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Rena Matsui tenía planes para aquella calurosa tarde de jueves, como, por ejemplo, llegar a su apartamento, darse una muy merecida ducha y probar una nueva marca de bebida gaseosa con sabor a melón pan que había descubierto algunos días atrás. También deseaba poder ver la repetición del episodio de su serie de anime favorita, mientras comía un poco de palomitas de maíz bajas en calorías.

Esos eran sus planes y ansiaba poder llevarlos a cabo – sobre todo la ducha – pero tal parecía que hoy no sería el día en que pudiera probar esa nueva bebida. Frente a ella, se encontraba una chica de posiblemente veinte años tapando la salida de su diminuta oficina. Cabellos castaños y revueltos, ojos oscuros y determinados, respiración agitada y labios ligeramente abiertos; le impedían salir por esa puerta y dar por terminada su jornada laboral.

Había llegado como un tifón. De manera ruidosa y abriendo la puerta de golpe, asustándola y haciéndola brincar en su lugar.

“Lamento decirle que el horario de entrevista ha terminado.” Dijo Rena, suponiendo que la chica estaba ahí por el anuncio en el periódico sobre contratación de nuevo personal en la cadena de supermercados para la cual ella trabajaba. El anuncio publicado en los periódicos estipulaba que los candidatos debían de entregar su solicitud de empleo, currículo y presentar una pequeña entrevista, en horario entre 9:00 A.M. y 4:00 P.M.

“No.” La chica respondió de inmediato.

“¿Disculpe?” Rena preguntó perpleja. El pensamiento de llamar al guardia de seguridad cruzando rápidamente por su cabeza. “Le pediré que me permita salir. Puede regresar mañana.”

“No entiende, necesito el trabajo,” sus manos se dirigieron frenéticamente hacia su cabello y trató de acomodarlo sin mucho existo. Su imagen personal no hablaba muy bien de ella y mucho menos el hecho de estar bloqueando la salida de la persona que tenía poder sobre su futuro cercano. “Disculpe llegar tarde, pero no conozco Tokio y me he perdido en la estación del metro. Yo necesito este trabajo, si no llego hoy con una copia del contrato seré echada de mi apartamento.”

Rena suspiró. Esto debía ser algún tipo de broma, esta chica no podía simplemente llegar tarde, impedirle salir y después relatarle una triste historia.

“Aparentemente no tiene experiencia previa en cuanto a entrevistas de trabajo. No funcionan así. Ahora, espero que me permita salir de aquí sin necesidad de llamar a seguridad.”

“¡No!” Aquello pareció alterar a la joven. “Por favor, le aseguro que soy la persona que están buscando.”

“Definitivamente no alguien impuntual, que no sabe seguir órdenes.” Rena levantó ambas cejas y acomodó su bolso sobre su hombro derecho. Estaba enfundada en su traje corporativo y solo deseaba poder quitarse ese absurdamente oscuro saco y poder darse una ducha.

“De acuerdo, empecemos de nuevo. Mi nombre es Jurina Matsui, tengo diecinueve años y busco empleo en cualquier puesto que tengan disponible.” Dio una profunda reverencia hacia Rena, quien parpadeo sorprendida ante la casualidad en los apellidos.

La chica, Matsui Jurina, se mantuvo con la cabeza hacia abajo, sus cabellos castaños ocultando su rostro al igual que la vergüenza que sentía por encontrarse en tal situación. Rogaba que pudiera convencer de algún modo a aquella mujer. Esta era su última oportunidad, ya había fallado en siete entrevistas en los últimos cuatro días y su casero no estaba feliz por la falta de pago.

“¿En cualquier puesto? No solo está mostrando su impuntualidad e insubordinación, también me muestra una alarmante falta de objetivos. Entenderá que no puedo contratar a alguien con ese perfil en nuestra empresa, Matsui-san.”

Jurina enderezo su postura, observando a la mujer de largos cabellos castaños sujetos en una media cola, labios rojos, ojos oscuros y aretes discretos. Observando su vestimenta impecable, se dio cuenta que también estaba fallando en algo tan básico como su atuendo. No asistes a una entrevista de trabajo con pantalones negros, zapatillas deportivas y una simple blusa blanca con estampados de colores; sin embargo, era la ropa en la que mejores condiciones permanecía y no poseía dinero para poder comprar algo adecuado.

“Por favor, haré lo que usted quiera.”

“Lo siento, Matsui-san. Le deseo buena suerte en su próximo intento.” No fue necesario que Rena pidiera una vez más que se moviera y la dejara salir, la chica dio un paso atrás y cedió en todo intento.

 


 

Uno podría decir que las puertas tenían algo que ver con estos encuentros.

Un día después de tan curioso evento, Rena estaba saliendo del konbini con una bolsa en cada mano, cuando alguien chocó con ella haciendo que su carga se estrellara en el suelo y el casillero de huevos se volviera una mezcla de amarillo y pedazos de cascara. Levantó la mirada, dispuesta a exigir una disculpa al causante de aquella catástrofe, pero su rostro pronto se contorsionó en incredulidad cuando se encontró con la mirada asustada de la culpable.

“Esto debe de ser una broma,” Rena se llevó su mano libre a la frente. “Impuntualidad, incapacidad de seguir ordenes, falta de mestas y ahora, falta de atención hacia lo que la rodea y daño a terceros. Matsui-san, definitivamente no es una fuerte candidata.” Normalmente no sería tan cruel en sus palabras, pero Rena había perdido su rutina de ayer por culpa de esta chica y ahora, también la cena de hoy. Se sentía molesta. Para ella la rutina era importante y el simple hecho de no poder cumplir con su agenda, le resultaba estresante.

“L-Lo siento… yo… discúlpeme, ¡Se lo repondré en cuanto pueda!” Jurina se acercó a la bolsa caída y trató de rescatar alguno de los productos que había ahí además de los huevos. Sin embargo, sus manos temblorosas no ayudaban en la tarea. Rena suspiró ante el desastre andante que representaba esa chica. Su ropa seguía siendo la misma del día anterior.

“No hay nada que hacer y estamos estorbando la entrada.” Rena levantó la bolsa y procedió a escanear el lugar en busca de lugar para poner la basura.

“Disculpe, tenía la cabeza en otro sitio.” Jurina hizo varias reverencias seguidas.

“Eso es bastante obvio…” pensaba agregar algo más, pero entonces notó algo extraño en la blusa de la chica. El cuello parecía algo maltratado y la tela estirada, perdiendo su forma redonda. Frunció el ceño sin darse cuenta. “¿Qué le pasó a su ropa?” Jurina siguió la dirección de la mirada de Rena, notando el cuello de su blusa.

“Tuve algunos problemas ayer.” Respondió de manera queda. Rena arqueó una ceja.

“Hoy no volvió a la entrevista.”

“Ayer fue más que claro que no me contrataría.”

“Con la persistencia que parecía tener, temí por un momento que entrara por mi puerta.”  Jurina sonrió incomoda ante las palabras, bajando la mirada de inmediato.

“Ayer me encontraba desesperada. No pude encontrar un empleo después de todo y el tiempo se me había terminado.” Rena no podía apartar la vista de la ropa de la chica, por alguna razón se sentía incomoda ante ese cuello deformado. Analizó un momento las palabras de Jurina, recordando que ayer había dicho algo sobre necesitar una copia de contrato de empleo. “Me disculpo por la mala impresión que debió tener de mí y le prometo que algún día le repondré su compra.”

Jurina hizo nuevamente una reverencia y dando por terminado tal encuentro se dispuso a marchar. Rena, por su parte, se mantuvo con los pies pegados en su sitio. Observó hasta que la silueta de la chica salió de su vista, sintiendo aquella extraña incomodidad en su pecho. Sacudió su cabeza y decidió que era mejor pedir algo para cenar, sus ganas de cocinar se habían visto saboteadas luego de perder los huevos.  Levantó su muñeca izquierda para poder observar su reloj, eran las 21 horas, su restaurant de curry favorito aún permanecía abierto.

 


 

La tercera vez que sus caminos se cruzaron fue casi doce horas después y para entonces, Rena comenzó a preguntarse cuales eran las probabilidades de encontrarse con una persona tantas veces en una ciudad tan grande como Tokio.

Otra puerta. La entrada principal de una plaza comercial donde Rena solía ir de vez en vez. Había una librería en el tercer piso que siempre valía la pena visitar.

Cuando las puertas automáticas se abrieron, Rena se encontró a sí misma de frente a Jurina. La chica llevaba la misma ropa con la que recordaba haberla visto los días anteriores. Ambas se observaron en silencio, antes de que Jurina bajara la mirada y se disculpara por interponerse en su paso.

Mucho tiempo después, Rena aun se preguntaría a sí misma que fue lo que la empujó a reaccionar de la manera en que lo hizo. Estiró su brazo derecho y sin que ambas lo esperaran, detuvo a la chica que solo había alcanzado a dar un par de pasos.

“Matsui-san, ¿Ha desayunado?” La pregunta se encontró con un silencio de algunos segundos. Tal vez porque ambas estaban demasiado sorprendidas. Una por preguntar, la otra por no saber cómo responder. “Hay un café muy agradable en el segundo piso.”

Jurina no tuvo tiempo de responder. Fue prácticamente arrastrada hacia el elevador y lo único que podía hacer era preguntarse como pagaría ese desayuno.

“Matsui Rena.”

“¿Eh?” La joven salió de sus pensamientos al escuchar a la mujer hablar.

“Mi nombre es Matsui Rena, tengo veinticinco años y cómo sabrás, pertenezco al departamento de recursos humanos de la compañía Yokado,” volteó hacia la chica y no pudo evitar soltar una pequeña risa divertida por la cara desubicada de la misma. “Solo una simple presentación.” Miró hacia la puerta del elevador que se abría para dejarlas subir.

“Nos apellidamos igual,” fue lo único que Jurina consiguió articular.

“Sí, algo muy peculiar.”

“No deseo ser mal educada…” Rena no la dejo terminar.

“Yo invito.”

La puerta del elevador se abrió de nuevo, esta vez para darles acceso a la segunda planta. Posiblemente ese fue el momento en el que todo realmente comenzó. Aquella mañana Rena había de nuevo cambiado sus planes para el día y Jurina simplemente se había dejado arrastrar por la situación.

Fue un desayuno estilo oriental, así que para cuando los huevos con tocino llegaron a la mesa, Rena ya había aprendido que Jurina era originaria de Nagoya – al igual que ella – y que se encontraba en Tokio intentando entrar a la universidad. Había salido de su casa convencida de que aquello era lo que deseaba a pesar de que su madre no compartía su optimismo y deseaba que regresara a casa a la brevedad. Sin embargo, las cosas no habían funcionado como se suponía que lo harían. Había fallado el examen y gastado el dinero de sus ahorros, pero se negaba a regresar a casa derrotada y teniendo que admitir que tal vez su madre tenía razón.

Su casero había tolerado el atraso de un mes de pago, pero pronto estuvo dispuesto a correrla del lugar, así que después de mucho rogar, Jurina lo había convencido de darle cinco días para encontrar un empleo que le permitiera pagar la renta. Sus planes eran permanecer en Tokio y volver a intentarlo.

“Tu madre debe de estar preocupada, ¿No sería mejor regresar a casa y volver el próximo año?” Rena preguntó mientras daba un sorbo a su jugo de naranja. Habían conseguido dejar la formalidad al hablar luego de descubrir que llamar Matsui-san a la otra era demasiado extraño para ambas.

“No,” dijo Jurina al tiempo que negaba con su cabeza. “Mi madre desea otro futuro para mí. Si regreso a casa, no tendré una segunda oportunidad.”

Para el momento en que el mesero asentó los dos platos con panqueques, Rena había descubierto porque Jurina llevaba tres días con el mismo juego de ropa y porque el cuello de su blusa estaba tan maltratado. El casero había cambiado la cerradura de su apartamento y se negó a dejarla al menos sacar sus cosas. Jurina había intentado expresar su inconformidad ante tal injusticia, pero el hombre ya había perdido la paciencia y agarrándola del cuello de su blusa, la había sacado a empujones hacia la calle. Llevaba tres días deambulando por las calles, durmiendo en las bibliotecas en algún rincón discreto y pasando ya dos noches completamente aterrorizada en algún parque. Luego de haber sido corrida de lo que llamaba casa, sin dinero ni pertenencias, sus ánimos habían caído en picada, no obstante, hoy recibió el día deseando encontrar trabajo. Había entrado al baño de la plaza comercial y aseado lo mejor posible dadas las circunstancias.

Para Rena la historia era alarmante, ¿Qué tipo de vida llevaba esta chica en Nagoya como para preferir quedarse en un parque por las noches?

Para Jurina en cambio, el desayuno le sirvió para aprender que Rena era la menor de dos hermanos y que acababa de egresar de la universidad. Este era su primer trabajo y deseaba poder ascender dentro de la empresa. Sus padres aun vivían en Nagoya, su hermano había conseguido en buen trabajo en el aeropuerto internacional de Kansai y estaba próximo a casarse. Ambas abrieron los ojos con asombro cuando descubrieron que sus casas no estaban demasiado apartadas la una de la otra. Un simple barrio de distancia.

“Escucha…” Rena suspiró, pensando por quinta vez lo que estaba a punto de decir. “Puedo ayudarte a conseguir un trabajo en uno de los supermercados, pero será un puesto bajo. Están buscando personal en la bodega. Tendrías que llegar a las cinco de la mañana todos los días para recibir productos.” Revolvió su café con la cuchara luego de haber agregado un poco de azúcar. “También creo que podemos hacer algo para recuperar tus cosas.” Levantó la mirada de su taza ante el prolongado silencio que estaba obteniendo de su interlocutora.

“¿Hablas en serio?” Jurina tenía los ojos bien abiertos y Rena podía distinguir pequeñas pistas de lágrimas. “Estaría en deuda contigo toda mi vida… no hay forma de que yo pueda reponer…”

“Sí la hay,” Rena habló un poco más firme de lo que esperaba. “Haz un buen trabajo. Si eres un buen elemento, habrá valido la pena romper las reglas de la empresa sobre relacionarse con los empleados.” Jurina asintió sin dudarlo.

 


 

- Cuatro meses después -

Rena dio un brinco cuando el timbre de su apartamento se impuso por sobre el sonido de la televisión que dejaba ver las noticias de la tarde. Con su corazón ligeramente acelerado debido a la anticipación, abrió la puerta para encontrarse con el familiar rostro de Jurina del otro lado.

La chica vestía aun el uniforme de la empresa: overol gris con camisa azul marino y el logotipo de la cadena de supermercados bordado en hilo naranja. En sus manos llevaba dos cajas de cartón medianas firmemente sujetas. La mayor se apresuró a apartarse de la puerta para que la menor pudiera entrar.

“¿De verdad son todas tus cosas?” Rena preguntó asombrada. Ella había deseado contratar a un servicio de mudanzas, pero Jurina insistió en que sus pertenencias fácilmente podían ser transportadas en el metro.

“Sí. Salí de casa con muy pocas cosas.” Jurina le dirigió una pequeña sonrisa insegura. “Rena-chan, aun puedes cambiar de opinión y prometo que no me molestaré.”

“Deja de decir cosas sin sentido.” Rena negó con la cabeza. “Ahora entra, vamos a acomodar todo.”

Jurina llevaba ya cuatro meses trabajando en una de las sucursales de Shibuya y su relación con la Matsui mayor había evolucionado de una manera que ninguna de las dos imaginó la primera vez que se vieron a la cara. Habían logrado congeniar de buena manera y ambas disfrutaban de la compañía de la otra. Podían platicar por horas sin parar o simplemente dar un paseo por el parque sin tener que intercambiar demasiadas palabras. A pesar de ni siguiera laborar en el mismo lugar, habían aprendido a ingeniárselas para poder verse al menos dos veces por semana.

Fue Rena quien había invitado a Jurina a compartir el apartamento. La menor no tendría que preocuparse así por la renta y podría ahorrar el dinero para poder pagar los cursos especializados para ingreso a la universidad, que la misma Rena había tomado años atrás. Jurina se había negado rotundamente. No deseaba que se llegara a pensar que se estaba aprovechando de la mayor, sin embargo, terminó cediendo luego de largas charlas al respecto.

La idea había surgido cierta tarde, en la que Rena – a pesar de no ser su responsabilidad – había tenido que llevar a la sucursal de Shibuya algunos documentos. Sabía que para cuando regresara a su oficina la hora del almuerzo ya habría acabado, así que simplemente tomó su bento y lo llevó entre sus cosas.

Era la primera vez que llegaba a dicha sucursal desde que Jurina se había integrado al equipo de trabajo y admitía que tenía curiosidad por ver como se desenvolvía la chica.

Tal y como era de esperarse, no la vio en la tienda. El personal del área de almacén siempre estaba en la parte trasera de la tienda, donde todos los productos eran resguardados y surtidos a las estanterías dependiendo de su demanda. Así que Jurina, debía de estar atrás, contando cajas, estibándolas y guardando los productos con especial cuidado de no maltratarlos.  Resignada a no ver a la chica, salió de la pequeña oficina administrativa y comenzó a pensar donde almorzar. El área de comedor destinada para el personal era la opción más obvia, y aunque Rena solía sentirse incomoda rodeada de gente que no conocía, las posibilidades de encontrar a Jurina eran significativas.

El nivel de decepción cuando no vio a la chica en el lugar fue grande, más grande de lo que ella misma esperaba. Decidió sentarse en una mesa al final, junto a un rincón y donde podría comer sin sentir tantas miradas.

“¿Rena-chan?,” levantó rápidamente la mirada cuando aquella voz conocida la llamo. Un par de ojos castaños le devolvían perplejos la mirada. Asintió no deseando llamar demasiado la atención y sonrió hacia la chica que a pasos apresurados se dirigía a su mesa, “¿Puedo acompañarte, Rena-chan?” Jurina sonrió de manera amplia y Rena se encontró a sí misma imitando con entusiasmo el gesto.

“Adelante, estaba por empezar a comer…” Rena levantó una ceja cuando prestó atención a la bolsa de plástico que Jurina sostenía en su mano izquierda.

“Tu bento se ve muy apetitoso,” dijo la menor, refiriéndose a la pequeña caja morada que llevaba en su interior omelette, arroz y verduras al vapor.

“No soy experta cocinando, pero al menos tengo un par de guisos que tienen buen sabor,” comentó Rena a modo de broma. “¿Ese es tu almuerzo?” La mayor frunció ligeramente el ceño sin que la otra lo notara.

“Sí,” Jurina dio una mordida a uno de los onigiris con singular ánimo “hoy no alcancé el baguette relleno de curry. Es muy popular y se agota rápido. Hace dos días me sentí mal por comprar el ultimo, aparentemente dejé a la abuela del apartamento cinco sin su merienda.”

“Jurina, ¿Cuántos días a la semana comes baguette de curry?” Rena intentó sonar lo más desinteresada posible.

“Si pudiera todos los días.” La chica rió de buena gana antes de dar un trago a su jugo. Rena masticó lentamente su bocado de omelette, analizando la información que estaba recibiendo.

“Entiendo. Cocinar debe de ser algo complicado tomando en cuenta tu horario de trabajo y tus horas de estudio.” No obtuvo una respuesta a su comentario, Jurina solo sonrió antes de abrir el segundo onigiri.

“¿Qué tipo de comida es tu favorita?” La menor preguntó con interés, desviando el carril de pensamientos de Rena. “Veo que tienes bastantes vegetales ahí.”

“No soy muy afecta a la carne, hay algo en su textura que no me agrada del todo. Sin embargo, puedo comerla de vez en cuando.” De pronto el recuerdo de su madre llenó la cabeza de Rena, solían tener pequeñas discusiones cuando ella era menor y dejaba los filetes de carne de res intactos en su plato.

“Supongo entonces, que esos dos guisos no llevan carne, ¿Podrías poner al menos un poco para mí cuando me invites a comer?” Los ojos de Jurina brillaron divertidos.

“¿Eh? ¿Es eso un intento de comer gratis, Matsui-san?” Rena no lo pensó dos veces antes de seguir el juego.

“No puedes culparme,” Jurina rió “la comida de Rena-chan tiene buena pinta.”

“No es por alardear, pero el cereal con leche es mi especialidad,” imposible para Rena no sentirse contagiada por el humor ligero de la menor.

“¿Es ese el segundo guiso? ¿Cereal con leche? He escuchado que es algo complicado de preparar.” Ambas rieron. Rena de pronto parecía haber olvidado que se encontraban rodeados de otras personas y que tal vez estaban llamando la atención con sus risas.

“Solo lo preparo cuando tengo visitas importantes, pero no te preocupes, te dejaré probar al menos el omelette,” tomó un pedazo con los palillos y lo ofreció a la menor, quien sin pensarlo aceptó el bocado.  

Ambas se congelaron.

Se miraron en silencio, tratando de comprender lo que acababa de pasar. Aquel gesto era algo que solo las parejas de enamorados o las colegialas hacían. Rena sintió el calor subir por su rostro y concentrarse en sus mejillas. Jurina sintió la extrema necesidad de disculparse, no sin antes, hacerle saber a la mayor que, en efecto, el omelette tenía muy buen sabor.

Terminaron aquel almuerzo sintiéndose de pronto muy conscientes de sus palabras y acciones, tratando de no incomodar a la otra, sin embargo, Rena ahora tenía una idea firmemente plantada en su cabeza: Jurina no podía seguir comiendo comida de supermercado. El tiempo, la convivencia y la comodidad natural que sentía al estar junto a la menor, harían que esa idea evolucionara hasta proponerle compartir apartamento.

Después de aquello, solo bastó atreverse a explorar un poco más a fondo y dejar al mismo tiempo caer las barreras, para que Jurina descubriera que detrás de aquel semblante estricto, solemne y duro, que Rena siempre parecía portar cuando se encontraba en el trabajo, había una joven tratando de encontrar su lugar en el mundo. Alguien que poseía un sentido del humor algo extraño y que encontraba divertidas ciertas cosas que no todos entenderían; que poseía una puntualidad increíble y un sentido del deber que reyaba en la obsesión. También era una persona que gustaba de los silencios, de esos silencios que, a pesar de todo, suelen decir mucho de ella: si algo le gustaba o disgustaba, si se encontraba preocupada o simplemente disfrutando de una taza de té. También descubrió que no había nada que la hiciera enojar tanto como alterar la rutina de su día, así como tampoco había algo que la alegrara tanto como observar durante horas una figura a escala de los trenes nacionales.

Para Rena, el descubrimiento de Jurina fue algo más complejo. Por la superficie, era una chica bastante franca, no era necesario escarbar demasiado para encontrarte con alguien alegre, decidida, espontanea y apasionada. Jurina siempre trataba de mantenerse optimista, aunque en ocasiones no podía evitar sentirse deprimida. Odiaba despertarse temprano y encontrarse cara a cara con una cucaracha era el fin del universo conocido. Era trabajadora y dedicada. No tardó en tener buena fama en su área de trabajo. Sin embargo, había un gran espacio en blanco al cual Rena parecía no poder acceder: su antigua vida en Nagoya y cualquier tema relacionado a la familia. Tratar de tocar el tema no era buena idea, la menor solía cambiar el rumbo de la conversación y un humor sombrío parecía instalarse en ella.  Era como si Jurina se encerrara en un lugar de su mente que era inaccesible para la mayor y, por tanto, Rena trataba de no insistir demasiado.

Aquella situación provocaba cierto malestar en Rena. No podía evitar sentir que Jurina no estaba siendo del todo sincera con ella, y eso le causaba una afección que no lograba comprender del todo.

Luego de algunas semanas viviendo juntas, Rena descubrió otro detalle. Algo que estaba comenzando a resultarle irritante: el celular de Jurina. Era común escucharlo sonar por las noches, o vibrar contra los muebles, lo curioso era, que Jurina jamás parecía prestar atención al aparato.

“¿No piensas contestar?” Preguntó un día mientras veían televisión y el celular de Jurina comenzó a sonar contra la mesa ratonera.

“No es nada importante,” respondió la chica de manera desinteresada al tiempo que se llevaba una papa frita a la boca.

Ese día, quien fuera que estuviera llamando parecía tener una firme convicción de contactar con su compañera de apartamento. Normalmente el celular de la chica solo sonaba por la noche un par de veces y desistía.

Al principio, Jurina tenía activado el tono de llamada, una melodía pegajosa de cierto grupo Idol famoso por sus funciones en Akihabara; pero después de dos llamadas más, la chica no dudo en silenciar el aparato, sin embargo, las llamadas continuaron y aunque la melodía ya no interrumpía el programa que estaban viendo, para Rena resultaba imposible concentrarse.

“Jurina, si no fuera importante, ¿No crees que ya hubieran dejado de llamar?” Aunque el tono de voz sonaba relajado, la verdad era que Rena estaba empezando a irritarse. “¿No sería prudente contestar y decir que no deseas que te molesten?” No obtuvo una respuesta directa. Jurina simplemente se levantó de su sitio en el sofá, agarró su celular y sin decir palabra camino hacia su cuarto, abrió la puerta y aventó el dispositivo hacia lo que Rena supuso que era su cama; cerró la puerta y regresó a su lugar sin mayor ceremonia.

“Asunto resuelto.” Jurina sonrió y volvió su mirada hacia el televisor.

Rena no pudo disfrutar del resto de su día. Aquel comportamiento le había resultado ofensivo y únicamente había disparado aún más su curiosidad. Su relación con la chica parecía estar estancada en algún punto que no lograba determinar. Al principio todo había sido bueno y Jurina fue un aire que refrescó su hogar, llenando las tardes de risas y las noches de platicas antes de dormir; ahora, el humor de la menor parecía estarse deteriorando, la sentía tensa la mayor parte del tiempo y aquel celular, parecía ser el detonante de todo.

Así que, cierto día, cuando Jurina se encontraba tomando una ducha y ella preparando la cena, le fue imposible no dirigirse al celular que había empezado a vibrar sobre la mesa. Fue solo una ojeada, pero suficiente para que con ayuda de su rápido cerebro y excelente memoria se aprendiera el número.

No fue fácil. Rena analizó la situación durante días. El conflicto en su mente era lo suficientemente grande como para distraerla incluso en el trabajo y en más de una ocasión había descuidado sus responsabilidades.  Tenía el número, lo había escrito en su agenda sin que Jurina lo viera y lo había repasado tantas veces que se lo sabía de memoria.

Una parte de su mente le decía que debía de llamar a ese número, mientras que otra parte le decía que era un atropello total a la privacidad de su amiga. Algo que sería imperdonable. Después de todo, Jurina no estaba obligada a compartir con ella todo. Había cosas dentro de la psique de las personas que les causaban daño y que nadie deseaba compartir, porque compartir era recordar y recordar era volver a ser herido.

Rena comprendía que era inapropiado y que no poseía poder alguno para poder obligar a Jurina a hablar, ni siguiera porque considerara a la chica una amiga.

Aquello no la llevaría a nada, así que, por un momento descartó la idea, sin embargo, ¿Qué pasaba si la familia de su amiga de verdad la estaba buscando? ¿Qué pasaba si sus padres estaban preocupados? Rena no sabía nada del pasado de Jurina y la chica se negaba a hablar, ¿Qué pasaba si en realidad quien mentía era Jurina? ¿Y qué si estaba la policía buscándola luego de una denuncia de desaparición? Su amiga aun era menor de edad.

Esperó su hora de almuerzo. Ese día Jurina tenía turno doble, así que no comerían juntas como habían empezado hacer desde hacía unas semanas. Con nerviosismo digitó los números y esperó mientras su llamada era respondida.

“¿Hola?” Era la voz de una mujer y Rena no sabía que era lo que se suponía que debía de decir. “¿Hola?”

“Sí, disculpe, ¿Es usted familiar de Matsui Jurina?” Del otro lado de la línea hubo un silencio de algunos segundos.

“Sí, soy su madre, ¿Con quién hablo? ¿Sabe algo de ella? ¿Está bien?” Ante cada pregunta, el tono de voz de la mujer se fue descomponiendo. La preocupación era tangible. “Por favor, no responde a mis llamadas. Por favor.”

 


 

- Dos meses después -

Jurina había estado experimentando ciertas cosas que no lograba comprender. Había desarrollado un extraño gusto por observar a Rena todas las mañanas mientras la mayor preparaba el desayuno. También había notado que el color de los ojos de Rena, tenían un pequeño matiz mucho más claro que el castaño y que solo era distinguible cuando el sol los iluminaba de frente. Además, su risa era muy particular y tremendamente contagiosa.

La menor se había descubierto a sí misma pensando sobre ella la mayor parte del tiempo – sobre todo cuando no estaba juntas – y esperaba con ansias el momento en que el reloj marcara su hora de salida para poder verla en el apartamento que ahora llamaba casa.

Una risa la sacó de sus pensamientos.

“¿Soñando despierta de nuevo, Jurina-chan?” Miyasawa Sae, la encargada del departamento de almacén, le dio unos golpecitos en la espalda. “Escucha, no sé quién sea esa persona, pero si te tiene con esa cara, deberías de pensar en hacer algo al respecto.”

“¿Algo?” Jurina negó con la cabeza riendo, “Sae-san, no sé de qué está hablando.”

“Arregla eso o la próxima vez que te encuentre soñando despierta en lugar de hacer el inventario, juro que tendrás que escucharme.” Sae se alejó mientras apuntaba algunas cosas en su bitácora, pero no sin antes añadir, “¡El amor puede ser la peor de las enfermedades!”

Amor.

Jurina nunca se había detenido a pensar en ese tipo de cosas. El amor no era algo que le preocupara demasiado, aunque era cierto que desde que se encontraba en el instituto descubrió su afinidad hacia las mujeres. En Nagoya había tenido solo una novia, pero las cosas no duraron demasiado y desde que en su mente había llegado la resolución de entrar a la universidad en Tokio, toda su atención se concentró en los estudios.  Quería llegar alto, quería ser tan prominente que su padre no tendría más opción que reconocer su existencia y, sin embargo, había fallado en su primer intento.

Amor.

Rena le había ayudado de una manera en que nadie nunca había hecho. Tal vez su primer encuentro no fue muy afortunado, pero ahora tenía un lugar donde dormir, comida, trabajo y el próximo mes comenzaría los cursos para entrar a la universidad. Ante todo, Jurina estaba empezando a sospechar que, en lugar de amor, lo que estaba sintiendo, era admiración y un profundo agradecimiento.

Bien, en señal de agradecimiento, sería buena idea llevar algún presente a casa. Algo simple, no demasiado elaborado, después de todo, aun faltaba para el cumpleaños de la chica mayor y sería muy extraño llegar con algún regalo en sus manos. Recordó la nueva pastelería que habían abierto cerca de la estación del metro, comprar algún pastel con el pretexto de probar el nuevo sitio, parecía una buena excusa.

Para cuando llegó al apartamento que compartía con Rena, en sus manos había una pequeña caja rosada con dos pedazos de pastel de fresas y de verdad deseaba poder probarlo. Como era de esperarse, Rena ya había llegado al lugar desde unas horas antes y se encontraba preparando el almuerzo. Jurina entró a la cocina, dejando la caja sobre la mesa y observó la espalda de la chica mayor, mientras esta se mantenía concentrada cortando algunas zanahorias.

“Rena-chan, hoy tenemos postre especial,” dijo en tono alegre.

“Oh…” la mayor la miró sorprendida y sonrió, pero Jurina frunció el ceño de inmediato. Algo no estaba bien. Había cierto nerviosismo en la mirada de su amiga.

“¿Pasa algo?” Preguntó con verdadero interés.

Rena se dio media vuelta para regresar a las zanahorias. Las cortó apresuradamente y las metió a la cacerola junto a ella. “Es probable que tengamos una visita especial en los próximos días.”

“¿Eh? ¿Algún compañero de trabajo?” Jurina de pronto sintió una punzada de incomodidad ante la idea de que Rena estuviera frecuentando a algún colega.

“No, no la conozco. Únicamente hemos hablado por teléfono.” Rena reconoció evitando la mirada de Jurina en todo momento. “Jurina, ¿podrías sentarte un momento? Necesito decirte algo.”

“Rena-chan, estás comenzando a asustarme.” La menor contestó en tono ligero, tratando de calmar la extraña sensación que estaba formándose en su pecho.

“He estado en contacto con tu madre desde hace unos meses.” Un silencio pesado se estableció en la cocina. El ánimo alegre con el que Jurina había entrado, desapareció de inmediato.

Rena y la señora Matsui habían estado hablando por teléfono desde hacía ya dos meses. Al principio, la mujer deseaba encontrarse con su hija lo más pronto posible, sin embargo, Rena la había convencido de esperar un poco, temía que la reacción de Jurina no fuera la adecuada, pero en realidad, sabía que solo estaba aplazando el confrontamiento y que mientras más se tardaran en resolver las cosas, el conflicto sería mayor.

“N-No entiendo,” la menor la miraba atónita. “¿Cómo la conociste?”

“Yo…” Rena dejó lo que estaba haciendo y se enfrentó a la mirada que tanto había estado evitando. “Yo le he llamado por teléfono.”

“Pero… ¿Cómo obtuviste su número?” Jurina estaba sintiendo un vacío en la boca del estómago, un sabor amargo en la boca y el desconcierto total que viene cuando te enteras de noticias nada gratas, “¿Cómo…?”

“Debo confesar algo que no me hace sentir orgullosa. Debo ofrecer una profunda disculpa. Jurina, mi preocupación hacia ti siempre ha sido sincera.” Rena jugaba nerviosa con sus manos, tomó aire y lo retuvo sabiendo que lo que venía no sería fácil. En realidad, hubiera preferido no tener que enfrentarse con esta situación, pero la señora Matsui se encontraba presionando para ir a su casa y poder hablar con su hija.

Rena sabía, era consciente desde el momento en que agarró su celular y marcó el tan afamado número, que la familia de Jurina la querría de vuelta. Era completamente entendible que luego de meses sin noticias de la menor, no se conformarían con un “se encuentra bien” del otro lado de la línea telefónica. Y de nueva cuenta se encontraba en conflicto: una parte de ella quería que Jurina arreglara las cosas con sus padres, pero, por otro lado, no deseaba perder contacto con la chica. Se había acostumbrado a su presencia, a su compañía.

Sin embargo, ya no podía posponer aquello. Reconocía que ella misma lo había provocado al momento de marcar aquel número.

Soltó el aire que tenía retenido y dijo con voz firme:

“Vi el número telefónico cierto día que dejaste tú teléfono descuidado. Ella estuvo marcando de manera insistente.”

“¿Es algún tipo de broma?” Jurina soltó una risa nerviosa. Nada de lo que estaba escuchando tenía sentido para ella.

“No, no lo es.” Posiblemente Rena esperaba algún tipo de reacción más exacerbada, pero la chica enfrente suyo solo le devolvía la mirada de manera ausente, como si su cabeza aun no hubiera entendido lo que le acaban de decir.

El sol entraba por la pequeña ventana, la cacerola yacía a un lado de la estufa con zanahorias, cebolla y un poco de agua, el cuchillo descansaba cerca del fregadero, la caja rosada con los dos pedazos de pastel se mantenía inalterada sobre la mesa y Jurina se permanecía con la mirada perdida hacia algún lugar detrás de Rena, quien observaba toda la escena expectante.

“Necesitas hablar con tu madre,” dijo Rena luego de encontrar valor para terminar de explicar las cosas. “Desea venir a verte la próxima semana.” Sus ojos se encontraron y entonces Rena supo que no había forma de que pudiera hacer algo. Jurina no vería a su madre, mucho menos hablaría con ella.

“Es por eso por lo que no me había llamado en tanto tiempo, ¿cierto?” El tono de Jurina era irónico, pero Rena no se dejaba burlar por aquello. La chica estaba herida. “Tus informes debían de ser muy buenos para que ella no necesitara seguir insistiendo.”

“No, no es lo que estás pensando.” Rena se apresuró a decir.

“¿Qué parte no lo es? ¿El hecho de que revisaras mis cosas sin mi permiso, que contactaras con mi madre a mis espaldas o que la tengas tan informada de mis movimientos que ha desistido de hostigarme con sus llamadas diarias?” La menor se levantó de la sencilla silla de madera en la que se había mantenido sentada todo el tiempo, “¿Fue por esto por lo que me pediste vivir contigo? ¿Algún tipo de vigilancia sobre la desamparada chica?”

“No, nada es como estás diciendo.” Rena dio un paso hacia el frente, pero conteniéndose de avanzar más allá al comprender que su proximidad no sería bien recibida. “Nunca hablas de tu familia, nunca respondes ese teléfono, estás sola en este lugar, ¡Aun eres menor de edad, Jurina! Necesitaba entender lo que estaba pasando y tú nunca quisiste hablar de ello.”

“Bueno, ahora no hay necesidad de hablar sobre ello.” Jurina dio media vuelta y salió de la cocina, y aunque Rena escuchó la puerta de la habitación de la chica abrirse y fue testigo de como salía minutos después con una mochila en mano; sus pies fueron incapaces de moverse de su sitio y hacer algo antes de que la puerta principal se cerrara con un ruido sordo.