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Extranjeros

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La tierra era arrasada por las plantas de las sandalias de Ash y Lao, con pasos pesados, dirigiéndose hacia el río para que estadounidense se lavara la sangre que salpicó sobre rostro y manos.

No se dirigieron la palabra en ningún momento. Ambos aún estaban en un shock nervioso, más Lao que Ash.

Cada minuto que pasaba, Ash todavía pensaba en la fosa clandestina que descubrieron por accidente. Con mucha fuerza de voluntad suprimió rezongar y reír a carcajadas por la locura tras percatarse, con conclusiones rebuscadas aún para la propia mente de Ash, que él dirigió a Lao a ese lugar desolado para enterrar al infeliz asesino de esos niños. Ese asesino también pensó en abandonar los cuerpos de sus víctimas, tal y como Ash lo hizo, en ese mismo lugar. Ambos pensaron igual. Fue como si ellos se sincronizaron en hacer tal vil hazaña.  Aunque, por supuesto, ¿Ellos eran asesinos, no? La perfecta personificación del personaje, que le quedaban anillo al dedo.

Cuando llegaron a la cueva, fueron recibidos por miradas contrariadas de los demás. Con respiraciones profundas y extremidades rígidas, Shorter y Nadia corrieron hacia ellos.

— ¡Ash! ¡¿Qué pasó?! — sacudió Shorter a Ash, exigiendo respuestas.

— ¡Lao! ¡¿Qué tienen?! ¡¿Qué fue lo que vieron?! — Nadia estaba exaltada.

El semblante abatidos de los aludidos fue notorio y no lo trataron de ocultar. Claramente irradiaban el horror reflejado en sus ojos.

No fue hasta que Ash observó a Eiji arrastrándose hacia la entrada de la cueva. Sing aún estaba enfermo, pero no le impidió sentarse y ver desde donde estaba la escena que se estaba armando.

— Eiji.— Ash dejó atrás a los demás y trotó hacia él. — No Eiji, no te arrastres. Te lastimaras más. — emitió sus palabras cargadas de angustia mientras estabilizaba al japonés, poniendo sus manos sobre sus brazos. — No seas terco.

Eiji se puso triste de inmediato. Hizo caso omiso el regaño del rubio, sin poder quitarse de su mente su preocupación hacia él. — Ash, escuché gritos… todos los escuchamos… — explicó Eiji con voz aguda. — Luego ustedes se tardaron… ¿Qué sucedió allá?

Lao abrió la boca y tardó en hablar, sorprendido a todos, incluso al mismísimo Ash. — No pasó nada malo… sólo nos encontramos con una puta bestia. — el chino remarcó las últimas palabras con enojo. Cerró fuertemente sus ojos y se encaminó a la cueva. — Iré a descansar…

Estupefactos, Nadia y Shorter lo siguieron con la mirada mientras que Lao se arropaba al lado de Sing. El adolescente también se mostraba desubicado sin tener idea qué hacer.

— ¿Ash?

El rubio se sobresaltó al apreciar la suave voz de Eiji. Lo observó sorprendido, visualizando que todavía permanecía la preocupación latente dibujada en el rostro del japonés.

Aún así, Ash esbozó una sonrisa. — Lao ya lo dijo. No hay peligro por el momento… nos encargamos del asunto. Ya no será problema.

Eiji levantó ambas cejas y párpados gradualmente y jadeó levemente. Tras esas palabras entonadas de la boca de Ash, Eiji podía decir que Ash estaba mintiendo. Las dijo muy calmadamente, claro ejemplo de que él estaba ocultando algo.

Sin embargo, nadie podía notar la mentira de Ash. Todos le creyeron porque sus compleciones se relajaron y el ánimo subió considerablemente.

— ¿¡Entonces si era una bestia,  por qué no la trajeron para comerla!? — preguntó Shorter, entrando en la cueva con Nadia.

— Se perdió dentro del bosque, Shorter… no la volveremos a ver, le hicimos mucho daño…

— ¿No usaron las pistolas? — preguntó Nadia.

— Nah. No íbamos a desperdiciar balas. Además, no queríamos que el pueblo que estaba abajo lo escucharan.

Eiji observó a Ash con sus ojos bien abiertos. — ¿Y qué clase de bestia era Ash? — susurró  en el rostro de Ash.

— Uhmm, no lo sé. Estaba oscuro en la noche. Posiblemente un lobo o algo parecido.

Eiji forzó una sonrisa. Los lobos en Japón se consideran extintos. Aún si hubiesen alguna manada rondando por el bosque, estarían habitados hasta lo más profundo.

Eiji bajó la mirada y se percató lo magullado y desgastado que estaban sus nudillos. El japonés sudó frío tras conectar cables y llegar a la horrible conclusión que Ash usó sus puños para lastimar a la bestia.

Dio un vistazo a los demás y sus expresiones aturdieron al japonés. No había señales de desconfianza, nadie contravino a los hechos que Ash proporcionó. Eiji trató de calmarse. Si el estadounidense estaba ocultando algo era por una razón.

Eiji alzó la vista a Ash. El pobre aún estaba tenso y atemorizado pero intentaba aplacarlo.

— Ash, debes estar cansado… — eso llamó la atención del rubio y giró su cabeza hacia Eiji. — Ven a dormir, fue una noche larga.

La mirada de Ash se suavizó y asintió. Agradecido con Eiji, por saber siempre cómo regresarlo a la realidad con sus dulces palabras, lo levantó con sus brazos y ambos fueron hacia al futon improvisado.

— Creo que Lao me dejó solo en la vigilia de hoy. — hizo pucheros Shorter al percatarse que todos se habían dormido.


A las siete y media de la mañana, Shorter se dispuso a ampliar el horizonte, vigilar y tratar de averiguar qué pasó realmente la noche anterior. Nadia aceptó, sin antes reprocharle que ella debía de ir en su lugar, estar en guardia mientras Shorter iba a investigar. El chino aún caminaba con dificultad y sus costillas dolían de vez en cuando. Solamente se limitó a caminar pensando en qué dirección tomaron Ash y Lao momentos atrás. Así que fue colina arriba.

Llegó a un lugar del bosque que le atrajo la atención, hacia su izquierda: Hojas esparcidas y arrancadas de árboles chaparros y arbustos. Se quedó quieto tras observar que detrás de esos árboles había un niño con una canasta de frutas y un pez dentro, hincado y con sus ojos cerrados, orando con voz quedo pero Shorter, si se concentraba, podía lograr escuchar.

Por favor, que vean estos alimentos para que sobrevivan. — Shorter alzó la ceja, teniendo la incertidumbre si el pequeñín era un niño o niña. Tenía el cabello corto pero su voz y su complexión parecía una fémina. — Que lo vea el de cabellos de oro… que lo vea su amigo antes que los animales salvajes se lo coman. Por favor. Por favor.

Shorter vio que la personita se levantó y corrió a dirección hacia el pueblo. Claramente, él sabía a quiénes se refería la niña y conectó sin tumultos en su mente que Ash y Lao estaban relacionados con la japonesa. Con una sonrisa en su rostro, Shorter exhaló nuevamente, sintiéndose un poco más tranquilo. El descubrimiento de la niña sería su  secreto.

Con un palo, Shorter empezó a escribir sobre la tierra, haciendo mucha presión sobre ella para que marcase los caracteres en virtud que el viento o lluvia se lo lleve lejos.

Gra- ci - as. — dijo en sílabas Shorter en japonés mientras dibujaba los caracteres.

Una cálida satisfacción recorrió en su pecho al estar contento con su trabajo y esperando que la niña regresara nuevamente en el mismo para que pudiese verlo.

— Seguramente, si Kotarou estuviese con vida, sería amigo de ella… tienen casi la misma edad… — suspiró Shorter pesadamente, cambiando drásticamente el ambiente a uno sombrío.

Apartó eso recuerdos dolorosos, tratando de enterrarlos en lo más profundo de su mente.  El chino suspiró y tomó la comida con pesar.


El chillido no dejaba dormir a Sing. Ladeó su cabeza pero el molesto sonido agudo no cesó, lo contrario, se redirigió el chirrido hacia su otra oreja.

Maldito mosquito. — masculló Sing en mandarín. Abrió lentamente sus párpados,  resentido por la fiebre que todavía estaba latente, observó desorientado el techo rugoso de la húmeda cueva. A pesar que su visión no estaba del todo bien, sus oídos hacían el trabajo de conocer el panorama.

Fue entonces que Sing pudo distinguir leves sollozos dentro del lugar. Eran casi inaudibles, pero fueron lo suficientemente reconocibles para el adolescente. Eran de Ash, quejidos que estaban siendo ahogados entre ropas, probablemente con la yukata de Eiji.

Eiji trataba de consolarlo, silenciando su tristeza con dulces palabras de aliento susurradas en su oído. Sing podía apostar que Eiji se le dibujó una sonrisa en su rostro, por su arrullo estaba calmando al estadounidense. Los gimoteos subsidian.

— Eiji… — emitió Ash con voz quebradiza de por medio. Sing pudo notar gran angustia en sus vocablos.

Por otra parte, Eiji le continuó suministrando consuelo. Sing escuchó el sonido de las ropas moverse y fue ahí que se atrevió a ojear. Su visión ya era más clara y ambos muchachos no se han percatado que él estaba de entrometido.

— Está bien, Ash. Llora… desahogate. Ya pasó. Fue un mal sueño.

Sing estaba estupefacto. Podía ver, desde su lugar, como las lágrimas caían libremente de los preciosos orbes verdes de Ash, divisó perfectamente la angustia en su rostro. Cuando la cabaña seguía en pie, y Eiji sacaba a Ash para tranquilizarlo, nunca lo vio llorar. Era inimaginable el terror que estaba mostrando Ash frente a sus ojos. Él siempre parecía indestructible.

— ¿Cómo es posible… sabes qué decir en momentos como este? — Ash respiró entrecortadamente. — Y yo… no sé… cómo consolarte cuando tienes problemas... con tus pesadillas…

Sing fue testigo que los hombros de Eiji se tensaron.

— Lo sabes… — no sonaba a que le había formulado una pregunta. Sing tampoco sabía sobre las pesadillas de Eiji.

Con sus ojos hinchados y rojizos, Ash lo observó con aprecio. — Eiji…

— A veces, no se necesitan palabras para demostrar el estima y apoyo. — Eiji acarició la mejilla de Ash. Eso provocó cierta ansiedad en Sing. — El mero hecho que has estado en mi lado durante esos momentos, me conforta grandemente.

— Siento… que no es suficiente, Eiji.

— Lo es para mí… estás a mi lado. Así como yo estoy contigo ahora. — dio un beso en su frente. — No estás solo.

Sing fue testigo de cómo los labios de Ash y Eiji se juntaron. El adolescente desconectó su mirada hacia ellos y pretendió estar dormido nuevamente. La confusión y la zozobra invadieron sus sentidos cuando escuchó claramente los suspiros y caricias y cómo profundizaban sus besos.

El chino sabía que ambos eran cercanos, se estiman y se respetan mutuamente, aunque siempre consideró que había, a veces, algo raro entre ellos, jamás pasó por su mente que Ash y Eiji tuviesen ese tipo de sentimientos y atracción hacia uno al otro. ¿Era posible sentir amor entre hombres?

Estuvieron besando y diciéndose palabras de amor por un rato. Sing agradeció que el sonrojo que se había formado por la vergüenza y timidez de su propia inocencia podía confundirse con su fiebre. Lao estaba roncando, así que no estaba al tanto. Sing intentó concentrarse en los ronquidos de su hermano, aún si debía aguantar lo molesto que era y quitarse la sorpresa.

— Viene alguien… — dijo Ash, agitado por la falta de aire. Cayó Sing en darse cuenta que no estaban Nadia ni Shorter.

— Sí. — suspiró Eiji mientras Ash le robó un último beso.

Desde ahí, Sing ya no lo pudo oírlos hablar más. Escuchó el sonido de las sábanas y ellos pretender estar dormidos.

Sing intentó calmar su asustado corazón, para que no le diera taquicardia. Empezó a respirar más fuerte, haciendo caso omiso sobre la atención que estaba recibiendo. Rápidamente, fue el foco de atención de Ash, Eiji y Lao, quien despertó desesperadamente.

— ¡Sing! ¡¿Qué tienes?! ¡Sing! — expresó Lao, poniendo su mano sobre su frente. Ya no se sentía tan caliente como hace unos días, pero no se explicaba el estado actual del aludido.

— Sing… ¿Me escuchas? Soy Eiji. — intentó Eiji en tranquilizarlo. Sing abrió los ojos, asustado. Observó a Ash, quien aún tenía sus ojos hinchados por haber llorado pero sus facciones denotaban preocupación hacia él. — Está bien, estás a salvo aquí.

Era ridículo y patético para Sing en la forma en cómo se estaba comportando. Sin embargo, la realidad era otra. Ash y Eiji era dos personas que Sing admiraba y le tenía un gran afecto; tras descubrir que ambos eran pareja, chocaba contra los principios que formaron su niñez y lo que la demás sociedades en todo el mundo rectifica. Ellos serían considerados como una deshonra y herejes. Serían rechazados por todos, hasta él había escuchado relatos horribles sobre terapias y medicinas corrosivas para cambiarlos a ser heterosexuales. Ser homosexual era una enfermedad. Ser homosexual es un mal entre la gente.

Sing no sabía qué pensar. Permitió que su inocuo mente de adolescente se llenara de pensamientos basura. Empezó a temer sobre el futuro de Ash y Eiji si algo terrible les pasara por su orientación sexual. ¿Él qué podía hacer? ¿Era mejor alejarse de ellos? ¿Lao tuvo razón todo ese tiempo?

— ¡Sing!

La voz femenina de Nadia aturdió al aludido. Detrás de ella, estaba Shorter con fruta y peces en sus manos. Sin embargo, las manos de ella estaban manchadas de sangre y, a un lado, había un conejo muerto y degollado.

Sing jadeó ante la impresión pero nada más. En cambio, Lao, tras ver al conejo muerto con chorros de sangre salir sobre la abertura, lo relacionó con el hombre japonés que mataba a niños.  Se alejó de la cueva a toda velocidad y empezó a vomitar agua en virtud que su estómago estaba vacío.

— ¡Lao! ¡Hey, Lao! ¡¿Qué pasa ahora?! — preguntó Shorter, frustrado. Todos estaban perdiendo la cabeza desde ayer en la noche.

— Sing, tranquilo… Lao está bien… tú también lo estás… — dijo Ash, tomándolo de los hombros. — Estás enfermo pero vivo…

Sing no estaba pensando claro. El miedo nubló su razonamiento. Por un momento, no quería saber nada de Ash, Eiji o de nadie.

— Alejate, por favor...— susurró Sing a Ash. Su cuerpo empezó a temblar.

Luego de ver el rostro abatido de Ash por sus palabras, Sing se arrepintió de inmediato. Sin mediar palabra, Ash se apartó de él y bajó su mirada.

— De acuerdo. — contestó Ash, sumiso. Luego se sentó con Eiji, tratando de no arreglar el confuso alboroto que se formó.

Tras notar que Ash se incorporó nuevamente con Eiji, Sing tragó saliva nerviosamente. No quería alejarlos, pero le tenía miedo a ellos por descubrir lo que eran.

Nadia y Eiji estuvieron callados, no sabía qué hacer. No obstante, Shorter, con el ceño fruncido mientras calmaba a Lao para que no se ahogara de sus propios jugos gástricos, estudiaba las previas interacciones.


El siguiente día, era el día para bañarse en el río. Dado que ellos no querían levantar sospechas, acordaron que harían turnos para poder hacerlo, y por primera vez, le tocaba a Ash y a Eiji.

Shorter observó como Eiji se subía hacia la espalda de Ash, con movimientos vacilantes, y sus brazos rodearon su cuello. Ash, antes de levantarse, se aseguró que el japonés estuviera cómodo. Le regaló una sonrisa al notar que Eiji estaba listo para irse.

— ¡No se tarden demasiado, escucharon! — gritó Shorter a ellos. — O sino los arrastraré antes que contaminen todo el río.

Ash levantó una ceja ante el escandaloso chino. Eiji solamente hizo un puchero.

— No necesitamos niñera, cara de huevo. — espetó Ash, con molestia.

Shorter rió a carcajadas. Nadia hizo una mueca y Lao también. Sing estaba acostado, incómodo de la situación.

Lao, acompañame a recoger leña para asar el conejo y el pez de Shorter . — dijo Nadia seriamente. Ella y nadie sabían sobre la canasta que encontró Shorter; pensaban que fue un golpe de suerte por parte del chino.

¡No se pierdan en el camino! — exclamó Shorter cuando observó que iban tomando camino. Luego que ya estaban fuera de su vista, suspiró y clavó sus ojos en Sing.

El adolescente estaba en silencio y sin ver a nadie.

¿Sing, qué pasa? ¿Te sientes mal? — preguntó Shorter suavemente. Desde que el adolescente empezó a hidratarse y a comer, su cuerpo se fortaleció.

No me siento mal, Shorter…

Shorter arqueó una ceja, sin creerle nada. — No lo sé… te noto raro hoy…

Sing bufó. — Son cuentos tuyos.

Hmmm. ¿En serio? Ayer y hoy no le dirijas la mirada a Ash o a Eiji.

¿Qué? ¿Cómo sabes?

Shorter se rió mientras le alborotó los cabellos a Sing. — No sabía nada. Solo era una intuición. ¡Vaya que me lo has confirmado!

Sing no pudo hacer un puchero. Todavía estaba apenado por sus acciones de la noche anterior. Entonces el panorama de Shorter cambió drásticamente. Las facciones de Sing denotaban recelo.

¿Sing? ¿A ver qué pasó? — preguntó Shorter, tratando de sonar apacible. — Puedes decírmelo. Será nuestro secreto.

Sing confiaba plenamente en él. Shorter era una de las personas más honestas que haya conocido. Con miedo a que como se lo iba a tomar, Sing asintió lentamente.

Yo sé que es difícil de creer. — comenzó a tantear Sing. — y no fue un sueño ni nada pero… — bajó la mirada y apretó sus dientes. — vi a Eiji y Ash haciendo cosas…

— ¿Cosas?

Tragó saliva. — Besándose y abrazándose como si fueran una pareja.

La reacción de Shorter fue más o menos esperada para Sing. Primero parpadeó y luego suspiró pesadamente que al mismo tiempo pasaba su mano sobre su calvicie.

¿Eso hicieron? — preguntó Shorter. Sing asintió con la cabeza. — ¿ Cómo te sentiste cuando viste eso?

Los ojos de Sing se abrieron en par en par. Pensó que Shorter iba a dar su opinión al respecto y no cuestionar sobre su salud mental.

Pues, me asusté mucho… jamás había visto un… homosexual en vida. — Sing bajó la mirada. — Quedé en shock cuando me percaté que dos personas que estimo lo sean.

¿Te asustan los gays?

Jah…— jadeó Sing para liberar estrés. — No lo sé… cuando los vi haciendo eso, pensé en muchas cosas; en cómo la sociedad no los acepta y de lo extraño que me sentí .— agregó con un tono más tranquilo. — Ellos no me asustan, pero sus acciones me aturdieron. Sé que son cercanos; sin embargo nunca me imaginé eso.

Uhmm . — Shorter posó su mano sobre su mentón. — Yo también me sentí desconcertado cuando me di cuenta.

¡¿Qué?! — gritó Sing, haciendo eco en toda la cueva. — ¡¿Q-ué qué ya lo sabías?! ¡¿Cómo?! ¡¿Cuándo?!

Shorter dio una carcajada y varias lágrimas caían de sus ojos. — Joder, Sing… tranquilizate.

Shorter…

El aludido exhaló con desespero y estudió las facciones del otro chino. El pobre estaba ensimismado, hasta daba un poco de pena.

No realmente supe si eran gays o no. — comentó Shorter. — Tuve mis sospechas cuando Ash hizo la trampa para peces cuando todavía habitabamos en la cabaña . — su mirada se suavizó y se rascó la nuca. — Ahora cuando me dices lo que viste ayer, creo que ya está más que confirmado.

¿Y estás bien con esto?

Shorter sonrió levemente ante la mirada de inocencia de Sing. A veces se olvidaba que él apenas era un adolescente.

Pues, claro, supongo. Siendo ellos maricas o no, no cambia nada el hecho que siguen siendo el mismo Ash y Eiji. — informó Shorter, despacio. — Es como si yo solo me dejara mi cabello crecer en medio de la cabeza, lo cortara en forma de cresta de gallo y me lo pintara de morado, seguiría siendo Shorter. — hizo una pausa. Ese estilo de cabello, tal y como se lo estaba visualizando, no parecía tan mala la idea.

Que mierda de ejemplo . — expectó Sing.

¡Calla! — regañó Shorter en ese momento de desliz. — Lo que quiero decir, ellos siendo maricas entre los dos, solamente es una cualidad más de ellos. Tal y como tú y yo somos chinos; Nadia es mujer y Lao es gruñón. Es lo mismo…

Sing relajó sus facciones, procesando lo que estaba diciendo el mayor.

Comprendo…

Y a la mierda la sociedad, Sing. Prefiero conservar su secreto y mis inseguridades que exponerlos ante todos como unos fenómenos . Ellos también son especiales para mí.

Sing curvó sus labios. — Es verdad.

Es decir, les gustan las pollas en vez de buscar unas lindas pollitas, ¿entiendes? No son depravados para ir con cualquiera.  — guiñó Shorter, con picardía.

¡Shorter! — frunció sus ojos con un sonrojo predominante en su rostro. El aludido se rió a carcajadas.

Por hablar con Shorter, Sing tuvo más en claro sus propios pensamientos. Ash y Eiji se apoyaban mutuamente y eso era real. Su cariño entre ambos era real. ¿Qué le afectaba a Sing? En nada, en absoluto. Si ellos se besaban o mostraban muestras de afecto, no era su problema. Incluso Sing llegó a la conclusión de que ambos hacían eso cuando nadie los veía; estaban siendo bastante considerados para no incomodar a nadie. Él fue el entrometido.

Creo que debería disculparme con Ash…

Shorter exhaló por su nariz mientras abrazó a Sing. — Deberías… aún tengo grabada su cara decepcionada en mi mente cuando le dijiste que se alejara.

Cuando regrese, se lo diré.

Shorter sonrió de lado. ¿Desde cuándo Sing ha crecido tanto? Sin embargo, tendrá que esperar mucho para hacerlo. Tenía la corazonada que ellos se iban a tardar un su rato.

Bien dicho .


Eiji no estaba seguro si el calor del día estaba causando que sudara más que otras veces o era porque iba a bañarse con Ash.

Durante todo el trayecto, el rubio estuvo en silencio. Solamente se escuchaba el crujir de las hojas que pisaba. Eiji intentaba mantener la mente fría. Ya había visto a Ash desnudo antes. Él fue quien atendió sus heridas cuando lo halló por primera vez en la playa. El problema es que antes eran unos desconocidos,  ahora existía atracción mutua de por medio.

Eiji jadeó levemente cuando Ash paró y se sentó cerca del río para poder bajarlo a él. Deshizo del agarre en el cuello de Ash rápidamente. Observó como el estadounidense desató las prendas en su tobillo y lo examinó. Aún estaba un poco inflamado pero estaba mejorando paulatinamente. Con sumo cuidado, Ash dio masajes en su tobillo lastimado.

Inconscientemente Eiji siseó por los movimientos provocados por Ash. Su tobillo aún enviaba a su cerebro dolores punzantes  pero el japonés creía que iba a aguantar.

Ash continuó con el masaje sin hacerle plática al pelo negro. Estudiaba la mejoría en los músculos de forma superflua y el baño para él quedó en segundo plano. Lo más importante era pasar tiempo con Eiji a solas, sin distracciones y que él estuviera sanando.

— Ash.

El aludido alzó la mirada, expectante. La expresión de Eiji era difícil de leer. No se veía incómodo pero estaba vacilante sobre algo.

— ¿Duele mucho? ¿Qué tienes? — cuestionó Ash con rapidez para obtener respuestas de la misma manera.

Eiji negó vigorosamente con su cabeza. — No, no… todo está bien. Es sólo que… debemos de bañarnos Ash. Mi tobillo puede esperar para después.

Ash frunció el ceño. — Por supuesto que no. Tu bienestar es primordial para mí.

— Ash… — Eiji se dibujó una mueca fea en su rostro. — Hueles a mierda. Necesitas un baño.

La sorpresa no se supo ocultar en las facciones del rubio. Cuanto amaba cuando Eiji tenía sus momentos de malcriadeza.

Solamente bastaron unos segundos de silencio hasta que ambos estallaron a carcajadas.

— ¡Eiji! ¡Tú también estás cochino! — dijo Ash entre risas mientras lo salpicaba con el agua del río.

— ¡Ash! — Eiji infructuosamente intentó cubrirse su rostro. — ¡Basta! ¡Nuestras ropas se mojaran!

Ash rió entre dientes. — Entonces quitatelas, genio.

Eiji paró de reír repentinamente. Esas palabras le cayó como agua fría, peor que las gotas que caían sobre su rostro.

— ¿Estás seguro?

El ambiente se puso tenso. La alegría que había sido emanaba murió.

Ash, sin el afán de preocupar a Eiji, le sonrió débilmente y besó la comisura de sus labios.

— Perdona. No quise que malinterpretaras  nada. — comenzó Ash a acariciar los pómulos del japonés para descender sus manos hacia sus hombros mientras bajó la mirada. — Ha decir verdad, tengo miedo de desnudarme.

Eiji suavizó su mirada y tratando de recuperar el contacto visual con el rubio, sostuvo sus mejillas y alzó su rostro hasta su altura. La imagen que reflejaba Ash no era la típica cara de mando y fría, sino una angustia y flagelo.

— Entiendo. — susurró Eiji. — Si estás incómodo estando yo cerca puedes regresarme a…

— No, Eiji no. — interrumpió Ash rápidamente. — No me da miedo desnudarme enfrente de ti. Yo confío en ti, pero no confío en mí en hacerlo.

Eiji inclinó su cabeza, más confundido que nunca. — ¿Qué quieres decir?

Los ojos de Ash se dilataron compungidos y su quijada tembló. — Eiji, no sé si pueda contenerme si estás desnudo. — Ash bajó su rostro, avergonzado. — No sé si tú quisieras tocarme y yo reaccione de mala manera involuntariamente. — la voz de Ash se rajó. — Si pasa una o ambas cosas, ¿No sería sucio? ¿No me estaría comportando como ellos? ¿No estoy haciendo lo mismo?

Eiji se quedó sin aliento. Ash era muy inteligente pero estaba aplacado por sus propios traumas y demonios del pasado. El japonés jamás consideró que una simple ducha pudiera afectar tan negativamente a Ash. Odiaba verlo así, vulnerable e indeciso por el daño que le hicieron esa maldita gente. No culpaba para nada a Ash. Él tan solo una víctima que no recibió ayuda a tiempo.

Pero ya no más. Ash no sentirá pena a sí mismo mientras él esté de su lado.

— Ash, ¿Confías en mí?

Ash jadeó. — Más que nada en el mundo… pero no confío en mí mismo sobre esto…

Eiji frunció el ceño levemente. — Entonces si confías en mí, escúchame. — captó la plena atención de Ash. — No eres como ellos, no te comportas como ellos. No eres sucio. Al contrario… eres puro de alma y corazón por pensar en mí para que no sufra lo mismo…

— Eiji… — susurró Ash, ensimismado.

— Es normal tener esos impulsos, no son cochambrosos. Hoy no debe pasar nada si no quieres. Está bien, me controlaré si dado es el caso. Yo estoy bien… yo también me preocupo por tu bienestar.

Ash casi lloró. Fue tocado por la declaración de Eiji que sintió cálido su corazón. Luego, escondió su rostro entre el cuello y hombros de Eiji, murmurando sus palabras a través de sus ropas.

— Perdóname, Eiji. — dijo Ash en voz baja mientras lo abrazaba. — Si no estuviera tan roto, te hubiera hecho mío este día.

A Eiji se le humedecieron sus ojos. Él también quiso lo mismo, entregar su cuerpo a Ash era un dulce deseo que Eiji guardaba en su corazón pero por miedo a asustar a Ash nunca le insinuó nada a él. Era doloroso saber que también era correspondido su apetencia y no poder conseguirlo.

Eiji trató de calmarse. No era el momento ni el lugar para quebrantarse. Debía ser fuerte, por Ash.

Con delicadeza, Eiji apartó a Ash de su cuerpo y le sonrió.

— Cuando estés listo, me entregaré a ti. — dijo Eiji luego de besar la frente de Ash. — No hay que forzarlo… trabajaremos en esto, ¿sí? Somos un equipo.

El rostro de Ash se iluminó en un santiamén. Aún no sabía qué hizo para merecer alguien como Eiji.

— Sí…

Ambos, por su lado, empezaron a despojarse  de sus ropas sin acobardarse. Rápidamente, antes de que dejaran a un lado sus yukatas, Ash le mostró las fotografías que tenía guardadas debajo de sus prendas.

Eiji estaba asombrado cuando se les fueron entregadas en sus manos. El japonés estaba ido, observandolas detenidamente las que podía en virtud que algunas estaban manchadas de sangre seca.

— Ash… estas son… — Eiji tartamudeó. — Estaban dentro de la cabaña…

— Son algunas que pude salvar ese día. — admitió Ash. — No sé si tienen enmienda las que están manchadas… pero quise recuperar algo de tu antiguo hogar antes que se desvaneciera.

Eiji exhaló entrecortadamente. Suprimió sus lágrimas de alivio y consolación. Colocó las fotografías en su pecho semidesnudo y curvó sus labios hacia arriba, con cierta dificultad por las abrumadoras emociones que recorrían su alma.

— Gracias Ash… — suspiró Eiji. Después dio una risita. — Algunas de ellas incluso tienen grabada el nombre de Ibe-san en su reverso.

— ¿Quién?

Eiji sonrió. Le mostró una fotografía con esas características. —  ¿Ves estos caracteres? Es el sello personal del fotógrafo. Fue un amigo de la familia durante años. Aquí dice su nombre Shunichi Ibe.

Ash parpadeó unas cuantas veces. Recuerda que ese nombre Eiji lo mencionó tiempo atrás, cuando abrió su corazón ante todos y relató su pasado.

— Ash… — el aludido fue sacado de sus propios pensamientos. — Gracias…

La sonrisa que le brindó Eiji en ese momento lo contagió a él también. Como muestra de agradecimiento y gratitud, Eiji besó a Ash.

No tardaron demasiado en apartar sus ropas de sus cuerpos. Nunca despegaron la mirada entre ellos. La forma en cómo se veían mutuamente no era con ojos de placer sino al contrario, los ojos de ambos mostraban curiosidad pura del uno hacia el otro. Conocer cada parte de sus cuerpos sin prejuicios y sin presiones.

Ash y Eiji estaban sonrojados, pero no impidió sonreír para darse valor en seguir adelante.

— Eiji. — la voz de Ash sonó más dulce que otras veces. El aludido nunca pensó que eso podía ser posible. Se acercó más a Eiji, sin antes verlos de pies a cabeza con asombro. Él era hermoso ante sus ojos. — Ven a mí. Entremos al río.

Los ojos de Eiji brillaron de ansiedad y emoción. No podía evitar apartar su vista en el cuerpo desnudo de Ash. Fue un desafío controlar sus deseos para no alterarlo.

— Sí…

Ash levantó a Eiji y por un momento se crispó al sentir el miembro del japonés rozando su abdomen. Ash se repetía a sí mismo que no debía temer. Es Eiji quién está en sus brazos. Eiji era paz. Eiji era amor. No maldad y destrucción.

El rubio también se percató que pelo azabache sobresaltó ante el eminente toque y tragó saliva. Al menos no fue el único en sorprenderse.

Ash caminó para meterse al río, procurando en no resbalar con las piedras y la arena. Una vez dentro, Ash se sentó sobre las rocas y colocando a Eiji sobre su regazo para que no apoyara su lastimado tobillo sobre el suelo y flotara bajo el agua. El agua del río no era profunda. Por la posición en la que estaban, les llegaba hasta un poco arriba de la cintura.

El soldado inhaló y exhaló varias veces. Tener a Eiji encima, sentir su pecho contra el de él y sus brazos rodeándolo en su cuello, no lo podía creer. El calor que emanaba y la cercanía que estaban ambos cuerpos desnudos, simplemente abrazados, exento de lujuria. Hasta ese punto pudo percatarse el nivel de confianza entre él y el japonés. Era casi celestial. Tanta vulnerabilidad, inocencia y pureza al descubierto. La seguridad y el sosiego que solo lo podía otorgar Eiji. No sentía repulsión o recelo de sí mismo. No tardó mucho en que sus músculos se relajaron al instante y hundió su cabeza sobre el hombro del pelo azabache.

— Eiji…

Quería que el tiempo se detuviera. Quería que esa calma habitara en sus sentidos hasta el fin de sus días. Su corazón se llenó de bondanza hacia el hombre que tenía sobre su regazo.

— Ash…

Las caricias castas se hicieron llegar por parte de ambos. Eiji entrelazó sus dedos de una mano sobre las hebras doradas de Ash, dándole masajes relajantes. Ash cerró los ojos mientras que suspiró. Con movimientos lentos, sobo la espalda de Eiji y escuchó al japonés resollar. Dejó de tocar el cuero cabelludo del rubio al instante que sus dedos se tensaron.

— A- Ash… — a Eiji le faltó el aliento.

El aludido notó el lento vaivén de las olas de río y cómo sus cuerpos se meneaban junto con el agua pero también sus pieles se rozaban involuntariamente.

De inmediato, Ash se dio cuenta que el cuerpo de Eiji estaba reaccionando y extrañamente no le molestó. Podía sentir cómo su miembro se movía ante el estímulo. Ash frunció sus dientes en virtud que su propio pene también se estaba excitando.

— Ash… alejate un poco. Y- yo… voy a…

El aludido aflojó su agarre con Eiji y éste se alejó de él. El japonés respiró entrecortadamente y estaba sonrojado. El pobre estaba avergonzado que por simples toques esporádicos su cuerpo se calentaba.

De nuevo, Ash extrañamente no se sentía hostigado por el comportamiento de Eiji. El tan sólo ver el autocontrol que se sometía para no incomodarlo, estremeció su ser. Si hubiera sido aquellos hombres y mujeres que lo dañaron años atrás, no hubieran vacilado en tomar su cuerpo y doblegarlo. Sin embargo, con Eiji era diferente; sus ojos reflejaban no sólo deseo sino que también paciencia y amor. Los sentimientos de Eiji eran genuinos, su atracción hacia él no sólo era física. Eiji lo amaba en cuerpo, mente y alma.

Luego, después de divagar en sus propios pensamientos, Ash escuchó el agua salpicar. Alzó su mirada y Eiji estaba lejos de él, dándole la espalda. Sus ojos se dilataron cuando se percató que Eiji estaba tratando de aliviar su erección con sus propias manos.

— Ash… no… no me veas...

Ash estaba ensimismado. Aún con esas circunstancias, Eiji seguía siendo considerativo con él.

El rubio no fue consciente que estaba sonriendo dulcemente. Sigilosamente, se acercó a Eiji por detrás lo rodeó con sus brazos, descansandolos sobre su cintura.

— ¡Ah! ¡Ash!

El agua chapoteó por el sobresalto de Eiji. Él estaba sorprendido y abrumado por la mirada reflexiva de Ash.

— Déjame ayudarte. Es doloroso hacerlo solo.

Eiji tragó saliva nerviosamente. — Ash… no… tú, no es lo correcto…

Ash suspiró. — Estoy bien, Eiji. Yo también siento lo mismo. — le indicó con su mirada que le daba el consentimiento a Eiji de que podía ver su entrepierna. El japonés se sorprendió lo duro que estaba Ash.

— P-pero Ash… ¿Estás seguro? Yo no quiero obligarte… ¡AH!

Eiji gimió tras sentir las yemas de los dedos de Ash en su miembro. Inmediatamente sus sentidos se nublaron como la mano de Ash lo sostuvo por completo y con su pulgar masajeó la punta en diferentes direcciones.

— Eiji… está bien… — jadeó Ash, entrecerrando sus ojos. Los sonidos placenteros de Eiji lo estaban afectando. — Es lo que quiero… no temas…

— A- Ash… — Eiji trató de controlar sus gemidos.

La quijada de Ash tembló por la abrumadora sensación de placer que le recorría abajo. No obstante, él también entró en pánico tras relacionar lo que estaba compartiendo con Eiji en eso momentos  con su pasado.

— Eiji, mírame. Mírame por favor… — rogó Ash mientras luchaba con su mente en apartar los malos recuerdos de sus abusadores. Otra vez sus demonios internos lo querían atormentar en ese momento íntimo y puro. — Eiji, Eiji…

Él se volteó ante los pedidos de auxilio en el tono de voz de Ash. Rápidamente, el horror que ilustraba sus facciones, se relajaron y lo miraron con alivio.

— Ash…

Ash exhaló con vigor. — Eiji… tú también… te doy permiso… — agarró una de las manos de Eiji, sin soltar su pene. — Tócame… por favor… tócame.  Es lo que quiero…

Eiji se sonrojó. Con duda, juntó su mano con el miembro del rubio, pero sin apartar la conexión de sus ojos con los de Ash, que transmitían confianza y deseo mientras unían sus penes y se frotaban con delicadeza. Entre ratos entrelazaron sus dedos y sus gemidos se emitían en perfecta armonía.

— ¿Confías en mí? — preguntó Ash cuando él y Eiji estaban tan cerca. Ash bajó su mano para tocarle desde su prepucio hasta el escroto. Eiji suspiró y arqueó mientras que el rubio lo sostuvo poniendo su otra mano en su espalda para que no se hundiera. El japonés dejó de tocarlo cuando el calor en su entrepierna sacudió sus sentidos.

— S-sí. — murmuró Eiji, con sus pupilas dilatadas. — Siempre…

Ash inhaló con su boca y rápidamente llevó a Eiji hasta la orilla, pero siempre manteniéndolo dentro del agua, para que tuviese un punto de apoyo y no dañar más su tobillo. Luego se inclinó para besarlo y solicitó acceso con su lengua a su boca. Eiji gimió y al mismo tiempo sus lenguas se entrecruzan, como si estuviesen bailando perfectamente. Durante todo ese tiempo, ninguno de los dos se atrevió a cerrar sus ojos, por el bien de Ash.

Con cuidado, Ash separó las piernas de Eiji y la alzó levemente. Si miraba hacia abajo, podía ver perfectamente el miembro erecto debajo del agua y el de él de igual manera. Con el espacio disponible, Ash se metió en medio de las piernas de Eiji.  

— Ash… — Eiji colocó sus manos en las caderas del aludido.

— Eiji… — sin esperar tanto tiempo, Ash nuevamente sostuvo ambos rectos con su mano. — Eiji, Eiji… tú también Eiji.

Le indicó que metiera su mano en el agua y ambos iban a  proporcionar acaricias entre los dos miembros juntos. Eiji tembló por las miles sensaciones que pasaban por su cuerpo por la lenta fricción del vaivén de sus caderas y que paulatinamente aumentó la velocidad y la intensidad.

— Ash… Ahh… ¡Ash!

Eiji desvió la mirada y cerró fuertemente sus ojos cuando se liberó. Su mente estaba en blanco y a lo lejos pudo escuchar a Ash desatar su orgamos después de él.

No podía negar que se sintió placentero.

Cuando volvió en sí, Eiji se congeló en donde estaba. Ash estaba respirando fuerte y entrecortado pero también estaba llorando.

— Ash. Ay no Ash… perdón… perdón. No debí dejar que…

De repente, el rubio soltó sus piernas y lo abrazó con todas sus fuerzas, haciendo que Eiji le faltase el aire.

— Eiji… — sollozó, con pesadez y sin frenar sus lágrimas. — Es la primera vez que… eyaculo por mi propia voluntad… porque yo quise que pasara.

— ¿Ash? — Eiji le dio palmadas en su espalda. — ¿Estás bien? — su voz se tornó temblorosa.

— No me arrepiento haberlo hecho, Eiji. — susurró Ash en su oído. — Pero ahora mi mente es un desastre… los recuerdos… son más palpables que en mis pesadillas…

Eiji se estremeció. Abrazó a Ash con delicadeza y empezó a masajear su espalda.

— Está bien Ash. Esos monstruos no están aquí. Estás conmigo, llora si quieres… eso no te hace menos hombre o un monstruo como ellos… tú tienes sentimientos… puedes expresarlos conmigo. — Eiji suspiró. — Aquí estoy, Ash…

Ash no habló por un rato. Dejó fluir sus frustraciones y tristezas a través de llantos. Eiji trataba de consolarlo y esperaba que su mera presencia estaba ayudando en algo.

— Eiji… — murmuró Ash casi inaudible. — Quédate conmigo… sé que lo has hecho antes. Pero, necesito, está vez… estés conmigo…

El japonés se mordió el labio inferior mientras dejó caer sus párpados con delicadeza. Sus ojos quemaban y tenía miedo de llorar. Sin embargo, aún así, se esforzó que su voz sonara calmada y decidida.

— Por siempre, Ash. Si me lo permites, — hundió su rostro en la cabellera del rubio. — siempre estaré contigo.

Ash sonrió tristemente pero sintió que sacó un gran peso de encima.

Estuvieron abrazados por un largo tiempo. Agradecieron que nadie los fuera a buscar en virtud de su tardanza.


Julio 1945

— ¡Espera, Ash!

El rubio giró su cabeza ante la voz alegre de Sing mientras salía de la cueva. El amanecer se hacía presente en esos momentos. Nadia y Lao estaban en guardia ese día. Supuestamente, Sing debía estar dormido junto con Eiji y Shorter.

Sing, debes dormir. Todavía es temprano. — comentó Lao mientras trataba de pararse.

Oye, oye, quieto ahí, Lao. Aún estás débil. — paró el adolescente los movimientos de su hermano, quien había vomitado minutos atrás. — Ash necesita ayuda para buscar alimentos. Shorter está agotado, Nadia no puede y tú tampoco. Eiji no digamos…

Había pasado tres semanas desde que Sing lo trató de manera fría y se disculpó. Ahora estaba más animado y era más sociable con él y Eiji. Algo  en él había cambiado.

Sin embargo, no sólo él tuvo un cambio,  muchas cosas no eran las mismas.

De vez en cuando, Lao vomitaba en las noches cuando dormía. Los demás se preguntaban el por qué o qué había comida le había hecho mal. Lao nunca daba razón, solamente Ash y él sabían que eran por las pesadillas, cuando Lao recordaba la fosa de los cadáveres de niños.

La relación con Eiji prosperaba después el momento íntimo que tuvieron en el río. No lo han hecho desde entonces. Un sentimiento se avivó en los adentros de Ash que ni él mismo podía explicar. Sentía deseo hacia Eiji, uno carnal, pero cuando pasaba por su mente sentía náuseas, dolores de cabeza y taquicardia, sintiendo los abusos que tuvo que atravesar.

No sabía nada con relación a Eiji. Ni su opinión o si él también poseía ese deseo corrosivo hacia él. Aún si lo tuviera, Eiji jamás se lo diría por su bien.

— Puedes ir conmigo, si me sigues el ritmo. — el rubio sonrió de lado.

Los ojos de Sing brillaron y corrió hacia él.

— Por supuesto que puedo. No me subestimes.

Cuando se disponían a salir, Nadia interrumpió sus pasos. — Sing, Ash, tengan cuidado. Cuídense entre ustedes… ayer llovió a cántaros.

— ¡No te preocupes, Nadia! — exclamó Sing. — Llevo mi arma al igual que Ash. No nos tardaremos mucho.

Nadia desvió su mirada en Ash.

— En serio, regresamos pronto. — luego de decir esas palabras, Ash vio a Eiji durmiendo. Su tobillo todavía no estaba del todo bien, seguía inflamado, no tanto como antes, pero aún no podía ponerse de pie por sí mismo.

Nadia suspiró. — De acuerdo.

Ash esperó que Sing lo alcanzara antes de seguir caminando. Cuando se colocó a la par de él, Ash le explicó cuál era su plan con sumo cuidado.

Le indicó que hacia el noroeste hay posibilidad de conseguir alimentos. Cuando Shorter sale a buscar, siempre encuentra en ese lugar. El chino no le ha asegurado o dicho algo al respecto, pero Ash estaba curioso y a la vez asustado de ir en esa dirección porque ahí sucedió la casi violación de aquella niña.

Pero tenía a Sing a su lado. Él era de fiar si entraba en una crisis emocional.

— Yo nunca he ido a ese lugar. ¿De verdad habrá frutas y peces como los que trae Shorter?

Ash suspiró. — Posiblemente, sino no encontramos nada, entonces hay que preguntarle a Shorter sobre ello.

Sing de inmediato notó que había una colina grande. Ayer había llovido y el ambiente se sentía húmedo. Debían de tener cuidado al subir y no caer hacia abajo, donde se divisa y área plana que dirigía hacia el pueblo.

— Yo no escuchó el ruido del río cerca. ¿Será que Shorter nos ha timado?

Ash bufó por el tono de desagrado de Sing. Vio hacia abajo y pudo divisar los árboles chaparros y los tallos de bambú en una zona frondosa.  Tragó saliva cuando notó que era el lugar donde se encontró con esa niña la primera vez, cuando pudo ver el manoseo que le hacía ese maldito hombre.

Ash sintió su cuerpo estremecer y guió a sus ojos a ver el punto donde enterraron al bastardo.

Perfectamente podía observar el montículo de tierra desecho por la lluvia. Parte de las ropas de los cadáveres eran visibles.

El rubio jadeó con miedo y sus sentidos se nublaron al instante. Oía el clamor del hombre morirse esa noche, al igual que los militares japoneses que irrumpieron la cabaña, incluso sus propios gritos de niño implorando que lo dejaran de tocar. Sintió calambres en sus extremidades y no podía moverse. Debían de huir de ese lugar.

Ahí se encontraba la muerte.

— ¿Ash? — Sing se volteó a donde estaba tras no verlo con su rabillo del ojo. El rubio se había quedado atrás.

El aludido estaba en shock. Intentó dar un paso para acercarse a Sing pero solamente consiguió perder el equilibrio e irse colina abajo.

No hubo reacción por parte de Ash. Estaba tan asustado que no se percataba que estaba cayendo. Estaba estancado en sus propias memorias.

— ¡ASH!

Sing corrió hacia él, pegando su cara al lodo intentando agarrar impulso. El cuerpo de Ash caía muy rápido.

Cuando Sing notó que Ash se golpeó contra un árbol, entró en pánico. Inmediatamente, Ash perdió el conocimiento pero Sing perdió su trayectoria al entrar en la parte frondosa del bosque.

¡Mierda! ¡Mierda! — masculló Sing cuando se hacía paso a través de los árboles.

Luego, sin previo aviso, escuchó los chillidos de dos personas mientras se escuchaba un estruendo en el camino. El adolescente se crispó en ese momento.

Cuando apartó las hojas de los árboles pensó que estaba teniendo una pesadilla.

Dos pueblerinos, un niño y un hombre con una carreta llena de leña, estaban cruzando el bosque y el cuerpo de Ash estaba tendido enfrente de ellos.

Los escalofríos recorrieron el cuerpo de Sing. Con manos temblorosas agarró su pistola y apuntó primero al adulto. Imágenes de los momentos compartidos con Kotarou y su mamá se hicieron presentes. No quería cometer otro error como ellos. Si los descubren, en especialmente a Ash, era el fin. No debía vacilar. Debía de matarlos en ese instante antes que hubiere más problemas. No debían haber testigos n

¡Tú! ¡No puede ser! ¡El hombre rubio! ¡Realmente eres tú!

Sing se sobresaltó al escuchar la voz de la persona más pequeña. No era un niño, era una niña, y al parecer conocía a Ash porque observó como ella lo sacudió y apartaba sus cabellos de su rostro.

¡Hey! ¡No es gracioso! ¡Despierta!

El chino vio que sangre salía por la cabeza de Ash. El cuerpo de Sing tembló.

¡Akira! ¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! ¡¿Lo conoces?! ¡Sí es un estadounidense! — gritó el hombre japonés, rápidamente, sin quitarse la sorpresa de encima.

¡Él me salvó cuando me perdí en el bosque! ¡Él fue quien me ayudó!

El japonés jadeó. — ¡Nunca dijiste nada!

— ¡Porque le prometí no decirlo! — la niña intentó parar el sangrado con sus  manos. — Te lo ruego, tío. No lo podes dejar aquí.

Sing estaba en shock. Jamás Ash comentó que había ayudado a una niña a regresar el camino hacia su pueblo. Miles de pensamientos brotaban en su mente. Ash estaba herido y colina abajo. Él aunque quisiera no lo podía ayudar, ni siquiera con la ayuda de los demás y porque no tenían medicinas para tratarlo.

De acuerdo. Llevemoslo a la casa. — dijo el hombre con voz decidida. — Hay que meterlo dentro de la carreta y esconderlo de camino al pueblo. ¿Me escuchaste? Hay que ser lo más cuidadoso que se pueda.

La niña asintió fervientemente.

Sing cayó de rodillas cuando fue testigo de lo que el japonés profesó. Aterrado vio como a Ash se lo llevaban hacia el pueblo, él dentro de la carretilla, ocultandolo entre la leña y ramas con hojas para disimular. El pobre hombre japonés debía hacer un esfuerzo muy grande para empujar el peso extra.

Tratando salir de su miedo, Sing se levantó y los siguió sigilosamente hacia la casa en dónde se lo llevaban. Se estaba aprendiendo el camino.


Ash sintió su cuerpo muy pesado pero también cálido. Su cabeza le daba vueltas y trataba de recordar qué había pasado. Estaba tan cansado de pensar así que no lo hizo. A pesar que le dolía el cuerpo, en especial su cabeza, estaba muy cómodo. No recordaba la última vez que se sentía así, solamente con la presencia de Eiji.

Estiró su mano e intentó buscarlo. Cuando se percató que la presencia de Eiji no estaba cerca, se asustó y abrió sus ojos de golpe.

Lo primero que vio fue un techo desconocido. Fue ahí que la adrenalina recorrió sus sentidos.

Se sentó y empezó a jadear. Estaba en una habitación típica japonesa y notó que su cabeza estaba vendada. ¿En dónde estaba?

— ¡Ah! ¡Tú, despierto!

Ash giró su rostro hacia la voz femenina muy familiar. Sus ojos se conectaron al instante.

— ¡Tú eres…!

Ash aliviado en cierto sentido. Reconoció a la niña de inmediato.

Luego, la puerta shoji se abrió y todo el ser de Ash se estremeció cuando entró un japonés. Nunca había visto a ese hombre en su vida. Estaba sonriendo cálidamente mientras que la niña saltó a abrazarlo.

¡Despertó! ¡Despertó!

El japonés rió. — Sí, sí lo estoy viendo, Akira…— para sorpresa de Ash, el hombre comenzó a hablar en inglés fluidamente pero marcado su acento. — No te asustes, estás a salvo aquí. Mi casa es tu casa.

— Hablas inglés… — susurró Ash, aún en shock.

— Ah, sí… por mi trabajo antes de que estallara la guerra tuve que viajar mucho a Estados Unidos. — colocó su mano en los cabellos de la niña. — Ella es Akira, mi sobrina.

La aludida sonrió entre dientes.

— Akira...— repitió Ash sin salir de su estupefacción.

El japonés asintió y suavizó su mirada. — Mi nombre es Shunichi Ibe; un placer.

Ash abrió sus ojos desmesuradamente. ¡Él era el fotógrafo!