde, por lo de la mudanza, así que, prefería comer lo suficiente para no morir de hambre.

 

En casa parecía no haber nadie, por lo que tecleé el número de mi padre y esperé a que contestara. Al segundo tono, lo cogió.

 

- Papá, ¿dónde estás?

- Vamos de camino, he venido a ayudar a Alice a meter sus cosas en el carro, que, por cierto… ¡Te encantará! – se oía emocionado.

- Genial, no puedo esperar a verlo – fingí entusiasmo.

- El viaje hasta Westerville es algo extendido, pero ya estamos a la mitad, por lo que creo que en treinta minutos llegaremos – explicó.

- De acuerdo, esperaré – colgué y, luego de dejar limpio mi bol de cereal, lo llevé al fregadero.

 

Saqué una bolsa de galletas y me senté en el sofá, poniendo el programa de “No Te Lo Pongas”, riendo en cuanto tomaban las horrendas prendas de las chicas y las arrojaban al basurero. Esa era, sin duda, mi parte favorita.

 

Oí un claxon, luego de un rato, resonar a las afueras. Habían llegado.

 

Esperé en mi posición desparramada en el sofá, con el televisor en “Mute”, esperando oír los apresurados pasos del mocoso, o tal vez unos incesantes “¡mami, mami!”, pero no oí nada de ello.

 

Al contrario, el timbre sonó y me dije a mi mismo que el chico era educado y bien portado, o tal vez sólo deseaba creer que así era.

 

Antes de poder llegar a la puerta, esta se abrió y mi padre entró con una maleta.

 

- ¡Bienvenidos! – dijo él, depositando el equipaje en el vestíbulo - ¡Están en casa!

- Hola, Kurt – saludó Alice, entrando tras él. Yo sonreí y alcé mi mano en saludo – Vamos, Blaine… No seas tímido – se dirigió a alguien más afuera. Seguramente el niñito.

 

Entonces, estuve a punto de que se me resbalara la bolsa con galletas saladas que aún tenía en la mano a medio comer. En el umbral de la puerta se encontraba perfectamente parado un chico cinco centímetros más bajo que yo, vestido rigurosamente con una camisa a cuadros de manga corta, un suéter igual, color verde, pantalones ajustados a un tonificado cuerpo y un corbatín en su cuello. Su cabello peinado con esmero y gran cantidad de gel, le hacía parecer recién salido de la bañera. Una pequeña sonrisa bailaba en sus perfectos labios rosados y sus ojos mieles me atravesaron en cuanto se posaron sobre mí.

 

Me sentí un mendigo al lado de él, pues yo parecía aun estar pijama o peor que eso. Lucía como un recolector de basura, sin mi atuendo acostumbrado, ni mi fijador en el cabello, y lo que era peor… No me había lavado los dientes.

 

Me negué a abrir la boca. O siquiera a acercarme a él, por lo que me quité con rapidez las migajas de galletas del rededor de la boca y de mi sudadera. Alcé mi mano nuevamente en un saludo rápido y corrí escaleras arriba.

 

- ¿Kurt? – preguntó mi padre, mientras yo huía a mi cuarto - ¿Te encuentras bien?

- ¡Sí, no es nada! – grité, para no ser grosero con los recién llegados.

- ¡Ya te he dicho que no comas esas galletas, porque luego terminas con problemas estomacales! - ¡Dios! ¡Lo que me faltaba!

- ¡He dicho que no es nada! ¡Bajo en seguida! – volví a gritar con más fuerza, para descartar la posibilidad de que creyeran lo que mi padre acababa de decir.

 

Deseaba, literalmente, cavar un agujero y enterrarme vivo. No bastaba con que el chico me hubiera visto luciendo horrible, si no que mi padre va y dice que tengo problemas estomacales. ¿Qué podía ser peor que eso?

 

Me encerré en el baño de mi habitación y, con violencia, me cepillé los dientes. Luego cogí la lata de fijador y comencé a arreglar la maraña sobre mi cabeza. No logré dejarlo a la perfección, pero al menos estaba mejor. Luego de eso, fui directamente a mi armario, y busqué lo mejor que tenía en ropa casual. Opté por mis amados jeans rojos, una camiseta blanca ajustada y conservé las converse sólo por comodidad… y tiempo.

 

Cuando regresé al vestíbulo, me percaté de que mi padre y el hijo de Alice, ya habían metido casi todas las cosas, por lo cual me alegré de no tener que trabajar de más.

 

- ¿Necesitan ayuda? – consulté en cuanto ambos estaban dentro, pero me referí más que nada al chico.

- Am… si quieres… aunque ya no queda casi nada más – murmuró mirándome extraño. Tal vez se estaba preguntando si en mi cuarto tenía alguna especie de hada madrina, y que de “Ceniciento” me había convertido en una persona normal… o algo así.

- Oh, bueno… De todos modos ayudaré – propuse, sólo para parecer agradable – Me encanta ayudar – añadí.

- ¿En serio? – se burló mi padre a mi lado. Yo sólo lo miré furioso - ¿Quién eres y que has hecho con mi hijo?

- Ha, ha – reí irónicamente y salí fuera, encaminándome hacia el carro, que, por cierto, era impresionante.

 

Todo negro, con una gran capacidad. Parecía acabado de salir de la concesionaria, muy hermoso para estar frente a nuestra casa.

 

- Lindo, ¿no? – oí la pregunta tras de mí.

- ¿Lindo?, no… ¡Jodidamente increíble! – exclamé, perdiendo un poco la compostura.

- Era de mi padre, pero me lo dejó a mí en su testamento - Me giré a mirarlo.

 

¡Woah! A la luz del sol era aún más hermoso. No podía creer que este chico fuera a vivir conmigo… ¡Diablos! ¿Sería mi hermanastro? Ok, ahora no me gusta mucho la idea.

 

- Blaine – se presentó, tendiéndome la mano en saludo. Yo la apreté sin dudarlo. Estaba tibia y suave, e incluso, casi podía sentir como su olor se impregnaba en mi nariz, por la cercanía. El olía a limpio, a hombre y a gel de fresa. Estaba a punto de hiperventilar - ¿No me dirás algo como… “Hola hermano” o “Bienvenido a la familia”?

- Oh, ah… - me quedé en blanco, rebuscando algo que decir… pero las frases que circulaban por mi cabeza no se parecían en nada a esas. Eran algo como, “¿Eres gay? Espero que sí” o “¿Estás soltero? Sí, que bien, acabas de conocer a tu novio”… pero no podía decir ninguna de esas. De seguro saldría corriendo aterrado - Bie-bienvenido… Soy Kurt – fue lo único que se me ocurrió decir, antes de que él creyera que me había comido la lengua el ratón.

- Lo sé, mi madre no deja de hablar de ti – rodó los ojos y eso me hizo pensar en que, o yo le desagradaba, o que su madre realmente hablaba de mí.

- Espero que cosas buenas – reí a medias.

- Am… me… ¿me devuelves mi mano? – preguntó conteniendo una risa. Entonces miré nuestras manos aun unidas en un saludo eterno.

- Oh, lo siento, suelo ser algo distraído – me disculpé, golpeándome la frente mentalmente.

 

Aun no terminaba de procesar que aquel chico tan increíblemente atractivo, con esa sonrisa encantadora bailando en sus labios y sus ojos amielados, comenzaría a vivir conmigo. Pero, lo que más me afectaba en este momento es que él había dejado salir la palabra “hermano”. Si nuestros padres se casan, estaré jodido. Ni por muy rebelde o irreverente que suelo ser, podría cometer un acto tan descabellado como intentar algo con el chico que se supone es mi familia ahora. Independiente que no tengamos la misma sangre, mi consciencia jamás me dejaría en paz.

 

- ¿Cuándo comenzarás las clases? – Preguntó, apoyándose en la puerta trasera de su carro – Estoy muy ansioso de conocer McKinley.

- Pues… - sacudí mi cabeza, tratando de dar una respuesta coherente esta vez – Si me conoces a mí, conocerás el instituto.

- ¿Eres popular allí? – preguntó excitado.

- ¿Popular? No... yo no lo veo así – me puse a su lado – Digamos que sólo, pertenezco a los animadores, soy el que marca las tendencias de moda, el que canta mejor y… sí, podría decir que soy algo así como… destacado – asentí satisfecho con mi curriculum – Además de no sacar notas inferiores al 10, por supuesto.

- ¡Wow, entonces nos llevaremos genial! – él casi aplaudía y daba saltitos. Estaba realmente entusiasmado – Yo, en Westerville estaba en una academia privada de chicos, y todos me reconocían como el chico listo. He mantenido un registro de calificaciones perfecto. Aunque la mayoría adoraba oírme cantar junto a los Warblers.

- ¿Los qué? – alcé una ceja.

- Warblers. Es el coro acapela de Dalton – explicó él – Participamos en muchos concursos…

 

Yo rompí en una carcajada, interrumpiéndolo.

 

- ¿Estabas en el coro de tu escuela? – casi me burlé.

- Sí, ¿qué con eso? – comenzó a fruncir el ceño y yo tuve que detenerme.

- No lo sé, acá en McKinley es como un suicidio social, asique no lo hagas – reprimí una carcajada mayor.

- ¿Qué? ¿Me estás diciendo que no cante porque a los demás podría molestarles? – cuestionó mis palabras con recelo.

- Algo así… - murmuré no muy seguro de continuar el tema – Aunque el hielo es bueno para el cuidado de la piel, pero sin colorante rojo n° 2.

- ¿De qué hablas? – me miró desconcertado, como si me acabara de aparecer un tercer ojo en la frente.

- Nada, nada… Ya lo verás, chico del coro – me contuve de continuar riendo.

- Tú dijiste que también cantabas – inquirió él.

- Por supuesto, y debo añadir que lo hago muy bien… pero yo no lo hago en una salita diminuta… Yo me presento frente a miles de personas, de pie en medio de todos, siguiendo una performance elaborada a la perfección. Ya te enseñaré los videos – no pude evitar sonar altanero.

 

El chico me miró con notable desagrado y en medio de una tosecita falsa, soltó algo muy similar a “fanfarrón”. Yo decidí fingir que no lo había oído.

 

- Sacaré lo que queda – dijo señalando el maletero y dio la vuelta al carro.

 

De acuerdo, esa no había sido mi idea de bienvenida… y al parecer él lo tomó como una bofetada en la cara. Tal vez no era una buena decisión venirse a vivir con nosotros sin habernos conocido antes, sin saber de antemano como eran nuestras personalidades. ¡Dios! ¡Yo creí que sería un inquietante niño pequeño el que llegaría, y me traen un chico deslumbrantemente guapo que ya me odia! ¡Maldita sea mi boca presumida!

 

Sin decir nada, caminé hacia la casa y corrí a mi cuarto, recibiendo las extrañadas miradas de Alice y mi padre. En cuanto entré, tomé mi móvil y llamé a mi mejor amiga.

 

- ¡No era un niño! – Vociferé en cuanto oí que contestaba – Yo creí que era un mocoso insoportable y no lo era ¡Y nadie me dijo! ¡Ellos lo planearon! ¡Estoy seguro! ¡Sabían que me comportaría como idiota! ¡Los odio!

- Am… ¿por qué no me explicas todo esto con un poco más de calma?, porque… es fin de semana y deseaba dormir hasta tarde – dijo ella, antes de proferir un bostezo – Lo cual ya no podré hacer.

- Okay – dije inhalando para controlar mis atolondradas palabras – Recuerdas nuestra última conversación, ¿no? – Ella murmuró un “Mm-hmm” en confirmación – Yo, todo este tiempo, creí que tendría que vivir con un niño de primaria, pero hoy, cuando llegaron… apareció un chico que si lo vieras, te convertirías en agua… - me contuve de gemir, con el recuerdo de mi primera visión de Blaine, bajo el umbral de la puerta – Es… simplemente… perfecto.

- ¿Algún parecido a alguien? Como para hacerme una imagen mental – sugirió.

- Lo siento, creo que no hay nadie que se le asemeje – me encogí de hombros, aunque sabía que ella no podía verme, pero si imaginarlo – Mercedes, él… tiene unos hermosos ojos color miel, el cabello negro, es un poco más bajo que yo, pero podría inclinarme si quisiera besarme – reí ante eso. Ella soltó un “estás loco” – Y físicamente es tan… bien proporcionado… ¡Y su trasero! ¡Si tan sólo vieras su trasero! – Chillé emocionado – Hmm… - añadí frustrado, regresando a mis cabales – Pero creo que ya di el inicio de nuestra relación con el pie izquierdo…

- ¿Kurt, qué hiciste? – cuestionó, preparándose para reñirme.

- Sólo… comencé a presumir…

- Kurt… – dijo con voz de madre.

- ¡Sabes que no puedo evitarlo! – Me defendí, agitando mi mano libre – Él quería saber acerca de la escuela y eso fue lo que dije.

- ¡No! ¡Tú le hablaste de lo que tú eras en la escuela, no de la escuela! – me descubrió.

- Supuse que él debía saberlo… - solté otra exhalación – Sí, lo sé… soy un idiota, y he hecho que él lo crea también.

- ¡Oh, sí! – la pude visualizar chasqueando los dedos frente a mí, con una expresión de haber ganado.

- Y, ¿ahora qué haré? – le pregunté, en busca de una solución a todo esto.

- Pues demostrarle lo contrario – respondió, como si fuera lo más evidente del mundo.

- ¿Y cómo se supone que haga eso? – Exclamé avergonzado – Sí es lo que soy… Los demás sólo me toleran porque soy popular, y les doy consejos de moda y estética… ¡Sin mí, morirían! – me apreté el puente de la nariz - ¿Ves? Lo he hecho otra vez ¡No puedo evitar presumir!

- Sólo trata de… - golpearon a mi puerta, por lo que alejé el teléfono, tapándolo con una mano. Luego lo puse nuevamente en mi oído, sin oír lo que me decía mi amiga.

- Alguien está a mi puerta, te hablo luego – corté, sin esperar respuesta - ¿Quién es?

- Am… Blaine – contestó su melodiosa voz del otro lado.

 

Entonces abrí mis ojos como platos. Miré a mí alrededor y me odié por no haber ordenado mi cuarto antes.

 

- ¡Un momento! – vociferé, guardándome el móvil en el bolsillo trasero, corriendo hacia la cama, estirándola lo mejor posible, y acomodando luego las almohadas para cubrir las imperfecciones que había dejado con la prisa. Recogí las prendas que había tirado al suelo, luego de que me viera vistiendo como un mendigo, lanzándolas dentro del armario en un completo desastre. Ya me haría el tiempo para ordenarlas. Cerré las puertas y miré a mi alrededor, un poco satisfecho de lo hecho en tiempo record. Por último, tomé mi perfume y rocié un poco en el cuarto y en mí, sólo por si acaso. Caminé hacia la puerta, y la abrí, poniendo mi mejor cara.

 

Él estaba distraídamente apoyado sobre la pared del pasillo, con las manos en los bolsillos de su pantalón, y un pie contra el muro formando una especie de 4. Me miró, y nuevamente esa sonrisa apareció en sus perfectos labios.

 

- Burt me ha dicho que me enseñarías mi cuarto – dijo, pasando una mano por su gelificado pelo.

- Oh, eso – por tercera vez en esa mañana, palmeé mi frente mentalmente. Debí haber tomado en consideración la sugerencia de mi padre, cuando señaló que él podría decorar su cuarto solo – Yo… - cerré la puerta tras de mí y comencé a caminar a su lado – Pues, digamos que me di a la tarea de… decorar el que sería tu cuarto – comencé a explicar, aminorando mi caminar a medida que llegábamos – Porque soy increíble en eso… - me detuve, al ver que estaba presumiendo otra vez – Am, bueno… el asunto es que tenía la idea de que cuando tu madre decía “hijo”, se refería a un niño de primaria… Créeme que me llevé una gran sorpresa cuando te vi allí abajo – traté de bromear, pero el sólo me miró sin sonreír – Fue tonto de mi parte no preguntar antes de pintar todo y comprar las cortinas… - el alzó una ceja – Pero eres libre de cambiar todo si quieres – añadí rápidamente.

- Okay – respondió dudoso.

 

Con la advertencia hecha, abrí la puerta, dejando ante sus ojos un cuarto pintado con distintos tonos de azul celeste, cortinas en color azul rey, una cama cubierta por un edredón blanco con diseños de pequeños carros (sugerencia de Mercedes), un escritorio pequeño y una cajonera celeste.

 

- ¿Tú hiciste todo esto? – preguntó entrando sin más, recorriendo la habitación, pasando las manos por las paredes y acabando sentado en la cama, probando la comodidad de esta, con pequeños saltitos.

- Sí… - se oyó más como una pregunta.

- Pues, me gusta el azul – afirmó con su cabeza – Pero tal vez cambié el edredón – bromeó, y me hizo sentir un poco más tranquilo - ¡Sí! ¡Me agrada! – confirmó, recostándose del todo en la cama.

- Bueno, cuando quieras, puedo acompañarte a comprar un edredón nuevo – propuse. El confirmó con un “Mm-hmm”.

 

Sin saber qué más hacer ahí, me di la vuelta para regresar a mi propio cuarto.

 

- ¡Hey, Kurt! ¡Espera! – me detuve y regresé, apoyando mis manos en el marco de la puerta – Gracias por… - señaló a su alrededor con sus dedos índices - …todo esto.

 

Sonreí en respuesta y me marché.

 

Pasé el rato, hablando con Mercedes, Rachel y Quinn, por Whatsapp; en nuestro grupo personal.

 

En cuanto les hable de Blaine, me exigieron que, aunque fuera a escondidas, le tomara una fotografía para enviárselas. Yo sólo reí por las locuras que decían, pero llegaron a enloquecer literalmente cuando les confirmé que el primer día de clases, llegaría con él a McKinley. Los emoticonos fueron pocos para ellas, entre la emoción y la felicidad.

 

Rachel: Y ¿ya sabes si es gay?

Quinn: Sinceramente espero que no.

Yo: Aun no lo sé, pero ningún hetero viste tan bien.

Mercedes: No es justo, tú siempre te los llevas todos.

Yo: Eso no es cierto.

Quinn: ¡Claro que sí! O ya olvidaste al chico del Lima Bean?

Yo: Él fue el que se insinuó descaradamente.

Rachel: Pero si tú le dejaste tu número anotado en la servilleta!

Yo: Fue él quien escribió “Chico Lindo” en mi vaso, en vez de mi nombre.

Quinn: A eso llamas insinuarse descaradamente?

Mercedes: Lo cierto, es que desde la barra le guiñó el ojo. Yo lo vi. También le acarició la mano cuando le entregó el vaso.

Yo: ¿Lo ven? Gracias Cedes.

Mercedes: No me des las gracias y preséntanos a tu chico.

Rachel: ¡Oh, sí!

Quinn: Los amigos comparten!

Yo: ¡Oigan! Él no es un pastel para repartirlo en rebanadas!

Quinn: ¡Ya quisieras! Para comértelo.

Yo: Ha, ha… que graciosa!

Mercedes: Acaso se olvidan que nuestro Kurtie está enamorado de otro chico?

Yo: Eso es cierto!

Quinn: Pero, ya llevas dos años tratando de cazar a Finn, y él no cede. ÉL NO ES GAY!

Yo: La esperanza es lo último que se pierde. Además, a él NUNCA le ha molestado MI COMPAÑÍA.

Rachel: Que no te aleje, no es una señal muy clara de que le gustes. Él es bueno con todos.

Yo: Trío de envidiosas!

 

Estuve a punto de enviarles una fotografía mía, enseñándoles la lengua, cuando tocaron a mi puerta. Esta vez, sabía exactamente quién era.

 

- ¿Kurt? – llamó.

- Pasa – mi padre asomó la cabeza y me miró.

- Alice se preguntaba si podías ayudarla a preparar, ya sabes, la comida… Aún no sabe dónde están las cosas y serías de gran ayuda si se lo enseñas.

- Claro, bajo enseguida – respondí con una sonrisa.

 

Tecleé rápidamente un “me voy” a las chicas, mientras que ellas hacían apuestas sobre si Blaine era hetero o gay, y si saldría primero con Finn o con él.

 

El día pasó veloz y sólo vi a Blaine en el momento en que almorzamos, porque estaba acomodando sus cosas en el cuarto. Cuando llegó la hora de la cena, él bajó y se acomodó en el sofá junto a mi padre, para ver el partido, lo cual me dio un mal augurio de que este chico tal vez sí era hetero.

 

Me quedé observándolo un momento, oyéndolo exclamar a la par con papá cuando alguien hacía una buena jugada y quejarse cuando ocurría lo contrario. Sin pensarlo, saqué mi móvil e inmortalicé su hermoso cuerpo, iluminado con la luz del televisor, y de la sala. Miré aquella obra maestra plasmada en mi pantalla, su sonrisa casual, su cabello, peinado a la perfección y sus brillantes ojos. Todo él era hermoso.

 

- ¿Kurt? – dijeron tras de mí. Yo guardé mi celular de inmediato y me volteé, fingiendo inocencia.

- ¿Sí? – miré a Alice con mi mejor sonrisa.

- Me ayudas con los platos – asentí y caminé con ella hacia la cocina.

 

En cuanto pude, le envié la foto a las chicas, añadiendo un “Muéranse de envidia”, y una carita sonriente.

 

Nos sentamos todos juntos en la mesa del comedor, veinte minutos más tarde.

 

- Kurt – habló mi padre – Alice y yo saldremos esta noche, asique, quedas a cargo de todo – yo asentí.

- No es como si necesitara cuidarme – murmuró Blaine, bebiendo de su vaso.

- Oh, no… no quise decir eso, es sólo por… costumbre – se disculpó Burt. Blaine le sonrió de vuelta.

 

De pronto mi cabeza comenzó a trabajar a gran velocidad. Estaría sin mi padre por alrededor de tres horas, lo que significaba que si me encerraba en mi cuarto, y me escapaba por la ventana, nadie se daría cuenta. Sonreí para mis adentros.

 

Me despedí de ambos en el vestíbulo y en cuanto la puerta se cerró, corrí escaleras arriba.

 

- ¿Kurt? – Me detuve a la mitad de mi huida - ¿Quieres que veamos una película o algo?

- Yo… - ¡Demonios! Una oferta tentadora.

- Creo que pasarán Iron Man 2 esta noche – él sonrió entusiasmado. Definitivamente este chico podía ser hetero.

- Uh, creo que nuestros gustos no son iguales – me disculpé – Lo siento, tendrás que verla solo – me encogí de hombros y seguí subiendo.

- Podemos ver algo que te guste a ti – le oí decir. La culpa me recorrió, pero tenía algo mejor en mente y no podía desaprovechar esta oportunidad.

- Será para otra ocasión – grité y me encerré en mi cuarto.

 

Tecleé de memoria el número de Finn en mi celular, y esperé a que contestara.

 

- ¿Kurt? – contestó.

- Hola, Finny – saludé con cariño.

- ¿Cómo estás? Llevabas tiempo sin llamar – me acusó.

- ¡Si te contara!

- Tengo tiempo, cuéntame tus aventuras de este último mes - ¡Sí! Estaba esperando oír eso.

- Pues, que te digo… mi padre acaba de salir, asique podría pasarme por tu casa en diez minutos ¿Qué dices? – en ese momento deseé tener un teléfono fijo en mis manos, para enrollar el cable alrededor de mi dedo.

- Claro, te espero – respondió, haciéndome hacer una celebración silenciosa.

 

Me arreglé el cabello, tomé una chaqueta de mi armario y con cuidado, bajé por el árbol al lado de mi ventana.

 

Solíamos hacer esto con Finn, nuestras visitas nocturnas eran una especie de tradición extraña entre nosotros. La mayoría del tiempo, era él quien venía a visitarme, pero desde la última vez que Burt casi lo descubre, por caerse del árbol, decimos hacerlo cuando los padres no estuvieran.

 

Estos pequeños detalles, me hacían pensar que las chicas se equivocaban al decirme que era un iluso por creer que él se fijaría en mí. Yo pensaba lo contrario.

 

Su casa se encontraba a tres manzanas de la mía, por lo que caminé presuroso, intentado llegar lo más rápido posible. Para mi suerte, Finn con descaro, había puesto una escalera fuera de su ventana, ocultándola con la enredadera que cubría la casa.

 

Entré a la casa Hudson, como todo un ninja y trepé con maestría hasta la ventana de Finn. Dos golpecitos suaves bastaron para que él me ayudara a entrar.

 

- ¿Qué tal? – saludé.

- Pues, bien ahora – él sonrió como solía hacerlo, curvando un lado de su boca – He batido todos los records en la consola y no he tenido tiempo de conseguir más juegos.

- ¿Ansioso de volver al instituto mañana? – pregunté, acomodándome en su cama.

- No lo sé, prefiero no pensar en eso, ¿sabes? – Se sentó frente a mí – Entonces… ¿Me dirás qué te tuvo tan ocupado que ni siquiera me llamaste?

- Oh, sólo una mudanza – sacudí la cabeza.

- ¿Mudanza, dices? – Alzó una ceja - ¿Te has cambiado de casa?

- No, no… ¡Cómo crees! – Reí – Mi padre, que decidió traer a vivir con nosotros a la mujer que conoció por internet.

- ¿Tan pronto?

- Lo mismo quisiera saber yo – solté un suspiro.

- ¿Y qué has hecho con lo del niño? – preguntó.

- No es ningún niño… Tiene nuestra edad – aclaré.

- Un momento… Y ¿vivirás con él? – su ceño estaba fruncido.

- ¿Detecto celos? – me burlé.

- Kurt, tú sabes que no es eso – se rascó la nuca – Yo sólo no confío en cualquiera para que viva contigo.

- Y es muy lindo de tu parte, pero ya es muy tarde… Y no parece ser una mala persona.

- De todos modos, mantenme informado si es que él intenta algo… - lo miré conmovido y él sonrió.

 

Pasamos el rato, hablando de cosas sin importancia; los deportes, la ropa que debería usar mañana, la práctica… Como Finn estaba en el equipo, solíamos tener la práctica juntos, yo con las animadoras y él con los chicos.

 

Los amigos de Finn; Puck, Sam y Mike me tenían como un hermano menor, siempre cuidándome y haciéndome los gustos, sobretodo Noah… él decía que yo era adorable y que cocinaba jodidamente bien. Por eso siempre que se juntaban para jugar con la consola, me llamaban y me incluían. Son un encanto.

 

- Bien, me iré – declaré, caminando hacia la ventana – Nos vemos mañana. No llegues tarde el primer día.

- Adiós, Kurt – se acercó a mí.

 

Besé su mejilla y desaparecí de su vista.

 

Como un maldito mono, me trepé al árbol, entrando por mi ventana.

 

- ¿SABES LO PREOCUPADO QUE ESTABA? – Gruñeron a mis espaldas, mientras yo ponía el seguro – ¡Estuve a punto de marcarle a Burt, porque no lograba hallarte y tampoco tenía tu número!

- ¿Y para qué te preocupaste tanto? – Dije algo irritado con su comportamiento – No es como si me hubieran abducido los aliens – bromeé, pero él estaba más que furioso.

- Esto no es gracioso – bufó entre dientes - ¡Llegué a pensar en que te habían secuestrado!

- ¿Secuestrado? – negué con la cabeza – Estamos en Ohio, por Dios.

- ¿Y eso qué? – podía ver como se expandían las aletas de su nariz con cada respiración que daba. Estaba colérico el chico.

- De acuerdo, al parecer tendremos que trazar la línea – declaré cabreado – En primer lugar, te prohíbo tajantemente que te metas en mi cuarto o en mi vida otra vez – él me miró con su ceño fruncido – Soy una persona poco tolerante y no querrás verme molesto porque puedo ser una verdadera amenaza – lo señalé con un dedo – Segundo, si yo me escapo por las noches, ese es mi asunto. Es a mí a quien castigarán en caso de que lo descubran. Tú haz de cuenta que ni oíste ni viste nada, ¿ok? - tomé aire y continué – Tercero; mi madre murió hace mucho tiempo, por lo que hace bastante que dejé de ser reñido, soy independiente y no quiero que vengas con aires de “correctito” a tratar de ponerme límites. Yo me mando solo, ¿queda claro? Además, serías una madre horrible.

- Kurt…

- ¡Cuarto! – Vociferé para no ser interrumpido – Cuando yo hablo… Nadie… repito… ¡Nadie!... me interrumpe. Ahora, ¡lárgate de mi cuarto, Blaine! – señalé la salida con violencia y él salió azotando la puerta.

De pronto, comencé a sentir que no sería capaz de soportar una casa llena… Las paredes empezaban a cerrarse y el espacio se sentía pequeño, todo me abrumaba… ¡¿Me estaré volviendo claustrofóbico?!