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Sólo un rasguño

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Kyo miró la llave electrónica que le habían dado en la recepción del hotel. Ante él se extendía un pasillo interminable, donde se alineaba una serie de puertas, idénticas unas a otras.

Echó a andar, sus pasos sin hacer ruido sobre el suelo alfombrado. Estaba agotado. No había tenido tiempo para descansar debidamente después del torneo, y apenas había dormido durante el vuelo a Hungría.

Chizuru lo había recibido en el aeropuerto, y le había explicado todo lo que estaba sucediendo: el cráter en Aggtelek Karst, la energía de Orochi. Yagami había llegado a la ciudad antes que él, y, según Chizuru, el pelirrojo no se veía demasiado bien. La presencia de Orochi era intensa y lo estaba afectando.

La sacerdotisa había pensado en todo. Había reservado habitaciones en un hotel cercano, y coordinado el transporte hasta el cráter. Partirían por la madrugada. Si tenían suerte, conseguirían sellar a Orochi nuevamente, sin necesidad de una batalla.

Intentando ver el lado bueno, Chizuru comentó que al menos el dios había aparecido en un área no habitada. El número de víctimas se reduciría al mínimo.

Chizuru se había despedido de él en el lobby del hotel y Kyo se había dirigido a la habitación, pensando en darse una ducha, pedir una cena, y dormir por tantas horas como pudiera. No llevaba consigo más que un pequeño bolso deportivo con unas pocas pertenencias, pero hasta cargar eso se le hizo pesado, de lo extenuado que se sentía.

Al llegar a la habitación, introdujo la llave en el lector de tarjetas con un suspiro aliviado.

El lugar estaba a oscuras y el ambiente olía a productos de limpieza. Las cortinas cerradas no eran muy gruesas y la luz de la calle se filtraba a través de la tela.

Por costumbre, Kyo dejó los zapatos en la entrada y dejó caer el bolso descuidadamente en la alfombra. Sin perder tiempo, comenzó a sacarse la chaqueta blanca, fantaseando con el agua caliente de la ducha, ansioso por meterse en la cama.

Un suave quejido proveniente de la penumbra lo hizo sobresaltarse. Se puso alerta al instante, furioso consigo mismo por haber bajado la guardia. Estar cansado no era excusa para permitir que un potencial enemigo se le acercara de esa manera.

Sin embargo, no se trataba de un enemigo, o, al menos, no uno que representara una amenaza. Reconoció a la figura que estaba sentada en el borde de la cama, el tono de su cabello, rojizo pese a la poca luz.

—Te equivocaste de habitación, Yagami.

La falta de respuesta hizo que Kyo exhalara con impaciencia. No tenía fuerzas para aguantar a Yagami esa noche.

A pesar de que la habitación era bastante amplia, la presencia de Yagami volvía el ambiente opresivo, como si no hubiese espacio suficiente para mantenerse a una buena distancia de él.

—En verdad no estoy de humor para estas tonterías —gruñó Kyo, lanzándole una mirada molesta a Iori.

Sin embargo, Yagami no lo miraba. Continuaba sentado en la cama, encorvado sobre sí mismo. Se sujetaba la cabeza con fuerza. Su respiración era trabajosa, intercalada con quejidos ahogados.

Kyo frunció el ceño. ¿Era el comienzo del Disturbio? ¿Acaso Iori iba a perder el control en un hotel lleno de huéspedes? Yagami había conseguido mantener su sangre maldita bajo control durante el torneo, pero ahora se encontraban más cerca de la fuente. La energía de Orochi debía estar llamándolo, afectándolo.

—Oye… —murmuró Kyo, cansino—. Es en serio. No empieces con eso o no me quedará más remedio que dormirte de un golpe. Luego te echaré el pasillo porque estás ocupando mi cama.

Se oyó una risa baja de parte de Iori.

—Quiero verte intentarl…

La frase de Iori quedó interrumpida por un gemido rápidamente disimulado con un insulto. Kyo comprendió que Yagami estaba esforzándose por resistir, pero parecía estar perdiendo aquella batalla lentamente.

No podían permitir que el Disturbio ocurriera en el hotel.

¿Qué debía hacer?

Desafiar a Iori y pelear con él en la calle… ¿serviría para aliviarlo o empeoraría las cosas? Y más aun, ¿encontrarían un lugar desierto donde pelear en esa ciudad desconocida? El hotel se encontraba en un área céntrica. Las calles estaban atiborradas de automóviles y turistas.

¿Qué hacer?

Distraerlo. Eso servía. Hacerlo centrarse en algo que no fueran las voces en su sangre.

Al inicio del torneo, él le había dicho a Iori que iba a ayudarlo. Pero Iori había dominado la amenaza de Orochi por sí mismo. Durante las semanas que duraron los enfrentamientos, Kyo lo había visto batallando en silencio, resistiendo.

Si él se sentía agotado esa noche, ¿cómo debía estar sintiéndose Yagami?

—En unas horas esto habrá acabado —dijo Kyo con firmeza, acercándose unos pasos—. Ya vencimos a Orochi una vez. Resiste un poco más.

Iori alzó la vista hacia Kyo. Su rostro era una máscara inexpresiva donde el dolor quedaba mal disimulado, sus ojos escarlata estaban brillantes.

—No tienes que decírmelo. Recuerda que después de deshacerme de él voy a matarte —dijo Iori.

—Lo tienes todo planeado, ¿no? —respondió Kyo permitiéndose una sonrisa despectiva.

—No todo. Sólo tu muerte.

Kyo no apartó la mirada. Iori lo observaba con una tenue sonrisa burlona.

—Idiota… —gruñó Kyo.

Iori continuó observándolo. Disfrutaba diciéndole ese tipo de cosas. Era exasperante.

Pero al menos ahora Iori parecía más centrado en él y no en el dolor, y Kyo dio un paso más hacia la cama.

Fue cauteloso al rozar los cabellos de Iori en una leve caricia. Nunca podía estar seguro de cómo reaccionaría Yagami ante aquel contacto. A veces recibía sus caricias con agrado, otras veces tornaba un gesto inofensivo en una acto de violencia.

Esa noche, Iori permitió la caricia. Cuando Kyo lo atrajo un poco hacia sí, el pelirrojo apoyó la cabeza contra su cintura, cerró los ojos y exhaló fatigado.

La mirada de Kyo se ablandó. Pasando entre las suaves hebras rojas, descansó su mano en el cuello de Iori un momento, y luego bajó un poco más, apartando la gruesa gabardina y la tela de su camisa, hasta tocar uno de sus hombros. Sus músculos estaban tensos.

Kyo se preguntó en silencio si debía continuar aquello.

Como respondiendo a esa pregunta, Iori puso una mano tras su espalda, atrayéndolo también, y ocultó el rostro contra su vientre, respirando profundamente.

Kyo sintió un escalofrío placentero y sonrió a su pesar cuando, sin perder tiempo, Iori le alzó la camiseta y respiró directamente contra su piel. 


A veces, Kyo se preguntaba cómo podían acabar así, tan expuestos, incapaces de ocultarse nada en la penumbra de una habitación de hotel. Las amenazas se convertían en palabras vacías, las provocaciones en una invitación.

Las prendas que llevaban eran meros estorbos de los cuales se deshacían en pocos segundos, tirando, arrancando con impaciencia, sin consideración.

El toque del aire contra su piel desnuda era siempre más frío de lo esperado, pero caía en el olvido pronto, desplazado por la tibieza de la piel de Iori, de sus manos al buscarlo, sus labios húmedos, el contacto embriagador de su cuerpo excitado.

Años atrás, Yagami había sido brusco al inicio, mientras aprendían a conocerse, cuando no sabían que ambos deseaban aquello tanto como el otro. Iori tomaba lo que quería con tosquedad febril, incapaz de postergar el placer, y la culminación intensa era corta e insatisfactoria. Las palabras que intercambiaban eran hostiles. Se separaban resentidos y molestos.

Pero, con el tiempo, Iori había cambiado. Ahora sabía que no había apuro. Podía alargar el acto cuanto quisiera; podía explorar, poseer, dominar si así lo quería. Kyo no tenía prisa. No lo apartaba. No lo rechazaría.

Al contrario, Kyo recibía cada caricia, exigía más, y luego pagaba las atenciones con creces cuando llegaba su turno.

Esa noche, en aquel hotel en una ciudad extranjera, Kyo disfrutó de una multitud de lentas caricias sin palabras, acostado desnudo de espaldas en la cama, con Iori inclinado sobre él. El pelirrojo miró las cicatrices en su pecho, las cuatro claras líneas donde sus dedos habían desgarrado. Sus ojos se oscurecieron al verlas, y Kyo no pudo contenerse de murmurar, burlón, “si tanto te molestan, tendrás que dejar tus propias marcas, pero estando consciente, claro”. Iori le había dirigido una extraña mirada desdeñosa. La idea le había gustado.

Kyo había sonreído y luego había gemido, porque Iori besó su pecho, las cicatrices, y luego había bajado, con cruel lentitud, por su estómago y su bajo vientre, hasta rozar su excitación con los labios.

El castaño había arqueado la espalda mientras Iori se ponía entre sus piernas y lo tomaba en su boca. Kyo sabía lo que seguiría, la humedad de la saliva tibia, el toque enloquecedor de la lengua de Iori contra su erección.

Cerrando los puños en las sábanas, Kyo empujó, instando a Iori a tomarlo más profundo, tan profundo como pudiera, y él pelirrojo lo consintió, lamiendo a lo largo de su excitación pulsante, sus manos pasando bajo sus caderas hasta rozar su entrada, comenzando a prepararlo para lo que vendría.

Ése era otro aspecto que habían aprendido con el tiempo. El tomarse un momento para preparar al otro. Él no lo había esperado de Iori, había pensado que al pelirrojo le bastaría con tomarlo como fuera, pero no. Iori se excitaba aún más cuando sus dedos comenzaban a forzar la entrada, al encontrarse con la resistencia natural de su cuerpo. Gruñía para sí cuando Kyo gemía debido a la mezcla contradictoria de dolor y placer que aquello provocaba.

En ocasiones, ver a Iori tan dedicado a poseerlo de una manera específica, donde el placer de uno amplificaba el disfrute del otro, era un estímulo suficiente para Kyo. Su cuerpo reaccionaba a Iori. La anticipación de lo que seguía le excitaba.

Así se encontraba Kyo ahora, temblando ávido por aquel contacto.

—Cuidado o voy a… —murmuró Kyo, estremeciéndose de placer al sentir los dedos de Iori deslizándose en su interior, mientras la caricia de su lengua y sus labios continuaba.

Iori se apartó despacio, sus dedos entrando y saliendo y volviendo a entrar más profundo.

—Estás muy ansioso, Kyo.

Kyo negó, y jadeó porque Iori llegó incluso más hondo, sin quitarle la vista de encima.  El pelirrojo se veía complacido, su rostro estaba relajado, sin una sombra del dolor que Kyo había visto al llegar a aquella habitación.

—Cállate —gruñó Kyo, haciendo un gesto para que Iori se acercara más.

El pelirrojo buscó una mejor posición, sin dejar de acariciar el interior de Kyo. Se arrodilló entre sus piernas alzadas, sus miembros tocándose, sin dejar de mirarlo a los ojos.

Kyo no sabía qué era lo que le gustaba más de estar así con Yagami. Si el preámbulo, o el sentir al pelirrojo en su interior, viniéndose en su interior. Lo que sí sabía era que, sin importar lo que hicieran, él quería poder ver su rostro. No le bastaba con oír la respiración de Iori descompasándose, o el sonido ocasional que brotaba, muy bajo, de su garganta. Quería ver cada cambio en su expresión, no perderse el momento en que sus ojos se llenaban de deseo.

Kyo ahogó un quejido porque los dedos de Iori estaban tocando un punto que ambos sabían sensibles. La expresión de Iori era burlona otra vez.

Reuniendo sus pensamientos por sobre la niebla del placer, Kyo no apartó la mirada. Con su mano, rozó la entrepierna del pelirrojo y disfrutó de un momento de triunfo cuando cerró los dedos alrededor de su erección y Iori entreabrió los labios dejando escapar una mezcla de jadeo y gruñido. Kyo lo acarició, cada vez más rápido, el miembro caliente y erecto pulsando contra sus dedos, y Iori cerró los ojos cuando la velocidad se volvió insoportable.

—Hazlo ya —murmuró Kyo.

El castaño se sorprendió de que Iori le obedeciera sin protestar. Contuvo el aliento al sentir la excitación de Iori empujar contra su entrada, y apretó los dientes cuando súbitamente el placer se convirtió en un dolor caliente e intenso.

Iori detuvo lo que hacía, mirándolo con el ceño fruncido.

—Idiota —gruñó Iori, un reproche al cual Kyo no pudo responder, porque Iori se inclinó sobre él para besarlo rudamente.

—No importa, hazlo —insistió Kyo en medio del beso, gimiendo cuando esta vez fue Iori quien lo rodeó a él con la mano, sujetándolo con sus largos dedos, haciéndolo callar al imponerle un ritmo inclemente.

Kyo no pudo evitar mover sus caderas, y odió al pelirrojo porque estaba acercándolo peligrosamente al límite y no parecía que iba a detenerse.

—Obedece, maldita sea —gruñó Kyo, arqueando su espalda para contener el placer, sabiendo que Iori estaba jugando con él y disfrutando de cada segundo.

Iori rio bajo, sus labios contra el cuello de Kyo, y continuó ignorándolo, acariciándolo como si quisiera hacerlo terminar.

Kyo maldijo para sí. Se aferró a Iori, aún esforzándose por dominar la distención deliciosa que el pelirrojo le provocaba, y se encontró estrechándolo con fuerza, atrayéndolo contra sí en un abrazo.

—Kyo… —murmuró Iori, tomado por sorpresa.

Kyo no dijo nada. ¿Había abrazado a Iori así antes? No lo recordaba. Usualmente se limitaban al sexo, a tomar y disfrutar hasta sentirse satisfechos. Los gestos de afecto no tenían lugar en esos encuentros.

—Kyo… —repitió Iori, negando levemente para sí, apartándose del abrazo.

Kyo lo soltó. Supuso que le había molestado. Hasta la caricia se había interrumpido.

Se observaron. La piel de Iori estaba brillante de sudor, su cabello húmedo, sus ojos interrogantes. Parecía ligeramente perturbado.

Kyo pensó que era una reacción extraña a un inofensivo abrazo, pero no dijo nada. ¿Había arruinado aquella noche por no medir sus acciones?

Si era así, él no pensaba permitirlo. Asegurándose de que Iori lo estuviera viendo, se rodeó a sí mismo con una mano. No le quitó la vista de encima al pelirrojo, diciéndole en silencio que él podía terminar el trabajo por sí mismo si Iori decidía interrumpirse.

Sin embargo, Iori lo miró, miró su excitación y sonrió brevemente antes de inclinarse hacia ella y lamer la punta mientras Kyo seguía su propio ritmo.

Kyo apretó los dientes, porque la lengua de Iori se sentía húmeda y caliente y lo hacía desear volver a estar en el interior de su boca.

Como leyéndole los pensamientos, Iori le hizo apartar la mano y volvió a tomarlo entre sus labios, y sus dedos fueron a sus caderas y luego a su entrada otra vez, deslizándose por el estrecho pasaje, continuando como si la interrupción no hubiese ocurrido.

Pero esta vez era Iori quien parecía más ansioso, fue su respiración la que se entrecortó mientras lamía a Kyo.

El castaño contempló al pelirrojo, la expresión de absoluto disfrute que había en su rostro. Iori lamía y lo saboreaba y Kyo no pudo reprimir las ganas de darle algo a cambio también, ocuparse de su erección desatendida.

—Yagami… —jadeó Kyo, poniendo una mano entre los cabellos de Iori para apartarlo—. Es suficiente.

Kyo volvió a atraerlo hacia sí, sobre sí, entre sus piernas abiertas. Iori cedió ante lo que pedía y lo hizo alzar más las caderas, las miradas de ambos fijas en el otro, y rozó la entrada caliente de Kyo con su excitación.

Iori lo penetró con lentitud, pero aun así Kyo se estremeció por la ya familiar mezcla de placer y sufrimiento. Ahogando una sonrisa, Kyo sintió que aquel dolor lo excitaba aún más.

El gruñido de Iori se confundió con su propio jadeo cuando Iori embistió una vez para llegar más profundo. Kyo sintió que el pelirrojo temblaba y le clavaba los dedos en las caderas. Iori maldijo en voz alta cuando Kyo empujó contra él en respuesta, queriendo sentirlo más hondo, tan adentro como pudiera.

Iori empujó también, y salió y volvió a entrar en él, con creciente ímpetu, hasta que las acometidas se volvieron cortas y rápidas, y Kyo sintió cómo su cuerpo se tensaba más y más, el miembro rígido de Iori deslizándose en su interior con suma facilidad ahora, enviándole escalofríos, haciéndole contener el aliento en un esfuerzo inútil por posponer el orgasmo, pero llevándolo a él de todas formas, haciéndole esparcir su tibio semen entre él y Iori, mientras el pelirrojo sonreía y continuaba y jadeaba porque el clímax de Kyo hacía que el pasaje de por sí angosto del joven se estrechara aún más a su alrededor.

Kyo sintió que perdía de vista el mundo por un momento, porque la intensidad de las arremetidas de Iori prolongaba los espasmos de su orgasmo. Podía sentir al pelirrojo acercándose al clímax también, y, a diferencia de él, Iori buscaba la culminación, con impaciencia incluso, sin sacarle sus ojos nublados de encima, respirando con fuerza.

Kyo se movió entonces, siguiendo el ritmo de Iori con un movimiento cadencioso de sus caderas, empujando contra el pelirrojo cada vez que él embestía.

Iori entreabrió los labios en un grito silencioso cuando la primera oleada de placer lo recorrió. Su semilla se derramó en el interior de Kyo, abundante y caliente, y el castaño se estremeció al sentirlo, porque eso era algo a lo que no conseguía acostumbrarse. A Iori llenándolo así, el pelirrojo perdiéndose en el placer que él le hacía sentir.

Kyo habría querido que el disfrute del pelirrojo se prolongara más, pero los espasmos se fueron atenuando, y la respiración de Iori se regularizó poco a poco.

Cuando Iori se separó de él, Kyo percibió el aire de la habitación incluso más frío que antes. Echó de menos el calor del cuerpo de Iori.

Sin embargo, para su sorpresa, Iori se dejó caer de espaldas a su lado en la cama, en vez de levantarse para asearse e irse sin decir palabra, como era su costumbre.

Se observaron un breve instante. A Kyo no le pasó desapercibida la expresión complacida y satisfecha de Iori.

—¿No te vas a ir? —preguntó el castaño, sarcástico.

—Esta es mi habitación —respondió Iori.

—No lo es —aseguró Kyo, pero dudó. ¿Había estado tan cansado que se había equivocado de puerta? Pero entonces… ¿por qué la llave había funcionado?

Iori había cerrado los ojos. La confusión de Kyo parecía traerle sin cuidado. Kyo supuso que podía quedarse un rato más, si Iori no lo estaba echando.

Suspiró para sí, su cuerpo relajándose.

Iori habló de pronto:

—Iré solo a ocuparme de Orochi. No te necesito.

Kyo se volvió y vio que Iori lo miraba con expresión seria y decidida.

—Te dije que ayudaré aunque no quieras —respondió.

Pasaron unos segundos, y la mirada de Iori bajó hasta las cicatrices del arañazo en su pecho. Iori rozó las marcas con su mano. El toque fue suave.

—Ya hiciste suficiente.

—Olvídalo.

Iori gruñó con impaciencia ante su testarudez, y empezó a decir algo más pero Kyo lo interrumpió con un beso.

Kyo aprovechó la ofendida sorpresa de Iori para invadir su boca y gimió complacido cuando el pelirrojo en vez de apartarlo le correspondió con su brusquedad usual.

Al separarse, Kyo miró a Iori expectante, con tal teatral fijeza que el pelirrojo acabó frunciendo el ceño, sin saber qué pretendía.

—¿Qué? —gruñó Iori, arisco.

—Cuando estábamos en la enfermería dijiste que me matarías si volvía a hacer eso —señaló Kyo—. Estoy esperando que lo intentes.

—Mañana —dijo Iori, y Kyo abrió más sus ojos, porque… ¿eso había sido una broma?

Sin embargo, no tuvo tiempo de responder. Iori se levantó y se dirigió al baño, cerrando la puerta con un golpe seco. El agua de la ducha comenzó a correr.

 

~ Fin ~

 

MiauNeko
24 de agosto de 2018