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A New Beginning

Chapter Text

Blanca era la camiseta que llevaba el primer día que la vio, toda sonriente preguntándole si se podía sentar a su lado en clase.

Blanco era el móvil en el que guardó su numero, el mismo móvil que se llenó en seguida de fotos de ambos.

Blancas eran las hojas de apuntes que estudiaban juntos cada tarde para aprobar aquellos exámenes.

Blanca era la pared de aquella habitación donde le besó, meses después, despertando sentimientos que no sabia ni que guardaba.

Blanca era la fachada del bar donde le contaron a sus amigos que por fin estaban juntos.

Blanca era la nevera que compraron para el piso que decidieron compartir en aquella ciudad tan mágica.

Blanco era el calendario que decidieron colgar en aquella nevera donde marcaban el tiempo que llevaban juntos.

Blanco era el coche que cogieron para ir a aquella pueblecito costero donde Raoul le pidió matrimonio.

Blanca era la fuente donde su madre había puesto la sopa el día que le contaron a su familia que se iban a casar.

Blanco era el vestido que se puso su chica cuando subió al altar y le juró amor eterno.

Blanca se puso su cara cuando la mujer de su vida le dijo que iba a ser padre.

Blancas eran las sábanas que envolvían a ese ser pequeñito y arrugado que pasaría a ser lo más importante de su vida.

Blanca era la encimera donde se apoyaba la primera vez que discutieron seriamente.

Blanco era el pañuelo que le dio su mejor amigo cuando se rompió delante suya.

Blanca era la hoja del divorcio que firmó meses después.

Blanco era el taxi que lo alejó del que había sido su primer amor, dejando gran parte de su vida atrás.

Blanca era la lista de la compra que le dio su vecina cuando por fin se decidió a salir de casa de nuevo.

Blanco era el toldo de aquel puesto de mercado donde lo escuchó hablar.

Blanca era la camiseta que llevaba cuando lo vio por primera vez, su piel morena y sus ojos negros mirándole.

Blanca era la sonrisa que le dedicó aquel día de mercado de la cual, aún ahora, años después, no se puede olvidar.

Chapter Text

Venga Raoul tú puedes” Se repetía el rubio intentando mentalizarse “No puede ser tan difícil, lo hacen millones de personas todos los días”.

Abrió el grifo e hizo un cuenco con sus manos para recoger el agua fría que caía y se lavó la cara, apretando los dientes por la temperatura. Dejó que las gotas recorrieran su piel mientras él se observaba en el espejo. Se miró a los ojos, adornados por unas oscuras ojeras prueba de lo poco que había estado durmiendo esos últimos días.

Cualquiera podía ver que no estaba en su mejor momento.

Y es que, aunque su relación había terminado por mutuo acuerdo y de la mejor manera que supieron, una ruptura era una ruptura. Era imposible que olvidara nueve años de su vida tan fácilmente y menos una persona como él, acostumbrado al orden y a que las cosas fueran “como siempre”.

Por eso Raoul se había pasado el último mes y medio como pollo sin cabeza intentando vivir una nueva vida sin su el que había sido primer amor.



Se conocieron el primer día de universidad y se hicieron amigos enseguida. La castaña eligió sentarse a su lado y amenizarle toda la jornada introductoria con sus comentarios y sus chistes malos. Y aunque a Raoul le solía molestar que la gente no se callara en clase, no podía enfadarse con ella ni con esos preciosos ojos marrones.

Pronto formaron un grupo de amigos en común y, poco a poco, su amistad se fue convirtiendo en algo más. El rubio empezó a notar pequeños detalles que hasta el momento nunca se había percatado, cómo cuando a su compañera se le encendía la mirada cada vez que hablaba de algún libro nuevo o la manera en que enrollaba pequeños mechones de su melena castaña cuando estaba nerviosa.



Aún recuerda aquella tarde de estudio cuando la morena se le puso delante, le cogió la cara y le plantó un beso que le sacó el aliento y lo dejó sin habla.

También recuerda el momento en el que se lo dijeron a sus amigos. Se les echaron encima nada más ver que venían con las manos entrelazadas y una sonrisa nerviosa. Les llenaron de abrazos recriminándoles que llevaban más de un año esperando ese momento, pero a Raoul le daba igual, estaba en las nubes.

Desde ese momento se convirtieron en la pareja de moda. Todo el mundo iba a pedirles consejo y, si preguntaban por la relación más perfecta que conocían, les mencionaban a ellos. Estaban convencidísimos de que eran de esas parejas que duraban para siempre, que nada ni nadie podía destruirlas.

Nada podría con su relación, hasta que algo pudo.



Notó como la primera lágrima traicionera rodaba por su mejilla cuando oyó una risotada infantil. Realmente todo lo que había estado pasado durante esas últimas semanas, las noches sin dormir, el estrés de la mudanza, el adaptarse a una nueva vida… Todo aquello había valido la pena por ese ser pequeñito que lo esperaba en el salón

Volvió a oírla reír y eso le arrancó una enorme sonrisa. Cogió la toalla y se secó las lágrimas y las pocas gotas de agua que aún le resbalaban por la cara y salió a por su princesa.



La pequeña Nerea lo esperaba sentada en su parque de juegos ajena a los dramas de los adultos. Vestida aún con su pijamita y con el enorme peluche con forma abeja que le había regalado su tía Aitana metido en la boca, llenándolo enterito de babas. A Raoul no le pudo parecer más adorable.

Y es que sonará a cliché, pero el catalán se había enamorado de esa pequeñina en cuanto la tuvo en sus brazos.



La noche que nació la chiquitina él se había quedado en su despacho arreglando los últimos detalles de un libro que debía entregar a su jefe.

Iba por la mitad del tercer capítulo y el segundo café cuando le sonó el teléfono, el nombre de su suegra brillando en la pantalla.

-¿Diga?- contestó masajeándose las sienes.

-Raoul- se oyó la voz de la señora- Raoul ya está aquí, ya viene.

-Dios mío, no puede ser- contestó, levantándose casi tirando la silla a la vez- ¿Ella está bien? ¿La niña ha llegado ya? Dime que no, por favor, dime que no me lo he perdido.

-Tranquilízate Raoul, no te has perdido nada- dijo con una risita, se lo podía imaginar dando vueltas por el despacho sin rumbo- Ella está perfecta, apenas ha roto aguas.

-Menos mal- dejó salir todo el aire que tenía contenido en los pulmones - ¿Dónde estáis ahora? ¿Habéis ido al hospital ya?

-Sí, acabamos de llegar, le están haciendo las pruebas iniciales en este momento.

-Vale, voy para allá corriendo- contestó- Hasta ahora. Dile que la quiero y que enseguida llego.

Colgó y salió corriendo hacia la puerta donde cogió su abrigo y, dejando todos los papeles tirados por la mesa y el ordenador sin apagar, salió corriendo en dirección al hospital.



Llegó allí 20 min después y subió corriendo a la habitación que le había indicado su suegra. Al llegar al pasillo se encontró con sus padres que lo abrazaron emocionados.

-¿Qué... qué hacéis aquí?- preguntó perplejo

-Les he llamado yo, cariño- contestó la madre de su novia saliendo de la habitación- He pensado que estarías demasiado nervioso y alterado.

-Muchas gracias, de verdad- la abrazó- Estoy que me muero de los nervios.

-No te preocupes cariño- le dijo su madre- Todo va a salir bien. Entra ahí, vamos, que te está esperando.

-Sí, voy- le dio un sonoro beso en la mejilla a la rubia- Muchas gracias otra vez.

Y entró a la habitación, encontrándose con su preciosa esposa descansando en la cama.



No recuerda mucho más de aquella noche. Enfermeras y médicos yendo y viniendo, su mujer apretándole la mano con fuerza cada vez que venía una contracción, cómo le obligaron a salir de la habitación al ver que habían complicaciones en el parto…

Lo que sí que recuerda es la angustia que pasó hasta que por fin le dejaron entrar en su habitación y ver a sus dos amores. La castaña sonrió cuando le besó el pelo y lo hizo sentarse en la butaca antes de pasarle a la pequeña toda envuelta en una sabanita blanca.

Raoul la cogió como si fuera la cosa más frágil en este universo, pasando un brazo por bajo de su cuello y otro arropando su cuerpito. La niña bostezó al mecerla y se llevó uno de los puñitos a la boca, chupándolo mientras dormía tranquilamente.

No pudo evitar echarse a llorar ante la escena, ganándose un “Mira que eres moñas” de parte de su mujer que rio enternecida.



-Hola pimpollo ¿Tienes hambre?- le preguntó agachándose para darle un besito en la cabeza-¿O nos esperamos a la tía Miriam?

La rubia solo lo miró con una enorme sonrisa desdentada y alzó las manos para que la cogiera.

-Mírala ella que lista- se rio negando con la cabeza- Como quiere que la coja.

Aun así, la cogió, pegándola a su pecho y meciéndola suavemente, cómo sabia que le gustaba a la pequeña. No sabe cuánto tiempo estuvo así, tarareando mientras movía el pequeño cuerpito, hasta que la niña se durmió con la cabecita rubia sobre su hombro, llenándolo ligeramente de babas.

La llevó hasta la habitación y la tumbó en la cuna, tapándola con la mantita para que no cogiera frio. Colocó a la abeja cerca y la niña se movió para apretujar al peluche contra ella mientras se chupaba el pulgar. Raoul hubiera llorado por lo adorable de la escena si no hubiera sido porque recibió una llamada, su móvil vibrando en el bolsillo trasero de los pantalones.

No le dio tiempo a cogerlo, pero vio que la llamada había sido de su vecina, por lo que supuso que no querría llamar al timbre por si la niña estaba durmiendo. Miriam siempre tenia esos detalles, pensando antes en cualquier persona que en ella misma.



Fue a abrir la puerta, encontrándose tras esta a la castaña con el móvil en la oreja. Colgó la llamada en cuanto lo vio y le sonrió.

-No quería llamar al timbre por si Nerea estaba durmiendo- le contestó, corroborando lo que había pensado él- Perdón si te he asustado o algo.

-Que va, que va, tranquila- le restó importancia apartándose para que pasara al interior- Menos mal que no has llamado al timbre, la acababa de acostar- dijo- Ha estado toda la noche llorando, no ha dormido nada.

-¿Y eso?- le preguntó curiosa mientras dejaba la chaqueta en el perchero de la entrada- ¿Los dientes otra vez?

-Si, no le dan tregua a la pobre- suspiró yendo hacia la cocina para dejar la bolsa que le había pasado su amiga- y eso que aún no tiene fuera ninguno.

-Bueno, es normal que llore- le dijo sacando platos de la alacena para colocar el desayuno- Los dientes le tienen que romper la encía, duele solo de pensarlo.

-Espero que se pase pronto, odio verla tan mal- contestó mientras ponía el café a hacerse.

-Sí, es un fastidio la verdad- le respondió acabando de colocar los croissantsque había comprado en un plato- Con lo bonita que es, no merece pasarlo tan mal, jo.

-No, la verdad es que no- aceptó con un suspiro- Esto ya está ¿Desayunamos?



Desayunaron entre anécdotas y cotilleos de vecinos. Raoul llevaba allí a penas seis semanas, pero ya conocía todos los entresijos de aquel edificio gracias a su vecina.

Miriam era originaria de Galicia y se había mudado a aquella ciudad para hacer el máster. Le contó que se enamoró de la ciudad (y de cierta pamplonica) y decidió quedarse allí a vivir. No fue hasta dos años más tarde, cuando por fin consiguió un trabajo que le permitió mudarse del piso compartido donde había estado viviendo, que se fue a vivir a aquel edificio.

Cuando se mudó, Raoul no tenia ninguna intención de entablar amistad con ninguno de sus vecinos. No estaba pasando por su mejor época, prefería centrarse en su hija y en, básicamente, sobrevivir. Pero no pudo hacer nada con la castaña que fue entrando poco a poco en su casa, literalmente.

No sabe como ocurrió, pero un día se estaban presentando en el rellano y a final de esa semana estaba en su casa haciéndole la cena con la compra que ella misma había hecho.



-¿Hoy trabajas?- le preguntó la castaña dejando los platos en el fregadero.

-No, hoy no voy- le contestó poniéndose los guantes de goma roja- ¿Por?

-Porque entro a las tres, por si necesitabas que cuidara de Nere esta mañana.

-Que va tranquila- le respondió- Oye, ¿Puedes mirar a ver si quedan tomates?

La castaña no contestó, simplemente se dirigió a donde sabía que estaría aquella verdura. Abrió la nevera y se quedó mirando al interior, su vena de madre hinchándose por momentos.

-¡No me lo puedo creer!- exclamó asustando al rubio que se mojó la camiseta- ¿No compraste nada desde que fui yo al súper? ¡¿Cómo puedes ser tan vago?!

-Si que fui a comprar- le contestó todo rojo, ambos sabiendo que aquello era mentira.

-No me mientas rubito- le regañó- Tienes que empezar a hacerte responsable de tus propias cosas.

-Lo sé… pero es que aún me estoy adaptando…

-La hostia que te voy a dar si que se va a adaptar- cerró la nevera antes de continuar- Me has dicho que hoy no tienes que ir, ¿verdad?

-Eh…- titubeó, aclarando el plato que tenia en la mano- ¿Sí?

-¡Perfecto!- exclamó con una palmada asustando al rubio otra vez- Pues vas a empezar a encargarte de tus propias cosas, que ya estará bien.

-¿Qué quieres decir?- le preguntó con miedo girándose para verla por encima del hombro.

-Que hoy vas a ir a comprar tú- le dijo sonriéndole traviesa-Te voy a hacer la lista de la compra ahora mismo.

-Pero...

-Ni peros ni peras- contestó- Bueno peras tal vez si, que no tienes nada de fruta.



Fue a la encimera y cogió la libreta que había allí encima y un boli. Se sentó en la mesa y empezó a escribir lo que Raoul supuso que sería la lista de la compra.



Unos minutos más tarde, después de haber fregado y haberse cambiado la camiseta mojada, el catalán apareció en la cocina con un bichito rubio y despeinado.

-Pero mira quien despertó- dijo la gallega estirando los brazos para cogerla- Buenos días princesita.

-La pobre debe tener un hambre- rio enternecido el padre al ver como Nerea intentaba comerse los dedos de la mayor- Voy a hacerle el desayuno.

-Para el carro rubito- lo llamó la vecina- Tu te vas a comprar ahora mismo. Mira, ahí te he dejado la lista de lo que tienes que traer.

Le señaló con la barbilla el papel que había arrancado de la libreta y que contenía todo aquello que el rubio tendría que comprar.



-Pero ¿Y Nerea?- intentó librarse el catalán- Tendrá que comer¿no?

-De eso me encargo yo, tu no te preocupes por nada- le dijo levantándose para dejar a la niña en su trona- Ahora mismo le preparo un súper desayuno. ¿Verdad que si pezqueñuela?- Se ganó una risotada infantil al hacerle cosquillitas en la barriga.

-Vale, vale, lo pillo- dijo aceptando su derrota- Supongo que ya es hora de que empiece a hacer cosas fuera de casa.

-Pues si- Se acercó a él dándole un abrazo de oso- Sé que es difícil y que todavía te estás adaptando a una nueva vida siendo padre soltero- se separó para mirarle a los ojos- Pero hacer cosas como estas te ayudarán a que todo se vuelva más fácil. Encerrarte en casa solo hará las cosas peor.

-Lo sé- suspiró, sonriendo ligeramente después- Muchas gracias Miriam, por todo. Me estás ayudando mucho más de lo que piensas.

-Venga, venga, no te pongas moñas ¿eh?- le dijo intentando bromear para que no se notara que le corría un lágrima traicionera por la mejilla- Y vete ya, que Nere al final se va a comer su propia mano.

-Ya me voy, pesada- se separó de ella y fue hasta la trona donde la rubia tenia su puñito dentro de la boca- Portate bien y hazle caso a la tia Miriam.- le besó la nariz- Te quiero.



Le quitó el puño de la boca y le dio varios besos por los mofletes antes de coger la lista y salir de la cocina.

-¿Sabes donde está el mercado o te lo explico?- gritó la gallega desde la cocina

-Sé donde está tranquila- le respondió rodando los ojos mientras se abrigaba.

-Valeee- le gritó de nuevo- Abrígate bien que hace frío hoy. Ponte la chaqueta roja, que es monísima.

-Sí mamá- rio al oír un “Te he oído” y cerró la puerta antes de que le pudiera contestar.



El mercado al que solía ir Miriam quedaba a un par de calles de su casa así que podía ir andando hasta allí. Seguro que habia gente que iría en coche hasta allí, pero a Raoul le gustaba caminar, sentir el aire y el sol en la cara mientras estiraba los músculos agarrotados por estar tanto tiempo sentado.

Llegó allí unos quince minutos después, bolsa en mano, dispuesto a comprar todo lo que había en aquella dichosa lista.

La repasó varias veces haciendo un croquis mental de que iba a comprar primero y que iba a comprar después. Al final se decidió a ir a por las frutas y verduras primero pensando que eso se estropearía menos si tardaba que la carne o el pescado.



Fue hasta el puesto de la verdura y compro puerros, zanahorias, patatas, lechuga, tomates... todo lo necesario para hacerle una comida nutritiva a su pequeña. Cuando acabó fue hasta el puesto de la fruta, que estaba justo al lado.

Se despasó la chaqueta muerto de calor, dejando al descubierto la camiseta blanca que llevaba bajo. Agradeció que hubieran colocado aquel toldo blanco, porque, aún siendo finales de octubre, a esas horas el sol picaba fuerte y no le apetecía volver a casa todo sudado.

Observó la fruta que tenía delante. La gallega no le había especificado que fruta tenia que comprar, simplemente escribió “fruta” y al lado “compra manzanas para mi también”. Hubiera sido una tarea fácil si no fuera porque allí habían como cinco tipos de manzanas, cada una de un color, forma y tamaño.



-¿Que buscas cariño?- le preguntó una señora a su lado- Estás muy parado ahí ¿necesitas ayuda?

-No se preocupe, solo estaba viendo que manzanas compro- le respondió negando con una sonrisa- Es que es la primera vez que vengo solo y ando algo perdido.

-Pero que bonico ayudando a tu mujer a hacer las cosas de casa- le dijo orgullosa- Yo cogía esas de ahí, las rojas. Tienen una pinta buenísima

-Muchas gracias- le respondió con una sonrisa amplia- La verdad es que vivo yo solo- le contó- Me separé hace poco.

-¿Un chico tan guapo como tu soltero?- le contestó la mujer cogiéndole del brazo- Ay si yo tuviera treinta años menos, no durabas soltero nada

Raoul le sonrió forzado, sin saber muy bien donde meterse, su cara toda roja. Debía admitir que se lo había buscado al contarle más de la cuenta a la señora, pero parecía tan maja...



-Mira Josefa que guapo el niño, todo sonrojado- le encaró hacia otra señora- ¡Y está soltero! ¿No decías que tu Clara estaba sola? ¡Tenemos que presentarlos!

-Carmen, deje al pobre chico en paz- se oyó una voz al otro lado- ¿No ve que está que no sabe donde meterse?



Raoul giró el cuello para ver al chico más guapo que había visto en su vida. El pelo oscuro cayéndole en rizos sobre la frente, sus ojos negros, la piel tostada, esa barba que le enmarcaba la cara de una manera tremendamente sexy.

Definitivamente no debería estar mirando tan fijamente a un extraño en mitad del mercado con tres señoras al rededor, pero no podía evitarlo.



-Ais, relajate un poco canario- le dijo la mayor apretando un poco más al rubio contra ella- Hay que ver que aburrido eres.

-EL SETENTAYTRES - gritó la dependienta- ¿A quien le toca?

El catalán miró su número, confirmando que era el veintidós.

-A mi-

-¡A Carmen!- lo cortó el moreno, guiñándole un ojo cómplice- ¿Verdad que si rubio?

-Eh... sí- le siguió el juego al otro chico- Pase usted.

-Ay que amable- le dijo mirándolo con ternura antes de separarse de él- Ya podrías aprender tú.

-Venga, que la están esperando- apresuró el otro chico ganándose una mala cara por parte de la señora.

La mujer le dedicó una sonrisa al más bajo y volvió a mirar mal al moreno antes de ir hacia la dependienta para que la despachara.



-Siento eso- Habló el canario con una sonrisa de disculpa- Carmen a veces puede ser muy intensa.

-No te preocupes- le restó importancia negando con las manos- Simplemente es que no me lo esperaba-rio bajito- Muchas gracias por ayudarme

-No las des- le sonrió amplio- A mi me hizo lo mismo el primer día que vine- se acercó para hablarle en confidencia- Es como las moscas cojoneras, va a la carne fresca.

El rubio no pudo evitar reír ante la tontería, echando la cabeza hacia atrás y achinando los ojos formándosele pequeñas arruguitas alrededor de estos.

El catalán no lo sabría en aquel momento, pero el moreno guardaría esa imagen para siempre en su memoria.



-Soy Raoul por cierto- extendió la mano para saludarlo

-Agoney, encantado- le correspondió el saludo juntando sus manos tal vez un segundo más de lo necesario.

 

Chapter Text

-¿Llegas ahora?- le preguntó la gallega sacando la cabeza de su piso- Que tarde

-Sí bueno - le contestó apoyándose en la pared del pasillo- Nos han mandado un libro nuevo para traducir y se nos ha liado la cosa.

-Que mierda- le respondió- Oye, ¿Y mi princesa? ¿Volvió ya?

-Que va. Se supone que mi madre me la iba a traer esta tarde, pero como teníamos tanto trabajo le he dicho que mejor la traiga mañana.

-Jope- respondió triste- Bueno, así puede estar más tiempo con sus abuelos. Susi estará encantada.

-Dímelo a mí- suspiró- que siempre llora cuando tiene que traérmela. Escucha ¿Tu a qué hora sales mañana?

-Entro a las nueve y salgo a las dos y media ¿Por?

-Por si se me alarga la cosa y no estoy para recoger a la petarda.

-Ah bueno, por eso no te preocupes. Tu mándame un mensaje si ves que no llegas y yo la cuido, no problem.

-Joder Miri, eres la mejor- le dijo sonriéndole- Muchas gracias de verdad

-Sí si, venga, vete a la cama que mañana tienes que trabajar- le contestó medio cerrando la puerts- Buenas noches rubito- añadió antes de guiñarle el ojo y meterse en su apartamento.

-Buenas noches Miriam- se despidió



Esperó a que su amiga entrara en casa antes de entrar él a la suya. Se apoyó en la puerta y cerró los ojos meciéndose en el silencio que reinaba allí.

Eran muy pocas las veces que tenía la casa para él solo y no sabía cómo sentirse exactamente. Nunca había vivido por su cuenta, se mudó de casa de sus padres a la casa con su mujer y ahora vivía con su hija, por lo que esos momentos de soledad le causaban sentimientos encontrados.

Por un lado, le encantaba estar solo y así poder poner su música en alto sin miedo a despertar a nadie, comer todas las guarrerias que le diera la gana y, sobretodo, poder tener tiempo para sus hobbies cómo leer o componer.

Por otro lado, odiaba la soledad y el silencio que se formaba. La casa se le hacia enorme sin nadie con quien compartirla, sin nadie que le reciba al llegar o a quien recibir cuando llegara. El silencio le daba tiempo y tranquilidad suficiente para pensar en muchas cosas en las que no debería pensar si no quiere acabar llorando como una magdalena.



Se separó de la puerta y fue a su habitación a ponerse cómodo. Se puso una camiseta vieja y desgastada que tenía por ahí y unos pantalones de chándal cualquiera y, cuando estuvo listo, fue a la cocina a hacerse la cena.

Primero sacó un par de huevos y un poco de queso de la nevera para hacerse una tortilla. Una vez acabada la puso en un plato, se sentó en la mesa y empezó a comérsela.

Otra de las cosas a las que aún no se había acostumbrado era a tener que cocinar solo para uno. No es que Raoul cocinara mucho, no lo consideraría uno de sus muchos talentos, pero las veces que lo había hecho siempre había sido para más de una persona.

Se quedó pensando mientras miraba al frutero que había en la encimera de la cocina. Aún quedaba una de las manzanas que compró cuando fue al mercado y conoció al canario. Por alguna razón no se podía sacar al chico de la cabeza y eso que solo habían pasado juntos unos minutos.



El moreno era guapo, tenía un cuerpo de escándalo y un acento que lo hacia pensar en cosas muy poco apropiadas. Le atraía y mucho, eso era normal, no era el primer chico que le gustaba en su vida, pero sí que fue el primero en marcarlo de esa manera.

Hacia casi una semana que se habían encontrado bajo aquel toldo blanco y el rubio seguía pensando en él casi cada día. ¿De dónde será? ¿Qué estará haciendo aquí? ¿De que trabajará? ¿Tendrá pareja? La última era la que más le interesaba, aunque no se lo quisiera admitir.



Negó con la cabeza al descubrirse a si mismo pensando en el canario otra vez y volvió su atención a la tortilla. Se comió su cena rápido y pasó de tomar postre, deseando meterse en la cama de una vez y olvidarse del montón de trabajo que tenia últimamente.



Raoul trabaja de jefe de sección en una empresa dedicada a traducir libros y películas. Se encarga de corregir las traducciones que hace su equipo antes de enviar el trabajo final a su jefe por lo que tiene que poner mucha atención en que quede perfecto y no haya ningún error.

Aunque le encantaba su trabajo había días en los que se volvía demasiado caótico y estresante, sobretodo cuando se acercaba la fecha de entrega de algún libro o película o cuando llegaba material nuevo que traducir, cómo aquel día. Se había pasado organizando y corrigiendo traducciones desde muy pronto por la mañana hasta bien entrada la tarde y estaba hecho polvo.



Se quitó la vieja camiseta naranja, la doblo y dejó sobre el sillón antes de abrir las sábanas y meterse por fin en la cama. Antes de quedarse dormido le envió un mensaje al grupo de familia deseándoles a todos unas buenas noches y pidiéndoles que le dieran un beso a la chiquitina de su parte





*__*___*_*_*_*



El día siguiente fue un completo caos en la oficina, todo el día de aquí para allá llevando y trayendo papeles, corrigiendo archivos, hablando con los clientes…

Raoul suspiró cansado, llevándose una mano al cuello para masajearlo. Después de tanto tiempo mirando al ordenador tenía las cervicales cargadísimas, ojalá conociera a alguien que supiera dar buenos masajes.

Estiró la espalda levantando los brazos y se dispuso a volver a trabajar. Justo cuando volvía a fijar la vista en el ordenador escuchó unos toques en la puerta que se abrió dejando paso a una chica bajita de pelo castaño.

-Raouuuul- le dijo alargando la u sonando todo lo alegre que no estaba el mencionado- ¿Te vienes a comer?

-Hola Aiti- la saludó con una pequeña sonrisa- No sé si debería parar- contestó cansado- Aún me quedan dos capítulos por corregir



Aitana y él se conocieron el primer día de universidad de la castaña. Raoul hacia de mentor voluntario para los de primer curso cuando la menor entró corriendo por el pasillo interrumpiendo la charla que les estaban dando.

A pesar del rechazo inicial del rubio hacia la del flequillo no tardaron mucho en congeniar, la chica siempre tenía una sonrisa para todo el mundo y al final Raoul sucumbió a sus encantos.

No dudó en recomendarla a su jefe en cuanto esta acabó la universidad y entró en el mundo laboral. Por supuesto la catalana consiguió el trabajo a la primera y, poco tiempo después de graduarse, empezó a trabajar.



-Pero mírate, así no vas a sacar nada en claro- rodeó la mesa para abrazarlo por detrás- Vamos ahora a comer, descansas un rato y después vuelves a la carga ¿Te parece? -La castaña lo apretó más en sus brazos y le besó la mejilla.

-Venga vale- suspiró dejando caer los hombros- Total no voy a avanzar nada con el dolor de cabeza que llevo

-Exactamente- dijo la castaña apartándose para que se levantara- Vamos, hoy invito yo

-¿Qué te ha pasado para que estés tan feliz como para invitarme?- le preguntó malicioso saliendo del despacho

-No me pasa nada- contestó recolocándose el flequillo nerviosa- no sé de qué hablas.

-Yo se lo que te pasa- dijo otro compañero uniéndose a ellos de camino al ascensor- Tú has hecho arroz

-Roi ¿Qué dices?- le preguntó la castaña mirándole raro

-No sé, lo escuché en la tele y me hizo gracia- se encogió de hombros apretando el botón del ascensor.



Cuando Raoul entró a trabajar en la empresa el gallego ya llevaba allí unos cuantos meses. Al principio no congeniaron del todo bien, al rubio le molestaba que siempre estuviera haciendo bromas, incluso cuando no venia a cuento, y al castaño le molestaba que el otro estuviera siempre tan serio.

No fue hasta que un día les tocó dirigir un proyecto compartido y tuvieron que sentarse los dos juntos a trabajar que no solucionaron sus problemas. Después de aquello ambos se dieron cuenta de que tenían más cosas en común de las que pensaban y empezaron a llevarse mejor, llegando al punto de pasar de ser compañeros de trabajo a ser amigos fuera de este.



-¿Vais a comer?- preguntó el castaño a lo que los demás asintieron- Os acompaño, que me muero de hambre

-Pues vámonos átomos- dijo el rubio subiendo al ascensor.



La comida pasó rápida, mucho más de lo que le hubiera gustado y cuando se quiso dar cuenta ya estaba sentado de nuevo en su despacho. Una taza de té humeante reposaba encima de la mesa al lado de un tupper lleno de calabaza asada que había hecho la madre de Roi.

Comió un trozo y guardó lo que le sobró para Miriam que seguramente se enfadaría si se enteraba que había comido y no le llevaba para que la probara. Una vez guardó el recipiente en su bolsa acabó el té ya medio frío y volvió al trabajo.



No sabe cuanto tiempo estuvo metido en entre papeles cuando su móvil sonó. Estiró la mano sin levantar la vista del documento que estaba leyendo y cogió el aparato, descolgándolo y llevándoselo a la oreja.

-¿Raoul?- habló una voz femenina

-¿Mamá?- respondió apartando la vista del ordenador por fin- ¿Qué pasa?

-¿Cómo que qué pasa? No me has dicho a que hora quieres que te lleve a la niña.

-Mierda, se me había olvidado- respondió rascándose los ojos con hastío- Aún no he acabado, me queda un buen rato aquí

-Pues tenemos un problema, porque no me la puedo quedar hoy también- habló la mujer- Tu padre y yo tenemos cena a las nueve, como mucho me la puedo quedar hasta las ocho.

-¿Pero habéis salido ya de casa?

-No, todavía no, seguimos en Montgat. Te estaba llamando para saber si salía ya o me esperaba un poco.

-Vale, vale- suspiró algo más tranquilo- Ahora llamo a Miriam para ver si está en casa y se puede quedar con Nerea ¿Vale? Te aviso de lo que sea.

-Vale, perfecto- accedió la mujer- Te quiero cariño.

-Y yo a ti mamá. Dale un besito a la pequeñaja de mi parte.



Colgó y se desabrochó dos botones de su camisa intentando que le llegara un poco más de aire del que estaba recibiendo. Tanto estrés lo iba a dejar calvo. Buscó el número de Miriam y marcó, esperando un par de toques antes de que la castaña le respondiera.

-Hola- contestó la gallega- ¿Qué pasa?

-Miriam necesito un súperfavor

-Quieres que recoja a Nerea ¿verdad?

-Vaya además de actriz eres adivina- le dijo ganándose una risa de parte de su amiga- ¿Podrás?

-Iba a venir Mary a casa…-empezó pensativa- Pero no creo que le importe cuidar conmigo a la pequeña.

-¿Estas segura de que no te importa? No quiero estropearos la cita.

-¡No es una cita!- el catalán juraría que si su amiga no fuera tan descarada ahora mismo estaría sonrojada- Sólo viene a hacer una lectura del guion para el nuevo capítulo.

-Ya claro, en tu piso y de noche- se rio por primera vez aquel día.

-A callar- le mandó- Dile a Susi que estaré aquí esperando a mi princesita.

-Perfecto, muchas gracias, te debo una

-Me debes muchas rubito- rio- Hasta esta noche



Una vez terminada la conversación le avisó a su madre de que la gallega estaría en casa esperándolas y se volvió a concentrar en acabar el dichoso capítulo. (no como la autora de este fic, que no se concentra nunca)



*-*-*-*__+__+-+-+-

Eran alrededor de las dos de la mañana cuando Raoul entró en su edificio por fin. Había estado toda la tarde trabajando y no había parado hasta que ni siquiera el café lo mantenía despierto.

Subió al ascensor, apoyándose en la pared de este prácticamente dormido. Notó el móvil vibrar y lo sacó, viendo una notificación de Roi diciéndole que ya tenía su parte y que se la enviaba por correo. Al ver aquel mensaje se dio cuenta de que no había abierto la conversación de Miriam en toda la tarde.

Su vecina le había enviado un par de fotos de Nerea con la boca (y toda ella) llena de comida y una de la pelirroja y la petarda dormidas en el sofá que decía: ¿Ves como no le importó cuidar conmigo de la princesa?

Se le llenaron los ojos de lágrimas y no supo si fue el cansancio, la escena tan tierna de la foto o las ganas que tenia de achuchar a su niña. Se hubiera echado a llorar si no hubiera sido porque el ascensor llegó a su piso y tuvo que bajarse.

Estuvo unos minutos mirando la puerta de su vecina planteándose si llamar o no, pero descartó la idea al pensar que seguramente estarían todas dormidas y no quería despertarlas. Giró a la derecha y se metió en su piso, yendo directo a la cama.



Raoul se despertó por el dolor de barriga que tenía. Intentó pensar en otras cosas y volver a dormirse, pero por más vueltas que daba su estómago no le daba tregua, rugiendo cada vez más fuerte. Enterró la cara en la almohada y se maldijo mil veces por haberse ido a la cama habiendo cenado tan solo el trocito de calabaza que le había estado guardando a castaña.

Cuando ya no pudo más estiró la mano y miro la hora en el despertador: las ocho y cuarto. ¿Dónde iba él tan pronto en su día libre? Ahogó un grito frustrado y se levantó de golpe, quedando sentado antes de ponerse de pie.

Fue al sillón y cogió la sudadera naranja que le regaló su primo Sam unas navidades para combatir el frío del otoño y se dirigió a la cocina. Una vez allí se preparó un bol de cereales y se apoyó en la encimera pensando en alguna forma de agradecerle a su amiga por cuidar de la pequeña. Pensó en comprarle algo, pero descartó la idea sabiendo que se enfadaría si le intentara regalar algo por hacerle un favor. Al final decidió que la mejor idea era invitarle a comer algo casero.

Estuvo mirando sus provisiones y se dio cuenta de que no tenía nada con lo que hacer algo medianamente comestible. Al no pasar casi por casa los últimos días no se había dado cuenta de que necesitaba ir a comprar urgente porque ya no le quedaba más en la nevera que un par de huevos y un limón rancio. Cerró la puerta del frigorífico y cogió un papel para apuntar todo aquello que iba a necesitar para su menú especial.

Una vez tuvo la lista hecha fue hasta su habitación para arreglarse antes de salir de casa. No se lo pensó mucho y tan solo se cambió los pantalones y se calzó unas zapatillas de deporte, pasándose los dedos por el pelo para adecentarlo un poco. Salió de casa unos minutos después bolsa en mano dispuesto a ser un buen amo de casa.



De camino al mercado no pudo evitar pensar en la última vez que fue ¿Volvería a ver al canario? Una parte de él le decía que sí, que estaría allí y la otra, mucho más racional, le decía que lo más probable es que no estuviera. El mercado era enorme y ya seria mucha coincidencia que se encontraran en el mismo sitio a horas diferentes.

Seguía en las nubes pensando en el isleño cuando alguien le agarró del brazo y tiró de él haciéndolo chocar con un cuerpo. No entendió que pasaba hasta que oyó el sonido de un claxon y vio un coche pasar.

-Menudo susto me diste- escuchó decir a la persona que lo tenía sujeto- Creía que te llevaba por delante.

Levantó la cabeza para comprobar que no estaba soñando y, para su suerte, no fue así. Ahí, aun sujetándole contra sí mismo, estaba el moreno con el ceño fruncido de preocupación.

-Anda, pero si eres el muchacho del otro día- dijo con sorpresa al reconocerlo – Raoul ¿Verdad?- preguntó sin soltarle-¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?

-Sí-carraspeó separándose sonrojado al ver que todavía seguía en brazos ajenos- Sí, estoy bien. Madre mía muchas gracias de verdad, te debo una enorme.

-Ya lo creo, si no llega a ser por mí no lo cuentas- habló el otro poniéndose serio de repente- Tienes que ir con más cuidado.

-Lo sé y de verdad que lo siento- se disculpó- Iba pensando en mis cosas (en ti quiso añadir, pero pensó que a lo mejor quedaba muy de acosador) y no había visto que el semáforo estaba en rojo-explicó con la mirada baja- Para serte sincero no había visto el semáforo en general- añadió sonrojado.

-Es muy peligroso que vayas por ahí sin fijarte- le regañó con los brazos en jarras- Piensa que no voy a estar siempre para salvarte rubito-le dijo intentando aligerar el ambiente.

-Pues no estaría mal- contestó en voz baja

-¿Qué dijiste?

-He dicho- lo miró sonrojado- Que no estaría mal que estuvieras ahí siempre para salvarme.

Raoul no sabe que le entró en ese momento para decirle tal cosa a un completo desconocido, pero no se arrepiente. No se puede arrepentir si su recompensa por ese atrevimiento fue una carcajada del contrario y una enorme sonrisa divertida.



-¿Estás intentando ligar conmigo?- preguntó levantándole la ceja

-No, bueno, puede- contestó no sabiendo ni él lo que estaba haciendo -Soy muy torpe, sería bastante útil tener a alguien que me vigilara para que no la cague – intentó arreglarlo todo sonrojado.

-Claro, eso será- volvió a reírse el canario al verlo tan nervioso- Me lo pensaré, seria una pena que le pasara algo a alguien tan bonito como tú.

-¿Estás ligando conmigo?- preguntó intentando ocultar su vergüenza.

-Sí-le contestó simple, mirándole directamente a los ojos viendo como tragaba saliva nervioso- Te pusiste todo rojo, que mono- se rio, provocando que el otro enrojeciera aún más- Vas al mercado ¿no? Vamos juntos

-¿Eh? Ah, sí, si voy al mercado- asintió intentando que la sangre volviera a su cerebro- Vamos



-¿Cómo es que viniste tan pronto?- le preguntó el canario al rato- Si puedo preguntar, claro.

-Me he despertado pronto y he visto no tenía nada comestible en casa- contestó dejándose guiar por el moreno- Mi vecina siempre me está ayudando y quería agradecérselo cocinándole algo.

-Vaya, que buen vecino eres, ojalá el mío me cocinara también-le dijo- El mío lo único que hace es venir a pedirme azúcar para intentar ligar conmigo. Aunque después hace unos pasteles buenísimos, así que no me quejo- se encogió de hombros dirigiéndolos a ambos hacia las verduras.

-Y tú, ¿cómo es que has venido tan pronto?- preguntó el rubio buscando seguir la conversación

-No podía venir a otra hora- respondió simple cogiendo un número para cada uno- Tengo mucho trabajo hoy. Toma, te tocó el 33.

-Perfecto, gracias- agradeció cogiendo el número que le ofrecían- A ver… tengo que acordarme de comprar zanahorias para Nerea- dijo en voz baja mirando la lista.

-¿Le gustan mucho las zanahorias?- preguntó su acompañante curioso- A Nerea, tu vecina ¿no?- aclaró al ver que el catalán lo miraba sin entender

-Ah, no, no, no. Bueno, no se si le gustan mucho, pero Nerea no es mi vecina- aclaró- Mi vecina se llama Miriam, Nerea es mi hija- añadió sonriente

-Hala ¿Tienes una hija? Eso sí que no me lo esperaba- dijo entre sorprendido y confuso – ¿Y Cuántos años tiene?

-Sí, tengo una pequeñina de siete meses, es aún un bebito- respondió con una sonrisa enorme -¿Quieres verla?-El otro asintió y no tardó en sacar el móvil para enseñarle una foto suya.

-Pero mira que carita, es preciosa

-Sí es, y buenísima también- contó como buen padre orgulloso- Se pasa el día durmiendo y comiendo, no llora nunca.

-Jo, que suerte tenéis-le dijo mirando las fotos que le enseñaba el catalán- Mi sobrino se pasaba el día llorando- contó- Glenda y su marido andaban locos los primeros meses, no dormían nada.

-Menos mal que Nerea es un angelito. Si ya estoy estresadísimo ahora no me quiero imaginar cuidar yo solo de un niño de los que no comen ni duermen, me moriría.

-¿Sólo?- preguntó el otro confuso. El padre se sonrojó

-Sí, bueno- Raoul se sonrojó al ver que, de nuevo, había soltado más información de la necesaria- Mi mujer y yo nos separamos hace como tres meses, ahora vivimos la pequeñina y yo solos.

-Buah, siento haber preguntado- se disculpó- no debería meterme donde no me llaman, lo siento.

-No, no tranquilo, no pasa nada- le calmó sonriendo- Es algo que ha pasado y ya está, la vida sigue. Mira, el 32, te toca.

-Ah sí, voy. Espérame un segundo que ahora vuelvo- Le sonrió antes de ir hacia la dependienta que lo llamaba.



Cuando ambos acabaron de comprar sus respectivas frutas y verduras siguieron su recorrido por el resto de puestos. El canario estuvo todo el camino aconsejándole sobre que sitios eran mejores para comprar según que cosas o que dependientes despachaban mejor. El rubio intentaba recopilar toda la información que podía, tenía muy claro que a partir de ese momento él se encargaría de la compra.

Salieron del recinto juntos, ambos con las manos llenas de bolsas (no, de aquí tampoco se fueron con las manos vacías) y siguieron caminando sin parar de hablar ni un segundo. El catalán descubrió que a su compañero de compras le encantaba hablar y lo hacía por los codos sin dejar tiempo a que se formaran silencios incómodos.

Aquello le encantaba. Él siempre había sido del tipo al que le cuesta coger confianza con gente nueva, siendo más bien tímido y reservado mientras que el canario era todo lo contrario. Le hablaba con tanta familiaridad que se sentía como si fueran amigos de toda la vida y no dos personas que se acababan de conocer.

Llegaron al cruce donde se habían encontrado antes de lo que le hubiera gustado a Raoul.

-¿Tú hacia donde vas?- le preguntó a su nuevo amigo- Yo voy recto

-Yo giraré aquí a la derecha- contestó señalando su camino

-Entonces… aquí nos separamos



-Sí, eso parece- respondió el otro, ninguno teniendo ganas de acabar aquella salida- Bueno, nos vemos otro día- se despidió el canario por fin viendo que no había manera de alargar aquella conversación- Adiós.

-Agoney, espera- lo llamó antes de que se girara del todo- Quería agradecerte de nuevo lo de antes, muchas gracias, de verdad.

-No las des, ya me cobraré el favor algún día- le guiñó el ojo- Adiós rubito, ten cuidado de camino a casa.

-Adiós- habló en voz alta para que lo oyera ya que se había alejado un poco cuando consiguió reaccionar.



-¡Pero mira a quien tenemos aquí!- dijo la gallega abriéndole la puerta- La una del mediodía ¿Qué horas son estas de llegar?

-Lo siento- se disculpó- Tengo una buena razón para llegar tan tarde.

-Estoy… estamos- se corrigió al ver llegar a Mary con la pequeñuela en brazos- Deseando escucharla

-Señoritas quedan ustedes cordialmente invitadas a un espléndido banquete en casa de Raoul Vázquez- les invitó haciendo una reverencia exagerada.

-¿Nos invitas a comer?- preguntó la pelirroja pasándole a la niña que estiraba los bracitos hacia su padre- ¿Y eso?

-Me gustaría agradeceros que os quedarais con este pimpollo ayer- le dio un besito en la nariz ganándose una risita- Y bueno, por todo lo que has hecho y haces por mí, Miriam.

-Mira que eres tonto- le dijo intentando estar seria, pero fallando por la enorme sonrisa que se le formó en la cara- No tenías por qué hacerlo

-Pero quería hacerlo- le retrucó sonriéndole- Venga, id a vestiros, que os espero allí. ¡No quiero peros!- añadió ya metiéndose en su casa

-Si solo quería decirle que se ha dejado las cosas de Nerea aquí- dijo la bailarina confundida.

-Vamos a vestirnos- contestó encogiéndose de hombros- No me fio nada de él cocinando.



Una media hora después ya estaban sus amigas ayudándolo a poner la mesa para la comida. Había hecho pasta boloñesa, algo simple pero rico y que sabía que a su vecina le encantaba. También compró calabaza asada para reponer el trozo que se había comido aunque se suponía que era para su amiga.

-¡Ya está la comida!- anunció poniendo los platos y pasándolos para que los pusieran en la mesa- Y para la princesita, un platito de verduritas- le dejó la cena delante dándole un besito en la frente.

-No se si está muy contenta con su comida- rio la gallega- Mira que cara pone la pobre.

-No caigáis en la trampa- advirtió sentándose- Lo hace solo para que le deis algo rico. Nere te toca verdura, lo siento.

La niña cruzó los bracitos con un puchero en los labios pero al ver que los adultos no le hacían caso se puso a picotear con las manos sus verduritas.



Estuvieron un rato comiendo en silencio, el rubio sumido en sus pensamientos recordando la mañana que había pasado con el moreno mientras sus amigas se miraban entre ellas con sonrisas cómplices.

-Bueno, ¿Nos vas a contar a que viene esa cara de tonto?- Habló por fin la madrileña metiéndose unos cuantos espaguetis en la boca.

-¿Qué decís? ¿Qué cara? No estoy poniendo ninguna cara- contestó medio balbuceando, sus orejas rojas de vergüenza.

-Es verdad, la cara de tonto la tienes siempre- bromeó la otra esquivando el trozo de pan que le lanzó su vecino- No pero enserio, que te pasó para que estés así de perdido.

-No me ha pasado nada, simplemente hoy es mi día libre y estoy feliz- intentó desviar el tema obviamente sin éxito- ¿No puedo?

-Claro que puedes- respondió la gallega- Pero es sospechoso que estés tan feliz justamente después de ir al mercado donde, oh sorpresa, hay un canario buenorro.

-Ag...Agoney no tiene nada que ver en esto- tartamudeó, enrojeciendo hasta la raíz del pelo- Estoy igual que siempre, dejadme en paz

-Ay, miralo que rojito y que mono- habló la bailarina apoyando la cara en sus manos.

-Sí si, igual que siempre, por eso estás tan rojo y balbuceas.

-¿Pero que dices? Deja de inventar cosas- Bebió agua nervioso viéndose expuesto.

-Admítelo, te gusta- presionó

-Está encoñadísimo de él- secundó la pelirroja

-iros a la mierda- replicó- La próxima vez no te cuento nada.

-Que nooo, no te enfadeees- ambas se levantaron a abrazarlo intentando ablandarlo- No iba a malas, jo

-No seas así Raoulín- la gallega le besó la mejilla- Pero es que haríais una pareja tan mon-



El ruido de un vaso cayendo le cortó antes de que pudiera terminar la frase. Los tres adultos se giraron hacia donde venía el ruido encontrándose con una Nerea llenita de salsa boloñesa dando manotazos en el plato a medio comer dela pelirroja. La pequeña reía mientras se llevaba la mano tomatada a la boca saboreandola como si fuera un manjar.

Se separaron corriendo yendo a recogier los cristales del suelo y separándola a ella de la pasta para que no continuara manchándose y manchando todo lo que había a su alrededor.

-Pero mira la que has liado pollito- le dijo su padre sujetándola de las axílas para no mancharse él- Ahora te tengo que cambiar...y limpiar todo este desastre- suspiró

-No te preocupes por eso, ves a cambiarla que de esto nos encargamos nosotras- le sonrió la madrileña animándolo a salir de la cocina.

-Raoul- llamó su vecina haciendo que parara en la puerta- Que sepas que esto no acaba aquí.

-Pesada- rodó los ojos antes de seguir su camino

-¡ME AMAS!- gritó

-YA TE GUSTARÍA- respondió haciendo reír a las chicas que se pusieron a limpiar el desastre como habían prometido.