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Nunca quise bailar con nadie

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Improvisando

«La vida me empezó a cambiar la noche que te conocí.

Tenía poco que perder y la cosa siguió así»

Me enamoré, Shakira


Theodore Nott decidió salirse del camino que el destino había trazado para él a los veintidós años. Decidió mandar todo a la mierda y aceptar que el destino había sido con él un hijo de puta. Él ni siquiera tenía ideales que convertir en una marca tenebrosa y en una máscara plateada, él no creía en nada ni en nadie. No había intentado huir por comodidad —y otras razones que no se atrevía a decirse ni a sí mismo, para no enfrentarse a ellas— y había aceptado su destino porque no había otra cosa que hacer. Porque no aceptarlo significaba convertirse en un fugitivo para el resto de su vida y no estaba dispuesto a soportar aquello.

Hasta el día que salvó a Fleur Delacour. Por supuesto. Por aquel entonces tenía veintidós años y no había dedicado ni un día de su vida a pensar en ella. Hasta que la vio —o más bien, hasta que ella chocó contra él.


Fue en el Callejón Diagon. Desde que Harry Potter había perdido la batalla y desaparecido —todos creían que estaba muerto—, era un lugar mucho más oscuro, lleno de sin varitas que pedían galeones y piedad. Theodore estaba acostumbrado a ignorarlos cuando pasaba por allí, estaba acostumbrado a no pensar en ellos. La sociedad mágica se había acostumbrado tanto a la presencia de aquellos pobres desgraciados que parecían un simple elemento más de la decoración.

Como siempre, el Callejón Diagon estaba lleno de carroñeros. Acercarse allí siendo un fugitivo era peligroso, una sentencia de muerte. Theodore, en cambio, era de otra calaña. Era un hijo de la guerra; hijo de mortífago, mortífago. No había otro destino posible para él, no había otra elección.

Hasta ese día, por supuesto.

Todo ocurrió demasiado rápido, que casi no lo recordaría más tarde. Oyó gritos y vio a una mujer que corría en su dirección. Una mujer rubia, no alcanzó a verle la cara. Corría cargando un fardo en sus brazos que Theodore no alcanzó a distinguir que era. Se oyeron gritos y entonces el joven distinguió por qué la mujer iba corriendo. La perseguía Fenrir Greyback.

—¡DÉTENGANLA! —oyó la voz del hombre lobo.

Nunca le había gustado, pero no se lo encontraba demasiado seguido. Después de la guerra, cuando el señor tenebroso estaba instaurando su nuevo orden, Greyback había conseguido escalar suficientes posiciones como para ponerse a la cabeza de los carroñeros. No había logrado obtener una marca tenebrosa —nunca había estado en el círculo interno de Lord Voldemort—, pero al menos tenía cierta posición de poder.

Theodore, por supuesto, decidiendo que hacer, decidió que no iba a ayudar a Greyback a atrapar a nadie. Que lo atrapara él solo, si quería.

Lo siguiente, por supuesto, fue algo que no planeo: la joven chocó contra él, casi haciéndolo caer al piso. Para evitar que los dos acabaran colisionando contra el pavimento del Callejón Diagon la cogió del brazo, clavándole los dedos, las uñas en la piel. Y la miró a los ojos. Quizá fue un error. Quizá no. Pero Theodore vio que era la mujer más hermosa que había visto jamás —y que, por alguna razón, le recordaba a alguien que había visto antes, se decía que tenía que saber quién era, pero simplemente no podía recordarlo en ese momento—. Más hermosa que ninguna otra mujer con la que hubiera estado antes.

Tenía los ojos azules y, aunque su mirada era una mezcla entre triste y desesperada, Theodore se imaginó que cuando su sonrisa le llegaba a los ojos, era todavía más hermosa. El labio interior le temblaba, con miedo. Se quedó viéndolo como si no supiera como reaccionar.

—¡Nott! —Theodore alcanzó a distinguir la voz de Greyback, pero no levantó la mirada. Todavía tenía aferrada a la mujer por el brazo.

El fardo lo llevaba agarrado cubierto con una manta que prácticamente se le resbaló de las manos, se rebeló su contenido. Era una niña. Pequeña. Pelirroja. Parecía dormida. Theodore miró de nuevo a los ojos de la mujer y, antes de que Greyback los alcanzara o volviera a decir algo, cogió a la niña y se desapareció.

Fue un impulso.

Podría analizar una y mil veces las razones por las que lo había hecho, pero la realidad era que había sido un impulso. Porque vio algo en los ojos de la mujer rubia, en su mirada penetrante y desesperada, en la manera que sus labios temblaban. Sintió el miedo y pudo atisbar apenas una pequeña parte de su tragedia. Después de todo, decían que los ojos eran las ventanas del alma, ¿no?

Apareció justo afuera de la casa de los Nott. O más bien, la mansión que tenía para él sólo. Una mansión grande, apenas cuidada, con el inmobiliario heredado de todos los Nott que habían existido antes de él y un despacho —que había pertenecido a su padre— al que todavía tenía miedo de entrar, como si esperara que su padre —muerto— lo descubriera y lo reprendiera por su curiosidad —no era como que nunca la hubiera alentado.

—Vamos —le dijo a la mujer, jalándola en dirección a la entrada. Ya pensaría después qué hacer. Greyback no tardaría en aparecer para reclamarla como «suya», una manía de tratar a sus víctimas como posesiones, que Nott detestaba profundamente.

Pero ella no se movió. Cuando Theodore la soltó, la vio caer en las rodillas y vio su cabeza vencida. Y la vio vulnerable —todavía más si cabía—. Oyó sus sollozos. Se acercó.

»Vamos —insistió con la voz dura. Ya tendría tiempo de lidiar con la crisis después, cuando estuviera seguro de que Greyback, ni ninguno de sus carroñeros, iba a lograr encontrarlo—. Tenemos que entrar. Vamos.

La mujer alzó la cabeza y lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Entonces la reconoció. Había estado en Hogwarts, mucho tiempo atrás —ocho años, pero tras una guerra, Theodore sentía que era una eternidad— y todos los chicos habían quedado fascinados por ella —algunos, según podía recordar, habían hecho el ridículo intentando que saliera con ellos—. Había sido la campeona de su colegio —ese colegio que estaba en Francia del que Theodore no podía acordarse en ese momento porque tenía la cabeza demasiado llena de otras cosas— en el Torneo de los Tres Magos. Había quedado en último lugar, pero eso no había reducido la fascinación de toda la población masculina de Hogwarts —al menos a los que les gustaban las mujeres—. Tenía su nombre en la punta de la lengua y estaba a punto de decírselo cuando ella habló por fin.

—Está muerta —dijo—. Está muerta.

Y entonces fue cuando Theodore Nott se dio cuenta de que la niña a la que la mujer apenas si podía cargar no respiraba. Fue cuando vio que la cobija en la que estaba envuelta estaba llena de sangre de la que no se había percatado hasta ese momento. La madre hipó, sollozó. Theodore se quedó viendo el terrible espectáculo —la tragedia ajena— un momento antes de acercarse, acuclillarse ante ella y colocar una mano en su hombre.

—Vamos adentro.

—Ella está muerta —musitó la mujer—. Ella está muerta.

Había dejado de llorar. El llanto se había ido tan rápido como había aparecido, como si ya no tuviera más lágrimas que derramar.

—Vamos adentro —dijo él—, o si no, te matarán a ti también.

Por fin la mujer reaccionó. Cuando lo miró, él se acordó de su nombre. «Fleur, Fleur Delacour». Francesa. Pero ya no tenía acento, como si lo hubiera perdido todo. Seguía siendo hermosa, sin embargo, aunque estuviera rodeada de tragedia, lo que no dejaba de parecerle hasta macabro a Theodore.

Levantó a la niña, ayudó a que la mujer se levantara y fueron adentro.

Theodore respiró hondo. Al menos la mansión de los Nott era un lugar inmarcable y Greyback no tenía manera de encontrarlo allí. Tenía tiempo, al menos hasta que Greyback consiguiera ir a llorarle al Señor Tenebroso que le había robado a una de sus víctimas. Entonces tendrían problemas.


Theodore había llevado a Fleur Delacour —aunque no estaba seguro de que ella siguiera usando ese apellido, a todas luces se había casado— hasta donde estaba el mausoleo de los Nott. Al menos, al lado. Dudaba que la niña fuera a descansar tranquila en medio de tantos Nott. Pero al menos Fleur podría velarla en paz. La descobijó, colocándola en el piso. Aún parecía dormida, pero a Nott le perturbaba el solo verla. Una niña tan pequeña muerta era algo antinatural.

Cuando su madre la descobijó, notó el par de mordidas profundas que tenía en el costado. Greyback había intentado que fuera su cena. Apartó la mirada de las heridas y la dirigió hasta la madre, que estaba de rodillas junto a ella.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó él.

—Victoire —respondió ella—. Victoire Weasley.

Intentó esconder su sorpresa al oír el apellido. No tenía ni idea de que Fleur Delacour se había casado con un Weasley. No se sabía demasiado de ellos últimamente. La chica estaba desaparecida, igual que su hermano menor. Uno de los gemelos estaba muerto y el otro preso. A los otros tres no les había seguido realmente la pista. Si estaban vivos o muertos.

Theodore Nott apartó a los Weasley de sus pensamientos y se concentró en la mujer que tenía enfrente.

—Cuéntame su historia —pidió.

Ella se la contó.

Él supo que todo había cambiado en cuando ella empezó a hablar.

—Siempre fue la niña más bonita —empezó, mientras le apartaba los mechones de cabello pelirrojo a la niña—, la más bonita. Siempre pensé que era una locura tenerla, después de todo. Éramos… éramos fugitivos. Siempre pensé que era una locura el simple hecho de pensar en tenerla. Pero lo pensamos.

»Hasta que a él lo mataron. A Bill. Ella sacó su cabello, ¿sabes? —le dijo, esbozando una sonrisa triste—. Ella no lo conoció. Le contaba historias de él, a modo de cuentos. Le enseñaba sus fotos. Pero él no la conoció. Fenrir Greyback nunca dejó de cazarlo. Lo mató y yo huí, pero desde el principio fijó sus ojos en Victoire.

»Victoire. Como victoria. —Su sonrisa transmutó en una mueca amarga—. Como si hubiéramos ganado algo. Como si la Orden del Fénix no estuviera completamente destruida. Como… —Su voz volvió a quebrarse y Theodore oyó un sollozo ahogado, como si la no le quedaran más—. Victoire Weasley. Siempre fue la niña más hermosa.

»Hasta que él nos encontró, claro —musitó Fleur.

Theodore la vio temblar cuando mencionó a Greyback.

—Yo sé quién eres —dijo él—. Fleur Delacour.

—Weasley —corrigió ella.

—Weasley, sea —concedió él—. La pregunta es: ¿sabes quién soy yo? —Se llevó la mano derecha a su antebrazo izquierdo en un acto reflejo.

—Nott, Theodore —dijo ella—. Te conocen en la Orden del Fénix.

—¿Confías en mí? —preguntó.

—Ni un poco —le dijo—, pero eres mejor que Greyback. Cualquier cosa es mejor que Greyback.

—No esperaba que lo hicieras. —Él suspiró. No tenía ni idea de qué había hecho. Sólo sabía que todo había cambiado cuando había elegido desaparecerse con ella. Cuando había elegido salvarla, se corrigió. Era la primera vez que Nott salvaba a alguien.

No tenía ni idea de cómo se sentía aquello.


—Greyback dice que le robaste a una víctima.

—No se la robé. Se le habría escapado si yo no hubiera estado allí. Simplemente, no se la entregué. Si él no la atrapó…

—¿La quieres para ti, entonces, Nott? No tengo tiempo de solucionar estas disputas estúpidas. Sabes que a Greyback le encanta causarlas.

—La quiero para mí.

—Pertenece a la Orden del Fénix. Averigua qué sabe. Con cualquier método necesario. No me decepciones.

—No, mi Lord.

La marca tenebrosa ardió en su brazo. Como si ya supiera que le estaba mintiendo.


Draco lo alcanzó antes de que se fuera. Siempre que lo veía parecía más ojeroso que la vez anterior. Theodore siempre supuso que tener el Señor Tenebroso viviendo bajo el techo de uno era ya de por sí una enfermedad. La piel de Draco había perdido color en todos aquellos años, sus ojos habían perdido fuerza y siempre se veía enfermo y más flaco. Lo agarró por el brazo antes de dejarlo marcharse.

—Theodore —dijo.

Se quedaron mirando mucho tiempo. Siempre habían sido relativamente cercanos, con sus destinos entrelazados de manera tan fuerte.

»No hagas ninguna estupidez —pidió.

Theodore alzó la ceja.

—¿Cómo sabes que planeo hacer una? —preguntó.

—Puede que seas un buen oclumante como para ocultarle cosas el Señor Tenebroso —empezó Draco—, pero definitivamente no sabe leer tú cara. ¿Qué planeas?

—Hasta ahora, nada —respondió él. Y era completamente sincero. Fleur llevaba al menos dos semanas en su casa. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrada. Le habían hecho una tumba a Victoire. Le había dejado claro que no confiaba en él y que podía matarlo de cualquier manera—. ¿Acaso parezco una persona capaz de tener un plan Draco? —le preguntó—. Se me da mejor improvisar e intentar no arruinar todo en el camino, lo cual no siempre funciona.

Draco se quedó viéndolo. Theodore siempre había opinado que era un poco imbécil, pero capaz de hacer el trabajo sucio cuando era necesario, capaz de tomar las decisiones que nadie más iba a tomar. Theodore, en cambio, improvisaba. Siempre improvisaba. Como cuando había decidido que salvar a Fleur Delacour —era incapaz de pensar en ella como Weasley, detrás de aquel apellido para él sólo había un montón de viejos prejuicios que tenía grabados a fuego en la piel y de los que no era capaz de deshacerse por más que lo intentara—. No tenía ni idea de lo que iba a hacer cuando descubrieran que no iba a hacerle nada, que no le iba a sacar información de nadie, porque ya había sufrido demasiado y porque le dejaba muy claro que podía matarlo en cualquier momento.

—No hagas una estupidez, Theodore —pidió Draco.

Él se encogió de hombros. Ya estaba haciendo una o varias. Quizá suficientes para cavarse su propia tumba.

—No sabía que te importaba.

—Siempre me ha importado —le aseguró Draco. Quizá hubo un momento en que sí. Antes de que la necesidad lo hubiera hecho volverse alguien valioso para el Señor Tenebroso y hubiera dejado atrás antiguas amistades sólo para sobrevivir—. Y lo sabes.

Theodore alzó la cabeza, mirando a Draco. ¿Cuánto le había costado llegar hasta donde estaba? ¿Cuántos gritos arrancados a punta de varita y cuántas pociones para dormir sin soñar, para que los rostros que le suplicaban que los matara no lo acecharan por las noches? Draco nunca había sido un asesino convencido de lo que hacía. Simplemente lo había hecho porque, en su lógica, era mejor otro que él.

—Mataron a su hija, Draco —musitó, fijándose en que no hubiera nadie cerca que los oyera—. Tenía dos años. Greyback le destrozó el abdomen. —Vio como Draco Malfoy palidecía, si es que aquello era posible—. Su hija era una sangre pura. —Omitió el hecho de que también era Weasley—. ¿Imaginaste esto cuando te dejaste tatuar, Draco? ¿Cuándo nos prometieron un mundo donde los hijos de muggles no llegaran a invadirnos?, ¿un mundo en el que no tuviéramos que escondernos como sabandijas? —espetó. Habían tenido tantos sueños moldeados por sus prejuicios y habían estado dispuestos a matar por ellos, a volverse criminales y torturadores. Habían estado dispuestos a todo por defender unos ideales que habían estado llenos de sangre y de sus prejuicios desde el principio—. ¿Te imaginaste que nuestros sueños iban a tener la forma de una niña de dos años muerta, con dos mordidas en el abdomen y su madre llorando, aferrada a ella mientras Fenrir Greyback la perseguía?

Draco se quedó muy callado.

»Eso pensé —musitó Theodore. El silencio le había bastado como respuesta.

—Vas a hacer una estupidez —dijo Draco.

—Quizá. La pregunta aquí es, ¿vas a delatarme? —preguntó Theodore.

—No —respondió Draco—. Voy a ayudarte. Si no, sólo vas a conseguir que te maten.


La encontró sentada en el comedor, con un vaso de agua frente a ella. Ella levantó la mirada cuando lo oyó llegar.

—Podría romper este vaso y conseguirme un arma. Clavarte un vidrio en el cuello —le dijo. Siempre le recordaba que no estaba indefensa, como si no quisiera dejar que lo olvidaba. Habían pasado las semanas y ella lloraba frente a la tumba de su hija y le hablaba a Bill. Le pedía perdón. Le decía que había soñado con tantas cosas: con criar a sus hijos, en plural, en la costa de Inglaterra. Le decía que lo quería y que lo querría siempre, que tenía que superarlo. A veces, Theodore la descubría en aquellos rituales—. Huir.

—No tienes a donde ir —repuso él, sentándose al lado de ella—, no sin protección.

—¿Y un mortífago como tú va a protegerme? —le espetó ella—. No me gustan los de tu calaña.

A veces, Theodore se sentía como un niño al lado de ella, que parecía infinitamente más experimentada en todo que él. No sólo era mayor —al menos tres o cuatro años, había calculado él—, sino que tanto tiempo en la huida la habían curtido y la habían hecho tan dura como era en ese momento.

—¿Y qué te parece que estoy haciendo? —preguntó él.

—¿Por qué? —preguntó ella. Eran incapaces de darse respuestas directas. Sus conversaciones siempre estaban llenas de preguntas sin respuesta.

—No me gusta Greyback, Fleur —dijo él—. Es un monstruo.

—Tú también —le espetó ella.

Y tenía razón. Sabía que se había vuelto uno cuando había aceptado dejarse deformar el brazo porque ese era su destino. Nunca había creído que hubiera elección posible o salida. Siempre lo había sabido, desde la primera vez que había visto la marca en el brazo de su padre, desde la primera vez que la había visto en el cielo. «Mortífago» era todo su destino.

—Hasta los monstruos tenemos escrúpulos, Fleur.

Ella tomó el vaso de agua que había estado ignorando hasta ese momento y lo estrelló contra la mesa. Los pedazos de vidrios salieron volando y algunos se desperdigaron por la superficie de la mesa. Theodore alcanzó a ver como ella se había herido la palma de la mano al estrellar el vaso, pero no tuvo tiempo de decir nada cuando ella levantó uno de los pedazos más grandes, que tenía varios picos que podían ser letales y le apuntó con él.

—Podría matarte, atacarte —le dijo ella—. Podría clavarte esto en el cuello y observarte morir. O huir. No sé. —Se encogió de hombros—. Podría usar el atizador de la chimenea o uno de tus adornos.

Theodore sacó su varita y ella se puso todavía más a la defensiva. Pero no le apunto. En vez de eso, se la lanzó a los pies.

—Ten, entonces —le dijo él, extendiendo los brazos—. Me tienes a tu merced.

La mano de Fleur temblaba, podía verlo. Ella se había puesto de pie y se acercó tanto a ella hasta que sintió el filo del vidrio en su pecho.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Porque no voy a hacerte nada, Fleur —respondió él—. Hasta yo tengo límites. Porque cuando decidí salvarte de Greyback todo cambió, porque no hay vuelta atrás de eso. Porque podría morir si descubren que en realidad te estoy salvando. Soy un monstruo, Fleur, pero nunca pedí ser uno.

Fleur dejó caer el pedazo de vidrio que tenía en la mano, el vidrio de estrelló en el suelo alrededor de ellos.

—Tengo miedo —confesó.

—Lo sé.

—No confío en ti —siguió ella.

—Lo sé.

Ella lo abrazó. Él no movió los brazos al principio porque se quedó congelado. Lo abrazó buscando el calor de su piel, apoyando su cabeza sobre su hombre y dejando a su cabello rubio caer. Era casi tan alta como él. Era hermosa. Y aun entre toda aquella vulnerabilidad, Theodore sabía que era perfectamente capaz de cumplir sus amenazas, aunque le temblaran las manos y aunque sus ojos dudaran.

—Nott…

—Theodore —corrigió él.

—Theodore —dijo ella, como acariciando su nombre—, huye conmigo.

Él no dijo nada; como respuesta, sólo buscó sus labios. Creyó que ella iba a apartarlo, que iba abofetearlo. Pero no lo hizo. Le respondió el beso y apretó aún más su abrazo, clavándole los dedos en los omóplatos. Él paseo sus manos por su espalda, apretándola contra sí. Jadeó un poco cuando se separó de ella, pero inmediatamente después la levantó un poco y llevó sus labios hasta el cuello de ella.

—Theodore… —dijo ella—. Esto no significa nada… —le advirtió mientras él le recorría el cuello con sus labios.

—No importa.

—Lo necesito —dijo ella.

Él se detuvo justo abajo del lóbulo de su oreja.

—Toma lo que necesites, no importa.

Y lo hizo. Aunque los dos sabían que en realidad «no significa nada» es una mentira que se cuenta la gente para no tener remordimientos, para fingir que no tiene de que preocuparse, para ignorar las consecuencias de sus actos. Todo lo que «no significa nada» en realidad siempre significa todo. Y lo sabían. Pero eligieron ignorarlo. Ella lo necesitaba. Él se dejó arrastrar a su infierno, a su paraíso, se dejó llevar cuando ella empezó a desabotonarle la camisa y el de sacó la blusa que llevaba por la cabeza, sin preocuparse de nada más. La volvió a levantar para sentarla sobre la mesa y seguir besándola y recorriéndole la piel con los labios.

Improvisando, como siempre.


—¿Dónde está ella?

—Arriba. Desaparece cada que viene alguien. Después de amenazarme con matarme de al menos cinco formas diferentes.

—Toma esto como una advertencia: el Lord se está desesperando.

—Te ves más pálido de lo común, Draco.

—No cambies de tema, esto es de tu miseria, no de la mía. Se está desesperando y querrá verla él mismo. Es la única prisionera de la Orden, es demasiado importante. Esta vez querrá verla y sabes lo que eso significa.

—…

—Theodore…

—¿Por qué ahora?

—Atacaron la casa de los Lestrange. Rabastan está muerto. Ella es el único eslabón que tenemos de la orden. ¿Qué harás?

—Seguir improvisando.


Estaba desnuda en su cama mientras él se vestía. Le había pedido un cigarrillo cuando él se había levantado y se había quedado allí tendida, enredada entre las sábanas, fumando, hasta que la marca de Theodore había empezado a arder y él había empezado a vestirse con prisa, sabiendo que el Señor Tenebroso lo estaba llamando. No tenía tiempo de pensar en qué haría, estaba improvisando. Improvisando a besar a Fleur. Improvisando a coger con ella. Improvisando a convencerse de que era un oclumante lo suficientemente bueno como para ocultarle todo aquello a Lord Voldemort.

—Me recuerdas a él —dijo ella, sin dejar de mirarlo desde la cama—. ¿A Bill?

—¿A un Weasley?

—No físicamente, claro —siguió ella, mientras él se acomodaba la camisa y buscaba una corbata—. Era un poco más alto. Más fornido. Pelirrojo. Pero… me recuerdas a él cuando cierro los ojos y me estás besando.

Theodore frunció el ceño. No estaba entre sus planes que lo compararan con un muerto, mucho menos con la forma de besar de uno.

»Y no debería, ¿sabes? —siguió Fleur—. Él era un buen hombre, él era…

—Él no era yo —resumió Theodore, entendiendo hacia donde se dirigía ella con sus pensamientos. Y claro, él no era Bill Weasley. No sabía demasiado de él, pero el Weasley había sido un jodido miembro de la jodida Orden del Fénix, claro que era un héroe y claro que había muerto como un héroe. Claro que había sido valiente, como Gryffindor que seguramente había sido. Theodore no era él.

—¿Por qué me recuerdas a él?

Él se encogió de hombros, no quería contestar. No quería enfrentar la mirada de Fleur y enfrentar la certeza de que había algo en su pecho que se sentía vacío cuando ella no estaba cerca o cuando no la oía. No quería enfrentarse a la certeza de saber que ella llenaba ese estúpido vacío, no quería mirar de frente a lo que sentía cuando ella recorría toda su piel con sus manos, que no había sentido con ninguna otra mujer antes. Porque ella insistía en repetirle que «no significaba nada», como si temiera que para él significara algo, como si pudiera leer a Theodore mejor de lo que él podía hacerlo.

Theodore se encogió de hombros.

—¿Buen desempeño en la cama? —sugirió, a modo de broma, intentando aligerar la tensión.

Ella le lanzó una almohada a la cabeza.

—A veces despierto y deseo matarte —le dijo—, me recuerdo que puedo. Porque eres un mortífago y por mucho que me hayas salvado…

—Soy uno de ellos —completó Theodore.

—Sí.

—Podrías hacerlo, cuando quieras. —Estaba acabando de anudarse la corbata y se acercó hasta ella, sentándose al borde de la cama—. Pero no lo has hecho.

—Me salvaste —le dijo—, me viste velar a Victoire, no me has hecho daño… —Llevaba allí ya varias semanas, quizá dos meses. Él no se había atrevido a decirle en qué tanto peligro estaban ni tampoco se había atrevido a confesarle que sólo estaba improvisando, que en realidad no tenía ni idea de qué haría—. ¿Quién eres?

—Theodore Nott —respondió él.

—Odio que seas tan críptico —dijo ella, incorporándose, abrazándolo por la espalda. Él sintió el subir y bajar de su pecho desnudo contra su espalda.

—Tú no eres mejor —le dijo él.

—¿Quién es Theodore Nott, entonces? —preguntó ella.

—Dudo que quieras saberlo. —Se quedó mirando la pared que tenía enfrente, aun sintiendo la respiración de ella. Alzó uno de sus brazos hasta que sintió su cabello y lo enterró allí, buscando un consuelo que no encontraba en ninguna otra parte—. Dudo que quieras oír de verdad quién soy y lo que he hecho.

—Tú tampoco me conoces, no realmente —le dijo ella, al oído—. No sabes lo que he tenido que hacer.

—¿Importa?

—Quizá —le dijo ella, separándose. Finalmente, se sentó a su lado, a la izquierda, agarrándole la mano—. Una vez le clavé un abrecartas a un carroñero en la garganta —empezó a contar—, después de que Bill murió. Lo hice porque tenía que hacer todo lo posible para proteger a Victoire, porque tenía que hacer lo posible para seguir viva. Una vez le clavé mi varita en un ojo a un auror porque intentó apresarme. Una vez…

—No importa —dijo Theodore.

—No soy una mujer indefensa en buscar de salvación, Theodore —siguió explicando ella—. Lo sabes. Podría cerrar el puño y romperte la nariz. Podría robarte la varita después de hacer eso y podría huir. —Se había vuelto su costumbre, recordarle que podría hacerlo, como si lo deseara muy dentro de ella—. Pero no lo hago, elijo quedarme. A pesar de… —Subió su mano derecha por el brazo izquierdo de él hasta detenerse en donde estaba su marca tenebrosa, escondida por la manga de la camisa—. A pesar de todo.

«A pesar de la marca», quiso decir. Y Theodore lo entendió.

—Fleur… —empezó él, pero ella lo interrumpió.

—Arde, ¿verdad?

Él asintió.

—Irás con él, ¿no?

—Ya lo sabes —respondió él.

—Vuelve —le exigió ella—, vuelve. Si te matará alguien, ese alguien seré yo.


—¡Delacour! —oyó el grito de la voz de Draco.

Todo lo que pudo haber salido mal había salido mal, Theodore no sabía cuánto tiempo había pasado. Había perdido la consciencia en el cuarto o quinto cruciatus que había oído pronunciar al Señor Tenebroso. Al final había resultado que no era tan bueno en oclumancia como recordaba, que era más rebelde de lo que resultaba, que sentía más cosas por Delacour que las que quería admitir. Se apoyaba en el hombro de Draco mientras todavía podía oír la voz del Señor Tenebroso en sus oídos.

«Nott, ¿sabes lo que hago con los que me decepcionan?». La voz fría, gélida. La varita alzada. La mirada de Theodore que fue capaz de sostener —sólo por un momento— la mirada de los ojos rojos de Lord Voldemort antes de responderle, con el coraje que había sacado de entre sus entrañas mientras el miedo se le juntaba en la boca del estómago.

«Sí».

«Entonces, ¿por qué?». Había parecido una duda genuina. Pero el Señor Tenebroso no solía preocuparse demasiado por sus vasallos. No por los últimos en la cadena, al menos.

Theodore Nott se había quedado callado. Había intentado sostenerle la mirada. Y luego había fracasado.

—¡Delacour! —volvió a oír la voz de Draco.

Todo se empezaba a difuminar después de un poco. Recordaba los rostros de los demás mortífagos presentes allí. De Narcissa Malfoy, que cada día parecía más pálida y demacrada. Había recordado cómo todos le habían evitado la mirada. Había ido con otro plan en mente —al menos, con una idea diferente—, había ido a la Mansión Malfoy queriendo comprarse —y comprarle a Fleur— un poco más de tiempo, de asegurarle al Señor Tenebroso que necesitaba un poco más de persuasión para conseguir la información que necesitaba; aun cuando no planeara hacerle nada a Fleur, ni preguntarle nada, ni averiguar nada. No se había atrevido a pedir un final feliz, sólo un poco de tiempo, un poco más de tiempo, unos segundos más, aunque fuera, para averiguar que hacer.

Pero Lord Voldemort lo había descubierto. Había indagado lo suficientemente hondo en su mente como para encontrar el aroma de Fleur Delacour en la cama, el sonido de sus gemidos, el sabor de sus besos.

«Nott, ¿sabes lo que hago con los que me decepcionan?»

«Sí».

—¡DELACOUR! —La voz de Draco parecía más desesperada a cada momento—. ¡Sé que estás aquí! ¡Lo sé! ¡Sé que te importa Theodore lo suficiente como para pedirle que vuelva vivo! ¡Delacour! ¡Por favor!

Theodore estaba apoyado —apenas— en el hombro de Draco, que prácticamente estaba cargando todo su peso. No la oyó aparecer, ni la alcanzó a ver, pero escuchó su voz.

—Es Weasley, Malfoy.

—¿Qué carajos tienes en…?

—El atizador de la chimenea —oyó la voz de Fleur—. Por si se te ocurre algo gracioso. ¿Qué le pasó? —Theodore supo que se refería a él.

—Fleur… —intentó musitar. Y entonces fue capaz de verla porque apareció en su campa visual, con su cabello rubio y sus ojos duros y fríos. Llevaba en la mano el atizador de la chimenea. Ella no lo miró, volteó a ver a Draco, casi amenazándolo con ese atizador.

—¿Qué le pasó?

—El precio de la rebeldía, supongo —respondió Draco—. Olvidó mencionar que se metía en tu cama.

La vio entornar los ojos. Intentó decir algo pero en vez de eso tosió sangre en el piso. Sentía todo revuelto dentro de él. Sabía que estaba tan pálido como Draco en su estado natural en ese momento, que estaba temblando y que todavía sentía en su piel el efecto de la maldición cruciatus, una y otra vez.

«Nott, ¿sabes lo que hago con los que me decepcionan?», sonó en su oído, como un terco recuerdo decidido a aferrarse a él.

Había intentado sostenerle la mirada cuando alzó la varita. «Que no se note tu miedo, Theodore», había pensado. Pero el Señor Tenebroso podía oler el miedo. Había alzado la varita y había pronunciado «Crucio» con una fría calma. Theodore había caído de rodillas en cuanto lo había alcanzado la maldición y había sentido el dolor, como si mil espadas se clavaran en su piel Y sabía que había gritado y que había acabado en el piso cuando el Señor Tenebroso decidió que había sido suficiente —la primera vez.

Entonces había empezado a martirizarlo.

«¿Te importa esa mujer, Nott? ¿Te importa lo suficiente como para sufrir por ella? Ah, la debilidad, Nott, tan… decepcionante».

Se había mantenido terco y callado.

«Crucio». La segunda vez había sentido como si sus huesos se rompieran uno a uno. «Crucio». La tercera había acabado vomitando sangre en el piso y a partir de allí había perdido la noción del tiempo y de dónde estaba y se había descubriendo pensando en ella, en sus ojos, en sus amenazas, en su piel, en sus manos clavándose en su espalda. Sólo en ella.

—Fleur —musitó él—, cumplí mi promesa, ¿no? —Tosió y volvió a dejar el piso manchado de sangre. Apenas si tenía idea de dónde estaba y hacía donde lo llevaba Draco—. Estoy vivo y tú puedes darme el tiro de gracia.

—Cállate —espetó ella. Levantó aún más el atizador, como si quisiera usarlo como una espada contra ellos y luego se dirigió a Malfoy—: A un sillón, vamos.

—Delacour… —empezó Draco.

—Weasley —corrigió ella—, aunque te tardes, Weasley, Malfoy.

—Tienen que irse. No tardarán en venir a buscarlos cuando comprendan que no volverán —dijo Draco. Theodore apenas recordaba esa parte—. Si está vivo es sólo porque lo convencí que después de tal tortura sería capaz de entregarte, sólo con tal de no sufrir más.

—Sufriría más… —interrumpió Theodore.

—Cállate —espetó Draco y luego se dirigió de nuevo a Fleur—. Tienen que irse si quieren vivir. Tienes que llevártelo.

—Podría no. Podría huir sola.

—Por favor —suplicó Draco—. Lo matarán.

Fleur alzó una ceja y Theodore pudo ver la duda en su expresión. Llegaron a la sala y Draco lo dejó caer en el sillón. Theodore se sentía como la mierda. Apenas si podía recordar cómo era que había salido vivo de la Mansión Malfoy, qué había tenido que decir Draco para que él estuviera allí, aún vivo, aunque jodido.

—Fleur… —insistió él.

—¿Te importa tanto que lo maten? —increpó Fleur a Draco. Ignoró a Theodore.

—No sé —dijo él—, ¿a ti?

—¿Son todos los mortífagos tan crípticos? —preguntó ella.

—Mira lo que le hicieron por ti. Lo que dejó que le hicieran por ti. —Sabía que Draco estaba señalándolo—. ¿Es ese el efecto que tienes en los mortífagos, Delacour? ¿Es ese?

—Weasley —corrigió ella, tercamente.

—Weasley, entonces, lo que sea —espetó Draco—. Sólo sálvalo. Por favor. Llévatelo. Huye con él. A la Patagonia, si es necesario. No me importa.

—Fleur… —Nott volvió a la carga. Esa vez, ella le hizo caso. Él extendió la mano para que ella la cogiera y la hizo acercarse a él. La hizo inclinarse un poco frente a él y le colocó el cabello detrás de la oreja—. Ahora sabes qué significa para mí —le dijo—, ahora lo sabes.

—Nott…

—Theodore —corrigió él.

—Theodore… —parecía dudosa.

—Ahora lo sabes. ¿Y tú? —le preguntó.

—¿Por qué? —contraatacó ella sin responder—. ¿Por qué, Nott? ¿Por qué me salvaste la primera vez?

Él se encogió de hombros.

—No tenemos mucho tiempo —apremió Draco—. No creo que confíe demasiado en mi palabra, Theodore, sabes que… Sabes que sabe cuál es mi debilidad. —Traducción, se dijo Nott, «sabes que sabe que eres mi debilidad».

—No sé. Te vi, todo cambió —le respondió a Fleur—. No lo sé.

—¿Y después?

—No sé. Sólo sé que siento algo… Algo que revolotea en mi estómago. Y aquí. —Llevó la mano de ella hasta su pecho y hasta donde estaba su corazón—. ¿Y tú?

—No lo sé. No significa… significaba nada.

—¿Y ahora?

—Significa todo.

Se oyeron ruidos afuera.

—¡No tienen nuevo! —Draco había sacado la varita. Fleur todavía tenía el atizador en la mano con la que no sostenía a Theodore y fue a lo que Draco apuntó—. ¡Portus! ¿Tienes tu varita, Theodore? —Le asintió a Draco—. Agarra eso. —Señaló el atizador—. No lo suelten. Y suerte.

—¿Qué? —Theodore estaba confundido, pero le hizo caso y, con la mano que tenía libre, agarró el atizador.

—Theodore, no morirás hoy. —Fleur se acercó hasta que sus narices prácticamente chocaron y juntó sus labios con los suyos.

En unos segundos, Theodore pensó muchas cosas. Pensó que tenía su varita en el bolsillo de la túnica. Pensó que debía preguntarle a Draco que planeaba hacer, pensó que tenía que decirle que no se dejara matar. Pensó que tenía que decirle a Fleur «te quiero» porque no se lo había dicho y ya no le quedaba más remedio que aceptar sus sentimientos. Pensó en su cabello, en sus ojos, en su aroma, en la curva perfecta de su cuello y en la manera en que sus largas piernas se enredaban a su alrededor cuando estaban en la cama.

Pensó en la primera vez que la había visto —que la había visto realmente—, perseguida por Greyback. Pensó en sus lágrimas y en su sonrisa. Pensó en todas las veces que ella la había amenazado.

Y luego sintió un jalón en el estómago y la Mansión Nott desapareció a su alrededor. Rumbo del traslador: desconocido.