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Santos de Algodón

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Pastor tuvo que contener el suspiro cuando escuchó el torbellino que era Diosito acercarse por el pasillo. Comentario tras comentario fue esquivando reos hasta llegar a él. El ex policía había conocido muchos tipos de delincuentes, tanto en su pasado en la fuerza como en su carrera dentro de las cárceles; Diosito era de una especie extraña, combinación única de travesura inocente y psicopatía. En sí no era un tipo peligroso, y era fácil tenerlo como amigo; al lado de su hermano, sin embargo, podía llegar a ser una fiera.

Y Pastor, cauteloso, se sabía poco hábil para domar animales.

- Eh, amigo, ¿qué onda? Hace rato que te veo así con la cara larga... Te van a salir arrugas así, ¿eh?

Diosito le dedicó una palmadita en el hombro; Pastor alzó las cejas.

- Si, estoy con unos quilombos afuera – admitió, pensando en Lunati y la venganza que le debía.

- ¿Hay algo en lo que pueda ayudar? - preguntó Diosito.

- No – respondió el otro, tajante; se rescató al instante, suspiró, y añadió en una voz más suave:- no, no me podés ayudar.

- ¿’tas seguro? Mirá que acá se puede conseguir de todo; vos decí, y yo te lo consigo, amigo – el ladrón se le quedó mirando a los ojos por unos momentos, sonrisa pícara sin aflojar-. ¿Qué tenés que hacer? ¿Pagar una deuda, boletear a alguien? Te consigo los fierros, no hay drama.

Pastor lo observó por un momento. Antín andaba cagado por una posible inspección, y no quería arriesgarse a darle la transitoria a uno de sus presos, sobre todo sabiendo que era para cobrarse una venganza. Y sin Antín, no tenía forma de conseguir vehículo ni arma para ir a buscarlo al juez... a menos que pasara por los Borges. Pero los dueños de San Onofre tenían sus propias cuentas a cobrar con Lunati, y mostrar ensañamiento haría levantar sospechas que prefería dejar debajo de la alfombra.

Su hijo, sin embargo, seguía desaparecido. Y el único que sabía dónde estaba era Lunati. No tenía muchas otras opciones; y aunque dudas tenía muchas, algo en la honesta insistencia del menor de los Borges lo convenció. Pastor miró a un lado y a otro, apoyando una mano sobre el hombro del otro hombre, invitando a la confidencia.

- Si querés que te diga me tenés que prometer que vas a cerrar el orto. Lo que te voy a decir no sale de acá ¿clarito? - Diosito asintió, su sonrisa perdiéndose en una expresión repentinamente seria-. ¿Estamos? No le vas a ir a botonear a tu hermano, ¿eh? Esto es entre nosotros dos.

Aquello le llamó la atención al rubio; sus labios se torcieron con cierto placer, y asintió ávidamente, diciendo:

- Si amigo, más bien. Con mi hermano todo bien, pero nuestra amistad queda entre nosotros; acá mi hermano no pincha ni corta.

Pastor le sostuvo la mirada por unos momentos para enfatizar que no estaba jodiendo. Se gritaba a leguas que Diosito tenía un enorme complejo de inferioridad con su hermano, y sabía que se podía explotar. Sugerirle que hiciera cosas por su cuenta, sin contarle al mayor de la dupla, podía resultar conveniente.

- Tengo que amasijar a alguien. Un tipo involucrado en mi causa; necesito sacarle cierta información y después es boleta.

Diosito sonrió suavemente.

- Hecho – le dijo, echándose para atrás y ofreciendo una mano para que Pastor la tomara. El ex policía la miró por un momento, pero no dudó en aceptarla-. Ponele un día y salimos, papá.

- Mirá que tu hermano no se puede enterar, ¿eh?

El rubio besó un dedo tras otro en forma de la cruz.

- Lo juro sobre la tumba de mi vieja.

 

 

Pastor no era ningún pelotudo; la obsesión que tenía Diosito con él no se le había pasado de largo, y mucho menos en aquellos días en los que se dedicaron a planificar el golpe. Había conocido mucho puto en la cárcel, pero pocas veces había visto uno que estuviera tan sumergido en el armario. ¿De qué otra forma se podía entender que un tipo, en la cárcel, se prestara a ayudar a otro preso, sin preguntar ni siquiera a quién iban a hacer boleta? Pastor desconfiaba, y no se comía esa obsesiva amistad que el rubio sacaba a relucir de tanto en tanto entre risas. No se perdía los toques, las manos que buscaban cualquier excusa para acercarse a él; nada predatorio igual, nada como lo que podía imaginarse el Morcilla haría en una situación semejante. Pura inocencia. Pero nada era gratis en la vida, y él desconfiaba.

Ni de un reo él se merecía afecto.

 

 

La salida tenía que ser rápida; Antin no podía enterarse. Un par de guardias que le debían favores al Borges les abrieron las puertas, y salieron en un Gol que había quedado en el taller después de uno de sus “trabajos”. Pastor no habló en todo el viaje, dándole vuelta y vuelta al plan que tenía en la cabeza. Se preocupaba; Diosito no podía enterarse a quién iban a ver. Él iba a entrar solo y lo pondría al rubio de campana, hablaría con Lunati, lo fusilaría y los dos se volverían al penal.

Muchas cosas podían salir mal, pero le quedaban pocas opciones. Pensó en el rostro de su hijo, se armó con valentía, y comenzó una de las plegarias que más le gustaba, amparándose en su señor. Estaba repitiéndola nuevamente en su cabeza cuando llegaron. Le pidió a Diosito que estacionara, y que lo esperara afuera.

- Se puede poner fea la cosa – le advirtió Pastor-. Subimos los dos, y vos me esperás afuera en el loby.

- Peola – asintió Diosito, mientras escondía una .45 en la cintura; Pastor revisó rápidamente el cargador de la que le correspondía a él, y también la escondió.

Ambos compartieron una mirada antes de salir del auto. Pastor entró detrás del rubio; por un momento se detuvo a contemplar con cierta admiración la entrega del otro. Diosito no ganaba nada con acompañarlo; al contrario, si las cosas no salían bien (y muy a menudo, este era el caso), los dos podían salir patas para adelante. Mientras más le daba vuelta menos podía entenderlo: el pibe era un criminal de carrera, comomuchos otros que jamás habían visto trabajo honesto en su vida. Acostumbrado a que la vida te sopapee, a que los amigos te traicionen, lo más fácil y lo más común era ver cómo la duda y la paranoia corrompían todas las relaciones. Así era el Borges mayor; Marito, que no confiaba ni en su sombra. Diosito, sin embargo, confiaba primero, y aceptaba arriesgarse a que la traición lo llevara a los bofes después. Pastor sentía un respeto profundo por eso.

La secuencia al subir al edificio fue rápida; entraron, le avisaron al encargado que venían a hacer unos arreglos en el 25A, y se mandaron. Diosito asintió apenas mientras Pastor entraba a la oficina; cuatro tiros se ahogaron en un silenciador, los dos custodias cayendo al piso, desarmados. Lunati reaccionó con sorpresa y con temor, como era de esperarse, y frente al barril de su arma, comenzó a hablar. No, no sabía de su hijo, aunque admitía que su gente “se había pasado” al matar a su hermano y a su cuñada. Pastor presionó y presionó, y falló en darse cuenta que el juez estaba ganando tiempo.

Sintió el impacto un momento más tarde y gritó; con las manos todavía sujetando el arma disparó. Pero a cada bala le siguió un eco, y tardó en darse cuenta que Diosito había entrado, alarmado por sus gritos, y que entre los dos habían bajado a Lunati a tiros. A partir de ahí la secuencia se volvió confusa; el rubio se asomó dentro del campo de su visión, gritándole. Sintió manos tratando de levantarlo, un golpe. Perdió la consciencia.

 

 

Había blanco al borde de su visión, blanco en el centro. Pastor volvió de vuelta al mundo de los vivos con los ojos abiertos; los tuvo que cerrar un momento. Tenía la boca seca, y cada centímetro de su cuerpo le dolía. No pensó que el disparo sería tan malo como para dejarlo en el hospital, pero era el segundo en un par de meses. Su cuerpo estaba pidiendo vacaciones.

- Pastor – dijo una voz a su lado. Una mujer. Se sintió desorientado, pensando en su ex mujer, en su madre, cuando le cayó la ficha que era la asistente social. Emma-. Pastor, ¿cómo te sentís?

Le acercó un vasito de plástico con agua. El reo lo tomó con agradecimiento, atravesando cada gesto para llevarlo a su boca con una tortuosa paciencia.

- Como el culo – dijo él, sus labios apenas retorciéndose en una sonrisa-. ¿Qué hacés vos acá?

- Venía a ver si estabas bien – respondió ella, suavemente-. Hace tres días que estás acá.

Pastor cerró los ojos por un momento; recordó el rostro de Diosito, y a Lunati desplomándose al suelo. Se preguntó por qué el rubio no lo había dejado morir; si le había contado a su hermano que lo había llevado de sicario sin decirle a quién iban a matar, para enterarse al final que habían amasijado al tipo que les debía guita. Quizás quería cobrarse la venganza.

Tenía que armar planes para volver a San Onofre y sobrevivir la noche, pero se lo tendría que guardar hasta que la asistente social no estuviera presente.

- ¿Sabés cuándo me dan el alta? - le preguntó.

- Hablé con la enfermera y me dijo que te van a tener en observación unos días después de que despertaras.

Pastor asintió.

- Te mandaron a vos, ¿y no a un rati? - comentó-. Te escapaste del penal unas horas.

- No, vine por mi cuenta. No me pude contactar con tu hermana, no tengo información de otros familiares... no quería que estuvieras solo – Emma le dijo, con una pequeña sonrisa llena de una amabilidad que a Pastor se le hacía extraña-. Aunque hoy me sorprendí porque me pidieron que acompañara a alguien.

El herido iba a preguntar acerca de la identidad de su visitante, cuando la puerta de la sala se abrió. Diosito entró, llevando una bolsa en una mano y servilletas en la otra. Pastor notó que había dos guardias flanqueando la entrada.

- Buenos días princesita – dijo el rubio, con una sonrisa. Pastor lo miró con cierto recelo, inmediatamente sintiendo cómo la adrenalina volvía a correr por su cuerpo. No sabía si esperar un ataque o si podría caretearla hasta llegar al penal.

- No había opción vegana, licenciada, así que le traje un chegusán de milanesa – le dijo el menor de los Borges a Emma-. Un aguita igual, para cuidar la figura.

- Gracias, Juan Pablo – respondió la mujer; era evidente para Pastor que Emma no se sentía cómoda alrededor del rubio, pero su amabilidad le ganaba a sus miedos. Se levantó, tomando la bolsa que el reo le entregaba, y le echó una mirada al ex policía.

- Voy a estar afuera, los dejo un rato para que charlen tranquilos. Cualquier cosa me avisan.

Diosito asintió, cruzado de brazos, y Pastor le agradeció las molestias que se había tomado al venir. La puerta cerrándose detrás de ella dejó la sala en silencio por unos momentos, antes de que el rubio se sentara sobre la silla que ella había dejado vacía.

- ¿Cómo te sentís? - le preguntó, sus ojos oscuros fijándose en los suyos.

- Como si me hubieran cagado a trompadas – respondió Pastor-. Escuchame, lo que pasó...

- ¿Por qué no me dijiste que fuimos a boletear a Lunati? - le cortó el otro-. ¿Qué onda, Pastor? ¿Vos de dónde lo conocés al viejo garca este?

Hubo un momento de silencio. Había una herida detrás de la mirada de Diosito; algo que le decía a Pastor que quizás, quizás el otro ya supiera toda la historia. Había un bulto en sus pantalones que delataba una faca; una tensión en sus hombros que le decía que venía dispuesto a usarla. Y sus ojos, que por una razón dejaban a Pastor hecho Miguel, desprotegido y expuesto, desnudo frente a una verdad expuesta entre interrogaciones.

Aquél pibe se la había jugado por él. Había confiado; había puesto la otra mejilla, a pesar de su indiferencia. Pastor tenía que devolvérsela.

- Tengo un hijo, afuera. La madre se borró cuando era bebé. Quedó al cuidado de mi abogado y su mujer, que Lunati mandó a matar después de lo que pasó con el secuestro de la pendeja. Mi hijo esta desaparecido – sintió que la voz se le quebraba, y bajó el rostro. No sabía por qué estaba tan emocional; llorar enfrente de una asistente social era una cosa, hacerlo enfrente de otro hombre, un preso con una faca en el pantalón, era otra-. Fui a buscar a Lunati para averiguar dónde está mi hijo.

Sintió una mano en el hombro, y se sobresaltó. Miró a Diosito con miedo, casi primal, sintiéndose expuesto al punto de pensar que semejante muestra de debilidad invitaría al desastre.

Sin embargo el pibe lo miraba con lástima; claramente no le gustaba la expresión en el rostro del ex policia. Pastor se sorprendió al ver que Diosito lo envolvía en un abrazo; y aunque sus emociones eran un quilombo, y aunque todavía no sabía si respetarlo, rechazarlo o temerle, él lo devolvió.

Se quedaron así, abrazados por un momento. A Pastor se le hacía extraño un gesto de tanta intimidad con otro hombre; otrora había abrazado a sus amigos, pero hacía años que podía decir que contaba con uno, un amigo de verdad. Y Diosito, a pesar de su insistencia, no podía contar como uno; jamás.

- Yo pensé que era un flasheo del delirio cuando decías que te llamabas Miguel – dijo, despacito, el menor de los Borges. Pastor entró en alerta al instante-. Me afané un pen drive que tenía Lunati en la oficina, y encontré una bocha de archivos. Vos eras cobani, ¿no?

Pastor se estremeció, y Diosito respondió abrazándole con más fuerza. La herida en su pecho empezó a quejarse por la tensión.

- Quedate piola, Miguel – lo paró el rubio-. Si pintaste un nombre cualquiera para que no saltara que fuiste cobani, todo bien. O sea, entiendo que el nombre falso y la careteada es para que no te la pongan.

Pastor se echó hacia atrás, mirándolo al otro en los ojos.

- ¿Vos leíste mi causa?

- Si, algo. Decía que bajaste un rati. ‘ta todo bien, posta. No hace falta que me sigas ocultando tu identidad.

Pastor buscó algún signo de duplicidad en su mirada.

- ¿Le dijiste algo a tu hermano?

Aquello pareció ofender al rubio.

- ¿Que soy, la puta de Marito? No vieja, esto es un secreto entre nosotros.

El ex policía se llevó una mano a la cara, tratando de poner orden a sus pensamientos. Diosito no iba a saber nunca que Lunati y él habían tenido un trato; solamente que el juez había sabido de su verdadera identidad y se había vengado por el secuestro de su hija.

- Vos querés ir a buscar a tu hijo – siguió el rubio-. Yo te voy a ayudar. Confiá en mí, Pastor, yo tus secretos me los llevo a la tumba. Estamos los dos en esto.

Pastor, a su pesar, sintió sonreírse. Levantó el puño, cerrado, y lo chocó contra el del Borges.

- Gracias, chabón. Por todo. Por bancarme en esta, y por bancar lo que no te dije en su momento.

La sonrisa pícara de Diosito volvió a full.

- Bueno, guacha, ¿querés que te acompañe al baño a limpiarte el culito?

 

 

Los siguientes tres días pasaron rápido, entre las visitas de Emma, quien parecía haberle tomado afecto después de que saltara a defender a Verruga, y las de Diosito, quien quería acaparar todo el tiempo disponible del horario de visitas. El rubio le había explicado, el primer día, cuál era la historia que se habían inventado – a Antín lo había callado con un fajo de billetes, para que no fuera a buchonearle a su hermano, y con su ayuda habían dibujado que a Pastor lo habían tiroteado después de pelearse con un guardia. Emma había tratado de tocar el tema con él, seguramente buscando limar asperezas y “ayudarlo en su proceso de reinserción”, pero claramente no iba a llegar muy lejos con un problema inexistente.

El último día, Diosito se apareció anunciando que se lo llevaba de vuelta a San Onofrio.

- Volvemos, guacho, volvemos – dijo con una sonrisa de oreja a oreja, colgándose de un hombro. Pastor estaba de pie, ya vestido, sintiéndose mucho mejor de lo que se había sentido en días.

- Igual, eh, vos y yo tenemos cuentas que arreglar – dijo, sentándose de un saltito sobre la cama que Pastor había dejado-. Vos te vas a venir con nosotros al pabellón, basta de la gilada esa de andar en el patio con los gatos de la sub 21.

El ex policía lo miró, algo frustrado y listo para discutir.

- Ya te dije, tu hermano me puso ahí para manejar el patio.

- Bueno, que ponga a otro guacho si hace falta. Ya fue lo del patio, amigo, vos y yo tenemos cosas que hacer. Negocios que mover. Tu pibe no va a aparecer solo.

- Está bien – aceptó Pastor, tomando la mano que Diosito le ofrecía-. Pero no te hagas el boludo, no te quiero ver metiéndome en mi cama a la noche.

Diosito se echó a reir.

- Aguantá, Brad Pitt, si tengo que mojarla me traigo unas putas. Quedate tranquilo igual que te invito.

Pastor compartió la sonrisa del otro, y dejó el tema ahí. Diosito podía tratar de engañarse todo lo que quisiera; al ex policía le convenía no tener que andar preocupándose por los avances de un tipo que había ido preso por secuestros extorsivos y que tenía varios muertos en el prontuario. Si quería pensar que era por amistad, Pastor estaba más que contento con eso: de su parte, no podía negar que el rubio se había ganado su cariño en la última semana. Pensar en Diosito como un aliado que podía respetar no le jodía en lo más mínimo.

El regreso al penal trajo varios cambios; al llegar Emma le había anunciado con cierta felicidad que lo estaban transfiriendo a un pabellón. Antín le dirigió varias miradas curiosas y más de una frase denigrante, pero Pastor podía poner las manos en el fuego a que el director del penal estaba observando los nuevos acontecimientos buscando el hilo para la siguiente trama que iba a perseguir. Con la requisa a los Borges, estaba claro para el ex policía que Antín estaba de a poco quebrando su relación con los hermanos, probablemente buscando al siguiente capo de la prisión. Probablemente el ver que sus propios guardias habían tranzado con Diosito a sus espaldas le había pegado duro; una muestra de que los hermanos eran más poderosos en la prisión que él.

El otro cambio con el que se encontró fue el patio: la Sub 21 lo miró con recelo. César le advirtió que no se dejara coger por los Borges, antes de darle la espalda. Pastor sabía que el recelo que Diosito tenía hacia ellos iba a terminar agriando su relación con ellos; pero sin el ex policía para agitarla, los de la Sub 21 tenían muy pocas posibilidades de hacerle frente a los hermanos. A Pastor no le importaba. Lo único que quería era encontrar a su hijo, escaparse, y si tenía que tranzar con los Borges para hacerlo, lo iba a hacer. Él había venido a salvar a la hija de Lunati; el resto se podía cuidar a sí mismos.

Finalmente, el tercer cambio que se encontró fue la actitud de Marito Borges. Pastor sabía que el mayor de los Borges lo tenía entre ceja y ceja, que su actitud independiente lo ponía nervioso. Tenerlo en el pabello con ellos significaba tener más control sobre él; alejarlo del patio para que no la agite ahí. Por eso lo recibió con una media sonrisa y una mirada de triunfo, casi como si fuera un hijo pródigo.

Pastor, sin embargo, se mantuvo al margen de la política interna de la cárcel. Tenía la cabeza solamente fija en una cosa, y era encontrar a su hijo.