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Extranjeros

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Max estaba en una esquina a dos calles de la casa del japonés llamado Shunichi Ibe. Eran exactamente las dos de la mañana y no había nadie en la redonda.

Izumo era un lugar muy tranquilo, debido a ellos no presentaba problemas su custodia. Se podría decir que eran los soldados extranjeros que propiciaban el caos.

Max pensó que iba a tener problemas en afrontar un nuevo país y que el odio domara el corazón de los japoneses. Sin embargo, la realidad fue otra. Era cierto, muchos no los toleraban, simplemente alejaban sus mirada o no interactuaban con ellos pero la hostilidad solamente provino del Imperio Japonés. El comportamiento de la gente era increíblemente pacífica. Incluso, a veces, se sentía mal en la situación de pobreza y miseria que estaban.

Posiblemente eso fue que atrajo a Ash a no decir nada sobre su paradero. Max no conocía su pasado nada más que era hermano de Griffin, pero podía decir que él ha sufrido mucho por la dureza que reflejaban sus ojos siempre.

Desde que lo vio por primera vez en Japón, su mirada, su voz, sus movimientos e inclusive aura cambiaron drásticamente; eran ahora inocentemente suaves.

Max suspiró; deseaba un cigarro en ese instante. Las visitas con Ash no fueron normales, las circunstancias no les permitieron para ello. Él, conociendo su historia juntos pero siendo un extraño entre la relación de Ash y los japoneses, se sentía también dolido. No estaba del todo contento de la decisión de Ash de irse y tampoco cambiaría sus sentimientos si el rubio hubiese tomado una decisión contraria.

Era una pena que tuvieron que llegar hasta ese punto pero realmente Griffin lo necesitaba, al igual que esos asiáticos. Se arrepintió enormemente en haber gastado parte de su salario en alcohol. Si hubiese tenido suficiente dinero, hubiera comprado pasaje para alguno de ellos.

Max se prometió a sí mismo que de ahora en adelante, de lo que le quedaba de misión, estaría al tanto del bienestar de esos japoneses y chinos. Hicieron lo impensable para el castaño, algo que él intentó sin éxito, y era apaciguar el dolor interno de Ash.

El castaño rió bajito. Estaba en deuda con ellos, Ash había sido como el hijo que nunca quiso tener pero al final le agarró cariño.

— Max.

El aludido giró su rostro y suprimió en correr hacia Ash y abrazarlo. Evidentemente, el rubio estuvo llorando.

— ¿Estás seguro de esto? — preguntó tanteando los sentimientos de Ash. — Aún puedes arrepentirte... puedes trabajar aquí y mandarle dinero a tu hermano — pausó. —, en anónimo si quieres.

A pesar que anteriormente le dijo tajantemente que debía escoger a Griffin antes que nada, Max se sentía que su corazón se estrujaba. Nada de esto era justo.

Ash negó. Estaba cabizbajo. — Por lo que has dicho, Griffin no necesita ayuda monetaria... sino emocional. — sonrió tristemente. — Si tú, siendo su amigo no ha logrado levantarlo, dudo mucho que alguien más lo haga... él me necesita... como él nunca me abandonó, yo tampoco lo haré. — suspiró.

Max frunció su ceño. Algo en sus adentros le estaba carcomiendo. — No debes tirar todo a la borda, Ash. — dijo con cierta preocupación. — Si en dado caso, solo es una suposición, pero si en dado caso, Griffin te rechaza, puedes ir con Jessica Randy... ella te puede ayudar para volver a Japón.

Ash no se veía convencido. — No creo regresar aquí, Max.

El aludido rodó sus ojos. — Por supuesto que lo harás, algún día... o ellos pueden ir contigo a Estados Unidos si se lo proponen, o puedes llevarte a Griffin a vivir aquí... no sé.

— Max... — su voz se quebró levemente.

Rápidamente, el soldado rodeó el cuello de Ash con su brazo. — Nada está perdido aún... si quieres les doy la dirección de tu casa en Cape Cod para que ellos puedan escribirte. Así sabrás... si ellos no están enojados contigo por irte de este modo. De tal manera, no perderán el contacto.

Max espero un minuto hasta que Ash asintiera. —Gracias... por todo esto.

La quijada de Max tembló. Aún no estaba acostumbrado a ese tipo de interacciones tan íntimas con Ash.

— Vamos... mientras más rápido hablemos con el teniente Jenkins, mejor.

Max comenzó a caminar junto con Ash. El castaño notó que el rubio giró su cabeza desesperadamente hacia el camino donde conlleva a la casa de Ibe. También se percató de las lágrimas que se formaron en los ojos verdes del muchacho y antes de que las derramara, volteó su mirada hacia el frente, esperando que el castaño marcara el paso.

Max curvó sus cejas en diagonal, mostrando empatía hacia el muchacho. No perdió el tiempo y prosiguió a caminar hacia su destino.


Ash presenció al teniente Jenkins, quien tenía sus ojos abiertos desmesuradamente, luego que terminó de contar su relato que duró casi una hora.

El rubio omitió detalles, así como los nombres de los asiáticos tras cambiarlos con los de los amigos de Ibe quienes fallecieron en Hiroshima. Ash quería conservar sus identidades lo mejor posible con personas que sí existieron.

Max se limitó a no agregar nada, a parte de haberle dicho la verdad a medias. Le confesó que halló Ash solo en las calles de Izumo, desubicado y queriendo pedir ayuda

Encontrarse fue mera coincidencia.

Luego de unos minutos de vacilación, el teniente Jenkins frunció su entrecejo. — ¿Y esos japoneses que menciona... dónde están?

El corazón de Ash se estrujo y su estómago se revolvió al momento de recordar los eventos que vio en Hiroshima. — Saito, Saga, Nonaka... fallecieron luego que la bomba estalló . — cerró sus ojos fuertemente tras tener la imagen mental de la japonesa. — Eiko... no pudo resistir más de una semana — abrió nuevamente sus ojos, reflejados de horror. —. Fue horrible.

El Teniente se mostró incómodo. Max observó detenidamente al rubio y pudo deducir que él no estaba mintiendo, por lo que el castaño se sintió algo nervioso por dicha declaración.

— Ha pasado por mucho... — habló ya calmado el Teniente. Cada vez que veía a Ash, podía percibir aires de un perfil asiático. Se ha entremezclado tanto con ellos que su propia aura era algo parecida. — Me pondré en contacto con mis superiores sobre tu situación, soldado. Lo más seguro es que seas mandado de regreso a casa. Abordara el buque que saldrá a las mil doscientas horas. De inmediato le darán de baja.

Ash se tensó y sus ojos se abrieron grandemente. — Sí, señor.

— ¿Recuerda en qué Unidad había pertenecido?

— Escuadrón de la Unidad Cuarta, Grupo de Ataque Frontal siete A — tragó saliva. —, misión de bombardeo a Iwo Jima. Piloteaba un Grumann F6F Hellcat número ocho.

Max no estaba seguro si el Teniente les haya creído, pero aún así continuó hablando con ellos con una preocupación en su timbre de voz.

El teniente Jenkins asintió. — Cuando llegue a Estados Unidos, quiero un informe detallado sobre lo ocurrido — suspiró. —. Descansen soldados que hoy será un día pesado.

— ¿Podemos permanecer en este cuartel para mientras? — preguntó Max.

— Es lo justo. No quiero que se esparcen esto en el lugar hasta que el soldado Callenreese se marche.

Las manos de Ash temblaron. Dentro de algunas horas, Eiji se despertará sin verlo en la casa. Ni quería imaginarse lo asustado que se pondrá cuando se percate que huyó.

— Lo lamento...— murmuró entre dientes Ash mientras bajaba su cabeza.

Nadie de los presentes en la oficina del teniente Jenkins lo escuchó.


Cuando despertó Eiji, quiso ver el rostro de Ash, aquel que reflejaba un sueño pesado y quedarse ensimismado viendo tal belleza.

Sin embargo, no lo encontró. No quería alarmarse al vislumbrar a Akira dormida ahí.

Con movimientos torpes agarró su bastón y camino despacio entre las habitaciones. La casa no era muy grande, así que solo era cuestión de segundos para ubicar al rubio.

Le pasó por su mente llamarlo para que la tarea de búsqueda fuera más fácil pero rápidamente desechó la idea. Los demás aún seguían durmiendo y no quería privarles de sus sueños, y más aún que estaban ligeramente ebrios. Por lo que, sin importar qué rincón de la casa examinara o el tiempo que se tome, si en el baño debía buscarlo, lo haría.

Sin embargo, los pasos de Eiji se tornaron erráticos y sintió que le daba taquicardia por el miedo que estaba empezando a colmar sus sentidos. Solamente quedaban una habitación y no lo hallaba todavía.

— Ash... — susurró mientras sus músculos se contarían. Cuando abrió el último lugar dentro de la casa sin haber nadie, Eiji jadeó. — ¡Ash!

Giró su cuerpo bruscamente para regresar hacia los demás pero dio un mal paso y cayó boca abajo. El japonés gritó ante el dolor mas su mente solo tenía enfocada en el estadounidense.

Intentó levantarse sin mucho éxito, su tobillo palpitaba de dolor. Cuando quiso sostener su bastón, su mundo se le vino abajo debido que, por la caída, se rompió en dos.

Su respiración se volvió errática y sintió una burbuja de angustia explotar en sus adentros. — No, no... no...

Tomó la dos partes de su bastón con manos temblorosas.

Eiji estaba tan ensimismado sobre el objeto que no pudo percatarse de que alguien se acercaba a él a toda velocidad.

Sing y Akira aparecieron poco tiempo después.

— ¡¡Oímos algo-!! ¡¡Eiji!! — gritó Sing.

Akira inhaló profundamente.

El aludido estaba pálido pero a pesar de su estado, no estaba preocupado por sí mismo. — Sing, Akira... Ash se fue.

Sing vio el bastón roto y luego el rostro de Eiji. —¿Qué? ¿No está...?

Akira estaba desconcertada. — Pero pero me dijo que iba a vigilar anoche...

— ¿Qué te dijo, Akira? — preguntó desesperado Eiji.

La japonesa le dio escalofríos ante la exigencia en el tono de voz del japonés. — Solo... me ayudó a dormir...

Fue cuestión de tiempo que los demás aparecieron por el bullicio. Aún mareados por el sake de la noche anterior, tambaleaban poco al irle.

— ¿Qué pasó aquí? — Ibe bramó pero cuando observó a Eiji, sus sentidos se agudizaron. — ¡Ei-chan!

Shorter, Nadia y el japonés trotaron hacia el aludido para levantarlo. Lao se quedó estático, clavando sus ojos en el bastón roto sostenido fuertemente entre manos de Eiji. El japonés, levantado de sus antebrazos por Shorter, Ibe y Sing.

La mirada intensa del chino no pasó por desapercibido para el pelo azabache. Lo vio fijamente con su rostro compungido.

— Lao... — Eiji murmuró angustiado. — Fue sin querer... yo... di un mal paso y... perdón...

Sin embargo, la única respuesta que recibió por Lao fue el silencio.

— Eiji cuidó mucho del bastón, Lao. — dijo Nadia, vacilante. — Créele, no fue su intención.

Todos estaban expectantes ante la reacción del chino, en especial Eiji quien dio un respingo cuando Lao comenzó a caminar hacia él con un rostro gélido.

Al momento de estar frente a frente, Lao le arrebató el bastón roto de las manos de Eiji violentamente.

— ¡Lao! — jadeó Sing, temeroso que la situación se saliera de control.

El susodicho respiró profundo y luego le dio la espalda a los demás. — Hace rato escuché gritar el nombre del soldado por la casa. — pausó mientras bajaba su mirada ante los restos del bastón. — Entonces sí se fue... lo rompiste en tratar de hallarlo.

Nadia, Shorter e Ibe estaban tensos por la noticia que inesperadamente fue dicha sobre la huida del rubio. No obstante, sus sentidos estaban alterados en cómo reaccionaría Lao.

El ambiente era ligeramente pesado.

— Lao... de verdad fue sin querer. — dijo Eiji con voz temblorosa.

— Esto tiene enmendadura. — Lao estaba un poco enojado. — ¿Y qué harás? ¿Vas a buscarlo? — preguntó tajantemente.

Shorter frunció el ceño. — Iremos a buscarlo... necesitamos despedirnos de ese cabeza hueca.

— Si se fue sin avisar, quiso evitar la despedida de nosotros — Lao frunció el ceño. —. Esa es la forma que él decidió. Ya nada vale ahora... — observó a todos. — Nos mintió, se fue antes del tiempo acordado para decirnos que quería hacer.

Akira estaba en completo shock que las lágrimas no salieron de ella por sentirse traicionada por el rubio.

— Creo que sé quién podemos preguntar — Nadia reflejó sus ojos llenos de ansiedad. —. Señor Charlie... él puede saber dónde está Ash.

— ¡¿Entonces qué esperamos?! — con movimientos rápidos, Shorter cargó a Eiji en su espalda. El japonés no protestó. — ¡Vamos!

Ibe corrió hacia su cuarto oscuro antes de unirse a la multitud. Agarró el pedazo de tela que envolvía la especie de carta que habían hecho días atrás y lo sujetó firmemente en su manos.

Cuando regresó, todos estaban listos, excepto Lao.

— ¿No vienes? — parpadeó nervioso Ibe.

Lao bajó la mirada al bastón roto y suspiró. — Al menos yo respetaré la decisión de ese soldado en no verme la cara nunca más... — rechinó sus dientes. — Yo me quedo aquí, tengo cosas que hacer.

Los ojos de Sing brillaron de angustia. — Lao...

— ¡Vamos, Sing! — Akira jaló la yukata del menor. — ¡Deprisa!

Sing observó fijamente a su hermano. Por un momento pudo percibir su soledad.

— No te preocupes, Lao — Sing dijo suavemente. — . Regresaremos, pase lo que pase.

El aludido escuchó los pasos agitados de los demás y como la puerta se cerró de golpe. Cuando se halló solo, Lao se sentó en el mismo lugar donde permaneció de pie y emitió un bufido.

— Si voy con ellos, no será grata mi presencia ante él — en sus adentros, sabía que él no era muy del agrado de rubio. Aún así, tuvieron que unir fuerzas para sobrevivir, y eso uno que otro modo, forjó un extraño lazo de compañerismo, luego de que la cabaña fuera incendiada. —. Por supuesto que no soy hipócrita... pero fue agradable nuestra odisea con los demás — alzó su mirada a la ventana cercana y pudo divisar algunos pájaros volar. —. Buen viaje, Ash.

Lao no quería admitirlo, estaba triste por la partida del estadounidense. Indiferentemente si ellos lo encuentran para darle el último adiós, la convivencia en esa casa ya no sería la misma. Era como si una parte de ellos se desvanecía sin dejar rastro pero quedaba el sitio en sus corazones donde una vez habitó.

Sin embargo, la vida sigue y solo la puede parar la muerte.

Con un largo y pesado suspiro, Lao se levantó para conseguir otro trozo de madera, solo que esa vez, más resistente.


Shorter empezó a respirar con dificultad. Cada paso era tortuoso para él, incluso se había quedado muy atrás del resto. Charlie no estaba en el sector acostumbrado y ningún soldado estaba dispuesto a revelar su paradero a unos extraños.

El mediodía se hizo presente y la energía del chino se drenó casi por completo.

Estaban ya muy lejos de casa. Eiji se preocupó al momento de sentir que Shorter caminaba cada vez más lento y los demás los dejaron atrás.

Hubo un silbido, uno audible para los oídos de Eiji que provenía de Shorter.

— ¿Shorter, estás bien?

Antes de que el aludido pudiera responder, tosió fuertemente, por su intensidad, se puso de rodillas.

Eiji jadeó mientras se sostenía del cuello del chino. De inmediato, pudo vislumbrar unas cuantas gotas carmesí manchando el camino de tierra.

Varias personas pasaron entre ellos pero nadie les ayudó. Ni siquiera los otros asiáticos se percataron de lo que pasó.

El mundo se detuvo para Eiji al darse cuenta de lo que pasó. Shorter permaneció callado mientras regaba la tierra sobre su sangre.

— S-Shorter...

— Eiji, estoy bien. — no se atrevió a verlo en la cara. — Que sea nuestro secreto.

Eiji aún estaba sorprendido. — S-Shorter, ¿desde cuándo...?

— Hace unos días.

— ¡¿Por qué no dijiste nada?! — exclamó entre dientes. — Podemos buscar un doctor.

Masculló. — ¿Con qué dinero? — sonrió.— Debemos de darnos prisa. Ash es importante ahora.

Eiji exhaló incrédulo. — ¡Tú también eres importante, Shorter!

Shorter abrió grandemente sus ojos y lentamente giró su rostro hacia el del japonés. — Eiji...

El aludido tenía sus ojos llorosos. — Tengo dinero ahorrado, Shorter — suspiró. — . Nadie es más importante que el otro... — bajó sus ojos. — Es cierto que con Ash somos... cercanos pero eso no significa que menosprecie a los demás. Ustedes son como mi... familia...

La voz de Shorter se tornó temblorosa. — Eiji...

— ¿Están bien?

Ambos asiáticos levantaron su rostro. Fue al momento de enfocar a aquella silueta extranjera tan familiar que sus expresiones cambiaron.

— ¡¡Charlie!! — gritaron al unísono.

Shorter se puso de pie en un santiamén, sin recordar que tuvo un episodio de tosidos.

Charlie se sobresaltó. Rápidamente recuperó su compostura y observó a su alrededor. Nadia no estaba por ningún lado.

— ¿Qué ocurrió? — preguntó tras ver sus caras preocupadas.

Eiji contestó sin darle cabida a Shorter que lo hiciera. — Ash, Ash se fue sin decir nada... — tragó saliva. — ¿Sabes dónde podrá estar?

— ¡¿Se fue?! — Charlie alzó su voz. — ¿Ya no está con ustedes?

Eiji negó con la cabeza. Charlie lo observó con pena, procesando la información.

— ¡Ahí están! — se pudo escuchar el alarido de Sing desde lejos. — ¡Charlie! ¡Encontraron a Charlie!

Al momento de asimilar la voz del chino, Charlie se fijó en Nadia. La pobre estaba angustiada en cada fibra de su cuerpo. Por dicha vista, el corazón de Charlie se constriñó. A pesar que no la conocía de mucho tiempo, le tenía un gran aprecio a la asiática.

— Señorita Nadia...

Cuando todos se acercaron al soldado, jadeantes, lo observaron con alivio.

Miles de preguntas pasó por la mente de Charlie, pero intentó enfocarse.

— Señor Charlie... — intentó recuperar el aliento. — Ash...

El pelirrojo sostuvo sus hombros, Nadia se sonrojó mientras que Ibe, sudoroso, levantó una ceja. El japonés procuró no arrugar la improvisada carta.

— No hay tiempo que perder... — dijo Charlie con el semblante serio. — Escuché en el Cuartel que enviarán de emergencia un soldado dado de baja al buque sale a las doce... en el puerto de Izunami — levantó su rostro directo al cielo, por la posición del sol, Charlie tanteó que era mediodía. — . Debemos correr.

— ¡¡Vamos!! — gritó Akira. Ella y Sing corrieron hacia el lugar. Ibe los siguió por detrás

Shorter gruñó de forma gutural, dándose ánimo para correr nuevamente. Por su parte, Eiji tenía un nudo en la garganta.

— Señor Charlie... — susurró Nadia, con tristeza.

El soldado sintió que su corazón se partía en dos. Sabía perfectamente que dichos sentimientos que proyectaba Nadia eran por Ash.

— Aparta tus emociones por un momento, señorita Nadia — le tomó de la mano y la apretó suavemente. — . Si quiere decirle adiós, no deje que su angustia opaque su rostro.

Nadia parpadeó al momento de entender por completo sus palabras. Cerró sus ojos y asintió.

Sin más, ambos corrieron hacia el puerto Izunami, aún con sus manos agarradas.


Max y Ash se encontraban en el puerto a escasos metros del buque que Ash iba a zarpar. Durante todo el trayecto no se hablaron ni se dirigieron las miradas.

El silencio de Ash era una referencia a una agonía sufrida en sus adentros, como si no quisiera guardar recuerdos de su último día en Japón para que en un futuro no lo atormentara.

Max lo supo de inmediato. Así que le siguió el juego hasta que el rubio decidió hablar nuevamente.

Y eventualmente pasó, pero no de la forma en cómo Max esperaba.

— Ellos ya han despertado... — murmuró. Canalizó sus pensamientos por un instante. — Posiblemente ellos me están buscando ahora mismo...

Max intentó que la tristeza colmara su ser. — Me asegurare que estén bien, Ash — hizo que el rubio lo viera a los ojos. —. Te lo prometo.

Ese fue el punto de declive para Ash. Sin mediar palabra, se abalanzó hacia Max y lo abrazó fuertemente. El castaño levantó levemente sus párpados cuando notó que el rubio temblaba en sus brazos.

— Muchas gracias... — musitó.

Max sonrió de lado. — Ese lado tuyo no lo conocía... — luego del burdo chiste, él se puso serio. — Cuídate, Ash... lo digo de verdad. Cuida a Griffin y a Jessica por mí...

— Sí... — murmuró entre las ropas del soldado.

Max dio un apretón y Ash hizo lo mismo. El castaño procuró en no ponerse sentimental. A pesar que estuvo vivo todo el tiempo, el castaño tuvo que lidiar con la supuesta pérdida del muchacho. Max se sentía compungido en virtud que nuevamente se estaba despidiendo de él. Otra vez tenía que dejarlo ir.

De repente, la chimenea del buque resonó con fuerza, haciendo que los oídos de los transeúntes y pasajeros zumbaran.

— ¡¡Todos a bordo!! — gritó con ímpetu el ayudante de marina. — ¡¡Todos a bordo!!

Max suspiró y se separó de Ash. — Es hora.

Ash clavó su mirada en Max. Sabía que de ahora en adelante no iba a perder contacto con él tan fácilmente pero sintió un cosquilleo en su estómago, uno que le indicaba nostalgia al tan solo verlo.

— Nos vemos, viejo.

Ash trotó hacia la pasarela telescópica, haciendo un poco de fila antes de entrar al buque. Ya una vez en la cubierta, Ash se dirigió en la borda menos poblada pero con buena vista al muelle. De lejos, pudo visualizar a Max, quien portaba una amplia sonrisa, y movía su mano hacia él.

Ash suspiró. Procuró en no pensar más en los asiáticos pero le era imposible, en especial con Eiji. Su corazón dolía en tan solo pensar que en ese momento él estaba sufriendo por su causa.

Pasaron varios minutos hasta que la mayoría de pasajeros abordaron. Pronto el buque se iría.

No obstante, Ash salió de su trance tras escuchar a lo lejos su nombre. Era casi inaudible pero fue lo suficientemente fuerte y familiar que provocó buscar con la mirada las voces entre la multitud.

Max también las escuchó y se puso tenso. Cuando vio un conglomerado de asiáticos conocidos a su vista, el castaño exhaló perplejo. — ¡Increíble!

Al momento que Ash ubicó a las personas que gritaban su nombre, sus ojos brillaron. — Son ellos... — su voz flaqueció pero recuperó fuerzas al verlos acercándose al buque. Se extrañó al no ver a Lao. — ¡¡¡Muchachos!!!

Cuando Akira lo vio, lloró a gritos. — ¡Lynx-san... ! ¡Bájate de ahí! ¡Lynx-san!

Ibe jadeó mientras que Sing, Charlie y Nadia se pegaron más a Max. Shorter dio un respiro agitado antes de caer de rodillas junto con Eiji. Ninguno de los dos se inmutó, solo se dedicaron a ver a Ash.

— ¡¡Ash!! — gritaron Nadia e Ibe. Con mucha fuerza de voluntad no derramaron lágrimas.

Eiji estaba ensimismado. Varias lágrimas se deslizaron en silencio.

— ¡¡El buque partirá en breve!! — gritó Max con desesperación. — ¡¡Si quieren decirle algo, es la hora!!

No obstante, la chimenea resonó nuevamente, indicando que el buque iba a zarpar.

— ¡¡Mierda!! — maldijo Sing.

Con agilidad, Sing le quitó la carta envuelta en tela de las manos de Ibe y corrió lo más rápido que pudo. Con movimientos en zig zag evadió a los guardias y subió la pasarela telescópica antes de que la guardaran.

— ¡¡Atrapen al niño!!

Max fue el primero en impedir que lo agarraran. Luego, Ibe, Charlie y Nadia se interpusieron en el camino de los oficiales.

— ¡¡Corre, Sing!! — gritó Shorter. — ¡¡Que no te atrapen!!

Ash también decidió actuar. Corrió hacia la borda donde estaban las escaleras desplegables como pudo, empujando a personas en el camino.

Cuando estaba en un punto estratégico para estar lo más cerca posible a Sing, Ash se agarró con una mano la regala de buque mientras que la otra la estiró para poder tocar al chino.

— ¡¡Ash!! — bramó el adolescente tras saltar y sostener la mano del rubio.

El aludido dio un respingo y apretó la mano del chino. — ¡¡Sing!!

Ash lo jaló con torpeza pero sirvió para que Sing se parara en el otro extremo de la regala del buque. Con una sonrisa, Sing le entregó a Ash la carta.

Indeciso, Ash la aceptó, con pena en su rostro.

— Lo lamento... no teníamos papel... — dio una forzosa carcajada. — Léelas cuando te encuentres solo...

Ash emitió un lloriqueo. — Sing... lo siento...

Ninguno de los dos estaba consciente de lo que pasaba a su alrededor. Fue por eso que Sing sintió que alguien lo tiró con violencia hacia atrás. Después se le sumaron otras dos personas.

— ¡¡Oigan!! — Sing forcejeó contra los oficiales. — ¡¡Sueltenme!!

Ash vio con horror la escena. —¡¡Sing!!

— ¡¡Ash, cuídate!! — Sing logró verlo a los ojos. — ¡¡Nosotros no estamos enojados!! ¡¡Solo la próxima vez, despídete como es debido!!

El rubio gimió de cólera al presenciar cómo los oficiales lanzaron a Sing al muelle como si fuese basura. De inmediato, los asiáticos, Charlie y Max estaban a su lado.

— ¡Vuelvelo hacer y te hacemos mierda!

Sing se limitó a fruncir el ceño.

Por otro lado, Eiji estaba impresionado. Sus labios temblaban al ver a Sing lastimado, en percatarse que Shorter estaba muy enfermo y a Ash horrorizado ante la escena.

Su alma se abrumó por todo lo ocurrido en su vida en menos de veinticuatro horas. Alzó su mirada a Ash y se dio cuenta que él lo estaba viendo con melancolía. El objeto que Sing le dio descansaba sobre su pecho, justo en el sitio donde estaba su corazón.

Eiji se sentía desesperado. Aún si con sus piernas no pueden alcanzar a Ash, su voz lo haría.

El japonés respiró hondo y entrecortado. Rodeó el cuello de Shorter suavemente. En ningún momento desprendió su mirada ante los ojos verdes.

— ¡¡¡ASH!!! — sus cuerdas vocales se desgañitaron. Incluso varias personas detuvieron su rumbo al escuchar el grito sonoro de Eiji. Sin embargo, a él le importó un bledo. Consiguió lo que quería: la atención de Ash. — ¡¡¡Yo, yo te estaré esperando, Ash!!! ¡¡¡No importa cuánto tiempo pase!!!

El aludido palideció. Esa declaración fue un fuerte impacto para su sensible corazón. Ash tenía deseos de dejar todo atrás y correr hacia Eiji. Abrazarlo y besarlo ahí mismo en el muelle, para que todo el mundo fuera testigo forzoso de su amor. Gritar al viento que lo amaba y golpear a todo aquel que se atreviera a tocarlo por culpa de su terror a los homosexuales.

Pero no tuvo el valor de manchar el nombre de Eiji. Tampoco tuvo el valor de cambiar de decisión. Ya lo hecho echo estaba. No podía dar vuelta atrás porque ahora tenía órdenes de sus Superiores en regresar a Estados Unidos. Debía cuidar a Griffin.

— Eiji... — murmuró Ash. Luego al notar que no lo escuchó, gritó con todas sus fuerzas. — ¡¡¡EIJI!!!

Ash se tambaleó y tuvo que agarrarse fuerte de la regala porque el buque empezó a moverse.

El rubio, atormentado, negó con la cabeza. Con sus ojos bien abiertos observó a Eiji llorar con una sonrisa cálida en su rostro.

Los demás también lloraban, a excepción de Charlie y Max, y a gritos le decían adiós a Ash.

Lo único que pudo hacer Ash fue cubrirse la boca y llorar. Cada minuto se escuchaban menos; cada minuto sus cuerpos se hacían paulatinamente más pequeños hasta desaparecer de su vista.

Ash no se molestó en limpiar sus lágrimas, permitió que sus gotas cristalinas hermanaran con lo único visible a sus ojos: el coloso océano.


Fue en la noche que Ash halló un tiempo en estar solo en su camarote. Lo compartía con otras personas pero no estaban en ese momento.

La tela vieja y rasgada que simbolizaba un sobre improvisado la guardó dentro de su yukata. Con un gran suspiro, él descubrió, despacio, lo que tenía protegido la tela.

Ash jadeó al ver que eran dos fotografías. Las mismas fueron tomadas por el vecino de Ibe, el señor Mamiya. La primera era la fotografía grupal y la otra era una accidental, cuando Mamiya se emocionó con la cámara de Ibe y le tomó una foto a él cargando a Eiji luego de comer dangos.

— No puede ser... — Ash sintió sus ojos quemarse de lágrimas. — Ibe...

Ash jamás tuvo la oportunidad estando en Japón en ver esas fotografías una vez reveladas. Recuerda claramente que el japonés declaró que dichas fotografías eran su esperanza entre las varias fotografías de la guerra que reflejaban la hostilidad y el temor en Hiroshima.

Ash estaba ido, viendo fijamente ambas fotografías debido a que mostraban la pura felicidad reflejada en el rostro de cada uno de ellos, incluyendo a él.

El rubio tensó sus músculos cuando giró las fotografías y darse cuenta que había algo escrito en ellas en la parte de atrás.

La primera que leyó fue la fotografía grupal. Ash hipó y lloró al asimilar su contenido:

Nunca nos olvides

Atentamente:

Ibe, Akira, Nadia, Shorter, Lao, Sing y Eiji.

Cada uno de los asiáticos había escrito su nombre. Ash apreció cada estilo de letra con cariño mientras que su sonrisa nacía temblorosa. Palpó la tinta como si fuese un tesoro.

Luego de estimarla, la dejó a un lado y cogió la otra fotografía, aquella que solo estaban los dos con Eiji. En ella, ambos tenían rostros sorprendidos y Ash rió bajito tras recordar ese día.

Cuando volteó la fotografía, se maravilló bastante al ver que solamente fue escrita por Eiji.

Con la ansiedad hasta la coronilla, Ash comenzó a leer con exasperación. La letra era pequeña y junta porque Eiji quería abarcar mejor la mayoría de sus sentimientos.

Querido Ash: tuve una corazonada en que te irías a tu país desde el momento que escuché que tu hermano seguía con vida. Es extraño, cuando te encontré aquel día en la playa, tuve el presentimiento que no ibas a matarme. Puedo decir que desde un principio, siempre confíe mi vida a ti, no importando las penurias que atravesamos, ambos nos protegiamos. Nuestro amor floreció en lugar y tiempo menos pensado, incluso me atrevo a decir que los dos no nos imaginamos llegar tan lejos. Aún así, el afecto nunca se marchitó. Sé que lo nuestro es sincero; sin importar dónde estemos, aún si es en otro continente, nos prometimos estar juntos por siempre.

Te extrañaré y yo sé que tú igual a mí pero esto no es un adiós.

Recuerda, mi alma siempre está contigo, Ash.

Ash dio rienda suelta a sus emociones. La cruda murria inundó el camarote a través de sus sollozos. — Eiji... E-Eiji...

El rubio sabía que era inútil cuántas veces llamara el nombre del japonés, él no le respondería a sus lamentos.


Octubre 1945

El corazón de Ash se estrujó. A casi mes y medio después, llegó a Cape Cod. Estuvo prácticamente en el limbo durante el trayecto en buque porque no tenía ninguna noticia de Estados Unidos ni de los asiáticos en Japón.

Su barba y bigote había crecido considerablemente al igual que su cabello. Tuvo que cambiar su ropa oriental a una más occidental. Hubo una persona amable quien le regaló un pantalón, camisa y zapatos viejos para su travesía. No obstante, Ash no se deshizo de la yukata, la tenía muy bien guardada en un saco de papas que consiguió. De igual manera, las fotografías estaban resguardadas junto con la yukata. Nunca se apartaba de dicha bolsa, ni siquiera cuando debía ir al baño.

Lo primero que hizo Ash al llegar a Estados Unidos fue reportarse al cuartel principal, presentar su informe y luego le dieron de alta de manera oficial. Incluso le comentaron que le iban a rendir honores por sus hazañas, cosa que Ash le valía.

Ahora, estaba enfrente de la puerta donde vivía con Griffin. Supuestamente, su hermano se encontraba ahí, sufriendo, y Ash no sabía qué esperar.

Los desagradables recuerdos plagaron su mente al estar de nuevo en ese sitio. En Cape Cod, Ash sufrió abusos, en Nueva York pasó tribulaciones y Estados Unidos lo mandó a la guerra a matar.

No estaba muy contento. Su estómago se estaba revolviendo y su cabeza le daba vueltas. La nostalgia y el horror se entrecruzaron. Sin embargo, él sería capaz de sobrellevar todo aquello por Griffin.

Se armó de valor, dejando sus demonios internos a un lado, y tocó la puerta.

De inmediato, se escucharon alaridos femeninos en el interior de la casa. También Ash oyó pasos pesados dirigiéndose a la puerta.

— ¡¡Otra vez, usted!! — gritó la fémina. — ¡¡Le dije mil veces si vuelve a este lugar a entregarle cerveza a su hijo, lo lamentará!!

Ash parpadeó. — No soy Jim Callenreese.

La puerta de entrada se abrió de golpe. Ash observó a una mujer, con su entrecejo muy fruncido, sosteniendo una escopeta.

— ¿Quién eres? — preguntó tajante. La mujer no conocía la voz de aquella persona pero tampoco era confiada para abrirle la puerta a cualquiera.

En eso, Ash se sintió apenado. — ¿Aquí vive... Griffin Callenreese?

Ella no cedió. — ¿Quién eres? — volvió a preguntar con molestia.

— A-Aslan... Aslan Jade... Callenreese — susurró. Sus ojos estaban ligeramente dilatados. — . Posiblemente Max no pudo explicarle a tiempo todo lo sucedido... pero usted es Jessica, ¿me equivoco?

La mujer cambió de expresión. Levantó sus cejas y claramente estaba confundida. — S-Sí... — se le quedó viendo a Ash con detenimiento, tenía ciertos aires a los Callenreese, y se parecía un poco a Griffin. — ¿Usted qué es de los Callenreese?

Las palabras de Ash temblaron. — S-Su hermano menor...

Jessica casi dejar caer su escopeta. Eran demasiadas coincidencias para ser verdad. No obstante, mientras más observaba al muchacho, cada vez se convencía que se parecía al niño que estaba en las fotografías alrededor de la casa.

— Pero... nos dijeron que estabas muerto... — ella por supuesto sabía la historia de Ash. Reclutado antes de tiempo y entrenado para luchar en las primeras filas. Cuando Griffin se enteró, su mundo se vino abajo.

Ash cerró sus ojos. — Por eso dije que posiblemente Max no pudo explicarle todo lo ocurrido... — alzó su mirada. Los ojos verdes del rubio estaban llenos de ansiedad. — Prometo contarles todo... solo... necesito verlo...

Jessica tragó saliva. La voz susurrante y el semblante miserable de Ash hizo que le diera escalofríos. ¿Qué tanto ha sufrido el pobre? Sus ojos realmente reflejaban los horrores de la guerra.

— De acuerdo — aceptó Jessica tras bajar su arma. — . Le pido discreción. Griffin ha estado tenso debido a que le he quitado la bebida. A veces le arranca ataques de ansiedad...

Ash jadeó luego que la mujer lo dejara pasar. — ¿Ha mejorado?

Jessica hizo una mueca después de cerrar la puerta con cuidado. — Los balbuceos son menos frecuentes... estando ya sobrio, creo que ya está asimilando la situación... pero el nuevo problema ahora es su depresión...

La mujer comentó mientras comenzó a caminar hacia la habitación en donde se encontraba Griffin.

Ash, por su parte, dejó en la sala de estar el saco de papas con sus pertenencias y quedó ensimismado. Él abandonó su hogar cuando tenía ocho años pero todo seguía casi igual. Los adornos, las fotografías, trofeos y los libros estaban ahí. El trinchante de trastes de su abuela fallecida, el comedor no se había movido de lugar.

Era como si el tiempo no afectó a la casa. Ash se sentía que era un niño una vez más.

De repente, Jessica paró enfrente de un cuarto. Ash sudó frío al notar que esa era su antigua habitación.

— Por favor, no se asuste cuando lo vea — suspiró pesadamente y luego giró su cabeza hacia Ash. — . Hoy es de esos días que está tranquilo, perdido en sus pensamientos.

El rubio exhaló y asintió con miedo.

Jessica entró de primero, dejando la puerta abierta. Ash se quedó inmóvil en el lugar, observando fijamente su habitación.

En el marco de la puerta, aún permanecía las señalizaciones de su altura cuando Griffin lo medía cada mes. La última marca fue cuando tenía siete, y midió uno punto dieciocho centímetros.

Ash lo palpó sintiendo su corazón palpitar fuertemente. Alzó su vista y vio que sus juguetes y su pequeña cama todavía estaban ahí. Él jadeó al momento que vio que, encima de su cama, descansaba el libro que le regaló Griffin en el último cumpleaños que celebraron juntos: A Christmas Carol de Charles Dickens.

En un abrir y cerrar de ojos, Ash lo pudo ver en una esquina. Griffin estaba sentado en una silla de ruedas, con una manta sobre su regazo, su mirada clavada en la ventana.

Ash sintió una presión en su pecho mientras que su quijada se entumeció. Su hermano emanaba aflicción y estaba pálido. Si Jessica no se hubiera acercado a él para hablarle, Ash no hubiera notado su presencia tan rápido.

— Griffin, tiene visita. — musitó Jessica. Se incorporó y manoteó a Ash para que se aproximara. Su hermano en ningún momento se inmutó.

El rubio caminó vacilante. La distancia no era larga pero sentía que estaba abarcando un gran trecho. Sintió una eternidad para acortar la separación entre ellos.

Cuando finalmente estuvo detrás de su hermano, Griffin giró su rostro hacia él.

Ash intentó no alarmarse. Las mejillas de Griffin estaban hundidas y sus ojos carecían de vida; sus labios estaban secos y pelados y sus ojeras eran bastantes notorias.

— Buen día. — murmuró Griffin ante el extraño con el vello facial desalineado. No reconoció que era su hermano.

Los ojos de Ash brillaron de emoción. Sintió un nudo en la garganta mientras admiraba las facciones del castaño. Griffin estaba vivo.

— Hola... — murmuró agobiado Ash. — ¿Qué haces, viendo por la ventana?

Tras no sentir amenaza, y que Jessica lo dejó pasar, Griffin sonrió amablemente. — Estoy esperando a mi hermano, Aslan.

Jessica apartó la mirada ante el rostro destrozado del rubio. Fue entonces que entendió que ellos necesitaban privacidad y los dejó solos.

Ash dio bocanadas de aire. — ¿No... no me reconoces...?

Griffin estudió sus facciones. — Me temo que no...

Inhaló y exhaló rápidamente. Se hincó para estar a la misma altura de Griffin. — Soy yo... — tragó saliva. — Aslan. — susurró.

El castaño frunció el ceño. — No, no eres él. Él... sigue afuera... por ahí...

— Griffin... — Ash escaneó su habitación para encontrar una idea. Halló su libro aun en la cama y lo tomó con manos temblorosas. — Griffin... ¿lo recuerdas? ¿Recuerdas ese libro? Tú... tú fuiste quien me lo regalaste en mi cumpleaños... — sonrió torcido. — El primer capítulo lo leíste para mí antes de irme a la cama... — pasó su mano a través de sus cabellos dorados. — Estaba tan emocionado que quise dormir esa noche, entonces tú...

— ¿Aslan...? — los ojos azules de Griffin fulgaron de esperanza, una incrédula.

El aludido dejó caer el libro al suelo.

Griffin se perdió en los orbes verdes del rubio. Eran los mismos ojos hermosos que recordaba pero a la vez tan diferentes. Esos ojos reflejaban dureza, tristeza y experiencia, tal y como una persona ha sufrido mucho.

Ash emitió un pequeño sollozo y asintió. — Sí... sí soy yo... — tragó un lloriqueo ahogado. — He regresado.

Griffin estaba anonanado. Levantó sus brazos con mucha dificultad y con sus dedos temblorosos palpó la tez blanca de Ash. Con toques delicados, sus yemas acariciaron las mejillas, apartó las hebras doradas de sus ojos y siguió el camino de la barba y bigote de Ash.

El castaño balbuceó, sintiendo que sus ojos se salían de sus órbitas. — ¿Cuándo... cuándo mi Aslan se volvió en... en un h-hombre?

Ash lloró. — Griffin.

—¿Cuándo fue... que creciste?

Ash le faltó el aire cuando Griffin lo agarró de sus hombros e inmediatamente lo rodeó con sus brazos.

—Griff...

— ¡¡Lo siento, Aslan!! — gimoteó Griffin, soltando sus lamentos a viva voz. — ¡¡Y-Yo lo sé!! ¡¡Hubo rumores en el pueblo sobre ti!! — hipó y sus palabras se enredaron con sus sollozos. — ¡¡Lo siento!! ¡¡No pude protegerte!! ¡¡Perdóname, no debí dejarte con nuestro padre!!

En ese momento, Ash se sintió minúsculo e insignificante. Aquella inocencia que perdió años atrás, la recobró solo un instante cuando estaba en brazos de Griffin. Nuevamente se sintió niño, siendo cobijado por su hermano mayor.

Ash lo abrazó con fuerza y accidentalmente lo elevó sin mucha dificultad. Griffin tenía el peso de un infante.

Entonces los ojos de Ash bajaron porque notó que la sábana que cubría el regazo de su hermano se cayó. El rubio suprimió un jadeo cuando se percató que el pantalón que su hermano vestía estaba holgado de sus pantorrillas.

Griffin ya no tenía piernas.

Ash cerró sus ojos y escondió su rostro en el cuello de Griffin. Ahora entendía mejor la frustración de Max cuando de su hermano se trataba.

— No tienes la culpa... — sollozó Ash. — Te extrañé... Griffin.

Había tanto que quería contarle. Tanto que quería hablar acerca de las aventuras y desventuras con aquellos peculiares asiáticos. Tanto que quería que él conociera conforme a sus relatos al maravilloso Eiji.

Ahora, ellos no se iban a separar fácilmente. Ni la guerra, ni el gobierno o persona podrá impedirlo. Eso era lo que creía Ash.

Algún día, iría a Japón nuevamente con Griffin a visitarlos.

Por otro lado, detrás de la puerta, Jessica también lloró tras escuchar la conversación.


Max suspiró mientras se acomodaba en la silla y mesa que Ibe le prestó. Desde que Ash se fue, dejó de ir con las prostitutas a los bares luego de su descanso. Lo disfrutaba yendo a la casa del japonés y ya tenía más de un mes de hacerlo que se volvió costumbre.

En ese tiempo, compartía momentos gratos con los asiáticos. Él les cogió cariño así como ellos también a él.

Sin Ash presente, Max podía asegurar que el estado de ánimo de todos cambió. Eran más melancólicos y sonreían menos, en especial Eiji.

Sin embargo, Max les aseguraba que muy pronto se iban a comunicar con él. Ya con bastante tiempo de antemano, Ibe consiguió papel para que todos escribieran cartas a Ash a su domicilio. Dichas cartas podrían tardar aproximadamente un mes en llegarle y otro mes en que llegue en Japón.

No todo estaba perdido.

Max nuevamente suspiró y abrió su diario. Akira y Eiji estaba dormida junto a él en la misma habitación, así que era un momento tranquilo para poder escribir algo.

29 Octubre de 1945

Hace semanas que no he podido escribir nada. Tal vez mi cerebro se secó tras escribir quince páginas acerca de mis sentimientos con lo sucedido con Ash y los demás asiáticos. En efecto, puedo reflexionar sobre lo sucedido y sus relaciones e interacciones ahora que los conozco muchísimo mejor.

Creo firmemente en el amor como el pensamiento de los griegos. Hay diversos clases de amor, de los que me recuerdo son: EROS, STORGE, PHILIA y AGAPE...

Lo que pasó con ellos es que, por la travesía que atravesaron juntos, formaron lazos de amor de todo tipo. Por lo tanto, he llegado a la conclusión que el amor no se encuentra, se construye.

No puedo esperar cómo terminará esta historia. ¿Qué será de ellos? ¿Qué será de Ash y Griffin? ¿Qué será de Jessica y de mí?

De repente, Max se sobresaltó ante el escándalo que se propició cerca de la habitación de donde estaban. Eiji y Akira se despertaron de golpe. El japonés rápidamente se sentó y buscó su bastón nuevo.

Max se puso de pie tras escuchar alaridos de angustia de los otros asiáticos. No entendía nada de lo que hablaban, tampoco Eiji ni Akira.

De ahí, Sing abrió la puerta shoji con violencia. Estaba pálido y el sudor se formó en su rostro.

— ¿Sing, qué pasa? — preguntó desesperado Eiji.

El aludido jadeó. — S-Shorter se desmayó... — sus labios temblaban. — Él... estaba tosiendo sangre...

Eiji dio un grito junto con Akira.

— Shorter... — murmuró Eiji, angustiado que la medicina que le dio en secreto no funcionó.

Los músculos de Max se tensaron. — ¡¡¿Qué?!!