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Un fuerte impulso recorrió en las piernas de Ash, que no dejó pasar ni un segundo en ponerse de pie y correr hacia Ibe. Sus sentidos estaban tan agitados que su respiración era entrecortada y elaborada por medio de su boca.

Ibe dio un paso atrás mientras juntó sus dientes con nerviosismo. Vio venir a un estadounidense de casi dos metros, abalanzándose a él y apretando sus hombros con ambas manos. El pobre japonés tragó saliva para reprimir un gritito.

Sin embargo, Akira fue quien gritó sorprendida a su nombre. — ¡Waaa!

— ¿¡¡Shunichi Ibe!!? ¿Ese nombre es común entre japoneses? — emitió rápidamente sus palabras dejándole sin aliento.

Ibe estaba anonadado. Las facciones del rubio eran ceñudas. Lo tenía frente a frente, hasta podía sentir su aliento desesperado. — N-no, sólo yo me conozco con ese nombre...

Por su parte, Akira estaba muy confundida. Hablaban muy rápido.

Fue entonces, el rostro de Ash se iluminó. — ¡Eres el fotógrafo!

Ibe jadeó y sus ojos brillaron de ilusión y su voz se tornó más chillona. — ¡Sí! ¡Sí! ¡Soy fotógrafo! ¿Acaso por mis fotografías son famosas en Estados Unidos?

Ash cayó en la realidad rápidamente y se asustó por la actitud que tomó momentos atrás. Por lo general, él era una persona desconfianza. Le tomaba mucho tiempo en construir llaneza con personas desconocidas, aún si eran amables hacia su persona.

Sin embargo, con Ibe fue muy diferente, no vaciló en enseñar su verdadero ser sin ser estoico de por medio. En aras de no quebrarse su cabeza, Ash velozmente concluyó dos hechos: Akira, la niña que pudo tener una conexión fidedigna tras los previos sucesos de conocerla; su mera presencia hizo que Ash dejara caer su fachada. Además, el segundo hecho era Eiji. Ese hombre japonés y él compartían un pasado. Eran amigos desde que Eiji era pequeño, incluso Ash podía juzgar que Eiji admiraba a Ibe por las pocas veces que ha hablado de él.

A pesar que no sabía o había interactuado con Ibe, Ash decidió jugársela y arriesgarse. Ambos, Akira y Eiji confiaron en él. La niña por ser su tío y Eiji por ser su mentor. Ash esperaba que la imagen de Ibe que proyectó Eiji cuando hablaba de él no haya cambiado en estos tiempos de guerra.

Ash, con más confianza en sí mismo, aceptó que Ibe era de fiar.

—¡Ah! — Ash rodó sus ojos, tratando de sonar desentendido. — Realmente no lo sé, pero he visto algunas piezas que ha tomado... de muchos años atrás.

— ¿En serio? — Ibe empezó a preguntarse cuando Ash le iba soltar sus hombros. — ¿Cuáles si me atrevo a preguntar...? Porque las fotos que tomé en Estados Unidos eran de las calles de Nueva York para tarjetas postales. Coloqué discretamente mi nombre en las fotografías pero jamás imaginé que alguien lo viera.

Ibe sintió la mirada intensa de Ash. — No fue en Estados Unidos. Fue aquí en Japón.

— ¿Qu-ué? — titubeó Ibe mientras sudaba frío. — ¿En dónde? — preguntó a pesar que Ash le indicó la ubicación.

Ash le respondió pacientemente, sin presionar mucho a Ibe. — En una cabaña dentro las playas de Izuno. Había muchas fotografías que usted firmó sobre una familia: los esposos, el hijo mayor y la hija menor y varias de competencia de salto de garrocha.

Las facciones de Ibe se ensombrecieron, percatandose de lo extraño que se tornó la conversación. — Imposible, mi nombre en las fotografías está en japonés... ¿Cómo sabes que ese es mi nombre?

Ash sonrió ampliamente. — Porque me lo dijo el chico que aparece en las fotos, y quien era dueño de la cabaña mencionada: Eiji Okumura.

— ¡Okumura-san! — estalló Akira, haciendo que su grito se escuchara afuera de la casa.

Aún por su imponente tamaño y altura, no intimidó a Ibe agarrar a Ash del cuello de su yukata y levantarlo levemente. Ash estaba asombrado por la esperanza y determinación que reflejaban los ojos de Ibe.

— ¿Está vivo? — la voz de Ibe fue ronca y a punto de quebrarse. Frunció el ceño para no permitirse llorar enfrente del soldado.

Ash asintió, proyectando las mismas emociones de Ibe. — Pero está lastimado. Necesita atención médica para un esguince.

Ibe jadeó al igual que Akira, quien se cubrió su boca con sus manos.

— ¡¿Cómo?!

— No hay tiempo para explicar. — dijo Ash, apartando las manos de Ibe de sus ropas. — Lo único que puedo decir es que él no está solo. Hay otras personas que estamos juntas.

Akira respiró profundamente pero no evitó que su rostro palideció. — ¿Otras personas? ¿No solo tú y Ei-chan...?

Ash, confundido, asintió. — Somos 6 en total, incluyéndome.

Akira jadeó. — ¿Quién tomar los peces y frutas que yo dejo?

— ¡¿Qué?! ¡¿Ibas hacia la montaña a dejar alimentos sin mi consentimiento, Akira?! — maldijo Ibe en japonés. — ¡Pudiste haberme dicho! ¡Ese lugar es peligroso, incluso ir acompañado!

El rubio se le vino a la mente las provisiones que Shorter siempre llevaba hacia el refugio. Ahora tenía más que claro que era la comida que Akira dejaba. Por un momento, Ash estaba molesto en virtud que le prohibió rotundamente a Akira que nunca jamás regresara a la montaña, muchísimo menos en el lugar donde la abusaron. Sin embargo, por el horror que se dibujaba en el rostro de la niña no le daba cabida en estar enojado por mucho tiempo. Aún por los regaños del japonés, Akira estaba más preocupada por otra situación.

Sin dilatar más su pena, Ash contestó rápidamente antes que Ibe siguiera con su sermón. — Sí, uno de nuestros acompañantes recogía la comida. Ahora que dices que fuiste tú quien dejó esos alimentos, todo tiene sentido.

A pesar de sus palabras confortantes, Ash no consiguió en borrarle la angustia a Akira. Una emoción pesada de desdén pasó por sus sentidos, haciendo que su cuerpo se tensara.

— Fue él quién me escribir gracias...— la última palabra Akira la pronunció en japonés. Bajó la mirada y tembló un poco. — He dejar comida pero nadie la recoge...

Ash le tembló la quijada. — ¿Nadie la recoge? Pero si Shorter todos los días recogía las provisiones que dejabas durante un mes. — los ojos de Ash se dilataron. — ¿Cuándo fue la última vez que dejaste comida?

Akira cubrió su rostro y negó con la cabeza. — Tres días.

Ash sintió que un balde de agua fría le fue echado. Estuvo separado de los demás sin que ellos supieran sobre su paradero. Su peor pesadilla se volvió en realidad. El miedo invadió la mente de Ash.

—¡¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?! — demandó Ash a Ibe, gritándole a todo pulmón.

Ibe, quien se sobresaltó y tuvo pavor que alguien de fuera pudo haber oído los gritos en inglés del rubio, se acercó a él y le cubrió la boca deliberadamente. Ash frunció el ceño y exhaló enojado a través de la nariz, sin tener intenciones de disminuir su adrenalina. Ibe también estaba apenado, por lo turbio que se tornó el ambiente.

— Tres días... exactos...

El mundo se le hizo añicos a Ash. Por esos días, los demás no supieron nada de él y la mejor respuesta lógica fue que todos huyeron y lo dejaron atrás, exponiéndose de nuevo al peligro. Mientras más tiempo pasara, menos sería la esperanza de hallarlos.

Ash corrió hacia la puerta con su mente nublada de cualquier razonamiento. Todavía estaba frágil porque se tambaleó durante el trayecto. Ibe, con reflejos rápidos, agarró con fuerza a Ash y frenó sus pasos.

— ¡No salgas! ¡Estás herido!

Ash le hacía caso omiso, no pudo ocultar su lamento de su cara mientras luchaba con Ibe.

— ¡Suéltame! ¡¡Debo encontrarlos!! ¡¡No los puedo abandonar!! — la voz de Ash era ahogada. — ¡¡Deben saber que estoy vivo!!

Ibe dejó caer su mandíbula pero no aflojó su agarre. — ¡Morirás si sales ahora! — atrajo más a Ash hacia su cuerpo tras sentir que el rubio forcejeaba. — ¡Afuera hay pueblerinos japoneses! ¡Cerca hay un templo sintoísta... y créeme que no estarás a salvo si te ven! Ni nosotros ni nadie...

Akira estaba aterrada y con la mente en blanco. No sabía si era lo correcto decir algo o mostrar una actitud valiente.

Por otro lado, Ash cayó en cuenta la verdad de los hechos remitidos por Ibe. Fue tanto su impotencia y rabia que gruñó entre dientes y golpeó la pared de madera de la casa, rajandola.

Ibe aún lo sostenía en sus brazos, temblando de cólera.

— ¿Cómo fue... la forma en que me trajeron acá? — susurró Ash, intentando calmarse.

— En una carreta, cubriendote con leña y hojas.

Ash ladeó su cabeza y se concentró en las facciones aturdidas de Ibe. — ¿Alguien sospechó?

— Hubo gente que se le quedó viendo a la carreta y unos se ofrecieron a empujarla conmigo. Posiblemente les pareció extraño mi comportamiento. — dijo Ibe con pesadez. — Empezaran a sospechar si hago lo mismo hoy e ir montaña arriba.

Ash estaba en una encrucijada. Estaba confinado a esas cuatro paredes que solo Dios cuánto tiempo estaría allí. El lugar era peor que la cabaña, no en el sentido que el hogar Ibe no era acogedora, sino porque no podía moverse con libertad. En la cabaña de la playa, Ash se ponía una kasa en su cabeza y no había problema alguno en levantar sospechas. Sin embargo, el panorama cambió drásticamente. Estaba atrapado en un pueblo, donde hay ojos y orejas por doquier. Cualquier movimiento en falso y seguramente alguien esparcirá el chisme en un santiamén. Ash gruñó tras recordarse de su hogar en Cape Cod, la gente y la forma de vivir era como un pueblo cualquiera, como el de que Japón. Entrometidos, amantes de los cotilleos y desconfiados a morir.

Ash daba por asegurado el dicho: pueblo pequeño, infierno grande. Está vez no podía salir de esta tan fácilmente. Lo peor de todo es que no tenía tiempo para pensar.

— Yo ir.

Ash se sobresaltó tras apreciar el mal inglés de Akira. Sin embargo, el significado de dichas palabras lo dejaron con su mente en blanco. Desvió su mirada hacia ella y se encontró con una expresión decidida por parte de la japonesa.

Antes que el rubio pudiese responder, Ibe intervino. — No.

— ¡Pero tío Shunichi...!

— ¡Absolutamente no! — soltó a Ash para luego dirigirse a Akira. Se hincó frente de ella para estar a su altura. — Es muy peligroso, Akira... no sabemos si él dice la verdad. Aún si lo fuera, no sabemos en qué parte del bosque está. — la agarró de sus hombros. — Te has perdido en el bosque una vez. No quiero que se repita.

Akira frunció el ceño, quedando decepcionada por su tío y su poca fe.

— El estadounidense es confiable, tío Shunichi. — dijo Akira con una voz seria, que ni siquiera el propio Ibe había escuchado en ella. — Si hay una posibilidad de encontrar a Okumura-san entonces lo haré. No te preocupes, no me perderé.

Ibe estaba anonadado. No hallaba las palabras para contestarle a su sobrina en virtud de sus palabras llenas de determinación y su rostro que reflejaba coraje. Desde que perdieron el rastro de Eiji ya casi un año atrás, Akira se sumergió en una terrible depresión. No comía, lloraba todas las noches y siempre quería estar en cama. Con el pasar de los meses, mejoró su estado de ánimo, pero solamente un poco. No fue hasta el día que se desapareció un día completo cuando fue a recolectar comida en el bosque y regresó en un estado de pánico pero al día siguiente, estaba más animada y alegre al punto de levantarse temprano y hacer sus quehaceres, llevándose consigo una canasta que jamás vio regresar.

Ibe no quería preguntar pero tenía una corazonada que ese cambio drástico en ella lo provocó el rubio que estaba en su casa.

Por otra parte, Ash estaba confundido, por la discusión en japonés que tenían tío y sobrina y, agregado a ello, sobre si dejar a Akira aventurarse sola era buena idea o no. Según ella, había dejado comida todos los días durante un mes y fue Shorter quien lo tomaba. No tenía idea si Shorter sabía sobre la existencia de Akira; tampoco no sabía si Akira pudiera dar con el paradero de los demás. Ellos ya eran más precavidos en ocultarse. ¿Podría una niña de aproximadamente ocho años en encontrarlos? Y si lo hacen, ¿Podrá convencerlos? Porque Lao era el único, aparte de él, que sabía sobre Akira, excluyendo que los otros no han visto a ella merodear cerca de ellos. ¿Será posible que Lao niegue todo y vea esto como una oportunidad de deshacerse de él? ¿Lao sería capaz de apuntar nuevamente con el arma a Akira si la ve nuevamente? ¿Lao tendría el valor de matarla?

— ¡Hey! — el rubio contornó las facciones de Akira con sus ojos. El rostro de la pequeña mostraba compungido, dirigiendo su mirada directamente hacia él. — Ya no hay peligro.

Por un momento Ash no comprendió. Luego, solamente le tomó unos segundos en percatarse a qué se refería la pequeña japonesa. El peligro era el hombre que él mató. Para Akira, Lao no representa una amenaza. Lao era un amigo.

Además, Ash estaba olvidando un punto clave e importante en todo este embrollo: si Akira los encuentra, Eiji estará ahí también y la reconocerá, o en caso contrario, ella lo reconocerá a él. Una relación autónoma que nació antes que todos ellos se conocieran. Eiji impedirá que le hagan daño a Akira y viceversa.

— Sí... no hay peligro, Akira. — respondió Ash con una sonrisa en su rostro. A la aludida se le iluminó su rostro.

— ¿Peligro? — preguntó Ibe, sintiéndose desubicado. — ¿Qué quieren decir?

— Ibe... — interrumpió Ash de inmediato antes de que el japonés hondara con su cuestionamiento. —, sé que me acaba de conocer y que Akira me ha visto poco pero créeme al decir que ella tiene razón... ella podría buscarlos. — El japonés frunció el ceño y fulminó con la mirada a Ash. Sin dejarse opacar con las amenazas silenciosas de Ibe, Ash continuó. — Ella conoce la montaña, creo que mejor que usted y yo... yo le puedo indicar dónde estamos escondidos.

— Ella no irá a ninguna parte. Yo iré a buscarlos.

Ash suspiró. — Sin ofender Ibe, pero creo que no va a aguantar el camino.

El aludido le hizo mala cara.

— Tío Shunichi, quizá me tope con el amigo de este hombre. Conocí a otro la primera vez que nos vimos... — explicó Akira después de halar las ropas de su familiar para llamar su atención.

— ¿Otro? ¿Otro hombre? — escupió sus palabras rápidamente. — ¿Akira conoció otro de tu grupo?

Ash asintió. — Su nombre es Lao.

— ¡¿Es chino?! — gritó Ibe, asustado.

No obstante, Ash habló rápidamente antes que saliera a la luz un posible prejuicio por parte del japonés. — Todos son chinos, a excepción de Eiji. — observó el shock dibujado en el rostro de Ibe. — Todos ellos fueron rescatados por Eiji, al igual que a mí. — Ash quiso explicar lo más breve posible, el tiempo ahora valía oro. — Yo soy un piloto aviador de las Fuerza Aérea Militar de los Estados Unidos que naufragó en las playas cercanas a la cabaña donde estaba Eiji y los demás. Eiji fue el primero en creer en mí. Me cuidó, me protegió y me apoyó en todo... — Ash suavizó su rostro y la tonalidad de su voz. — Él nunca discriminó a nadie y trató que reinara la paz dentro de la cabaña. Él... es alguien muy especial para mí... le debo todo. Y lo más sorprendente es que nunca exigió nada a cambio.

Ibe escuchó perplejo el relato de Ash. Se quedó sin aliento al igual que sin palabras. Akira estaba igual que su tío: completamente en shock.

— Por eso no lo puedo abandonar. Aún con estas circunstancias tan injustas y sabiendo que ha sufrido mucha precariedad junto con los otros me causa indignación... — Ash se acercó a los japoneses. — Yo tampoco estoy muy de acuerdo que Akira vaya sola al bosque pero puede ser que sea nuestra última oportunidad...

— Para. — Ash se quedó con las palabras en la boca. — Ya entendí. Me quedó claro. — Ibe sonrió tristemente.

Akira parpadeó fervientemente mostrando un tic nervioso. — ¿Ir o no ir?

Ibe se le quedó viendo Ash, sin pestañear.— ¿Cuál es tu nombre?

Él suspiró profundamente. — Ash Lynx. — no quería dar su verdadero nombre por mera seguridad. Ya se ha abierto a ambos japoneses más de lo necesario.

— Ash.— repitió Ibe con serenidad. Su rostro ya no mostraba pavor, al contrario, estaba relajado. Antes de que el estadounidense pudiese reaccionar, Ibe acortó la distancia entre ellos y lo abrazó.

El rubio jadeó y no pudo evitar sonrojarse. Las ganas de quitarselo de encima aumentaron. No le gustaba que lo tocaran.

No obstante, Ibe suspiró y cerró sus ojos. — Tras escucharte y describir a Ei-chan con tanta estima solamente me llena mi alma en saber que, durante el tiempo que lo creí muerto, en realidad encontró amigos que lo cobijaron.

— ¿Ibe? — la expresión de Ash se tornó confundida. Tragó saliva para evitar temblar de ansiedad. No estaba acostumbrado a que dijeran cualidades buenas hacia su persona. Además, el abrazo estaba provocando un efecto contraproducente: le estaba dando asco. No era su intención sentirse así pero tras años de abusos algo tan verosímil como rodearlo su cuerpo con brazos ajenos le daba náuseas.

Ash tragó saliva nuevamente y sintió hipertensión. Debía calmarse.

Ibe, ajeno e ignorante por el conflicto interno de Ash, rió bajito ante su reacción. A pesar que él no le abrazaba de vuelta, no desanimó al japonés a sentirse contento y aliviado.

— Halló un gran amigo de buen corazón como tú... que lo estima y se preocupa por su bienestar a pesar de ser culturas y países diferentes.

— ¿Me crees? — preguntó Ash con miedo.

Ibe se apartó un poco de su cuerpo y le sonrió de oreja a oreja. Ash pudo respirar con normalidad. — Soy fotógrafo. Por mi trabajo, me doy cuenta de la sinceridad de los ojos de las personas que se reflejan en las fotografías. Puedo decir que los tuyos irradian completamente honestidad. — Pero Ibe no era tonto. También podía ver una profunda tristeza en aquellos hermosos ojos.

Luego, Ash sintió un leve empujón. Bajó su mirada y se percató que Akira abrazaba incómodamente su pierna. Apartó todos sus recuerdos con respecto a su trauma y evitó suspirar con pesadez. Los japoneses si que son raros. Confían en él a la primera.

— Gracias Ibe, Akira.

Pero aún así, un sentimiento cálido rodeó el corazón de Ash. Era cierto, los japoneses que ha conocido son bizarros pero nunca le han sentido sentir incómodo por su excesiva amabilidad.

Después de la emotiva interacción, Ash con seriedad les explicó a Ibe y a Akira su plan. Incluso, para no dejar cabos sueltos, le pidió al japonés que le hablara a su sobrina en su idioma para que ella realmente entendiera que debía hacer.

El estadounidense intentó que la zozobra no dominara sus sentidos. Eiji y los demás estaban bien. Aún no era muy tarde. Oraba que aún no fuera muy tarde.

Por ratos, Ash desviaba la mirada y la descansaba sobre el semblante de Akira. Otra cosa extraña que notó Ash era su expresión durante su explicación. Nunca, en ningún momento, Akira presentó miedo o inquietud. Ash se sorprendió tras percatarse que ella mostraba un rostro ahigadado.


Sing se sobresaltó al escuchar que la puerta de la casa donde tenían cautivo a Ash se abrió de repente.

El adolescente, escondido detrás de los matorrales desde el día que Ash fue llevado ahí, decidió, junto con los demás, que iban a tomar cartas en el asunto. Tras ser el más hábil y escurridizo, acordaron que Sing iba a espiar la casa. La información que pudo recabar era que solamente vivían un hombre y un niño y no ha habido señales de violencia o retención por parte de Ash. Ni siquiera podía escuchar su voz. Acercarse más a la casa era peligroso. Frente a la misma habían otras cuatro casas más y dos en cada lado de la casa de ese hombre. Además, era una zona transitada, donde iban y venían mucha gente para comercializar o estar solo de paso.

Las personas que más le preocupaba Sing era los más ancianos. Ellos se sentaban en las puertas de sus casas a observar las calles todo el día. Su mirada estaba enfocada a todos y sus ojos penetraban a aquellas personas que nunca habían visto merodear, y cuando eso pasaba, murmuraban entre ellos para echarles un ojo a esas personas extrañas. Eran como la policía del pueblo.

Sing suspiró mientras pasaba sus cabellos hacia atrás. Hoy era el último día para vigilar la casa. Supuestamente Lao, Shorter y Nadia bajarían al pueblo a auxiliarlo e irrumpir dentro de la casa y llevarse a Ash. No era el mejor plan, pero estaban tomando medidas desesperadas por la situación en que se encontraban.

Sin embargo, Sing notó que el niño salió nuevamente. Fue ahí que el recuerdo de haber visto la rutina del niño en dejar "ofrenda" arriba en la montaña pasó por su mente y no le tomó importancia. Al menos por unos segundos.

— ¿Qué? — susurró Sing a sí mismo cuando vio que el niño cambió su rumbo a uno distinto. — Mierda.

El adolescente se puso de pie y lo siguió con cautela. Lo más raro para Sing fue que ese niño no pescó y no buscó frutas para dejarlos en un punto de la montaña para luego orar. Esta vez, iba hacia una dirección fuera de lo habitual. Sing se le puso los nervios de punta cuando notó que se dirigía hacia la cueva, estaba cada vez más cerca de ella.

Sing tragó saliva nerviosamente. Si el niño seguía ese paso, entonces no tendría otra opción que matarlo. No quería arriesgar la misión de rescatar a Ash si los descubren.

Paulatinamente, el chino sintió sus músculos contraerse cada vez que el niño paraba de repente y, con su ceño fruncido, pensaba sus siguientes pasos a seguir. Cuando ya se decidía, empezó a caminar hacia donde estaba la cueva.

Sing suspiró entrecortadamente tras llegar a la conclusión que el niño estaba a metros de llegar a la cueva. Era como si supiera a donde ir. Aún escondido, el adolescente sacó su arma y lo apuntó al japonés al momento que éste se detuvo nuevamente. No quería hacerlo, de verdad estaba en contra de su voluntad, pero ya habían arriesgado todo para mantenerse a salvo.

— Lo siento... — susurró Sing tras apretar levemente el gatillo.

— ¡Waah! ¡Tú!

Sing tensó sus hombros por el bramido agudo del japonés. Frunció su ceño tras percatarse que su voz era muy femenina. ¿Era una chica? Eso explica mucho de sus movimientos y reacciones que pudo presenciar durante esos tres días. ¿En serio era una chica?

Sin embargo, lo que más desconcertó a Sing fue ver a Lao, cubierto de tierra y mugre en todo su cuerpo y ropa, topándose con el camino de la japonesa con una leve sorpresa.

— ¡¿Ese idiota por qué no está en la cueva?! — masculló Sing con clara frustración.

Pero lo que más lo dejó anonadado fue ser testigo de que la niña corrió hacia Lao y se lanzó a él para rodearlo con sus pequeños brazos. Incluso el propio Lao estaba en shock. Ni siquiera Sing lo abrazaba.

Sing podía jurar que su mandíbula estaba por los suelos y sus ojos estaban saltones. ¿Qué estaba pasando realmente?

— Tú... — Lao rápidamente se la quitó de encima. — ¿Qué estás haciendo aquí? ¡Vete!

Sing parpadeó, confundido. ¿Se conocen?

— ¡No! — gritó la niña y sacudió los brazos de Lao. — ¡Tu amigo de los cabellos dorados está en mi casa! ¡Necesitamos que lo vayas a ver! ¡Él está preocupado! — habló con gran velocidad que no le dio tiempo en tomar aire. La mente de la pequeña era un desorden de emociones al punto que quería llorar. — ¡También dijo que Okumura-san ha estado con ustedes! ¡Qué son 6! ¿¡Dónde está?! ¡Tienen que ir conmigo! ¡¿Por qué estás solo!?

— Oye... — Lao dio un paso atrás.

Sing exhaló para liberar un poco su estrés, sin obtener el resultado esperado. Guardó su arma y salió de su escondite.

— No hables tan rápido, no se te entiende mucho.

Akira jadeó ante la sorpresiva voz que emanaba a sus espaldas. Ladeó su cabeza y observó un adolescente de ojos rasgados, vistiendo una yukata sucia y sin mangas y sus facciones denotaban cansancio.

— ¿Quién...? — se cohibió la japonesa.

Antes que Lao pudiese presentarlo, Sing interferió.

— Soy Sing Soo Ling. Hermano de él. — señaló a Lao.

Los ojos de Akira se agrandaron. — Un chino... — se quedó sin aliento. — Hablas japoneses... igual que él. — ella también señaló a Lao, teniendo cuenta ahora de su nacionalidad.

Sing frunció y el ceño y cruzó sus brazos mientras se acercaba a ella. Ignoró completamente a Lao. — ¿Quién eres? ¿Qué sabes del hombre de cabellos dorados y del tal Okumura-san?

Akira se le quedó viendo. Ese chino trataba de ser intimidante pero no lo estaba logrando, al menos a ella no le causaba ninguna pizca de miedo.

Armandose de valor, Akira infló sus cachetes y aspiró con su nariz. — ¡El rubio se llama Ash Lynx! ¡Okumura-san está herido! ¡Lynx-san extraña a Okumura-san y a los demás! ¡Está angustiado! — no obstante, Akira se desmoronó en ese instante tras pensar en todo el tiempo que estuvo sola cuando la guerra empezó, cuando tuvo que mudarse pensando que Eiji había muerto junto con su familia y cuando aquel desconocido la arrastró hacia el bosque para hacerle cosas feas. — ¡Si no llevo a todos a un lugar seguro, todos se pondrán tristes y hay gente mala! ¡Extraño a Okumura-san! ¡Quiero ver a Okumura-san!

Sing quedó perplejo tras ver las lágrimas de la niña soltarse de sus ojos y sus sollozos retumbaban en sus tímpanos. Sin saber qué hacer, volteó a ver a Lao para ver si encontraba auxilio. Sin embargo, el rostro de su hermano figuraba intranquilidad.

— E-está bien, comprendo pero deja de llorar...— los lloriqueos no subsidian. — Por favor. — rogó Sing. — Te llevaré con él, ¿sí?

El adolescente no podía creer que minutos atrás tenía planeando matarla. Hasta se estaba sintiéndose fatal por la situación. Sin embargo, ese sentimiento fue llevado a un segundo plano y fue reemplazado por uno conmovedor. Llegó incluso a agradecer que fue ella quien haya encontrado a Ash, aunque tenía dudas en como ella conoce a Ash y a Lao.

— ¿En serio?

— Sólo si dejas de llorar.

Total, Sing sabía que se pondrá a llorar cuando vea a Eiji.

Ella asintió y secó sus lágrimas y mocos colgantes con sus palmas. Sing no pudo evitar suspirar.

— ¿Y tú qué? ¿Por qué estás tan sucio? — preguntó Sing en mandarín a Lao.

Fue grande la sorpresa del adolescente tras ver que relajó su ceño y desvió su mirada hacia sus manos.

 Les di un descanso digno.

— ¡¿Qué?! ¿A quiénes?

En Lao, las pesadillas acerca de los cadáveres de los niños arriba en la montaña le carcomía. Cuando se percató que estaban descubiertos por la lluvia, él ya no pudo más. Decidió en darles santa sepultura.

Eso no lo entendería su hermano ni la niña ni nadie. Así que se abstuvo a explicar más hondo.

Sing lo observó desconcertado por la pasividad de Lao. Realmente no era el mismo.

— ¿Estás de acuerdo que la llevemos con los demás? — Sing quería estar seguro que Lao no armara una escena luego.

— Sí.

El chino hizo su cabeza hacia atrás en señal de confusión. ¿Debía de preocuparse en ese extraño comportamiento? Lao jamás fue dócil y esa actitud estaba muy fuera de lugar.

Sing notó que fue jalado de su yukata. Inmediatamente bajó sus ojos ante el cuerpo de la niña. Los ojos rasgados de ella estaban brillosos, como si quisiera llorar nuevamente.

— ¿Me llevas con Okumura-san?

Sing solamente suspiró. El ambiente se tornó en abatimiento. Tan solo esperaba que las cosas mejoraran.


Eiji inhalaba y exhalaba para regular su respiración. Con sus ojos entrecerrados y sus manos juntas consiguió mantenerse con un estado mental estable. En eso últimos tres días, la ansiedad se apoderó de él tras darle la noticia que Ash estaba aprehendido en una casa del pueblo de abajo.

Sin embargo, algo que le reconfortaba era que no estaba solo. Junto con sus amigos planearon el asalto lo mejor posible. Ellos tenían una gran ventaja que los pueblerinos no: armas de fuego.

— Sing no demorará en regresar. — comentó Shorter en japonés mientras entraba a la cueva. Solamente Eiji y Nadia se encontraban ahí dentro. — ¿Están preparados?

El semblante de Eiji se tornó impasible en cuestión de segundos. Guardó el arma entre sus ropas y alzó su mirada carente de emociones. — Lo estoy.

Nadia por su parte, quitó el seguro de la pistola y la preparó para sostenerla en virtud que ella será la que lleve a cabo el asalto.

— Estoy lista.

Shorter los contempló por unos instantes. Nadia y Eiji han cambiado. Por naturaleza, Nadia siempre ha fue una muchacha reservada y sin tener el afán de causar molestias a nadie. Por todo lo que han atravesado, esa Nadia desapareció. Ahora ella era atrevida, se hacía escuchar e intentaba no ser una carga para los demás. Eiji tampoco era la excepción. El Eiji que conoció por primera vez era sumiso con mirada ida, fue paulatinamente abriéndose a ellos sin que su pasiva personalidad desapareciera. Ahora, Eiji era más valiente, expresaba sus emociones abiertamente y su mirada era más viva, emanaba fuego en sus ojos, todo gracias a la influencia que tuvo Ash en su vida.

Ahora que Ash estaba desaparecido, Eiji decayó. Entró en crisis nerviosa cuando Sing le contó lo que sucedió. Sin embargo, no le duró mucho ese estado mental ya que fue él mismo quien propuso un plan para rescatarlo. Tras ver ese cambio de ánimo tan drástico Shorter no pudo evitar en reflejar las acciones de Eiji tratando ser un líder con las mismas actitudes que toma Ash en situaciones difíciles.

Realmente han cambiado mucho.

 Debemos de cubrirnos nuestros rostros con lodo o algo similar para que no nos identifiquen. Así pasaremos desapercibidos. — insistió Eiji con voz de mando. Rápidamente Nadia asintió.

Shorter se le quedó viendo a Eiji nuevamente. Tal vez Eiji nunca ha cambiado. Tal vez siempre fue así pero tras conocer a Ash, pudo relucir su verdadera y hermosa personalidad. Este era el Eiji real.

— Sí. — sonrió Shorter entre dientes. Estaba agradeciendo que era testigo de ver con sus propios ojos la agresividad de ambos asiáticos.

Sin previo aviso, detrás de los árboles y arbustos, se escuchó el movimiento de sus hojas. Eso los puso en alerta pero sus músculos se relajaron al instante que vieron a Sing salir de ahí.

— ¡Sing! ¡¿Qué noticias traes?! ¿Ash está bien? — preguntó Eiji con su voz mortificada.

No obstante, el pequeño chino no respondió. Pasó su mano sobre sus cabellos y masajeó su nuca mientras desviaba su mirada.

— Cambio de planes...

— ¿Qué? ¿Qué dices? — Nadia exclamó. Shorter y Eiji se aleteraron.

Sing abrió la boca pero sus palabras no fueron emitidas. Se escuchó los reclamos de Lao detrás de los árboles que alguien se detuviera y luego se escucharon pisadas pesadas de alguien correr.

— ¿Lao? ¿Qué pasó? — cuestionó Eiji.

Sing tragó saliva. — ¡Mierda, ese idiota!

El adolescente no tuvo tiempo de actuar. Cuando sintió, la niña estaba a unos centímetros de la cueva y lo suficientemente cerca para que los demás la vieran.

El silencio reinó. Ver a la niña, parada y con un visible shock en su rostro, les provocó afonía a todos.

La niña tembló tras dar dos pasos escuetos hacia adelante, cuando clavó su mirada en Eiji. — ¿Okumura-san?

Eiji jadeó y los demás giraron sus cabezas a él. En señal que caminara hacia él, el japonés alzó su mano para poder alcanzarla. Su respiración se tornó ruidosa y sus ojos se dilataron al percatarse quién en realidad era la japonesa.

Ahora Eiji se sentía tan frágil que en cualquier momento se iba a quebrar.

— ¿Aki-chan?

La aludida gritó de sorpresa y corrió a Eiji para después rodearlo con sus pequeños brazos en su cuello. Eiji la atrapó en el aire y la atrajo más a él. A pesar que por su tobillo, el pelo azabache no le importó el peso extra en su regazo o que el agarre en su cuello fuera muy fuerte y dejara de respirar por unos momentos. Empezó a menearla en sus brazos con el afán de calmarse. Sin embargo, varias lágrimas fueron derramadas en las ropas de ambos.

— ¡Estás vivo! ¡¿No es un sueño?! — sollozó Akira. Su rostro estaba rojo por estar llorando con furor.

Eiji cerró fuertemente sus ojos mientras negó con su cabeza y la escondió en la curva del cuello de la niña. Era real. — Lo siento... me fui sin despedirme ese día. Lo siento... lo siento.

Shorter salió de su perplejidad. Los señaló y ladeó su cabeza a Sing. — ¿Ella es...? — preguntó en mandarín, reconociendo la niña de inmediato.

Sing observó a Shorter compungido. — Ash está resguardo en su casa con su tío.

— ¿Qué? Pero dijiste que era un niño. — se metió Nadia en la conversación. Claramente estaba algo molesta.

— Lo sé, pensé que ella era un niño... Al parecer ella conoce a Ash desde de antes, y a Lao también.

— ¡¿Cómo?! — Nadia fue la única sorprendida ya que Shorter se lo sospechó cuando la vio por primera vez y Lao permaneció callado.

— Hay muchas cosas que no sé todavía. — alzó su mirada a Lao pero éste le hizo caso omiso a la mirada penetrante de su hermano. Él aún contemplaba la escena entre ambos japoneses. — Lo que tengo seguridad es que Ash está a salvo.

Nadia desvió su mirada, entendiendo más la situación.

Los gimoteos y sollozos de Akira y Eiji retumbaron la cueva. Les tomó unos cuantos minutos en poder tranquilizarse.


Ash sacudía su pie estresado mientras observaba la puerta de entrada. Él estaba sentado, absorto ante cualquier ruido o movimiento de aquella puerta de bambú.

Han pasado dos horas y Akira no aparecía.

Habían hecho un trato con Ibe: si Akira no regresaba dos horas antes del anochecer, el japonés la iría a buscar con sus vecinos y se abortará la misión.

Para Ash, todo esto era humillante. Él, un soldado de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos, depender de una niña pequeña a que enmendara su error, mandando a ella sola al bosque donde abusaron de ella para buscar a sus demás compañeros.

El rubio se sentía tan impotente que las ganas de salir corriendo a auxiliarla no faltaban. Aún peor sabiendo que los otros no han tenido noticias sobre su paradero en días. No podía imaginar el pavor de los asiáticos.

Ash desprendió su mirada de la puerta y la descansó en el cuerpo crispado de Ibe. Ellos dos estaban en la misma habitación pero no se han hablado desde que Akira salió. El pobre hombre tenía un tic en el ojo y trataba de relajarse. Ash no podía hacer nada al respecto porque él estaba igual de mal que el japonés.

El rubio se lamentaba que sin tan solo hubiera despertado el mismo día en el cual se desmayó, Eiji y compañía estuvieran aquí sanos y salvos.

No obstante, ambos hombres escucharon que afuera de la casa algunas personas hablaban fuertemente. Luego, otras personas se les unieron y rápidamente hubo murmullos de pláticas diferentes que se convirtió en una conmoción.

Ash levantó la ceja puesto que el ruido era percibido cada vez más cerca. Ibe también estaba extrañado.

— Espera aquí. Iré a ver que sucede. — informó Ibe tras ponerse de pie y salir del cuarto. — Si algo malo sucediera, escapa por esa ventana y no voltees, seguirás corriendo lo más rápido que puedas.

Ash frunció sus labios y asintió. Lentamente, ajustó su arma entre sus manos mientras que esperó por cualquier contingencia. Ser ignorante del idioma era un gran problema. Aún si podía escucharlos perfectamente no sabía que decían. Cachaba palabras que Eiji le enseñó pero no era suficiente.

Pudo identificar la voz de Ibe y lo exaltaba que estaba. Sin más, Ash separó un poco la puerta corrediza de la habitación, permitiendo ver lo que acontece. Fue así que vio a Ibe, anonadado. No había salido de su casa, solamente abrió la puerta y se apartó de la entrada con pasos torpes y apresurados. Había gente viendo con curiosidad la escena. Algunos se detenían a murmurar, otros se limitaban a dar un vistazo y seguir su camino.

En ese momento, Ash se percató del panorama. No evitó jadear de sorpresa cuando apareció Akira, quien estaba gimoteando y era sostenida por la mano de Nadia, Shorter cargando a Eiji y estaba detrás de ellas. Sing y Lao estaban cerca.

Ibe exhaló ahogadamente cuando vio a Eiji. Shorter, en silencio, entró a la casa y puso a Eiji en el suelo.

Por su parte, cuando Eiji lo observó, sus ojos se humedecieron y gimió suavemente, quebrándose en ese lugar.

Inmediatamente, Ibe lo abrazó.

— Ibe-san... — balbuceó Eiji mientras sollozaba. Sentía que era un niño pequeño perdido que por fin encontró a su padre.

El aludido estaba perplejo. Se separó a gran velocidad y lo observó detenidamente. Estaba pálido y muy delgado como los otros acompañantes. Bajó su mirada para encontrarse con su tobillo maltratado con una hematoma que lo cubría. El fotógrafo jamás había visto una lesión tan severa.

Ibe, consciente de los lloriqueos de Eiji, lo vio en el rostro y palpó sus mejillas para limpiar sus lágrimas. La cara de Eiji estaba tan sucia que sus lágrimas retrataron el camino que recorrieron. Aún incrédulo, Ibe acarició suavemente al joven japonés. Quería creer que él era el Eiji auténtico y no el de sus sueños que se desvanecía cada vez que tocaba su rostro.

— Realmente estás aquí... — susurró Ibe, con un hilo en su corazón.

Eiji quiso sonreír pero estaba tan abrumado que solo consiguió sus labios temblar. — Sí... — comenzó a llorar nuevamente. — Perdón... perdón Ibe-san por huir ese día.

Ibe lo abrazó con más fuerza e intentó mantener su voz dura y seria pero, al final, fue temblorosa. — Te busqué por todas partes, Eiji. No quería creer que te perdí ese día...

— Ibe-san...

Shorter aguantó las lágrimas al igual que Sing. Nadia estaba consolando a Akira dándole palmadas en la espalda. Lao estaba en silencio.

Ninguno se había percatado que Ash estaba observando todo en la habitación de enfrente. El rubio no se permitía salir ya que la puerta de entrada seguía abierta. Quería romper la puerta para estar con Eiji pero todavía no. Era aún peligroso.

Sin embargo, eso no evitó que la empatía se dibujara en las facciones del estadounidense pero su corazón sentía cierta tristeza también. Simplemente recordó a Max y cómo, inconscientemente se convirtió en una figura paterna para él, así como Ibe era con Eiji. De igual manera pensó en Griffin y en los pequeños momentos en las cuales fueron felices. Esos tiempos para Ash ya no las volverá a vivir, pero si Eiji podía tener otra oportunidad con Ibe y Akira, entonces él se alegrará por el japonés, aún si tiene que soportar el dolor punzante de la nostalgia.

— Te dije que no fueras, Eiji. — Ibe lo sacudió, todavía teniéndolo en brazos. — Me costó aceptar que posiblemente estabas muerto...

Eiji lloró con más vehemencia. — Lo siento...

— No, no estoy enojado Ei-chan. — Ibe le sonrió tristemente. — Todavía estoy asustado que esto sea un sueño cruel. Pero realmente estás aquí... con vida. — alzó su cabeza y dio un vistazo a los presentes. — Gracias, muchísimas gracias por cuidar de Ei-chan...

— Creo que es al revés. Eiji ha cuidado muy bien de nosotros. — Sing habló, calmandose un poco de la emoción.

Ibe asintió aún conservando su sonrisa.

— ¿Dónde está Ash, Ibe-san? — preguntó entre sollozos Eiji.

El aludido respiró fuertemente por la nariz y giró su cabeza hacia atrás. Notó que Ash los veía por medio de un espacio muy cerrado. Luego regresó a ver a los demás, quienes tenían caras ansiosas y que la puerta de entrada estaba aún abierta dando cabida a curiosos saciar su intromisión.

— Cierren. Cierren la puerta. — comandó Ibe a Lao, quien era el más cercano para hacerlo.

El chino lo hizo sin dilatación.

De inmediato, Ash salió de la habitación, pálido y anhelante. Inevitablemente, sus ojos se conectaron con los ojos cristalinos de Eiji y ambos reflejaron su alivio regalándose una sonrisa.

No obstante, los dos estaban tan absortos en su propio mundo que no se dieron cuenta que los chinos, a excepción de Lao, y Akira corrieron hacia Ash.

— ¡Ash! — gritó Shorter con voz aguda. Se abalanzó hacia él y lo abrazó con fervor.

El estadounidense se quejó pero los abrazos no cesaron. Akira y Sing también lo rodearon, uno en cada pierna y Nadia lo abrazó por detrás.

— Me matan... — murmuró Ash, sofocado.

— ¡Ash, eres un idiota!

— ¿Qué? — Ash movió su mirada hacia Sing, quien claramente se estaba aguantando las lágrimas. Rápidamente, el rubio se dio cuenta que Sing fue la última persona que estuvo con él el día que desapareció. La culpa acechó a Ash. — Sing...

— ¡Es cierto! ¡Me retracto! ¡No eres un genio, eres un pendejo bien hecho! — reclamó Shorter tiempo después. Para sacar un poco de estrés y rabia, el chino dio una fuerte palmada a Ash, ocasionando que éste casi se fuera de boca.

Ibe jadeó. — Oigan... él está herido...

Fue totalmente ignorado. Eiji solamente sonrió.

— No lo golpeen. Así no es cómo se le quita lo bruto. — intentó salvarlo Akira, tratando de alejar a Ash de todos sin éxito.

— ¡Akira! — regañó Ibe.

Sin embargo, Ash no protestó ni se defendió. De alguna manera se lo merecía.

— Lo lamento. — susurró Ash y su rostro se suavizó. — Por preocuparse, en especial a ti Sing. Gracias por no rendirse.

El adolescente nunca pensó en escuchar esas palabras tan sinceras de la boca de Ash. Se ruborizó levemente y asintió. — Estás perdonado.

Los labios de Ash se curvaron ante su reacción. Después Ash exhaló cuando sintió que Nadia se paró de puntillas y le besó la mejilla.

— Nadia...

Ella le esbozó una tierna sonrisa. — Realmente nos asustaste, Ash.

— Perdón...

Nadia negó con la cabeza. — No fue tu culpa... — lo abrazó y Ash le correspondió. — Ya todo está bien.

Ash se apartó y asintió.

— Ash — Shorter le llamó la atención. —, ve con Eiji. Él lo ha pasado mal desde que te perdiste.

El rubio contempló a Ibe arruyando Eiji, con sus dedos acariciaba su cuero cabelludo y con la otra mano le daba palmadas suaves en su espalda. La cabeza de Ibe descansaba en la coronilla del japonés pero Eiji, por su lado, tenía rodeado a Ibe con sus brazos pero su mirada estaba en los demás, esperando pacientemente a que fuera su turno en hablar con Ash.

El corazón del soldado se estrujó. El rostro de Eiji denotaba cansancio y todavía derramaba lágrimas que no tenía intenciones de detener.

— Eiji...

Como si estuviese hipnotizado, Ash dejó a un lado el cálido abrazo de los asiáticos y se abrió paso a Eiji. El japonés tras percatarse de la próxima cercanía del rubio, se apartó de Ibe sutilmente y levantó sus brazos hacia el estadounidense.

— Ash...

El aludido se dejó caer con sus rodillas en el suelo y se arrastró hasta Eiji. Estaba a centímetros de sentir el cuerpo de el japonés nuevamente, de ponerle fin a la tortura de estar alejados. Se necesitaban. Añoraban sentir ese descanso tan placentero que solo emanaba sus presencias cuando estaban juntos.

Tras prácticamente jalar las ropas para poder abrazarse, mitigó el hambre de ser consolados y recibir afecto genuino.

Cuando ambos rodearon sus brazos al uno al otro, Ash suspiró mientras que unas lágrimas solitarias salieron de sus orbes verdes. Eiji escondió su cara en su pecho.

— Onii-chan... estás bien...

Ash se percató que su yukata se estaba mojando por los lloriqueos de Eiji. El rubio sonrió y cubrió su cara entre los cabellos del pelo azabache.

— A-Ash... — murmuró Eiji entre las ropas. — Ash... estás herido...

El soldado dio una risita y empezó a acariciar la espalda de Eiji para tranquilizarlo.

— Viviré, al igual que tú y todos nosotros...

Eiji asintió y pudo respiración con más calma.

Ibe observaba la escena, asombrado. Mil y un de pensamientos pasaron por su mente al verlos interactuar juntos.