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Extranjeros

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Ash suspiró, sintiendo una pesadez en su corazón. Los sollozos y escucharlos esnifar ante la tragedia, provocaba su cuerpo temblar de impotencia. Todos estaban destrozados. Se había encariñado con Kotarou pero Shorter era quien más se lamentaba.

Sin embargo, el único que no derramaba una sola lágrima ni emitía palabra alguna era Eiji. Estaba ido, en sus propios pensamientos. Incluso Lao estaba mostrando emociones encontradas, abrazando a Sing.

El rubio suspiró otra vez. Podía oler la sal de las olas chocar contra las rocas, lavando la sangre que había quedado impregnada.

Tragó saliva para refrescar su seca garganta. Caminó hacia donde estaba Shorter y colocó su mano sobre su hombro.

— Debemos seguir adelante. — dijo Ash, sin ocultar su pesar. Ni siquiera tenían tiempo de enlutar.

Shorter exhaló, con respiración entrecortada, observando a Ash con desasosiego. — Lo sé… sólo… dame un minuto más…

Ash bajó la mirada. Creía que tal muerte no fue exactamente lo que impactó a todos. Las últimas palabras de la mujer aún estaban grabadas en la memorias de los demás. Él tenía miedo de preguntar qué fue lo que dijo. Realmente, todos sí querían salvar sobre la deplorable situación.

No obstante, un fuerte grito azotó el lugar. Ash de inmediato se percató que ese grito provenía abajo del acantilado.

Dios mío...— susurró Nadia nerviosa, en mandarín. Shorter jadeó a su lado, su boca permanecía boquiabierta.

Sing y Lao temblaron mientras que Eiji alzó su mirada y rápidamente sudó frío.

Era una voz de una mujer delirando. Ella balbuceaba en japonés y su cuerpo estaba tan lastimado como para nadar hacia la orilla. Aún flotaba de forma irregular. Las olas la estaban meneando violentamente.

Había logrado sobrevivir pero se estaba muriendo ahogada lentamente.

¡Kotarou! — gritó la mujer mientras tragaba agua salada mezclada con su propia sangre. — ¡¿Dónde estás, hijo?! ¡Kotarou!

— ¡D-Debemos hacer algo! — gritó Shorter, exaltado.

Ash asintió. — Yo y Sing podemos correr colina abajo para tratar de sacarla de ahí…

— No.

Las palabras de Ash se quedaron en su boca cuando escuchó que Eiji negó contundentemente. El rostro del japonés mostraba un semblante estoico pero sus manos temblaban.

— ¡¿Qué, por qué, Eiji?! Aún podemos…— murmuró Sing mientras se levantaba, dejando a Lao estupefacto.

— Morirá de todos modos… — susurró Eiji, cabizbajo. — Si el mar no la mata, ella buscará la manera…

Ash estaba en shock. No podía creer que esas palabras llenas de desdén provenían de Eiji.

Shorter todavía podía escuchar los lloriqueos de la mujer. Frunció el ceño y se dispuso a agarrar a Eiji por el cuello, exigiendo respuestas. De inmediato, Ash lo detuvo.

— ¡Shorter! — Nadia estaba asustada que explotara otro conflicto.

Shorter gruñó y empuñó sus manos. Ni siquiera el dolor de sus heridas fue motivo para detenerse.

— ¡¿Eiji, dime por qué?! ¿Es mejor dejarla morir? — los gritos de la mujer subsidian. — Ella está embarazada, podemos rescatarla y llevarla con nosotros… ¡Kotarou… él nos hubiera agradecido si hacemos eso!

Sólo obtuvo un silencio por parte del aludido.

— ¡Eiji! ¡Aún estamos a tiempo de ir por ella! — suplicó Sing.

De repente, Eiji levantó su rostro zozobrado y suprimió sollozar. Todos lo veían estupefactos.

— ¡Ella escogió el suicidio por su honor y el de sus hijos, Shorter! — exaltó Eiji con voz quebradiza y sus ojos estaban llorosos pero intentaba no estallar en llanto. — ¡Intenté convencerla pero no pude! ¡Nadie pudo! ¡Ni siquiera su propio hijo! — dejó caer su cabeza hacia un lado. — Ella ya tomó una decisión… lo único que podemos hacer es respetarla…— Eiji dio un grito ahogado. — Respeta la forma en cómo ella quiere morir…

Paulatinamente, los lamentos de la mujer ya no se escuchaban. Un leve susurró, llamando a su hijo repetidas veces, fue lo único que salía de su boca.

Shorter relajó sus facciones y vio a Eiji con angustia. Había escuchado rumores acerca del suicidio japonés y lo honroso que representaba. Sin embargo, jamás se imaginó que fuera algo inherente y sagrado entre los japoneses. A pesar de lo difícil que estaba pasandola Eiji, él aceptó sin vacilaciones la muerte  segura de ellos.

— Perdón… Eiji… — expresó Shorter, compungido.

Ash suspiró intranquilo. Al ver a Eiji luchando entre su propia cultura y su albedrío, le destruyó su alma. Soltó a Shorter, caminó hacia Eiji y se sentó en sus rodillas, teniendo su rostro frente a frente con el japonés. Eiji por su parte se tensó al escuchar que alguien se acercaba a él. Alzó su rostro y lo primero que vislumbró fue un rostro conflictivo en Ash.

— ¿Ash? — dijo Sing, expectante. Lao y Nadia estaban nerviosos por lo que Ash haría. Sin embargo, la mirada de Shorter se suavizó.

Fue entonces que Ash se acercó a Eiji y lo rodeó con sus brazos, sin apretarlo mucho ya que el japonés aún estaba delicado de sus golpes. Eiji inhaló e inmediatamente abrazó con fuerza a Ash, escondiendo su rostro en su pecho.

Estuvieron abrazados por unos minutos antes de irse del lugar.


Jadeos laboriosos y pasos apresurados retumbaron sobre el pasillo. Ash abrió la puerta shoji de la habitación de Eiji de golpe, sintiendo la adrenalina domar sus sentidos.

— ¡Entren! — dijo Ash con una voz de mando.

Nadia fue la primera en entrar, luego Sing y Lao. Cuando todos estaban dentro, Ash cerró la puerta sin cuidado. Corrió hacia la esquina de la habitación, cerca de la ventana. Se tiró al suelo y palpó el tatami ansiosamente. Podía escuchar los latidos fervorosos de su corazón sobre su pecho mientras buscaba la abertura del suelo.

Sing cayó de rodillas y gateó desesperadamente, tratando de ayudar a Ash.

— ¡Aquí es! — Sing gritó ahogadamente la última palabra. Jaló del tatami y de inmediato pudo vislumbrar las cajas llenas de fotografías de Eiji.

— Hay que sacar esto de aquí. — Ash observó a las tres cajas perfectamente apiladas en ese lugar estrecho.

Nadia agarró una caja con cierta dificultad. Sing de inmediato le proporcionó ayuda. Inclusive, Lao estaba colaborando con Ash, moviendo las cajas a gran velocidad.

De repente, se escuchó un golpe que provenía de la sala de estar.

Todos se crisparon y se vieron las caras.

— Están aquí...— susurró Nadia nerviosa tras observar la última caja que faltaba aún estaba adentro.

Ash, con movimientos rápidos, tiró de la caja con mucho cuidado, sin hacer mucho ruido. — No entren en pánico. Hay que sacarla todos juntos para que salga más rápido. — Sing empujó del lado opuesto mientras que Nadia y Lao en los espacios vacíos.

Los oídos del rubio podía escuchar murmullos inteligibles afuera de la habitación. Asimismo, podría oír varias pisadas alrededor de la cabaña, como si se hubiesen separado para abarcar más territorio que examinar.

Una vez la caja fue puesta en el suelo junto con las demás, Ash sostuvo el tatami en sus manos.

— Entren, ya, ya. — dijo entre dientes el soldado. — Hagan el menor ruido posible…

Sing saltó y se corrió hasta el fondo. Nadia hizo lo mismo y Lao le siguió. Estaban apretados y el aire escaseaba. Ash rápidamente entró, empujando a los demás. Todos ayudaron en casar  el tatami en su lugar.

Estaba oscuro. Solamente podían escuchar sus respiraciones calientes y sofocantes.

De repente, un estruendoso golpe asustó a todos. Trataron de reprimir su propio sorpresa tras cubrirse todos su boca con sus manos.

— ¡Aquí no se ve nada!

— ¡Registren todo! — vociferó una voz ronca. Todos escucharon sus pasos y las pisadas acelerados, botando todo a su paso. — ¡Busquen si hay puertas secretas!

Ash tragó saliva al notar que, la persona que estaba con sus alaridos, se quedó parado justo sobre el tatami desplegable que ocasionó un crujido leve por su peso.

El rubio no entendía nada de lo que decían. Solamente oía un alboroto allá afuera. Detectó que abrieron las cajas donde estaban guardadas las fotografías de Eiji.

— ¡Aquí no hay nada!

Ash escuchó un gruñido.

— Despejado.

Nuevamente, alguien gruñó.

— ¡No podemos irnos sin ningún prisionero! — espetó la voz ronca que Ash ya tenía identificada como el capitán. — ¡Hay señales que alguien está viviendo aquí! ¡Si vuelven este día, pues perecerán! ¡Si están escondidos, pues escuchen! — elevó más su voz. — ¡Quemaremos este lugar sin importar quien esté dentro! Niños, mujeres o ancianos… que arden en llamas.

Ash abrió grandemente sus ojos tras darse cuenta que Nadia y Sing emitieron  un jadeo. Lao, quien estaba a su lado, tembló. En ese momento, Ash no podía hablar ni ver nada, pero las reacciones de los otros, empezó a sentirse ansioso.

— Hay que esperar hasta el amanecer. Sino… matemos a ese niño…

El estadounidense se dio cuenta que las personas se fueron del lugar.

Sin estar muy consciente del tiempo, Ash esperó por varias horas antes de plantear sus dudas. Su mente era una maraña de ideas y preocupaciones.

Ash apretó sus dientes. — No están aquí… — aseguró Ash, entrecortando  sus palabras. — Creo que se fueron a otro lado…

Suspiros de alivio y de estrés fue testigo Ash de escuchar. Podía sentir el calor y sudor que emanaba cada uno de los asiáticos.

— ¿Será que vendrán más? — preguntó Nadia, con voz temblorosa.

— No lo sé. — respondió Ash. Hizo una pausa para permitir que otros dijeran algo. Al no recibir respuesta, dijo. — ¿Qué fue lo que dijeron?

Hubo otro silencio, pero esta vez fue uno incómodo. La ansiedad de Ash se incrementó.

— ¿Entonces? — el rubio sintió un tic en su ojo.

Sing tartamudeó, tratando de encontrar las palabras correctas. — Quieren quemar el lugar si no encuentran lo que buscan…

— ¿Y qué es lo que buscan? — Ash moduló su voz, intentando no gritar por el estrés acumulado.

— No lo sé… — susurró Nadia con temor.

Ash rezongó.

— S-son los chinos…— la voz de Sing era vacilante.

Ash encogió sus hombros, inseguro de lo que había escuchado. — ¿Qué…? — preguntó Ash, sin aliento.

—Sing...— interceptó Lao.

Ash escuchó cómo el adolescente suspiró antes de tragar saliva, nervioso.

— B-Buscan a nosotros… los chinos… — esta vez, la voz de Sing era menos temblorosa. — Ese niño que está acompañado por los militares… sabe que Lao y yo somos chinos…

Ash y Nadia callaron. Sus respiraciones se tornan irregulares al recapitular lo acontecido en la mañana, cuando Sing entró a la cabaña llorando y Lao persiguiendolo, dándose cuenta que esas interacciones fueron más violentas de lo normal.

Ash no contuvo un jadeo por recordar cuando Sing le cuestionó el por qué Lao tenía su arma antes de entregársela en sus manos.

— ¡Lao! ¡Estúpido de mierda! ¡¿Qué hiciste?! — gritó el rubio sin contener su rabia. Agarró a Lao por el cuello fuertemente. El chino se sofocó.

— Ash… — interceptó Nadia, tratando de tranquilizarlo. — Harás que nos escuchen…

— ¡Calmate, Ash! — suplicó Sing. — No es el momento ni el lugar para armar una confrontación…

Ash le dio escalofríos. Al momento de percatarse que había perdido la cordura, soltó a Lao sin antes empujarlo, como si le diera asco.

— Enojarte no nos sacará de esto… — habló Lao por primera vez.

— ¿Y qué lo hará? ¿Acaso tienes un plan? — Ash bufó. — Por tus acciones ahora ya saben quién eres y quién es Sing…

Ash sintió que alguien se acercaba a él. Inmediatamente, reconoció que era Nadia. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de él, agarró fuertemente sus ropas.

— ¿Ash…? ¿De qué hablas? — Nadia estaba a punto de llorar. Ash lo dedujo por lo quebradiza que se escuchaba su voz. — ¿Qué pasará con Shorter… con Eiji?

Ash sintió su corazón en su garganta, teniendo sentimientos encontrados. Nadie estaba a salvo.

— No lo sé...— admitió Ash con pesar. Pasó sus dedos entre sus cabellos. — Realmente no lo sé. Solo esperar que no regresen hoy o que no los atrapen…

Nadia se quebró internamente. Estaba incrédula de lo que estaba pasando. — Dios mío…

Ash se sentía verdaderamente frustrado. Encerrado y estrujado por tres personas en un espacio pequeño, y escondiéndose como si fuese una plaga.

Esperaba que Eiji y Shorter corrieran con mejor suerte.

— ¿Y qué haremos nosotros? — preguntó Sing, dudoso.

Ash cerró sus ojos pero no dijo nada.

Estuvieron en silencio por mucho tiempo. No sabía cuántas horas habían pasado desde que están escondidos. No podían escuchar a los militares claramente. En vez de eso, se oían murmullos  y a veces gritaban. Ash no estaba seguro si habían refuerzos en camino o qué tan preparados estaban militarmente hablando. Lo cierto era que habían cinco personas más un niño. Ash lamentó que estaba oxidado en el uso de su arma. Confiaba en sus habilidades, pero no estaba seguro si podría proteger a más de cuatro personas a la vez.

De repente, un grito acojonado y súplica estalló por toda la cabaña.

Nadia y Sing chillaron con voz baja al reconocer esa voz. Lao empuñó su mano, tratando que los gritos no le afectara.

Sin embargo, Ash palideció. Sintió escalofríos en su espalda por cada grito desesperado que retumbaba en sus oídos.

—¡EIJI!

Ash abrió los ojos desmesuradamente. Se sobresaltó y respiró con dificultad. Vio a su alrededor, estaba en un lugar boscoso y era de noche. La luz de la luna iluminaba el panorama.

Entonces recordó, había pasado seis días desde lo acontecido, y seguían huyendo. Seguían caminando sin rumbo.

El rubio suspiró profundamente mientras rodeaba su arma con sus brazos desnudos. Él y los demás no tenían mangas en sus yukatas. Fueron rasgados de sus para envolver el tobillo lastimado de Eiji, con palos gruesos a los lados para inmovilizarlo.

Ash intentó no cerrar los ojos nuevamente. Los días de vigilia y dormir unas cuantas horas en el día estaban cobrando factura. Él ha insistido, por ser soldado, tiene mayor experiencia lidiando con el sueño y estrés; el cansancio no era una opción. Sin embargo, en noches como esa, tan tranquilas que ni siquiera el viento se digna a alborotar las hojas de los árboles, hacían que Ash se relajara.

Luego, Ash sacó las fotografías de Eiji bañadas en sangre. Algunas de ellas estaban completamente teñidas mientras que otras aún estaban salvables. Ash conservaba todas para averiguar si tenían remedio o no.

Poco tiempo tuvo Ash en divagar en sus propios pensamientos, tras escuchar un suave quejido a su lado. Era Eiji, quien estaba teniendo un mal sueño.

Guardó las fotografías y lo observó. La forma en cómo se manifestaban sus pesadillas eran muy singulares: alzaba levemente sus párpados y sus ojos se movían rápidamente a través de ellos, sus extremidades se agitaban y murmuraba palabras inteligibles para Ash. A veces derramaba lágrimas y hacía muecas de aflicción pero nunca gritaba ni se despertaba. Era Ash el encargado de sacarlo de esa realidad que su mente estaba creando.

— Eiji...— Ash susurró. No quería tocarlo. Tenía miedo de sobrecoger al japonés. No obstante, al no tener respuesta, le habló más fuerte. — Eiji, despierta… oye mi voz… abre los ojos.

Las sábanas que cubrían a Eiji se enredaban en su cuerpo. Eiji arqueó su espalda y frunció sus ojos cerrados hasta que finalmente los abrió de golpe. Exhaló profundidad. Intentó tranquilizarse, haciendo el menor ruido posible.

— Eiji.

El aludido giró su cabeza. Sus ojos se conectaron con unos ojos verdes esmeralda. — ¿Ash?

— ¿Estás bien? — preguntó Ash. Acercándose un poco más a él. Todos aún estaban profundamente dormidos.

El japonés asintió. Los recuerdos de las pesadillas se disipaba poco a poco. — ¿Qué hay de ti? — observó los brazos al descubierto de Ash. Un sentimiento de culpa recorrió sobre Eiji. Por él, Ash y los demás hicieron lo posible para que su tobillo se recuperara. Ahora todos estaban pasando frío, pero en especial Ash. Por el temor de encontrarse con alguien, no encendían fogatas o cocinaban sus alimentos.

— ¿Yo?

— Has pasado frío todas las noches. — Eiji pausó. — Lo puedo ver, tienes ojeras. No has descansado lo suficiente desde que huimos.

Ash bajó la mirada. — Estoy bien. No te preocupes, ya estoy acostumbrado.

— Pero Ash... si sigues a este ritmo, no resistirás. — entonces, Eiji trató de incorporarse, intentando no mover mucho tobillo.

Sin embargo, no llegó muy lejos porque Ash lo paró, sosteniendo sus hombros. — Hey, no te esfuerces. Estás herido…

— Ya me cansé.

Ash parpadeó. — ¿Qué?

— Ya me cansé que todos tengamos que depender de ti. No es justo. — Eiji se despojó de su sábana e intentó rodearla alrededor del cuerpo de Ash. — Ten, tienes que descansar también.  

— Eiji… — Ash negó con la cabeza. Observó el rostro aún moreteado del japonés y luego vio su tobillo.

— Yo vigilaré.

Ash se quedó mudo, procesando las palabras de Eiji. Trató de no bufar. — ¿Qué? ¿Acaso sabes usar un arma ya?

Eiji hizo un puchero. — No te burles. Hablo en serio.

— Y yo también.

— Ash...

El aludido suspiró. Esto no estaba llegando a ninguna parte. Alzó su mano y palpó la mejilla fría de Eiji. Al notar que su rostro estaba helado, Ash levantó su otra mano y la descansó en la otra mejilla. Luego, suavemente empezó a acariciar su cara. Rápidamente, Eiji sintió sus mejillas calentarse y se ruborizó.  

— Tú y los demás me cuidaron cuando me encontraron, herido y desamparado. — murmuró Ash. Se inclinó hacia adelante y unió sus frentes. El japonés cerró sus ojos y frotó delicadamente los brazos de Ash. Estaban fríos pero Eiji no pudo evitar sentir cierto deleite al palpar sus músculos. — Entonces déjame hacer lo mismo por ustedes.

Ash notó que Eiji abrió sus ojos llenos de estima hacia él. El rubio no pudo evitar sonreír y, sin mayor preámbulos, unió sus labios con los de Eiji.

Se besaron despacio, para expresar el aprecio y el cariño que sentían de uno al otro. Eiji permitía que Ash tomara el ritmo. Por el pasado que le tocó vivir, Eiji nunca iniciaba los momentos íntimos. No quería que Ash lo relacionara con alguno de sus abusadores. Quería que Ash tuviera la oportunidad de decidir a su voluntad. Que tuviera la oportunidad de negarse, aunque sea ante un simple roce.

Eiji suspiró y abrió levemente sus ojos al sentir que la punta de la lengua de Ash tocaba su arco de cupido, pidiendo acceso para partir sus labios. El corazón del japonés se ensanchó al ver la intensidad de los ojos de Ash; reflejaban paz y amor.

— Ash… — susurró Eiji. Rodeó sus brazos en su espalda.

— Ven aquí...— Ash ayudó a Eiji a sentarse, siempre teniendo cuidado de su esguince. Lo atrajo más hacia su cuerpo y lo abrazó. — ¿Puedo besarte… de esa manera?

Eiji apretó su abrazo y asentó. Sintió sus brazos entumecer por la emoción. Ash también se preocupaba de su bienestar.

Ash le regaló una pequeña sonrisa. — Gracias.

Eiji intentó responderle, sin embargo, fue interrumpido por la lengua de Ash, que se deslizó sin dificultad. Ambos suspiraron. Entonces, comenzó un perfecto vaivén. Ash acarició pausadamente cada lado de la lengua de Eiji, sus encías y paladar. Sintió las vibraciones de los leves gemidos de Eiji, por cada sobada y roce que le suministraba. El rubio curvó sus labios hacia arriba y eso causó que Eiji temblara un poco.

Por su parte, Eiji abrazó con más fuerza a Ash mientras intentaba corresponderle. Una sensación cálida recorrió en los cuerpos de ambos. Él nunca pensó que un beso tan fogoso pudiera ser tan suave y delicado.

— Ash...— susurró Eiji después que el aludido le diera permiso en explorar a él también su boca. Los toques de Eiji eran un poco inseguros. Temiendo revivir el trauma de Ash, Eiji intentó ser lo más cuidadoso posible. Atrajo sus pulgares hacia las mejillas del rubio y las palpó; con sus otros dedos masajeaban el cuero cabelludo del estadounidense.

Sin embargo, por la intensidad que fue escalando el ósculo, Ash se detuvo. Las respiraciones de ambos chocaban en sus rostros.  En ningún momento apartaron su mirada uno del otro. Ambos estaban sonrojados.

— Creo que… ya no tienes frío. — susurró Eiji, quien colocó sus manos en los brazos de Ash.

Ash rió en voz baja. Luego suavizó su mirada. — Aún es muy noche. Vuelve a dormir, Eiji…

El pelo azabache frunció sus labios. — No. — respondió mientras su cabeza descansaba sobre el hombro de Ash. — No creo poder dormir esta noche…

— ¿Por el beso? — Ash sonrió con los dientes.

Eiji hizo un puchero. — Tal vez…

— ¿Qué? ¿No te gustó? — molestó Ash.

— Me encantó. — dijo Eiji con cierto brillo en sus ojos. Ash se sobresaltó y lo vio sorprendido. Nunca espero una respuesta como esa, en especial por una persona sutil como Eiji. — Pero… solo en las noches como éstas, podemos compartir momentos como este.

Ash sintió un leve dolor en el pecho. Durante todos esos días de huida han sido de mucho estrés y complicaciones. Siendo fugitivos y cubriéndose todos sus espaldas era agotador.  Incluso ahora, todos estaban tan cansados que nadie se movía por los ruidos que él y Eiji estaban haciendo.

— ¿Quieres hablar sobre ese día...o sobre tus pesadillas? — preguntó Ash cautela. No habían tenido la oportunidad de hablar sobre esos temas y eso a Ash le ha preocupado. Eiji era una roca con respecto a sus emociones. Son contadas las veces que Eiji ha podido abrir su corazón. Se guardaba todo. Trataba de no molestar a nadie con sus sentimientos. Ni siquiera se queja cuando hace un movimiento erróneo en su tobillo. Algo andaba mal con él. Estaba más apagado. Son pequeños los momentos, como el de esa noche, que ha conseguido sacarlo de esa melancolía.

Eiji bajó la miraba y negó con su cabeza. — ¿Qué hay de ti? Últimamente no has tenido ninguna pesadilla.

Ash acercó a Eiji más hacia él. Rodeó su brazo en sus hombros y apoyó su rostro en la cabellera del japonés. Luego, Eiji le dio la sábana a Ash y éste cubrió a ambos con ella.

— Desde que estamos en el bosque, mi mente ha estado muy ocupada para poder relajarme. — Ash bufó. — Es patético, sabes. Solamente cuando estoy tranquilo me atacan mis pesadillas… o son más vivaces… mis experiencias pasadas…

Eiji se entristeció de inmediato. Ash era su propio enemigo. A veces no podía ver lo fuerte y valiente que es él. Era muy duro consigo mismo y Eiji temía que algún día Ash irá a sucumbirse en sus propios demonios del pasado. No obstante, Eiji le prometió que nunca lo iba a juzgar y que confiaría en él.

— No, no es patético… no lo es. — Eiji buscó una de las manos de Ash y entrelazando sus dedos. — No estás solo. Conmigo puedes desahogarte si quieres. — el japonés sintió que Ash apretó su agarre. — Te esfuerzas para estar en paz y que todos estemos bien. Eso no es patético… yo estoy orgulloso…

— Eiji…

El aludido alzó su rostro y se encontró los ojos cálidos de Ash. El rubio suspiró entrecortadamente y se inclinó para besarlo nuevamente. Se preguntaba cómo era que Eiji sabía que decir para confortarlo pero él no podía animarle de la misma manera.

Después, hubo silencio armonioso entre ellos. No necesitaban decir nada más, la presencia de ambos fue suficiente para pasar la noche en vela de forma calmada.


Al día siguiente, todos se levantaron para idear un plan. Nadia y Sing estaban sentados a los lados de Shorter, para poder cuidarlo mejor. Shorter  estaba recuperando rápido, en comparación con Eiji. Aún le dolía sus golpes y la herida en su garganta ardía, pero podía correr. Lao estaba a la par de Sing mientras que Ash le bloqueaba el acceso visual de Lao hacia donde estaba Eiji. Aún no confiaba plenamente en él.

— Ha pasado una semana desde que salimos y no ha habido rastro de algún militar en la zona. — informó Ash de la situación actual. — No obstante, no significa que estemos fuera de peligro.

— No podemos huir para siempre. — dijo Nadia con cierto cansancio. Colocó su arma sobre su hombro. — Debemos de asentar en algún lugar pronto. No sé cuánto podremos aguantar sobrevivir en el bosque. Necesitamos un refugio.

— Ni siquiera sabemos dónde estamos, Nadia. — replicó Sing. — Sería peligroso. Hay que buscar un lugar lejos de las aldeas o de las bases militares.

— Estoy con Sing. — dijo Lao. — Habría que buscar una cueva o una aldea abandonada en dónde podemos estar.

Eiji asentó. — No es mala la idea, pero hay que tener en cuenta que dentro de esos lugares se esconden asesinos y ladrones. Si no encontramos alguno dentro, tarde o temprano tendremos que lidiar con ellos.

Shorter suspiró. — Hay que encontrar un lugar aislado, como la cabaña… y esta vez asegurarse en no ser descubiertos…

En ese instante, todos tuvieron en su mente a Kotarou y a su madre. Desde que lloraron sus muertes, nadie ha mencionado o aclarado nada de ellos. Ash, en cierto grado, guardaba recelo en la madre de Kotarou. Por la manera en cómo gritaba y lo veía a él durante su corto encuentro, lo lastimó. No quería pensar que por él, ella tomó esa decisión.

— Estamos caminando hacia oeste. — comentó Ash luego de una gran pausa. — ¿Hay algún pueblo cerca hacia dónde vamos?

Eiji cerró los ojos. —No lo sé… esta parte no la conozco muy bien. Sólo sé que más adelante habrá templos…

— ¿Templos? — preguntó Sing, confundido.

— Sí, hay que tener cuidado con ellos. Algunos de ellos son parte del sintoísmo estatal. — dijo Eiji con seriedad. — Posiblemente nos encontremos con más problemas.

— ¿Sintoísmo qué…? — Shorter frunció el ceño.

Eiji buscó sus palabras para poder aclarar mejor su enunciado. — Es la fusión de la religión taoísmo con la Corte Imperial. Quieren mantener el ideal de conservar la divinidad del Emperador y la identidad nacionalista creada por el Imperio…

— ¿O sea que le lavan el cerebro a la gente? — preguntó Sing. Sin embargo, fue reprimido por Nadia.

— Supongo… fue impuesta por el Emperador hace un siglo atrás… hay que tener cuidado con algunos templos, muchos pueden tener el abrigo de la misma Corte Imperial. El taoísmo puro casi no se profesa. Si nos descubren, no habrá salida.

Ash cerró los ojos. Aún no entendía muy bien el por qué había pocos militares japoneses el día de la huída. Era tan extraño que pudieron huir sin mayor confrontaciones. Ni siquiera se ha desplazado un batallón ha buscarlos.

Entonces, lo único que se le venía la mente a Ash era una idea no muy acogedora: posiblemente Japón estaba perdiendo la guerra, y necesitaba la mayor fuerza militar en sus manos.

— Entiendo. — dijo Ash. Considerando en las circunstancias en las que estaban, con dos hombres heridos (uno más que el otro), todos estaban desnutridos que apenas han podido comer algo decente en días y el cansancio era notorio. Si no encontraban algún lugar pronto, sería cuestión de tiempo en que todos perecerán. — Nuestra prioridades ahora será buscar alimentos, encontrar un refugio o hacerla. Lejos de los pueblos y de los templos. Así no tendremos problemas que alguien se acerque.

— Podemos poner trampas para animales en el camino. Las bayas silvestres no llenan para nada. — contestó Shorter con pesar.

Ash sonrió de lado.— Hay que moverse. — Observó como Nadia se posicionó a su lado, Shorter enmedio junto Lao, quien cargaba a Eiji, y Sing detrás. — Vámonos…


Caminaron por dos días más hasta que encontraron un área lo suficientemente boscosa en donde poder descansar por más tiempo. Y lo mejor de todo, encontraron un lugar dónde podían cazar conejos u otros animales silvestres. Solamente debían de tener cuidado con los lobos. El agua aún no se hallaba.

Ash, Nadia y Lao cavaban huecos para atrapar conejos. Si tenían éxito, ese día comerían carne después de mucho tiempo.  

— Bueno, creo que es suficiente. — dijo Ash. Llevó el dorso de su mano hacia su frente para limpiar su sudor.

— Ésta está lista también. — pronunció Nadia.

Ambos estaban exhaustos Con sus dedos llenos de tierra y llagas y sus brazos quemados por el sol, Ash logró sonreír un poco. Solamente faltaba Sing en conseguir como tapar las trampas.  

Lao de igual manera había terminado de hacer una, pero no dijo nada.

— Sing se ha tardado. — pronunció Nadia, con su ceño fruncido.

Ash alzó su vista hacia el cielo y entrecerró sus ojos. El sol se ha movido ligeramente de su posición desde la última vez que lo vio. Posiblemente, no ha habido señales de Sing hace media hora.

No obstante, Ash escuchó que alguien corría hacia su dirección y rápidamente preparó su arma.

— ¡Oigan! ¡Encontré unas hojas grandes para cubrirlos! — exclamó Sing con una sonrisa y un ligero rubor en sus mejillas. — Y también hallé más frutas silvestres. Eiji y Shorter están escogiendo cuáles están mejores.

Ash sonrió de lado por el entusiasmo del adolescente y bajó su arma.

Cada vez más Sing se acercaba a él y a Shorter, Eiji y Nadia y dejaba a un lado a Lao. Lao, desde que huyeron, casi no habla o ha molestado a Sing. A veces era como si no estuviera ahí, lo único que Ash podía asegurar de su presencia era su mirada penetrante. Ash tomaba sus precauciones.

— Me alegra Sing. — expresó Nadia. Le regaló una sonrisa. — ¿Por qué no vas con Shorter y Eiji? Debes estar cansado.

Ash alzó la mirada. Observó a los aludidos sentados bajo la sombra de un árbol, seleccionando la fruta. Shorter hacía alguna broma sin sentido y Eiji reía suavemente. La escena enterneció el corazón de Ash. Al menos por un momento, Eiji sonreía sin ataduras. A pesar de sus heridas y de su tobillo aún inflamado e inmovilizado, Eiji aún daba lo mejor de él. Incluso Shorter, que ahora ya podía colaborar más con el grupo.

— Estoy bien...— dijo Sing.

— Estás acalorado. — intervino Lao tras ver lo ruborizado que estaba su hermano. — Esas frutas no las había visto antes. ¿A dónde fuiste?

Sing desvió la mirada. — Hacia el sur… — sin embargo, su pena no impidió sonreír ampliamente. — ¡Pero encontré muchos árboles con frutas y un río cerca! — observó a Ash y a Nadia. — Y lo mejor es que el pueblo está lejos de ese lugar.

Ash arqueó una ceja. Eso explica el por qué tardó tanto en regresar.

— Sing, eso fue peligroso…— regañó Nadia.

El aludido infló sus mejillas. — Debí hacerlo, aproveché el viaje para explorar. No se preocupen, nadie me siguió. Y el pueblo más cercano pasa otro río. No llegarán hacia ese lugar…

— Y tú no irás a ese lugar solo. — expresó Ash, con una voz seria. — ¿Sabes cuánto tiempo te has ido? No hay que separarse, Sing…

— ¡Sí, lo sé! ¡Pero era para ahorrar tiempo! — se acercó más a Ash. — No sé cuánto van a aguantar Shorter y Eiji si no los cuidamos y alimentamos correctamente… ¿Cuánto vamos a resistir nosotros? Los puedo guiar. ¡Les juro que es seguro!

Ash suspiró. El adolescente tenía razón en todo. Aún si él, siendo un soldado preparado para cualquier guerra cruel, los demás eran civiles, y se denotaba su cansancio. Quería enojarse con Sing por ser tan imprudente, pero dicho sentimiento no había cabida en su corazón.

— Sing, tus buenos sentimientos te pudo costar la vida… — dijo Lao, quien se acercó a él y lo empujó levemente.

Sing jadeó. Tras sentir el suave golpe en su hombro, perdió el equilibrio. Inmediatamente, se sintió mareado y no pudo incorporarse nuevamente. Su mente se nubló y empezó a sentirse mal.

— ¡Sing! — gritaron al unísono Lao y Ash al notar como el chico se iba hacia atrás y torcía sus ojos. Su hermano logró sujetar uno de sus brazos y lo jaló para adelante. Todo el cuerpo de Sing estaba adormecido y respiraba dificultosamente.

Nadia corrió a ellos. Shorter y Eiji fueron testigos de lo ocurrido. Aún con cierto esfuerzo, Shorter se puso de pie, y fue hacia Sing. Eiji vio la escena en shock.

— Sing, Sing, despierta, Sing.— Lao sacudió al menor. Lo cargó hasta la sombra, justo donde estaba Eiji, ignorando a los demás. Fue cuestión de segundos que los otros siguieron sus pasos. — ¿Sing, me escuchas?

Eiji se arrastró hacia el adolescente. Se mordió el labio inferior por haberse lastimado aún más su tobillo. Con sus manos temblorosas, palpó el rostro de Sing pero rápidamente las separó de su piel.

— Está ardiendo. — alzó la mirada Eiji. Su rostro denotaba preocupación. — No sé si tiene fiebre o es insolación…

— ¿Qué? ¡Pero hace un momento estaba bien! — gritó Lao con ímpetu. — ¡Sing, despierta!

Shorter se hincó y se posicionó al lado de Lao. Tanto tiempo sin tomar agua y sus defensas bajas, el cuerpo de Sing ya no pudo más. Su aspecto era deplorable. Había palidecido y tenía sus ojos fuertemente cerrados. Sus labios estaban partidos y secos y empezó a temblar por escalofríos.

Ash tenía dilatado sus ojos. ¿Cómo pudo ser tan ciego? Estaba tan preocupado por la seguridad de los demás y enfocado en las heridas de Shorter y Eiji, que pasó por alto la salud de los otros. Seguramente, Sing se había sentido mal, pero no dijo nada para no ser una carga.

— No está bien… — dijo Shorter. — Necesita descanso y debemos de buscar agua… ¿Acaso no bebió antes de decirnos que encontró un río?

— ¡Debemos buscar ese río! — habló Eiji, con desesperación. — Sing necesita refrescarse.

Ash rechinó los dientes y se posicionó al lado de Sing. Su intención era despertarlo, pero sus deseos quedaron en el olvido cuando Lao lo golpeó en su hombro izquierdo. Apartó a Sing de Ash.

— No lo toques… — amenazó Lao con una voz gutural.

Ash estaba abrumado pero no sorprendido por la reacción de Lao.

Seguían tratando de despertar a Sing pero él no respondía.