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A pesar de estar bajo sombra, Ash sentía que su cuerpo se hiperventila, por los alaridos de Lao haciendo eco en su cabeza y tener a la vista el rostro apesadumbrado de Sing. Nadie se movía, estaban en completa angustia. El desmayo de Sing fue repentina y Ash no sabía qué hacer. Estaban en medio de la nada, cansados, solos y sin ninguna fuente de alimento o medicina.

Dentro de la mente de Ash estaba polarizada por sus propios pensamientos maliciosos, sin darle tregua de apartarlos. Por su culpa, estaban varados en un lugar desconocido; por su culpa, Lao dio mal uso a su arma e hizo  que llegaron los militares a la cabaña y dañaron a Eiji y a Shorter. Si tan sólo hubiese sido más cuidadoso…

Si tan solo hubiese muerto el día que lo encontraron.

— ¿Ash, qué hacemos? — preguntó Nadia tras ver la respiración agitada del menor. Ella se estaba poniendo nerviosa.

El rubio no tenía ni la más mínima idea. Casi en ese momento iba a bufar porque también, por su bocota, les dijo a todos que los iba a proteger ya que él era el más experimentado en supervivencia. Que patético y descarado fue. La sensación de asco permanecía en Ash.   Era una basura. No pudo salvar la cabaña, ni siquiera pudo leer las intenciones de suicidio de una mujer embarazada. Ahora otro menor estaba decayendo ante su presencia. Otra persona moría ante sus ojos. Ash empezó a reconocerse como un impotente e inútil.

Otra vez, la muerte le estaba atormentando. No estaba pensando en claro. Solo veía cómo Sing respiraba laboriosamente.

Paulatinamente, todos iban a sucumbir.  

— ¿Ash?

Escuchó que alguien lo llamaba pero no le dio importancia. Le estaba fallando a todos. No quería más flagelos ni sufrimientos. El cansancio no ayudaba en absoluto, Ash sentía que en cualquier momento iba a desfallecer. La boca de Ash tembló sin poder articular algún sonido.

— ¡Podemos buscar las pisadas de Sing! — Ash se sobresaltó. Esa voz era de Eiji, pero no le estaba hablando a él. —  O Sing debió dejar alguna pista… una señal… él quería guiarnos el camino hacia el lugar que encontró.

La mente de Ash volvió en sus cabales en un santiamén, como si la voz de Eiji disipó la neblina de sus propios pensamientos. Casi jadea por regresar a la realidad de golpe.

— Sing es muy listo. No creo que se haya confiado demasiado en su memoria como para llevarnos hacia allá. — Shorter negó con la cabeza. — Y mucho menos si se sentía fatal…

Lao estaba estupefacto. La única reacción consideraba como respuesta era el apretón que dio a Sing y luego lo atrajo más a su cuerpo. Podía palpar lo hirviendo que estaba en adolescente a través de sus ropas y sus brazos descubiertos.

— Dijo que el río estaba hacia el sur… — Nadia escaneó con sus ojos el panorama. — Salió de allá, en esa parte boscosa…

— No hay tiempo que perder… — Shorter se agachó con cierto dolor. — Cada minuto es vital, no sólo para Sing, sino para nosotros también. — Entonces, el chino recogió tanto como pudo las bayas y frutas que estaban en su alcance. — Nadia, ayúdame aquí… olvidemos un rato nuestras posiciones… hay que concentrarse en Sing...— rezongó tras haber hecho un movimiento en falso que lastimó sus costillas.

Nadia dejó caer sus rodillas al suelo y por ende su arma también cayó. Al darse cuenta, rápidamente la cogió y la guardó entre sus ropas y se dispuso a recolectar todo el alimento que sus brazos podían rodear.  Con el rabillo del ojo, Nadia observó que Lao no tenía la más mínima intención de soltar a Sing.

Con un suspiro profundo, Nadia alzó su mirada al rubio. — Ash, carga a Eiji durante el trayecto. Lao ahora tiene las manos ocupadas.

Sin embargo, Nadia no recibió ninguna respuesta del aludido en virtud que Eiji le robó la oportunidad de hacerlo. — Yo también puedo llevarme algo, Nadia… Shorter.

Shorter masculló. — No lo hagas, te vas a caer si tienes las manos llenas. Debes de agarrarte bien de Ash…

— Puedo meterla adentro de mis ropas, no hay problema…

— ¿Y comer la suciedad de Eiji? No gracias… quiero ahorrarme una dolencia más en la lista.

Nadia puso cara de poker. — Tus manos están sucias también Shorter.

Ash parpadeó un par de veces. Estaba estupefacto en la manera en cómo los demás se organizaron para salir adelante. Fue en cuestión de segundos que los demás estaban preparados en emprender la búsqueda del dichoso río.

— Ash.

Los orbes verdes esmeralda se concentraron en Eiji. El japonés le regaló una nostálgica sonrisa.  Fue ahí comprendió que debía sostenerlo.

— Ah, sí… — dijo Ash aún aturdido por haber perdido la cabeza hace momentos atrás.

Los otros solamente los estaban esperando a ellos. Ash se hincó y explicó a Eiji que se subiera en su espalda. Cuando Ash sintió que los brazos de Eiji rodearon su cuello, él, con sumo cuidado, sostuvo sus piernas lo suficientemente fuerte para no lastimarlo ni que se deslizara de sus manos.

Aún sorprendido, Ash no se movió ni un centímetro cuando los demás empezaron a caminar.

Eiji, aún lúcido de haber percibido la tensión que a Ash le había carcomido, le susurró en el oído. — Aún no somos una causa perdida. — rió levemente mientras apretaba su agarre en el cuello de Ash y cerraba sus ojos. —  Está bien depender de otros… no estás sólo… ¿Somos un equipo, verdad? — Ash giró su rostro hacia Eiji. — No te eches toda la responsabilidad en tus hombros. Incluso dentro del ejército colaboran entre ellos.

Fue entonces que a Ash se relajaron sus hombros. No podía evitar sentirse estúpido porque se le ha olvidado que, antes de que él llegara, los demás habían podido sobrevivir antes. Ash exhaló, derrotado. El cansancio estaba tomando lo peor de él. Se dejó llevar por el pánico, algo que no debería pasar un soldado.

— Sí… supongo que tienes razón… — murmuró Ash y luego caminó hacia dónde los otros asiáticos recorrieron.

Por otro lado, Eiji se sintió desubicado por unos momentos.  Esperaba una respuesta más profunda por parte de Ash. No obstante, la incertidumbre duró poco para el japonés ya que Ash giró nuevamente su cabeza y observó a Eiji. Cuando se percató que ambos se vieron fijamente, sonrió.

— Gracias, Eiji.

El aludido sonrió de oreja a oreja. Con su cabeza, su acurrucó en el cuello de Ash.

Sin embargo, la feliz interacción fue interrumpida inmediatamente cuando Ash se obligó a parar en seco. Nadia y Shorter estaban con la boca abierta mientras que Lao sacudió un poco a Sing, intentando despertarlo.

Esa parte del bosque era muchísimo más frondoso y denso, con caminos llenos de arbustos, arboles de seda, de alcanforero y bambú. A pesar de ser un clima sub tropical, el lugar se sentía húmedo y no había una manera de atravesarlo.

— Fue como dijo Sing… no hay manera que alguien encuentre el río.. .—  dijo Shorter con admiración.

Ash rechinó sus dientes. A simple vista, Sing no dejó ningún rastro, ni una pisada. Nada. Aunque pareciera que la escena estuviese limpia, debía de haber una señalización por ahí que no estaban viendo.

El rubio vio con detenimiento el lugar. Desde las hojas perfectamente intactas, los troncos de los árboles inmaculados y el suelo lleno de hojas y palos esparcidos aleatoriamente.

— Un momento…

Las palabras de Ash fueron objeto de ser el centro de atención de los demás. Lo veían con ilusión.

— ¿Ash? — preguntó Shorter.

Eiji se percató que Ash buscaba con sus orbes verdes algo en el suelo. Aún con todo el empeño que hacía, el japonés no pudo ser capaz de descifrar lo que había encontrado el rubio.

— ¿Qué viste, Ash? — susurró Eiji en su oído.

El estadounidense intentó concentrarse a pesar de la pesada respiración de Sing que producía eco en sus oídos. Peleó asimismo con el cansancio y el estrés.

— Miren estas ramas delgadas, su corteza está pelada a su alrededor y el corte llega hasta la mitad… — Ash jadeó. Ya lo tenía. — Esas cortadas no lo hace ningún insecto, animal o la propia naturaleza… Eiji, sostente fuerte, me voy a agachar.

— Emm, sí. — exclamó Eiji tras juntar más su cuerpo contra el de Ash. Cuando el rubio estaba metido en sus propios pensamientos, no veía más su entorno. Su concentración era tanta que hasta Eiji no podía creer a veces lo inteligente que era.

Eiji se agarró más fuerte cuando sintió que se iba para adelante al momento que Ash se hincó.

— Estas líneas se hicieron por arma blanca corto punzante.

— ¿Qué? — Lao estaba algo perdido.

— ¿Sing marcó el camino al dejar marca en las ramas caídas? ¿Eso es lo que piensas, Ash? — trató Shorter de seguirle el ritmo.

El aludido vio de reojo a Shorter antes de darle la razón. — Sí, solo esa mira esta rama de aquí… la parte pelada está señalando hacia el suroeste. Si caminamos hacia allá...— Ash se levantó, tropezando un poco por sentirse un poco mareado. Sin embargo, eso no impidió detenerse. Al momento de caminar unos cuantos centímetros, mientras los demás lo seguían, Ash sonrió victorioso al ver otra rama en el suelo con los mismos raspado en su corteza, solo que esta vez indican ir al occidente. — Encontraremos una rama similar…

Lao casi deja caer a Sing de sus brazos por la impresión. Nadia y Shorter se vieron mutuamente, con esperanza que se dibujaban en sus rostros.

Ash sintió que Eiji escondió su cara entre su cuello y curvó sus labios hacia arriba. — Ash… — susurró Eiji, más calmado.

En ese instante, Ash quería besar a Eiji. Trató de sacar en sus pensamientos dicha posibilidad. Todavía no estaban a salvo. Necesitaban hallar el río, pronto.

— Siganme y no se pierdan. — comentó Ash mucho más confiado. — No sabemos a qué distancia está este dichoso río… no hay tiempo de perder, ni siquiera para descansar.

El estadounidense no esperó ninguna respuesta. Siguió caminando con fe a que los otros estuvieran paso firme detrás de él. Solamente sintió que Eiji tragó saliva y Ash, en acto de reconfortarlo, besó el antebrazo de Eiji que rodeaba su cuello.

Por su parte, el corazón de Eiji se enterneció. Aún con su cabeza descansando sobre el cuello de Ash, posó sus labios castamente en la piel suave, cerca de la nuca, sin que los demás se percataran de esos ósculos hechos a escondidas.

Por esos momentos de aliento era lo que Ash y Eiji anhelaban para poder seguir ese martirio.


 

Caminaron veinte minutos más. Sin embargo, para Ash y compañía fueron eternos. Era mediodía y el sol estaba en su máxima expresión. El calor era insoportable. Quemaba los rostros de los caminantes y los brazos desnudos de Ash, Nadia, Shorter y los hermanos chinos.

Las piernas de Ash y Lao estaban entumecidos por el peso extra que debían acarrear, a veces se iban de lado por un momento de deliz en sus pasos.

Ash sentía su boca seca y el sudor rodaba su rostro y en su cuerpo. Eiji secaba la cara de Ash cada vez que notaba el nuevo sudor se formaba.

— Hey… — dijo Shorter, con voz ronca que reflejaba su agotamiento. — ¿Oigan, lo huelen?

— ¿Oler? — preguntó Nadia. Una fuerte ola de aturdimiento pegó en su cuerpo.

— La tierra mojada…

Ash abrió grandemente sus ojos. Uno de las cualidades de Shorter era su gran sentido del olfato, era como el sabueso del grupo.

— Shorter… — susurró Lao mientras apretaba su agarre de Sing.

— Vengan, por aquí…— exaltó Shorter, recuperando su ánimo decaído.

Sin importarle que gastara su energía, el chino calvo corrió hacia donde su nariz se lo indicaba.

No recorrieron mucha distancia. El sonido del río se hizo escuchar.

— Agua… — dijo estupefacto Shorter cuando dio el último paso y vio el líquido cristalina frente a sus ojos.

— ¡Es agua! — gritó Nadia, corriendo junto con todos los demás.

Gritos de júbilo y alivio resonaron en el área.

Shorter y Nadia dejaron sus armas, la fruta y bayas silvestres en la orilla se metieron dentro del río y tomaron agua hasta saciarse. Lao acostó a Sing y luego arrancó una hoja larga de un árbol e intentó darle, con cuidado, de beber a su hermano. Luego, lo refrescó, echándole agua sobre su rostro.

Mientras tanto, Ash encontró una roca de superficie lisa en medio del río. Aún con Eiji en brazos, trató de no deslizarse entre las rocas y arena y depositó a Eiji en ese lugar.

— Gracias, Ash.

— Espera Eij, déjame ayudarte. — explicó Ash tras desatar el torniquete de su tobillo. — Sumerge tu pie en río… eso aliviara un poco la hinchazón.

La mirada de Eiji se suavizó, aún más cuando Ash masajeó lentamente su tobillo dentro del agua.

— Déjalo Ash… — suspiró Eiji, aliviado por la sensación de frescura en su tobillo. — Debés tomar agua… debés de estar sediento.

— Habrá el tiempo suficiente para eso, Eiji.

De repente, Ash sintió las manos de Eiji reposar sobre sus hombros. Alzó su mirada y se conectó inmediatamente con los ojos color almendra de Eiji, con una mirada con tintes de regaño.

— Ash…

Eiji percibió que Ash le hizo un rostro lleno de inocencia, sintiéndose mal por ser regañado. Después, Ash puso sus manos en forma de palangana y extrajo agua del río y se lo ofreció a Eiji.  

— Anda, toma…

Eiji parpadeó y casi bufa de contetación por las acciones de Ash. Siempre establece a él como prioridad. El problema era que Eiji también posiciona a Ash como primer lugar antes que a él mismo. Vaya que ambos eran unos problemáticos.

Ash acortó la distancia entre los labios de Eiji con sus dedos y los inclinó hacia abajo para que el japonés bebiera. Eiji dio una risita y tragó el vital líquido. Ash en cambio, estaba ensimismado por la delicadeza del rostro de Eiji. Aún contra toda diversidad, Eiji aún conservaba su alma pura y su mente fuerte.

— Ahora tú… toma agua, Ash…

Los orbes esmeralda del rubio brillaron mientras dio el primer sorbo de agua. Había olvidado cuando fue la última vez que tomó.

— Oigan, tortolos… — Ash y Eiji ladearon sus cabezas, con un fuerte rubor en sus mejillas, ante la voz de Shorter.

— ¡Shorter! — alegó sin mucho éxito Eiji. No obstante, ambos “tórtolos” se percataron que eran los únicos que permanecían alrededor del río. Ash le dio un tic en el ojo, cuando estaba con Eiji, el mundo se disipaba y solo podía concentrarse en él. Hasta ese momento, notó ese pequeñísimo problema.

El aludido sonrió de oreja a oreja. Esos dos eran un desastre. Pero no era el lugar ni el tiempo para distracciones. Aún estaban en una situación delicada.

— Nadia encontró una cueva deshabitada…

— ¿Qué? — Ash y Eiji se vieron las caras.

— Llevamos a Sing para que descanse. — Shorter con su ceño fruncido, se acercó a ellos. — Vengan conmigo.

Nuevamente, Ash y Eiji se observaron y, como si se hubiesen comunicando telepáticamente, asistieron con firmeza.


 

Pasado dos días, Sing logró despertarse finalmente. Al momento de abrir sus ojos, estaba desorientado. No reconocía el techo ni las paredes del lugar. Ni siquiera de su estructura.

De inmediato, Sing se percató que no estaba en un lugar cualquiera. Por la humedad y la oscuridad del ambiente concluyó que estaba en una cueva.

— ¡Sing! ¡Estás despierto! — el adolescente reconoció la voz de Eiji. Estaba a su lado, y notó que sus mangas habían sido rasgadas. Extendió su brazo hacia su frente por haber sentido un objeto extraño y mojado encima. Sing cayó en cuenta que era tela; eran las mangas de Eiji. — ¡Oigan todos! ¡Sing está consciente!

Sing bufó. Estaba despierto pero todo su cuerpo tenía una pesadez tremenda. Hasta estaba tentado de cerrar sus ojos nuevamente.

— Sing, Sing...— el joven chino giró sus ojos tras el llamado de su hermano. Dejó caer sus rodillas en el duro suelo. El rostro de Lao no pudo ocultar su preocupación. — ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?

Con voz ronca, Sing intentó mantener su mirada. — No lo sé… cansado…

Shorter, Nadia y Ash estaban descansando sobre las sábanas. Cuando Sing habló, ellos juntaron alrededor de él.

Sing notó que Shorter le sonrió amablemente. — Descansa Sing… te lo mereces.

— Así te sentirás mucho mejor… mañana iremos por comida y por peces del río. — comentó Nadia, cambiando de lado la prenda mojada de su frente.

— ¿Qué…? ¿Dónde estamos…?

— En una cueva no muy profunda, Sing. — esta vez, Ash habló, con una sonrisa en sus labios. — Gracias a ti, pudimos encontrar este lugar. Es un muy seguro aquí.

Sing sintió que Lao agarró sus manos contra los de él. El adolescente podía sentir su presencia. Lao tenía pesadas bolsas debajo de los ojos por haber cuidado de él.

— ¿Encontraron el río?

— Sí, Ash fue quien se dio cuenta de las ramas rasgadas por tu cuchillo… — dijo orgulloso Eiji.

Sing miraba sl japonés, con ojos bien abiertos. Luego observó a Ash, incrédulo. Sintió escalofríos tras sentir que le habían echado agua fría. Por supuesto, eso solamente era una suposición. — Es un gusto que estés de nuestro lado. No quisiera ser tu enemigo…

Ash levantó una ceja. — ¿De nada…?

Shorter dio una carcajada antes de dar golpes leves en la espalda de Ash.

— ¡Bueno! Creo que debemos descansar… es de noche ya. Tú, cerebrito, duerme esta noche. Lao y yo vigilaremos.

— Shorter...— susurró Ash no muy convencido.

— Estoy de acuerdo, Ash. — intervino Nadia, con un rostro serio. — Dormir te hará bien…

Ash suspiró. Podía sentir la mirada latente de Eiji sobre él. — Está bien… está bien… ¡Cómo molestan ustedes! — masculló y obedientemente se acostó al lado de Eiji y lo arropó. — ¡Si algo pasa me dirán de inmediato!

Ash no pudo escuchar más. Solamente sentir los latidos del corazón de Eiji y quedó profundamente dormido.

— Está muerto. — Agregó Shorter con sarcasmo.

Eiji sonrió y abrazó al extranjero entre las sábanas.

No pasó mucho tiempo en que Nadia y Sing durmieran también.


 

Esa noche, Eiji tuvo una nueva pesadilla, Ash, consciente de los leves gemidos del japonés, decidió en cambiar de estrategia y tranquilizarlo con suaves toques.  Ash exhaló por su nariz mientras se abrazaba más hacia Eiji. No estaba profundamente dormido y le estaba costando conciliar el sueño, a pesar que logró dormir unas horas. Podía sentir los músculos tensos del japonés y los leves quejidos que emitía por su garantía. Por debajo de las sábanas, Ash intentaba calmarlo, con sus pulgares, acariciando el dorso de las manos de Eiji. Lo que quería asegurarse Ash es que Eiji no se sintiera sólo en sus sueños, aún si no estuviera consciente de su alrededor.

Lao y Shorter todavía estaban de guardia esa noche; posiblemente han escuchado a Eiji.

A pesar del ambiente relativamente calmado, el alma de Ash casi se sale de cuerpo y abrió los ojos de golpe tras oír unos lloriqueos ajenos a los de Eiji afuera del refugio. Estaba lejos pero lo suficiente para que Ash se alarme.

Ash se sentó, asustando a Lao y Shorter. Trató de ajustar sus ojos en la oscuridad y concentrarse en los gritos contrariados de alguien.

— ¿Ash? — susurró Shorter, con miedo. Ash notó que el chino estaba acariciando los cabellos azabache de Eiji, para consolarlo en sus sueños.

— ¿Lo escuchan?

Lao y Shorter se vieron.

— ¿Escuchar qué? — inquirió Lao. — No se escucha nada.

Ash frunció el ceño. Preparó su arma y se levantó sin avisar.

— Ash...— dijo Shorter entre dientes y se percató que Lao se había parado.

—Quédense aquí a cuidar. — ordenó Ash con seriedad. Tenía un mal presentimiento. — Iré a averiguar qué es ese ruido.

Shorter jadeó levemente. — ¿Cómo?  

Ash sonrió de lado. — ¿Recuerdas qué te dije una vez? Tengo oídos sensibles…

Los recuerdos de Shorter pasaron en un milisegundo.  Aquél día en la playa, cuando pescaron con la trampa por primera vez, Ash se quejó que tenía oídos sensibles. El chino parpadeó cuando Ash ya estaba fuera de su vista.

— Ash… — murmuró Shorter.

Lao frunció el ceño. — ¿Será buena idea dejarlo solo?

Shorter tenía una mala espina. Intentó levantarse pero le recorrió un dolor agudo en todo su cuerpo. Se maldijo en sus adentros y observó a Lao con desdén. ¿Realmente no tenía opción?

— Lao… ve con él… por favor.

— Shorter… — dijo Lao con cierto temblor en su voz.

— No hay que dejar a Ash solo… no en ese estado en que está…— Shorter no confiaba en Lao, en absoluto. Más si era de una situación relacionada con Ash. Sin embargo, algo no estaba bien. Ash no debía ir sólo. Era una corazonada que tenía.

Entonces, tras un largo silencio, Lao frunció el ceño mientras preparaba su arma.


 

Los pasos de Ash eran callados pero firmes. Con sus ojos observando a cada rincón del bosque y los sonidos de animales y de las hojas bailar por el aire frío, lo tenían inquieto.

Por cada pisada que daba, se hacían más audible voces en japonés. Eran los lloriqueos de una niña agobiada pero no estaba sola, escuchaba un hombre tratando de silenciarla. No tardó mucho tiempo en estar cerca del bullicio.

El corazón de Ash palpitó fuertemente que sintió dolor en el pecho.

Los pasos de Ash era más pesados ahora. Empezó a sudar frío cuando oyó a la niña gritar de angustia y de repente fueron apagándose. Luego escuchó el hombre hablar entre sus dientes, en los matorrales, percibiendo el tono amenazador de sus palabras.

— Calla o te pego hasta matarte.

Ash sintió escalofríos al escuchar un gemido por parte de la niña. Sus manos que sostenían el arma temblaron por la adrenalina al estar detrás de los árboles chaparros que nublaban su vista entre los japoneses y él. Podía escucharlos claramente. Cuando se atrevió a ojear lo que realmente pasaba, todo su cuerpo se crispó.

La niña estaba boca arriba, llorando en silencio, con su pequeño pecho y piernas descubiertas, encima de un hombre que estaba embozado la boca de la niña con una mano mientras que la otra la manoseaba.  

Tras ver dicha escena, comenzó el frenesí en Ash. La imagen enfrente de sus ojos se distorsionó y se estaba viendo a sí mismo en ese momento. Los recuerdos de su pasado lo invadieron de nuevo.

Salió de su escondite y la furia que se acumuló rápidamente en su interior estaba a flor de piel.

— ¡¡Hijo de puta!!

La aparición del rubio tomó de sorpresa a ambos japoneses. Ash agarró y apretó del cuello del hombre mientras lo arrastraba del suelo con todas sus fuerzas. El japonés se sofocó, intentando pelear contra Ash infructuosamente.

Ash puso todo su cuerpo en el estómago del hombre, ocasionando que tuviera dificultad en respirar. La mente de Ash estaba nublado, no veía un hombre japonés a su merced, al contrario, visualizaba el rostro de hombre estadounidense, el entrenador de baseball que lo violó cuando era niño.

— ¡¡Maldito!! — Ash lo golpeó a puño limpio en el rostro del hombre, sin darle oportunidad de defenderse. — ¡¡Jódete, bastardo!! — las cuerdas vocales de Ash se desgarraron y su rostro era impasible. Era inconsciente de que estaba haciendo mucho ruido. Por cada puñetazo que daba Ash, veía otro violador diferente. Ash empezó a llorar tras visualizar tantas personas que se aprovecharon de él. Sin embargo, sus gritos se volvieron más crudos y guturales al momento en que su mente se mostró Dino.

— ¡¡Muere!!  ¡Eres un maldito violador! — los nudillos de Ash se estaban desgarrando pero él no sentía de dolor. Solamente continuaba pegando violentamente. — ¡¡Personas como ustedes deben morir!! ¡¡Váyanse al infierno!!

Ash jadeó cuando percibió el calor de una mano en su hombro. Ladió su cabeza, asustando como una lince en peligro, y vislumbró a la niña, quien trataba de ajustar su yukata.

Entonces recordó en dónde estaba.

El soldado, con respiración entrecortada, la observó de pies a cabeza. Ella tenía su cabello corto, la podría haber confundido por un niño sino fuera por el sutil estampado de sus ropas y su complexión era delgada y pequeña. No había golpes visibles en su cuerpo, sólo habían lágrimas frescas en sus ojos y estaba  aterrada.

Ya más calmado, Ash bajó la mirada y vio el hombre con su rostro destrozado por los puñetazos recibidos. Dientes, saliva, lágrimas y sangre descansaban sobre el suelo. El hombre ya estaba muerto.

El cuerpo de Ash empezó a temblar y observó sus manos manchadas de su propia sangre y ajena. No podía articular palabra alguna y la emoción eufórica del momento se tornó en pánico. La niña también estaba aturdida, sin saber qué hacer, solamente estaba parada, a un lado de Ash.

No obstante, Ash giró su rostro y se posicionó enfrente de la niña cuando escuchó el sonido de las hojas moverse. Alguien se dirigía hacia ellos. El rubio chasqueó su lengua al percatarse que dejó el arma atrás entre los árboles chaparros. Estaba desarmado.

¿Quién... es…? — dijo la niña con voz quebradiza en japonés. Ash frunció el ceño por no entenderla.

El sentimiento de indefensión creció en Ash al darse cuenta que el dueño de esos sonidos era Lao, y estaba armado.

Ash tragó saliva tras ver el asombro en el rostro de Lao cuando éste se percató de la situación. Empezó a conectar cables en su mente y luego contempló a Ash, anonadado pero rápidamente sus facciones se tornaron serias al ver a la niña.  

La japonesa chilló por la intensa mirada que emitía Lao y dio un paso atrás. Sin embargo, la niña se paralizó del miedo cuando observó que el japonés alzó su arma y le apuntaba hacia su cabeza.

Ash se puso de pie prontamente y cubrió aún más a la niña con su cuerpo.

— ¡¿Se puede saber que mierdas haces?! — exigió Ash con una voz alterada. Ahora se arrepentía aún más dejar su arma atrás.

Lao se acercó a ellos e inherentemente Ash caminó hacia atrás, guiando a la niña con sus manos. — Realmente no tengo idea de lo que pasó aquí… pero lo que importa es que esa niña te vio… será mejor para todos que desaparezca.

Ash cayó en cuenta las intenciones de Lao y tragó saliva. — Esto es diferente…

— ¿En qué forma? — preguntó Lao, acercándose más. Ash frunció el ceño mientras sentía que la japonesa agarraba fuertemente su yukata. — ¿Quién garantiza que no nos delate como el otro niño…? ¿O qué se suicide? Dudo mucho, que en las condiciones en que vivimos, podemos aguantar otra huida o cuidarla.

Era una lógica acertada después de todo lo sucedido en estas últimas semanas. Ash se maldijo a sí mismo por solo reconsiderar las palabras de Lao. No solo era salvar el pellejo del chino, sino que de los demás también. No quería más muertes, pero Ash debería estar acostumbrado a estar rodeado de la misma muerte.

— Lao… — dijo entre dientes Ash. Su rostro era miserable. — Solo explicale a ella en japonés lo que pasa y tal vez entenderá.

— No. Viste que pasó al explicarle a esa mujer y a su hijo… no quiero que Sing o yo pasemos por lo mismo. — el aludido permitió que Ash tuviera la oportunidad de sostener la empuñadura de la pistola.— Decide… lo hago yo o tú… — Se percató que Ash estaba vacilante en tomar una decisión. — No tenemos mucho tiempo… hay que ocultar el otro cuerpo de allá…

Ash se encontraba en una encrucijada. Lao tenía la oportunidad de matar a ambos en ese instante, y no le sorprendería si así fuera el caso si no tomaba el arma. Ash casi le da escalofríos tras pensar que si coge el arma, podía disparar contra Lao y los problemas se acabarían en un santiamén. Su oportunidad de hacerlo estaba a tan sólo centímetros de distancia de su mano.

El brazo de Ash fue estirándose, ansioso de usarla.

— N-no… — Ash se sobresaltó y Lao inclinó su cabeza hacia esa voz femenina. No había ninguna duda, esa palabra era inglés. — No matar… no más matar…

Ash ladeó su cabeza en la cual se encontró con la faceta despavorida de la niña. Él abrió grandemente sus ojos cuando observó las lágrimas rodar sobre las mejillas de la japonesa.

— ¿Qué? — preguntó Lao, desconcertado.

La niña tuvo problemas de articular sus palabras. Aunque su  lengua se traba entre sus dientes y el cielo de su boca, con mucho esfuerzo, pudo seguirse comunicando.

— Él… malo, merecer morir. — señaló al hombre que yacía muerto sin tener el valor de ver su cadáver. — Yo… ustedes, buenos… merecer vivir… — bajó la mirada la japonesa. — La guerra matar mucha gente mala y buena… — alzó su mirada con desespero. — Ya no más matar… no matar ustedes. No matar a yo. — se señaló a sí misma.

La ligereza fue casi palpable para Ash al sentir que ya no percibía la tensión en sus hombros. Al percatarse que Lao estaba distraído, le arrebató el arma de sus manos, haciendo que éste jadeara, y la ocultó dentro de su yukata.

El rubio se hincó enfrente de la japonesa y levantó sus manos, moviéndolas hacia adelante y atrás.

— ¿Ves? No hay arma. No más muertes. — Ash por poco sonríe en virtud que la japonesa curvó sus labios, aliviada. — ¿Entiendes inglés?

La niña frunció el ceño. — Entender sí… hablar… poco…

Los ojos de Ash se iluminaron mientras que los de Lao se apagaron. Para el rubio había algo de esperanza en arreglar las cosas.

— ¿Cómo? — susurró Ash, sin esperar alguna respuesta. Sin embargo, la niña mordió su labio inferior y observó al estadounidense con incertidumbre.

— Tío.

Ash frunció el ceño. — ¿Tú tío? ¿Él te enseñó?

La japonesa asintió.

Una luz de esperanza brilló en el umbral de la mente de Ash. Consciente aún del shock cultural, trató de tranquilizarse, ignorando a Lao casi por completo, siempre viéndolo de reojo para que no se percatara de su arma abandonada entre los árboles chaparros.

El estadounidense se agachó a la altura de la niña, evitando sostenerla en sus hombros para no asustarla más.

— Lao, escúchame bien… no todos los japoneses son malos… ni todas las personas en este mundo nacen para estar en tu contra… — giró su cabeza. — Sing dijo que confiaras en nosotros… hazme caso en esto por favor…

Lao quedó estupefacto, incluso dio unos pasos hacia atrás por el asombro. — Será tu culpa si nos pasa algo terrible como en la cabaña…

Ash sonrió de lado. — Con gusto acepto la responsabilidad.

Luego, Ash ladeó hacia la niña. Por el abuso que presenció, pudo rápidamente entenderla y ser más apacible. Era raro, él quería protegerla, a pesar que no sabía nada sobre ella. Quería saber que todo estaba bien, que estaba a salvo. Proteger aún la inocencia que irradiaba en esos ojos rasgados. Posiblemente porque a él, cuando lo tocaban de forma lasciva a la edad de la japonesa, nadie le ayudó.

La mirada de Ash era vacilante, reunía las palabras correctas en cómo comunicarse con la pequeña lo más fácil posible.

La japonesa, expectante, esperó a que Ash hablara.

— Por favor, por nada del mundo... ni por órdenes militares o por satisfacer las creencias de tu tierra… no te suicides, no te mates. Ni tú… ni tu familia… o amigos.

Ash tensó sus hombros, esperando la reacción de la niña. Esperó varios segundos pero ella solamente inclinó su cabeza hacia un lado, con su ceño fruncido y formando una fina línea en sus labios.

El soldado suspiró y dejó caer su cabeza hacia abajo mientras suspiró profundamente. ¿Acaso ella le había entendido?

No obstante, Ash sintió como ambas manos de la japonesa levantaban su rostro. Desconcertado, el rubio encontró en la mirada de la niña curiosidad y satisfacción. Ella le regaló una pequeña y sincera sonrisa y Ash no podía apartar sus ojos.

No soy kamikase. — dijo la niña sin tener ni idea como decirlo en inglés. Luego dio una risita traviesa. — Yo… no matarme…— bajó la mirada por un momento y luego sus ojos brillaron. — Así que tú… no morir… tampoco tu amigo… tú… no… ustedes fuertes como eso. No romper fácil.

La japonesa señaló con su dedo una roca. Ash dio una pequeña carcajada para luego verla otra vez. Jamás se imaginó que una niña que rescató de ser violada le estuviera dando esperanzas de vivir. ¿No debería ser al revés?

Sí… lo mismo va para ti…— dijo Lao, asustando a Ash en el proceso. La japonesa sonrió.

— ¿Qué le dijiste? — exigió Ash. Notó que los primeros rayos de sol iluminaban sus rostros.

— Pregúntale a ella…

Ash frunció el ceño y luego examinó que las facciones de la pequeña no denotaba angustia o confusión. Lo dejó ir, solamente porque ella estaba presente.

— Escucha, esta va ser la última vez que nos vemos… — dijo Ash con seriedad. — Olvídate de lo que viste y de todos… y de mí… — Ash se dio cuenta que la niña se puso triste.

— Pero…

Ash la interrumpió. — Si alguien pregunta qué pasó contigo en la noche… di que te perdiste pero encontraste el camino. Estar con nosotros es peligroso… nunca cruces el bosque aquí nunca más… — la voz de Ash fue severa. — Nunca hablarás de esto.

Ash pudo percibir el aura compungida de la pequeña, teniendo un conflicto interno en su mente.

— Entender.

Ash sonrió débilmente.

— Gracias por entender.

Sin mediar palabra alguna, la niña asintió y se abalanzó a Ash, dándole un abrazo. — No voy a olvidar esto.

Ash suspiró y, antes que pudiera hacer o decir algo, la japonesa se soltó de él. Con una mirada penetrante, observó a Lao, como si le estuviera estudiando.

Por un momento la niña quitó su mirada del chino y salió corriendo, sin mirar atrás. Ambos hombres se dieron cuenta que la corta despedida de la japonesa la destrozó ya que ella se fue llorando del lugar.

Ash la siguió con la mirada hasta desaparecer dentro del bosque. Se paró y apartó de su vista las hojas y ramas. Fue ahí que se percató del pueblo que Sing comentó. Estaba ubicada lejos de su escondite, así que no debía preocuparse de eso.

Y fue así que amaneció.

— Lao, acompañame.

El aludido levantó una ceja. — ¿Por? — Toda apatía fue tirada atrás cuando observó el terrorífico cambio en la expresión de Ash: estoico, con una mirada fría.

Señaló el hombre aún muerto en la tierra. — Hay que deshacernos de él...

Lao tembló. Ash siempre mantenía un semblante estoico ante su presencia. Sin embargo, esta vez, emanaba animosidad.

Pronto, ellos arrastraron el cuerpo colina abajo, lleno de árboles altos y pequeños. El ambiente estaba lúgubre, y si no fuera por los primeros rayos del sol, Ash y Lao podían ver el panorama perfectamente.

Decidieron enterrar al hombre muy lejos en donde estaban los demás y la aldea. Eso sería mejor para todos.

Ash y Lao se separaron por un momento, para buscar estacadas para poder arar la tierra y luego formar un hoyo.

De inmediato, cuando ambos separaron sus caminos por un momento, Lao jadeó y cayó para atrás, mientras se arrastraba en el suelo. —Hey…

Ash giró su cabeza ante la voz llena de terror del chino. Se percató que Lao había vomitado.

— ¿Qué pasó? — preguntó Ash, con desesperación. — ¡Lao!

Sin esperar nada, Ash corrió hacia  a él y vio lo que le estaba causando pavor.

El mundo quedó en pausa. Los ojos de Ash estaban abiertos al máximo y percibió el ácido estomacal ascender sobre su tráquea.

Enfrente de ellos, había una fosa mal hecha, con cuerpos de niñas apenas cubiertas con tierra.

Un dejavu estuvo latente en los sentidos de Ash. El cadáver del hombre que estaba a pocos metros de ellos fue un asesino de niños. Ellos, sin darse cuenta, estaban habitando en el lugar donde cometía sus fechorías.

Ash restregó con sus manos su rostro, tratando que sus recuerdos se esfumaran.  Era igual que hace años atrás… en la casa del entrenador de baseball. Los cadáveres de los niños abusados y luego asesinados. Niños que Ash conoció.

— Lao… — Ash no pudo ocultar su terror. Sentía el miedo recorrer en cada fibra de sus músculos. — Esto se queda entre nosotros…

Temblando, el aludido asintió fervientemente.