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*

7 de agosto de 1945 en la cálida ciudad de Princeton, Nueva Jersey, Estados Unidos.

Fue una mañana como cualquier otra: se levantó a las seis de la mañana, se dio una ducha y luego se iba a disponer a desayunar antes de dar su cátedra a la primera hora del día en la Universidad de Princeton. No hubo nada extraño durante el proceso tan monótono y preciso.

Sin embargo, Albert Einstein, tras asomarse a la ventana, notó un hecho extraño: casi nadie estaban rondando por las calles y pocos eran los vehículos que circulaban. Sintiéndose desorientado, Einstein alzó su mirada al funcional reloj de pared de su casa. No cabía duda que se había levantado a la hora de siempre. ¿Qué estaba pasando?

Ni lento ni perezoso, se dirigió al viejo radio de su sala de estar y buscó por las noticias locales. Ahora con todo los acontecimientos de la guerra, todo el mundo estaba loco, debía ser muy precavido.

En efecto, sus sospechas fueron confirmadas en un santiamén. Las noticias de último momento resonó en toda la casa. Einstein tuvo que parar lo que estaba haciendo para luego pararse frente al radio, ansioso, como si le exigiera con esa mirada penetrante hacia el objeto prontamente la información.

Repito. Se ha confirmado por parte del Gobierno de Estados Unidos de América ha detonado el artefacto denominado "bomba atómica" a territorio japonés en día de ayer en horas de la mañana. No se ha recibido mayores datos de las bajas o qué sucedió pero hasta este momento Japón no se ha rendido.

Repito. Japón sigue en guerra con Estados Unidos y puede contraatacar. No se descarta que Estados Unidos ataque nuevamente.

Ampliaremos.

Los oídos de Einstein se volvieron sordos y su cuerpo reaccionó por el preliminar. Su propio cuerpo no pudo aguantar su propio peso y cayó de rodillas al suelo.

— Ignoraron mis cartas... — susurró amargamente y sintiéndose débil y con dolor de pecho por la cólera y tristeza. No solamente no le hicieron caso, sino también habían prostituido sus hallazgos. —Víboras... malditos...

Sólo y sin con quien desahogarse, Einstein lloró, desconsolado.

*

8 de agosto de 1945 en la Campiña inglesa Farm Hall.

La noche era muy callada, como si el universo respetaba el minuto de silencio por la atrocidad que se vivió días atrás en el otro lado del continente.

Reunidos en una casa de campo con nueve científicos más gracias a la Operación Epsilon, Werner Heisenberg se acercó a las personas que tenía más cerca: Max Bon Laue, Otto Hann y Carl Friedrich von Weizsäcker.

Después de haber escuchado en la radio de la BBC sobre la detonación en Japón de la primera bomba atómica en la historia, el silencio fue convertido en un acto solemne para todos los científicos ahí resguardados.

Sin embargo, ahora el momento para desatar palabra, y para Werner Heisenberg lo halló oportuno la idea de ser espiado por los micrófonos escondidos alrededor, se ahorraría los interrogatorios que le esperan.

— Caballeros, me permito informarles mis pensamientos de estos últimos dos días a ustedes. — habló con calma Heisenberg a sus colegas. Inmediatamente tuvo toda su atención. — En base de lo que hemos investigado, debo de rectificar el estimado aproximado de la masa crítica y de Uranio 235 necesarios para diseñar correctamente la bomba...

Explicó a manera de informe, nunca omitió ningún detalle en particular y jamás se le dificultó en no dejar cabos sueltos, a pesar que no tenía pizarra para hacerlo más dinámico. Sin embargo, él mismo sabía que su público eran científicos muy capacitados y los espías, si no entendían qué carajo decía solamente enviaran el audio a otro menos estúpido para que descifrara sus oraciones.

Nadie intentó interrumpirlo, solamente asentían. Los ojos de sus colegas se abrían cada vez más por la nueva información que entraba en sus cerebros.

Heisenberg terminó de dar su conferencia y se sentía sediento. Maldijo en sus adentros al no prevenir que en la capilla el agua estaba muy lejos de donde estaba sentado y no tenía deseos de levantarse.

Sin embargo, Walter Gerlach tenía una mirada indescriptible para Heisenberg. — Parece que pensó demasiado estos dos días. — dijo mientras parpadeó lentamente. — Casi pareciera que ya sabía la respuesta antes.

Heisenberg bufó. — ¡Soy científico!

Paul Harteck sonrió de lado. — Eras el encargado del Proyecto Uranio, Heisenberg. No obstante, dada las circunstancias en la que estamos atravesando, me atrevo a decir que ya no lo eres más. — nunca se le borró la sonrisa de su rostro. — En virtud de lo anteriormente dicho, puedo referirme hacia usted de una manera menos informal... —casi soltó una pequeña carcajada. — ¿Saboteó la investigación?

Heisenberg suspiró tras recordar su reunión años atrás con su maestro, Niels Bohr, en su casa en Copenhague. Bohr tenía un secreto que pocos sabían en la Alemania actual: su madre era judía. Consciente del peligro, Heisenberg arriesgó su vida en visitarlo para discutir sobre la espinita bautizado "proyecto atómico." Dicha investigación le había carcomido su mente aun siquiera haber empezado a trabajar en la operación ultra secreta de los nazis. En ese tiempo, Heisenberg no tenía el panorama claro en lo que se estaba metiendo, no obstante, obtuvo sus propias conclusiones luego que iba camino a casa. Él se percató de la peligrosa verdad: si Alemania lograban desarrollar el arma atómica, el holocausto sería mundial.

Fue así que ambos científicos hicieron un pacto. Heisenberg se iba a encargar de retrasar el proyecto mientras que Borh se hacía el desapercibido.

No obstante, para su sorpresa, Heisenberg no estaba solo. La mayoría de su equipo sabía de las horrorosas consecuencias de crear un arma de tal magnitud. Con un acuerdo nunca expresado en palabras o en papel, ello mantuvieron un voto de silencio y colaboraron con Heisenberg en boicotear la investigación.

Max Bon Laue y Otto Hann se vieron las caras, sin saber que iba a responder el aludido.

Heisenberg rió entre dientes. — ¡Ya lo he dicho, soy científico! No soy infalible. — señaló con su dedo índice. — Usted mismo sabe lo difícil que es para el gobierno en financiar proyectos científicos si no es en aras militares o por políticas públicas. Jamás estropeé la investigación como tal. Gracias a ella, pude descubrir más de la fisión nuclear.

Heisenberg sonrió con leve ironía. Sí... ellos eran científicos, no asesinos. Científicos con moral viviendo en el Tercer Reich alemán. ¿Acaso ellos no eran como los dioses en esa parte del mundo? Decidieron guardar el secreto para el desarrollo de la bomba como si fuera una ley divina, indigna que los mortales supieran. ¡Qué paradoja tan brillante!

De todas maneras, el daño ya estaba hecho. A pesar de que la bomba fue un éxito científicamente, fue una situación atroz con los nipones y, lamentablemente, los Aliados escribirán el desastre como un acto heroico en sus libros de historia. Así de simple. La historia la cuenta el ganador de la guerra.

Aunque eso era muy contraproducente porque el mismo Heisenberg tenía un pensamiento contrario: en la historia de la humanidad los beligerantes son buenos y malos. Todos siguen sus propios beneficios. No existe el buen protagonista y antagonista como en las novelas. Sin embargo, el mundo era lugar cruel y alguien debía llenar el papel del némesis en esta Segunda Guerra Mundial. Ya estaba claro quienes iban a hacerlo.

— Tan solo espero que los científicos del Proyecto Manhattan se sientan orgullosos en haber creado el arma de destrucción masiva más peligrosa de nuestros tiempos... — comentó Max Bon Laue con gran tristeza.

Heisenberg suspiró. Quizá retrasó la investigación por puro sentimentalismo y orilló a su propio país a una vergüenza internacional pero por lo menos su conciencia no estaba plagada de culpa que hubiera tenido que lidiar toda su vida.

*

16 de agosto de 1945, casa de Shunichi Ibe, Izumo, Japón, 6:00 A.M.

Ash y Shorter se vieron los rostros antes de penetrar con su mirada al hombre japonés que tenían enfrente.

Nadie habló por unos momentos.

— I-Ibe... ¿Es broma, verdad? — tartamudeó Shorter, tratando de sacarle chiste a sus palabras. Empezó a emitir una risita escueta sin tener éxito en que nadie le siguiera el ritmo.

La única respuesta que obtuvo fue un semblante serio por parte del aludido. Fue entonces que la sonrisa de Shorter murió.

— No. — negó contundentemente Ash. — Es muy peligroso, Ibe.

El japonés apretó el agarre de su cámara, ocasionando que éste crujió levemente. Shorter tragó saliva que tal acción ni intimidó a Ash.

— Yo tengo amigos viviendo en Hiroshima... — dijo Ibe con el sonido de un susurro. — Ya ha pasado tiempo desde la bomba... — la constante laciguez en su voz preocupó a ambos muchachos. — Puedo buscarlos... o buscar... sus cuerpos.

— Sí, entiendo pero no creo que sea buena idea. — siguió insistiendo Ash.

En un abrir y cerrar de ojos, Ibe se molestó. — ¿Saben lo que es vivir en Japón? ¿Lo difícil que es para un fotógrafo trabajar debido a la censura? — Ibe exhaló. — Sé que los estragos que hubo por la bomba no serán expuestos al público...

Ash casi jadea tras vislumbrar el brillo de los ojos de Ibe, harto de la injusticia y buscar la verdad a su alrededor. De inmediato, Ash ya no veía al japonés sino a Max. Por un instante creyó que lo estaba viendo a él. Parpadeó varias veces después que ese espejismo desaparició

— Sí, pero Ibe... Ash tiene razón. No sabemos la situación actual del lugar. Sé que quieres exponer lo sucedido pero tu seguridad es primero...

Dentro de la cocina se inundó el aroma a té verde. El agua hirviendo fue salpicada por la propia ebullición, si no se sacaba pronto, el agua se evaporará y las hojas empezará a quemar; dicha analogía la aplicó Ash en Ibe en virtud de la creciente frustración en las facciones del japonés, la poca paciencia que le quedaba cuando estaba hablando con ellos. Realmente, él estaba desesperado en irse.

Shorter consideró el enunciado de Ibe debido a que él tenía razones para poder ir. Total, Japón se rindió ante la guerra.

— Ibe... posiblemente no halles nada.

Shorter dio respingo ante la voz profunda de Ash. Cuando giró su cabeza se asombró que Ash portaba un rostro pesaroso, uno que jamás había visto reflejado en él.

Ibe frunció el ceño. Su cabeza le dio vueltas por el mismo cansancio que se apoderaba de sus sentidos, así que creyó que escuchó mal ya que Shorter se quedó mudo. Ibe se convenció que él fue el del problema de comunicación.

— ¿Qué? — preguntó Ibe, con un tono mucho más alto en que él estaba acostumbrado en emitir. — ¿Qué dijiste?

Ash bajó la mirada y apretó sus dientes. No quería elevar sus esperanzas en que el panorama del lugar iba estar como los demás bombardeos o asaltos ciudades anteriores. Si las bombas fueron atómicas las que destruyeron Hiroshima como él cree, entonces no podía quedarse callado. No quería ser testigo del rostro desconcertado de Ibe cuando se percate que la situación es muchísima más grave de lo que había pensado.

— ¿Ash...? — Shorter le dio miedo de la tensión creciente dentro de la cocina.

El soldado alzó su rostro compungido. — Ibe...

— Sabes algo, ¿cierto?

Ash se tensó por la forma acusatoria en que Ibe le habló. La desesperación de obtener respuestas opacó su cansancio y lo reemplazó por una actitud exasperante.

— Ibe, cálmese... — Shorter se acercó al japonés. Tenía miedo a que toda esta conversación se saliera de control.

— Me dijeron que eres un piloto aviador de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos... — el japonés abrió grandemente sus ojos. — Debías de saber algo... que lo mantuviste en secreto de todos nosotros...

Shorter tragó saliva cuando se percató que Ash frunció el ceño y comenzó a temblar un poco.

— Mis Superiores jamás revelaron las futuras estrategias de combate antes de que éstas fueran aprobadas... pero... — Ash bajó la mirada, avergonzado. — sabía sobre el desarrollo de una bomba mortal...

Shorter jadeó al mismo tiempo que Ibe. El japonés palideció y casi deja caer la cámara que tenía en sus manos.

— ¿Cómo...?

Ash no podía verlos. El sentimiento de culpa se esparció por todo su corazón. Él solamente ha hecho daño a la nación japonesa en varios sentidos. Asesinó a varios soldados, disparó contra civiles y calló sobre las estrategias estadounidense a sus amigos. Por un momento creyó que podía olvidarse de su vida pasada y volver a comenzar gracias a que los demás le dieron una segunda oportunidad. Que tan equivocado estaba.

Nuevamente el silencio reinó en la cocina, aún el olor a té sofocaba el lugar, haciendo un poco incómodo la situación.

Ibe respiraba de forma irregular y sus ojos miraban de forma desubicada el suelo. Shorter y Ash lo veían ansiosamente por cualquier movimiento brusco por parte del japonés. Esas acciones no eran propias de su calmada personalidad, incluso parecía que iba entrar en pánico.

No obstante, sin pronunciar palabra, Ibe dejó a un lado la cámara en un estante y caminó directo a Ash con paso firme. El rubio cerró los ojo, esperando lo peor pero para su mayor sorpresa, notó que Ibe pasó de largo. Ash dio un sobresaltó y giró su cabeza de forma poca agraciada a dirección del japonés, quien estaba sacando el té hirviendo de la fogata y empezó a coger las viejas tazas del gabinete.

Shorter observaba todo, anonadado.

— Dijiste hace unos días que cumpliste dieciocho años... — comentó Ibe, sirviendo el té. De inmediato, le empezó a doler la cabeza.

Ash estaba extrañado por el giro que tornó la conversación. La ira que consumía a Ibe desapareció de un santiamén. Con susurro, respondió. — Sí...

— Cuántos años tenías cuando te enlistaste en el ejército?

— Quince... — murmuró Ash con tristeza.

Ibe negó con la cabeza. — Eras muy joven... esa misma edad querían llevarse a Ei-chan al ejército pero por su apellido y por su esguince no se atrevieron a tocarle ningún pelo. —Ash y Shorter abrieron levemente sus ojos ante la confesión. — A esa edad muchos de esos muchachos fueron entrenados para ser Kamikazes...

— Ibe... — dijo Shorter, incrédulo. Por un momento pensó, en una realidad alterna, en la cual Eiji lo reclutan para ser kamikaze y soportar ese entrenamiento inhumano. Sin embargo, el pensamiento que más le atemorizó fue imaginar que posiblemente Ash y a Eiji pelear en la zona de combate; verse como enemigo y tratar de acabar con la vida el uno con el otro, sin imaginar que ambos estaban destinados a estar juntos. Le dio escalofríos en que casi sucedió eso.

— No me puedo imaginar lo duro que fue para ti en estar dentro del ejército a tan corta edad... — comentó Ibe. — y más en saber de las atrocidades que se suscitaban a tu alrededor... — Ash no dijo nada. Solamente se limitó a observar que Ibe paulatinamente se tranquilizaba. — Si te pregunto lo que sabes sobre esa bomba... ¿Me responderías con honestidad, Ash?

El rubio alzó la mirada. — Lo siento, Ibe-san...

Shorter le dio un vuelco a su corazón por la voz a punto de quebrar de Ash.

— Soy quien debe de disculparse, Ash. Me dejé llevar por mis sentimientos sin pensar en los tuyos. — dijo Ibe mientras caminó hacia él y le colocó una mano en su hombro. — Lo lamento, no volverá a pasar...

Ash quería negar todo. Fue su culpa por no advertirles antes de lo que tramaba Estados Unidos, fue su culpa que Ibe, Eiji y Akira se sintieran miserables por su gente y su propio país.

— Lo lamento, Shorter. Te hice pasar un mal momento. — se disculpó Ibe con pesar.

Sin embargo, el chino se pasó su mano en su cabeza pelada para limpiar el sudor que se había formado. Por un momento pensó que él iba ser el árbitro de una pelea.

— No, Ibe... creo que hay que calmarse... — dijo sonriendo, nervioso. — ¿Por qué no despierta a los demás mientras que Ash y yo llevamos los tés a la habitación?

Ibe parecía estar desorientado para los ojos de Shorter. El agotamiento domó nuevamente los sentidos del japonés mientras la frustración se disipaba.

— Sí... eso haré...

Por cortar la conversación de manera incómoda, Ibe intentó salir de la cocina lo más rápido, llevándose consigo la cámara en sus manos. Sea lo que fuera, él todavía guardaba intenciones de ir a Hiroshima.

Cuando Ibe salió, Shorter se puso al lado de Ash para luego darle una palmada firme en su hombro. Con sus ojos viéndolo fijamente a su rostro consiguió que Ash lo viera de regreso. Los ojos verdes del rubio denotaban abatimiento.

— Recuerda, Ash: si las cosas se ponen feas, yo estoy de tu lado.

Fue ahí cuando Shorter vislumbró un nuevo brillo en los ojos de Ash. — Shorter...

— Todo lo que decidas hacer, confío en tu criterio.

El rostro de Ash mostró vacilación. — ¿Y si me equivoco, Shorter?

El aludido sonrió de oreja a oreja. — El primero que va hacer ver tu error será Eiji, seguido de mí. — dio una risita mientras rodeaba el cuello de Ash con su brazo. — Y si no nos damos cuenta... pues todos juntos nos vamos a la mierda.

El chino sintió felicidad en su interior cuando notó que el estadounidense fue contagiado por su sonrisa y curvó sus labios débilmente. Él sabía de las penurias que Ash tuvo que atravesar para poder sobrevivir. No lo culpaba. Ahora no estaba solo, y quería hacérselo saber con las palabras más claras posibles. Shorter era su amigo fiel.

— Gracias...

Shorter se le suavizó su rostro. — Todo irá bien. Tranquilo.

Las tasas contenidas con té habían entibiado. Aún así, Ash y Shorter decidieron repartirlas y mantener su mente ocupada de la futura angustia que se avecinaba.

*

Tras la entrada de Shorter y Ash a la habitación, casi todos ya estaban despiertos. Tuvieron que hacer dos viajes para dar las tazas. No alcanzaban para todos, así que los únicos que no tomaron fueron Shorter y Ash.

Durante ese lapsus, Eiji y Nadia aún estaban amodorrados y peleaban con sus párpados para abrirse. Ash se sintió mal en despertarlos tan repentinamente, en especial porque tuvieron una mala noche y sus rostros aún se les denotaba la tristeza.

— ¿Shorter, qué sucede? — preguntó Nadia, ayudando a Eiji a sentarse.

Por su lado, Sing sacudió a Akira para que despertara. Ella protestó pero Lao le dijo que Ibe los despertó para discutir algo importante. Con eso, fue suficiente para que se levantara de golpe.

— ¿Qué pasó? ¿Nos atacan? — preguntó rápidamente Akira, el miedo reflejado en sus ojos.

Cuando Ash la observó sintió un vuelco en su corazón. La pobre japonesa estaba traumada y asustada por las secuelas de la guerra.

— No, no... nada de eso. — intentó calmarla Ibe. — No estamos en peligro pero... — vaciló por unos segundos, observó a Ash de reojo y exhaló para tomar valor. — debemos hablar sobre todo esto. Ahora que todos nos hemos calmado.

Antes de que alguien más pudiese hablar, Ash se colocó en medio de todos y se sentó. Su cuerpo estaba tenso.

— Como sabrán, Estados Unidos ganó la guerra contra Japón. Yo tras ser miembro de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos podré aclarar dudas o inquietudes que no estén más allá de mi conocimiento. — Ash bajó la mirada. — De antemano, pido disculpas por no decir nada en el pasado o preocuparme más sobre la guerra... esta es la única forma que se me ocurre en enmendar mi craso error.

— De eso nada. — interrumpió Sing, ligeramente ofendido. — ¡Tenías otras cosas en qué preocuparte! ¡Es decir, no eres omnisciente, Ash!

— Es cierto, Ash. Nos tuviste como prioridad. — confesó Nadia con seriedad. — Lo que pasó ayer nunca fue tu responsabilidad.

Ash sonrió tristemente. Aún así si él libre de culpa, pudo haber hecho más por ellos, como ser más abierto en los planes de guerra de Estados Unidos o incluso entrenarlos con las armas o formas de combate.

Eiji empezó a preocuparse por el estado de ánimo del rubio. Cada vez se convertía languideciente en tan solo estar rodeado por los demás. Podía sentir su vergüenza y dolor. Eiji estaba dispuesto a sacarlo de ahí y darle palabras de consolación pero lo que lo detuvo fueron sus palabras. Ash jamás se doblegó ante nadie, jamás mostró indecisión ni arrepentimiento sino hasta en ese momento.

Era algo que Ash quería hacer y Eiji iba a respetar eso.

— Aún así, merecen la verdad. — susurró Ash al momento de ver a todos a la cara. — Solo díganme qué quieren saber.

Ash esperaba que Ibe iba a preguntar de inmediato cuando formuló la pregunta pero, para su sorpresa, Lao fue más rápido.

—¿Por qué Estados Unidos se metió en la guerra? ¿No era solo entre Asia Oriental y Japón?

Ash suspiró. — Esta guerra no es lineal, es decir que no solo es entre países asiáticos. Prácticamente, esta guerra está dividida en dos grupos: los Países Aliados: Gran Bretaña e Irlanda del Norte, República de China, Estados Unidos, Polonia, Francia, la Unión Soviética; y las Potencias del Eje: Alemania, el Imperio de Japón y el Reino de Italia.

— ¿Quiere decir que los demás países estallaron la guerra al mismo tiempo que con Japón y China? — preguntó Eiji, sorprendido.

— Sí, por ese camino fue esta situación. Es decir, las Potencias del Eje se levantaron casi al mismo tiempo con su ideología y formaron el "Pacto Tripartito," una alianza entre esos tres países y otros más. Para los Países Aliados se sintieron en peligro, fueron afectados o consideran que la misma es un atentado para la humanidad.

Nadia frunció el ceño. — Fue por eso que Estados Unidos intervino en una guerra que se suscitó del otro lado del mundo por ser un país de Aliados...

— Sí, en resumen fue así.

— ¿Y por qué solo Estados Unidos? ¿Y no los otros? — preguntó Akira con temor. Tan solo pensar que habían más países involucrados en la guerra, agradeció que no se hayan metido con Japón.

Ash pasó su mano sobre su rostro. No le gustaba admitirlo pero era la cruda verdad. — Estados Unidos es una potencia mundial, económicamente hablando. Era el país que proporcionaba armas, navíos y demás artillería pesada a los Aliados a cambio de dinero. Muchos países de los Aliados están en deuda con Estados Unidos por eso. Sin embargo, eso fue antes que le declarara la guerra a Japón, y por ende a Alemania y al Reino de Italia.

Eiji jadeó. — Me acuerdo que al principio de la guerra, Estados Unidos anunció ser neutral e indiferente con todo este conflicto... — dijo tras bajar la mirada, intentando recordar los eventos pasados de su adolescencia. — Sin embargo, Japón invadió Manchuria, parte de China e Indochina francesa... fue ahí que congelaron los créditos japoneses en Estados Unidos y otras exportaciones... — tragó saliva tras tener en mente el rostro afligido de su padre por la medida del país americano. La mayoría de sus negocios y acciones importantes dependían de Estados Unidos. Las noches en vela por haber quebrado y la eterna depresión que padeció su padre hasta el final de sus días, hizo palidecer a Eiji.

— Exactamente. — Ash observó el rostro lleno de temor en Eiji. Se levantó de inmediato para calmar su pesar pero el japonés, consciente de la expresión que estaba mostrando, se calmó tras dejar a un lado su pasado y le sonrió débilmente a Ash. Ante esto, Ash se volvió a sentar. — Desconozco la situación de Alemania, si se rindió o no... si así fuera, entonces la guerra entre las Potencias del Eje y los Aliados acabó...

Hubo silencio incómodo. Todos estaban asimilando la nueva realidad que se les presentó. Durante todo ese tiempo, creyeron que la guerra solamente se desarrollaba entre Japón-China-Estados Unidos, nunca pensaron que era global.

Por su parte, Ibe exhaló e inhaló antes de hablar. Aún con la voz temblorosa, no se limitó en preguntar lo que le estaba carcomiendo desde hace mucho. — ¿Qué sabes sobre las bombas que cayeron en Hiroshima y Nagasaki?

Ash cerró sus ojos y sintió su quijada temblar. Con suaves suspiros calmó su ser y ordenó sus ideas. Quería dar la mejor explicación posible para que no hubiese confusiones. No obstante, él todavía no estaba seguro de la veracidad de los datos que supo cuando estaba en el ejército.

— Hace años, hubo una propuesta planteada en una carta por Albert Einstein al Presidente de los Estados Unidos...

— ¿Quién? — preguntó Lao.

Eiji se mostró sorprendido. — Es un científico famoso en occidente. — informó inocentemente. — Es muy inteligente... ha obtenido muchos galardones y reconocimientos por sus descubrimientos.

— ¿Pero qué descubrió? — preguntó Ibe.

Eiji pensó por unos momentos. — Realmente no lo sé.

Nadia parpadeó. — Es la primera vez que escucho sobre él.

Sing frunció el ceño. — Creo haberlo oído antes... pero pensé que era un mercader.

Ash estaba ligeramente anonadado por lo que oía. No los culpaba en no saber de alguien de tan gran renombre en Europa y América pero realmente ellos son ignorantes de lo que estaba pasando allá afuera. El enojo se expandió en Ash en solo pensar que civiles como ellos son los que sufren las consecuencias de la guerra.

— La carta fue el punto de partida aquí. No sé los detalles del contenido, pero de lo poco que sé es que Alemania estaba desarrollando un arma similar al que lanzó Estados Unidos. La preocupación de Einstein era que Alemania fuera el primer país en conseguirla y Estados Unidos debía adelantarse. — Ash suspiró pesadamente.Nuevamente fue el foco de atención. — Fue lo que impulsó a Estados Unidos a crear el Proyecto Manhattan, donde reunía los mejores científicos para la elaboración de una bomba altamente destructiva.

Shorter con sus ojos pegados en Ash intentó imaginarse lo poderosa que debió ser esa dichosa bomba al punto de desvanecer a un territorio completo. Con los pocos conocimientos que tenía sobre armas de fuego y derivados, la mente del chino se dio la tarea de bloquearse mentalmente de manera temporal. — Esa bomba no tiene pólvora cualquiera...

El rubio se tomó su tiempo para pensar. Él tenía una idea de cómo fue llevado el Proyecto Manhattan y cuáles fueron sus bases; asimismo, él poseía el conocimiento suficiente para entenderlo y la suficiente confianza en mantener una charla con los más grandes científicos de la era moderna. No obstante, Ash se le presentó este obstáculo: explicar de manera simple lo que sabe sobre la bomba. ¿Cómo podía escudriñar en sus mentes sin que se sientan perdidos, o en el peor de los casos, ofendidos por no entender bien? Él no podía hablar abiertamente sobre los átomos y sus partículas subatómicas, la fisión nuclear, los isótopos fisibles, la serie de conocimientos de física y química acumulados durante décadas, sobre los personajes de renombre como Antoine Henri Becquerel, Marie Curie o Albert Einstein que fue fundamental su teoría de E=mc2.

Además, la barrera del idioma era un problema en su contra. Otro factor que quería evitar Ash era que fuera interrumpido sin sosiego, no tenían tiempo para dar una cátedra de lo básico. Así que Ash, para no caer en un deliz prevenible, llegó a la solución más viable que encontró: utilizar metáforas.

Eiji plegó sus labios y pasó un lengüetazo sobre ellos dentro de boca. Ash se había quedado completamente callado, con una de sus manos tocando su mentón y su ojos viendo la nada. — ¿Ash?

El susodicho conectó sus ojos verdes con los almendrados de Eiji. Los ojos del japonés estaban brillosos por lo irritados que estaban a causa de la falta de sueño. En ellos, se reflejaba la luz que entraba por los agujeros pequeños de la ventana rota, casi como se mostraban las estrellas a plena luz del día.

Fue entonces que Ash se le ocurrió un ejemplo peculiar.

— Esta bomba no está hecha de TNT, fue pensada para que en una sola explosión fuera masiva y dañina a la vez. Aún con la rafaga puede matar y desaparecer todo a su paso. — explicó Ash, despacio y observando a todos los demás para estar seguro que todos estuvieran entendiendo. — Solo piensen en alguien que enciende un solo fuego artificial, uno muy pequeño e inofensivo, en una ciudad poblada y llena de edificios y luego ésta explota; no importa si estalla en tierra, entre la infraestructura o en el aire, es muy probable que el cien por ciento de vida del lugar desaparezca de la faz de la tierra, y no habría escombros en la zona cero... — Ash suspiró entrecortadamente tras pensar que no solo era su imaginación lo que estaba diciendo en voz alta, estaba casi seguro que así fue días atrás en esos dos lugares de Japón.

Un silencio pesado acabó con la explicación de Ash. La tensión en los cuerpos de los asiáticos era notoria. Incluso la propia Akira estaba en estado de shock que no podía ni llorar.

Ash no sabía si proseguir o no.

La única que pudo salir de su asombro fue Nadia. No pensó que su pregunta iba a sonar estúpida o fuera de lugar, solamente soltó sus palabras mecánicamente. — ¿No estás mintiendo, Ash?

Ash quisiera que fuera una broma de mal gusto. Que despertara de esta pesadilla y que estuviera viviendo otro día más en la casa de Ibe, ignorante de la realidad; mas la vida resultó ser muy despiadado con ellos. Su relato sonó como si hubiese sido un barbarie y esporádico pensamiento contra la humanidad, sacada de su mente en una borrachera de la tarde.

— No... conforme lo poco que sé, eso, en teoría, sucedió. — habló Ash, con pesadez. — ... y no solo eso... dependiendo de la kilotones liberados de esa bomba... pueden acabar con distritos enteros...

Sing sintió su boca seca. — ¿Ese tal Einstein hizo todo esto?

— El Proyecto Manhattan ha tergiversado la teoría de Einstein para fines bélicos. — Ash recordó cuando era adolescente y fue a la Biblioteca Pública de Nueva York a leer los fascinantes libros de Einstein. Aún tenía el grato recuerdo de haber leído por primera vez los títulos "Sobre la Teoría de la Relatividad Especial y General", "La Evolución de la Física" o "Mi Visión del Mundo." Ninguno de ellos tenían mensajes subliminales que fomentaban el odio. Eran hermosamente desarrollados para la misma Ciencia, promotores para entender mejor nuestro universo. — Lo siento... es todo lo que sé.

Lamentablemente Ash estaba mintiendo. Para formar una bomba como la que explotó debieron de hallar un elemento altamente corrosivo. Ash aún no estaba seguro que fue lo que usaron; estar en la deriva junto con su falta de conocimiento lo ponía nervioso. ¿Qué tipo de átomo experimentaron? ¿Habrá secuelas por su exposición? Todo eso era nuevo para la ciencia y para él.

— De todos modos, mi postura sigue firme, Ash.

El rubio dio un respingo tras oír la voz cansada de Ibe. Shorter dio un vistazo a Ash.

— ¿De qué hablas, Ibe-san? — preguntó Eiji, nervioso.

El aludido ladeó su cabeza ante el japonés. El propio Ibe no pudo reconocer su voz tan pasible que se dirigía a Eiji. — Iré a Hiroshima, Ei-chan. — sonó sumamente frío.

De repente, Akira se puso de pie y corrió para estar enfrente de su tío. Ibe, con sus ojos, pudo medir la ansiedad reflejada en el rostro de su sobrina. — ¡¡Me niego!! ¡No irás ahí!

— Akira, debo hacerlo... — dijo Ibe, con su corazón colgado de un hilo. — En Hiroshima vivían Saito, Saga, Nonaka... Eiko... — suspiró y sus ojos se llenaron de lágrimas. — Necesito saber si sobrevivieron... quiero plasmar lo que pasó en realidad antes que no permitan el acceso.

La niña exhaló con temor. — ¡¡No quiero!! ¡¡Aquí estamos bien!!

— ¡Akira tiene razón, Ibe! — interceptó Sing. — No hay que separarse, debemos de permanecer juntos para lo que viene.

— Ese es el problema, Sing. — Ash se metió de repente, haciendo que el adolescente se tensara. — No sabemos qué es lo que viene...

Eiji no ocultó su preocupación y lo expresó por medio de un jadeo.

Lao estudió muy bien los movimientos de cada uno del lugar, todos con la ansiedad alta; él era el único que no estaba perdiendo sus cabales. — ¿Qué harán? ¿Qué piensan hacer?

Ibe quedó mudo debido a que él expuso sus motivaciones, ahora si lo llevaría a cabo estaba a merced de la aprobación de Ash, por haber demostrado rasgos de liderazgo e inteligencia. El japonés confiaba en el soldado, más aún por haber ampliado el panorama de la guerra.

Por su parte, Ash estuvo completamente callado. No se iba a mentir a sí mismo pero estaba vacilante en su decisión. No importaba el camino a tomar, habrá una discusión de todos modos.

Sintiendo el estrés bajo sus hombros, Ash habló con cierta dificultad. — Lo estuve pensando acerca lo que ha pasado estos días... e Ibe tiene razón de ir hacia allá...

Los ojos de todos los demás, a excepción de Shorter e Ibe, se abrieron desmesuradamente. La sorpresa no cabía en sus rostros.

— ¿Ash? — la voz de Eiji era pavorosa, era tanto la aflicción en su tono de voz que Ash tuvo que alzar la mirada hacia el japonés, tratando de buscar entendimiento en sus ojos marrones. Sin embargo, el juicio de Eiji estaba nublado y apartó de inmediato sus ojos con los de él.

Además, por su respuesta, el aludido estaba recibiendo miradas llenas de miedo por parte de los otros.

— Así que acompañaré a Ibe en su viaje... — tras la última sílaba, Ash cerró sus ojos rápidamente y luego abrirlos de la misma manera. De repente se sintió mareado.

Shorter, antes de que el caos comenzara, suspiró pesadamente tras la promesa que le hizo al estadounidense. Con voz profunda y decidida, captó la atención de los demás. — Iré con Ash e Ibe.

La primera en pararse tiempo después que Akira fue Nadia. Sentía su sangre helada y observó a su hermano como si le hubiera traicionado. — ¡No! ¡No, Shorter! ¡Te lo prohibo! — gritó en mandarín.

— Nadia. — Shorter le respondió en su lengua mientras la veía con dulzura. — Está bien.

— ¡¿Por qué?! ¿Realmente es necesario ir? — exclamó Sing, con palabras quebradizas.

Fue estridente el relajo que se desató por parte de los chinos, salvo por el hermano de Sing, y Akira, quien le alegaba a su tío a viva voz. Ash solamente tenía ojos para un desanimado Eiji. Aún el japonés estando cabizbajo, Ash podía apreciar su molestia y la mera frustración que emanaba de él tras apretar el agarre de su bastón.

— Concuerdo que sí es bueno ir.

De repente, el mutismo reinó en la recámara. Todos giraron sus cabezas en dirección a Lao, quien se atrevió a hablar en ese momento tenso.

— ¿Qué? — Ibe preguntó, sorprendido.

Lao se tornó serio. — En este punto no podemos darnos el lujo de vivir sin tener la mayor información sobre la guerra... sobre todo... — señaló la puerta. — Para hacerlo, hay que salir.

— ¿Es en serio, Lao? — Shorter estaba en shock. Jamás de los jamases Lao estaba de acuerdo con algo sin entrar en un conflicto.

Él asintió. — Creo que tres personas es una multitud como para ir a Hiroshima.

— Iré de apoyo. — dijo Shorter, ganándose las expresiones de horror en los rostros de Eiji, Akira, Nadia y Sing. — Es peligroso que Ash vaya solo con Ibe. Mi japonés es más fluido ahora.

Lao frunció el ceño, no quiso ahondar en la decisión de Shorter.— ¿Cómo se van a costear los gastos?

— Es no es problema, — comentó Ibe. — tengo mis ahorros para cubrir a Ash y a Shorter.

Lao nuevamente asintió.

Para Ash, esa actitud tan pasiva por parte del chino no le cuadraba aún. ¿Acaso ya confiaba en él? De todos ajenos a la decisión que tomaron entre Shorter, Ibe y él, Lao fue el único que estuvo de acuerdo de inmediato.

¿Eso significaba que era un mal plan?

Ash apartó sus malos pensamientos hacia Lao. Durante los días que han pasado con él en la casa de Ibe, él ha cambiado mucho. Quería creer que así fuera.

— ¡¡No, Shorter!! ¡¿Por qué eres tan terco?! ¡¡No irás a ese lugar!! — gritó Nadia, exaltada.

— Nadia es necesario...

— ¡¡Nunca me escuchas, Shorter!! ¡¡La vez que fuiste con Eiji a otro pueblo casi te matan los militares!! — Nadia estaba tan enojada que empezó a llorar de rabia. — ¡Te lo estoy advirtiendo! ¡Shorter!

Ibe tragó saliva al sentir sus nervios de punta. No le entendía nada a la china, pero Shorter le hacía caso omiso a sus alegatos.

— Por favor, Nadia, Shorter, hay que hablar más sobre esto. — exclamó Ibe.

— ¡¡Tú empezaste esto, tío Shunichi! — gritó Akira en japonés y con ganas de golpearlo. — ¡Solo te importa las primicias y tu cámara! ¡¡Por eso estás soltero!!

— ¡Akira!

El ambiente exasperante continuó por varios minutos sin llegar a nada. Nadia, Sing y Akira todavía mostraban lo contrariados que estaban acerca de aquella decisión no consultada por ellos. No obstante, solamente fue cuestión de tiempo que cada uno se hartara y se fueran enojados a diferentes lugares de la casa.

Ash no los culpaba, armaron un gran revuelo porque estaban angustiados. Él estaba igual de afligido pero lo que le causaba pesadumbre fue que Eiji no dijo nada durante el litigio. Cuando las aguas se calmaron y los demás tomaron su camino, el japonés solamente se levantó, declinando la ayuda por parte de Ash, Shorter o Ibe, y se marchó.

*

Eiji no tuvo la molestia de ser más callado con sus propios pasos y el golpe del bastón sobre el tatami; supo que Ash lo escuchó desde hace mucho que se estaba acercando.

Sin embargo, Eiji era una persona educada, así que cuando estaba frente de la puerta shoji donde estaba Ash, la tocó con sus nudillos, pidiendo permiso para ingresar.

— ¿Ash?

No pasó mucho en que Eiji oyó a Ash acercándose con pasos agitados y abrió la puerta de golpe.

— ¿Eiji? ¿Estás bien?

El aludido casi sonríe de la ironía. El rostro de Ash denotaba contrición por los eventos de hace rato. Aquella conversación se cortó de manera abrupta, por lo que Ash se encerró en una habitación y no había salido desde ya varias horas. Eiji entendía que Ash necesitaba su tiempo a solas y pensar.

— Sí, estoy bien. — sonrió débilmente. — ¿Puedo pasar?

Ash, extrañado por la pregunta, se apartó de la entrada y sostuvo al japonés de su brazo. Eiji no necesitaba pedir permiso, siempre era bienvenido estar con él.

— Por supuesto. — empezó a caminar despacio junto con él hacia el cuarto. — Entra, con cuidado.

Una vez dentro, Ash pidió a Eiji que esperara mientras extendía un futón para que el japonés se sentara sobre él. Al momento que ambos estaban y se vieron las caras, un sentimiento de necesidad creció en sus adentros. Era como si al verse, sus corazones se conectaron.

— Eiji... — susurró Ash mientras buscaba la mano del susodicho sin despegar la mirada con la de él. Tras palparla, Ash le dio un apretón y luego Eiji entrelazó sus dedos. — ¿Estás enojado conmigo?

— No, ya no más... — dijo con cierta timidez. — Al principio fue chocante lo que dijiste pero ahora estoy más tranquilo.

— ¿Entonces estás de acuerdo a que vaya hacia allá?

Eiji curvó sus labios hacia arriba. — Parece que me estás pidiendo permiso.

Ash parpadeó. — Es porque lo estoy.

Eiji ahora estaba sorprendido. Observó a Ash con desdén mientras procesaba toda la información. Para Eiji, nada de esto tenía sentido. ¿Por qué arriesgarse tanto en ir? Tenían las de perder si iban y, además, se iban a separar por mucho tiempo. Dicha distancia y la incertidumbre de saber que les estaba pasando no le agradaba para nada a Eiji. Sin embargo, nuevamente estaba siendo egoísta, solo estaba pensando en su punto de vista. ¿Realmente quién estaba en lo correcto?

— Quiero que seas claro conmigo, Ash. — Eiji sintió que su corazón colgaba de un hilo. — Sincérate conmigo. Dime puntualmente las razones de ir allá. Quiero escucharlo de nuevo.

Hace algunos días, la mente de Ash era un caos, debatiendo sobre las posibilidades de que todos salieron ilesos de la guerra que se suscitaba para luchar por una mejor calidad de vida. Sin embargo, el rubio fue muy iluso en pensar que el peligro solamente estaba en Japón, se había olvidado por completo que su propio país también era un coloso némesis que hizo lo imposible para humillar al pueblo nipón.

No importaba en donde estuvieran, todo el mundo estaba en peligro. Nunca mentalizó a los demás que los tiempos han cambiado radicalmente.

— Tenía varios planes por si Japón o Estados Unidos ganaba la guerra... pero, tras pensar detenidamente sobre la bomba y el Proyecto Manhattan, ahora estoy confundido... no sé a qué nos enfrentamos. — suspiró con angustiosa. — A parte de proteger a Ibe en su pesar junto con Shorter, necesito ver con mis propios ojos lo que realmente pasó... si han invadido Japón o no, si todos estamos a salvo en este país. — cerró su quijada y rechinó sus dientes. — Ya no sé qué hacer.

Eiji se percató que Ash apretó más el agarre contra su mano. Realmente Ash se sentía impotente pero también estaba sediento de conocimiento y de la verdad.

Ash era un soldado, no obstante de igual manera era un subrepticio intelectual.

— Entiendo... — Eiji bajó la mirada. — Estoy de acuerdo a que vayas...

Si el destino hubiera sido más amable con su persona, Eiji le diría a Ash que lo acompañaría.

— ¿Eiji? — el rubio intentó buscar la mirada del pelo azabache. La eufonía inherente en las palabras de Eiji que acostumbraba a oír siempre, desapareció; en vez de ello, recibió lasitud. Ash puso toda su atención en él, compungido por el cambio de ambiente tan abrupto.

— Con una condición... — dijo Eiji con flaqueza mientras sus ojos ardían. — Regresa a mí después del viaje...

Eiji fue invadido por una inmensa tristeza tras recordar cuando la Policía Militar halló la cabaña y la espantosa tortura que tuvieron que atravesar con Shorter, ansiosos por no saber del paradero de los demás. Asimismo, no pudo evitar acordarse cuando Ash se perdió en el bosque. A pesar que pudieron sobrevivir a todo ello, Eiji ya no quería más separamiento. Quería que la convivencia sea amena, despreocupados y viviendo como una familia. Eiji se sintió avergonzado porque de nuevo intentaba llenar ese vacío con personas que solamente lo consideraban sus amigos.

No podía amarrar a los otros para su propia necesidad. Eiji concluyó que los demás estaban con él por la guerra pero ahora como ya que terminó, tenían la voluntad de decidir qué hacer con sus vidas. Sentía que Ash estaba haciendo eso mismo, junto con Shorter e Ibe.

Tras no escuchar respuesta del rubio, Eiji alzó su rostro y dio un sobresalto cuando notó que Ash derramaba lágrimas.

— ¡Ash! ¡¿Por qué estás llorando?! — se alteró Eiji. Con manos temblorosas trató de hallar la manera de consolar al estadounidense.

Ash esnifó y su mirada se nubló. — Perdóname, Eiji. Te estoy haciendo sufrir por mi decisión... pero solamente quiero mantenerte a salvo.

Eiji no tenía idea que Ash también le dolía la separación. Sin embargo, Eiji nunca pudo llegar a creer que el rubio fuera vulnerable al desamparo. La vida de Ash era plena de tribulaciones y, por el fin de la guerra, en vez de expeler algunas de sus ellas, se han agregado muchísimas más.

De repente, Eiji suavizó su mirada, atrajo el rostro de Ash hacia la de él y le dio un chasquido en sus labios. — Ash... mi querido Ash. No estés triste, Ash.

El aludido ya no pudo hablar más. Toda esa situación era muy frustrante.

Sin pensarlo, Ash se escondió entre las ropas de Eiji para sollozar, buscando consuelo en él y no permitiendo que sus lloriqueos retumbaran dentro de la habitación. Solamente con Eiji podía podía ser fuerte y débil a la vez.

El japonés exhaló sintiendo cada fibra de su ser en desasosiego. Entonces, Eiji rodeaba al rubio en sus brazos y meneándose suavemente hasta que ambos se quedaron dormidos por el cansancio.

*

Pasaron tres días desde la última vez que el viaje a Hiroshima salió a colación. La estadía en esa casa era tenso. Akira gritaba cada vez que Ibe, Shorter o Ash le dirigían la palabra, ella siempre exclamaba que hasta que ellos cambiarán de opinión, ella se iba a comportar.

Asimismo, Nadia aún seguía molesta al punto de aplicarle la ley del hielo solo a Shorter. Sing intentó calmarse y entender, con la mente fría, las intenciones de los tres. Todavía no lo aceptaba del todo.

Nuevamente, Eiji era el único mediador entre todos en la casa. Lao se hacía el loco, tenía cierto miedo que si abría la boca, las peleas comenzarán otra vez.

No obstante, el día que nadie esperaba llegó. Hoy era la travesía a Hiroshima.

Eiji fue caminando, con el auxilio de Sing, al cuarto donde estaban Ibe, Ash y Shorter. Ellos estaban planeando los últimos detalles de su viaje en privado.

— ¿Te parece justo todo esto, Eiji? — dijo Sing de repente, captando la atención del menor.

— Francamente no... — suspiró el japonés, pensando cuidadosamente en sus palabras. — Pero desconocemos muchas cosas e ir todos juntos como cuando estábamos en el bosque es contraproducente. — Eiji recuerda claramente las penurias que tuvieron que atravesar y los niveles de estrés que manejó Ash en esos tiempos. Si debían huir otra vez, sería más complicado debido a que ahora se suman dos personas más. ¿Además, quién les garantiza que no habrá más bombardeos en otros lados en Japón?

— Aún así, ¿no sería mejor que exploraran aquí en Izumo y sus alrededores? ¿Hiroshima está lejos, cierto? Aquí no pasó nada, y si ocurriera algo, ¿no sería mejor estar todos para huir? ¡Separarnos no es una buena opción! ¿Para qué ir a la zona del desastre? ¿No es mejor alejarse?

— ¡Sing! — Eiji detuvo sus pasos y observó con detenimiento al chino. El japonés no tenía la suficiente voluntad para ocultar su preocupación. — ¡Lo sé! ¡Entiendo tu pesar! ¡Yo tampoco quiero esto pero debo aceptarlo! — suspiró amargamente. — Ibe-san tiene amigos viviendo allá, no sabemos nada de la guerra o que realmente pasó. Ni siquiera sabemos si lo que escuchamos en la radio sea verdad...

— Eiji...

— Por eso es necesario averiguarlo...por eso ellos se van para ver el peligro y si es conveniente irse de aquí o no... — Eiji tragó saliva. — aquí, nosotros, estamos a salvo, ¿pero por cuánto tiempo? Hay que ampliar el horizonte y determinar qué lugar es mejor.

Sing se quedó mudo, no le había pasado en su mente esa posibilidad. — De todos modos, Eiji, estoy en contra de todo esto.

Eiji le sonrió tristemente. No lo culpaba en lo más mínimo.

Fue entonces que ambos escucharon las pisadas de varias personas. Giraron sus cabezas hacia el sonido y se encontraron en el pasillo a los susodichos. Llevaban unos pequeños maletines de tela desgastada, Ibe llevaba la caja de su cámara y Ash llevaba consigo una kasa, el sombrero de paja japonés que cubría en su totalidad sus rasgos extranjeros.

Ash los vio con una ligera sorpresa. No se imaginó que se toparía con alguien tan temprano.

— ¿Se marchan ahora? — preguntó Sing, nervioso.

Ibe asintió. — No estoy seguro si debemos decirles a los demás...

— ¡Tienen que! — exclamó Eiji. La ansiedad estaba esparciéndose en sus sentidos.

— Eiji... — murmuró Shorter, caminando hacia él.

Por el bullicio provocado, el resto de integrantes se asomaron en el pasillo. Shorter no podía mentir, Nadia y Akira se veían mal; tenían ojeras, estaban pálidas y sus ojos hinchados por tanto llorar. Shorter sintió una punzada en su corazón al verlas.

Aún así, Nadia cerró la distancia entre ellos con elegancia y decisión. Su mirada estaba clavada en ellos, provocando que se sintieran cohibidos por su presencia.

— Lo diré solo una vez, así que escúchenme. — la voz de la china era impotente. — No estoy para nada de acuerdo a qué se vayan. Es estúpido y está lleno de errores su plan. — por unos momentos, Nadia mostró flaqueza. — No obstante comprendí que es necesario ir hasta cierto punto...

— Nadia, lo siento... por haberte causado problemas. — Shorter se sintió avergonzado.

La aludida negó con la cabeza. — ¿No crees que ya es muy tarde para eso? — se acercó más a su hermano y le depositó un beso en su mejilla. — Cuidense.

— Lo haremos. — contestó Ash en nombre de Shorter en virtud que se quedó anonadado.

Nadia estaba a punto de llorar. Con un largo suspiro, caminó hacia Ash y de igual manera juntó sus labios en la mejilla de Ash. — Shorter te aprecia mucho, Ash... yo confío en ti.

El rubio sintió un nudo en la garganta que solamente pudo asentir.

Shorter no pudo más y rodeó a su hermana, con sus brazos, fuertemente.

— ¡¡Yo no quiero!! — Akira había estallado en llanto. Sin esperar a que nadie la consolara, se fue corriendo hacia su tío y lo abrazó fuertemente. — ¡No se vayan, no se vayan!

Ibe suspiró cuando se percató que Sing se estaba contagiado la pena de Akira debido a que sus ojos rasgados se empezaron a llenar de lágrimas.

— Akira, no llores. — dijo Ibe con una voz suave mientras le limpiaba sus lágrimas con sus pulgares. Eso pudo calmarla un poco y solamente se limitó a sollozar. — Te prometo que regresaremos...

El niña jadeó levemente porque su mente se llenó de sorpresa. Solamente pudo asentir y se abalanzó a su tío para darle un abrazo.

Por su parte, Ash se acercó a Eiji, siendo atraído por la abrumadora angustia que padecía el japonés en silencio. Lo atrajo a su cuerpo, escondiéndolo entre sus brazos mientras que Eiji hundía su rostro en el pecho de Ash y abrazando de vuelta al rubio, tirando su bastón en el proceso.

Prácticamente Ash estaba soportando todo el peso de Eiji sobre él mas no fue impedimento en colocar una mano en el hombro de Sing, quien no se encontraba lejos de él.

Sing por su parte tenía sus ojos cristalinos cuando se fijó en el rostro de Ash.

— Escúchame, Sing, si en un mes no volvemos, danos como muertos. — susurró Ash solamente a Sing y a Lao.

Eiji apretó su abrazo y tembló un poco. Él ya sabía sobre ese plan.

— ¡¿Qué?! ¡Estás loco! — exclamó Sing, intentando mantener el murmullo. Lao también se mostraba sorprendido.

El rostro de Ash encareció de emociones. — Lo hablamos con Shorter e Ibe sobre esto. No quiero divagar tanto en ese lugar y tenerlos a ustedes angustiados por nuestro paradero. — explicó Ash al mismo tiempo que espiaba a que nadie más escuchara. — En lo peor de los casos, si pasara eso y aquí ya no es seguro vivir, huyan.

— Ash... — simplemente Sing no lo podía creer.

— Es en serio, Sing, Lao... ustedes son los encargados de cuidar a todos mientras no estemos. — posó su mano sobre su abdomen. — Nosotros llevamos pistolas entre nuestras ropas pero ustedes se quedan con las demás que eran del Ejército Japonés que atacó la cabaña. — su rostro se endureció aún más. — Ustedes saben cómo usarlas.

Sing tragó saliva. Él apenas tenía ya once años, ¿acaso iba ser capaz de ser líder?

— De acuerdo. — contestó Lao, vacilante.

El rubio suspiró. No le gustaba nada de esto. Nuevamente, ¿qué otra opción tenían?

Ash escondió su rostro en los cabellos de Eiji e inhaló su aroma. Se convenció a sí mismo que no sería la última vez que iba a hacer eso. Regresaría a Eiji, tal y como había prometido.

***

Los primeros cuarenta kilómetros fueron los más tediosos yendo a pie. Al no estar ya acostumbrados a recorrer largas distancias caminando, todos sentían que sus piernas palpitaban del dolor. No obstante, la cuarta parte del viaje no había sido tan sufrida en virtud que, durante el trayecto, hallaron unos buenos samaritanos les ofrecieron transporte gratuito. Eran una pareja de ancianos llevados en un carruaje simple, vieja y grande, jalado por caballos, que también dirigían a la frontera de Iinan.

— ¿Aún quieren ir más allá? — preguntó el anciano, echando un vistazo a los asientos traseros del carruaje. Le dirigía la palabra ya sea a Ibe o a Shorter. Desde un principio, este par mintió a los ancianos viajeros que Ash era ciego y sordomudo y que era inútil hablar con él. En ese sentido, Ash actuaba su papel verosímil; se quedaba estático en la misma posición durante horas, no dejaba que sus ojos verdes se echaran a ver, así que permaneció cabizbajo, viendo fijamente la nada, y dejara que la kasa hiciera su trabajo cubriendo su rostro.

— Sí, nuestro viaje será muy largo. — afirmó Shorter en japonés. Los japoneses no tomaron importancia su acento.

El otro anciano se sorprendió levemente. — ¡Vaya! ¿A dónde se dirigen exactamente? Escuché que por esos lares está peligroso.

— Cerca de Hiroshima. — no dio muchos detalles Ibe. No debían y ni tenían el derecho de saber. Además, tomar fotografías sobre las postrimerías de una batalla, o en este caso, sobre la guerra misma.

Ambos ancianos quedaron en shock.

— ¿Qué dijo? ¿Hiroshima?

— ¡Deben estar dementes! Ahí no hay nada placentero de ver!

Ibe suspiró y forzó una sonrisa. — Tenemos asuntos pendientes por ahí.

La conversación no se desarrolló más. Los ancianos solamente se vieron las caras no muy convencidos. Simplemente lo dejaron pasar y el resto del camino hablaron de cosas triviales. En ocasiones, Shorter animaba el ambiente con un chiste terrible para los oídos de Ibe, o anécdotas que tuvo entre Sing, Eiji o Ash, claro está que omitió sus nombres. Las personas de avanzada edad se reían a carcajadas, incluso llegaron a derramar algunas lágrimas junto con Shorter.

Ibe estaba agradecido por ello, por lo menos iba a distraer a esos japoneses para que no tuvieran la mente ocupada en sospechas hacia ellos. En su parte Ash, se le calentaron sus orejas. A pesar que no entendía absolutamente nada, estaba segurísimo que Shorter se burlaba de él.

Pasaron cuatro días y tres noches para salir de Izumo, sumado a otros dos días que se tomaron a pie. Ash se sentía ansioso en pensar que casi llevaban una semana de viaje y ni siquiera estaba cerca de Hiroshima. La Provincia de Iinan era pequeña, el rubio esperaba un ritmo más acelerado los próximos días.

Los ancianos se despidieron amenamente, en especial a Shorter en virtud que pudo crear lazos con ellos en tan corto tiempo. Fue entonces que el viaje se volvió arduo nuevamente. Las risas y el buen ambiente se apagaron. Todos estaban concentrados en seguir adelante hasta que sus cuerpos aguantaran. Una situación que se percató Ash fue que con los ancianos no atravesaron los pueblos aledaños debido a que el camino no estaba espantoso y había oportunidad de disfrutar el paisaje. Incluso llegó un punto que pudieron comer frutas silvestres y beber agua del río, sin entrar en conflicto con los pueblerinos.

Caminar como medio de transporte era duro pero podían apreciar mejor como estaba la situación en Japón.

Mientras más se acercaba a Hiroshima, peor se ponía el panorama.

El nivel de pobreza en el país era notorio. Normal era ver gente tirada en el suelo sin hacer nada, otros pidiendo limosna a los transeúntes y niños llorar de aburrimiento o de hambre. Era un desamparo total.

Cuando llegaba la noche, acordaron en dormir por turnos, tres horas cada uno, en casas abandonados, porque tenían miedo que los asaltaran y no querían correr el riesgo de usar las armas y causar un problema muchísimo mayor.

Fue así que en la noche del décimo segundo día, aún en jurisdicción de Iinan, Ibe le tocó dormir. Solamente su cabeza palpó el frío suelo de paja de una casa deshabitada y durmió profundamente hasta roncar.

Supuestamente, Ash también debía dormir pero estaba inquieto desde hace días y no podía discutirlo libremente con Shorter. Cuando vio esto como una oportunidad, la aprovechó sacrificando así su sueño.

— Shorter, hay algo que no me cuadra. — susurró Ash, sin causar estupefacción en el aludido.

Shorter, con el rabillo del ojo observó que Ibe estaba bien noqueado. — ¿Sobre qué, Ash?

— No es que le guarde recelo pero los verdaderos motivos de Ibe... son muy eclécticos y me confunden. — habló con la mirada baja. Luego la alzó, buscando entendimiento. — ¿Sientes lo mismo?

— Sí. Primero dijo porque tiene amigos viviendo ahí y después por las fotografías. Quizá es ambas cosas pero no encuentro un compromiso fuerte. Como si sus pensamientos están dispersos.

Ash suspiró, procurando de calmar sus tensos músculos. No lo consiguió. — Debe estar confundido. — no lo culpaba, él también se siente igual.

— Posiblemente, Ash... pero necesitamos concentrarnos nosotros. Hemos llegado muy lejos como para hacernos para atrás.

Ash cerró los ojos, intentando en no pensar en nada, en especial en extrañar a Eiji.

Aún así, Ash agradeció que no hubo novedad en las casas abandonadas que durmieron. Nadie estaba interesado en ellos, es más, hasta cierto punto les tenían miedo.

Durante los días restantes, Ash no ha sido atacado con pesadillas. No se cuestionó al respecto porque el mero viaje a Hiroshima de por sí ya era una pesadilla viviente. Fue entonces que el rubio tuvo nuevas conclusiones acerca del territorio nipón: el apoyo a los pueblerinos era nulo, tanto a nivel nacional como internacional. Ni siquiera había indicios de una toma de tierras por parte de los países Aliados. Nada.

Todo estaba en completo abandono, a pesar que no estaban en la Provincia de Hiroshima.

Ibe no había sacado su cámara por nada del mundo. La estaba guardando para cuando estuvieran en Hiroshima. Ese era el punto más crítico y lo que añoraba en estar ahí con todas sus fuerzas. En ningún momento, Ibe mostró momento de debilidad ante Ash y Shorter.

Finalmente, tras ubicarse en la frontera de ambas provincias, las energías llenas de adrenalina de todos se elevaron.

Pronto estarían cerca de su destino pero eran ignorantes a lo que les esperaba.

— ¡No puedo creer! ¿¡Ya estamos en Hiroshima!? — dijo Shorter, entrecerrando sus ojos.

A simple vista, la ciudad pareciera que estaba normal. Algunos edificios y casas estaban destruidas pero no era como la descripción que Ash temió en decirles.

No obstante, algo que Ash notó de inmediato era que todo estaba desolado.

— No hay que bajar la guardia. — sentenció Ash con su voz firme. — No sabemos qué habrá más adelante. No se separen.

Ibe se miraba más ansioso que nunca; sus manos sostenían firmemente la caja de cámara al punto que empezó a crujir.

Caminaron a paso lento, firme al principio pero luego se tornó vacilante cada vez se adentraba a la ciudad. Los escombros y la falta de gente asustó a todos. Sabían que algo extraño pasó en el lugar pero el desastre que lo causó no dejó suficiente evidencia para determinar plenamente que sucedió.

Fue hasta que escucharon la corriente de un río que cambió toda la perspectiva de ese viaje. Al principio no les tomó mucha importancia el sonido en virtud que se oía normal. Por simple y llana costumbre todos inclinaron sus cabezas para mirarlo fijamente.

De por sí había silencio entre ellos, pero ese mutismo se aunó con horros de consuelo tras apreciar cuerpos flotando sobre el río.

Todos se paralizaron de miedo. Los cadáveres tenían la piel morena y colgante, como si se hubiese derretido y quemado, así como los ojos de algunos estaban saltones o exhibían sus cuencas. Las ropas a penas los cubrían y los cabellos de todos estaban crispados.

Pero lo más perturbador eran las expresiones con las que murieron: llena de angustia y desconsuelo.

Ash vagamente lo relacionó como Dante había sido testigo de las penurias de sus propios yerros de los pecadores en el infierno por haber satisfecho los deseos carnales.

— ¿Q-Qué les... pasó...? — Shorter sintió su lengua pesada. Aún estaba en shock por la impresión.

Ibe no se atrevió a tomar fotografías. Estaba asustado.

Ash alzó levemente su cabeza y se dio cuenta que los cadáveres los llevaba la corriente, muy posiblemente lejos de donde estaban.

— Debemos seguir. — susurró Ash, desviando su mirada. Podía decirse que él poseía nervios de acero pero no podía ser indiferente a sus propios sentimientos. Quería quebrarse en ese momento.

— M-Miren...

Ibe murmuró de repente. Por fin, había una persona, cojeando y avanzando sin rumbo. Simplemente su mirada estaba perdida y la expresión era algo que no podía describir. Por un fuerte impulso, Ibe sacó rápidamente su cámara y le tomó una fotografía.

 Por un fuerte impulso, Ibe sacó rápidamente su cámara y le tomó una fotografía        

— O-oye... — intentó llamar la atención Shorter pero fue ignorado.

La persona se fue sin más. Todavía anonadados, Ash, Shorter e Ibe estaban dudosos si ayudarlo o no.

No obstante, cuando ya no estaba a su vista, los hombres se sintieron compungidos. Después de un tiempo, arrastraron las suelas de los pies, continuaron caminando ante el sendero cubierto de escombros.

***

Exactamente veinte días les tomó en llegar en la zona en donde vivían los amigos de Ibe. Durante el viaje, nadie pudo dormir por el ambiente tan lúgubre que emanaba el lugar. No fue hasta pasar el puente Miyuki que comenzó el verdadero horror de las secuelas de la guerra. Lo más increíble es que estaban lejos del hipocentro de la detonación de la bomba.

Miserablemente, Hiroshima era la quintaesencia de lo funesto.

La muchedumbre se había aglomerado en los hospitales y centros de salud provisionales. Era un desafío en no perder la cordura con toda la gente, confundida buscando a sus familiares, otros heridas, moribundas o muertas en la que antes eran considerados calles.

Ash, Shorter e Ibe se sentían incómodos por lo hostil que era pasar por las personas. No obstante, absolutamente nadie le tomaba importancia a los foráneos que habían llegado. Fue entonces que Ibe aprovechó a tomar una fotografía.

— No sé ve ningún puesto que den información sobre la nómina de víctimas o heridos. — exclamó Ibe con cierto temblor en su voz.

Ash observó a su alrededor y sintió escalofríos en su espina dorsal. — Debemos preguntar adentro por los nombres de sus amigos, Ibe. Posiblemente alguien los conoce o estén aquí.

— Entonces, debemos separarnos. — sugirió Ibe.

— No. — respondió tajantemente Ash. — Hay que estar juntos en la búsqueda. No quiero que alguien se pierda, en especial aquí.

Shorter tragó saliva y observó la escena con aprensión por una posible disputa entre ellos.

— De acuerdo... — murmuró Ibe, sintiéndose mal.

Ash relajó su ceño fruncido y desvió la mirada. — Debemos entrar...

Solo con el primer paso, ellos sintieron sus piernas iban a desfallecer. Fueron recibidos por gritos, gemidos y alegatos llenos de dolor. Nuevamente, ellos estaban perplejos, al punto que contemplaron el panorama por unos minutos.

Ibe fue el primero en salir del trance y, con movimientos escuetos, sacó su cámara y plasmó lo que veían sus ojos. El japonés estaba asustado, jamás había visto heridas como los de ellos y aún no podía imaginar el tipo de bomba que fue detonada. Según Ash, con la misma ráfaga podía dañar considerablemente a cualquiera cosa o persona que estuvieran a su paso. Según los pueblerinos de Hiroshima, la bomba cayó muchísimo más lejos de ahí.

Aprovechándose del trance, Ibe empezó a tomar fotografías alrededor de dónde estaba. Sus dedos temblaban por cada vez que apretaba el botón.

 Sus dedos temblaban por cada vez que apretaba el botón        

Giró su rostro ante los gritos estridentes de un niño.

Giró su rostro ante los gritos estridentes de un niño

Cerca de él, había otro niño viéndolo fijamente. Ibe se conectó con él entre el lente de la cámara y sonó un click.

Shorter respiró con irregularidad        

Shorter respiró con irregularidad. A pesar que seguían vivos de aquella bomba de destrucción masiva, los ojos de todos y cada uno de las sobrevivientes estaban apagados, sin vida ni esperanza, que a veces, el chino tuvo que observarlos detenidamente para asegurarse si se habían fallecido o no.

Ash cerró sus ojos y pasó una de sus manos en su rostro. A pesar que era un soldado, su mente era un caos. Realmente, lo que estaba presenciando, a todas esas víctimas, pareciera como si la misma muerte los hubiera besado, reservándolos para llevarlos luego. Eventualmente, todos y cada uno de ellos iban a morir.

Antes de que Ash pudiera preguntar sobre a quienes debían de buscar, todos, a pesar del bullicio, escucharon una débil voz entre la multitud.

— Shunichi...

El aludido se tensó de inmediato que le dio cierto calambre en su cuello.

— Shunichi...

— Es ahí. — apuntó Shorter, en una esquina donde estaba los más lastimados del lugar.

Ibe jadeo con desespero tras distinguir a quién le pertenecía esa voz.

— ¡¡Eiko!! ¡¡Eiko!!

El japonés corrió como si no hubiera un mañana y sin gente de por medio. Pasó empujando a varios de pasillo pero le importó un bledo. Ash y Shorter fueron abandonados pero rápidamente le siguieron el paso a Ibe.

Ibe se arrodilló al no más estar cerca de Eiko. Ella estaba acostada en el suelo y a penas sus heridas habían sido tratadas, varias de ellas ya estaban infectadas pero no invadidas por larvas como algunos pacientes del lugar.

Cuando Ash y Shorter se acercaron, intentaron no jadear. El rostro de la mujer estaba desfigurado.

— Shu... ni... chi...— pronunció Eiko con dificultad debido a que su labio superior colgaba y se metía dentro de su boca.

Ibe sintió un fuerte golpe en su corazón e inmediatamente empezó a llorar a mares. Sus lágrimas rodaban sobre sus mejillas y empapaban el rostro de Eiko.

— ¡No puedo creerlo! ¡Eiko, perdóname! — gimió Ibe. — ¡Perdóname! ¡Nunca debí dejarte aquí! ¡¡Debí llevarte conmigo a Izumo!! ¡Fui un cobarde!

Eiko sonrió suavemente. — Yo te dije que... no estaba enojada en que te fueras... entendí tu dolor... y la de Akira-chan... cuando perdieron a Eiji-kun... necesitaban tiempo de asimilar los bombardeos de Tokio y tu ciudad... y yo... debía cuidar a mis padres... no querías ser una carga... — exhaló con dificultad y abrió grandemente sus ojos. Dolía mucho respirar. — Siempre supe... que vendrías por mí algún día... Shunichi... a pedir mi mano...

Shorter sollozó mientras giró su cabeza a ver a otro lado. Sus ojos empezaron a humedecer tras escuchar a Ibe llorar más fuerte. Ash se mordió el labio inferior y desvió la mirada.

— Llegué tarde... — murmuró Ibe entre sus llantos.

No obstante, Eiko nunca se le borró la sonrisa en su rostro. Buscó con dificultad la mano de Ibe pero solamente podía mover sus dedos. Ibe notó las intenciones de Eiko y tomó su mano con delicadeza.

— No... llegaste a tiempo... estás aquí... conmigo... — inhaló entrecortadamente. — Solo yo sobreviví... pensé que estaba sola...

Ash suspiró con pesar sin entender lo que decían pero Shorter ya no aguantó sus lágrimas, lloró en silencio.

— Eiko...

— Mis ojos solo han visto horrores... — dijo con languidez. — pero por fin... me puedo deleitarme en ver a alguien hermoso.

Ibe se rubizó y sonrió. — Eres hermosa...

Ella suspiró, sintiéndose amada por el hombre de su vida. Por tal abrumadora sensación, Eiko lloró.

El estadounidense y el chino permanecieron al lado de Ibe durante todo el día. Un médico les comentó que los tipos de paciente como Eiko ya no recibían atención médica debido que eran los más vulnerables en morir. Shorter se molestó un poco luego de traducirle a Ash lo que dijo el médico pero Ash le hizo entrar en razón.

— Con escasez de suplementos médicos, deben de administrarlos de la mejor manera posible y no "desperdiciarlo" en personas cuya expectativa de vida es nula, Shorter.

Shorter negó la cabeza. Aún podía ver a Ibe acariciar los cabellos de Eiko.

— Todo esto... — susurró, sintiendo un nudo en su garganta. — Es una mierda...

Al día siguiente, Eiko falleció a las nueve y treinta de la mañana.


DATOS A CONSIDERAR

- El proyecto Uranio de Alemania consistía en el desarrollo de energía nuclear para la fabricación de una bomba atómica. El encargo de la investigación fue Werner Heisenberg. Al final de la guerra en Europa como parte de la Operación Epilepson,  él y con otros nueve científicos, fue internado en una casa de campo llamada "Farm Hall" en la campiña inglesa. No sé sabe con exactitud si retraso la investigación o no, pero se tiene sospechas que lo confirman debido a que resolvió las fallas de la elaboración de la bomba dos días después de la detonación en Hiroshima y también, tras allanamiento de los laboratorios alemanes usados para el proyecto, Estados Unidos halló los informes de Heisenberg y, claramente, lejos de obtener éxito con el mismo, si hubiese tenido un esfuerzo mínimo para resolver el problema, lo hubiesen logrado debido a que poseían los materiales para hacerlo. 

- En los últimos dos años de vida de Einstein, escribió dos cartas dirigidos a su amigo científico japonés Seiei Shinohara, expresando su profundo dolor y arrepentimiento por las bombas atómicas lanzadas en su país

En los últimos dos años de vida de Einstein, escribió dos cartas dirigidos a su amigo científico japonés Seiei Shinohara, expresando su profundo dolor y arrepentimiento por las bombas atómicas lanzadas en su país. La existencia de estas cartas fueron reveladas por la hija de Seiei setenta años después de haber sido escritas. 

NOTAS:

NOTAS:

- Primero, lamento la demora. Estas semanas la vida no ha sido muy amable conmigo x.x 

- He puesto nuevas portadas en todos los capítulos de la historia, ya sea que tienen relación sobre los eventos que se desarrollan en ese capítulo o sucesos que pasaron más o menos en las fechas que he escrito en ese capítulo, así simultáneamente podrán tener un panorama más amplio de la guerra y no solo quedarse con lo que pasa en Japón.

-Otra cosa que lamento de antemano es si a alguien ha sido ofendido por las imágenes de la guerra, en especial las de Hiroshima. Pido disculpas, estuve pensando si ponerlas o no pero era algo que pensé publicarlas desde un principio de la historia y, como revise las reglas de Wattpad, decidí cambiar la clasificación a contenido adulto. No sé si alguien o el propio Wattpad denunciará las imágenes o el propio capítulo (Veremos.)   Desde un principio, este fanfic ha tenido como objetivo contar una trama ficticia pero con eventos reales de la historia (incluso a educar en cierta manera). Jamás lo he hecho para fomentar el odio o el morbo de Segunda Guerra Mundial ( he intentado de "suavizarlo" hasta cierta medida, porque ese no es la razón de ser de Extranjeros).

Al final, es contar con la verdad de los hechos. Hay que conocer nuestra historia como humanidad para no volver a repetirla. Fue brutal, sádico  y violento pero lamentablemente así pasó.

Por último, los nombres de los amigos que Ibe mencionó si son parte de los personajes del fandom de Banana Fish. Salen en Fly the Boy in the Sky. En realidad, Eiko es la novia de Ibe :3

 En realidad, Eiko es la novia de Ibe :3