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Extranjeros

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Marzo 1945

El sonido de las hélices de los aviones predomina en las alturas del territorio enemigo. La Guerra del Pacífico estaba en su auge al momento que se le asignó la presente misión.  El piloto aviador Aslan Jade Callenreese alias Ash Lynx sobrevolaba junto otros treinta aviones de guerra hacia la isla Iwo Jima en Japón. Se encontraba en el lado norte del territorio nipón tras salir del territorio recuperado por los estadounidenses en China. Era una misión complicada por el complejo plan de invasión y por la distancia por el cual se encontraban.

Sin embargo, lo que le preocupaba más Ash eran los kamikazes que podían aparecer en cualquier momento frente a su tripulación y que además el clima no estaba del lado de ninguna de las dos batallones. Estaba muy oscuro como si fuera de noche; las nubes estaban tan grises que podía conllevar a una tormenta muy pronto.

—Oye mocoso, ¿has estado muy callado? ¿Tienes miedo?

Ash escuchó en su trasmisor. —Max…—suspiró. —Cuando hablas así es para ocultar tu pavor… — sonrió. — ¿No tendrás incontinencia urinaria?

El aludido refunfuñó.: —Eso quisieras para que yo te cambie los calzones de mierda…

—Concéntrense señoritas…estamos en una misión.

Ash pudo apreciar en sus audífonos como Max tragó saliva con dificultad. Con una risita maliciosa el rubio siguió observando su ruta. Iba a ser un viaje largo hacia dicha isla. Le esperaba un largo camino.

No obstante, en un abrir y cerrar de ojos, varias luces pudieron ser apreciadas en el sombrío cielo fuliginoso.

—¡¡Nos atacan!!

Ash contuvo la respiración tras percatarse que eran misiles navales. Junto con su experiencia y habilidad, giró su timón y pudo esquivar varios de ellos. Por la nubosidad no podía observar cuantos navíos japoneses estaban en el mar y ni su radar detectó ningún movimiento de los mismos. Todo esto era malo, muy malo. Nunca se imaginó que hubiese navíos militares en la zona en donde se encontraban. Odiaba admitirlo, pero los japoneses estaban más preparados y armados que ellos.

Luego, una gran explosión notó Ash en su lado derecho. Cuando giró su cabeza hacia ese sonido, emitió un jadeó sorpresivo. Cerca de él había un avión aliado pero ahora solo se encontraba humo y escombros de lo que una vez fue un elemento militar con un piloto aviador adentro. Si no tenía cuidado, así podría terminar él.

Antes que Ash pudiera reaccionar, un avión despegó a gran velocidad enfrente del suyo. Fue en ese instante que se cumplió el mayor temor de él: era un kamikaze.

Max gritó al observar la colisión de ambos aviones y residuos del mismo caían en el mar. Una capa de humo cubría su visibilidad y no podía creer lo que veía.: —¡Ash! — gritó en su micrófono. —¡ASH!

La angustia y miedo prevaleció en la mente del castaño.

—¡Max! ¡Enfócate en el enemigo! ¡Dispara! ¡Dispárales, Max!

El aludido mordió su labio inferior y sentía que sus lágrimas se derramaban en sus mejillas. —¡Malditos! —gritó furioso mientras disparaba.


 

Dos hombres caminaban lentamente en las orillas de la playa Inasa en Izuno, Japón. En sus manos había pequeñas canastas con pocos peces.

Uno de ellos suspiró agotado.: —Maldita tormenta que se avecina. —dijo. —Hoy no tuvimos buena pesca. Tan solo mira estos pescados raquíticos. ¡Eso no me llenarán en la cena!

El otro dio una risita.: —Por lo menos pescamos algo, Shorter. —contestó. —Solo mira el cielo…pareciera que los dioses estuviesen enojados…

El mencionado rascó su cabeza calva. Él no creía en dioses o en deidades como esas. Tras llegar a Izuno junto con su compañía notó que dicho lugar estaba repleto de lugares santos y personajes míticos. No le molestaba en absoluto, pero a veces podía llegar hacer tedioso.

Vagando en sus pensamientos estuvo Shorter que no se dio cuenta que su amigo se detuvo en seco y casi se tropieza con él.: —¡¿Ay pero por qué paras, Eiji?! —preguntó exaltado teniendo fija su mirada en él.

Eiji no contestó. Él estaba perplejo observando en la orilla del mar a un hombre boca abajo y con heridas profundas en su cuerpo. Antes que Shorter pudiera mediar palabra, Eiji dejó caer su canasto con peces y corrió hacia ese hombre.

Shorter dirigió su mirada en el punto donde Eiji corría y exhaló angustiado. Con un solo vistazo reconoció rápidamente las vestimentas del hombre inconsciente.

—¡Eiji! —corrió Shorter detrás de él. —¡No te acerques! ¡Es peligroso! ¡Es un soldado estadounidense!

Antes que Eiji pudiera procesar las palabras de su amigo, ya estaba hincado al lado de ese soldado y trato de voltearlo para poder ver bien su rostro pero sus acciones fueron interrumpidas cuando sintió un arma en su abdomen. Él hombre rubio estaba despierto. Sin embargo, el hombre de cabello azabache por un instante pensó que ese hombre ya había fallecido por sus facciones tan relajadas que mostraba. Era como si hubiese esperado a la muerte tranquilamente.

¡Eiji!

Shorter…no te muevas. —susurró.

El japonés observó que los ojos de aquel soldado se abrieron lentamente y lo primero que pudo percatarse fueron de esos ojos verdes fulminantes lo observaban intensamente, como si le atravesara su alma. El cuerpo de Eiji tembló. Esos ojos reflejan fiereza y dureza a simple vista pero Eiji también denotó susceptibilidad dentro de ellos. Oyó como las olas del mar golpeaban ligeramente el cuerpo del estadounidense y como la arena sangrentada se diluía al mezclarse con el agua salada.

Extrañamente Eiji no tenía miedo ante esa situación. — Por favor baja el arma. No te haré daño. — habló tranquilamente Eiji. —Estás herido. Necesito curar tus heridas…

Shorter sobresaltó al escuchar que Eiji estaba hablando en el idioma del rubio.

—¿Dónde…estoy? —preguntó el rubio con dificultad mientras respiraba con su boca.

—Izuno, Japón. En las orillas de la playa Isana.

Eiji vio que el cuerpo del hombre se tensó y abrió grandemente sus ojos. La pistola sobre su abdomen se hundió más profundo sobre su piel.

 —¡Eiji!

Estoy bien Shorter. —contestó en japonés.

—Por favor, no voy a lastimarte. —dijo pacíficamente. —No te tengo miedo…

Eiji podía jurar que solo por un momento distinguió pánico en los ojos verdes del hombre. Fue por un segundo, pero lo suficiente para entender que en esa situación el más vulnerable era ese hombre que yacía frente de él. La pistola no lo intimidaba para nada. No sabía cómo explicar lo que estaba sintiendo en ese instante pero realmente lo quería ayudar.

Los ojos de ambos se conectaron y nadie bajó la mirada desde las últimas palabras que emitió Eiji. Era como si el rubio buscara hostilidad detrás las acciones del japonés. Sin embargo,  dichas intenciones nunca las pudo encontrar; mientras más lo observaba su cuerpo intencionalmente se relajaba y su mirada se suavizaba.

—Bien…—murmuró suavemente a la vez que bajó su arma. Rápidamente denotó una sonrisa cálida en el rostro del japonés.

—Gracias por confiar en mí. —exhaló. —Tenemos que curarte esas heridas. Te llevaré a mi cabaña, está cerca de aquí. Te prometo que estarás bien. —Eiji trató de tomar de su brazo e inmediatamente el soldado gruñó adolorido. —Shorter, ayúdame por favor.

—¿Shor…ter? —jadeó entrecortadamente Ash mientras cerraba sus ojos verdes.

—Sí, no te preocupes, es mi amigo. Él tampoco te hará daño…

Ash se percató que prontamente perdería la conciencia.

—H-hola…—pronunció Shorter desconfiando de su inglés. —Yo no ser japonés…ser chino... —tomó el brazo derecho del herido y lo rodeó en sus hombres. —Joder que brazos tan musculosos—dijo sorprendido en chino. —¡Que alto es esta bestia!

El soldado sintió que era arrastrado con dificultad por los dos hombres mientras luchaba en no cerrar los ojos.: —¿Qué fue lo que dijo? —susurró.

Eiji sonrió.: —Dijo que le encantan tus músculos.

¡Eiji no le traduzcas lo que dije, maldita sea! ¡Va pensar que le gusto y estará detrás de mi culo! —expresó exaltadamente el chino.

Ash resopló al escuchar los gritos del tal Shorter, el chino. No le entendía ni en lo más minino pero por la forma en cómo se comunicaba y lo cómodo en que interactuaban con el japonés le pareció irónico. China y Japón estaban en un gran conflicto en estos precisos instantes, incluso antes de la guerra eran tierras enemigas, y estos dos parecían ser grandes amigos.

No sabía que le esperaba cuando llegaran a dicha cabaña pero esta vez Ash se dejó llevar y confió en ellos. Hace años no sentía esa seguridad y protección de alguien más. Desde niño, cuando su hermano Griffin se unió a la milicia, lo han maltratado y abusado de él dejándolo sólo, a su suerte. El tiempo ha pasado pero aún podía sentir esas manos, bocas y lenguas que recorrieron todo su pequeño cuerpo mientras el dolor reinaba sus sentidos. Solo por esta vez quería sentirse abrigado por alguien más; quería creer en el altruismo del japonés, en la voz amable en la cual se dirigió hacia él y esos ojos cálidos que no mostraban sadismo y crueldad.

¡Maldita sea! ¡Olvidamos la cena!

Fue lo último que escuchó Ash antes de perder el conocimiento.